martes, 8 de enero de 2013

Concordancia (I)

Desde el comienzo de los tiempos, nuestra capacidad de raciocinio nos puso a reflexionar sobre todo lo divino y lo humano. El lenguaje no escapó a este escrutinio, y las reglas sobre su uso empezaron a florecer pronto, desde la aparición de la escritura.
Para los griegos, la gramática, que significaba «arte de las letras», comprendía todas las partes del discurso: ortografía, sintaxis, interpretación de los textos e incluso crítica literaria. Fueron los romanos quienes establecieron la distinción entre literatura, para la parte histórica e interpretativa, y gramática, para el conjunto de normas y reglas del lenguaje.
La gramática ha avanzado desde su origen basándose en la observación del uso del lenguaje a fin de establecer y desarrollar reglas generales. Son los lingüistas, escritores, filósofos  y académicos de la lengua quienes prescriben las normas por las que se rige el discurso culto, sobre todo el escrito, aunque muchas veces se cree una brecha con lo que se escucha en la calle. Hablar —y ya no digamos escribir— de una manera u otra marca nuestra procedencia e indica nuestra preparación. Por supuesto, cada cual es libre de hablar o escribir como mejor le plazca, pero debe tener conciencia de que, al hacerlo, está revelando a los demás una parte importante de sí mismo, de sus excelencias y de sus carencias.
Todo este preámbulo viene a cuento por el asunto que da título a la entrada: la concordancia, aspecto fundamental en el discurso, sobre todo escrito, y no exento de controversia. Confieso que me ha costado sintetizar las múltiples facetas que se deben tener en cuenta en la relación entre las palabras y, en particular, encontrar un lenguaje sencillo, en la medida de lo posible, para su exposición.       
Empecemos por el principio. El Diccionario de la RAE define concordancia como «correspondencia o conformidad de una cosa con otra» y en la segunda acepción añade que, en gramática, es la «conformidad de accidentes entre dos o más palabras variables». Los accidentes son el género y el número, además de la persona en el caso de la concordancia del verbo con su sujeto o del pronombre reflexivo con su sujeto.
Se debe tener en cuenta la concordancia
·              Del artículo, adjetivo, nombre o pronombre con el nombre
·              Del pronombre con su antecedente y su consecuente
·              Del verbo con su sujeto
En general, la concordancia entre el artículo, el adjetivo y el nombre no presenta dificultades:
Esa casa blanca;  los árboles de relucientes hojas verdes.
Pero ¿qué ocurre cuando se trata de un solo adjetivo que hace referencia a más de un nombre? La regla general establece que se concierta en plural y masculino siempre que lo sea alguno de los nombres:
El viento y la lluvia helados; los sabrosos pasteles y galletas que comimos.
Sin embargo, cuando el adjetivo va antepuesto a los nombres, muchas veces se emplea concordancia de proximidad, por la cual se hace concertar el adjetivo con el nombre más próximo, cualquiera que sea su género y número:
Su extraordinaria capacidad e interés por el trabajo.
Esas caídas de ojos y modo de hablar en susurros.
Aquellas órdenes y protocolo anticuados.    
La única objeción a este uso es que pueda dar lugar a equívoco, en cuyo caso se debe seguir la regla general de concertar en plural y masculino si alguno de los nombres lo es:
No le permiten comer más que  pescado y carne blancos.
En los casos en que el adjetivo no haga referencia a todos los nombres que van juntos, hay que especificarlo, bien invirtiendo el orden de los nombres, bien repitiendo alguna preposición o adjetivo determinativo:
Su supuesta integridad y su amor por la patria o Su amor por la patria y  supuesta integridad.
Los títulos de tratamiento como alteza, majestad, señoría, etc. (que son femeninos), llevan determinantes y adjetivos adyacentes en género femenino, pero los adjetivos en función de  atributo o predicado, en el género que corresponda a  la persona aludida:
Su graciosa majestad británica Jorge VI. Vuestra majestad es muy espléndido. Su reverencia se encuentra indispuesto. Su ilustrísima irá vestido de gala. Sus señorías estaban encerrados en el Parlamento.
¿Por qué se escribe el aula  pero esta aula; el alma pero esas almas; el hacha, pero aquellas hachas? Se trata de nombres femeninos que empiezan por a o ha tónica, y los motivos son etimológicos: el artículo determinado  el, la, lo procede del demostrativo latino ille, illa, illud  y antes de llegar a sus actuales formas hubo otras intermedias, como el femenino ela, que se reducía a el, conservando el género femenino, cuando precedía, entre otros casos, a un nombre iniciado por a tónica: el águila. Lo mismo es aplicable al artículo un femenino, procedente del latino unam. Por tanto, hay que hablar de formas el y un masculinas (el niño, un niño) y otras femeninas (el alma, un alma).
La regla es la siguiente: solo los artículos (femeninos) el, un y los indefinidos algún y ningún (como compuestos de un) preceden inmediatamente en su aparente forma masculina a los nombres femeninos que empiezan por a o ha tónica:
El alma, un alma, ningún alma.
Pero
Esta alma, esa alma, toda alma.
Poca hambre.
Mucha hambre.
Primera aula.
Sin embargo, si entre el artículo y el adjetivo se inserta otra palabra, se emplea la forma femenina normal del artículo:
La cristalina agua, pero el agua cristalina.
La auténtica águila, pero el águila auténtica.
La complicada álgebra, pero el álgebra complicada.
La pequeña ave canora, pero el ave canora pequeña.
La amable hada de los bosques, pero el hada amable de los bosques.
La palabra todo, sea determinante o predeterminante, se emplea en su forma femenina normal:
Toda agua (y no todo agua).
Toda el agua (y no todo el agua).
Toda el área (y no todo el área).
En plural se usan siempre y en todos los casos las formas femeninas normales:
Las almas, unas almas, algunas almas.
Las artes; unas armas; las hachas.
Se exceptúan de esta regla los nombres propios de mujer, las letras del alfabeto y las siglas, siempre que el núcleo de la denominación no abreviada (por lo general, la primera palabra) sea un sustantivo femenino que no comience por a tónica:
Era la Ana de otros tiempos.
La Álvarez que vive arriba.
La a; la hache; la alfa.
La APA (Asociación de Padres de Alumnos).
Debe tenerse en cuenta que las palabras derivadas o compuestas no se rigen por esta regla si ya no comienzan por  a tónica como su originaria:
El agua clara, pero la agüita clara.
El agua marina o dulce, pero una aguamarina (piedra preciosa).
Tampoco es aplicable esta regla a los adjetivos ni a la ciudad de La Haya:
La agria polémica; una árida llanura.
Otro caso de concordancia particular lo constituye el plural de los nombres compuestos del tipo coche cama,  hombre rana, ciudad dormitorio, coche bomba o mujer clave. El carácter especial lo confiere el segundo elemento: un nombre que se une a otro nombre con función de adjetivo y que permanece invariable en su forma plural:
Coches cama; hombres rana; ciudades dormitorio; coches bomba; mujeres clave; jugadores estrella; horas punta; niños prodigio; sofás cama; casas cuartel; pisos piloto; faldas pantalón; mujeres objeto; hombres florero.
En cuanto a los colores, cuando se usan como sustantivo son siempre masculinos: el verde, el rojo, el naranja. Si se emplean como adjetivos y son de dos terminaciones (blanco-a; rojo-a; amarillo-a), concuerdan en género y número con el nombre al que modifican:
Falda roja; pantalones blancos.
Sin embargo, si para expresar matices se añade al color un adjetivo como claro u oscuro, el uso mayoritario es escribir ambos términos en masculino, incluso cuando hagan referencia a un nombre femenino:
La gran flor rojo oscuro de ese árbol.
La falda amarillo claro que vestía.
Los nombres de color hacen el plural de acuerdo con las reglas generales:
Los blancos; los carmesíes; los azules.
Si el color lleva en aposición otro sustantivo, este permanece invariable:
Los verde botella; los grises perla; los blanco hueso.
Cuando funcionan como adjetivos, hay que establecer una distinción: los que designan solo colores, que concuerdan siempre en género y número con el nombre:
Faldas rojas; montañas verdes; ojos azules.
Y los nombres en función de adjetivo por ser del color que se quiere expresar. En este caso, la norma culta era emplear dichos nombres en aposición con plural  invariable, pero ahora la tendencia es hacerlos concordar con el nombres como si fueran un adjetivo pleno:
Faldas malva, pero también faldas malvas.
Jugadores azulgrana, pero también jugadores azulgranas.
Trajes granate, pero también trajes granates.
Sin embargo, si para expresar matices se añade otro adjetivo (o sustantivo en función de adjetivo), la norma mayoritaria es mantener ambos invariables en singular:
Pantalones verde botella; ojos azul celeste; aguas azul turquesa; hojas verde limón.
Cuando se emplea el término color, suele ir precedido por de pero a veces también se usa en:
Una tela de color azul; una tela en color azul.
Los nombres de objetos o sustancias empleados para expresar un color se convierten en dicho color en cuanto se hacen habituales, y se usan en aposición:
Color barquillo; color fresa; color aguamarina; color malva.
Sin embargo, es el uso el que marca sus posibilidades. Se puede escribir:
Un vestido color malva o un vestido malva,         
 Un vestido color azafrán, pero no un vestido azafrán.
Un abrigo color chocolate con leche, pero no un abrigo chocolate con leche.
Unos ojos color miel, pero no unos ojos miel (mucho mejor, ojos de miel, que sería más que un color).
De los  pronombres, debe destacarse la concordancia de los reflexivos con el sujeto en número y persona. Se escribe:
Yo volví en mí (y no yo volví en sí).
Sin embargo, para las formas volver en nosotros y volver en vosotros, que rara vez se utilizan, se recomienda recobrar el conocimiento.
Dar de sí tiene dos acepciones: 1) frase hecha que significa ensanchar o perder tensión y solo se emplea en tercera persona del singular para cosas materiales —en especial, tejidos o prendas de vestir—, y 2) rendir o producir. Por lo general, en esta segunda acepción se emplea en tercera persona, tanto del singular como del plural. Sin embargo, si el sujeto es una primera o segunda persona, deben usarse las formas correspondientes del pronombre reflexivo:
No doy más de mí por el cansancio.
Si no puedes dar más de ti, abandona.
Su uso con la primera y segunda persona del plural no es habitual ni, por tanto, aconsejable.
Locuciones semejantes son no caber en sí de gozo; no tenerlas todas consigo o valerse por sí mismo:
No cabía en sí de gozo. No quepo en mí de gozo.
No las tenía todas conmigo. No las tiene todas consigo.
Yo me valgo por mí mismo; tú te vales por ti mismo; él se vale por sí mismo.
La concordancia se hace con el complemento y no con el sujeto en el caso de poner fuera de sí:
Lo pusieron fuera de sí.
Me ponéis fuera de mí.
Los pronombres reflexivos mí, ti, sí precedidos de la preposición con forman las formas conmigo, contigo y consigo. Se escribe:
Me he reencontrado con mi padre y conmigo mismo (y no Me he reencontrado con mi padre y con mí mismo).
Enfádate contigo mismo y no conmigo (y no Enfádate con ti mismo y no con mí mismo).

     

3 comentarios:

  1. Tengo una pregunta, en esta parte: "Esas caídas de ojos y modo de hablar en susurros." no entiendo cual es el adjetivo y como sería si se respetara la regla. Y aquí "Aquellas órdenes y protocolo anticuados." se supone también es un ejemplo de concordancia de proximidad entonces, ¿por qué anticuados está en plural?. Gracias!

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    1. «Esas caídas de ojos y ese modo de hablar en susurros» sería la construcción respetando la regla de concordancia general. El adjetivo (demostrativo) es «esas», femenino plural, mientras que «modo» es masculino singular. El ejemplo siguiente es similar: «Aquellas» es un adjetivo demostrativo femenino y «protocolo» es masculino. Por su parte, el hecho de que «anticuados» esté en plural indica que se aplica a los dos sustantivos. Es un ejemplo de concordancia de proximidad en los dos adjetivos: «aquellas» concuerda en género y número con «órdenes» y «anticuados» concuerda en género y número con ambos sustantivos. Observa esta otra oración para comprobar la concordancia: «Aquel protocolo y órdenes anticuados» o «Aquel protocolo y órdenes anticuadas». El significado es distinto según la concordancia que se emplee.
      Un saludo, Diana.

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    2. ¡Muchas gracias! Resolvió mis dudas. Y una felicitación por su trabajo, es muy bueno.

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