miércoles, 15 de febrero de 2017

Anacolutos

anacoluto
Las barbaridades gramaticales que a menudo leemos en comentarios de las redes sociales, en entradas de blog, en periódicos e incluso en libros tienen un sonoro nombre culto: se llaman anacolutos, término de origen griego que significa ‘inconsecuente’, ‘que no sigue’ (non sequitur, en la lógica latina), y hace alusión a algún tipo de incoherencia en una construcción sintáctica.  Si se escribe, por ejemplo, Han publicado una novela que quien la empieza se libra de la tristeza o Me fascina mucho tu forma de ser o Las bicicletas, por una parte, me gustan, pero también me dan miedo en las ciudades, se perpetra un anacoluto en cada uno de los enunciados.

El anacoluto presente en Han publicado una novela que quien la empieza se libra de la tristeza  ejemplifica los abundantísimos producidos por un uso deficiente de los relativos, en este caso, debido a la falta de concordancia entre el antecedente y el verbo introducido por que: Han publicado una novela que libra de la tristeza a quien la empieza a leer sería la construcción correcta. Si se prescinde del relativo posesivo (que reúne el valor de relativo de que y de posesivo de su) cuando es la única opción válida, también se incurre en un anacoluto: Mi vecino era un arquitecto que, después de la burbuja inmobiliaria, su despacho entró en quiebra. Lo acertado en este caso, evitando el  vulgar ‘quesuismo’, sería optar por: Mi vecino era un arquitecto cuyo despacho, después de la burbuja inmobiliaria, entró en quiebra. Cuando se omiten las preposiciones necesarias ante el relativo para marcar su función en la oración también se produce un anacoluto: La tienda que te hablé está en aquella calle, en lugar de La tienda de la que te hablé está en aquella calle  o Los ancianos que los preparo la comida están enfermos, en lugar de Los ancianos a los que (o a quienes)  preparo la comida están enfermos. 

El segundo ejemplo de anacoluto citado al principio de este texto, Me fascina mucho tu forma de ser, compendia todos aquellos en los que se incurre por calificar con el adverbio mucho verbos cuyo significado ya se considera superlativo. Por su grado de máxima intensidad tales verbos no permiten comparación, por lo cual no es aceptable en buen castellano escribir (ni decir): Nos encanta mucho vuestra casa (encantar ya significa gustar mucho). Verbos de significado superlativo semejante son maravillar, cautivar, embelesar o hechizar. Anacolutos relacionados con los que se acaban de citar son los ocasionados por un uso inadecuado de los verbos llamados ‘afectivos’ ―como gustar, apetecer, atraer, divertir, doler, encantar, fascinar interesar, molestar, ofender, parecer―, que suelen inducir a error porque el sujeto gramatical se confunde con el complemento indirecto al contemplarse como el verdadero sujeto lógico de la oración, puesto que es el ‘experimentador’ que expresa emociones,  intereses,  preferencias…. : A mí me gustan las melenas rubias y las pelirrojas (y no me gusta). A Cristina le duelen los hombros (y no le duele). A mis abuelos un coche les parece igual que otro (y no les parecen). El hecho de que con frecuencia el complemento indirecto aparezca en primer lugar en estas construcciones sintácticas contribuye a su confusión con el sujeto de la oración.

El tercer ejemplo citado al principio, Las bicicletas, por una parte, me gustan, pero también me dan miedo en las ciudades, da pie para analizar el «cajón de-sastre» de los anacolutos: los que caben dentro de la etiqueta de rupturas o abandonos de construcciones sintácticas iniciadas, por descuido o desconocimiento de quien escribe. El resultado son enunciados deficientes sin un hilo conductor nítido, como ocurre con la oración de las bicicletas: si se utiliza por una parte, tiene que especificarse en algún momento por otra: Las bicicletas, por una parte, me gustas; por otra, me dan miedo en las ciudades. O bien elegir: Las bicicletas me gustan, pero también me dan miedo en las ciudades. Consideremos ahora el enunciado siguiente: Yo que soy mexicano y vivo en California, al enterarme de que Trump había ganado, me vino a la cabeza lo ocurrido antes del nazismo. El pronombre personal yo no puede ser sujeto de me vino a la cabeza. Lo correcto sería expresarlo de este modo: A mí, que soy mexicano y vivo en California, al enterarme de que Trump había ganado, me vino a la cabeza lo ocurrido antes del nazismo. Si se desea utilizar yo como sujeto, es necesario cambiar de verbo: Yo, que soy mexicano y vivo en California, al enterarme de que Trump había ganado, recordé lo ocurrido antes del nazismo. Nótese además que la coma detrás de yo (y ) es obligada porque con nombres propios y pronombres personales las oraciones de relativo siempre son explicativas y no especificativas (véase al respecto Cómo construir oraciones de relativo perfectas en este mismo blog).

Al mezclar sin delimitación discurso en estilo directo e indirecto, surge una discontinuidad (anacoluto), se rompe la coherencia gramatical, y la sucesión de palabras pierde la coherencia lógica de pensamiento: La profesora dijo que: cuando sale del aula, los alumnos se pusieron a gritar y que por eso llamó al director, y luego se desmaya, así que no recuerda más. El verbo inicial (dijo) marca el tiempo del resto, que debería componerse, suprimiendo los dos puntos tras que para respetar el estilo indirecto, de este modo: La profesora dijo que cuando salió del aula, los alumnos se pusieron a gritar y que por eso llamó al director, y luego se desmayó, así que no recordaba más. Si se recurre al estilo directo, habría que utilizar comillas para las palabras literales de la profesora, eligiendo presente o pasado: La profesora dijo: «Cuando salgo del aula, los alumnos se ponen a gritar y por eso llamo al director. Luego me desmayo, así que no recuerdo más. O bien se puede optar por emplear estilo directo e indirecto, pero marcando cada uno con la puntuación delimitadora correspondiente: La profesora dijo: «Cuando salí del aula, los alumnos se pusieron a gritar y por eso llamé al director». Luego se desmayó, así que no recuerda más (o recordaba, según la perspectiva que se adopte).

Son anacolutos frecuentes, asimismo, los cambios arbitrarios de voz pasiva a activa en construcciones como la siguiente: Mi prima fue castigada por su madre y la obligó a quedarse en su habitación. Puesto que la conjunción copulativa y debe coordinar elementos sintácticos semejantes, lo adecuado sería escribir: Mi prima fue castigada por su madre  y obligada a quedarse en su habitación. O también se puede elegir: Mi prima fue castigada por su madre, quien la obligó a quedarse en su habitación.

Los incisos dentro de una oración a menudo provocan que el escritor inexperto pierda el rumbo de su texto, como ocurre en el ejemplo siguiente: El teatro, además de no llegar a todas las ciudades y pueblos, su función de entretenimiento ha sido asumida primero por el cine y después la televisión. El sujeto de la oración va al comienzo y es El teatro, luego no se puede olvidar después del inciso (además de no llegar a todas las ciudades y pueblos) y utilizar otro (su función de entretenimiento). Lo correcto, corrigiendo el anacoluto, sería lo siguiente: El teatro, además de no llegar a todas las ciudades y pueblos, ha perdido su función de entretenimiento porque ha sido asumida primero por el cine y después por la televisión. Nótese que se ha añadido además la preposición por  a la correlación primero por, después por. 

A pesar de todo lo expuesto, es de justicia terminar con cierta reivindicación del anacoluto: utilizado a sabiendas por artistas de la palabra, es un útil recurso estilístico para reflejar habla coloquial y, sobre todo, para crear en textos literarios el denominado monólogo interior o flujo de conciencia (por su término en inglés), la corriente de pensamientos o emociones que expresa un personaje sin participación del narrador. La técnica fue inventada por un escritor francés de escasa fama, Édouard Dujardin (1861-1949), quien en 1887 publicó Les lauriers sont coupés, novela donde la utilizaba con profusión. En su obra posterior Le monologue intérieur (1931), Dujardin lo caracterizó como el discurso propio de un personaje que nos introduce directamente en su vida interior sin que el autor intervenga con explicaciones ni comentarios: es un discurso anterior a cualquier organización lógica, que reproduce el pensamiento en su estado naciente con frases directas, reducidas al mínimo de sintaxis:

El borrador de la noveleta en la que quiero representarme aquel hecho continúa así: Rebusqué el botón en mis bolsillos; no encontré más que una macuquina de plata de a medio real. Pasé al estudio. Sobre la mesa me aguarda el papel escrito por la mujer. Letras grandes, la esquela solfea: ¡Saludos de la estrella-del-norte! Me abalanzo con el catalejo a la ventana. Escudriño el puerto hasta en sus menores recovecos. Sobre la plancha de azogue de la bahía no hay rastros de la barca verde. Entre el Arca del Paraguay y a medio construir desde hace más de veinte años, las garandumbas y demás embarcaciones pudriéndose al sol, solo tiemblan los reflejos del agua. Sobre la mesa ha desaparecido también la esquela. Tal vez la estrujé con rabia y la arrojé al canasto. Tal vez, tal vez. Qué sé yo. Encuentro en su lugar entre los legajos y las constelaciones, una flor fósil de amaranto; y entonces se puede seguir escribiendo ya cualquier cosa, por ejemplo: Flor-símbolo de la inmortalidad. A semejanza de las piedras lanzadas al azar, las frases idiotas no vuelven hacia atrás. Salen del abismo de la no-expresión y no se dan paz hasta precipitarnos en él quedándose dueñas de una realidad cadavérica. Conozco esas frasecitas-guijarras por el estilo de: Nada es más real que la nada; o Memoria estómago del alma; o Desprecio este polvo que me compone y os habla. Parecen inofensivas. Una vez echadas a rodar por la ladera escrituraria pueden infestar toda una lengua. Enfermarla hasta la mudez absoluta. Deslenguar a los hablantes. Volverlos a poner a cuatro patas. Petrificarlos en el límite de la degradación más extrema, de donde ya no se puede volver. Monolitos de vaga forma humana. Sembrados en un carrascal. Jeroglíficos, ellos mismos. Las piedras del Tevegó ¡esas piedras! (Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo, México, Siglo XXI Editores, 1979, p. 60).  









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10 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Me alegra mucho que te haya gustado, Manuel. Muchas gracias por pasarte a leer.

      Un saludo.

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  2. Al ver la palabra absoluto, termino nuevo para mi, lei los parrafos. Entonces pensé en Trump y las cantidades de barbaridades envueltas en su discursos sin tener en cuenta sus tweets! Habrá palabra para definir su uso de la lengua?

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    1. Trump comete abundantes anacolutos al hablar y al escribir, demostrando su escasa preparación intelectual y el gran desprecio que siente por la cultura, entendida en su sentido clásico.
      Un saludo.

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  3. Muy interesante Carmen desconocía la palabra y su significado. Escribimos muy mal,supongo por desconocimiento y entradas como la tuya ayudan a mejorar.
    Saludos

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    1. Gracias por leer este artīculo, Conxita. Me alegro de que te sirva.

      Saludos también para ti.

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  4. Ha sido un gozo leerte; además, la misma palabra "anacoluto" es ya un gozo en sí misma.
    Gracias y un abrazo, Carmen.

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  5. Muchísimas gracias, Alida.
    Un abrazo también para ti.

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