viernes, 9 de abril de 2021

Falacias

Qué bonitas las amapolas que crecen en lo alto del muro de la fotografía. Sin embargo, si se baja la vista un poco, la percepción varía: aparecen grietas e incluso piezas de ladrillo que ya han caído o acabarán desmoronándose...  Esta imagen es una ilustración perfecta para el contenido que desarrolla este texto. Las falacias  son vistosas, llamativas pero, una vez descubiertas, siempre desprestigian a quien las utiliza.

 Proveniente del latín fallacia, nuestra voz castellana ‘falacia’ significa, según el diccionario académico, engaño, fraude o mentira con la que se pretende perjudicar a alguien. En una argumentación, una falacia es una asunción que parece lógica y verdadera, pero que en realidad es falsa y esconde incoherencias engañosas o mentiras. Al escribir un texto, se puede caer en falacias no intencionadas debido a descuido o ignorancia, pero también a menudo se recurre a ellas de manera deliberada con el fin de persuadir o manipular. Una lectura atenta es capaz de descubrir cualquier falacia, que siempre constituye una debilidad de discurso. Existe una extensa tipología que se ha ido recogiendo desde tiempos de Aristóteles. Las falacias más habituales que empobrecen la escritura son las siguientes: 

·       La conocida con la locución latina non sequitur para señalar aquella afirmación que no se sigue lógicamente de lo que se acaba de expresar; esto es, toda conclusión que no se desprende de las premisas: Ernesto es un buen escritor, así que se hará rico con sus novelas (¿cuántos buenos escritores se hacen ricos?).

·       Las generalizaciones precipitadas, esto es, basadas en escasos datos o en datos excepcionales o sesgados: Los jóvenes son trabajadores irresponsables (muchos jóvenes son muy responsables).

·       El argumento ad populum o falacia de apelación a la multitud, por medio de la cual se afirma como válido algo que hacen o dicen muchos solo por ese motivo: Todos copian en los exámenes, luego yo también (la mayoría no siempre tiene razón).

·       El razonamiento circular, que consiste en volver a afirmar lo que se acaba de decir; esto es, la premisa contiene la conclusión que el razonamiento pretende comprobar: Elena es muy perezosa porque no le gusta trabajar (ser perezosa y no gustarle trabajar significa en esencia lo mismo).

·       Las maniobras de distracción o pistas falsas, con las que se pretende desviar la atención del tema principal hacia otro carente de relevancia para lo tratado: ¿Por qué preocuparnos por unos miles de refugiados cuando deberíamos hacer algo acerca del calentamiento global? (la crisis de los refugiados no tiene nada que ver con el calentamiento global).

·       Post hoc, ergo propter hoc, locución latina con la que se describe el error de asumir que puesto que un hecho sigue a otro, el primero es la causa del segundo: La nueva alcaldesa asumió el cargo hace dos meses y la delincuencia ha aumentado un 25 por 100 (es poco probable que la llegada al poder de la alcaldesa haya provocado ese aumento de la delincuencia).

·       La falsa dicotomía, que establece la existencia de dos únicas alternativas cuando en realidad hay más opciones: Solo cabe prohibir las drogas o destruir la humanidad (existen otras posibilidades, desde luego).

·       La falsa analogía, en la que se cae al asumir que puesto que dos cosas son semejantes en algunos aspectos, han de serlo en todos: Como estos  libros son igual de gruesos y tratan del mismo tema, da igual leer uno que otro (la extensión y el tema de los libros no predice si uno es bueno, si lo son los dos o no lo es ninguno).

·       El equívoco o falacia debida a la ambigüedad, consistente en hacer una afirmación basada falsamente en el empleo de un vocablo que tiene dos acepciones diferentes: Se debería autorizar el suicidio, puesto que la muerte es el fin de la vida (¿se entiende fin como ‘término’ o como ‘objetivo’?).

La pregunta capciosa, por último, también puede considerarse un tipo de falacia. El adjetivo ‘capcioso/a’ proviene del latín captiōsus y significa, aplicado a una palabra, una doctrina, una proposición, etc., falaz, falsa; y aplicado a una pregunta, argumentación o sugerencia, que se formula para arrancar a quien se destina una respuesta comprometedora. La pregunta capciosa presupone en su formulación una respuesta a algo que no se ha preguntado: ¿En qué paraíso fiscal esconde el dinero robado? (se sobrentiende que se ha robado dinero). ¿Ha dejado ya de plagiar textos? (se sobrentiende que ha habido plagios).

Vuelvo a la imagen inicial de este texto. Así como las mismas raíces de esas plantas de vistosas flores que dominan las alturas y atraen la primera atención pueden ser las causantes de que el muro se derrumbe, así también un texto en el que echan sus raíces las falacias acaba siempre desmoronado.

Texto extraído en parte de mi manual de escritura La lengua destrabada, Madrid, Marcial Pons, 2017.

La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  


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lunes, 8 de marzo de 2021

Nombres de mujer

Me lo habían contando. Sabía que iba a pasar antes o después, pero no estaba preparada. No creo que ninguna niña lo esté cuando ocurre. Después de toda una vida, todavía recuerdo perfectamente el día: jueves, 13 de enero, última hora de la mañana escolar. Al final de la clase de ciencias naturales, cuando me levanté para despedir al profesor, la compañera que se sentaba en el pupitre de detrás me avisó que tenía una mancha en el babi. Como me encogí de hombros y seguí a lo mío, recogiendo mis bártulos, otra compañera alertada puntualizó que era de sangre. Me asusté y tiré del babi hacia delante: ¡era cierto! Te ha venido la regla, me dijeron cuando me quedé embobada mirándola. Quítate el babi para que no se note. Obedecí, lo arrebujé en la cartera, me puse el abrigo y deseé tener alas para regresar volando a casa y que mi madre me consolara.

Ella me llevó al cuarto de baño y me enseñó a lavarme en el bidé. Después me dio un grueso taco de celulosa para que lo colocara dentro de las bragas sujeto con dos imperdibles. ¿Es que iba a seguir sangrando?, me desesperé. Varios días, incluso por la  noche, fue la respuesta. Yo no podía andar bien con tanto bulto entre las piernas. Parecía un pato. Temía que se me cayera el paquete en cualquier momento. Cuando nos sentamos a la mesa para comer, mi hermana mayor dijo que ya era mujer, como ella.

No sé si llegué a echarme a llorar. Mi recuerdo es que estaba tristísima. Si ser mujer era eso, yo no quería crecer, a pesar de haberlo deseado tanto cuando me castigaban y me mandaban a mi cuarto a pensar: lo primero que siempre se me venía a la cabeza era hacerme mayor para ser dueña de mí misma. Ya no lo quería; prefería seguir siendo niña. Me gustaba muchísimo correr, subirme a los árboles, hacer cabañas… Fueron los días peores de mi vida y se me hicieron eternos. Te acostumbrarás, me dijo mi hermana mayor. Al menos ahora no nos obligan a quedarnos sentadas sobre un cesto lleno de lana, como a las mujeres de la Biblia. Yo pensé que lo preferiría.

Dejé de jugar en los recreos. Toda la clase se dio cuenta de lo que me había pasado, y vinieron las recomendaciones de las más enteradas: si se me cortaba la regla, me volvería loca y, para evitar que sucediera, no podía lavarme la cabeza ni tomar vinagre, limón ni nada picante ni muy frío; tenía que procurar que no se me enfriaran los pies y protegerme de las impresiones fuertes. Me enumeraron además los perjuicios que podía causar durante esos días menstruales: si tocaba una flor, se marchitaría; si intentaba hacer mayonesa, se cortaría; si amasaba un bizcocho, no subiría al cocerse en el horno. Me explicaron que daría un estirón, el último, porque a partir de entonces ya no crecería más, que me saldrían las tetas y también vello en los sitios que lo tienen las mujeres. Luego me revelaron que la menstruación era como las lágrimas, también saladas solo que de sangre, y que había muchos modos de hablar de ella sin que los hombres se enteraran: estoy mala; estoy con el periodo; me ha venido el tío de la contribución; está de visita Periquillo Tintorro… Todo me parecía espantoso. También me previnieron que algunos meses sentiría mucho dolor. Cuando pregunté dónde, Humildad, una interna algo mayor que las demás compañeras, respondió que en el bajo vientre: sangramos porque todos los meses se nos hace ahí una herida… Menos mal que para eso había remedios: una copita de ginebra, coñac o cualquier licor fuerte; también una pastilla de Saldeva que, como su nombre indicaba, era la medicina que se creó para Eva cuando abandonó el Paraíso y comenzó a sufrir padecimientos por ser mujer.

Como ella había sido la culpable de todo lo malo que nos había sobrevenido a las mujeres desde entonces, a ninguna nos solían poner su nombre. Nuestras madres y abuelas preferían otros más católicos: Fe, Esperanza y Caridad; Virtudes, Prudencia, Casta, Modesta o  Luzdivina. Pero, sobre todo, nos ponían nombres relacionados con la vida de la Virgen: Inmaculada Concepción, Presentación, Encarnación, Asunción, Purificación, Visitación, Milagrosa, o con sus diversas advocaciones: Auxiliadora, Angustias, Consolación, Carmen, Dolores, Pilar, Llano, Valle, Montaña, Pastora, Prado, Puerto, Medalla, Regla, Remedios, Reyes, Soledad. Incluso, como canta la copla, María de la O.

Hubo un tiempo en que la mayoría de las mujeres españolas nos llamábamos María y algo más. Cuando años después me fui a vivir a México,  una compañera de trabajo me comentó entre risas que los nombres de las españolas no se decían: se exclamaban. Por fortuna, esa usanza ha cambiado. Ahora nuestras hijas y nietas tienen nombres más originales que caben sin problemas en cualquier impreso y no inducen a error ni exigen explicaciones, por ejemplo, al viajar a Estados Unidos, como nos sucede a las seis hermanas que somos en mi familia: todas María a sus ojos, puesto que el middle name de la advocación mariana no cuenta.  

Pienso que también se han superado algunos tabúes relacionados con la regla. Se ha mejorado bastante con los avances higiénicos y los nuevos medios para recogerla, aunque todavía sea un lastre en la vida de muchas mujeres. Una de mis hermanas bromeaba con que si fueran los hombres quienes la padecieran, ya se habría inventado algo para suprimirla. Por eso es tan importante que haya científicas, concluía siempre.  

Está en lo cierto. Es importante que las mujeres sigamos avanzando para ocupar todos los puestos que como mitad de una sociedad justa y equitativa nos corresponden. Es crucial que se supere para siempre una sociedad en la que se predica que si una mujer no es el ángel de su hogar es que es un monstruo. Nuestras abuelas y madres, aun sin percatarse muchas veces, nos han ido abriendo la senda en los cambios de mentalidad, como recoge el siguiente poema de Alfonsina Storni, titulado «Pudiera ser»:

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer…
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna… Ah, bien pudiera ser….

A veces a mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

Nos acostumbramos a llevar el nombre que nuestras madres nos eligieron o, cuando no nos gustan, los cambiamos por hipocorísticos (Cuca, Charo, Chavela, Chelo, Lola, Lali, Mariló, Toña, Tula) o por apócopes (Cris, Fina, Leo, Mari, Puri, Trini). Nos acostumbramos también a normalizar la menstruación porque todas las mujeres la vivimos cada mes durante una larga etapa de nuestra existencia, probablemente la más trascendental porque es en ella en la que tomamos decisiones que nos condicionarán para siempre: tener descendencia. Y, sin embargo, es una realidad camuflada, casi oculta. Las palabras que sirven para nombrarla incomodan y despiertan pudor en quien las dice y en quien las escucha. Mucho más cuando se escriben. Por eso se recurre a eufemismos. La menstruación está tan invisibilizada que ni siquiera se asocia con la sangre. ¿Por qué resultan tan obscenas las imágenes de la sangre menstrual y, en cambio, se toleran las de sangre provocada por violencia?

Me doy cuenta de que yo misma podría haber contribuido a normalizar esta realidad si hubiera titulado este texto «Sangre de mujer» en lugar de «Nombres de mujer». Llamar a las cosas por su nombre: este es el motivo por el que he preferido el segundo título, a mi entender, más abarcador. A veces queremos nombrar, pero no encontrarnos las palabras que nos sirvan. La necesidad de ser visibles y mostrar los problemas que afrontamos nos obliga como mujeres, la mitad de la humanidad, a acuñar nuevas palabras y otorgar nuevos significados a las ya existentes. Esos son nuestros nombres, los de todas las mujeres, que ponemos al servicio de la sociedad para entendernos y desarrollarnos en igualdad.
       


La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  







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jueves, 4 de febrero de 2021

Sobre partir, compartir y participar

La lectura de un artículo dedicado a las debilidades que aquejan a la escritura académica y científica me ha impulsado a escribir acerca de estos tres verbos, a priori alejados en su significado y uso.

El verbo partir, según recoge el Diccionario de la lengua española académico,  proviene del latino partīri, que a su vez deriva del sustantivo  pars, partis (parte). Como transitivo, significa en primer lugar dividir algo en dos o más partes (Partieron el queso en porciones iguales), pero también hender (esto es, abrir o rajar: Se partió la cabeza contra el poste); repartir o distribuir algo entre varios (Partieron la finca entre todos los primos); romper o cascar huesos o cáscaras duras de los frutos para obtener su interior (pasamos la tarde partiendo nueces y almendras); cortar uno o más trozos de algo (Partió una rebanada de pan y dos lonchas de chorizo); en matemáticas, dividir una cantidad por otra (Veinticinco partido por cinco es igual a cinco); y causar un perjuicio grave o destrozar (Su ausencia partió el plan de defensa). Este mismo sentido tienen las frases hechas partir por el eje, que te parta un rayo o mal rayo te parta, mientras que la curiosa expresión  partir peras (con alguien) asume dos sentidos: romper relaciones  o enemistarse (Si no estás de acuerdo, partimos peras y cada cual sigue su camino), que es el más habitual en la actualidad, o tratar a alguien con familiaridad y llaneza, del que apenas hay ejemplos de uso en nuestros días. Para expresar gran armonía e intimidad, la frase hecha vigente es estar a partir un piñón dos o más personas (En lo tocante a las vacunas, gobierno y oposición deberían estar a partir un piñón). Como verbo intransitivo, partir puede significar  salir de un lugar o abandonarlo (Partieron al amanecer sin rumbo fijo); tomar algo como base o punto inicial (De esa idea parte la religión monoteísta); y en lenguaje coloquial y uso pronominal, partirse es reírse a más no poder (Cuando pienso en su cara de asombro, es que me parto). Por lo que respecta a la locución prepositiva a partir de, puede significar desde (A partir de mañana será obligatorio el uso de mascarilla);  contando desde (Es el quinto portal a partir de la esquina) o tomando como base lo que se exprese (A partir de esa premisa, la edad no debe suponer un obstáculo).  

El verbo compartir proviene del latino compartīri, es decir, de partīri más la  preposición prefijada cum- (con) y, por tanto, significa, en primer lugar, repartir, dividir, distribuir algo en partes (Compartiremos pérdidas y ganancias), pero también poseer, utilizar o consumir algo entre varias personas (Ella y yo compartimos habitación varios meses); entregar a alguien parte de algo que se posee (Compartió con su primo el helado) y participar en sentimientos, estados de ánimo u opiniones ajenos (Compartimos su alegría por el premio. Comparto su apreciación del problema).  Como se aprecia en los ejemplos, el verbo compartir es transitivo y va acompañado por un complemento directo. Además, admite un complemento de régimen introducido siempre por la preposición con (Comparto con mis lectores estos poemas). La construcción gramatical es compartir algo con alguien. Ahora bien, en las redes sociales, sobre todo en América Latina, ha surgido una variación de uso, que se está generalizando, consistente en suprimir la preposición con y convertir el complemento de régimen que introduce en indirecto (Les comparto mis objeciones; te comparto esta canción). Su significado de participar en este caso se amplía a enviar y permitir ver o consultar algo desde un emisor a un grupo de receptores seleccionados. De momento, aquende el océano esta construcción sigue chirriando en la escritura, pero puede que acabe aceptándose porque este mismo desplazamiento  u otros similares han ocurrido en el caso de otros verbos (Les comenté mis previsiones y Comenté con ellas mis previsiones. Aclaró a los clientes lo sucedido y Aclaró con los clientes lo sucedido) y están plenamente incorporados a la lengua culta.        

Tres verbos más provienen de la misma raíz latina. El primero es departir, formado con  partīri  más el prefijo de- para significar en principio partir o dividir separando bien las partes;  de ahí pasó a utilizarse con el sentido de enseñar o explicar prolijamente y después ha acabado convertido en un sinónimo culto de conversar argumentando (Si no llovía, salían al jardín, donde merendaban o departían acerca de los sucesos de la capital). El segundo verbo es impartir, que se origina de la misma raíz partīri más el prefijo in-  para significar dar, repartir o comunicar algo, en especial de carácter no material (Estas son las asignaturas que quedan por impartir. Es preciso garantizar que se impartirá justicia ). El tercer verbo es repartir, que antepone a la raíz verbal partīri el prefijo reiterativo re- para significar distribuir en partes, además de clasificar  u ordenar; entregar a personas distintas lo que han encargado o han de recibir;  distribuir de manera  uniforme una materia sobre una superficie;  colocar cada elemento en su sitio o destino, y adjudicar los papeles de una obra dramática a los actores que la representarán. Existe, asimismo, un onomatopéyico refrán castellano sobre este verbo que no necesita explicación: El que parte y reparte se queda con la mejor parte.

El verbo participar, por último, proviene del latino participāre, a su vez derivado del sustantivo pars, partis (parte) y el verbo capĕre (tomar, agarrar). De ahí, su significado principal: tomar parte en algo. Como verbo intransitivo, significa además  recibir una parte de algo (Todos participan del banquete); compartir las mismas opiniones, ideas, etc. (Participo de tus sospechas. Estas regiones participan del mismo clima), y tener parte en cierta empresa o estar asociado a ella (Mis hermanas también participan en esa sociedad limitada). Como verbo transitivo, participar significa comunicar, hacer saber, notificar  e incluso advertir (El rector participó la nueva convocatoria de becas. Te participo que no me asustan tus amenazas).
Parecería que este verbo no presenta ninguna dificultad de uso y, sin embargo, algo está sucediendo ante nuestros ojos… El sustantivo que le corresponde es participación, que equivale a comunicación, notificación o invitación.  ¿Quién no ha recibido una participación de boda? Las familias patriarcales solían enviar un tarjetón impreso en el que aparecían  arriba, separados a izquierda y derecha, el padre y la madre del novio, y el padre y la madre de la novia, y a continuación, en renglón aparte y centrado, el siguiente texto: participan el enlace (o la  boda)de sus hijos. Sin embargo, ahora muchas de estas invitaciones clásicas convierten el verbo transitivo e intransitivo, y los padres ya no participan (comunican) el matrimonio de sus respectivos hijos, sino que participan en (toman parte) el matrimonio de esos mismos hijos. ¿Es un error debido a ignorancia o un cambio de perspectiva para dar a entender que los padres estarán presentes en un acontecimiento que les agrada, pero del cual ceden el protagonismo a sus hijos?  Aunque he recibido varias invitaciones con este curioso cambio, no me he atrevido a preguntar a los contrayentes el motivo que lo ha provocado.

Al comienzo de este texto recurrí a la locución latina a priori, que es la apropiada cuando se desea establecer un punto de partida determinado antes de examinar el asunto tratado. Su par es a posteriori, que significa después de haber conocido el asunto de que se trate. Así pues, cabría afirmar que aunque a priori los verbos examinados podían parecer lejanos entre sí, a posteriori se ha demostrado que, cuando menos, comparten origen en el sustantivo latino pars, partis. Esto viene a colación porque en el artículo mencionado sobre las debilidades de la escritura académica y científica se denunciaba que a menudo se utiliza a priori y a posteriori como ‘en primer lugar y a continuación o después’. No creo haberlo encontrado nunca en mis numerosas correcciones de textos, pero dejo constancia del error que supone por si a alguien le sirve de ayuda.   


La lengua destrabada


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sábado, 9 de enero de 2021

A propósito de la borrasca Filomena

Borrasca Filomena
Las previsiones se han cumplido. Llevaban días pregonando que se acercaba a las tierras conocidas como la piel de toro ―desde que el geógrafo griego Estrabón así las describiera en el siglo I a. e. c.― una borrasca que haría historia porque no habría registrada  otra igual ni en este siglo ni en el pasado. Nieva sin pausa en el centro de la península; en otros lugares del norte y sur hay cencelladas, ríos y estanques congelados, mar recia, vientos y lluvias torrenciales. Las redes sociales, las cadenas de televisión y los periódicos están repletos de noticias y espectaculares imágenes de este temporal, la borrasca Filomena, que ha venido a amenizarnos y complicar el invierno durante unos días. Esperemos que no muchos porque está creando enormes problemas, que vienen a sumarse a los de la terrible pandemia que sigue devastándonos.     

¿Quién pone nombre a las borrascas? En la península ibérica, esto es, en España y Portugal, se encargan de ello la Agencia estatal de Meteorología (AEMET) y el Instituto Portugués del Mar y la Atmósfera (IPMA), organizaciones dedicadas al estudio de los fenómenos atmosféricos del Atlántico que nos afectan a nosotros y a nuestra también vecina Francia, cuyo agencia a cargo del asunto es MetéoFrance. Estas tres organizaciones, que conforman el denominado Grupo Suroeste Europeo, han bautizado a la borrasca que ahora nos visita como Filomena siguiendo el orden alfabético establecido y la alternancia de nombres masculinos y femeninos. Puesto que la alfabetización se reinicia cada año en octubre, la imponente Filomena puede vanagloriarse de ser la primera borrasca de este año 2021 recién iniciado,  pero dentro de su temporada, como indica su letra inicial, es la sexta.

Según la norma instituida, le correspondía un nombre de género femenino que comenzara por la letra f, pero ¿qué hados han impelido a que se optara por uno de tanta resonancia clásica como Filomena? Si se consulta el Diccionario de la lengua española académico, filomena (con letra minúscula inicial) remite a filomela, voz en la que por fin se define: «Del lat. philomēla, y este del gr. φιλομήλα philomḗla. 1. f. poét. ruiseñor».  Desde la Edad Media, la poesía occidental abunda en alusiones a Filomela o Filomena como tal ruiseñor debido a la popularidad alcanzada por el atroz mito de Procne y Filomela que, basándose en la obra de Sófocles titulada Teseo,  narran los latinos Virgilio y, en especial,  Ovidio (libro VI de las Metamorfosis), y que fue traducido al castellano y francés, respectivamente, por Alfonso X el Sabio y Chrétien de Troyes. Los nombres originales en su versión griega y latina se convirtieron en castellano en Progne y Filomena. La fuerza dramática que contiene la trama en su desarrollo de emociones contrapuestas (amor-odio; lealtad-traición; inocencia-violación; ternura-violencia;  sometimiento-venganza; crimen-castigo) ha mantenido este mito de la Antigüedad clásica vigente durante siglos y ha sido fuente de inspiración para poetas y pintores occidentales de todas las épocas.  

Filomela y Procne, de Elizabeth J. Gardner
Comienza la fábula mitológica cuando Pandíon, el quinto rey legendario de Atenas, entabla una guerra con Tebas por cuestiones fronterizas y cursa una petición de ayuda a Tereo, rey de Tracia. Tras la victoria, ofrece a Tereo por esposa a su hija Procne. Las bodas se celebran a pesar de los malos augurios: no asisten al tálamo Juno, protectora de los matrimonios, ni Himeneo ni la Gracia, y son las Euménides quienes sostienen las antorchas, que han arrebatado de un entierro, y preparan el lecho, sobre el cual se posa un aciago búho. La pareja marcha a Tracia y engendran a un hijo, al que llaman Itis. Pasado el tiempo, Procne pide a su esposo que vaya a buscar a su hermana Filomela porque la echa mucho de menos. Este accede y regresa a Atenas, donde nada más conocer a la joven, se enamora de ella. Filomela, inocente, accede a acompañarlo a Tracia, convenciendo a su padre el rey Pandíon para que la entregue a su custodia. Antes de concluir el viaje, Tereo, dominado por la lujuria, viola a Filomela en un oscuro establo, le corta la lengua con unas tenazas para que no pueda delatarlo y la encierra en una solitaria prisión dentro de las espesuras de un bosque.

Pasa un año de duelo desde que Procne conoce por su esposo la muerte inevitable de su hermana Filomela, quien, en su encierro, ocupa las horas tejiendo en un tapiz su desgracia. Una vez terminado, consigue hacérselo llegar a Procne por mediación  de una esclava. La noche durante la que se celebran los festivales a Baco, Procne, vestida de bacante, sale en busca de su hermana, se la lleva a palacio y juntas urden su venganza. Cuando el pequeño Itis acude al regazo de su madre en busca de caricias, esta exclama: «Quam / es similis patri!», y  este parecido a su padre convence a Procne de que es el castigo justo que  merece su infiel esposo. Ella clava una espada a Itis y Filomela le corta el cuello. Una vez despedazado, cocinan al niño y se lo sirven en banquete a Tereo, quien devora sus propias entrañas con placer. Cuando, saciado su apetito, pide ver a su hijo, la madre, llena de gozo, responde: «intus habes, quem poscis». Tereo no entiende eso de que lo tiene en su interior, hasta que aparece Filomela para mostrarle la cabeza de Itis…

Tereo primero llora y después, lleno de ira, blande la espada persiguiendo a las hermanas Procne y Filomela. Entonces intervienen los dioses del Olimpo. Los tres quedan metamorfoseados en pájaros: Filomela se dirige a los bosques convertida en ruiseñor invisible; Procne asciende a los tejados convertida en golondrina, con las plumas manchadas de sangre; y Tereo inicia un pesado vuelo con el que es incapaz de alcanzarlas, convertido en abubilla, luciendo la cresta de un guerrero armado.

De todos los personajes del mito, solo Filomela/Filomena ha conseguido universalizarse tanto como para convertirse en nombre común sinónimo de ruiseñor. Incluso parece que en la taxonomía latina de Linneo se conocía al ruiseñor como Luscinia philomela. Añado, por indicación del profesor de griego Roberto Fernández Díez, que puede que exista una interferencia entre los nombres de origen griego Filomela (Φιλομήλα, Filomḗla) y Filomena (Φιλοuμνη, Filumene), los dos bien testimoniados en textos clásicos. El segundo, que se convirtió en español en Filomena, significa ‘la amada’ o ‘la que es bien amada’, pues proviene del participio presente en femenino de la voz pasiva del verbo φιλο, que significa ‘amar’. 

Mientras termino de escribir estas líneas, la borrasca Filomena se hace notar en la Comunidad de Madrid con más de treinta horas seguidas de nieve. Este es el canto con el que nos está deleitando. Pero ojalá nos dé una tregua. Al principio es bonito observar cómo caen los copos y se juntan en el suelo hasta crear el manto blanco que tan pocas veces disfrutamos por estas latitudes. Sin embargo, es tanta la cantidad de nieve acumulada que las calles están cortadas y los niños y mayores se lanzan por las cuestas con trineos y esquís. Hay muñecos de nieve por doquier. No han abierto las tiendas porque es imposible desplazarse de un lugar a otro más que a pie y a duras penas. En algunos lugares el espesor de la nieve supera los 50 cm.  

Ojalá nos dejes pronto, Filomena, ojalá vueles con tu melodía de nieve a otras latitudes donde sepan mejor cómo lidiar con las inclemencias que te acompañan. Año de nieves, año de bienes, reza el refrán. Vamos bien servidos. Ojalá sea cierto, Filomena.  Vade in pace.   








La lengua destrabada


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jueves, 26 de noviembre de 2020

Poemas fragmentarios

Ojos de gata en estampida,
el día se deshebra en dedos funerarios,
vencido por la noche decembrina.
No hay árboles ni campo ni horizonte ni sírveme una sopa
cuando el tiempo agoniza, y estás sola.

***

Heredamos de la tía solterona
una caja oxidada de hojalata.
Dentro había un sinfín de significantes
―botones de colores, bobinas de bordar,
un acerico, minúsculas fotos dentadas,
un carné de peatón
a nombre del abuelo,
tres sellos africanos,
el gancho de una liga,
un pendiente desparejado,
cuentas de collar,
un borrador milano―, pero
ningún significado.
Esos 
se los tragó
la tumba.

***

La otra que hay en ti
ha despertado.
Lo notas en las risas arrancadas
en medio de las lágrimas,
por los pasos de baile
al subir la cuesta,
porque sueñas al sol
y vives en la luna.

***

Dejándome llevar por los caprichos de la moda,
repudié la concha de caracol que era mi abrigo…
y me convertí en babosa.

***

Sueño que sueño que sueño y,
cuando despierto,
no sé lo que soñaba que soñaba.

***

Atrévete a armarte
de tijeras:
descose pespuntes,
desenjareta pecheras.
¡Haz espacio!
La otra es inmensa y
no ha de vivir apretada.

***

Aletean tigres de papel
cuando te ofendes,
salmodiando agravios machiembrados
que quiebran el cristal
de la armonía.
No quiero limón por desayuno
ni un sorbito de hiel como merienda,
por más que anhele la almohada compartida.
Una vez iniciado, el rayo no cesa
hasta que hiere, lo dice la experiencia
y lo rechazo
yo.

***

Un trino cercano
desde un olmo sin peras.
El mirlo no es blanco,
pero consuela.

***

nací,
viví,
morí
una vez y otra,
y otra más,
hasta ese jueves por la noche
en que dije basta y
me senté a la luna
a dibujar sobre barro
palabras
minúsculas
como
estas

***

Estará en algún encima,
decía mi madre
cuando preguntábamos por
un peine, las tijeras o
una baraja de naipes.
Así, crecimos
en el convencimiento
de que encima
era el lugar secreto
donde
las cosas
se esconden.

***

Si tu voz me llama, voy,
tropezando con bandadas de pájaros,
voy,
esquivando bicicletas de ruedas oblongas,
voy,
perseguida por gatos que maúllan francés,
voy,
azotada por papeles cifrados al vaivén del viento.
Voy…
y no te alcanzo
y me deslumbran los ecos
y me enredo en las algas.
Voy…
aunque me hunda.

***

Para estar encantada
no es preciso ser
casa.
Basta con dejarte
encerrar.

***

Te quieren,
o eso dicen,
por lo que no eres,
y acatas
madriguera de ratón
imaginando
nido de águila.

***

La llaga sangra
entre tus piernas,
y humillas la cabeza,
el horizonte ceñido
al dobladillo
de tu falda.

***

Mi mano izquierda sabe lo que hace mi derecha,
y yo sé que con las dos
abarco el orbe
cuando siembro palabras. 

***

No se ofenderá el mar porque lo mires.
Él va a su ritmo y vuelve.
Evoca en su bramido
las posibilidades
del miedo.

***

Esta noche los mochuelos
no van a sus olivos.
Están en mi cabeza,
tratando de emular
pajaritos alegres
que la llenaban.

***

Diré que soy feliz
a veces,
que no me pican las avispas
y la yerba está verde,
que llueve a borbotones
y sale un arco iris,
que oigo brotar flores
y el gato se pasea,
que la mesa está llena de libros
y un mirlo me canta.
Por eso soy feliz
a veces.

***

Repite el tierno ruiseñor las notas musicales,
igual que cuando niña recitabas el hilo de las sílabas.
Un mismo arte son su canto
y tu lectura.

***

© Carmen Martínez Gimeno, 2020

 

La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  



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