miércoles, 19 de septiembre de 2012

Los nuevos incunables

Conocemos como incunables (palabra proveniente del término latino incunabulae, que significa «en la cuna») a los primeros libros que se imprimieron durante el siglo XV con un novedoso invento: la imprenta de tipos móviles. Se atribuye a Johannes Gutenberg la creación de dicha imprenta, aunque mucho antes que él los chinos ya habían conseguido fabricar el papel y también habían investigado el modo de hacer muchas copias de un mismo original. Por aquel entonces, el artesano y erudito que lograba hacerse con una imprenta guardaba para sí sus conocimientos, fundía sus propios tipos (letras), fabricaba su papel, editaba su libro, lo encuadernaba y finalmente lo vendía. Para diferenciarse de los demás impresores, solía dejar una «marca de agua» o sello personal en el papel que fabricaba, pero no siempre se preocupaba de firmar y fechar sus publicaciones. Tampoco esos primeros libros tenían portada como las que conocemos en la actualidad, y su interior todavía no se diferenciaba por completo de los códices medievales copiados por amanuenses, pues imitaban sus abreviaturas de las palabras y hasta su caligrafía.

Hoy, en los albores del siglo XXI, estamos asistiendo a una nueva revolución, al surgimiento de un nuevo paradigma que cambiará para siempre nuestra concepción del libro y su creación. Y no cabía esperar menos en la era de la información que lo está trastocando todo.  Era de cajón. ¿Cómo no iba a aparecer el libro electrónico?

Muchos aún hablan del placer de pasar hojas, del olor de los libros, de las dedicatorias de los autores… y yo recuerdo a mi abuelo que escribía con pluma, mis primeras traducciones tecleando en la máquina de escribir, tan repletas de tachados y correcciones a lápiz, hasta que llegó el ordenador y comencé a entregar textos limpios, copiados en disquetes primero y mandados directamente por Internet después.

Esta revolución es imparable. El libro electrónico ha llegado para quedarse, y no me cabe ninguna duda de que nos falta mucho por ver. De momento, los lectores digitales y tabletas (e-readers; tablets) están en mantillas, y los escritores estamos produciendo los nuevos incunables. Como en el siglo XV, nuestros incunables digitales pretenden imitar los libros impresos, con su portada, su dedicatoria, sus índices y sus textos justificados y escritos del mismo modo. Pero como el lector puede establecer cambios a su gusto en su tableta, esos textos se desajustan, los guiones se separan de la palabra donde abren o donde cierran, quedan líneas cortas  y, en fin, surgen abundantes problemas que jamás se producirían en una obra con una cuidada edición en papel.

Pero es que son incunables, no lo olvidemos. Los nuevos incunables, y yo me declaro contenta y animada de participar activamente en esta revolución cultural. Continuará…



1 comentario:

  1. La Navaja de Occam me dice que la rueda se echó a rodar y nada podrá pararla.
    Como bien dices, cuando apareció la imprenta de tipos móviles en Europa, muchos se echaron las manos a la cabeza, especialmente las editoriales, entiéndase por estas los monjes que copiaban a mano sus bellos y contados códices. Muchos autores le deben la publilcación de sus primeras obras a la creación de esa imprenta, Cervantes o Sh., sin ir más lejos.

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