viernes, 19 de octubre de 2012

Así escribimos un cuento

cómo escribimos un cuento
Hemos pensado y repensado, elaborado un guión de principio a fin con nuestros personajes, decidido quién será el narrador y si hablará en presente o en pasado, y estamos listos para comenzar a escribir...
Un momento: todavía falta algo importante.
¿Qué título daremos a nuestro cuento? Algunos autores lo eligen al final, una vez terminada la tarea de creación y escritura, pero otros necesitamos tenerlo ya en la cabeza antes de empezar a escribir; como el marco en el que encuadraremos nuestra historia. Es cuestión de gustos o de personalidad. ¿Y cómo se elige? Cuestión de gustos y de personalidad, también. Hay títulos cortos y largos o larguísimos. Se recomienda que sean sugerentes para atraer la atención de los lectores, pero nadie tiene la clave que asegure el acierto.
Empezamos a escribir. Sabemos que las primeras frases son fundamentales. En un cuento no sobra espacio para divagaciones, así que hemos de avanzar deprisa, evitando pormenorizadas introducciones y descripciones de los personajes y el escenario. Hemos de centrarnos en los detalles imprescindibles y dejar el resto a la imaginación del lector.
Utilizaremos oraciones no excesivamente largas y buscaremos ante todo claridad. Tiene que entenderse a la primera lo que queremos transmitir. No hemos de emplear palabras cuyo significado desconozcamos o no dominemos; y estaremos pendientes de las repeticiones, buscando sinónimos apropiados. Evitaremos también las cacofonías y la profusión de adverbios terminados en mente (se pueden cambiar por el adjetivo correspondiente; por ejemplo, lentamente, lento). Cuidaremos la adjetivación: pocos adjetivos y acertados. No emplearemos muletillas y prestaremos atención especial al mal uso del gerundio (carta conteniendo; un coche cayó al río, muriendo sus ocupantes); al empleo del verbo haber como impersonal (hubo muchos accidentes; había grandes discusiones); al queísmo (informar que) y al dequeísmo (ocurre de que), así como al loísmo, laísmo y leísmo.
En cuanto a la puntuación, cuidaremos de facilitar la lectura con el empleo de la coma, el punto y coma, y el punto y seguido. Nos aseguraremos de emplear punto y aparte al menos dos veces por página.  Si aparecen preguntas directas en nuestro relato, no olvidaremos utilizar el signo de interrogación de apertura y de cierre (¿?); lo mismo es aplicable en el caso de la admiración (¡!). Las comillas que abren siempre tienen que cerrar (utilizaremos las angulares, que son las correctas «»). Los diálogos se construyen con guión largo (—, que en Windows se consigue pulsando AltGr + el menos del teclado numérico). Si continúa hablando un mismo personaje y ha habido un punto y aparte en su parlamento, se marca con comillas de seguir (»).
¿Qué ocurre si el cuento no avanza como teníamos planeado? Casi siempre, al expresar por escrito lo que teníamos en la cabeza, surgen variaciones que nos hacen vacilar. ¿No hemos sido capaces de lograr lo que nos proponíamos? ¿O más bien la lógica del relato o nuestra inspiración nos han llevado por otros derroteros? No debe preocuparnos si de improviso un personaje cobra importancia y se traga literalmente al que pensábamos el protagonista. Somos los creadores, y ellos, nuestras criaturas. Harán y dirán lo que les ordenemos, pero démosles libertad para desarrollarse. Nunca hay un solo relato y un solo final, así que podemos elegir cambiar sobre la marcha cuantas veces queramos sin menoscabo del resultado final.
¿Y si se nos corta la inspiración? Intentaremos continuar, releyendo lo que llevamos escrito y recordando nuestro argumento, pero si no logramos avanzar, guardaremos nuestro trabajo y nos pondremos a otra cosa. Sin embargo, es conveniente no dejar pasar mucho tiempo antes de intentarlo de nuevo. La escritura es un hábito, y la inspiración no llega si se está distraído en lugar de trabajando. A fuerza de intentarlo una y otra vez, conseguiremos cumplir nuestro objetivo.
Ya está. Hemos terminado de escribir el cuento. Ahora toca dejarlo reposar, por lo menos, unos pocos días. Luego lo revisamos y corregimos. Nos fijamos en que no haya incoherencias en el desarrollo de la trama; comprobamos que la sintaxis está perfecta y, sobre todo, que no hay anacolutos; buscamos errores gramaticales y erratas, y comprobamos que el texto se entiende por completo sin necesidad de releer ninguna parte.
Buscamos otros ojos. Necesitamos que al menos otra persona con conocimientos lingüísticos y literarios lea nuestro texto y nos haga correcciones. Y si puede ser alguna más, aún mejor.
Incorporaremos a nuestro cuento las correcciones de errores gramaticales, sintácticos o erratas que nos propongan. Sin embargo, no siempre tendremos en cuenta las sugerencias en cuanto a personajes, desarrollo de la trama o final. El creador es quien decide qué es lo que quiere. Habrá tantas sugerencias distintas como personas que lean el cuento, y nuestro criterio, si está fundado, es el que debe prevalecer. O no, eso es cosa de cada uno.     
¿Y cómo será nuestro estilo literario? Irá cambiado y mejorando a lo largo del tiempo. No surgirá de la nada como por arte de magia. Requerirá esfuerzo, reflexión y, sobre todo, mucha lectura de los grandes escritores. Veamos algunos.
Jorge Luis Borges decía que los escritores empezaban siendo barrocos por timidez, porque querían envolver en grandes palabras lo poco que aún tenían que decir. Así comienza su cuento «La intrusa» (en El Aleph, Barcelona, Seix Barral, 1983):
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe.
Ernesto Sabato sostenía que el buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas. Así comienza el «Informe sobre ciegos», uno de los capítulos de la novela Sobre héroes y tumbas (Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1974), que por su estructura y contenido se puede leer por separado, como un cuento:
¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?
Manuel  Rivas afirma que una de las razones de escribir radica en el acto de maravillarse ante lo que otros escriben y cuya perfección te gustaría rozar. Así comienza su cuento «La barra de pan» (Ella, maldita alma, Madrid, Punto de lectura, 2006):
De niño, en los tiempos del hambre, mi madre me mandó con la cartilla de racionamiento. A ver qué daban. Siempre daban poco, pero cualquier cosa que entrase en la casa del pobre era un manjar. Nosotros vivíamos en la aldea, pero no teníamos tierras. Mi padre, ya sabéis, era obrero.
      Y éramos muchos en la familia, una rueda de polluelos alrededor de la madre. Salí por la mañana temprano. Tenía que andar cinco kilómetros hasta Cambre. Dejé atrás la casa oscura y ahumada3. Dejé atrás a mis hermanos, una letanía coral de llanto y tos. Y el día por fuera era como la casa por dentro. Con una niebla pegajosa, una roña fría y tristona que envolvía todas las cosas y se metía en la cabeza.

 De Juan Rulfo se cuenta que una de las muchas veces que le preguntaron por qué no escribía más, respondió con sorna: «Era mi tío quien se sabía las historias, y ya se murió». Así empieza «No oyes ladrar los perros» (en Pedro Páramo y el Llano en llamas, Barcelona, Planeta, 1975):
      —Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
      —No se ve nada.
      —Ya debemos estar cerca.
      —Si, pero no se oye nada.
      —Mira bien.
      —No se ve nada.
      —Pobre de ti, Ignacio.
      La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.

Aviso a navegantes: Si no dudas cuando escribes, si nunca has leído una gramática ni un manual de estilo, si no te ayudas de libros de consulta, ni siquiera tienes conciencia de lo mucho que ignoras.

Un cuento de Navidad

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