jueves, 8 de enero de 2015

Elena Fortún: vindicación de una escritora genial

Elena Fortún
Ilustración de Boni para Celia, lo que dice
Algunas veces [Celia] está triste (¡le dan tantos disgustos!) y tiene tanta pena que, aunque haya llorado mucho, los sollozos la ahogan todo el día. Entonces los mayores dicen: «¡Dios quiera que no tengas que llorar por algo más grande!». Y enseguida: «¡Feliz edad!... ¡Qué dichosos son los niños!».
¡Dichosos! Ellos sí que lo son, que se van a la calle cuando quieren, se acuestan cuando les parece bien, comen lo que les gusta y rompen lo que se les cae, sin que nadie acuda a darles azotes.

Celia, lo que dice, Elena Fortún, 1929


Días atrás, en una reunión navideña me mostraron un libro sobre mujeres republicanas porque en una de sus muchas fotografías aparecía una persona de nuestra familia. Interesada, al hojearlo me encontré con fotos y biografías de Zenobia Camprubí, María Zambrano, Isabel García Lorca, Margarita Xirgu o Victoria Kent, pero también con otros nombres femeninos menos conocidos y, sobre todo, con uno que constituyó para mí una sorpresa. Estaba Elena Fortún.

Encarnación Aragoneses Urquijo, que escribió bajo el seudónimo de Elena Fortún (tomado del título de una novela histórica escrita por su marido, Eusebio de Gorbea Lemmi), es la antaño famosa autora de una colección de libros infantiles sobre una niña madrileña llamada Celia Gálvez de Montalbán y su familia. Son los libros de Celia, ese personaje que acompañó la infancia e incluso adolescencia de muchas niñas y niños de preguerra y posguerra, y que en la década de los noventa del siglo pasado llegó a la televisión estatal española en una serie corta de gran éxito dirigida por José Luis Borau.

Los libros de Celia: así los conocíamos en mi infancia, sin prestar atención a quién los había escrito. Elena Fortún ya había muerto cuando yo nací, pero muchos de sus libros que  habían  sido de mi madre y de mis tías los guardaba mi abuela en un baúl que había en su dormitorio de los llamados «mundo» (siempre creí que por la de cosas admirables que atesoraba en su interior). A Paloma, la prima mayor, le compraron más títulos (recuerdo Celia madrecita, Celia institutriz y Cecilia se casa) que pasaron a engrosar la colección del baúl, y a ella le encantaba elegir alguno, casi siempre de los más antiguos, y sentarse en una silla baja pintada de verde a leernos en voz alta unas historias que nos dejaban boquiabiertas. ¡Qué imaginación tenía Celia y en cuántos líos la metía!

Muchos años después, cuando yo trabajaba como correctora de pruebas para Alianza Editorial en Madrid, compré a mi propia hija algunos de los libros de Celia que, aprovechando el éxito de la serie televisiva, empezó a reeditar en tapa dura dicha editorial, con ilustraciones de Gori Muñoz. Mi hija los leyó todos contenta pero confesó enseguida que le gustaba más la serie de televisión, que también compramos y vimos más de una vez. La reedición de los libros fue un éxito, aunque tal vez no tan sonado como la editorial esperaba. Probablemente la mayoría de los títulos con olor a nuevo llegaron a las manos y las bibliotecas de lectores nostálgicos ya crecidos (como yo misma), deseosos de compartir con su prole el placer que habían experimentado en el pasado leyendo las aventuras de la niña madrileña.

Como tampoco es de extrañar, el renacer de Celia provocó casi de inmediato la aparición de detractores supuestamente progresistas que acusaron a Fortún de retratar en sus relatos una sociedad pequeñoburguesa y decadente de Antiguo Régimen que más valía olvidar. Era el Madrid acomodado del barrio de Salamanca, la sociedad bien que cerraba sus puertas a cualquier intruso que no hubiera nacido en una buena cuna. Recuerdo críticas acerbas en tertulias radiofónicas y columnas de periódico en las que sesudos analistas en posesión de la verdad verdadera tachaban de ñoña y cursi a Celia y todo  lo que la rodeaba y ella representaba, recomendando, en cambio, leer las múltiples aventuras de Guillermo, escritas por la inglesa Richmal Crompton.

Eran muchos quienes presumían por entonces de haber leído a Guillermo en la infancia y pocos quienes nos atrevíamos a defender haber disfrutado con Celia. Confieso que a mí Guillermo me gustaba poquísimo: sus aventuras tenían algo de estrambótico, sonaban raras, ajenas… de niño pedante o memo. Entonces, a mis pocos años, la extrañeza de las situaciones y las palabras que leía hacían que yo perdiera interés en seguir con la aventura y abandonaba el libro a medias o corría para terminarlo cuanto antes. Ahora sé la razón de la desazón que me provocaba esa lectura: es dificilísimo traducir el lenguaje coloquial, más si es de niños; se suda tinta para hallar los modismos justos, las exclamaciones apropiadas, si se pretende relatar una gracia original sin que se pierda por el camino; es una tarea titánica conseguir que, al traducirlo, un contexto extraño adquiera verosimilitud y se entienda a la primera sin perder su particularidad ni caer en petulancias. Sirva como ejemplo ilustrativo el siguiente texto, extraído casi al azar de Travesuras de Guillermo (1922):

No había tiempo que perder. Corriendo, a su vez, como el viento, [Guillermo] bajó por la calle siguiente, dejando tras de él a un señor de edad, acariciándose un pie y maldiciendo con maravillosa volubilidad, de resultas del pisotón que le propinó. Al acercarse a la puertecilla del jardín de su casa, Guillermo volvió a sacar el lápiz del bolsillo y, mirando hacia atrás y disparando al mismo tiempo, franqueó la puerta con gran rapidez.
El padre de Guillermo se había quedado aquel día en casa porque tenía un fuerte dolor de cabeza y punzadas en el hígado. Como pudo, se levantó del centro de la mata de rododendros contra la que se había visto precipitado y asió a Guillermo por el cuello.
—¡Grandísimo bandido! —rugió—. ¿Qué significa esto de que cargues contra mí de semejante manera?

Al traducir, no es fácil lograr el equilibrio necesario para reproducir sintaxis, vocabulario y situaciones peculiares que no encajan en nuestros esquemas sociales ni mentales infantiles. Igual de difícil resultaría traducir a Celia al inglés, desde luego. Los niños ingleses que la leyeran también se quedarían estupefactos ante una traducción literal semejante a su lengua. Y sin embargo, Guillermo y Celia, niño y niña, son paradigmas de ingenuidad e imaginación, de perplejidad ante el incomprensible mundo de los mayores, en sus respectivos entornos familiares y sociales; los dos igual de bondadosos, de intuitivos, de perspicaces en su búsqueda del porqué de las cosas… pero Celia siempre más triste. La tristeza está presente desde el primer libro, Celia, lo que dice. Es uno de sus rasgos característicos, así como la soledad:

Mamá se vestía para salir.
—¿Ya te vas?
—Sí, hija, ya me voy.
—¿Estarás cuando yo vuelva del colegio?
—No sé, pero creo que no.
—¿Por qué te vas todas las tardes?
—No seas preguntona. Voy de compras, de visitas, a tomar el té. ¡Qué sé yo!
—¿Y todas las mamás se van de casa por la tarde?
—No sé qué harán las mamás, hija mía. Lo que sé es que las niñas no son tan preguntonas como tú.
Yo me quedé triste y con ganas de seguir preguntando. Al fin, dije:
—¡Si volvieras antes del anochecer!...
—No podré. Anochece muy pronto.

Por justicia (literaria al menos), he de añadir que, a pesar de todos los pesares, había algo más que compartíamos los esnobistas lectores de Guillermo y los castizos lectores de Celia: para nosotros eran personajes vivos, no los pensábamos salidos de la pluma de un escritor y creíamos a pie juntillas que, con un poco de suerte, nos los podríamos encontrar cualquier día en alguno de los lugares que frecuentaban. En el caso de Elena Fortún, su personaje la absorbió tanto, llegó a mimetizarse de tal modo con Celia Gálvez, que acabó convirtiéndose en ella: en Celia madrecita, por ejemplo, cuando la protagonista —ya escritora que publica en Blanco y Negro relatos para niños y contesta sus cartas— acude en verano a Santander invitada por su tía Cecilia y conoce a otras chicas veraneantes de su edad, «modernas, que viajan, que estudian» y la han leído en la revista, estas se admiran de que exista de verdad y confiesan que la creían fruto de la imaginación de una señora mayor con gafas. Fruto de la imaginación de Elena Fortún, escritora a la sombra de sí misma.

Quizá este sea uno de los motivos por los que su biografía pasó inadvertida; de que apenas nadie se interesara por su vida hasta que Carmen Martín Gaite escribió al respecto y le devolvió cierta visibilidad. Elena Fortún no fue una señora de la buena sociedad madrileña que se entretenía escribiendo; tampoco poseía estudios universitarios pero se esforzó en cultivarse. Sí es cierto, en cambio, que nació y murió en Madrid (1885-1952), pero además vivió en muchos otros lugares de España y se vio condenada al exilio en Argentina cuando los sublevados de África derrotaron a la Segunda República. Era una mujer idealista, simpática, una republicana convencida que tenía una fe ciega en que la educación salvaría al mundo y que no disfrutó de una vida fácil.  Muy joven quedó huérfana de padre y, sin recursos propios, siguió el consejo de su madre y se casó con un primo segundo, Eusebio Gorbea Lemmi, que era teniente de artillería y escritor aficionado asiduo de los círculos literarios. La muerte a los diez años de Manuel, conocido familiarmente como Bolín, el pequeño de los dos hijos que tuvo, fue el segundo golpe fuerte que le propinó la vida. Después llegarían la guerra civil, el exilio en Argentina y el suicidio de su marido, incapaz de soportar la derrota republicana y su salida de España. Su primogénito, Luis, que había perdido un ojo en un accidente de caza y jamás regresó del exilio estadounidense, también acabaría quitándose la vida, pero para entonces Elena Fortún ya había muerto y él no había acudido a su entierro en Madrid.

Hace casi un siglo que esta escritora, que siempre utilizó seudónimo, comenzó a publicar en el suplemento Gente Menuda de la revista Blanco y Negro, inspirándose en las conversaciones que mantenían sus hijos durante los juegos en el Parque del Retiro y que ella anotaba en un cuaderno. Quienes la conocieron la han descrito como una mujer pequeñita, de ojos grandes y oscuros, buena persona, algo chiflada e inclinada al ocultismo, la teosofía y el espiritismo, sobre todo tras la muerte de su hijo, con quien pretendía comunicarse. No se parecía en el físico a Celia, que es rubia: «Tiene el cabello de ese rubio tostado que con los años va oscureciéndose hasta parecer negro. Tiene los ojos claros  y la boca grande. Es guapa. Mamá se lo ha dicho a papá en secreto, pero ella lo ha oído» (Celia, lo que dice, p. 7). El éxito de las colaboraciones en Blanco y Negro llamó la atención de la editorial Aguilar, que le ofreció un contrato para publicar la colección de libros Celia y su Mundo. El personaje infantil, rodeado de otros muchos como su hermano Cuchifritín o su prima Matonkikí, fue creciendo y viviendo las mismas vicisitudes que su autora, ambas mujeres modernas según las convenciones sociales vigentes por entonces pero hijas de su siglo y, por tanto, presas de las ataduras patriarcales a pesar de su deseo siempre insatisfecho de independencia y  libertad… en la medida de sus posibilidades y entendimiento. En las novelas de la colección, autora y personaje van buscando su lugar en la sociedad, en el mundo que ellas van aprendiendo a descifrar, como escritoras y como mujeres. La ingenuidad y la ironía son sus armas preferidas para hacer crítica social en argumentos sencillos, de muchos diálogos, con abundantes exclamaciones y puntos suspensivos.

Para comprender la evolución creativa de Elena Fortún, los títulos más interesantes de la colección son Celia madrecita y Celia, institutriz en América. En el primero, una Celia adolescente afronta la muerte de su madre al dar a luz a María Fuencisla, se hace cargo de la crianza de sus dos hermanas pequeñas y renuncia a estudiar en la universidad: «Lloré sobre mis catorce años que habían sido felices hasta la muerte de mi madre; mis tres cursos de bachillerato, que consideraba perdidos, y los pájaros de mi cabeza, que aleteaban moribundos». La madre, que ya no es el ángel del hogar decimonónico, muere justo antes del estallido de la guerra civil. En el libro siguiente Celia está en Argentina; ha emigrado con su padre, arruinado, y sus hermanas. Al principio del libro este le dice que allí serán felices, que ella podrá reanudar sus estudios y «llegar a ser algún día una gran escritora». Celia, como la misma Elena Fortún, intenta conseguir en Buenos Aires alguna colaboración periodística con la esperanza de que su fama la haya precedido, puesto que, en sus propias palabras, la «conocen todos los niños de habla española». A sus diecinueve años, Celia encuentra trabajo en la estancia El Jacarandá de la Pampa como institutriz de dos niñas medio indias, sobrinas de un médico adinerado del que acaba enamorándose. Es el último libro con Celia como narradora, pues el siguiente, Celia se casa, ya está narrado por su hermana pequeña Mila (María Fuencisla).

Sin embargo, entre Celia madrecita y Celia, institutriz en América había un vacío argumental. En el segundo se da por supuesto que la guerra civil ha terminado y que Celia había mantenido un breve romance con Jorge, un joven muy guapo al que en Santander las chicas apodaban Gary Cooper. ¿Qué había pasado durante esos años de silencio literario? El descubrimiento y la publicación de Celia en la revolución vinieron a resolver el misterio. Elena Fortún no se había quedado callada durante la conflagración. Había colaborado en varias publicaciones periódicas para denunciar la situación de los hijos de los combatientes, las desgracias que surgían a diario y hasta la triste suerte de los animales domésticos que también perecían por doquier. La guerra no la paralizó y aunque no pertenecía a ningún partido político, no dudó en trabajar para mejorar las condiciones de la mujer y la infancia desde el Lyceum Club junto con otras feministas destacadas, defendiendo la República hasta el final, cuando ya sabía que la guerra estaba perdida y que le costaría el exilio. Desde el otro lado del océano, en tierras argentinas, hilvanando recuerdos  y vivencias, en 1943 terminó de redactar el borrador de la novela más desgarrada de todas las suyas para dejar constancia de la guerra pasada. La ingenuidad y la ironía ceden el paso a la crónica, casi periodística, de los horrores que se van entrelazando y para los que Celia no encuentra explicación. Es como una sucesión imparable de sinsentidos en la que todos sufren, hasta los animales, abandonados o muertos con sus dueños. Este es el comienzo:

El abuelo deja el periódico violentamente y suelta una palabrota.
Teresina lo mira con los ojos redondos de asombro y María Fuencisla, que come su sopita, hace un puchero con su boquita fruncida.
—¡Abuelito, que has asustado a las nenas!
—¡Más asustado estoy yo! ¿No sabes lo que pasa? ¿No?
—No abuelito, no, no lo sé.
—Se ha sublevado la guarnición de África.

Marisol Dorao fue quien tuvo la fortuna de dar con el manuscrito inédito. Ella misma lo cuenta en el prólogo de la novela:

La primera vez que oí hablar de Celia en la revolución fue en la editorial Aguilar: había sido pensado, había sido escrito…
—Sí, [Luis,] el hijo de Elena Fortún habló de un manuscrito, pero no sabemos dónde está…, quizá lo tenga su viuda, que vive en Estados Unidos…

Aprovechando el viaje transoceánico a un congreso de literatura en el que precisamente Dorao presentaba una ponencia sobre Elena Fortún, visitó a Ana María Link, la suiza que ya había enviudado de Luis. Muy amable, le entregó un bolsón de papeles, pidiéndole que se publicaran, y entre ellos apareció el manuscrito. Se había escrito a lápiz, en cuartillas que el tiempo ya había oscurecido, volviendo borrosas las letras. Dorao lo pasó a máquina «con la comprensible dificultad, agravada por el cansancio de la autora en los finales de capítulo, que le hacía dejar palabras, e incluso frases, sin terminar». La editorial Aguilar publicó Celia en la revolución en 1987 con una «Nota de los editores» en la que se explican los criterios de edición seguidos ante el carácter de borrador del texto, que nunca llegó a ser revisado a fondo por su autora, y las pequeñas incongruencias que surgen en el desarrollo del argumento, más el prólogo de Marisol Dorao, donde habla del dolorido asombro de la niña de quince años ante «la sangrienta, absurda y, esperemos que irrepetible, lucha fratricida que fue nuestra guerra civil».

La tirada se agotó y nunca se reeditó. El título está descatalogado y no he logrado encontrar la novela ni en librerías de viejo ni en las virtuales. Estaba resignada a buscar una biblioteca que la conservara en sus fondos, cuando descubrí que la podía leer en línea gracias a Scribd (Celia en la revolución, con ilustraciones), el sitio web que permite a los usuarios compartir documentos. Sin embargo, se trata de una edición algo descuidada, con frecuentes empastelamientos y erratas, aparte de las leves incongruencias en el argumento que ya señalaron en su día los editores de Aguilar al publicar la novela. Con todo, la lectura de sus 247 páginas merece muchísimo la pena: Celia vive en carne propia la vorágine de la guerra y va relatando lo que ocurre a su alrededor con sus ojos pasmados de quinceañera. A poco de comenzar el relato, su abuelo es fusilado por falangistas al haber entregado sus armas al pueblo para que se defienda de los sublevados. Celia huye de Segovia montada en el burro Picio con sus dos hermanas pequeñas mientras la fiel Valeriana lleva el ronzal. Tras un accidentado viaje, logran llegar a la capital:

     —¿Es esto Madrid?
—Sí. Ya estamos en el barrio de Palacio.
—Mu puerco está esto pa tener la capital tanta nombradía —dice gravemente.
Es verdad. Los árboles de la plaza están como si hubiera pasado por ellos un huracán, y el suelo, cubierto de ramas rotas, de hojas caídas pero no secas —¡estamos en pleno verano!—, de papeles, de libros y de pedazos de plomo.
Tomo uno y me lo pongo en la mano.
—Es una bala.
—¡Suelta eso! —dice Valeriana asustada.
Una mujer con un chico, que ha venido con nosotros en el camión, se acerca y nos explica lo ocurrido.
—Allí está el Cuartel de la Montaña y lo han tomao el otro día… Dicen que se encerraron dentro las tropas y los oficiales, y desde dentro disparaban. Pero los paisanos con cañones y con fusiles desde fuera les hicieron hincar el pico… Murieron achicharrados como chinches… a algunos los arrastraron por aquí.

Más adelante, la tía Julia y su hijo Gerardo, en cuya casa se han refugiado, son fusilados por los republicanos; las hermanas pequeñas de Celia, acompañadas por Valeriana, son evacuadas de la ciudad y les pierden el rastro. Y Celia, entre bombardeos y muertes, pierde el miedo y a sus pocos años aprende a sobrevivir y cuida de su padre que ha caído herido en el frente, además de ayudar en el Albergue de niños con sus amigas María Luisa y Fifina, otras dos valientes que sirven para todo. Pero no dejan de ser adolescentes y, entre tanta miseria, entre tantas delaciones, desgracias y hambruna, encuentran momentos de diversión e incluso se preocupan por estar guapas, y piensan en el amor. Cuando Celia ha viajado desde Madrid hasta Valencia para tratar de dar con el paradero de sus hermanas, aparece en escena Jorge:

Me hospedo en una casona enorme de un título que logró escapar y sus criados han hecho de la casa una pensión. Me ponen una cama, oculta con un biombo, en el suelo y duermo mal… todo el cuerpo me duele. Del Albergue nadie sabe nada […]. Salgo temprano. Las calles de casas bajas y blancas, el cielo azul claro, la temperatura deliciosa, mucha gente que va y viene, fruteros, verduleros, restaurantes, cafés… ¡Parece que no pasa nada…! En la calle de la Paz, todos los escaparates abiertos, ¡Haya collares y sortijas, figuritas de bronce, relojes de lujo, jarrones! Un café elegante… Entro. Tal vez pueda desayunarme […].
—Señorita… Compañera…
Un miliciano está frente a mí sonriente.
—¿No te llamas Celia?
—Sí…
—Yo soy Jorge Miranda, el hermano de Adela… ¡Vamos, mujer, recuerda…! El año pasado en Santander…
Siento que me pongo encarnada, y entonces me avergüenzo aún más.
—Es que… —se me llenan los ojos de lágrimas.
—Bueno, bueno, ¡ánimo! Ya me supongo que te habrán ocurrido cuarenta mil desgracias… Ahora, a todos… ¿Tu padre?
—En la guerra… Ni sé siquiera dónde puede estar en este momento… Mi abuelito fusilado… Tía Julia y Gerardo… fusilados también. Mis nenas en un Albergue… por aquí, no sé dónde. Por ellas he venido.

La guerra continúa y se va perdiendo. Celia empieza a darse cuenta, pero su padre le pide que no cambie de ideales:

    Yo no sé a qué llama papá mis ideales, pero él continúa:
—Ten en cuenta que el gobierno no tiene un ejército disciplinado, no tiene una policía interna, no tiene nada que le defienda y haga cumplir sus órdenes, más que este pueblo, indisciplinado y desatinado… este pobre pueblo en cuyas manos estamos tú y yo, y no le tememos, ¿verdad, hija mía, que no le tememos? Tú has cruzado durante meses todo Madrid dos veces al día por irme a cuidar al Hospital de Carabanchel, y yo nunca he temido por ti… y ahora te oigo salir de noche para ir a las colas y no temo que te pase nada… y aquí estoy solo, y he estado enfermo y solo, con las puertas abiertas en medio del campo, y nunca he temido nada… No, no tememos a este pueblo porque le queremos, y él lo sabe; la inteligencia puede equivocarse, la intuición no se equivoca nunca.
—Sin embargo, papá… yo no quiero hacerte sufrir… pero conozco a una mujer que ha hecho fusilar a toda una familia, y esta familia le daba limosna a ella y a sus hijos…
—¡Limosna, limosna! —papá habla a gritos, como siempre que se exalta—. ¡Pero el pueblo no quiere limosna!... y lógicamente, odia a quien le humilla dándosela… No, no es eso, hija mía, no. El pueblo tiene derecho a trabajar, porque todo el mundo tiene capacidad para ocupar sus manos, o su inteligencia, en algo útil… quiere vivir en casas que le ofrezcan un poco de bienestar, quiere vestirse con decencia, quiere escuelas para sus hijos… No míseras escuelas, sino la escuela única, la escuela que ya existe en América, donde el hijo del obrero  se sienta en el mismo banco que el hijo del propietario, sin más diferencia que las limitaciones impuestas por la misma naturaleza… Eso queremos tú y yo para el pueblo, y eso le hubiera dado la República… y esa esperanza viene a quitarla esta revolución de aristócratas y de lacayos…

Sus hermanas y Valeriana no han aparecido, a pesar de que Celia ha viajado también a Albacete y Barcelona, siguiendo las pistas que le dan del Albergue evacuado. Por fin se sabe que las tres están a salvo en Francia, y Celia abandona Barcelona, que sufre terribles bombardeos, para regresar a su casa en Madrid y aguardar el fin inminente de la guerra:

La casa sin muebles está helada y fea… pero aún queda el retrato de mamá en el comedor, y en mi cuarto del piso primero, las camitas de mis hermanas y el armario de palo santo que siempre estuvo en mi casa.
—Vengo a quedarme aquí hasta que acabe la guerra… Y luego  vendrán papá y las nenas… ¡Qué bonita se tiene que poner la casa para recibirlos!
Guadalupe quiere darme de cenar unas pobres lentejas sin aceite… Pero yo soy quien trae carne, y sardinas y salchichón. Al ver tan exquisitos y casi olvidados manjares, Guadalupe enmudece…
—Solo quiero dormir en mi cama, acostarme bajo mis mantas…, en las sábanas que bordó mamá… ¡No me cierres la ventana, Guadalupe! Quiero ver, cada vez que me despierte, el cielo de Madrid, tan hondo, tan aterciopelado… y con tantas estrellas… ¡Huele a Madrid en el aire!

Elena Fortún
De la novela, solo la frase final me ha defraudado porque no está a la altura. Pienso que es una de las cosas que Elena Fortún habría cambiado de haber tenido la oportunidad de revisar el borrador para su publicación. No obstante, cuánto me ha gustado leerla, qué sensación agridulce conservo de ella incluso ahora, cuando repaso las notas que fui tomando para componer este texto. Creo que merece una nueva edición. Muchos lectores disfrutarían y aprenderían con ella sobre un pasado no tan lejano del que apenas sabemos, pero ignoro quién tiene los derechos y por qué ha permitido que caiga en el olvido. Las palabras casi finales de Celia resultan premonitorias:

Me quedo sola en la ancha acera bajo los árboles aún desnudos de hojas… ¡Sola…! Todos, uno tras otro, han ido dejándome sola antes de que me fuera…

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  









  


12 comentarios:

  1. ¡Me encanta! Gracias, tocaya. Un abrazo.

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    1. Pues lee Celia en la revolución, Carmen. Seguro que te gusta.
      Un beso y feliz año.

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  2. Yo no he leído nada de Celia aunque si he oído hablar de ella, una vez tuve ocasión pero me pareció una niña muy cursi, entonces andaba por los 16 años y ya tenía otro tipo de lecturas en mente. Pero después de leerte y ya con los años que tengo jajaja creo que podría sacarle mucho más a las novela de Elena. Gracias Carmen, soberbia entrada ;-) Un beso

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  3. Gracias a ti, Marīa José, por leer la entrada. Creo que Celia en la revolución es una novela muy interesante, tanto para adolescentes como para adultos. Las demás de Celia son muy distintas. A mí me gustan todas, y me encantaría encargarme de una nueva edición de Celia en la revolución. Da pena que libros tan interesantes caigan en el olvido.
    Un beso.

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  4. Muchas gracias por tu estupendo artículo y por darnos a conocer la biografía de Elena Fortún. Devoraba los libros de Celia cuando era pequeña y Celia en la revolución ocupa un lugar privilegiado en mi biblioteca desde que se publicó. Existen pocos libros sobre la guerra civil escritos desde la inmediatez de lo ocurrido y este, en mi opinión, constutuye un testimonio valiosísimo.

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  5. De nada, Carmen. Me alegro mucho de que te haya gustado el artículo. ¡Qué suerte tener la edición en papel de Celia en la revolución! Es muy difícil de encontrar y, como tú, pienso que es un testimonio valiosísimo de lo que ocurrió en aquellos años terribles. Mi madre pasó la guerra en Madrid cuando era niña y recuerdo que nos contaba cosas semejantes sobre el hambre, los bombardeos... En fin, sería estupendo que se hiciera una reedición de la novela. A ver si dándole publicidad lo conseguimos.
    Un abrazo.

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  6. Hola Carmen. Hablamos el otro día (soy la chica del blog de nombre raro); no sé si llegué a presentarme con mi nombre, pero es el mismo que la protagonista de estas novelas.
    A mí me las regalaban de pequeña y recuerdo que me hacía mucha ilusión porque la protagonista se llamaba como yo y tenía la sensación de que estaban escritas para mí (no conocía muchas Celias por entonces).
    La primera que leí fue "Celia en el colegio". Luego, no sé en qué orden, "Celia lo que dice" y "Celia novelista". Después leí "Celia madrecita", y recuerdo que se me hizo aburrida a aquella edad. Esas cuatro las tengo en edición de tapa dura de Alianza Editorial. Luego compré "Celia y sus amigos" en una edición un poco peor, pero quizá algún día me lance a hacer la colección con todos iguales porque he visto por ahí ofertas interesantes de segunda mano. También me gustaría releerlos todos para verlos con otros ojos y quizá descubrir detalles que no aprecié en su momento. Ahora, releyendo fragmentos, me parece una narración muy bonita la de Elena Fortún.
    No conocía algunas de las novelas de las que hablas en el artículo. Me ha gustado que me recuerdes a este personaje.
    Un beso.

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    1. Hola, Celia, qué gusto encontrarte por aquí. Yo también me he paseado por tu blog e incluso lo he añadido a mi lista de los más interesantes. Y ya no se me olvidará su nombre porque, al comentarme que eres médico, entendí el sentido de Bibliofilosis letrae.
      A mí los libros de Elena Fortún me gustaron de niña en su momento y la lectura reciente de Celia en la revolución me impresionó por lo que tiene de crónica de unos años de guerra narrados en primera persona. Es una novela que merecería una edición más cuidada de la que se hizo en su momento, que está agotada y descatalogada.
      Un beso y gracias por pasarte a leer, Celia.

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    2. Pues me acabas de recordar lo que significaba el nombre de mi blog. Escribí una entrada explicándolo hace mucho tiempo, pero lo había olvidado. Sí, algo así como una enfermedad de adicción a los libros. Aunque también un poco una palabra mágica o un hechizo. Pero tampoco es tan raro: las palabras bibliófilo y letra existen, ¡sólo son cuatro letras extrañas añadidas al final!
      También añadí tu blog al programa que uso para seguir las actualizaciones, gracias por pasarte por el mío.

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    3. Sí que es un nombre raro, Celia, y difícil de recordar para quienes no sepan griego y latín. A mí me llamó la atención la curiosa mezcla de palabras inventadas. En lugar de enfermedad, yo llamaría a la bibliofilosis «condición», no en el sentido de las malas traducciones del inglés (afección en español), sino en el de «natural, carácter o genio de las personas» (RAE) que se sienten atraídas por las litterae, las letras, aunque bien advierte el proverbio que «litterae non dant panem» (las letras no dan pan).
      Un beso.

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  7. La editorial Renacimiento va a publicar todo Elena Fortún. Ya han salido Celia en la Revolución, Celia institutriz en América, Celia Madrecita y Mila y Piolín. http://www.libropatas.com/mundo-editorial/celia-en-la-revolucion-sera-al-fin-reeditada-junto-con-todos-los-libros-de-celia/

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    1. Muchas gracias por la información, Chrisss. Procuraré estar pendiente para comprar Celia en la revolución.
      Un saludo.

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