jueves, 5 de noviembre de 2026

Antoñito Zampabollos

Mañana estival de vacaciones. Desayuno lento bajo el porche que protege del sol, pues ya está alto. Niños desperezándose en la larga mesa, compartida por la familia extensa. Madres que sirven y organizan, pendientes de que nada falte. Padres que hacen bromas mientras ayudan a los más pequeños.

El abuelo lleva rato sentado porque él madruga. Alarga la mano para coger el último panecillo de la bandeja que tiene cerca, lo abre minucioso por la mitad y le pide al nieto colocado a su lado que le alcance la mermelada de naranja. Las hijas intercambian una mirada de desaprobación. Una le dice que ya está bien, que le va a sentar mal, y la otra añade que es imposible que tenga hambre...

¾Hambre ―repite el anciano, sin dejar de untar de mermelada hasta la última miga de pan¾, qué sabréis vosotros de eso. Tú tienes catorce años, ¿verdad? ¾se dirige al nieto¾, pues fíjate, a los dieciséis, sin comerlo ni beberlo, me mandaron a mí al frente en un tren de mercancías repleto de muchachos de mi misma edad, la quinta del chupete nos llamaron, amontonados como animales que van al matadero. Mi madre la pobrecilla me había dado una manta blanca y una docena de huevos cocidos, pero no me sirvieron de mucho, porque a mitad de camino nos bombardearon y el tren descarriló. Los que pudimos salir de los vagones apretamos a correr, algunos iban cayendo, no sé si heridos o porque les faltaban las fuerzas, pero yo seguí sin parar hasta unos cerros, donde me refugié entre unos matorrales. Allí me quedé acurrucado mucho tiempo, con la cabeza entre las piernas. Se hizo de noche, pero no me atrevía a moverme. Tiritaba de miedo y me costaba contener las lágrimas. De repente escuché un ruido y el corazón empezó a latirme tan fuerte que pensé que me estallaba. Una sombra se arrastraba hacia mi escondite, y yo me cagué encima. Sí, sí, me cagué de miedo, aunque resultó que sin motivo, pues la sombra era Nevado, un muchacho de Calasparra con unas espaldas como puertas que también viajaba en el tren y con el que me llegué a escapar para irnos a esconder a las tierras de sus padres, pero eso fue mucho después, cuando ya estábamos hartos de las penalidades del frente y nos daba igual todo. Esa noche la pasamos juntos, y cuando amaneció nos acercamos a las vías. Aún seguían ardiendo los restos de madera de los vagones y había cadáveres esparcidos por todas partes, medio quemados, mutilados, una carnicería. El olor era tan penetrante que me duró en la pituitaria durante muchos días, produciéndome arcadas. Nos dieron ganas de salir corriendo otra vez, de escapar como fuera de ese horror, pero hacia dónde, si estábamos en medio de la nada. Luego vimos a unos cuantos soldados que rebuscaban entre los muertos y nos ordenaron que les ayudáramos a recuperar cualquier cosa que sirviera. Nevado me consiguió unos pantalones en buen uso quitándoselos a un pobre chico que tenía un boquete enorme en la espalda porque le habían alcanzado mientras huía, y a continuación nos incorporamos a un batallón de zapadores. A esas alturas de la guerra escaseaba el orden y no digamos la comida. El que encontraba algo lo guardaba para sí y no lo compartía. Recuerdo a un oficial que llevaba unas botas puestas y otras colgadas al hombro; yo iba descalzo, con los pies envueltos en trapos, así que le dije, camarada, dame las botas que te sobran, y él me contestó, nada de camaradas, conocidos y basta, y se quedó con ellas. Nos comía la miseria. En el campo no quedaban pájaros, conejos, ratones, ni siquiera culebras ni lagartijas. Estábamos tan desesperados que hasta habíamos acabado con los saltamontes y un día nos hicimos una sopa de moscas... ahí fue cuando decidimos irnos para Calasparra. Menuda diferencia. Nos hartamos a patatas y chorizo, y nos habríamos quedado hasta el final de la guerra de no ser por la madre de Nevado, que no paraba de llorar y llorar porque se daba cuenta de que si nos encontraban nos fusilaban a todos. Las tierras estaban muy retiradas y no era fácil que nos descubrieran, pero se veía que la angustia iba a acabar con ella. Es nuestra vida o la suya, me dijo Nevado, y volvimos al frente, pero a otro batallón donde no nos conocían, alegando que durante un ataque nos habíamos perdido del nuestro. Luego escaseó el agua, y con tanta suciedad y tanto muerto mal enterrado la gente se fue enfermando. Yo también caí, y no habría llegado a viejo sin la ayuda de Nevado, que me obligaba a comerme parte del puñado de arroz que cocía para los dos. Él me arrastró de un sitio a otro mientras tuve fiebre y aprendimos juntos a dormir de pie, apoyados el uno en el otro. ¿A que tú no sabes dormir andando? ¾le pregunta a un nieto¾, pues yo sí, también tuve que aprender a hacerlo porque de lo contrario no estaría aquí. Así que no me habléis de hambre, porque claro que no tengo. Cómo iba a tener si hace ya tantos años que acabó la guerra. Ya la he saciado y ahora solo me queda apetito, pero, eso sí, mucho. ¿Sobra alguna ensaimada?

Uno de los yernos le pasa la bandeja, y el abuelo elige con mirada golosa y ágiles dedos una bañada en azúcar y rebosante de cabello de ángel. El nieto le apremia para que siga contando qué pasó después.

¾Mejor hablamos de otra cosa. La guerra no es un buen tema para acompañar el desayuno en familia en un día tan bueno como éste ¾replica mientras termina la ensaimada y se sirve otro tazón de leche templada.

Una de las hijas le dice que va a explotar.

¾Bueno y qué, así fue como empezó el mundo. Con una gran explosión. El Big Bang lo llaman los americanos, que le ponen nombre a todo. Hay que ver lo que ha avanzado la ciencia en los últimos tiempos, aunque no de la manera que preveía el cuplé —atipla la voz y tararea desentonando—: El que viva en el año 2000 verá con sorpresa los tiempos cambiaos, las niñeras serán suprimidas porque ya los niños nacerán criaos. Tiene su gracia ¿verdad?

Los nietos asienten divertidos y el abuelo continúa:

—Sin embargo, a pesar de tantos adelantos, aún hay cosas aparentemente sencillas que se desconocen. ¿Tú sabes lo que son los huevos de viento? ¾le pregunta a una nieta que le mira embobada¾. Aristóteles creía que todos los huevos eran producto de la concepción y llamó así a los que ponen las gallinas sin haber sido cubiertas por el gallo, achacando que los engendraban las brisas que aspiraban en primavera. Menuda tontería, diréis con razón, pero de todos modos los huevos de viento siguen dando sus sorpresas. Algunas veces, las gallinas y pavas vírgenes ponen huevos sin fecundar que tienen un desarrollo partenogenético espontáneo y producen si se empollan crías machos y fértiles. Vamos, toda una concepción inmaculada.

Una hija opina que tampoco ése es tema de desayuno, que los niños no entienden de esas entelequias, y el abuelo da un giro radical a su monólogo, mientras vierte en la leche los copos de cereales que han sobrado a los nietos.

¾Vuestra madre sí que me entendía. No tenía estudios, pero sí una gran inteligencia natural. La conocí después de la guerra, cuando me purgaron y me obligaron a cumplir ocho años de servicio militar en Madrid. Un día acompañé a Pérez Díaz al fotógrafo y luego nos acercamos a la puerta de Balenciaga para ver la salida de las modistas. Daba gusto contemplarlas, tan alegres y bien vestidas. La calle de Caballero de Gracia se llenaba de novios y pretendientes, y yo las miraba a todas, sin acabar de decidirme por ninguna. Fue Pérez Díaz quien le echó el ojo a Pilar Gándara, que iba con vuestra madre, y las acompañamos hasta la Castellana, pero no nos dejaron llegar hasta su casa, ni nos dijeron exactamente dónde vivían. Corrían otros tiempos y eran chicas de familia. A Pilar no le gustó Pérez Díaz, pero yo volví varias veces a acompañar a vuestra madre. Luego dejamos de vernos porque me tocó como superior un capitán cabrón que empezó a putearme y me olvidé de todo, concentrado únicamente en librarme de sus trampas. Muchos meses después fui a Jesús de Medinaceli a cumplir una promesa que había hecho mi madre durante la guerra en mi nombre, y cuando terminé de rezar miré a la derecha y allí estaba ella, arrodillada a mi lado. ¿Qué haces aquí?, me preguntó asombrada cuando alzó la cabeza. Resultó que ella iba todos los primeros viernes, y yo me ofrecí a acompañarla a partir de entonces. Luego dimos un paseo y me permitió dejarla en el portal de su casa, y ya seguimos viéndonos a diario,  hasta que nos casamos años después, cuando terminé la carrera de perito agrícola y saqué las oposiciones. Me destinaron a Talavera,  y a vuestra madre no le gustó. Mi sueldo era bueno y me permitía mantener una familia, así que le ofrecí que nos casáramos en cuanto hubiera encontrado una casa en la que vivir juntos. Sin embargo, no recibió mis palabras con la alegría que yo esperaba, pues dijo que no quería dejar Balenciaga ni marcharse de Madrid. Ahí peligró nuestra relación, y más cuando llegué a Talavera y me encontré con que era el centro de atención de varias chicas casaderas. Durante unos meses me dejé agasajar y disfruté de lo lindo, hasta que vuestra madre se enteró de lo que pasaba por medio de la prima de una amiga suya y vino a verme con el pretexto de que se casaba no sé quién. No creáis que me pidió explicaciones ni se puso echa un basilisco; se limitó a estar más callada y seria que de costumbre, y cuando llegó el momento, se despidió de mí con tristeza, deseándome que fuera feliz. Esas palabras me revolvieron las tripas y las estuve dando vueltas durante los días siguientes sin poder quitármelas de la cabeza. Al final no me quedó más remedio que viajar a Madrid para hablar con ella. Le dije que la quería y que nos casáramos cuanto antes. Para mi sorpresa, aceptó sin ponerme condiciones, y ese mismo verano nos fuimos a vivir a Talavera. Alcánzame un cruasán, Elena, que no los he probado ¾pide a la nieta, y antes de que las hijas vuelvan a protestar, añade¾: ¿Os acordáis de lo ricos que los hacía vuestra madre? No le gustaba la cocina, pero quién lo hubiera dicho, con los platos que nos preparaba. Cuando nos casamos, estaba acostumbrada por su casa a la comida salada, y yo no podía resistirla. Un día, mientras comíamos lentejas, cogí la sal y eché un buen puñado en su plato. Cómetelas ahora, a ver qué te parecen, le dije. No tuve que darle más explicaciones. A partir de entonces comenzó a cocinar más soso. Y tampoco era nada presumida. Solo la vi pintada una vez, que la habían cogido por banda sus amigas y parecía una mona de circo; no fui capaz de aguantarme la risa. Qué te pasa, me dijo ella; nada, nada, respondí, pero no podía dejar de reírme. No hizo ningún comentario, ni yo tampoco, aunque nunca más volvió a pintarse, y es que no le hacía falta, con su buen color natural. Sírveme un vaso, por favor —pide a la hija que acaba de aparecer con una jarra de zumo de naranja recién exprimido.

La hija obedece, y el abuelo continúa:

—A mí me han timado. Por mucho que me digan que soy un anciano venerable, cuando sueño me veo de niño, cazando grillos con mi palo infalible para después venderlos y ganarme unas perrillas. Y buena maña que me daba. Entonces se estilaba ponerlos en grilleras de barro en las casas durante el verano para que las alegraran con sus cantos y se les daba de comer lechuga. Qué tiempos aquellos... No sabéis lo duro que es llegar a viejo. La vida es como un campo de trigo que va cortando una guadaña. Zas, de un golpe te quedas sin padres; zas, ahora sin amigos; zas, pierdes a tu mujer, y la guadaña sigue avanzando y avanzando, cada vez más cerca... Ya sabéis que no tengo prisa por morirme, pues aquí estoy bien; sin embargo, estoy preparado, porque, total, qué me puede pasar, si ya lo he vivido todo. La muerte no puede ser peor. Tendrá sus ventajas; por ejemplo, comprender la nada y el infinito, esas palabras con las que los hombres nos llenamos tanto la boca. Yo tengo curiosidad por ver cómo se expande el universo; me sentaré en el borde y lo veré avanzar y avanzar. Total, estaré en la eternidad y tendré tiempo de sobra, mientras toco la lira y como mazapán. Y vuestra madre me acompañará, pero no estará enferma ni yo seré viejo, ya no existirán ninguna de esas ataduras carnales que tanta lata dan. ¿Veis?, cuando pienso en eso, casi me apetece morirme.

Las hijas protestan, no digas eso, papá, pero el anciano pide que le pasen el queso y prosigue sin dejarse interrumpir:

¾...Y cuando al final llegue arriba y me vea san Pedro a las puertas, saldrá a saludarme haciendo tintinear su manojo de llaves, hombre, me dirá, ya estás aquí por fin, Antoñito Zampabollos.

 

© Carmen Martínez Gimeno, extraído de El ala robada y otros cuentos, 2013.


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viernes, 24 de julio de 2026

Jamón de cerdo (del de castañas) asado en freidora de aire

Durante mi reciente estancia en Galicia, mis hermanas no dejaron de hablarme del cerdo alimentado con castañas, que destaca por su excelente calidad y buen sabor, y que solo se vende en determinadas cadenas de esa región española. No tenía facilidades para cocinar en el pequeño apartamento en el que me alojaba, así que dejé para el último día del viaje la compra de ese preciado manjar con objeto de traerlo conmigo a casa en una nevera helada. En el supermercado, la señora que me precedía en la carnicería estaba comprando filetes de cinta de lomo del cerdo de castañas, que cuestan casi 16 euros el kilo, y le pregunté si merecía la pena pagarlos. Me respondió que por supuesto, que lo caro siempre es bueno. Aunque no comparto tal generalización en absoluto, le di las gracias por su consejo y cuando me llegó la vez de pedir, compré filetes de esa misma cinta de lomo, una pieza de jamón y carrilleras. 

Los filetes de cinta de lomo los hice a la plancha al día siguiente de nuestra vuelta a casa, y el comentario de mi pareja al degustarlos fue que son al cerdo común lo que la ternera blanca es a la vaca. Me pareció acertado, pues tienen un sabor agradable, pero mucho más suave que el del cerdo al que estamos habituados, y la carne es magra y de color más claro. Para cocinar la pieza de jamón decidí recurrir a la freidora de aire porque consume menos electricidad y se evita el calor residual del horno, algo no menor en estos días estivales de temperaturas tan altas. Busqué recetas en internet, sobre todo para no equivocarme con el tiempo justo de asado, y mezclando los consejos de varias, ideé la mía.

Ingredientes

Mi objetivo era descubrir ese sabor especial que la alimentación a base de castañas debe de proporcionar. Por lo tanto, evité añadir a la pieza de jamón demasiados ingredientes y prescindí de aquellos con sabores fuertes que pudieran opacarlo. Solo empleé aceite virgen de oliva, sal, miel, ajo en polvo, cebolla en escamas, 4 clavos de olor, una pizca de pimentón dulce y una pizca de orégano. Además del aceite de oliva, como líquido usé un vasito de buen brandy.

Elaboración

Embadurné la pieza entera de jamón con el aceite de oliva, la salé, añadí el ajo en polvo y la pizca de pimentón. En una sartén bien caliente, la doré concienzudamente por todas partes no para sellarla, pues como ya casi todas sabemos, eso es imposible, sino para provocar mediante el calor intenso y prolongado la serie de transformaciones químicas, conocidas como reacción de Maillard, que originan el apetitoso sabor a tostado. Que la carne quede más o menos jugosa por dentro no depende de ese paso, sino del tiempo de asado.

En el recipiente que iba a utilizar dentro de la freidora de aire, mezclé el brandy con algo más de aceite, un par de cucharadas de miel, un puñadito de orégano seco y un puñadito de escamas de cebolla, y coloqué encima la pieza de jamón en la que ya había insertado los 4 clavos de olor.

Cocinado  

Mientras preparaba la cama para la carne, siguiendo el consejo de la mayoría de las recetes de internet, precalenté la freidora a 200º durante 5 minutos. Después introduje el recipiente y, también siguiendo lo que sugerían la mayoría de las recetas publicadas, programé la freidora a 180º durante 55 minutos. Transcurrida la mitad del tiempo, di la vuelta a la carne. El resultado final, una vez dejada reposar la pieza de jamón y ya cortada, fueron unos filetes suaves pero sabrosos, muy agradables al paladar, pero he de reconocer que algo secos según mis pautas. Pienso que la próxima vez reduciré al menos diez minutos el tiempo de asado o bien bajaré a 170º la temperatura. De todos modos, es cuestión de gustos. Nadie se quejó en casa del sabor y la mayoría repitió encantada.

En estos momentos, asciende hasta mí desde la cocina el agradable olor de las carrilleras que se están cocinando en la olla de cocción lenta. Todavía no sé cuál será el resultado porque es la primera vez que las hago. Si acierto, escribiré sobre ellas.  


 

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martes, 5 de mayo de 2026

Li Juan: Mi Altai

Después de ver la hermosa serie china traducida del inglés al español como A la maravilla, sentí gran interés por leer a la escritora Li Juan, puesto que el guion se había basado en una de sus obras más famosa, Mi Altai, que compendia sus recuerdos y sensaciones sobre sus años de juventud vividos en la prefectura de Altai, en el norte de Xinjiang. Sin embargo, a pesar de ser una autora muy reconocida en China y haber ganado abundantes premios, no existe traducción al español de ninguno de sus escritos. Escudriñando en internet, fui encontrando algunos blogs que habían traducido al inglés trozos de sus ensayos y, por fortuna, acabé topándome con una web dedicada a la enseñanza de la lengua china en la que se recogía la traducción al inglés de varios de los capítulos de Mi Altai. Desde el comienzo de la lectura me llamó la atención el estilo de frases cortas, vocabulario conciso y párrafos brevísimos, con muchos puntos suspensivos. ¿Será así la escritura en chino, lengua que desconozco por completo? Como traductora, asumo sin lugar a duda que una traducción de una traducción pierde buena parte de su valor, pero aun así no he podido resistirme a acometer el reto de aportar mi versión al español de al menos un capítulo, el primero de Mi Altai, labor que me ha mantenido divertida y ocupada durante varios días. Seguiré intentando profundizar en los escritos de esta autora que tanto me atrae por su sabia ingenuidad cuando se afana en transmitir lo real maravilloso de un mundo que tal vez se desvanezca si dejamos de admirarlo.   

 

1. Lo que yo les puedo traer

Volví de Urumqi con dos crías de conejo para mi familia. El vendedor me había dicho que no eran de los ordinarios, sino conejos en miniatura que nunca se harían grandes, comían muy poco y estaban bastante domesticados. Por ello, insistió en que costaban veinte yuanes cada uno. Pero el resultado fue que en menos de dos meses desde que los llevé a casa, cada conejo había ganado varios kilos. Acabaron siendo más grandes que los conejos domésticos habituales y se pusieron tan increíblemente gordos que apenas podían saltar y tenían que arrastrarse para desplazarse de un lado a otro.

Yo nunca había escuchado de conejos que se arrastraran de ese modo… ni que comieran tanto. Se pasaban el día entero mastica que te mastica, haciendo a nuestra familia más pobre a cada minuto que transcurría. Se comían sin vacilar cualquier cosa que se les diera. Incluso llegaron a probar la carne. ¿Los conejos pueden comer carne? Nunca había escuchado que pudieran… Más tarde quedó confirmado que no debían comerla: solo lo hicieron una vez y acabó matándolos. 

En otro momento volví de Urumqi con dos «hámsteres ositos de peluche» (Urumqui es realmente un lugar extraño…). Estuve acuclillada frente a ese puesto un buen rato y pensé que esos hámsteres parecían mucho más dignos de confianza que los conejos de la vez anterior, y además eran más baratos, solo cinco yuanes cada uno. Así que los compré. Cuando mi madre los vio, enseguida me regañó: «¿Cinco yuanes? ¡Eso es muy caro! ¿Acaso necesitamos más ratas? Las tenemos corriendo por todas partes, y tú gastas dinero para comprarlas fuera…». Tras una inspección más minuciosa, comprobé que ella tenía razón: en realidad, no eran más que ratas, solo les faltaban sus largas colas.

Siempre que vuelvo de Urumqi traigo muchas cosas. Urumqi es muy grande; tiene de todo, y yo quiero comprar todo lo que veo, pero la mayor parte de lo que traigo a casa acaba siendo de escasa utilidad. ¿Qué necesita realmente mi familia? Mamá me había dicho una vez sin rodeos que la necesidad más acuciante en casa era un burro, pues facilitaría trasportar cosas a las montañas. Pero eso… nunca conseguí obtenerlo. También necesitábamos de veinte a treinta kilos de herraduras y clavos. Los pastores trashumantes descenderían pronto y requerirían con urgencia esos bienes. Además, mi tío repara el calzado de los pastores y no quedaban suelas de las tallas cuarenta y cuarenta y dos, y también escaseaba ya el cuero para remendar. Los estantes de nuestro bazar familiar estaban asimismo bastante vacíos; los cigarrillos y las pilas se acabaron hace un mes.

Sin embargo, cada vez que vuelvo a casa, las cosas que les traigo a todos son esos bonitos conejos o las ratas sin cola que no sirven para nada. Yo trabajaba en Urumqi, pero no ganaba mucho dinero. De todos modos, seguía queriendo quedarme en esa ciudad, siempre demasiado extensa, con tantísima gente.

Al caminar por la calle, se suceden agolpándose incontables posibilidades, y yo avanzo deseando abrirles de par en par los brazos. Pero por la noche solo me queda acurrucarme apretada para dormir. El cobertor es demasiado fino, así que me echo encima las cortinas y todo lo que encuentro para arroparme, aunque sigo teniendo frío.  Incluso poniéndome un abrigo con los botones bien abrochados sigo teniendo frío.

Llamé a casa y mamá me preguntó sin necesitaba algo. Respondí que no, todo está bien. Solo que el cobertor es un poco fino. Y entonces la tarde siguiente ella apareció ante mí acarreando un espeso cobertor de pelo de camello, tan pesado como para dificultar la respiración. Resultó que justo después de haber colgado el teléfono, había comprado pelo de camello, lo había lavado durante la noche y había encendido la estufa para secarlo. Luego lo había vareado con ramas de sauce hasta desmenuzarlo y lo envolvió cuidadosamente en gasa. Trabajó la noche entera para terminarlo. Después hizo tres largos recorridos de autobús y pasó más de diez horas viajando hasta Urumqi.

¿Qué más puedo yo llevar a casa?

Cada vez que vuelvo a casa, el día anterior me dedico a deambular por el supermercado, dando vueltas y vueltas hasta que acabo en la sección de personas de «mediana edad y ancianas». Cuando vi los cereales, decidí comprarlos.

«¡Son cereales!», dije cuando llegué a casa. Todos parecieron muy felices porque habían escuchado hablar de ellos, pero nunca los habían probado. Aunque yo tampoco lo había hecho, cociné presuntuosa una gran olla. Primero serví un cuenco a la abuela, quien sonrió al paladear un sorbo, después probó otro y dijo: «Está bueno». Pero se negó a beber un tercero.

También había comprado algo de carne con salsa de soja dulce. Empaquetada en plástico y pulcramente colocada en la vitrina refrigerada del supermercado, parecía muy buena, justo como en mis recuerdos de la infancia. La abuela se puso muy contenta al verla. Mientras yo calentaba los platos en la cocina, ella se sentó en un pequeño taburete al lado, charlando animada sobre muchas historias del pasado, en su mayoría sobre momentos divertidos en banquetes en el campo, y ayudó afanosa a colocar los palillos en la mesa.

Cuando la carne con salsa de soja dulce estuvo lista y servida, ella tomó ávidamente un buen pedazo con los palillos. Pero cuando a duras penas logró tragarlo, la tristeza bañó su rostro. «¡No era el sabor del pasado! ¡De ningún modo!».

Sin duda, las cosas en Urumqui son buenas de ver, pero no de usar… Y lo que es más importante, eso significa un «nunca jamás» para las cosas pasadas, los sentimientos pasados.  La abuela tiene más de noventa años y no puede asumir que la «desaparición gradual» de las cosas vaya sucediendo cada vez un poco más rápido.

Seguí deambulando por el supermercado. Esta vez ¿qué debía comprar? Al final, tuve que conformarme con una bolsa de azúcar morena. ¡Pero esa azúcar es difícil de encontrar en cualquier lugar! Aunque esta clase de azúcar morena estaba claramente etiquetada como «especial para personas de mediana edad y ancianas»…

Mamá, abuela, en realidad os estoy engañando.

Durante el tiempo en que no estoy en casa, los conejos o las ratitas sin cola hacen compañía a mi familia.

El conejo se arrastró lentamente por la habitación hasta alcanzar por fin los pies de la abuela. Ella se agachó despacio, y despacio, muy despacio, lo agarró y lo alzó laboriosamente. Acariciándole las suaves orejas largas, que cayeron hacia atrás, le preguntó: «¿Estás lleno? ¿Tienes hambre?». Igual que muchos, muchos años atrás, me preguntaba a mí eso mismo.

Mientras el cielo se va oscureciendo poco a poco, otro día ha pasado.

Y las ratitas siguieron allí un año más para viajar a los pastos de verano en las montañas profundas. Ovilladas juntas en la jaula de hierro, daban la espalda a los vastos pastizales verdes. Por la noche, mamá se quitó el abrigo para envolver la jaula una capa tras otra, pero como le seguía preocupando que pudieran tener frío, añadió una capa más con un jersey.

En la noche helada, las solitarias ratitas sin cola tiraron de la tela que envolvía la jaula y la fueron mordisqueando poco a poco hasta que la desgarraron. Y abrieron los ojos de par en par en la oscuridad. Aunque habían agujereado la tela, tuve que buscar otra cosa para arroparlas de nuevo. Mamá las reprendió gritándoles a las orejas y les advirtió lo que sucedería si volvían a hacer algo semejante. Pero enseguida la abuela se llevó la jaula para jugar. Usando un bastón para apoyarse, caminó con paso inseguro hasta la zona con hierba de afuera. Inclinándose con esfuerzo, puso la jaula sobre la tupida hierba, abrió la puerta e invitó a salir a las ratitas. Pero como ninguna se movió y siguieron arrinconadas juntas en la jaula, la abuela empezó a mascullar que al haberlas reñido tan fuerte mamá antes, estaban aterrorizadas. Entonces se volvió a inclinar, metió la mano en la jaula y las fue sacando una a una para que pudieran sentir la hierba y el vasto mundo. La luz del sol se inclinaba a través de los pastizales, y las dos ratitas tocaron cautelosas las briznas de hierba a su alrededor, rebuscando en la tierra. Pero sopló una ráfaga de viento y se asustaron tanto que rodaron y se arrastraron de nuevo a la jaula, negándose a salir por mucho que se les insistiera. 

 © Li Juan del texto original en chino

© Carmen Martínez Gimeno de la traducción del inglés al español


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martes, 4 de junio de 2024

Vocativos: claves de uso

El vocativo en español procede del caso latino de igual nombre cuya función es apelativa; esto es, se emplea para nombrar a aquellas personas o personificaciones a quienes se dirige una oración: «Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?» (primera oración de las Catilinarias de Cicerón: «¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?»); «Tu quoque, fili mi?» (expresión de dolor de Julio César cuando vio entre sus asesinos a su hijo adoptivo Bruto: «¿Tú también, hijo mío?»). El vocativo no tiene, ni en latín ni en español, posición fija ni función sintáctica propia dentro de la oración: si se suprime, la oración permanece intacta, aunque el flujo informativo varíe: ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia? ¿Tú también?

En español, se construyen expresiones vocativas ―que exigen siempre segunda persona― con nombres, pronombres y grupos nominales cuando su cometido es llamar a personas o animales (¡Eh, vosotros! ¡Abuela, ¿me abres la puerta?! ¡Ven, caballo, ven!), iniciar una conversación o plantear a alguien una pregunta, una petición, una advertencia o una disculpa (Hola, Jacinta; ¿Tienes ahora tiempo, Irma? Ven pronto, Luis, a la fiesta. Ciudadanos, tened cuidado. Discúlpennos, vecinas). Es frecuente que aparezcan junto con interjecciones y a veces se desdibujan los límites entre ambas. Una característica fundamental de los vocativos es que siempre deben ir separados con comas del resto de la oración.

Por lo ya expuesto se deduce que el uso vocativo lo cumplen de forma natural los nombres propios y los pronombres personales de segunda persona. Además, suelen emplearse como vocativos los nombres de parentesco, oficios, títulos honoríficos y demás sustantivos asimilables: Compañeros, salgamos al patio. Es la hora, señor profesor. Niña, acércate. También pueden englobar animales o cosas personificadas: Pobre ratón, ¿caíste en la trampa? Espejito, espejito, ¿soy la más inteligente? Tan triste, Madrid, a pesar de tus bares y tus fuentes.

Los vocativos de apelación pura solo admiten el pronombre personal de segunda persona, singular o plural, y algunos imperativos cuando señalan a quien escucha: Vosotras, niñas, separaos de ahí. Y tú, Manuela, ¿por qué no viniste? ¡Eh, vosotros tres, sin empujar! Oye, acércate. Mira, escribe eso bien. Asimismo, pueden emplearse como vocativos de apelación nombres comunes en actos de habla abreviados donde el hablante ordena o pide algo (¡Taxi! ¡Policía!) e incluso frases nominales (Los de fuera, dejad de hacer ruido. ¡A ver, los que estáis de mirones, marchaos a casa!).

Los nombres en uso vocativo no aceptan artículos ni demostrativos, pero sí posesivos, interjecciones y complementos: Hasta luego, lucero mío, descansa. ¡Ay de ti, malvado impostor, si te descubren! Os esperamos mañana, amigos todos del planeta. ¡Oh, dolor de mis dolores, ¿cuándo desaparecerás?!

El hecho de que los vocativos sean sintácticamente independientes de la oración en la que aparecen les confiere movilidad para situarse en posición inicial, media o final, si bien hay cierta preferencia por la posición inicial cuando se pretende atraer mayor atención hacia ellos: Jaime, no olvides lo prometido. No olvides, Jaime, lo prometido. No olvides lo prometido, Jaime. Como se aprecia en los ejemplos previos, sea cual fuere su posición en el discurso, todo vocativo debe quedar aislado del resto de la oración mediante comas, incluso en los casos de enunciados muy breves: No, señora. Sí, profesora. Con frecuencia, la presencia de la coma permite distinguir al sujeto de la oración de un vocativo: María escribe bien frente a María, escribe bien. ¿Ya se ha marchado Lola? frente a ¿Ya se ha marchado, Lola?  Resulta evidente además que el sentido de estas oraciones varía: Vamos a cenar, niños frente a Vamos a cenar niños sería  un ejemplo extremo de cambio de sentido.

La coma vocativa, esto es, la imprescindible en la escritura de todo vocativo, se echa en falta particularmente en la redacción de textos en redes sociales y, en general, en todos aquellos que se consideran más o menos espontáneos, incluidos los correos electrónicos. Como recordatorio, terminemos señalando la forma correcta de componer los saludos con los que se encabezan: Hola, Irene: Buenos días, profesora: Gracias, compañeros: Y a continuación del vocativo del encabezamiento, en español siempre se escriben dos puntos, no coma como en inglés.



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lunes, 8 de abril de 2024

En agosto nos vemos: notas de lectura

Recuerdo con nostalgia la avidez con que leí cada novela y cada cuento de Gabriel García Márquez después de descubrirlo cuando en la asignatura de Literatura Hispanoamericana Contemporánea la profesora dedicó varias lecciones a analizar y contextualizar Cien años de soledad: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Con este prometedor anuncio comenzaba la inmersión en el realismo mágico, y no importaba que la estructura de la novela fuera complicada por su falta de linealidad y por la confusión aparente que producía el hecho de que los acontecimientos del pueblo de Macondo y de los personajes de igual nombre de la familia Buendía se repitieran sin fin. Una vez que se cruzaba el umbral de ese cosmos de palabras, se aceptaba sin querella la cotidianidad de lo extraño, lo irrreal, en su interpretación más poética y sublime. Era la magia irresistible de lo real maravilloso en la que García Márquez supo ahondar a lo largo de su extensa obra literaria.

Fue la añoranza de aquellas ávidas lecturas la que me incitó a comprar En agosto nos vemos, a pesar de estar al tanto de que García Márquez había escrito al menos cinco borradores de la obra y había quedado tan insatisfecho que prohibió su publicación.  «Volvió a la isla el viernes 16 de enero en el transbordador de las tres de la tarde. Llevaba pantalones vaqueros, camisa de cuadros escoceses, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso, su bolso de mano y como único equipaje un maletín de playa»: así comienza este cuento largo, más que novela, sobre una mujer cercana a la cincuentena que viaja cada 16 de agosto a una isla caribeña, con algarabía de pájaros y vuelo fantasmal de garzas en una laguna interior, para poner un ramo de gladiolos en la tumba de su madre. Esta descripción tan minuciosa como anodina del narrador omnisciente prosigue sin pausa una página tras otra, y causa sorpresa primero y malestar después: ¿qué se hizo de ese inventor constante, qué de la noble pluma de un premio Nobel?

Ana Magdalena Bach es el personaje femenino principal, plano y lleno de lugares comunes, salpicados con etiquetas de cultura como los títulos de los libros que lee o de la música que escucha. Luego están los amantes ocasionales, con descripciones tan patéticas que causan vergüenza ajena: «Al cabo de una hora larga de susurros banales empezó a explorarlo con los dedos, muy despacio, desde el pecho hasta el bajo vientre […]. Luego volvió a buscar con los dedos al animal en reposo, y lo encontró desalentado pero vivo. Él se lo hizo más fácil con un cambio de posición. Ella lo reconoció con las yemas de los dedos: el tamaño, la forma, el frenillo acezante, el glande de seda, rematado por un dobladillo que parecía cosido con agujas de enfardelar». ¿Pretendía el autor crear una novela erótica? Desde luego, no desde una perspectiva femenina.

A pesar de que solo son 136 páginas, me costó gran esfuerzo terminar la lectura porque el libro se me caía de las manos. Sin embargo, en nombre de tantas horas de antigua delectación, por respeto a García Márquez, me obligué a comprobar cómo terminaba ese sin sentido de la mujer burguesa que una vez al año se acuesta en la isla con quien le viene a mano para quedar más insatisfecha que antes. Parece que la justificación es que el esposo galán probablemente también tiene sus escarceos. Nada más. Todo ello se sabe porque lo cuenta con pelos y señales el narrador omnisciente. Nada se deduce, no hay posibilidad de interpretaciones en esta obra cerrada. Y al final Ana Magdalena desentierra los restos de su madre y se los lleva a casa en un saco cuando descubre que alguien aparte de ella le pone flores sobre la tumba. Eso es todo.

Concluyo afirmando que la edición está muy bien cuidada. Como conocedora del modo de escribir de García Márquez, no me cabe duda de que el manuscrito ha sido sometido a una edición sustancial. Para comprobarlo, no hay más que releer sus novelas previas. En esta última no hay ninguna imperfección de gramática ni de puntuación, lo cual es de agradecer. Con todo, declaro que debería haberse respetado la voluntad del autor: a pesar de sus años y achaques, todavía conservaba el gusto literario y la suficiente cabeza como para darse cuenta de que lo que había conseguido desmerecía con mucho toda su obra anterior. Por eso no quería que saliera a la luz. Era su derecho y tendría que haberse respetado. Ninguna editorial de prestigio habría publicado ese manuscrito de no ir firmado por Gabriel García Márquez, lo que aseguraba su venta.

«Poderoso caballero es don dinero», dice un refrán castellano. Ojalá en adelante dejen reposar en paz lo que reste escrito de García Márquez y no sigan desenterrando huesos sueltos para meterlos en un saco que les confiera unidad. ¿Es eso lo que hace Ana Magdalena Bach con los restos de su madre? Tal vez esta sea la alegoría final que sirva de epitafio a la obra.  

Ficha bibliográfica:
Gabriel García Márquez (2024): En agosto nos vemos, ed. al cuidado de Cristóbal Pera, Barcelona: Ramdom House, 136 pp.




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viernes, 29 de marzo de 2024

Poemas (casi) de amor

Tomé por luciérnagas tus ojos,
por brisa marina tus suspiros,
por montañas tus pechos.
Y brotó de la arena del desierto
este amoroso poema,
escrito con agua de espejismo.

          ***

Brota de mis dedos agua,
de mi boca mana miel,
el tiempo gotea tiempo
y giro sobre tierra plana
cuando en tus ojos viajo,
reteniendo hoy ahora
sin pensar en el mañana.

     ***

Si mis palabras fueron necias
o sus oídos sordos,
no hubo autoridad togada
para probarlo.
Violeta es violeta
y naranja naranja,
aunque rosa esté
abierta
a conjeturas
cuando la vida avanza.

        ***

Perdí mi inocencia cuando
la muñeca de cartón
perdió su vida
al deshacerse en la bañera.
Salí del agua turbia a un tiempo
amanecido antes de tiempo
y comencé a llorar y a rebelarme
frente a certezas asumidas sin litigio
que mansas se dejaban llevar
en voraz remolino al sumidero.
Me convertí en la zurda porfiada
desde entonces
que ni sabe de derechas ni le importa.
Y mi empeño en general como siniestra
fueron causa perdidas
casi siempre.
Pero no es una queja.
Hubo instantes de alegría pura
e instantes de entrega consentida,
y una tarde, mientras derrotas repasaba
y componía despedidas,
evocando la muñeca inmolada,
vino a mí el olor adolescente
de aquel con quien tanto quería.

           ***

La casa de ecos habitada
porque ya no estás.
¿Qué se hizo del libro de la noche,
del trajín oloroso del almuerzo
y del chirrido de la puerta a tu llegada?
Amor con dolor se paga
cuando sobreviene la distancia
irremediable
que en eternidad separa.

          ***

Voy a tu encuentro con mis zapatos
nuevos,
achicando el espacio a zancadas
gigantescas.
Me deshago las trenzas
de la noche
e inauguro pintalabios
pues,
como cuando niña,
voy de estreno.
Y el corazón
que entiende
de razones
brinca,
como los peces en el río,
y golpea animoso
dentro del pecho.
Desde su estrecho muro, te presiente,
aunque equívoco,
al alcance
de mis menudos dedos.

     ***

Hoy mejor que mañana
para la esperanza.
Me digo que no es tarde
para esta epifanía
y la vista enderezo
mirando al horizonte.
Torcida la tenía de fijarme
en tus deseos.
No seré más Penélope
teje y desteje
sentada ante el telar.
Crecen mis alas por momentos
y volaré sin abrasarme como Ícaro
puesto que, una vez salvada
de la voracidad
de quienes me aman,
la luz soy
Yo.

     ***

Penélope, no consientas que
nadie
compruebe tu tejido.
Abandona el telar,
cíñete a la cintura
el nuevo peplo
y echa a correr.
Tal vez llegues a algún lugar
o tal vez salgas de todos.
Lo mismo da siempre que atrás queden
los que llamas otros y pretenden
rodearte.
No consientas, en fin, dividirte
a ti misma,
pues que siempre serás
la perdedora.

      ***

Me cubriré con un manto de palabras
cuando ya no me quieras,
tejido en cualquier telar arrinconado.
Puesto que no preguntas,
dejaré por escrito la respuesta:
que entiendo tu nostalgia
por las vidas que viviste
mientras yo aguardaba,
que aunque hayas vuelto,
ignoras el porqué
y temes esta calma compartida
y que, más que la muerte,
te angustia envejecer.
Resbala el tiempo
y nada significa
este futuro sin futuro,
mas aquí estoy,
dispuesta a mitigar el miedo
pegando espalda contra espalda.


© Carmen Martínez Gimeno, 2024

        


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miércoles, 31 de enero de 2024

Quiche de calabacín y puerro


La palabra ‘quiche’, pronunciada tal como se escribe y femenina o masculina según se prefiera, es la castellanización de la francesa quiche, que a su vez proviene de la alemana Kuchen, para significar pastel o tarta salados. Toda receta de quiche consta de una base de pasta sobre la que se añade un relleno de huevos, nata o leche evaporada, mezclados con una variedad de ingredientes vegetales o animales a elección, que se hornea hasta que cuaje.

La  receta que a continuación se expone tiene como ingredientes principales una fruta, el calabacín, y una verdura, el puerro. Según el DRAE, una fruta es «el fruto comestible de ciertas plantas cultivadas», mientras que una verdura es «una hortaliza, especialmente la de hojas verdes». El calabacín pertenece a la familia de las Cucurbitáceas, al igual que la calabaza, el pepino o la sandía. Su origen se lo disputan Asia meridional y Norteamérica. Existen antiquísimas evidencias escritas de que ya se usaba en la cocina entre los egipcios, los griegos y los romanos. Al parecer, fueron los árabes quienes después propagaron su cultivo por la cuenca mediterránea a medida que se fueron expandiendo durante la Edad Media. Sin embargo, también hay evidencias antiquísimas del cultivo del calabacín en México, Texas y Estados Unidos, motivo por el cual hay quienes sostienen que llegó a España después de los viajes de Colón y acabó popularizándose en Europa. Puede que así fuera: tal vez con los viajes de Colón, cuando el resto de los países del Viejo Mundo se pusieron a observar a nuestra península ibérica, se fijaron en el calabacín, pero teniendo en cuenta que fuimos romanizados y luego arabizados durante más de ocho siglos y que aún pervive una enorme herencia cultural en todos los ámbitos de la vida, incluida la cocina, cuesta creer que no se cultivara y consumiera en nuestras tierras desde antiguo una planta tan fácil de adaptar y tan versátil. Sea como fuere, los calabacines tal como los consumimos en la actualidad son una fruta inmadura de tamaño medio, carne blanda y pepitas diminutas todavía en formación.

El origen del puerro parece más claro. Se asume que procede de diversos países de la cuenca del Mediterráneo y que ya se consumía en la antigüedad remota por mesopotámicos, egipcios o israelitas. Los romanos fueron quienes propagaron su consumo con la expansión de su imperio y se empleaba no solo en guisos, sino también como medicina. En la actualidad, abundan las preparaciones que utilizan puerros en sopas y cocidos, e incluso en ensaladas. Al igual que la cebolla y el ajo, esta verdura que crece como un bulbo alargado bajo la tierra pertenece a la familia de las Liliáceas. También se lo conoce como porro o ajo porro (escrito junto o separado). Del puerro puede aprovecharse todo, salvo las raíces, pero las hojas verdes son mucho más duras y de sabor más fuerte que la parte blanca, la única necesaria para elaborar recetas tan famosas como la vichysoise francesa, los puerros gratinados o una quiche. Lo verde se puede reservar para caldos o guisos con una buena cocción. En estos tiempos de prisas, es posible adquirir los puerros envasados ya limpios; si se opta por los ejemplares enteros, habrá que despojarlos de las primeras capas y asegurarse de lavarlos bien, pues en la parte verde suelen llevar algo de tierra y otras impurezas.

Ingredientes

  •  2 calabacines medianos de piel tersa.
  • 2 puerros hermosos (solo la parte blanca).
  • 4 huevos grandes y frescos.
  • 1 minibrik (20 ml) de nata ligera para cocinar o de leche evaporada.
  • Una lámina redonda de masa quebrada-brisa.
  • Aceite de oliva.
  • Sal y pimienta (al gusto).
  • Un puñado de piñones.
  • Queso rallado (al gusto).

Elaboración

  1.  Lavar los calabacines y cortarlos con su piel en rodajas finas utilizando una mandolina.
  2. Lavar los puerros y cortarlos en juliana fina.
  3. Calentar un fondo de aceite de oliva en una sartén  (yo prefiero utilizar un wok) a fuego medio-alto. Pochar los puerros hasta que empiecen a estar transparentes.
  4. Añadir a la sartén (o wok) las rodajas de calabacín e ir removiendo de vez en cuando. Estarán en su punto cuando hayan perdido toda el agua. Si se sazona con sal, el proceso es algo más rápido. Una vez que se saque de la sartén o wok, es necesario dejar reposar la mezcla de verduras para que se atempere.
  5. En un bol de tamaño apropiado, cascar y batir los 4 huevos, añadir la leche evaporada o la nata y mezclar bien. Agregar a continuación las verduras pochadas y salpimentar al gusto.
  6. Encender el horno (arriba y abajo con aire) a 180-190 grados (depende mucho de cada modelo y marca; a mayor temperatura, menor tiempo).
  7. Extender la masa quebrada con el rodillo sobre papel vegetal para que su circunferencia se adapte al recipiente redondo de horneado. El papel vegetal servirá también para que la masa no se pegue  y sea fácil de desmoldar la quiche. Una vez colocada la masa con el papel vegetal en el recipiente, es necesario asegurarse de que los bordes cubran la altura completa y estén bien pegados antes de pinchar la  base con un tenedor para que no suba.
  8. Rellenar con la mezcla del bol. Añadir queso rallado y piñones al gusto.
  9. Hornear hasta que cuaje y se dore un tanto la superficie (unos 30-40 min dependiendo del horno). Si los bordes comienzan a tostarse antes de tiempo, cubrir la quiche con papel vegetal o de aluminio. En caso de que se dude del grado de cocción, es útil pinchar el centro con una aguja de hacer punto: si sale limpia, está hecho; de lo contrario, continuar el horneado. 

Esta quiche se puede servir caliente o dejar que se atempere según preferencias. Puede ser un complemento a otro plato o servirse como plato principal. El resultado es muy suave y su delicado sabor suele ser muy elogiado…  a no ser que se tenga aversión a las verduras.   

    


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