viernes, 4 de octubre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 9)

De Su enemigo —soy mortal enemigo—
No rebulle dos veces—
Aquel sobre el que pongo mi Ojo Amarillo—
O mi pulgar enérgico—
Emily Dickinson (la traducción es mía)


Las mujeres tratan de ayudarse cuando nadie más lo hace. Así ocurre en todas las sociedades y en todos los tiempos. La falta de fuerza física las obliga a agudizar el ingenio. Pierden muchas batallas, pero la lucha continúa. Sin descanso.    


CAPÍTULO 9

L
AS manos de Melva son una pura llaga a pesar de los remedios que todas las noches le aplica doña Chona. Es por la cantidad de ropa que restriega cada día desde que es lavandera.
—Muchacha necia, has de descansar para curarte.
—No me conviene, doña Chona, perdería la clientela.
La anciana calla, pero sabe que no es ese el motivo verdadero. Al fin, ropa sucia siempre hay y alguien tendrá que ocuparse de ella. No se atreve a dejar de trabajar por miedo a su esposo, ese hombre despreocupado que apareció de repente.
Fue el día en que habló Angelina desde España, bien lo recuerda. Estaba tan dichosa por haber escuchado su voz, por las buenas noticias que le había comunicado, que iba a celebrarlo con Melva invitándole a comer tamales con su recadito de pollo en el mercado. Caminaban tan tranquilas cuando desde atrás tiraron de las trenzas a la joven. A punto estuvo de perder el equilibrio y acabar en el suelo. Del susto, el niño que cargaba rompió a llorar desconsolado.
—¡Vean no más, hasta acá la vine a encontrar, paseándose por las calles como gran señora! —gritó el agresor con violencia.
—¡Braulio! —exclamó asombrada Melva.
—¿Por qué te saliste de la casa? ¿Qué andas haciendo por acá?
En vez de contestar, Melva le tendió al niño, que seguía llorando:
—Acá está tu hijo, ya nació.
El hombre pareció aplacarse y lo cogió sonriendo.
—¿Este es mi muchachito? Grande está, y lindo; blanquito salió. Bien lo criaste, mujer.
Melva sonrió tímida y aprovechó para preguntarle dónde había estado tanto tiempo.
—Trabajando, pues, dónde más. Para ganar plata para nosotros, para la comida de nuestro hijo.
Y se puso a relatar el largo viaje, lleno de aventuras prodigiosas, que le había llevado hasta la selva más recóndita a talar grandes árboles de madera preciosa para unos fabricantes de muebles estadounidenses. Tipos duros y exigentes que pagaban dólares. Harta plata para los que trabajaban bien como él. Cuando le pareció haber reunido una cantidad suficiente, decidió regresar. Pero no contó con que el camino era largo y tenía sus gastos. En él se le fue un buen dinero.
—Llegué a la casa fatigado y ya desde lejos iba llamándote, esperando que salieras a recibirme contenta como otras veces. Para mi sorpresa, hallé la estancia vacía, sin muebles, sin nuestras cositas. Hasta faltaba la puerta. Y tú no aparecías. Me asusté. Imaginé muchas desgracias, hasta que un vecino me dio razón de dónde vivía tu mamá y ella me contó que te habías venido a la ciudad. ¿Por qué te saliste de la casa? ¿Qué se hizo de nuestras cosas?
—No tenía qué comer —se excusó Melva.
—Ah, muchacha floja. Debiste aguantar. ¿No te dije que regresaría?
—Quemé la puerta cuando faltó la leña y me vi obligada a malvender lo que pude. La cama, la mesa, hasta el metate con su mano, al fin ya no había maíz que moler —prosiguió triste la joven—. Estaba solita en el cerro y sentía miedo. Me fui con mi mamá hasta que nació el niño y luego me vine para acá a ganarme la vida, pero ahora que regresaste nos vamos a la casa...
—No, cómo se te ocurre —la interrumpió Braulio irritado—. Acá nos quedamos para que no pierdas tu trabajo. Allá nada tenemos. Ahorita vamos a festejar. Véngase usted también —añadió, dirigiéndose a doña Chona—, yo la convido.
Ese día debió de gastarse en bebida el dinero que aún le quedaba y luego tuvieron que arrastrarlo entre las dos mujeres hasta la casa. Cuando se despertó a la mañana siguiente, pidió su café y sus tortillas, y Melva le preparó solícita el desayuno. Después de asearse, buscó al niño, que dormía tranquilo en la cama.
—Venga acá, mi muchachito, se tiene que acostumbrar a su papá —le dijo con cariño, cogiéndolo en brazos—. Vamos a pasear.
El niño rompió a llorar, pero Melva lo calmó con dulces palabras. Le gustaba que su marido le mostrara afecto. Doña Chona observaba en silencio, ocupada en preparar su bandeja blanca, pues el domingo era el día que más vendía.
Transcurridas varias semanas, Braulio seguía sin trabajo, y Melva lavaba cada vez en más casas. Su marido la iba a buscar algunas veces para pedirle dinero.
—Un hombre no puede andar con la bolsa vacía —protestaba—. Tengo mis gastos.
Al principio Melva se lo daba de buena gana, pero luego comenzó a poner excusas.
—De qué te quejas, muchacha desagradecida, ¿no te mantuve yo siempre? ¿No fuiste tú la que te saliste de tu casa para venirte hasta acá? Por tu gusto fue. Harta plata gané en la selva con mucho esfuerzo, pero de nada sirvió, de todos modos tú me hiciste gastarla en balde para buscarte. Y ahorita me niegas unos centavitos, no, soy tu marido, respétame, pues.
Doña Chona veía y callaba. No era mal hombre, quería al niño, pero no tenía ganas de trabajar. Así no podría irle bien a la pareja. Una tarde, cuando estaba a punto de abrir la puerta de la casa, escuchó una discusión:
—No, pues si tú no lo pides, lo haré yo. Ya me cansé de dormir en el petate, mientras la vieja se acuesta con nuestro hijo bien cómoda en la cama. Lo justo es que ella se tire al suelo, al fin no es más que una persona, y nosotros, tres.
—¡Cómo se te ocurre! Suya es la casa, suya la cama y nos tiene recogidos como quien dice. ¡Respeta a quien te ayuda!
—Ni tanta ayuda. O es que te da de comer. Bien te ganas lavando la vida, no te regala nada.
—Pero a ti sí, que no más duermes y tomas...
Una sonora bofetada interrumpió la frase.
—¡Respeta, india bruta, o te enseñaré a palos!
Doña Chona apareció en ese momento. Los dos se quedaron callados, y Melva fingió que nada había ocurrido:
—¿Cómo le fue, vendió mucho? Preparé unos frijolitos, ¿quiere que le sirva?
Braulio murmuró unas palabras ininteligibles y se marchó de la casa.
—Escuché su pelea —reveló la anciana mientras ayudaba a la joven a echar tortillas—. No te dejes, mi hijita. Oblígalo a que te respete.
Melva no replicó. Braulio era su marido, ella se había dejado robar y ahora nadie la protegería. Si la hubieran pedido a su mamá y entregado los regalos de la dote como marcaba la tradición para las bodas, ahora tendría derecho a quejarse. Pero decidió su suerte el día de la fiesta en que se marchó con él. Su mamá no iba a mover un dedo  para defenderla, y mucho menos su nuevo marido que no la quería.
—Braulio no es mal hombre ni haragán. Está afligido porque acá en la ciudad no halla en qué ocuparse. No más eso le pasa —lo disculpó.
Esa noche regresó muy borracho y la obligó a levantarse para servirle la cena. A la mañana siguiente Melva había tomado una decisión que comunicó en voz baja a su benefactora:
—Nos vamos a nuestra casita en el cerro, doña Chona. Allá a Braulio no le costará encontrar trabajo como peón en alguna finca cercana y ya no le sobrará tiempo para enojarse ni tomar tanto. Vea que nos conviene a los tres. Allá se compondrá nuestra vida.
La anciana asintió aunque tenía sus dudas de que el marido fuera a aceptar cuando por fin despertara. Supo que no se había equivocado al escuchar el llanto de Melva cuando regresó ya anochecido después de acabar su jornada. La pesada mano de Braulio la había llenado de moratones y arañazos.
—Que se vaya —rugió doña Chona—. No lo quiero en mi casa.
—Nos echa a los tres. Él no me dejará quedarme porque es mi marido, el padre de mi hijo.
La anciana agachó la cabeza por no desampararla, y ahora Melva tiene tan maltratadas las manos que pronto nadie la querrá contratar de lavandera por miedo a que deje en su ropa algún terrible mal.
—Échele daño por abusador, doña Chona, a qué aguarda —se enfurece la carnicera del mercado que es su amiga y conoce la situación—. Que pague por lo que hace.
Pero doña Chona cura enfermedades y saca el daño que han causado otros. Nunca ha hecho mal a nadie y no va a empezar ahora, que tan cerca está de la muerte. No, no es cierto, recapacita, pues una vez se vio obligada a defenderse de un brujo. Este recuerdo le inspira una idea que decide poner en práctica esa misma tarde. Llega temprano a su casa y se encuentra a Braulio jugando despreocupado con su hijo, mientras Melva muele maíz en el metate con las manos vendadas.
—Cómo se te ocurre, muchacha necia. Ya lo hago yo —exclama,  apresurándose hacia ella mientras lanza una mirada de reproche al marido.
La joven acepta su ayuda y busca el trapo con el que se limpia la bandeja blanca. Esa tarea es más suave y no le dolerán las llagas.
Mientras muele, doña Chona pregunta:
—¿Vieron qué hermosa está la luna? Esta noche volará el Yalambequet.
—¿A poco cree en esas leyendas de indios brutos? —se mofa Braulio—. No le ha servido de nada vivir en la ciudad.
La anciana le mira con ojos feroces y proclama:
—Yo me salvé de él.
—¿Nos quiere contar qué fue lo que pasó? —pregunta Melva—. Vea que ya nos picó la curiosidad.  
Doña Chona asiente. Sucedió cuando su hijo Manuel aún era niño y llegó muy asustado a la casa, explicando cómo un hombre malencarado al que no conocía le había anunciado que se comería a su mamá por andar presumiendo de ser curandera. Doña Chona no dio importancia a sus palabras, pero más tarde otros conocidos le aseguraron lo mismo, que un hombre iba pregonando a los cuatro vientos que se la comería en cuanto cambiara la luna. Entonces decidió vigilar y pronto se dio cuenta de que un individuo enjuto acechaba por los alrededores de la casa. El jueves de la semana siguiente había luna llena y sin duda sería el día que escogería para llevar a cabo su mala obra de robarle el alma, que era lo que significaba comérsela. Así que ideó un plan para salvarse.
La noche señalada preparó unos bultos de ropa que acostó en el petate y tapó con la manta, como si ella y su hijo estuvieran durmiendo. Luego salieron de la casa a oscuras y se ocultaron en una cueva del cerro. Cerca de la media noche, doña Chona se dirigió a la cruz de piedra que había en el camino, recomendando a su hijo que la aguardara sin moverse de donde estaba. Llegó cuando el brujo comenzaba su sortilegio. Le escuchó claramente pronunciar la palabra mágica, Yalambequet, y contempló cómo se le caía la carne y se elevaba volando en dirección a su casa. Cuando desapareció en el firmamento, descargó el saquito de sal que escondía bajo su huipil y esparció su contenido sobre la carne que yacía en el suelo. A su contacto, empezó a retorcerse y reducirse, envuelta en humo negro, hasta que desapareció convertida en cenizas. Doña Chona siguió aguardando, agazapada detrás de un árbol. Antes de la salida del sol, apareció el esqueleto volador y recitó la palabra mágica, Muyambequet, pero la carne no le obedeció, puesto que ya no existía. Entonces, el alarido que lanzó el brujo quebró la calma de la noche, provocó el parto prematuro de las ovejas preñadas y enfermó de espanto a los más asustadizos. Pero estaba vencido. Con el primer rayo de sol que surgió tras los montes, los huesos comenzaron a soltarse y a chocar unos contra otros al precipitarse a la tierra.
—¿Y qué pasó después? —se interesó Melva.
—Nada. Seguí curando enfermedades y sacando el daño que echaban personas malvadas a la gente buena. A mí no me gusta hacer el mal, aunque a veces me veo obligada. Como ahora, Melva. Yo te curo todas las noches las manos, pero no mejoran, y es porque alguien te está echando daño. No, no lo voy a consentir. Tú desde mañana dejas de lavar, y yo voy a hacer que tus llagas le salgan a la persona que te las está causando. No, ya me enojé, se me antoja poco castigo. Mejor las llagas le cubrirán toditito el cuerpo y pronto la muerte le parecerá un descanso. Ya van a ver.
Mientras así habla, no se le escapa que Braulio ha ido empalideciendo. Tal como esperaba, se ha percatado de que el amenazado es él.
—¿Quieres que te sirva la cena? —le ofrece solícita Melva, que también ha percibido el cambio y teme ser ella quien al final pague con golpes por su miedo.
—No, yo puedo solo. Mejor cuídate las manos, como dice doña Chona. Te conviene descansar para que mejores. Ahorita es tiempo de siembra, así que no me costará encontrar empleo en alguna finca de la costa. Yo los mantendré, para eso soy tu esposo. Mañana sin falta viajo a Retalhuleu.
—No más no te vayas a olvidar de regresar a traerles sus centavitos a tu mujer y tu hijo. No te vayas a desaparecer como antes —observa doña Chona.
Braulio percibe el tono levemente amenazador de su voz y se apresura a replicar:
—No, cómo cree, señora. Yo vendré cada quincena cumplida a entregar la paga a mi esposa para que no tenga que trabajar y cuide bien de nuestro hijo.
—Está bien. Así debe ser.
Doña Chona sonríe y piensa en su nieta. ¿Seguirá yéndole bien en España? Aunque ya se sabe de memoria la carta, todavía le pide a Melva de cuando en cuando que la lea porque le gusta escuchar en voz alta las palabras, le gusta cómo vuelan y se extiende su eco. Pero no, hoy no se lo pedirá porque está muy cansada. Ay, Angelina, ¿tu suerte será mejor que la de tu amiga allá tan lejos donde esta vieja terca se empeñó en mandarte solita?, se pregunta antes de que el sueño la recoja como cada noche.

© Carmen Martínez Gimeno


¿Te has perdido algún capítulo? Aquí tienes los enlaces desde el comienzo:

viernes, 27 de septiembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 8)

Una caja y un cielo estrellado. La caja es de la abuela de Paloma, contiene algo muy importante para ella y se  ha perdido. ¿Y tantas estrellas en el cielo? Si lees este capítulo, tal vez te acuerdes de Angelina cuando las contemples por la noche.  


CAPÍTULO 8

R
OZABA casi los hombros el cabello a Angelina, y los días ya eran calurosos y largos. Paloma había vuelto de un campamento de verano en la sierra, y la familia aguardaba las vacaciones del padre para marcharse a la playa. Pero la abuela no quería ir. Le molestaba el bullicio y la arena, y prefería permanecer en Madrid.
—Tú qué dices, Angelina, ¿verdad que no te importa quedarte conmigo? —le preguntaba continuamente.
—Como guste, señora —respondía esta—. Haré lo que me manden.
—Pues convence a mi hija —insistía la anciana—. A nosotras no se nos ha perdido nada allí donde van. Bien lo decía mi padre: el que abandona su casa es que se ha cansado de estar a gusto. Angelina, ¿tú conociste a mi padre?
—No, señora —respondía paciente.
—¿Estás segura? ¿No te acuerdas de lo elegante que era?
Y es que la anciana se despistaba a veces. Una mañana se levantó con la novedad de que le había desaparecido el camafeo. Costaba entender lo que decía en medio de tantas lágrimas.
—Cálmate, mamá —quiso tranquilizarla su hija—. No lo habrás buscado bien. Cuando desayunes y te arregles, yo te ayudo a revisar el joyero. Ya verás como aparece.

—No, no, ahora mismo. ¡Cómo voy a desayunar con esta angustia! Era de mi madre, hija, bien lo sabes, me lo dio cuando me casé y siempre lo he tenido en gran aprecio.
Se dirigieron ambas al dormitorio y miraron en los armarios, los cajones, debajo de la cama y en todos los rincones que se les ocurrió sin encontrarlo.
—Piensa, mamá, ¿cuándo fue la última vez que lo viste?
La anciana se esforzaba en hacer memoria:
—Todos los días ordeno el joyero cuando me levanto y hasta hoy no lo había echado en falta. Yo creo que ayer estaba, porque si no me habría dado cuenta.
—¿Te acuerdas cuándo te lo pusiste por última vez y con qué ropa? —insistió la hija.
—Pues no, pero eso no tiene importancia porque siempre que lo uso lo guardo después en su sitio. Nunca se me ha olvidado hacerlo.
—¿Qué pasa, abuelita? —se interesó Cecilia entrando en la habitación.
—Se le ha perdido el camafeo —respondió la madre—. A ver si entre las tres somos capaces de dar con él.
Nada. Después de poner la habitación patas arriba, seguía sin aparecer.
—Me lo han robado —gimió entonces la abuela—. Y solo puede haber sido una persona.
—Anda, mamá, no digas tonterías...
—Pues a mí no me parecen tonterías —afirmó Cecilia, dando por supuesto a quién se refería—. No la conocemos de nada.
—¡Con lo que yo la quería! ¡Qué disgusto, después de lo bien que nos hemos portado con ella!
—No te pongas dramática, mamá, que todavía no sabemos lo que ha pasado.
—Pues ahora mismo saldremos de dudas —insistió la abuela—. Se lo pregunto a la cara y a ver por dónde sale.
Cecilia la apoyó sin dudarlo:
—¡Muy bien pensado, abuelita!
Pero fue la madre quien tomó la iniciativa y llamó a Angelina:
—¿Has visto el camafeo de la señora?
Angelina  las miró con enormes ojos de sorpresa y al fin replicó vacilante:
—No, señora. Creo que no lo vi.
—Cómo que crees que no lo viste, ¿qué clase de respuesta es esa? —se mofó Cecilia.
—No, es que yo no sé qué es camafeo. No sé si lo vi mas creo que no.
—Nos está tomando el pelo —opinó Cecilia cortante.
La madre decidió poner fin a la conversación. No le gustaba el derrotero que estaba tomando y quiso intentar algo distinto:
—Nosotras vamos a seguir buscando el camafeo. Tú, Angelina, vuelve a tus tareas, pero mientras limpias procura poner cuidado por si lo encuentras. Seguro que antes de mañana aparece.
—Eso espero, hija, eso espero —expresó entre sollozos la abuela—. Vamos a buscar en el baño por si acaso.
Fue un día caluroso y triste. Angelina sentía todas las miradas clavadas en ella, acusándola de haberse quedado con algo que ni siquiera sabía lo que era, y Paloma se había ido a casa de una amiga, por lo que no podía recurrir a su ayuda como otras veces. Cuando al fin llegó la noche y se retiró a su cuarto, ya sabía lo que había de hacer aunque la asustara.
Sacó del armario su maleta verde y la abrió. En su interior guardaba el dinero que iba ganando y sus pertenencias más preciadas, como un huipil bordado que le tejió su mamá de niña. Envuelta en él había una cajita cuadrada y oscura de madera olorosa que colocó con cuidado encima de la cama. Después permaneció inmóvil sentada a su lado, contemplándola sobrecogida. «Esta caja parlante de san Miguelito que te doy siempre dirá la verdad. No es mentirosa ni enredadora, no más hay que saber hablarle», había manifestado su abuela cuando se la regaló antes de viajar a España. «Para ti la hice y solo a ti responderá. Háblale con delicadeza, pregúntale buenas razones, no la uses como juego, pues». Angelina nunca había recurrido a ella y le daba miedo porque recordaba bien los peligros que entrañaba: una vecina de un pueblo en el que habían vivido llegó un día gritando ante las autoridades para pedir justicia por su hijo al que había dado muerte un amigo y luego arrojado a un barranco. Cuando le preguntaron cómo lo sabía, respondió que había acudido a su caja parlante para conocer su suerte, pues estaba intranquila porque hacía dos noches que faltaba de la casa. Esta le había comunicado la triste nueva, el motivo, que había sido el robo, y el nombre del asesino. Ulpiano Chic, que así se llamaba el acusado, no supo defenderse, y la gente encolerizada empezó a apedrearlo. Lo hubieran matado si no llega a aparecer el difunto y se une a los demás en el castigo. «¿No es este el asesinado, no es el muertito, pues?», preguntó alguien al verlo arrojar piedras con tanto entusiasmo, y la madre lo reconoció de inmediato y quiso saber si era alma en pena por no haberlo enterrado. «No, mamá, vivo estoy, no más que muy tomado», respondió con voz pastosa mientras se palpaba tambaleándose. Una tremenda borrachera había sido el motivo de su desaparición.
Angelina suspiró y cerró los ojos antes de extender las palmas de las manos sobre la suave madera tibia. Aspiró su aroma y después, sin apresurarse, comenzó el interrogatorio con preguntas sencillas de las que conocía la respuesta con objeto de poner a prueba la caja, y así fue avanzando paso a paso, asentando certezas, hasta que tuvo conocimiento de lo que había ocurrido con el camafeo perdido. Cuando volvió a guardar en la maleta la caja parlante protegida dentro del huipil, se topó con el envoltorio que le había entregado meses atrás doña Virtudes antes de morir, pero estaba tan inquieta por lo que acababa de descubrir que no sintió deseos de curiosear su contenido.
Pasó la noche en vela cavilando cómo resolver la situación sin tener que dar cuenta de sus averiguaciones. Cuando parecía que iba a quedarse dormida, la desvelaba el despertador que le hacía burla repitiendo «tic tac triste estás, tic tac triste estás», primero despacio y luego más deprisa, hasta que Angelina se tapaba la cabeza con la almohada para no escucharlo. Llegó la temida hora de levantarse y sentía un calor abrasador, a pesar de la brisa del amanecer que entraba por la ventana. No hablaría, decidió. Se afanaría en sus tareas como todos los días y a lo mejor nada sucedía.
Acababa de preparar el desayuno cuando apareció Paloma en la cocina.
—Hola, Angelina —la saludó alegre—. Ayer lo pasé muy bien con mi amiga y hoy vamos a ir a la piscina.
—Qué bueno, niña —le respondió mecánicamente.
A continuación se presentó el padre, ajustándose la corbata. Bebió una taza de café, se despidió con un beso de la niña e indicó:
—Angelina, recuérdale a mi mujer que no me espere, que no vengo a cenar.
Paloma estaba hambrienta y mojaba con deleite galletas en la leche con cacao, mientras Angelina separaba la ropa para poner una lavadora. Las cosas parecían marchar bien, hasta que entró la abuela en camisón con el rostro crispado. Blandiendo amenazadora el bastón con empuñadura de plata desde el quicio de la puerta, gritó:
—Angelina, ¿qué ha sido de mi camafeo?
La joven permaneció callada e inmóvil, con la mirada baja, y la anciana exclamó de nuevo:
—¡Exijo que me contestes!
Llegaron Cecilia y su madre, alertadas por las voces, y trataron de calmarla sin conseguirlo:
—¡Tú lo robaste, confiesa!
Entonces Angelina levantó la cabeza y, señalando con los labios, respondió humilde:
—No, señora, yo no fui. Ellita fue.
La sorpresa cedió paso a la indignación. No cabía duda de que era a Paloma a quien señalaba. El rostro de la anciana mostraba una cólera tan desmedida que su hija se asustó, la cogió del brazo y la obligó a sentarse.
—Tranquilízate, mamá, te vas a poner mala —le advirtió.
Angelina permanecía quieta, sujetando con una mano la camisa que iba a meter en la lavadora. Paloma miraba a su abuela entre sorprendida y asustada, y Cecilia le tendió un vaso de agua para que se le pasara el sofoco. Pero la anciana lo apartó con su mano huesuda y exclamó:
—¡Qué desfachatez, acusar a mi nieta del robo!
Paloma se defendió:
—Abuelita, yo no te he robado el camafeo...
—Ya lo sé, bonita, ya lo sé —la interrumpió la anciana.
—...Tú me lo regalaste. ¿No te acuerdas?
Se hizo un silencio repentino y hubo un cruce de miradas. La madre preguntó:
—Paloma, ¿tienes tú el camafeo?
—Que sí, que ya os lo he dicho. La abuela me lo regaló hace mucho, no me acuerdo cuándo, y lo tengo guardado en el cajón de la mesilla. Me lo dio porque ella ya no se lo ponía por el peso. Es mi herencia, la abuela me lo dijo.
—Ve a buscarlo, hija —le pidió la madre.
Paloma salió corriendo y volvió al poco con una cajita de terciopelo verde:
—Aquí está.
La madre la abrió y apareció el blanco perfil tallado en el ónice de la dama tocada con sombrero de plumas.
—Trae acá, hija, déjame revisarlo —solicitó la abuela. Lo sacó de la caja con manos vacilantes y estiró mucho los brazos para verlo con los ojos entrecerrados, pues no tenía las gafas de cerca—. Es precioso. ¿Os habéis fijado lo fina que es la talla? Es como si la dama fuera a darse la vuelta para saludar, eso decía mi madre, que en gloria esté.
—Solucionada la pérdida, ahora desayunad todas en paz —resolvió la madre, besando a la abuela—. Me voy, que ya llego tarde. Portaos bien. Si pasa algo, me llamáis a la oficina.
—Vete tranquila, hija, que Angelina me servirá un café con tostadas. Hay que ver con qué hambre me he levantado...
Doña Mercedes comió con gusto acompañada de sus nietas, con la cajita del camafeo al alcance de la mano, y cuando terminó, mientras se limpiaba la boca con la servilleta, comentó:
—Cecilia, llevo tiempo queriendo hablar contigo, pero como nunca estás en casa... Mira, a ver qué te parece —le acercó la cajita, empujándola sobre la mesa con mano insegura—. Ábrela.
Su nieta puso cara de asombro pero enseguida le siguió la corriente. Apretó el botón dorado, subió la tapa y apareció la joya.
—Es un camafeo precioso, abuela.
—Me alegro de que te guste. Me lo regaló mi madre cuando me casé y hace varios días que lo llevo encima para dártelo. Es tu herencia por ser la nieta mayor.
Paloma y Cecilia cruzaron una mirada.
—Gracias, abuela —dijo Cecilia y le dio un beso—. Lo voy a guardar en el joyero de mamá para que no se me pierda.
Nadie volvió a hablar del asunto en la casa, pero a Paloma no se le iba de la cabeza. Le intrigaba cómo había sabido Angelina que ella guardaba el camafeo y en su mente fue creciendo una sospecha. Como no dejaba de vigilarla, la joven acabó percatándose.
—¿Qué fue, niña, qué te traes conmigo?
Paloma le contestó con otra pregunta:
—¿Cómo supiste que yo tenía el camafeo?
Y Angelina trató de evadirse:
—No más supe.
—Pero cómo, anda, cuéntamelo, que no se lo digo a nadie.
—Con mi caja de san Miguelito —cedió al fin Angelina y le explicó en qué consistía.
—¡Estaba segura! —exclamó Paloma excitada cuando concluyó—: Tus papás muertos, la cicatriz de tu frente, el viaje a España... Ahora que lo pienso, o te has equivocado o es que en España hay otra escuela como la de Londres... ¿Tienes que ir a una estación de tren?
 —Ay, niña, no entiendo qué hablas.
—¡Harry Potter, eres igualita!
Pero como Angelina parecía ajena a cuanto le decía, Paloma le explicó la historia del niño aprendiz de mago y las similitudes que guardaba con la suya.
—No, mi niña, me apena desilusionarte mas en nada nos parecemos. A mi papá lo mataron los militares por no aguantarse y querer defender sus derechos pisoteados y mi mamá murió del sufrimiento porque era pobre y nadie la ayudó. Yo tengo esta cicatriz junto al ojo porque me caí de chiquita contra una piedrota y mi abuelita me cosió con tres puntos de hilo rojo. Ve, aún se notan. Y también fue mi abuelita quien me envió a España, pero no a estudiar en una escuela de magia, sino a enderezar mi suerte torcida, a mejorarla pues.
—¿Tu abuela es maga? —insistió la niña.
—Es ilol, curandera, pues. Pero no fue a ningunita escuela. De brujas tampoco. No conoce las letras pero sabe mucho del cielo, de la tierra, del agua, de las plantas, y aprendió ella solita y de otras mujeres que la quisieron enseñar. Allá de donde vengo es así.
—Entonces, ¿tú no vas a ir a una escuela de magia? —reiteró algo desilusionada Paloma.
—No, mi niña. Acá me quedaré contigo.
—Ya sé. Te enseñará tu abuela.
—Así mero —aceptó Angelina—. Ven acá a la ventana. ¿Qué ves?
—Las estrellas.
—¿Sabes qué son?
—Cuerpos celestes que brillan con luz propia —recitó Paloma de corrido.
—No, mi niña, eso está bien para tu escuela. Mi abuelita me enseñó otra verdad, ¿quieres saberla?
—Sí.
—Dicen que el cielo es muy lindo, por algo es la gloria, pero cuando alguien muere y sube allá, piensa en sus hijitos, sus papás, sus amigos, lo que dejó en la tierra, y le hace tanta falta que abre un hoyito para mirar abajo. Por el hoyito se escapa la luz celestial, y nosotros desde acá lo llamamos estrella. La de mi mamá estaba por aquel lado, cerca del lucero; duró harto tiempo, hasta que san Pedro le dio sus alas y dejó de mirar para aprender a volar entre las nubes.
—¿En serio?
—En serio. No más que es secreto. No lo vayas a contar.

© Carmen Martínez Gimeno


¿Te has perdido algún capítulo? Aquí tienes los enlaces desde el comienzo:

viernes, 20 de septiembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 7)

novela por entregas
No, las niñas del siglo XXI ya no se visten así. La Paloma de mi novela no lleva sombrero ni trajes oscuros, pero sí tiene una carita tan dulce como la modelo de este retrato pintado por Cecilia Beaux en 1909-1910. 

Los niños son protagonistas de buena parte de este capítulo. La trama sigue su curso...




CAPÍTULO 7

C
ANTAN los gallos a la aurora, y el hijo de Melva se rebulle buscando su alimento. Doña Chona se levanta de la cama que los tres comparten y enciende el fuego para calentar el café. Luego saca las migas de pastel que todos los días reserva para su protegida de los recortes que vende por las calles en una bandeja de madera pintada de blanco, sujeta al cuello por una tira ancha de lona: las migas sueltas, en cucurucho; los trozos, sobre un papel de estraza. Melva ha de alimentarse para que al niño no le falte su leche.
Cuando salen a la calle, ya hay muchas personas que ocupan las estrechas aceras, indios que corren bajo el peso de su carga, niños que arrastran los pies camino de la escuela, mujeres con su cesta que se dirigen al mercado y dos finqueros, fusta en mano y  mirada insolente, que marchan juntos pisando fuerte. Doña Chona y Melva bajan a la calzada para cederles el paso y avanzan sorteando los charcos. Tienen que llegar temprano a casa de doña Clovis la prestamista, pues hoy es día de colada y ha contratado a Melva para la tarea. Así se ganará su sustento.
La puerta de la calle está abierta, y una sirvienta regatea con una vendedora el precio de diversas verduras que sobresalen de una canasta. Al verlas, le dice a doña Chona que no hubo noticias de España y que pasen adentro, y prosigue con su minucioso trato. La cocina es una habitación amplia que huele a especias y a cebolla recién cortada. De las paredes cuelgan recipientes de barro y sobre una extensa mesa de madera tosca hay una gallina con el cuello retorcido a punto de ser desplumada. Borbotea el agua de una enorme olla puesta al fuego.
—Allá está la ropa —indica la cocinera con la cabeza y los labios mientras agarra del pescuezo al ave—. Son sábanas y manteles, piezas finas, no las vayas a malograr.
Doña Chona ayuda a Melva a trasladar la ropa hasta la pila del patio donde tendrá que lavarla sobre una tabla de madera. La joven escoge la primera prenda, un mantel bordado con girasoles amarillos, y luego coloca a su hijo sobre el montón restante para que siga durmiendo mientras ella trabaja.
La cuesta que conduce a la confitería se le antoja a doña Chona más larga que de costumbre y tiene que detenerse a descansar apoyada en la pared de una tienda. «La vela se acaba», reflexiona pesarosa mientras respira hondo para recobrar el aliento. Del interior le llega el olor a tela nueva, recién teñida, y un rumor de voces.
Una mujer que ha seguido sus pasos por la pendiente se detiene a su lado:
—Vea, doña Chona, la señora Isaura me manda a preguntarle si no querría rezar en los cerros por la niña Clara.
—¿Qué tiene, pues?
—No aguanta el dolor de su pie desde ayer que la revolcó el perro blanco mientras lo paseaba.
—Rezaré por ella —asiente la anciana—. Pero que guarde cama hasta que cambie la luna y esta tardecita vienes a mi casa para que te dé unas hierbas, no se vaya a quedar coja la niña.
La mujer se lo agradece y se despide con un apretón de manos en el que desliza un billete. Doña Chona lo recibe impasible y no lo mira hasta que está sola. «Veinte quetzales, bien comienza la mañana», se regocija mientras se santigua con él y lo guarda entre los pechos bajo su huipil.
Cuando llega a la tienda, la confitera ya tiene separados los recortes de pastel que vende doña Chona. Abundan hoy los de chocolate y los de canela, se alegra al recibirlos, y dispone enseguida la mercancía en la bandeja. Quiere llegar a tiempo para ofrecerla a los alumnos de las escuelas porque sabe que son sus preferidos.
—¿Cuánto por este, marchantita? —le pregunta un flacucho mal vestido y descalzo mientras espera apoyada en una esquina a que pase un autobús para cruzar la calzada.
—Nada más cinco centavitos, marchante —responde amable doña Chona.
El niño saca del bolsillo unas monedas y las cuenta con parsimonia.
—No me alcanza —murmura al acabar.
—Vete a la escuela, otro día me compras.
El niño niega con la cabeza:
—No, para qué voy, si mi pancita no me deja pensar.
Es tan triste su mirada que doña Chona coloca en un trozo de papel el pedazo elegido y se lo tiende:
—No te quiero engañar, marchante. Está duro, no habrá quien lo quiera...
El flacucho le regala una sonrisa sin dientes y sale corriendo con su tesoro.
Las once da el reloj del campanario. Demasiado tarde para dirigirse a la escuela, así que doña Chona enfila la larga cuesta que conduce al mercado. Sus pasos son lentos pues le pesa la carga, pero por fin llega y se acomoda sobre una piedra, con la bandeja sobre las rodillas, a la sombra de una ceiba de inmensa copa, junto a un grupo de indias que tejen sus vistosas labores en telares de cintura, sentadas sobre las piernas, mientras conversan en su lengua arcana de sonido nostálgico. Algunas se le acercan para apreciar su mercancía y hasta le compran un cucurucho de migas baratas que comparten entre risas golosas.
Los puestos están muy concurridos. Los turistas se detienen ante las indias que brindan su artesanía colocada sobre una manta, atraídos por la belleza de los bordados y la fina hechura de la cerámica. Sobre el rumor de voces de los tratos se alzan los golpes secos de los cuchillos con que destazan las reses los carniceros espantando moscas, y por encima de estos, dominándolo todo, se escucha el gorjeo incesante de los cientos de pájaros habitantes en los frondosos árboles que circundan la zona.
Doña Chona está intercambiando un recorte de pastel de crema por una gelatina de vainilla con otra vendedora ambulante, cuando la interrumpe Melva.
—¡Hubo noticias! —exclama alegre—. Me manda la señora Clovis para que sepa que habló Angelina de España.
Primero es sorpresa, luego inquietud y por fin contento. Su nieta se encuentra bien, tiene trabajo y vive bajo un buen techo. Y además le va a escribir una carta.
—En el tiempito que fuiste a la escuela, aprendiste a leer, ¿no es cierto, Melva?
—Más o menos, doña Chona. Como su nieta, pues.
—Bastará para que me leas su carta. Doña Clovis se ofreció, pero tú eres de mi confianza y no te incomodarás cada vez que desee escucharla de  nuevo.
La carta. Antes de mudarse a la casa de Estrella Polar, Angelina había gastado sus últimas monedas en llamar desde un locutorio a Guatemala pero apenas consiguió hablar, por eso anunció que la escribiría. Maldito don Odilón, si no la hubiera abrazado para besarla en la boca cuando quiso despedirse, doña Charito tal vez habría aceptado devolverle el dinero por los días que ya no iba a ocupar el sofá, pero entró en el salón justo cuando su marido la apretaba contra su gruesa barriga, y la agarró de los pelos, india ofrecida, puta, le gritó arañándola, malagradecida, fuera, fuera, que el diablo se te lleve por felona, y la echó de su casa a empujones y patadas.
Tenía que escribir la carta, se proponía Angelina a diario, aunque eran tantas sus ocupaciones que no encontraba el momento de sentarse a intentarlo. Una tarde, mientras planchaba, vino a buscarla Paloma.
—Ya he terminado los deberes. ¿Me llevas al parque?
—No puedo, mi niña. Mira cuánta ropa.
—Pues te ayudo —le ofreció—. ¿Qué quieres que haga?
La joven no dudó:
—¿Me escribirías la carta para mi abuelita? Ha de estar esperándola y ya compré el sobre para enviarla.
Paloma aceptó aunque advirtió:
—Yo no sé escribir en papel sin cuadros. Me tuerzo. Solo me salen bien las letras en las hojas de mis cuadernos.
—¿Y querrás prestarme una?
—Claro —replicó, cogiendo su cartera y sacando una libreta azul que abrió por la mitad—. Ya estoy preparada. Dime qué pongo.
Angelina se quedó pensativa. Era la primera carta que redactaba en su vida.
—Explícale de la casa, del jardín; cuéntale que aprendí a planchar, a cocinar, a ocuparme de los quehaceres. Dile cómo es tu abuelita, tu mamá, cómo eres tú y tu hermana grande. Que a tu papá no lo conozco todavía porque anda viajando.
—¡Pero cómo lo pongo! —la interrumpió Paloma—. Me tienes que decir cómo porque yo así no sé. Primero hay que empezar «Querida abuela Chona», dos puntos, y aparte contar las cosas. Así escribo la carta de los Reyes Magos.
—No te entiendo, mi niña.
—Espera. Vamos a pedirle a mi hermana que nos ayude. Está estudiando en su cuarto.
La encontraron hablando por teléfono. Estaba sentada de espaldas en su habitación, con la puerta abierta, y no las vio.
—...una ONG, papá, nos hemos convertido en una ONG, ya lo verás cuando vengas. Que no, que no exagero. Es una india guatemalteca con unas pintas y una mirada de loca... En cuanto le dices algo, te mira abriendo los ojos de una forma...
No llegaron a entrar en la habitación por no interrumpirla. Volvieron a la cocina y Angelina prosiguió planchando en silencio.
—¿Seguimos con la carta? —propuso Paloma.
Angelina no contestó. Pasados unos minutos, preguntó:
—¿Tengo ojos de loca?
—No —respondió tajante Paloma—. Lo que pasa es que mi hermana es tonta.
—Allá en Guatemala, cuando era chiquita, me decían que tenía ojos de española, y a mí me gustaba. Por eso los abro tanto, para que se den cuenta de que soy como ustedes.
—¿Y cómo son los ojos de española?
—Así como los tuyos y los de todos por acá. No achinados como los de los indios.
Paloma no comprendía lo que quería decir. Para ella los ojos eran todos iguales; no notaba diferencias más que en el color.
—Vamos a escribir la carta, ¿quieres? —insistió para cambiar de tema—. A ver, ya empiezo:
Querida abuela Chona:
Se estancó de nuevo pero enseguida tuvo una inspiración:
—Voy a redactarla como la carta de los Reyes Magos, que es la única que sé escribir.
Angelina aceptó, y Paloma escribió:
Soy tu nieta Angelina y vivo en España en la calle Estrella Polar número 7. Me encuentro bien y trabajo mucho. Sé hacer lo que me mandan, que es lavar y planchar y arreglar la casa, y cuidar de la abuela y de Paloma. Las personas de esta casa me quieren mucho. Son la madre y el padre que está de viaje, la abuela Mercedes y las dos hijas, Cecilia y Paloma.
No se le ocurría nada más. Pero a instancias de Angelina, añadió:
Pues que sepas que esta ciudad llamada Madrid es muy grande, más que Quezaltenango y que la misma ciudad de Guatemala, pero no hay volcanes ni montañas ni campo.  Miras una calle y no más ves casas y casas que no acaban, no como allá que al fondo están los prados y las montañas. Sí hay parques como el llamado del Retiro. Abuela Chona, te extraño mucho, probé la horchata de chufas, el jamón y el chorizo. La comida es rica y aprendí a hacer paella que es con arroz. Yo te contaré otras cosas cuando nos veamos.Cariños de tu nieta Angelina
—Tienes que firmar —indicó Paloma.
Y la joven lo hizo con letra vacilante de persona poco acostumbrada. Luego releyó varias veces la carta y, como le pareció bien, se la dio a Paloma para que la doblara y la metiera en el sobre. A continuación escribió las señas y cuando Angelina hubo terminado de planchar, se acercaron al estanco para comprar el sello y la depositaron en el buzón amarillo del servicio de correos.
Desde que llegó, todas las noches, antes de acostarse, pide doña Chona a Melva que relea la carta. Casi se la sabe de memoria y repite con pelos y señales a sus conocidos las noticias cada vez que le preguntan. Pero le queda la inquietud de esas otras cosas que solo le contará su nieta cuando se vuelvan a ver.


© Carmen Martínez Gimeno


¿Te has perdido algún capítulo? Aquí tienes los enlaces desde el comienzo: