miércoles, 30 de enero de 2013

«Ad umbilicos»

Por hidalguías minúsculas
como un capullo o un libro
se plantan las semillas de sonrisas
que en la oscuridad florecen.
Emily Dickinson (la traducción es mía)

Hubo un tiempo en el que leía sin parar todo lo que caía en mis manos. Tal era mi afición que en casa y en el colegio decidieron que había que poner límites a mi ensimismamiento y fueron muchas las veces que me obligaron a dejar la lectura y salir al recreo o a la calle. Unos libros me gustaban más que otros, pero todos los leía atentamente hasta el final porque no concebía que se pudieran dejar a medias. Una vez que empezaba, no paraba hasta llegar al colofón que solían llevar en la última página y decía más o menos: «Este libro se terminó de imprimir a tantos de tantos de tantos en la imprenta tal de tal sitio».
Sin embargo, con el paso del tiempo comprendí que los libros, como todo en la vida, se pueden dejar a medias y también que hay muchas maneras de leer según los intereses. Mi profesión me obliga a leer a diario y me he acostumbrado a discriminar para no saturarme. Discrimino incluso cuando leo novela: separo lo que me atrae de lo que me disgusta; salto páginas en cuanto pierdo el interés y voy picoteando hasta llegar al final. Eso ocurre las más de las veces.
Pero también sucede que encuentro libros capaces de obrar el milagro, libros que me devuelven a la época de ávida lectora, que me atrapan entre sus palabras y su trama, y que me dejan la misma sensación de placentero asombro cuando llego al final. Hoy dedico esta entrada a dos de esos libros: por orden de lectura, La pintora de estrellas de Amelia Noguera y Los pelícanos ven el norte de Pablo de Aguilar González.

«Nunca se hace daño por amor. Siempre es por egoísmo».
(La pintora de estrellas, Amelia Noguera)
La historia escrita en el cielo
 ¿Qué nos hace decidirnos por una novela? En mi caso, con frecuencia detalles triviales. Reconozco que me gustó el título de La pintora de estrellas y me pareció que Amelia Noguera era un buen nombre para una escritora. Me dejé llevar por la intuición y no me equivoqué.
La pintora de estrellas es una ambiciosa novela con un sólido argumento y personajes trabajados que cuenta una compleja historia familiar en dos planos temporales distintos de presente y pasado, cuyo nexo es un personaje de gran carga emocional: Diego, abuelo de la otra protagonista indiscutible de la novela, Violeta. Sin embargo, ella no es la pintora de estrellas que da título a la obra, sino una mujer maltratada que abandona a su marido cuando se entera de que está embarazada. Con el viaje que emprenden juntos abuelo y nieta a la casa familiar en Asturias comienza a desvelarse el pasado más antiguo de Diego y el más reciente de Violeta, uno vivido en París durante la ocupación nazi, y el otro, en el Madrid actual.
Los capítulos de la novela están a su vez divididos en diversos planos temporales y perspectivas, cambiando de narrador en cada uno de ellos: segunda persona para el prolongado soliloquio de Diego con su amada muerta; segunda persona también para el diario del desamor que empieza a escribir Elisa; tercera persona para narrar el pasado en París de Diego y también  el presente de Violeta y Diego. A primera vista puede parecer una estructura complicada, pero está tan perfectamente delimitada que no lo es: siempre sabes lo que estás leyendo porque se marca al inicio el lugar y el año, e incluso la hora cuando se trata del presente. Asimismo, existe un logrado equilibrio entre la narración  retrospectiva y la presente.
Escrita en una cuidada prosa de descripciones precisas, la novela ha exigido a Noguera una extensa documentación histórica para hacer creíble la ambientación en la ciudad de París de buena parte de la trama durante la época oscura de la ocupación nazi y también  para desarrollar uno de los hilos argumentales: la participación de Elisa, la pintora de estrellas, en una operación organizada por la resistencia francesa para salvar destacados cuadros de los museos parisinos, participación que acabará costándole la vida.  
Destacaré también que otro de los logros indiscutibles de Noguera es la dosificación precisa de pistas a lo largo de los capítulos para ir resolviendo los misterios ocultos en el complicado pasado de los abundantes personajes: mujeres maltratadas en nombre del amor, hombres cobardes en nombre del amor, amistades peligrosas, amores no correspondidos, traiciones y vidas truncadas.
Sin embargo, a pesar de tantas desdichas con el telón de fondo de nuestra guerra civil y la segunda guerra mundial, la novela es optimista, y el precipitado final que surge de la última de todas las tragedias es esperanzador: Violeta decide tener a su hijo y guarda bajo llave los diarios de su madre muerta. Este es el único pero que pongo a la novela: los terribles acontecimientos que desencadenan el final merecerían mayor desarrollo, pero intuyo que esos diarios guardados bajo llave y la incipiente amistad que surge con alguien muy cercano a la protagonista formarán parte del argumento de la siguiente novela de Noguera, que ya espero con interés, y me pregunto si pensará crear una novela río de varios volúmenes.  
«El norte, ahora, me rodea por los cuatro costados».
(Los pelícanos ven el norte, Pablo de Aguilar González)  
Los pelícanos ven el norteNo llegué a Los pelícanos ven el norte por casualidad. Fueron varias las personas, todas ellas escritoras, que me la recomendaron, y por suerte me fié de su criterio. Acabo de terminar la lectura y aún permanezco asombrada por su original argumento y la medida prosa con la que está contado.
Un perdedor manchego con nombre de héroe clásico y cargado de fobias inverosímiles se harta por fin de su vida mediocre y cruza el océano para buscar en un curioso viaje por Estados Unidos a una amiga de la infancia con la que se sentía seguro.
¿Es este el argumento? No. Solo es el punto de partida para una sorprendente narración en primera persona y presente histórico en su mayoría que va desmenuzando la vida del protagonista y los personajes de su alrededor. Son gente del montón, no sobresalen por ser guapos ni listos y se enfrentan estoicos al escarnio de los otros: «a la gorda, a la gorda le pica el culo, y se rasca y se rasca con un tarugo». Esta cancioncilla, que por lo menos todos los manchegos hemos conocido en nuestra infancia, está dedicada a dos de los personajes femeninos que, sin embargo, se hacen entrañables a medida que avanza la novela y descubrimos parte de su alma. Porque una de las características más importantes de esta novela, la que la convierte en excepcional, es la capacidad que tiene De Aguilar González para sorprender: el relato pasa del humor a la lágrima a una velocidad vertiginosa y cuando menos lo esperas. Y sobre todo te sientes identificado con los personajes, la buena gente anodina con una vida interesante que contar a poco que se rasque en la superficie.        
 Destaco, asimismo, la valentía de De Aguilar González para terminar con un inesperado final feliz cuando el antihéroe ha vuelto a su Albacete natal y ha recuperado su monótona vida de profesor de inglés, ya sin fobias, pero solo, porque su Dulcinea ―o más bien su Don Quijote al que él se había acostumbrado a servir como escudero— ha encontrado el amor en Estados Unidos, pero no es él.
¿Y por qué se titula la novela Los pelícanos ven el norte? Eso me lo callo para que los lectores tengan el placer de descubrirlo con su lectura, como hice yo. Un último apunte: he sido incapaz, por más que me lo he propuesto, de cantar «la gorda y el bombacho se quieren un capacho» con la música de «Me lo dijo Pérez», pero sí recuerdo haber leído Una comuna en Madrid de Martín Vigil, así como La vida sale al encuentro, aunque no tomé notas (porque no se me ocurrió).
La pintora de estrellas y Los pelícanos ven el norte son dos novelas de escritores independientes publicadas en Amazon. Ambas tienen una calidad tan superior a la media que su lectura se convierte en una actividad adictiva. De ahí viene el título en latín de esta entrada: mucho antes de la invención de la imprenta, cuando los libros todavía no estaban compuestos por cuadernillos, pervenire ad umbilicos significaba para los latinos llegar al final, terminar la lectura, siendo el umbilicos un eje de madera, acabado en dos cuernos, que se colocaba en la última página y servía de sostén al volumen. Yo he llegado a esa última página con gusto, con ganas de leer más, y agradezco a ambos escritores el placer que me han proporcionado con su excelente trabajo.        

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12 comentarios:

  1. Encomiable iniciativa. Y muy buenas elecciones. Saludos, Carmen...

    Rafael

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  2. Gracias, Rafael. Un saludo para ti también.

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  3. Carmen, tengo que decirte que agradezco muchísimo tu lectura minuciosa y tu crítica sincera. Para una escritora, todas las opiniones sobre tu trabajo son especiales pero las que critican desde la "autoridad" de la experiencia se esperan con más inquietud. También te digo que el que hayas publicado tu reseña de "La pintora de estrellas" junto con la de la novela de Pablo de Aguilar, "Los pelícanos van al norte", me gusta especialmente. La novela de Pablo ganó el primer premio en el certamen de novela de la revista "Qué leer" hace unos años, así que no puedo estar mejor acompañada.

    Mil gracias y espero no defraudarte en la segunda parte de esta serie que, sí, existe: "La pintora de la luna". En unos meses, la publicaré en Amazon.

    Un fuerte abrazo,
    Amelia

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  4. Mil gracias a ti, Amelia, por los buenos ratos que he pasado leyéndote. Y espero seguir haciéndolo.

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  5. Lo son, Iván, pero hay muchos más de los que seguiré escribiendo...

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  6. Son magnificos. Mi enhorabuena por las reseñas y a los escritores. Felicidades Carmen.

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    1. Con tan buena materia prima es fácil escribir reseñas. Gracias por pasarte a leerlas, María José.

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  7. Gracias por estas magníficas reseñas, Carmen. Me fío de tu criterio plenamente, así que compraré y leeré "Los pelícanos ven el norte". La novela de Amelia la tengo desde hace algún tiempo y será mi próxima lectura.

    Por cierto, a mí en casa nunca nadie me pidió que dejara de leer, cuando de pequeña me pasaba horas sin hacer otra cosa. En el colegio no me dejaban, claro, tenía que hacerlo a escondidas. Me sorprende y entristece descubrir que a tanta gente sus padres le ponían límite a las horas que pasaban leyendo. Supongo que antes eso equivalía a las horas que se pasan muchos niños ahora con las tablets. Y yo también, como tú, si empezaba un libro tenía que acabarlo. Ahora no. Con la edad y el cúmulo de lecturas nos volvemos muy selectivas; eso es bueno.

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    1. Mis padres siempre nos inculcaron el amor por la lectura, Carmen. Lo que pasa es que, sobre todo en verano, yo no quería hacer otra cosa más que leer si tenía un libro a medias y me negaba incluso a ir a la playa o a jugar... Ahí es donde me ponían límites, pero mis padres eran quienes nos compraban los libros y quienes nos leían en voz alta de más pequeños. Y siempre pensaron que yo me dedicaría a algo relacionado con las letras.

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