jueves, 12 de diciembre de 2019

Tasmania: impresiones de viaje

Tasmania
Puerto de Hobart 
Al aterrizar en el aeropuerto de Hobart, capital del estado de Tasmania que forma parte de la Mancomunidad de Australia, nos pareció estar regresando a Valdivia, capital de la provincia de Valdivia y de la región de Los Ríos, en el sur de Chile.  Desde el avión avistamos los mismos cielos plomizos, el mismo paisaje salpicado de manchas verdes y pardas bordeando incontables masas de agua. Ambos territorios, el australiano y el chileno, se encuentran en paralelos cercanos que los aproximan a la Antártida (42,53º sur Hobart y 39,48º sur Valdivia). Ambos comparten un clima lluvioso, ventoso y frío, aunque con las cuatro estaciones diferenciadas, y poseen un ingente patrimonio natural de flora y fauna que impulsa a establecer comparaciones. Pero en realidad son muy diferentes. Lo percibimos de inmediato en cuanto iniciamos nuestra visita en tierra firme. Qué alivio respirar por fin aire puro y no el humo de los incendios de Sídney.

Tasmania es una isla grande, con más de 68.000 kilómetros de extensión, que comprende además un amplio grupo de islas menores alrededor de su costa, y está separada del territorio continental de Australia por el estrecho de Bass. Pertenece a la Mancomunidad de Australia desde 1901. Su nombre actual se debe al comerciante y explorador holandés Abel Tasman, quien en 1642 informó sobre la existencia de la isla, a la que bautizó con el nombre de su patrocinador, Anthony van Diemen, gobernador general de las Indias Orientales Holandesas. Sin embargo, no hubo una presencia europea continuada hasta que la corona británica la reclamó como colonia en 1801 e impuso el nombre de Tierra de Van Diemen. Desde el principio fue una colonia penitenciaria a la que desde el Reino Unido llegaban, hacinados en barcos, presos convictos para cumplir sus penas en cárceles espeluznantes. No habían sido condenados por delitos de sangre, pues esos suponían la pena capital, sino por robos, falsificaciones y todo intento de apropiación de la riqueza ajena, y las penas impuestas superaban los siete años de confinamiento. Pero el trabajo forzado y el buen comportamiento eran medios de redención y hubo quienes lograron conseguir la libertad y medrar en la sociedad colonial que se estaba creando. Pocos volvieron a su lugar de origen, sin embargo, porque carecían de los medios para hacerlo.
  
Paisaje de la campiña tasmana
La isla estaba habitada cuando llegaron los británicos a establecer su colonia y empezaron a dividir la tierra mediante cercados. Los aborígenes, pacíficos en un primer momento, presentaron resistencia al ver alterado su modo de vida, basado en la caza y la recolección. Su ferocidad se convirtió en el pretexto perfecto para exterminarlos sin misericordia. Los hombres eran usados como mano de obra esclava, sometidos a tortura y mutilaciones; las mujeres jóvenes servían de esclavas sexuales, y los frutos de su vientre, de haberlos, eran eliminados. Se los perseguía y daba caza porque a cambio de sus pieles se obtenía una recompensa de las autoridades coloniales. A finales del siglo xix ya no quedaba ningún habitante nativo en la isla. No hubo mestizaje, solo exterminio. La lacra del genocidio, conocido como la Guerra Negra, provocó que en 1854, cuando se aprobó la constitución, se adoptara el nombre de Tasmania para el territorio, que después se convertiría en estado, a fin de dejar atrás el pasado colonialista imperial. No obstante, llama la atención que en la actualidad la población de esta isla siga siendo predominantemente anglo-celta, hecho que provoca la conformación de una sociedad distintiva frente a la multirracial predominante en la mayor parte de Australia.

El relieve de Tasmania está formado por montañas de cumbres redondeadas, donde crece vegetación alpina, y extensos valles y altiplanos por los que corren ríos de rápido caudal y resplandecen, reflejando la naturaleza virgen que los rodea, lagos, charcas y toda clase de masas de agua. A pesar de los incendios, la agricultura y la ganadería ovina y bovina, buena parte de la isla sigue poseyendo densos bosques, algunos de selva tropical lluviosa, como los de Valdivia, pero los predominantes son los bosques de eucaliptos y helechos. De su fauna autóctona, el animal más conocido es el demonio de Tasmania, popularizado por una serie de dibujos animados y ahora en peligro de extinción. Pero para esta viajera los seres más atractivos son los canguros, imponentes marsupiales que brincan sobre sus dos patas traseras en los bordes de las carreteras al paso de los vehículos y se dejan ver, e incluso a veces admiten el acercamiento humano, a primeras horas de la mañana y al atardecer, en espacios abiertos como claros del bosque o praderas, cuando salen a comer la hierba y raíces de las que se alimentan. En realidad, para una lega en el asunto es difícil distinguir si se trata de canguros, nombre que engloba a los animales de las especies más grandes, o ualabís, nombre con el que se designan las especies más pequeñas. Los wombats son otros curiosos marsupiales, pequeños, de patas cortas y redondos como osos de peluche, con los que tuvimos la suerte de toparnos en el parque nacional de Cradle Mountain, inmóviles en las praderas de tundra alpina que rodean el Weindorfer’s Chalet, cuando nos refugiamos en él de la intensa aguanieve que caía.

Acantilado de la Tasman Peninsula
Dicen que los británicos encontraron esta tierra insular parecida a la suya, aunque con un clima menos lluvioso y más templado. Parece que les gustó y dejaron en ella su huella en construcciones y jardines. La capital Hobart, al pie del monte Wellington, es una ciudad limpia y agradable, la más antigua de Australia después de Sídney. Cuenta con abundante comercio y un bonito puerto en el estuario del río Derwent donde se inician cruceros y se puede comer rico pescado y marisco en alguno de sus numerosos restaurantes. El conjunto de antiguos edificios de almacenes frente a las dársenas del puerto recibe el nombre de Salamanca Place y es uno de los lugares más visitados de la ciudad porque alberga galerías de arte, tiendas de artesanías y multitud de establecimientos de comida y bebida. Además, los sábados se monta allí uno de los mercados callejeros más grande e importante de Australia. El nombre nos llamó la atención porque se pronuncia igual que nuestra Salamanca española, pero nadie supo explicarnos su origen. La gente de la calle ha olvidado lo que los libros recogen: en principio, la zona se llamaba Cottage Green, pero se cambió a Salamanca en 1812 para honrar al primer duque de Wellington tras su importante victoria en la batalla de los Arapiles, al sur de Salamanca, al mando del ejército aliado formado por ingleses, portugueses y españoles, contra las tropas francesas del mariscal Marmont durante nuestra guerra de la Independencia. Benito Pérez Galdós narra los hechos en la décima novela de la primera serie de los Episodios nacionales.
 
Penitenciaría de Port Arthur desde el barco
Desde Hobart es imprescindible hacer una excursión hasta Port Arthur para entender el significado de la migración y colonización forzadas en el país. El lugar, ahora de una belleza espectacular, fue más que una terrible prisión. Era una comunidad completa en la que convivían, si bien separados y con condiciones radicalmente diferentes, presos convictos, guardianes, autoridades civiles y militares, más sus familias. Contiene más de 30 edificios históricos, muchas ruinas, abundantes praderas, huertos y jardines, y hasta un astillero y un muelle en el que se toma un crucero que recorre la bahía frente a Point Puer Boys Prison y la Dead Island. Forma parte del Australian Convict Sites World Heritage, lugares históricos de prisión en los que se pretendió construir una nueva sociedad basada en el trabajo forzado de los reclusos durante el siglo xix.  De camino a Port Arthur, en la Tasman Peninsula, hay muchos miradores para contemplar los acantilados marinos y se pueden hacer bonitas caminatas con el mar a un lado y el bosque al otro.

Wineglass Bay
Montañas de granito rosado constituyen el telón de fondo del recorrido ascendente hasta alcanzar a pie el principal mirador de Wineglass Bay para obtener una preciosa perspectiva, antes de iniciar el descenso por los numerosos escalones de tierra y piedra que conducen a su famosa playa de arena blanca y fina, con aguas prístinas y no frías en exceso. Es un buen lugar para refrescarse y comer después de la caminata… pero se puso a llover y tuvimos que adelantar la retirada. Nos quedamos con ganas de recorrer algún otro de los variados senderos que ofrece el parque nacional de Freycinet, donde se encuentra Wineglass Bay, su enclave más conocido.

La ciudad de Launceston era la última etapa de nuestro recorrido, pero solo como base para realizar desde allí las últimas excursiones, pues en la agencia de viajes, al organizar la estancia, nos habían advertido de que carecía de interés. Qué gran error. Con gusto habríamos dedicado más tiempo a conocer su puerto fluvial, sus calles alineadas y limpias, repletas de edificios históricos bien conservados, y su espléndido paseo elevado que recorre la garganta del río Esk, a tramos desde pasarelas altísimas de madera que provocan cierto vértigo, hasta llegar a sus piscinas naturales y las aperturas en los riscos donde deambulan canguros y pavos reales.

General Post Office, Launceston  
Amanece muy temprano, antes de las 5:30, y madrugamos para tomar a las siete la excursión al parque nacional de Cradle Mountain, uno de los puntos fuertes de nuestro itinerario. Su fama proviene de su enorme extensión y la variedad de sendas para marchas que ofrece, según las fuerzas y preparación física de cada cual, para disfrutar de su paisaje alpino con picos escarpados, páramos azotados por los vientos, lagos glaciares y de montaña, gargantas recubiertas de bosques y una abundante fauna silvestre. Pero su clima es impredecible y nos tocó un día endiablado: helado, tempestuoso, con aguaceros constantes e incluso rachas de aguanieve. En el folleto informativo que entregan al comprar la entrada indican, entre las medidas de seguridad, que se esté preparado para volver atrás o cambiar los planes si el tiempo se deteriora y dificulta caminar. Y eso fue lo que nos vimos obligados a hacer. Tuvimos que cancelar la caminata alrededor del Dove Lake y el ascenso hasta el mirador del Crater Lake. Apenas tomamos unas fotos bajo la lluvia y nos refugiamos a comer en el Weindorfer’s Chalet. Más tarde fuimos al albergue a reponernos con una bebida caliente mientras esperábamos por si escampaba. No sucedió y hubo que emprender el camino de vuelta a Launceston, haciendo varias paradas en tiendas locales de distintos pueblos, todos limpios, cuidados, repletos de plantas en flor, para comprar chocolates y quesos de fabricación propia. Igual que cuando viajábamos por Valdivia en la región chilena de Los Lagos, recordamos.

Tasmania es un lugar privilegiado para contemplar la aurora austral. Hay sitios en internet que informan de las probabilidades de que ocurra el fenómeno, e hicimos comprobaciones varias veces a lo largo del viaje. Pero no tuvimos suerte. Tampoco disfrutamos de su cielo estrellado porque la multitud de nubes que lo cubrían nos lo impidieron. Todos los días alguien nos comentaba que ese tiempo tan malo era excepcional, pero la estampa de tantos lugareños de toda edad y condición en manga corta, sandalias y pantalón corto, mientras los foráneos de latitudes más cálidas nos echábamos encima toda la ropa de abrigo de que disponíamos, desdecía tal afirmación. Así es su pálido verano, así lo disfrutan las niñas y niños de mofletes colorados tan habituales en los climas nórdicos.

Christmas Parade, Launceston
Nuestro avión no salía hasta primeras horas de la tarde y el aeropuerto está cerca de la ciudad. Eso nos proporcionó toda una última mañana libre para repasar los lugares que más nos habían gustado de Launceston y volver a tiempo desde la garganta del río Esk para mezclarnos con los lugareños y contemplar la cabalgata de Navidad, Christmas Parade, con sus bandas de músicos en falda escocesa tocando a la gaita villancicos tan conocidos como Adeste fideles o Noche de paz, niños con casco haciendo caballitos sobre sus bicicletas, gimnastas y bailarinas ejecutando volteretas, saltos mortales y veniales… en fin, las fuerzas vivas de la sociedad anglo-celta desfilando para sus convecinos con sus motos y camionetas de correos, los coches de bombero, las ambulancias, los camiones de la basura, las furgonetas de la policía, todos con sus sirenas anunciando la alegre llegada de Santa en su carroza trineo a la ciudad… Fue una larga y hermosa despedida de Tasmania.

Dove Lake, Cradle Mountain
Mientras escribo este texto en Parramatta, levantando de cuando en cuando los ojos al horizonte brumoso por el humo de los incendios, recuerdo el impoluto aire tasmano, sus acantilados rocosos semejantes a los de Asturias o Cantabria, sus playas de arenas blanquísimas y agua esmeralda. Todo es bonito, agradable de ver, pero carece de la grandiosidad deslumbrante de ciertos paisajes de las dos Américas. Con la abundante flora sucede lo mismo, pero no con la fauna, que es muy variada y sorprendentemente distinta de la conocida hasta el momento por esta viajera en cualquier lugar del mundo. Solo por eso ya merece la pena viajar tan lejos.

La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  



¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas 
    




jueves, 28 de noviembre de 2019

Vivir en Parramatta, NSW (Australia)

CBD Parramatta desde el río
Meses atrás, una revelación no por asumida menos perturbadora provocó la aceleración de un proyecto acariciado desde hacía largo tiempo. Gracias al tesón de mi pareja, conseguimos la invitación de una universidad y una visa de trabajo. Preparamos las maletas y tras el interminable viaje de más de un día, aquí estamos al fin, viviendo en Australia, nuestra última frontera.

Parramatta es una próspera ciudad multicultural que crece a 24 kilómetros al oeste del central business district (CBD) de Sídney. El río Parramatta, del que recibe su nombre, cruza la ciudad, y a sus orillas florecen abundantes parques y corren agradables senderos para practicar ciclismo y completar largas caminatas. Hasta tiene un muelle del que zarpan, en mareas altas, ferris que hacen el trayecto de ida y vuelta al Circular Quay de Sídney. Church Street, la principal calle comercial, conserva edificios bajos y está repleta de lugares para comer y beber. La llegada de numerosos organismos gubernamentales de Nueva Gales del Sur desde el año 2000 ha consolidado la función de la ciudad como centro administrativo y ha cambiado su fisonomía con la construcción de numerosos rascacielos de cristal y metal. Pero fuera del centro las calles son tranquilas y arboladas. Abundan las casitas de estilo semejante al californiano y los edificios de pocos pisos rodeados de jardines.
   
Señal de paso de cebra
Está resultando fácil vivir en esta ciudad de curioso clima. Es primavera, y en un mismo día tenemos más bien frío al levantarnos con el sol antes de las seis de la mañana; después solemos pasar calor en torno al mediodía y las temperaturas vuelven a caer cuando el sol inicia su descenso a eso de las seis de la tarde. Pero también ha habido días de calima intensa y humos con olor a madera quemada debido a los enormes incendios que asolan el país. Nos asustaron los primeros avisos de la policía con megáfonos en la calle y las sirenas sonando como chicharras incansables. Aquí están acostumbrados. Parece que los incendios son constantes todos los años, y más ahora con el cambio climático. La sequía pertinaz provoca que los hermosos bosques ardan como yesca. La gente que vive cerca es advertida para que abandone su casa cuando las llamas se acercan. Por suerte, ha habido algunas tormentas y parece que se ha calmado la cosa, al menos en los alrededores de Sídney.
Flying foxes colgando del árbol

Cuando llega el atardecer, los flying foxes, enormes murciélagos con cara de oso que cuelgan como frutos de los árboles a las orillas del río Parramatta, comienzan a desperezarse, a gritar y a revolotear en busca de comida y agua. Los hemos visto lanzarse al río y volver a ascender, planeando sobre nuestras cabezas. Es un espectáculo impresionante, y reconozco temer que se me pose alguno encima y me tire del pelo con sus garras… Pero son animales frugívoros que, según dicen, no tienen interés en nosotros. Tampoco interesamos a las serpientes y lagartos que vemos inmóviles durante nuestros paseos, ni a la multitud de pájaros que nos alegran con sus trinos o graznidos estridentes. Hubo una masked lapwing (avefría militar) que sí nos atacó nada más llegar mientras paseábamos por el campus de la universidad porque, según nos explicaron después, nos consideró depredadores dispuestos a acabar con la puesta de su nido, excavado en el césped.

Flying fox en vuelo
Lo extraordinario de mudarse a vivir a otro continente es que te obliga a romper la rutina, a permanecer alerta para efectuar cualquier tarea, comprendidas las más cotidianas. No se puede dar nada por supuesto: incluso situarse para subir o bajar escaleras mecánicas o mirar para cruzar una calle es diferente: el izquierdo es el lado de circulación dominante en todos los casos. Y los pasos de cebra están marcados con una señal de dos piernas enfundadas en pantalones y en situación de avance. Los colegiales que los cruzan van uniformados con colores alegres según la institución a la que pertenezcan y todos llevan un sombrero de ala ancha para protegerse del sol. Apenas hay edificios antiguos porque este país es muy joven. Los que quedan de la colonia inglesa suelen ser museos o edificios gubernamentales protegidos. Los antiguos hostales siguen recibiendo el nombre de hoteles, aunque ahora no alberguen huéspedes y sean una especie de pubs. Y hay carros metálicos de supermercado abandonados por todas partes: calles, orillas del río, vías del tren… Hasta en el portal de nuestro edificio hay un aviso escrito sobre la prohibición de introducirlos en el garaje o los pasillos por ser una propiedad privada y constituir un delito su apropiación o su abandono.
 

Church Street
No hemos probado carne de canguro ni ningún alimento que pueda considerarse peculiar más que el Vegemite, esa pasta oscura, amarga y salada que se unta en tostadas como base sobre la que se añade otra cosa que la haga soportable. No me ha gustado y no he repetido porque su alto contenido en sodio la convierte en incomestible para una persona como yo que apenas tolera la sal. Desayuno todos los días arándanos, mangos, kiwis, fresas, nectarinas, melocotones y toda clase de fruta, que encuentro madura y sabrosa como la de mi infancia y mis estancias latinoamericanas. Hay cocos de agua y hortalizas que desconocíamos y vamos probando. En todos los lugares para comer te ofrecen agua del grifo gratis y te la sirven en abundancia. Como es una sociedad tan diversa, la comida y las costumbres que la acompañan también lo son. Nos encanta irlas descubriendo poco a poco, a menudo gracias a los anuncios y las series de televisión.

Embarcadero del  ferry en el río Parramatta
Por suerte, la lengua no ha sido un problema. Nos ha resultado más fácil entender el inglés de esta zona que el neoyorquino, por ejemplo. Es cierto que hay mucho slang y modismos, pero la gente es amable y se esfuerza en darse a entender y en entendernos. Es una sociedad acostumbrada a la inmigración y nadie te toma como extraño, como sí sucede en otros lugares angloparlantes del planeta. Con todo, a veces sí es un reto descubrir a qué palabra corresponde alguna de sus muchas abreviaciones: por ejemplo, los avocados (aguacates) son avos; los kangaroos (canguros) son los roos; el breakfast (desayuno) es el brekkie; la barbecue (barbacoa) es la barbie; Aussi y Oz son Australia; Parramata es Parra, y así sucesivamente. Hasta en los anuncios… McDonald’s se llama Macca’s en Australia.

Parque natural del lago Parramatta
Caminamos muchísimo porque no tenemos coche y solo utilizamos los servicios públicos de transporte para largas distancias. Estamos conociendo la espléndida bahía de Sídney navegando en sus ferris y vamos viajando a los parques naturales más próximos en los eficientes trenes que vertebran toda esta zona del país. Tenemos planeadas escapadas a lugares más distantes y todavía nos queda mucho por descubrir en los meses próximos que pasaremos en estas estimulantes antípodas de España, que nos obligan a repensar y cuestionar día a día lo aprendido y sus consecuencias. 


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. 

lunes, 25 de noviembre de 2019

Y/o: la extraña pareja


y/o: la extraña parejaAl parecer, los primeros registros del combinado conjuntivo and/or datan de mediados del siglo xix y proceden del mundo de la abogacía anglosajón, desde donde saltó al ámbito de los negocios y a la escritura en general en el siglo xx. Fue tanto su éxito que de inmediato se calcó la fórmula en francés (et/ou, parece que desde Canadá), en español (y/o) o en italiano (e/o), por citar solo tres lenguas romances. Su uso se defendía como la fórmula más breve para indicar que dos opciones pueden tomarse en conjunto o como alternativas: Consider whether the students will be able to read and/or understand the book. Considera si el alumnado será capaz de leer y/o entender el libro.

Sin embargo, desde el comienzo esta extraña pareja conjuntiva se topó con detractores. No hay manual de estilo de ninguna de las lenguas citadas que la respalde. «Avoid this Janus-faced term. It can often be replaced by and or or with no loss in meaning. Where it seems needed […] try or […] or both», advierte, por ejemplo, el Chicago Manual of Style (2010: 266), mientras que en Rédaction et interprétation des lois, L. P. Pigeon sentencia: «Et/ou est tout simplement inadmissible. […] L’utilisation de cette conjunction, qui n’en est pas une, est une chose que répugne au génie de la langue, aussi bien en anglais qu’en français» (1965:28). La Fundéu, siguiendo el criterio del Diccionario panhispánico de dudas académico, desaconseja el uso en español del calco y/o por innecesario, puesto que la conjunción o no es excluyente, salvo que resulte imprescindible para evitar la ambigüedad en escritos muy técnicos.

¿Existirán esos escritos tan técnicos donde el uso de la pareja unida por la barra se vuelva imperativo? Tal vez sean como las meigas… Confieso que no he sido capaz de encontrar ningún ejemplo que aportar.

En mi experiencia, el uso y abuso de y/o es un claro síntoma de escritura vacua y perezosa. Carece de sentido. Bajo su aire de autoridad pedante se oculta un mero desconocimiento de la lengua. Volvamos al ejemplo citado arriba en inglés y español: Considera si el alumnado será capaz de leer y/o entender el libro. En este caso, la conjunción que debería escribirse es y, puesto que una lectura sin comprensión es inútil, y sería imposible entender si no se lee.  Recordemos, además, que en español (y también en inglés) la conjunción o no es excluyente, sino que expresa adición o alternativa. Por tanto, también podría escribirse: Considera si el alumnado será capaz de leer o entender el texto, lo que significa leer, entender o ambas cosas a la vez. Es el contexto el que proporciona la clave del sentido.

Pero cuando no nos fiamos del contexto, la lengua nos ofrece suficientes recursos para darnos a entender con precisión. Tomemos el siguiente ejemplo:  La utilización de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe es descuidado y/o deshonesto. Si se desea recalcar el valor excluyente de la conjunción o, no hay más que repetirla ante cada una de las alternativas: El empleo de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe o es descuidado o es deshonesto. Eligiendo la simple conjunción y se enuncia sin ambages la adición de descuido a deshonestidad: El empleo de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe es descuidado y deshonesto. Y aún cabe otra posibilidad, si lo que se desea es hacer hincapié en que ambas alternativas son posibles: El empleo de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe es descuidado, deshonesto o ambas cosas.

Una antigua amiga editora de la que aprendí muchísimo nos aconsejaba siempre ayudar a los autores a librarse de esta dañina «conjuntivitis» para mejorar su visión de la escritura. Y no es tarea difícil. Basta con detenerse a pensar en lo que se quiere expresar para evitar (corregir) redacciones tan desacertadas como las siguientes: Podrán enviar la respuesta vía correo electrónico y/o fax. Los invitados llegaron a la reunión en autocar y/o limusina. Las candidatas deben acreditar su dominio de inglés y/o alemán. Al cruzar el desierto, los más débiles murieron de hambre y/o sed. Este mensaje y/o archivos adjuntos son confidenciales. Ni se simplifican los textos ni son más cortos mediante el uso mimético de  y/o.

Una última advertencia: en el caso de que se encuentre y/o en un contexto muy técnico de una disciplina en la que resulte imprescindible su uso, ha de tenerse en cuenta que si la palabra siguiente comienza por o u ho, se escribirá y/u.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  




¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. 

miércoles, 30 de octubre de 2019

Hacer las maletas y otras divagaciones (para procrastinar)

Hacer las maletas
Qué pereza preparar el equipaje. Qué difícil es elegir las prendas necesarias que se echarán de menos durante la estancia fuera de casa y hacer oídos sordos a los cantos de sirena de los múltiples «porsiacasos» que nos tientan y acabarán engordando nuestra maleta. ‘Equipaje’, palabra formada con el productivo sufijo ­-aje que proviene del latino -aticus y llegó al castellano a través del francés, comenzó a utilizarse para designar el equipo que cargaban los soldados, pero al poco pasó a significar también el conjunto de pertenencias necesarias para llevar en los viajes, según sostiene Joan Corominas (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, 1987). ‘Bagaje’ y ‘equipaje’ son sinónimos en la acepción de enseres indispensables para desplazamientos, tanto militares como civiles, pero la primera palabra significa además conjunto de conocimientos o experiencias adquiridos por alguien. 
   
‘Maleta’, por su parte, es voz antigua en el vocabulario castellano. Covarrubias la define como «la manga, ô valija en que se llevan vestidos de camino, ô ropa, propiamente la que es de cuero, y va cerrada con su cadena, y candado. Es nombre Hebreo del verbo mala, que vale henchir por ir llena de ropa. O de otro verbo Hebreo malat, servari, porque lleva dentro guardada la ropa. Carolo Bovilio la haze diccion Francesa, mallê, intra quam itinerariae vestes folent claudi, ámantica pender» (Tesoro de la lengua castellana, o española, 1539-1613). Los diccionarios de la lengua castellana actuales coinciden en afirmar que se trata de un vocablo de origen francés, lengua en la que malle, desde el siglo xii, da nombre a un cofre de grandes dimensiones, destinado a contener los efectos que se llevan en un viaje; mallette, palabra datada desde el siglo xiii, es su diminutivo, de donde proviene nuestra maleta. De malle se originó la castellana ‘mala’, que ahora es una voz anticuada.

En lenguaje informal, la palabra femenina ‘maleta’, con artículo masculino o femenino, se aplica a cualquier persona que muestra torpeza en el desempeño de alguna actividad: Juan es un maleta conduciendo. Al parecer, ser un/una maleta con el sentido de inútil o poco hábil proviene de la tauromaquia. Al torero principiante y sin recursos que viajaba con sus escasas pertenencias de plaza en plaza en busca de oportunidades se lo conocía como ‘maleta’ o ‘maletilla’, y de ahí el uso se generalizó, sobre todo para actividades físicas o deportivas.

A veces nos vemos obligadas a hacer la maleta o las maletas no porque nos vayamos de viaje, sino porque nos apremian para que abandonemos un lugar o cargo por algún  motivo particular: El primer ministro debe ir pensando en hacer las maletas. En realidad, ni en este sentido figurado ni en la preparación práctica del equipaje ‘hacemos’ la maleta: no fabricamos el continente, sino que escogemos y organizamos el contenido, esto es, empleamos uno de los tropos de la lengua, un útil recurso conocido como sinécdoque, para darnos a entender. Por lo que respecta al verbo ‘hacer’, es conocida su facultad de asumir un extenso abanico de significados según el contexto en el que se utilice. Abundan las expresiones en las que este verbo se une a un sustantivo (más sus acompañantes) para expresar un significado fijo: hacer boca (ingerir algún alimento o bebida como ensayo para la comida; también se puede usar en sentido figurado); hacer carrera (triunfar); hacer castillos en el aire (imaginar imposibles); hacer gala (ostentar, alardear); hacer oídos sordos (no escuchar); hacer la vista gorda (fingir que no se percibe algo merecedor de corrección).

El Diccionario de la lengua española académico recoge una segunda acepción de ‘maleta’ como enfermedad, señalando que es palabra anticuada de origen incierto. Parecería, sin embargo, estar relacionada con ‘maletía’ y ‘malatía’, que antiguamente significaban enfermedad, en especial, durante la Edad Media, la enfermedad por antonomasia: la lepra. Las tres voces castellanas estarían relacionadas con la maladie francesa y la malattia italiana, todas ellas provenientes del latín (măle habĭtum, estar mal de salud). Los malatos medievales eran los enfermos de lepra, afección que se solía contagiar durante los viajes. En una de las versiones del «Romance de la hija del rey de Francia» (recogida en 1545), se narra el encuentro de una joven con un caballero al que pide que la lleve en la grupa de su caballo hasta París.  Esto es lo que sucede cuando el caballero la requiere de amores: «La niña, desque lo oyera,  díjole con osadía: / Tate, tate, caballero,  no hagáis tal villanía: / hija soy de un malato y de una malatía, / el hombre que a mí llegase  malato se tornaría».
 
Dejo aquí este hilo porque me urge hacer las maletas. ‘Procrastinar’ es palabra de origen latino, que significa posponer o postergar y que ha vuelto a nuestro vocabulario a través del inglés, donde el uso del verbo to procrastinate es mucho más habitual. Resulta curioso el olvido que ha sufrido hasta años recientes en nuestra lengua del «vuelva usted mañana». Mi equipaje no admite más aplazamientos. En escasos días estaré emprendiendo el vuelo para llegar a nuestras antípodas, donde pasaré parte de nuestros otoño e invierno que se corresponden con sus primavera y verano. Por cierto, la voz ‘antípodas’ puede usarse en femenino o en masculino, si bien en la actualidad es más habitual el femenino.

Aquí lo dejo. Repito: qué pereza hacer las maletas. Quién fuera caracol para viajar lento, sí, pero con la casa a cuestas.  


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. 

martes, 29 de octubre de 2019

Amarillo indio, azul ultramar

Amarillo indio, azul ultramar
Doña Marina cogió de una mesa más pequeña un pliego de papel y se lo entregó a Marie:
—Ved si aprobáis el esbozo que he trazado para vuestra obra.
Después de observarlo con detenimiento, Marie indicó:
—No acierto a comprenderlo. Se muestran dos figuras.
—Así es —confirmó doña Marina—. Vuestra madre aparecerá en el retrato mirándoos a vos mientras la pintáis, y vos en primer plano, con el pincel y la paleta, mirando a quien contemple el cuadro. De este modo quedará plena constancia para vuestro padre y la posteridad de que únicamente vos sois la autora. Será vuestra firma indeleble que nadie podrá impugnar jamás.
—Me agrada y asombra vuestro ingenio ―se entusiasmó Marie.
—He de reconocer que la idea no es del todo mía —declaró con modestia doña Marina—. Sofonisba Anguissola ya se retrató pintando un cuadro religioso, y de ella he tomado la inspiración.
—Ya he oído hablar de esa pintora de la corte. ¿Tenéis alguna copia que yo pueda ver?
Y doña Marina sacó del cajón de la mesa una carpeta donde se conservaban reproducciones de diversos cuadros que fue pasando hasta dar con el que buscaba. Marie lo estudió con detenimiento y luego declaró:
—En mi obra el retrato de mi madre debe cobrar mayor importancia. Yo no seré la figura central como en esta, solo la autora que aparece al final, casi de refilón, en una última mirada. Lo concibo como algo semejante a lo que ocurre en las obras de teatro, cuando el autor sale a escena a saludar solo una vez que ha finalizado la representación y ya se ha bajado el telón. A mí se me habrá de ver después de haber contemplado la figura sobresaliente y espléndida de mi madre, vestida a la francesa como solía, bañada de luz y en colores resplandecientes.
—Por los colores no os preocupéis. En esa alacena bajo llave guardo los más ricos pigmentos para crear cualquier tonalidad que deseéis: amarillo indio, azul ultramar o el más puro carmesí. Pero primero habéis de aprender la técnica del óleo, después pasaremos el boceto a la tabla y a su debido tiempo comenzaréis a pintar.
—Ardo en deseos de iniciar mi aprendizaje, pues se me antoja que será largo para llegar a un buen fin —declaró con pasión Marie.
—Comprobemos en primer lugar lo que sois capaz de hacer. Mostradme la plumilla de vuestra madre que me habéis traído y la estudiaremos juntas sin dejar detalle —pidió entonces doña Marina.
Y de este sencillo modo quedó inaugurada la nueva rutina de trabajo. Marie madrugaba a diario para acudir al taller de doña Marina acompañada de Colasillo y Violet. Llevaban en una cesta la comida que les preparaba Teodora, y la jornada se alargaba de sol a sol. Los niños jugaban a ratos con los de doña Marina y también cumplían las tareas que se les encomendaban. Colasillo observaba atento los avances de Marie en el dibujo y escuchaba las explicaciones de doña Marina sobre resinas y aceites para elaborar tintas fluidas y transparentes, sobre la preparación de la tabla, sobre cómo se lograban los efectos de luz, sobre las veladuras y sobre muchas cosas más que al niño a veces le costaba comprender.
El señor de Gourney no se había opuesto a estas salidas, al principio porque Teodora le había aconsejado que tuviera paciencia y, pasado un tiempo, porque también él encontró una distracción que lo mantenía entretenido y contento. Don Juan de Clarebout le había pedido consejo para confeccionar mapas y planos de su extensa hacienda de olivar y acudía a menudo a la Casa de los Lilos para conversar con él, a la espera de que su salud le permitiera viajar para ver sobre el terreno lo que se debía representar en el papel.
Cuando doña Marina decidió que el boceto para el retrato estaba terminado y había llegado el momento de trasladarlo a la tabla para convertirlo en un óleo, hizo una revelación inesperada a Marie.
—No poseo ninguna tabla del tamaño de la que necesitáis y, aunque quisiera, no me puedo permitir comprarla —explicó—. No os confié toda la verdad al informaros de que mi marido, Jacome de Gelre, estaba en la corte de un príncipe alemán. En realidad, me abandonó y quiso vender el taller a maese Dirc, dejándome en la miseria con mis desamparados hijos.
—¿Y vuestros hijos mayores que lo acompañaron en su viaje estaban al tanto de lo sucedido y consintieron vuestro abandono? —se admiró Marie.
—Eran mis hijastros, aunque los crié desde la infancia, y no sé si conocieron los designios de su padre. Lo esencial es que logré parar el golpe. Enterada de las intenciones de mi traicionero esposo porque escuché sin quererlo una conversación que mantuvo con maese Dirc en la que lo tanteaba para convencerlo de quedarse con el taller por cierta suma mientras él viajaba a Alemania, me adelanté a sus propósitos y reuní yo algo menos de lo que pedía vendiendo mi ajuar de encaje de Brujas y algunas joyas. Después lo mandé citar en un mesón, cuyo dueño le entregó una bolsa y una carta en la que supuestamente maese Dirc le escribía que estaba de acuerdo en quedarse con el taller por la suma que ponía en sus manos, pero que tenía que marcharse de inmediato sin cruzar palabra con él para que no lo consideraran cómplice del desamparo de su familia.
—¿Y aceptó el trato? —se interesó Marie al ver que doña Marina interrumpía la narración.
—Aceptó el muy bellaco —repuso esta—. Pocos días le bastaron para desaparecer de Sevilla sin despedirse de mí ni de sus tiernos hijos. Entonces urdí otra mentira para contentar a maese Dirc. Le dije que Jacome de Gelre había tenido que partir de improviso y había dejado establecido que él se hiciera cargo de la dirección del taller hasta su regreso.
—¿Y no receló nada? —preguntó Marie.
—Se me figura que sus sospechas tuvo —admitió doña Marina—. Pero yo lo colmé de alabanzas, y maese Dirc, aunque de buen natural, es sensible a los halagos. Además, mi esposo tiene un carácter veleidoso, y lo que un día afirma, al otro lo desmiente; hoy quiere una cosa, y mañana, la contraria. Por eso no se ha descubierto mi mentira hasta el presente.
—Yo en vuestro lugar habría despedido a vuestro marido dando la cara y me habría hecho cargo del taller, puesto que tenéis dotes para ello —repuso con vehemencia Marie—. Os podíais haber ahorrado tantas mentiras.
—Me admira vuestro juvenil candor —replicó con tristeza doña Marina, meneando la cabeza—. Ni mi marido habría consentido cederme el taller ni yo habría podido ponerme a la cabeza. ¿Cuál de los pupilos habría querido permanecer a mis órdenes? ¿Qué encargos obtendría del clero, la nobleza o los comerciantes? Las mujeres somos subordinadas, nunca soberanas de lo nuestro más que mediante subterfugios.
—Nos obligan al engaño y la doblez, y luego se duelen hipócritamente de nuestros femeniles defectos —se quejó con amargura Marie.
La irrupción repentina de Colasillo en la habitación interrumpió la conversación. Venía renegando de Violet, quien ahora que había aprendido a expresarse medianamente, se valía de su mayor tamaño y fuerza para mandar sobre la chiquillería en los juegos que emprendían.
—Atended a vuestro hermano —concedió doña Marina—. Yo no tengo más que hablar. Nuestra charla se resume en que debéis encontrar un modo de conseguir la tabla que necesitamos para proseguir con la pintura, puesto que yo no os la puedo proporcionar.
—Maese Dirc las tiene a montones en su taller, y de muchos tamaños —terció Colasillo, cogiendo al vuelo las palabras de doña Marina.
—¿He escuchado mi nombre? —preguntó en ese punto maese Dirc desde la puerta—. ¿Es oportuna mi visita?
Marie le sonrió y tapó con la mano la boca de Colasillo para evitar que se le escapara una indiscreción.
Maese Dirc tenía los ojos claros, era de risa fácil y poseía una voz que encandilaba a Marie. Desde que se había percatado de la presencia de esta en el taller de doña Marina, menudearon sus visitas y siempre se mostraba dispuesto a alabar los progresos de la joven pintora, sin señalar jamás los defectos ni ofrecer consejos a menos que se le requirieran.
—¿Amordazáis con tal saña a vuestro hermano para impedir que se queje de su suerte? —inquirió risueño maese Dirc al observar la escena.
—Bien podría quejarse, puesto que no se cumplió lo que se le había prometido —contestó Marie—. Mas Colasillo sabe que mi padre no puede hacerse cargo ahora de los gastos que supondría su enseñanza en vuestro taller y tiene paciencia.
—Yo no soy ningún ingrato —intervino Colasillo, que se había librado de la mano represora de Marie—. Y nunca soñé vivir con tanto regalo como ahora disfruto. Tiempo no me ha de faltar para aprender cuanto precise en el futuro, y de momento me contento con lo que alcanzo a entender en el taller de doña Marina mientras enseña a Marie, quien está más predispuesta por su edad y uso de razón para aprovechar  la instrucción.
—Comedidas palabras para tan pocos años —opinó complacido maese Dirc—. Vuestra hermana hace mal en desconfiar de vuestra boca.
—Desconfía de mi osadía, y no se equivoca, pues ahí va lo que ella no querría que dijese: Marie no tiene tabla para pintar su retrato, y yo sé que en vuestro taller no os faltan. Mandadme serviros en lo que deseéis a cambio de entregar a mi hermana la que mejor le cuadre para su obra, y no os defraudaré —explicó Colasillo a la carrera para que no lo interrumpieran.
—¡Demonio de chiquillo! —exclamó Marie, tirándole del brazo, pero ya no había remedio, pues había terminado su parlamento.
Maese Dirc se rió de buena gana, atusándose el mostacho mientras reflexionaba.
—Os acepto a mi servicio, pues necesito un modelo para un cuadro que voy a empezar. Seréis un fauno del bosque, pero también he de encontrar una hermosa joven que pose como  ninfa —manifestó después.
—En la Mancebía abundan bellas izas que posarán para vos gustosas por pocas monedas —declaró Colasillo, antes de que Marie le tapara de nuevo la boca.
—No ha de seguir hablando este lenguaraz hermano mío al que vos reputáis de discreto —indicó Marie, empujando a Colasillo fuera del taller—. Os agradecemos vuestro ofrecimiento…
—En vos pensé al imaginar mi ninfa —la cortó maese Dirc, antes de que la joven concluyera su negativa—. Iba a pediros de todos modos si me hacíais el inmenso favor de posar para mí.
Marie lo miró con ojos asombrados y se ruborizó, pero permaneció en silencio. Maese Dirc prosiguió explicando con su hipnotizante voz para convencerla:
—No os ruego que seáis mi modelo a cambio de la tabla, pues esa os la regalo de todo corazón, sino porque repito que es vuestra imagen la que acude a mi mente cuando concibo mi obra acabada. Vos seréis la ninfa con la suelta cabellera adornada de flores que resplandece en medio de un frondoso bosque junto al cristalino manantial en el que acaba de bañarse, mientras un fauno toca la flauta apoyado en el tronco de un árbol vecino.
—No es poco lo que pedís a mi pupila —intervino en ese punto doña Marina—. Aparecer en una pintura mitológica como esa, siendo su figura central, no es cosa que se pueda decidir irreflexivamente, y aunque Marie aceptara, necesitaría el permiso de su padre, puesto que es hija de familia y no le consentirán actuar a su libre albedrío.
—No se hable más. Comprendo y admito todo —concedió maese Dirc, quien, cogiendo la mano de Marie para besarla, añadió—: Tomaos el tiempo que preciséis para decidiros, y mientras me dais la respuesta que anhelo, proseguid con el retrato de vuestra madre sobre la tabla de mi taller que mejor os convenga para vuestros fines.
Doña Marina no quiso dejar escapar la ocasión que se les había presentado y expresó:
—Este momento es tan bueno como cualquier otro para elegir la tabla. Vayamos, pues, a vuestro taller, y hoy mismo podremos comenzar su preparación, aplicándole el aparejo de creta y cola que tendrá que secar antes de iniciar la verdadera pintura.
Maese Dirc se mostró de acuerdo y cruzaron el patio donde los niños jugaban a la taba sentados en el suelo para dirigirse a su taller. Allí aguardaba una dama joven, vestida con ricos ropajes oscuros y engalanada con costosas joyas que adornaban su cabello recogido en un alto tocado, sus orejas y su escote. Al verla, maese Dirc se disculpó con una reverencia por haberla hecho esperar y se apresuró a besarle la mano. Doña Marina también le hizo una inclinación de cabeza como saludo y mandó a uno de los aprendices, ocupado en limpiar pinceles, que le acercara un asiento.
La dama se dejó agasajar sin quitar los ojos de Marie, quien también la observaba con interés, pero nadie las presentó. Doña Marina se llevó a Marie al rincón del taller donde se amontonaban las tablas, mientras maese Dirc se deshacía en halagos con la dama, al tiempo que le mostraba y explicaba el enorme tríptico de la Anunciación sobre el que estaba trabajando.
—¿Quién es? —susurró Marie a doña Marina, sin poder contener más su curiosidad.
—Doña Guiomar, hija de don Juan de Clarebout —replicó esta, también en voz baja—. Aparecerá como donante en el retablo que pinta maese Dirc para la iglesia de San Miguel, por eso viene ataviada con tanto empaque para el posado.
Doña Marina, ayudada por un aprendiz, movió y revolvió las tablas, sopesando su calidad y tamaño, hasta dar con la que estimó adecuada. Entonces pidió al aprendiz que la trasladara a su taller, y Marie quiso acercarse a donde estaba maese Dirc para darle las gracias por su regalo.
—Vos sois la hija del señor de Gourney, que vive en la Casa de los Lilos y a quien mi padre visita con frecuencia —declaró doña Guiomar, pues al parecer también se había informado sobre la joven.
—Así es. Vuestros padres fueron muy amables conmigo y a ellos les debo estar ahora en esta casa, cumpliendo uno de mis sueños —repuso Marie con cortesía.
—De eso también estoy enterada. ¿Habéis comenzado ya el retrato de vuestra madre? —se interesó doña Guiomar.
—A punto estoy, gracias a maese Dirc —respondió Marie, sonriendo a su benefactor.
Maese Dirc le devolvió con creces la sonrisa, y este gesto no pasó inadvertido a doña Guiomar, quien manifestó:
—Yo no tengo paciencia para aprender a pintar. Me contento con ser la musa de los pintores que dejarán reflejada mi imagen para la posteridad. Vos así lo haréis en vuestro tríptico, maese Dirc. ¿Me sacaréis hermosa?
—Tanto como la Virgen anunciada, que ya está acabada en los más ricos colores —contestó zalamero maese Dirc, señalando con la mano su obra.
Marie se fijó en la imagen de la joven María, sentada junto a una ventana por la que entraba la iluminación con un libro sobre el regazo y escuchando al ángel alado que se hallaba a su izquierda, todavía sin terminar de pintar. La Virgen llevaba la ondulada melena castaña cubierta por un tenue velo azul brillante que dejaba entrever una túnica amarilla, dispuesta en suaves pliegues que llegaban al suelo y ocultaban sus pies.
—Los colores son admirables —comentó extasiada Marie—. Esos mismos son los que yo querría para mi cuadro.
—No demostráis mal gusto ni inclinación, pues son los más caros —observó doña Marina—. El azul ultramar se obtiene de la piedra llamada lapislázuli y vale más que el oro, por lo que se suele destinar a las representaciones de lo divino y la realeza.
Maese Dirc explicó a su vez:
—El origen del amarillo indio es menos noble, pues procede de la evaporación de la orina de las vacas, pero es casi igual de caro porque para lograrlo hay que alimentarlas únicamente con hojas de mango y agua. Después hay que traer a Sevilla el pigmento desde Bengala, que es donde se produce.
Marie permaneció en silencio, contemplando los espléndidos colores y pensando con tristeza que, si eran tan costosos, ella no podría permitirse esos lujos. Doña Guiomar la sacó de sus cavilaciones al expresar, frunciendo la nariz con asco indisimulado:
—Yo no quiero ese vil amarillo de orina por mucho que lo alabéis. A mí me pintaréis el vestido de rojo carmín, como desea mi padre, pues no ha de escatimar en gastos para darme gusto. Él mismo os entregará para que fabriquéis el color los panes de grana cochinilla que compró ha un año a las naos de ultramar.
—Tampoco es mala elección ese rojo brillante y perfecto, cuyo origen se guardan para sí quienes lo conocen, sin precisar si proviene de un animal, gusanillo o semilla —aseveró maese Dirc—. Lo cierto es que de la Nueva España nos llegan esos panes de grana cochinilla que decís junto con la plata, y es color propio de la nobleza y el clero de toda la cristiandad por su precio y gran belleza, mas debo advertiros que en vuestro caso rivalizará y saldrá perdedor en la contienda con la que vuestro rostro posee y yo procuraré reproducir con mi mejor arte.
Mientras así hablaban, doña Guiomar, caminando pomposa con su indumentaria de gala como pavo real que se envanece por su adornada cola, se había acercado a un boceto a carboncillo que había apoyado en un caballete cerca del grandioso tríptico en el que laboraban varios de los ayudantes del taller en oficios de pintura secundarios.
—Decidme, maese Dirc, ¿no es esa silueta colocada en el lateral derecho del retablo el lugar que habéis reservado para pintarme como donante? —preguntó después de observarlo—. No entiendo la composición de este boceto.
—Es para otra pintura que nada tiene que ver con la Anunciación —se apresuró a explicar maese Dirc—. Vos apareceréis en el retablo justo donde ya está esbozada vuestra silueta.
La misma Marie habría sido incapaz de precisar qué pensamientos fugaces cruzaron su mente ni qué oculto resorte rozaron para inclinarla a pronunciar de manera inesperada unas palabras que ella misma se admiró al escuchar, aunque no se arrepintiera por su osadía:
—Yo seré quien pose para ese nuevo cuadro, que se me antoja precioso. Maese Dirc, consiento en ser vuestra ninfa del bosque y de buena gana me convertiré en vuestra modelo para que me pintéis con los más bellos colores de vuestra paleta.

© Extraído del capítulo 14 de mi novela  La historia escrita en el cielo2012. 


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  









¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. 

lunes, 7 de octubre de 2019

Balenciaga en mi memoria


Balenciaga en mi memoria
De haber vivido, mi madre habría cumplido cien años el 30 de junio pasado. El 4 de julio, decimonoveno aniversario de su muerte, quise celebrar su memoria visitando en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid la exposición «Balenciaga y la pintura española», cuyo objetivo era demostrar la vinculación de la creación del influyente diseñador de moda vasco con la tradición pictórica española de los siglos xvi al xx,  reuniendo en salas sucesivas 90 de sus diseños con cuadros de pintores tan inconfundibles como Goya, el Greco, Zurbarán, Velázquez, Murillo, Madrazo o Zuloaga.

La exposición era una invitación para acercarse al arte desde una mirada diferente, fijando la atención en los pintores como creadores y trasmisores de moda, como maestros en la representación de telas, texturas, caídas y pliegues, tal como debió de  concebirlos Balenciaga. Pero para mí la exposición fue eso y mucho más: en la mayoría de los trajes expuestos quise adivinar la diestra mano de mi madre, la de mi tía o la de mi prima mayor…

Al madrileño taller de Balenciaga de la calle Caballero de Gracia se entraba muy joven como aprendiza, al principio solo para hacer recados, llevar los trajes terminados a los domicilios de las clientas e ir asimilando poco a poco las técnicas de la costura desde las tareas más básicas, como sobrehilar o pasar hilos, en los ratos libres. Así comenzó mi tía Pilar a los catorce años a mediados de la década de 1940. Por entonces, mi madre, siete años mayor, ya era una modista experimentada que trabajaba en otro prestigioso taller de costura madrileño.

Su trayectoria cambió cuando el establecimiento de Balenciaga, debido al éxito, tuvo necesidad de ampliar la plantilla. Como a las maestras les habían llamado la atención los vestidos bien cortados que lucía mi tía Pilar, sabían que tenía una hermana mayor que se los cosía, así que le pidieron que le preguntara si querría cambiar de taller.  De este modo, mi madre entró en Balenciaga ya sentada como oficiala. Pero no la emplearon de modista como esperaba, sino como sastra, a las órdenes del señor Emilas. Fue el propio Balenciaga quien le explicó que modista ya era, pero tenía que demostrar si lograría avanzar más, y le contó que de niño, cuando decidió que quería aprender a coser, una noche había deshecho un abrigo que su madre tenía preparado para entregar a una clienta y lo volvió a armar sin que nadie se enterara. De ahí salió el lema que mi madre nos repitió durante toda la vida: «lo que alguien ha sido capaz de hacer también puedo hacerlo yo». Es cuestión de confianza, tesón y esfuerzo. Mi madre aprendió a hacer trajes de chaqueta y abrigos de factura impecable, e incluso pantalones. Balenciaga en persona le enseñó a planchar con planchas de carbón que se iban reponiendo a medida que se enfriaban y utilizando siempre una tela de algodón sobre la prenda para evitar brillos: primero se plancha lo que menos se ve y por último siempre lo más visible, esto es, el cuello y los delanteros de la prenda.

Los años que pasaron en el taller de Balenciaga mi madre y su hermana marcaron sus vidas. Siempre tenían alguna anécdota que contar. Las larguísimas jornadas de trabajo cuando había que preparar colecciones, las horas de prueba como si fueran modelos porque a Felisa, la maestra, les parecía que tenían un tipo estupendo y todo les sentaba bien… Era frecuente que al llegar por la mañana se encontraran el trabajo realizado sobre algún modelo completamente deshecho. Balenciaga en persona lo había convertido en un «pulpo» de telas sueltas porque estaba descontento con el resultado. «Como al hago y deshago ganamos lo mismo», comentaban las sastras y modistas que tenían que retomar la costura y armar otra vez el modelo según las nuevas indicaciones de Balenciaga. La perfección era la marca de la casa.

Había épocas del año entre colecciones que el taller cerraba y las empleadas se quedaban en casa. Entonces era cuando cosían por su cuenta para clientas que no querían o podían pagar los altos precios del afamado taller pero deseaban lucir ropa elegante, cosida por las mismas manos expertas que lo hacían para Balenciaga. Había una regla no escrita: nunca se copiaban modelos de la temporada.

Cuando mi madre y mi tía se casaron, lucieron espléndidos trajes de novia regalo de Balenciaga, confeccionados por sus compañeras de trabajo. También les cosieron todo el vestuario necesario para sus largos viajes de boda. Ninguna de las dos volvió a coser para la calle, como ellas decían. Pero a sus hijas e incluso nietas nos hicieron los vestidos más bonitos, los abrigos mejor cortados y los trajes de chaqueta que eran la admiración de quienes nos los veían puestos. Todavía guardamos algunos de ellos como oro en paño. Y al contemplar los modelos expuestos en la exposición del museo Thyssen, recordé vestidos de nuestra madre con los que jugamos de niñas y nos disfrazábamos para las funciones teatrales del colegio. Mi hermana Pilar, por ejemplo, hizo de imponente madrastra de Blancanieves ataviada ante el espejo de las preguntas con un señorial vestido de raso gris claro idéntico a uno que había en la exposición.

Gracias a nuestra madre, aprendimos a entender de costura, a distinguir calidades de tela, a apreciar una manga bien pegada y a conocer el proceso de confección: los patrones de papel, su paso a la toile para la primera prueba, su refinado para cortar después en la tela elegida, las pruebas sucesivas y los remates finales… ¡Y cómo se cogía el bajo para que quedara parejo! Sin embargo, a ninguna nos permitió aprender a cortar. No quería que siguiéramos sus pasos, como años antes había hecho nuestra prima mayor, que trabajó en Balenciaga hasta el día en que cerró sus puertas. Nos imaginaba universitarias y se esforzó para que nada nos desviara de la senda del estudio. Y lo consiguió. Ella nos cosía mientras nosotras avanzábamos en las carreras que habíamos elegido.

Ahora, pasados los años, no olvidamos su labor y nos damos cuenta de que perteneció a una elite artesanal de la costura difícil de imitar. Cuando nos reunimos, siempre sale a relucir Balenciaga y las anécdotas que nos contaba nuestra madre mientras cosía y nosotras la ayudábamos con sobrehilados, hilvanes, ojales y otras tareas menores de aprendizas. El valor del trabajo bien hecho que le inculcó don Cristóbal Balenciaga, del que nos hablaba incluso cuando ya padecía el mal de Alzheimer e iba olvidando los recuerdos recientes y los afanes del día a día, fue un legado que dejó a sus hijas e hijo, y que nosotros, a nuestra vez, hemos transmitido a nuestras generaciones siguientes. 

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas.