jueves, 1 de noviembre de 2012

Un cuento por dentro: «El sexo según Panchito» (I)

El ala robada y otros cuentos
Hace años, cuando vivía en la ciudad de México, un buen amigo nos reveló durante una noche de fiesta cómo había sido su despertar al sexo en la infancia. Su relato fue tan espontáneo y gracioso que lo guardé en la memoria, sin saber todavía que se iba a convertir en el germen del cuento que terminé de escribir el verano pasado, «El sexo según Panchito», incluido en El ala robada y otros cuentos (ebook Amazon, 2012).
Decidí, sin embargo, que sería un relato coral, con diversos personajes y un narrador omnisciente al que no se le escapara nada importante de lo que sucediera. ¿Dónde ambientaría la acción? No podía ser en México, pues hace ya tanto que regresé, que me sentía incapaz de crear el lenguaje de mis personajes infantiles para hacerlos creíbles, así que me decidí por lo que conocía bien: la España franquista de mi infancia de pueblo.
Yo suelo discurrir lo que más tarde escribo mientras monto en bicicleta o camino, anotando en cuanto vuelvo a casa lo más importante para que no se me olvide. Mientras iba imaginando mi cuento, la primavera avanzaba en el campo, y los vencejos chillaban en el cielo. Eso me inspiró el inicio que necesitaba:

Los gritos de Mela, ¡ya han llegado, ya han llegado!, asomada a la ventana del cuarto de baño distrajeron a sus hermanas que se peinaban ante el espejo, y hasta Ito, la más pequeña, que desayunaba sus sopas de leche en la cocina, corrió por el pasillo para no perderse lo que ocurría.
—Basta —puso orden la madre, cerrando la ventana sin contemplaciones—. Terminad de arreglaros o llegaréis tarde.
—Es mentira, Mela, no has visto nada —le reprochó Lola, mientras volvía al espejo y se atusaba el flequillo, empapado en colonia César Imperator.
—Mentirosa, mentirosa —rezongó Pilar, con una trenza a medio hacer.
—Verdadosa, verdadosa —replicó Mela enfadada—. Os da rabia porque he sido la primera que los he visto.
Sin prestar atención a sus palabras, la madre trenzó con dedos rápidos el pelo despeinado de Pilar y le colocó los lazos.
—Lista —dijo, dándole un suave azote en el trasero, y la mandó a recoger la cartera del colegio.
Pero la discusión no había concluido, y la madre, con la puerta de la casa abierta y las llaves en la mano, tuvo que llamar a voces a sus hijas para que por fin acudieran. Durante el camino al colegio, tres pares de ojos infantiles no dejaron de mirar al cielo, escudriñando aleros y tejados.
—Si ya ha llegado el primero, pronto le seguirán todos los demás —opinó la madre con el fin de que volviera a reinar la concordia entre sus hijas—. Desde luego, ya es tiempo, porque hace muy bueno.
—Sí, hace muy bueno —repitió Pilar, agarrada de su mano.
Y las tres hermanas suspiraron anhelando los largos atardeceres en los que su calle se llenaba con las sillas donde cosían o veían pasar el tiempo las madres y abuelas, mientras los niños merendaban a la vez que jugaban y en el cielo se cruzaban en vuelo rasante los vencejos, cantando su estridente trino.
 Atrás queda el invierno y el mundo despierta a la nueva vida. Ya hemos conocido a parte de las protagonistas. ¿Dónde está Panchito, el niño que da título al cuento? Enseguida aparece en escena:
—Han llegado —se obstinó Mela.
—Pues entonces, el buen tiempo ya está aquí para quedarse. No tendremos que usar más la ropa de abrigo —concluyó la madre, respirando el aire fresco de la mañana, que todavía no olía a los guisos de las vecinas más madrugadoras.
Sin embargo, pasaron días hasta que los vencejos se adueñaron por fin del cielo, y las hermanas siguieron haciendo los deberes en la mesa del comedor, sin permiso para salir a la calle. Hasta que una tarde soleada Margara llamó a la puerta.
—¿Pueden salir a jugar las niñas? —preguntó cuando abrió la madre, y como si quisiera dar fuerza a su petición, añadió—: Mari ya está abajo esperando.
—Bueno —concedió la madre, y sus hijas se pusieron a dar saltos de alegría―. Pero dentro de un rato tengo que hacer un recado y no me puedo llevar a Ito. Tendréis que ocuparos de ella cuando yo me vaya.
—¡Sí, sí! —exclamaron a coro sus hijas sin dejar de saltar y corrieron escaleras abajo.
Mari estaba sentada en el borde de la acera, observando cómo Manolo, el hijo del lechero, construía lo que él denominaba su bólido, la mitad de una puerta de madera a la que pretendía acoplar las ruedas de un coche de capota y el volante herrumbroso de un tractor. Un niño moreno de grandes ojos también observaba la escena desde la acera de enfrente.
—¿Quién es? —preguntó Lola intrigada.
—Es mexicano —respondió Margara—. Habla muy gracioso.
Las tres hermanas lo miraron con admiración, y al fin Mela quiso saber:
—¿Qué hace aquí?
—Es el nieto de doña Pura —contestó Mari y, bajando la voz, añadió—: Dicen que sus padres están en México, pero yo creo que se han muerto y por eso él ha venido a vivir con sus abuelos.
Esta revelación las dejó sin habla. Masticaban el pan con chocolate sin perder de vista los movimientos del mexicano, cuando la madre salió por la puerta.
—Lola y Mela, os encargo que cuidéis de vuestras hermanas pequeñas, sobre todo de Ito, y no la dejéis que corretee sola como perro sin dueño —ordenó, agregando—: Yo no tardaré mucho.
Lola cogió en brazos a Ito y volvió a sentarse en el bordillo.
—¿Qué le pasa a tu madre? —preguntó Margara cuando la vio alejarse calle arriba, contoneándose sobre sus finos tacones y sujetando con el brazo doblado su pequeño bolso negro.
—Nada —replicó Mela, encogiéndose de hombros.
—Tiene la tripa muy gorda —insistió Margara.
—Sí, es verdad —corroboró Mari—. La tiene gordísima.
—No la tiene gorda —intervino Lola con tono autoritario—. Es que se mete trapos y papeles.
—¡Qué tonta eres! —saltó Mela indignada—. Eso no…
Un fuerte codazo de su hermana mayor le impidió terminar la frase y, para no pelearse, se tragó las palabras y se alejó con Pilar so pretexto de jugar al castro.
—¿No se les antojan unas pipas? —les ofreció el mexicano del cucurucho que llevaba—. Mi abuelita me las regaló.
Las dos hermanas se rieron como tontas por lo gracioso de su deje y no supieron qué contestar. El mexicano continuó:
—Soy Panchito y vivo en aquella casa.
Mela continuó callada, pero Pilar respondió:
—Ya lo sabemos, nos lo ha dicho Margara —y alargó la mano para servirse un puñadito de pipas, que compartió con su hermana.
—Pues por acá nos estaremos viendo, yo ya me voy.
Pilar hizo un gesto de despedida con la mano, y Mela volvió a reírse entre dientes. La madre y la abuela de Manolo, que estaban sentadas delante de su lechería sacando los hilos para bordar soles en un mantel, contemplaron risueñas la escena. La abuela comentó, meneando la cabeza:
—Hay que ver la gracia que tiene el chiquillo y lo educado que es.
—Sí que es educado, que hasta a esas pizcas de niñas las trata de usted ―replicó la madre—. Claro que al parecer es hijo único y así ya se puede. Más mérito tiene la pobre Adela, que parece una coneja, en criar a tantas hijas y lo que venga.
La abuela hizo un gesto de asentimiento, y Mela frunció el ceño, porque Adela era su madre y le habían llamado coneja, no sabía si como insulto, pero desde luego no como elogio. 
(Continuación)
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