martes, 10 de enero de 2017

Plagio y derechos de autor

Plagio
Hace meses escribí en este blog Historias de plagio, artículo en el que sostenía que  no debe considerarse copia una coincidencia de inspiración entre dos o más autores ni el desarrollo de ideas semejantes si están expresadas de manera diferente. Menos aún se podrá aducir copia cuando en las obras en cuestión el punto de partida o la conclusión alcanzada varíen. Sin embargo, cuando existe apropiación de una creación intelectual ajena para presentarla como propia se incurre en plagio, que suele ser objeto de censura ética cuando se descubre y tiene consecuencias legales si se siguen los cauces establecidos para probar su existencia. Expresado sin rodeos, una persona ―autor, conocido o desconocido― plagia  siempre que copie o imite al pie de la letra una obra que no le pertenezca y se atribuya su autoría sin contar con la autorización pertinente. Así pues, es plagio cuando al escribir se incluyen frases, párrafos, notas o textos literales completos sin emplear comillas ni indicar de manera clara e inconfundible la fuente de donde se han obtenido.

El plagio es una lacra más habitual de lo que se piensa en una sociedad como la nuestra que consiente tantas corruptelas. Las correctoras y traductoras lo sabemos bien. Aduzco como ejemplo ilustrativo lo sucedido en fecha reciente mientras preparaba para su publicación una compilación de artículos académicos presentados en un congreso. Me topé con el texto siguiente:

En la modernidad clásica e ilustrada, la auténtica identidad del sujeto se conseguía trascendiendo las pertenencias particularizadoras, todos los elementos impuestos por el azar que constriñen a un lugar y a una circunstancia sociocultural. El yo en busca de autonomía relativizaba las determinaciones extrínsecas para enlazar con lo valioso a escala universal o al menos general: «Individualidad, subjetividad, humanidad se consiguen juntas, desde dentro, por la libertad frente a lo que nos determina». Quizá el último avatar de ese esfuerzo sea la propuesta freudiana de tomar conciencia de las determinaciones ocultas en la psique a partir de acontecimientos del pasado para mitigar su imperio y lograr que donde se imponía el Ello advenga el Yo. También en el terreno político, la entrada en el espacio público se lograba trascendiendo las limitaciones a que nos somete nuestra condición privada. Pero desde hace unos años, y cada vez más, vemos producirse una inversión de este proceso.   

Como era de esperar, enseguida me saltaron a la vista las comillas que no remitían a ningún autor ni texto. Y como es habitual en estos tiempos de internet, lo primero que hice fue colocar el texto entrecomillado en Google y pulsar su búsqueda: resultó que las comillas correspondían a una cita de La religion dans la démocratie de Marcel Gauchet y, lo más importante de todo, que el resto del texto se había fusilado al pie de la letra (menos la referencia bibliográfica omitida) de un artículo de Fernando Savater, La izquierda centrifugada, publicado en El País en 2002. Informado a continuación el autor de lo descubierto, se le ofreció la opción de citar la fuente o parafrasear, pero adujo las disculpas consabidas ―poco creíbles― y prefirió suprimir el párrafo completo de su artículo.

En el caso de cuadros y tablas es aún más frecuente encontrar plagios. Una de las tareas de las correctoras es indicar, cuando falten, que es imprescindible consignar las fuentes: el lugar de donde se han extraído los datos, incluso cuando se trate de una elaboración propia. Al traducir un texto, es habitual efectuar la denominada 'corrección silenciosa' ―recurriendo a menudo al parafraseo― para subsanar plagios detectados cuando no es posible ponerse en contacto con quien los ha cometido.  

La palabra ‘plagio’ proviene del latín plagium, a su vez proveniente del griego plágios, que significa ‘oblicuo’, ‘desviado’. Con plagium se designaba en latín la apropiación fraudulenta de esclavos ajenos o la compra de un hombre libre, a sabiendas de que lo era, para entregarlo a la esclavitud. Por consiguiente, un plagiarius era un ladrón de esclavos, alguien capaz de engañar apoderándose de un bien que no le pertenecía. Se atribuye al poeta satírico hispanorromano Marcial (natural de Bílbilis, actual Calatayud, siglo I d. C.) la acepción actual de la palabra porque escribió un epigrama en el que comparaba sus versos con esclavos manumitidos y acusaba de plagiarius (secuestrador) a un poeta rival por haberlos recitado como si fueran propios. Desde entonces los plagiarios fueron también los ladrones de la propiedad intelectual al menos en todo el mundo occidental: en francés y alemán, plagio es plagiat; en ingles, plagiarism; en italiano, plagio; en portugués, plágio…

La preponderancia de la tradición oral contribuyó en buena medida a que en el mundo clásico e incluso en la época medieval el concepto de ‘autoría’ careciera de unos límites bien definidos. Era frecuente entonces la utilización de textos ajenos para componer los propios, sobre todo cuando se pretendía poner por escrito hechos históricos o religiosos y argumentos  literarios o filosóficos que gozaban de cierta divulgación por correr de boca en boca. Además, la copia a mano de los textos originales para su difusión posterior favorecía esa autoría desdibujada a la que muchos podían contribuir. Hasta finales del siglo XV, impulsado por el auge de la imprenta, no surgió el concepto de ‘derechos de autor’. Se considera que fue la ciudad de Venecia la primera en instituir un sistema de concesión de privilegios o derechos de monopolio para la impresión de determinados libros y, debido a sus buenos resultados, poco a poco esta práctica restrictiva se fue extendiendo hasta convertirse en habitual en la Europa de los siglos XVII y XVIII. No obstante, estos primeros derechos de monopolio no tenían nada que ver con el autor de la obra en cuestión: se trataba de un asunto entre el impresor y el monarca, quienes se distribuían, según un acuerdo alcanzado, las ganancias generadas por los libros impresos bajo licencia. Rara vez suponían ingresos añadidos para el autor que había vendido su obra al impresor; tampoco lo protegían del plagio. 

En la actualidad, los derechos de autor ―internacionalizados por su denominación en inglés como copyright― están más o menos normalizados y reconocen además derechos morales a los creadores, entre los que se incluyen recibir reconocimiento público por sus obras originales. El plagio está penado por ley puesto que hurta dicho reconocimiento al autor original. Pero los derechos de autor no son eternos. Cada país establece un plazo más o menos prolongado desde la muerte de un autor durante el cual los herederos recibirán los ingresos que genere la publicación de sus obras. En España la ley actual establece un plazo de setenta años desde la muerte de un autor antes de que su obra pase al dominio público. A partir de ese momento, cualquiera que lo desee la podrá utilizar gratuitamente, pero deberá respetar su derecho moral y su autoría. Ya están al alcance de todos los escritos de Valle-Inclán, García Lorca o Unamuno, por ejemplo, lo cual no significa que esté permitido el trabajo de tijera o el fusilamiento, dos expresiones habituales en nuestra lengua bajo las que se esconde el plagio; esto es, el robo sin paliativos. Que algo sea de dominio público no significa que se permita su apropiación indebida.

Quien plagia demuestra su escasa talla intelectual y ética. La mayoría recordamos a profesores mediocres que se aprovechaban del trabajo de sus alumnos y subalternos; también a compañeros de estudios que jamás compusieron una línea original. A todos ellos debería costarles caro.


La lengua destrabada
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4 comentarios:

  1. Hola Carmen,
    Me ha gustado tal y como lo has explicado. Es cierto que casi todo está inventado pero hay otros que lo han dicho antes, si se utiliza al menos citarlos correctamente.
    A veces puede pasar que se acaben incorporando frases que se usan habitualmente y se puede perder un poco quién fue el autor, aunque es cierto que no son copias literales sino que uno acaba haciendo su interpretación y entiendo que esto no sería un plagio.
    Saludos

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    1. La utilización de refranes, frases hechas y, en líneas generales, expresiones que son de uso común y extendido no se considera plagio, a no ser que se copien de un texto donde un autor les ha conferido un sentido especial. Los plagios suelen estar bastante claros cuando existen: copia literal de textos sin entrecomillar ni citar fuente. A veces, en el corta y pega, se copian hasta las erratas.
      Un saludo, Conxita

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  2. Excelente artículo, Carmen. Ya que mencionas el plagio de algunos profesores a sus alumnos y subalternos, creo que te has olvidado de otro muy común, incontrolable y masivo: el que practican muchos jefes con el trabajo de sus empleados, que se suele expresar con un «se ha colgado la medalla» de mi informe/presentación/proyecto/idea...». Aunque, quizá, esta circunstancia se asemeje más a la de los «negros», los «ghost writers» que escriben en la sombra para el lucimiento de otros, renunciando así al reconocimiento de su obra a cambio de un estipendio.
    Muchas gracias por tus artículos —siempre interesantes; siempre muy bien escritos— y enhorabuena.

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    1. Pues sí, Jaime, por desgracia, el trabajo intelectual está tan devaluado que se plagia en todas partes, a veces incluso sin tener conciencia de que se está haciendo, pero otras con conocimiento de causa, a sabiendas de que saldrá gratis. Una pena.

      Gracias por pasarte a leer. Un saludo.

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