lunes, 24 de julio de 2017

Traducir a Emily Dickinson

Emily Dickinson
Ordenando cajones y ficheros, he topado con parte de la documentación que reuní mientras trabajaba en la traducción del interesante libro de Sandra M. Gilbert y Susan Gubar, The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination (La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo xix, Madrid, Cátedra, 1998). Se trata sobre todo de poemas de Emily Dickinson que tuve que trabajar para el libro, pero también de otros por los que me sentí atraída y provocada a traducir.

Recuerdo bien la impresión que me causaron esos versos escuetos, creados con un vocabulario cotidiano, que escondían tras su apariencia sencilla diversos estadios de proceso de escritura, de experimentación con las palabras: 

A word is dead
When it is said,
Some say.

I say it just
Begins to live
That day.
Una palabra muere
Cuando se dice,
Dicen algunos.

Yo dijo que justo
Comienza a vivir
Ese día.

La inspiración para sus poemas, la mayoría cortos, provenía de su vida hogareña y de la naturaleza, pero estaba sustentada por la lectura y el trabajo concienzudo. Dickinson pertenecía a una familia acomodada, poseía un grado de instrucción elevado para tu tiempo y sabía bien lo que tenía entre manos. Ella misma afirma en un poema que la Naturaleza es una «Haunted House», una Casa Encantada, y que el arte es una «House that tries to be haunted», una casa que intenta ser encantada. Y como casi todas las mujeres a lo largo de la historia, dedicaba buena parte de su tiempo a tareas de cocina y costura que quedan reflejadas en su obra: «No recojas mi Hilo y Aguja - / Empezaré a Coser / Mejores puntadas / Cuando los Pájaros empiecen a Silbar». Productos del hilo y la aguja de Dickinson fueron los fascículos en los que ordenó y encuadernó sus poemas, como una forma de autopublicación cuando los consideraba terminados.

I dwell in Possibility -
A fairer House tan Prose -
More numerous of Windows -
Superior - for Doors -

Of Chambers as the Cedars -
Impregnable of Eye -
And for an everlasting Roof
The Gambrels of the Sky -

Of Visitors - the fairest -
For Occupation -This -
The spreading wide my narrow Hands
To gather Paradise -
Vivo en la Posibilidad -
Casa más hermosa que la Prosa -
Con muchas más Ventanas -
Superior - por las Puertas -

De Aposentos cual los Cedros -
Inexpugnables al Ojo -
Y por Techo Eterno
La Cubierta del Cielo -

De Visitantes -los mejores -
Por Ocupación -Esta -
Extender abiertas mis menudas Manos
Para abarcar el Paraíso -

Su peculiar uso del guion o raya corta, a veces uno, a veces dos, pretende señalar vacilaciones, fisuras, pausas, insinuaciones, pero también le sirven para destacar determinadas palabras e hilvanarlas con otras, como finas puntadas. La elipsis es un medio de expresión habitual en ella y sus poemas suelen ser pequeños diálogos y acumulaciones de sensaciones. También abundan la ironía y el sentido del humor. Con el empleo de mayúsculas se realza el valor de un nombre y forma parte de la estética visual del poema.

They shut me up in Prose -
As when a little Girl
They put me in the Closet -
Because they liked me «still» -

Still! Could themselves have peeped -
And seen my Brain - go round -
They might as wise have lodge a Bird
For Treason - in the Pound -

Himself has but to will
And easy as a Star
Abolish his Captivity -
And laugh - No more have I -
Me encierran en la Prosa -
Como cuando de niña
Me metían en el Cuarto Oscuro -
Porque les gustaba «quieta» -

¡Quieta! Si hubieran podido asomarse
Y ver a mi Cerebro - dar vueltas -
Igual habría sido meter a un Pájaro
Por Traición - en el Corral -

Él no tiene más que quererlo
Para ligero como una Estrella
Abolir su Cautividad -
Y reír - Lo mismo que hago yo -

La especie de mística de lo cotidiano que es su poesía no necesita de grandes conceptos para expresarse. Y al leerla, se tiene la sensación de estar asistiendo a su propia creación, percibiendo las distorsiones sintácticas y semánticas imprescindibles para alcanzar el efecto deseado. Su inclinación por el poema breve, el fragmento, la convierten en una poeta contemporánea que prima la concentración de ideas y sugerencias, eliminando lo superfluo y lo retórico.

We outgrow love, like others things
And put it in the Drawer -
Till it an Antique fashion shows -
Like Costumes Grandsires wore
Pasamos de la edad del Amor, como de otras cosas] Y lo guardamos en el Cajón -
Hasta que parece una moda Antigua
Como Trajes usados por Grandes Señores.

Traducir a Emily Dickinson no es tarea fácil. Cuesta, sobre todo, mantener su estilo sin tratar de «elevar» el lenguaje sencillo, respetar los anacolutos pero conseguir que el poema se entienda, al menos como quien traduce lo ha entendido. Siempre cabe más de una versión. Y, como todos los que se dedican a este oficio saben, una traducción nunca puede darse por acabada.

I died for Beauty - but was scarce
Adjusted in the Tomb
When One who died for Truth, was lain
In an adjoining Room -

He questioned softly «Why I failed?»
«For Beauty», I replied -
«And I - for Truth - Themself are One -
We Brethen, are», He said -

And so, as Kinsmen, met a Night -
We talked between the Rooms -
Until the Moss had reached our lips -
And covered up - our names-
Morí por la Belleza - pero apenas
Me había ajustado en la Tumba
Cuando Uno que murió por la Verdad yacía] En una habitación contigua -

Me preguntó amable «Por qué había fallecido»] «Por la Belleza», repuse -
«Y yo - por la Verdad - Las dos son Una - Hermanos somos», dijo -

Y así, como Parientes, reunidos una Noche -] Hablamos de una Habitación a otra -
Hasta que el Musgo nos alcanzó los labios -] Y cubrió -nuestros nombres -

Ninguno de los poemas de Emily Dickinson descubiertos después de su muerte llevan título ni fecha, por lo cual para su estudio y sistematización se ha solido optar por una división temática (naturaleza, amor, muerte...). Para este texto, yo me he limitado a elegir algunos de los que más me atraen por su alquimia especial, por su concentración de ideas y sugerencias, que hacen de cada lectura una experiencia nueva. Por supuesto, todas las traducciones del inglés que aparecen en el texto son mías.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  




miércoles, 28 de junio de 2017

La vida de las palabras: letradura y literatura

literatura y letradura
Mientras me documentaba para componer mi manual de escritura La lengua destrabada, me topé con un interesante escritor latino del siglo v, Marciano Capela (Martianus Capella en latín), que escribió De nuptiis Philologiae et Mercurii (Las nupcias de Filología y Mercurio), considerada la enciclopedia antigua más conocida e influyente durante la alta Edad Media y donde aparecen personificadas las siete artes liberales. El libro tercero de esta enciclopedia alegórica se dedica a la primera de dichas artes liberales, la Gramática, representada como una mujer ya madura pero que conserva su encanto, natural de Egipto pero viajera, puesto que vivió en Grecia y después se trasladó a Roma, y servidora de Mercurio, el dios del comercio y la comunicación, inventor del lenguaje. Ella misma define su cometido, afirmando que en Grecia la llaman Grammatike porque renglón es gramme, y letras, grammata, y que se ocupa de que las letras estén bien escritas y alineadas, añadiendo que esa fue la razón por la cual Rómulo le dio el nombre de Litteratura, aunque de niña había preferido llamarla Litteratio, del mismo modo que entre los griegos primero fue Grammatistike.

Así pormenoriza Gramática su contenido como arte: «Partes autem meae sunt quattuor: litterae, litteratura, litteratus, litterate. Litterae sunt quas doceo, literatura ipsa quae doceo, litteratus quem docuero, litterate quod perite tractauerit quem informo», cuya traducción al castellano sería: «Mis partes son cuatro: letras, literatura, letrado, literal. Las letras son las que enseño; la literatura soy yo misma en lo que enseño; el letrado es aquel a quien he enseñado; literal es lo que con destreza ha tratado aquel a quien yo instruyo». Sin embargo, resulta evidente que la elección para la traducción de todas estas voces castellanas derivadas de una sola en latín (littera, que significa ‘letra’) conlleva objeciones.

Para empezar, ‘letras’ en plural en la actualidad también se entiende como sinónimo de ‘literatura’, vaya este vocablo acompañado o no de los adjetivos ‘bellas’ o ‘buenas’. Asimismo, ‘literatura’ significa ahora no solo el arte que tiene como medio de expresión la lengua, sino el conjunto de las creaciones literarias de una nación, un género o una época, el acervo de obras que tratan de una determinada materia, e incluso se denominan de ese modo, con matiz peyorativo, las palabras dichas o escritas con cierto artificio a fin de impresionar favorablemente o disimular algo desagradable: No es necesario que gastes tanta literatura en convencerme, por ejemplo. Pero además hay un hecho crucial que no puede pasarse por alto: nuestra actual ‘literatura’ es un cultismo latino que regresó con fuerza en el siglo xv para arrinconar y acabar desterrando al término vernáculo ‘letradura’, acuñado por derivación del latino litteratura.

Desde su aparición en la lengua romance y a lo largo de la Edad Media, la voz ‘letradura’ fue adquiriendo un amplio abanico de sentidos y gozó de un auge considerable en el siglo xiii, en la etapa de fijación del castellano, al convertirse en un importante concepto alfonsí que aparece recogido con profusión en las obras de la corte del rey Alfonso X el Sabio con el significado de ‘saber’: con ‘letradura’ se daba a entender el conocimiento de la lengua latina, la gramática, la oratoria y la escritura. Más adelante se utilizó también dicho término para designar la producción erudita de los letrados y, por último, el proceso educativo necesario para alcanzar el saber letrado. Como los letrados ―los doctos en letras― eran en su mayoría clérigos, ‘clerecía’ y ‘saber letrado’ fueron conceptos sinónimos durante mucho tiempo, hasta que la letradura se extendió a la esfera laica. En el Libro del caballero Zifar, anónimo del siglo xiv, en los «Castigos del rey de Mentón», se lee lo siguiente:

Onde bienaventurado es aquel a quien Dios quiere dar buen seso natural, ca más vale que letradura muy grande para saber hombre mantener en este mundo y ganar el otro. Y por ende dicen que más vale una onza de letradura con buen seso natural, que un quintal de letradura sin buen seso; ca la letradura hace al hombre orgulloso y soberbio, y el buen seso hácelo humildoso y paciente. Y todos los hombres de buen seso pueden llegar a gran estado, mayormente siendo letrados y aprendiendo buenas costumbres; ca en la letradura puede el hombre saber cuáles son las cosas que debe usar y cuáles son de las que se debe guardar. Y por ende, míos hijos, pugnad en aprender, ca en aprendiendo veréis y entenderéis mejor las cosas para guarda y endrezamiento de las vuestras haciendas y de aquellos que quisiereis. Ca estas dos cosas, seso y letradura, mantienen el mundo en justicia y en verdad y en caridad.

 De la voz litteratus latina provienen en castellano tanto ‘letrado’, que significa en la actualidad ‘sabio’ o ‘instruido’, pero también ‘jurista’ y, con matiz despectivo, ‘persona que habla mucho y sin fundamento’, como ‘literato’, que se aplica a quien sabe de literatura o se dedica a ella. Existía además un vocablo latino relacionado, litterator, término con el que se designaba en Roma a partir del siglo iii a. C. al maestro de primeras letras y lectura, conocido también como ludi magister (maestro de juegos), pero al parecer no pasó al castellano (¿podría haber sido ‘letrador’, ‘literador’ o ‘literator’, conservando en las tres posibilidades el sufijo ­-or, tan habitual en nuestra lengua para indicar profesión?), aunque el Nuevo Valbuena o Diccionario Latino- Español (Librería de Mallens y Sobrinos, Valencia, 1843) traduce dicho término al castellano como «literato, erudito, que hace estudio y profesión de letras». Por lo que respecta a la traducción del adverbio litterate, la elección del adjetivo ‘literal’ pretende dar a entender ‘precisión’, puesto que el adverbio latino significa, según el mismo Nuevo Valbuena, citando a Cicerón como ejemplo, «doctamente, con erudición y doctrina, con habilidad, como es propio de un literato» y, de este modo, se conserva la misma raíz latina que aparece en el texto original de Marciano Capela.

Volviendo a ‘literatura’ y ‘letradura’, desde el siglo xvi la primera había desterrado de tal modo a la segunda que hace desaparecer el término de diccionarios tan importantes como el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias (1611) o el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española (1726-1739). Sin embargo, ‘literatura’, en el sentido de ‘compendio de obras escritas’, tuvo que librar una batalla más contra ‘poesía’, que se consideraba un término más adecuado puesto que era el verso el que confería mérito estético, mientras que la prosa aparecía ligada a la oratoria y la elocuencia. 
   
En los diccionarios de la lengua actuales, ‘letradura’ se recoge como voz anticuada para literatura y para instrucción en las primeras letras o en el arte de leer. Esos mismos diccionarios todavía no incluyen los neologismos ‘literacidad’ o ‘literacia’, acuñados en las últimas décadas del siglo pasado para definir el conjunto de competencias que permiten a una persona recibir información por medio de la lectura, analizarla y transformarla en conocimiento que después se consignará por escrito. ¿No podría regresar de su destierro la bella letradura, letra fuerte, letra aún viva, para luchar contra esos nuevos anglicismos tan feos como innecesarios?

Larga vida a nuestras palabras vernáculas.    

La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  












miércoles, 14 de junio de 2017

La lengua destrabada. Manual de escritura

La lengua destrabada

Llegada a una etapa de mi vida que calificaría de más tranquila, por fin he logrado reunir la constancia y la paciencia necesarias para completar y dar su forma definitiva al manual de escritura cuya idea venía acariciando desde antiguo y que había ido escribiendo a retazos. Así, puedo afirmar que La lengua destrabada se fundamenta en una labor de reflexión y recopilación realizada durante años de trayectoria profesional, que siempre se ha desarrollado en torno a la lengua pero en variadas vertientes, bien como enseñante ―ya fuera de oratoria o de español para extranjeros―, bien como editora de textos o bien como traductora y escritora. Cada una de estas actividades obliga a un acercamiento específico a la lengua y añade una perspectiva diferente a su estudio: La lengua destrabada no hace más que recoger la visión de conjunto obtenida, orientada a la escritura.

Años atrás, al sentarme a iniciar la redacción de este manual, lo primero que me vino a la mente fue el recuerdo de la sensación de impotencia que sentí, la sensación de ser una impostora, cuando, recién terminados mis estudios universitarios, se me ofreció la oportunidad de trabajar en Siglo XXI Editores de México. Pensaba para mis adentros que Martí Soler, la persona que me había contratado tras entrevistarme, no se daba cuenta de lo que hacía, pues aunque yo contaba con un flamante título de filóloga y una experiencia incipiente como escritora, era más lo que ignoraba sobre escritura que lo que sabía… Y como no estaba dispuesta a que descubriera mi engaño, me puse a estudiar, escudriñando libros, pegándome en la editorial a los que, a mi entender, más sabían para asimilar de ellos: no he parado de buscar y de aprender desde entonces.
 
En este manual que ahora presento he querido condensar y verter lo fundamental de mis conocimientos, adquiridos tras muchos años de esfuerzo, para allanar el camino a las personas interesadas en aprender que vienen detrás. Pretendo que este manual sirva de ‘destrabalenguas’, que su lectura contribuya a que la escritura pase de martirio a tarea agradable, que logre resolver dudas y suscitar inquietudes. Nadie, ni siquiera quienes sienten esa inclinación especial hacia la lengua que caracteriza a los escritores, conseguirá producir textos de excelencia si desconoce los fundamentos morfológicos y sintácticos que la sostienen, si no domina las reglas ortotipográficas o si no dedica el tiempo preciso para planificar y, una vez acabados, corregir sus escritos.

Atendiendo a esta concepción, el contenido de La lengua destrabada se presenta dividido en cuatro partes o libros que se pueden leer de manera independiente según se precise, pero que constituyen una unidad coherente que saltará a la vista si se sigue el orden establecido de principio a fin: juntos compendian los conocimientos teóricos y prácticos necesarios para afrontar con éxito la composición de cualquier tipo de texto. El primer libro («Fundamentos: Las categorías gramaticales») consta de ocho capítulos dedicados a la morfología, cuyo objetivo es establecer la base gramatical que ha de sustentar la escritura. El segundo libro («Estética: La ortotipografía») detalla en sus seis capítulos el conjunto de reglas y convenciones por los que se rige la escritura desde el punto de vista ortográfico y tipográfico. Los cinco capítulos del tercer libro («Estructura: La sintaxis») analizan la sintaxis del español y las diversas posibilidades de construcción de oraciones.  El cuarto libro («Composición: Procedimientos y recursos») consagra sus  siete capítulos al proceso de escritura de principio a fin (fases, mecánica, voz narradora, retórica…), enseñando a corregir los textos acabados, a suprimir lo superfluo y a crear un estilo propio. A lo largo del texto se suceden los ejemplos ideados específicamente para el caso, pero también procedentes de fuentes publicadas y citadas tanto de autores españoles como latinoamericanos. La bibliografía con que se cierra el manual recoge la literatura citada más una serie de obras interesantes para ahondar en aspectos específicos de la escritura de textos.

El lenguaje utilizado es el español estándar, entendido como el común en el habla y la escritura culta de los países hispanohablantes, que se adecua a la gramática normativa y a la corrección léxica; el vocabulario es amplio pero de fácil comprensión tanto en España como en América Latina.

Las 581 páginas de La lengua destrabada desarrollan en capítulos específicos este decálogo básico que aparece en la «Introducción»:

1. Reflexionar antes de escribir. Si no se tiene una idea clara de lo que se desea expresar, el resultado será confuso.
2. Dar con el verbo. Toda oración exige un verbo en forma personal (por tanto, no cuentan como tales infinitivos, gerundios ni participios).

3. Seguir un orden. Las oraciones obedecen a un ordenamiento lógico (sujeto, verbo y complementos, o sujeto y predicado), pero es habitual alterarlo cuando se desea destacar algún componente, colocándolo al principio.

4. Coordinar, subordinar, yuxtaponer. Las oraciones se unen entre sí mediante conjunciones coordinantes o subordinantes según el sentido que se pretenda transmitir. También se puede recurrir a la yuxtaposición, empleando los signos de puntuación correspondientes.
5. Pensar en grande: párrafos y no oraciones. La unidad fundamental del texto es el párrafo, formado por el conjunto de oraciones con las que se expresa una idea o ideas asociadas.

6. No perder el hilo. Los variados párrafos que conforman un texto deben sucederse con naturalidad, siguiendo un hilo discursivo que ha de resultar evidente.

7. Delimitar y finalizar. La introducción concreta lo que se va a tratar y establece el tono del escrito. La conclusión no es un mero resumen, sino consideraciones relevantes acerca de lo escrito.

8. Hallar las palabras pertinentes. Su vocabulario dice mucho de quien escribe. El español posee un rico acervo para elegir palabras, provenientes de diversos orígenes (latín, árabe, vasco, gallego, catalán, francés, inglés, alemán…). Para su acentuación y el estilo de letra con que han de escribirse, se debe  tener en cuenta el grado de naturalización de cada una.

9. Respetar el trabajo ajeno. Cuando se recurre a las ideas o palabras de otras personas contemporáneas o precedentes en el tiempo, es imprescindible citar la procedencia, siguiendo las normas establecidas al respecto: de lo contrario se incurre en plagio.
10. Corregir y reescribir. Un texto exige múltiples revisiones en una tarea constante de reescritura hasta alcanzar la versión definitiva. La labor de poda de todo lo superfluo suele ser una de las más difíciles.
Termino expresando mi gratitud al equipo editorial de Marcial Pons. Desde el comienzo apoyaron el proyecto y me brindaron toda clase de facilidades durante el arduo proceso de edición: sin lugar a dudas, su colaboración ha enriquecido el manual.  Este es el enlace de La lengua destrabada en la página web de Marcial Pons, que incluye este PDF con los prolegómenos del libro (índice, introducción e inicio del primer capítulo).

Marcial Pons tiene dos librerías propias en Madrid  (en  la calle Bárbara de Braganza, 11 y en la plaza del Conde del Valle de Suchil, 8) y dos en Barcelona (en la calle Provença, 242 y en la avenida Diagonal, 684), y distribuye su fondo a toda España y América Latina.   

Ficha bibliográfica
Martínez Gimeno, Carmen (2017), La lengua destrabada. Manual de escritura, Madrid, Marcial Pons, 581 págs.

     






miércoles, 7 de junio de 2017

Nolite te bastardes carborundorum

El cuento de la criadaHasta hace días no había leído nada escrito por la prolífica autora canadiense Margaret Atwood. Recuerdo que cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008 me interesó su variado currículum, pero no sé por qué la olvidé enseguida y ni siquiera su nombre pasó a formar parte de mi larga lista de cosas pendientes. Fue su reciente mención en un artículo de periódico debido a la serie televisiva basada en una de sus novelas más famosas la que volvió a llamar mi atención hacia ella. Y ahora sí: acabo de terminar su distopía The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada, 1985) y todavía sigo atrapada en su sobrecogedor mundo de palabras.

No me gustan las distopías y, sin embargo, llevo meses releyendo algunas que en el pasado, cuando llegué a ellas por primera vez, no consideré como tales, sino más bien como novelas de tesis: Un mundo feliz de Aldous Huxley, Fahreheit 451de Ray Bradbury o 1984 de George Orwell, por ejemplo. La novela cuya lectura acabo de terminar, The Handmaid’s Tale, también está catalogada como distopía y también es una novela de tesis. Cito su título en inglés porque no estoy segura de cuál sería la mejor traducción al castellano: se ha optado tanto por El cuento de la criada como por El cuento de la doncella. En realidad, con la palabra handmaid se alude a la sierva de resonancias bíblicas que procrea en nombre de su ama con el esposo de esta: las hermanas Raquel y Lea dan hijos de ese modo a su esposo Jacob a través de sus respectivas siervas, Bilha y Zilpa (Génesis, 30). Pero los problemas para una traductora ante este texto de Atwood no hacen más que comenzar con el título. A diferencia de los  Canterbury Tales, donde Geoffrey Chaucer concede a la comadre de Bath un cuento propio para que proyecte su visión subversiva de las instituciones patriarcales con su relato de bruja furiosa, pidiendo el poder supremo sobre su propia vida y la de su esposo  a fin de lograr convertirse en la ansiada mujer bella, modesta y dócil, Atwood otorga la voz como narradora a una mujer sin nombre para que pueda recordarse y rehacerse detrás del modelo de procreadora obediente que le han impuesto y perviva con la amenaza de la bruja no domada, la subversiva que no se entrega. El termino tale tiene además esa connotación de menor trascendencia porque las cosas de las que hablan las mujeres no es historia: es cuento.

A finales del siglo xxii, en el régimen teocrático totalitario de la República de Gilead, instaurado mediante un golpe de Estado en los actuales Estados Unidos de América, la fertilidad es un preciado bien que permite a las mujeres proscritas convertirse en siervas procreadoras sometidas a un varón prominente. Offred (Defred en la traducción castellana), la narradora de la novela, es una de estas siervas procreadoras sin nombre propio: solo es ‘De Fred’, propiedad del comandante ya maduro incapaz de engendrar descendencia con su esposa, como otra de las siervas compañera de labores es Ofglen, ‘De Glen’, otro varón prominente. Todas las siervas visten de rojo y llevan cubierto el cabello con una toca blanca que las distingue, del mismo modo que las criadas domésticas, conocidas como martas (como la hacendosa hermana bíblica del resucitado Lázaro), se distinguen por sus hábitos verdes, y las escasas viudas, por su ropa negra. Esta tiránica sociedad estamental está vigilada por los ojos, espías encargados de mantener el orden y la ley. La totalidad de las mujeres, incluso las de los estamentos más altos, están supeditadas a los hombres y recluidas en su hogar, bien sea en salones, cocinas o dormitorios.

Offred pasa la mayor parte del tiempo confinada en el dormitorio de la casa de sus dueños que le han asignado, pensando en el pasado que fue y tratando de hallar resquicios en el presente agobiante para no perder la esperanza. A pesar de que la lectura y la escritura están prohibidas para las siervas como ella en la tiranía de Gilead, se empeña en definir la realidad con el lenguaje, reflexionando sobre el significado actual de las palabras y el que tenían antes de que se impusiera el régimen teocrático. Por eso, el descubrimiento dentro del armario de un texto grabado en escritura diminuta le proporciona un momento de huida, un escape de la estancia donde la recluyen para obligarla a perder su identidad: «I knelt to examine the floor, and there it was, in tiny writting, quite fresh it seemed, scratched with a pin or maybe just a fingernail, in the corner where the darkest shadow  fell: Nolite te bastardes carborundorum» (Atwood, 1994: 62. «Me arrodillé para examinar el suelo, y allí estaba, en escritura diminuta, bastante reciente al parecer, raspada con un alfiler o quizá con una uña, en el rincón donde más oscuridad había: Nolite te bastardes carborundorum»). Aunque no conoce la lengua en la que está escrito, intuye que se trata de latín y lo considera un mensaje: «I can’t see it in the dark but I trace the tiny scratched writing with the ends of my fingers, as if it’s a code in Braille. It sounds in my head now less like a prayer, more like a command; but to do what? Useless to me in any case, an ancient hieroglyph to which the key’s been lost. Why did she write it, why did she bother? There’s no way out of here» (Atwood, 1994:156. «No puedo verlo en la oscuridad pero sigo las diminutas letras grabadas con la punta de los dedos como si fuera un código en Braille. Suena ahora en mi cabeza menos como una oración y más como una orden, pero ¿para hacer qué? Inútil para mí en cualquier caso, un antiguo jeroglífico cuya clave se ha perdido. ¿Por qué lo escribió ella, por qué se molestó en hacerlo? No hay modo de escapar de aquí»). Sin embargo, el contagio se incuba en la frase y, por tanto, Offred no duda de que se trata de una forma de resistencia al régimen y graba meticulosamente el mensaje en su mente. Paradójicamente, es el comandante Fred quien, avanzada la interesante trama de la novela, revela a la sierva que se trata de una frase jocosa de sus años escolares en latín macarrónico.

Los que en el pasado estudiamos largos cursos de latín conocemos bien el término ‘macarrónico’ aplicado a esa lengua antigua, madre de la nuestra actual: con él se hacía alusión a un latín trufado de palabras espurias conjugadas o declinadas como si fueran auténticas. Latinitas culinaria y ‘latín macarrónico’ a menudo se consideran expresiones sinónimas porque, aunque en sentido estricto por la primera se entendía en la antigüedad el latín empleado para los asuntos relativos a la cocina, más adelante se generalizó la expresión para definir también toda lengua latina pobre de recursos y normas académicas, a menudo mezclada con una lengua vernácula (italiano, francés, castellano…). El latín macarrónico podía ser en buena medida involuntario, debido a la ignorancia o la temeridad, pero también voluntario, producto del juego y del ingenio de alguien para conseguir un efecto cómico. ¿Quién no recuerda aforismos macarrónicos de los años escolares como Intellectus apretatus discurrit qui rabiat o la impresión que causaba la traducción al castellano de una oración nada macarrónica como Mater tua mala burra est (tu madre come manzanas maduras)?

La lengua latina macarrónica dio lugar a un género literario burlesco en la Italia del siglo xv gracias a la pluma de Tifi Odassi, que escribió su Maccharonea (1490) y Teofilo Folengo, cuya primera obra en versos macarrónicos se tituló Merlini Cocai macaronicon  o Baldo. Muchos autores siguieron su estela imitando el estilo macarrónico a lo largo del mundo occidental hasta épocas recientes. Sirva de ilustración para España la reescritura que realizó del Quijote cervantino Ignacio Calvo en 1905: «In uno lugare manchego, pro cujus nomine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut anima quae llevatur a diabolo» (I, cap. I).

Volviendo al grabado oculto en el armario, Nolite te bastardes carborundorum, solo la primera palabra es latín verdadero, pues se trata de la forma imperativa del verbo nolo, mientras que las restantes son palabras inglesas «latinizadas», la última de todas, carborundorum, adoptando la apariencia de un imponente gerundivo.  El carburo de silicio, el abrasivo al que hace referencia el término, se denomina en castellano ‘carborundo’ o ‘carborundio’. La traducción sería: «No dejes que los bastardos te machaquen».
  
Offred llega a la conclusión de que quien grabó la inscripción fue una doble suya, la mujer anterior sin nombre que vivió allí con su misma misión de procrear, y el imperativo latino, una vez conocida la traducción, adquiere para ella un valor excepcional: No dejes, no permitas, no te rindas.

Esta novela destaca no solo por su trama, sino por el maravilloso uso del lenguaje que hace la autora, creando juegos de palabras que en buena parte se pierden en la traducción castellana, pues ni siquiera están marcados con notas a pie de página que los recojan y describan. En varias entrevistas que le realizaron, Atwood repite, citando a Orwell, que la prosa debe ser precisa y clara, como el cristal de una ventana: así es el inglés del que ella se sirve, pero no el castellano de la traducción que he leído. Por consiguiente, de ser posible, es recomendable la lectura en inglés de The Handmaid’s Tale, que no defraudará a los lectores más exigentes. Las traducciones del inglés que aparecen a lo largo de este texto son mías.

Bibliografía
Atwood, Margaret (1994), The Handmaid’s Tale, Londres, Virago Press.
­­— (2017), El cuento de la criada. Traducción del inglés de Elsa Mateo Blanco, Madrid, Salamandra Ediciones.
Calvum, Ignatium (1905), Historia domini Quijoti Manchegui, traducta in latinem macarronicum per Ignatium Calvum, curam misae et ollae, Madrid, Imprenta del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  










martes, 16 de mayo de 2017

Adverbios con dueña

Adverbios con posesivos
En el debate televisado que sostuvieron ayer (15 de mayo de 2017) Susana Díaz, Patxi López y Pedro Sánchez en su pugna por hacerse con la Secretaría General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), hubo un comentario de la andaluza Díaz que han recogido y repetido por su dureza casi todos los medios de comunicación, audiovisuales y escritos. La cita literal es la siguiente: «Tu problema no soy yo, Pedro. Tu problema eres tú. Y cuando la gente que te acompaña, que ha trabajado cerca tuya,  resulta que no se fía de ti, deberías hacértelo ver».

Sí, realmente es un texto duro de escuchar y ver escrito para cualquier amante de nuestra lengua común, pues denota graves carencias lingüísticas y, como poco, un exacerbado sentido de la propiedad: Susana Díaz es la dueña de los adverbios de localización espacial y, como ella es mujer, los posee en femenino: cerca tuya. ¿Pretenderá crear un nuevo lenguaje «políticamente correcto» a su uso y servicio?

La Nueva gramática de la lengua española (Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2009: I, 1361) explica la tendencia creciente de utilizar posesivos plenos con determinados adverbios de lugar como delante, detrás, cerca, encima, debajo o enfrente  y recoge las tres pautas posibles de expresión:

1. Adverbio más de más pronombre personal (cerca de ti).
2. Adverbio más posesivo tónico masculino (cerca tuyo).
3. Adverbio más posesivo tónico femenino (cerca tuya).

La pauta primera es la considerada óptima y la que comparte el español culto común a todas las áreas hispanohablantes. La segunda pauta es propia de la lengua coloquial y se sigue percibiendo como no recomendable por la mayoría de los hablantes cultos, que jamás la escribirían. La tercera pauta es vulgar y está muy desprestigiada, a la par que poco extendida, por suerte.

¿Qué motivo hay para hacer concertar a un adverbio, que por definición es palabra invariable (esto es, sin género ni número), en masculino o femenino? Probablemente, su confusión con sustantivos como lado, vera, expensas o costa: a mi lado y al lado mío;  a vuestra vera y a la vera vuestra; a su costa y a costa suya. Sin embargo, no es posible decir en mi delante, luego tampoco, delante mío; tu cerca, luego tampoco cerca tuyo; vuestro detrás, luego tampoco detrás vuestro, y así sucesivamente. Es de imaginar que quienes conciertan el adverbio con el posesivo en femenino lo hacen atendiendo a su terminación: cerca tuya, detrás tuya (¿se diría, por el mismo criterio, detrás tuyas puesto que termina en /s/, marca habitual del plural?). Y en lo tocante a delante o enfrente, ¿cómo se concertaría, en masculino o en femenino?

Asunto  distinto lo constituye la palabra alrededor, que puede ser sustantivo con el significado de ‘contorno’ (me gusta la gente de mi alrededor)  o adverbio, con el significado de ‘en torno a algo’ o ‘por el perímetro de algo’ (miró alrededor) y también, precediendo a cantidades y unido a la preposición de, ‘aproximadamente’ (había alrededor de treinta personas). Sea sustantivo o adverbio, alrededor admite su empleo seguido de un posesivo pleno porque en el primer supuesto, como sustantivo, lo haría siempre y en el segundo, como adverbio, se justifica al estar formado por la contracción de al  (a más el) seguida del sustantivo rededor, que significa ‘contorno’: miré a mi alrededor; miré alrededor mío y también, aunque más raro, miré en mi rededor y miré en rededor mío.

Por lo que respecta a la expresión hacértelo ver, que se va extendiendo como la mala hierba  al igual que la variante hacértelo mirar, ¿qué significa en realidad? ¿Que debo ir a un especialista para que me diagnostique algún mal? ¿Que estoy mal de la cabeza? ¿Que debo reflexionar al respecto de algo? Se mire por donde se mire, es un vulgarismo (¿tal vez un anglicismo?) que denota simpleza y pobreza argumental, inapropiado en boca de una política que ocupa un importante puesto de representación y, en su ambición desmedida, hasta aspira a llegar a presidenta del gobierno. 

Dicen que nuestros jóvenes actuales pertenecen a las generaciones mejor preparadas de la historia. De ser así, ¿cómo van a aceptar ni votar a alguien que muestra tan  escasa cultura lingüística, la base fundamental para todo lo demás?
  
Bibliografía:
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005), Diccionario panhispánico de dudas, Madrid, Santillana.
 —— (2009),  Nueva gramática de la lengua española, 2 vols., Madrid, Espasa Libros.




¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. 

martes, 21 de marzo de 2017

Un paseo por el borde de las barrancas: las Cárcavas de Burujón

Cárcavas de Burujón

El Tajo, el río más largo de la península ibérica, en su curso medio-alto bordea Toledo y prosigue su serpenteante camino de meandros hacia Talavera de la Reina pero antes, cerca de la Puebla de Montalbán, es represado en el embalse de Castrejón. Campos de cereales, algunos almendrales y otras arboledas de alisos o chopos se extienden por las lomas y depresiones que conforman el paisaje circundante de suaves ondulaciones hasta llegar a la margen izquierda del embalse, donde siglos de erosión de viento y agua sobre el terreno arcilloso han creado cárcavas asombrosas. La tierra rojiza y ocre con manchones verdes de los cortados se alza en vertical superando los cien metros en su pico más elevado, el Cambrón, separándose de la lámina plateada de agua en dirección al azul del cielo. Declarado monumento natural por la Junta de Castilla-La Mancha, el paraje cobró cierta fama gracias a un anuncio televisivo de Coca-cola y en la actualidad es visitado por gente sobre todo de los alrededores. Dicen que desde entonces también se han rodado allí otros anuncios de coches y episodios de conocidas series de televisión.

Se llega a las cárcavas por la carretera CM-4000, tomando un pequeño desvío mal señalizado ―por lo que hay que ir atentos para no pasarlo por alto―, más o menos a la altura del kilómetro 26. Avanzando por el camino de tierra apelmazada, se llega enseguida al primer aparcamiento, donde comienza la Senda Ecológica de las Barrancas, que tiene una extensión de 4 kilómetros y cuenta con varios miradores protegidos con cercados de madera. Esta fácil ruta de senderismo conduce desde lo alto de las cárcavas hasta las orilla del embalse, si se quiere. Los primeros dos kilómetros aproximados de la senda ecológica, que avanza entre campos de labranza por una cuesta polvorienta, carecen de interés, por lo cual es preferible proseguir con el coche hasta el mirador del Cambrón, donde también hay un aparcamiento, e iniciar en ese punto el recorrido a pie. Desde el mirador del Cambrón se obtiene una magnífica perspectiva del entorno, abarcando prácticamente toda su belleza natural. A continuación la senda avanza pegada a los cortados y ofrece diversas vistas del magnífico paisaje. Pero no está vallada ni señalizada y hay puntos de evidente peligro: ya ha habido muertes por despeño, puede que debidos a despistes que hacen perder pie. El último hito de la senda es el mirador de los Enebros, desde donde parte un estrecho y empinado sendero que conduce a la orilla del embalse. Esta es la única parte del recorrido que ofrece alguna dificultad y para la que se necesita un calzado apropiado de buen agarre y se agradecen los bastones de marcha. 

Se debe tener en cuenta que toda la senda ecológica discurre por zonas que no ofrecen ninguna sombra, por lo cual han de evitarse los días soleados de pleno verano. La primavera es una excelente época para efectuar la visita porque la vegetación de tomillos, romeros, retamas y enebros luce ese verde de lo nuevo tan hermoso, está en plena actividad la abundante avifauna que habita los cortados ―cigüeñas, halcones peregrinos, búhos reales, lechuzas, buitres negros…― y las aguas ―cormoranes, garzas, azulones, patos, martinetes…―, y por los campos corretean conejos, liebres y perdices.  El sol de la tarde dota de una luz especial a las barrancas y arrecifes, creando preciosos contrastes de sombras que quedan excelentemente reflejados en las fotografías.


Aunque es indiscutible la belleza de este monumento natural, su extensión no da para muchas horas de estancia, por lo cual se puede aprovechar el día visitando por la mañana la ciudad de Toledo y, si se quiere, cruzando el Tajo en tirolina o paseando por sus márgenes. 









¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas

miércoles, 8 de marzo de 2017

Gafas y tacones

gafas y tacones
Janis Joplin y Audrey Hepburn
Qué gran invento las gafas. Rara es la persona que, antes o después durante su vida, no tiene que recurrir a ellas para corregir algún defecto de la vista (hipermetropía, astigmatismo, miopía, presbicia…) o para resguardar los ojos de los dañinos rayos solares. Se sabe que en Europa y China, más o menos por la misma época, se utilizaron lentes de aumento fijadas en monturas de diversos materiales (madera, cuero, metal…) para leer, pero es asunto discutido dónde surgieron primero.

En Europa, los anteojos hicieron su aparición en Italia, al parecer, de la mano del copista y miniaturista monacal Alessandro della Spina, natural de Pisa, en la segunda mitad del siglo xiii. El cardenal Hugo de Provenza parece que fue el primero en posar con ellos para el retrato que le hizo Tommaso da Modena en 1352. Las lentes montadas sobre una estructura sin patillas que se sujetaban sobre el puente de la nariz se convirtieron pronto en un rasgo característico de erudición, recogido, por ejemplo, en las pinturas que representaban a san Jerónimo, casi siempre en actitud de estudio o escritura: uno de los primeros en pintar dichas antiparras fue el gran retratista florentino Domenico Ghirlandaio (1480), quien las situó colgadas sobre el lateral del scriptorium del santo.

El vendedor de gafas de Rembrandt
Al principio, los espejuelos de lentes convexas que ayudaban a ver de cerca eran caros y escasos, pero la difusión de la imprenta en el siglo xv propició su perfeccionamiento y expansión para mejorar la lectura de los libros. Quienes los fabricaban en sus talleres recurrían a mercaderes ambulantes para venderlos en pueblos y ciudades lejanas en una actividad que queda reflejada en multitud de cuadros, entre ellos, El vendedor de gafas de Rembrandt (considerado el más antiguo del pintor: entre 1623 y 1624). Los ojuelos de lentes cóncavas para corregir la miopía fueron posteriores, pero la lente cóncava ya se utilizaba en el siglo xvi, como demuestra la que sostiene en su mano el papa León X en el retrato que le pintó Rafael (1517).
 
¿De dónde surgieron los nombres con los que se ha ido designando este útil invento tan común en nuestros días? El término ‘lente’, que es su componente esencial, proviene del latín lens, lentis, que significa ‘lenteja’, debido probablemente a su forma circular original. La situación del artefacto justo delante de los ojos y sus características físicas originaron el resto de las voces castellanas,  utilizadas por lo general en plural aunque hicieran referencia a uno solo objeto: anteojos, antiparras, espejuelos, ojuelos… Los quevedos reciben su nombre del escritor español del Siglo de Oro Francisco de Quevedo, que fue retratado con ellos sobre la nariz. Los impertinentes eran de uso femenino y no se sujetaban sobre el puente nasal, sino que se sostenían con la mano por una varilla y solo se acercaban a los ojos cuando era necesario ver algo: la pose altiva que se adoptaba al utilizarlos les valió su curioso nombre. El término ‘lentes gafas’ apareció cuando se ideó mejorar los anteojos añadiendo a la armadura o montura unas prolongaciones que, torcidas según fuera necesario, permitían su sujeción detrás de las orejas: las actuales patillas. El origen de la palabra ‘gafa’ es curioso: María Moliner señala su procedencia catalana con el sentido de gancho, alambre o varilla doblada que sirve para sujetar algo, y Joan Coromines va más lejos al indicar su posible conexión con el término árabe qafca, que significa contraído o encogido; el mismo origen atribuye a la voz del castellano antiguo ‘gafo’ con la que se designaba a los leprosos por la forma encorvada que adquirían sus manos y pies debido a la enfermedad.

Con el trascurso del tiempo, en España las lentes gafas pasaron a conocerse simplemente como gafas, mientras que el término que se convirtió en habitual en otros países latinoamericanos  fue el de lentes. Asimismo, en muchos países latinoamericanos se sigue utilizando como predominante el término anteojos.

Vinculadas con la sabiduría y el estudio desde su origen, las gafas fueron atributo más propio de hombres que de mujeres en el pasado. Por suerte, hoy en día las usa la persona que lo necesita o desea sin sentirse apreciada o menoscabada por ello. Quiero creer que ha desaparecido el sesgo de género y sería imposible que se repitiera la situación que viví en carne propia cuando, a los trece años, en clase de música empecé a no distinguir dónde estaban escritas las notas en el pentagrama de la pizarra. Mi madre me llevó al oculista cuando lo comenté en casa, y este, tras el oportuno examen de mi vista, dictaminó que tenía miopía y comentó: «Es una pena ocultar los ojos de esta jovencita porque es lo más apreciable de sus facciones. Las mujeres están para ser vistas y no para ver, así que debe usar las gafas para el colegio pero nunca para salir a la calle». Menos gafas y más zapatos de tacón, me aconsejó finalmente en su afán por hermosearme según su criterio de la feminidad.

Desconocía sin duda aquel ocurrente oculista que los tacones no se habían creado en su origen para las mujeres, sino para los hombres, primero por cuestiones prácticas y después como marca de categoría social. Los primeros zapatos con alza de corcho que se conocen son los coturnos que calzaban los actores en el teatro hacia el siglo ii a. de C. en Grecia. Al parecer, la altura diferente de las plataformas ayudaba a distinguir los estratos sociales de los personajes en el escenario: a más altura, mayor nobleza.  En la Edad Media europea, las plataformas volvieron a aparecer en calzados tanto para hombres como para mujeres debido a la suciedad imperante en las calles. El chapín fue un lujoso zapato con plataforma y tacón que utilizaron las mujeres de la alta sociedad europea sobre todo entre los siglos xv y xvii: su altura llegó a ser tanta que las mujeres necesitaban sirvientes para caminar manteniendo el equilibrio. Tales excesos avivaron el ingenio de escritores como Lope de Vega, quien escribió sobre una dama en El perro del hortelano (1598): «No la imagines vestida / con tan linda proporción / de cintura, en el balcón / de unos chapines subida. / Todo es vana arquitectura; / porque dijo un sabio un día / que a los sastres se debía / la mitad de la hermosura». Con el nombre de «chapín de la reina» se conoció un impuesto aprobado por las Cortes de Castilla que había de pagar el pueblo llano para sufragar los gastos de las bodas reales. Su origen se debió a la costumbre castellana de que las mujeres no empezaran a calzar chapines hasta el día  de su boda.

Luis XIV según Hyacinthe Rigaud
Sin embargo, los zapatos con tacones semejantes a los actuales parece que llegaron de Persia, donde los usaban los jinetes para mantener los pies dentro de los estribos. Se popularizaron en Europa entre la aristocracia como símbolo masculino y de categoría social a finales del siglo xvii. Cuando el pueblo llano comenzó a imitar la moda, los monarcas aumentaron la altura de sus tacones y prohibieron a las clases más bajas su uso. Las mujeres también adoptaron la moda, afilando el tacón hacia la aguja de los más altos actuales.

La llegada de la Ilustración en el siglo xviii,  con el triunfo de la racionalidad y el utilitarismo que supuso, marcó un cambio de tendencia considerable: los hombres abandonaron la ostentación en la vestimenta y los poco prácticos tacones; las mujeres también fueron dejando de usarlos, aunque no desaparecieron por completo. Fue la industria pornográfica del siglo xx la que convirtió los tacones de agujas imposibles en objetos eróticos de culto. Y las mujeres se convencieron de que, a pesar del dolor que causan en los pies y las deformaciones que provocan, merecía la pena sufrir porque estilizan las piernas… Cuando los calza, es un reto más que debe superar la mujer en su actividad cotidiana, huyendo del césped, los empedrados, el hielo o el mármol pulido. Las películas de Hollywood han puesto el listón muy alto: las heroínas de las películas de acción llevan a cabo las hazañas más inverosímiles subidas en sus altísimos tacones de aguja que, además, no se rompen. Rara vez aparece una protagonista joven que no calce cierta altura de tacón. Las viejas es otra cosa: ya no cuentan porque no son objeto de deseo.

Una abogada joven con una jornada laboral extenuante que suele calzar cómodas bailarinas me contó hace días que se había visto obligada a ponerse unos tacones prestados para un juicio después de que la lluvia empapara su calzado casi plano. La jefa del bufete la observó sonriente y le dijo que así estaba mucho mejor, que imponía por su altura. Ella respondió: «No te acostumbres. Prefiero sobresalir por mi inteligencia y competir en igualdad de condiciones con mis compañeros hombres sin tener que hacer equilibrios ni fijarme dónde piso… Y quiero poder correr por las escaleras cuando me apetezca».

El término ‘tacón’ es el superlativo de ‘taco’, según el DRAE, «pieza, de mayor o menor altura, unida a la suela del calzado en la parte que corresponde al calcañar», y se puede emplear en singular o en plural. En singular suele ir acompañado del adjetivo ‘alto’ o de la expresión ‘de aguja’; cuando se emplea en plural se da por supuesto que son altos y no suele llevar especificación: Ella dice que no sabe caminar sin sus tacones, igual que las chinas no se atrevían a hacerlo sin sus pies vendados.

En el transcurso de los siglos, las gafas han ido evolucionando para volverse más prácticas, cómodas y favorecedoras, ayudando a cerrar la brecha de género. En cambio, los tacones han evolucionado abriendo esa brecha: el calzado de hombre, sean botas, botines o zapatos, llevan cómodos tacones cuadrados y bajos, justo lo necesario para montar a caballo o caminar bien, mientras que los de mujer, sobre todo los que se consideran de salón o de vestir, presentan altísimos tacones de aguja con los cuales es imposible que no duelan los pies.  ¿Por qué, en pleno siglo xxi, las mujeres siguen sometiéndose a gustos y modas tan poco saludables y prácticos?




¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas

jueves, 2 de marzo de 2017

Papá soldado

Papá soldado
Cuando hace unos años levantamos la casa de nuestros abuelos paternos para venderla, había tal maremágnum de cosas que nos costó trabajo decidir qué repartir entre las hermanas y qué tirar o regalar. Conservamos desde luego documentos, correspondencia y fotos, estas últimas guardadas en oxidadas cajas metálicas de dulce membrillo las más pequeñas y en cajas de cartón las grandes, algunas muy vistosas venidas desde Rosario (Argentina), ciudad a la que en su juventud había emigrado desde Murcia un hermano de nuestra abuela Lola.

Conocíamos de sobra a nuestros antepasados que aparecen posando con sus mejores galas en las fotos grandes: el bisabuelo Jacinto con sus largos bigotes, la bisabuela Lola muerta a los veintinueve años, probablemente de fiebres puerperales, dejando cuatro huérfanos de corta edad; los hermanos de la abuela Lola y sus familias; los padres del abuelo Antonio y sus hermanas; los abuelos Lola y Antonio con sus hijos… Habíamos oído hablar de todos ellos durante la infancia y todavía recordamos detalles de sus vidas y vicisitudes.

Pero quedan muchas fotografías sin clasificar y, cuando nos sobra tiempo y estamos juntas algunas hermanas, nos entretenemos repasando la abigarrada colección que poseemos de gente extraña posando en actitudes cuyo sentido las más de las veces ignoramos y nos mueve a comentarios jocosos. Si en el reverso las imágenes llevan una de esas rebuscadas dedicatorias escritas a pluma con la alambicada letra de finales del siglo xix o comienzos del xx,  a veces somos capaces de conjeturar quién es la persona retratada y qué relación guarda con nuestra familia.  Pero nunca se nos había pasado por la cabeza que del limbo de las fotos irreconocibles pudiera surgir un descubrimiento que en lugar de risa nos causara lágrimas.

batalla del EbroLa vimos hace un par de días: es una instantánea en blanco y negro diminuta, dentada, en la que hasta ahora nadie nos habíamos fijado. Posan en ella tres chicas ante la puerta de un zaguán y detrás, escrito a pluma con letra apresurada difícil de leer, aparece el siguiente texto, que logramos descifrar entre mi hermana Mercedes y yo: «Mi prima Finí, mi Lilí y mi Loli, prima, hermana y prima respectivamente. Quiero como es natural más a mi Lilí pero a las primas también las quiero y que sirvan estas letras como testimonio de que no las olvido desde aquí, en campaña, 29-7-38».  Observamos con mayor detenimiento la foto y, sí, allí estaba en el centro Lilí, la hermana menor de nuestro padre, y sus primas carnales Finí y Loli, con las que mantenían  una estrecha relación. ¡Nuestro padre, que entonces tenía diecinueve años, había escrito ese texto desde el frente! Comprendimos que Lilí lleva el pelo corto y va más abrigada que sus primas porque, según tantas veces nos contaron, después de huir de Madrid a Murcia cuando bombardearon su casa del Paseo de Extremadura, enfermó de tifus y estuvo a punto de morir…

Nuestro padre soldado… un niño en la guerra, aferrándose para sobrevivir al cariño hacia las mujeres de su vida por entonces: su hermana y sus primas.  Había escrito ese texto mientras combatía por la República en la batalla del Ebro junto con otros niños incluso más jóvenes que él. Qué lejos quedaba entonces otra imagen del mes de marzo del año en que estalló la guerra civil en la que aparecen alumnos del Instituto San Isidro, de los cuales nuestro padre escribe, con mucho mejor letra, en el reverso: «Fotografía de los muchachos que componían el grupo que durante el 17 de marzo (San José) fueron a pasar la mañana a Puerta de Hierro. De izquierda a derecha, Ángel Centenora, Luis Sánchez López, Gil Salvide, Ludovico Bendiocho, Qu. M. […] Manuel Sardiña, Escobar, Mijatvila, 2 de tercero, Algora de 5º curso y Zarco de 6ª. Todos los demás estudiábamos 6º».

Instituto San Isidro de MadridNuestro padre es el quinto de la última fila, contando desde la izquierda. Sabemos que estaba preparando el examen de ingreso para la Escuela de Ingenieros Agrónomos cuando la guerra le destrozó el futuro. ¿Cuántos de los compañeros de esa foto conseguirían sobrevivir como él?   

Ya no queda nadie de nuestras generaciones precedentes capaz de volvernos a contar las historias de la guerra civil que escuchábamos de niñas como quien oye llover cuando surgían, por ejemplo, al quejarnos porque no nos gustaba alguna comida. Nuestra madre, apenas adolescente durante aquellos terribles años, nos hablaba de las mondas de patatas que comían en ensalada en el Madrid sitiado, y nuestro padre, de los saltamontes que sabían a gloria en el frente cuando en los campos ya no quedaba nada que cazar ni cultivos que recoger, su batallón de zapadores retrocedía cavando trincheras y él aprendió a dormir de pie para intentar sobrevivir.

Nuestro padre fue un grano de arena arrastrado contra su voluntad por el viento de una guerra fratricida. Emocionada todavía por el hallazgo de la foto que tal vez le sirviera de sostén en la derrota de la batalla del Ebro, pienso en las personas a lo largo del mundo que ahora mismo pasan hambre y frío, que deben dejar sus casas bombardeadas, que pierden a sus seres queridos y que no encuentran refugio en esta opulenta y egoísta Europa.   

           


¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas