viernes, 16 de octubre de 2020

Dos puntos: orígenes y posibilidades actuales de uso en español

Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, ‘puntuar’ es en gramática «poner en la escritura los signos ortográficos necesarios para distinguir el valor prosódico de las palabras y el sentido de las oraciones y de cada uno de sus miembros». ‘Puntuación’, por su parte, es tanto la acción y efecto de puntuar como el conjunto de los signos ortográficos que sirven para ello. Los dos términos provienen del latín punctum, punto, puesto que fue este signo el primero adoptado ya en la Antigüedad clásica como ayuda a la lectura en voz alta de la scriptio continua. Los romanos tomaron de los griegos el principio básico por el cual se iba a regir la puntuación hasta bien entrada la Edad Media: la utilización del punto escrito en tres posiciones distintas dentro de la línea, alto, medio y bajo, para marcar las pausas, respectivamente, con una intensidad mayor, intermedia y menor. En torno a la segunda mitad del siglo ix, desde la corte de Carlomagno se fue propagando por Occidente un sistema perfeccionado de signos (positurae): el punctus versus (punto con una vírgula curva debajo); el punctus interrogativus (punto con un rasguillo ascendente hacia la derecha) y el punctus elevatus (punto con una especie de coma superpuesta). Cuando a estas positurae o situaciones de los signos se añadió el uso de las litterae nobiliores (mayúsculas destacadas) para resaltar el inicio de la oración, la altura de los puntos dejó de tener importancia.

El punctus elevatus dio lugar en la ortografía tradicional española al colon (:) y al semicolon (;). El término griego κῶλον, que significa ‘miembro’ o ‘parte’, se utilizó en la gramática griega para designar a los miembros o partes de una oración y pasó como colon, con el mismo valor, a la gramática latina para acabar denominando también a los signos con los que se marcaban las pausas menores dentro de un mismo periodo. El Diccionario de la lengua española de la RAE recoge la siguiente definición: «Gram. Tradicionalmente, parte o miembro principal del periodo. || 3. Ortogr. Tradicionalmente, signo de puntuación con que se distinguen estos miembros. En castellano y otras lenguas es el punto y coma o los dos puntos».

Se suele afirmar que la imprenta, al fundir en plomo los signos de puntuación, consiguió inmovilizarlos en su evolución a partir del siglo xv. Es necesario introducir ciertos matices, sin embargo. La mayoría de los signos que se han universalizado tienen muchos siglos de antigüedad, sin lugar a dudas, pero sus usos han variado a lo largo del tiempo y de los distintos países. Ciñéndonos al caso español, no hay más que leer textos antiguos, incluso de hace un siglo o dos, para comprobar que los dos puntos y el punto y coma se solapaban y confundían a menudo en la escritura. Incluso la última Ortografía de la RAE (2010) decidió mejorar la explicación acerca de los cometidos de los dos puntos en un enunciado y añadió algunas pautas en cuanto al empleo de mayúscula o minúscula inicial tras su escritura.

Las normas ortográficas actuales de nuestra lengua prescriben recurrir a la escritura de dos puntos en un enunciado cuando este se interrumpe para centrar la atención en lo que viene a continuación. Por tanto, es la puntuación adecuada para exponer una conclusión (La lectura es acumulativa y opera por progresión geométrica: cada una nueva edifica sobre lo ya leído antes), aportar una consecuencia (Con una fiebre tan elevada no se podía esperar: había que avisar a su familia) o dar una explicación (El proceso del aprendizaje se imaginaba así: en la base del cerebro había una «red maravillosa» de pequeños vasos que actuaban como  canales de comunicación).  También sirven los dos puntos como elemento de enlace entre proposiciones u oraciones en sustitución del nexo que las relacionaría para expresar, por ejemplo, causa-efecto, finalidad, oposición o verificación: Se han incrementado exponencialmente los contagios: habrá duras restricciones a la movilidad. Eso no es una novela, sino la guía telefónica: demasiados personajes para tan poco argumento. Hagamos un mapa mental: comprenderemos mejor el problema.

Locuciones explicativas como a saber, dicho de otro modo, en otras palabras, es más, por ejemplo, verbi gratia y demás semejantes suelen ir seguidas de dos puntos, aunque las más de las veces también admiten puntuarse con coma: Un buen libro debe producir un golpe doloroso, a saber: la muerte de un ser querido o la pérdida de un órgano vital. Dicho de otro modo: un libro ha de ser el hacha que quiebre el mar helado de nuestro interior.

Con todo, los dos puntos encuentran en la escritura su empleo más habitual en las enumeraciones explicativas tras el elemento que aúna y anticipa la serie (Había gestos prohibidos: apuntar con el dedo, aplaudir sonoramente, sacar la lengua, encogerse de hombros o silbar) o al final de una enumeración antes de aportar el elemento conclusorio (Hacer una reverencia de saludo, abandonar el escenario despreciando los aplausos y cambiarse enseguida de ropa: ese era su comportamiento inamovible). Es necesario en este punto efectuar una advertencia: es incorrecto escribir dos puntos después de preposiciones (La estructura externa de un libro impreso está compuesta por: lomo, solapa y chaqueta o forro). Lo adecuado en la mayoría de estos casos es eliminar los dos puntos (La estructura externa de un libro impreso está compuesta por lomo, solapa y chaqueta o forro). De hecho, para comprobar la idoneidad de los dos puntos dentro de un enunciado, no hay más que suprimirlos: si el enunciado mantiene su precisión sintáctica, es que sobraban. No obstante, si por motivos de claridad o estilo se desea mantener tal puntuación, siempre es posible adecuar la redacción (La estructura externa de un libro impreso consta de las siguientes partes: lomo, solapa y chaqueta o forro).  

Tal como se aprecia en los ejemplos aducidos hasta el momento, a continuación de los dos puntos las más de las veces se escribe con letra minúscula inicial. Solo es necesario  recurrir a mayúscula inicial en casos contados, que comparten siempre la particularidad de que tras los dos puntos comienza una unidad enunciativa nueva y completa, con independencia de sentido. Así, se impone la mayúscula inicial después de los dos puntos:

·    Al final del encabezamiento de una carta o correo electrónico. La palabra posterior escrita con mayúscula inicial aparecerá en línea aparte:

Estimados colegas:

A quien corresponda:

·       En textos jurídicos y administrativos, tras el verbo que establece el objetivo del escrito (CERTIFICA: EXPONE:). La primera palabra con mayúscula inicial se escribe en línea aparte. Son los únicos casos en los que está permitido utilizar dos puntos y a continuación la conjunción que (Solicita que: Expone que: Promete por su honor que:). Los verbos de estos documentos se escriben íntegros en letra mayúscula.

·       En formularios, solicitudes, cuestionarios e impresos en los que se deba consignar información, detrás de cada ítem: Estado civil: Viudo. Profesión: Intérprete jurado.

·       A continuación del verbo introductorio de una cita literal en estilo directo: Margaret Fuller opinó: «Los libros no pueden sustituir a la experiencia, pero son un medio para contemplar a toda la humanidad, un núcleo a cuyo alrededor se puede reunir todo el conocimiento».

·       Detrás de vocablos o expresiones de advertencia, anuncio, consejo y similares, seguidos de un enunciado independiente y completo: Aviso: Es obligatorio el uso de guantes y mascarilla en todo lugar público. Fe de erratas: No consta que este libro contenga ninguna apreciable. Posdata: La hora de la reunión se fijará en breve. A todos los residentes: Está prohibido estacionar motos en la acera.

·       En títulos y subtítulos de un texto o en titulares de periódico, cuando se precisa concretar un enunciado general previo: Introducción: Lenguaje y gnosis. Segunda Parte: Raíces históricas. Objetivo: Salvar la Tierra.

·       Después de titulillos de listas, enumeraciones y esquemas o de epígrafes internos de un texto, siempre que se escriba en la misma línea y no aparte: Principios: Las primeras nociones de escritura y lectura se aprendían practicando el enlace de signos. Es posible, asimismo, recurrir al punto y seguido en lugar de los dos puntos. Una vez elegida la puntuación, debe mantenerse la uniformidad a lo largo de todo el escrito.

·       Entre un ejemplo ilustrativo y el resto del enunciado, como se viene utilizando a lo largo de este texto cuando corresponde: Los dos puntos son un signo de puntuación que no puede coincidir con el punto, la coma ni el punto y coma.

Si es necesario, es posible escribir dos puntos detrás de puntos suspensivos y de los signos de cierre de exclamación, interrogación, comillas, paréntesis y rayas: La muerte…: eso no lo esperaba. ¡La muerte!: eso no lo esperaba. ¿La muerte?: eso no lo esperaba. «Cantaba un ruiseñor»: eso fue lo que declaró. Había un ruiseñor (o puede que un mirlo): lo vio con sus propios ojos. Esta fue su decisión ―según contaron―: reanudar la campaña sin esperar más informes. Asimismo, es posible escribir dos puntos detrás del punto abreviativo: Teléf.: 98071561.

Bien empleados, los dos puntos agilizan la escritura al marcar de manera sintética y clara la conexión de lo anterior con lo que les sigue y se convierten en un apreciable rasgo de estilo maduro. Dominar los dos puntos supone un elevado grado de destreza. Quien lo haya logrado, también sabrá que no se considera conveniente recurrir a ellos de manera sucesiva en un mismo enunciado, puesto que se oscurecería la relación sintáctica que se pretende establecer entre los diversos elementos concernidos. Por tanto, sería preciso variar redacciones como la siguiente: Se ofrecen dos puestos de trabajo: cantante y poeta: el primero trabajará a diario; el segundo, los fines de semana. Lo adecuado sería escribir: Se ofrecen dos puestos de trabajo: cantante y poeta. El primero trabajará a diario; el segundo, los fines de semana. Añadamos un ejemplo más: Bizancio, ante la complejidad del escenario, cambió de postura: decidió utilizar la fuerza pero, sobre todo, la diplomacia: negociaciones con el califa cordobés para enfrentarse a los piratas sarracenos y la flota fatimí, así como, más adelante, pactos con el emperador alemán. Entre las diversas posibilidades de corrección, estaría la siguiente: Bizancio, ante la complejidad del escenario, cambió de postura: decidió utilizar la fuerza pero, sobre todo, la diplomacia. Entabló negociaciones con el califa cordobés para enfrentarse a los piratas sarracenos y la flota fatimí; y, más adelante, alcanzó pactos con el emperador alemán. No obstante, debe tenerse presente que es perfectamente válida la repetición cercana de los dos puntos cuando se da en enunciados distintos, puesto que no queda afectada la clara percepción de las dependencias sintácticas: Aldo describió el libro-abecedario: «Era una joya única: tenía en mis manos un tesoro». A lo largo de este texto aparecen múltiples ejemplos de uso cercano de dos puntos, todos ellos fundados porque pertenecen a enunciados distintos y queda patente su correspondiente dependencia sintáctica.   

La lectura de «Redactar y corregir enumeraciones y listados» (clicando sobre el título), texto publicado en este mismo blog, puede servir de complemento a lo aquí expuesto.


 La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  



 

    



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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Oficio de lenguas: impresiones de camino

Traductores e intérpretes comparten la lengua como herramienta. Tanto es así que en el primer diccionario de la lengua castellana, el Tesoro de la Lengua Castellana, o Española, escrito por Sebastián de Covarrubias en 1611, se define  ‘lengua’ de este modo:

Interprete que declara una lengua con otra, interviniendo entre dos de diferentes lenguajes. Faraute: el que haze al principio de la comedia el prologo. Algunos dizen que faraute se dixo á ferendo [al portador: del verbo fero, que significa llevar], porque trae las nuevas de lo que se ha de representar, narrando el argumento. Ultra de lo dicho significa el que interpreta las razones que tienen entre si dos de diferentes lenguas, y tambien el que lleva y trae mensajes de una parte a otra entre personas que no se han visto ni careado, fiandose ambas las partes dél; y si son de malos propositos le dán sobre este otros  nombres infames.  Por tanto, es interpreté y heraldo.

Pero había además voces más antiguas de procedencia árabe: trujimán, trujamán, truchimán o dragomán, que se usaron en la Edad Media (parece que hasta el siglo XVII), sobre todo en transacciones comerciales para designar al intérprete. Ya no se recogen en el diccionario de Covarrubias porque probablemente estaban en retirada.

Designar al intérprete con la palabra ‘lengua’ define la función retórica que desempeña: se trata de una sinécdoque en la que se toma la parte por el todo; es una voz con capacidad de emisión. De esta definición de ‘lengua’ interesa también prestar atención al léxico, la ortografía y la puntuación. Algunas de las palabras ya no se comprenden bien y la mayoría están escritas de un modo que hoy no se consideraría correcto; la puntuación y el atildamiento también son ajenos a los usos actuales. Todo ello se debe a que la lengua está viva y, por tanto, va evolucionando.

Fijémonos ahora en el término ‘faraute’. A comienzos del siglo XVIII, en el Diccionario de la lengua castellana en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o rephranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua, dedicado al rey nuestro señor don Phelippe V (que Dios guarde) a cuyas reales expensas se hace esta obra, 6 tomos, Real Academia Española (1726-1739), se define así:

Faraute. El que lleva y trahe mensájes de una parte à otra entre personas que están ausentes ù distantes, fiándose entrambas partes de él. Lat. Internuncius […].

Faraute.  Se llama también el que declara y traduce lo que hablan dos personas cada uno en su Lengua, sin entenderse el uno al otro: yá tiene poco uso, porque oy se llama Intérprete de Lenguas.

 En siglos pasados, el oficio de lengua era en su mayor parte oral. De la persona que lo ejercía se exigía fidelidad porque era intérprete y heraldo. Traducción e interpretación de textos se simultaneaban en la Escuela de Traductores de Toledo y demás centros de estudios auspiciados por Alfonso X el Sabio en Toledo y otras ciudades españolas (Sevilla o Murcia) en el siglo XIII.  Con el paso del tiempo, las funciones se fueron diferenciando, y en la actualidad la distinción entre traducción escrita e interpretación oral está generalizada.  La voz ‘traslación’ parecería recoger ambos supuestos.

Quienes traducen han de ser ante todo escritores. La traducción no deja de ser un proceso de creación escrita, aunque diferente del resto. Los traductores son autores con copyright reconocido, que en los libros aparece en la página de derechos de autor. Pero su creación no parte de sus propios pensamientos e ideas. Cuando se sitúan ante la página o pantalla en blanco, saben de antemano lo que tienen que hacer: trasladar de una lengua fuente a una lengua término. Es obvio que no es posible traducir si no se comprende el texto sobre el que se trabaja como lo haría un nativo competente de la lengua. Pero además es necesario dominar la lengua término para lograr reconstruir en ella ese texto original con la menor pérdida posible. Esta doble capacidad ―comprensiva y expresiva― supone un conocimiento exhaustivo del léxico, de la morfología y de la sintaxis de ambas lenguas. Y también de su ortotipografía.

Consideremos un poema de Emily Dickinson y su traducción:

They shut me in Prose -
As when a little Girl
They put me in the Closet -
Because they liked me «still» -

Still! Could themselves have peeped -
And seen my Brain - go round -
They might as wise have lodge a Bird
For Treason - in the Pound -

Himself has but to will
And easy as a Star
Abolish his Captivity -
And laugh - No more have I -
Me encierran en la Prosa -
Como cuando de Niña
Me metían en el Cuarto Oscuro -
Porque les gustaba «quieta» -

¡Quieta! Si hubieran podido asomarse-
Y ver a mi Cerebro - dar vueltas -
Igual habría sido meter a un Pájaro
Por Traición - en el Corral -

Él no tiene más que quererlo
Para ligero como una Estrella
Abolir su Cautividad -
Y reír - Lo mismo que hago yo -

Antes de iniciar una traducción, quien la va a llevar a cabo debe documentarse. De este modo, en el caso de Emily Dickinson, deberá conocer el uso especial que hace esta poeta de los guiones y de las palabras escritas con mayúsculas, como si se tratara de nombres propios. También sabrá de su vocabulario conciso y sugerente, y de sus continuos anacolutos. Al traducir establecerá sus elecciones. A veces, cuando quien traduce es poeta, efectúa su propia versión de los poemas. Pero lo habitual es esforzarse por decir todo lo que dice la autora, no decir nada que ella no diga y decirlo del modo más aproximado posible en nuestra propia lengua.

La conocida expresión italiana traduttore, traditore hace referencia a la fidelidad exigible a quien traduce. Se trata de una paronomasia (palabras semejantes, salvo por una diferencia de vocal) o juego de palabras por el parecido de las dos que se emplean, omitiendo el verbo copulativo, lo que se marca con una coma. ¿Traducir es traicionar? Es cierto que quien traduce o interpreta posee una capacidad real de traicionar con conocimiento de causa, pero también es cierto que, por mucho que lo pretenda, le será imposible respetar por completo el texto original. A este respecto, Umberto Eco sostenía que una traducción no puede ser mejor que el texto original. Que el traductor no puede empeorar, pero tampoco mejorar lo que le entregan. No es mi experiencia tras muchos años de ejercicio de la profesión. Salvo en casos especiales de ediciones literarias, ninguna editorial aceptará una traducción con un español pobre, escaso de recursos, aunque el texto de la lengua fuente sea deficiente. Por eso se dice que muchos libros traducidos mejoran el original. Y los autores suelen agradecerlo (cuando tienen capacidad de percibir el buen resultado). En este ten con ten de autoría compartida, quienes traducimos también ganamos mucho. Hay libros cuyo vertido al español nos marca para siempre. A bote pronto, yo citaría en mi caso Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollestonecraft; Los primitivos flamencos, de Erwin Panofsky; La loca del desván, de Sandra M. Gilbert y Sandra M. Gubar, o Breve historia de Occidente, de Judith Coffin y Robert C. Stacey.  Todos estos libros me enseñaron y me dieron que pensar. Si hubiera sido capaz de recordar y asimilar todo lo que he traducido, sin duda sería ahora mucho más sabia...

Los diversos géneros requieren diversos modos de traducción. En la carta a Pammaquio titulada De optimo genere interpretandi, escrita hacia el año 395 de nuestra era, San Jerónimo,  el traductor en el siglo V de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata, estableció la división entre la traducción ad verbum y la traducción ad sensum: «Ego enim non solum fateor, sed libera voce profiteor, me in interpretatione Graecorum, absque Scripturis sanctis, ubi et verborum ordo mysterium est, non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu», es decir: «En efecto, no solo confieso, sino que proclamo a viva voz que, en la interpretación de los griegos, salvo en las Sagradas Escrituras, donde incluso el orden de las palabras revela el misterio, yo no expreso palabra por palabra, sino sentido por sentido».  Por tanto, en la traslación de una lengua a otra se debe aspirar a lograr armonía y equilibrio entre la fidelidad al original y el respeto a la lengua de llegada y a su hablante nativo.

La elección del léxico es crucial puesto que marca el registro del texto. El tono, en la escritura, solo puede definirse mediante el empleo de los signos de puntuación: exclamación, interrogación o puntos suspensivos. Recuérdese a este respecto que es posible utilizar juntos dos signos iguales de admiración para dar más énfasis o mezclar juntos signos de admiración e interrogación cuando se desee transmitir ese matiz. Recuérdese también que en español es necesario emplear signo de apertura y cierre. Al traducir, se han de tener en cuenta las normas de puntuación del español y no las de la lengua fuente: por ejemplo, en francés se separan de la palabra la mayoría de los signos de puntuación salvo el punto y la coma; el inglés emplea la raya para un uso enfático que no existe en español; y el alemán emplea las comillas de manera muy diferente.

Es preciso destacar por su importancia la construcción de diálogos, que en español se hace mediante el empleo de rayas, mientras que en inglés, por ejemplo, se utilizan las comillas:

Through an interpreter, I spoke with a young woman wearing a big white hat.
«Do you own this hat?» I asked her.
She shook her head. «The hat belongs to Margot», she said.
«What about the car?» I asked. 
 
Por medio de un intérprete, hablé con una joven que llevaba un gran sombrero blanco.
―¿Es suyo ese sombrero? —le pregunté.
Ella negó con la cabeza:
―El sombrero pertenece a Margot―respondió.
―¿Y el automóvil? ―proseguí preguntando. 

Antes de terminar, es preciso mencionar las interferencias lingüísticas que surgirán en toda traducción. Los préstamos ―que Américo Castro denominó ‘adopción lingüística’ e  ‘importación’― tratan de llenar lagunas de vocabulario en la lengua; los hay de todas procedencias: árabes, franceses, ingleses, alemanes…., y la mayoría aparecen plenamente incorporados al español y recogidos en los diccionarios: chat, chatear, tuitear, bloguero, chef, elite, bulevar, yogur, espaguetis, champú. Cuando todavía no están incorporados al léxico del español, se conocen como  extranjerismos y se marcan dentro de un texto con letra cursiva. Los calcos son copias, de una lengua a otra, de esquemas de construcción de determinados términos, traduciendo sus componentes. En español hay muchos plenamente incorporados: rascacielos (skyscraper); fin de semana (weekend); perrito caliente (hot dog); manzana de Adán (nuez, del alemán Adamsapfel o del inglés Adam’s Apple). Abundan  sobre todo en informática, ciencias, deportes y cocina. 

Dentro de los calcos se encuadran los ‘falsos amigos’, término que de por sí es un calco semático del francés (faux-ami). Los falsos amigos se dan entre lenguas semejantes, por ejemplo, del italiano, el francés y el inglés al español: 

salire (italiano) es ‘subir’ y no ‘salir’ en español
guardare (italiano) es ‘mirar’ y no ‘guardar’ en español
aceto (italiano) es ‘vinagre’ y no ‘aceite’ en español
subire (italiano) es ‘sufrir’ y no ‘subir’ en español
save  (inglés) es ‘guardar’ y no ‘salvar’ en español
sensible (inglés) es ‘sensato’ y no ‘sensible’ en español
honor (inglés) es ‘aceptar’ y no ‘honrar’ en español (aceptamos su tarjeta de crédito y no honramos su tarjeta de crédito)
deception (inglés) es ‘engaño’ y no ‘decepción’ en español
cigale (francés) es ‘cigarra’ y no ‘cigala’ en español
demander (francés) es ‘pedir/preguntar’ y no ‘demandar’ en español
entendre (francés) es ‘oír/escuchar’ y no ‘entender’ en español
soigner (francés) es ‘cuidar’ y no ‘soñar’ en español
voler (francés) es ‘robar’ y no ‘volar’ en español 

Otras interferencias lingüísticas a las que se debe prestar atención al traducir son el orden de las palabras dentro de la oración y el empleo de onomatopeyas y exclamaciones. Las normas y usos de la lengua término son los que deben  prevalecer en el texto traducido. Por ejemplo, un pájaro trina pío en español, piep en alemán, tweet en inglés y cui en francés; un perro ladra guau en español, arf o woof en inglés, ouaf en francés, wau en alemán o ão en portugués; y el gallo canta quiquiriquí en español, kikeriki en alemán, cocorico en francés y cock-a-doodle-doo en inglés. 

Como consideración final, no está de más subrayar que  no se puede dar la labor por concluida una vez que se ha acabado de traducir un texto. De ser posible, lo más conveniente es dejar reposar el resultado un tiempo y a continuación efectuar una corrección exhaustiva. Pero esto es solo la intervención que remata el proceso, pues ya se habrán ido realizando correcciones previas. Revisar y corregir son tareas recurrentes que se han de simultanear mientras se va traduciendo. Y es preciso corregir fondo y forma, esto es, efectuar una corrección ortotipográfica y de estilo.

Las últimas palabras de este texto en el Día Internacional de la Traducción son para recordar a Malinali, la Malinche o doña Marina, la más famosa ‘lengua’ americana, pues fue la intérprete de Hernán Cortes en México. Por este motivo, en lugar de encomiar su enorme don de lenguas, su enorme inteligencia, se la conoce como la traidora y ha dado lugar a un término, ‘malinchismo’, con el que se designa  el apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio. Yo prefiero ver en ella el hermanamiento, el mestizaje y la aceptación que deben unirnos en nuestra aldea global.

© Carmen Martínez Gimeno. Texto condensado de la conferencia titulada «Oficio de lenguas», dictada en octubre de 2017 en el Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la PUC de Valparaíso (Chile).


La lengua destrabada


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viernes, 24 de julio de 2020

Leer para aprender: a propósito del estilo



Hay aprendices de escritores que se niegan a leer lo que otros han logrado por miedo a perder su originalidad o a que los tachen de plagiarios. Es un grave error. La savia de la escritura es la escritura y, como es sabido,  nadie crea de la nada. Una lectura personal, silenciosa, desordenada ―en el sentido de que no sigue un criterio impuesto, sino los propios designios en virtud de lo que se pretende encontrar― , es un medio ineludible para alcanzar autonomía de pensamiento como individuo y estilo como escritor.

La palabra estilo proviene del latín stilus, término que significa ‘punzón’. Con stilus se designaba ante todo la varilla metálica de punta afilada por un extremo y aplanada por el otro que se empleaba para escribir sobre tablillas cubiertas de cera. Cuando se quería borrar un error o un escrito entero porque se necesitaba escribir encima, se alisaba la cera con el extremo aplanado del stilus para hacer tabula rasa, esto es, tabla rasa. Pronto el vocablo stilus pasó a denominar también el modo de escribir: se decía de alguien que tenía buen o mal stilus, igual que ahora, empleando el mismo tropo, elogiamos o criticamos una buena o mala pluma (metonimia). En griego existía un vocablo parecido, stylos (στῦλος), que significa ‘columna’, ‘pilar’, ‘sostén’. Aunque no tenía relación alguna con el stilus latino, al parecer, los griegos alejandrinos, por influjo romano, comenzaron a denominar con esta palabra las plumillas que usaban los escribas. Por eso ediciones antiguas del Diccionario de la lengua española académico recogían las dos etimologías, aunque si se consulta un diccionario de griego clásico, se descubre su falta de conexión. Del stylos griego provienen en castellano estilita (que vive sobre una columna) o peristilo (galería de columnas que rodea un edificio).

Abundan los libros escritos sobre libros. Algunos son prescriptores, como el Canon occidental de Harold Bloom, quien en el siglo xx recuperó la idea antigua de «catálogo de libros preceptivos» para proponer la lectura de los veintiséis autores que él consideraba capitales en la literatura occidental. Otros se centran en los efectos que causan los libros en quienes los leen, como ocurre en el famoso Quijote manchego, cuyo protagonista, influido por la lectura apasionada de libros de caballería, crea un mundo imaginario en el que, como buen caballero, debe deshacer los entuertos que le van surgiendo y, de paso, da forma a la novela moderna. A este mismo tipo pertenece una novela menos conocida e inconclusa de Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet, en la cual los protagonistas, dos oscuros copistas que se conocen por azar, se ponen a leer con disciplinado fervor cuanto llega a sus  manos, pasando con cierto orden de una disciplina del saber a otra ―agricultura, anatomía, historia, antropología, filosofía, religión, pedagogía― , pues han decidido vivir según lo que aprendan en los manuales científicos. Sin embargo, como debido a sus errores de juicio y método fracasan en todas las disciplinas por las que se interesan, acaban volviendo a su oficio primero de copistas, igual de ignorantes pero menos imbéciles que al principio, pues con tanta lectura había surgido en su espíritu una nueva facultad, la de ver la estupidez y no poder ya tolerarla.

Toda lectura es creación dirigida, pero ninguna es igual. Depende del juicio, del método y los objetivos de quien lee. Cuando un lector abre un libro, todo está por hacer y todo está hecho: la obra existe solo en la medida exacta de las capacidades de quien lee. Mientras se lee se va creando: siempre se podrá llegar más lejos en la lectura, crear más y, de este modo, la obra aparece como inagotable en su sentido, abierta como ventanas a un horizonte de mar: siempre infinito. Escribimos para que nos lean y leemos para escribir. A Sartre (¿Qué es la literatura?, 1967) pertenece la intuición de que el objeto literario ―lo escrito, en un sentido más amplio― es un trompo extraño que solo existe mientras está en movimiento: el trompo solo bailará si hay lectura y solo durará mientras dure la lectura. ¿Pero sirve cualquier baile del trompo?

La respuesta es negativa, por supuesto. Hay bailes divertidos pero no didácticos e incluso los hay que pueden confundir. Por tanto, para formar el estilo, la lectura es una condición necesaria pero nunca suficiente, pues no todo lo que se lee vale para aprender a escribir. Aunque la página impresa produzca respeto por su impronta de prestigio, lo escrito no es más cierto ni fiable que lo hablado. Así pues, igual que no creemos todo lo que escuchamos ni prestamos atención a cualquiera que pretenda convencernos con medias verdades, antes de utilizar como guía un texto impreso lo someteremos a un estricto análisis para descubrir sus fortalezas y debilidades.

El libro no es más que un vehículo: ninguno es peligroso pero muchos no son buenos. Por tanto, hay que leer con criterio, contrastando fuentes, poniendo en tela de juicio, prestando atención a la intención. ¿Y qué se entiende por libro bueno? Para los fines de aprender estilo, significa bien pensado, bien construido, bien escrito. ¿Pero hay modo de medir estos supuestos?  Lo hay, desde luego, y cada cual lo irá descubriendo poco a poco, a medida que vaya leyendo y vaya formando su propio criterio. Con la práctica aprendemos a desechar lo que no nos sirve y a buscar lo que más se corresponde con nuestros intereses. Leer publicaciones de editoriales prestigiosas es un buen punto de partida porque todas han pasado por un riguroso proceso de corrección (tipográfica y de estilo) que asegura ediciones fiables. No es difícil encontrar buenas ediciones en narrativa y ensayo que sirvan de guía; en cambio, en literatura científica y técnica cuesta más dar con ediciones de calidad desde el punto de vista del estilo. Por su parte, internet ofrece una amplia gama de textos para leer en pantalla, pero en este caso es necesaria una minuciosa criba porque abundan los imperfectos en todos los sentidos posibles de la palabra.

En la búsqueda de estilo, no se deben olvidar las palabras de Sartre:

No se es escritor por haber decidido decir ciertas cosas, sino por haber decidido decirlo de cierta manera, y el estilo, desde luego, representa el valor de la prosa. Pero debe pasar inadvertido. Puesto  que las palabras son transparentes y la mirada las atraviesa, sería absurdo meter entre ellas cristales esmerilados. La belleza no es aquí más que una fuerza suave e imperceptible. En un cuadro se manifiesta en seguida, pero en un libro se oculta, actúa por persuasión, como el encanto de una voz o de un rostro, no presiona, consigue entregas inadvertidas y se cree ceder ante los argumentos cuando ha sucedido por un encanto que no se ve (1967: 54-55).

El final del discurso pronunciado por el escritor catalán Eduardo Mendoza al recoger en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá el Premio Cervantes (20 de abril de 2017) es un colofón llovido del cielo:

Para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar al necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo y con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido. La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometarla.

Por lo demás, al que se echa a los caminos la vida le ofrece recordatorios de su insignificancia. Hace muchos años, cuando yo vivía en Nueva York, quedé en un bar con un amigo, ilustre poeta leonés. Como vimos que la camarera que nos atendía era hispanohablante, probablemente portorriqueña, cuando vino a tomarnos la comanda nos dirigimos a ella en castellano. La camarera tomó nota y luego nos preguntó si éramos franceses. Le respondimos que no. ¿Qué le había hecho pensar eso? Oh, dijo ella, como habláis tan mal español… En su momento, esta anécdota nimia me produjo una gran alegría que nunca se ha disipado. Porque comprendí que habitaba un mundo diverso, rico, divertido y con un amplísimo horizonte. Y que todas las lenguas del mundo son amables y generosas para quien las quiere bien y las trabaja.

Nada queda por añadir.

Texto extraído de mi manual de escritura La lengua destrabada, Madrid, Marcial Pons, 2017.

 

La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  






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lunes, 8 de junio de 2020

Sobre el origen y uso de las abreviaturas cronológicas a. C. y d. C.

Abreviaturas cronológicas a. C.  y d. C.
El tiempo es una noción construida para integrar sucesión y duración que cambia de una cultura a otra y de una época a otra. Pero en todas ellas se ha medido y se sigue midiendo: los primeros calendarios ―babilónicos y egipcios―, basados en la astronomía, tienen más de 5000 años. En la Antigüedad se mantenía una percepción cíclica del tiempo, que se extendía al futuro inmediato, al pasado reciente y al presente actual: lo que se salía de esos límites pertenecía al mito y la leyenda. Desde ese tiempo cíclico, en una evolución prolongada y compleja, se llegó en Occidente al tiempo lineal e irreversible de la actualidad,  que se divide en fracciones iguales y reconocibles, y en el cual se diferencian con nitidez pasado, presente y futuro.

Parece que los romanos fueron de los primeros en interesarse por establecer el curso de la historia y por marcar mediante acontecimientos destacados su periodización: antes o después de la guerra de Troya o de los Argonautas, las olimpiadas o la fundación de Roma (ab urbe condita) fueron algunos de los hitos utilizados para ese cometido. Sin embargo, fue la instauración del cristianismo la que consiguió transformar por completo la concepción del tiempo: con su advenimiento, adquirió una estructura determinada como algo creado con principio y fin que guardaba en su interior una división fundamental: lo acontecido en la era antes del nacimiento de Cristo y lo acontecido en la era posterior al nacimiento de Cristo. El papa Bonifacio IV tomó la decisión, en el año 607, de abandonar en los escritos la abreviatura más habitual a. u. c. (ab urbe condita) para contar los años desde la fundación de Roma en favor de las abreviaturas a. D. (anno Domini, año del señor) y p. C. (post Christum) o d. C. (después de Cristo), pero hasta el siglo XVII no se sistematizó también el cómputo de los años anteriores al nacimiento de Cristo como a. C. (ante Christum, antes de Cristo). Todas las abreviaturas citadas se escriben con un blanco de separación entre las letras después del punto porque cada una de ellas representa una de las palabras componentes de una expresión compleja.

No obstante, a pesar de su progresiva universalización a lo largo de los siglos, estas abreviaturas cronológicas no gozan en la actualidad de una aceptación generalizada ni siquiera en el mundo occidental. Y el motivo es su sesgo religioso y no el reconocido error de datación de unos cinco años cometido desde su inicio, en el año 527, por el monje Dionisio el Exiguo, experto matemático que se había propuesto elaborar el primer calendario cuyo origen fuera el nacimiento de Cristo. En todas las áreas del conocimiento, intelectuales, académicos y científicos laicos o no cristianos prefieren recurrir por su neutralidad a las expresiones ―y las abreviaturas correspondientes a ellas― era común (e. c.) o era vulgaris (e. v.) y antes de la era común (a. e. c.), todas recogidas y autorizadas por el Diccionario de la lengua española de la RAE.

Hay quienes sostienen que estas últimas expresiones y abreviaturas no son más que eufemismos, puesto que evitan la referencia a la figura religiosa, pero aceptan la misma datación. Pero es precisamente por aceptar esa misma datación por lo que han prosperado y ahora son usadas en multitud de instituciones culturales y educativas a lo largo del mundo: sin duda, constituyen un avance en la unificación de pautas entre culturas, ideologías y religiones que no se consideran representadas por un calendario de origen cristiano. Asimismo, teniendo en cuenta que toda periodización histórica es una construcción intelectual basada a menudo en criterios subjetivos, parece razonable aceptar que sea la persona que escribe la responsable de elegir qué abreviaturas utiliza para referirse a años y siglos. No obstante, debe tenerse presente que en textos donde no se mezclen siglos y años de antes y después de nuestra era, no será necesario añadir ninguna especificación porque no cabría error de interpretación. Y también es necesario recordar que muchas veces, dependiendo del tipo de texto ―literario, ensayístico…―, será preferible escribir al completo ‘de nuestra era’ o ‘antes de nuestra era’ en lugar de recurrir a las abreviaturas, sean cuales fueren las elegidas.
       
Termino este texto como lo he empezado: el tiempo es una noción construida para integrar sucesión y duración que cambia de una cultura a otra y de una época a otra.  En la cultura aymara, por ejemplo, se considera que el futuro está detrás ―puesto que es imposible verlo―, y el pasado, delante ―puesto que se ha visto, se ha vivido y hay datos para comprobar lo que fue―. Así, lo que se ve es real y está delante; lo que no se ve está detrás y no existe. La palabra aymara con la que se enuncia el pasado es nayra, que significa, literalmente, ojo, a la vista, al frente; la palabra con la que se enuncia el futuro es qhipa, cuyo significado es detrás, a la espalda. El presente es el lugar cierto ―aunque a menudo inseguro― desde donde se concibe todo.


La lengua destrabada

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domingo, 12 de abril de 2020

Torrijas: receta tradicional castellana



Torrijas
Este postre típico de la Semana Santa actual en muchos lugares de España tiene un origen muy antiguo, asociado con la necesidad de sacar partido al pan que se había quedado duro. El Diccionario de la lengua española académico lo define como «rebanada de pan empapada en vino o leche y rebozada con huevo, frita y endulzada», si bien en nuestros días las torrijas de leche son las más habituales. La palabra ‘torrija’ proviene del verbo ‘torrar’ al que se añade el sufijo diminutivo -ija, que posee cierto valor despectivo, al igual que sucede con palabras como baratija, proveniente de barato, clavija, proveniente de clavo o vasija, proveniente de vaso. La torrija es cosa de poco, aprovechamiento del pan inservible que se enriquece con otros ingredientes para endulzarlo y darle mayor consistencia.

A finales del siglo XV Juan del Encina ya la versaba en un villancico a la Virgen María incluido en su Cancionero (1496): «En cantares nuevos / gozen sus orejas, / miel y muchos huevos / para hazer torrejas», manifestando a continuación la utilidad especial que se le daba a este postre por aquel entonces para la recuperación de las mujeres recién paridas: «aunque sin dolor / parió al redentor». Como se aprecia en el verso, 'torreja' es palabra antigua que competía con 'torrija'. La última es la predominante en España en la actualidad, mientras que en algunos lugares de Latinoamérica se sigue prefiriendo 'torreja'.

Preparar unas buenas torrijas de leche al estilo tradicional castellano no tiene dificultad. Lo fundamental es contar con los ingredientes básicos:

·         Un buen pan de miga densa al que se ha dejado secar al menos un par de días.
·         Leche hervida con una rama de canela, la mondadura de una naranja y un limón, y azúcar para endulzarla a gusto de la cocinera.
·         Un par de huevos frescos bien batidos.
·         Un buen aceite (girasol u oliva, según el gusto) para freírlas.
·         Canela molida y azúcar; sirope o miel para adornarlas una vez finalizadas.

El proceso de preparación de diez torrijas, empleando una barra de pan especial (fabiola, bombón o incluso candeal) del que venden en panaderías o supermercados es el siguiente:

1)      Hervir en una cacerola tres cuartos de litro de leche (entera o semidesnatada, según preferencia) con una generosa rama de canela, las mondaduras de naranja y limón (evitando la parte blanca que amarga) y azúcar al gusto. Se puede añadir anís, vainilla o algún licor si se desea.
2)      Cortar, mientras la leche hierve, las rodajas de pan con un grosor no menor de dos centímetros para que absorban bien la leche. Colocarlas ordenadas en un recipiente amplio.
3)      Verter la leche hervida todavía caliente sobre las rebanadas, desechando las mondaduras y la rama de canela. Pasado un rato, dar la vuelta a todas las rebanadas con un utensilio apropiado para que se empapen por igual por ambas caras.
4)      Poner a calentar abundante aceite a fuego medio-alto en una sartén de buen tamaño para que quepan a la vez varias unidades. Las torrijas no deben tardar demasiado en freírse para que no se resequen, pero tampoco se deben arrebatar. Tienen que quedar doradas.
5)      Batir mientras tanto los dos huevos con alegría, primero con un tenedor y luego con varillas, para que recubran bien las rebanadas sin dejar huecos.
6)      Sacar una a una las rebanadas para rebozarlas en el huevo. Comprobar que el aceite está caliente y añadirlas con cuidado a la sartén. Una vez doradas por un lado, es necesario darles la vuelta. Si se ensucia el aceite durante la fritura debido a las rebabas de huevo, habrá que colarlo o cambiarlo.  
7)      Colocar las torrijas ya fritas sobre un recipiente recubierto con papel absorbente para evitar el exceso de aceite.
8)      Terminado el proceso de fritura, ordenar las torrijas en su fuente definitiva y adornarlas con canela molida mezclada con azúcar, sirope, miel, mosto o cualquier complemento dulce del agrado de la cocinera.

Las torrijas se comen templadas o del tiempo, aunque de un día para otro también aguantan si son jugosas por dentro. La clave para conseguir esa textura jugosa es que embeban abundante leche, para lo cual ha de estar caliente o, como poco, tibia, a pesar de que haya tantas recetas en internet que aconsejen emplear leche fría.

Esta es la receta con las que las cocinaba mi madre en cantidades impresionantes, pues éramos muchos de familia para comerlas. Las hacía todos los jueves santos, y sus hijas y nietas hemos conservado la tradición. No es necesario seguir procesos elaboradísimos ni perder horas y horas para obtener resultados excelentes. El secreto de las buenas torrijas, repito, está en el pan de miga densa, cortado con cierto grosor; su infusión en leche caliente para que empape bien y una fritura en aceite a buena temperatura para que no se resequen.
¡Buen provecho!  


La lengua destrabada

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