martes, 28 de agosto de 2018

Descenso en canoa por los ríos Cares y Deva



Desde que, años atrás, hicimos el descenso del Sella, nuestras vacaciones familiares en el norte de España incluyen todos los veranos el descenso en canoa de algún río. Esta vez, en la segunda quincena de agosto, elegimos la ruta de 24 kilómetros del Cares bajo y el Deva medio y bajo hasta su llegada a Unquera.

El Cares es un río de montaña que nace en León, en el sur de los Picos de Europa, y corre por Asturias hasta afluir en el río Deva casi a la altura de Panes, la capital del concejo asturiano de Peñamellera Baja. Una vez unidos, el río Deva prosigue su curso descendente por la ancha vega de Siejo-Panes, llega al Pozo de Loja y se va estrechando y ensanchando a medida que discurre entre frondosos valles, vegas y pasos angostos hasta llegar a su desembocadura en la ría de Tina Mayor, entre los pueblos de Bustio (Asturias) y Unquera (Cantabria).

Las abundantes lluvias de los meses pasados han aumentado el cauce de los ríos de la vertiente cantábrica y acelerado la corriente de sus rápidos. Por este motivo, cuando contratamos el descenso con la empresa Canoas Río Deva ―cuya sede está en Unquera―, pedimos un guía para el tramo del Cares. La ruta comenzó con el desplazamiento en una furgoneta de la empresa hasta un punto del término de Niserias (Asturias) donde, cruzando la carretera, bajamos una pequeña pendiente con las canoas para echarlas al río Cares. Íbamos de dos en dos con el guía delante, siguiendo sus instrucciones para navegar los rápidos. Pronto aprendimos a «leer» el río, a prever lo que nos encontraríamos, y disfrutamos del espectacular recorrido sin ningún contratiempo.

Al comienzo del tramo, el Cares discurre encajonado entre paredes elevadas, repletas de vegetación, y más adelante se va abriendo poco a poco hasta confluir con el Deva. Diversos puentes salvan el río, entre ellos, el llamado de Rodrigueru o La Puente Vieyu. Nos impresionó la belleza del paisaje, la soledad ―pues éramos los únicos en navegar por el río― y las aguas cristalinas de color averdosado, que permiten avistar con nitidez truchas, salmones y reos. No conseguimos ver nutrias, pero sí cormoranes, garzas y muchísimos patos, que amerizaban sin miedo a nuestro lado. Hubo que hacer una parada técnica para vaciar de agua las canoas tras surcar algunos rápidos. Ninguna canoa volcó.

Al llegar a la confluencia con el río Deva, hicimos la segunda parada del recorrido y despedimos a Juli, nuestro experto y amable guía. Este río tiene menos rápidos pero  buen caudal de aguas transparentes que facilita la navegación, aunque en ciertos tramos se debe prestar atención a los árboles hundidos con los que es fácil chocar o enredarse. Existen numerosas playas de cantos en las que descansar, tomar un baño o aprovechar para sacar fotografías al espléndido paisaje. Como es el segundo río con más descensos en canoas de la vertiente atlántica, su cauce está  más concurrido, aunque sin llegar jamás a las aglomeraciones del Sella. Hay muchas más canoas en el agua por la mañana que por la tarde, con lo cual, cuando nosotros alcanzamos el Deva, casi estaba vacío. Llegamos a Unquera algo cansados pero satisfechos. Fue una navegación perfecta en un día soleado que terminó con la subida de las canoas y la entrega del material en la sede de la empresa.

Comenzamos la actividad a las 11 de la mañana y acabamos pasadas las seis de la tarde.  El próximo verano tal vez probemos, con la misma empresa, el rafting o balsismo, esto es, la actividad deportiva consistente en descender en balsa por aguas rápidas.








Datos de la empresa:
C/ San Felipe Neri, 8
39560 Unquera - Cantabria
Latitud: 43.373755 | Longitud: -4.518528
 Teléf. 633 310 660
 info@canoasriodeva.com




La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





lunes, 13 de agosto de 2018

No hacer nada a derechas: el sino de las personas zurdas

No hacer nada a derechasEl mundo resulta hostil para las personas zurdas. Ninguna tarea cotidiana está pensada para ellas. En la actualidad es como si no existieran, cuando se sabe que alrededor de un 13 por 100 de la población mundial es zurda debido a su cerebro, el órgano, dividido en dos hemisferios, que centraliza la actividad del sistema nervioso y determina qué lado del cuerpo es el dominante. En las personas zurdas, predomina el hemisferio derecho del cerebro y, como el control es cruzado, el lado izquierdo de su cuerpo es el dominante, al contrario que ocurre con las personas diestras.  

 Por absurdo que parezca, a lo largo de la historia las personas zurdas han sido sistemáticamente perseguidas. Se dice que la Santa Inquisición torturó y mandó a la hoguera a muchas, acusadas se servir a Satán. Por lo que respecta a las mujeres, las  zurdas que no ocultaban su condición eran tratadas con escarnio como brujas. La aversión hacia la zurdera, a veces rayana en fanatismo, está extendida tanto en el mundo occidental como en el oriental. Pero no hay que remontarse a años ni lugares remotos para ilustrar este hecho sorprendente: en pleno siglo xx,  en las escuelas y familias europeas,  se combatía sin cejar la zurdera con todo tipo de castigos y sermones. Lo sabemos bien quienes tuvimos que rebelarnos desde pequeñas para utilizar la mano con la que mejor lográbamos hacer las cosas, soltándonos a escondidas la mano siniestra atada a la espalda para poder dibujar, escribir, sostener la cuchara y que no se derramara la sopa…

La lengua castellana, igual que otras, recoge el desprecio social que provoca nuestra índole minoritaria. La voz ‘siniestro/a’ significa como adjetivo avieso/a y malintencionado/a; infeliz, funesto/a y aciago/a, mientras que como sustantivo hace referencia a accidentes, daños de cualquier importancia que se pueden cubrir con pólizas de seguro, propensión a lo malo, resabio o vicio... Por el contrario, la voz ‘diestro/a’ como adjetivo significa hábil o experto/a en algún arte u oficio; sagaz, prevenido/a y avisado/a; favorable, benigno/a y venturoso/a; y la expresión ‘juntar diestra con diestra’ significa trabar amistad.

María Moliner, en su Diccionario de uso del español, recoge que la expresión ‘a zurdas’ significa con la mano izquierda, pero también de manera contraria a como se debe hacer; y que la expresión ‘no ser zurdo’ significa ‘ser listo o hábil’. ¿Y quién no conoce el sentido de ‘levantarse con el pie izquierdo’ o ‘empezar el día con el pie izquierdo’?

Los bienaventurados se sentarán a la diestra del padre: eso me decían de pequeña en el colegio para obligarme a cambiar de mano. Para hacerme sentir condenada solo por escribir con la izquierda. No lo consiguieron. Pero me hicieron llorar muchas veces. Me llamaban zocata como insulto. Esos recuerdos, esa sensación de rabia, me sirvieron para crear un personaje especial en mi novela La historia escrita en el cielo. Es un niño zurdo y este es el primer pasaje donde aparece:

Mientras tanto, Marie había salido a la calle y se había quedado hablando con Colasillo, a quien había encontrado sentado, pintando figuras sobre la tierra con un palo.
—¿Te gusta dibujar? —le preguntó por ser amable.
Sin levantar la cabeza del suelo, el niño respondió:
—Cuando no tengo más que hacer, así entretengo el tiempo.
—¿Y qué dibujas? —prosiguió su interrogatorio Marie.
—Lo que mi mano quiere. Yo la dejo y ella va haciendo formas, pero solo la izquierda; la derecha no sabe.
—Eres zurdo, entonces —concluyó Marie.
—No, no —se apresuró a puntualizar el niño—. Ya no. Las izas me pegan y me atan la mano mala para que trabaje con la buena. Yo obedezco en todo, pero pintar la buena no sabe…
—¿Quiénes dices que te pegan y te atan la mano? —se interesó Marie, que no le había entendido.
—Me pegan las izas y también las rabizas, el amo, las criadas, todos me pegan, pero no me quejo porque es por mi bien, para que la Santa Inquisición no me encuentre y me castigue por hereje en el potro de las torturas.
Marie pensó que izas y rabizas serían palabras infantiles que utilizaba el niño para referirse a parientes suyos y desistió de su interrogatorio. Alabó el caballo cuyos trazos empezaban a distinguirse entre el polvo y se dispuso a recoger las alforjas para regresar a la casa. Mientras se hallaba ocupada en estos menesteres, llegaron cuatro mujeres, unas más jóvenes que otras pero todas ataviadas con ostentación y profusión de colores. La de mayor edad sacó una llave de la faltriquera y otra dio un puntapié al niño en la espalda:
—Acabarás quemado en la hoguera por tozudo —le reprendió enojada—. Emplea la diestra, mocoso del diablo.
Otra de las mujeres le dio un pescozón, y las cuatro se rieron a su costa antes de entrar en la casa. Marie se había vuelto y permaneció en silencio observando a Colasillo, quien dijo, sobándose los golpes:
—Estas son las izas y las rabizas que tanto me quieren.
Entonces Marie pensó que esas palabras serían un insulto con el que se defendía Colasillo del mal trato que recibía.
—¿Dónde está tu madre? —se interesó.
—Yo no tengo madre ni padre, ni un perrillo que mueva el rabo y me ladre —respondió el niño, mirando al suelo—. Vivo con las izas y las rabizas; yo las sirvo y ellas me cuidan.
—¿Y por qué vives con ellas? —insistió Marie.
—Porque mi madre era iza y aquí nací —repuso el niño, alzando la cara.

Quienes ceden a las presiones y dejan de emplear su preciosa mano izquierda dominante se convierten en personas zurdas contrariadas, y su maña y rendimiento se suelen resentir. Por suerte, parece que ahora, al menos en el mundo occidental, las criaturas zurdas van pudiendo valerse de esa mano prohibida y más ágil, aunque les cueste cortar con tijeras pensadas para las diestras, manejar el ratón del ordenador, escribir en las sillas con la tablilla colocada a la derecha, aprender a tocar instrumentos musicales… Nos obligan a ser más hábiles, a buscarnos la vida. Si conseguimos manejar ambas manos con soltura parecida ―nunca igual―, nos convertimos en ambidextos/as o ambidiestros/as, vocablos procedentes del latín que significan ‘dos derechas’: perdemos la mano siniestra y pasamos a disfrutar de dos diestras. Qué suerte la nuestra. Puede que, de este modo, logremos convertirnos en la mano derecha de alguien, esto es, merecer su confianza.

‘Zurdera’ y ‘zurdería’ son las voces con las que se significa la cualidad de zurdo. ‘Zurdamente’ es el adverbio; ‘zurdoso’, el adjetivo que designa lo que tira a zurdo.  Y dejo para el final una expresión positiva: ‘tener mano izquierda’, que significa poseer habilidad o astucia para resolver situaciones difíciles. Pero no nos hagamos ilusiones. No hace referencia a las personas zurdas, sino a las diestras que son capaces de utilizar también su otra mano cuando es preciso. 



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  







lunes, 30 de julio de 2018

Ensaladas


Ensaladas
Las ensaladas apetecen siempre, pero mucho más cuando llegan los calores del verano. El diccionario de la RAE define el plato como «hortaliza o conjunto de hortalizas mezcladas, cortadas en trozos y aderezadas con sal, aceite, vinagre y otras cosas». Y no es una invención reciente, pues está documentado que griegos y romanos ya las consumían. Catón el Viejo, por ejemplo, hacía el año 160 de nuestra era, proporciona en su obra De agri cultura una receta de ensalada de col, diciendo que nada hay más saludable que comerla picada fina, lavada, secada y condimentada con sal y vinagre. Se sostiene que los latinos llamaban herba salata  a las hortalizas o verduras aderezadas con aguasal o salmuera y que su abreviación como salata fue la que pasó al latín medieval y dio lugar a las distintas palabras con las que se conoce la mezcla en las lenguas romances: salade en francés, salada en portugués, insalata en italiano y ensalada en español. Incluso los términos actuales de lenguas no romances como el inglés o el alemán, salt  y salz, respectivamente, provienen del vocablo latino con el que se conocía la sal: sal, salis. De esta misma raíz derivan en castellano salina (lugar de donde se extrae la sal), salazón (método de conservación de alimentos a base de sal),  salmuera (sinónimo de aguasal, el aderezo más antiguo de la ensalada) o salario (en su origen, pago de sal o por sal). Por su parte, salar proviene del verbo latino sallare, de cuyo participio salsus (salado) han derivado salsa e insulso.

Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana,  o española (1611), define ensalada del siguiente modo:

El plato de verduras que se sirve a la mesa, y porque le echan sal, para que tenga mas gusto, y corrija su frialdad, se llamó ensalada; empieçase con ella la cena, y la mas ordinaria es la de las lechugas  […]. Y porque en la ensalada echan muchas yervas diferentes, carnes saladas, pescados, azeytunas, conservas, confituras, yemas de huevos, flor de borrajas, grageas, y de mucha diversidad de cosas se haze un plato, llamaron ensaladas, un genero de canciones, que tienen diversos metros, y son como centones, recogidos de diversos autores. Estas componen los Maestros de Capilla, para celebrar las fiestas de la Natividad, y tenemos de los autores antiguos muchas y muy buenas, como el molino, la bomba, el fuego, la justa, el chilindrón, &c. […]. La vez de la ensalada ni la pierdas, ni sea aguada. Prov.

El actual Diccionario de la lengua española académico también recoge las acepciones de composición poética  o composición lírica en las que se combinan versos y metros diversos, así como la de «mezcla confusa de cosas sin conexión». María Moliner, en su Diccionario de uso del español, añade la expresión ‘en ensalada’, que hace referencia a comidas servidas frías y condimentadas con aceite y vinagre. 
  
El salpicón está relacionado con la ensalada en el sentido de que se trata de una preparación servida fría de carne, pescado o marisco cocidos, troceados y aderezados con una vinagreta. Joan Coromines, en su Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana (1954-1957), recoge que la palabra ‘salpicón’ data del siglo xvii y que su origen, como el del verbo ‘salpicar’, es incierto. Una conjetura sería que ‘salpicón’ derivara de ‘salpicado’, compuesto de sal y picado, añadiendo el polivalente sufijo -ón de carácter apreciativo-aumentativo. En su Tesoro de la lengua castellana, o española, Covarrubias define salpicón como «la carne picada y aderezada con sal». 

Si el salpicón suena a aumentativo, la ensaladilla rusa, compuesta de hortalizas cocidas ―la patata es fundamental―, algunas crudas, aceitunas, huevo, atún en conserva y salsa mahonesa, suena a diminutivo. Pero ambos platos son semejantes en contundencia: no llena menos una ensaladilla que un salpicón.  Es forzoso agregar aquí otra receta emparentada con las ensaladas, también con término diminutivo: el asadillo manchego, elaborado con pimientos rojos y tomates asados, a los que se añaden, una vez pelados y troceados, aceitunas negras y ventresca de bonito en conserva, todo aliñado con aceite de oliva, vinagre, cominos (y ajo majado, si es que gusta, o huevos duros en cuartos). En la actualidad, las ensaladas, salpicones, ensaladillas, asadillos y demás son platos sofisticados en los que cada cual recurre a su imaginación y paladar para afinar recetas antiguas, añadiendo nuevos víveres y exquisiteces que la globalización ha acercado a nuestras mesas. 

Para obtener una buena ensalada, los libros de cocina clásicos solían coincidir en recomendar generosidad en el aceite, sigilo en el vinagre, prudencia en la sal y desenfreno para remover los ingredientes. El orden sería añadir primero la sal, después el vinagre y por último el aceite. Hay un refrán que lo resume: La ensalada, salada, bien aceitada y por mano de loco meneada. 

No está de más recordar, para terminar, que las vinajeras o vinagreras y las angarillas son las piezas de madera, metal o cristal donde se llevan a la mesa el aceite, el vinagre y otros aderezos. Del francés convoi proviene la voz ‘convoy’, con el sentido de vinagreras para el servicio de mesa, que está tan extendida en la actualidad. Las ensaladas se sirven con cucharas y tenedores de pala ancha especiales o con pinzas, y se comen con tenedor: toda esta cubertería, a veces, se mete en el congelador para que esté fría en el momento de usarla.  


La lengua destrabada

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miércoles, 18 de julio de 2018

¿Escribir con r o con rr?

Escribir con r o con rr
La consonante r, decimonovena letra del abecedario español desde la exclusión de los dígrafos ch y ll en 1994, puede representar dos sonidos distintos dependiendo, por lo general, de la posición en que aparezca dentro de una palabra: uno suave (vibrante simple), como en arena, truco o prado, y otro fuerte (vibrante múltiple), como en raíl, subrayar y honra.


Las reglas ortográficas para el uso de r o rr en la escritura no son difíciles de resumir ni de recordar:

·       El sonido suave se escribe siempre con r: aroma, orilla, urea.
·       Siempre se escribe r al comienzo y final de palabra: radio, roto, ruina; rumor, ardor, hartar.
·       Dentro de una palabra, el sonido fuerte se escribe con rr siempre que se encuentre entre dos vocales: arruinar, horrorizar, errático.
·       Dentro de una palabra, el sonido fuerte se escribe con r cuando va precedido de las consonantes l, n, s: alrededor, malrotar, enriquecer, israelita, disrupción.
·       Dentro de una palabra, el sonido fuerte se escribe con r cuando va precedido de una b que no forma sílaba con dicha r: abrogar, subrogar, subrayar, subreino.

Sin embargo, no hay más que navegar por internet para comprobar la multitud de faltas de ortografía que provoca esta sencilla letra consonante. Los siguientes son algunos ejemplos extraídos en pocos minutos:

Fotorejuvenecimiento facial mediante Luz Pulsada Intensa

Foto rejuvenecimiento facial, beneficios y resultados

Exrrector de la UNAM, honoris causa

¿Qué es una contraréplica en un debate?

Como se puede apreciar, las faltas de ortografía más frecuentes ocurren en el caso de palabras compuestas cuyo segundo elemento comienza por r, con lo cual el sonido fuerte (vibrante múltiple) suele quedar en posición intervocálica. Las palabras resultantes se rigen por las mismas reglas de escritura ya expuestas. Así, los ejemplos citados se corregirían del siguiente modo:  

Fotorrejuvenecimiento facial mediante Luz Pulsada Intensa (el sonido fuerte de r queda en posición intervocálica, luego se escribe el dígrafo rr)

Fotorrejuvenecimiento facial, beneficios y resultados (no es correcto escribir el primer término como dos palabras independientes y, por tanto, separadas)

Exrector de la UNAM, honoris causa (el sonido fuerte de r no queda entre dos vocales, luego no es correcto escribir el dígrafo rr)

¿Qué es una contrarréplica en un debate? (el sonido fuerte de r queda en posición intervocálica, luego es obligado escribir el dígrafo rr)

Su unión con distintos prefijos provoca la paradoja de que una misma palabra base se deba escribir con r o con rr atendiendo a las reglas expuestas. Así, tendríamos: extrarradial y subradial; infrarrojo y exrojo; vicerrector y exrector; posrevolucionario y contrarrevolucionario; arracimar y desracimar; exradical y ultrarradical; trasroscar, enroscar y arroscar. A este respecto, debe tenerse presente asimismo que los diccionarios de la lengua no recogen todos los vocablos cuya formación es posible recurriendo a prefijos productivos, lo cual no indica que no sean correctos.

Por último, recuérdese que el dígrafo rr ―al igual los dígrafos  ch, ll― es indivisible a final de línea porque representa un único sonido: vi-rrey; arru-maco; ca-rretera. Existe una salvedad, sin embargo: cuando la erre doble surge de anteponer a una palabra que comienza por r un prefijo o elemento compositivo que acaba por esa misma letra (ciber-; hiper-; inter-; super-), es posible partir dicha palabra dividiendo las erres: ciber-república; hiper-realismo; inter-regional. En el caso de que el dígrafo  rr resulte de anteponer un prefijo o elemento compositivo a una palabra que comienza por r, debe mantenerse el dígrafo si se elige la partición por componentes: infra-rrojo; vice-rrector; guarda-rraíl.


La lengua destrabada
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miércoles, 16 de mayo de 2018

La fábula del gramático y el pescadero

La fábula del gramático y el pescadero
Narra Gonzalo Celorio en su ameno libro Del esplendor de la lengua española  (México, Tusquets, 2016) la siguiente fábula, que dice utilizar con sus alumnos como ejercicio para que midan sus palabras y se ahorren las superfluas, sobre todo en lo tocante a los adjetivos, de los que suelen hacer abuso los escritores en ciernes (pero no solo):

Un gramático se topó cierto día con un establecimiento que se anunciaba con este letrero: «Aquí se vende pescado fresco». El gramático consideró que al anuncio le sobraba el adverbio aquí, pues el pescado estaba a la vista de toda la gente que pasara por delante y resultaba evidente que era en ese lugar y no en otro donde se ofrecía la venta. Cargado de razones, entró en la pescadería y eligió las palabras más llanas que encontró en su riquísimo vocabulario para hacer comprender al pescadero la redundancia contenida en su letrero. El pescadero quedó tan convencido ante la explicación que prometió eliminar enseguida la palabra sobrante. 

A la semana siguiente, el gramático pasó de nuevo ante el establecimiento y comprobó satisfecho que el adverbio superfluo había desaparecido. En el letrero ya solo se leía: «Se vende pescado fresco». Deseoso de felicitar al pescadero por haber seguido su docta sugerencia en beneficio de la lengua común, entró en el local. Pero entonces el gramático cayó en la cuenta de que al letrero le seguía sobrando algo:

―¿Conoce usted algún lugar donde vendan pescado podrido?―preguntó al pescadero.

Este, desconcertado, negó con la cabeza. En consecuencia, el gramático lo instó a suprimir el adjetivo fresco del letrero, pues solo servía para crear suspicacia en la clientela. Allanando la frase latina «excusatio non petita, accusatio manifesta», el gramático argumentó que al anunciar expresamente y sin necesidad la frescura de su producto, no faltarían quienes sospecharan que estaba al borde de la putrefacción. El pescadero, convencido de nuevo por el razonamiento lingüístico, no tardó en eliminar de su letrero tan peligroso adjetivo, capaz de abocarlo a la ruina.

Pasaron los días. El gramático volvió por el lugar y se llenó de sano gozo cuando leyó el letrero corregido según su dictamen: «Se vende pescado». Entró dispuesto a felicitar al pescadero por su diligencia, pero se le escapó además una pregunta:

―¿Sabe usted de algún establecimiento en el que regalen el pescado?

El pescadero no conocía ninguno, cerca ni lejos, que no cobrara por su mercancía. Así pues, el gramático adujo entonces que en el letrero sobraba el verbo ―en pasiva refleja― se vende, pues era evidente que en todas las pescaderías como la suya el pescado se vendía y no se regalaba. 

Aceptando de nuevo el ilustrado parecer del gramático sobre la economía y pureza de la lengua, el pescadero se apresuró a reducir su cartel a un único sustantivo: «Pescado».  

El gramático no pudo sentir mayor contento cuando advirtió el cambio al  dejarse caer por la calle, transcurrido un tiempo. La lengua estaba a salvo gracias a su iniciativa. Entró en el establecimiento deseoso de elogiar al pescadero  por su celo y entonces, cuando ya no había palabras revoloteando que lo distrajeran, notó en las pituitarias el intenso olor a pescado.  Y dijo: 

―Oiga, aquí huele a pescado. Quite de inmediato el letrero.

¿Qué moraleja cabría extraer de esta fábula? ¿Que a veces un olor, al igual que una imagen, vale más que mil palabras? Puede ser. Pero se me ocurren algunas reflexiones antes de llegar a ese final drástico.

La primera salta a la vista. El austero gramático, tan preocupado por la pureza económica de la lengua, en lugar de ir dictando al pescadero la supresión de las palabras de su letrero una tras otra, podría haber recomendado el uso de un solo sustantivo ―derivado―, que indicaría a los transeúntes sin ambages el tipo de local ante el que se hallaban: pescadería. No hacía falta nada más.

Pongámonos ahora en la piel del pescadero. ¿Por qué se dejó convencer por las razones del gramático sin mostrar resistencia? Probablemente, por paradójico que resulte, cayó rendido ante el caudal inagotable de sus palabras: creyó que el gramático sabía lo que él desconocía. En definitiva, se fio de su opinión profesional.

Y, sin embargo, el letrero del pescadero era perfectamente válido desde cualquier criterio lingüístico. Nos servimos de la lengua para transmitir mensajes, que varían atendiendo a los emisores, los receptores y el fin que se pretenda alcanzar. ¿Por qué suprimir el adverbio aquí si la intención del letrero del pescadero fuera hacer hincapié en su local frente a otros? ¿Por qué suprimir fresco si la intención del pescadero fuera resaltar que su mercancía es de mayor calidad que la de otros? ¿Y por qué suprimir se vende cuando es a lo que se dedica? Que algo se sepa no supone que no se deba expresar a las claras.

Aunque lo redundante no añade información y solo reitera lo que ya se conoce, la  redundancia surge a menudo como una estrategia para evitar malentendidos y puede cumplir objetivos útiles y necesarios. Por tanto, no siempre es censurable. Si la redundancia posee un valor expresivo, se convierte en una figura tradicional de la retórica conocida como pleonasmo: Lo vi con mis propios ojos. Cállate la boca. Voló por los aires. Escrito de vuestro puño y letra. En las duplicaciones de complemento indirecto, aporta énfasis a la oración: Le di dos besos a mi mayor enemiga. A mí me duele la cabeza. Y en la poesía es capaz de llevar a altas cotas literarias, como en los siguientes versos de Miguel Hernández, pertenecientes a la «Elegía a Ramón Sigé» (1936): «Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento».

Conste, para terminar, que no me declaro defensora a ultranza de la redundancia: las más de las veces merece corrección. Sin embargo, como profesionales de la escritura, debemos aprender a discriminar y, sobre todo, debemos esforzarnos en no confundir al resto de hispanohablantes con nuestra pretendida superioridad lingüística.

Dicho lo cual, confieso una redundancia que me molesta en especial y siempre corrijo: el exceso de marcas tipográficas en la composición de citas y palabras extranjeras. Comillas o letra cursiva bastan para señalarlas dentro de un texto. Nótese la conjunción o: una cosa u otra; no las dos a la vez.  Y si se trata de una cita larga (más de cuatro líneas) en texto exento, sangrado y separado por una línea de blanco en su comienzo y final, ni siquiera precisa comillas ni letra cursiva.

Vale  (que es adiós en latín y por eso está escrito en letra cursiva).  


La lengua destrabada
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miércoles, 18 de abril de 2018

Palabras de ida y vuelta


Palabras de ida y vuelta
El domingo pasado escuché en la radio a un conocido profesor de inglés, dueño de academias, opinando sobre los anglicismos en castellano. Es cierto que abundan, pero casi todos los ejemplos que él adujo fueron erróneos por diversos motivos. Me llamó la atención en particular que señalara como anglicismo absurdo, completamente separado de su significado en inglés, el vocablo office cuando se utiliza en castellano para designar un espacio anexo a la cocina que se suele emplear para comer. No hay más que consultar los diccionarios para comprobar la equivocación del profesor.

Comencemos por un diccionario de la lengua francesa (Le petit Robert, París, 1993). La voz office tiene abundantes acepciones, una de las cuales, desde el siglo xvi, es: «piéce ordinairement attenante à la cuisine où se prépare  le service de la table» (habitación ordinariamente contigua a la cocina donde se prepara el servicio de mesa). Si pasamos ahora a un diccionario de la lengua inglesa (Webster’s Encyclopedic Unabridged Dictionary of the English Language, Nueva York, 1989), entre las múltiples acepciones de la voz, descubrimos como número 14: «offices, Chiefliy Brit. a. the parts of a house, as the kitchen, pantry, laundry, etc., devoted to a household work» (mayoritariamente británico. Partes de una casa, como cocina, despensa, lavandería, etc., dedicadas a las labores domésticas). El Diccionario de la lengua española de la RAE (consultado en su versión electrónica) incluye la voz en cursiva como francesa: «Pieza que está aneja a la cocina y en la que se prepara el servicio de mesa». La definición casi está calcada del diccionario francés.

Por su parte, el utilísimo Diccionario del español actual  de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos (Madrid, 1999) contiene dos términos, office y ofís. El primero aparece definido como «habitación pequeña que sirve de anejo a la cocina», señalando que es palabra francesa y que su pronunciación puede ser como llana o aguda; el segundo se presenta como la castellanización de la palabra francesa, bien manteniendo la pronunciación como aguda del término original o bien convertida en llana. Recoge el siguiente ejemplo: «Mendoza, Misterio 79: El mayordomo me indicó que esperara allí mientras él telefoneaba desde el ofís». La mayoritaria pronunciación actual como palabra llana puede deberse a la tendencia del castellano a actuar de este modo con las palabras terminadas en -s o al influjo de la pronunciación inglesa, en la actualidad predominante.

Ahora viene la guinda del pastel, la autorizada opinión de María Moliner, recogida en su imprescindible Diccionario de uso del español (Madrid, 1982): a su entender, office es «palabra francesa que se emplea por ‘antecocina’. Se oye pronunciada indistintamente a la francesa (‘ofís’) y a la inglesa (‘ofis’). Recientemente se ve traducida a veces como ‘oficio’, lo cual es acertado, puesto que la palabra es también española, ya que ‘oficio’ se llamaba a cualquier cuarto destinado en palacio a preparar el servicio de los reyes». En la voz oficio de ese mismo diccionario, Moliner indica como una de sus acepciones: «Recientemente, habitación de las casas contigua a la cocina donde hay armarios, fregaderos, mesas, etc., para guardar cosas del servicio de mesa y realizar operaciones complementarias de la cocina». Como sinónimos, aporta ‘antecocina’ y ‘recocina’.

En muchos lugares de América Latina, ese espacio contiguo a la cocina, cuando se emplea para comer, recibe el nombre de ‘desayunador’, del mismo modo que en Estados Unidos suele denominarse breakfast room. Sin embargo, ese office u oficio no siempre se encuentra al lado de la cocina ni tiene ese cometido: en casas grandes y antiguas, de esas con largos pasillos, puede haber antes del comedor una estancia con armarios, fregaderos, mesas, etc., utilizada para realizar las operaciones complementarias de la cocina, antes de servir la comida, a las que alude Moliner. En este caso, el término castellano sería ‘antecomedor’.

El vocablo office francés, su homónimo inglés y el castellano oficio provienen todos del latín officium, que a su vez es una contracción de opificium, compuesto con las raíces de  opus (obra) y facere (hacer). Las tres palabras partieron del latín, fueron adquiriendo diversos sentidos y perdiendo otros con el paso de los años, hasta que, convertidas en vernáculas y olvidado su origen común, pasaron de una lengua a otra, quizá por ese prurito esnobista de ennoblecer algo nombrándolo de otro modo más selecto.

Las palabras van y vienen. No las mueve el viento, sino nuestras lenguas. Las llevamos con nosotros de una lengua a otra y las usamos cuando las necesitamos. Pongamos un ejemplo más. ¿Qué español desconoce el significado de ‘patio’ en castellano? Hasta hay una canción infantil que dice: «El patio de mi casa no es particular, cuando llueve se moja como los demás». El Diccionario de la lengua española de la RAE lo define en su primera acepción como «espacio cerrado con paredes o galerías, que en las casas y otros edificios se suele dejar al descubierto».

¿Existe esa misma palabra en francés y en inglés? Si buscamos patio en Le petit Robert, leemos: «mot esp. (1495) d’o. i. Cour intérieure à ciel ouvert  d’une maison espagnole ou de style spagnol» (palabra española [1495] de origen incierto. Espacio interior a cielo abierto de una casa española o de estilo español). En el Webster’s Encyclopedic Unabridged Dictionary… se define patio en primera acepción como «a courtyard, esp. of a house, surrounded by low buildings or walls». ¿Cómo traducir en este caso courtyard cuando es sinónimo de ‘patio’? ¿Recurriremos a atrio o echaremos mano de los socorridos área o espacio?: atrio (área, espacio), especialmente de una casa, rodeado por edificios bajos o muros. Si se busca la palabra en el Wiktionary, aparece su procedencia española: «From Spanish patio […] 1. A paved outside area, adjoining a house, used for dining o recreation. 2. An inner courtyard typical of traditional Spanish houses» (del español patio.  1. Zona exterior pavimentada, contigua a una casa, que se utiliza para comer o esparcimiento. 2. Atrio interior típico de las casas españolas tradicionales).

Ignoro si la palabra ‘patio’ es de uso habitual en la lengua francesa. Sí sé por experiencia propia que, al menos en California (Estados Unidos), es de uso común en la lengua inglesa… pero tiene un significado distinto: equivale a lo que en castellano en España denominamos ‘terraza’, en el sentido de balcón amplio, no como ‘azotea’. Nuestro ‘patio de luces’ de un edificio se designa en el inglés californiano como court. El vocablo patio  ―hispanismo en las lenguas francesa e inglesa― no tiene un origen claro: se aluden diversas procedencias, de las cuales yo me inclino por la que lo asocia con el verbo latino pateo, que significa ‘estar abierto’. 
         
Iba a escribir «por hoy nada más», pero quiero terminar refiriéndome a la palabra ‘nada’, tan habitual en la lengua cotidiana… y que suena tan parecida al nothing inglés. ¿Se atreverá alguien a insinuar que es otro anglicismo?

El vocablo castellano ‘nada’ tiene una curiosa historia, alejada por completo del inglés. Proviene de la expresión latina res nata, que pasó de significar ‘cosa nacida’, es decir, ‘el asunto en cuestión’, a ‘ningún asunto en cuestión’, esto es, asumió un sentido negativo: ‘nada cosa’ en castellano primitivo, que acabó reducido a ‘nada’. Lo curioso es que en francés, catalán y occitano, de esa misma expresión se prescindió de nata y se tomó res, que  evolucionó a rien en francés, mientras que permaneció invariable en las dos últimas lenguas. Por su parte, el vocablo nothing (ninguna cosa) inglés significa lo mismo, pero no tiene procedencia latina.

Lo dicho: las palabras vuelan y se encuentran. Van y vuelven.


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






martes, 20 de marzo de 2018

Retos de corrección: Apuntes sobre edición sustancial



corrección sustancial
Cuando una institución, empresa o autor académico solicita una corrección profesional de su texto antes de enviarlo a una editorial, la persona encargada de realizarlo debe dedicar el tiempo oportuno a su lectura para después ser capaz de redactar un informe previo en el que se establezcan debilidades y fortalezas, se especifique el tipo de corrección necesaria, se determine el plazo de realización y se estipule la retribución pertinente en virtud de la complejidad de lo que se sugiere llevar a cabo.

Las más de las veces, habrá que acometer una edición sustancial del texto: esto es, una corrección comprehensiva que abarque tanto la organización como el contenido. Supone rescritura para eliminar defectos, repeticiones y ambigüedades, reorganización y ajustes, así como la revisión del aparato crítico si lo hubiera. Pero jamás se inicia una edición sustancial sin el consentimiento explícito de quien ha escrito el texto o dirige la publicación. Para obtenerlo, es conveniente enviar una muestra del resultado final que cabrá esperar, comparando dos o tres párrafos originales con los mismos ya corregidos. La mayoría de los clientes aceptarán la edición sustancial si es profesional: es decir, si está fundada y no se limita a retoques estéticos prescindibles.

Una vez aceptada la propuesta, antes de comenzar la edición sustancial de un texto ―sobre todo si es largo o está compuesto por artículos o ponencias de diversos autores―, se debe establecer una hoja de estilo, en la cual se especifican los criterios ortotipográficos que se van a seguir. El tiempo que se tarda en esbozarla y redactarla se recupera en el trascurso del trabajo, pues bastará con echar un vistazo para recordar el estilo de letra que corresponde a los títulos, los subtítulos y las diversas jerarquías de epígrafes; qué palabras se escribirán con mayúscula inicial y cuáles no; qué tratamiento se dará a las citas, las notas bibliográficas y la bibliografía; cómo se compondrán tablas, cuadros y gráficas; cuál será la pauta para sangrías y justificación, etc. En la hoja de estilo también se recogen los criterios tipográficos que se aplicarán para la composición del índice o tabla de contenidos y, en general, todos aquellos aspectos de la corrección que exijan uniformidad.

El objetivo de la edición sustancial, por lo que respecta a la forma de un escrito, es aumentar su legibilidad. Para conseguirlo, se realizan acciones como las siguientes: 
  •        Optimización de párrafos, dividiendo los largos en exceso y reagrupando los demasiado breves.
  •        Control del desarrollo lógico, añadiendo o suprimiendo marcadores textuales entre párrafos según sea necesario.
  •        Corrección de abreviaturas. Dentro de un texto cuidado, la única aceptable (aparte de las propias de las notas bibliográficas y bibliografías) es etc., si bien se ha de evitar su uso constante. 

 En escritos donde abundan las notas bibliográficas a pie de página, se suele recomendar su inclusión en el texto general mediante el sistema de citado por autor-año: de este modo, se libera espacio y se mejora la legibilidad al evitar interrupciones y distracciones. Pero está acción ha de consensuarse de antemano con los responsables del texto. Veamos un ejemplo de nota bibliográfica a pie de página en un original por corregir: 

10 Cfr. Critchley, Simon y otro (Compiladores), Laclau. Aproximaciones críticas a su obra, Buenos Aires,  FCE, 2008, © 1994, passim.

Incluida en el texto general, la referencia sería: (Critchley, 2008).  En la bibliografía aparecería la referencia completa (corrigiendo los datos aportados):

Critchley, Simon (2008). Laclau: Aproximaciones críticas a su obra, Buenos Aires: FCE.

La puntuación dentro de una entrada bibliográfica es asunto discutido. En la actualidad, se va imponiendo el criterio de separación por puntos y dos puntos, pero no es el clásico empleado en el ámbito editorial hispanohablante, que siempre había preferido la separación de elementos mediante coma, más acorde con las normas generales de puntuación en español. Una vez establecido un criterio, se debe respetar de principio a fin dentro de una misma bibliografía.

Pasando al contenido del texto, la edición sustancial supondrá una rescritura tan amplia como sea preciso. Su objetivo es lograr que el texto resulte comprensible a la primera lectura, sin defectos morfológicos, sintácticos ni ortotipográficos. Veamos el siguiente ejemplo de un texto ya corregido, pero en el que queda un problema: 

En el imaginario posmoderno en que habitamos, comenzamos a estar más inclinados a mirar a ese «otro» y a integrarlo en la narrativa de nuestro pasado y presente no como una genealogía de proceso civilizatorio a la Elias, sino como un componente que nos facilita formular preguntas incómodas, irresolubles.

¿Cómo corregir algo que no se entiende en un texto, por lo demás, fluido? El mejor modo es dejarse de lucubraciones y ponerse en contacto con quien lo escribió, puesto que la responsabilidad del contenido es suya. De este modo, el texto mejorará como sigue:

En el imaginario posmoderno en que habitamos, comenzamos a estar más inclinados a mirar a ese «otro» y a integrarlo en la narrativa de nuestro pasado y presente no como una genealogía del «proceso civilizatorio» que describió Norbert Elias hace ya casi un siglo, sino como un componente que nos facilita formular preguntas incómodas, irresolubles.
Parece oportuno incluir aquí una advertencia sobre los errores de bulto que salpican hasta los textos más eruditos.  Se citan dos ejemplos extraídos de correcciones recientes:
Victoria reinaba sobre el más basto número de razas, poblaciones y lenguas que el mundo hubiera conocido.
Un rápido vistazo en perspectiva y escala mundial nos rebela dificultades para encontrar un Estado-nación.
El uso generalizado de los correctores ortográficos y gramaticales incluidos en los procesadores de texto ha provocado que se baje la guardia ante faltas de ortografía que antes no se cometían. Debe tenerse presente que dichos correctores automáticos no son fiables al cien por ciento porque no discriminan. La minuciosa rescritura que supone la edición sustancial quedará oscurecida si se cuelan errores garrafales de este tipo. 

Para finalizar, he aquí el siguiente párrafo:
Cualquier aproximación al oficio de la enseñanza de la época Medieval, exige considerar las etiquetas y los estigmas con los que carga esta época de la Historia. Resulta pues increíble que a más de 60 años que la historiografía europea estableciera las luces y la trascendencia de este período, aún hoy sea tema y preocupación de la docencia aclarar las imágenes sombrías con la que carga el imaginario colectivo. Lo que en la década de los 90’s, Jacques Heers llamó “la invención de la Edad media” (Heers, 1995), es el resultado de una historiografía ideológicamente interesada en construir un modelo de oposición cultural.
Compárese con el mismo párrafo corregido para comprobar la sistematización del uso de mayúsculas, la escritura de años y décadas, y la puntuación:    
Cualquier aproximación al oficio de enseñar la época medieval exige considerar las etiquetas y los estigmas con los que carga. Resulta, pues, increíble que a más de sesenta años de que la historiografía europea estableciera las luces y la trascendencia de este período, aún hoy sea tema y preocupación de la docencia aclarar sus imágenes sombrías en el imaginario colectivo. Lo que en la década de 1990 Jacques Heers (1995) llamó «la invención de la Edad Media» es el resultado de una historiografía ideológicamente interesada en construir un modelo de oposición cultural.

 La edición sustancial es una labor concienzuda que exige preparación y experiencia. Es imprescindible entender un texto antes de iniciar su corrección. Y siempre se ha de respetar a quien lo ha escrito.  


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.