miércoles, 7 de junio de 2017

Nolite te bastardes carborundorum

El cuento de la criadaHasta hace días no había leído nada escrito por la prolífica autora canadiense Margaret Atwood. Recuerdo que cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008 me interesó su variado currículum, pero no sé por qué la olvidé enseguida y ni siquiera su nombre pasó a formar parte de mi larga lista de cosas pendientes. Fue su reciente mención en un artículo de periódico debido a la serie televisiva basada en una de sus novelas más famosas la que volvió a llamar mi atención hacia ella. Y ahora sí: acabo de terminar su distopía The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada, 1985) y todavía sigo atrapada en su sobrecogedor mundo de palabras.

No me gustan las distopías y, sin embargo, llevo meses releyendo algunas que en el pasado, cuando llegué a ellas por primera vez, no consideré como tales, sino más bien como novelas de tesis: Un mundo feliz de Aldous Huxley, Fahreheit 451de Ray Bradbury o 1984 de George Orwell, por ejemplo. La novela cuya lectura acabo de terminar, The Handmaid’s Tale, también está catalogada como distopía y también es una novela de tesis. Cito su título en inglés porque no estoy segura de cuál sería la mejor traducción al castellano: se ha optado tanto por El cuento de la criada como por El cuento de la doncella. En realidad, con la palabra handmaid se alude a la sierva de resonancias bíblicas que procrea en nombre de su ama con el esposo de esta: las hermanas Raquel y Lea dan hijos de ese modo a su esposo Jacob a través de sus respectivas siervas, Bilha y Zilpa (Génesis, 30). Pero los problemas para una traductora ante este texto de Atwood no hacen más que comenzar con el título. A diferencia de los  Canterbury Tales, donde Geoffrey Chaucer concede a la comadre de Bath un cuento propio para que proyecte su visión subversiva de las instituciones patriarcales con su relato de bruja furiosa, pidiendo el poder supremo sobre su propia vida y la de su esposo  a fin de lograr convertirse en la ansiada mujer bella, modesta y dócil, Atwood otorga la voz como narradora a una mujer sin nombre para que pueda recordarse y rehacerse detrás del modelo de procreadora obediente que le han impuesto y perviva con la amenaza de la bruja no domada, la subversiva que no se entrega. El termino tale tiene además esa connotación de menor trascendencia porque las cosas de las que hablan las mujeres no es historia: es cuento.

A finales del siglo xxii, en el régimen teocrático totalitario de la República de Gilead, instaurado mediante un golpe de Estado en los actuales Estados Unidos de América, la fertilidad es un preciado bien que permite a las mujeres proscritas convertirse en siervas procreadoras sometidas a un varón prominente. Offred (Defred en la traducción castellana), la narradora de la novela, es una de estas siervas procreadoras sin nombre propio: solo es ‘De Fred’, propiedad del comandante ya maduro incapaz de engendrar descendencia con su esposa, como otra de las siervas compañera de labores es Ofglen, ‘De Glen’, otro varón prominente. Todas las siervas visten de rojo y llevan cubierto el cabello con una toca blanca que las distingue, del mismo modo que las criadas domésticas, conocidas como martas (como la hacendosa hermana bíblica del resucitado Lázaro), se distinguen por sus hábitos verdes, y las escasas viudas, por su ropa negra. Esta tiránica sociedad estamental está vigilada por los ojos, espías encargados de mantener el orden y la ley. La totalidad de las mujeres, incluso las de los estamentos más altos, están supeditadas a los hombres y recluidas en su hogar, bien sea en salones, cocinas o dormitorios.

Offred pasa la mayor parte del tiempo confinada en el dormitorio de la casa de sus dueños que le han asignado, pensando en el pasado que fue y tratando de hallar resquicios en el presente agobiante para no perder la esperanza. A pesar de que la lectura y la escritura están prohibidas para las siervas como ella en la tiranía de Gilead, se empeña en definir la realidad con el lenguaje, reflexionando sobre el significado actual de las palabras y el que tenían antes de que se impusiera el régimen teocrático. Por eso, el descubrimiento dentro del armario de un texto grabado en escritura diminuta le proporciona un momento de huida, un escape de la estancia donde la recluyen para obligarla a perder su identidad: «I knelt to examine the floor, and there it was, in tiny writting, quite fresh it seemed, scratched with a pin or maybe just a fingernail, in the corner where the darkest shadow  fell: Nolite te bastardes carborundorum» (Atwood, 1994: 62. «Me arrodillé para examinar el suelo, y allí estaba, en escritura diminuta, bastante reciente al parecer, raspada con un alfiler o quizá con una uña, en el rincón donde más oscuridad había: Nolite te bastardes carborundorum»). Aunque no conoce la lengua en la que está escrito, intuye que se trata de latín y lo considera un mensaje: «I can’t see it in the dark but I trace the tiny scratched writing with the ends of my fingers, as if it’s a code in Braille. It sounds in my head now less like a prayer, more like a command; but to do what? Useless to me in any case, an ancient hieroglyph to which the key’s been lost. Why did she write it, why did she bother? There’s no way out of here» (Atwood, 1994:156. «No puedo verlo en la oscuridad pero sigo las diminutas letras grabadas con la punta de los dedos como si fuera un código en Braille. Suena ahora en mi cabeza menos como una oración y más como una orden, pero ¿para hacer qué? Inútil para mí en cualquier caso, un antiguo jeroglífico cuya clave se ha perdido. ¿Por qué lo escribió ella, por qué se molestó en hacerlo? No hay modo de escapar de aquí»). Sin embargo, el contagio se incuba en la frase y, por tanto, Offred no duda de que se trata de una forma de resistencia al régimen y graba meticulosamente el mensaje en su mente. Paradójicamente, es el comandante Fred quien, avanzada la interesante trama de la novela, revela a la sierva que se trata de una frase jocosa de sus años escolares en latín macarrónico.

Los que en el pasado estudiamos largos cursos de latín conocemos bien el término ‘macarrónico’ aplicado a esa lengua antigua, madre de la nuestra actual: con él se hacía alusión a un latín trufado de palabras espurias conjugadas o declinadas como si fueran auténticas. Latinitas culinaria y ‘latín macarrónico’ a menudo se consideran expresiones sinónimas porque, aunque en sentido estricto por la primera se entendía en la antigüedad el latín empleado para los asuntos relativos a la cocina, más adelante se generalizó la expresión para definir también toda lengua latina pobre de recursos y normas académicas, a menudo mezclada con una lengua vernácula (italiano, francés, castellano…). El latín macarrónico podía ser en buena medida involuntario, debido a la ignorancia o la temeridad, pero también voluntario, producto del juego y del ingenio de alguien para conseguir un efecto cómico. ¿Quién no recuerda aforismos macarrónicos de los años escolares como Intellectus apretatus discurrit qui rabiat o la impresión que causaba la traducción al castellano de una oración nada macarrónica como Mater tua mala burra est (tu madre come manzanas maduras)?

La lengua latina macarrónica dio lugar a un género literario burlesco en la Italia del siglo xv gracias a la pluma de Tifi Odassi, que escribió su Maccharonea (1490) y Teofilo Folengo, cuya primera obra en versos macarrónicos se tituló Merlini Cocai macaronicon  o Baldo. Muchos autores siguieron su estela imitando el estilo macarrónico a lo largo del mundo occidental hasta épocas recientes. Sirva de ilustración para España la reescritura que realizó del Quijote cervantino Ignacio Calvo en 1905: «In uno lugare manchego, pro cujus nomine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut anima quae llevatur a diabolo» (I, cap. I).

Volviendo al grabado oculto en el armario, Nolite te bastardes carborundorum, solo la primera palabra es latín verdadero, pues se trata de la forma imperativa del verbo nolo, mientras que las restantes son palabras inglesas «latinizadas», la última de todas, carborundorum, adoptando la apariencia de un imponente gerundivo.  El carburo de silicio, el abrasivo al que hace referencia el término, se denomina en castellano ‘carborundo’ o ‘carborundio’. La traducción sería: «No dejes que los bastardos te machaquen».
  
Offred llega a la conclusión de que quien grabó la inscripción fue una doble suya, la mujer anterior sin nombre que vivió allí con su misma misión de procrear, y el imperativo latino, una vez conocida la traducción, adquiere para ella un valor excepcional: No dejes, no permitas, no te rindas.

Esta novela destaca no solo por su trama, sino por el maravilloso uso del lenguaje que hace la autora, creando juegos de palabras que en buena parte se pierden en la traducción castellana, pues ni siquiera están marcados con notas a pie de página que los recojan y describan. En varias entrevistas que le realizaron, Atwood repite, citando a Orwell, que la prosa debe ser precisa y clara, como el cristal de una ventana: así es el inglés del que ella se sirve, pero no el castellano de la traducción que he leído. Por consiguiente, de ser posible, es recomendable la lectura en inglés de The Handmaid’s Tale, que no defraudará a los lectores más exigentes. Las traducciones del inglés que aparecen a lo largo de este texto son mías.

Bibliografía
Atwood, Margaret (1994), The Handmaid’s Tale, Londres, Virago Press.
­­— (2017), El cuento de la criada. Traducción del inglés de Elsa Mateo Blanco, Madrid, Salamandra Ediciones.
Calvum, Ignatium (1905), Historia domini Quijoti Manchegui, traducta in latinem macarronicum per Ignatium Calvum, curam misae et ollae, Madrid, Imprenta del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón.


La lengua destrabada

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2 comentarios:

  1. "Por consiguiente, de ser posible, es recomendable la lectura en inglés de The Handmaid’s Tale,..."

    Estoy totalmente de acuerdo,suena a lugar común, pero realmente mucha de la riqueza de este libro se pierde en la traducción.

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    1. Reconozco el valor de las traducciones y su importante papel para hacer llegar un libro a un amplio público, pero en este caso no he tenido más remedio que recomendar la lectura del texto en inglés. Pienso que si Atwood se diera cuenta de lo que se ha hecho con su novela en español se disgustaría.
      Un saludo, Víctor

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