miércoles, 16 de mayo de 2018

La fábula del gramático y el pescadero

La fábula del gramático y el pescadero
Narra Gonzalo Celorio en su ameno libro Del esplendor de la lengua española  (México, Tusquets, 2016) la siguiente fábula, que dice utilizar con sus alumnos como ejercicio para que midan sus palabras y se ahorren las superfluas, sobre todo en lo tocante a los adjetivos, de los que suelen hacer abuso los escritores en ciernes (pero no solo):

Un gramático se topó cierto día con un establecimiento que se anunciaba con este letrero: «Aquí se vende pescado fresco». El gramático consideró que al anuncio le sobraba el adverbio aquí, pues el pescado estaba a la vista de toda la gente que pasara por delante y resultaba evidente que era en ese lugar y no en otro donde se ofrecía la venta. Cargado de razones, entró en la pescadería y eligió las palabras más llanas que encontró en su riquísimo vocabulario para hacer comprender al pescadero la redundancia contenida en su letrero. El pescadero quedó tan convencido ante la explicación que prometió eliminar enseguida la palabra sobrante. 

A la semana siguiente, el gramático pasó de nuevo ante el establecimiento y comprobó satisfecho que el adverbio superfluo había desaparecido. En el letrero ya solo se leía: «Se vende pescado fresco». Deseoso de felicitar al pescadero por haber seguido su docta sugerencia en beneficio de la lengua común, entró en el local. Pero entonces el gramático cayó en la cuenta de que al letrero le seguía sobrando algo:

―¿Conoce usted algún lugar donde vendan pescado podrido?―preguntó al pescadero.

Este, desconcertado, negó con la cabeza. En consecuencia, el gramático lo instó a suprimir el adjetivo fresco del letrero, pues solo servía para crear suspicacia en la clientela. Allanando la frase latina «excusatio non petita, accusatio manifesta», el gramático argumentó que al anunciar expresamente y sin necesidad la frescura de su producto, no faltarían quienes sospecharan que estaba al borde de la putrefacción. El pescadero, convencido de nuevo por el razonamiento lingüístico, no tardó en eliminar de su letrero tan peligroso adjetivo, capaz de abocarlo a la ruina.

Pasaron los días. El gramático volvió por el lugar y se llenó de sano gozo cuando leyó el letrero corregido según su dictamen: «Se vende pescado». Entró dispuesto a felicitar al pescadero por su diligencia, pero se le escapó además una pregunta:

―¿Sabe usted de algún establecimiento en el que regalen el pescado?

El pescadero no conocía ninguno, cerca ni lejos, que no cobrara por su mercancía. Así pues, el gramático adujo entonces que en el letrero sobraba el verbo ―en pasiva refleja― se vende, pues era evidente que en todas las pescaderías como la suya el pescado se vendía y no se regalaba. 

Aceptando de nuevo el ilustrado parecer del gramático sobre la economía y pureza de la lengua, el pescadero se apresuró a reducir su cartel a un único sustantivo: «Pescado».  

El gramático no pudo sentir mayor contento cuando advirtió el cambio al  dejarse caer por la calle, transcurrido un tiempo. La lengua estaba a salvo gracias a su iniciativa. Entró en el establecimiento deseoso de elogiar al pescadero  por su celo y entonces, cuando ya no había palabras revoloteando que lo distrajeran, notó en las pituitarias el intenso olor a pescado.  Y dijo: 

―Oiga, aquí huele a pescado. Quite de inmediato el letrero.

¿Qué moraleja cabría extraer de esta fábula? ¿Que a veces un olor, al igual que una imagen, vale más que mil palabras? Puede ser. Pero se me ocurren algunas reflexiones antes de llegar a ese final drástico.

La primera salta a la vista. El austero gramático, tan preocupado por la pureza económica de la lengua, en lugar de ir dictando al pescadero la supresión de las palabras de su letrero una tras otra, podría haber recomendado el uso de un solo sustantivo ―derivado―, que indicaría a los transeúntes sin ambages el tipo de local ante el que se hallaban: pescadería. No hacía falta nada más.

Pongámonos ahora en la piel del pescadero. ¿Por qué se dejó convencer por las razones del gramático sin mostrar resistencia? Probablemente, por paradójico que resulte, cayó rendido ante el caudal inagotable de sus palabras: creyó que el gramático sabía lo que él desconocía. En definitiva, se fio de su opinión profesional.

Y, sin embargo, el letrero del pescadero era perfectamente válido desde cualquier criterio lingüístico. Nos servimos de la lengua para transmitir mensajes, que varían atendiendo a los emisores, los receptores y el fin que se pretenda alcanzar. ¿Por qué suprimir el adverbio aquí si la intención del letrero del pescadero fuera hacer hincapié en su local frente a otros? ¿Por qué suprimir fresco si la intención del pescadero fuera resaltar que su mercancía es de mayor calidad que la de otros? ¿Y por qué suprimir se vende cuando es a lo que se dedica? Que algo se sepa no supone que no se deba expresar a las claras.

Aunque lo redundante no añade información y solo reitera lo que ya se conoce, la  redundancia surge a menudo como una estrategia para evitar malentendidos y puede cumplir objetivos útiles y necesarios. Por tanto, no siempre es censurable. Si la redundancia posee un valor expresivo, se convierte en una figura tradicional de la retórica conocida como pleonasmo: Lo vi con mis propios ojos. Cállate la boca. Voló por los aires. Escrito de vuestro puño y letra. En las duplicaciones de complemento indirecto, aporta énfasis a la oración: Le di dos besos a mi mayor enemiga. A mí me duele la cabeza. Y en la poesía es capaz de llevar a altas cotas literarias, como en los siguientes versos de Miguel Hernández, pertenecientes a la «Elegía a Ramón Sigé» (1936): «Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento».

Conste, para terminar, que no me declaro defensora a ultranza de la redundancia: las más de las veces merece corrección. Sin embargo, como profesionales de la escritura, debemos aprender a discriminar y, sobre todo, debemos esforzarnos en no confundir al resto de hispanohablantes con nuestra pretendida superioridad lingüística.

Dicho lo cual, confieso una redundancia que me molesta en especial y siempre corrijo: el exceso de marcas tipográficas en la composición de citas y palabras extranjeras. Comillas o letra cursiva bastan para señalarlas dentro de un texto. Nótese la conjunción o: una cosa u otra; no las dos a la vez.  Y si se trata de una cita larga (más de cuatro líneas) en texto exento, sangrado y separado por una línea de blanco en su comienzo y final, ni siquiera precisa comillas ni letra cursiva.

Vale  (que es adiós en latín y por eso está escrito en letra cursiva).  


La lengua destrabada
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