miércoles, 19 de agosto de 2015

Ortografía (III)

Consonantes disonantes


El término consonante proviene del latín y, aplicado tanto a la letra como a su sonido, hacía referencia a su falta de independencia para sonar solos: siempre necesitaban una vocal al lado. Hoy sabemos que muchas lenguas poseen consonantes que no precisan de vocales para pronunciarse y se da por superada tal definición que, sin embargo, sí describe una circunstancia habitual en una lengua romance como la nuestra castellana.

Al escribir sobre la disonancia de algunas de nuestras veintidós consonantes, sobre esa quiebra de la armonía general que nos desconcierta e induce a cometer faltas de ortografía, es obligado comenzar por la letra h, la única en español que no posee sonido, nuestra denostada letra muda que puede preceder a cualquiera de las cinco vocales.

H (cuyo nombre se escribe hache)
Su origen es muy variado, si bien predomina en palabras de procedencia latina o árabe. Y no siempre fue muda: en los albores del castellano, la h procedente de la f inicial latina se pronunciaba con una suave aspiración que se ha perdido, salvo en vestigios como rasgo dialectal en Andalucía, Extremadura, Canarias y diversas zonas más del español europeo y americano. También conserva la aspiración en algunas palabras de origen árabe como Sáhara, saharaui o en extranjerismos tomados del inglés o el alemán (hámster, hegeliano, hachís).

Asimismo, la h inicial con que se escriben las palabras que comienzan por los diptongos ua, ue, ui o los contienen en su interior como inicio de sílaba se suele pronunciar con un ligero sonido consonántico semejante a la g: güeco, güeso, güérfano, güevo, parigüela, por hueco, hueso, huérfano, parihuela. ¿Por qué, en cambio, se escriben sin h inicial oquedad, osario, osamenta, orfandad, orfanato, ovario, oval y óvalo cuando provienen del mismo origen latino? El motivo es que las haches en las palabras con los diptongos iniciales señalados fueron un añadido de los correctores e impresores siglos atrás a fin de evitar que la u del inicio se tomara por consonante, esto es, para que no se pronunciara vérfano en lugar de uérfano o vevo en lugar de uevo. Se trata, por tanto, de una h diacrítica o diferenciadora no etimológica que consagró su uso y se ha mantenido hasta el presente como regla ortográfica, aunque ya no sería necesaria. Lo mismo es aplicable al verbo oler, escrito sin h puesto que en latín no la llevaba (olere); tampoco se escriben con h olor, olisquear, oloroso, desodorante o inodoro, pero sí las formas verbales huelo, hueles, huele, huelan, huela, huelas.

Al comienzo de una palabra, hi seguido de una e tónica se suele articular como la y consonántica: hielo, hierro, hierba y hiedra se pronuncian como yelo, yerro, yerba y yedra, lo que ha quedado fijado en palabras como yerba, yerbero, yerbajos o yedra. Asimismo, el valor semiconsonántico que adopta el grupo hie provoca la salvedad de que la conjunción y no varíe a e cuando se escribe inmediatamente antes de este: monos y hienas; calienta y hierve; mieles y hieles.

Han sido muchos los gramáticos y escritores hispanohablantes que han apoyado la supresión de la incómoda h, causante de tantas faltas de ortografía, aduciendo además que su conservación o supresión no ha seguido una pauta uniforme. Se ha mantenido a menudo en las palabras que comenzaban con una h latina o un espíritu áspero griego (haber, hombre, hombro, humor, hélice, historia, hedonista, helio, heleno); y también se escriben con h palabras de procedencia amerindia como hamaca o huasca. Pero, al mismo tiempo, el uso del español ha ido imponiendo la supresión de la h en palabras que en su origen la tenían, como invierno (pero hibernar, hibernación), arpa, asta o comprender. En la actualidad, conservan la h inicial palabras procedentes de otras latinas que se escribían con f inicial (como hijo e hidalgo, haba, hacer, humo, hermosa) y que en castellano antiguo se escribían también con f (fijo, fidalgo, faba, facer, fermosa). Sin embargo, otras palabras han conservado la f inicial latina sin evolución a h, como ocurre en fumarola, fumata y fumar, que comparten raíz con humo. También ocurre que algunas palabras añaden en español una h inexistente en latín, como en el caso de hallar (y su doblete fallar, con f inicial no etimológica), henchir o hinchar; otras veces es la g inicial latina la que se convierte en h en el español actual (helar, helada, hermano, hinojos), probablemente en un proceso de ultracorrección cuando se olvidó la etimología, pues la primera escritura en castellano al suprimirse la g fue sin h (elar [gelare], ermano [frater germanus], inojos [genuculum]). La h aspirada del inglés y el alemán se transcribe siempre en español con h muda (hurra, herciano, hanseático, hamburguesa).

A pesar de las dificultades para aprender su uso, a día de hoy se considera falta grave de ortografía tanto no colocar la h en las palabras que el diccionario recoge con ella como colocarla en otras que no están recogidas de ese modo (sirva como ejemplo de confusión más habitual de lo que sería deseable habría, del verbo haber, y abría, del verbo abrir).

B, v, w (cuyos nombres se escriben be, uve, uve doble)
La b y la v corresponden a un mismo y único sonido en el español actual, por lo cual surgen numerosas dudas sobre su escritura, sobre todo en el caso de palabras que suenan igual pero cuyo significado varía según se emplee b o uve para escribirlas (vaca/baca; votar/botar; grabar/gravar; acerbo/acervo). En líneas generales, la ortografía española trató de mantener la tradición de las letras b y v del latín, lengua en la que sí respondían a sonidos distintos (abundancia, beber, verbena, ventura), pero también se dan casos de bes no etimológicas en palabras cuyas originarias latinas se escribían con v (abuelo, barrer, boda) y de uves no etimológicas en palabras cuyas originarias latinas se escribían con b (maravilla, invierno). También se escriben con b las palabras que en latín tenían una p intervocálica (caber, saber, obispo).

El nombre de la letra v hace alusión a su origen: u con sonido de b. Hasta la Alta Edad Media, siguiendo la tradición latina, en castellano se empleaban sin hacer distinción la u y la v para representar el mismo sonido consonántico (mouimiento; seruicio; aprouechan). No fue hasta el siglo XVIII, con la publicación del Diccionario de autoridades de la Real Academia, cuando se delimitó el empleo de la u únicamente como vocal y el de la v únicamente como consonante.

La w, por su parte, es una letra inexistente en el abecedario latino que, incorporada al castellano, transcribe a veces el sonido de b (sobre todo en nombres propios o derivados de origen visigodo o germánico: Wamba, Witiza; Westfalia; wagneriano) y a veces el sonido de u (en palabras de origen inglés: darwinismo; washingtoniano; windsurfista). Cuando una palabra se incorpora de lleno al español, la letra w se suele sustituir por la v (vagón, vals, vatio) o también por la b (bismuto). Si se trata de vocablos de uso menos frecuente, pueden alternar ambas grafías (wolframio/volframio; walón/valón; walquiria/valquiria).

C, z (cuyos nombres se escriben ce, zeta)
Ambas consonantes se turnan para representar el sonido inicial de palabras como cereza o zapato, pero su uso no es indistinto y se rige por una sencilla regla: se escribe c delante de e y de i; z, en todos los demás casos (paz; pacer; capataz; capacidad; aprendiz, aceite; calceta; reconozco, hartazgo; hizo, hice, haces; lápiz, lapicero). En zonas de seseo, ambas letras representan el sonido correspondiente a s.

Hay un pero, sin embargo, un puñado de excepciones a esta regla inicial de uso que se han de memorizar, pues no escribimos con c sino con z las siguientes palabras: azerbaiyano; azerí, zigzag (y sus derivados); zipizape; enzima (cuando se trata del fermento, así como sus derivados); nazi (y sus derivados); zéjel; elzevir; zepelín, zigurat; razia. Asimismo, algunas palabras pueden escribirse con c o con z, aunque se prefiere la grafía con c: benzina/bencina; zebra/cebra; cenit/zenit, eccema/eczema; cedilla/zedilla; cinc/zinc; ázimo/ácimo; cigoto/zigoto.

Existe otra regla infalible sobre el uso de la z final que es bueno memorizar: se escriben con ella las palabras cuyo plural termina en -ces, como pez, peces; lombriz, lombrices; luz, luces; haz, haces, dejadez, dejadeces, pero, por la misma regla, escribiremos acritud, actitud, disparidad, deslealtad, ferocidad, hermandad, merced, piedad, usted, viudedad o zafiedad.

La letra c se emplea además para representar por escrito ante las vocales a, o, u el sonido que aparece en cama, cosa o acueducto; y ese mismo sonido (y no el de z) ante una consonante en posición final de sílaba o de palabra: actor, acné, rector, frac, vivac, cinc. Una salvedad a esta regla la constituyen palabras como anorak, cuark, yak y alguna más, escritas con k final, pues todavía se perciben como extranjerismos poco asimilados a la lengua española.

La doble c de palabras como fracción o dicción también provoca abundantes faltas de ortografía. Por regla general, se escriben con -cc- aquellas palabras en cuya familia léxica aparece el grupo -ct, como es el caso de adicción (adicto), abstracción (abstracto), afección (afecto), inyección (inyectar), producción (productor) o sección (sector). La doble c de una palabra también puede deberse a su raíz latina cuando presenta el grupo consonántico -ct: cocción (coctio), confección (confectio), transacción (transactio), succión (suctio) o fricción (frictio), aunque ningún vocablo de su familia léxica lo conserve ya en español. Cuando en la familia léxica no aparece el grupo -ct sino solo -t, las palabras se escriben con una sola -c: concreción (concreto), discreción (discreto), secreción (secreto), relación (relato), fruición (fruir).

Por ultracorrección, se suelen cometer faltas de ortografía al escribir con doble c palabras que no la llevan (relación, inflación, objeción) o al escribir palabras parónimas, como adición/adicción o inflación/infracción, y antónimas, como concreción/abstracción.

K, q (cuyos nombres se escriben ka y cu)
Con k se escriben palabras de otras lenguas para conservar su ortografía originaria: kamikaze, karaoke, kayak, káiser, kebab, kilogramo, kiwi, koala, kurdo, pero cuando se adaptan por completo al español, tienden a escribirse con qu o c según corresponda. De este modo, escribimos caqui, pero también kaki; quiosco, pero también kiosco; queroseno, pero también keroseno; quimono, pero también kimono; curdo, pero también kurdo.

En lo que respecta a la letra q, la Ortografía de la lengua española de la RAE (2010) ratificó que no cabe en el español actual su uso por sí sola con sonido autónomo. Por tanto, los préstamos de otras lenguas que la lleven, sean latinismos, términos científicos o topónimos, han de adaptarse a nuestro modo de escritura: vocablos ingleses como quark  o quasar o latinos como quorum o exequatur deben escribirse en español como cuark, cuásar, cuorum y execuátur. En caso de que se quiera mantener la grafía etimológica con q, dichas palabras se considerarán extranjerismos o latinismos crudos y se escribirán en letra cursiva y sin tilde. Para los topónimos más habituales, como los nombres de países, se recomienda utilizar también grafías adaptadas a la ortografía del español: Catar (y no Qatar), Irak (y no Iraq), Turquestán (y no Turkestán).

G, j (cuyos nombres se escriben ge, jota)
El sonido que representa la g ante las vocales a, o, u (como en gata, goma o aguante), en posición final de sílaba (como en magnánimo) o agrupada con otra consonante (como en grumo, glauco o gnomo) no presenta problemas de escritura. Tampoco debe presentarlos por la claridad de su uso el dígrafo gu para representar ese mismo sonido ante las vocales e, i (como en manguera o guiñol), ni cuando la u de ese grupo deba sonar ante e, i mediante el uso obligado de la diéresis (como en antigüedad, agüero o argüir).

Sin embargo, la duda surge a menudo cuando, ante las vocales e, i, la g transcribe el sonido de palabras como gemir, gitano, gimnasia, que coincide con el que representa la j ante cualquier vocal o al final de una palabra, como en jarana, jerarquía, monje, jirafa, julio, reloj o carcaj. Ocurre en este caso que imperó el criterio etimológico sobre el fónico y, de este modo, se decidió escribir con g las palabras que la tenían en latín (como gemelo, ingerir o gigante, procedentes de gemellum, ingerere y gigantem), y con j, las palabras que no la tenían (como injerir mujer y jeringa, procedentes de inserere, muliere y siringa). No obstante, olvidadas las etimologías en el español cotidiano actual, todos hemos vacilado alguna vez y cometido faltas de ortografía por esta coincidencia de sonidos pero distinta escritura. Sirva como ejemplo un error que aparece hasta en los libros de las mejores editoriales: la confusión entre ingerir (introducir por la boca comida, bebida o medicamentos), cuyos sustantivos son ingestión e ingesta, e injerir (injertar; meter una cosa en otra; entremeterse), cuyos sustantivos son injerencia e injeridura.

De las reglas ortográficas sobre el uso de g o j, destacan las tres siguientes: 1) Se escriben con g los verbos acabados en -ger, con la excepción de tejer y destejer, y los acabados en -gir, salvo crujir. 2) Se escriben con g las palabras terminadas en -logía, -gogia o -gogía, -lógico y -algia (geología, demagogia, pedagogía, psicológico, nostalgia). 3) Se escriben con j las palabras acabadas en -aje, salvo ambages, enálage e hipálage (abordaje, blindaje, paisaje), las acabadas en -eje (hereje, tejemaneje, esqueje) y las acabadas en -jería (brujería, cerrajería, extranjería). Con j se escriben también las palabras derivadas de otras en las que aparece la j ante las vocales a, o, u: cajero, cajita (de caja); lisonjear, lisonjero (de lisonja); hojear, hojita (de hoja), ojear, ojera, ojete (de ojo); rojear, rojizo (de rojo).

El dígrafo ll; la letra y (ye) consonántica
La pronunciación yeísta (mayoritaria en la actualidad en el español europeo y americano) no distingue entre halla (del verbo hallar), haya (del verbo haber o árbol) y aya (persona al cuidado de niños), lo que explica las dificultades que surgen al escribir ciertas palabras.

La norma ortográfica dicta escribir con ll las palabras terminadas en -illa e -illo (mesilla, amarillo) y la mayoría de los verbos terminados en -illar, -ullar y -ullir (maquillar, aullar, engullir). Con y se escriben las palabras en las que dicha letra sigue a los prefijos ad-, dis- y sub- (adyacente, disyuntiva, subyugar); las formas verbales con ese sonido en su terminación, siempre que no exista ll ni y en su infinitivo (concluyo, instruye, imbuyamos; huyendo); y los plurales de las palabras que terminan en y en singular (virreyes, greyes, bueyes, leyes). El gerundio del verbo ir también se escribe con y: yendo.
La escritura de algunos pares de palabras que a los hablantes yeístas nos suenan igual precisa de una atención especial: arrollo (del verbo arrollar) y arroyo (riachuelo); callado (del verbo callar) y cayado (báculo o bastón); calló (del verbo callar) y cayó (del verbo caer); olla (recipiente) y hoya (agujero); pollo (cría de ave) y poyo (asiento); pulla (palabra dicha para molestar) y puya (punta acerada); rallar (desmenuzar restregando en el rallador, cuyo resultado es una ralladura) y rayar (hacer rayas: rayón, subrayar; rayano); rallo (de rallar) y rayo (chispa eléctrica; del sol, etc.); valla (cercado) y vaya (del verbo ir). Asimismo, se debe recordar que rayar(se) en el sentido de «lindar o estar próximo», «trastornarse o enojarse» y «amanecer» se escribe siempre con y.

La letra consonante r (erre) y el dígrafo rr
La letra r puede representar dos sonidos distintos, según la posición en que aparezca: el de aro, traer, arco, bribón, fragante, precio (vibrante simple) o el de rosa, honra, Enrique (vibrante múltiple). Cuando se trata de la vibrante múltiple, se escribe r al comienzo de palabra (rata, romo), detrás de n, s, l (enredo, israelita, alrededor) y también de b cuando esta no forma sílaba con la consonante r siguiente (abrogar, subrogar, subrayar). Por su parte, el dígrafo rr se emplea siempre entre vocales para representar el sonido vibrante múltiple de carretera, contrarrevolución o arrancar.

Las faltas de ortografía más frecuentes se dan en el caso de palabras compuestas cuyo segundo elemento comienza por r, con lo cual el sonido vibrante múltiple queda en posición intervocálica y ha de escribirse el dígrafo rr: rector y vicerrector; revolución y contrarrevolución; rata y matarratas; réplica y contrarréplica; rayo y pararrayos; reloj y contrarreloj; reúma y antirreumático; restar y contrarrestar; radio y extrarradio; rincón y arrinconar.

X, s (cuyos nombres se escriben equis, ese)
La letra x representa sonidos diferentes dependiendo de su posición en la palabra. Entre vocales o al final de palabra, se corresponde con el grupo consonántico ks o gs en pronunciación más relajada (examen, clímax, exigir); al comienzo de una palabra, suele pronunciarse como s, mientras que en posición final de sílaba puede ser s, ks o gs (xilófono, excelso; extraer; expresar). La pronunciación como s es la que provoca dudas y faltas de ortografía.

La norma ortográfica establece escribir con x las palabras que empiezan por raíces griegas como xeno- (extranjero), xero (seco o árido) y xilo (madera): xenófobo, xerografiado y xilografía; las palabras que comienzan por los prefijos ex- (fuera, más allá o privación) y extra- (fuera de): expatriar, exánime, exangüe, extramuros, extrarradios, extraordinario, extraterrestre, extravertido; las palabras que empiezan por la sílaba ex- seguida del grupo consonántico pr: expresar, exprimir, expropiar. Muchas palabras que empiezan con la sílaba ex- seguida del grupo consonántico pl también se escriben con x (explanada, explotar, explicar)¸ pero otras se escriben con s (esplendor y sus derivados; espliego, esplenio y sus derivados; esplín; esplique).

La letra x era mucho más común en el español medieval que en la actualidad y se pronunciaba como el sonido sh del inglés en shame o la ch del francés en cheval. Sin embargo, a mediados del siglo XVII el sonido ya había evolucionado hacia el de la j actual y hubo que acometer diversas reformas ortográficas en los siglos XVIII y XIX para adecuar la escritura a la pronunciación. Así, palabras que en castellano antiguo se escribían como Don Quixote, Ximena o Xerez pasaron a hacerlo como Don Quijote, Jimena o Jerez. Sin embargo, por diversas razones ajenas a la ortografía, restos de la grafía antigua se conservan en topónimos como México, Oaxaca y Texas, así como en sus derivados (mexicano, oaxaqueño, texano), si bien su pronunciación actual es como una j. Algunas personas también eligen escribir sus nombres o apellidos con x en lugar de j: Xavier, Ximénez, etc., pero la pronunciación no varía.

Mi segundo apellido podría escribirse Ximeno, pero en mi familia siempre se escribió con g, como es habitual en Aragón, de donde procede. La ortografía de los apellidos en español, como es bien sabido, otorga una amplia libertad de escritura: cada cual puede determinar cómo escribir los que le han tocado por herencia familiar.

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