martes, 29 de septiembre de 2015

Leer a Pablo de Aguilar González


Leer a Pablo de Aguilar González
Me doy la vuelta y me encuentro al hombre que me ha acompañado todos estos años. Sonríe y dirige la vista al cuadro. No habla; para qué. No hay secretos. Llega hasta mí. Besa mi mejilla; acerco la cara, no los labios; froto su espalda con un movimiento que quiero ―desearía― que se pareciera a una caricia.
Las cosas son lo que parecen.
Tanto como he mentido…
Pero no soy capaz de engañarlo. No del todo.
Tanto como he fingido…
No conseguirlo, no intentarlo, quizá sea mayor muestra de cariño. Él lo sabe. Cuando separa sus labios, beso su mentón; le limpio el carmín con la mano y sus ojos abultados muestran un gesto parecido al agradecimiento.
―¿Te alegras de haber vuelto?
La misma pregunta.
Todavía desconozco la respuesta.
―Era algo que tenía que hacer…
Los tres andamos despacio hacia la salida. Rozo las columnas con la yema de los dedos, cierro los ojos y vuelve a mi memoria aquel día, cuando tal gesto provocó un encontronazo en los tiempos en los que el destino se entretenía con juegos perversos. Vuelvo a abrirlos y solo distingo una isla de color en medio de tanto gris. Me agarro a los brazos de los dos hombres que han salvado la vida.
―¡Volvamos a casa!
Lo que está por venir, 2015


He leído con gusto esta nueva novela de Pablo, publicada en una cuidada edición, como las de antes, por Ediciones del Serbal. Más que leer sus páginas, me las fui bebiendo una tras otra en esos días calurosos del verano recién pasado. Y tomé apuntes. Ocurre que estaba sedienta de eso que Celia, una bloguera ilustre y literaria, denomina «literatura de antes». Literatura, así, comenzando con mayúscula: sin seguir modas ni tendencias; sin pensar en lectores ni mercados. Original, sin concesiones, creativa. Porque Pablo, como suele repetir, no se gana la vida escribiendo, pero yo añado de mi cosecha que vive cuando escribe. Y nos hace vivir.

La guerra civil española y la evacuación de los cuadros del Museo del Prado a lugar seguro ante la inminente caída de Madrid, bombardeada por las fuerzas fascistas sublevadas contra la Segunda República, es el momento histórico que elige Pablo para desarrollar la trama de su novela. Pero eso no es más que el telón de fondo, el marco temporal necesario para relatar la historia trágica de unos personajes muy trabajados, cuyos matices se van descubriendo a medida que se avanza en la lectura de Lo que está por venir: Victoria convertida en Libertad; Fidel el anarquista; Lisando el aspirante de pintor; don Onofre el rico que todo lo puede;  Adolfo el falangista; Lucas el cura… y, casi omnipresente, la narradora con nombre de puta bíblica: Magdalena, Magda. Sin embargo, el suyo es el nombre que menos aparece a lo largo del texto debido precisamente a que es ella quien relata la historia, en primera persona cuando habla de sí misma y oculta tras una tercera persona cuando se trata de los demás: «Las historias las cuenta quien las conoce».

Más allá de la elaborada trama de amores y desamores, de engaños y heroísmos que logra mantener la tensión, llama la atención el dominio que demuestra Pablo de los recursos  literarios a lo largo de toda la novela. Sirva como ejemplo la narración que establece en paralelo de la primera noche que pasan juntos Magda con Lucas y Victoria con Lisandro, una en primera persona; otra, en tercera. Y siempre en presente:

Se tumba de espaldas sobre el colchón, me observa excitado, tanto como nunca creyó que fuera posible.
No sé si será cura.
Pero sí es hombre.
Recto, grueso, descapuchado…
Sonrío al verlo.
Pito Gabinito.
Contempla cómo la luna ilumina mi sonrisa triunfal, cómo me deshago del camisón y libero unos pechos que solo han podido ser concebidos para acariciarlos. Me observa con todo el hambre acumulada, con toda la prisa por saciarla. Extiende sus dedos hacia mí, besa uno de los pezones que le ofrezco…
Es un punto de no retorno.
Me encaramo sobre él.

Lisandro prolonga el momento tantas veces imaginado, tantas veces deseado. No hay prisa. Victoria está ahí, confirmando que a veces los sueños se hacen realidad. Percibe sus respiraciones hondas, sus invitaciones a seguir, a que acelere.
Pero no hay prisa.
 La desnuda poco a poco, besando cada poro de ese cuerpo que siempre deseó pintar; que deseó mucho más poseer. Ella lo ayuda con los últimos botones y percibe en el temblor de su pulso la urgencia por que llegue lo que ha de venir, lo que los dos han macerado estos últimos meses. Victoria termina de desnudarse. Lisandro se siente sorprendido ante el empujón que lo tumba en la cama, ante la desenvoltura de Victoria para despojarlo de los pantalones, ante su resolución al saltar sobre él.
Encapuchado, torcido a la izquierda. Pito honesto.
Atiende a los gemidos junto a su oído.
   
Magda es una experta en pitos por su profesión y, a lo largo de la novela, describe sus variedades, siempre pensando en el mismo, en el de Gabinito, el primo por el que bebió los vientos en el pasado y al que no logra olvidar. El hecho de que describa también el de Lucas es una pista irrefutable de que es ella la que se esconde en esa tercera persona narradora. Sin embargo, en el relato del primer viaje a Valencia con un camión cargado de cuadros, aparece una primera persona del plural: «Alberti se encarama al camión y pide silencio. Intenta explicarnos qué es lo que escoltamos; qué son Las Meninas; la importancia de conseguir llegar sanos y salvos. Algunos lo entendemos; otros se pasan una mano sobre barbas como lijas intentando comprender. Pide que no fumen». Magda no está en ese viaje pero lo narra como si lo hubiera vivido, como si fuera uno de los que se pasan la mano sobre barbas como lijas para comprender por qué se juegan la vida. «Cada uno hace la guerra como sabe». 

Confieso que cuando me recomiendan una lectura describiéndomela como «novela de sentimientos», me entran escalofríos y la rechazo de plano. Suele tratarse de ñoñerías y estupideces grandilocuentes de algún escribidor o escribidora con ínfulas que pretende exaltar la sensiblería fácil de algunos lectores. Sin embargo, en esta novela, como en todas las de Pablo, hay sentimientos porque sus personajes son de carne y hueso. Yo diría que, como Shakespeare y tantos grandes literatos, a Pablo le interesan sobre todo las pasiones humanas, en las que trata de ahondar. Pero en lo que escribe no hay falsedades ni recursos al llanto fácil. Aunque a veces la prosa más sencilla emociona:   

Los pasos se van acercando y Gabino se resigna a ser capturado, quién sabe si ejecutado bajo ese cobertizo de pastor. Sin embargo, el que aparece jadeante es el galgo. Apenas puede creer lo que ven sus ojos. Viene con un conejo en la boca, se detiene frente a mi padre y lo deja caer al suelo sin apartar los ojos de él. Gabino sonríe, el perro mueve la cola.
Ríe, mi padre ríe por primera vez en mucho tiempo…
Y rodea al chucho entre sus brazos atados como se abrazaría a un gran amigo.
Y el chucho, tan feliz como el humano, devuelve el abrazo subiendo sus patas sobre los hombros.

Pablo es un creador magistral de antihéroes, y en esta novela también hay uno que destaca sobre el resto de los personajes. Desde el primer momento que aparece me llamó la atención. Supe enseguida que era el «elegido», el que más juego iba a dar en el argumento por sus muchos motes, por su pinta desastrada, por su capacidad de supervivencia, por sus muchas conchas y por todas las virtudes de las que carece pero es capaz de asumir. Dejo al lector la sorpresa de encontrárselo en esta nueva novela de Pablo e ir disfrutando a medida que se va creciendo en el entamado de situaciones desesperadas que le toca resolver.

En el capítulo VI, muy avanzado el texto, Magda se identifica claramente como narradora que relata el pasado y confiesa, como si tratara de prevenirnos:

Recuerdo aquellos días de febrero; recuerdo, incluso, sus recuerdos, los de todos ellos. Porque las historias las cuenta quien las recuerda. Y yo me he encargado de vivir esta. Un día y otro y otro más. Sin descanso y sin pausa. Y hora tras hora, los hechos ocurren en mi memoria, en el mismo orden, como cuando no sabía lo que estaba por venir, sin ser capaz de alterar un solo gesto, una palabra. No sé qué hubiera podido cambiar, solo fuimos hojas secas que transportaba el viento; un viento de guerra y de odio, mezclado con alguna brisa de amor, tan tenue, que no fue capaz de transformar nada.

Y es que, en la novela, todavía queda mucho por venir…


Pablo de Aguilar González, Lo que está por venir, Barcelona, Ediciones del Serbal, 2005, 367 pp.

Otras dos interesantes novelas de Pablo de Aguilar González están a la venta en Amazon en versión ebook: Los pelícanos ven el norte y El istmo del reloj de arena.      


martes, 22 de septiembre de 2015

Viajar por Chile

viajar por chile
Santiago desde el Cerro de Santa Lucía
De suerte que el Reino de Chile, que está en la propia altura de España al otro polo, se ha de considerar que por mayor casi son antípodas de España, y por el consiguiente, que quando en España es de día, allá es de noche.

Antonio Vázquez de Espinosa, Compendio y descripción de las Indias Occidentales, 1629






No hay mejor bienvenida a Santiago de Chile, cuando se llega en avión desde Madrid (España), que contemplar el amanecer sobre las imponentes cumbres de los Andes y pasar casi rozando el Aconcagua con sus picos nevados, que se antojan casi al alcance de los dedos. Son imágenes imborrables que siempre impresionan a esta viajera y la reconfortan después de tantas horas de vuelo oceánico, cruzando casi al final Brasil y algo de Argentina antes de alcanzar las tierras chilenas, situadas en el extremo suroeste de América del Sur. De las muchas teorías sobre el origen de la palabra que da nombre al país, la que pervive en mi memoria es la que lo une a la voz aimara chilli, que significa «donde acaba la tierra», quizá por sus tintes épicos y sus posibilidades literarias.

La zona continental de Chile se extiende por una larga y estrecha franja de tierra entre el océano Pacífico y la cordillera de los Andes que va de la frontera norte con Perú al cabo de Hornos por el sur, frente al paso de Drake o Mar de Hoces, el tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida. Chile posee además abundantes archipiélagos e islas, la más conocida de todas, la de Pascua, así como territorio en la Antártida. La segunda cadena volcánica más grande y con mayor actividad del planeta también se encuentra en la zona, que es altamente sísmica. Los chilenos (al igual que los mexicanos) están tan acostumbrados a los continuos movimientos telúricos que los llaman temblores y no terremotos, a no ser que sean de gran envergadura y causen daño. Se edifica calculando su posible fuerza destructora, y las poblaciones costeras cuentan con señalización sobre tsunamis que indican vías de escape. No se vive con miedo a que se abra la tierra y se asumen con naturalidad los pequeños temblores que a veces inquietan a los visitantes.

Palacio de la Moneda, Santiago
La capital, Santiago, se encuentra en la zona central del país, la más poblada. Es una ciudad dinámica, llena de gente por las calles y muy segura de caminar. Desde el céntrico cerro de Santa Lucía se obtiene una espléndida vista de la ciudad, circundada por la cordillera de los Andes y la cordillera costera. Este hecho de estar rodeada de montañas impide que se disperse la polución causada por las abundantes fábricas y automóviles. Cuentan que a veces el aire se vuelve irrespirable y se deben tomar medidas para limitar la circulación de vehículos según los días de la semana.

La unidad administrativa básica del país es la comuna, y en el área metropolitana de Santiago hay más de treinta, entre las que destacan Providencia, Las Condes y  Santiago, que se corresponde con el centro histórico de la ciudad. De dicho centro histórico, paseando por sus calles peatonales, merecen visita obligada la Plaza de Armas, el Mercado Central y el Palacio de la Moneda, así como muchos rincones y casonas del barrio de Lastarria. La Alameda Bernardo O’Higgins es la arteria principal de la ciudad y donde se halla buena parte de los principales edificios y establecimientos. Cruzando la costanera que discurre junto al río Mapocho, se llega al barrio de Bellavista, donde se encuentra una de las casas de Pablo Neruda, la Chascona, así como innumerables restaurantes y cafés con mucho encanto y ambiente en las calles de Pío Nono y Constitución.

Lastarria, Santiago
El santiaguino habla un español rápido, repleto de localismos, que cuesta entender hasta que el oído se acostumbra, pasados los días. Durante el primer paseo de esta viajera por la Alameda, escuchó a sus espaldas lo siguiente: «Tuve que sencillar para cancelar el estacionamiento y comprar un helado al cabro este». El cabro era un niño de unos seis años, y la que así hablaba, su madre. El DRAE recoge el término cabro y da como segunda acepción: «m. Chile y Par. niño, joven». Sencillar, en cambio, no aparece recogido, pero sí sencillo en su acepción de «calderilla, dinero suelto» en América; luego sencillar significa cambiar un billete para obtener dinero suelto con objeto de pagar el estacionamiento, puesto que la segunda acepción que ofrece el DRAE para cancelar es «acabar de pagar una deuda».

Valparaíso
En Valparaíso y Viña del Mar, a poco más de cien kilómetros de Santiago hacia el oeste y ya en la costa del Pacífico, se habla casi igual de rápido y la vida es también activa, pero se respira un agradable aire marino y se come pescado y marisco exquisitos. Son dos ciudades distintas pero ya unidas para los ojos del visitante. En Valparaíso, son Patrimonio de la Humanidad los cuarenta y dos cerros, repletos de casitas en madera y chapa de colores, a los que se asciende por calles estrechas y empinadas, por escaleras también empinadas o utilizando alguno de los varios ascensores repartidos por los cerros, el más espectacular, el del cerro Artillería. Por el ascensor de madera de El Peral se llega al Paseo Yugoslavo, desde cuyo mirador se obtiene una espléndida vista de la ciudad y el puerto. Vale la pena dedicar tiempo a recorrer las calles más altas, pasando de un cerro a otro, para disfrutar de sus placitas y rincones, cada cual con un  atractivo especial. 
Vista de Valparaíso desde La Sebastiana

En el cerro de Bellavista se alza La Sebastiana, la casa que compró sin terminar Pablo Neruda al arquitecto español Sebastián Collado. No es difícil imaginar al poeta escribiendo en su alto estudio, desde donde se avistan, allá junto al mar, las calles bajas de la ciudad, mucho más amplias y salpicadas de edificios imponentes que hablan de otros tiempos más prósperos. «Yo construí la casa. / La hice primero de aire. / Luego subí en el aire la bandera / y la dejé colgada / del firmamento, de la estrella, de la claridad y de la oscuridad», escribió Neruda en el poema «A La Sebastiana» que le dedicó.

A Viña del Mar se ha mudado la crema de la
Costanera de Viña del Mar
sociedad de la zona y además constituye la segunda residencia y la playa de muchos santiaguinos, que huyen de la contaminación y el estrés laboral de la semana (la pega llaman coloquialmente al trabajo en Chile). Destacan en la ciudad su bonita avenida costanera y sus playas, sobrevoladas por abundantes pelícanos que se recortan contra el sol en los atardeceres de brillante mar. Hay además varios palacios y castillos en sus cerros, urbanizaciones selectas para gente de posibles, un casino blanco con columnatas de estilo grecorromano al borde del agua y junto a un parque donde crecen frondosos árboles, y un hermoso reloj vegetal de flores que da la bienvenida a la ciudad a cualquiera que se acerque a contemplarlo.

Tumba de  Pablo Neruda y Matilde Urrutia en Isla Negra
En Isla Negra, casi a la misma distancia de Santiago que de Valparaíso, está la casa museo que compró en 1938 Pablo Neruda a su regreso de Europa, cuando buscaba un lugar de retiro para dedicarse a escribir su Canto general. Al principio no era más que una casita de piedra mirando al mar desde lo alto que se había construido el marino español Eladio Sobrino, pero fue creciendo con la imaginación de Neruda y la ayuda de dos arquitectos, primero Germán Rodríguez Arias y después Sergio Soza, hasta convertirse en la construcción actual, de varios cuerpos, que evoca un tren y guarda en su interior los objetos más preciados de su dueño: mascarones de proa, réplicas de veleros, barcos dentro de botellas, mapamundis, máscaras, pipas o caracolas marinas. El imaginario poético de Neruda se recoge en esta casa y su entorno, dominado por el mar bravío que rompe contra las rocas oscuras. Del hermoso jardín de la casa sobresalen el campanario, un bote pintado de blanco y rojo, y las tumbas de Pablo Neruda y su tercera esposa, Matilde Urrutia.

Lobos marinos frente a la Isla de Teja
En el sur de Chile, en la Región de los Ríos, se encuentra la ciudad austral de Valdivia, la cuarta más antigua del país pues fue fundada por Pedro de Valdivia en 1552. Padeció con singular crudeza el terremoto, seguido de maremoto, de 1960, el mayor de los registrados hasta el momento, y volvió a levantar sus casas bajas de madera junto a la confluencia de los ríos Calle Calle, Valdivia-Cau Cau y Cruces. Llueve muchísimo, según los lugareños, más que en ningún otro lugar del mundo, y hace frío y se siente mucha humedad en invierno, la estación que durante nuestra estancia estaba llegando a su fin. Paseando por la costanera, se avistan multitud de aves palmípedas y lobos marinos que bucean en el río o sestean en las diversas balsas flotantes habilitadas para ellos. A los lugares donde se concentran los lobos marinos se los conoce con el nombre de loberías. Cuentan que los de Valdivia comenzaron a llegar hace unos treinta años, cuando unos cuantos ejemplares jóvenes y fuertes se adentraron nadando por el río desde las aguas costeras frente a la comuna de Corral, en el océano Pacífico. Prosiguiendo el paseo por la costanera, una vez pasado el puente que une con la ciudad la espléndida isla de Teja ―donde se encuentran la Universidad Austral, los principales museos y un jardín botánico―, se llega a la Feria
Feria Fluvial
Fluvial, principal atracción de Valdivia. En sus numerosos puestos cubiertos bajo una carpa, se venden artesanía, productos lácteos, fruta, hortalizas, especias, marisco ―choros (mejillones) de diversos tamaños, locos (un delicioso molusco), picorocos (un crustáceo), jaibas (nuestras nécoras)― y reluciente pescado ―reinetas, salmones, pejerreyes, merluzas, congrios― que te limpian ahí mismo, echando los restos al río, donde se los disputan, en primera línea, los enormes lobos marinos que han logrado pasar el cerramiento de metal que debería mantenerlos alejados, los negros patos cormoranes que se posan en lo alto del cerramiento y los torpes pelícanos que sobrevuelan alrededor o nadan en las aguas algo turbias. Es un espectáculo digno de contemplar que no me perdí ninguno de los días que permanecimos en Valdivia.


La ciudad mezcla tradiciones indígenas, alemanas y españolas, tiene su cerveza propia, producida en una fábrica muy visitada, y elabora excelente chocolate, que se puede degustar en agradables confiterías donde lo sirven en
Bahía del Fuerte Niebla
diferentes modalidades junto a la dulcísima repostería, mucha de ella, a base de manjar (dulce de leche), merengue o queso.

Tienda en Panguipulli
A pocos kilómetros en coche de Valdivia (o también navegando en uno de los catamaranes que ofrecen el paseo si no hay temporal) está la bahía de Corral, en la desembocadura del río Valdivia, que durante los tiempos coloniales estuvo muy fortificada para repeler los continuos ataques de piratas y corsarios. Del sistema defensivo de fuertes destaca por la belleza de su emplazamiento el de Niebla, que conserva diversos restos arqueológicos, los dos hornos donde se calentaban las balas y una buena colección de cañones. Tiene además un museo muy agradable de visitar. Y son espectaculares las vistas que se alcanzan desde los puntos más elevados del fuerte sobre el mar y la recortada costa: Los Molinos, Caleta Bonifacio, Pilolcura…, y enfrente, se avista el puerto de Corral, el más antiguo, donde se formaron las olas más altas del maremoto sufrido en 1960 que, según cuentan, superaron los 12 metros de altura.

Lago en Panguipulli
Jamás bastará el tiempo destinado a recorrer esta región abundante en agua para los amantes de la naturaleza. Es tanto lo que hay que ver, y la extensión tan amplia, que no queda más remedio que seleccionar, haciendo la promesa de regresar pronto para continuar viaje a las termas o los humedales que faltaron por visitar. El circuito de los Siete Lagos, cuyo fin de recorrido es la reserva natural de Huilo Huilo y en el que se visitan además Lanco, Panguipulli, Neltume y Puerto Fuy, jamás defrauda. Partiendo de Valdivia antes del alba y regresando bien entrada la noche, se puede realizar en un día: merece la pena caminar, bien pertrechados para la lluvia y los accidentes del sendero, por la frondosa selva
Salto Huilo Huilo
valdiviana ―que es un bosque húmedo, templado y lluvioso― para alcanzar el salto Huilo Huilo (al que se puede bajar hasta el pie de la cascada) y el salto del Puma (que solo se contempla desde arriba). En la reserva también hay un camino elevado de madera, llamado el Sendero de Ciervos por los rebaños de ellos que se ven pastando abajo, y pequeños refugios de madera a la altura de las copas de los árboles (algunas, a más de 5 metros del suelo) que se pueden alquilar para pasar la noche. También hay hoteles dentro de la reserva natural que pretenden mimetizarse con la naturaleza y cuya arquitectura resulta sorprendente, como de cuento de duendes.

El Morro de Arica
Llegamos en avión a Arica, en el extremo norte de Chile, con la ropa aún oliendo a humedad y los ojos ahítos de verdor valdiviano. El contraste no pudo ser mayor: la ciudad chilena
de la eterna primavera se alza junto al Pacífico pero está rodeada de desierto. En Arica no llueve nunca. Durante el recorrido hasta el precioso hotel al borde del mar, vimos amarillear grandes extensiones de tierra polvorienta y barrios surgidos al pie de cerros pelados, muchos de ellos, según supimos después, adornados con enormes geoglifos precolombinos que, al parecer, marcaban las rutas de caravanas en su época.

La ciudad posee un activo puerto marítimo que es crucial para algunos países del interior de América del Sur, como Bolivia, y mantiene un litigio por tierras con sus vecinos de frontera, Perú y Bolivia. El cerro del Morro, junto a la costa, aparece en todas las fotografías turísticas y desde la planicie de su cima se obtiene una bonita panorámica de la ciudad y la costa. En el Morro se luchó una importante batalla durante la Guerra del Pacífico (1880) que determinó su ocupación por parte de Chile y después su anexión, revalidada por el Tratado de Lima en 1929. Hay un museo custodiado por militares donde se relata esta hazaña bélica de la que todavía se resienten los peruanos. Bajando por un largo sendero de suaves cuestas y fácil pisada, se
Anochecer en la costa de Arica desde el hotel
llega a la ciudad, de construcciones más bien bajas y hermosas casas antiguas pintadas en colores vivos. Sus calles peatonales están repletas de transeúntes y establecimientos comerciales, y es muy agradable pasear hasta la plaza principal, junto al Morro, y visitar edificios históricos como la antigua Casa de Gobierno, la antigua Aduana o la antigua estación del tren que llega hasta La Paz (Bolivia). La interesante catedral de San Marcos, de inspiración gótica, posee estructura de metal salvo en sus dos puertas, que son de madera, y fue diseñada y fabricada por el taller de Gustave Eiffel a petición del gobierno peruano ―entonces Arica formaba parte de su territorio nacional― para sustituir al edificio que había derruido el terremoto de 1868. No se puede acceder a su interior porque está en restauración en la actualidad.

Ascenso por la precordillera andina desde Arica
La cordillera de los Andes se aplana en el norte de Chile para formar una enorme meseta que en sus puntos más elevados supera los 5 000 metros. Esta meseta se conoce como altiplano, y el de Arica es uno de los mejores caminos para llegar hasta él, siguiendo alguna de las rutas del desierto, poblado a tramos por los cactus candelabro, que descuellan en el árido paisaje como imponentes vigías. Hay muchos lugares y pueblos que merecen parada según se sigue la carretera ascendente, utilizada por abundantes camiones de carga que van y vienen de Bolivia. A pocos kilómetros de Arica son dignos de admiración, entre los inmensos cerros desérticos de la precordillera andina que cubre la camanchaca (neblina) al amanecer, los fértiles valles de Azapa, Lluta y Codpa, que se van sucediendo a un lado u otro de la ruta a medida que se asciende, surgiendo como manchas verdes en las que crecen guayabas, aceitunas, mangos, choclos (maíz dulce) o tumbos (semejantes al maracuyá o fruta de la pasión). Llegamos a Poconchile, población de origen preincaico, cuando el sol ya iluminaba los cerros y su  iglesia blanca de San Jerónimo, con sus dos torres y el cementerio detrás, se recortaba en primer plano. En Zapahuira, superados los 3 700 metros, tomamos abundante té de coca y otras hierbas contra el mal de altura
Vista del valle desde Zapahuira
y comimos enormes sopaipillas y queso de cabra. Los lugareños nos recomendaron caminar despacio, como los astronautas en la luna, para evitar mareos, aunque nuestro vehículo iba preparado hasta con oxígeno por si acaso. Rodeada de cerros pelados y abundantes eucaliptos, Belén es la única población del altiplano andino fundada por los españoles, quienes la eligieron por su clima agradable y por estar en el camino de Potosí. Posee dos bonitas iglesias, una especie de anfiteatro donde sentarse a contemplar pasar la vida, según palabras del anciano que nos acompañó en la visita, y una escuela para los pocos niños que todavía viven allí. Las casas son de adobe, pegadas unas a otras y ordenadas en calles empinadas, algunas todavía empedradas. Sin embargo, los antiguos techos de paja se han ido sustituyendo por chapa metálica, que resultará más práctica pero mucho menos bonita.

Belén, en la casa de doña Emilia Paxi
Este relato sobre nuestra reciente estancia en Chile estaría incompleto si no hablara de lo mucho que nos ayudaron amigos antiguos y nuevos de las universidades que visitamos ―Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Viña del Mar; Austral de Valdivia; Tarapacá de Arica—, acompañándonos a conocer lugares maravillosos e informándonos sobre aspectos de la vida y cultura de Chile. También nos invitaron a saborear deliciosa comida, regada con vino y pisco sour, y nos explicaron el significado de tomar once y de once comida, que en líneas generales equivaldría a la merienda y merienda-cena españolas (no me extiendo más porque deseo dedicar un texto completo a esos términos y otros similares del español europeo y americano). Hubo también amables taxistas y guías que nos llevaron a sitios inolvidables, alejados de las rutas turísticas. Y sobre todo, nos topamos con gente hospitalaria que nos abrió su casa y nos ofreció comida y bebida, como las hijas y nieta de doña Emilia Paxi, de 106 años, que nos agasajaron generosamente en Belén.

Posdata

A los pocos días de nuestro regreso a España, cuanto todavía ordenaba datos para sentarme a redactar este texto, ocurrió el terremoto el 16 de septiembre de 2015, con epicentro en Illapel y una magnitud de 8,4 en la escala sísmica. Hubo muertos y heridos, desalojos y daños materiales. Desde ese día ha habido más de 500 réplicas, algunas de intensidad considerable. Enseguida mandamos correos a nuestros amigos, que respondieron en cuanto pudieron para informarnos. Todos están bien. Una amiga que vive en un ático frente al cerro de Santa Lucía en Santiago nos relató su sensación de miedo e impotencia, pero también las risas de su hijo de doce años, que se toma los temblores como una diversión. Así es la vida.


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.