jueves, 15 de diciembre de 2016

Viajar a Isla de Pascua (Rapa Nui)

Rapa Nui


Este viaje llovió del cielo. Habíamos previsto reservar unos días de nuestra estancia en Chile para llegar por el sur más lejos de Valdivia, que ya conocíamos, navegar hasta los glaciares y recorrer algunos parques naturales, pero diversos avatares se fueron sucediendo para impedirlo. Y cuando casi nos habíamos resignado a permanecer en Santiago, surgió para nuestra sorpresa la posibilidad de visitar la Isla de Pascua: había billetes de avión y alojamiento en un precioso hotel que da a los acantilados de lava de un mar inmenso, cuyo azul cobra a veces una intensidad tal que recuerda el color de la tinta de escribir… ¿utopías?


Situada en el extremo oriental del llamado Triángulo de la Polinesia, en la latitud 27° 9′ 10” sur y la longitud 109° 27′ 17” oeste, en medio del vasto océano que Vasco Núñez de Balboa bautizó como Pacífico al compararlo con el alborotado Mar de los Caribes que ya conocía bien, la pequeña isla triangular de apenas 164 kilómetros cuadrados ha estado rodeada por un halo de misterio desde que los primeros navegantes occidentales dieron con su paradero. La historia reconoce como su descubridor europeo al holandés Jacob Roggeween, quien le puso el nombre de Pascua por haber llegado a ella el día de la Pascua de Resurrección (6 de abril de 1722). Después, con el paso de los años, arribaron también a sus costas navegantes españoles, ingleses y franceses, que la conocieron por otros nombres (Isla de San Carlos fue para los españoles; Te-api o Waihú fue para los franceses, por ejemplo). Pero prescindiendo del nombre, todos cuantos navegaron hasta encontrarla coincidieron en mostrar su admiración por la insólita y portentosa cultura megalítica que hallaron en esa recóndita isla volcánica de clima suave. ¿Quiénes eran sus moradores?

Mucho antes del siglo XVIII (se piensa que entre los años 600 y 900 de nuestra era), la isla, por entonces generosa en aves marinas y peces, y cubierta de palmeras y plantas comestibles, había sido colonizada por navegantes polinesios que llegaron para quedarse, portando enseres, semillas y animales. De isla en isla, siguiendo los caminos de mar y viento, las migraciones de los polinesios hacia Oriente se realizaban en grandes barcas que permitían viajes prolongados a sus numerosos tripulantes. Las casas de los primeros habitantes de Isla de Pascua conservan la forma de las barcas en las que arribaron a esa tierra donde lograron prosperar y multiplicarse hasta dividirse en doce tribus, desarrollando una cultura en la que el culto a los antepasados era un rasgo primordial. Los primeros habitantes de Isla de Pascua creían que el mana, la energía espiritual emanada por las personas importantes, permanecía después de la muerte y tenía capacidad para influir en los acontecimientos presentes y futuros. Por este motivo, cuando fallecía el gobernante de una tribu o alguna otra persona prominente, se esculpía una estatua y se trasladaba hasta la aldea correspondiente, donde se erigía en un altar mirando hacia sus descendientes para protegerlos. A medida que los isleños fueron perfeccionando su arte de esculpir y su capacidad para transportar las estatuas de piedra, el tamaño de estas fue aumentando, y su forma, estilizándose. El nombre completo en la lengua pascuense o rapanui de las enormes estatuas llamadas moáis por las que se conoce a la isla en el mundo entero es Moai Aringa Ora, que significa «rostro vivo de los ancestros». Los primeros moáis se esculpieron en basalto, traquita y escoria roja, hasta que los talladores descubrieron la piedra volcánica de color amarillo grisáceo que solo existe en la cantera de Rano Raraku: un tipo de ceniza compacta con incrustaciones de basalto, llamado toba lapilli, más apropiado que la escoria por su blandura o el basalto por su dureza para el tallado masivo de enormes moáis mediante el uso de sencillas herramientas líticas. El moái más grande descubierto, de 21 metros, se encuentra todavía sin terminar en esta cantera de Rano Raraku.

Sin embargo, los viajeros que llegaron a Isla de Pascua en el siglo XX encontraron todos los moáis derribados. El último año en que un visitante registró haber visto un moái erguido en su plataforma fue 1838. ¿Qué había sucedido? No hubo terremotos, maremotos ni ningún otro desastre natural que justificaran su derribo: todos los moáis de Isla de Pascua fueron arrancados de sus plataformas por los mismos que los habían construido. Muchos se rompieron al caer y todos, abandonados y arrumbados, sufrieron la erosión del clima y el paso del tiempo durante más de doscientos años. Al parecer, la falta de recursos en la isla debido a la creciente población provocó guerras entre las tribus, que destruían los moáis de sus enemigos para acabar con el mana protector. Asimismo, parece que los isleños perdieron la fe a medida que sus condiciones de vida fueron empeorando, pues comprobaron que de nada había servido el gasto de energía y recursos invertido en erigir moáis en sus altares una generación tras otra. Paradójicamente, hoy se aduce que la obsesión de los isleños por tallar y erigir moáis cada vez más grandes fue una de las causas principales por la que su sociedad entró en declive.
La isla constituye la cima de una cadena volcánica submarina. Tiene tres volcanes principales, situados en cada uno de los vértices del triángulo que forma, más infinidad de conos volcánicos secundarios que le confieren su relieve característico de cráteres, lomas onduladas, campos y arrecifes de lava. Desde 1888 forma parte del territorio de Chile y pertenece a la Quinta Región de Valparaíso, aunque se encuentra a más de tres mil kilómetros del punto más cercano de la costa continental chilena y geográficamente es Oceanía y no América del Sur. El hecho de que las tierras más próximas sean las islas Pitcaim, a 2075 kilómetros al oeste, y la tahitiana de Papeete, a 4351 kilómetros al sudoeste, convierte a Isla de Pascua en uno de los entornos insulares habitados más aislados del mundo. Hanga Roa es el único pueblo que existe en ella y sus límites no están bien definidos, si bien el centro, con su iglesia, su plaza —donde hay wifi libre aunque poco potente―, su caleta de pescadores y diversos establecimientos comerciales, se identifica con facilidad y es agradable de recorrer paseando. Es también el único lugar de la isla con electricidad y agua corriente potable. No hay edificios de más de dos pisos y la construcción más elevada es la torre de control del aeropuerto. En la actualidad viven en la isla unas 8000 personas, la mitad de ellas oriundos rapanuis, que son los únicos que pueden poseer tierra según la ley chilena.

Cerca de la mitad de la isla pertenece al Parque Nacional Rapa Nui, que  fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995. Por eso es obligatorio pagar 60 dólares por cabeza una vez que se desciende por la escalerilla del avión en el aeropuerto: el tique que entregan a cambio será requerido cada vez que se visite, en tour contratado o por cuenta propia, los innumerables parajes arqueológicos y puntos de interés paisajístico que salpican costas e interior. Y, por cierto, este nombre, Rapa Nui, y no Isla de Pascua, es el que emplean los isleños en la actualidad para referirse a su tierra, aunque se sabe que no es el original: se registró por vez primera en 1863, cuando regresaron a la isla unos pocos supervivientes de los muchos nativos que habían sido secuestrados y conducidos a Perú como esclavos para trabajar en la extracción de guano. Rapa Nui significa ‘isla grande’ en polinesio y es la denominación adoptada tanto para la isla como para la lengua que hablan los oriundos.

El interés por Isla de Pascua ―que contribuyó a fomentar el etnógrafo y aventurero noruego Thor Heyerdahl con sus expediciones y libros― provocó que mucho antes de la creación del parque natural hubieran comenzado diversos trabajos arqueológicos y que se volvieran a colocar en sus ahu ―altares― de piedra los moáis que en la actualidad se pueden visitar, alzándose majestuosos a las orillas del mar en su mayoría. Algunos van cubiertos con sus enormes turbantes o tocados de piedra rojiza llamados pukao y solo uno tiene ojos de nácar blanco y pupila negra. Se dice que los talladores daban vida a estas colosales estatuas una vez que las instalaban en sus altares, tras el largo camino desde la cantera, colocándoles los ojos de coral blanco con pupilas de obsidiana o escoria roja. La antigua cantera de Rano Raraku está repleta de moáis abandonados (más de cuatrocientos) en diferentes fases de tallado y se sabe por las excavaciones realizadas que bajo los torsos, enterrado en la tierra, está el resto de su enorme cuerpo amarillento. El modo de trasladarlos desde esta cantera a sus altares por las rutas existentes es un misterio y existen varias teorías al respecto. Pero la tradición oral de la isla recoge que los moáis caminaban…

Recorrer Isla de Pascua es volver a las lecturas de la adolescencia, levantarse con el canto del gallo, descubrir praderas al borde del mar repletas de caballos salvajes, entablar amistad con perros cariñosos que te entregan piedras rojizas para jugar, contemplar cómo los chincoles ―especie de gorriones pero con copete― se acercan sin miedo en cuanto te detienes; es volver a vivir despacio, disfrutar de las pequeñas cosas y ver atardecer o amanecer entre los moáis que se yerguen en sus altares de piedra de espaldas al mar… Los días son largos y hay tiempo de sobra: sale el sol, lo ocultan las nubes que se agolpan como olas celestiales, llueve a cántaros, azota el viento y, cuando se calma, el sol abrasa y hay que buscar resguardo bajo sombreros o paraguas que sirven para cualquier contingencia. Y hay paseos de mar y montaña para todos los gustos. Hoy la hermosa playa de Anakena vuelve a estar rodeada de verdes praderas, sombreadas por un bosque de cocoteros importados de Tahití. Y cerca hay otra playa, Ovahe, también de arenas blancas y mar transparente color turquesa que invita al baño. Además, hay piscinas rocosas ganadas al mar a lo largo de la costa, y grutas con pinturas rupestres, piedras brillantes de obsidiana y esqueletos de caballo blanquecinos. A tramos la isla es verde y a tramos amarillenta o incluso negra de puntiagudas rocas. Orongo, en la cima del volcán Rano Kau, es una aldea ceremonial donde se celebraba la travesía del hombre pájaro, que aparece en muchos petroglifos de la isla. Aparte de su valor arqueológico, el entorno en el que se encuentra es de gran belleza paisajística.

Isla de Pascua es un lugar idílico en el que te sientes aventurero aunque no lo seas, en el que deseas que la vida se detenga para que el tiempo y los visitantes no acaben con la belleza y el enigma de un ecosistema que se antoja frágil perdido en mitad de un océano no tan pacífico, como ombligo del mundo (Te pito o te henua).

Agradecimientos
Debido a su ubicación tan aislada y remota, el avión es la forma más habitual y rápida de llegar a Isla de Pascua. Lan (Latan Airlines) es la única aerolínea que ofrece vuelos regulares y directos desde Santiago de Chile (uno diario) con una duración próxima a las seis horas. Desde la isla de Papeete en Tahití también hay dos vuelos semanales con una duración en horas similar.

Carolina Bustamante y Yanet Pauchard, de Latan Airlines (Providencia 2006, Santiago de Chile), pusieron todo su empeño para proporcionarnos billetes de avión y alojamiento en Isla de Pascua. Gracias a ellas, el viaje resultó extraordinario.





Durante nuestra estancia en la isla, nuestra guía fue Cristina Pontt, de origen rapanui y hablante de la lengua (Aku-Aku Turismo, www.akuakuturismo.cl). Buena conocedora de los recorridos por los que nos condujo, sus explicaciones sobre cuanto veíamos fueron excelentes y muy ilustrativas sus respuestas a nuestras múltiples preguntas. Recordamos todo lo que hemos vivido y visitado en Isla de Pascua con enorme agrado




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