lunes, 18 de agosto de 2014

Horseshoe Bend: viajando de San Diego a Las Vegas por el Gran Cañón del Colorado

Horseshoe Bend
Horseshoe Bend, desde el borde
 Las cuatro de la tarde. Las arenas rojizas resplandecen bajo el sol abrasador cuando llegamos al pequeño aparcamiento de Page y contemplamos la cuesta empinada pero corta que, según nos han indicado,  lleva a la maravilla de la naturaleza conocida como Horseshoe Bend, el meandro en  herradura que forma el río Colorado entre el Gran Cañón  y el cañón de  Glenn. Al salir del coche ya sentimos la tremenda bofetada del calor arizónico de más de 40 grados centígrados, pero la distancia parece corta y no dudamos en emprender la marcha, uniéndonos a la constante fila de visitantes, en su mayoría orientales y europeos. Nuestro avance por la arena desértica, salpicada de matojos verdiocres, nos trae a la memoria imágenes cinematográficas de sufridos peones egipcios ascendiendo a una pirámide. Llegamos a la cima sudorosos y expectantes, ansiosos por recrearnos  en una vista que imaginábamos grandiosa. 
Vista de Horseshoe Bend desde lo alto de la cuesta
Sin embargo, como si de un espejismo se tratara,  desde lo alto solo divisamos la bajada más larga de la misma cuesta, extensos arenales desérticos  con  algunas formaciones rocosas y un rústico cobertizo de madera donde se venden pulseras y colgantes con turquesas de la artesanía india característica de la zona. Muchos de los visitantes se resguardan en el cobertizo y miden sus fuerzas para decidir si siguen la marcha por la arena suelta, bajo el sol implacable, durante otros 500 metros más o menos hasta el cráter distante a cuyo alrededor se reparte la gente tomando fotos y vídeos.
El esfuerzo valió la pena
A pesar del calor sofocante, de la pájara que empiezo a sentir, la caminata que hemos emprendido a paso ligero merece la pena: desde las rocas planas que bordean la hendidura, contemplamos al fin la impresionante herradura de aguas verdosas. Para abarcar con la cámara la imagen completa de las orillas hay que tumbarse sobre las ardientes planchas de roca  y sacar medio cuerpo fuera. Yo no tengo fuerzas ni valentía suficientes, y necesito sombra y agua cuanto antes porque empiezo a marearme. Además, mis fotos nunca son tan buenas como los recuerdos que guardo en la memoria y que seguirán elaborándose con el paso de los años hasta convertirse en épicos.
Agujas rojizas de Sedona
¿Por qué decidimos visitar Horseshoe Bend a unas horas tan poco apropiadas? El viaje había comenzado unos días antes desde San Diego, pasando por la ciudad de Phoenix, capital del estado de Arizona, con su downtown  de amplias, limpias y modernas avenidas adornadas con verdosos árboles de sombra, y después por  la onírica Sedona, situada en el oasis del Verde Valley, con sus moles de roca cobriza recortándose contra el cielo azul brillante con nubes de algodón y las bonitas casas de inspiración india, imitando adobe, camufladas entre el paisaje verde y ocre. Allí, en sus Indian Hills, me hubiera gustado quedarme a vivir escribiendo  por un tiempo… pero nuestro itinerario está predeterminado por las reservas de hoteles y proseguimos viaje hasta Flagstaff, pintoresco pueblo ubicado junto al extenso Coconino National Park y a poco más de una hora de la entrada  al South Rim del Cañón del Colorado. Ese era uno de nuestros destinos principales y pensábamos dedicarle un buen tiempo por las muchas actividades que queríamos desarrollar y las grandes distancias para recorrer, que ya conocíamos de pasadas excursiones realizadas muchos años atrás.
Gran Cañón del Colorado
Gran Cañón del Colorado desde Desert View Drive
El Gran Cañón del Colorado no ha variado en su magnificencia, en las espectaculares vistas que ofrece la erosión milenaria del río Colorado creando un paisaje inmenso de cortados ocres y rojizos que se pierden en el horizonte. Ninguna foto, por buena que sea, logra plasmar las luces y sombras, las profundidades y la amplitud que captan los ojos desde los miradores de los bordes o las sendas que descienden hacia el río serpentino de aguas barrosas iluminado por el sol. Dicen que el amanecer allí es asombroso, pero yo solo puedo dar cuenta del atardecer y las brumas que se van adueñando de las quebradas para cambiar el color de las rocas y dotar de sombra alargada a los cóndores de California que planean altivos sobre los abismos. Más anochecido también  se ven coyotes, ciervos y renos, surgidos de las profundidades de los bosques, que se acercan hasta las praderas próximas a aparcamientos y carreteras.     
Gran Cañón del Colorado desde Lipan Point
Aunque nuestra visita esta vez se iba a limitar al South Rim (el borde sur, el más turístico pero con muchos puntos interesantes que ver), teníamos intención de  llegar hasta el Skywallk, la pasarela de vidrio en forma  de bucle inaugurada en 2007 que se introduce 22 metros sobre el abismo del Colorado.  Sin embargo, un ranger al que pedimos consejo nos avisó de que esa popular atracción no forma parte del parque nacional y está gestionada por la tribu Hualapai, que cobra una suma de dinero cambiante y un tanto exagerada por la entrada y restringe la libre circulación por los parajes que controla, prohibiendo incluso tomar fotos. Las quejas y advertencias sobre el timo de muchos incautos visitantes nos indujeron a cambiar los planes y dirigirnos a  Horseshoe Bend en su lugar. Ese fue el motivo de llegar a las cuatro de la tarde, porque habíamos dormido en Flagstaff y dedicado la mañana a visitar parte del Coconino Park y el curioso pueblo de Williams, por donde pasaba la histórica Ruta 66 que unía las ciudades de Chicago y Los Ángeles, y es conocida en el país como The Mother Road. Todo el pueblo es una recreación del pasado, con sus gasolineras, sus coches antiguos y sus tiendas repletas de nostálgicos recuerdos de lo que antaño fue.
Gran Cañón del Colorado desde Mather Point
Horseshoe Bend no es lugar para visitas en la canícula de agosto si no se es una lagartija. Y si no hay más remedio que elegir ese mes, lo más apropiado sería dormir en alguno de los hoteles de Page y hacer la caminata entre la arena por la mañana temprano o a la caída del sol para evitar los golpes de calor que presenciamos  y que yo  misma estuve a punto de padecer. La cuesta arenosa, a la vuelta, se me hizo larga, eterna…
Una vez hidratada y repuesta del mareo, recurrimos al útil GPS del teléfono móvil para abandonar Page y dirigirnos a Las Vegas, último destino de nuestro viaje. La amable señorita que vive dentro del teléfono nos guio por carreteras secundarias de Arizona, Utah y Nevada en las que nos fuimos deteniendo para contemplar una orografía impresionante por su colorido y unas presas y lagos que se antojan pinturas impresionistas por su paleta de ocres y azules. La llegada al valle de Hurricane después de traspasar gargantas de altísimas paredes rocosas resulta inolvidable. Y todo el recorrido desde Arizona está repleto de parques naturales, como el de Zion, dignos de visita, pero nosotros habíamos dispuesto llegar a Las Vegas sobre las nueve de la noche (anochece sobre poco más de las ocho en pleno verano) para pasear por la ciudad iluminada y no disponíamos de tiempo.
Las Vegas
Caesars Palace en The Strip
Nuestro gozo en un pozo. La enorme y amarillenta luna de agosto nos sorprendió atrapados en un prolongado atasco y la vimos ascender por el firmamento y compartirlo con los repentinos rayos de una tormenta eléctrica de las tan habituales en esa zona desértica, mientras a nuestro lado gruñían los cerdos apiñados en los grandes camiones que los transportaban, probablemente al matadero. Tardamos casi dos horas en reanudar la marcha al tope de lo que marcaba la autopista una vez abandonada la zona de obras: no más de 70 millas por hora, aunque ningún coche parecía tener en cuenta la limitación. En la noche cerrada, la visión de la enorme llanura de luces que constituye Las Vegas resulta espectacular e inquietante cuando aparece de pronto ante la vista. ¿A quién se le ocurriría crear una ciudad de ese tipo en pleno desierto y cómo ha logrado sostenerse y desarrollarse?
The Strip iluminado
No es difícil encontrar ofertas de hoteles por poco precio en la ciudad. Nosotros nos alojamos en el Luxor, construido en forma de pirámide egipcia azul y ubicado al final del Strip, la calle más famosa donde se encuentran los principales hoteles temáticos, casinos y tiendas. Una vez dentro del hotel, en el inmenso vestíbulo había una larga cola para registrarse, pero también un extenso mostrador con mucha gente atendiendo. Para nuestra sorpresa, fue un trámite rápido y sencillo, pero no debido a la diligencia de los recepcionistas, sino porque para entregar la habitación se exige que esté presente la persona que ha hecho la reserva. Y, al parecer, ese requisito complica el asunto: la señora que estaba delante de nosotros en la cola, por ejemplo,  nos tuvo que ceder el puesto porque la reserva estaba a nombre de su marido, quien nada más poner los pies en el establecimiento había corrido a sentarse en una mesa de póker y, whisky en mano, se negaba por teléfono a perder su valioso tiempo en naderías. Los hoteles por dentro son tan enormes que, junto con la tarjeta de acceso, te entregan una guía para que te orientes, y ofrecen todo tipo de servicios y diversiones. Cualquier cosa que puedas imaginar y se pague con dinero. La mayoría posee sus propios casinos que no cierran ni de día ni de noche. Hay gente de toda edad y condición perdiendo dinero en las omnipresentes máquinas tragaperras o sentados a las mesas de juego a cualquier hora. Es como estar en una película… y bastante triste cuando te detienes a pensarlo. Muchos hoteles ofrecen además atracciones gratis y, en su mayoría, están unidos por trenes aéreos y  pasarelas  para evitar las esperas en los semáforos. Hay música constante en la calle —una especie de  hilo musical omnipresente— gracias a los altavoces ocultos entre los setos que las adornan. El espectáculo de agua, luz y sonido del Bellagio es de los más visitados, pero hay varios más, como el de piratas de The Treasure Island o los torneos medievales del artúrico Excalibur. Sin embargo, de día Las Vegas pierde parte de su encanto porque se aprecian más las miserias, y el calor abrumador de agosto obliga a entrar en los diversos establecimientos en busca de aire acondicionado para soportarlo.
Gasolinera en Williams
Dicen que la crisis económica ha golpeado con fuerza el negocio y que ya no es lo que era. Tal vez por eso hay tantas ofertas de viaje. Por mi parte, jamás me quedaría a vivir en Las Vegas ni pasaría allí unas largas vacaciones, pero me ha gustado pasear por sus calles principales, observando cómo los turistas de todo el mundo despilfarran su dinero, y contemplar las réplicas de París, Nueva York, Venecia, o la Roma imperial, entre muchas otras. El lujo al alcance de la mano, disponible a simple vista para cualquiera, es uno de los espejismos de esta ciudad nacida en medio de un desierto. Comer y dormir bastante bien es barato porque se desea fomentar el juego. Hay máquinas hasta en los supermercados. Y siempre gente jugando, por todas partes. Merece la pena verlo y da que pensar. También te puedes hacer un tatuaje en los innumerables puestos dedicados a ello, marcándote para siempre la piel aunque cada día te cambies de ropa o de colonia.
Lago Powell, cerca de Page (Arizona)
Dicen también que Las Vegas es parte del espíritu estadounidense. Probablemente. Pero también lo es San Diego y el resto de California. Fue agradable regresar a esta ciudad que tanto nos gusta y que hemos vuelto a hacer nuestro hogar durante los últimos meses. Nos quedan días de playa y sol, muchas despedidas y algunas lágrimas, porque este viaje también está a punto de acabar. Y me resisto.



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





miércoles, 2 de julio de 2014

De ardillas, esquiroles y patanegras

Ardillas, esquiroles y patanegras
Scyrus, el animalejo que llaman harda.

Juan Alfonso de los Ruyces de Fontecha, Diez privilegios para mujeres preñadas, 1606


En los acantilados arenosos de las largas playas sandieguinas, habitan en madrigueras que se extienden en redes de túneles subterráneos las California ground squirrels, ardillas de tierra muy sociables que, erguidas sobre las patas traseras, saludan a los bañistas a su llegada a los arenales y corretean a su alrededor por si les dan alguna golosina, aunque hay letreros advirtiendo que no se alimente a ningún animal silvestre. No viven en los árboles, pues no hay ninguno en su hábitat, y en las zonas de mucho calor se protegen sesteando varios días bajo tierra, mientras que en las zonas de más frío pueden llegar a hibernar hasta que templa.

Squirrel, la palabra que denomina en inglés a este gracioso y prolífico  animalito —perteneciente a una amplia familia (esciúridos) cuyos miembros, saltando de rama en rama, llegaron a casi todo el mundo menos la Antártida, Australia, Nueva Zelanda y Madagascar— proviene del latín sciurus, que a su vez deriva del griego skíouros (σκίουρος, que se da sombra con la cola). La mayoría de las lenguas romances también emplean una palabra de procedencia latina para nombrar al animalito así, casi siempre en diminutivo: esquiruelo en aragonés; esquirol en castellano medieval y catalán; esquilo en portugués; scoiattolo en italiano; o écureuil en francés, por citar solo algunas. ¿Cuándo se abandonó en castellano esquirol en favor de ardilla? No durante el reinado de Alfonso X el Sabio, pues existen documentos alfonsíes de 1252 y 1253 recogidos en el CORDE (Corpus Diacrónico del Español, banco de datos de la legua española gestionado por la Real Academia) que hablan de peñas (piel de animal libre de carne) de conejos, esquiroles o raposos. En otros documentos alfonsíes se citan alifafes (edredones) de lomos de esquiroles (Cortes de Jerez, 1268) y en el libro Cortes de los antiguos reinos de León y de Castilla (Real Academia de la Historia, 1861) se añade que dichos alifafes de esquiroles valían 15 maravedís. Probablemente esquirol y arda, pues ardilla es su diminutivo, convivieron largo tiempo en el habla hasta que acabó imponiéndose el segundo vocablo en castellano.

En efecto, según el DRAE, ardilla  proviene del diminutivo de arda. Si se consulta dicha palabra, el diccionario remite a arda 1, donde aclara: «(De harda). 1. f. desus. Ardilla». Hay que recurrir al famoso «Coromines», el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico escrito por  Joan Coromines y José Antonio Pascual (Madrid, Gredos, diversas ediciones desde 1991, incluso en digital) para averiguar que harda es palabra prerromana relacionada con otras formas vascas, bereberes e hispanoárabes, así como con la castellana garduña o las valencianas farda y sardeta. En  textos castellanos se documenta por primera vez como harda en las páginas del Fuero de Soria: «nin por tomar hardas, nin rabosas» («Título de la guarda de los montes, é del término de Soria contra los ommes estrannos», en Antonio Pérez Rioja, Monumentos, personajes y hechos culminantes de la historia soriana, Madrid, 1883). La palabra ardilla como sustantivo ya lexicalizado (y, por lo tanto, admitiendo diminutivos como ardillita o despectivos como ardilleja) se recoge y define ya en el Diccionario de Autoridades (1726), partiendo de los datos aportados  por Sebastián Covarrubias en su diccionario llamado Tesoro de la lengua castellana, o española (publicado en 1611): «ARDA: s.f. Animaléjo conocido á modo de una rata grande, o fuina pequeña. Tiene la cola muy grande y poblada de pelo […] muévese casi continuamente: es muy ligera  y salta de un pino a otro. Qando se pone el sol se cubre la cabeza y el cuerpo con la cola».

Ser una ardilla significa en castellano actual ser una persona lista, viva o astuta. No se contaminó, por tanto, de la definición de Covarrubias como «animaléjo conocido á modo de rata grande» que más bien lo acercaba a las alimañas. Este término, alimaña, proveniente del latín animalia (acusativo plural de animal, animalis) y utilizado en el pasado por los naturalistas pioneros para abarcar aquellas especies cuyos rasgos eran confusos, raros o difíciles de precisar, con el paso del tiempo acabó empleándose para identificar a las especies de animales que el hombre consideraba perjudiciales, repulsivos o dañinos. La ardilla permaneció como animal amable de larga cola, aunque también perseguido por los perros arderos debido a su piel, mientras que el término catalán esquirol, por avatares de la lengua difíciles de escudriñar, añadió un significado más con el cual regresó al castellano: rompehuelgas, que en francés se dice briseur de gréve o renard, y en inglés, strikebreaker o rat, entre otros. En  castellano se prefiere esquirol a rompehuelgas porque hasta las últimas ediciones del DRAE no se despojó al nombre compuesto del sambenito de anglicismo. Sin embargo, estos nombres compuestos de verbo más complemento directo son fáciles de crear y habituales en nuestra lengua, así que no hay motivo para rechazarlos: tenemos rompecorazones y rompesquinas, por ejemplo, sacamuelas o abrecorchos, y hasta un famoso personaje de tebeo que se llamaba Rompetechos. En inglés y francés se usan además los términos blackleg y jambe noire para designar al trabajador que ocupa el puesto de un huelguista: son los patanegras, aunque en castellano la palabra tiene un significado muy diferente, pues se destina a una persona o cosa de gran excelencia y está más cerca de juega que de huelga por provenir del jamón de bellota cien por ciento ibérico. Nuestros patanegras están muy lejos de los conflictos laborales y muy cerca de los elogios y las celebraciones, para nuestra suerte.

Pero volvamos a las ardillas convertidas en esquiroles. ¿Cómo acabó de animalejo en alimaña compañera de la rat inglesa y el renard francés? Coromines apunta en su diccionario que del nombre del animal se extrajo la idea de persona vivaracha y después se desarrolló a persona veleidosa en la que no se puede confiar. Este sentido está atestiguado, por ejemplo, en el escritor aragonés Gracián (recogido en el CORDE), y se sabe que en el siglo XVII la acepción ya había traspasado las fronteras de Cataluña. ¿Por qué se eligió un esquirol o ardilla para denominar en castellano y catalán a los trabajadores que no quieren hacer huelga? Quizá por la actividad veleidosa e incesante de estos roedores, incapaces de permanecer parados aunque sea necesario. Es común en la lengua apropiarse para el hombre de los defectos o virtudes que se atribuyen a ciertos animales: ser un gallina, un toro, un águila, una tortuga, un lirón o una lechuza.

Existe además una explicación apócrifa que considera la palabra esquirol el gentilicio de un pueblo catalán llamado así, Esquirol, cuyos habitantes, en la era de la industrialización, sustituyeron a los obreros en paro de Manlleu, un pueblo cercano, en la huelga de 1832. Se cuenta que los obreros enfadados les gritaron como insulto a su paso: ¡Esquiroles, esquiroles!, y de ahí se fue extendiendo este nuevo significado vejatorio primero por Cataluña y después por toda España, e incluso cruzó el océano para llegar a las Américas. Cabe argumentar en su contra que este tipo de etimologías suelen construirse a posteriori y no están documentadas. Al parecer, la primera vez que se recogió esta acepción de esquirol como rompehuelgas fue en el periódico El Socialista a comienzos del siglo XX. Sin embargo, el DRAE le ha dado credibilidad al establecer: «esquirol. (Del cat. Esquirol, y este de L´Esquirol, localidad barcelonesa de donde procedían los obreros que, a fines del siglo XIX, ocuparon el puesto de trabajo de los de Manlleu durante una huelga). Puede que al hacerlo haya tenido en cuenta que esta es la versión recogida por Josep Pla en Un señor de Barcelona (1945), citando los recuerdos de un industrial manlleuense, Rafael Puget.

Hasta aquí me ha llevado el camino de arena. No hay más. Veleidosa cual ardilla, sea de tierra o de árbol, abandono la encrucijada de palabras y mudo de lugar. Vale, que es adiós en latín.


La lengua destrabada
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miércoles, 4 de junio de 2014

Adverbios (malfamados)

Adverbios
© Beatriz San Martín (Tamarindo, mayo de 2014)
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
(Miguel Hernández, «Un carnívoro cuchillo»).

La práctica terminó por convencerme de que los adverbios de modo terminados en ―mente son un vicio empobrecedor. Así que empecé a castigarlos donde me salían al paso, y cada tanto me convencía más de que aquella obsesión me obligaba a encontrar formas más ricas y expresivas. Hace mucho tiempo que en mis libros no hay ninguno, salvo en alguna cita textual. No sé, por supuesto, si mis traductores han detectado y contraído también, por razones de su oficio, esa paranoia de estilo. (Gabriel García Márquez, Vivir para contarla).

García Márquez no es el único escritor ni traductor ni corrector de estilo que abomina del uso de los adverbios en ―mente por ser palabras feas, largas y fáciles, y que pretendiendo evitarlos se obliga a cavilar para dar con otras formas más bellas y originales. Casi pero no siempre.
Haciendo historia, se sabe de estos infamados adverbios que provienen del caso ablativo singular femenino del sustantivo latino mens, mentis, que se asociaba a adjetivos femeninos para formar frases adverbiales cuyo significado al principio se restringió a estados mentales: firma mente, forti mente, obstinada mente… Pasaron luego a adoptar un sentido más general: bona mente, ipsa mente, hasta que en el latín vulgar cualquier adjetivo capaz de dar lugar a un adverbio de modo podía combinarse con ―mente para convertirse en invariable: longamente, solamente. Su incorporación a nuestra lengua romance se verificó a través de un prolongado proceso de oscilación (―mientre, ―mient, ―miente), escribiéndose las dos palabras en yuxtaposición (fuerte mientre, egual mente) o unidas (sobeiamente, sennaladamientre), según recogen las obras literarias de la Alta y Baja Edad Media. Hasta comienzos del Renacimiento no se consolidó la forma sintética en ―mente: «Mira e vee quántos daños de locamente amar provienen». (Arcipreste de Talavera, El Corbacho, 1438).
En general, este tipo de adverbios califican a verbos (el niño duerme tranquilamente), pero también pueden calificar a adjetivos (su rostro sosegadamente hermoso); a otros adverbios (llegó insospechadamente lejos) o a una oración completa, en cuyo caso suelen escribirse entre comas (desgraciadamente, no ha habido supervivientes). Admiten además el superlativo, que se forma con la terminación en singular del femenino incluso en el caso de los adjetivos de terminación invariable: dulcísimamente; brevísimamente; tristísimamente. Y tienen dos acentos prosódicos (uno por cada componente), aunque solo se escriben con tilde (acento gráfico) los que, siguiendo las reglas de acentuación, la llevan antes de añadir la terminación en ―mente: claramente; opíparamente; gentilmente; ínfimamente. La última de sus particularidades es que la terminación ―mente puede (y debe) separarse del adjetivo base, cuando se trata de una serie, para quedar ligada solo al último elemento: grande y magníficamente; lenta, suave y tranquilamente.
No cuesta demasiado evitar la mayoría de los adverbios en ―mente cuando modifican verbos. Basta con sustituirlos por los sustantivos o adjetivos correspondientes: cayó blandamente la hoja sería, por ejemplo, cayó blanda la hoja; camina torpe y lentamente sería camina con torpeza y lentitud o camina torpe y lento; te precias vanamente de tu linaje noble sería te precias en vano de tu linaje noble. También se puede añadir de modo, de forma o de manera: vivían austeramente sería, por ejemplo, vivían de manera austera; no quieren entregar voluntariamente lo robado sería no quieren entregar de forma voluntaria lo robado. Sin embargo, es más complicado prescindir del adverbio cuando modifica a un participio o adjetivo: estaba perdidamente enamorado; se mostró agradablemente sorprendido; un bello rostro, rubicundamente lascivo; sus ojos despiadadamente tristes. ¿Sería necesario rechazar todos estos adverbios e intentar una nueva redacción? Depende, como canta Jarabe de Palo: «según como se mire, todo depende». Habrá que tener en cuenta el texto y contexto en los que aparecen y si ya sobreabundan. Si hablamos de escritura creativa, yo sugeriría replantear el perdidamente enamorado y el agradablemente sorprendido porque, como diría García Márquez, parecen la solución más fácil y manida. En cambio, no tendría nada que objetar a rubicundamente lascivo y despiadadamente tristes. ¿Por qué no conservarlos si es precisamente (o justo) eso lo que deseamos expresar? «¡Oh, suave, triste, dulce monstruo verde, tan verdemente pensativo», escribió Dámaso Alonso de un árbol: ¿por qué se habría de liquidar su verde adverbio? Por suerte, en la lengua no hay un índice de palabras prohibidas: si existen es porque tienen su uso, así que lo conveniente es aprender a sacarles el mayor provecho sin autocensuras previas. Lo mejor, sin duda, es investigar, ensayar nuevos recursos, explorando límites y posibilidades enriquecedoras hasta donde nuestra mente dé.
Pero sigamos ajustando el fiel de la balanza y añadamos aquí dos adverbios habituales en el español peninsular doblemente proscritos por su terminación y por su vulgaridad: mismamente, empleado en lugar de precisamente (mismamente ayer atracaron a mi hermano) y mayormente cuando habría que escribir sobre todo, máxime o similares (en Madrid se vive bien, mayormente si tienes dinero). Estos sí hay que suprimirlos sin remisión en la lengua culta escrita a no ser que motivos estilísticos los exijan.
El resto de los adverbios más cortos no tienen esa mala fama de los ya tratados y sirven, en general, para adjetivar al verbo, al que suelen acompañar. De ahí su nombre derivado del latín: ad-verbum, que significa junto al verbo. Se diferencian de los adjetivos en que son invariables: no revelan género ni número: Elena habla deprisa. También pueden modificar a un adjetivo: el gato es bastante listo; a otro adverbio: me salió muy bien, o a una oración completa: quizá todos lleguemos tarde. Un grupo de adverbios están especializados en modificar solo adjetivos y adverbios: tan, muy y cuán (apócopes de tanto, mucho y cuánto): tan contento; muy  despacio; cuán lejos. Otros (pero no todos) admiten grado comparativo o superlativo: menos cerca; tan pronto; lejísimos; más abajo; muy dentro; tardísimo. Y también algunos se prestan a su uso como diminutivos o aumentativos: prontito, cerquita; tardecito; deprisita; arribota; lejotes; encimota.
No es tarea sencilla clasificar los adverbios, y con alguno (excepto; salvo; conforme) ni siquiera los gramáticos se ponen de acuerdo sobre si pertenecen o no a esta categoría. Desde el punto de vista semántico, pueden ser de lugar (arriba, abajo, allí, enfrente, aquí, debajo), de tiempo (hoy, ahora, todavía, mientras, después), de modo (así, bien, mal, regular, adrede), de cantidad (más, menos, tanto, poco, mucho, nada), de afirmación (sí, claro, también), de negación (no, nunca, tampoco, nada, jamás), de duda (quizá, acaso, tal vez), de identidad (mismo) e incluso no encajar en ninguna clasificación (viceversa, justo, siquiera).
Los adverbios de relativo reciben este nombre atendiendo a su función porque, como ocurre con los pronombres relativos, hacen referencia siempre a un antecedente, sea implícito o expreso, y actúan como complementos circunstanciales del verbo: me fui a la casa donde vivo (en la que); te visitaré cuando deje de llover (en el momento en que); me peinaré como me dijiste (del modo que); haré todo cuanto (todo lo que) me ordenes. Los adverbios de relativo son siempre átonos, a diferencia de los interrogativos o exclamativos, que son siempre tónicos: ¿Dónde fuiste? ¿Cuándo me visitarás? ¿Cómo te peinarás? ¿Cuánto tardarás? ¡Adónde iremos!
Asimismo, existen abundantísimas locuciones adverbiales, que son uniones de palabras con un significado conjunto, indivisible y estable, equivalentes a un adverbio e inseparables sintácticamente en esta función. En este cajón de sastre cabe de todo y hay donde escoger entre la mezcla de gemas y quincalla: a oscuras, de improviso, desde luego, a tontas y a locas, en cuclillas,  junto a, en un abrir y cerrar de ojos, a menudo, de lado, en volandas, a gusto, a disgusto, a regañadientes, frente a frente, a pie juntillas, a cierra ojos, de repente, a vuela pluma, en un tris, a sabiendas…
Dentro de estas locuciones adverbiales, hay algunas que suelen inducir a error. Se escribe, por ejemplo, con la mejor voluntad y no con la mejor buena voluntad. Se escribe de vez en cuando, de cuando en cuando y de cuando en vez, pero no de vez en vez. Se escribe sobre todo, en el sentido de especial o principalmente, y no sobretodo (que es un abrigo). Se escribe en primer lugar, antes de nada, ante todo, antes que nada, pero no primero de todo ni primero que todo. Se escribe a lo sumo, como mucho, pero no todo lo más. Se escribe a disgusto y no mal a gusto. Se escribe tanto es así y no, aunque estén tan extendidos, tan es así (pues tanto no se apocopa delante de un verbo) ni tal es así, que no existe. Por mal que suene, se escribe en tanto en cuanto, con el sentido de en la medida en que, pues es expresión proveniente del mundo del derecho que se ha  extendido a otros ámbitos, aunque conserva su aire entre pedante y desmañado. Por último, se escribe a campo través, a campo traviesa, a campo travieso, campo a través o campo a traviesa, pero no a campo a través ni a campo atraviesa.
Por lo demás, los adverbios no presentan en general dificultades de uso, pues las pocas que existían van siendo limadas por las sucesivas revisiones de las Academias de la Lengua. Es el caso, por ejemplo, de dentro y adentro; fuera y afuera. Lo establecido era escribir sal afuera y sal fuera, pero no estoy afuera. De igual modo, era posible escribir iré adentro o iré dentro, pero no estoy adentro. El motivo era que con verbos de movimiento explícito o implícito (ir) se podían emplear fuera y afuera; dentro y adentro, mientras que con los verbos que no son de movimiento sino de estado solo se aceptaban las formas sin a-: se quedó dentro; deseaba seguir fuera del asunto. No obstante, por el extendidísimo uso de las formas con a- en América Latina se ha suprimido tal  distinción, aunque en España siga vigente en buena medida.  Así pues, se consideran correctas las dos formas en oraciones que expresan estado o situación del tipo afuera te espera tu novia y fuera te espera tu novia; la parte de afuera y la parte de fuera; la parte de adentro y la parte de dentro; afuera hace calor y fuera hace calor.
 Dentro y adentro, fuera y afuera pueden ir precedidos de las preposiciones de, desde, hacia, hasta, para o por, pero nunca de a, pues en este caso siempre se emplearían los adverbios adentro y afuera, que ya la incluyen. Se escribe siempre de dentro afuera y de fuera adentro. No se considera correcto el uso de adentro con posesivos: se escribe dentro de mí, dentro de él, etc., y no adentro mío; adentro suyo. Ningún adverbio de lugar (delante, detrás, encima, debajo, enfrente) admite su uso con posesivos: delante de mí y no delante mío; detrás de ella y no detrás suyo; encima de nosotros y no encima nuestro; debajo de vosotros y no debajo vuestro. ¿Por qué se puede escribir, en cambio, al lado mío? En este caso no se trata de un adverbio sino de un sustantivo (lado), que sí admite posesivos. Una útil  regla nemotécnica para evitar confusiones es que solo se puede escribir el posesivo detrás de una palabra cuando también lo admite delante: a tu lado y al lado tuyo; a su vera y a la vera suya; a vuestro costado y al costado vuestro, pero no en vuestro delante, luego tampoco delante vuestro; no en mi encima, luego tampoco encima mío; no en su enfrente, luego tampoco enfrente suyo.
Los adverbios adonde (relativo) y adónde (interrogativo o admirativo) se deben utilizar siempre con verbos u otras palabras de movimiento. En cambio, donde y dónde  admiten verbos de movimiento y de estado. El adverbio relativo puede escribirse también en dos palabras, a donde, exista antecedente expreso o no, pues no llegó a generalizarse la distinción recomendada en el pasado por las Academias de la Lengua. Sin embargo, sí se sigue vedando el uso arcaico de adonde o a donde para indicar situación: El músico vivía cerca de ese bar tan conocido, adonde yo había ya entrevistado a un poeta. En este caso, como en verbos que no son de movimiento, han de emplearse los adverbios donde (relativo) o dónde (interrogativo) según corresponda: No sé dónde (y no adónde) se ha escondido el gato. Solo donde y dónde pueden ir precedidos de preposición; nunca adonde ni adónde: no sé hacia dónde (y nunca hacia adónde) nos dirigimos; corrieron hasta donde estábamos (y nunca hasta adonde).
Los adverbios abajo y arriba no deben ir nunca precedidos de la preposición a: vete abajo; descosieron el vestido de arriba abajo; se dirigió arriba. Las expresiones coloquiales tan habituales en España subir para arriba, bajar para abajo (o, a este respecto, entrar adentro, salir afuera) son admisibles en el uso oral y coloquial de la lengua por su carácter expresivo o enfático, pero se deben evitar al escribir.
El adverbio solo (que ya no se escribe con tilde diacrítica) no debe emplearse en el sentido de más que: solo hace que llorar. Lo correcto es no hace más que llorar o no hace sino llorar.
Cuando mejor no es el adjetivo comparativo de bueno (los mejores caramelos), sino adverbio comparativo de bien¸ no varía en número: este alumno es el mejor preparado y estos alumnos son los mejor preparados (y no estos alumnos son los mejores preparados).
Algunos adverbios inducen a errores ortográficos porque se confunden con otras palabras homófonas, es decir, que suenan igual pero su escritura y significado son diferentes:
- Aparte, adverbio que significa en otro lugar, por separado, al margen (y también puede ser adjetivo, preposición o sustantivo), se escribe siempre en una sola palabra: Se lo llevó aparte para hablarle. No debe confundirse con la unión ocasional de la preposición a y el sustantivo parte: No iremos a parte alguna. La decisión no gustó a parte de los presentes.
-Asimismo, adverbio de modo que significa también, se escribe en una sola palabra y sin tilde: Asimismo, visitaremos la costa californiana. En cambio, si se trata de la locución adverbial de modo así mismo, se escribe en dos palabras y así se acentúa como le corresponde por ser aguda terminada en vocal: Guárdalo así mismo, no pierdas tiempo.
-Aún se escribe con tilde cuando equivale a  todavía (aún se cartean; lo volví a leer y me gusta aún más), pero sin tilde cuando significa hasta, también, incluso o siquiera (ni aun de lejos se parece a su padre; aun así iremos todos). Cuando aun tiene sentido concesivo (pese, a pesar de), tanto en la locución conjuntiva aun cuando, como si va seguido de un adverbio o de un gerundio, se escribe también sin tilde (aun conociéndome de tantos años, no se fio). No es lo mismo escribir aun así que aún así: la primera locución equivale a pese a eso, a pesar de eso, con todo o sin embargo, mientras que aún así  se corresponde con todavía, tanto con significado temporal como con valor ponderativo o intensivo: aun así, contamos con crear empleo; tiene más de diez bolsos y aún así se queja.
-Dondequiera, adverbio de lugar que significa, con verbos de estado, en cualquier parte (los niños dejaban los juguetes dondequiera, sin molestarse en recogerlos) y, con verbos de movimiento, a cualquier parte (el perro nos seguía dondequiera que íbamos).  En este segundo caso, las Academias de la Lengua recomiendan como más apropiado el uso de adondequiera, aunque es poco frecuente. Ambos adverbios se escriben en una sola palabra y no deben confundirse con la combinación ocasional de los adverbios relativos donde o adonde y la primera o tercera persona del presente de subjuntivo del verbo querer: Tengo libertad para viajar adonde quiera; Pedro podrá vivir donde quiera sin problemas. Variantes del adverbio dondequiera son doquier y doquiera.
«El camino al infierno está empedrado de adverbios»: esta frase lapidaria (variación de la que señala a las buenas intenciones) pertenece a Stephen King, y se repite una y otra vez como consejo a los escritores. ¡Escribir sin adverbios!, exclamo. ¿Ninguno? ¿Encontraremos siempre verbos con tanta fuerza que puedan hacer el trabajo de expresar cuanto queremos ellos solos? Imposible. En estas pocas líneas ya he ido incluyendo los adverbios que, cual piedras de apoyo, me han servido para saltar, salvar las aguas y llegar al otro lado del río: para matizar mi pensamiento. Supongo que King se refería a los adverbios en ―ly (equivalentes a los nuestros en ―mente) cuando acuñó la frase y que tal vez sea una reducción injusta de su reflexión que se propaga incesante por internet.
Concedo, sin embargo, que deben evitarse los adverbios de relleno y esas expresiones que son meros añadidos sin contenido semántico ni sintáctico como pura y simplemente, simple y llanamente, como es natural, de alguna manera, bien es verdad,  soltados por costumbre o ignorante pedantería dentro de un texto, junto con los positivamente, evidentemente, obviamente, realmente, verdaderamente, indudablemente, prácticamente, lógicamente y demás. Concedo también que se deben buscar verbos fuertes y precisos para acompañarlos de los adverbios necesarios. En este, como en el resto de los casos, fuera toda la paja que oculta el grano.
Termino con una cita que se suele atribuir a Mark Twain aunque la fuente se desconoce: «Cada vez que sientas la inclinación de escribir very, sustitúyelo por damn; el corrector de estilo lo borrará, y la escritura quedará como es debido». El adverbio very, al igual que nuestro equivalente muy, son de las palabras más repetidas (y prescindibles) cuando se escribe. Con su ironía característica, Twain recomienda emplear en su lugar una palabra polisémica y las más de las veces malsonante que, en este caso, acompañando a un adjetivo en sustitución de muy, sería un adverbio intensificador. He dejado adrede very y damn  sin traducir porque los intensificadores requieren un tratamiento específico según su  contexto y no creo que Twain estuviera pensando en un simple maldito en este. ¿Utilizaríamos mierda, joder o cualquier otra palabra malsonante para expresar en español lo que enuncia el escritor, con lo cual el corrector no tendría más que borrar una palabra metida con cuña que no encaja sintácticamente dentro de la oración? ¿O cambiaríamos un adverbio por otro, como hace Twain (very por damn), con lo cual nos veríamos obligados a emplear uno terminado en ―mente (jodidamente, condenadamente…), como se escucha y lee hasta la saciedad en series, películas y libros traducidos del inglés? Siempre existen más opciones…


La lengua destrabada
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miércoles, 21 de mayo de 2014

De interjecciones y onomatopeyas

interjecciones y onomatopeyas
Hablamos con interjecciones y onomatopeyas que nos sirven para expresar estados de ánimo e imitar sonidos. También las escribimos a menudo, por ejemplo, cuando subimos comentarios a las redes sociales: ¡Ay qué pena! ¡Ja, ja! ¡Qué bueno! ¡Vaya tela! ¡Zas, en todos los morros! Son habituales asimismo en los correos electrónicos: ¡Ánimo! Uff, qué pereza. ¡Hasta pronto! ¡Buen viaje! o las cartas, si todavía las utilizamos para comunicarnos: ¡Suerte en los exámenes! Nos vemos en un pispás. Y se convierten en un recurso imprescindible en la escritura creativa, en la literatura: «Todos callados, como muertos. Mercedes coge una tiza y con trazos rápidos organiza cada cosa con su nombre. Es como si resolviera un rompecabezas, y al final cada pieza encaja en su sitio. Oración coordinada adversativa y blablablá blablablá». (Nada del otro jueves, Carmen Martínez Gimeno).

El término interjección proviene del latín interiectio, que significa intercalación y define bien la función de este tipo de palabras, pues se suelen insertar en los textos como elementos independientes que enuncian un significado completo. También conocidas como exclamaciones, se emplean para expresar una impresión viva, una reacción repentina o sentimientos a flor de piel. Son palabras invariables que se comportan como oraciones independientes y casi siempre se escriben entre signos de admiración aunque pueden no llevarlos. No se entrecomillan ni van en letra cursiva.

Las que no tienen otro significado que el atribuido por el uso para expresar una emoción determinada se denominan interjecciones propias. Algunas de las más conocidas son:

¡Ah! (asombro, sorpresa, placer)
¡Ajá!, ¡ajajá! (aquiescencia, aprobación)
¡Ay! (dolor, susto)
¡Bah! (incredulidad, desdén)
¡Caramba! (extrañeza o enfado)
¡Chitón! (pedir silencio)
¡Eh! (llamada, rechazo, desaprobación, sorpresa)
¿Eh? (sorpresa, consulta, desconocimiento)
¡Hala!, ¡hale! o ¡ale! (prisa, asombro, aliento)
¡Hola! (saludo, bienvenida)
¡Huy! o ¡uy! (asombro, sorpresa)
¡Oh! (asombro, admiración)
¡Ojalá! (deseo)
¡Puaj! (asco, desagrado)
¡Sh! o ¡chist! (silencio)
¡Uf! o ¡uff! (cansancio, fastidio, repugnancia)

Muchas otras palabras que tienen un significado propio pueden emplearse como interjecciones si así se quiere. Reciben el nombre de interjecciones impropias y sirven como muestra: ¡Anda!, ¡bravo!, ¡caracoles!, ¡cuidado!, ¡dale!, ¡diablos!, ¡estupendo!, ¡formidable!, ¡hombre!, ¡leche!, ¡magnífico!, ¡narices!, ¡oiga!, ¡puñeta!, ¡vaya! Buena parte de las interjecciones impropias más populares son malsonantes y tienen connotaciones sexuales o religiosas: ¡hostia!, ¡joder!, ¡copón!, ¡cojones!, ¡carajo!, ¡rediós!, ¡diablos!, ¡coño! Cuando se forman con varias palabras, se denominan interjecciones de expresión: ¡Hay que fastidiarse!, ¡la Virgen!, ¡madre mía!, ¡válgame Dios!, ¡qué va!, ¡anda ya!, ¡tócate las narices!, ¡a tomar viento!, ¡maldita sea!, ¡anda la osa! son solo algunos ejemplos castellanos.

La misma índole pasajera de muchas de nuestras euforias, sobresaltos o enfados define a multitud de interjecciones, que no resisten el paso de los años (¡cáspita!, ¡recórcholis!, ¡truenos y centellas!, ¡quia!, ¡rediez!), envejecen para quedar arrinconadas en los diccionarios o ni siquiera llegan a recogerse porque son modas efímeras. Otras, cuando son malsonantes, mutan a un eufemismo que se considera menos hiriente y que con el tiempo pierde relación con la interjección original: diantre surgió como eufemismo de diablo; rediez, como eufemismo de rediós; canastos, caramba  y caray, córcholis y recórcholis, como eufemismos de carajo; ostras, como eufemismo de hostia; jopé, como eufemismo de joder, al igual que jolín y jolines o jobar y joroba; mecachis, como eufemismo de me cago; leñe, como eufemismo de leche; y gili, giliflautas, gilipichis o gilipuertas, como eufemismos de gilipollas.

Señalo como nota curiosa que la palabra ¡guay!, recogida por la RAE en su primera acepción como interjección poética (de la voz natural de lamentarse) equivalente a ¡ay!, y por Andrés Bello en su gramática (1984) como interjección anticuada de «sorpresa irrisoria» que se conserva en algunos países de América Latina, añadiendo que también se dice gua: ¡Guay la mujer!, guay lo que se cuenta!, difiere en significado con el término juvenil tan omnipresente en los últimos años en España, aunque al parecer va decayendo. Si alguien exclama ¡guay! no se queja, sino que expresa su contento y tal vez sorpresa. La RAE acaba de incluir esta palabra en su diccionario como adjetivo o adverbio coloquial con el significado de «muy bueno» o «muy bien».

La interpretación oral o escrita de los sonidos provenientes de la naturaleza u otros fenómenos acústicos está muy relacionada con las interjecciones. Las palabras que los imitan o recrean reciben el nombre de onomatopeyas (del latín tardío onomatopoeia, a su vez procedente del término griego que significa nombre imitativo) y pueden emplearse como interjecciones. Todas las voces de los animales son onomatopéyicas: miau, maullar y maullido; graznar y graznido; cua cua y parpear; pío pío y piar. Sustantivos y verbos de sonidos como chasquido, borboteo, chisporroteo, crujido, chirrido,  zumbido, sisear tartamudear, bisbisear, tararear son todos onomatopéyicos.

Probablemente, el primer contacto escrito que hemos tenido la mayoría con las onomatopeyas ha sido mediante los tebeos de la infancia y los cómics, que muchos continúan disfrutando en la edad adulta. Las que siguen son algunas de las más corrientes:

Achís (estornudo)
Bla, bla, bla (parloteo)
Blam (portazo)
Brr (frío, rabia)
Buaa buaaa (llanto)
Chap, chap (chapoteo)
Tachín, tachín (música, con platillos)
Chucu chucu (tren)
Clic (gatillo, tecla, interruptor)
Crac (rotura)
Je, je, ja, ja, jo, jo, ju, ju (risa)
Plas, plas (aplauso, pisadas)
Toc toc (llamada a puerta)
Tris tras (tijeras al cortar)
Zzz (sonido de dormir)

Pero no todos representamos por escrito de igual manera los sonidos que percibimos, aunque existen convenciones para algunos. Varía en particular la representación de país en país, del mismo modo que varía la lengua, el prisma a través del cual contemplamos el mundo. Especialmente curiosas resultan las onomatopeyas que recogen las voces de los animales: por ejemplo, el ave trina pío en español, piep en alemán, tweet en inglés y cui en francés; el perro ladra guau en español, arf o woof en inglés, ouaf en francés, wau en alemán o ão en portugués; y el gallo canta quiquiriquí en español, kikeriki en alemán, cocorico en francés y se suelta con un lírico cock-a-doodle-doo en inglés.

Dentro de un texto, las onomatopeyas se tratan como el resto de las palabras. Si se utilizan como interjección, pueden llevar signos de admiración. No se escriben en letra cursiva ni entrecomilladas; las de repetición se suelen escribir con comas: ja, ja, ja, pero también se pueden unir con guion si se trata de una sucesión unitaria y continua: taca-taca-taca, chas-chas. A efectos de acentuación, siguen las reglas generales: como monosílabos no se acentúan, pero sí si al unirse forman una palabra aguda: bla-bla-bla pero blablablá. También se pueden separar con puntos suspensivos: plas… plas… plas. Los sustantivos derivados de onomatopeyas se escriben en una sola palabra y forman el plural de modo normal: los tictacs del corazón; el gluglú de la lluvia; el año catapum; los tararís de la trompeta; los frufrús de las faldas; los runrunes de la gente; en un pispás; el triquitraque de todos los días.

En interjecciones y onomatopeyas sufre el español una continua invasión del inglés. Se nota en el doblaje de películas y series, pero más aún en las novelas mal traducidas que luego imitan escritores sin detenerse a discurrir, y así la bola va creciendo imparable. En una lista no exhaustiva de las que se suelen traducir mal, se incluirían las siguientes:

Bang!, que es ¡pum!, ¡zas! o similar
Boom!, que es ¡bum! o similar
Boy!, que no es ¡chico!, sino ¡vaya!, ¡caray! o similar
Ow!, que es ¡ay! o similar
Pooh!, que no es ¡puh!, sino ¡bah!, ¡qué va! o similar
Splash!, que es ¡paf! o similar
Thud!, que es ¡zas! o similar
Whoa!, que no es ¡guau!, voz que la RAE aún no recoge más que como el ladrido del perro aunque se esté popularizando como exclamación de admiración, sino ¡vaya!, ¡ya vale! o similar
Wow!, que tampoco es ¡guau!, sino ¡vaya! o similar

Dentro de la literatura, las interjecciones y las onomatopeyas se suelen considerar un recurso propio de la poesía, pero también se emplean en la prosa, entre otras cosas, para conferir a las palabras, las frases o los periodos cierta melodía y ritmo verbales. Somos muchos los escritores que no quedamos satisfechos con nuestros textos hasta que no los escuchamos varias veces y nos «suenan». Sin embargo, es en la pluma de escritores excepcionales como Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo o Alejo Carpentier donde las interjecciones y las onomatopeyas exhiben toda su fuerza de sugestión. Miguel Ángel Asturias las emplea para «endiosar las cosas», para dar claridad al mundo alumbrándolo de dentro a fuera. Este es el conocidísimo comienzo de su novela El señor presidente, donde se crea una atmósfera infernal, emulando el sonido de las campanas, mediante palabras onomatopéyicas cuyo poder de hipnotismo radica en su sonido y la oscuridad de su significado:

¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre! Alumbra, alumbre, lumbre de alumbre… alumbra…alumbra… alumbra, lumbre de alumbre… alumbra… alumbre…

También pertenece a El señor presidente este juego con los sonidos, las aliteraciones, las repeticiones anafóricas y las onomatopeyas para recrear la sensación de viajar en un tren que va cobrando velocidad hacia su destino y la muerte del personaje, que se va acercando «cada vez y cada ver»:

Cara de Ángel abandonó la cabeza en el respaldo. Seguía la tierra baja, plana, caliente, inalterable de la costa con los ojos perdidos de sueño y la sensación confusa de ir en el tren, de no ir en el tren, de irse quedando atrás en el tren, cada vez más atrás del tren, más atrás del tren, más atrás del tren, más atrás del tren, cada vez más atrás, cada vez más atrás, cada vez más atrás, más y más cada vez, cada vez cada vez, cada vez cada vez, cada ver cada ver cada ver cada ver, cada ver cada ver cada ver cada ver, cada ver…

Por su parte, una las fortalezas del estilo literario de Juan Rulfo es la recuperación de la naturalidad propia de la lengua hablada, a la que añade el uso recurrente de palabras clave con connotaciones metonímicas y evocaciones de onomatopeyas (murmullos, rumores, ruidos, crujidos, ecos, ladridos, alaridos, bramidos) y onomatopeyas puras (plas, plas; cuar, cuar). Dicen que ningún campesino de México ha hablado nunca así, pero nadie ha logrado que el lenguaje parezca más verídico. Los personajes de sus cuentos se aúnan con un paisaje animado que aúlla, llora o susurra. Leyendo a Rulfo se aprende que cada palabra cuenta. Y él solo escribió la colección de cuentos El llano en llamas y la novela corta Pedro Páramo. A «El llano en llamas», que da nombre a su libro de cuentos, pertenece la cita siguiente:

«¡Viva Petronilo Flores!». El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo. Por un rato, el viento que soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces amontonadas, haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre pedregales. Enseguida, saliendo de allá mismo, otro grito torció por el recodo de la barranca, volvió a rebotar en los paredones y llegó todavía con fuerza a nosotros. […]

De repente sonó un tiro. Lo repitió la barranca como si estuviera derrumbándose. Eso hizo que las cosas despertaran: volaron los totochilos, esos pájaros colorados que habíamos estado viendo jugar entre los amoles. En seguida las chicharras, que se habían dormido a ras del mediodía, también despertaron llenando la tierra de rechinidos. […]

Luego comenzó la corretiza por entre los matorrales. Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como si hubiéramos caído sobre un enjambre de chapulines. Y de vez en cuando, y cada vez más seguido, pegando mero en medio de alguno de nosotros que se quebraba con un crujido de huesos.

Alejo Carpentier llegó desde el surrealismo (y los años vividos en París) a acuñar el concepto de lo real maravilloso, planteado en el prólogo de su novela El reino de este mundo como  la «inesperada alteración de la realidad, una revelación privilegiada, una iluminación inhabitual». Solía trabajar todas sus obras como si fueran poemas, otorgando una importancia primordial al lenguaje y a la musicalidad de las palabras. En Concierto barroco  la música se torna omnipresente, como ya presagia el título:  

Pero en eso sonó el aldabón de la puerta principal. Quedó en suspenso la voz cantante mientras el Amo, con mano puesta en sordina, acalló la vihuela: «Mira a ver… Pero a nadie dejes pasar, que harto me vienen despidiendo ya desde hace tres días…». Chirriaron lejanas charnelas, alguien pidió excusas en nombre de otros que lo acompañaban, se adivinaron las «muchas gracias» y se oyó un sonado «no vaya a despertarlo» y un coro de «buenas noches». […]

Pero ahora, atropellando remedos y onomatopeyas, canturreos altos y bajos, palmadas, sacudimientos, y con golpes dados en cajones, tinajas, bateas, pesebres, correr de varillas sobre los horcones del patio, exclamaciones y taconeos, trata Filomeno de revivir  el bullicio de las músicas oídas durante la fiesta memorable.

El mismo título de la primera novela de Carpentier, ¡Ecué-Yamba-Ó! («loado sea dios», en lengua lecumí),  sirve de maravillosa ilustración a esta entrada, aunque el escritor renegara de ella y se opusiera a su reimpresión por considerarla «una cosa novata, pintoresca, sin profundidad, escalas y arpegios de un estudiante», hasta que una editorial pirata de Buenos Aires lanzó al mercado una edición repleta de erratas, saltos y empastelamientos. Entonces Carpentier revisó el texto original y autorizó su publicación «perfectamente fechado y ubicado» dentro de su obra literaria. Su sorprendente lenguaje y colorido no desmerecen en absoluto de sus novelas posteriores, como se puede comprobar:

Los perros del vecindario ladraron desesperadamente, y los graciosos soltaron trompetillas. Una vaca, en trance de parto, lanzó mugidos terroríficos detrás del santuario. Los cantantes, impasibles, se prosternaron, viendo tal vez al Todopoderoso y su gospeltrain bienaventurado a través de las nubes de humo bermejo que salían de las torres del ingenio. Y el cántico estalló nuevamente en los gaznates de papel de lija. Una mandíbula de lechón a medio roer produjo una ruidosa estrella de grasa en el tambor del trío espiritual. Y toda la oleada de espectadores rodó bruscamente hacia una calleja cercana. El organillo eléctrico del Silco tocaba la obertura de Poeta y aldeano, bajo una parada de fenómenos retratados en cartelones multicolores.
—¡Entren a ver al indio comecandela! ¡La mujel má fuelte del mundo! ¡El hombre ejqueleto...! ¡Hoy e el último día...!

Termino esta entrada sobre unos recursos tan expresivos de la lengua con una advertencia de Alejo Carpentier sobre las «artimañas literarias» que él atribuía a los surrealistas pero que son válidas para cualquier escritor en estos tiempos en los que las corrientes literarias son apenas hilillos de agua, dulce o salada: los taumaturgos se vuelven burócratas cuando se empeñan en suscitar emociones a toda costa, pretendiendo revelar lo maravilloso a cada paso y siempre igual. «Invocado por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas». Porque, como decía Unamuno, aprender códigos de memoria es pobreza imaginativa. 


La lengua destrabada
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