jueves, 20 de diciembre de 2012

Un cuento de Navidad

Navidad
Desde que tengo conciencia, siempre me gustó escribir y pintar monigotes, tal vez porque me eduqué en un colegio donde nos mandaban redacciones casi a diario y nos subían la nota si además las ilustrábamos. Sin embargo, a algunas de mis hermanas les gustaba menos, y yo siempre me ofrecía a ayudarlas. Un año que escribí la redacción de Navidad a varias, además de la mía, una de mis hermanas ganó el premio de su clase. Luego el colegio envió la redacción a un concurso provincial y también lo ganó. Mi hermana fue a recoger el diploma acompañada por mis padres, y en nuestro colegio se hizo una función de teatro para representar el cuento. Nunca pensamos que iba a pasar todo eso y mantuvimos en secreto que la autora era yo, temerosas de las consecuencias.
Este es el cuento que escribí entonces, con catorce o quince años, copiado de las amarillentas hojas escritas a máquina que todavía conservo. No he tenido que corregir la ortografía ni la puntuación porque lo mecanografió mi orgulloso padre, lo recuerdo bien.
Después de tantos años, apenas me reconozco en la ingenua adolescente que se inspiró en El principito de Saint-Exupéry para escribir «La estrella». La Navidad es ahora sobre todo tiempo de nostalgia, y pienso si todavía quedará en mí algo de aquella jovencita que paseaba con sus hermanas junto a la carretera general, imaginando adónde irían los coches y cómo serían las vidas de sus ocupantes.
Feliz Navidad.     

La estrella
Desde mi ventana he visto cómo ha empezado a nevar. Me gusta la nieve porque es blanca, porque es limpia, porque no mancha. Me gustan las Navidades nevadas y por eso estoy contenta, porque nieva y porque es Nochebuena.
Miro al cielo para ver aparecer la estrella que todos los años guía a los Magos, pero no está. ¿Qué habrá pasado? Ella nunca faltó a la cita.
Me pongo mis guantes y salgo por la ventana sin hacer ruido. Tengo que ir a hablar con la estrella para que cumpla su misión.
¡Qué lejos está el cielo! He subido por una escalera muy larga y he preguntado a mi paso por astros y planetas por la estrella de Navidad.
—Yo soy. ¿Qué quieres? No, ya sé. Vienes a convencerme para que salga. Pues puedes irte porque no lo vas a conseguir. Estoy decidida. No iré.
—Estrella, ¿quién guiará entonces a los Magos?
—No lo sé ni me importa. Pero yo no salgo. Estoy ya cansada de hacerlo todos los años. Y ¿sabes? no sirve de nada. Yo no quiero volver al mundo de los hombres hipócritas que me miran en el cielo y cesan de sus luchas por un momento para al día siguiente volver a matar a un hermano. No, no me lo pidas porque no volveré.
—Pero no todos los hombres son malos. Hay niños que esperan impacientes la Navidad y creen en ella con todas sus fuerzas. Ellos te necesitan.
—Esos niños no me necesitan a mí. Prefieren una linterna o un juguete atómico para divertirse con sus amigos. No quiero salir.
—Estrella, si al menos hay una persona que te necesite, que te busque ¿saldrás?
—Bueno, si encuentras una persona así, avísame y salgo. Mientras tanto iré sacando brillo a mi cola por si acaso. Pero date prisa, porque ya es muy tarde. ¡Corre a buscarla!
He mirado por todas las ventanitas del cielo. He recorrido todos los rincones del mundo y casi me doy por vencida. Nadie espera la Navidad, a nadie le importa ya.
Oigo un ruido muy fuerte. ¡Una bomba! Veo un hombre arrastrarse por la tierra. Tiene un casco y un fusil, parece que está muy solo, solo y triste. Mira al cielo ¿será que busca la estrella? Quiero hablar con él y le llamo…¡soldado!
—Déjame. Quiero morir… ya no tengo nada. He perdido mi casa, mis padres, mi hermano. Mira, ni siquiera está la estrella de Navidad. No queda nada en este mundo que merezca la pena. ¡Quiero morir!
—¡Estrella! ¡Estrella! No pierdas tiempo. Sal, te necesita, te necesitamos. Mira, los Magos se han perdido y no encuentran el portal, y el soldado morirá si no sales. ¡Sal! guíalos al niño.
La estrella ha salido, brilla entre los copos de nieve que caen y está más bonita que nunca. En el portal acaba de nacer un niño, el más pobre y el más rico del mundo, el único que puede hacerlo cambiar. Y una mula y un buey le dan calor con su aliento.
La Virgen llora porque el niño tiene frío y san José se quita su manto para arroparlo. Las pajas se le clavan en su tierno cuerpo, pero no duelen, porque a su contacto se han hecho muy suaves.
Han llegado los Magos que le ofrecen sus presentes. También un soldado que le ha dado su fusil y su casco. Él ha sonreído entre sueños.
Despacito, sin despertar al niño, me voy a mi casa. Antes de acostarme miro al cielo y la estrella ha brillado con más fuerza para mí. Miro la tierra toda blanca con su manto de nieve. Todo está bien ya. Por fin ha llegado la Navidad.

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4 comentarios:

  1. ¡Qué bonito, Carmen! ¡Cuánto talento y con solo catorce años!

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  2. Bueno, ahora encuentro el cuento un poco ñoño, pero como este año en particular estoy sensiblona por estas fechas, me hizo gracia recordar viejos tiempos. ¡Gracias por leerlo!

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  3. Estimada Carmen: Así es el "Efecto mariposa", de Pilar Alberdi llegas a mi blog y desde ahí navego hasta el tuyo. Porque me encanta vuestro compromiso, y buen hacer, intento hacer de él mi camino de inicio. Por si no lo conoces ....

    Aquí un pequeño regalo

    Saludos


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    1. Gracias por tu regalo, Roberto. Yo también tengo una palabra favorita que aprendí de la escritora mexicana Rosario Castellanos y que apenas utilizo porque pocos la conocen: el adejetivo íngrima/íngrimo, que proviene del portugués íngrime y significa solitaria, abandonada, sin compañía. Por los textos donde la leí, para mí está además teñida de melancolía y nostalgia. ¡Feliz 2013!

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