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viernes, 15 de noviembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 15)

Angelina y el Nuevo Mundo
Poner telegramas:
«Imposible viaje: Surgió adiós imprevisto».
Escribir cartas, diciendo:
«Ya no puedo operarme.
Tengo una despedida».
Colgar en la puerta de casa
un papel en blanco, donde no esté escrito:
«Cerrado por adiós».
               Pedro Salinas

CAPÍTULO 15

B
IEN quisiera Angelina dedicarse a cavilar sobre el misterio de doña Virtudes, pero otros asuntos más apremiantes reclaman su atención. Han vivido una semana completa en los cerros, y mucho más se habrían quedado allá arriba serenando sus corazones si doña Chona no hubiera preguntado por la fecha en que su nieta debía regresar a España. No, Angelina no pensaba en el viaje porque es incapaz de abandonar de nuevo a su abuela. Si lo hiciera, tal vez no la volvería a ver jamás porque el cabito sigue agotándose: lo nota en el murmullo de su respiración, en el cansancio que la obliga a detenerse apenas caminan unos pasos y en las enormes ojeras que ennegrecen sus ojos cada vez más chiquitos; sí, poco del cabito debe de quedar ya, y aunque su abuela está más aliviada porque ha visto en sueños que el humillo que despide se va aclarando, su alma todavía sufre y no se siente capaz de sanar como antes lo hacía porque piensa que sus manos siguen manchadas por la culpa y no se atreve a mirar de frente a esos vecinos que ahora la rehúyen amedrentados y se han  apartado de su paso cuando caminaban de vuelta hacia la casa, temerosos de que alce sus manos contra ellos para echarles daño. No, Angelina ha decidido que no va a regresar a España por más que doña Chona insista. Su lugar está con ella.
Pero doña Chona es terca y no atiende a razones:
—Me harás caso, mi hija. Tu lugar no está acá, sino allá en España. No me salgas ahorita con eso de que no te vas. ¿Cómo vas a dejar a medias lo que apenitas comenzaste? Además, allá estarás protegida, tienes tu techo, tu trabajo, y no te humillarán ni te matarán como a la pobre de Melva. Aunque no más sea por eso, has de regresar. Allá es otra cosa…
Angelina calla. ¿Otra cosa? Sí, allá dicen que hay derechos humanos, pero no son tan derechos: a veces están torcidos y no alcanzan igualito a todos. Si su abuela supiera… pero no, para qué disgustarla, qué gana con enterarla de las cosas feas que le sucedieron, para qué contarle de Beto si  ya no lo verá jamás.
—Irás a visitar a la señora Clovis para despedirte —ordena doña Chona, que no ceja en su propósito—. Yo acá te aguardo porque ya me cansé de tanto caminar y me duelen mis huesos.
Angelina asiente y la ayuda a tenderse en la cama. Sí, irá a visitar a la señora Clovis aunque no se despida porque quiere saber si se averiguó qué fue del hijito de Melva y también si Braulio murió de los golpes recibidos ese día trágico.
Ha caminado deprisa por las calles estrechas, la cabeza cubierta con su manto de Zunil, sin entretenerse en mirar siquiera a los niños que corren disfrazados en grupos detrás de los turistas para sacarles unas monedas a cambio de alguna recitación. Por fin ha llegado a la casa de la prestamista y toca a la puerta con insistencia.
—Manda la señora que la esperes un rato porque está ocupada y no puede atenderte —le comunica la sirvienta que le ha abierto y hace un gesto de invitación con la mano—: Vente a la cocina.
Poco a poco, las mujeres que están atareadas por la casa se van congregando en la amplia habitación, olorosa a especias y guisos, atraídas por la curiosidad que sienten hacia la recién llegada.
—¿Cómo es por allá? —pregunta una para iniciar la conversación, mientras desgrana mazorcas de maíz escogiéndolas de un montón amarillento.
—Está lindo —responde escueta Angelina.
—Yo apenitas sé dónde queda España —interviene una joven risueña que frota con arena una enorme olla con leche pegada—, menos me iba a atrever a viajar para allá.
—Queda cerquita de los Estados Unidos, ¿no es cierto? —asevera una tercera mujer que acaba de aparecer empuñando una escoba.
—Ni tan cerquita —explica Angelina—. Está en Europa, otro continente, otro mundo como quien dice. Pero no se apuren: allá los españoles tampoco saben bien dónde queda Guatemala.
—¿Y los mentados españoles son bellos, así como los artistas que salen en la televisión? ¿Ya conseguiste enamorado?
Angelina no tiene tiempo de responder porque la señora Clovis la llama a su despacho. Es una habitación pequeña y mal ventilada, donde la encuentra anotando cifras en un gran libro de cuentas, alumbrada por una antigua lámpara de mesa que desprende un haz de luz amarillenta formando sombras alargadas en las paredes.
—Siéntate, Angelina —le pide—. No acostumbro a recibir en este lugar, pero me hallo apurada de tiempo. Ve cuánto trabajo, apenas alcanzo a apuntar todo lo que me deben y no puedo descuidarme, pues me arruinaría. La gente es muy desobligada para las deudas. Pedir no les cuesta; pagar ya es otra cosa, y todo son disculpas: que si se enfermó mi mamá, que si se arruinó la cosecha por la sequía o por las muchas lluvias, que si se murió el chanchito…
Angelina asiente y obedece antes de preguntar si ha habido noticias. No hace falta que diga más. La señora Clovis se frota los ojos enrojecidos y responde:
—No, mis hombres nada averiguaron. Nadie lo vio. Nadie conoce qué se hizo de mi chiquito lindo. Yo todavía tengo esperanzas porque muerto no está. Es muy lindo mi chiquito para que lo hayan matado así no más. Muchos gringos darían harta plata por adoptarlo; yo creo que eso pasó: lo entregaron a alguna pareja que quería un hijito a como diera lugar. Esos no se detienen a contar los dólares que les va a costar: pagan no más y se escapan a su país.
Angelina supone entonces que ha abandonado la búsqueda.
—No, ni hablar. Mis hombres seguirán indagando hasta que se resuelva el misterio. Antes o después alguien se irá de la lengua. Y quiera Dios que no lo hayan troceado para vender sus órganos por pedazos, porque si eso ha llegado a pasar, si yo me entero de eso y hallo a los culpables… Pero no, mi chiquito es muy bello y vale más vivo, sí, mucho más.
—¿Y Braulio?
La señora Clovis hace un gesto de desprecio con la mano.
—Se desapareció. Alguien ha de haberse apiadado de su cadáver o lo recogió la policía y allá habrá estado tirado en el depósito agusanándose hasta que lo hayan enterrado en una fosa común. Si está muerto, no me apiado de su alma y si aparece vivo, yo lo mandaré rematar. Terminaré lo que comenzó tu abuela. Cómo no te acompañó ella en esta visita, Angelina, pues bien que la necesito. Ve cómo tengo los ojos, cada día más irritados, y no es por las lágrimas porque yo no lloro. ¿Quién me respetaría si llorara? Yo ya no soy mujer, harto tiempo hace que dejé de serlo para darme a valer en este mundo de hombres.
Angelina asiente y calla. La señora Clovis repite:
—Cómo no vino tu abuela contigo, Angelina, ve como estoy de mi vista, ¿tú no sabes de ningún remedio?
Angelina repasa mentalmente lo que ha aprendido de su abuela en los cerros y contesta al fin:
—El té de manzanilla sirve. Se empapa un paño limpiecito en él y se pone bien caliente en los párpados hasta que se enfría.
La señora Clovis sonríe y comenta que ya podría prender su vela para pedir la gracia, que sería buena ilol si no tuviera que regresar a España. Después llama a gritos a la cocinera y le manda que prepare la infusión.
—No me regreso a España —declara Angelina cuando de nuevo se quedan solas.
La señora Clovis la mira fijamente con sus ojos enrojecidos que más parecen de diablo que de humano y la quieren traspasar:
—Tu abuela ha de estar bien enojada. Con tanto que le costó mandarte para allá. ¿Por qué desaprovechas la ocasión si ya empezaste a abrirte camino?
Angelina le explica su temor a que su abuela muera.
—Morirá, Angelina. Y yo también. ¿Acaso crees que si estás a su lado no le llegará igualmente su hora?
—Sí, pero…
—En la muerte todos estamos solos. No sirve de nada la compañía. Es un asunto privado que cada quien ha de resolver por su cuenta. No, si fueras mi hija o mi nieta, yo no querría que te quedaras a mi lado ahora que en otro lugar tienes tanto que ganar. Y fíjate que yo me alegro de no tener hijos, y mucho más de no tener hijas: desde que nacen son una preocupación para toda la vida, más acá donde las mujeres valemos bien poquito, pues por nada nos maltratan y abusan de nosotras hasta que nos matan. No, Angelina, si yo fuera tu abuela, te mandaría para España aunque tuviera que jalarte del pelo y arrastrarte hasta el avión.
—Allá también maltratan a las mujeres, no crea que no es así. Lo llaman violencia de género y casi cada día hay un caso del que hablan en la televisión…
—Acá también le están poniendo nombre, feminicidio le dicen algunos, pero nadie le pone freno, se contentan no más con ese nombre feo que han buscado. Y las mujeres mueren mucho antes de que les toque su turno sin que nadie las cuente, sin que se averigüe qué fue lo que pasó. Se mueren de la enfermedad de ser mujeres, eso es feminicidio.
Angelina calla. Doña Clovis continúa:
—Regresa a España, Angelina, pero no te quedes de criada para siempre. Para eso no se esforzó tu abuela. Estudia, aprende a defenderte, date a respetar, y después, cuando lo consigas, vente para acá. Viva o muerta, tu abuelita se alegrará al ver que la niñita que le tocó criar sacando fuerzas de flaqueza se ha convertido en una mujer hecha y derecha, bien poderosa, con conocimiento. Entonces acá servirás de mucho; ahora no más te convertirías en otra infeliz como Melva. Y ya no te puedo atender más. Ya te dije que estoy apurada con estas cuentas que he de acabar antes de aplicarme el remedio que me aconsejaste.
La señora Clovis se levanta parsimoniosa y Angelina la imita. Meneando la cabeza mientras la empuja para que abandone la habitación, añade:
—No sé para qué te digo estas cosas de que te regreses a España, ya ves que voy en contra de mis propios intereses por ser sincera… muchacha, serías una buena ilol si acá te quedaras velando a tu abuela hasta que muera y aprendiendo de su boca lo que te falte por conocer.
Cuando sale de la casa, con mirar al cielo Angelina sabe qué hora es. Por mucho que porfíen, las fumarolas plateadas que se escapan del cráter del volcán Santiaguito no consiguen alcanzar al sol de mediodía que brilla en lo más alto. Va tan ensimismada meditando las palabras que acaba de escuchar mientras enfila sus pasos hacia la casa que no se percata de que alguien la lleva acechando en la distancia toda la mañana. «Del padre al hijo bajará la sabiduría», recuerda, ¿querría ella ser ilol como su abuela, será cierto que se le concedería la gracia si prendiera la vela? Su abuela ya no está en la cama cuando llega al fin, y se figura que habrá ido al mercado a encontrarse con su amiga la carnicera. Pero no saldrá a buscarla, decide Angelina, mejor aprovechará ese rato de soledad para utilizar su caja parlante de san Miguelito porque hace días que desea hacerle una consulta. Con la puerta de la casa entreabierta para que entre la luz, saca de debajo de la cama la maleta y se pone a rebuscar entre su contenido.
Una voz masculina interrumpe su tarea:
—Así te quería hallar, chiquita, sin nadie que nos moleste.
Angelina se gira sorprendida para encontrarse frente a frente con Jacinto, quien ocupa el vano de la puerta como si pretendiera impedirle la huida.
—¡Ah, qué hombre tan atrevido, sal ahora mismo de mi casa! —grita Angelina, incorporándose para plantarle cara.
—No te enojes, mi alma, no más quiero hablarte —replica Jacinto conciliador—. Desde hace días te busco y hasta ahorita no se me hizo verte así, como yo quería.
—Ya vete, nada tenemos que hablar.
—No, cómo me voy a ir, primero escúchame. Te mandé decir con Braulio que te quería para que fueras mi esposa…
—¡Ese mal nacido! ¡No pronuncies su nombre en esta casa!
Jacinto titubea:
—¿A poco ya no vive acá con su esposa y su hijito? ¿Ya los mandaron a mudar?
—Melva está enterrada, su hijito quién sabe si aún viva y Braulio… él vendió a su esposa a los ricachos y acabó arrojada en un barranco para que se la comieran las alimañas. Al demonio del Braulio la gente lo linchó por su maldad.
Jacinto trata de disculparse:
—Yo no sabía nada. No soy de acá; tengo mis tierritas en Retalhuleu. Al Braulio lo conozco no más de vista… yo no soy como él, yo sé respetar.
—Qué bueno que así sea. Ya vete.
Braulio permanece inmóvil e insiste:
—No, mi alma, yo no abandono tan fácil. Te sigo queriendo para que seas mi esposa. Solo que tengas enamorado en España… si lo escucho de tu boca, tal vez me retire.
—Así es, ya lo oíste, ahora vete.
—No, chiquita, ya te dije que yo no abandono tan fácil...
—¡No te creas que me vas a jalar! —le corta tajante Angelina—. Conmigo no puedes.
—Cómo crees, no soy un indio bruto. Sé respetar, así me enseñaron mis papás. Me gustaste desde que te vi por lo valiente. No cualquiera se atreve a hacer lo mismo que tú, y yo quiero que te cases conmigo por tu voluntad, para que vivamos felices, si no para qué. A fuerza ni los zapatos entran.
—Yo ahorita no voy a casarme, ni acá ni en España —responde Angelina con firmeza.
—¡Qué bueno! —exclama Jacinto—. Porque entonces puedo esperarte.
—No dije eso —protesta Angelina.
—No te enojes. Nada te pido. No más quiero que sepas que acá te estaré esperando por si decides regresar. Esta es tu tierra y en ningún lugar estarás mejor que conmigo.
—Eso quién lo sabe.
—No más no lo olvides.
Con esas palabras Jacinto se marcha, y Angelina se sienta en la cama, suspirando aliviada. No, no se va a casar, se repite, ni acá ni en España. Y se da cuenta en ese momento de que acaso la señora Clovis esté en lo cierto, acaso ha de obedecer a su abuela… Pero ahora lo que desea es retomar lo que estaba haciendo: como siempre que sostiene en sus manos la caja parlante de san Miguelito, la invade el sobrecogimiento y duda si será capaz de emplearla, pero como su afán de saber es más fuerte, se pone a acariciarla mientras cavila las preguntas que formulará.
—Disculpa la molestia —le habla  una voz a sus espaldas—. ¿No está doña Chona?
—No, todavía no llegó —responde Angelina, dirigiéndose hacia la entrada.
—Como vi la puerta entreabierta... Mi muchachito se muere de hambre, pero desde ayer no quiere el pecho.
El bebé que lleva en brazos llora con gran desconsuelo y se chupa ávidamente la mano.
—¿Se te secó la leche?
—No, harta tengo, no más que no la quiere. Vieras cómo chilla cuando la prueba.
—Se me hace que algo comiste que la echó a perder, pero mejor que te vea mi abuelita al rato. Yo le daba entre tanto un agüita de arroz por si le duele su pancita.
La mujer agradece el consejo pero sigue en el umbral de la puerta, mirando con interés hacia el interior.
—Disculpa la indiscreción, ¿no es esa una caja parlante?
Aunque salta a la vista que Angelina no quiere contestar, la mujer no hace caso y prosigue su charla:
—Dirás que soy atrevida, pero ¿no quieres preguntarle qué fue de unos aretes de coral que me dio mi madrina?
—Ahorita no —responde Angelina—. ¿No ves que con el niño llore y llore no puedo concentrarme? Mejor atiéndelo y ya te ocuparás de los aretes cuando se haya mejorado.
Cuando por fin se marcha la mujer, Angelina envuelve con el manto de Zunil la caja parlante y también abandona la casa. Tiene que encontrar un lugar en el que nadie la interrumpa para llevar a cabo su labor. Detrás de la calle de tierra donde está la casa hay un extenso maizal con las plantas inusitadamente altas para la época del año. La suave brisa produce un murmullo vegetal que atrae a Angelina a su interior, a pesar de que las hojas cortantes le arañan la cara y los brazos. Huele a humedad y a savia, y Angelina se sienta sobre las piernas en la tierra, oculta por la vegetación de las miradas curiosas, coloca la caja sobre su regazo y se dispone a comenzar el interrogatorio.
Está anocheciendo cuando vuelve a la casa. Doña Chona también ha regresado y se afana en la limpieza de su bandeja blanca, pero no se le escapa el envoltorio que lleva su nieta bien sujeto ni el brillo de sus ojos.
—¿Te sirvió? —le pregunta y, como la respuesta es afirmativa, añade—: Qué bueno, mi hijita.
Después de recoger, ya en la cama, Angelina le cuenta su encuentro con Jacinto.
—Mejor así, mi hijita, que se haya conformado. Aunque no creas que te esperará. Bien se sabe que amor de lejos es de pendejos.
Angelina se ríe con el comentario y añade:
—Jarrito nuevo, ¿dónde te pondré? —y no puede evitar el recuerdo de Beto al aludir al entusiasmo repentino que suscita un nuevo amor. Luego susurra al oído de su abuela—: La constancia es una de las cosas grandes en las que está puesta la sabiduría.
—¿Te lo dijo la caja parlante de san Miguelito?
—No, yo lo descubrí.
Doña Chona sonríe en silencio. Le regocija comprobar que la niñita que le entregó Margarita a punto de morir se está convirtiendo en una mujer fuerte y valiente, capaz de valerse por sí misma y de resolver las situaciones que le presenta la vida. Cuántas andanzas han vivido juntas, de cuántos peligros han escapado. Le apena pensar que está a punto de marcharse y le cruza la mente la idea de que quizá debiera aceptar su oferta  de quedarse, quizá podría casarse con ese Jacinto… pero no, rápidamente la rechaza. No se ha esforzado tanto para regresar al punto de partida. Debe seguir avanzando hasta donde quiera o pueda, aunque no la vuelva a ver... Se pasa la mano por la frente como si tratara de borrar los pensamientos tristes y musita a su nieta:
—Ya vámonos durmiendo, mi hijita. Mañana hay mucho que hacer.
—Espérame tantito, te quiero contar de doña Virtudes.
—Yo ya sé qué dijo la caja.
—¿Lo sabes? —se admira Angelina.
Pero doña Chona se ha dado la vuelta y ya no le contesta. Siempre ha sido así, piensa Angelina, llena de misterios. Desde chiquita la animaba con sus medias palabras y sus silencios a querer averiguar más, a descubrir por ella misma las cosas. En ese instante, la invade una certeza y no puede evitar acercarse a su oído para susurrarle:
—Abuelita, gracias a ti descubrí otra de las cosas grandes en las que está puesta la sabiduría. Es la curiosidad.
Doña Chona no responde, pero Angelina sabe que lo ha escuchado. Después piensa en doña Virtudes y en lo que le reveló la caja: «Al final, todos nos llamamos Adán y Eva». Había tardado en comprenderlo, pero esa era la verdad oculta: a todos nos une, más cerca o más lejos, un lazo de sangre, pero todavía más otras circunstancias de la vida. Doña Virtudes sabía de la búsqueda del Nuevo Mundo. Sus antepasados habían recorrido sus caminos americanos en pos de El Dorado, cuyas calles estaban pavimentadas de oro, y de las fabulosas siete ciudades de Cíbola, y echaron raíces allá aunque no las encontraron. Con su herencia quiso pasarle su legado, do ut des, para ayudarla a recorrer la orilla española de ese Nuevo Mundo, donde dicen que ahora la vida es más fácil. Y después murió en paz.

La estación de autobuses está repleta de viajeros y bultos. Huele a gasolina y grasa quemada, y entre el estruendo de los motores se abre paso la alegre música de una marimba que resuena en los altavoces. Angelina ocupa su asiento en la camioneta que la llevará a la ciudad de Guatemala y siente una gran opresión en el pecho que casi no le permite respirar. Al fin se marcha a cumplir su destino, omnia mecum porto, pero sabe que volverá: también se lo reveló la caja parlante de San Miguelito. Su abuela aguarda en el andén acompañada por su amiga la carnicera hasta que el vehículo se aleja, devorado por el ruidoso tráfico multicolor. Angelina las sigue con la mirada hasta que sus figuras se convierten en puntos diminutos y luego desaparecen. Entonces vuelve la cabeza y contempla la vela que sostiene con fuerza sobre su regazo: «Ya puedes prenderla para pedir la gracia», le ha dicho su abuela al entregársela, y en ese momento, mientras las lágrimas caen mansamente por sus mejillas, percibe cuál es el tercer pilar de la sabiduría: la generosidad.


Aquí pongo la palabra  FIN a esta novela.

Añado como colofón lo que escribió Miguel de Cervantes al final de su Quijote: «Y el prudentísimo  Cide Hamete dijo a su pluma: “Aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres: ¡Tate, tate, folloncicos! De ninguno sea tocada; porque esta impresa, buen rey, para mí estaba guardada. Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio”». Sin embargo, a diferencia de don Quijote, Angelina no está muerta, sino muy viva al terminar esta novela, y acaso en un futuro desee continuar su historia con esta misma pluma o con otra. Termino, igual que Cervantes, con un clásico vale, que es adiós en latín.


© Carmen Martínez Gimeno


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viernes, 8 de noviembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 14)

Angelina y el Nuevo Mundo
Me gusta ver el cielo 
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar;
me gusta ver la noche 
sin luna y sin estrellas, 
y solo las centellas
la tierra iluminar.

atribuida a José de Espronceda


CAPÍTULO 14

V
AN a subir al cerro. Es una huida, disfrazada con el pretexto de recoger hierbas. Doña Chona ha pasado tumbada en la cama una noche y un día completos, los ojos muy abiertos, el corazón sangrando. Le duele el cuerpo ya viejo, crujen sus articulaciones maltratadas por la caída y no halla reposo: ninguna postura es buena porque es su alma la que se queja. Ella, que había soportado estoica tantas penalidades, que jamás había levantado la mano contra nadie, ha provocado el linchamiento de Braulio. No sabe si está vivo o muerto, y no se arrepiente. No, la ira sigue mandando en su interior y no le consiente pensar con claridad. Su olla se ha colmado y ya rebosa;  su cabito se acaba y exhala culebrillas de humo negro…
Angelina se ha alegrado cuando su abuela ha propuesto el viaje. Tampoco ella es capaz de dormir, no encuentra sosiego. Pero no quiere llorar más, que Melva descanse en paz allá donde se encuentre, no quiere seguir pensando en su hijito desaparecido, necesita aire, nuevos horizontes para que no la aniquile la pena. Sin embargo, no está segura de que su abuela aguante tan larga caminata. Ha visto los moratones de sus muslos y las negras ojeras que rodean sus ojos, y hasta ha tenido que ayudarla a levantarse de la cama. No, es demasiado pronto para subir al cerro.
Pero doña Chona es terca:
—Allá arriba estaremos bien, mi hija. Tengo necesidad de buscar mis hierbas.  ¿Cómo voy a sanar de sus males si no a los desdichados que acudan a pedírmelo?
Angelina asiente con la cabeza aunque teme que ahora serán otros los que se acerquen a su abuela. Ayer tocaron a la puerta dos hombres que estaban dispuestos a pagar harta plata si echaba daño a quien los estaba perjudicando en una disputa de tierras. Muchos más los seguirán en cuanto se corra la voz de lo ocurrido con Braulio. Tiene razón doña Chona, mejor subir al cerro, aunque sea paso a pasito, mejor huir hasta que llegue el olvido y las cubra con su manto.           
Sabe doña Chona que los primeros pasos son los peores, los más dolorosos, y aprieta los dientes para aguantarlo. Luego las plantas de los pies se endurecen, la columna consigue enderezarse y, apoyada en el grueso palo que le sirve de cayado, abandona su casa sin volver la vista atrás. Angelina camina a su lado, cogida de su brazo, creyendo observar ojos silenciosos que las vigilan desde las rendijas de las viviendas. Aún está oscuro, y los perros ladran hambrientos a la luna.
Durante su lento camino de ascenso, el sol ha disipado la bruma del amanecer y brilla en el cielo diáfano. Las laderas están salpicadas de chozas y terrazas labradas teñidas de verde y amarillo. Doña Chona va escogiendo las plantas, arrancando los mejores tallos que coloca en una bolsa de tela mientras explica a Angelina sus cualidades y aplicaciones: hierbasanta para los cólicos, corazoncillo para el mal de ojo, epazote para las lombrices, hierba cana para el dolor de huesos. Desea transmitirle su ciencia, pero Angelina la escucha sin  prestarle atención. Está absorta en el paisaje, asombrada por su colorido que casi había olvidado. Unas risas la atraen hasta el borde del barranco, mientras su abuela se sienta sobre una piedra para descansar.
Abajo, en un remanso del río cristalino que se precipita entre breñas, se bañan mujeres y niñas, lavándose con raíces jabonosas las largas melenas que después se anudan en la nuca mientras se secan. Sus delgados cuerpos desnudos, sus chapoteos, las madres golpeando la ropa contra las rocas: Angelina también se bañaba así de niña con Melva; su abuela también lavaba la ropa entre las piedras del río. Qué bonita escena: serviría para los anuncios de las agencias de viajes. «Vengan a Guatemala, tierra de los mayas», decía un folleto que hojeó Angelina cuando fue a comprar su billete. Observándolas bañarse, pareciera que su vida es tranquila e idílica, pero Angelina sabe que muchas de esas mujeres serán arrastradas de las melenas que acaban de lavarse en cuanto regresen a sus casas, que más de una sufrirá el mismo destino que Melva… Porque los anuncios son mentira, bien se lo advirtió la joven Cecilia cuando pidió a doña Mercedes que le dejara comprar el detergente de la televisión para limpiar las manchas que traía en su ropa la niña Paloma cuando regresaba de las clases de pintura. «El frotar se va a acabar», anunciaban sonrientes por la televisión, y Cecilia se rio, cómprale el detergente, abuela, que descubra por sí misma que los anuncios siempre son mentira. Y tenía razón: había que frotar las manchas, nunca salían a la primera con ese detergente ni con ninguno. El anuncio era mentira, sí, siempre lo son: mentira era también la vida idílica de esas gentes que por sus costumbres y su vistosa ropa tejida a mano se convertían en atracción para los turistas.
Los anuncios ocultaban que hubo una guerra fratricida con un legado terrible de violencia y desarraigo. Ocultaban que fueron miles los que perecieron y que otros, como su abuela y ella, tuvieron que huir para no morir, y que en el camino se deshicieron poco a poco de sus ropas de indias para pasar desapercibidas, para encontrar empleo en las fincas. Angelina lo tuvo más fácil por sus ojos de española. Hasta una vez cierta maestra la quiso poner de abanderada para un desfile de la escuela, pero cambió de opinión a toda prisa cuando conoció a su abuela y se dio cuenta de que no era ladina.
«Margarita, no anheles la escuela para nuestra hija, porque allá le quitarán nuestras costumbres», recuerda Angelina que su papá repetía cada vez que su mamá insistía en mandarla. «Del padre al hijo bajará la sabiduría, pues nadie podría saber ni repetir lo que fue antes de que hubiera ojos para verlo y orejas para escucharlo si los que en su tiempo lo supieron no lo hubieran enseñado». Luego lo mataron por meterse a defender los derechos de los indios, y Angelina solo recuerda que le explicó: «Hay tres cosas grandes en que está puesta la sabiduría, no lo olvides nunca», y no lo olvida, pero aún no ha descifrado cuáles son, y en la escuela a la que la envió doña Chona tampoco se las enseñaron. Tal vez porque faltaba mucho, tal vez porque no era capaz de prestar atención cuando sentía hambre o sueño, porque durante mucho tiempo vagó con su abuela por los cerros y no tuvo más techo que las estrellas.
—Angelina, ya acabé —anuncia doña Chona.
—¿Cuáles son las tres cosas grandes en las que se asienta la sabiduría? —le pregunta.
—Ay, mi hijita, ¿es otro acertijo del cofre de doña Virtudes?
—No, fue mi papá quien me lo dijo. ¿Sabes cuáles son?
—Has de descubrirlas tú. Son distintas para cada quien.
—Omnia mecum porto. Eso ya lo adiviné.
—Qué bueno, mi hijita. Ya vámonos, apúrate.
Angelina mira de nuevo a las mujeres que se alejan del río, cargando cada una un recipiente de agua para rellenar las tinajas de las casas, y corre a reunirse con su abuela, que ya ha iniciado la marcha,  pero no por donde habían subido.
—Ay, abuelita, te confundiste. Por acá no es el camino.
—Ya sé, mi hijita, cómo crees que voy a perderme, es que primero quiero mostrarte algo, al fin es allá abajito, al final del valle, no nos vamos a tardar.
La senda que señala la abuela es tortuosa, abierta por los animales y ensanchada por las pisadas de los hombres, y va a parar a una explanada verde donde se entrevén entre la maleza unos muros de piedra abatidos por los años y el abandono.
—Ya me trajiste aquí de chiquita —afirma Angelina, haciendo memoria—. ¿No es el lugar donde vivió tu abuelita y donde nació tu mamá?
—Así mero es, no más que entonces aún se apreciaba cómo había sido la casa, dónde estaban los potreros y los campos de labor; ahora apenitas queda nada, el tiempo lo va borrando —responde doña Chona con añoranza—. Ayúdame a encontrar la puerta.
La búsqueda es difícil pues han crecido zarzas entre las piedras y el sol va bajando y falta poco para que se esconda tras los cerros. Angelina no comprende qué es lo que pretende su abuela y le avisa una y otra vez que se les va a hacer de noche, que han de buscar cobijo, pero no consigue que deje su laboriosa tarea.
—¡Acá está! —exclama al fin, cortando con su afilado machete una rama de zarza que le ha arañado las manos—. Este escudo se hallaba colocado encimita de la puerta principal. Léeme lo que está escrito.
A la escasa luz crepuscular, Angelina se afana en descifrar lo que hay grabado en la piedra sobre un borroso dibujo en relieve: 
—Omnia mecum porto —pronuncia admirada cuando lo consigue.
—Ya ves que yo no sé de letras, pero cuando allá en el cerro te escuché que habías descifrado las palabras, se me vino a la cabeza que tal vez fueran las mismas...
—¿Por qué son las mismas? —la interrumpe ansiosa Angelina.
—Yo no sé. Acá vivían gentes de fortuna. Tenían su escudo sobre la puerta y lo llevaban grabado hasta en las sillas de montar. Mi mamá conocía su historia, pues ya ves que acá nació, pero no alcanzó a contármela.
—¿Por qué se destruyó la casa?
—La derrumbó un terremoto, pero para entonces ya eran muchos los años que llevaba abandonada. Yo no sé la causa, pero Soledad, si aún no murió, habrá de acordarse. Se quedó a vivir por acá, como muchos de los que trabajaban en las tierras. Vamos, mi hijita, buscaremos su casa. Mi mamá y la suya fueron buenas amigas y se alegrará de vernos.
Sobre una terraza labrada en la falda de la montaña que cierra el valle, hay un grupo de cabañas de tablas de madera y paja. Hacia ellas se dirigen alumbradas por la luna y llaman a la puerta de la primera que encuentran a su paso. Sale a abrirles un anciano canoso, sonriente y desdentado.
—Buenas noches, señor —le saluda doña Chona—. ¿Sabría darnos razón de si vive por acá doña Soledad, hija de doña Magdalena?
—Vive y está buena de su salud, no más algo desmejorada de su boca, como yo mero. ¿Quién pregunta por ella?
—Disculpe la descortesía —replica la abuela—. Doña Chona es mi gracia y esta es mi nieta Angelina.
El anciano hace una reverencia con la cabeza y les comunica:
—Su casa es la tercera de aquel lado según se sube, por si quieren visitarla. Es feo pasar la noche afuera en los malos tiempos que corren.
 Le agradecen su información y se dirigen a la puerta que les ha indicado. Por las rendijas se escapa el humo de la hoguera que arde dentro y un dulce olor a leche hirviendo.
La señora que acude a su llamada parece más vieja que la abuela porque apenas tiene dientes, pero se muestra dichosa con su visita y las invita a pasar al interior. Después de beber con deleite la taza de leche que les ofrece, inician una conversación en la que se cuentan lo que les ha ocurrido durante el tiempo en que no se han visto. Luego la abuela pregunta:
—Angelina, ¿traes la medalla?
La joven desata la cinta de la que cuelga en su cuello y se la muestra a doña Soledad.
—Explícale las letras —le indica su abuela.
Doña Soledad coge la medalla con sus gruesos dedos y escucha atenta a Angelina.
—Omnia mecum porto  —repite después—. Cuántos recuerdos. Tantas veces me contó mi mamá la historia de la señora Acacia: Omnia mecum porto...
Como se queda ensimismada, doña Chona le pregunta quién era esa señora.
—¿Acaso tu mamá no te platicó de la señora de la Casa Grande? —se extraña.
—Ya ves que murió temprano —se disculpa doña Chona—. Apenas alcanzo a recordar nada de aquellos años; apenas conocí a mi mamá, esa desgracia tuve.
Doña Soledad asiente y comienza su relato:
—El último amo de la Casa Grande era galán cumplido, tenía unos lindos ojos, así como los tuyos, Angelina, y no le faltaban sus enamoradas por los contornos, pero cuando le llegó la hora de casarse, le mandaron traer una novia de España. Así se presentó la señora Acacia, con sus lindos trajes de encajes que nadie había visto nunca por acá y sus abanicos de nácar que movía sin parar para hacerse alrededor de su cara allá donde fuera un airecito suave que le conservaba ese color delicado como de durazno. Le gustaba mucho esa fruta y hasta mandó plantar un árbol que aún da harta cosecha. ¿No lo vieron cerca de las ruinas?
Abuela y nieta responden que no se han fijado y doña Soledad prosigue narrando:
—Durante años pareció contenta con su suerte entre estos valles, no se quejaba de nada, ni pretendía que la sacaran a pasear a la ciudad, aunque estaba bien joven. Hasta la noche de tormenta en que un caballo traicionero arrojó al barranco a su esposo, cuando regresaba quién sabe de qué negocio. Lo encontraron muerto, y ella lo enterró y pagó los duelos, como era su deber de esposa, aunque muchas lo lloraron sin cobrar nada por el servicio. Después se empeñó en regresar a España. Era una buena ama y mi abuelita la quería bien, por eso trató de convencerla para que no abandonara sus posesiones: «Omnia mecum porto», fue su respuesta, todo lo mío lo llevo conmigo. Y no hubo quien la sacara de eso. No vendió nada, dio las cosas a quienes se las pidieron, ya ven que no faltan atrevidos, y se fue no más con lo que había traído y los regalos que le había hecho en vida su esposo. Con mi abuelita fue generosa: le apenaba que se quedara sin trabajo con su marcha y le entregó unas monedas de oro para que no pasara apuros en criar a mi mamá y una parcelita para que mi abuelito la cultivara, pero nos duró bien poco, pues ya ven que la única tierra que conservan los pobres es la de las uñas. Ella también esperaba un hijo, pero mi abuelita nunca supo si llegó a nacer.
—¿Le habló su mamá del collar del Virrey? —pregunta  Angelina.
—No.
—¿Y de Do ut des?
—¿Cómo dijiste?    
—Do ut des. Son otras palabras en latín.
—Jamás lo escuché.
Esa noche, a Angelina le cuesta conciliar el sueño. Ha perdido la costumbre de dormir en el duro suelo, pero además tiene demasiadas interrogantes en la cabeza y no encuentra el modo de resolverlas. Una sobre todo le inquieta:
—¿Ya te dormiste? —susurra a su abuela, tumbada a su lado.
—No, mi hijita.
—¿Conociste a tu papá?
—No, mi hijita, no tuve esa suerte.
Cuando consigue dormirse, Angelina ve a doña Virtudes recitando la adivinanza de la jicarita y ofreciéndole un durazno mientras le dice: «Do ut des». Le despiertan al amanecer los mugidos de la vaca que ordeña doña Soledad para prepararles el desayuno.
—¿Sabe esta adivinanza? —le pregunta.
Jicarita azul y negra,
palomitas de maíz,
lucecitas que no duermen
y que te miran dormir.
—El cielo de la noche —responde la anciana.
—¿La sabía su mamá?
—Ella me la enseñó.
Mientras desandan sus pasos para adentrarse en los cerros, Angelina va absorta en sus pensamientos e imagina a la madre de doña Virtudes dándose aire con su abanico de nácar y entregándole la medallita con filigrana en la que hizo grabar los dos aforismos latinos que rigieron su vida.
Su abuela interrumpe sus cavilaciones, señalándole el cielo.
—Ve esas nubes. El viento las junta a su capricho, y nosotros distinguimos ahorita un águila con sus grandes alas abiertas, luego una serpiente enroscada, una liebre que salta, una mariposa, y al ratito ya se deshizo todo. No faltan veces en las que la casualidad parece más clara que la mera verdad. No te dejes engañar por ensoñaciones, Angelina. Mi papá no fue ese amo galán del que nos habló doña Soledad. Mi mamá todavía no nacía cuando él murió.
Pero Angelina tiene la certeza de que existe un lazo que la une con doña Virtudes. ¿Por qué, si no, la reconoció por sus ojos y le dejó en herencia la llave que guardaba sus más preciados recuerdos?

© Carmen Martínez Gimeno

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viernes, 18 de octubre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 11)

Viento negro, luna blanca.
Noche de Todos los Santos.
Frío. Las campanas todas 
de la tierra están sonando. 

       Juan Ramón Jiménez







CAPÍTULO 11

N
OVIEMBRE entró revuelto de brumas y hielo. El granizo golpeaba insistente las tejas y repiqueteaba contra los cristales, formando una cortina espesa que el afilado viento movía en ondas a su antojo. Triste se había levantado el sábado tan deseado. Angelina contemplaba desde la ventana de la cocina el manto de piedras blancas que iba cubriendo los arriates, humillando más si cabe las violetas, deshojando los pensamientos amarillos y descabezando los crisantemos rojos recién floridos que ella cuidaba a diario. El magnolio del rincón se sacudía en un remolino de hojas, librando una desigual batalla que dejaría sus gruesas hojas verdidoradas repletas de magulladuras. Los pájaros habían desaparecido. Angelina los imaginó volando ya próximos a los lugares soleados a los que habían emigrado, tal vez incluso a Guatemala, y se limpió con la mano una lágrima que se le había escapado.
Paloma lo notó y preguntó qué le pasaba. La cebolla que estaba picando, se disculpó Angelina, moviendo con precisión el largo cuchillo sobre la tabla de cortar donde había ordenado en coloridos montones las verduras necesarias para el sofrito de la carne que iba a cocinar. Pero Paloma no se dio por vencida:
—No me engañas, Angelina.
Y ella reveló al fin:
—Extraño a mi abuelita. Esta es una fecha muy señalada para las dos, pues es el día en que festejamos a mi papá, a mi mamá y a mi hermanito que no alcanzó a nacer. A nosotras con la guerra se nos perdió la memoria de muchas cosas, nos arrancó las raíces y nos obligó a ser andariegas, pero a ellos nunca los olvidamos, y cada año regresamos el día de los muertos al cerro de su tumba para preparar el altar con sus flores, su calabaza y la comida que más les gustaba. Hasta su traguito le ponemos a mi papá, y eso que a mi abuelita no le gustan los hombres tomadores: «Ya que tuvo una muerte tan amarga, que se dé su gusto este día», dice.
Paloma asintió con la cabeza y quiso consolarla:
—Podemos hacer una ofrenda en el jardín. Mis amigas y yo preparamos una preciosa cuando enterramos a un gorrión hace dos veranos.
—Se la llevaría el viento —gimoteó Angelina.
Paloma la abrazó por la cintura y reposó la cabeza en su pecho. Después le tiró de la mano para conducirla a su dormitorio.
—Tú prepara la mesa aquí. ¿Qué le gusta más a tu papá, el vino o el whisky?
Angelina se encogió de hombros, y Paloma se marchó corriendo.
Apenas había tenido tiempo Angelina de extender el manto de Zunil sobre la mesa de madera donde solía planchar, cuando Paloma regresó con dos botellas y un jarrón con tulipanes y margaritas artificiales.
—Ahora traeré más flores del jardín si quieres —precisó—. ¿Qué más necesitas?
Comida. No podrían preparar los platillos que se acostumbraban en Guatemala, pero Angelina adujo que sus papás nunca habían sido exigentes. Se contentarían con las lonchas de jamón, las rodajas de chorizo, el pan y las naranjas que sacó Paloma del frigorífico. Y se empeñó además en añadir leche porque estaba segura de que era lo mejor para el bebé muerto.
Angelina encendió tres velas blancas, se arrodilló y con los ojos cerrados comenzó a recitar en voz baja, balanceándose acompasadamente como si siguiera el ritmo de una música que Paloma no escuchaba.
—¿Qué haces, qué dices? —preguntó asustada—. ¿Van a aparecer tus muertos?
—Vendrán, sí, eso espero —respondió Angelina, abriendo los ojos.
Paloma alegó que la llamaba su madre y se marchó corriendo de la habitación porque no quería ver llegar a los esqueletos descarnados que se imaginó vestidos con ropas en girones. Angelina continuó recitando  la oración que había compuesto su abuela:
…he tendido el altar, comience la fiesta.
Regresad por un día de la región oscura,
salid pronto del sueño,
jefe de águilas, tejedora de plumas,
capullo que no abrió...
Un tenue rayo de sol se coló entre las espesas nubes y penetró por la ventana. Angelina volvió la cara hacia él y sonrió. Después se levantó del suelo, cerró la puerta y se dirigió a la cocina. Tenía que concluir sus quehaceres antes de que la echaran en falta. Y debía apresurarse, pues Beto la estaría aguardando junto a la boca del metro como habían convenido. El corazón le dio un brinco cuando pensó en él. Comerían juntos y después le pediría que la acompañara al convento de las Madres Oblatas. Ya sabía cómo llegar porque Paloma había buscado la dirección en la guía telefónica.
La retrasaron más de la cuenta las últimas ocurrencias de doña Mercedes, que si dónde está mi perfume, este no es porque huele a flores de muerto, no, esos zapatos no, que me hacen daño, Angelina, hoy quiero que me peines con un moño italiano, ¿dónde está Paloma?, a ver si se la van a llevar esos que roban niños, ¿no has oído el silbato?, el robadoooor… van pregonando los muy canallas. Angelina apenas tuvo tiempo de cambiarse de ropa y lavarse las manos para borrar los olores de los guisos. Ya en el autobús, sacó del bolsillo la pulsera de estrellas y se la abrochó. Es preciosa, pensó mientras la hacía girar alrededor de la muñeca, Beto me la dio porque me quiere. Me quiere, repitió para sí atolondrada, y le entraron ganas de reír.
Antes de que el autobús hubiera llegado a la parada, Angelina ya se había colocado junto a la puerta para descender la primera y corrió y corrió y corrió desmelenándose hasta llegar a la boca del metro donde habían quedado. Beto no estaba. Angelina lo buscó por los alrededores y miró su reloj. No, tampoco era tan tarde. Tal vez Beto no era puntual, así que debía aguardar paciente. Pero pasó una hora y luego otra. Ya me olvidó, se entristeció Angelina; no, tampoco, es pronto para pensar en eso: ha de haber tenido un imprevisto, se consoló. Y esperó una hora más. Pero se cansó. No iba a perder su día libre aguardando. Nada de penas, se dijo, y decidió tomar el metro para visitar a las Madres Oblatas, como tenía pensado.
Cuando llegó ante las puertas del jardín, ya había una gran cola de personas aguardando, aunque aún no habían empezado a servir las comidas. A primera vista se notaba que eran personas pobres, maltratadas por la vida, que cargaban bolsas de plástico y bultos con sus míseras pertenencias. Angelina se maravilló de no haberse dado cuenta la primera vez. Estaba recién llegada y en Guatemala no había visto blancos pobres, solo indios y negros, eso la había confundido. Cuánto había aprendido desde entonces: en esta ciudad la pobreza no respetaba razas, y había rubios de ojos azules y dientes de oro padeciendo miseria y aguantando estoicamente para llenarse el estómago el helado viento de ese día tan nublado que volvía a amenazar lluvia. Angelina tampoco había comido, pero no quiso ocupar el lugar de un necesitado y  se salió de la fila con la intención de acercarse a la puerta para hablar con la monja a quien buscaba.
—¡Eh, tú, no te cueles! —le gritó una mujer desgreñada que daba ansiosas caladas a un cigarrillo casi consumido.
Otras voces se alzaron para unirse a la protesta, y Angelina no quiso discutir y aguardó paciente a que fuera avanzando la cola. Cuando por fin le tocó subir las escaleras para entrar al comedor, la monja con el delantal blanco inmaculado que la saludó no era la que recordaba.
—No te quedes ahí, vamos, busca un sitio para sentarte —le dijo al ver su vacilación.
Angelina la obedeció y se colocó en el primer hueco que encontró. Otra monja de rostro redondo y sonriente le trajo una bandeja con sopa de fideos, guiso de carne, un trozo de pan y un flan, deseándole buen provecho.
La joven le dio las gracias y comió mecánicamente, pensando cómo actuar. Cuando terminó y se levantó a vaciar la bandeja, se dirigió a quien le había servido:
—Disculpe la molestia, yo vine acá por doña Virtudes.
—¿Cómo dices, que buscas a doña Virtudes? —replicó la monja—. Había una anciana que se llamaba así y venía mucho, pero ya murió.
—No, yo ya sé que murió. Vine acá por ella.
—Ay, hija, me alegro de que te trajera. Ahora puedes volver sola cuando quieras. Ale, hasta otro día —se despidió con prisas mientras preparaba nuevas bandejas.
Qué difícil le resultaba darse a entender, pensó Angelina. Pero estaba decidida a  lograr lo que se había propuesto y, en lugar de dirigirse a la salida, se adentró en el convento. Recorría un amplio pasillo de suelos resplandecientes, adornado con grandes macetas de aspidistras, cuando una voz la interceptó:
—¡Oiga! ¿Dónde va?
Angelina se volvió para encontrarse de frente con el rostro que tan bien recordaba.
—Disculpe el atrevimiento. La estaba buscando.
—Pues tú dirás en qué puedo servirte —replicó la monja.
Escarmentada de que no la entendieran, quiso ahorrarse las explicaciones y fue directa al grano:
—Vine porque doña Virtudes me dio a guardar esto —sacó del bolsillo la llave envuelta en el cartón y se la tendió.
Antes de cogerla, la monja, que la miraba fijamente, afirmó:
—Ya te he reconocido. Tú eres la hija del virrey.
—Qué pena con usted, señora, pero no. No más soy Angelina Jelik, de Guatemala. Lo demás lo inventó doña Virtudes.
—Lo sé, hija, lo sé. Si ya no existen virreyes, eso es de la época de la conquista. ¿Sabes de dónde es esta llave?
—No. Doña Virtudes me la entregó bien envuelta para que yo la guardara porque, según dijo, algún día me podría ser de utilidad, pero yo olvidé que la tenía y apenitas la fui a encontrar al fondo de mi maleta mientras buscaba otra cosa.
—Vamos a mi despacho —indicó la monja, tomándola del brazo.
Entraron en una habitación luminosa entre cuyos muebles sobresalía un armario de madera labrada y proporciones gigantescas. La monja abrió una de las puertas con una llave que escogió de un manojo oculto entre los pliegues del hábito y sacó un cofre oscuro que colocó sobre el escritorio.
—Comprueba si tu llave sirve para esa cerradura —indicó.
Angelina vaciló un instante antes de introducirla por el ojo y girar una, dos, tres vueltas completas.
—Ya está. Levanta la tapa —pidió la monja—. ¿No tienes interés en ver lo que contiene?
Angelina sonrió como respuesta.
Fue la monja quien abrió la tapa con un chirrido de goznes en desuso.
—Veo que eres prudente, pero ha llegado el momento de darte una explicación. La ancianita que conociste no era ninguna indigente, aunque había decidido llevar una vida peculiar que a ella le gustaba. Como no tenía parientes y a este convento venía mucho, resolvió favorecernos dejándonos buena parte de sus bienes, pero a cambio nos pidió que le guardáramos este cofre hasta que encontrara a la persona adecuada para disfrutar de su contenido. Lo sabríamos porque a ella le entregaría la llave. Cuando ese día que te trajo me explicó que eras su nieta, hija del virrey de Guatemala, me imaginé que eras la elegida. Del contenido del cofre solo sé que son cosas que ella apreciaba, pero desconozco su valor material. Hablaba mucho de la cadena del virrey, al parecer de oro y esmeraldas, y decía que había pertenecido a su familia durante siglos, porque un antepasado suyo había ocupado ese cargo en las Américas. Creo que por eso te eligió. ¿Quieres que veamos qué hay?
—No —respondió Angelina.
—Estás en tu derecho. Toma, llévatelo.
—No, no —repitió Angelina—. Cómo voy a llevármelo.
—Es tuyo. Doña Virtudes te lo regaló.
—Pero esa señora no me conocía...
—No hay peros que valgan. Mira, vamos a ver qué contiene. ¿No te pica la curiosidad?
La monja metió la mano y sacó una caja alargada de cartón blanco, sujeta con dos vueltas de goma pringosa. Se la tendió a Angelina:
—Ábrela. Puede que sea la cadena del virrey.
Angelina obedeció y apareció un abanico blanco de nácar y seda con pájaros bordados. Luego salieron algunas monedas antiguas, un juego de botones con anclas, un sonajero de plata, una medallita rematada con una filigrana, guardada en una caja de piel granate, y por fin la cadena del virrey. Era bastante gruesa y llevaba engarzada una piedra verde del tamaño de una canica.
—Si es una esmeralda verdadera, valdrá bastante —opinó la monja—. Tendrías que llevarla a un joyero para que la tasara.
—¿Me puedo sentar? —preguntó Angelina—. Creo que me estoy mareando.
La monja le acercó una silla y abrió la ventana.
—Tranquilízate, que no es nada: el olor a incienso que se cuela de la iglesia.  A mucha gente le marea, y a ti con más motivo después de haber recibido una herencia inesperada.
—Pero si apenitas conocí a doña Virtudes, ni siquiera la enterré.
A la monja le extrañaron sus palabras, y Angelina le explicó lo sucedido y cómo el barrendero la había dejado marcharse antes de que llegara la policía.
La monja manifestó:
—Está claro que murió en paz. El señor la tenga en su gloria. Algo vio en ti que le gustó y creo que debes aceptar su voluntad, igual que ha hecho nuestro convento.
—Pero ustedes la conocían bien, le ofrecían su comida, su amistad; yo apenitas alcancé a estar un día con ella.
—A veces un día vale más que toda una vida, ya lo ves. Yo en tu lugar no rechazaría una herencia que tal vez te ayude a mejorar de vida. Mira, si te parece, yo vuelvo a guardar el cofre y tú te quedas con la llave, como hasta ahora. Cuando lo quieras te lo entregaré y, mientras tanto, puedes venir a visitarnos de vez en cuando, ya sabes que la comida es buena.
Doña Chona estuvo cavila que cavila después de hablar con su nieta. Le costaba asimilar que estuviera ganando tanto dinero y más aún que una desconocida le hubiera legado su cofre de tesoros. No te vayas a descuidar, mi hija, no vayas a perder la cabeza ahora que te creas rica. Recuerda de dónde vienes y adónde has de llegar, le había aconsejado. Y seguía dándole vueltas a la cabeza, a pesar de que Angelina le había asegurado que nada iba a cambiar, que aún tenía los pies sobre la tierra.
¿Nada iba a cambiar?, se repitió Angelina mientras caminaba a la salida del locutorio. Miró la pulsera de estrellas y pensó en Beto. Eso no se lo había contado a su abuela. Tal vez ya no haría falta…
—Muchachita linda, me tiene todo el día buscándola —le susurraron al oído mientras la rodeaban desde la espalda por la cintura—. Se me hizo demasiado tarde, lo siento. Dígame que me perdona y no se enoje conmigo.
Angelina sonrió y se dejó abrazar:
—Tengo tanto que platicarte…
No pudo continuar porque Beto no paraba de besarla.
—Hoy cerré un gran negocio —reveló después, enseñándole un fajo de billetes—. Gané harta plata. Para los dos.
Angelina quiso saber de qué se trataba.
—Es un negocio de redistribución, así lo llamamos. Y tú puedes entrar en él. Tan linda que eres, te será fácil. Eres mi enamorada y por eso te tengo confianza.
Angelina asintió con la cabeza y escuchó atentamente la explicación de Beto. Después permaneció callada.
—¿Le entras, mi vida? Seremos de esos riquillos que nada les falta y nos compraremos una casa para vivir juntos, no aquí, con estos fríos, sino en la costa que dicen de Levante, bonito está por allá según cuentan.
Silencio. Angelina no sabía qué responder.
—¿Le entras? —repitió Beto—. Podemos empezar por la casa donde ahora estás. Con tu ayuda no nos costará nada sacar todo lo de valor que tengan. Tú has de saber informarnos, eso es lo importante. Y ya después te sales rapidito y te vas a esconder conmigo para que no te encuentren.
—No, Beto, yo no le entro a ese negocio. No me pidas eso, me muero del miedo y me agarrará la policía porque soy muy torpe —susurró Angelina al fin—. Ahorita no puedo hacer eso.
—Está bien, mi vida, yo me arriesgaré por los dos, al fin soy el hombre y el que debe llevar los pantalones. Ya más adelantito platicamos de nuevo. Yo lo que quiero es que estés contenta.
Angelina asintió y se dejó besar. Pasearon muy abrazados por el Parque del Oeste y Beto ofreció acompañarla en taxi hasta su casa. Pero Angelina se negó:
—No quiero que tengas malas ideas. Mi casa la has de respetar. No estaré segura  si algo ocurre, porque me cargarán las culpas. Capaz que la policía me mete en la cárcel o me echan del país.
—Tan inteligente como linda, mi muchacha amada. ¿Cómo se te ocurre pensar esas cosas? Bien elegí, tú sabrás aconsejarme para que no me equivoque, porque yo soy bien tarugo para eso de pensar. Angelina, mi vida, mi dulce enamorada de ojitos como soles…
Ojitos como soles, repite Angelina mientras camina despacio bajo la lluvia hacia Estrella Polar número 7. Al despedirse antes de tomar el autobús, ha quedado con Beto en que volverán a verse el sábado siguiente en el mismo lugar y a la misma hora. Una niña rumana de rubias greñas y larga falda le sale al paso para pedirle  limosna, dame algo, señorita, mira que hoy no comí, y Angelina se desabrocha la pulsera de plata.
—Para ti —le dice al entregársela—. Suena bonito, como campanitas, si le das muchas vueltas cuando la llevas puesta.   
       

© Carmen Martínez Gimeno

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