viernes, 19 de octubre de 2012

Así escribimos un cuento

cómo escribimos un cuento
Hemos pensado y repensado, elaborado un guión de principio a fin con nuestros personajes, decidido quién será el narrador y si hablará en presente o en pasado, y estamos listos para comenzar a escribir...
Un momento: todavía falta algo importante.
¿Qué título daremos a nuestro cuento? Algunos autores lo eligen al final, una vez terminada la tarea de creación y escritura, pero otros necesitamos tenerlo ya en la cabeza antes de empezar a escribir; como el marco en el que encuadraremos nuestra historia. Es cuestión de gustos o de personalidad. ¿Y cómo se elige? Cuestión de gustos y de personalidad, también. Hay títulos cortos y largos o larguísimos. Se recomienda que sean sugerentes para atraer la atención de los lectores, pero nadie tiene la clave que asegure el acierto.
Empezamos a escribir. Sabemos que las primeras frases son fundamentales. En un cuento no sobra espacio para divagaciones, así que hemos de avanzar deprisa, evitando pormenorizadas introducciones y descripciones de los personajes y el escenario. Hemos de centrarnos en los detalles imprescindibles y dejar el resto a la imaginación del lector.
Utilizaremos oraciones no excesivamente largas y buscaremos ante todo claridad. Tiene que entenderse a la primera lo que queremos transmitir. No hemos de emplear palabras cuyo significado desconozcamos o no dominemos; y estaremos pendientes de las repeticiones, buscando sinónimos apropiados. Evitaremos también las cacofonías y la profusión de adverbios terminados en mente (se pueden cambiar por el adjetivo correspondiente; por ejemplo, lentamente, lento). Cuidaremos la adjetivación: pocos adjetivos y acertados. No emplearemos muletillas y prestaremos atención especial al mal uso del gerundio (carta conteniendo; un coche cayó al río, muriendo sus ocupantes); al empleo del verbo haber como impersonal (hubo muchos accidentes; había grandes discusiones); al queísmo (informar que) y al dequeísmo (ocurre de que), así como al loísmo, laísmo y leísmo.
En cuanto a la puntuación, cuidaremos de facilitar la lectura con el empleo de la coma, el punto y coma, y el punto y seguido. Nos aseguraremos de emplear punto y aparte al menos dos veces por página.  Si aparecen preguntas directas en nuestro relato, no olvidaremos utilizar el signo de interrogación de apertura y de cierre (¿?); lo mismo es aplicable en el caso de la admiración (¡!). Las comillas que abren siempre tienen que cerrar (utilizaremos las angulares, que son las correctas «»). Los diálogos se construyen con guión largo (—, que en Windows se consigue pulsando AltGr + el menos del teclado numérico). Si continúa hablando un mismo personaje y ha habido un punto y aparte en su parlamento, se marca con comillas de seguir (»).
¿Qué ocurre si el cuento no avanza como teníamos planeado? Casi siempre, al expresar por escrito lo que teníamos en la cabeza, surgen variaciones que nos hacen vacilar. ¿No hemos sido capaces de lograr lo que nos proponíamos? ¿O más bien la lógica del relato o nuestra inspiración nos han llevado por otros derroteros? No debe preocuparnos si de improviso un personaje cobra importancia y se traga literalmente al que pensábamos el protagonista. Somos los creadores, y ellos, nuestras criaturas. Harán y dirán lo que les ordenemos, pero démosles libertad para desarrollarse. Nunca hay un solo relato y un solo final, así que podemos elegir cambiar sobre la marcha cuantas veces queramos sin menoscabo del resultado final.
¿Y si se nos corta la inspiración? Intentaremos continuar, releyendo lo que llevamos escrito y recordando nuestro argumento, pero si no logramos avanzar, guardaremos nuestro trabajo y nos pondremos a otra cosa. Sin embargo, es conveniente no dejar pasar mucho tiempo antes de intentarlo de nuevo. La escritura es un hábito, y la inspiración no llega si se está distraído en lugar de trabajando. A fuerza de intentarlo una y otra vez, conseguiremos cumplir nuestro objetivo.
Ya está. Hemos terminado de escribir el cuento. Ahora toca dejarlo reposar, por lo menos, unos pocos días. Luego lo revisamos y corregimos. Nos fijamos en que no haya incoherencias en el desarrollo de la trama; comprobamos que la sintaxis está perfecta y, sobre todo, que no hay anacolutos; buscamos errores gramaticales y erratas, y comprobamos que el texto se entiende por completo sin necesidad de releer ninguna parte.
Buscamos otros ojos. Necesitamos que al menos otra persona con conocimientos lingüísticos y literarios lea nuestro texto y nos haga correcciones. Y si puede ser alguna más, aún mejor.
Incorporaremos a nuestro cuento las correcciones de errores gramaticales, sintácticos o erratas que nos propongan. Sin embargo, no siempre tendremos en cuenta las sugerencias en cuanto a personajes, desarrollo de la trama o final. El creador es quien decide qué es lo que quiere. Habrá tantas sugerencias distintas como personas que lean el cuento, y nuestro criterio, si está fundado, es el que debe prevalecer. O no, eso es cosa de cada uno.     
¿Y cómo será nuestro estilo literario? Irá cambiado y mejorando a lo largo del tiempo. No surgirá de la nada como por arte de magia. Requerirá esfuerzo, reflexión y, sobre todo, mucha lectura de los grandes escritores. Veamos algunos.
Jorge Luis Borges decía que los escritores empezaban siendo barrocos por timidez, porque querían envolver en grandes palabras lo poco que aún tenían que decir. Así comienza su cuento «La intrusa» (en El Aleph, Barcelona, Seix Barral, 1983):
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe.
Ernesto Sabato sostenía que el buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas. Así comienza el «Informe sobre ciegos», uno de los capítulos de la novela Sobre héroes y tumbas (Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1974), que por su estructura y contenido se puede leer por separado, como un cuento:
¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?
Manuel  Rivas afirma que una de las razones de escribir radica en el acto de maravillarse ante lo que otros escriben y cuya perfección te gustaría rozar. Así comienza su cuento «La barra de pan» (Ella, maldita alma, Madrid, Punto de lectura, 2006):
De niño, en los tiempos del hambre, mi madre me mandó con la cartilla de racionamiento. A ver qué daban. Siempre daban poco, pero cualquier cosa que entrase en la casa del pobre era un manjar. Nosotros vivíamos en la aldea, pero no teníamos tierras. Mi padre, ya sabéis, era obrero.
      Y éramos muchos en la familia, una rueda de polluelos alrededor de la madre. Salí por la mañana temprano. Tenía que andar cinco kilómetros hasta Cambre. Dejé atrás la casa oscura y ahumada3. Dejé atrás a mis hermanos, una letanía coral de llanto y tos. Y el día por fuera era como la casa por dentro. Con una niebla pegajosa, una roña fría y tristona que envolvía todas las cosas y se metía en la cabeza.

 De Juan Rulfo se cuenta que una de las muchas veces que le preguntaron por qué no escribía más, respondió con sorna: «Era mi tío quien se sabía las historias, y ya se murió». Así empieza «No oyes ladrar los perros» (en Pedro Páramo y el Llano en llamas, Barcelona, Planeta, 1975):
      —Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
      —No se ve nada.
      —Ya debemos estar cerca.
      —Si, pero no se oye nada.
      —Mira bien.
      —No se ve nada.
      —Pobre de ti, Ignacio.
      La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.

Aviso a navegantes: Si no dudas cuando escribes, si nunca has leído una gramática ni un manual de estilo, si no te ayudas de libros de consulta, ni siquiera tienes conciencia de lo mucho que ignoras.

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  


domingo, 14 de octubre de 2012

¿Escribimos un cuento?



¿Quieres que te cuente el cuento de la Cáncaramusa que nunca se acaba y un día se acabó? Yo no digo ni que sí ni que no, solo digo que si quieres que te cuente el cuento de la Cáncaramusa que nunca se acaba y un día se acabó…
Cuento popular, como el de María Sarmiento

Un cuento comparte con la novela el mismo proceso de creación, pero se diferencia en la extensión, mucho más corta, que obliga a centrarse en una sola trama con pocos personajes y un periodo temporal de desarrollo corto. Igual que la novela, debe tener una introducción, un nudo y un desenlace. Hay cuentos de todos los géneros, de los clásicos infantiles de Christian Andersen, los hermanos Grimm o Charles Perrault,  a los actuales de ciencia ficción, policiacos, de terror, de humor, fantásticos, de hadas, de suspenso, históricos, románticos o incluso microrrelatos.
 Sea cual fuere el tipo de cuento que queramos escribir, estos son los pasos necesarios para lograrlo:

1.     Inspiración


De todas las ideas que se nos ocurren, hemos de concentrarnos en una y elaborarla para desarrollar de principio a fin el argumento o trama. Ayuda tomar notas por escrito para no dejarnos nada en el tintero.


2.     Creación de personajes


Habrá un personaje principal (que también puede ser coral) y algunos secundarios. Han de ser creíbles en sus rasgos y actuación, para lo cual es importante reflexionar sobre cada uno de ellos y dotarlos de personalidad propia que tendremos en mente al escribir y, aunque no se pormenoricen sus características en la trama, quedarán subyacentes en lo que hagan o digan.


3.     Elección del narrador


Depende del punto de vista desde el que se quiera abordar el relato. Puede ser en primera persona (yo), lo que implica estrechar el campo de visión, porque yo solo puedo hablar de  lo que he visto o lo que me han contado:
«Era martes. Ese día llevamos los de mi clase tan repleta de cuadernos y libros la mochila, que el peso nos obliga a andar cabizbajos, mirando solo los pies de las personas con las que nos cruzamos.» (Carmen Martínez Gimeno, Viruta, Zaragoza, Edelvives, 2ª ed., 2011.)

 Puede ser en segunda persona (tú), lo que supone las mismas restricciones en cuanto a visión que la primera persona y es difícil de utilizar de modo continuado porque tiene que haber una buena justificación:
«Cada vez son más los días en los que te cuesta levantarte. Total, para qué, si no hay nada que desees hacer. Si la vida se ha convertido en una sucesión interminable de horas muertas, de soledad y de tareas rutinarias que apenas te entretienen. Y las noches no son mejores. El insomnio va en aumento, y aquellos alegres sueños que recordabas al despertar en los que volabas nadando a braza por el aire o ascendías sin esfuerzo de un árbol a otro, causando admiración a los mismos pájaros, han desaparecido.» (Carmen Martínez Gimeno, «Soliloquio», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012.)

 Por último, puede ser en tercera persona (él o ella), recurriendo a un narrador omnisciente con un campo de visión absoluto sobre todo lo que pasa e incluso capaz de profundizar en lo que no se ve, como los sentimientos de  los personajes:  
«Magnolia estaba aburrida. Sentada ante el destartalado tocador, se había retocado varias veces el peinado, atusado el vestido, estirado el cuello de encaje y pellizcado con brío las mejillas para disimular su extremada palidez. Cansada de tamborilear con los dedos sobre la madera gastada, se levantó para dirigirse al balcón.» (Carmen Martínez Gimeno, «Pitiflor», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012.)


4.     Elección del tiempo de la narración


Es posible narrar en presente, como si los hechos estuvieran sucediendo en el momento de contarlos:
«Mientras conduce su coche coreano recién estrenado, Inés piensa cuánto tiempo hace que no viene al barrio de su madre; han de ser varios meses, calcula, pues han surgido como de la nada un flamante supermercado, una nueva rotonda y un polideportivo. Además, algunas calles han cambiado el sentido de la circulación, y se desorienta, con lo que tarda más de lo habitual en un trayecto que antes se sabía al dedillo» (Carmen Martínez Gimeno, «Soliloquio», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012).

Utilizar el presente histórico, que narra en presente hechos del pasado:
         «—No sabéis lo que me pasó ayer —dijo Ernesto, bebiendo un largo trago de su cerveza—. Resulta que entro en casa y me encuentro la sala revuelta, los libros por los suelos, los cuadros descolgados de la pared y el sofá destripado. Escucho los ladrillos de mi perra y, cogiendo el garrote que tengo a la entrada, avanzo por el pasillo». (Texto inédito de la autora).

Narrar en pasado, como hechos ya concluidos:
«Descubrí la mañana siguiente que mi nueva vecina de cámara estéril era la chica de dieciséis años que tenía tres hijas. Era una gitana portuguesa de largos cabellos recogidos en una trenza, rostro afable y voz acariciadora. Me relató enseguida las circunstancias de su vida y, ganada por su inocencia, yo le conté parte de las mías.» (Carmen Martínez Gimeno, «Cámara estéril», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012).

O mezclar pasado y presente, lo que requiere mayor dominio de la escritura:
         «—Hambre —repite el anciano, sin dejar de untar de mermelada hasta la última miga de pan—, qué sabréis vosotros de eso. Tú tienes catorce años, ¿verdad? —se dirige al nieto—, pues fíjate, a los dieciséis, sin comerlo ni beberlo, me mandaron a mí al frente en un tren de mercancías repleto de muchachos de mi misma edad, la quinta del chupete nos llamaron.» (Carmen Martínez Gimeno, «Antoñito Zampabollos», en El ala robada y otros cuentos, ebook Amazon, 2012).


5.    Decidir  dónde iniciamos el relato


Por el principio, siguiendo el orden lógico o cronológico.
Por el final, narrando de atrás adelante lo sucedido.
Por un punto de clímax de la narración, avanzando o retrocediendo en el relato.


6.     Decidir cómo lo terminamos


Con un final abierto, donde se deja la trama en un punto de clímax y se crea expectación en el lector.
Con un final cerrado, donde se resuelve la trama con felicidad (como en los cuentos de hadas, donde comen perdices y  colorín colorado) o con tristeza (como es el caso de  muchos cuentos históricos y mitológicos).
Con un final mixto, donde se resuelve una trama principal, pero quedan abiertas otras secundarias o viceversa.

Llegado el momento de comenzar a escribir, conviene tener en cuenta algunas recomendaciones que nos ayudarán a atraer la atención del lector, a mantener a raya a nuestros personajes y, sobre todo,  a crear o mejorar nuestro estilo. Pero eso es otro cuento (Continuación). 

Mafalda y el cuento
Si tienes ganas de saber más, lee las reflexiones del famoso escritor de cuentos estadounidense Raymon Carver.
Y aunque solo venga a colación por el título, no dejes de ver la excelente película Un cuento chino


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  


miércoles, 10 de octubre de 2012

¡Quiero publicar un libro!


Un libro es una ventana que el autor construye, eligiendo el marco, el tamaño, los materiales y la vista que desea mostrar al lector. Pero es este quien decide si abrirla, observar el alféizar o extender la mirada a lo lejos, justo donde pretendía el autor o hacia otros puntos más próximos o lejanos.  Es el lector quien decide si le gusta la ventana y lo que le permite ver, e incluso si prefiere abrirla de par en par o atisbar solo por un resquicio.
Y nunca, desde la invención de la imprenta, había existido un abanico tan amplio de posibilidades como ahora para que un autor pueda construir la mejor ventana según su criterio y colocarla donde tenga mayor visibilidad.  La condición necesaria pero no suficiente es contar con un texto original acabado al que habrá sido preciso dedicar mucho tiempo y esfuerzo, y después concretar los fines que se desean alcanzar con la publicación.
Las vías clásicas para conseguir colocar nuestra ventana a la vista son las siguientes:

Buscar una agencia literaria

Dependiendo del tipo de libro, habrá que escoger entre las muchas existentes las más apropiadas para el objetivo perseguido. Puede ser una o varias, pues por probar nada se pierde. Y ya no es preciso mandar por correo el original completo acompañado por una carta; ahora basta con escribir un correo electrónico de presentación bien redactado y adjuntar una sinopsis del libro y algún capítulo representativo. Pueden tardar en responder (lo mínimo sería un mes), pero suelen hacerlo y ofrecer una exposición razonada de su aceptación o rechazo. Si han aceptado el original, pedirán el texto completo y habrá que firmar un contrato donde se estipule el porcentaje que se llevará la agencia por las ventas del libro una vez publicado por alguna editorial (oscila en torno al 10%).
La ventaja de contar con una agencia es que abre acceso directo a las editoriales que pueden estar interesadas en el libro y evita pérdidas de tiempo. Los inconvenientes son que cuestan dinero y que no aceptarán ningún original al que no vean una salida clara. Jamás lo aceptarán si está mal escrito (a no ser que se sea un personaje famoso o que merezca la pena gastar dinero y esfuerzo en correctores de estilo para mejorarlo) y rara vez si consideran que no hay mercado para el tema.

Esta es una lista de agencias literarias  en España.

Buscar una editorial

Como en el caso de la agencia literaria, lo más práctico es elegir las que más se ajusten a nuestros fines y mandar un cuidadoso correo electrónico de presentación con nuestros datos y la información que consideremos pertinente para llamar su atención, añadiendo un archivo con la sinopsis del libro y algún capítulo. Puede que tarden en contestar, pero la mayoría suele hacerlo. Si el original les ha interesado, te escribirán un correo electrónico o te llamarán por teléfono a fin de que envíes el texto completo para que pase una prueba de lectura a cargo de uno o varios lectores especializados, que analizarán la estructura, el estilo y demás detalles de fondo y forma para presentar su informe, donde recomendarán o rechazarán la publicación. Si el informe es positivo, el original pasará otro examen más para comprobar si tiene cabida en el mercado.
Una vez finalizado el proceso y si todos los informes son favorables, la editorial se pondrá en contacto por correo electrónico o por teléfono para formalizar un contrato de edición. Se suele asignar al autor una cantidad fija como anticipo por las ventas, de las que le corresponderá en torno al 10%. La editorial se encargará de preparar el original para la imprenta y maquetarlo, lo que supone que sea revisado y marcado por un corrector de estilo (es aconsejable para el autor pedir que cualquier corrección de estilo importante se le consulte para evitar desagradables sorpresas). La portada se suele consensuar: el autor aporta la idea que tiene al respecto y opina entre las distintas posibilidades que se le ofrecen. De la obtención del ISBN también  se encarga la editorial.
Asimismo, pueden pactarse presentaciones y promociones, pero en este aspecto el autor tendrá que poner mucho de su parte para lograr visibilidad entre los miles de libros que hay en el mercado.

Estas son las principales editoriales españolas y latinoamericanas, ordenadas según su especialización.

Buscar una coedición o edición pagada por el autor

Muchos autores noveles que pueden permitírselo optan por esta posibilidad en la que el riesgo de publicar la obra se reparte según proporciones establecidas por contrato, así como los porcentajes de las futuras ventas. Siempre es mejor esta alternativa que la edición pagada íntegramente por el autor, pues el hecho de que la editorial asuma parte del riesgo indica que tiene esperanzas de que el libro genere beneficios y pondrá mayor interés en cuidar la edición y promocionarlo después.
Existen infinidad de editoriales que se dedican a publicar a cualquiera que esté dispuesto a pagar. Cuidado con ellas, pues la mayoría no tienen personal cualificado para corregir y maquetar los originales, ni canales de distribución que aseguren la visibilidad del libro. Esta alternativa solo se debe tener en cuenta si se desea hacer una tirada corta de una obra por el gusto personal de regalarla a amigos y conocidos. En todos los demás casos, será tirar el dinero sin obtener un buen producto ni reconocimiento alguno.

Mandar el original a concursos o premios

Los hay de todo tipo y para todos los gustos, convocados por editoriales, universidades, entidades culturales, ayuntamientos o empresas varias, y si el original enviado es de calidad, antes o después acabará publicándose; es cuestión de paciencia y de perseverar.  Sin embargo, no se debe apuntar a los premios más famosos, pues el fracaso está garantizado. Nunca gana ninguno de esos premios un novel desconocido, sino más bien un autor de cierto prestigio que garantice ventas posteriores.
Muchos autores obtienen un buen sobresueldo con los premios económicos que ganan en estos concursos, pero casi ninguno consigue vivir de lo que escribe ni hacerse famoso.

Si quieres información, puedes consultar esta lista de concursos literarios  en España y América Latina bastante completa. 
Ahora, con el apogeo de Internet, las tabletas y los lectores electrónicos, existe una nueva oportunidad para hacer un espacio a nuestra ventana, que consiste en

Convertirse en editor y utilizar una plataforma para publicar

Todo original necesita una labor de edición, por muy bien que escriba un autor. Siempre se escapa alguna errata, algún error gramatical o hay algún signo de puntuación que falta o sobra, y son necesarios más de dos ojos para corregirlo. El corrector del ordenador no es suficiente y a veces induce a error, pues no discrimina entre homónimos (más y mas; sé y se; té y te, por ejemplo) o no reconoce palabras y ofrece opciones descabelladas.
Para editar nuestras propias obras necesitamos prepararnos. No basta con haber leído libros y tener inclinación por la escritura; como poco, hay que dominar la ortotipografía, la morfología y la sintaxis. Saber, por ejemplo, hablando de ortotipografía, cómo se emplean los guiones largos de diálogo y cómo se hacen las acotaciones; cómo se emplean las comillas francesas (también  llamadas latinas, españolas o angulares), las altas o inglesas y las simples, así como las denominadas comillas de seguir; cuándo se emplea el guión y cuándo el paréntesis o el corchete. Pasando a la morfología, saber qué gerundios son correctos y cuáles no; qué género tienen las ciudades o qué número los colores; o cómo se escriben las horas, los números ordinales, los años o las edades. En cuanto a sintaxis, es necesario conocer el orden habitual que siguen las oraciones para crear nuestro estilo o desordenarlas a fin de producir ciertas sensaciones o reacciones en quienes nos lean. Debemos también  aprender a evitar cacofonías y malentendidos.  Y nadie corregirá con más empeño nuestros originales que nosotros mismos, si sabemos hacerlo.
Escribir bien requiere aprendizaje, y la edición, también. Pero todo está en los libros. No hay más que elegir el apropiado, leerlo con detenimiento y aplicar lo aprendido. Esta es mi selección de libros de consulta imprescindibles.

Una vez editado el libro —es decir, corregido—, es aconsejable aguardar un tiempo prudencial y volver a leerlo. En esta segunda lectura efectuada con mayor distancia, aparecerán detalles que en la primera pasaron inadvertidos, y la corrección será más precisa. Además, es aconsejable dar a leer el original acabado a otra persona, pero no sirve cualquiera, pues debe tener  buenos conocimientos lingüísticos y literarios para que sus comentarios y críticas tengan valor.
Entonces, y solo entonces, cuando el original haya sido escrutado al milímetro al menos por cuatro ojos, estará preparado para su publicación en una de las varias plataformas que ofrecen este servicio: Lulu, BubokKDP de Amazon son las más conocidas y de mayor difusión, pero existen otras más. Se puede publicar en una con exclusividad o en varias y elegir entre libro electrónico o papel. También se puede recurrir a los servicios editoriales de estas plataformas si no se está seguro del buen estado del original, pero estos  tienen un precio que habrá que pagar.  
Si se autoedita un libro electrónico para una plataforma digital, también  habrá que diseñar la portada, bien empleando Photoshop u otro programa informático, bien encargándosela a un diseñador gráfico de nuestra confianza. Asimismo, corre de nuestra cuenta pagar y obtener el ISBN si se desea, aunque no es necesario, y se puede recurrir a Safe Creative, registro de la propiedad intelectual on line que es gratuito, para certificar la autoría.
Cada plataforma sigue unos criterios  de publicación para subir nuestros archivos y ofrece información detallada para conseguir que nuestra ventana ya acabada esté a la vista en la red. Y también todas ofrecen la posibilidad de publicar en papel a demanda. No hay más que leer con detenimiento las indicaciones y seguirlas al pie de la letra para contemplar por fin nuestro original situado en la red.

¡Buena suerte y que sean muchos los que quieran asomarse a tu ventana!










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lunes, 1 de octubre de 2012

Lectores y lectura


He soñado a veces que cuando amanezca el Día del Juicio, y los grandes conquistadores y abogados y juristas y gobernantes se acerquen para recibir su recompensa, el Todopoderoso, al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo, se volverá hacia Pedro y dirá, no sin cierta envidia: «Míralos; esos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer».
Virginia Woolf

Cuentan, aunque yo no lo recuerdo, que un día, mientras mi padre nos leía una historia, yo me acerqué al libro, lo miré detenidamente y pregunté de dónde sacaba todo lo que nos decía. «Está aquí, mira», respondió mi padre, señalando las letras. Yo debí de quedar muy impresionada, y cuentan que unos días más tarde, cuando mi padre se disponía a leernos de nuevo, le entregué una hoja de papel que yo había llenado de garabatos y le pedí contenta: «Léenos hoy esto. Lo he escrito yo».
Fue imposible, claro, porque yo aún no sabía leer ni escribir. En mi mente infantil, había entendido la unión de lo escrito con lo leído, pero no que había que emplear unos signos preestablecidos que formaban las palabras para transmitir a los otros mi pensamiento.
Sí recuerdo, en cambio, cómo me gustó aprender a leer, al principio en voz alta, pronunciando sílaba a sílaba las palabras que se iban convirtiendo en oraciones. Enseguida comprendí la importancia de la entonación y supe utilizar los signos de puntuación para entender lo que mis labios decían. Y luego pasé a leer en silencio, sin mover los labios, absorta en el texto, aislada del mundo.
Sin embargo, esta lectura silenciosa que todos acabamos dominando en nuestros primeros años de escolarización no era la habitual en el mundo antiguo. Entonces se leía siempre en voz alta, ya fuera para uso individual o colectivo, y existen muchos testimonios recogidos en la historia que lo corroboran. Uno de los más importantes se encuentra en las Confesiones de san Agustín (siglo IV d. C.), quien relata asombrado la curiosa manera que tenía de leer san Ambrosio como una peculiaridad: «sus ojos recorrían las páginas […] mas su voz y su lengua descansaban».
 ¿Y por qué los antiguos leían en voz alta? Quizá por el puro placer de escuchar cómo sonaba lo escrito, pues Aristóteles había enseñado que las letras se habían inventado para poder conversar incluso con los ausentes y eran signos de sonido. O puede que la lectura fuera una tarea compartida porque había pocos capaces de leer, más bien descifrar, los textos, pues —como probablemente en la página de garabatos que di a leer a mi padre—  no se separaban las palabras ni había signos de puntuación para ayudar a comprender el sentido.
Había que dedicar mucho esfuerzo a la lectura, y los copistas fueron desarrollando métodos para transcribir los textos y darles sentido, marcando los finales de oraciones con toda clase de signos y símbolos según su criterio. A comienzos del siglo V, san Jerónimo ideó para su traducción de la Biblia un nuevo sistema, denominado per cola et commata, que supuso un gran avance para lograr una lectura fiel, pues se marcaba cada unidad de sentido con una letra que sobresalía del margen, como si se iniciara un nuevo párrafo. Más adelante, los afamados escribas irlandeses fueron quienes introdujeron la mayoría de los signos de puntuación que conocemos en la actualidad, pero las normas continuaban siendo tan confusas que no cabía esperar que todos los lectores dieran el mismo sentido a un texto, ni entendieran de igual modo lo que había querido expresar el autor.
Pero la historia siguió su curso, llegó la invención de la imprenta, y la evolución de la puntuación en los textos corrió parejas con el desarrollo de la lectura silenciosa. A medida que pasaron los siglos y se fueron divulgando los libros impresos, hubo cada vez más personas capaces de leer y cada vez fue más fácil interpretar los textos, que ya contaban con una puntuación parecida a la actual desde que en el siglo XVI Aldo Manuzio popularizó y normalizó en sus ediciones en romance el uso de la coma, el punto y coma, los dos puntos  y el punto,  así como los signos de interrogación  y admiración.
Leyendo y leyendo, solos o acompañados, llegamos a nuestros días, en los que únicamente se lee en voz alta cuando se quiere compartir o enseñar: en colegios y universidades, en tertulias literarias, con amigos que tienen nuestros mismos gustos… Los padres y abuelos también leen en voz alta a sus hijos y nietos antes de que crezcan y se conviertan en lectores silenciosos.
Y muchos de esos lectores silenciosos se hacen con los nuevos lectores digitales para transportar fácilmente en una tableta —no de arcilla como las mesopotámicas, sino fabricadas con materiales de vanguardia y provistas de pantalla— multitud de libros que podrán leer en cualquier lugar y momento. Algunos de estos lectores electrónicos —que son continente y no contenido— también  pueden leer en voz alta al dueño que prefiera escuchar. Así pues, en los albores del siglo XXI, en un original bucle de la historia, cuando parecía superada la lectura individual en voz alta, el lector silencioso se vale si lo desea de su lector digital-continente para que una voz ajena le lea con cuidada entonación lo que él elije, no porque no sepa descifrarlo, sino tal vez con el propósito de escuchar el texto en la lengua en que su autor lo escribió. 

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