lunes, 17 de diciembre de 2012

La cesta de los libros

Mi abuela Lola la murciana era una mujer alegre que siempre encontraba motivo para la risa a pesar de que su vida no había sido fácil. Cuando la visitábamos en su piso del madrileño barrio de Chamberí, le gustaba leernos fábulas de Samaniego sentada en una silla baja cerca del balcón. El libro era pequeño, tenía las tapas negras y estaba sujeto por una liga; se parecía al misal, aunque este era más grueso y estaba repleto de estampas de vírgenes y santos, así como de recordatorios de comuniones y fallecimientos. Ninguno de los dos ocupaba un lugar privilegiado en una librería porque en la casa de la abuela no había: sus libros se recogían en una cesta de mimbre oscuro, compartiendo el espacio con su labor de ganchillo, algunos retales de tela bien doblados, la caja de los hilos para la costura, ovillos de lana y unas gafas de concha, guardadas en una funda verde, que había heredado de su padre y que le hacían unos ojos grandísimos cuando se las ponía. A veces también nos leía trozos del Quijote  o recetas del libro granate de la marquesa de Paravere, a la que llamaba con guasa su «amiga María».
Mi cesta de los libros que hoy enseño es más modesta y no guarda secretos ni nada donde rebuscar: solo contiene la manta roja con la que me cubro cuando me quedo fría leyendo y mi Kindle, donde están los libros comprados en Amazon que aguardan mi lectura. Aunque llevo pocos meses leyendo autoeditados, ya he encontrado autores que merecen la pena. He descubierto también que hay muchos buenos olvidados en puestos relegados y muchos malos ocupando las posiciones de mayor visibilidad. Y cada vez me resulta más fácil dar con los buenos: del mismo modo que aprendí a rebuscar en los montones de las librerías y a no fiarme más que de reseñas serias, ahora leo primero los fragmentos gratuitos que ofrece Amazon, compruebo cómo escribe el autor investigando en su blog y los comentarios que deja en las distintas redes sociales, y solo compro cuando estoy segura de que cumple los requisitos imprescindibles que me he marcado: edición profesional con un mínimo de erratas (que todos los libros tienen por más esfuerzos que se hagan por evitarlas) y una buena sintaxis y puntuación. Aun así, algunos de los libros que he leído me han decepcionado por su mediocre argumento o desarrollo desigual, y he tomado una decisión: no hablaré de ellos, solo de los que merece la pena leer.
Empiezo mi selección con un trío: por orden alfabético, Carmen Grau, Antonio Lagares y Manuel Merenciano.      
Trabajo temporal de Carmen Grau no es una novela al uso, sino un cuaderno de bitácora que relata un viaje en una embarcación de recreo por aguas del Mediterráneo. Es muy fácil identificarse con la vitalista chica del Futuclú,  siempre dispuesta a cambiar de trabajo en busca de nuevas experiencias y, aunque hay un narrador en tercera persona,  en la ágil prosa se entrevé a Grau como protagonista, sus opiniones ante distintos asuntos  personales y su modo de arrostrar las dificultades que van apareciendo.
Grau tiene mirada de viajera y sabe fijarse en detalles que a otros pasarían inadvertidos y describir situaciones con tanta precisión que te parece estar presente. Los sucesos que narra son en apariencia triviales: los roces de un grupo de personas de distintas procedencias que están obligadas a convivir en la estrechez de un barco de lujo. Sin embargo, poco a poco se van dibujando los caracteres y se perfilan asuntos de mayor calado, ocultos en las insignificancias, que van tomando cuerpo. Y ahí está el pero que encuentro en el argumento, porque la expectación que paso a paso ha sabido ir creando Grau se concreta de una manera que sabe a poco y te deja con la miel en los labios.
Añadiré que Carmen Grau ya ha publicado en Amazon un segundo libro prometedor, este sí verdaderamente de viajes, porque al parecer ya ha encontrado su sitio como escritora y viajera del siglo XXI. Sin embargo, no piensa deternerse ni encasillarse en un género una vez que ha alcanzado impulso, y son diversos los nuevos proyectos literarios a los que ahora está entregada.
La rastreadora de Antonio Lagares es una novela inquietante, difícil de definir. Por las descripciones que había leído, pensé que se encuadraría en el género de terror psicológico que cultivó Lovecraft, donde se juega con nuestro miedo a lo desconocido como ignorantes seres mortales y se recrea un universo de antiquísimos y malvados dioses ancestrales, de seres abominables que los adoran y de sucesos terribles que escapan a nuestra comprensión limitada. Sin embargo, la novela de Lagares es otra cosa: se ahonda en el miedo a lo desconocido y hay terror, mucho terror y mayor violencia, pero yo diría que se acerca más a la ciencia ficción o al surrealismo, aunque en ninguno de los dos géneros encaja por completo.
Comienza la novela con un narrador omnisciente que relata con detalle un terrible suceso y a continuación resume, con abundantes juicios de valor, la vida de todos los que, de un modo u otro, se vieron afectados por él. Teniendo en cuenta el lugar que se le otorga, ya se intuye que va a ser parte crucial de la trama.
Sin embargo, la narración que se inicia después se aleja por completo de él en estilo y fondo: es una narradora en primera persona, la rastreadora, quien explica pormenorizadamente su labor, su preparación y la misión que tiene encomendada. Y a partir de ese punto el argumento se va desarrollando sin que nunca se acabe de comprender por completo lo que sucede. Hay un asesino en serie al que hay que redimir —¿o castigar o atrapar?— y se suceden escenas de violencia, cambios de perspectiva y vueltas de tuerca en una lograda narración, a veces vertiginosa, que oprime, que te enclaustra entre las cuatro paredes donde ocurre la mayor parte de la acción. No desvelo el final para no estropear la lectura, aunque pienso que sería difícil lograr unanimidad en las conclusiones: cada cual pensará haber dado con la clave. Tal vez ni al mismo Lagares, que es quien más cerca ha estado, se le haya revelado por completo.
Termino señalando que yo habría suprimido el relato inicial del terrible suceso: es mucho peor que el resto de la novela y no aporta nada que no aparezca después poco a poco en la trama.   
Manuel Merenciano es mi gran descubrimiento de escritores que se autoeditan en Amazon, aunque después de investigar un poco he sabido que posee larga trayectoria en el mundo de las letras y ha ganado varios premios. Explica Merenciano de sí mismo, entre otras cosas, que quiso ser monaguillo y lo consiguió a los seis años, aunque no lo detalle en su currículum, que se licenció en Medicina porque no había escuela de payasos en la universidad y que escribe porque no sabe bailar como Fred Astaire. Esta fina ironía caracteriza su brillante prosa, y sus argumentos inteligentes y bien desarrollados, cuyo final nunca es previsible, lo hacen merecedor de ocupar un lugar destacado en la lista de libros más vendidos; el hecho de que no esté es prueba fehaciente de su injusticia. Leí de un tirón Dos (donde se recogen los relatos «La báscula» y «Ventanas»), así como los fragmentos gratuitos que ofrece Amazon de todas sus obras, y pronto continuaré con la novela El dulce aroma de la madreselva.
La interpretación fotográfica de un rostro de mujer de Modigliani que aparece en la portada de Dos anticipa lo que el libro ofrece: dos retratos femeninos de aparente sencillez que tratan de ahondar en la esencia de sus protagonistas, encerradas en una visión particular —¿cabría decir deformada o estilizada, o son nuestros ojos los que crean tal efecto?— de sus mundos. «La báscula» narra en primera persona los ingentes esfuerzos que realiza la protagonista, a la que su madre llamaba de niña «preciosa pompa de jabón», para perder peso. El texto posee ritmo y se crea cierta empatía con la sufridora protagonista, tan precisa en sus comentarios, tan trabajadora y con tan escasa autoestima, sin prever el desenlace, no exento de humor negro. «Ventanas» cuenta en primera persona la vida de un matrimonio en un bonito chalet, rodeado de jardines. La protagonista, mujer de las de antes, sometida al qué dirán y a las apariencias, disculpa los desplantes cada vez mayores de su marido porque es un diamante en bruto al que ella debe pulir. En este relato de terror psicológico, que culmina en la violencia más invisible y cruel de las posibles, la ironía cede el paso al sarcasmo, y un suceso de apariencia tan trivial como unas gardenias contagiadas de pulgón sirve de hilo narrador de la inquietante trama.
Termino reiterando que Merenciano no es un recién llegado a esto de las letras y se nota en su cuidada escritura y su estilo característico. El dominio que demuestra del relato breve hace muy recomendable su lectura.   

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9 comentarios:

  1. Muchas gracias, Carmen, por leer y reseñar uno de mis libros. Es un gran honor para mí que lo hayas hecho. Sigo tu blog con interés y me has ayudado mucho en cuestiones ortotipográficas. Tomo nota de los errores para corregirlos.

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    1. Justo cuando te contestaba, entró el comentario de Marlene y se trastocó el orden. Debajo del suyo está mi respuesta.

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  2. Me falta por leer a Carmen Grau. Lagares y Merenciano son dos excelentes narradores. Lagares tiene un estilo propio, que como bien dices es difícil de catalogar y Merenciano es un MAESTRO -con mayúscula- del relato y el cuento.

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    1. Estamos de acuerdo entonces, Marlene. En lo referente a Carmen Grau, su mirada crítica y su prosa fluida la convertirán en una reputada escritora de viajes, pues parece que es lo que quiere ser.

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    2. Gracias de nuevo por tus palabras, Carmen. Voy a escribir más libros de viajes, pero también exploraré otros géneros. Tengo un par de novelas empezadas que no tienen nada que ver con los viajes. Estoy muy entusiasmada con la escritura y con muchas ganas de seguir trabajando y mejorando.

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    3. Manuel merenciano6 de enero de 2013, 5:42

      Gracias, Marlene.

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  3. He disfrutado leyéndote, quizá además porque me reconocí en la chica inquieta que quiere conocer mundo. Yo también he hecho las maletas muchas veces y vivido en distintos lugares. En unos meses las volveré a hacer, aunque ahora ya no me arriesgo tanto con los destinos. Te deseo el mejor de los éxitos.

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  4. Manuel Merenciano6 de enero de 2013, 5:40

    ¡Ostras...!, me acabo de encontrar con esta entrada. Muchísimas gracias, Carmen. Tu opinión es muy importante para mí.

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    1. No hay por qué darlas, Manuel. Es un placer leerte.

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