jueves, 20 de diciembre de 2012

Un cuento de Navidad

Navidad
Desde que tengo conciencia, siempre me gustó escribir y pintar monigotes, tal vez porque me eduqué en un colegio donde nos mandaban redacciones casi a diario y nos subían la nota si además las ilustrábamos. Sin embargo, a algunas de mis hermanas les gustaba menos, y yo siempre me ofrecía a ayudarlas. Un año que escribí la redacción de Navidad a varias, además de la mía, una de mis hermanas ganó el premio de su clase. Luego el colegio envió la redacción a un concurso provincial y también lo ganó. Mi hermana fue a recoger el diploma acompañada por mis padres, y en nuestro colegio se hizo una función de teatro para representar el cuento. Nunca pensamos que iba a pasar todo eso y mantuvimos en secreto que la autora era yo, temerosas de las consecuencias.
Este es el cuento que escribí entonces, con catorce o quince años, copiado de las amarillentas hojas escritas a máquina que todavía conservo. No he tenido que corregir la ortografía ni la puntuación porque lo mecanografió mi orgulloso padre, lo recuerdo bien.
Después de tantos años, apenas me reconozco en la ingenua adolescente que se inspiró en El principito de Saint-Exupéry para escribir «La estrella». La Navidad es ahora sobre todo tiempo de nostalgia, y pienso si todavía quedará en mí algo de aquella jovencita que paseaba con sus hermanas junto a la carretera general, imaginando adónde irían los coches y cómo serían las vidas de sus ocupantes.
Feliz Navidad.     

La estrella
Desde mi ventana he visto cómo ha empezado a nevar. Me gusta la nieve porque es blanca, porque es limpia, porque no mancha. Me gustan las Navidades nevadas y por eso estoy contenta, porque nieva y porque es Nochebuena.
Miro al cielo para ver aparecer la estrella que todos los años guía a los Magos, pero no está. ¿Qué habrá pasado? Ella nunca faltó a la cita.
Me pongo mis guantes y salgo por la ventana sin hacer ruido. Tengo que ir a hablar con la estrella para que cumpla su misión.
¡Qué lejos está el cielo! He subido por una escalera muy larga y he preguntado a mi paso por astros y planetas por la estrella de Navidad.
—Yo soy. ¿Qué quieres? No, ya sé. Vienes a convencerme para que salga. Pues puedes irte porque no lo vas a conseguir. Estoy decidida. No iré.
—Estrella, ¿quién guiará entonces a los Magos?
—No lo sé ni me importa. Pero yo no salgo. Estoy ya cansada de hacerlo todos los años. Y ¿sabes? no sirve de nada. Yo no quiero volver al mundo de los hombres hipócritas que me miran en el cielo y cesan de sus luchas por un momento para al día siguiente volver a matar a un hermano. No, no me lo pidas porque no volveré.
—Pero no todos los hombres son malos. Hay niños que esperan impacientes la Navidad y creen en ella con todas sus fuerzas. Ellos te necesitan.
—Esos niños no me necesitan a mí. Prefieren una linterna o un juguete atómico para divertirse con sus amigos. No quiero salir.
—Estrella, si al menos hay una persona que te necesite, que te busque ¿saldrás?
—Bueno, si encuentras una persona así, avísame y salgo. Mientras tanto iré sacando brillo a mi cola por si acaso. Pero date prisa, porque ya es muy tarde. ¡Corre a buscarla!
He mirado por todas las ventanitas del cielo. He recorrido todos los rincones del mundo y casi me doy por vencida. Nadie espera la Navidad, a nadie le importa ya.
Oigo un ruido muy fuerte. ¡Una bomba! Veo un hombre arrastrarse por la tierra. Tiene un casco y un fusil, parece que está muy solo, solo y triste. Mira al cielo ¿será que busca la estrella? Quiero hablar con él y le llamo…¡soldado!
—Déjame. Quiero morir… ya no tengo nada. He perdido mi casa, mis padres, mi hermano. Mira, ni siquiera está la estrella de Navidad. No queda nada en este mundo que merezca la pena. ¡Quiero morir!
—¡Estrella! ¡Estrella! No pierdas tiempo. Sal, te necesita, te necesitamos. Mira, los Magos se han perdido y no encuentran el portal, y el soldado morirá si no sales. ¡Sal! guíalos al niño.
La estrella ha salido, brilla entre los copos de nieve que caen y está más bonita que nunca. En el portal acaba de nacer un niño, el más pobre y el más rico del mundo, el único que puede hacerlo cambiar. Y una mula y un buey le dan calor con su aliento.
La Virgen llora porque el niño tiene frío y san José se quita su manto para arroparlo. Las pajas se le clavan en su tierno cuerpo, pero no duelen, porque a su contacto se han hecho muy suaves.
Han llegado los Magos que le ofrecen sus presentes. También un soldado que le ha dado su fusil y su casco. Él ha sonreído entre sueños.
Despacito, sin despertar al niño, me voy a mi casa. Antes de acostarme miro al cielo y la estrella ha brillado con más fuerza para mí. Miro la tierra toda blanca con su manto de nieve. Todo está bien ya. Por fin ha llegado la Navidad.

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lunes, 17 de diciembre de 2012

La cesta de los libros

Mi abuela Lola la murciana era una mujer alegre que siempre encontraba motivo para la risa a pesar de que su vida no había sido fácil. Cuando la visitábamos en su piso del madrileño barrio de Chamberí, le gustaba leernos fábulas de Samaniego sentada en una silla baja cerca del balcón. El libro era pequeño, tenía las tapas negras y estaba sujeto por una liga; se parecía al misal, aunque este era más grueso y estaba repleto de estampas de vírgenes y santos, así como de recordatorios de comuniones y fallecimientos. Ninguno de los dos ocupaba un lugar privilegiado en una librería porque en la casa de la abuela no había: sus libros se recogían en una cesta de mimbre oscuro, compartiendo el espacio con su labor de ganchillo, algunos retales de tela bien doblados, la caja de los hilos para la costura, ovillos de lana y unas gafas de concha, guardadas en una funda verde, que había heredado de su padre y que le hacían unos ojos grandísimos cuando se las ponía. A veces también nos leía trozos del Quijote  o recetas del libro granate de la marquesa de Paravere, a la que llamaba con guasa su «amiga María».
Mi cesta de los libros que hoy enseño es más modesta y no guarda secretos ni nada donde rebuscar: solo contiene la manta roja con la que me cubro cuando me quedo fría leyendo y mi Kindle, donde están los libros comprados en Amazon que aguardan mi lectura. Aunque llevo pocos meses leyendo autoeditados, ya he encontrado autores que merecen la pena. He descubierto también que hay muchos buenos olvidados en puestos relegados y muchos malos ocupando las posiciones de mayor visibilidad. Y cada vez me resulta más fácil dar con los buenos: del mismo modo que aprendí a rebuscar en los montones de las librerías y a no fiarme más que de reseñas serias, ahora leo primero los fragmentos gratuitos que ofrece Amazon, compruebo cómo escribe el autor investigando en su blog y los comentarios que deja en las distintas redes sociales, y solo compro cuando estoy segura de que cumple los requisitos imprescindibles que me he marcado: edición profesional con un mínimo de erratas (que todos los libros tienen por más esfuerzos que se hagan por evitarlas) y una buena sintaxis y puntuación. Aun así, algunos de los libros que he leído me han decepcionado por su mediocre argumento o desarrollo desigual, y he tomado una decisión: no hablaré de ellos, solo de los que merece la pena leer.
Empiezo mi selección con un trío: por orden alfabético, Carmen Grau, Antonio Lagares y Manuel Merenciano.      
Trabajo temporal de Carmen Grau no es una novela al uso, sino un cuaderno de bitácora que relata un viaje en una embarcación de recreo por aguas del Mediterráneo. Es muy fácil identificarse con la vitalista chica del Futuclú,  siempre dispuesta a cambiar de trabajo en busca de nuevas experiencias y, aunque hay un narrador en tercera persona,  en la ágil prosa se entrevé a Grau como protagonista, sus opiniones ante distintos asuntos  personales y su modo de arrostrar las dificultades que van apareciendo.
Grau tiene mirada de viajera y sabe fijarse en detalles que a otros pasarían inadvertidos y describir situaciones con tanta precisión que te parece estar presente. Los sucesos que narra son en apariencia triviales: los roces de un grupo de personas de distintas procedencias que están obligadas a convivir en la estrechez de un barco de lujo. Sin embargo, poco a poco se van dibujando los caracteres y se perfilan asuntos de mayor calado, ocultos en las insignificancias, que van tomando cuerpo. Y ahí está el pero que encuentro en el argumento, porque la expectación que paso a paso ha sabido ir creando Grau se concreta de una manera que sabe a poco y te deja con la miel en los labios.
Añadiré que Carmen Grau ya ha publicado en Amazon un segundo libro prometedor, este sí verdaderamente de viajes, porque al parecer ya ha encontrado su sitio como escritora y viajera del siglo XXI. Sin embargo, no piensa deternerse ni encasillarse en un género una vez que ha alcanzado impulso, y son diversos los nuevos proyectos literarios a los que ahora está entregada.
La rastreadora de Antonio Lagares es una novela inquietante, difícil de definir. Por las descripciones que había leído, pensé que se encuadraría en el género de terror psicológico que cultivó Lovecraft, donde se juega con nuestro miedo a lo desconocido como ignorantes seres mortales y se recrea un universo de antiquísimos y malvados dioses ancestrales, de seres abominables que los adoran y de sucesos terribles que escapan a nuestra comprensión limitada. Sin embargo, la novela de Lagares es otra cosa: se ahonda en el miedo a lo desconocido y hay terror, mucho terror y mayor violencia, pero yo diría que se acerca más a la ciencia ficción o al surrealismo, aunque en ninguno de los dos géneros encaja por completo.
Comienza la novela con un narrador omnisciente que relata con detalle un terrible suceso y a continuación resume, con abundantes juicios de valor, la vida de todos los que, de un modo u otro, se vieron afectados por él. Teniendo en cuenta el lugar que se le otorga, ya se intuye que va a ser parte crucial de la trama.
Sin embargo, la narración que se inicia después se aleja por completo de él en estilo y fondo: es una narradora en primera persona, la rastreadora, quien explica pormenorizadamente su labor, su preparación y la misión que tiene encomendada. Y a partir de ese punto el argumento se va desarrollando sin que nunca se acabe de comprender por completo lo que sucede. Hay un asesino en serie al que hay que redimir —¿o castigar o atrapar?— y se suceden escenas de violencia, cambios de perspectiva y vueltas de tuerca en una lograda narración, a veces vertiginosa, que oprime, que te enclaustra entre las cuatro paredes donde ocurre la mayor parte de la acción. No desvelo el final para no estropear la lectura, aunque pienso que sería difícil lograr unanimidad en las conclusiones: cada cual pensará haber dado con la clave. Tal vez ni al mismo Lagares, que es quien más cerca ha estado, se le haya revelado por completo.
Termino señalando que yo habría suprimido el relato inicial del terrible suceso: es mucho peor que el resto de la novela y no aporta nada que no aparezca después poco a poco en la trama.   
Manuel Merenciano es mi gran descubrimiento de escritores que se autoeditan en Amazon, aunque después de investigar un poco he sabido que posee larga trayectoria en el mundo de las letras y ha ganado varios premios. Explica Merenciano de sí mismo, entre otras cosas, que quiso ser monaguillo y lo consiguió a los seis años, aunque no lo detalle en su currículum, que se licenció en Medicina porque no había escuela de payasos en la universidad y que escribe porque no sabe bailar como Fred Astaire. Esta fina ironía caracteriza su brillante prosa, y sus argumentos inteligentes y bien desarrollados, cuyo final nunca es previsible, lo hacen merecedor de ocupar un lugar destacado en la lista de libros más vendidos; el hecho de que no esté es prueba fehaciente de su injusticia. Leí de un tirón Dos (donde se recogen los relatos «La báscula» y «Ventanas»), así como los fragmentos gratuitos que ofrece Amazon de todas sus obras, y pronto continuaré con la novela El dulce aroma de la madreselva.
La interpretación fotográfica de un rostro de mujer de Modigliani que aparece en la portada de Dos anticipa lo que el libro ofrece: dos retratos femeninos de aparente sencillez que tratan de ahondar en la esencia de sus protagonistas, encerradas en una visión particular —¿cabría decir deformada o estilizada, o son nuestros ojos los que crean tal efecto?— de sus mundos. «La báscula» narra en primera persona los ingentes esfuerzos que realiza la protagonista, a la que su madre llamaba de niña «preciosa pompa de jabón», para perder peso. El texto posee ritmo y se crea cierta empatía con la sufridora protagonista, tan precisa en sus comentarios, tan trabajadora y con tan escasa autoestima, sin prever el desenlace, no exento de humor negro. «Ventanas» cuenta en primera persona la vida de un matrimonio en un bonito chalet, rodeado de jardines. La protagonista, mujer de las de antes, sometida al qué dirán y a las apariencias, disculpa los desplantes cada vez mayores de su marido porque es un diamante en bruto al que ella debe pulir. En este relato de terror psicológico, que culmina en la violencia más invisible y cruel de las posibles, la ironía cede el paso al sarcasmo, y un suceso de apariencia tan trivial como unas gardenias contagiadas de pulgón sirve de hilo narrador de la inquietante trama.
Termino reiterando que Merenciano no es un recién llegado a esto de las letras y se nota en su cuidada escritura y su estilo característico. El dominio que demuestra del relato breve hace muy recomendable su lectura.   

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Ortotipografía para e-escritores


e-escritores
Mucho antes de la aparición de la imprenta, los amanuenses fueron creando sus propios estilos de composición y signos de puntuación para facilitar la lectura y la comprensión de los textos. El interés por recopilar y sistematizar estos signos también viene de antiguo, pues ya en el siglo I Valerio Probo dedicó su esfuerzo a recoger todas las abreviaturas empleadas. La evolución no se detuvo con la invención de la imprenta, y el libro impreso sirvió para universalizar determinados usos y convenciones en la escritura.

Estos usos y convenciones de la lengua escrita se recogen en la actualidad en la ortotipografía, disciplina eminentemente práctica que combina ortografía y tipografía para establecer pautas comunes en la edición de textos: uso de mayúsculas y minúsculas, espaciado, estilos de letras, puntuación y demás.

Como cada vez somos más quienes escribimos un blog o nos autoeditamos en plataformas digitales, en esta entrada presento los aspectos de ortotipografía  básicos que hay que tener en cuenta.

1. Títulos
Hay dos modos de escribir el titulo en  la cubierta y portada de un libro:
·                    Todo en mayúsculas:  LA HISTORIA ESCRITA EN EL CIELO
·                    Con mayúscula inicial y el resto en minúsculas: La historia escrita en el cielo
Sin embargo, nunca se deben escribir con mayúscula inicial cada una de las palabras y el resto en minúsculas: La Historia Escrita En El Cielo.

2. Dedicatoria
Es un texto corto con el que se dedica la obra. Se coloca en página independiente después de la cubierta, portadilla y portada, un poco más arriba de la mitad de la página, alineado a la derecha  y por lo general en letras cursivas. No termina con punto:
A mis lectores de siempre

3. Mayúsculas (versales y versalitas), minúsculas (caja baja), cursivas y negritas
En líneas generales, se escriben con mayúscula inicial todos los nombres propios y con minúscula inicial todos los nombres comunes.
·                    Los nombres de los días de la semana, meses y estaciones del  año son comunes y, por tanto,  no se escriben en mayúsculas, a no ser que formen parte de un nombre propio: octubre, pero Hospital Doce de Octubre; viernes, pero Viernes Santo.
·                    Los nombres propios de organismos, establecimientos, entidades culturales, premios, acontecimientos deportivos, etc., se escriben con mayúscula inicial todos sus componentes, salvo preposiciones y conjunciones: Premio Nobel de Literatura, Oriente Próximo, Movimiento Veintiséis de Octubre, Dirección General de la Mujer, el Gato con Botas.
·                    Los nombres propios de libros, artículos, folletos, fascículos y obras de arte (pintura, escultura, música, ballet, películas, etc.) se escriben con mayúscula inicial la primera palabra y el resto en minúsculas (a no ser que se incluya un nombre propio): La muerte tenía un precio; «Las armas de los conquistadores en la Antigüedad clásica»; El lago de los cisnes; El entierro del conde de Orgaz. 
·                    Los nombres propios de periódicos y revistas se escriben con mayúscula inicial cada una de las palabras que lo componen (con excepción de preposiciones y conjunciones): Nueva Revista de Filología Hispánica; Anuario Español de Implantes Dentales; Diario Montañés.

Se escriben con letra cursiva (también llamada bastardilla o itálica):
·                    Los títulos de libros, diarios, revistas, folletos, fascículos y blogs: Tratado de física; La pintora de estrellas; La Vanguardia; blog Sin borrones.
Constituyen una excepción los nombres de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, así como las palabras, Biblia, Corán y Evangelio, que se escriben siempre de redondo, a no ser que formen parte de un título: Corán, pero Estudio crítico del Corán.
·                  Los nombres de las obras de arte, ya sea pintura, escultura, música, ballet, películas, etc.: Las hilanderas; Muerte en Venecia; Amor y Psique; La marsellesa.
·                  Los nombres propios de barcos, aviones y animales, pero no las marcas comerciales ni los nombres de bares, restaurantes, etc.: el barco Cabo de Hornos, el avión Miguel Delibes, el gato Melitón, pero Bar Golondrinas, colonia Nenuco, Teatro Español, Círculo de Bellas Artes.
·                  Las frases y locuciones latinas, menos las ya castellanizadas por la RAE e incluidas como tales en el diccionario: margaritas ante porcos; pauca, sed bona; per fas et nefas; pero currículum y per cápita. Debe tenerse en cuenta que las normas académicas de 2010 anulan lo dispuesto hasta entonces sobre latinismos, y los que se consideran castellanizados se han reducido mucho: habeas corpus, vox populi o sui generis, por ejemplo, pasan a escribirse en cursiva y sin tildes, como el resto de extranjerismos.
·                  Las frases, palabras o expresiones en lengua extranjera, siempre que no se hayan castellanizado: be happy, chartreuse, western, windsurf, pero espaguetis, yogures, champú.         
·                  Las palabras mal escritas de forma intencionada: Me duele el estruégamo.
·                  Los sobrenombres y apodos de escritores y artistas cuando van junto al nombre propio: José Martínez Ruiz, Azorín; Manuel Benítez, el Cordobés.
Sin embargo, se escriben de redondo cuando se emplea el apodo en lugar del nombre propio: El Cordobés toreará mañana. Tampoco se escriben de cursiva los sobrenombres de reyes, papas y santos: Pedro el Cruel, Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica.
·                    Los nombres latinos de géneros y especies de plantas, árboles, animales, etc., por los que se conocen internacionalmente: Pelargonium sinoides, Prebytis senex, Australophitecus africanus (la primera palabra se escribe con mayúscula inicial y la siguiente con minúscula).
·                    La palabra o expresión que a continuación se define en el texto: entre las acepciones del verbo tener…; la expresión salir por piernas…
·                    Cualquier palabra, frase u oración que por una razón justificada se quiera destacar dentro de un texto, aunque no exista motivo tipográfico para hacerlo. Este uso debe ser muy limitado, pues si proliferan las cursivas, pierden su valor de llamar la atención y a los ojos del lector resultan caprichosas y sin sentido. 

Se escriben en negrita (o negrilla):
·                    Títulos, subtítulos de capítulos o partes de un texto. No se suele emplear para hacer resaltar palabras dentro de un texto, y muchas editoriales desaconsejan su uso. Sin embargo, son útiles en las entradas de los blogs, pues destacan más que las cursivas y se convierten en una útil herramienta para paliar las limitaciones tipográficas de la mayoría de las plataformas que los albergan.

4. Comillas
Existen tres tipos: las latinas o angulares («»), las altas o inglesas (“”) y las simples (‘’). Las comillas habituales en España son las latinas o angulares (« »), pero en el resto de América Latina predominan las del mundo anglosajón (“”). Cuando se tienen que añadir comillas dentro de una frase ya entrecomillada, se emplean las altas o inglesas (“”) en España y las comillas simples (‘’) en América Latina. Las comillas simples se utilizan también tanto en España como en América Latina para acotar significados o aclaraciones sobre el sentido de un término o frase. Y siempre que se abren comillas hay que cerrarlas, añadiendo además el signo de puntuación que corresponda dentro o fuera de las comillas según la construcción de la oración.
Se escriben entre comillas
·                    Los títulos de conferencias, de capítulos de un libro y de artículos de una revista, periódico o blog:
«Carlos y su imperio», en El Imperio español de Carlos V; «Narrar en segunda persona: Nada del otro jueves», en el blog Sin borrones (5 de diciembre de 2012, http:/http://sinborrones.blogspot.com.es/2012/12/narrar-en-segunda-persona-nada-del-otro.html/).
·                    Dentro de una obra literaria, los pensamientos de un personajes que están en estilo directo:
«Ese árbol se va a secar», pensó el niño.
·                    Las citas textuales:
«Marie se devanó los sesos buscando alguna destreza que, como a Teodora, le permitiera ganarse la vida sin depender de nadie, pero para su desgracia no poseía ninguna. Nadie le pagaría por leer aunque fuera en latín o en francés,  por  bordar en su bastidor como tantas otras mujeres, ni por pintar con su pluma dibujos anodinos». (Carmen Martínez Gimeno, La historia escrita en el cielo, ebook Amazon, 2012.)
Sin embargo, las citas que abren un libro, capítulo o entrada de un blog no suelen llevar comillas y se componen sangradas y en cuerpo menor.  Si las citas dentro de un texto abarcan más de cuatro líneas, también se suprimen las comillas y se componen en cuerpo menor y sangradas.
·                    Los diálogos requieren las comillas de seguir (») cuando tras un punto y aparte o dos puntos sigue hablando el mismo personaje:
―No os inquietéis, porque nada me ocurrió. Vi lo siguiente:
»Al alejarme del barco, salió un bulto entre la neblina.

5. Citas
Siempre que se emplea la creación de otra persona, hay que indicarlo. Si son palabras textuales, al final de las comillas o en nota aparte se citará la procedencia:
·                    En las referencias a libros, se cita el autor, nombre del libro, lugar de edición, editorial, año y páginas: Karl Marx, Miseria de la filosofía, Buenos Aires, Siglo XXI Ed., 1974, pp. 57-75.
·                    En las referencias a artículos, se cita el autor, el título del artículo, el nombre de la revista, el volumen o número, el lugar, la fecha  y las páginas: Manuel Cruz, «El hombre de nieve», en Revista Literaria Universal, 53, octubre de 2009, Zaragoza, pp. 5-12.
·                    En el caso de  libros colectivos, se citan las contribuciones como si se tratara de un capítulo dentro de una obra: Carmen Martínez Gimeno, «Corazón de manzana», en Cuentos con corazón, Madrid, Ediciones B, 2005.
·                    Si se trata de un libro digital, se cita el autor, el título, la plataforma y el año:
Carmen Martínez Gimeno, El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012.
·                    Las entradas o post de un blog son en realidad artículos y como tales se tratan: nombre del autor, título de la entrada,  título del blog y fecha: Carmen Martínez Gimeno, «Ortotipografía para e-escritores», Sin borrones, 13 de diciembre de 2012.

6. Letras y cifras
La tendencia es escribir los números con cifras, pero hay algunos casos en los que se prefieren las letras. Estas son las reglas más habituales:
·                    Se escriben con letra los números cardinales que indican espacio de tiempo, edad y duración: veinte años; dos horas; tres segundos.
·                    Se escriben con letra los números cardinales dígitos, es decir, del cero  al nueve: se comió dos manzanas; vendió nueve relojes.
La excepción son las listas o relaciones, ya sea de ingredientes, fórmulas médicas u objetos de un botiquín: 2 patatas, 1 taza de arroz, 3 muslos de pollo, 2 vasos de agua.
·                    Se escriben con letra la enumeración de los palos de la baraja: el tres de bastos, el siete de espadas.
·                    Se escriben con letra los números que entran en denominaciones de calles, instituciones, organizaciones, etc.: Calle de Cuatro Vientos; Hospital Doce de Octubre.
·                    Se escriben con letras las fechas de los documentos judiciales, notariales, bancarios, etc.: en Madrid, a veintisiete de enero de dos mil doce.
·                    Se escriben con letra los adjetivos numerales que indican orden: llegó la primera; es la tercera vez que te lo digo.
Según las normas de la tipografía clásica, tampoco se puede escribir un número con cifra si comienza párrafo o va después de punto. A veces basta con cambiar el orden de la oración para evitarlo o añadir una palabra: El año 2000 ya queda lejos. Hubo 20 heridos en el descarrilamiento.

7. Siglas y acrónimos
·                    Las siglas se forman con las letras iniciales de las palabras que componen  los nombres propios colectivos y originan un vocablo nuevo que se lee deletreando o silabeando: OTAN, FMI. Se escriben siempre en mayúsculas y sin puntos. Hay siglas que duplican sus letras porque su enunciado es plural: CC OO; EE UU, pero solo es posible cuando constan de dos palabras. No es correcto formar el plural de las siglas añadiendo apóstrofo seguido de s, a pesar de ser un uso muy extendido: una ONG; muchas ONG; el plural es invariable.
·                    Los acrónimos son palabras formadas con una o varias sílabas de los diversos componentes de un nombre propio colectivo: Benelux, Renfe, Interpol. Se escriben como un nombre propio normal y se les aplica las mismas normas de acentuación y formación de plural.


La lengua destrabada

Si deseas saber más sobre este tema y otros relacionados, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para visitar la página web de la editorial, donde encontrarás la presentación del manual y este pdf que incluye las páginas preliminares y la introducción completa.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

Narrar en segunda persona: Nada del otro jueves

Narrar en segunda persona
Un día coincidí en el autobús con la nueva mujer de un amigo antiguo. Era mucho más joven que yo y, como apenas nos conocíamos y había poco de que hablar, me contó que estaba haciendo la tesis doctoral sobre narrativa en segunda persona. Yo no tenía conciencia de haber leído nada de ese tipo y, al comprobar mi interés, me sugirió algunas novelas, entre ellas, La muerte de Artemio Cruz y Aura, ambas del mexicano Carlos Fuentes. Las dos estaban en mi librería, y en cuanto llegué a casa las busqué. De La muerte de Artemio Cruz recordaba el argumento: el protagonista en su lecho de muerte repasando su vida, que coincidía con un importante periodo de la historia mexicana. Releí la novela y analicé su estructura: en efecto, había muchos pasajes narrados en segunda persona, pero lo más interesante era el cambio constante de perspectiva de las distintas secuencias: pasado en tercera persona; presente en primera persona; y parte del presente y el futuro previsible en segunda persona, en una sucesión de instantáneas semejantes a las piezas de un rompecabezas que se van uniendo hasta completarse al final.

Aura sí estaba escrita por entero en segunda persona y contaba una historia de amor que transcendía el tiempo. Un joven escritor respondía a un anuncio leído en el periódico y acudía a una casa antigua, habitada por una anciana y su sobrina de ojos verdes, Aura. Ese «tú» del narrador (¿protagonista, álter ego?) confería a la historia una ambigüedad insinuadora, y el uso del presente y el futuro creaba una atmósfera inquietante, de realidad fantástica. Me atrapó esta novela corta, y quise de inmediato que fuera el germen de mi inspiración.

Sin embargo, no fue tarea sencilla organizar la historia que yo deseaba contar y darle forma. Elegir la voz narradora es una de las decisiones clave a la hora de escribir y tiene que estar bien fundamentada. ¿Qué tiene de especial la narración en segunda persona? Para mis propósitos, la perspectiva diferente que aportaba. Se suele afirmar que al emplear la segunda persona se mete al lector en el relato, se le hace protagonista. Por eso los anuncios publicitarios la emplean tanto, y no digamos los políticos. En mi caso, he de reconocer que me atrajo la idea de conseguir que, al leer la novela, el lector viviera como propia la historia que se desarrollaba ante sus ojos, que se implicara en esas vivencias cotidianas y fuera desentrañando los secretos de la trama. Pero en Nada del otro jueves hay un elemento psicológico añadido que justifica el uso de esa segunda persona y que se pone de manifiesto a medida que avanza el argumento.

No obstante, desde el punto de vista técnico, cuesta sudor y sangre mantener la perspectiva de la segunda persona en un texto largo, sobre todo en diálogos colectivos:

—¡Queremos un año selvático! —brama Rita, ondeando su carísima bufanda de cuadros pijos como si fuera una bandera.
Y muchos le ríen la gracia porque creen que es un juego de palabras, aunque otros juraríais que su escaso vocabulario le hace confundir sabático y selvático.

Sudé tinta para aprender a contar en la «falsa primera persona» que había elegido, conseguir dar fuerza al relato y prescindir al máximo de los pronombres personales (incluso, las más de las veces, del «tú») para no cargar en exceso el texto. Lo más complicado fue elaborar los incisos de los diálogos, y tuve que leer y releer hasta asegurarme de que había conseguido mi objetivo:

En el metro tienes que guardar el libro porque va a reventar, como siempre. Entras a empujones en el vagón y continúas hasta el fondo porque te quedan muchas estaciones. Cuando más desprevenida te encuentras, sientes unos golpecitos en el hombro que hacen que te gires. Cielo santo, ahí está él, justo a tu lado.
—Hola, hacía mucho que no coincidíamos —te dice.
Tú le miras boquiabierta, paralizada, y sientes que te estás poniendo roja como un tomate hasta la punta de las pestañas.
—La última vez que nos vimos estaban secuestrando a tu hermana ―continúa él con cierta guasa.
—Sí... no —te contradices cuando por fin respondes.
Él se ríe, enseñando una dentadura perfecta, de anuncio de dentífrico, y le sale un hoyuelo en la mejilla. Haces un esfuerzo sobrehumano para contarle lo que ocurrió a trompicones, como si fueras idiota y no supieras ordenar las ideas antes de expresarlas, y en todo ese embrollo acabas dándole las gracias por su ayuda.
—Ese día estrenaba la moto —te explica cuando terminas.
—Y si tienes moto, ¿por qué coges el  metro? —se te escapa.
—Qué va, ya no la tengo. Me la robaron de la noche a la mañana ―frunce el ceño y continúa—: Con el trabajo que me costó comprarla. Si llego a saberlo...
El metro acaba de entrar en una estación. Miras hacia el andén para comprobar cuál es y reparas en que Inés está a punto de subir a vuestro mismo vagón. Qué desastre. No quieres que te vea, hoy no porque no te apetece hablar con ella, y mucho menos tener que presentarle a este chico, no piensas compartirlo. Hay que actuar rápido, y lo único que se te ocurre es agacharte, agarrándote a sus pantalones para no perder el equilibrio, pero son anchos, no los lleva bien sujetos y ceden a la presión de tus manos. Él está a punto de quedarse en ropa interior, unos calzoncillos de peces rojos que alcanzas a ver cuando también empiezan a escurrirse piernas abajo… pone cara de asombro y pregunta, mientras tira del cinturón con fuerza para esconder enseguida sus intimidades:
—¿Y ahora qué haces? ¿Por qué me quieres dejar en pelota? ¿Qué pasa?

La segunda persona tampoco facilita estilísticamente la narración (a no ser que se trate de cartas) y es necesario dominar el lenguaje, ahondar en sus límites expresivos, para hacer creíble el argumento. Pero me gustan los retos y así, a fuerza de tesón y correcciones, nació Nada del otro jueves, novela escrita por completo en segunda persona que narra un año de la vida de Maite y de la gente que la rodea. El título hace alusión a la expresión que emplea la protagonista para escabullirse cuando le preguntan por algo de lo que no quiere hablar. Y si indagamos sobre el origen de esta curiosa frase hecha tan habitual en el lenguaje coloquial de España, nos topamos, al igual que don Quijote y Sancho, con la Iglesia: al parecer, en el pasado ya lejano los jueves eran días de opíparas comilonas que se servían con objeto de sobrellevar con mejor ánimo el ayuno y la abstinencia obligatorios de los viernes. Sin embargo, no todos los jueves se podían poner en la mesa manjares exquisitos, y de la comparación de los diversos banquetes surgió esta expresión, «no ser nada del otro jueves». ¿Será verdad?

Asimismo, la elección del título refleja el planteamiento con el que he abordado la escritura de esta novela, pensada para lectores adolescentes y adultos por igual: un texto de aparente sencillez formal y fácil lectura con un fondo muy trabajado. La protagonista es una adolescente que convive con su madre, una hermana menor y una abuela que las ayuda cuanto puede. El padre no está, y su ausencia es uno de los hilos principales del argumento. Otro de los personajes clave es una mujer anciana y rica que irrumpe de repente en la vida de Maite y su hermana para trastrocarla. Y por supuesto hay historias de amor, la poderosa palanca capaz de mover casi todo. Como ya he señalado, no voy a explicar por qué la protagonista se expresa en segunda persona, pues creo que a lo largo del relato se hace evidente. Tampoco revelaré el giro que toma la historia al final, porque me parece lo más interesante. Sí diré que a quienes la han leído les ha sorprendido y gustado, y que ya tiene críticas de cinco estrellas en Amazon, que es donde se vende, porque se trata de una novela digital.


Este es el comienzo:

Uno

Suena el despertador, y piensas que no es posible, que te acabas de acostar, que cómo van a ser las noches tan cortas, y te tapas la cabeza con el edredón para desaparecer, pero no lo logras porque la musiquilla machacona sigue insistiendo, cada vez más fuerte, cada vez más rápida, y la paras de un zarpazo antes de que te reviente los tímpanos. O ella o tú. Es la ley de la jungla de todas las mañanas. Luego inmovilidad total, con los ojos bien apretados, resistiéndote a empezar otro día plasta. Un ratito más, solo pides eso, quedarte un poco más en tu cama caliente que huele a buenos sueños. Entonces escuchas los pasos de tu madre en la escalera, notas cómo se sienta en el borde de la cama y te dice «vamos, Maite, que ya han pasado las burras de leche», luego  mete las manos entre las sábanas hasta llegar a tus pies, y ahí es cuando te incorporas, porque es demasiado. ¿Cuándo se va a dar cuenta de que ya eres muy mayor para el jueguecito de a ver cuánto has crecido esta noche? Te levantas zombi y bajas a tomarte la leche. No, magdalenas no, ni galletas tampoco, replicas casi antes de que tu madre termine de ofrecértelas. Como todos los días, cómo no se cansa de repetir siempre lo mismo. Luego subes a vestirte con lo primero que pillas, malditas las ganas de andar eligiendo, y oyes a tu madre gritarte que te laves bien los dientes y te peines. Los dientes te los lavas, pero peinarte, ¿para qué? Tus rizos locos se convierten en una maraña de serpientes retorcidas al contacto con cualquier tipo de púas, así que los alisas un poco con los dedos y los sujetas como puedes con una goma azul para despejarte la cara.
—¡Mamá, me voy! —gritas para que te escuche desde la ducha, y te marchas mientras intuyes que te contesta que tengas cuidado y que pases un buen día.
Lucas dormita tumbado en la alfombra del recibidor y te lanza un gruñido de pregunta cuando ve que abres la puerta de la calle. Sacas la cabeza, compruebas que no llueve ni hace demasiado frío, y le respondes que vale. Entonces sale como una bala y corre a levantar la pata al magnolio, después araña el césped con ahínco para intentar tapar la meada, y no le regañas, aunque sabes que tu madre odia que le destroce el verde.
—Hasta luego, Lucas —te despides cuando ha vuelto a entrar en casa, y te da la risa tonta, como todos los días. Por mucho que lo repitas, no puedes evitar que te haga gracia.
Mientras caminas hasta la parada del autobús, sientes que tus pies son plantas que quieren echar raíces en la tierra y se resisten a separarse de ella cuando intentas levantarlos para avanzar. Cada paso te cuesta más, pero por fin logras llegar, al borde del agotamiento, y te encuentras con las caras de todas las mañanas. A la luz de las farolas, ves a la pija universitaria con su hermano más pequeño, siempre discutiendo, al gordo con pinta de vendedor de seguros que sube el último al autobús para apurar al máximo su cigarrillo apestoso que le va a costar la vida, a las dos mujeres del pañuelo que hablan una lengua melodiosa repleta de jotas, a los novios rastas que a esas horas ya están sobándose. Hoy además se ha añadido un chico con mochila negra y gorro a juego, pero lo lleva tan encasquetado que no percibes si es de los de me lo quedo o de los de anda y que te den. El autobusero borde no saluda a nadie, aunque os conocéis de sobra.
—A ver, que vamos a cerrar —avisa estirando el cuello para asegurarse de que no despedaza al personal apretujado con la puerta.
Avanzas a empujones por el autobús repleto y dudas entre colocarte donde puedas echar un vistazo al chico nuevo o en el lugar estratégico al lado de la rubia teñida del maletín gigantesco que se baja dos paradas más adelante, pero acabas decidiéndote por lo segundo para ocupar su asiento en cuanto lo deje. Al poco rato, una vez que has conseguido sentarte, te pones los auriculares y sacas el libro de la mochila, pero no lees, demasiadas legañas para intentarlo. En el instante en que Extremoduro entona «Y si fuera mi vida una escalera me la he pasado entera buscando el siguiente escalón», los primeros rayos de sol te hacen cerrar los ojos. Cuando acabas de restregártelos y los vuelves a abrir, el autobús está llegando al intercambiador, y sientes un hormigueo excitante en el estómago. Miras la hora y te preparas para salir la primera en cuanto pare y abra las puertas. Lo mejor del día está a punto de suceder.

Un fragmento más, del capítulo 8:

Ocho

Todo ocurre en una fracción de segundo. El coche se aleja, y sientes impotencia, desesperación y miedo, mucho miedo; no hay tiempo para pensar, así que saltas a la calzada y corres, corres, corres como una loca en su persecución con todas tus fuerzas, mientras lloras y gritas pidiendo socorro, que alguien te ayude, por favor, que alguien te ayude. Una moto se interpone en tu camino; habrías caído de bruces al suelo si no te hubieras agarrado a la persona que está a punto de montarse en ella.
—¡Sigue a ese coche, por favor! —imploras a gritos―. ¡Están secuestrando a mi hermana pequeña!
—¡Sube! —acepta de inmediato el motorista, como si fuera un héroe de película, poniendo la moto en marcha casi antes de que hayas ocupado el asiento trasero.
La persecución es corta. El coche se ha detenido en un semáforo en rojo al final de la calle, y te tiras en marcha en cuanto os colocáis justo detrás. Te abalanzas sin dudarlo a abrir la puerta por la que viste subir a tu hermana y compruebas que sí, dentro está Elena, charlando tan tranquila con una anciana, que te observa con ojos sorprendidos.
—Hola, Maite —te saluda sonriendo Elena cuando se vuelve y advierte tu presencia―. ¿Quieres venir con nosotras?
—¡Baja del coche ahora mismo! —le ordenas, metiendo medio cuerpo dentro para tirar de ella.
—No hay tiempo —interviene el chofer, mirando por el espejo retrovisor―. El semáforo está verde y debemos continuar la marcha. Cierra la puerta, por favor.
Miras a la persona de la moto para pedirle que te eche una mano y descubres que, aunque no lo habías conocido por el casco, es él otra vez, el chico del libro, el chico del vómito, señor, está en todas partes, y entonces, movida por un resorte, no por tu voluntad racional, te metes en el coche, que al instante prosigue su camino.
La moto intenta seguiros, haciendo fintas bastante peligrosas para no perderos, pero al final acaba tragada por el abundante tráfico cuando desembocáis en una avenida que os aleja del barrio. Entonces es como si despertaras y descubrieras el error que has cometido:
—¿Adónde nos llevan? —preguntas aterrada casi chillando―. ¿Quiénes son ustedes?
—Es la abuela —responde Elena riéndose—. No tengas miedo.
Observas a la anciana con prevención. Su cara te resulta familiar, pero no sabes de qué la conoces.

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La lengua destrabada

Si deseas saber más sobre la narración en segunda persona y otros temas relacionados, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para visitar la página web de la editorial, donde encontrarás la presentación del manual y este pdf que incluye las páginas preliminares y la introducción completa.