domingo, 14 de octubre de 2012

¿Escribimos un cuento?


¿Quieres que te cuente el cuento de la Cáncaramusa que nunca se acaba y un día se acabó? Yo no digo ni que sí ni que no, solo digo que si quieres que te cuente el cuento de la Cáncaramusa que nunca se acaba y un día se acabó…
Cuento popular, como el de María Sarmiento

Un cuento comparte con la novela el mismo proceso de creación, pero se diferencia en la extensión, mucho más corta, que obliga a centrarse en una sola trama con pocos personajes y un periodo temporal de desarrollo corto. Igual que la novela, debe tener una introducción, un nudo y un desenlace. Hay cuentos de todos los géneros, de los clásicos infantiles de Christian Andersen, los hermanos Grimm o Charles Perrault,  a los actuales de ciencia ficción, policiacos, de terror, de humor, fantásticos, de hadas, de suspenso, históricos, románticos o incluso microrrelatos.
 Sea cual fuere el tipo de cuento que queramos escribir, estos son los pasos necesarios para lograrlo:

1.     Inspiración

De todas las ideas que se nos ocurren, hemos de concentrarnos en una y elaborarla para desarrollar de principio a fin el argumento o trama. Ayuda tomar notas por escrito para no dejarnos nada en el tintero.


2.     Creación de personajes

Habrá un personaje principal (que también puede ser coral) y algunos secundarios. Han de ser creíbles en sus rasgos y actuación, para lo cual es importante reflexionar sobre cada uno de ellos y dotarlos de personalidad propia que tendremos en mente al escribir y, aunque no se pormenoricen sus características en la trama, quedarán subyacentes en lo que hagan o digan.


3.     Elección del narrador

Depende del punto de vista desde el que se quiera abordar el relato. Puede ser en primera persona (yo), lo que implica estrechar el campo de visión, porque yo solo puedo hablar de  lo que he visto o lo que me han contado:
«Era martes. Ese día llevamos los de mi clase tan repleta de cuadernos y libros la mochila, que el peso nos obliga a andar cabizbajos, mirando solo los pies de las personas con las que nos cruzamos.» (Carmen Martínez Gimeno, Viruta, Zaragoza, Edelvives, 2ª ed., 2011.)

 Puede ser en segunda persona (tú), lo que supone las mismas restricciones en cuanto a visión que la primera persona y es difícil de utilizar de modo continuado porque tiene que haber una buena justificación:
«Cada vez son más los días en los que te cuesta levantarte. Total, para qué, si no hay nada que desees hacer. Si la vida se ha convertido en una sucesión interminable de horas muertas, de soledad y de tareas rutinarias que apenas te entretienen. Y las noches no son mejores. El insomnio va en aumento, y aquellos alegres sueños que recordabas al despertar en los que volabas nadando a braza por el aire o ascendías sin esfuerzo de un árbol a otro, causando admiración a los mismos pájaros, han desaparecido.» (Carmen Martínez Gimeno, «Soliloquio», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012.)

 Por último, puede ser en tercera persona (él o ella), recurriendo a un narrador omnisciente con un campo de visión absoluto sobre todo lo que pasa e incluso capaz de profundizar en lo que no se ve, como los sentimientos de  los personajes:  
«Magnolia estaba aburrida. Sentada ante el destartalado tocador, se había retocado varias veces el peinado, atusado el vestido, estirado el cuello de encaje y pellizcado con brío las mejillas para disimular su extremada palidez. Cansada de tamborilear con los dedos sobre la madera gastada, se levantó para dirigirse al balcón.» (Carmen Martínez Gimeno, «Pitiflor», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012.)


4.     Elección del tiempo de la narración

Es posible narrar en presente, como si los hechos estuvieran sucediendo en el momento de contarlos:
«Mientras conduce su coche coreano recién estrenado, Inés piensa cuánto tiempo hace que no viene al barrio de su madre; han de ser varios meses, calcula, pues han surgido como de la nada un flamante supermercado, una nueva rotonda y un polideportivo. Además, algunas calles han cambiado el sentido de la circulación, y se desorienta, con lo que tarda más de lo habitual en un trayecto que antes se sabía al dedillo» (Carmen Martínez Gimeno, «Soliloquio», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012).

Utilizar el presente histórico, que narra en presente hechos del pasado:
         «—No sabéis lo que me pasó ayer —dijo Ernesto, bebiendo un largo trago de su cerveza—. Resulta que entro en casa y me encuentro la sala revuelta, los libros por los suelos, los cuadros descolgados de la pared y el sofá destripado. Escucho los ladrillos de mi perra y, cogiendo el garrote que tengo a la entrada, avanzo por el pasillo». (Texto inédito de la autora).

Narrar en pasado, como hechos ya concluidos:
«Descubrí la mañana siguiente que mi nueva vecina de cámara estéril era la chica de dieciséis años que tenía tres hijas. Era una gitana portuguesa de largos cabellos recogidos en una trenza, rostro afable y voz acariciadora. Me relató enseguida las circunstancias de su vida y, ganada por su inocencia, yo le conté parte de las mías.» (Carmen Martínez Gimeno, «Cámara estéril», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012).

O mezclar pasado y presente, lo que requiere mayor dominio de la escritura:
         «—Hambre —repite el anciano, sin dejar de untar de mermelada hasta la última miga de pan—, qué sabréis vosotros de eso. Tú tienes catorce años, ¿verdad? —se dirige al nieto—, pues fíjate, a los dieciséis, sin comerlo ni beberlo, me mandaron a mí al frente en un tren de mercancías repleto de muchachos de mi misma edad, la quinta del chupete nos llamaron.» (Carmen Martínez Gimeno, «Antoñito Zampabollos», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012).


5.    Decidir  dónde iniciamos el relato

Por el principio, siguiendo el orden lógico o cronológico.
Por el final, narrando de atrás adelante lo sucedido.
Por un punto de clímax de la narración, avanzando o retrocediendo en el relato.


6.     Decidir cómo lo terminamos

Con un final abierto, donde se deja la trama en un punto de clímax y se crea expectación en el lector.
Con un final cerrado, donde se resuelve la trama con felicidad (como en los cuentos de hadas, donde comen perdices y  colorín colorado) o con tristeza (como es el caso de  muchos cuentos históricos y mitológicos).
Con un final mixto, donde se resuelve una trama principal, pero quedan abiertas otras secundarias o viceversa.

Llegado el momento de comenzar a escribir, conviene tener en cuenta algunas recomendaciones que nos ayudarán a atraer la atención del lector, a mantener a raya a nuestros personajes y, sobre todo,  a crear o mejorar nuestro estilo. Pero eso es otro cuento (Continuación). 


Mafalda y el cuento

Si tienes ganas de saber más, lee las reflexiones del famoso escritor de cuentos estadounidense Raymon Carver.
Y aunque solo venga a colación por el título, no dejes de ver la excelente película Un cuento chino


Un cuento de Navidad

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