miércoles, 26 de marzo de 2014

Living in San Diego (California)

Living in San Diego
Downtown San Diego desde Coronado
Sabed que a la diestra mano de las Indias ovo una isla llamada California, mucho llegada a la parte del Paraíso Terrenal, la cual fue poblada de mujeres negras, sin que algún varón entre ellas oviese, que casi como las amazonas era su estilo de vivir. 

Garcí Rodríguez de Montalvo, Las sergas de Esplandián, 1510

Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno [...]. Volver, con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra.
Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, tango Volver

Gaslamp Quarter: corazón de San Diego
Todavía no se habían encendido las luces del avión para servirnos el desayuno final —o la cena, pues después de tantas horas de vuelo cruzando el Atlántico desde Madrid cuesta precisar de qué comida se trata—, cuando levanté la persianilla del ojo de buey y avisté allá abajo la lejana tierra firme americana. Me brincó el corazón —o acaso el estómago, tampoco lo sabría precisar— y no me vino a la memoria la cita de Las sergas de Esplandián que abre esta entrada, sino la letra del tango de Gardel con que continúa, al adivinar a lo lejos el parpadeo de las luces que iban a marcar mi retorno. Volvía a un lugar  de la California «mucho llegada a la parte del Paraíso Terrenal» que en el pasado había abandonado con lágrimas y donde mis hijos crecieron bilingües sin esfuerzo. Sé que veinte años es muchísimo tiempo y temía destruir mis viejos recuerdos que, como dice el tango, son «la fortuna de mi corazón». Pero ahí estábamos, a punto de aterrizar de nuevo en San Diego, tarareando al avisado Gardel: «el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar». 

Anochecer en La Jolla Shores
San Diego es la ciudad más meridional de California, situada justo en la frontera con la península de la Baja California mexicana, y la octava ciudad de Estados Unidos por su número de habitantes, muchos de ellos hispanos pero también orientales en cantidad creciente. Por su ubicación al sur de Estados Unidos, al norte de América Latina y entre Asia y Europa, actúa como punto estratégico donde confluyen culturas y se intercambian experiencias vitales. Su clima templado, sus muchos kilómetros de playa y su estilo de vida amable y desenfadado la convierten en un lugar privilegiado para vivir. Sin embargo, su lejanía relativa y las muchas horas de vuelo con escala incluso desde Estados Unidos la han protegido del turismo de masas y continúa siendo una ciudad agradable y tranquila donde la gente se da los buenos días y se desea lo mejor. Si cruzas la mirada con alguien, te sonríe, y es fácil entablar una conversación trivial. Hay quien dice que es pura cortesía hipócrita, pero a mí me encanta que me traten bien y corresponder del mismo modo.

Hotel del Coronado
La ciudad tiene un pequeño downtown, con sus rascacielos de metal y cristal que se reflejan en las aguas azuladas de la bahía, compartiendo espacio con los restaurados edificios victorianos de pocos pisos, donde ahora se ha mudado la gente joven que desea hacer vida europea, caminando por las calles y frecuentando los innumerables bares, restaurantes y lugares de diversión del Gaslamp Quarter o Little Italy. En el centro también se puede pasear junto al mar por Seaport y cruzar a Coronado en vapor o por el puente sobre la bahía para visitar el enorme y espectacular hotel victoriano en madera, construido junto a los blancos arenales de la amplia playa abierta al bravío océano Pacífico.

Balboa Park
Balboa Park, también en la almendra central, es el parque cultural urbano más grande de Estados Unidos. Alberga 15 museos, varios centros de artes escénicas, frondosos jardines y el Zoológico de San Diego. Recordaba de él sus enormes árboles y sus arbustos floridos, y volvió a maravillarme el Paseo del Prado que lo cruza con sus edificios de estilo renacentista español. Escuchar allí el domingo después del lunch un concierto del Spreckels Organ, el órgano de tubos al aire libre más grande del mundo, es una grata experiencia que recomiendo y repetiré cuanto pueda.

Geisel Library, UCSD
Nosotros no vivimos en el centro, sino en La Jolla, cerca de UCSD, la universidad donde trabajamos a diario. Esta zona y los restantes núcleos de la ciudad alejados del centro quedan separados unos de otros por cañones y barrancas, cuyo ecosistema está protegido y prohibida la edificación. Una red de carreteras y autopistas, muy transitadas en horas punta, los cruzan y entrelazan. Ahora existe un sistema público de transporte en creciente desarrollo que comunica las distintas zonas con varias líneas de autobuses y tres de metro ligero. Utilizándolos, incluso se puede llegar hasta la frontera mexicana de Tijuana, donde se ha construido un enorme complejo comercial de outlet. Sin embargo, debido a las largas distancias y el tiempo que se pierde en efectuar conexiones, el coche particular continúa siendo el medio preferido de desplazamiento, como ocurre en la mayoría de las ciudades estadounidenses.

Paseando por Seaport
En los casi dos meses que llevamos ya en San Diego, hemos revisitado los lugares que ya conocíamos, subido a Point Loma para intentar divisar a las ballenas, de  paso ahora hacia Baja California, paseado desde Mission Bay hasta Pacific Beach contemplando a los surfistas cabalgar sobre las crestas de las olas, visitado a los pelícanos y las focas que pueblan La Jolla Cove, avistado delfines cerca de la orilla en Del Mar y disfrutado de las preciosas vistas y la espléndida vegetación que saltan al paso por doquier. En nuestra misma calle están ahora floridos los enormes árboles del coral, así como muchas cactáceas que pueblan aceras y praderas. También están floridos los altos setos de hibiscos que cierran las urbanizaciones por las que paso caminando cuando voy al supermercado. No hay problemas con la comida, pues abundan los alimentos de todas partes del mundo. Yo me quedo con la comida mexicana y los dátiles californianos: solo con eso podría vivir.

Downtown San Diego desde Balboa Park
Tenemos todavía muchos meses por delante de estas segundas partes, que sí están siendo buenas, tal vez como excepción que rompa la regla. Muchos de nuestros amigos siguen viviendo en San Diego —porque la mayoría de los que aquí llegan no se quieren marchar— y otros vendrán aprovechando nuestra estancia. Descubriremos nuevos lugares, visitaremos el desierto de Anza-Borrego y el pueblo minero de Julian en las montañas, recorreremos los diversos pueblos costeros y haremos el Camino Real de las misiones; incluso en verano volveremos a visitar el Grand Canyon, uno de los lugares inolvidables de la tierra. Todos los días se nos ocurren nuevos planes.

Misión de San Diego de Alcalá 
Han pasado veinte años, sí, y la experiencia es la misma: estoy tranquila, contenta; me gusta vivir de nuevo en esta ciudad alegre. Mi novela fluye, se está dejando escribir a caballo entre el despacho universitario que comparto y la Geisel Library, en cuyas vistas elevadas pierdo la mirada hacia el mar cuando me falta inspiración. Veo volar hang gliders en el cielo a veces azul, a veces plomizo, envidiando la osadía de sus pilotos que yo no poseo, descubro nuevos olores vegetales y algunas sensaciones sinestésicas.  Y en las tierras soñadas de la reina Calafia, a menudo me vienen a la mente estas palabras: 
Vete a las Indias, hijo mío. No son mentiras las hazañas de los Amadises y los Galaores que eternamente habíamos tenido por invenciones. Ni son patrañas las proezas griegas y romanas que glosan los trovadores. Ni son fantasías los mundos fabulosos que miramos cuando soñamos. En las Indias los ríos y los lagos semejan encarcelados mares de agua dulce de cuyas profundidades ascienden en la noche hidras de muchas cabezas que resoplan llamaradas por sus muchas narices (Miguel Otero Silva, Casas Muertas: Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, 1985).
En San Diego, California, así fue y así es mientras esto escribo. Doy fe.


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2 comentarios:

  1. Gracias, Carmen, me has traído recuerdos de esa maravillosa ciudad. Como te dije, yo solo la conozco de visita, aunque tengo anécdotas muy divertidas que quizás algún día aproveche para algo... Hace ya más de veinte años que estuve por allí, pero recuerdo un paseo por la playa de La Jolla. Quizás un día nos cruzamos, quizás intercambiamos ya una sonrisa o unas palabras amables. A mí también me gusta mucho eso y lo echo de menos en las grandes ciudades. Yo lo hago cada día: es muy fácil y no cuesta dinero. Me alegro de que estés tan bien. Un abrazo.

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  2. Puede que nos cruzáramos, Carmen, nosotros íbamos mucho a La Jolla Shores. Por entonces éramos un grupo grande de amigos latinos y estadounidenses, muchos con hijos pequeños, y solíamos pasar el día en las praderas, haciendo paellas y quesadillas. Tal vez nos vimos o te invitamos a comer con nosotros si te acercaste, pues era algo habitual.
    Ahora todo eso pasó. Nuestros hijos han crecido y nuestras actividades son otras. Pero estamos contentos. Un abrazo, tocaya.

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