—Buenos días. Adiós. ¿Has visto la sombrilla, el portamantas o el sobretodo del guardabosques, Lucio?
—No lo he visto. Sí lo he visto. Pero Matilde coge amapolas y ciclaminos en el macizo del consejero.
—Yo no paseo en el tiempo lluvioso. La lluvia moja. El sol seca.
—Ante todo, deseamos desayunarnos, merendar, cenar. ¿Deseas tú, supongo?
—Yo deseo, tú deseas, él desea.
—Comamos, pues, bajo la fresca sombra del tamarindo, de la chopera, de la pérgola. ¡Ajajajá! Mozo, ¿le causaría molestia traer agua corriente, agua estancada, agua del arroyo?
—¡Lástima que haya olvidado mis guantes, mis mitones, mis espadañas, mis matorrales, en el palco o en el ómnibus!
—¿A qué hora sale nuestra diligencia o el vapor para X? He de ver a mi tía. Tengo dos, tres, cuatro tías. El alcalde tiene tía, cuñado y la prima del agrimensor moreno.
—¿Es mala tu salud? ¿Es buena? Toma comprimidos para el mal de mar, y dame a cambio el mapa de la ruta.
—Helo aquí. ¿Puedes sacar del cortaplumas la gargantilla de corales para adornar el cuello de tu padrastro?
—Con placer. Yo resido en Madrid y mi hermana en Cáceres. ¿Está Cáceres cerca, lejos, encima o debajo de Madrid?
—Debes consultar con el conserje del hospedaje. ¿Deseas un cigarro puro?
—Congratulaciones: pero acabo de adquirir una pipa o cachimba.
—Te ruego saques la fosforera para prender lumbre en el límite del cigarrillo. ¿Eres aficionado al zapato, a la zapatilla o a la sandalia?
—Yo calzo a pie limpio. Pero mi llorado sobrino Carlos tiene vocación de alpargata.
—Observa el paisaje. Me admiran esos grandes animales denominados vacas, que producen la leche, el queso, el merengue.
—¿Se detiene nuestro tren en la oreja de tu padre político?
—No; pero la vendimia de uvas es pintoresca en el sur de la comarca.
—Sentiría producirte una pena al tomarte el cascanueces de Edelmiro.
—Tómalo con gana. Compraré otro en el comercio del nuecero, pescadero, peluquero.
—Me complace tu cortesía.
—Pues, adiós, hombre; y que te frían los botines del notario.
—Lo mismo digo. Cumplimientos.
—Pleitesías.

(Álvaro de Laiglesia, «Diálogos», en La gallina de los huevos de plomo, Barcelona, Planeta, 1950).

Este diálogo es una parodia escrita por quien fue director, durante sus años más gloriosos (1944-1977), de la revista de humor gráfico y literario La Codorniz, así como el creador de su popular primer eslogan: «La revista más audaz para el lector más inteligente». En este caso, el humor disparatado de Álvaro de Laiglesia, con sus toques surrealistas característicos, se inspira en métodos para aprender idiomas como el conocidísimo Anglais Sans Paine (Inglés sin esfuerzo), publicado en primera edición por la empresa francesa Assimil en 1929 y cuya oración de apertura, «My taylor is rich» («Mi sastre es rico»), logró gran fama por lo forzada e inverosímil que resultaba.
Tratando de poner en contexto el diálogo de Álvaro de Laiglesia, tuve otro golpe de fortuna —serendipity, dirían en inglés, utilizando una palabra que acuñó en 1754 Horace Walpole, inspirado por un cuento popular persa, «Los tres príncipes de Serendip»; y serendipia, traduciríamos literalmente al español (ya con la venia de la RAE) si nos olvidamos de la popular chiripa, término proveniente del billar que significa «casualidad favorable»—: saltó ante mis ojos un libro singular, hallado en internet, cuyo extenso título ocupa completa la página de la portadilla: «El castellano actual. Lecturas y conversaciones castellanas sobre la vida diaria en España y en los países de lengua española para uso de los que deseen conocer la lengua corriente. Por D. Constantino Román y Salamero, profesor en Madrid, con la colaboración de D. Ricardo Kron, profesor y doctor en Filosofía y Letras, autor de Le Petit Parisien, The Litle Londoner, etc.». Lo publicó  en 1911 J. Bielefelsd Verlag en Freiburg im Breisgau (Friburgo de Brisgovia en español), y en 1922 iba ya por la quinta edición corregida y comentada con abundantes notas a pie de página.
El breve repaso a la acentuación castellana con que comienza el libro no aparece recogido en el Sumario, que da cuenta de su abigarrado y curioso contenido, desde el capítulo I, dedicado a «Visitas», hasta el capítulo XXVII y último, «Asuntos para conversar». Sin duda, estas lecturas y conversaciones de Román y Salamero han quedado anticuadas como método para acercarse al castellano, pero constituyen una fuente excelente sobre la imagen que hace un siglo se ofrecía de España a los extranjeros deseosos de conocerla.   
Al lector curioso, y mucho más al escritor, le resultará atrayente este libro que trata en detalle, a veces minucioso, la vida cotidiana del pueblo español a comienzos del siglo XX; en él encontrará un amplio vocabulario, usos y costumbres, modos de ganarse la vida, la organización de la administración pública y, en general, la urdimbre social de un país que causa extrañeza a quienes en él vivimos a comienzos del siglo XXI. Por momentos, produce el mismo efecto humorístico que la parodia de Álvaro de Laiglesia, pero también aporta un valioso caudal de información ya olvidada y entonces de dominio público.
He aquí cómo reseña Román y Salamero las fórmulas de cortesía vigentes en el momento:

Cuando una persona quiere ir a ver (o a visitar) a otra, se dirige a su domicilio (o a la casa en que vive, a su residencia), y llama a la puerta. Caso de no saber a punto fijo el piso, preguntará al portero (o a la portera). Un criado (o Una criada) le abrirá e informará de si el Señor o la Señora reciben (o están visibles). Las locuciones consagradas por el uso son: El Señor Fulano ¿está? (o ¿está en casa?), ¿Está la Señora? Deseo ver á Don Fulano. Quiero (o Quisiera) hablar a la Señora. Tenga V. (o Vd., usted) la amabilidad de decirle que seré breve, que se trata de un asunto personal, un momento, nada más.
Según los casos, el criado (o la criada) me contestará afirmativa o negativamente. Si el Señor Fulano no está en su casa, o si no quiere (o no puede) recibirme, aquél(la) contestará (o responderá): El Señor no está en casa; el Señor no está; acaba de salir; ha salido; la Señora no está visible (o no se la puede ver); recibe sólo los lunes, de tres a cinco. El señor está muy ocupado, no puede recibir ahora, no recibe más que los jueves de 10 a 12 de la mañana.  […] Si la persona a la que yo quiero ver es un conocido mío (o una conocida mía), una de mis relaciones, me acoge con estas palabras: Buenos días, ¿cómo está V.? (o ¿qué tal? o ¿cómo va? o ¿cómo lo pasa V.?) — Y le contestaré: Muy bien, gracias, ¿y V.? Estoy bien, gracias, ¿y V.? Admirablemente, ¿verdad? Regular, ¿y V.? No me va mal. He estado malo, pero voy mejor. También me preguntará(n): La familia, ¿bien? ¿Y en casa? El papá, la mamá, los hermanos, ¿están buenos? — Todos bien. […] Es costumbre [al despedirse] dar recuerdos o encargar que se salude a las personas de la familia: Recuerdos a su Señor Padre, Memorias a su esposa, Muchas cosas a su hermano, Recuerdos a todos, Expresiones a su familia, Salude V. a su Señor tío, a su abuelo. A estas muestras de cortesía se contestará: Gracias, o Muchas gracias.

Hay además descripciones costumbristas mucho más detalladas y literarias. Sobre los lugares de esparcimiento o el tabaco, explica Román y Salamero:

En los sitios céntricos de Madrid, principalmente en la Puerta del Sol y en sus bocacalles, hay muchos cafés, que son para los madrileños lo que son las cervecerías para los alemanes e ingleses. En algunos se toca música a ciertas horas de la noche, y se dan conciertos en determinados días de la semana. […]
La costumbre del aperitivo está muy poco generalizada. En Barcelona, a guisa de bebida aperitiva, se hace gran consumo de vermut Torino. Tampoco del ajenjo se usa ni se abusa en España, y esta circunstancia merece ser elogiada.
La gente que tiene poco o nada que hacer, se pasa la vida en el café, y como el espectáculo del interior es menos variado que el de la calle, elige el que puede las ventanas, a manera de los palcos en los teatros. […] Muchas personas escriben cartas en los cafés: el fosforero, que también vende periódicos, procura lo necesario para ello (papel, pluma, tintero), mediante diez céntimos de peseta. Los sellos hay que comprarlos en el estanco, porque en los cafés no los hay.
No se encuentra en los cafés de Madrid, ni siquiera en los más importantes, quien lleve cartas ni haga recados, ni tampoco quien abra las portezuelas de los coches. […]
Yo fumo mucho, como una chimenea, como una locomotora; bien se me alcanza que el fumar no es cosa meritoria, que digamos; pero por más esfuerzos que hago, no soy capaz de abandonar este vicio. En España se fuma poco en pipa; los artistas casi exclusivamente son quienes la usan. Los españoles prefieren fumar cigarrillos (de papel) y cigarros (o puros, esto es: sin papel). […] Cuando un puro no quiere arder, es porque está muy apretado; cuando se apaga, hay que encenderle de nuevo. ¿Tiene V. la bondad de darme fuego (o lumbre )? es la fórmula usual para pedir fuego a alguien. (Adviértase que es favor cuya petición debe evitarse en lo posible por las molestias que causa). En el tren o en presencia de señor(it)as es costumbre no fumar sin solicitar permiso previamente. Para solicitar permiso, se pregunta: ¿Le molesta a V. el humo, Señora? La respuesta suele ser negativa, o también: Puede V. fumar, Caballero. En los tranvías de Madrid está prohibido fumar; es medida acertada.
Para fumar puros, tengo una hermosa boquilla de espuma de mar y ámbar amarillo. Mi petaca es de piel de Rusia, y en ella caben hasta doce puros.

Acerca de las comidas, entre otros muchos datos, aclara:

Casi todos los españoles hacen tres comidas diarias, que son, en el gran mundo y en los hoteles (o fondas), el desayuno, el almuerzo y la comida, en las demás clases sociales el desayuno, la comida y la cena. Sabido es que muchos alemanes e ingleses hacen cuatro comidas. La cena de medianoche no es usual más que en los bailes, y también a la salida de los teatros, siempre a horas avanzadas.

Dedica al asunto de la muerte y el luto una cuidadosa descripción:

Cuando muere una persona, se coloca su cuerpo (o cadáver) en un ataúd o féretro. A las 24 horas después de la muerte se verifica el entierro (o la inhumación, o el acompañamiento a la última morada). Los que asisten al entierro se reúnen en la casa mortuoria. El séquito se compone del coche fúnebre y de las personas que acompañan al muerto hasta el cementerio; además del clero, asisten a los funerales la familia, los parientes y amigos del finado. En España todo el mundo se descubre cuando pasa un entierro (y asimismo al encontrar el viático o una procesión). Se entierra al difunto en una fosa (o tumba) cavada por el sepulturero, en un nicho, o en un panteón de familia. En el camposanto (o cementerio), el sacerdote dice las oraciones y bendice la tumba. […]
Los parientes de la persona muerta están de luto según el grado de parentesco, de seis meses a cuatro años; durante este tiempo visten de negro.
Hay también el alivio de luto para cuando se acerca el cumplimiento de las fechas mencionadas. Las viudas son las que durante más tiempo visten de luto por la pérdida (o el fallecimiento) de su marido.
Las funerarias se encargan en Madrid de todo cuanto se relaciona con los entierros, desde amortajar al cadáver hasta conducirlo al cementerio. Las puertas de las casas donde hay un cadáver  no se cubren de paños negros, como en Francia, cuando se saca el muerto. Media (o sea: Una hoja de la) puerta permanece cerrada durante nueve días en la casa donde alguien ha fallecido.

En lo tocante al aseo personal, la narración de Román y Salamero vuelve a evocar los manuales tipo «My taylor is rich»:

Por las mañanas, tan pronto como me despierto, salto de la cama y me visto. Primero me pongo los calcetines, y luego el pantalón y las zapatillas (o babuchas). Después voy a mi lavabo o tocador, para lavarme las manos y la cara con agua fría, porque el agua fría es preferible al agua caliente para la salud. Uso una esponja y jabón, y me seco con la toalla. Tres veces al día, después de cada comida, me limpio los dientes con un cepillito, y me enjuago la boca. En el cajón de mi lavabo tengo un peine y un cepillo de cabeza para peinarme, un cepillo de ropa, un cepillo de uñas, una navaja de afeitar, una correa para pasar la navaja, y una brocha para darme jabón en la cara cuando me afeito. Me pongo la camisa interior (o camiseta), la camisa, el cuello, la corbata, los puños (con los botones o gemelos), el chaleco y el chaqué, o la chaqueta. Antes de salir, me pongo las botas o los zapatos; algunas veces uso zapatos de charol, y cuando hay barro, uso chanclos. En este punto las cosas, cepillo mi sombrero (hongo o de fieltro, o de paja), me pongo los guantes, y héteme ya presto. Rara vez uso el sombrero de copa (familiarmente llamado chistera o tubo). En invierno llevo trajes más recios que en verano, y además gasto capa o gabán de invierno y guantes forrados de piel. Cuando el frío arrecia mucho, me pongo el gabán de pieles y la gorra de piel. […]
De ropa blanca (camisas, cuellos, puños, pañuelos, calcetines, medias, camisas interiores, calzoncillos) conviene estar bien provisto. Se muda la ropa blanca (o interior) cuando está sucia (o cuando ya no está limpia) la que se lleva. Lava la ropa la lavandera, y la planchadora la plancha. Las camisas, cuellos y puños tienen a veces mucho (o poco) almidón, o están bien o mal almidonados.

Resulta asimismo curioso el capítulo dedicado al cuerpo humano, las enfermedades y la salud. Ahí va una muestra:

La nariz es el órgano del olfato, y ofrece dos aberturas llamadas ventanas de la nariz. Forman la boca dos labios, el labio superior y el labio inferior. En el interior de la boca están los dientes, en número de 16 en cada mandíbula (o quijada). En la entrada de la garganta hay un pequeño apéndice carnoso que se llama lengüeta. Trituramos los alimentos con los dientes, y hallamos el gusto a lo que comemos o bebemos con la lengua y el paladar, que son los órganos del gusto. La lengua es además el órgano principal de la palabra. Refrán: Quien lengua ha, a Roma va. […]
Cuando el varón es ya adulto, tiene parte de la cara cubierta de un pelo que se llama barba; el pelo que guarnece la parte superior del labio de igual nombre se llama bigote, y el que cubre las mejillas, recibe el nombre de patilla(s). La perilla la forman los pelos que crecen bajo el labio inferior. Mi hermano tiene (o gasta) la barba cerrada, es decir, toda la barba; no tiene necesidad de afeitarse; usa la barba en punta. El color de la barba varía tanto (o es tan vario) como el del pelo de la cabeza, y es mucho más fuerte que el de ésta. Hay personas que tienen un hoyuelo en la barbilla o en las mejillas.

La vivienda tampoco escapa al escrutinio de Román y Salamero, y la detalla con un amplio vocabulario, buena parte del cual ya no es de uso frecuente:

Nuestra casa tiene una hermosa fachada, con buen balconaje y azotea. En el tejado hay un pararrayos y una veleta. Encima del piso 4º está el camaranchón, con guardillas vivideras y trasteras. Debajo del piso bajo están los sótanos. En el portal están las puertas del piso bajo. Hay ascensor y varias escaleras, una (escalera) principal y otras de servicio para subir a los pisos altos.
En cada piso hay unas cuantas piezas (o habitaciones, cuartos, aposentos), que se llaman sala de recibir (o estrado, salón), gabinete, despacho (estudio o escritorio para el dueño de la casa), comedor, alcobas (o dormitorios, con alacenas), cocina, despensa, cuarto de plancha, lavadero, cuarto de baño con una pila (de baño), y retretes (o excusados). En todas las habitaciones hay ventanas y balcones (o miradores). […]
En invierno calentamos todas las habitaciones. En muchas de ellas hay chimenea de leña o de carbón. Ya va habiendo bastantes casas calentadas con tuberías de agua o de aire caliente. En ellas el calor se engendra en un calorífero central, colocado en los sótanos del edificio, y se extiende por todas las piezas mediante una serie de tuberías. En toda España se usa también, en las habitaciones donde no hay chimenea, el brasero de cobre o de azófar, con pies de bronce, o caja de caoba o de pino; la lumbre es de carbón o cisco, que se coloca sobre la ceniza. […]
Tengo una buena cama de hierro, con colchón de muelles. Los pobres no usan colchón de muelles, sino jergón, que es un saco lleno de paja, hoja de maíz o esparto. Encima del colchón de muelles tengo un colchón de lana y dos almohadas para apoyar la cabeza. Las sábanas son de hilo en verano y de algodón en invierno, con puntillas y bordados. Las mantas son de lana o de algodón. El cobertor (o La colcha) es de damasco o de seda, de lana, de percal, de cretona, o de punto de aguja. El edredón (o cubrepiés) está lleno de plumón.

En su descripción de las calles, aparece una definición de arroyo como calzada (véase DRAE) que yo desconocía y que confiere un significado más preciso a expresiones tales como recoger a alguien del arroyo:

Las calles de nuestra ciudad son estrechas; hay muy pocas anchas (o espaciosas). Todas están empedradas, y algunas asfaltadas. Las aceras y el arroyo de las calles, los barren y riegan los barrenderos y mangueros, a quienes paga el municipio. Por el arroyo ruedan los carruajes y van los jinetes; las personas que van a pie andan por la acera, que se extiende a lo largo de las casas. Los carruajes van por la derecha. Además de las calles y callejas hay algunos callejones sin salida. Las calles tienen dictados históricos unas veces; otras llevan el nombre de alguna persona importante, y también se designan con los nombres de los oficios que ejercen los que las habitan.

Del prolijo capítulo dedicado al campo, cito por su interés lo siguiente:

Gritos (o voces) de animales. La abeja zumba; la alondra canta; el asno rebuzna; el buey muge; el buho grita; la burra y el burro rebuznan; el caballo relincha; la cabra y el cabrito balan; el canario trina (o gorjea); el carnero bala; el cerdo gruñe; el ciervo brama; la cigüeña cloquea (o castañetea); la codorniz golpea; el cordero bala; la corneja grazna; el cuco canta; el cuervo grazna; el chivo bala; la gallina cacarea (o cloquea); el gallo canta quiquiriquí; el gamo brama; el ganso grazna; el gato maúlla (o maya); los insectos zumban; el león ruge; el lobo aúlla [Refrán: El que con lobos anda, a aullar se enseña]; el mirlo silba; el mochuelo grita; la mosca zumba; el oso gruñe; la oveja bala; los pájaros gorjean; la paloma arrulla; la pantera ruge; el papagayo (o loro) charla; el pato grazna; el pavo hace gluglú; el perrillo late; el perro ladra; el pollino rebuzna; el pollito y el pollo pían; el potro relincha; la rana croa; la serpiente silba; el ternero berrea; el tigre ruge; la urraca charlotea; la vaca muge; el zorro y la zorra chillan.

Al referirse a los medios de comunicación, Román y Salamero no puede contener la admiración que le causan los nuevos inventos:

También hay un instrumento con ayuda del cual se puede telefon(e)ar, es decir, conversar a grandes distancias; es el teléfono que, igual que el telégrafo, funciona por medio de la electricidad; la corriente eléctrica se transmite por alambres de cobre. Todos estos hilos se reúnen en la estación (u oficina) central.
Cuando se quiere hablar con un abonado, se hace girar con fuerza la manivela, o se oprime dos o tres veces el botón de llamada, y se descuelga en seguida el receptor, que se aproxima al oído. De este modo suena un timbre eléctrico en la oficina central. El (o La) telefonista contestará: ¿Quién llama? Se indica entonces claramente, pero sin alzar la voz, a tres o cuatro centímetros de la embocadura del aparato, el número, nombre y señas de la persona con quien se desea hablar (o desea ponerse en comunicación). Ejemplo: Número 2.000, D. Jaime Pérez, Peligros 60. Cuando vuelve a sonar el timbre, es señal de que la comunicación está establecida, y el Sr. Pérrez dirá: ¿Quién llama? o ¿Con quién hablo?  A lo que se contestará: Con el Sr. Iriarte. ¿Es V, el Sr. Pérez? Cuando la conversación ha terminado, se cuelga nuevamente el receptor, y se oprime una vez el botón de llamada. En Madrid el precio del abono trimestral es l00 pesetas y 100 en depósito.

Termina el libro con varias advertencias originales:

El extranjero que no se detenga más que algunas semanas en Madrid para estudiar el castellano usual, las curiosidades, y la vida que allí se hace, no habrá menester de frac. Le bastará un traje de viaje, otro de paseo y, para hacer visitas, una levita o chaqué negros, y un pantalón o(b)scuro o claro. Del sombrero de copa y del clac puede también prescindirse, porque el hongo es de uso muy corriente, aún en las clases sociales de mayor rango y categoría. Las personas distinguidas no llevan sombrero de copa por la mañana, pero sí a mediodía y por la noche, aunque en el día está su uso en plena decadencia (o disminución). En los teatros y en los bailes principales, el clac es de uso muy corriente.
El frac y la corbata blanca no son indispensables sino en el Teatro Real, y para asistir a las reuniones de gran etiqueta. Además en muchas de éstas, el smoking y la levita sustituyen al frac. Se saluda a los amigos con un movimiento de las manos, a los iguales, quitándose el sombrero y elevándolo un poco por cima de la cabeza.
No debe abusarse del apretón de manos; se da la mano a los amigos y a los iguales, mas no es costumbre darla a los vecinos de mesa, acabadas las comidas. Ordinariamente no debe quitarse el sombrero al entrar en un comercio o en el café, pero sí cuando se entra en alguna oficina, ya sea pública o particular. En el teatro se permanece cubierto durante los entreactos y antes de que la función comience.
Las visitas de mayor etiqueta se hacen después de las tres de la tarde. El traje en este caso ha de ser lo más elegante que sea dable. El frac nunca se usa para las visitas, las cuales no es costumbre hacer los domingos ni días festivos (o feriados, o de fiesta). Algunas familias tienen señalados días de recepción, o sea los destinados a recibir.

Buscando información acerca de Román y Salamero, solo he logrado averiguar que fue el primero en traducir al español los Ensayos completos de Montaigne en 1898 y que dicha traducción ha servido de base para todas las posteriores, aunque haya quien la tache de imprecisa y excesivamente libre. Asimismo, Román y Salamero estuvo en la dirección de la revista El Cuento Semanal. No obstante, como suele ser habitual en las gentes dedicadas a las letras, la vida de este erudito debió de ser un tanto apretada a juzgar por la carta de recomendación que escribió Benito Pérez Galdós a Marcelino Menéndez Pelayo, recogida en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

Hortaleza, Madrid, 31 mayo 1902

Mi querido amigo: ya conoce V. á mi amigo Constantino Roman y Salamero por haberle visitado dos ó tres veces. La traducción de Montaigne le inició en la literatura francesa de los siglos XVI y XVII, que sin duda conoce bastante bien. Yo creo que entre nosotros es el más indicado para las traducciones que la Biblioteca Clasica publique de literatura francesa.
Vive Constantino Roman, desde que regresó de Paris, de lecciones particulares en los colegios, ocupación muy ingrata y mal retribuida. Quisiera ahora emprender la traducción de Sabruyere, luego Rabelais, y otros autores del mismo siglo, que hasta hoy no han sido publicados en castellano.
Estando Vd., según entiendo encargado de la dirección de dicha Biblioteca Clásica, recomiendo á V. con todo interés al buen amigo Constantino para que los trabajos arriba indicados tengan cabida en una publicación tan acreditada.
Esperando que V. no desoirá este ruego se repite de V. atento amigo y ferviente admirador q.b.s.m.


B. Pérez Galdós
   
Adenda
Álvaro de Laiglesia convirtió a La Codorniz en un referente de la prensa que transcendía lo humorístico. En la España franquista de los años sesenta y setenta la leían personas de todos los signos políticos. Una de sus secciones más celebradas era la «Cárcel de Papel», donde se repasaban en clave de humor las andanzas de algún político o personaje público. Sus escarceos con la censura eran seguidos y aplaudidos por el público y existen abundantes leyendas urbanas al respecto. Yo misma tengo el recuerdo de haber visto la portada del tren entrando en un túnel, las páginas del interior de la revista en negro, y el tren saliendo del túnel en la última, aunque dicen que este número nunca existió. En estos enlaces se puede leer al respecto: «La Codorniz según Félix de Azúa»; «Las leyendas urbanas de La Codorniz  (la revista más audaz para el lector más inteligente)».

 He suprimido las abundantes notas a pie de página de los textos citados de El castellano actual. Lecturas y conversaciones castellanas sobre la vida diaria en España y en los países de lengua española para uso de los que deseen conocer la lengua corriente. Román y Salamero añade además a los vocablos que emplea un acento gráfico (distinto al ortográfico) para indicar la pronunciación a los extranjeros que lean el libro. En este enlace de la página web Forgotten Books se puede consultar la edición de 1921: El castellano actual. Lecturas y conversaciones castellanas sobre la vida