sábado, 8 de agosto de 2015

Alas de amor

Alas de amor
A veces, sueño que sueño que sueño y, cuando me despierto, no sé qué soñaba que soñaba. Pero otras vuelo. Sí, sueño que vuelo, y la sensación es tan real, tan placentera, que me cuesta darme cuenta de que ha sido una ilusión cuando se acaba. Estoy dormida y con un pequeño brinco, ¡zas!, ya estoy elevándome como una flecha, esquivo obstáculos, me subo a los árboles más altos y hago piruetas en el cielo para impresionar a los que se han quedado allá abajo pegados al suelo. Cuando vuelo, me gusta llamar la atención. Alguna vez, he sorteado balas que me dispara no sé quién desde la tierra, y entonces mi vuelo se hace precipitado, casi heroico, y asciendo, asciendo, asciendo hasta librarme del peligro escondida entre nubes… Mi madre también volaba y a menudo nos relataba sus alegres impresiones mientras sus hijas la rodeábamos boquiabiertas cuando cosía o nos preparaba la comida. Ella surcaba el firmamento nadando a rana, como nos enseñó a flotar en verano mientras nos bañábamos en el arroyo Bárrago que corría cerca de nuestra casa. Nunca aprendimos a nadar a braza, solo a rana, en cuanto dejamos de menearnos en el agua como renacuajos asustados y comprendimos que flotar era fácil si perdías el miedo y te dejabas llevar…

Yo vuelo sin alas. En mis primeros sueños, raneaba, dibujando semicírculos con brazos y piernas por el aire como mi madre, pero ahora no sabría precisar cómo lo hago: apenas muevo las extremidades, me limito a apuntar con la mirada hacia arriba, hacia ese punto elevado al que quiero ascender, y buceo entre nubes. Pero, ay, no siempre lo consigo, he de confesarlo, y esa sensación de querer y no poder, de no ser capaz de alzar el vuelo, de volverme más pesada que una piedra, es tan frustrante que me despierto angustiada y sudorosa por el esfuerzo fallido. Si tuviera al menos un ala, me digo entonces…

Ayer me llegó por correo la revista de Menudos Corazones, la fundación de ayuda a los niños con problemas de corazón. Su editorial, escrito por mi amiga María Escudero, la fundadora hace años y ahora su laboriosa presidenta, se titula «Alas de amor», como esta entrada que le dedico. Su lectura me ha emocionado y me ha hecho comprender algunas cosas. No digo más. Transcribo a continuación el texto completo para quien quiera disfrutarlo y sacar sus propias conclusiones:

Un año más llegó el verano y, con él, las tan necesitadas vacaciones. Ese merecido descanso que parece que debiera propiciar la inactividad y que, sin embargo, fruto de la cultura del estrés en que vivimos, llenamos de actividades y objetivos.

Y no solo para nosotros, sino también para nuestros hijos, a los que cargamos de deberes de verano que son, con frecuencia, una tediosa continuación de sus obligaciones escolares.

Así que yo, para no privarme de mi propia ración de desequilibrio y solidarizarme con la infancia abrumada de obligaciones, me he autoimpuesto para este verano una tarea. Eso sí, un poco menos convencional. Voy a desarrollar mi ala. Si, has leído bien: mi ala. Porque al parecer tenemos un ala. Sí, solo una.

Y esto que podría ser interpretado por aquellos que tienen la mala costumbre de ver el vaso medio vacío como algo frustrante y descorazonador, para nosotros que somos más bien de la tendencia de ver el vaso medio lleno, ¿verdad?, es toda una posibilidad, una oportunidad.

Porque en las maravillosas noches de verano, ¿quién no ha mirado al cielo? ¿Quién no se ha dejado llevar por la belleza de las estrellas y ha sentido la tentación de salir volando a acompañarlas? Para lograr ese deseo, el que tengamos un ala, o que la podamos desarrollar es, en sí mismo, todo un avance. No somos un angel frustrado, sino uno en potencia.

¿Que cómo se desarrolla el ala? Pues no estoy del todo segura, pero os voy a decir cómo pretendo desarrollarla yo. Para empezar, debo creer en ella. Y para eso va ser imprescindible que abra la puerta a la niña que llevo dentro, para que sea ella la que me lleve de la mano en este mágico proceso. Así que voy a dejar a mi yo adulto con toda su pesada carga de convencionalismos y frustraciones en la oficina y voy a liberar a mi yo joven e ilusionado.

Todo esto con vistas a hacer algo que parece simple, pero que no lo es tanto: voy a aprender a quererme. Y para ello, como además de niña ilusionada soy responsable, he decidido apuntarme a las sugerencias de Cesare Cata, un profesor italiano que ha revolucionado las redes sociales sugiriendo a sus alumnos unos deberes alternativos, razonables y tentadores.

Además de proponer leer y bailar todo lo posible y llevar un diario en el que recoger los sentimientos positivos para recordarlos y los negativos para ayudarnos a lidiar con ellos, sugiere evitar todo aquello que nos influye negativamente y buscar la buena compañía de los amigos que nos enriquezcan, que nos entiendan y que nos aprecien por lo que somos.

De las 15 tareas que propone Cata, si tuviera que elegir solo tres, me quedaría: con soñar día y noche con cómo puede y debe ser mi vida; con ser alegre como el sol e indomable como el mar; y con ser buena.

Porque creo que solo así, queriéndome a mí misma, desarrollaré mi ala. ¿Que qué voy a hacer una vez la tenga? Pues volar, claro. ¿Que cómo? Pues buscando a otros con los que complementarme en mi vuelo; fundirnos en un abrazo tan estrecho que las alas de cada uno pasen a ser las alas de todos.

Y eso haré este verano: buscar compañeros de viaje para dejar de ser un ángel con alas de cadenas y empezar a ser humanos con alas de amor.

(© María Escudero, presidenta de Menudos Corazones, Editorial de la revista Menudos Corazones, núm. 34/verano de 2015).

Si te has quedado con ganas de más, te propongo leer mi novela El ala robada, publicada como libro digital en Amazon. He aquí un fragmento:

Andrés les contó lo que decía la tradición:
—En el volcán del Chichonal vivía, y aún vive, su señora, Piombachu’e. Gustaba de bajar a las aldeas de por allá a invitar a los vecinos a festejar su cumpleaños. Esa señora iba siempre muy bien vestida, con blusa blanca bordada de flores, enredo rojo como el fuego y un collar de serpientes vivas adornando su cuello y sus brazos. Pero las gentes sentían miedo de su presencia y se escapaban. Por eso cada vez tenía que alejarse más de su volcán para visitar lugares donde aceptaran su invitación, y hasta eso que a los jóvenes que más le gustaban les pedía que se casaran con ella. Ofrecía celebrar una gran fiesta con abundante trago y comida. Pero como siempre la rechazaban, se enojó mucho, se regresó a su montaña y anunció que de todos modos daría una fiesta bien grande.
»Entonces empezaron los temblores, la tierra se sacudía con fuerza y del interior del volcán salían ruidos extraños. Piombachu’e hacía los preparativos. Luego decidió dar otra oportunidad a la gente para que acudiera a su convite, y caminando y caminando, llegó hasta nuestro caserío de Damaseno. Nadie quiso aceptar su invitación para disfrutar de los fuegos artificiales que ofrecería en honor de su cumpleaños.
»San Gabriel, el patrono de nuestro pueblo, comprendió lo que había debajo de las palabras de invitación de la señora y como no podía evitar la fiesta, la retó a batirse en un duelo donde se jugaría el destino que le tocaría al caserío. Los acuerdos a que llegaron fueron que si Piombachu’e ganaba la batalla, sus invitados principales serían los vecinos de Damaseno, a quienes halagaría con lluvia de luces de multitud de colores; si perdía, no los podría invitar a su fiesta y aunque durante la celebración de su cumpleaños echara cohetes, estos no los alcanzarían, ni causarían daños a sus sembrados.
»Después comenzó el combate. San Gabriel sabía valerse muy bien de su espada de fuego y acabó venciendo a Piombachu’e por más que le lanzó sus serpientes, sus sapos venenosos y hasta espantosas bolas de fuego que se sacaba de su ardiente garganta. No más que en la bronca la señora alcanzó a arrancar su ala derecha al esforzado san Gabriel, pero de todos modos tuvo que retirarse a su volcán. A fin de cuentas, el cumpleaños sí se celebró, pero los cohetes y las luces que llenaron el cielo no llegaron a causar daño a Damaseno. Otros caseríos sí resultaron muy perjudicados: los ríos de fuego atraparon milpas, cafetales, potreros, las tierras donde estaban enterrados sus muertos, sus ombligos, sus pueblos, pues.
»El santo patrón, antes de regresarse al lugar al que pertenece, nos entregó su ala cortada, al fin que una nuevecita iba a nacerle en su lugar, como testimonio del combate que había peleado por nosotros. Quiso que la conserváramos en recuerdo de lo que pasó y para que al mirarla supiéramos que él velaría por nosotros sus fieles. Y en la comunidad estuvo desde entonces, venerada como debe ser, con su capilla y su urna. Si el ala llegara a malograrse, san Gabriel se enojaría. Diría: ¿no me sacrifiqué yo por ustedes?, miren no más cómo me pagan ahorita.
—¡Qué curioso! —comentó el profesor cuando Andrés terminó su relato―. Debe de ser algo extendido por la zona, aunque no lo conocía. Yo compré en Palenque una pluma que me dijeron que era de arcángel…
Andrés no pudo aguantar más su secreto y lo interrumpió:
—No lo engañaron, señor ―anunció para sorpresa de todos y siguió hablando de corrido―: Esa pluma es de nuestra ala de san Gabriel. No hay más alas por allá, solo la nuestra, y por esa pluma vine yo hasta España, ya que se la robaron de nuestra ala bendita. Ya le platiqué que nuestra comunidad no puede permitir que se malogre nuestra reliquia. Por eso hasta acá me mandaron.
—¿Tú habías venido a Madrid a buscar la pluma? ―preguntó incrédulo Jorge―. Entonces, no nos conocimos por casualidad, ¿verdad?

(© Carmen Martínez Gimeno, El ala robada, en El ala robada y otros cuentos, e-book en venta en Amazon).


O tal vez te prefieras leer Angelina y el nuevo mundo, publicada por entregas en este blog: 


Nadie volvió a hablar del asunto en la casa, pero a Paloma no se le iba de la cabeza. Le intrigaba cómo había sabido Angelina que ella guardaba el camafeo y en su mente fue creciendo una sospecha. Como no dejaba de vigilarla, la joven acabó percatándose.
—¿Qué fue, niña, qué te traes conmigo?
Paloma le contestó con otra pregunta:
—¿Cómo supiste que yo tenía el camafeo?
Y Angelina trató de evadirse:
—No más supe.
—Pero cómo, anda, cuéntamelo, que no se lo digo a nadie.
—Con mi caja de san Miguelito —cedió al fin Angelina y le explicó en qué consistía.
—¡Estaba segura! ―exclamó Paloma excitada cuando concluyó―: Tus papás muertos, la cicatriz de tu frente, el viaje a España... Ahora que lo pienso, o te has equivocado o es que en España hay otra escuela como la de Londres... ¿Tienes que ir a una estación de tren?
 —Ay, niña, no entiendo qué hablas.
—¡Harry Potter, eres igualita!
Pero como Angelina parecía ajena a cuanto le decía, Paloma le explicó la historia del niño aprendiz de mago y las similitudes que guardaba con la suya.
—No, mi niña, me apena desilusionarte mas en nada nos parecemos. A mi papá lo mataron los militares por no aguantarse y querer defender sus derechos pisoteados y mi mamá murió del sufrimiento porque era pobre y nadie la ayudó. Yo tengo esta cicatriz junto al ojo porque me caí de chiquita contra una piedrota y mi abuelita me cosió con tres puntos de hilo rojo. Ve, aún se notan. Y también fue mi abuelita quien me envió a España, pero no a estudiar en una escuela de magia, sino a torcer mi suerte, a mejorarla pues.
—¿Tu abuela es maga? —insistió la niña.
—Es ilol, curandera, pues. Pero no fue a ningunita escuela. De brujas tampoco. No conoce las letras pero sabe mucho del cielo, de la tierra, del agua, de las plantas, y aprendió ella solita y de otras mujeres que se lo quisieron enseñar. Allá de donde vengo es así.
—Entonces, ¿tú no vas a ir a una escuela de magia? —reiteró algo desilusionada Paloma.
—No, mi niña. Acá me quedaré contigo.
—Ya sé. Te enseñará tu abuela.
—Así mero —aceptó Angelina—. Ven acá a la ventana. ¿Qué ves?
—Las estrellas.
—¿Sabes qué son?
—Cuerpos celestes que brillan con luz propia ―recitó Paloma de corrido.
—No, mi niña, eso está bien para tu escuela. Mi abuelita me enseñó otra verdad, ¿quieres saberla?
—Sí.
—Dicen que el cielo es muy lindo, por algo es la gloria, pero cuando alguien muere y sube allá, piensa en sus hijitos, sus papás, sus amigos, lo que dejó en la tierra, y le hace tanta falta que abre un hoyito para mirar abajo. Por el hoyito se escapa la luz celestial, y nosotros desde acá lo llamamos estrella. La de mi mamá estaba por aquel lado, cerca del lucero; duró harto tiempo, hasta que san Pedro le dio sus alas y dejó de mirar para aprender a volar entre las nubes.
—¿En serio?
—En serio. No más que es secreto. No lo vayas a contar.

(© Carmen Martínez Gimeno, Angelina y el Nuevo Mundo, capítulo 8).

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, Santiago.

      Un cordial saludo desde la sierra madrileña

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  2. Me he acordado de que la primera vez que conocí a Pablo de Aguilar me comentó que estaba leyendo una novela de una tal Carmen Martínez Gimeno, que se titulaba "La historia escrita en el cielo".

    Es muy bonito el fragmento de "Angelina y el nuevo mundo". A ver si pronto me pongo a leer algo tuyo, que los libros digitales me dan cierta pereza (hace tiempo que no toco mi lector de ebooks).

    Besos y feliz semana.

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  3. Qué curioso, Celia, no sabía que Pablo hubiera leído alguna de mis novelas. Yo sí he leído todas las suyas, menos Intersecciones, porque no la he encontrado.

    Hace cerca de tres años que decidí no publicar en papel, pues me parece que el futuro de la lectura está en lo digital. Sin embargo, me he topado con tantas dificultades en el caso de mis libros electrónicos que ahora mismo no sé qué camino seguir. Yo, personalmente, prefiero los libros electrónicos porque viajo mucho y me los puedo llevar conmigo donde voy. Además, no se me traspapelan y siempre sé dónde encontrarlos y exactamente por dónde iba en la lectura (y no estropeo las hojas con mis subrayados y anotaciones).

    Mis novelas recientes todas son electrónicas. Las antiguas en papel ya han muerto y no las pienso resucitar. La que terminé de escribir hace meses no sé qué destino correrá. Aún estoy cavilando.

    Angelina y el Nuevo Mundo está completa en este blog, Celia: la publiqué por capítulos semanales mientras vivía en Nueva York hace casi dos años y se sigue leyendo bastante. Después la convertí en e-book yo misma, aprendiendo lenguaje HTML y a hacer portadas. Me gustó mucho ese proceso de aprendizaje y todavía estoy orgullosa de la edición.

    Besos también para ti, Celia.

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