jueves, 14 de abril de 2016

Ortotipografía: Cursivas, negritas y signos de puntuación

cursivas, negritas y signos de puntuación
En estos tiempos en que la mayoría escribimos valiéndonos de ordenadores o computadoras y, por tanto, tenemos acceso a las distintas familias de fuentes y formatos de las letras, a menudo surgen dudas sobre su uso que antes no se planteaban más que las personas que se dedicaban a oficios relacionados con la edición y la imprenta. La ortotipografía, como ya he señalado en otras entradas de este blog, es la disciplina eminentemente práctica que combina ortografía y tipografía para establecer pautas comunes en materias tales como los estilos de letras ―redonda, cursiva, negrita, versal, versalita―, el uso de mayúsculas o minúsculas, la disposición de las notas, las citas, el espaciado, la puntuación y demás semejantes.

La combinación de letras y signos de puntuación en cursiva y negrita es asunto que preocupa no solo a los correctores de estilo y pruebas, sino también a todo escritor meticuloso. Cuando un texto se escribe íntegramente en letra cursiva, no existe vacilación para componer todos los signos de puntuación que necesite en ese mismo estilo de letra. Lo mismo cabría afirmar respecto a los textos compuestos en negrita, si bien son bastante escasos por la excesiva mancha que crean en la página (sobre todo si es impresa) y se suelen  limitar a títulos o subtítulos. Sin embargo, cuando se trata de palabras aisladas en cursiva o negrita dentro de un texto compuesto en redonda, surgen las dudas.

Para analizar el estado de la cuestión, se debe establecer, en primer lugar, una distinción entre los signos de puntuación simples (coma, punto, punto y coma, dos puntos, puntos suspensivos) y los signos de puntuación dobles (comillas, interrogación, exclamación, paréntesis, corchetes) que se escriben junto a una o varias palabras seguidas compuestas en cursiva o negrita. En el caso de los simples, una buena parte de los ortotipógrafos consideran que deben mantener el mismo estilo de letra que la palabra a la que acompañan. Por consiguiente, se escribiría:

No te pierdas El olivo; es la última película de Isabel Coixet.
A Jaime le gusta decir tonterías como tragiversar, estruégano o la Soborna: no lo aguanto.

Este es el criterio que se mantiene en muchas casas editoriales españolas y americanas. No obstante, hay ortotipógrafos (y lingüistas) defensores de una postura diferente: sostienen que el signo de puntuación simple ha de conservar el estilo de letra predominante en la oración, prescindiendo del que tenga la palabra junto a la cual se escriba, puesto que dicho signo puntúa oraciones y no palabras. Por tanto, un signo de puntuación simple se compondrá de redonda siempre que la oración en la que aparezca la palabra en cursiva o negrita esté compuesta también de redonda. Este criterio parece hoy minoritario entre las casas editoriales.

Por lo que respecta a los signos de puntuación dobles de interrogación, exclamación y comillas escritos junto a palabras en cursiva dentro de un texto compuesto en letra redonda, el criterio mayoritario establece que se compondrán de cursiva cuando la palabra, locución o título afecte a ambos signos y de redonda en caso contrario. Así pues, escribiremos:

¿Que todavía no has ido a ver La chica danesa?
«¿Eso de sacco di merda será peor que  fuck you?», se preguntó Marito.
Busqué sin encontrar ¿Quién teme a Virginia Woolf? en la cartelera.
¡La dama de las camelias no es mejor que Guerra y paz!

Una regla tipográfica universal en este caso establece que se ha de mantener para el signo de cierre el mismo estilo de letra que se empleó para el de apertura.

Aunque al comienzo he unido la suerte de las palabras compuestas en cursivas y las compuestas en negritas, la realidad es que cuando se trata de estas últimas, es más difícil establecer un consenso. Muchos puristas se acogen también en esta cuestión al criterio considerado de buena tipografía que exige para el signo ortográfico adyacente a una palabra compuesta en una familia, tipo o cuerpo distintos a los usados en el resto del texto ese mismo cambio de letra. Por tanto, a una palabra escrita en negritas le debe seguir un signo en negritas. Sin embargo, muchos ortotipógrafos, aduciendo que las negritas manchan en exceso la página (sobre todo impresa, como ya he señalado), solo admiten el uso de signos de puntuación en negrita ―en especial si se trata de los dobles― cuando la oración completa vaya compuesta en ese estilo de letra.

En lo referente a los paréntesis, corchetes y rayas, la regla tipográfica de consenso establece que se debe mantener el mismo formato del signo de apertura en el de cierre; asimismo, establece que el signo de apertura se compondrá en idéntico formato que el texto donde aparece, a no ser que encierre una o varias palabras escritas en cursiva y ninguna de redonda: en este caso, adopta este mismo formato de letra. Así, escribiremos:

Ese libro (Princesas y payasos vestidos de raso) no me gustó.
No lo encontré en la biblioteca (ese libro, ya sabes: Princesas y payasos vestidos de raso).
El hueso estaba cerúleo [sic].

En el caso de uso (bastante improbable) de negritas, se aplicarían las mismas reglas, pero se mantienen las objeciones y restricciones ya explicadas con anterioridad.

Para las llamadas de notas, el criterio mayoritario es componerlas en cursiva cuando el texto está íntegramente escrito en cursiva, y de redonda, cuando solo se trate de una palabra en cursiva dentro de un texto en redondas. No obstante, hay sellos editoriales que componen las llamadas de nota adyacentes a una palabra escrita en cursiva también en cursiva. El número de la nota a pie de página o al final siempre se compondrá de redonda. En el caso improbable de llamadas junto a palabras en negritas, se aplicarían los mismos criterios, con las restricciones ya señaladas.

Para finalizar, recuérdese, como norma general, que una vez decidido el criterio que se va a emplear para la composición de un texto, ha de mantenerse de principio a fin. Los correctores de estilo y pruebas deben asegurarse de las pautas que se siguen en los sellos que contraten su trabajo.




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domingo, 27 de marzo de 2016

Historias de plagio

Plagio
Me pidieron opinión sobre un presunto plagio: quise negarme pero al final, picada la curiosidad, acabé leyendo los dos originales. Uno me gustó más que el otro, aunque ninguno me entusiasmó pues, a mi entender, había en los dos demasiado recurso al sentimiento fácil y apenas literatura. No encontré plagio, sin embargo. Ambientación en una misma época y alguna idea compartida con distinto desarrollo son meras coincidencias nada más.

Para fundamentar mi juicio, puse como ejemplo a los hermanos Machado, ambos poetas. Manuel y Antonio bebieron de las mismas fuentes e incluso en su juventud colaboraron juntos en algunas obras de creación teatral. Podría afirmarse que sus trayectorias literarias corrieron casi parejas hasta el estallido de la guerra civil española. Entonces sus caminos se bifurcaron para no reencontrarse nunca jamás. Manuel, quien se hallaba en la ciudad de Burgos sublevada, escribió un poema laudatorio al sable del generalísimo que le valió el reconocimiento de los vencedores, mientras que Antonio emprendió con los vencidos republicanos el camino del exilio para acabar muriendo en Colliure (Francia).

Antes de esos desdichados acontecimientos, cada uno de los hermanos había dedicado sus versos a la saeta andaluza. La inspiración fue la misma; el título, también. Incluso alguna estrofa podría intercambiarse de un poema al otro:

I
«Míralo por dónde viene
el mejor de los nacidos...».

Una calle de Sevilla
entre rezos y suspiros...
Largas trompetas de plata.
Túnicas de seda... Cirios,
en hormiguero de estrellas,
festoneando el camino...

El azahar y el incienso
embriagan los sentidos.
Ventana que da a la noche
se ilumina de improviso,
y en ella una voz ―¡saeta!―
canta o llora, que es lo mismo:

«Míralo por dónde viene
el mejor de los nacidos...».

II
Canto llano... Sentimiento
que sin guitarra se canta.
Maravilla
que por acompañamiento
tiene..., la Semana Santa
de Sevilla

Cantar de nuestros cantares,
llanto y oración. Cantar,
salmo y trino.
Entre efluvios de azahares
tan humano y, a la par,
¡tan divino!

Canción del pueblo andaluz:
...de cómo las golondrinas
le quitaban las espinas
al Rey del Cielo en la Cruz.


¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero, 
para quitarle los clavos 
a Jesús el Nazareno? 
(Saeta Popular)

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
que es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

El poema de la derecha, el de Antonio, es hoy el más conocido gracias en parte a que lo popularizó Joan Manuel Serrat al cantarlo. Los dos hermanos versificaron también su autorretrato, Manuel al menos en dos poemas, el titulado «Adelfos», que comienza: «Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron / soy de raza mora, vieja amiga del sol, / que todo lo ganaron y todo lo perdieron. / Tengo el alma de nardo del árabe español», y en el titulado «Retrato», que comienza: «Esta es mi cara y esta mi alma: leed. / Unos ojos de hastío y una boca de sed... / Lo demás, nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe... / Calaveradas, amoríos... Nada grave. / Un poco de locura, un algo de poesía, / una gota del vino de la melancolía...»; Antonio, al menos en el poema titulado «Retrato», que comienza: «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero; / mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; / mi historia, algunos casos que recordar no quiero», y en el titulado «Coplas mundanas», que comienza: «Poeta ayer, hoy triste y pobre / filósofo trasnochado, / tengo en monedas de cobre / el oro de ayer cambiado».

Hoy Manuel Machado está casi olvidado mientras que los versos de Antonio durante años y años han ido corriendo de boca en boca y de canción en canción. El prestigio que obtuvo uno en vida durante el franquismo lo consiguió el otro en la muerte llegada la transición a la democracia española. ¿Es uno mucho mejor que el otro? ¿Hubo un poeta original y un plagiario?

Al repasar la obra poética de cada uno, sorprende encontrar tantas similitudes, tantas fuentes compartidas; pareciera que incluso los hermanos se retaban para escribir sobre un mismo tema, ambos peritos en el arte de alumbrar con las palabras. ¿Quién fue y es mejor? Cuestión de gustos. Yo recuerdo de mis años escolares un poema de Manuel Machado llamado «Castilla» y dedicado al Cid cuando lo destierran y nadie le quiere dar cobijo. La estrofa que se repite es la siguiente: «El ciego sol, la sed y la fatiga. / Por la terrible estepa castellana, / al destierro, con doce de los suyos, / polvo sudor y hierro el Cid cabalga». De esos mismos años escolares, me acuerdo también de un poema de Antonio Machado,  titulado «Recuerdo infantil», tal vez porque me veía en él reflejada: «Y todo un coro infantil / va cantando la lección:  /"mil veces ciento, cien mil; /mil veces mil, un millón". / Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales».

No creo que hubiera ningún plagio, ninguna mala intención de apropiarse de la creación del otro. ¿Cómo iba a plagiar  alguien capaz de escribir: «Porque ya / una cosa es la poesía / y otra cosa lo que está /grabado en el alma mía... / Grabado, lugar común. /Alma, palabra gastada. / Mía... No sabemos nada. / Todo es conforme y según»? (Manuel Machado).  ¿O quien pudo componer: « Y al cabo, nada os debo; debeisme cuanto he escrito. / A mi trabajo acudo, con mi dinero me pago / el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho en donde yago»? (Antonio Machado).

Las fuentes de la literatura (y de la vida) están para beber de ellas. Nadie plagia por saciar su sed y cobrar fuerzas para seguir camino, llegar más lejos. La inspiración nada tiene que ver con la copia. Y, por cierto, recuerdo muy bien lo que escribieron los hermanos Machado, uno y otro, pero ya están borrosos en mi mente los originales en disputa que originaron este texto. Dentro de poco quedará en mi memoria la anécdota del plagio; de su contenido... nada.
 




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martes, 8 de marzo de 2016

Soy feminista

Las mujeres que quieren algo más que la vida familiar vuelven político lo personal, aunque no lo pretendan, con cada paso que dan fuera del hogar. Una mujer en el Parlamento o en una plataforma política equivale a hacer público algo tan personal como una boca femenina o el bajo de una falda.
Barbara Sichterman, 1986. (La traducción del inglés es mía).

feministaLa primera vez que me llamaron ‘feminista’ tenía yo menos de dieciocho años y viajaba en un autobús de línea que cubría la ruta entre Talavera de la Reina y Madrid. A mi lado había sentado un buen hombre del cual solo recuerdo que era corpulento y de pelo cano. No habían dado aún las nueve de la mañana, cuando sacó un puro de la chaqueta y se puso a encenderlo parsimonioso con un mechero. Yo carraspeé molesta en cuanto me llegó el apestoso humo; luego tosí una o dos veces, pero como el buen hombre no se dio por aludido, lo miré, probablemente poniéndome colorada hasta las pestañas, pues yo entonces era tímida, y dije que me estaba molestando y que había elegido precisamente ese asiento porque se suponía que era de no fumadores. El buen hombre me devolvió atónito la mirada y, meneando la cabeza, soltó: «Joder con la feminista».

Él había hablado en alto adrede, para que todos lo escucharan. Era una invitación a una conversación tumultuosa de las que tanto gustan en lugares públicos, y el anciano que iba sentado en nuestra misma fila al otro lado del pasillo no tardó en intervenir, comentando algo así como que «apañados estábamos entre tantas minifalderas y ecologistas…». No entendí el resto de su parlamento porque la buena mujer que iba a su lado se irguió cuanto pudo, levantando la cabeza peinada con apretada permanente, para acudir en mi defensa gritando más fuerte: «Que sí, que la chica tiene razón, ¡vamos, hombre, habrase visto!, es una falta de consideración y una asquerosidad ponerse a echar humo en un sitio cerrado donde viajamos tantos sin podernos mover… ¡y a estas horas!».

He de reconocer que a mí lo de ‘feminista’ me había sonado a insulto: como cuando llamaban a una minifaldera, fuera ecologista o no, ‘perra’, ‘zorra’ o ‘loba’. Y me sentí ofendida, aunque entonces desconocía el alcance del lenguaje sexista. Sin embargo, mi madre no estuvo de acuerdo cuando le expliqué el incidente: ella, que siempre fue biempensante, dedujo que la palabra no tenía más significado que ‘rebelde’. Pensé que, si era así, el fumador de puros tenía razón.

Yo llevaba en rebeldía desde que podía recordar: me negaba a escribir con la mano derecha, que era torpe, y utilizaba siempre la izquierda, con la que era capaz de cortarme las uñas siendo bien pequeña, peinarme a mí y a mis hermanas, abotonar los vestidos, atar los nudos de los zapatos y hacer preciosos dibujos que coloreaba sin salirme de los bordes. «Te vas a condenar», me repetían en el colegio las monjas maestras cuando me ataban la mano a la espalda para corregirme un defecto tan vil. Nunca lo creí ni me dejé convencer: fruncía el ceño y apretaba los labios, pensando que con la de cosas importantes que sucedían a nuestro alrededor en el mundo, no podía haber un dios tan ocioso como para estarse fijando en un detalle tan nimio como con qué mano yo hacía las cosas. Callaba, pero a la menor distracción de las monjas, me soltaba la mano prohibida y volvía a utilizarla. Creo que a los diez años, cuando la madre superiora me exigió al final de curso hacer el examen de ingreso al bachillerato con la mano izquierda atada, fue la primera vez que me atreví a plantar cara: «Si Dios hubiera querido que escribiera con la derecha, como las demás niñas, no me habría dado una mano izquierda tan buena». No me sirvió de nada mi valentía. Hice el examen con la mano atada: nunca lo he olvidado.

feminismo
Mirando hacia atrás desde el lugar privilegiado que otorga el paso del tiempo, afirmaría que la primera noción sobre ‘feminismo’ que tuvo esta siniestra rebelde con causa provino de una novela del famoso escritor, hoy olvidado, José Luis Martín Vigil, Un sexo llamado débil, que contaba la vida de tres chicas, Coro, Paula y Baby (aún recuerdo sus nombres) desde la adolescencia hasta la universidad. Había en ella un personaje especial, una profesora de literatura, que les decía a las chicas algo así: «Si nueve de cada diez estrellas utilizan Lux, entérate de qué jabón utiliza la décima para no comprarlo tampoco». El anuncio de ese jabón se repetía sin cesar en la publicidad de la televisión, y la profesora de literatura intentaba hacer pensar a sus alumnas más allá de los cánones de belleza establecidos y del lugar en el mundo que la sociedad les había destinado. Creo recordar también que ese personaje se ajustaba al estereotipo de feminista extendido, tanto entonces como ahora, entre el común de los  mortales y los medios de comunicación: mujer soltera que apenas se arregla, tiene más estudios e intereses intelectuales que la media de su mismo sexo y vive algo amargada, sacando defectos a casi todo. De las feministas, las sufragistas son las que más salían y salen en los medios de comunicación debido a las novelas y películas estadounidenses e inglesas. Incluso en Mary Poppins la atolondrada madre de clase alta era sufragista, como lo acreditaba la banda ―semejante a las de las reinas de belleza― que lucía sobre su puntiagudo pecho: era precisamente su lucha incansable por la igualdad, que la alejaba de su casa y de sus obligaciones para con su marido y sus hijos, la que propiciaba la llegada de la niñera mágica. Pero en España, después del fracaso de las dos repúblicas, no habían quedado sufragistas. Para qué, si en una dictadura como la nuestra, ni los hombres de pelo en pecho votaban.

Cuando mis padres planearon sacrificarse para mandar a todas sus hijas, igual que a su único hijo, a la universidad, no lo hicieron por afán de mejorar la sociedad en la que vivíamos, sino para asegurarse de que fuéramos capaces de valernos por nosotras mismas; en definitiva, para asegurarse de que fuéramos libres. Algunos conocidos, medio en broma, medio en serio, los censuraban: «¿Para qué tanto estudio? Son guapas y se casarán… si no se vuelven unas marisabidillas de esas tan insoportables». La respuesta de mis padres siempre fue la misma: los estudios nunca nos estorbarían puesto que, si queríamos casarnos, nos servirían para tener capacidad de elegir mejor y, de  permanecer solteras, nos posibilitarían para encontrar un trabajo con que mantenernos sin depender de la caridad ajena.

De este modo, sin haberme parado a pensarlo, crecí convencida de que yo dirigiría mi destino y que, si encontraba un compañero, jamás lo consideraría  «la cuchara que me iba a dar de comer» ni lo elegiría por eso. Estas palabras las escuché muchas veces en boca de mi madre porque la suya se las había repetido una y otra vez a ella y sus dos hermanas desde el momento en que empezaron a noviear. Mi abuela, a su modo, les quería asegurar el futuro, advirtiéndoles de que se fijaran en aspectos importantes de los chicos que las pretendían y no en nimiedades pasajeras. Lo mismo hizo mi madre con nosotras al darnos estudios, y lo mismo hice yo con mi hija al enseñarle a proteger su cuerpo y su mente, a decidir por sí misma. A ser independiente. A labrar su propia vida.

¿Qué nos impulsa a actuar de determinado modo ante circunstancias de la vida? No nos habíamos puesto de acuerdo las hermanas cuando un día alguna decidió que ya había llegado el momento de que nuestro único hermano, que es el penúltimo, aprendiera a hacerse su cama. Mi madre afeó tal pretensión: siendo tantas nosotras, ¿qué nos costaba ocuparnos de eso? «Somos iguales, mamá, tiene que aprender», respondió alguna de las mayores. Y, sin embargo, pasados los años, como mujeres activas fuera de casa, todas las hermanas hemos padecido la doble jornada, el precio de la liberación femenina prometida, porque jamás de los jamases se pueden descuidar los deberes familiares considerados propios de nuestro sexo y apenas compartidos con el otro.

En el pasado, como ahora, existía violencia de género, aunque no tuviera nombre. Quien más quien menos conocía a alguna malcasada que sufría maltrato, quien más quien menos sabía de padres misóginos, ausentes o infieles, de madres tan abnegadas como infelices, de curas con sobrinas jóvenes, de solteronas desamparadas, de chicas arrojadas al arroyo, casadas a la fuerza o mandadas a Londres en avión… Ayer, igual que hoy, la lista de infortunios debidos al género era interminable. Hoy, al menos, algunos despiertan el interés mediático y logran solución. Para otros, cuando son  irremediables, no queda más que gritar ¡nunca más!, a sabiendas de que lo mismo repetiremos a los pocos días y enseguida otra vez. ¿Hasta cuándo?
    
Ser feminista significa defender la igualdad de derechos y deberes en la sociedad, prescindiendo del género. Hombres y mujeres somos diferentes: tenemos, por ejemplo, hormonas distintas y órganos sexuales distintos. Las mujeres parimos hijos y los hombres no. La fuerza física de los hombres suele ser superior a la nuestra. Según las estadísticas, la población de mujeres en el mundo es mayor que la de los hombres y, sin embargo, somos casi invisibles en la historia o las ciencias porque son los hombres quienes ocupan los principales cargos de poder y prestigio. Ocupan la narrativa que cuenta, la de mayor valor. Incluso en la cocina: hay más cocineros que cocineras con fama, a pesar de ser las mujeres quienes, en general, se han encargado de alimentar a la humanidad a lo largo y ancho del mundo y de los siglos; las que han pasado recetas de madres a hijas. Las mujeres también ganan menos que los hombres por el mismo trabajo: ¿esa discriminación tiene que ver con la preparación o la inteligencia?  Parece que no, puesto que una mujer puede ser igual o más inteligente, creadora e innovadora que un hombre, y algunas, incluso, igual de fuertes (aunque esa cualidad sea una rémora del pasado que ya no debiera importar).  Por tanto, el hombre gana más por el simple hecho de ser hombre. Aunque la humanidad ha evolucionado, las ideas sobre el género siguen ancladas en el pasado. Y lo permitimos.
   
Hace no muchos años, el día en que al encargar un pedido especial para una celebración, el pescadero, con papel en mano, me preguntó para apuntarlo: «¿Señora de?», yo respondí que no era señora de nadie, sino Carmen Martínez Gimeno. Dueña de mi misma. Entonces ya tenía conciencia de que era feminista, a pesar de que no falten quienes se sientan incómodos cuando uso esa palabra. Muchas personas afirman defender los derechos humanos para no verse obligadas a pronunciar ‘feminista’. Pero es una trampa: defender los derechos humanos es un punto de partida; además, hay que tener la valentía de reconocer que han sido las mujeres, la mitad de la humanidad, quienes han sufrido exclusión solo por haber nacido con ese género o haberlo adoptado por propia decisión.

Yo soy feminista igual que soy zurda. Zurda nací y no consiguieron corregirme porque no supieron darme razones que me convencieran para relegar mi mano siniestra hábil en favor de la otra diestra mucho más torpe (de esa lucha enconada, saqué en limpio convertirme en ambidextra para algunas tareas, como hacer punto, conducir o utilizar el ratón del ordenador). Fui feminista antes de saberlo, en parte por la educación que recibí y en parte por las experiencias vividas en los distintos países en los que he tenido la suerte de pasar largas temporadas. La misma rebeldía que me mantuvo zurda me obliga a cuestionarme las cosas, a ser progresista y a defender la idea de que la igualdad de oportunidades, la igualdad de derechos y deberes, conduce a una sociedad mejor, más justa. Porque el feminismo no consiste más que en eso: en que cada cual pueda tomar sus propias decisiones y asumir las responsabilidades que le correspondan, siempre en igualdad y en libertad, prescindiendo de su género.

En 1851, Sojourner Truth, abolicionista afroamericana tras haber sufrido en propia carne la esclavitud, contestó del siguiente modo a un clérigo que se oponía a la concesión de derechos civiles a las criaturas desvalidas y físicamente débiles que eran para él las mujeres:

Ese hombre de ahí dice que las mujeres necesitan ayuda para subir a los carruajes o brincar zanjas, y que en todas partes se les ceden los mejores sitios. A mí nadie me ayuda a subir a los coches ni a saltar charcos y barro, ni me ofrece su mejor asiento… y ¿acaso no soy yo una mujer? […] ¡Mírenme! ¡Miren este brazo! […] Con él he arado, sembrado y recogido cosechas, sin ayuda de ningún hombre… y ¿no soy yo acaso una mujer? He sido capaz de trabajar  y ―cuando podía― de comer tanto como un hombre, ¡y también de aguantar el látigo! Y ¿acaso no soy yo una mujer? He traído al mundo trece hijos, y he visto como a la mayoría los compraban otros hombres para hacerlos esclavos, y cuando lloré a gritos mi duelo de madre, nadie más que Jesús me escuchó… Y ¿no soy yo acaso una mujer?  (Citado en History of Woman Suffrage, de Elizabeth Cady Stanton et al.,  vol. 1, pág. 116. La traducción del inglés es mía. Se pueden consultar los seis volúmenes que componen esta obra en varios sitios de internet).

Sojourner jamás aprendió a leer ni a escribir, y hablaba un inglés popular deficiente, pero fue capaz de alzar su voz en la Convención de Derechos de las Mujeres celebrada en Akron (Ohio, EE UU). Su pregunta «Ain’t I a woman?» («¿Acaso no soy yo una mujer?») corrió como la pólvora, convirtiéndose en un lema de la lucha por los derechos de las mujeres. Sojourner fue feminista mucho antes de saber lo que eso significaba, como tantas otras de nosotras. Como tantos hombres justos. Como debería serlo la sociedad entera.


Tres libros para acercarse al feminismo

Chimamanda Ngozi Adichie (2015), Todos deberíamos ser feministas, trad. de Javier Calvo, Barcelona, Penguin Random House. (Existe edición digital). Una visión actual que hace hincapié en la situación africana. Muy ilustrativo y sencillo de leer, como todo lo que escribe esta autora nigeriana.

Mary Wollstonecraft (1994), Vindicación de los derechos de la mujer, trad. de Carmen Martínez Gimeno, Madrid, Cátedra. Uno de los pilares de los estudios sobre feminismo, escrito en la Inglaterra de finales del siglo XVIII por una mujer adelantada a su tiempo, «en nombre de la razón e incluso del sentido común», según ella misma afirmó.

Kate Millett (1995)Política sexual, trad. de Ana María Bravo García y Carmen Martínez Gimeno, Madrid, Cátedra. Libro escrito a finales de los años sesenta en los Estados Unidos, en plena vorágine de movimientos reivindicativos encabezados por colectivos de estudiantes, mujeres y personas de raza negra. Sus planteamientos provocaron apasionados debates sobre muchos asuntos relacionados con el género que continúan vigentes.



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Carmen Martínez Gimeno

viernes, 19 de febrero de 2016

Publicar en papel con CreateSpace

Publicar en papel con CreateSpace
Dos pensamientos rondaron mi cabeza cuando me llegó por correo electrónico la publicidad que me invitaba a publicar mis libros en papel con CreateSpace. Me acordé enseguida de un programa llamado Tengo un libro en las manos, que emitía la televisión estatal española, de dos únicos canales, durante mi infancia. Lo presentaba un señor, a mis ojos de niña, mayor y taciturno, repeinado, vestido con traje oscuro, encorbatado y con grandes gafas de pasta negra. No recuerdo si lucía ese bigote recto tan habitual de la época en los hombres públicos, pero sí permanece en mi memoria que me gustaba cómo, de pie ante las cámaras, sujetaba un libro entre las manos, lo acariciaba, pasaba sus páginas y hablaba de su contenido. De lo que explicaba, la única huella consciente que conservo es el descubrimiento de la palabra ‘ordalía’ y los horrores que podía ocasionar: la aprendí en la pequeña representación teatral que seguía a la presentación de un libro, cuyo nombre he olvidado, de la cual me impresionó el triste destino padecido por un joven enamorado de la hija del rey a quien arrojaban a un río helado de las tierras nórdicas para que probara su inocencia ante el robo de un clavo de hierro que formaba parte del tesoro real.

Pensé a continuación en «El arte nuevo de hacer libros», el largo artículo escrito por Ulises Carrión, hace ya tantos años, en la revista Plural (núm. 4, México, 1975) y, al releer sus palabras, las encontré más vigentes que nunca: 

En el arte viejo el escritor se cree inocente del libro real. Él escribe el texto. El resto lo hacen los lacayos, los artesanos, los obreros, los otros.
En el arte nuevo la escritura del texto es solo el primer eslabón en la cadena que va del escritor al lector. En el arte nuevo el escritor asume la responsabilidad del proceso entero.
En el arte viejo el escritor escribe textos.
En el arte nuevo el escritor hace libros.

Yo escribo textos y ayudo a crear libros. Es parte del oficio que elegí desde los días universitarios, y CreateSpace me estaba ofreciendo la oportunidad de hacer mi propio libro en papel, de responsabilizarme del proceso completo. Parecía brindarme las artes para, esta vez, no ser yo la lacaya, la artesana, la obrera que trabaja para otros. Sin embargo, no podía resultar tan fácil como lo pintaba: por sistematizado que estuviera el procedimiento, editar en papel no es tarea sencilla; lo sé por experiencia. ¿Era posible realmente obtener una buena edición con CreateSpace sin recurrir a su servicio de pago?

 Al igual que cuando me planteé, hace casi cuatro años, publicar mis novelas digitales con Amazon, lo primero que hice fue investigar en internet, recopilar información y  leer artículos al respecto; solo después resolví probar la plataforma de edición en papel. Sin duda, es sencillo darse de alta en CreateSpace y seguir los pasos sucesivos hasta llegar al momento de mandar por internet el archivo del libro que se desea publicar. No obstante, llegado ese punto, conviene hacer un alto para reflexionar y tomar las decisiones oportunas. Es evidente que no se conseguirá una edición profesional si no se actúa como lo haría una buena editorial, preparando con cuidado el manuscrito y la cubierta, además de vigilar todas las etapas del proceso de publicación.  

Huelga decir que es condición necesaria (aunque no suficiente, como demostraré) disponer de un original (el archivo de nuestra obra) limpio y corregido en el que no haya errores ortográficos ni sintácticos. Además, en su configuración física el original debe ceñirse a la habitual de los libros impresos. Las pautas son las siguientes:         

·         Dos primeras páginas en blanco (una hoja por las dos caras), que son las llamadas hoja de cortesía o de respeto.
·         Página de portadilla o anteportada, donde aparece solo el título del libro (impar).
·         Página de derechos, donde aparecen todos los datos del libro (par).
·         Página de portada, con el título del libro y el nombre de la autora (impar).
·         Página siguiente en blanco.
·         Página de dedicatoria, si  hubiera (impar).
·         Página siguiente en blanco.
·         Texto del libro. Pueden ser los agradecimientos, el prólogo, la introducción o el primer capítulo (es la primera página que se numera y tiene que ser impar; para la numeración cuentan todas las páginas en blanco).
·         Al final, el índice (en página impar y numerada). También se puede situar al comienzo, a continuación de la página de dedicatoria.
·         Una o dos hojas de cortesía.

Para publicar con CreateSpace, la cubierta debe ajustarse a sus especificaciones establecidas. Como en este caso no tiene solapas, en la contracubierta, a la presentación del libro se debe añadir la de la autora, así como su foto, si se desea. Aprovecho para hacer un inciso y señalar un error frecuente: la confusión de ‘portada’ con ‘cubierta’ en el libro físico. Cuando las hojas de pergamino o de papel comenzaron a plegarse para formar un cuadernillo en cuarto, octavo u otra fracción más pequeña, y luego se cosieron o pegaron los diversos cuadernillos que constituían una obra, nació el libro más o menos como lo conocemos en la actualidad. Pero los primeros no llevaban cubiertas, esto es, las tapas protectoras, más duras que el resto de las hojas: comenzaban por la misma portada, motivo por el cual  muchas se deterioraron y perdieron.

La portada del libro actual ―donde se consigna el nombre de la obra, de la autora y de la editorial― va precedida por la página de derechos y una portadilla ―donde aparece solo el título de la obra: es la página que se suele emplear para escribir las dedicatorias a mano cuando así se requiere―, y esta, a su vez, va precedida por las hojas de cortesía o respeto. Las cubiertas, donde se ilustra con imágenes el contenido del libro, también reciben el nombre de ‘tapas’ y ‘forros’; la parte posterior de la cubierta es la ‘contracubierta’, ‘cuarta de cubierta’ o ‘cuarta de forro’. El ‘explicit’ o ‘colofón’  también era años atrás una parte fundamental del libro: la hoja impar final antes de la tapa o contracubierta donde se especificaban los detalles de la publicación. En la actualidad, solo algunos llevan colofón, y en él se suele indicar quién imprimió el libro, dónde y con qué tipos de imprenta.

Crear la cubierta para mi libro en papel no fue complicado. Quería conservar la portada que me había hecho Lola Menéndez Rodríguez para la edición digital (en los libros digitales, no hay que hacer distinción entre cubierta y portada, como es obvio), así que contraté a Alexia Jorques para que la adaptara, añadiera el lomo y una contracubierta con el texto explicativo de la novela y mis datos sobre un fondo del mismo grabado antiguo de Sevilla que se había utilizado para la primera portada digital. Tras algunos retoques, el resultado fue muy bueno.

El trabajo de maquetación y publicación de la novela fue mucho más complicado. CreateSpace admite archivos en Word y en formato PDF. Pero vayamos por partes: en primer lugar, se debe seleccionar el tamaño de libro publicado que mejor se adapte a nuestro original. Ello significa, en pocas palabras, que el número de páginas determinará el tamaño. Como mi novela superaba las 500 páginas, elegí un tamaño grande (6" x 9"; es decir, 5,24 x 22,86 cm); también decidí suprimir los encabezados de las páginas, que tienen sentido, sobre todo, cuando en un libro hay varios autores y diversos artículos (los encabezados, distintos según correspondan a página par o impar, señalan unos u otros). Las obras de ficción extensas no suelen llevar encabezados y también está permitido, en aras de ahorrar papel, que los capítulos comiencen en la página donde buenamente caigan y no siempre en impar, como es habitual en el resto de los libros. Yo me decidí por esta composición a fin de que el precio de venta final no se disparara (CreateSpace obliga a establecer un precio dentro de unos márgenes mínimos que no se pueden traspasar).

Asimismo, CreateSpace proporciona unas plantillas para maquetar los libros. Yo las utilicé y mandé mi archivo Word ajustado a ellas. Pero una vez finalizado el proceso de elaboración informatizado, el resultado que me mostró su visualizador digital fue decepcionante. CreateSpace convierte a PDF el archivo en Word que se le envía y, al hacerlo, surgen fallos que no se pueden controlar. Al revisar las páginas de mi futura novela impresa, encontré multitud de errores que había que solucionar: por citar solo los más graves, la gestión del espacio en las páginas no era equilibrada; había páginas finales de capítulo con dos o tres líneas; y el número de líneas no era el mismo en todas las páginas (sin incluir las finales de capítulo). Yo sé detectar los errores de maquetación porque es parte de mi oficio de editora, pero nunca he maquetado yo misma y, por tanto, desconozco cómo corregir los fallos que suelo marcar para que otros se ocupen de subsanarlos. Antes de tomar decisiones, pedí una prueba de edición a CreateSpace para revisar en papel físico mi novela.

Tardó muy poco en llegar porque la ordené por envío urgente. Y mi conclusión fue la siguiente: todos los elementos de las cubiertas estaban perfectos, y el acabado en brillo era de calidad. En cuanto al interior del libro, la impresión era excelente; el papel crema, de buen gramaje… pero, ay, la macha de la página era irregular en sus espacios y los defectos que había detectado en la revisión digital quedaban más que patentes en la prueba física. Era evidente que necesitaba una maquetadora experimentada, así que me puse en contacto con Mariana Eguaras, cuyo magnífico blog sobre edición había consultado muchas veces, y la contraté tras explicarle mis problemas. Ella hizo un trabajo profesional: entendió mis cuitas, corrigió todos los defectos que yo había encontrado y me proporcionó en un tiempo más que razonable un PDF con calidad de impresión (PDF/X) para enviar a CreateSpace.  

Por si sirve de ayuda, especifico a continuación los criterios que se han de tener en cuenta en la composición de una página impresa:
  
·         Ninguna página ha de comenzar por una línea corta; esto es, por una línea que no ocupe por completo el espacio del margen izquierdo al derecho de la página. A la línea corta con la que termina un párrafo, si aparece al comienzo de una página o columna, se la denomina línea viuda. (Recuérdese que, en los diálogos, las líneas de comienzo de parlamento, sean cortas o largas, no cuentan a estos efectos).
  
·         También han de evitarse las líneas huérfanas; esto es, la primera línea de un párrafo que queda situada al final de una página o de una columna, separada del resto del párrafo o columna, que van en la página siguiente. Los procesadores de texto cuentan con una función automática para evitar las líneas viudas y huérfanas: esta es la causa de que las páginas resultantes no tengan nunca el mismo tamaño de caja tipográfica; esto es: varía el número de líneas y el margen inferior. Por tanto, los archivos Word creados de ese modo pasarán a formato PDF con ese mismo problema y no serán aptos para impresión. Sin embargo, CreateSpace no detecta este fallo y los da por válidos, por lo cual la publicación no tiene un acabado profesional.

·         El espacio de separación entre palabras ha de ser homogéneo. Para ello, ha de habilitarse en el procesador de textos la partición de palabras a final de línea, comprobando que se respetan las reglas que existen al respecto (pueden consultarse en «Ortografía IV. La división de las palabras»). De este modo desaparecerán las llamadas calles o ríos que tanto afean las impresiones poco profesionales.

·         Deben evitarse más de tres divisiones de palabras seguidas a final de renglón y no se permitirán dos seguidas idénticas (por ejemplo: cami-nado; desayu-nado).

·         La última línea de un párrafo ha de tener más de cinco letras (o caracteres), aparte del signo de puntuación que corresponda. La inferior a dicho tamaño se denomina ladrona en tipografía y, por lo general, se gana (pero también se puede alargar, añadiendo alguna palabra, según convenga).

·         Ningún capítulo terminará en una página con menos de cuatro líneas (lo ideal es que incluso tenga más). Para conseguirlo, se dobla alguna línea, añadiendo las palabras necesarias, o se ganan otras, suprimiendo algunas palabras.

Una vez finalizado el proceso de revisión del PDF/X junto con Mariana Eguaras, lo envié a CreateSpace, comprobé el resultado en el visor digital y, como esta vez no encontré sorpresas desagradables, di el «tírese», lo que en la edición clásica significa autorizar la impresión. Después, en poco tiempo, tuve el libro en las manos. Mi novela en papel, cuando yo había previsto que ya solo sería escritora digital… Las pasadas navidades me di el gusto de regalarla a mi familia y amigos, y he de reconocer que son muchos más los que la están leyendo que cuando estaba solo en versión digital. Incluso se vende en una librería de Alcalá de Henares donde la llevó mi pareja (yo soy muy apocada para esas cosas).

He de decir que estoy contenta. Seguiré regalando mi novela a mis conocidos que deseen leerla y puede que alguien incluso la compre. Tal vez publique alguna otra del mismo modo. Por hoy termino con algunos versos de Lope de Vega tomados de su ensayo en verso Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, que leyó como discurso ante la Academia de Madrid en 1609:

Sustento, en fin, lo que escribí, y conozco
que, aunque fueran mejor de otra manera,
no tuvieran el gusto que han tenido,
porque a veces lo que es contra lo justo
por la misma razón deleita el gusto. 

Agradecimientos

Librería Diógenes, Alcalá de Henares
La preciosa cubierta de mi novela La historia escrita en el cielo es obra de Lola Menéndez Rodríguez y Alexia Jorques (info.alexiajorques@gmail.com).

Mariana Eguaras (http://marianaeguaras.com/) se esmeró en la maquetación de mi novela, que ahora es  La historia escrita en el cielo con papel.

Gracias a ambas, el regreso a las páginas que se pasan con el dedo y se pueden abanicar ha sido una grata experiencia (que tal vez repetiré). CreateSpace es una compañia editorial de Amazon. Sus libros se venden tanto en CreateSpace como en Amazon. También en otras librerías asociadas.

      



¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. ¡Te encantarán!

lunes, 11 de enero de 2016

Correctora de estilo

Correctora de estilo

Semanas atrás, mientras trabajaba en la corrección (léase reescritura) de un original complicado que había que entregar a la imprenta antes de las fiestas de diciembre, recibí un correo electrónico de una amiga y colega que decía: «¿Qué le habremos hecho?», y adjuntaba un enlace al artículo «Los días Hyde (1)», firmado por Pablo Moíño Sánchez y publicado en El Trujamán. Revista diaria de traducción. Picada mi curiosidad, abandoné por un rato el laberinto de palabras que me mantenía presa y leí el artículo. Mi conclusión al acabar fue que Pablo habría sufrido alguna mala experiencia, como nos ocurre a todos, antes o después, a lo largo de nuestra trayectoria profesional.

Sin duda, traducir es una labor extraordinariamente exigente que requiere pleno dominio tanto de la lengua fuente como de la lengua término. Requiere entender a la perfección lo que se lee en la lengua de origen y capacidad para expresarlo con  destreza en nuestra propia lengua. Cuando la persona a la que se traduce es contemporánea y está viva, es bastante habitual comunicarse con ella para resolver cualquier tipo de duda o incluso para tratar de corregir algún error o imprecisión que se detecte en el original. Pero si traducimos a un autor de otros siglos o ya desaparecido, no queda más remedio que compensar con nuestro esfuerzo y entendimiento su ausencia. Quien traduce siempre ha de tomar decisiones ―a menudo arriesgadas―, siguiendo las más de las veces la máxima que enseñaba el maestro García Yebra: limitarse a decir lo que dice el autor, no omitir nada del texto original y expresar su contenido del modo más cercano posible al que emplea el autor; esto es, se debe respetar su estilo (entendido como su modo característico de expresar ideas y escribir). No obstante, quien traduce también es escritor/creador y deja impronta en su producción no solo porque es imposible sustraerse de hacerlo, sino porque ninguna editorial aceptaría una traducción mal escrita en español aun cuando el texto en la lengua fuente presente imperfecciones sintácticas o estilísticas (a no ser que se trate de una edición crítica, en cuyo caso habría que justificar las decisiones alejadas de la norma culta en notas aclaratorias).

Por todo lo expuesto, comprendí al leerlas las palabras que dan inicio al artículo de Pablo:

Yo también he entregado una traducción tiritandito. Yo también he tecleado más de una palabra murmurando: «Esta te la quitan, ya ves si te la quitan» (porque a primera vista esa palabra no va ahí, porque yo tampoco la había puesto ahí en mi primera lectura, porque he tenido que pensar mucho y descartar mucho para poder poner ahí esa palabra). Yo también me he negado a peinarle las melenas a mi autor, y enseguida me he dicho por lo bajo: «Ya se encargarán otros de hacerlo, y te tocará pelear». Yo también he pensado, apretando los puños: «Van a creer que esto es una errata, y no lo es, no lo es». Y sin embargo…

Y sin embargo, algunos días trabajo para el enemigo.

¿Quién era ese enemigo capaz de deshacer de un plumazo la ardua labor de quien se ha pasado los días y sus noches traduciendo con tesón? Como no podía ser de otra forma, la persona designada por la editorial para corregir el texto del traductor una vez terminado y entregado. La persona que se encarga de verificar que la traducción (u original) no contraviene normas de estilo (esto es, que se ciñe a las reglas sobre el uso de mayúsculas y minúsculas, de los guiones o las abreviaturas, de los signos de puntuación, de la escritura de cifras, etc.) ni presenta fallos de gramática, de sintaxis ni de uso del lenguaje. De esa persona, Pablo opina en el artículo:

La primera en la frente: que alguien se haga llamar corrector inspira desconfianza. Yo diría lector, sin más, pero resulta que el nombre ya está cogido por los que evalúan manuscritos. (Mejor lector que rechazador, debieron de pensar, y el que venga atrás que arree). Ahora bien: que alguien se diga corrector no significa que pretenda cuestionar todo lo que haces, ni que se crea más listo que tú.

Un corrector trabaja una semana, a lo sumo dos, ¿tres?, con un texto que al traductor le ha llevado meses. El traductor conoce el texto mejor que nadie; el corrector no puede ni quiere negar verdad tan cristalina. Sucede, de todas formas, que a veces una lectura nueva, si es atenta e inteligente, puede descubrir cosas que al traductor le han pasado por alto. Porque atención e inteligencia se le suponen al corrector, igual que al traductor. Lo cual no impide que ambos puedan equivocarse a menudo.

Mis alarmas saltaron, quizá debido a que llevo tiempo corrigiendo tanto traducciones pésimas como originales pésimos que con frecuencia exigen un esfuerzo mayor que una simple traducción de primera mano. Cuando traduzco, igual que cuando reviso una mala traducción o efectúo una corrección de estilo a fondo de un autor que escribe en español, elaboro un archivo donde voy anotando y explicando las decisiones fundamentales que he tomado a lo largo de mi trabajo para que sirva de guía a quien corrija detrás; indico además los criterios de unificación y sistematización que he seguido. Es una cuestión de pura economía y con ello se evitan confusiones posteriores. En estos tiempos que corren, es fácil también hablar por teléfono o comunicarse por correo electrónico. Así no hay malentendidos y se saca el mejor partido al hecho indispensable de que varios pares de ojos corrijan un libro: la coordinación es la clave, y no es tan difícil lograrla.

Por supuesto, no todos los originales necesitan el mismo proceso de corrección. Hay traducciones tan bien escritas que solo precisan una ligera corrección ortotipográfica y el marcado para imprenta. Pero otros textos, sean traducciones u originales de escritores escasos en destrezas, han de someterse a un cuidadoso escrutinio que implica cotejo y corrección de estilo antes de entregarse a imprenta y continuar después con las correcciones de pruebas acostumbradas (al menos dos). Estas correcciones a fondo (a veces denominadas edición sustancial) suponen en realidad una reescritura del texto, y con frecuencia se convierten en una labor ímproba y nada agradecida. Una correctora de estilo (o editora) experimentada a la que se encarga una misión de tal envergadura ha de ser capaz de reconocer las figuras de discurso o los usos idiomáticos poco habituales, y no los tocará; también sabrá cuándo es preciso realizar cambios inexcusables y cuándo se ha de limitar a sugerirlos al traductor o autor. Una correctora experimentada siempre respetará el estilo que corrige, aunque no le guste o le resulte recargado o prosaico. Se limitará a hacerlo notar y consensuará los cambios pertinentes con quien le encargó el trabajo. En los muchos años que llevo en el oficio, no he conocido jamás una editora o responsable editorial que me haya reprochado ni exigido corregir mucho o poco un original: cuando me han elegido como correctora (o traductora), siempre han confiado en mi criterio profesional, dando por sentado que no me iba a dedicar a hacer cambios superfluos solo por dejar mi sello. Por las dudas que puedan surgir, aclaro que el término ‘editora’ es polisémico y hace referencia, por influencia del inglés, tanto a la persona que corrige estilo —esto es, realiza una edición sustancial de un texto— como a la responsable de un sello editorial que se encarga del proceso de publicación de un libro y lo coordina.

Pero volvamos al artículo de Pablo. En ese mundo ideal de traductores comprometidos y exigentes que parecía pintar, los correctores de estilo y ortotipográficos no se quedarían atrás en cualidades… ¡Despertemos, sin embargo, porque esa arcadia no existe! La mayoría, seamos traductores o correctores, cometemos errores por más que nos empeñemos en evitarlos. Y a veces se dan combinaciones perversas de mal traductor y mal corrector que arruinan un libro. Por suerte, a menudo una combinación de profesionales más acertada mejorará un original y lo convertirá incluso en una obra de arte. O por lo menos en  un libro digno de lectura.
    
Quienes llevamos media vida en esto de la edición de libros sabemos que con frecuencia la revisión de una mala traducción lleva meses: puede que incluso más tiempo y esfuerzo que a quien la realizó en primer lugar. ¿Por qué no se desecha y se parte de cero entonces? Ah, eso se debe a diversas consideraciones editoriales en las que no deseo detenerme: tiempo, presupuesto, compromisos adquiridos... Cada sello editorial es un mundo que gira sobre sí mismo y alrededor del astro mercado según sus propias reglas (Eppur si muove!). En algunas casas de edición (sobre todo de tamaño pequeño o medio), es la propia editora (la mayoría son mujeres) quien hace la primera corrección de estilo y marca el original para imprenta; en otras, la editora se limita a elegir colaboradores de su confianza y a coordinar la labor editorial. Y cada vez más el grueso de la corrección se externaliza. La traducción de originales siempre ha estado externalizada.

Solo la editora de un sello que decide contratar una corrección de estilo conoce el texto original que le han entregado y se da cuenta de sus carencias. Hay correctores de estilo capaces de encontrar agujas en pajares de gruesas palabras y hacer brillar a autores o traductores que tienen poco lustre de escritores. Pero la labor de una correctora es silenciosa, y nadie más que la editora que la contrató reconocerá su contribución. También el autor, desde luego, aunque tiende a olvidarse enseguida (por mi experiencia, cuanto peor escribe, más ínfulas se da). Por supuesto, el nombre de la correctora no aparecerá en los créditos una vez que se publique el libro. A menos que lo exija: yo lo hago cada vez más.

Vayamos a lo práctico: ¿en qué consiste en realidad el trabajo de una correctora de estilo? ¿Qué es eso de reconocer figuras de discurso y usos idiomáticos?, ¿qué es lo que se cambia  y qué lo que se respeta en un texto? Tal vez lo mejor sea que cada cual saque sus propias conclusiones con algunos ejemplos reales. Revisando en mis archivos, he escogido muestras de tres trabajos  recientes: la corrección de una traducción de un libro de historia; la corrección de un original académico; y la corrección de una novela recién publicada. Cada uno de los textos requirió un tratamiento específico. El tercero fue el de resultado más vistoso: de la extensa corrección llevada a cabo, he elegido un trozo en el que había un claro error de perspectiva narrativa —el contexto exigía un narrador omnisciente en tercera persona sin parte en el relato— que me obligó a reescribir. Omito títulos y autores por motivos obvios de secreto profesional.

1)
Texto original
Pero el homenajeado no estaba con ánimo de festejar. Pocas semanas antes un anarquista italiano había asesinado a la emperatriz Elisabeth (1837-1898) junto al Lago de Ginebra. Desde cualquier punto de vista un hecho sin sentido, puesto que la emperatriz austríaca no era precisamente una representante de importancia vital del «gran» mundo que él odiaba. Desde hacía años permanentemente huyendo de la corte, de las obligaciones para con ella, así como a la fuga de sí misma; sufriendo depresiones, con problemas de alimentación y edemas de hambre, se había hospedado en el hotel Beau Rivage de Ginebra bajo el seudónimo de «condesa de Hohenembs» cuando el autor del atentado, quien en realidad buscaba eliminar al pretendiente al trono francés, se enteró de la presencia de incógnito de Elisabeth poniendo fin a su vida con una lima.

Texto corregido
Pero el homenajeado no estaba con ánimo para festejos. Pocas semanas antes un anarquista italiano había asesinado a la emperatriz Isabel (1837-1898) junto al lago de Ginebra. Fue desde cualquier punto de vista un hecho sin sentido, puesto que la emperatriz austriaca no era precisamente una representante de importancia vital de ese «gran» mundo que el anarquista odiaba. Hacía años que Isabel huía de la corte y sus obligaciones tanto como de sí misma; sufría depresiones, problemas de alimentación y edemas por hambre, y se había hospedado en el hotel Beau Rivage de Ginebra bajo el seudónimo de condesa de Hohenems. Cuando el autor del atentando, que en realidad buscaba eliminar al pretendiente al trono francés, se enteró de la presencia de incógnito de la emperatriz, puso fin a su vida con una lima.  
2)
Texto original
Esta discusión se amplió al solicitarles los documentos Reales, o en su caso eclesiásticos, que sustentaran su fundación, vamos, las Constituciones que les dieron origen, el asunto se complicó pues muchas de ellas carecían de tales documentos, lo que provocó entonces resolver el asunto ordenándolas, para mantener solo aquellas que pudieron representar su origen Real, o eclesiástico.

Texto corregido
Esta discusión se amplió al solicitarles los documentos reales o, en su caso, eclesiásticos que sustentaran su fundación; esto es, las constituciones que les dieron origen. El asunto se complicó pues muchas de ellas carecían de tales documentos, lo que provocó que hubiera entonces que resolver el asunto ordenándolas para mantener solo aquellas que pudieron representar su origen real o eclesiástico.
3)
Texto original
Y, como un cobarde, pensó en quitarse la vida.
Todo el mundo está convencido de que cualquier suicida, lo que en realidad desea es no ser él mismo, sino otra persona completamente distinta a la que es. Pero, por raro que parezca, si le ofreces a alguien que va a suicidarse la oportunidad de cambiar su vida, de una manera aleatoria, por la de cualquier otro individuo, siempre te responde que no.
El juego consiste en meter el nombre de todas las personas vivas del planeta en un cesto y sacar uno al azar.
En ese momento dejarías de ser quien eres, desaparecerían tus recuerdos, tus ideas, tus sentimientos, todo, para pasar a ser los de ese otro y vivir su vida.
Podrías convertirte en cualquiera, desde el hombre más feliz del mundo hasta el más desgraciado.
Las posibilidades de éxito son grandes pero ¿son mayores que las de fracaso?
Un auténtico suicida ni siquiera se lo piensa. Su respuesta es no y, después de rechazar esa oportunidad, se corta las venas, o salta por una ventana, o se traga tres blisters de pastillas, o…
Fernando hubiera aceptado cualquier papel de aquel cesto. 

Texto corregido
Y como el cobarde que era, acarició la idea de quitarse la vida.
Como muchos, tenía el convencimiento de que lo que en realidad deseaba era no ser él mismo sino otra persona distinta por completo. ¿Y si antes de suicidarse le ofrecieran la oportunidad de cambiar su vida, de una manera aleatoria, por la de cualquier otro individuo? ¿Se prestaría al juego de meter el nombre de todas las personas vivas del planeta en un cesto y sacar uno al azar?
En ese momento dejaría de ser quien era, desaparecerían sus recuerdos, sus ideas, sus sentimientos, todo, para pasar a ser los de ese otro y vivir su vida. Podría convertirte en cualquiera, desde el hombre más feliz del mundo hasta el más desgraciado. Las posibilidades de éxito eran grandes, pero ¿eran mayores que las de fracaso?
No, Fernando no era un auténtico suicida porque se había parado a pensar.  Un auténtico suicida habría respondido no sin dudarlo y, después de rechazar esa oportunidad, se habría cortado las venas,  saltado por la ventana o tragado un buen montón de pastillas o…
Fernando hubiera aceptado cualquier papel de aquel cesto.

La corrección no es una ciencia exacta, sin embargo. Existe cierta subjetividad que tiene que ver en buena medida con el dominio del lenguaje y el bagaje cultural de quien corrige. Todos los correctores podemos ser corregidos, desde luego… y así llegaríamos al infinito y más allá. ¿Quién pone fin a este proceso?

Mientras en ratos libres escribía este texto, que ha ido avanzando a retazos, como un centón, mi colega y amiga me mandó un nuevo correo electrónico para anunciarme que Pablo Moíño Sánchez había publicado en El Trujamán un segundo artículo, «Los días Hyde (y 2)». Y, casualidades de la vida, en él hablaba del editor, señalándolo como el responsable final del proceso de edición. Pero su experiencia —a diferencia, en líneas generales, de la mía— no parece haber sido buena:

Que el editor sea el intermediario de la gratitud y las enhorabuenas de después («Dile a la correctora de mi parte que gracias, que ha hecho un trabajo estupendo», «Dile de mi parte al traductor que felicidades, que estaba todo limpísimo») es relativamente habitual. Bastante más raro —pero no imposible: a mí me pasó una vez— es que traductor y corrector se pongan en contacto antes. Que el editor los presente y el traductor le diga al corrector: ojo, te vas a encontrar con esto y esto, y yo lo he resuelto así; mira, yo creo que los mayores problemas del libro son este y este; oye, tengo dudas sobre lo que he hecho aquí y aquí y me vendría muy bien saber qué opinas.

Es la editora —insisto en el femenino porque en su mayoría, como ya he señalado,  son mujeres— quien reparte tareas, coordina y, en general, toma las últimas decisiones, a veces dando la razón a quien ha traducido y otras a quien ha corregido un original. Suele estar bien informada y conoce las prioridades. Y, como debe ser, ella tiene siempre la palabra final en cualquier disputa.

Pablo apunta:

En mis días Hyde me han tocado traducciones excelentes, buenas, regulares y malas. Lo que ha hecho el traductor con mis propuestas no lo sé, porque las editoriales no suelen regalar los libros al corrector («Quizá por eso los odiamos menos que ellos a nosotros», me digo, aunque sé que la semana que viene me tocará ser ellos). Tampoco podría asegurar, por otra parte, que el traductor haya visto mi trabajo: igual ha sido el editor el que me ha rechazado ese comentario que me llevó una hora, o peor aún: igual el editor me lo ha aceptado, pero sin preguntarle al traductor, que ahora estará cotejando el libro con su documento y maldiciéndome a mí. Así que, para ganar tiempo, voy maldiciendo al editor.

Por mi parte, yo no maldigo a ninguna de mis editoras. De todas he aprendido. También de mis compañeros correctores y de mis propios errores, que los ha habido, por supuesto. No obstante, sí reconozco que algunas veces me han sorprendido mis editoras al proponerme traducir sobre temas que no domino o corregir traducciones de lenguas que jamás me atrevería a traducir. Cuando sus motivos me han convencido y me he sentido capaz de alcanzar los resultados que se esperaban de mi trabajo, he aceptado; de lo contrario, he declinado el ofrecimiento. Nunca me ha gustado meterme en berenjenales de los que me cueste salir bien parada y sé bien que el dominio de la propia lengua es condición necesaria pero no siempre suficiente.  Por mi experiencia, me atrevo a añadir que en el mundo de la edición de libros los días Hyde y los días Jekyll acaban confluyendo hacia un mismo final, y que quien llega a poseer un dominio demostrable de su propia lengua, esa varita mágica que parece obrar milagros, acaba escuchando variopintas ofertas de trabajo. Y el paso a escritora a la sombra es tan fácil de dar…

Termino este centón sobre edición refiriéndome a la novela que estoy empezando a leer. Es Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, traducida del inglés por Carlos Milla Soler (Literatura Random House, 2014). ¿Quién tenía que haberse percatado de los errores cometidos ―por lo demás tan habituales― en la cita que adjunto? Sin duda, el traductor se dejó influir por el texto original en inglés; si la hubo, la correctora de estilo no es ducha, desde luego, en la composición de diálogos; y la editora, como poco, no dedicó la atención necesaria al texto:

―Cariño ―dijo Kosi, abriendo la puerta antes de que él llegara. Estaba ya del todo maquillada, su tez resplandeciente, y él pensó, como tantas veces, que era una mujer hermosa, de ojos perfectamente almendrados, facciones de una simetría sorprendente. Lucía un vestido de seda arrugada muy ceñido al talle, que confería a su figura aspecto de reloj de arena. Obinze la abrazó, evitando con cuidado los labios, pintados de rosa y perfilados con un rosa más intenso.

Esta sería mi corrección:

―Cariño ―dijo Kosi, abriendo la puerta antes de que él llegara.
Estaba ya del todo maquillada, su tez resplandeciente, y él pensó, como tantas veces, que era una mujer hermosa, de ojos perfectamente almendrados y facciones de una simetría sorprendente. Lucía un vestido de seda arrugada, muy ceñido al talle, que confería a su figura aspecto de reloj de arena. Obinze la abrazó, evitando con cuidado los labios, pintados de rosa y perfilados con un rosa más intenso.

Y es que, por desgracia ―o suerte, según se mire―, una vez que el ojo se hace, los correctores/traductores/escritores no somos capaces de leer solo por placer: los errores saltan cual gazapos en el texto, atrayendo nuestra mirada sin que lo pretendamos. Esta es una profesión de mucha paja en el ojo ajeno, aunque a menudo las vigas en el propio no hagan daño. Por ello, y no me canso de repetirlo, son necesarias tantas personas y tantas miradas atentas para publicar un buen contenido: el libro solo es el vehículo.       


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