viernes, 8 de marzo de 2019

Por ser mujer



Por ser mujer
A Clara su padre le tenía prohibido jugar con chicos, mandato que no le costaba obedecer durante el periodo escolar porque iba a un colegio de monjas segregado. Lo malo era en verano. Tenía unos doce años cuando una tarde, en la plaza del pueblo, no pudo resistirse a jugar a policías y ladrones con sus amigas y varios chicos. Se estaba divirtiendo tanto, entre los nervios de las carreras y las escaramuzas para no ser atrapada, que no se dio cuenta de la llegada de su padre hasta que la cogió del cuello. Allí mismo, a la vista de todos, le soltó dos sonoras bofetadas sin mediar palabra. Después se la llevó del pelo a casa. Clara lloró hasta agotarse. De miedo y de vergüenza. Estuvo días sin salir a la calle. A partir de entonces no consiguió establecer una relación normal con ninguna persona de otro sexo.

Paloma vivía con sus abuelos. Cuando tenía once años, una mañana, al despertarse, encontró una macha de sangre en la cama y se alarmó. Enseguida comprobó que también tenía las bragas machadas y corrió a contarle a su abuela que se había hecho una herida pero no sabía cómo. La abuela no le proporcionó el consuelo que buscaba, sino que la asustó más. Le dijo que ningún hombre debía enterarse de lo que le había pasado porque era muy peligroso, que había dejado de ser niña y que, desde ese momento, se tenía que cuidar de que esa herida le sangrara cada 28 días. Para conseguirlo, no podía permitir que ningún hombre la tocara hasta que llegara el día de su boda. ¿Nunca se me va a curar la herida?, preguntó inquieta Paloma. Nunca, es nuestra condena por ser mujeres, fue la respuesta que recibió.

Lola y Carmen eran hermanas. Cuando salían en verano, cada cual con sus amigas, quedaban en un lugar para volver juntas a casa justo cuando acababa de anochecer. Había un parque en el camino que rodeaban porque estaba oscuro para cruzarlo. Pero una vez que se les había hecho tarde, se adentraron en él por atajar. De las sombras surgió un enjambre de chicos que las acorraló. Unos se jaleaban a otros para susurrarles primero piropos, luego guarradas, y para pedirles besos. Cuando Carmen notó que la tocaban, repartió un par de manotazos y apretó a correr. Algunos chicos la persiguieron, pero era rápida y los fue dejando atrás. Solo uno continuó la caza. Carmen corrió y corrió hasta que le empezaron a fallar las fuerzas. Al verse perdida, se puso a gritar a todo pulmón ¡mamá, mamá! El chico se esfumó. Entonces Carmen retrocedió unos pasos para buscar a Lola. No estaba. Probablemente no había podido correr como ella. Angustiada, dudó si esperar más o volver a casa para contar a su madre lo sucedido. Por fin decidió hablar. Cuida de tus hermanas, le mandó la madre al enterarse de que faltaba su hija mayor, y salió despavorida en su busca. Las horas se hicieron eternas. Las hermanas pequeñas preguntaban qué pasaba, y Carmen no sabía la respuesta. Por fin se abrió la puerta de la calle y apareció Lola con su madre. Venía despeinada y muy enfadada. Pero no lloraba. Su madre dijo que había sido una valiente. Juntas habían puesto una denuncia en la comisaría de policía. Nunca más las dejaron volver solas a casa.
    
Adela quería estudiar Medicina. Su padre no lo consintió porque consideró que era una carrera muy dura para las mujeres y la obligó a matricularse en Magisterio. Así sabría educar bien a sus hijos cuando le llegaran. Obediente, Adela se esforzó curso tras curso, terminó los estudios y encontró un colegio donde trabajar. Pero no era feliz. Por eso, cuando hubo ahorrado el dinero suficiente, se atrevió a matricularse en Enfermería sin pedir permiso. Durante varios años llevó una vida secreta y, aunque apenas dormía para compaginar tantas obligaciones, fue capaz de acabar lo que había emprendido con excelentes calificaciones. Además, empezó a salir con un compañero de clase, que la convenció para especializarse en Podología y abrir una clínica juntos. Llegó un momento en que Adela pensó que no debía continuar ocultando su vida. Eligió la mañana de un sábado para sincerarse con su madre mientras cocinaba. Admirada, esta le dijo que su padre iba sentirse orgulloso de tener una hija tan trabajadora y la animó a contarle todo de inmediato. Las cejas del padre se fueron elevando a medida que escuchaba el relato de Adela. Al final, montó en cólera,  la insultó, ¡mentirosa, traidora!, y alargó la mano para abofetearla. Adela, que era alta y fuerte, paró el golpe, agarrándole por la muñeca. Enseguida hizo la maleta y se fue a vivir con su novio. Con mucho esfuerzo, los dos consiguieron abrir la clínica soñada. Él lo decidía todo, hacía los planes y las cuentas. Tuvieron una hija. Él empezó a mostrar celos, primero de la niña, luego de los clientes y al final hasta del aire que respiraba Adela. Comenzó a maltratarla, al principio solo de palabra. Luego llegó el primer golpe, seguido de arrepentimiento… el segundo golpe, el tercero. Adela volvió a hacer la maleta, cogió a su hija y pidió ayuda a sus padres. Pero no creyeron lo que les contó: ¿A tu padre le paraste la mano y a ese mequetrefe le permites que te pegue tanto? Adela se dio cuenta, al cabo de los años, de que había cambiado a un déspota por otro.

A Elena le robaron la billetera una tarde mientras paseaba con sus hijos por una céntrica avenida. Llevaba de una  mano a su hija y de la otra a su hijo, y el bolso colgado en bandolera sobre un costado. No se percató de que se lo habían abierto hasta que intentó pagar en una tienda. Como no estaban lejos de casa, volvió enseguida para llamar por teléfono y anular las tarjetas de crédito. Después se dirigió a la comisaría más cercana para poner la denuncia. A la mañana siguiente fue a su oficina bancaria. El empleado que la atendió le comunicó que habían sacado de su cuenta la máxima cantidad permitida con cada una de las tarjetas. Elena protestó. ¿Cómo podían haberlo hecho sin el número secreto? El empleado le aconsejó escribir una carta pidiendo que el banco se hiciera cargo de lo sustraído porque había un seguro que lo cubría. Así lo hizo Elena. Pero pasó un mes sin obtener contestación. Cuando fue a la oficina bancaria a interesarse por el trámite, le pareció que el empleado le daba largas. Entonces pidió hablar con el director. Este quiso desentenderse de ella con excusas ridículas, pero ante la insistencia de Elena, acabó revelándole que el banco se mostraba reticente a reintegrar en su cuenta la suma sustraída porque no se creían su relato. Elena adujo que tenía la denuncia del robo puesta a las horas de haber sucedido. El director meneó la cabeza y acabó arguyendo que muchas mujeres se gastaban el dinero de sus maridos en el bingo y caprichos y luego, para no ser descubiertas, fingían un robo.

El príncipe azul no existe, les dijo llorando Cristina a sus amigas una mañana invernal, y se subió la pernera de los pantalones para enseñarles las pantorrillas, repletas de arañazos y moratones. También los tenía en las manos y en la cara. Toño la había arrojado por un barranco, explicó, y no se había matado de milagro. Cristina tenía dieciocho años y era una chica popular por su buen tipo, su larga melena castaña y su simpatía. Podría haber salido con cualquiera de sus amigos, pero le gustó Toño. La primera vez que fueron a una discoteca, después de bailar un poco y tomar algunas copas, este se la llevó fuera y quiso mantener relaciones sexuales. Cristina se negó. Toño la llamó calientapollas y a empujones la arrojó por un barranco. Menos mal que era poco profundo y el anorak la protegió algo en la caída. Cuando dejó de rodar, Cristina se escondió detrás de unas piedras y no intentó subir hasta que cerraron la discoteca y no quedaba nadie que la viera. Que no os engañen, el príncipe azul no existe, repitió entre lágrimas a sus amigas.
      
Isabel había concertado una cita con una agente inmobiliaria para ver un piso. La agente llegó media hora tarde al portal donde la esperaba y se disculpó diciendo que había surgido un contratiempo en el colegio con uno de sus hijos y lo había tenido que solucionar. La culpa de todo la tienen las feministas, añadió, si no se hubieran empeñado en que trabajáramos fuera de casa, nuestros maridos seguirían ganando lo suficiente y nosotras viviríamos como las reinas de nuestros hogares. Las mujeres deberían ser solo amas de sus casas, insistió, mujeres florero, como las llamaban antes. Isabel no estaba de acuerdo. Adujo que la clave estaba en que cada mujer fuera libre para elegir la clase de vida que mejor le conviniera, pero que era crucial que todas estudiaran y se prepararan para ganarse la vida. Así podrían elegir de verdad su destino porque no dependerían de nadie. Le habló de las mujeres obligadas a casarse y de la pobreza de las que se quedaban solteras y tenían que vivir arrimadas a algún pariente. La mayoría nos casamos porque queremos, replicó la agente. Es injusto que por salvar a unas cuantas solteronas pobres las demás tengamos que trabajar una doble jornada. El feminismo es un timo.
       
Cuando a Celia la contrataron en el despacho de abogados, la informaron sobre el estricto código de conducta y apariencia que exigían a todos sus miembros. Debía maquillarse, llevar el cabello bien arreglado y lucir ropa y zapatos elegantes, nuevos y limpios, acordes con su posición. Los zapatos de tacón te darán autoridad, aunque solo sea por la altura, cuando vayas a juicio o tengas que negociar, le explicaron compañeras abogadas con más experiencia. Sin embargo, a pesar de calzarlos durante los primeros años de profesión, Celia se sintió a menudo ninguneada por colegas varones y tuvo que aprender a darse a respetar. Un día de juicio, el abogado de la otra parte la trató con una condescendencia más exagerada de lo habitual: Mira, hija, le dijo, cuando tú todavía no habías empezado a estudiar, yo ya estaba ejerciendo la abogacía. Será mejor que aceptes mi oferta. Celia reflexionó un segundo antes de replicar: Eso explica por qué no estás al día. Las leyes que tú aduces ya no están en vigor. Y le ganó el juicio. Con el paso del tiempo,  Celia se ha hecho dura y no calza zapatos de tacón para imponerse. Aduce que trabaja demasiado para encima tener que soportar que le duelan los pies.
  
Ana e Inés son médicas recientes; una está haciendo la residencia en psiquiatra, la otra, en endocrinología. Las dos han competido en igualdad para obtener las plazas que disfrutan en sus respectivos hospitales y están contentas con el aprendizaje y la labor que desempeñan. Solo ponen un pero: cuando van a las habitaciones para visitar a los enfermos, si van acompañadas por compañeros médicos o enfermeros hombres, ellas pasan a un segundo plano porque los enfermos, tanto hombres como mujeres, piensan que son subordinadas y se dirigen a los hombres. Las dos hacen esfuerzos, sin perder la cortesía, por que se reconozca su posición y preparación.
   
Cuando me propuse escribir este artículo, pedí ayuda a las mujeres que tengo a mi alrededor y enseguida reuní abundantes vivencias. Eran tantas que he tenido que espigar entre ellas para tocar diversos aspectos de nuestras vidas. Los relatos pertenecen a mujeres de distintas edades y a todas les pregunté si sabían qué era el feminismo. La mayoría no lo tenía claro, pero dijeron aceptarlo cuando les expliqué que se trataba de un movimiento de pensamiento y acción que aboga por la igualdad de género; es decir, por la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Feminismo no es el antónimo de machismo, ni mucho menos, aunque a menudo se intente situarlos en un mismo plano. Machismo, según la definición del Diccionario de la RAE, es la «actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres» y una «forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón». 

Quiero terminar con las palabras de mi sobrina de quince años cuando le hablé de este artículo: «A mí todavía no me ha pasado nada ―me dijo―, pero sí que noto que a los chicos y a las chicas no nos tratan igual. Por ejemplo, en mi instituto llaman guarras a las chicas más atrevidas que salen con muchos chicos. Nunca he oído que a un chico le insulten por eso». A pesar de los innegables avances, queda mucho por hacer, mujeres. Como dicen las feministas radicales, «lo personal es político».  Y nos va la vida en ello. 

Es un hecho que la mayor parte del trabajo del mundo lo realizan las mujeres. En todas partes, nosotras cargamos y cuidamos a los hijos, cultivamos, preparamos y comercializamos alimentos, trabajamos en fábricas y talleres explotadores, limpiamos la casa, el hospital y el edificio de oficinas… Hoy, en pleno siglo xxi, la mujer, viva y politizada, tiene que seguir reclamando su condición de persona, esté unida a una familia o no, esté unida a un hombre o no, sea una madre o no. Reclamamos el derecho a compartir equitativamente el producto de nuestro trabajo, el derecho a que no se nos cosifique ni utilice como un mero instrumento, un útero, un par de manos fuertes o suaves, una espalda que doblar; el derecho a participar plenamente en las decisiones de nuestro lugar de trabajo y nuestra comunidad; el derecho a hablar por nosotras mismas, sin intermediarios. Por derecho propio. 



La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  



    

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Vindicación de los derechos de la mujer



vindicación de los derechos de la mujer
Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas.
Mary Wollstonecraft






Cuando en 1994 Marisa Barreno, entonces editora de Cátedra, me propuso traducir A Vindication of the Rights of Woman, yo solo sabía de la autora lo que había escuchado, un par de años antes, en una serie de conferencias sobre mujeres escritoras dictadas en la Universidad de California en San Diego. Recordaba sobre todo datos de su corta pero prolífica vida.

Mary Wollstonecraft nació en Londres a finales del siglo xviii y era la segunda de siete hermanos y hermanas. Aunque por pertenecer a una familia de clase media-alta estaba destinada a una vida acomodada y al matrimonio, tuvo que salir de su hogar con diecinueve años para convertirse en dama de compañía de la viuda de un comerciante de Bath. Las imprudentes decisiones de su padre, un ser voluble y colérico, habían consumido la fortuna heredada en empresas ruinosas de agricultura que habían obligado a la familia a sufrir sucesivas mudanzas de un lugar a otro en Inglaterra y Gales, sin contar nunca con una residencia fija y duradera. A los dos años de su marcha, una grave enfermedad de su madre hizo que Mary corriera a su lado para cuidarla en el lecho hasta su muerte, que no tardó en llegar.

Tal vez porque ella no había podido disfrutar de una educación reglada y, sobre todo, porque necesitaba un medio aceptable de ganarse la vida, se le ocurrió fundar una pequeña escuela en Newington Green junto con su hermana Eliza y su amiga del alma Fanny Blood. Fueron unos años de enorme crecimiento intelectual y sensación de independencia. Pero Fanny resultó más convencional de lo esperado y accedió a una propuesta de matrimonio que la llevó a vivir en Portugal. Allí murió de parto en 1785, acompañada por Mary, quien no había vacilado en abandonar la escuela a su suerte cuando recibió la llamada de su amiga y supo lo deteriorada que estaba su salud.

A su vuelta a Gran Bretaña, con el proyecto de la escuela fracasado y a punto de convertirse en una solterona, la abatida Mary aceptó un trabajo de institutriz en Irlanda para una familia notable. Sin embargo, al cabo de un año su situación le resultó tan insoportable que abandonó el puesto, decidida a abrirse camino como escritora. Para lograrlo, se trasladó a Londres, aprendió francés y alemán, y comenzó a obtener algunos ingresos traduciendo textos y escribiendo reseñas. Por entonces, su universo intelectual se amplió gracias al editor liberal Joseph Johnson. Fue en esta época cuando Mary mantuvo su primera relación amorosa con el intelectual y pintor de difícil clasificación Henri Fuseli, que estaba casado. Pero los amores acabaron naufragando, y Mary huyó a Francia para poner tierra de por medio y, de paso, contemplar con sus ojos la Revolución francesa. En París conoció a Gilbert Imlay, adinerado aventurero estadounidense de quien se enamoró y por quien dos veces intentó suicidarse. Rechazada y próxima a la desesperación, regresó a Londres en 1795 con la hija que había tenido con el estadounidense. Poco a poco fue recuperando su antiguo círculo literario. Por mediación de Joseph Johnson conoció al filósofo William Godwin, su relación más sólida, porque él sí la quiso: ambos fueron creando un lazo estrecho y apasionado que concluyó en matrimonio cuando Mary quedó embarazada. Pero esta vida estable y plácida fue breve. Tras dar a luz a su segunda hija ―la futura autora de Frankenstein, Mary Shelley―, murió de fiebres puerperales en 1797.

A Vindication of the Rights of Woman (1792) no fue la primera obra escrita por Mary Wollstonecraft, ni la más apreciada en su momento. En 1778 había publicado una novela mediocre, Mary, A Fiction, inspirada por la muerte prematura de Fanny Blood; y sus experiencias como maestra e institutriz le sirvieron para componer dos tratados sobre educación, Thoughts on the Education of the Daughters (1787) y Original Stories from Real Life: with Conversations Calculated to Regulate the Affections and Form the Mind to Truth and Goodness (1788). Su respuesta de 1790 a la crítica conservadora de Edmund Burke a la Revolución francesa, A Vindication of the Rights of Man, tuvo bastante repercusión, y no solo por abordar un tema muy alejado de los intereses que se les suponían a las escritoras contemporáneas. Dos años más tarde, movida por esta acogida, llegaría su vindicación de los derechos de la mujer, que también fue bien recibida.  No obstante, la mayor contribución a la literatura inglesa de Wollstonecraft la constituyó un libro de viajes, Letters Written during a Short Residence in Sweden, Norway and Denmark (1796), donde en veinticinco cartas, dirigidas a un amante anónimo, narraba su inusitado viaje por Escandinavia, acompañada por su hija pequeña y la niñera, con la misión sorprendente de encontrar a un capitán perdido y recuperar el barco y su cargamento que pertenecían al aventurero Imlay. El gusto de la época por los viajes, unido a la excepcionalidad de la obra dentro de su género al combinar una travesía sentimental con un lúcido tratado de etnografía y política, determinó su éxito y su traducción inmediata a lenguas como el alemán, holandés, sueco o portugués.
 
Tras su muerte, Godwin pensó que el mejor modo de recuperarse y honrar a su esposa era escribir una biografía, que tituló Memoirs of the Author of a Vindication of the Rights of Woman. Pero su publicación en 1798 produjo el irónico efecto de suscitar tal cantidad de críticas hacia la vida sin ataduras de Mary que su obra, también denostada, acabó cayendo en el olvido. La demanda de una educación racional para las mujeres, que la mayoría de sus congéneres había aceptado, perdió fuerza al quedar implícito que significaba libertad sexual. Pocas de las feministas posteriores del conservador siglo xix se atrevieron a admitir a las claras la influencia de Mary Wollstonecraft. Sin embargo, el paso del tiempo le hizo justicia, y en el siglo xx emergió un interés renovado por la originalidad de sus vindicaciones y otros escritos que fue acrecentándose y se mantiene en la actualidad.

Cátedra fue la primera editorial que se propuso publicar la versión íntegra y anotada de Vindicación de los derechos de la mujer en castellano, dentro de su colección Feminismos, precedida por una brillante y amena introducción de Isabel Burdiel, a la que pertenecen las siguientes palabras:

Decir que Mary Wollstonecraft, la autora de la Vindicación de los derechos de la mujer, fue (al menos en parte) el producto de una «dama decente» malograda por circunstancias ajenas a su voluntad no es una provocación, ni una explicación psicologista, en clave reaccionaria, de su revolucionaria y escandalosa vida. Es intentar explicar ―a través de una peripecia individual singular― las condiciones posibles del despertar de una conciencia crítica respecto a un modelo social, económico y cultural de «ser-mujer» que se vivió desde dentro, en toda su dolorosa y agria faz oculta. Es intentar explicar, también, cómo el vacío creado por la pérdida de ese modelo se puede llenar de pasividad, de resentimiento o de acomodo. Las hermanas de Mary ―tanto las  literarias como las que podríamos llamar sus hermanas de destino, sus contemporáneas―, en mayor o menor grado, así lo hicieron. Aquel vacío se podía llenar también de un ardiente esfuerzo de crítica y de resistencia respecto al modelo mismo, hasta sus últimas consecuencias. Eso es lo que hizo Mary Wollstonecraft, para quien su vida y su obra fueron empeñadas, si se puede decir así, «en defensa propia».
   
La lectura de su obra y de su vida sigue resultando reveladora para las mujeres del siglo xxi que, en palabras de Isabel Burdiel, «buscan un modo de expresión personal y colectiva capaz de hacer saltar ―no ya exteriormente, sino interiormente― los estereotipos genéricos del ser y del actuar». Y no solo para las mujeres, si la tarea de deconstruir el patriarcado esclavizante se acomete de verdad por la sociedad completa.

Vindicación de los derechos de la mujer
La editorial Cátedra acaba de reeditar este libro en su colección Clásicos del Feminismo. Al hojear uno de los ejemplares que me han enviado, recuerdo cómo me documenté antes de iniciar la traducción, mis conversaciones con Marisa Barreno ―que me encargó la traducción de muchísimos más libros con el paso de los años y con quien siempre fue un gusto trabajar― y, sobre todo, cuánto disfruté desentrañando sentidos, buscando las palabras justas con que verter los argumentos vehementes pero racionales de Mary en su inglés dieciochesco a un castellano equiparable (y entendible):

Así, es el afecto por el conjunto de la raza humana lo que hace a mi pluma correr rápidamente para apoyar lo que creo que constituye la causa de la virtud; y el mismo motivo me lleva a desear honradamente ver a la mujer colocada en una posición desde la que adelantaría, en lugar de retrasar, el progreso de aquellos gloriosos principios que dan sustancia a la moralidad. En efecto, mi opinión sobre los derechos y obligaciones de las mujeres parece brotar de modo tan natural de esos principios fundamentales que pienso, aunque no sea muy probable, que algunas de las mentes preclaras que dieron forma a vuestra admirable constitución coincidirían conmigo.

Mary Wollstonecraft está muerta y no puede modificar lo que escribió. A mí, que estoy aún viva, me habría gustado revisar mi traducción, porque han pasado los años, soy perfeccionista y ahora sé más. Pero no ha sido posible. En esta nueva edición, parece que todo está como se publicó por primera vez en aquel ya lejano 1994. Os animo a leerla, a hacer críticas y sacar conclusiones.    

Referencia bibliográfica:
Wollstonecraft, Mary (2018): Vindicación de los derechos de la mujer. Ed. de Isabel Burdiel; trad. al castellano de Carmen Martínez Gimeno, Madrid: Cátedra, 404 pp.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  



miércoles, 31 de octubre de 2018

Viajar por Perú



Viajar por Perú
Por fin hemos podido realizar un viaje planeado en incontables ocasiones a lo largo del tiempo, pero siempre pospuesto por azares que surgían de improviso para malograrlo. A comienzos de este mes de octubre, volamos a Lima, la capital de Perú. Un momento: ¿Perú o el Perú?
Las dos escrituras, con artículo o sin él, son posibles. Valentín García Yebra  (Teoría y práctica de la traducción: II, 447) expuso esta particularidad ―compartida en la actualidad por otros países e incluso continentes― del siguiente modo:

El español, en la época de gran influjo francés, anteponía el artículo a muchos nombres de países que hoy no lo llevan: «la Francia», «la Alemania», «la Italia», «la Turquía», «la China»; hoy conservan aún el artículo bastantes nombres de países, sobre todo americanos, pero con tendencia a perderlo: (el) Canadá, (los) Estados Unidos, (el) Uruguay, (el) Ecuador, y, con más firmeza, El Salvador, La Guayana, y algunos países asiáticos: la india, el Tíbet, el Japón (este algo vacilante), o africanos: el Congo, el Camerún. 
 
Sin duda, es imperativo incluir el artículo (con mayúscula inicial) en aquellos topónimos en los que forma parte del nombre propio ―como ocurre con El Salvador, La Rioja o La Meca en nuestros tiempos―, y frecuente, utilizarlo cuando los países lo tienen en su nombre oficial: República del Perú, República del Ecuador o República del Congo, por ejemplo. Además, son la costumbre, el uso literario o la preferencia (¿estética?) de quien escribe los que determinan que se opte por el África o África; el Líbano o Líbano; la India o India.


Plaza de Armas, Lima
Pero volvamos al Perú, país situado en el oeste de América del Sur, cuyo territorio, por simplificar, se podría dividir en tres regiones naturales: la extensa costa del Pacífico; la elevada sierra o región andina, y la selva tropical o región amazónica. Descuella ante todo por contarse entre los  países con mayor diversidad biológica y más abundantes recursos minerales. La lengua más hablada es el español, pero también se utilizan y enseñan en las escuelas, según las zonas, otras lenguas nativas como el quechua o el aimara. Son muchos los atractivos que ofrece a quien lo visita: sitios arqueológicos, poblados altiplánicos, ciudades coloniales, asombrosos escenarios naturales, flora y fauna autóctonas, una cocina exquisita…  Pero Perú no había entrado en mi imaginación ni en mis planes de viaje por nada de esto. Lo había hecho, durante mis ya lejanos años de estudios universitarios, por motivos  literarios.

Puente de los Suspiros, Barranco
Entonces, en mi juventud  soñadora y melancólica, descubrí a los cronistas de Indias, al Inca Garcilaso de la Vega, a Clorinda Matto de Turner y, sobre todo, a Ciro Alegría, César Vallejo, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. Con ellos me había adentrado en la grandiosa geografía del territorio, las culturas precolombinas y las vicisitudes de  indios, mestizos y mujeres; había subido a la sierra y bajado a la costa, transitado por la selva y sumido en las minas; había escuchado la música orquestada por ríos, vientos, árboles, insectos o pájaros, y los múltiples sonidos que acompasaban la rutina diaria, desde el tintineo de los cubiertos al repique de las campanas o la descarga de las armas: «¿Quién puede ser capaz de señalar los límites que median entre lo heroico y el hielo de la gran tristeza? Con una música de estas puede el hombre llorar hasta consumirse, hasta desaparecer, pero podría igualmente luchar contra una legión de cóndores y de leones o contra los monstruos que se dice habitan en el fondo de los lagos de altura y en las faldas llenas de sombras de las montañas» (José María Arguedas, Los ríos profundos: 236).

Al fondo, Casa de la Literatura Peruana
En Lima nos hospedamos en el distrito vargasllosiano de Miraflores, por el cual callejeamos, visitamos parques y jardines, y paseamos por el alto malecón hasta llegar al Puente de los Suspiros en Barranco que hizo famoso Chabuca Granda. La capital es extensa e imposible de recorrer a pie. Como no dispone de un buen servicio público de transportes, el tráfico es endemoniado y para llegar al centro histórico, nos recomendaron tomar un taxi. Pero hay que tener cuidado: cualquier ciudadano puede dedicarse a ese negocio en sus horas libres y ninguno lleva taxímetro, motivo por el cual es necesario concertar el precio de la carrera antes de subir al automóvil elegido. No es prudente además parar taxis por la calle. Nosotros los tomábamos siempre de las paradas que hay delante de los hoteles.

La Plaza de Armas, delimitada por los edificios del Palacio de Gobierno, la catedral, la iglesia del Sagrario, el Palacio Arzobispal, el Palacio Municipal y el Club de la Unión, es el principal espacio público de la capital. Su nombre es sinónimo de ‘plaza mayor’, pero hace alusión al hecho de que en toda la América hispana, al ser construidas dichas plazas durante la colonia, se preveía su utilización como punto de reunión obligado en caso de ataque, por lo cual, además de los edificios públicos principales, había en ellas arsenales para la defensa. En la actualidad, en la hermosa Plaza de Armas limeña, dentro del atrio del Palacio de Gobierno, se realiza a diario, a las 11:45, una vistosa ceremonia de cambio de guardia que incluye un concierto de la banda militar con piezas marciales clásicas y otras  más sorprendentes, como El cóndor pasa, partes del Carmina Burana o algunas otras piezas que suenan a música popular.

Plaza de Armas de Arequipa
Todas las ciudades y pueblos importantes que visitamos conservan espaciosas y cuidadas plazas de armas donde se reúne la gente a hablar o descansar en sus bancos. Nos gustaron sobre todo la de Arequipa, con su enorme catedral en el lado norte,  y la de Cuzco, con soportales que recuerdan los de muchas plazas mayores españolas.

«Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?». Así comienza Conversación en la catedral,  la novela cumbre de Vargas Llosa y uno de los hitos de la literatura en lengua castellana. Mientras ascendíamos en autobús por el Valle interandino del Colca y empecé a sentir los estragos de la altura, se me vino a la cabeza esa pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú? El país gana cuando se contempla la grandiosidad de su geografía, de su naturaleza, cuando se deja atrás la pobreza que se agolpa en calles y más calles polvorientas de casas a medio construir en los suburbios de las ciudades.

Valle del Colca, desde el Mirador de la Cruz del Cóndor
El Valle del Colca impresiona con sus paisajes montañosos de pendientes a tramos pronunciadas y a tramos suaves, aterrazadas, con sus pastos y cultivos, sus bofedales, sus láminas de agua y los rebaños de vicuñas, alpacas y llamas. Hay aguas termales, géiseres y volcanes que lanzan fumarolas. Desde la zona del Mirador de la Cruz del Cóndor, avistamos abundantes cóndores posados y aguardamos pacientes a que las corrientes térmicas ascendentes de aire cálido fueran propicias para observar su vuelo majestuoso. Nos habían informado de que es el ave voladora más grande y pesada del planeta; la que tiene mayores alas y vuela a una altura superior. Como se alimenta de animales muertos, los lugareños arrojan despojos a su hábitat del cañón para que no lo abandonen.

Písac
A pesar de que al mal de altura se había sumado una diarrea del viajero ―tal vez por la ingesta continuada de hojas secas de coca para combatirlo―, el cenit del itinerario llegó cuando alcanzamos el Valle Sagrado, situado a las orillas del río Urubamba. Su clima es templado, la altura no es tan elevada y alberga numerosos sitios arqueológicos y poblaciones de gran interés: Chinchero, Písac, Urubamba y, sobre todo, Ollantaytambo, con su imponente fortaleza en la montaña. Desde la estación de Ollantaytambo sale el tren que lleva a Aguascalientes, donde dormimos, arrullados por las aguas del río, antes de visitar al día siguiente Machu Picchu.

Llovía cuando tomamos el autobús para ascender por la estrecha carretera de ripio que conduce hasta una de las nuevas siete maravillas del mundo, situada en la Cordillera Central de los Andes peruanos. Había bruma en las quebradas, y la fila de visitantes, cubiertos con capas de lluvia y algunos paraguas, serpenteaba ruinas arriba, tomando fotos donde los guías indicaban dentro de su explicación más o menos erudita. La zona arqueológica forma parte del Santuario Histórico de Machu Picchu, que en sus más de 32 000 hectáreas protege diversas especies biológicas en peligro de extinción y varios sitios incaicos, de los cuales Machu Picchu es el principal.

Ascendiendo por Machu Picchu
Nos contaron que la quebrada de Picchu, a medio camino entre los Andes y la selva amazónica, había sido ocupada por agricultores de las regiones de Vilcabamba y el Valle Sagrado que necesitaban extender sus cultivos. A grandes rasgos, el sitio se divide en dos zonas: la dedicada a la agricultura, en la que se aprecian multitud de terrazas de cultivo, y la urbana, donde se encuentran las ruinas de edificaciones destinadas a las actividades civiles y religiosas. A pesar de lo que nos contaron guías noveleros, parece que nunca fue una «ciudad perdida» ni un refugio secreto. Pero es cierto que su importancia decayó con el curso de la historia y la irrupción de los españoles. 

El profesor de historia estadounidense Hiram Bingham fue quien, en 1911, «redescubrió» el sitio, guiado por hacendados locales, y debe reconocérsele el mérito de haber sabido apreciar su importancia. Además, constituyó un equipo multidisciplinario para estudiar el sitio y divulgó sus resultados al mundo. La fama de Machu Picchu, rodeado de misterio, comenzó a crecer. En la actualidad, es casi imposible visitar el lugar si no se concierta con mucha antelación un tour guiado. Los visitantes diarios que llegan a Aguascalientes están tasados y se debe elegir un horario para ascender a las ruinas: de 6 a 12 de la mañana o de 12 a 6 de la tarde. Los billetes del tren y del autobús son nominativos y, si se pierden,  no es posible ingresar. 

Si hubiera sido la esposa de Lot, me habría convertido en estatua de sal, pues cuando el guía nos comunicó que debíamos marcharnos porque se acababa el tiempo, me recuerdo girándome una y otra vez en el camino de descenso para contemplar ese lugar mágico que tal vez no vuelva a visitar nunca más en mi vida. Merece la pena.

Plaza de Armas de Cuzco
Mientras esto escribo, de vuelta entre mis cosas y libre por fin de los males que me han aquejado largos días, voy repasando recuerdos, agrandándolos, hermoseándolos, como hacían los cronistas de Indias para convencer a sus señores y soberanos castellanos de que habían encontrado territorios extraordinarios. Yo doy fe de que lo son: me deleito con la memoria de impresiones, olores y sabores: cacao, nueces pecanas, maíz, palta, papas, chirimoyas, granadillas… Probamos el chupe de camarones, el ají de gallina, la canilla de alpaca, los suspiros limeños, y los alfajores y antojitos arequipeños. Nos hizo un tiempo cambiante, ahora frío, ahora calor; en algunos lugares, clima seco que cortaba los labios; en otros, húmedo que aleonaba la melena. Llovió y salió el sol. Escuchamos truenos mezclados con cohetes; los niños de un colegio nos pidieron autógrafos por el mero gusto de coleccionar firmas curiosas; dimos de comer a alpacas y llamas; pudimos machacar una grana cochinilla para extraer el tinte púrpura de su interior. Y en todas partes encontramos personas amables que nos facilitaron la estancia.

Realizamos todas las excursiones con Viajes Pacífico, cuyo personal demostró una gran profesionalidad en todo momento.









Referencias bibliográficas
Arguedas, José María (1971): Los ríos profundos, Buenos Aires: Losada.
García Yebra, Valentín (1989): Teoría y práctica de la traducción, 2 ts., Madrid: Gredos.
Vargas Llosa, Mario (1981): Conversación en la catedral, Barcelona: Seix Barral.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  











jueves, 4 de octubre de 2018

Atardeceres de lavanda: Brihuega



lavanda Brihuega
«La Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir. Yo anduve por él unos días y me gustó. Es muy variado, y menos la miel, que la compran los acaparadores, tiene de todo: trigo, patatas, cabras, olivos, tomates y caza. La gente me pareció buena; hablan un castellano magnífico y con buen acento y, aunque no sabían mucho a lo que iba, me trataron bien y me dieron de comer, a veces con escasez, pero siempre con cariño», escribió Camilo José Cela en la dedicatoria de su libro de viajes en 1948. 

A esta viajera también le gusta La Alcarria del siglo xxi, esa comarca natural, famosa sobre todo por su miel y su queso, que abarca buena parte del centro y sur de la provincia de Guadalajara y el noroeste de la provincia de Cuenca ―ambas pertenecientes a Castilla-La Mancha―, así como el sureste de la Comunidad de Madrid. Hasta casi finales del siglo xx, los  mieleros ambulantes, tocados con boina negra y vestidos con un ancho blusón, abandonaban la comarca para recorrer la Península Ibérica pregonando a los cuatro vientos: «¡Miel y queso de La Alcarria! ¡A la rica miel!».  

La abundancia de plantas aromáticas como el romero, el tomillo y el espliego o lavanda posibilitan la apicultura de la que resulta  esa miel. Caracterizan el paisaje de la comarca los ríos y arroyos que moldean valles y vaguadas, quebrando el páramo. Solo en su parte occidental ―dentro de la Comunidad de Madrid— y en el oeste de la provincia de Guadalajara se mantiene una densidad de población creciente por su cercanía con la villa de Madrid, capital del reino. El resto de la comarca, a pesar de su belleza paisajística, languidece y va despoblándose. Está envejeciendo. Forma parte de esa España interior tranquila, casi vacía que, estando tan cerca del bullicio urbano, se conserva como un remanso de paz, un territorio virgen al que no llegan las hordas de turistas.

Y, sin embargo, a la comarca no le faltan méritos: como dice Cela, «es un bonito país al que a la gente no le da la gana ir».  Por desconocimiento, probablemente. La  mayoría de los pueblos guardan imponentes edificios de piedra que hablan de tiempos mejores, antiguos. Castillos, murallas, palacios, iglesias de mérito salpican el paisaje. Hablan de la próspera Edad Media.

Uno de esos pueblos de pasado ilustre es Brihuega. Enclavada en el valle del río Tajuña, a 33 kilómetros de Guadalajara y 93 de Madrid, se la conoce como el Jardín de La Alcarria. Conserva la muralla del siglo xii con tres puertas originales y un espléndido casco antiguo, de piedra, con iglesias y plazuelas que alegran la vista; están la fuente de los doce caños, los antiguos lavaderos y una Fábrica Real de Paños que ya no fabrica nada, pero que conserva un jardín romántico, colgado sobre un altozano, que mira a la fértil vega del Tajuña, el castillo de la Piedra Bermeja y el Museo de Miniaturas.

Apunta Cela en su libro de viajes que Brihuega «tiene un color gris azulado, como de humo de cigarro puro». Puede que así fuera en los tristes años de posguerra. Ahora Brihuega es del color de la lavanda. Huele a lavanda y espliego, que florecen de junio a agosto. Es una experiencia inolvidable visitar las más de 1000 hectáreas de campos de lavanda florida, lista para la cosecha, a finales de julio. En el momento en que las suaves colinas se tiñen de ese color brillante que va del azul liláceo al morado, Brihuega se engalana para celebrar su cada vez más famoso festival de verano.

La puesta de sol es el mejor momento para visitar los campos de lavanda. Miles de abejas laboriosas polinizan las plantas, volando de flor en flor, y su zumbido resuena poderoso, sobrecogedor. Al principio impone adentrarse en los coloridos surcos vegetales; luego, cuando se comprueba que las abejas están a lo suyo y no atacan si no son molestadas, nadie se resiste a avanzar paso a paso para tomar magníficas fotos que sirvan de recuerdo.

El Festival de la Lavanda congrega a mucha gente y las entradas para sus conciertos en medio de los campos floridos al atardecer se agotan enseguida. Pero la visita a los campos es libre a cualquier hora y siempre merece la pena contemplar como la luz del sol va cambiando las tonalidades de la lavanda floral.


 La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  










martes, 2 de octubre de 2018

Croquetas, albóndigas y murciélagos



croquetas
Quién es capaz de resistirse a una buena croqueta, crujiente por fuera, cremosa por dentro, con su recado de besamel y jamón, pollo, jambas, setas… su variedad es tan amplia como la popularidad que ha alcanzado en nuestra cocina española. Sin embargo, tanto la croqueta como su salsa interior ―besamel o besamela― tienen origen francés.  Explica María Moliner (Diccionario de uso del español, 1981) que la voz ‘croqueta’ deriva del francés croquette, que a su vez proviene de  croquer, verbo con raíz onomatopéyica, documentado desde el siglo xiii, con el cual se designa el ruido seco que se hace al morder o mascar algo susceptible de provocar dicho sonido. Nuestras voces ‘crocante’ y ‘croquis’ tienen la misma procedencia: la primera equivale a ‘crujiente’, y la segunda, a ‘esbozo’, puesto que el verbo francés croquer también tiene el significado de ‘bosquejar’. El Diccionario de la lengua española (RAE) recoge todas estas palabras, pero no el vulgarismo tan extendido ‘cocreta’, que surge por una alteración de los sonidos silábicos dentro de la palabra, conocida en lingüística como metátesis y bastante habitual en nuestra lengua. Son errores por metátesis igual de vulgares que ‘cocreta’ las voces  ‘cluquillas’ por ‘cuclillas’, ‘dentrífico’ por ‘dentífrico’, ‘pedreste’ por ‘pedestre’, ‘pograma’ por ‘programa’, ‘Grabiel’ por ‘Gabriel’, ‘metereológico’ por ‘meteorológico’ o ‘visicitudes’ por ‘vicisitudes’.  Sin embargo, también hay palabras provenientes de metátesis durante su evolución del latín a la lengua romance que sí han logrado imponerse y ser aceptadas en la lengua culta castellana: sirvan como ejemplos crocodilus, que se convirtió en ‘cocodrilo’; crusta, que  pasó a crosta  y por fin a ‘costra’; o ‘murciégalo’, diminutivo de  mus caeculus, (‘ratón ciego’ en latín), que se convirtió en ‘murciélago’. Es de señalar, en este último caso, que ambas palabras están aceptadas, aunque en el diccionario académico se especifica que ‘murciégalo’ es voz desusada y de uso vulgar. El mismo diccionario recoge además ‘murceguillo’ y ‘morceguillo’ como sinónimos para ‘murciélago’. 

Nadie habituado a la cocina española confundiría una croqueta con una albóndiga y, sin embargo, si se busca en el Diccionario general francés-español de Larousse la definición de la croquette francesa, aparece lo siguiente: «f. culin  albóndiga, albondiguilla, croqueta (de viande), bola de patatas (de pommes de terre) // chocolatina, croqueta (de chocolat)».  Y si es un diccionario de la lengua inglesa el que se consulta como, por ejemplo, el Cambridge dictionary, se lee: «a small, rounded mass of food, such as meat, fish, or potato, that has been cut into small pieces, pressed together, covered in breadcrumbs and fried». ¿Croqueta o albóndiga?  Parece que en otras cocinas las diferencias no son tan evidentes.

A comienzos del siglo xvii, en su Tesoro de la lengua castellana, o española (1611), Sebastián de Covarrubias ya definía con precisión lo que se entendía en nuestra lengua y nuestra cocina por el término ‘albóndiga’:

El nombre y el guisado es muy conocido. Es carne picada y sazonada con especies, hecha en forma de nueces o bodoques, del nombre bunduqun, que en arábigo vale tanto como avellana, por la semejanza que tiene en ser redonda. Y bunduqun propiamente significa la ciudad de Venecia, de donde llevaron las posturas de los avellanos, o su fruta. Y por eso le pusieron el nombre de la tierra de do se llevó, como es ordinario, pues decimos damascenas y zaragocies a las ciruelas de Damasco y Zaragoza, bergamotas y pintas a las peras de Bérgamo y Pinto, &c. Esta interpretación es de Diego de Urrea. El padre Guadix dice que albóndiga, que vale carne picada y mezclada con otra. El diminutivo de albóndiga es albondiguilla. Juan López de Velasco dice viene del nombre bonduq, que en arábigo vale cosa redonda.

Aunque la variedad de ingredientes añadidos tal vez haya aumentado con el paso de los siglos, el significado de la palabra ‘albóndiga’ permanece invariable. Lo demuestra la exposición que hace de ella María Moliner en su diccionario, estableciendo su procedencia «del árabe ‘(al)búnduca’, la bola»,  y añadiendo que es nombre «aplicado a unas bolas de tres o cuatro centímetros de diámetro que se forman con carne o pescado picado muy menudamente, mezclados con huevo, ralladuras de pan y especias, que se rebozan con harina, se fríen primero y se guisan con una salsa después». Parece que las albóndigas han ido aumentando de tamaño en nuestra cocina actual y que en recetarios de siglos pasados se asemejaban más a las avellanas e incluso se cocían en una salsa de estas y también de almendras. Desde luego, las que se guisan en salsa de tomate, muy habituales en la actualidad, solo pudieron elaborarse de este modo después de la llegada de los castellanos a América a finales del siglo xv, puesto que los tomates de aquende proceden de los que se cultivaban allende los mares.

Observando su raíz etimológica, se comprende que la forma inicial de esta palabra en castellano habrá sido ‘albóndiga’, si bien Joan Corominas, en su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (1980-1991), menciona la variante castellana ‘almóndiga’ en el siglo xv  y  los diminutivos ‘albondeguilla’ y ‘albondiguilla’ en el siglo xvi.  Por tanto, no es de extrañar que  el Diccionario de autoridades (1726-1739), el primero que publicó la Real Academia Española, recoja la voz ‘almóndiga’, remitiendo a ‘albóndiga’, así como ‘almondiguilla o almondeguilla’, de las que afirma que son «voces corrompidas de Albondiguilla, que es como debe decirse». Añade el siguiente ejemplo: «Que no hai cazuela, / Relleno, ni gigóte, / Inglesas tortas, ni pastél en bote, / Mondogo, manjar blanco, almondeguillas, / Chorizos, salchichones, ni morcillas». De finales de ese mismo siglo son unos versos de Francisco de Quevedo, titulados «Los sopones de Salamanca» e incluidos en sus Obras jocosas (1798): «Catalina de Perales […] / muy poco culta de caldos / por su claridá infinita: / abreviadora de trastos / dentro de una almondiguilla».

Tal parece que ‘albóndigas’ y ‘almóndigas’ convivieron en la lengua castellana desde hace largo tiempo, incluso mezclándose en las mismas ollas. Ese mismo cambio de consonante b por m se dio en otro par de palabras, ‘vagabundo’ y ‘vagamundo’: la primera proviene del adjetivo latino vagabundus, formado por el verbo vagare más el sufijo productivo -bundus, que en castellano se convirtió en el sufijo culto -bundo/a, con el cual se forman adjetivos, partiendo de verbos, que añaden al significado intensidad o duración: morir, moribundo/a; meditar, meditabundo/a; errar, errabundo/a. La segunda palabra del par se aleja del adjetivo latino, vagabundus, y crea una nueva etimología popular, como si se tratara de una palabra compuesta: vaga-mundo, persona que vaga por el mundo. El DRAE actual incluye todas estas palabras, pero no en plano de igualdad. Esto es lo crucial: la palabra culta es ‘albóndiga’ y su diminutivo ‘albondiguilla’; la vulgar, ‘almóndiga’ y su diminutivo ‘almondiguilla’; ‘vagabundo/a’ es la palabra culta, mientras que ‘vagamundo/a’ es la palabra vulgar y desusada. Añado aquí la acepción informal y vulgar que aparece en el diccionario de María Moliner para ‘albondiguilla’: «Se aplica a las pelotillas de moco seco que hacen a veces los chicos con el que se sacan de las narices».

El uso de la lengua que hacen sus hablantes coloca cada palabra en un lugar, le confiere un estatus determinado, y el diccionario no hace más que reflejarlo cuando queda asentado por el paso del tiempo. Por eso es tan importante su consulta, ahora tarea facilísima gracias a internet. Por supuesto, cada cual es libre de elegir cómo habla y cómo escribe; qué palabras emplea y cuáles rechaza. Pero no da igual. Nunca es lo mismo.  


La lengua destrabada

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