miércoles, 15 de abril de 2015

Medir el tiempo

Medir el tiempo
Amélie Beauvry-Saurel, Dans le bleu
Reloj, no marques las horas
porque voy a enloquecer.
Ella se irá para siempre
cuando amanezca otra vez.
No más nos queda esta noche
para vivir nuestro amor
y su tictac me recuerda
mi irremediable dolor…
                                       Los Panchos


No sirve de nada destrozar el reloj arrojándolo contra la pared. Aunque no se mida, el tiempo seguirá corriendo inexorable en las alegrías y en las tristezas. Es ley de vida y de muerte.

Una de las características del ser humano es que posee conciencia del tiempo. Siente su paso en la experiencia personal, tanto física como psíquica, y observa el efecto que causa a su alrededor. El tiempo corre a una lentitud (o rapidez) que somos capaces de percibir: pensamos y sentimos mientras transcurre y actuamos en consecuencia, aprovechando o dejando pasar oportunidades.

La conciencia del tiempo es casi tan antigua como la humanidad y también el deseo de entenderlo, ponerle límites, medirlo. El tiempo astronómico basa su medida en la rotación de la Tierra sobre su eje y alrededor del Sol, así como en la rotación de la Luna alrededor de la Tierra. La combinación de estos movimientos da como resultado los días, los meses y los años. Sin embargo, las semanas no están relacionadas con ningún ciclo astronómico y se piensa que se originaron para marcar el intervalo más conveniente entre los días de mercado. Por eso en la historia hubo semanas de cinco, seis y diez días. La de siete días ya se utilizaba en Caldea y fue establecida como medida del tiempo por la ley mosaica en los tiempos bíblicos. De ahí se fue extendiendo poco a poco al mundo occidental. De todos modos, también hay quienes sostienen que la semana guarda cierta relación con las sucesivas fases lunares (nueva, cuarto creciente, llena y cuarto menguante), cada una de las cuales excede por muy poco los siete días. Tanto los días de la semana como los meses se escriben en el español actual con letra minúscula, puesto que se consideran nombres comunes y no propios (nos vamos en agosto; te espero el martes).

La rotación de la Tierra propició que desde el comienzo de la historia pareciera que el Sol sale todos los días por el Este y se pone por el Oeste. Fue sencillo delimitar el día solar como el intervalo de tiempo que transcurre entre esos dos momentos a ojos de un observador en un lugar determinado. La medición de los meses del año fue más complicada, se rigió por las labores agrícolas y ha variado a lo largo de los lugares y los siglos. En Occidente, del calendario juliano (nombre en honor del emperador romano Julio César, que lo estableció en el año 46 a. C.) de doce meses que comenzaba el 1 de enero, se pasó tras el Concilio de Trento (1545-1563) al calendario gregoriano, pues se quería corregir el desfase que se había producido desde el primer Concilio de Nicea (325 d. C.), cuando se estableció el momento astral en el que debía celebrarse la Pascua y, en relación con ella, el resto de las festividades litúrgicas móviles.

A las embarazadas casi a término y a las parturientas de entonces nadie les desearía «una horita corta», como se hace en España ahora, pues aunque el paso del tiempo se antojara más rápido o lento según el estado de ánimo de quien dirigiera los ojos al sol para calcular su posición en el cielo y hacerse una idea sobre cuánto del día restaba, no había mecanismos más precisos para determinar lapsos temporales cortos como la hora, los minutos y los segundos. Siglos atrás, los primeros relojes de sol, arena o agua (que los griegos llamaron clepsidras) no permitían medir con exactitud las horas del día. Ni siquiera los días eran todos iguales: regidos por el sol, eran más cortos en invierto y más largos en verano, tanto para las venturas como para las desventuras, así como para las jornadas laborales.

Con la propagación del cristianismo, las campanas de las iglesias que fueron salpicando el paisaje urbano comenzaron a marcar las horas canónigas por las que se guiaba la actividad cotidiana de la población: tocaban maitines (medianoche), laudes, prima, tercia, sexta (mediodía), nona, vísperas y completas. Sin embargo, tampoco eran mediciones precisas, pues las campanadas de prima y completas se hacían coincidir, en cualquier época del año, con el alba y el crepúsculo, y partiendo de ellas se distribuía el resto de los toques. Por tanto, solo en los equinoccios se conseguían fracciones temporales homogéneas.

El reloj mecánico, fabricado a finales del siglo XIII, no alcanzó difusión en Europa hasta mediados del siglo siguiente, pero su aparición se limitó a las zonas más prósperas y urbanizadas. Con él se instauró la hora de sesenta minutos, se fijó la jornada laboral igual para todo el año, y el tiempo se hizo laico: las torres de los ayuntamientos comenzaron a lucir relojes por los que eran conocidas las ciudades, y las campanas de las iglesias perdieron su primacía en la medición del tiempo.

Unido al auge del reloj de bolsillo, se extendió el concepto de puntualidad, definido por María Moliner en su Diccionario de uso del español como «exactitud de la manera o del momento de hacer las cosas, de llegar a un sitio, etc.». La expresión «a toque de campana», aplicada a la manera de realizar algo, bien por propia voluntad, bien por obligación, refleja la importancia que ya había cobrado la medición precisa del tiempo, del que buena parte de la humanidad ha acabado siendo esclava. Lo atestiguan expresiones tan habituales en español como «no hay tiempo que perder», «ganar tiempo» o «el tiempo es oro». Hoy que los minutos —e incluso los segundos— son la unidad de tiempo más usada y que tenemos medidores de las horas en cualquier lugar al que dirijamos la vista, el tiempo nos acosa, acucia, aguijonea, apremia, apura… y pocas personas lo dejan correr y mucho menos lo matan. Casi nadie puede permitirse el lujo de pasarse las horas muertas en alguna actividad de su gusto. Sin embargo, quienes somos puntuales todavía tenemos que hacer tiempo cuando en una cita nos toca esperar a quienes acostumbran llegar con la hora pegada y cargados de pretextos. A pesar del cautiverio reconocido (o quizá debido a él), en problemas o enigmas de difícil solución seguimos confiando en que el tiempo dirá y también lo ponemos por testigo y garante de nuestras certezas: «Y si no, al tiempo».

Ese tiempo largo al que fiamos curas de heridas y olvidos de afrentas se mide desde la Antigüedad en años, como ya se ha indicado, identificados en la actualidad con números de una serie continua que en el mundo occidental toma como punto de partida el nacimiento de Cristo. Los años y siglos anteriores a esta fecha se especifican añadiendo a. C., y los posteriores, con la adición de d. C. o la coletilla de nuestra era. Los años se escriben en números arábigos sin ninguna puntuación en su interior, y los siglos, en números romanos (en el siglo II a. C.; en el año 2000 a. C.; en el año 300 d. C; en el siglo III de nuestra era). La escritura de los años en números romanos, habitual en el pasado, está hoy restringida a usos cultos muy específicos. 

El adjetivo anual se aplica a aquello que sucede o se repite cada año; bienal, a aquello sucede o se repite cada dos años; trienal, a aquello que sucede o se repite cada tres años; cuatrienal, a aquello que sucede o se repite cada cuatro años; quinquenal, a aquello que sucede o se repite cada cinco años; sexenal, a aquello que sucede o se repite cada seis años; septenal, a aquello que sucede o se repite cada siete años; octenal, a aquello que sucede o se repite cada ocho años; decenal, a aquello que sucede o se repite cada diez años; quindenial, a aquello que sucede o se repite cada quince años, y vicenal, a aquello que sucede o se repite cada veinte años. El adjetivo bisemanal significa dos veces por semana; bimensual, dos veces al mes; bimestral, cada dos meses; trimestral, cada tres meses; cuatrimensual cuadrimensual, cuatro veces al mes; cuatrimestral, cada cuatro meses; trianual tres veces al año. En cuanto a la duración, un bienio comprende dos años; un trienio, tres años; un cuatrienio, cuatro años; un lustro quinquenio, cinco años; un sexenio, seis años; un septenio, siete años; un octenio ochenio, ocho años; un novenio, nueve años; un decenio década, diez años; un oncenio, once años; un quindenio, quince años; un veinteñal, veinte años; un decalustro, cincuenta años; un siglo centuria, cien años, y un milenio, mil años. En este siglo XXI que vivimos, estamos iniciando el tercer milenio de nuestra era.

Volviendo a las horas del día, en latín estaban asociadas con números, uso que se ha mantenido en español y muchas otras lenguas hasta la actualidad. Existen en español dos sistemas para designar los veinticuatro intervalos horarios del día: En el primero, limitado a contextos institucionales y administrativos, se emplean los sustantivos numerales del cero al veintitrés para asignar un número a cada uno de los intervalos horarios en que se divide el día a fin de expresar tiempos exactos, que suelen escribirse en cifras: el Talgo sale a las 14 horas y 17 minutos. La visita al museo se efectúa a las 11 y las 16 horas. Cuando el intervalo horario se especifica en letras, alternan la expresión yuxtapuesta (a las dos veinte, restringida a algunos países hispanohablante) y la coordinada (a las dos y veinte), así como la presencia o ausencia de horas y minutos dependiendo de su necesidad para la comprensión del texto (a las dos horas veinte; a las dos horas y veinte minutos, a las tres horas y veinte). Al escribir cifras, se utilizan dos puntos o uno solo para separar horas y minutos: las 14:30 o las 14.30.

En el segundo sistema se emplean solo los numerales del uno al doce y se añade junto a la referencia horaria una especificación distintiva, que puede ser la abreviatura a. m. (del latín ante meridiem) y p. m. (del latín post meridiem), con las que se distinguen las horas anteriores al mediodía de las posteriores. El momento correspondiente al punto de división del sistema, el mediodía, se representa como m. (del latín meridies). En dicho sistema las horas siempre han de escribirse en cifras. Es poco utilizado en el habla corriente: le dije que nos veríamos a las 10 p. m. para cenar.

Lo habitual en el habla cotidiana es emplear este segundo sistema de doce horas, pero añadiendo un complemento introducido por la preposición de para determinar la parte del día en que se sitúa. Estas partes son la madrugada (comprendida desde la medianoche hasta el amanecer), la mañana (comprendida desde el amanecer hasta el mediodía), la tarde (comprendida desde el mediodía hasta la puesta del sol) y la noche (comprendida desde la puesta del sol hasta la medianoche). Asimismo, se usa la mañana con un sentido próximo a la madrugada (me despertaron a las dos de la mañana). Otras veces, la franja de la madrugada se acumula a la noche (me despertaron a las dos de la noche).

A estos intervalos se agrega también el mediodía, periodo de límites poco concretos que puede cubrir desde las doce hasta las dos, aunque lo más habitual es situar su fin hacia la una: quedamos en vernos a la una del mediodía. Sin embargo, estas referencias varían según países y costumbres. En gran parte de América se emplea el saludo buenos días o buen día hasta las doce, y buenas tardes, hasta las seis o las siete, mientras que en España la hora límite entre mañana y tarde se sitúa en torno a las dos y se suele asociar con el hecho de haber comido. No es rara la respuesta, cuando se dan las buenas tardes a alguien: para mí todavía son días, que aún no he comido. Además, en muchos países se emplea la tardecita en el sentido de la última hora de la tarde, aunque sin límite preciso; la nochecita, en el de primera hora de la noche, y la mañanita, en el de la primera hora de la mañana.

En otros casos, el mediodía se circunscribe al punto que separa la mañana de la tarde y no se usa como franja horaria. Así pues, designan el mismo instante las expresiones las doce de la mañana, las doce del mediodía y las doce del día, pero la primera es tan poco usada en el español americano como la última lo es en el español europeo. Cuando mediodía va precedido de la preposición a, puede emplearse con artículo o sin él (lo esperamos a mediodía; lo esperamos al mediodía). En cuanto a la medianoche, siempre se concibe como un punto y no como un segmento o intervalo. Por tanto, no acompaña a designaciones horarias numéricas: nos vimos a medianoche, a la medianoche o a las doce de la noche, pero nunca a las doce de la medianoche. Las variaciones de la duración del día y la noche a lo largo de las estaciones del año tienden a desdibujar los límites entre la tarde y la noche, aunque se suele entender que están fijados entre las siete y las nueve: nos encontraremos a las ocho de la noche; nos encontraremos a las ocho de la tarde.

En el sentido de las doce de la noche, se aconseja escribir medianoche en una sola palabra, aunque también se admite en dos: no llegó hasta la media noche del domingo. El plural de medianoche es medianoches, y el de media noche, medias noches. La locución a media noche se escribe siempre en dos palabras. Por su parte, mediodía se escribe siempre en una sola palabra y su plural es mediodías.

La hora se pide, se da o se tiene: ¿Qué hora es? (también ¿qué horas son?) ¿Qué hora tienes? ¿Me da usted la hora? La respuesta varía: Son las dos; las dos en punto; las dos y cuarto. Aunque se percibe cierta vacilación en la concordancia de número (son la una; ya es las cinco), se recomienda emplear las variantes concordadas: es la una; ya son las cinco. Las fracciones que se añaden a la designación de la hora se suelen expresar mediante intervalos de cuartos: la una en punto, la una y cuarto, la una y media, las dos menos cuarto. En buena parte de América Latina se emplea la variante un cuarto para o cuarto para en lugar de menos cuarto. Los minutos que faltan para alcanzar la hora siguiente se expresan en España con la conjunción menos (las ocho menos veinte; las diez menos diez), mientras que en el español americano se suele emplear para seguido del nombre de la hora (veinte para las diez; cinco para las ocho).

Ultima multis, añadían en latín muchos de los relojes de sol alzados en los muros meridionales de las iglesias medievales, recordando que la muerte es nuestro destino inexorable y súbito. La leyenda de otros ahondaba en el mismo concepto: Laedunt omnes, ultima necat, que se traduce como «todas las horas hieren, la última mata». Pero no se ha de olvidar que la nada no puede ser triste puesto que es nada. Además, esa hora última que mata también será prima multis, la primera para muchos: la esperanza.

«Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte» (Miguel Hernández, «Sentado sobre los muertos», 1937). Vale (que es adiós en latín).


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domingo, 5 de abril de 2015

Así comienza...

La historia escrita en el cielo
Marie de Gourney
Esta joven tocada con un manto dorado es Marie de Gourney. Acaba de llegar a Madrid y se ha vestido sus mejores galas para visitar a un banquero del que pretende obtener fondos para proseguir viaje en busca de su padre, Maxim de Gourney, quien tiempo atrás se unió a los Tercios Viejos españoles con la idea de llegar hasta Sevilla y pasar al Nuevo Mundo. Marie lleva meses de camino y aventuras desde que abandonó su tierra natal, el Franco Condado, y huyó del convento en el que se había refugiado tras la muerte de su madre. Ante la insistencia de la madre abadesa para que decidiera entre ser monja o casarse con un primo al que aborrece porque intentó violarla, no encontró más salida que escapar a uña de caballo en mitad de la noche, incitada por el recuerdo de las últimas palabras que escuchó a su madre en el lecho de muerte: «Pobre hija mía, acabas de abandonar la niñez y ya está  escrita tu historia en el cielo. La irás descubriendo un día tras otro sin siquiera haberla planeado, pues te empujarán a ella. Sentirás curiosidad, pero sobre todo miedo, al avanzar sin remedio hacia cada etapa de las que han previsto sin tu consentimiento... Tenemos que evitarlo, Marie, no dejes que decidan por ti; no repitas mi suerte. No, tú no serás la loca, ni la hija de la loca, ni la muerta en vida, no repetirás mi triste destino».

La mayoría de las novelas parten de un punto de crisis que da pie para iniciar la trama y presentar a los personajes principales. Dicha crisis se corresponde con varias de las acepciones que se recogen en el DRAE: «(Del lat. crisis, y este del gr. κρίσις). […] 2. f. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales. 3. f. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese. 4. f. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes. 5. f. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente. […] 7. f. Situación dificultosa o complicada».

La crisis fundacional de esta novela de la que ahora escribo no es la muerte prematura de la madre de Marie, sino la llegada de los Tercios Viejos españoles a las tierras familiares, acontecimiento que interrumpe la monotonía cotidiana y llena de anhelos de viajes la cabeza del padre, amo y señor.  Su decisión de marchar a Sevilla es la que origina una mutación trascendental en el desarrollo de otros procesos, crea una situación dificultosa y complicada, y lanza a Marie a los caminos, convertida en dama andante, tal vez sin haber examinado con detenimiento los peligros del trance en que se pone.  


La Beata de los Huevos
A principios del siglo XVII, Madrid, la ciudad a la que llega Marie después de un largo viaje por tierras francesas y españolas, ya es la capital del Imperio español donde se dice que nunca se pone el sol, pero no pasa de poblachón destartalado y bullicioso, repleto de cortesanos, buscavidas y mendigos. Poco imagina la joven Marie que se verá obligada a abandonar también a toda prisa esta ciudad de hermosos cielos cuando en la pradera de San Isidro se cruce con la Beata de los Huevos, que aguarda en una jaula el auto de fe en el que se cumplirá su condena de morir abrasada en la hoguera: «En el convento de las Dueñas Marcelinas, donde ingresé a la edad de cuatro años porque mi tía era la priora, puse muchas docenas de huevos blanquísimos siendo todavía novicia, hecho que se consideró gran maravilla. La mañana que descubrí el portento salí haciendo aspavientos de mi celda como si me hubiera topado con un alma en pena. Dentro de mi catre, colocado entre mis piernas, había encontrado el primero que puse».

Así comienza el primer capítulo de La historia escrita en el cielo:

  

1. El Camino Español

Dos mujeres bordaban al tibio sol de mediodía, resguardadas tras la fachada de la casa de dos pisos, construida en piedra; la mayor estaba sentada en un alto sillón de madera oscura, mientras que la más joven se había acomodado a sus pies en una silla baja. Ambas levantaron los ojos de la tarea al escuchar el galope de un caballo que se acercaba por el camino de tierra e intercambiaron unas breves palabras de sorpresa. Desde el lugar donde se encontraban no podían ver de quién se trataba, pero al poco apareció una criada para anunciarles:
—¡Alegraos, señora, pues al fin hubo noticias! ¡Llegó carta y paquete de Castilla!
—¿Dónde están? Traédmelos de inmediato ―pidió la mujer mayor, levantándose agitada de su asiento y dejando caer al suelo el bastidor del bordado.
—Enseguida os los entregará Armand. Yo me he adelantado para comunicaros la buena nueva, pues no se me escapa con cuánta ansia la esperabais.
La joven también se alzó de su silla cuando vio que llegaba, casi corriendo, un hombre más bien grueso, de mediana edad y rostro afable, cargado con un bulto envuelto en una burda tela oscura y cerrado con varias vueltas de cordel lacrado.
—¿No decíais que hubo carta? ―preguntó con cierta desilusión la dama mayor cuando lo tuvo cerca.
—Así es, señora ―respondió Armand con una amplia sonrisa, a la vez que se sacaba del jubón un papel doblado y sellado―. Los nuevos voluntarios de los Tercios Españoles se dirigen a Flandes y han acampado cerca de Besanzón. El sargento Villamediana tenía el encargo de venir a entregaros el envío de vuestro esposo, pero avanzan a marchas forzadas y yo lo excusé de que hiciera el camino hasta aquí.
—¿Cómo está mi esposo? ―preguntó la dama angustiada, mientras cogía el papel que Armand le alargaba―. ¿Sabe algún suceso el sargento?
Armand la tranquilizó:
—No os inquietéis, mi señora. Quedó sano y salvo en la corte castellana, sin ningún contratiempo digno de mención... pero os aconsejo que leáis la carta. En ella creo que hallaréis cuantas razones precisáis para serenar vuestro corazón.
La dama se dejó caer en el sillón, hizo saltar el lacre con manos temblorosas y se enfrascó en la lectura. Cuando estaba a punto de terminar, una gruesa lágrima rodó por su mejilla.
La hija, preocupada, se acurrucó a su lado:
—¿Qué sucede, mamá? ¿Son malas noticias?
La madre abandonó la carta sobre el regazo y lanzó un hondo suspiro.
—No. Las noticias son buenas, pero tu padre está muy lejos. Nacerá su hijo y no habrá vuelto ―expresó con tristeza, tocándose el vientre apenas abultado.
—¿Puedo leerla? —pidió la hija, extendiendo la mano para alcanzar la carta.
—Sí. Te dedica varios párrafos. Mi buen Maxim también se interesa por vosotros ―anunció a los dos criados―. No se olvida de nadie más que del hijo que va a nacer dentro de pocos meses.
—Señora —replicó la criada―. No conoce su existencia. Cuando partió para Castilla, no sabía que estabais encinta. ¿Cómo esperáis que se ocupe de él?
—Debéis advertirle ―intervino Armand―. El amo ha de estar al corriente de vuestro venturoso estado. Tengo para mí que se enojará si lo mantenéis en la ignorancia de un asunto de tanta trascendencia para su casa.
La dama no contestó. Hacía casi seis meses que su esposo, el señor de Gourney, había salido de viaje aprovechando la vuelta a la Península Ibérica del capitán Jacinto de Zadava, con quien había recorrido el Camino Español hasta Génova para embarcar allí rumbo a Barcelona. Ambos hombres se habían conocido años atrás, cuando los Tercios Españoles que se dirigían a Flandes buscaron un camino por tierra que atravesara dominios imperiales al verse obligados a abandonar la ruta marítima seguida hasta entonces por el Canal de la Mancha debido al acoso que sufrían a manos de sus enemigos franceses, ingleses y holandeses. La casa solariega rodeada de viñedos de Maxim de Gourney se hallaba a varias leguas de Besanzón, capital del Franco Condado, y esta circunstancia, unida a la gran afición que profesaba su dueño por la cosmografía y la cartografía, había propiciado que muy pronto los oficiales españoles de los Tercios buscaran su colaboración para confeccionar mapas del terreno del denominado Camino Español, que comenzaba en Lombardía y atravesaba Saboya, el Franco Condado y Lorena hasta adentrarse en los Países Bajos, territorio del imperio siempre necesitado de soldados por los frecuentes levantamientos que se iban sucediendo.
El capitán Jacinto de Zadava era un militar curtido en el combate y amante de la aventura que había descrito al señor de Gourney sin escatimar detalles su proyecto de embarcarse en breve rumbo al Nuevo Mundo, del que tantas maravillas se escuchaban. Le habló de las asombrosas civilizaciones que se habían descubierto, de las riquezas sin cuento que encerraban sus tierras, y de su fauna y flora exuberantes que librarían del hambre al Viejo Mundo, tan castigado por las guerras, las sequías y la peste. Y todavía quedaba mucho por descubrir y explorar, pues según mostraba el mapa que había comprado a un cosmógrafo andaluz, había grandes extensiones denominadas Terra Incognita por encima de la América Septentrionalis y debajo de la América Meridionalis. Le mostró además unas semillas llamadas cacao que provenían de un árbol que en el Nuevo Mundo crecía silvestre y con las cuales se preparaba una bebida de sabor amargo, conocida como chocolate, cuyas propiedades vigorizantes y curativas comenzaban a reconocerse en la Península Ibérica, y otras pepitas diminutas de una hortaliza, llamada tomate, cuya sabrosa pulpa roja poseía un gusto tan agradable que resultaba difícil prescindir de ella una vez que se había probado. Le explicó asimismo que la Casa de la Contratación de Sevilla había creado una escuela de cosmógrafos, cartógrafos y pilotos por la necesidad que había de ellos para confeccionar las cartas de marear, imprescindibles para la navegación atlántica a las Indias Occidentales.
A Maxim de Gourney se le hicieron muy cortos los días que compartió con el capitán Jacinto de Zadava, y durante los meses siguientes a su partida se dedicó a estudiar con ahínco cuanto pudo obtener en Besanzón y Lyon sobre las últimas novedades de la cartografía, dedicando una atención especial a los notables hallazgos del cartógrafo flamenco Gerardus Mercator, quien había resuelto el problema de representar la superficie terrestre sobre un pliego de papel valiéndose de las proyecciones polares equidistantes, que conseguían evitar las distorsiones en la zona del ecuador. También se puso al corriente de los adelantos habidos en el instrumental marino, pues la navegación a estima o por fantasía, basada en el uso combinado de los portulanos y la brújula que se empleaba en las rutas marítimas mediterráneas, había cedido el paso a una náutica más técnica con planteamientos matemáticos, que se caracterizaba por el empleo de instrumentos de precisión como el astrolabio, las tablas astronómicas y unas cartas más minuciosas que los portulanos medievales, puesto que la navegación de altura por el imponente Atlántico, conocido como el Mar Tenebroso antes de la epopeya americana, los había vuelto imprescindibles.
Cuando consideró que estaba preparado, comunicó a su esposa Amélie la intención que tenía de ofrecer sus servicios a la Casa de la Contratación sevillana.
—Habré de pasar un examen, querida mía, para que me permitan hacer la carrera de Indias, pero espero superarlo con fortuna en poco tiempo —le explicó exultante—. Partiré solo y, una vez que me haya establecido, si las cosas me van tan bien como espero, mandaré a buscaros.
Amélie lo miró atónita, levantando la cabeza del complicado bordado que la entretenía y dejando en suspenso la puntada, sin acabar de comprender el alcance de sus palabras.
El señor de Gourney prosiguió su exposición:
—El capitán Jacinto de Zadava regresará a nuestras tierras dentro de unos meses, y he determinado aprovechar su viaje y compañía para presentarme en la corte castellana. Él también está interesado en zarpar a las nuevas Indias, y tal vez pueda acompañarlo.
Su esposa no puso objeciones. Lo escuchó como quien oye llover, pensando que era un capricho más que acabaría olvidando en cuanto surgiera ante sus ojos alguna otra novedad que lo distrajera de la monotonía cotidiana que tanto lo hastiaba.
Así pues, prosiguieron con su vida acostumbrada, sin ningún sobresalto destacable hasta la mañana en que llegó, montado en su negro corcel, el furriel mayor de los Tercios Españoles con la encomienda de solicitar provisiones y albergue para el capitán don Jacinto de Zadava y los soldados que regresaban de Flandes a Génova, una vez concluida la campaña bélica que se les había encomendado. El señor de Gourney aceptó de buen grado que acamparan cerca de sus viñedos y se ofreció a viajar con él a Besanzón y los pueblos vecinos para facilitarle la obtención de los víveres y pertrechos necesarios para su estancia, que en esta ocasión sería fugaz porque debían llegar al puerto genovés en una fecha prefijada para embarcar en la flota que zarparía hacia Barcelona. El peligro del turco desaconsejaba que se navegara en navíos sueltos, pues la probabilidad de acabar en las mazmorras de Argel era cada vez más elevada.
—Amélie, querida mía —anunció Maxim a su esposa—, ordena que preparen mi equipaje, pues partiré con el capitán en breve, tal como te indiqué tiempo atrás que tenía previsto.
Y Amélie se encargó de disponerlo todo con la abnegación que la caracterizaba, pues no hubo modo de convencerlo para que abandonara su caprichosa pretensión y se quedara en sus tierras. Varias fueron las lágrimas que vertió ahora la dama al recordar unos hechos ocurridos hacía meses que le causaban tan honda melancolía.
—No llore, mi señora —le aconsejó la criada—. El llanto y las penas son perjudiciales en su delicado estado.
—No llores, mamá —reiteró la hija, acariciándole la mano―. Nana tiene razón. Te hará daño. Además, no hay motivo. Papá está contento y cuenta cosas muy curiosas y entretenidas. ¿No te gustaría conocer esas ciudades y gentes de las que habla? Si Dios lo quiere, nosotras también las contemplaremos dentro de poco, cuando nos mande llamar y nos reunamos con él. ―Luego se dirigió al criado―: Armand, abramos el paquete que nos ha enviado, pues seguro que guarda asombrosas sorpresas que nos distraerán.
El criado cortó con su navaja el cordel que cerraba el fardo, y dentro aparecieron dos saquitos, cada cual con un pliego de papel pegado. En el primero decía:

Os mando un pequeño acopio de cacao con la receta que emplean para hacer chocolate los monjes de San Ginés. Veréis que no se trata de la bebida amarga que nos dio a probar el capitán Jacinto de Zadava, sino de otra dulce por la miel y la leche que se le añade a la semilla molida. Su uso se ha extendido mucho por su buen sabor, unido a sus propiedades reconfortantes y al hecho de que, a decir de los clérigos, dicha bebida no rompe el ayuno. Superé grandes impedimentos para obtener la receta, pues la corte castellana la guarda a buen recaudo para impedir que se propague a otros reinos, cosa que no creo que consiga, y me atrevo a augurar que en pocos años el chocolate será la bebida distinguida de todo nuestro Viejo Mundo.

En el segundo saquito se especificaba:

Esta otra hortaliza que os será desconocida recibe el nombre de batata, papa o patata. Las hay dulces que se toman asadas o cocidas, despojándolas de su piel, y otras más  insípidas a las que se les añade sal y se comen guisadas de muchas formas, así como fritas en el aceite de oliva que en estas tierras tanto abunda. Son un manjar delicioso que creo que librarían del hambre a nuestros pueblos si se extendiera su cultivo, pues alimentan tanto como el pan y su elaboración es más sencilla. He probado el tomate del que nos habló el capitán Jacinto de Zadava y coincido en afirmar que su pulpa es sabrosísima y excelente para la salud, por más que algunos no le tengan confianza y solo utilicen la planta para adorno de jardines. Os mando unas instrucciones para que plantéis las semillas que nos dejó...

—Nunca volverá —expresó entre lastimeros suspiros la dama, interrumpiendo la lectura de su hija―. Está maravillado con tantos descubrimientos y, cuando zarpe hacia esas tierras del Nuevo Mundo, se olvidará de nosotros.
—No lo hará, mamá —respondió la hija―. Además, aún faltan muchos meses para que se embarque, si es que consigue el permiso de la Casa de la Contratación. Las flotas no salen hasta finales de verano, época en que los vientos les son favorables para la navegación. Antes le llegará nuestra carta con la noticia de que va a tener un hijo...
—No —la interrumpió la dama―. No vamos a comunicárselo hasta que nazca. Deseo que prosiga sus planes hasta entonces.
—Pero eso no es recomendable, mamá ―repuso su hija―. Mejor sería…
—No hay más que hablar  ―cortó tajante la señora―. No me contrariéis, pues conozco bien a mi esposo y sé lo que deseo y me conviene.
—Se hará como os plazca ―intervino conciliadora la criada para evitar más disputas―. Ahora entrad en la casa, mi señora, pues es la hora de almorzar, y en cuanto baje el sol hará frío.
La dama se levantó del asiento y se dejó arrastrar al interior de la casa por su hija y la criada, mientras Armand recogía el contenido del fardo y lo llevaba a la cocina.
Quisieron ayudarla a subir la escalera que conducía a sus aposentos, pero Amélie se negó.
—No me tratéis como a una inválida ―expresó, soltándose de sus manos―. Puedo caminar sola, pues no estoy enferma. Id a vuestras ocupaciones y servidme el almuerzo en mi antecámara. No bajaré al comedor.
La hija y la criada obedecieron y se dirigieron a la cocina antes de que la señora Amélie hubiera llegado al segundo piso. No estaba enferma, tenía razón, pero su embarazo tardío la había debilitado y con frecuencia le fallaba la respiración. Por eso tuvo que detenerse para recobrar el aliento, agarrada a la barandilla, una vez que estuvo arriba. Del corredor que se abría enfrente surgió una anciana enjuta vestida de negro. Era una prima lejana de su esposo que había aparecido sin previo aviso en una silla de manos alquilada al poco de la partida de aquel,  pretextando una visita que ya se prolongaba en exceso. La anciana fijó sus ojos penetrantes de ave rapaz en Amélie mientras expresaba:
—¡Vaya, querida prima, iba a buscaros! ¿Qué fue lo que pasó? ¿A qué vino tanto alboroto? Sabéis que no os conviene excitaros. Lo que fuera debieron comunicármelo a mí.
—De ningún modo, señora. Era carta de mi amado esposo y venía a mí dirigida ―repuso sin tardar Amélie.
—¿Carta de mi primo? —se admiró la anciana, tapándose la boca con las manos en un aspaviento exagerado―. Dádmela para que la lea, me interesa mucho.
—No es para vos —replicó la dama tajante.
—Pero ahora que él no está, como pariente más cercana, me veo obligada a ocupar su lugar como ama de esta casa y he de estar al corriente de sus noticias.
—El ama de esta casa soy yo, no lo olvidéis, y no os preciso en absoluto. Tengo una hija y criados que nos cuiden. Nos bastamos y sobramos solas.
—No os excitéis, querida prima ―cambió el giro de la conversación la anciana al ver que no le favorecía el que estaba tomando―. Yo solo pretendo vuestro bien y el de vuestra hija. Por cierto, yo también debo comunicaros una agradable noticia: mi hijo llegará en breve para unirse a nosotras. Necesitamos un hombre en esta casa, ahora que el querido Maxim está lejos, para que se haga cargo de sus negocios.
—No necesitamos nada, señora. Armand conoce bien nuestros intereses y cuenta con la confianza de mi esposo. Creo que deberíais aprovechar el viaje de vuestro hijo para regresar con él a vuestra casa. Os agradezco la visita, pero dura demasiado y tendréis cosas que resolver lejos de aquí.
A la anciana se le afiló el semblante ante esas palabras y un breve temblor desdibujó sus finos labios, pero fue cuestión de segundos. Se repuso de inmediato y, como si no las hubiera escuchado, replicó:
—Querida, os agradará conocerlo. Es algo mayor que vuestra hija y lo he sabido criar para hacer de él un hombre de provecho. Formarán una buena pareja. Pero dadme el brazo, bajemos al comedor. Voy a ordenar que tiendan la mesa y nos sirvan allí el almuerzo.
Y antes de que Amélie pudiera impedirlo, la agarró con fuerza para obligarla a iniciar el descenso.
—No, soltadme ―se negó la dama resuelta, tratando de liberarse a codazos―. Almorzaré en mi antecámara. Soltadme os digo.
Pero la anciana no cejaba en su intento. Hubo un forcejeo entre ambas, y Amélie perdió el equilibrio y cayó de espaldas. La anciana contempló sin inmutarse desde lo alto de la escalera cómo la esposa de su primo rodaba escalones abajo como si de un ovillo de lana se tratara. Luego prorrumpió en gritos y lamentos al comprobar que permanecía tirada en el suelo sin moverse:
—¡Pobre de mí, auxilio, a mí la gente de esta casa! ¡Socorro, socorro! ―y fue descendiendo peldaño por peldaño con toda calma.

¿Qué más sucede? Este es el índice de capítulos de La historia escrita en el cielo

1. El Camino Español
2. El convento de Santa Bárbara
3. Marie la ladrona
4. La baronesa Chantal Delacroix
5. El Monte de las Ánimas
6. El abrazo del oso
7. La sal en el fuego
8. El enano y el banquero
9. La beata, el caballero andante y los galeotes
10. Entre izas y rabizas
11. El Hospital de la Caridad
12. La sagrada familia
13. Lluvia sobre mojado
14. Amarillo indio, azul ultramar
15. Amor quita amor
16. A tientas los celos matan
17. El llanto de las sibilas
18. ¿Dónde estáis, amor?
19. Los espejos del pasado
20. El escriba del cielo
Epílogo


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