viernes, 24 de julio de 2020

Leer para aprender: A propósito del estilo



Hay aprendices de escritores que se niegan a leer lo que otros han logrado por miedo a perder su originalidad o a que los tachen de plagiarios. Es un grave error. La savia de la escritura es la escritura y, como es sabido,  nadie crea de la nada. Una lectura personal, silenciosa, desordenada ―en el sentido de que no sigue un criterio impuesto, sino los propios designios en virtud de lo que se pretende encontrar― , es un medio ineludible para alcanzar autonomía de pensamiento como individuo y estilo como escritor.

La palabra estilo proviene del latín stilus, término que significa ‘punzón’. Con stilus se designaba ante todo la varilla metálica de punta afilada por un extremo y aplanada por el otro que se empleaba para escribir sobre tablillas cubiertas de cera. Cuando se quería borrar un error o un escrito entero porque se necesitaba escribir encima, se alisaba la cera con el extremo aplanado del stilus para hacer tabula rasa, esto es, tabla rasa. Pronto el vocablo stilus pasó a denominar también el modo de escribir: se decía de alguien que tenía buen o mal stilus, igual que ahora, empleando el mismo tropo, elogiamos o criticamos una buena o mala pluma (metonimia). En griego existía un vocablo parecido, stylos (στῦλος), que significa ‘columna’, ‘pilar’, ‘sostén’. Aunque no tenía relación alguna con el stilus latino, al parecer, los griegos alejandrinos, por influjo romano, comenzaron a denominar con esta palabra las plumillas que usaban los escribas. Por eso ediciones antiguas del Diccionario de la lengua española académico recogían las dos etimologías, aunque si se consulta un diccionario de griego clásico, se descubre su falta de conexión. Del stylos griego provienen en castellano estilita (que vive sobre una columna) o peristilo (galería de columnas que rodea un edificio).

Abundan los libros escritos sobre libros. Algunos son prescriptores, como el Canon occidental de Harold Bloom, quien en el siglo xx recuperó la idea antigua de «catálogo de libros preceptivos» para proponer la lectura de los veintiséis autores que él consideraba capitales en la literatura occidental. Otros se centran en los efectos que causan los libros en quienes los leen, como ocurre en el famoso Quijote manchego, cuyo protagonista, influido por la lectura apasionada de libros de caballería, crea un mundo imaginario en el que, como buen caballero, debe deshacer los entuertos que le van surgiendo y, de paso, da forma a la novela moderna. A este mismo tipo pertenece una novela menos conocida e inconclusa de Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet, en la cual los protagonistas, dos oscuros copistas que se conocen por azar, se ponen a leer con disciplinado fervor cuanto llega a sus  manos, pasando con cierto orden de una disciplina del saber a otra ―agricultura, anatomía, historia, antropología, filosofía, religión, pedagogía― , pues han decidido vivir según lo que aprendan en los manuales científicos. Sin embargo, como debido a sus errores de juicio y método fracasan en todas las disciplinas por las que se interesan, acaban volviendo a su oficio primero de copistas, igual de ignorantes pero menos imbéciles que al principio, pues con tanta lectura había surgido en su espíritu una nueva facultad, la de ver la estupidez y no poder ya tolerarla.

Toda lectura es creación dirigida, pero ninguna es igual. Depende del juicio, del método y los objetivos de quien lee. Cuando un lector abre un libro, todo está por hacer y todo está hecho: la obra existe solo en la medida exacta de las capacidades de quien lee. Mientras se lee se va creando: siempre se podrá llegar más lejos en la lectura, crear más y, de este modo, la obra aparece como inagotable en su sentido, abierta como ventanas a un horizonte de mar: siempre infinito. Escribimos para que nos lean y leemos para escribir. A Sartre (¿Qué es la literatura?, 1967) pertenece la intuición de que el objeto literario ―lo escrito, en un sentido más amplio― es un trompo extraño que solo existe mientras está en movimiento: el trompo solo bailará si hay lectura y solo durará mientras dure la lectura. ¿Pero sirve cualquier baile del trompo?

La respuesta es negativa, por supuesto. Hay bailes divertidos pero no didácticos e incluso los hay que pueden confundir. Por tanto, para formar el estilo, la lectura es una condición necesaria pero nunca suficiente, pues no todo lo que se lee vale para aprender a escribir. Aunque la página impresa produzca respeto por su impronta de prestigio, lo escrito no es más cierto ni fiable que lo hablado. Así pues, igual que no creemos todo lo que escuchamos ni prestamos atención a cualquiera que pretenda convencernos con medias verdades, antes de utilizar como guía un texto impreso lo someteremos a un estricto análisis para descubrir sus fortalezas y debilidades.

El libro no es más que un vehículo: ninguno es peligroso pero muchos no son buenos. Por tanto, hay que leer con criterio, contrastando fuentes, poniendo en tela de juicio, prestando atención a la intención. ¿Y qué se entiende por libro bueno? Para los fines de aprender estilo, significa bien pensado, bien construido, bien escrito. ¿Pero hay modo de medir estos supuestos?  Lo hay, desde luego, y cada cual lo irá descubriendo poco a poco, a medida que vaya leyendo y vaya formando su propio criterio. Con la práctica aprendemos a desechar lo que no nos sirve y a buscar lo que más se corresponde con nuestros intereses. Leer publicaciones de editoriales prestigiosas es un buen punto de partida porque todas han pasado por un riguroso proceso de corrección (tipográfica y de estilo) que asegura ediciones fiables. No es difícil encontrar buenas ediciones en narrativa y ensayo que sirvan de guía; en cambio, en literatura científica y técnica cuesta más dar con ediciones de calidad desde el punto de vista del estilo. Por su parte, internet ofrece una amplia gama de textos para leer en pantalla, pero en este caso es necesaria una minuciosa criba porque abundan los imperfectos en todos los sentidos posibles de la palabra.

En la búsqueda de estilo, no se deben olvidar las palabras de Sartre:

No se es escritor por haber decidido decir ciertas cosas, sino por haber decidido decirlo de cierta manera, y el estilo, desde luego, representa el valor de la prosa. Pero debe pasar inadvertido. Puesto  que las palabras son transparentes y la mirada las atraviesa, sería absurdo meter entre ellas cristales esmerilados. La belleza no es aquí más que una fuerza suave e imperceptible. En un cuadro se manifiesta en seguida, pero en un libro se oculta, actúa por persuasión, como el encanto de una voz o de un rostro, no presiona, consigue entregas inadvertidas y se cree ceder ante los argumentos cuando ha sucedido por un encanto que no se ve (1967: 54-55).

El final del discurso pronunciado por el escritor catalán Eduardo Mendoza al recoger en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá el Premio Cervantes (20 de abril de 2017) es un colofón llovido del cielo:

Para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar al necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo y con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido. La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometarla.

Por lo demás, al que se echa a los caminos la vida le ofrece recordatorios de su insignificancia. Hace muchos años, cuando yo vivía en Nueva York, quedé en un bar con un amigo, ilustre poeta leonés. Como vimos que la camarera que nos atendía era hispanohablante, probablemente portorriqueña, cuando vino a tomarnos la comanda nos dirigimos a ella en castellano. La camarera tomó nota y luego nos preguntó si éramos franceses. Le respondimos que no. ¿Qué le había hecho pensar eso? Oh, dijo ella, como habláis tan mal español… En su momento, esta anécdota nimia me produjo una gran alegría que nunca se ha disipado. Porque comprendí que habitaba un mundo diverso, rico, divertido y con un amplísimo horizonte. Y que todas las lenguas del mundo son amables y generosas para quien las quiere bien y las trabaja.

Nada queda por añadir.

Texto extraído de mi manual de escritura La lengua destrabada, Madrid, Marcial Pons, 2017.

 

La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  






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lunes, 8 de junio de 2020

Sobre el origen y uso de las abreviaturas cronológicas a. C. y d. C.

Abreviaturas cronológicas a. C.  y d. C.
El tiempo es una noción construida para integrar sucesión y duración que cambia de una cultura a otra y de una época a otra. Pero en todas ellas se ha medido y se sigue midiendo: los primeros calendarios ―babilónicos y egipcios―, basados en la astronomía, tienen más de 5000 años. En la Antigüedad se mantenía una percepción cíclica del tiempo, que se extendía al futuro inmediato, al pasado reciente y al presente actual: lo que se salía de esos límites pertenecía al mito y la leyenda. Desde ese tiempo cíclico, en una evolución prolongada y compleja, se llegó en Occidente al tiempo lineal e irreversible de la actualidad,  que se divide en fracciones iguales y reconocibles, y en el cual se diferencian con nitidez pasado, presente y futuro.

Parece que los romanos fueron de los primeros en interesarse por establecer el curso de la historia y por marcar mediante acontecimientos destacados su periodización: antes o después de la guerra de Troya o de los Argonautas, las olimpiadas o la fundación de Roma (ab urbe condita) fueron algunos de los hitos utilizados para ese cometido. Sin embargo, fue la instauración del cristianismo la que consiguió transformar por completo la concepción del tiempo: con su advenimiento, adquirió una estructura determinada como algo creado con principio y fin que guardaba en su interior una división fundamental: lo acontecido en la era antes del nacimiento de Cristo y lo acontecido en la era posterior al nacimiento de Cristo. El papa Bonifacio IV tomó la decisión, en el año 607, de abandonar en los escritos la abreviatura más habitual a. u. c. (ab urbe condita) para contar los años desde la fundación de Roma en favor de las abreviaturas a. D. (anno Domini, año del señor) y p. C. (post Christum) o d. C. (después de Cristo), pero hasta el siglo XVII no se sistematizó también el cómputo de los años anteriores al nacimiento de Cristo como a. C. (ante Christum, antes de Cristo). Todas las abreviaturas citadas se escriben con un blanco de separación entre las letras después del punto porque cada una de ellas representa una de las palabras componentes de una expresión compleja.

No obstante, a pesar de su progresiva universalización a lo largo de los siglos, estas abreviaturas cronológicas no gozan en la actualidad de una aceptación generalizada ni siquiera en el mundo occidental. Y el motivo es su sesgo religioso y no el reconocido error de datación de unos cinco años cometido desde su inicio, en el año 527, por el monje Dionisio el Exiguo, experto matemático que se había propuesto elaborar el primer calendario cuyo origen fuera el nacimiento de Cristo. En todas las áreas del conocimiento, intelectuales, académicos y científicos laicos o no cristianos prefieren recurrir por su neutralidad a las expresiones ―y las abreviaturas correspondientes a ellas― era común (e. c.) o era vulgaris (e. v.) y antes de la era común (a. e. c.), todas recogidas y autorizadas por el Diccionario de la lengua española de la RAE.

Hay quienes sostienen que estas últimas expresiones y abreviaturas no son más que eufemismos, puesto que evitan la referencia a la figura religiosa, pero aceptan la misma datación. Pero es precisamente por aceptar esa misma datación por lo que han prosperado y ahora son usadas en multitud de instituciones culturales y educativas a lo largo del mundo: sin duda, constituyen un avance en la unificación de pautas entre culturas, ideologías y religiones que no se consideran representadas por un calendario de origen cristiano. Asimismo, teniendo en cuenta que toda periodización histórica es una construcción intelectual basada a menudo en criterios subjetivos, parece razonable aceptar que sea la persona que escribe la responsable de elegir qué abreviaturas utiliza para referirse a años y siglos. No obstante, debe tenerse presente que en textos donde no se mezclen siglos y años de antes y después de nuestra era, no será necesario añadir ninguna especificación porque no cabría error de interpretación. Y también es necesario recordar que muchas veces, dependiendo del tipo de texto ―literario, ensayístico…―, será preferible escribir al completo ‘de nuestra era’ o ‘antes de nuestra era’ en lugar de recurrir a las abreviaturas, sean cuales fueren las elegidas.
       
Termino este texto como lo he empezado: el tiempo es una noción construida para integrar sucesión y duración que cambia de una cultura a otra y de una época a otra.  En la cultura aymara, por ejemplo, se considera que el futuro está detrás ―puesto que es imposible verlo―, y el pasado, delante ―puesto que se ha visto, se ha vivido y hay datos para comprobar lo que fue―. Así, lo que se ve es real y está delante; lo que no se ve está detrás y no existe. La palabra aymara con la que se enuncia el pasado es nayra, que significa, literalmente, ojo, a la vista, al frente; la palabra con la que se enuncia el futuro es qhipa, cuyo significado es detrás, a la espalda. El presente es el lugar cierto ―aunque a menudo inseguro― desde donde se concibe todo.


La lengua destrabada

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domingo, 12 de abril de 2020

Torrijas: receta tradicional castellana



Torrijas
Este postre típico de la Semana Santa actual en muchos lugares de España tiene un origen muy antiguo, asociado con la necesidad de sacar partido al pan que se había quedado duro. El Diccionario de la lengua española académico lo define como «rebanada de pan empapada en vino o leche y rebozada con huevo, frita y endulzada», si bien en nuestros días las torrijas de leche son las más habituales. La palabra ‘torrija’ proviene del verbo ‘torrar’ al que se añade el sufijo diminutivo -ija, que posee cierto valor despectivo, al igual que sucede con palabras como baratija, proveniente de barato, clavija, proveniente de clavo o vasija, proveniente de vaso. La torrija es cosa de poco, aprovechamiento del pan inservible que se enriquece con otros ingredientes para endulzarlo y darle mayor consistencia.

A finales del siglo XV Juan del Encina ya la versaba en un villancico a la Virgen María incluido en su Cancionero (1496): «En cantares nuevos / gozen sus orejas, / miel y muchos huevos / para hazer torrejas», manifestando a continuación la utilidad especial que se le daba a este postre por aquel entonces para la recuperación de las mujeres recién paridas: «aunque sin dolor / parió al redentor». Como se aprecia en el verso, 'torreja' es palabra antigua que competía con 'torrija'. La última es la predominante en España en la actualidad, mientras que en algunos lugares de Latinoamérica se sigue prefiriendo 'torreja'.

Preparar unas buenas torrijas de leche al estilo tradicional castellano no tiene dificultad. Lo fundamental es contar con los ingredientes básicos:

·         Un buen pan de miga densa al que se ha dejado secar al menos un par de días.
·         Leche hervida con una rama de canela, la mondadura de una naranja y un limón, y azúcar para endulzarla a gusto de la cocinera.
·         Un par de huevos frescos bien batidos.
·         Un buen aceite (girasol u oliva, según el gusto) para freírlas.
·         Canela molida y azúcar; sirope o miel para adornarlas una vez finalizadas.

El proceso de preparación de diez torrijas, empleando una barra de pan especial (fabiola, bombón o incluso candeal) del que venden en panaderías o supermercados es el siguiente:

1)      Hervir en una cacerola tres cuartos de litro de leche (entera o semidesnatada, según preferencia) con una generosa rama de canela, las mondaduras de naranja y limón (evitando la parte blanca que amarga) y azúcar al gusto. Se puede añadir anís, vainilla o algún licor si se desea.
2)      Cortar, mientras la leche hierve, las rodajas de pan con un grosor no menor de dos centímetros para que absorban bien la leche. Colocarlas ordenadas en un recipiente amplio.
3)      Verter la leche hervida todavía caliente sobre las rebanadas, desechando las mondaduras y la rama de canela. Pasado un rato, dar la vuelta a todas las rebanadas con un utensilio apropiado para que se empapen por igual por ambas caras.
4)      Poner a calentar abundante aceite a fuego medio-alto en una sartén de buen tamaño para que quepan a la vez varias unidades. Las torrijas no deben tardar demasiado en freírse para que no se resequen, pero tampoco se deben arrebatar. Tienen que quedar doradas.
5)      Batir mientras tanto los dos huevos con alegría, primero con un tenedor y luego con varillas, para que recubran bien las rebanadas sin dejar huecos.
6)      Sacar una a una las rebanadas para rebozarlas en el huevo. Comprobar que el aceite está caliente y añadirlas con cuidado a la sartén. Una vez doradas por un lado, es necesario darles la vuelta. Si se ensucia el aceite durante la fritura debido a las rebabas de huevo, habrá que colarlo o cambiarlo.  
7)      Colocar las torrijas ya fritas sobre un recipiente recubierto con papel absorbente para evitar el exceso de aceite.
8)      Terminado el proceso de fritura, ordenar las torrijas en su fuente definitiva y adornarlas con canela molida mezclada con azúcar, sirope, miel, mosto o cualquier complemento dulce del agrado de la cocinera.

Las torrijas se comen templadas o del tiempo, aunque de un día para otro también aguantan si son jugosas por dentro. La clave para conseguir esa textura jugosa es que embeban abundante leche, para lo cual ha de estar caliente o, como poco, tibia, a pesar de que haya tantas recetas en internet que aconsejen emplear leche fría.

Esta es la receta con las que las cocinaba mi madre en cantidades impresionantes, pues éramos muchos de familia para comerlas. Las hacía todos los jueves santos, y sus hijas y nietas hemos conservado la tradición. No es necesario seguir procesos elaboradísimos ni perder horas y horas para obtener resultados excelentes. El secreto de las buenas torrijas, repito, está en el pan de miga densa, cortado con cierto grosor; su infusión en leche caliente para que empape bien y una fritura en aceite a buena temperatura para que no se resequen.
¡Buen provecho!  


La lengua destrabada

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jueves, 2 de abril de 2020

Corazón de manzana

Muñeco de nieve

corazón de manzana
 Clara llevaba bastante rato despierta, dando vueltas en la cama. Era el último día de vacaciones en casa de los abuelos y quería aprovecharlo, pero parecía que a todos se les habían pegado las sábanas. Por fin escuchó a la abuela cacharrear en la cocina y se levantó de un brinco para correr a su encuentro.
―¡Buenos días, abuelita! ¿Ha nevado? El abuelo dijo anoche que nevaría.
―Un poco de paciencia, madrugadora. Aún no he levantado la persiana.
Entre las dos tiraron de la cinta y a la luz de las farolas vieron el resplandeciente manto blanco que cubría la calle.
―¡Bien! ―exclamó Clara―. Voy a despertar a mis hermanos.
Pero no hizo falta. En ese momento el abuelo entraba en la casa pregonando:
―¡Churritos calientes, para los viejos que no tienen dientes! ¡Churritos calientes, para mis nietos más inteligentes!
Y aparecieron Felipe y Jorge para tomarse el rico desayuno que les habían preparado.
Luego se abrigaron bien y en cuanto brilló el sol se fueron al parque. Daba gusto pisar la nieve blanda y sentir cómo crujía mientras se hundían las botas.
―¿Hacemos un muñeco? ―preguntó Felipe.
―Sí ―contestaron a la vez Clara y Jorge.
Y se pusieron a amontonar nieve y a apretarla bien hasta que tuvieron dos bolas grandes para formar el cuerpo y otra más pequeña que era la cabeza. Dos ramas sin hojas hicieron de brazos. Lo querían guapo, así que le pusieron por ojos botones azules, un peine con púas por boca con dientes y como nariz, una zanahoria, ni grande ni chica, justo lo debido para que no fuera narigudo, ni tampoco chato.
Jorge le regaló su gorra verde, y Felipe, su bufanda roja. La abuela le colgó del brazo un paraguas aún en buen uso y el abuelo quiso darle una pipa, pero lo pensó mejor y no lo hizo para no acostumbrarlo a un hábito malo.
Cuando terminaron, se hicieron una foto a su lado.
―Es alto y elegante ―afirmó la abuela, después de mirarlo con atención―. Quizá un poco gordo...
―¡Qué va! ―opinó el abuelo―. Su cara redonda demuestra que es agradable, incluso simpático.
Los niños jugaron a su alrededor a tirarse bolas y al corre que te pillo, mientras el muñeco observaba callado. Cuando se cansaron, comieron jugosas manzanas que la abuela sacó de su bolsa. Pero de repente Clara exclamó:
―¡Menudo despiste! Le faltan orejas.
―Los muñecos de nieve no tienen ―aseguró Felipe.
―Ninguno las lleva ―confirmó Jorge.
―Pues este oirá ―se empeñó Clara.
Buscó en su mochila a ver qué encontraba y, entre muchas más cosas, salió una nuez.
―Si hay con qué abrirla nos puede servir.
Con su navaja afilada y mucho cuidado, el abuelo la partió. Clara le colocó los dos cascarones, uno a cada lado, para que el sonido fuera estereofónico, y sonrió contenta:
―Ahora sí que está terminado.
―No creas. Le falta lo más importante ―advirtió Felipe, haciéndose el misterioso.
―¿El qué? ―preguntó Jorge.
―Adivínalo.
―¡Ya lo he descubierto! ―intervino Clara―. Es el corazón. ¡Qué burros, nos habíamos olvidado!
Jorge se metió la mano en el bolsillo y ofreció lo que había cogido:
―¿Valdría esta piedra tan lisa?
―¡Ni hablar! ―se negó Clara―. ¿Cómo va a ir por la vida con un corazón tan duro?
―Pues entonces le ponemos este chicle blando ―decidió Felipe, sacándoselo de la boca.
―¡Qué asco! ―dijo Clara, haciendo una mueca.
―Pero si es de fresa...
―¿A ti te gustaría tener un corazón pringoso?
―Pues entonces, esta canica ―resolvió Jorge, enseñando una de muchos colores.
―Muy pequeña ―opinó Felipe.
No era tarea fácil dar con el corazón apropiado y los tres hermanos se quedaron callados mientras cavilaban.
―Creo que ya lo tengo ―declaró Clara pasado un ratito, mostrando la parte de las pepitas de la manzana que acababa de comerse―: ¿Qué os parece esto?
Sus hermanos lo miraron curiosos.
―¡Una porquería! ―exclamó enseguida Felipe.
―¡Tíralo a la papelera! ―añadió Jorge.
Pero Clara no se dio por vencida.
―Es un corazón de manzana. Está lleno de buenas semillas.
―Eso sí es verdad ―reconoció Jorge.
Pero a Felipe  no acababa de convencerle.
―No es un desperdicio. Si lo plantáramos, saldría un árbol ―insistió Clara.
―Y el tamaño nos viene bien ―opinó Jorge―: ni chico ni grande.
―Ni muy duro, ni muy blando ―continuó Clara.
―Bueno ―acabó cediendo Felipe porque no se le ocurría nada mejor.
Los niños calcularon dónde e hicieron el agujero. Clara colocó el corazón bien dentro en el pecho del muñeco y luego lo taparon con nieve muy dura.
―Ahora sí que estás completo ―le dijo Clara, mirándole a sus ojos celestes―. Puedes disfrutar de tus cinco sentidos.
―Tener sentimientos ―añadió Felipe.
―Y hasta enamorarte ―intervino Jorge, siempre enamorado.
―Es tarde ―avisó la abuela―. Nos vamos a casa.
Los niños recordaron que era su último día de vacaciones y les dio tristeza abandonar al muñeco tan pronto.
―Casi no hemos jugado ―se quejó Jorge.
―¿Podremos despedirnos mañana de él antes de marcharnos? ―preguntó Clara.
―De acuerdo ―aceptó el abuelo para darles gusto.
―Espéranos aquí. Vendremos temprano ―le susurró Felipe al oído de nuez cuando ya se iban.
El sol fue cayendo, el parque quedó solitario. Muñeco de nieve no veía a nadie, no ladraban perros, no volaban pájaros, no oía a los niños jugar. Cuando llegó la noche, empezó a sentir tristeza y un poco de miedo por la oscuridad. Vio brillar una luz a lo lejos y escuchó un murmullo de voces. Al principio no pudo, pero luego logró deslizarse, primero despacio, después más deprisa, como cualquiera cuando aprende a andar.
―¡Acércate al fuego, muchacho! ―lo invitaron unos hombres alegres que bebían alrededor de una hoguera―. Hace mucho frío.
Y muñeco se acercó. Le gustó el olor de la madera que ardía y el calor le produjo cosquillas, pero empezó a sudar y a sudar. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, era demasiado tarde y ya no tuvo tiempo de retroceder.
Al día siguiente, los niños corrieron al parque.
―¿Dónde está el muñeco? ―se admiró Clara al no verlo donde lo habían dejado.
―Era aquí, seguro ―afirmó Felipe―. Me fijé en el árbol y en el banco aquel.
―Busquemos un poco por si dio un paseo ―sugirió Jorge por dar esperanzas.
Recorrieron el parque y no lo encontraron. Fueron al estanque repleto de patos, al quiosco de música que estaba vacío, a los toboganes, al tren de juguete y hasta al serpentario.
―Aquí tendría miedo ―susurró Clara miedosa viendo a una boa reptar.
Estaban a punto de darse por vencidos, cuando Jorge descubrió el paraguas a medio quemar cerca de los restos calientes del fuego, junto a un par de bancos.
―¿Se lo habrán robado? ―preguntó Felipe.
―Yo creo que no ―respondió el abuelo, cogiendo el corazón de manzana que estaba a su lado―. Sentiría frío y se derritió al buscar calor.
―Lo haremos otra vez ―propuso Jorge.
―Y mucho mejor ―se animó Clara para no llorar.
Pero  no había tiempo. El abuelo advirtió:
―El tren no espera. Tenemos que irnos a la estación.
Clara guardó el corazón de manzana en la mochila y subió al coche con sus hermanos.
―¿Lo habéis pasado bien estas vacaciones? ―preguntó la abuela en la despedida, mientras repartía abrazos y besos.
―Muy bien, abuelita ―contestaron sus nietos a coro.
―¡Viajeros al tren! ―anunció el abuelo después de consultar la hora en su reloj. 
Los niños cogieron las maletas y subieron al vagón para colocarse en sus asientos. Luego, cuando la locomotora silbó y empezó la marcha, agitaron las manos desde la ventanilla.
―¡Adiós, adiós! ¡Volveremos pronto! ―gritaron para hacerse escuchar, mientras contemplaban cómo los abuelos se iban haciendo pequeños, cada vez más lejos, hasta convertirse en unos puntos que desaparecieron cuando el tren tomó la primera curva.

Muñeco de arena

Clara, Felipe y Jorge vivían en un pueblo donde no nevaba, pero tenía un mar que de tan azul se confundía con el cielo y un sol tan reluciente que nada más verlo a los pájaros les entraban ganas de cantar. A veces también llovía, pero solo a veces, y era una gran novedad que llenaba las calles de paraguas de muchos colores, de botas de agua y de un olor suave a tierra mojada. Pero ese domingo, como la mayoría, no llovió.
―Hace un día precioso ―dijo el padre a la hora del desayuno―. Podemos ir a la playa.
A todos les pareció un buen plan y en seguida hicieron los preparativos. Ya estaban en la puerta dispuestos a marcharse, pero faltaba Clara.
―¡Vamos, hija, te estamos esperando! ―le gritó la madre con las llaves de la casa en la mano y ganas de cerrar.
―Es que estaba buscando los cubos y las palas ―se disculpó.
La marea estaba baja. Se sabía hasta dónde había subido el mar porque había dejado un rastro de algas verdes mezcladas con conchas y espuma blanca. Los padres abrieron la sombrilla, colocaron las toallas y se sentaron a leer el periódico.
―Vamos a dar un paseo ―propuso Felipe.
―Yo prefiero montar en barca ―dijo Jorge.
―¿Por qué no hacéis un castillo de torres muy altas? ―los animó la madre.
Pero a Clara se le ocurrió otra cosa:
―Mejor un muñeco cerca de la orilla, donde hay mucha arena mojada.
Los niños se pusieron manos a la obra. Juntaron arena y la fueron apretando a palmadas, regándola con agua marina mientras cantaban:

Pan blando ponte duro, pan blando ponte duro.
No quiero una barra, que quiero un mendrugo...

Y poco a poco se fue endureciendo. Después de mucho trabajo, les quedó un cuerpo grande y derecho, de anchas espaldas y poca cintura. Hacer la cabeza fue más complicado. Redonda imposible, pues no eran capaces de formar la bola de arena sin que el cuerpo se les desmoronara. Empezaban a desesperarse cuando a Felipe se le encendió la luz de una idea:
―Tendrá la cabeza cuadrada ―decidió, cogiendo el cubo mayor con forma de castillo.
Lo llenaron hasta el borde apretando bien y lo vaciaron sobre los hombros.
―Queda un poco raro con las cuatro torres ―opinó Clara―. Parecen chichones.
―Las taparemos con una melena de algas ―discurrió Jorge, colocándole con gracia un puñado.
Luego Felipe le trajo los ojos, dos piedras grises, brillantes y lisas, que el mar había pulido.
―Nariz respingona, aunque un poco grande ―dijo Clara cuando le puso una caracola sin dueño que había encontrado―. Podrá oler muy bien.
Dos conchas de mejillón hicieron de orejas y un par de cañas rectas sirvieron de brazos. Casi estaba completo. Los padres quisieron poner su granito de arena.
―¿Qué os parece si con esta piel de naranja le hago una boca de labios carnosos? ―preguntó la madre, mientras le colocaba una amplia sonrisa de fruta.
El padre le fabricó un bonito gorro de papel de periódico:
―Será capitán de barco y recorrerá los siete mares.
Los niños saltaron contentos a su alrededor. Con esa sonrisa se veía que sería un muñeco feliz. Para que nada faltara, Clara corrió a buscar su mochila y volvió con el corazón de manzana que guardaba como recuerdo. Los dos cirujanos, ya con experiencia, lo hundieron en el pecho y luego alisaron la arena. Jorge le deseó:
―Disfruta la vida.
―Con tus ojos puedes ver muy lejos ―añadió Felipe.
―Y escuchar el mar con tus oídos de concha ―continuó Clara.
―Vamos a comer ―interrumpió la charla su madre.
―¿Volveremos esta tarde? ―preguntaron los niños, deseosos de pasar más tiempo con el muñeco.
―Bueno, después de la siesta ―concedió el padre.
―Adiós, muñequito ―se despidió Clara―. Espéranos aquí sin moverte. En seguida vendremos y te enseñaremos a andar por el mundo.
Muñeco de arena se quedó solo en la playa. Miró al cielo y vio brillar el sol. Miró al mar y vio brillar el agua. Una gaviota llegó volando y se posó a su lado. Curiosa, dio un par de vueltas a su alrededor y se le subió a la cabeza. Picoteó su melena de algas. «¡Eh, no hagas eso, que me haces daño», quiso decirle muñeco, pero no le salieron palabras. La gaviota se aburrió y voló a otro lugar.
Un cangrejo vino andando al revés. «¿Quién eres, qué quieres?», quiso preguntarle muñeco, pero solo hizo sonidos graciosos, como cualquiera cuando aprende a hablar.
Qué calor sentía. La boca de fruta estaba reseca, los ojos de piedras lustrosas perdieron el brillo. Su corazón le advirtió peligro, peligro, porque se acordaba de que el fuego era malo. Del mar le llegaba una brisa más fresca: «Tengo que acercarme», pensó. Pero no estaba seguro. Clara le había avisado que no se moviera. Los niños vendrían y lo ayudarían.
Pasaban las horas. El sol abrasaba. Muñeco de arena no aguantaba más. Una ola plateada se le acercó mucho.
―¡Espera! ―le gritó cuando se marchó.
Luego vino otra algo descarada y lo salpicó. ¡Qué fresca era el agua, qué salado su sabor...!
Cuando el sol bajaba, regresaron los niños. Registraron la orilla buscando a su amigo, pero allí no estaba.
―¿Se habrá deshecho? ―preguntó triste Clara.
―No creo ―contestó Felipe―. Estarían sus cosas y no queda nada.
―Era marinero ―recordó Jorge―. Querría viajar. Se habrá embarcado en un banco de peces y estará surcando los mares.
―Buscando tesoros en islas desiertas ―añadió Clara.
―¡Mirad, allá lejos en el horizonte! ―exclamó Felipe, poniéndose la mano de visera―. ¿No veis su gorro de capitán?
―Yo no veo nada con el sol de frente ―protestó Clara.
―Entornad los ojos ―aconsejó Felipe.
―Sigo sin ver nada ―se quejó Jorge.
―He dicho que entornéis los ojos, no que los cerréis. Así, como chinos ―explicó, tirándose de los bordes.
Sus hermanos lo imitaron.
―¡Lo veo, lo veo! ―gritó de alegría Clara―. Está navegando subido en un pez.
―¡Es un delfín! ―aseguró Jorge―. Y nos saluda con el gorro.
―¡Adiós, buen viaje, amigo! ―lo despidieron los tres.
―¡Cuidado con los tiburones! ―le recomendó Clara―. ¡Vuelve a visitarnos!
Y el muñeco de arena se perdió en el horizonte, navegando allende los mares, la melena al viento, feliz de la vida, con su sonrisa de piel de naranja y sus sentimientos de corazón de manzana.
El texto  que acabas de leer se ha extraído del libro Cuentos con corazón. 
© Carmen Martínez Gimeno. Publicado en Cuentos con Corazón, Madrid: Ediciones B, 2005.




La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  








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martes, 31 de marzo de 2020

Hilvanando palabras: De invisible y marginado a monigote y nadie

MonigoteUna película agradable de ver con la que entretuve hace unos días este encierro obligado debido a la crisis del COVID-19 me inspiró para investigar sobre palabras y ahora para poner por escrito lo descubierto. En inglés la película se titula The perks of been a wallflower (2012) y está basada en una novela epistolar del mismo nombre, escrita por  Stephen Chbosky y publicada en 1999, que alcanzó gran fama entre la juventud estadounidense y parece haberse convertido en un clásico. El personaje principal a cuyo alrededor se desarrolla la trama es un adolescente de quince años que está en el primer curso de instituto y soporta una pesada carga que condiciona su comportamiento y lo hace aparecer como alguien introvertido, insignificante, un observador de una vida social estudiantil en la que apenas se integra. 

Según el Webster’s Dictionary, en ingles la palabra wallflower designa en primer lugar «a European plant which when growing wild on walls, cliffs, etc., has sweet-scented, usually yellow or orange flowers». Su nombre científico es Erysimum cheiri. La capacidad de esta planta solitaria de olorosas flores amarillas o anaranjadas para prosperar y florecer trepando entre las grietas de los muros, las piedras, los tejados, las  altas rocas y cualquier rendija o recoveco que den cobijo a sus semillas ha originado la segunda acepción que presenta la palabra wallflower: «someone, specially a young woman, who remains at the side at a party or dance because she is shy, unpopular, or has no partner». El español denomina a esta planta y a su flor alhelí o alelí, ambas voces procedentes del árabe hispánico. También se conoce como flor de los muros, pero en ninguno de los casos posee una acepción metafórica como la recogida en inglés.

¿Cómo traducir entonces el título de la película al español? Ha habido dos soluciones: Las ventajas de ser un marginado es el título elegido en España, mientras que en América Latina se prefirió Las ventajas de ser invisible. Por suerte, ambos títulos evitan el anticuado sesgo de género que aparece en los diccionarios de la lengua inglesa, puede que porque, en este caso, el protagonista es un chico. Sin embargo, ninguno de los dos parece plasmar el sentido completo que transmite la palabra del título en inglés: Charlie, el protagonista, es un wallflower resistente que se esfuerza por sobrevivir, que mira a su alrededor y saca conclusiones, que no baila en las fiestas porque no sabe hacerlo, pero no es invisible ni está marginado, como se va percibiendo a lo largo de la trama a medida que va ganando confianza en sí mismo. Gracias a su capacidad de observación y de escritura, consigue irse haciendo un sitio, tener amigos y actuar cuando los demás se acobardan… ¿Hay alguna palabra en español más cercana al significado metafórico de wallflower? Si se busca este sentido figurado en diccionarios inglés-español, en la  mayoría aparece escrito: «been a wallflower, comer pavo» (!). Al parecer, según la investigación efectuada en internet, eso de «comer pavo»  es un localismo de Colombia equivalente a «vestir santos» (!). Desde luego, nuestra desfasada expresión «vestir santos» en nada se aproxima a lo que significa wallflower en el título de la película. 

alhelíHe pasado días revisando diccionarios, dando vueltas y más vueltas a diversas posibilidades. Una  característica del español, la distinción que se establece entre los verbos ser y estar, abre el abanico de opciones disponibles: en líneas generales, ser indica estado permanente, mientras que estar se refiere a estado transitorio. Así, cabría afirmar que Charlie es apocado, cortado, ermitaño, inadaptado, introvertido, menospreciado, reservado, retraído, solitario, lo cual provoca que esté apartado, arrinconado, discriminado, excluido, relegado.

Buscando expresiones coloquiales, cabría afirmar que Charlie es un cero a la izquierda, esto es, alguien que no goza de influencia ni consideración. Es el último mono, la persona más insignificante del lugar. Cabría describirlo como un monigote, en resumidas cuentas: no solo alguien ignorado, sino también proclive a dejarse manejar por los demás. Y por extensión sería un monicaco, voz resultado del cruce entre monigote y macaco que se aplica a infantes y personas de poco valor. 
   
Monigote y nadie o don nadie significan lo mismo. Recoge el Diccionario de la lengua española académico que ‘monigote’ proviene de la voz despectiva ‘monago’, pero son muchos los estudiosos etimologistas que rechazan esta asociación por falta de pruebas y se inclinan por su parentesco con una raíz prerromana, ‘munno’, que significa protuberancia y está presente en vocablos como moño, moña y su diminutivo muñeca, moñigo y moñiga. La palabra ‘monigote’ ya aparece documentada a finales del siglo xvi en la obra poética de Luis de Góngora: «Escuchad los desvaríos / de un poeta monigote / en cuarenta consonantes / destiladas del cogote» (Romances burlescos).  Constituye asimismo el núcleo de un refrán contemporáneo que también utiliza la misma rima ―monigote-cogote― y con el cual a menudo nos conminaban a la modestia en la infancia: «Cualquier monigote tiene cuatro dedos de cogote». Por su parte, el pronombre indefinido o sustantivo ‘nadie’ proviene etimológicamente del participio plural, nati, del verbo latino nascor, que significa nacer. Desde el Cantar de Mío Cid aparece atestiguada la forma ‘nadi’, con el sentido de ‘ninguno’, que evolucionó hacia ‘nadie’ y ‘naide’, si bien la última acuñación acabó considerada un vulgarismo que desapareció de la lengua culta, pero todavía está presente en la vulgar tanto en el español europeo como en el americano. Como sustantivo, ‘nadie’ significa persona insignificante, de poca importancia o de poco carácter. Un ser que pasa inadvertido. Al añadirle un tratamiento de respeto, se magnifica su significado burlesco: don nadie es aun menos que nadie.

Este hilván de palabras sobre la nadería propia o ajena, inconsciente o buscada, no podía acabar más que cediendo la voz a mi admirada poeta Emily Dickinson, maestra de insignificancias y menudencias que resplandecen y nos iluminan al ser tratadas por su pluma:  
     
I'm Nobody! Who are you?
Are you - Nobody - too?
Then there's a pair of us!
Dont tell! they'd advertise - you know!

How dreary - to be - Somebody!
How public - like a Frog -
To tell one's name - the livelong June -
To an admiring Bog!
¡Yo soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Eres -Nadie- también?
Ya somos dos entonces.
¡No lo digas! ¡Lo anunciarían -ya lo sabes!

¡Qué molesto -ser- Alguien!
Qué público -como una Rana-
Decir el propio nombre -todo el santo junio- A una admiradora charca.

Al igual que en mi traducción al español de esta pequeña obra de arte he optado por usar Nadie como si de un nombre propio se tratara ―esto es, como el nombre que nos individualiza―, mi elección de título para esta película sería Las ventajas de ser nadie. No obstante, debe tenerse presente que en el español actual, cuando ‘nadie’ no aparece al comienzo de la oración, necesita una doble negación: Nadie se acuerda de mí; de mí no se acuerda nadie. ¿Mejora este título que propongo las soluciones anteriores citadas? No es perfecto, desde luego, me doy buena cuenta de ello, pero es todo lo que he sido capaz de conseguir. Y me rindo por hoy.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  




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