viernes, 8 de noviembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 14)

Angelina y el Nuevo Mundo
Me gusta ver el cielo 
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar;
me gusta ver la noche 
sin luna y sin estrellas, 
y solo las centellas
la tierra iluminar.

atribuida a José de Espronceda


CAPÍTULO 14

V
AN a subir al cerro. Es una huida, disfrazada con el pretexto de recoger hierbas. Doña Chona ha pasado tumbada en la cama una noche y un día completos, los ojos muy abiertos, el corazón sangrando. Le duele el cuerpo ya viejo, crujen sus articulaciones maltratadas por la caída y no halla reposo: ninguna postura es buena porque es su alma la que se queja. Ella, que había soportado estoica tantas penalidades, que jamás había levantado la mano contra nadie, ha provocado el linchamiento de Braulio. No sabe si está vivo o muerto, y no se arrepiente. No, la ira sigue mandando en su interior y no le consiente pensar con claridad. Su olla se ha colmado y ya rebosa;  su cabito se acaba y exhala culebrillas de humo negro…
Angelina se ha alegrado cuando su abuela ha propuesto el viaje. Tampoco ella es capaz de dormir, no encuentra sosiego. Pero no quiere llorar más, que Melva descanse en paz allá donde se encuentre, no quiere seguir pensando en su hijito desaparecido, necesita aire, nuevos horizontes para que no la aniquile la pena. Sin embargo, no está segura de que su abuela aguante tan larga caminata. Ha visto los moratones de sus muslos y las negras ojeras que rodean sus ojos, y hasta ha tenido que ayudarla a levantarse de la cama. No, es demasiado pronto para subir al cerro.
Pero doña Chona es terca:
—Allá arriba estaremos bien, mi hija. Tengo necesidad de buscar mis hierbas.  ¿Cómo voy a sanar de sus males si no a los desdichados que acudan a pedírmelo?
Angelina asiente con la cabeza aunque teme que ahora serán otros los que se acerquen a su abuela. Ayer tocaron a la puerta dos hombres que estaban dispuestos a pagar harta plata si echaba daño a quien los estaba perjudicando en una disputa de tierras. Muchos más los seguirán en cuanto se corra la voz de lo ocurrido con Braulio. Tiene razón doña Chona, mejor subir al cerro, aunque sea paso a pasito, mejor huir hasta que llegue el olvido y las cubra con su manto.           
Sabe doña Chona que los primeros pasos son los peores, los más dolorosos, y aprieta los dientes para aguantarlo. Luego las plantas de los pies se endurecen, la columna consigue enderezarse y, apoyada en el grueso palo que le sirve de cayado, abandona su casa sin volver la vista atrás. Angelina camina a su lado, cogida de su brazo, creyendo observar ojos silenciosos que las vigilan desde las rendijas de las viviendas. Aún está oscuro, y los perros ladran hambrientos a la luna.
Durante su lento camino de ascenso, el sol ha disipado la bruma del amanecer y brilla en el cielo diáfano. Las laderas están salpicadas de chozas y terrazas labradas teñidas de verde y amarillo. Doña Chona va escogiendo las plantas, arrancando los mejores tallos que coloca en una bolsa de tela mientras explica a Angelina sus cualidades y aplicaciones: hierbasanta para los cólicos, corazoncillo para el mal de ojo, epazote para las lombrices, hierba cana para el dolor de huesos. Desea transmitirle su ciencia, pero Angelina la escucha sin  prestarle atención. Está absorta en el paisaje, asombrada por su colorido que casi había olvidado. Unas risas la atraen hasta el borde del barranco, mientras su abuela se sienta sobre una piedra para descansar.
Abajo, en un remanso del río cristalino que se precipita entre breñas, se bañan mujeres y niñas, lavándose con raíces jabonosas las largas melenas que después se anudan en la nuca mientras se secan. Sus delgados cuerpos desnudos, sus chapoteos, las madres golpeando la ropa contra las rocas: Angelina también se bañaba así de niña con Melva; su abuela también lavaba la ropa entre las piedras del río. Qué bonita escena: serviría para los anuncios de las agencias de viajes. «Vengan a Guatemala, tierra de los mayas», decía un folleto que hojeó Angelina cuando fue a comprar su billete. Observándolas bañarse, pareciera que su vida es tranquila e idílica, pero Angelina sabe que muchas de esas mujeres serán arrastradas de las melenas que acaban de lavarse en cuanto regresen a sus casas, que más de una sufrirá el mismo destino que Melva… Porque los anuncios son mentira, bien se lo advirtió la joven Cecilia cuando pidió a doña Mercedes que le dejara comprar el detergente de la televisión para limpiar las manchas que traía en su ropa la niña Paloma cuando regresaba de las clases de pintura. «El frotar se va a acabar», anunciaban sonrientes por la televisión, y Cecilia se rio, cómprale el detergente, abuela, que descubra por sí misma que los anuncios siempre son mentira. Y tenía razón: había que frotar las manchas, nunca salían a la primera con ese detergente ni con ninguno. El anuncio era mentira, sí, siempre lo son: mentira era también la vida idílica de esas gentes que por sus costumbres y su vistosa ropa tejida a mano se convertían en atracción para los turistas.
Los anuncios ocultaban que hubo una guerra fratricida con un legado terrible de violencia y desarraigo. Ocultaban que fueron miles los que perecieron y que otros, como su abuela y ella, tuvieron que huir para no morir, y que en el camino se deshicieron poco a poco de sus ropas de indias para pasar desapercibidas, para encontrar empleo en las fincas. Angelina lo tuvo más fácil por sus ojos de española. Hasta una vez cierta maestra la quiso poner de abanderada para un desfile de la escuela, pero cambió de opinión a toda prisa cuando conoció a su abuela y se dio cuenta de que no era ladina.
«Margarita, no anheles la escuela para nuestra hija, porque allá le quitarán nuestras costumbres», recuerda Angelina que su papá repetía cada vez que su mamá insistía en mandarla. «Del padre al hijo bajará la sabiduría, pues nadie podría saber ni repetir lo que fue antes de que hubiera ojos para verlo y orejas para escucharlo si los que en su tiempo lo supieron no lo hubieran enseñado». Luego lo mataron por meterse a defender los derechos de los indios, y Angelina solo recuerda que le explicó: «Hay tres cosas grandes en que está puesta la sabiduría, no lo olvides nunca», y no lo olvida, pero aún no ha descifrado cuáles son, y en la escuela a la que la envió doña Chona tampoco se las enseñaron. Tal vez porque faltaba mucho, tal vez porque no era capaz de prestar atención cuando sentía hambre o sueño, porque durante mucho tiempo vagó con su abuela por los cerros y no tuvo más techo que las estrellas.
—Angelina, ya acabé —anuncia doña Chona.
—¿Cuáles son las tres cosas grandes en las que se asienta la sabiduría? —le pregunta.
—Ay, mi hijita, ¿es otro acertijo del cofre de doña Virtudes?
—No, fue mi papá quien me lo dijo. ¿Sabes cuáles son?
—Has de descubrirlas tú. Son distintas para cada quien.
Omnia mecum porto. Eso ya lo adiviné.
—Qué bueno, mi hijita. Ya vámonos, apúrate.
Angelina mira de nuevo a las mujeres que se alejan del río, cargando cada una un recipiente de agua para rellenar las tinajas de las casas, y corre a reunirse con su abuela, que ya ha iniciado la marcha,  pero no por donde habían subido.
—Ay, abuelita, te confundiste. Por acá no es el camino.
—Ya sé, mi hijita, cómo crees que voy a perderme, es que primero quiero mostrarte algo, al fin es allá abajito, al final del valle, no nos vamos a tardar.
La senda que señala la abuela es tortuosa, abierta por los animales y ensanchada por las pisadas de los hombres, y va a parar a una explanada verde donde se entrevén entre la maleza unos muros de piedra abatidos por los años y el abandono.
—Ya me trajiste aquí de chiquita —afirma Angelina, haciendo memoria—. ¿No es el lugar donde vivió tu abuelita y donde nació tu mamá?
—Así mero es, no más que entonces aún se apreciaba cómo había sido la casa, dónde estaban los potreros y los campos de labor; ahora apenitas queda nada, el tiempo lo va borrando —responde doña Chona con añoranza—. Ayúdame a encontrar la puerta.
La búsqueda es difícil pues han crecido zarzas entre las piedras y el sol va bajando y falta poco para que se esconda tras los cerros. Angelina no comprende qué es lo que pretende su abuela y le avisa una y otra vez que se les va a hacer de noche, que han de buscar cobijo, pero no consigue que deje su laboriosa tarea.
—¡Acá está! —exclama al fin, cortando con su afilado machete una rama de zarza que le ha arañado las manos—. Este escudo se hallaba colocado encimita de la puerta principal. Léeme lo que está escrito.
A la escasa luz crepuscular, Angelina se afana en descifrar lo que hay grabado en la piedra sobre un borroso dibujo en relieve: 
Omnia mecum porto —pronuncia admirada cuando lo consigue.
—Ya ves que yo no sé de letras, pero cuando allá en el cerro te escuché que habías descifrado las palabras, se me vino a la cabeza que tal vez fueran las mismas...
—¿Por qué son las mismas? —la interrumpe ansiosa Angelina.
—Yo no sé. Acá vivían gentes de fortuna. Tenían su escudo sobre la puerta y lo llevaban grabado hasta en las sillas de montar. Mi mamá conocía su historia, pues ya ves que acá nació, pero no alcanzó a contármela.
—¿Por qué se destruyó la casa?
—La derrumbó un terremoto, pero para entonces ya eran muchos los años que llevaba abandonada. Yo no sé la causa, pero Soledad, si aún no murió, habrá de acordarse. Se quedó a vivir por acá, como muchos de los que trabajaban en las tierras. Vamos, mi hijita, buscaremos su casa. Mi mamá y la suya fueron buenas amigas y se alegrará de vernos.
Sobre una terraza labrada en la falda de la montaña que cierra el valle, hay un grupo de cabañas de tablas de madera y paja. Hacia ellas se dirigen alumbradas por la luna y llaman a la puerta de la primera que encuentran a su paso. Sale a abrirles un anciano canoso, sonriente y desdentado.
—Buenas noches, señor —le saluda doña Chona—. ¿Sabría darnos razón de si vive por acá doña Soledad, hija de doña Magdalena?
—Vive y está buena de su salud, no más algo desmejorada de su boca, como yo mero. ¿Quién pregunta por ella?
—Disculpe la descortesía —replica la abuela—. Doña Chona es mi gracia y esta es mi nieta Angelina.
El anciano hace una reverencia con la cabeza y les comunica:
—Su casa es la tercera de aquel lado según se sube, por si quieren visitarla. Es feo pasar la noche afuera en los malos tiempos que corren.
 Le agradecen su información y se dirigen a la puerta que les ha indicado. Por las rendijas se escapa el humo de la hoguera que arde dentro y un dulce olor a leche hirviendo.
La señora que acude a su llamada parece más vieja que la abuela porque apenas tiene dientes, pero se muestra dichosa con su visita y las invita a pasar al interior. Después de beber con deleite la taza de leche que les ofrece, inician una conversación en la que se cuentan lo que les ha ocurrido durante el tiempo en que no se han visto. Luego la abuela pregunta:
—Angelina, ¿traes la medalla?
La joven desata la cinta de la que cuelga en su cuello y se la muestra a doña Soledad.
—Explícale las letras —le indica su abuela.
Doña Soledad coge la medalla con sus gruesos dedos y escucha atenta a Angelina.
Omnia mecum porto  —repite después—. Cuántos recuerdos. Tantas veces me contó mi mamá la historia de la señora Acacia: Omnia mecum porto...
Como se queda ensimismada, doña Chona le pregunta quién era esa señora.
—¿Acaso tu mamá no te platicó de la señora de la Casa Grande? —se extraña.
—Ya ves que murió temprano —se disculpa doña Chona—. Apenas alcanzo a recordar nada de aquellos años; apenas conocí a mi mamá, esa desgracia tuve.
Doña Soledad asiente y comienza su relato:
—El último amo de la Casa Grande era galán cumplido, tenía unos lindos ojos, así como los tuyos, Angelina, y no le faltaban sus enamoradas por los contornos, pero cuando le llegó la hora de casarse, le mandaron traer una novia de España. Así se presentó la señora Acacia, con sus lindos trajes de encajes que nadie había visto nunca por acá y sus abanicos de nácar que movía sin parar para hacerse alrededor de su cara allá donde fuera un airecito suave que le conservaba ese color delicado como de durazno. Le gustaba mucho esa fruta y hasta mandó plantar un árbol que aún da harta cosecha. ¿No lo vieron cerca de las ruinas?
Abuela y nieta responden que no se han fijado y doña Soledad prosigue narrando:
—Durante años pareció contenta con su suerte entre estos valles, no se quejaba de nada, ni pretendía que la sacaran a pasear a la ciudad, aunque estaba bien joven. Hasta la noche de tormenta en que un caballo traicionero arrojó al barranco a su esposo, cuando regresaba quién sabe de qué negocio. Lo encontraron muerto, y ella lo enterró y pagó los duelos, como era su deber de esposa, aunque muchas lo lloraron sin cobrar nada por el servicio. Después se empeñó en regresar a España. Era una buena ama y mi abuelita la quería bien, por eso trató de convencerla para que no abandonara sus posesiones: «Omnia mecum porto», fue su respuesta, todo lo mío lo llevo conmigo. Y no hubo quien la sacara de eso. No vendió nada, dio las cosas a quienes se las pidieron, ya ven que no faltan atrevidos, y se fue no más con lo que había traído y los regalos que le había hecho en vida su esposo. Con mi abuelita fue generosa: le apenaba que se quedara sin trabajo con su marcha y le entregó unas monedas de oro para que no pasara apuros en criar a mi mamá y una parcelita para que mi abuelito la cultivara, pero nos duró bien poco, pues ya ven que la única tierra que conservan los pobres es la de las uñas. Ella también esperaba un hijo, pero mi abuelita nunca supo si llegó a nacer.
—¿Le habló su mamá del collar del Virrey? —pregunta  Angelina.
—No.
—¿Y de Do ut des?
—¿Cómo dijiste?    
Do ut des. Son otras palabras en latín.
—Jamás lo escuché.
Esa noche, a Angelina le cuesta conciliar el sueño. Ha perdido la costumbre de dormir en el duro suelo, pero además tiene demasiadas interrogantes en la cabeza y no encuentra el modo de resolverlas. Una sobre todo le inquieta:
—¿Ya te dormiste? —susurra a su abuela, tumbada a su lado.
—No, mi hijita.
—¿Conociste a tu papá?
—No, mi hijita, no tuve esa suerte.
Cuando consigue dormirse, Angelina ve a doña Virtudes recitando la adivinanza de la jicarita y ofreciéndole un durazno mientras le dice: «Do ut des». Le despiertan al amanecer los mugidos de la vaca que ordeña doña Soledad para prepararles el desayuno.
—¿Sabe esta adivinanza? —le pregunta.
Jicarita azul y negra,
palomitas de maíz,
lucecitas que no duermen
y que te miran dormir.
—El cielo de la noche —responde la anciana.
—¿La sabía su mamá?
—Ella me la enseñó.
Mientras desandan sus pasos para adentrarse en los cerros, Angelina va absorta en sus pensamientos e imagina a la madre de doña Virtudes dándose aire con su abanico de nácar y entregándole la medallita con filigrana en la que hizo grabar los dos aforismos latinos que rigieron su vida.
Su abuela interrumpe sus cavilaciones, señalándole el cielo.
—Ve esas nubes. El viento las junta a su capricho, y nosotros distinguimos ahorita un águila con sus grandes alas abiertas, luego una serpiente enroscada, una liebre que salta, una mariposa, y al ratito ya se deshizo todo. No faltan veces en las que la casualidad parece más clara que la mera verdad. No te dejes engañar por ensoñaciones, Angelina. Mi papá no fue ese amo galán del que nos habló doña Soledad. Mi mamá todavía no nacía cuando él murió.
Pero Angelina tiene la certeza de que existe un lazo que la une con doña Virtudes. ¿Por qué, si no, la reconoció por sus ojos y le dejó en herencia la llave que guardaba sus más preciados recuerdos?

© Carmen Martínez Gimeno

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viernes, 1 de noviembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 13)

No, para estar encantada
no es preciso ser
casa.
Basta con dejarte
encerrar.
Te quieren
o eso dicen
por lo que no eres,
y acatas madriguera
de ratón imaginando nido
de águila.
La llaga sangra
entre tus piernas,
y humillas la cabeza,
el horizonte ceñido al dobladillo
de tu falda.
                                          C.M.G.

CAPÍTULO 13

N
O ha amanecido todavía, pero Angelina está despierta, escuchando los suaves ronquidos de doña Chona que duerme a su lado. Aunque ya han pasado varios días desde su llegada a Quetzaltenango, aún se emociona al recordar la cara de sorpresa de su abuela y el apretado abrazo con que la recibió después de tantos meses separadas. Ah, qué tranquila se siente a su lado, respirando su olor a las hierbas con las que prepara remedios, recibiendo las caricias como al descuido de esas manos ya arrugadas pero cálidas que le daban de comer y la vestían de niña. Su abuela, doblemente madre, su refugio, los ojos ora alegres, ora afligidos que la vieron crecer.
—¿Qué tienes, abuelita?, ¿de qué te enfermaste? —fue lo primero que había preguntado Angelina al entrar en la casa.
Y enseguida se enteró aliviada de que no era ella la enferma, sino Braulio, el marido de Melva:
—Agarró unas fiebres allá en la costa y se vino para que yo lo curara. Va mejorcito, ya ves que hasta se levanta del petate.
Doña Chona no alcanzaba a comprender cómo sus patrones le habían permitido tomarse unas vacaciones tan largas y no cesó de hacer preguntas hasta que se convenció de podría regresar.
—No hay apuro, abuelita, me quieren allá en la casa donde trabajo y no me despedirán. Allá quedaron aguardándome mi niña Paloma y también doña Mercedes. Y además allá dejé con las monjas mi cofre de doña Virtudes.
El cofre. Doña Chona tampoco alcanzaba a comprender que una desconocida hubiera entregado sus bienes como herencia a su nieta, ni entendía las inscripciones de la medalla.
—Meras palabras no más ruido son —sentenció.
—No, abuelita, algo querrán decir. ¿No me vas ayudar a resolver el acertijo?
—No más es una perdedera de tiempo. Desde cuándo los pobres cavilamos en latín.
Pero Angelina conoce bien a su abuela y se dio buena maña para convencerla:
—Pues fíjate que doña Virtudes sí sabía tu adivinanza de la jicarita.
—¿De veras? —se asombró la anciana—: ¿Cómo es que dice en la medalla?
Do ut des es lo que está escrito en una de las caras: «Doy para que des».
—«Doy para que des» —repitió entre dientes la anciana—, «doy para que des»… Sí que está difícil… se me hace que quiere decir que se espera de nosotros lo mismo que se nos da. La señora que te dejó su cofre fue generosa y tal vez espera que tú también lo seas.
—Tal vez —asintió Angelina.
Las dos habitaciones que componen la casa permanecen en penumbra. De la primera, que es donde está el fuego, las ollas de barro, el maíz, la leña y el telar, proviene un agudo olor a ceniza y fermentación que penetra en la segunda, donde se acuestan todos, Angelina y su abuela en la cama, Melva, Braulio y el niño, en un petate extendido sobre el suelo de tierra apelmazada en el rincón más apartado.
Angelina se levantaría, pero no quiere hacer ruido hasta que los demás se despierten. Doña Chona no está enferma, aunque sí más cansada. Se ve que se le van agotando las fuerzas. Le cuesta cargar la bandeja de recortes de pastel y cada vez abrevia más el recorrido de venta. Pasa la mayor parte del tiempo sentada a la sombra de las ceibas en el mercado, aguardando a que sean los compradores quienes acudan a ella.
Los sonidos guturales del niño rompen por fin el silencio. Como sus padres no le prestan atención, se incorpora y camina con paso vacilante hasta la mesa, donde se pone de puntillas para alcanzar una naranja de las que Angelina ha traído de España.
—Linda la pelota —le agradeció Melva cuando le ofreció una, pensando que era un regalo para su hijo.
Cuando Angelina le explicó que era una fruta y se comía a gajos, se quedó sorprendida. En Quetzaltenango las naranjas son verdes y solo sirven para zumos. A Melva le pareció tan bonita que le dio lástima consumirla, y el niño juega constantemente con ella.
Los primeros rayos de sol se filtran entre las ranuras de la puerta, y Angelina se levanta a abrirla para que entre la luz. Qué fácil es acostumbrarse a las comodidades, piensa mientras se asea en la tinaja, abrir un grifo y tener agua, acudir al frigorífico y encontrar comida. Aquí ni siquiera hay armario donde guardar la ropa, que permanece en la maleta bajo la cama.
Angelina quiere convencer a doña Chona para que deje de vender recortes de pastel, puesto que ha traído dinero y le puede seguir mandando, pero no lo consigue. Su abuela dice:
—Pon y no quites, y crecerá tu escondite. No sabemos lo que nos aguarda en la vida. Mientras me sostenga en pie, sacaré para el gasto diario.
Lo más que logra Angelina es acompañarla y llevarle la bandeja hasta que llegan al mercado. Pero las ventas las hace doña Chona, que es quien entiende del negocio. De vez en cuando se acerca algún niño tocando un silbato de barro en forma de pez, pájaro u otro animalito para pedir el aguinaldo. Angelina les reparte alguna moneda, y entonces se van corriendo con la música a otra parte.
Cerca de ellas, Melva extiende sus bordados sobre una manta y se sienta paciente sobre las piernas, mientras el niño corretea vacilante a su alrededor, tratando de coger algún pájaro. Cuando dejó de lavar por las llagas de las manos, se dedicó a tejer y cada vez lo hace mejor.
Tres mujeres rubias se detienen ante ella para observar sus vistosos animales bordados. Hablan entre sí antes de que una le pregunte:
—¿Los has hecho tú?
Melva asiente con una sonrisa.
—¿No te interesaría trabajar en nuestra empresa? Tus diseños son muy originales y se venderían bien en el extranjero.
Melva las mira boquiabierta sin contestar.
La mujer prosigue para tratar de convencerla:
—Hay más muchachas como tú colaborando con nosotras. Puedes hablar con ellas y pasar a ver nuestras instalaciones. Tenemos un taller y también una tienda.
Melva sigue sin reaccionar porque no entiende lo que sucede.
—¿Quieren comprar? —pregunta al fin—. Buen precio. Elijan.
—No, no. Te estamos ofreciendo algo mejor.
Melva lanza una mirada de auxilio a Angelina, que se acerca a escuchar. La mujer le repite su oferta.
—¿Y qué es lo que tendría que hacer? —se interesa Angelina.
—Los mismos bordados, solo que sobre cobertores, tapices, bolsos, en fin, una gama más amplia de artículos que luego se exportarían. Trabajo artesano, pero bien organizado para sacarle rendimiento. ¿Tú también sabes bordar?
—No, yo no, pero puedo acompañar a mi amiga para que nos enseñen su taller y nos expliquen clarito las condiciones. Yo creo que sí va a querer trabajar para ustedes.
La mujer le entrega una tarjeta con la dirección y se despiden hasta el día siguiente.
Angelina felicita a su amiga y la anima a aprovechar la oportunidad, explicándole lo bien que se venden en España las artesanías guatemaltecas en puestos en la calle y en tiendas.
—Ahorita, si te esfuerzas, sí ganarás suficiente para criar a tu hijo.
Braulio es el más feliz de los hombres cuando le cuentan lo sucedido y decide que una buena noticia como esa hay que celebrarla. A pesar de la fiebre que aún le dura, se levanta del petate y se marcha de la casa. Vuelve al cabo de las horas con un par de botellas de licor y un joven de cabello lacio y ojos avispados.
—Es un amigo de la costa, allá tiene sus tierritas. Vino a la ciudad a resolver unos asuntos y lo invité a festejar nuestra buena suerte. Jacinto es su gracia.
Esa noche, cuando las mujeres ya se han acostado y Braulio ha salido con Jacinto para acompañarlo hasta el lugar donde se hospeda, Melva se acerca a la cama.
—¿Ya te dormiste, Angelina? —le pregunta en voz queda.
—No, aún no.
—Vente, tengo que platicarte algo.
Para no despertar a doña Chona, se dirigen a la otra habitación, donde aún brillan los rescoldos del fuego.
—Vieras lo que pasó —musita Melva excitada—. Antes de irse, Braulio me pidió que te hablara, pues le gustaste a Jacinto para esposa.
—Ya, Melva, déjate de payasadas.
—No, qué payasadas —insiste Melva—. Que no te quiere robar, dijo, que te pedirá a tu abuelita y te traerá tus donas.
—¡Cómo crees! —exclama Angelina—. ¡No me salí de Guatemala para regresar a Guatepeor!
Pero Melva prosigue:
—No es un peoresnada, tiene sus tierritas con qué responder allá en la costa. Más te vale aceptar a las buenas, porque a las malas te jala.
—No lo verán sus ojos.
—¿Qué tiene de malo, pues?, ¿es que no te gusta? Ya te toca, Angelina, más adelante nadie te querrá.
—Cómo es el mundo. Acá me ven ya grande para casarme, y en España, chica para trabajar.
—Tú eres de acá. Aprovecha tu suerte, como tú me aconsejas.
—Ya vámonos a dormir —concluye Angelina para no seguir discutiendo.
—Muchacha necia —susurra Melva contrariada mientras se dirige al petate.
La preocupación desvela a Angelina. Sabe que está indefensa y que, si se lo propone, Jacinto la puede robar y no tendrá protección por mucho que su abuela intente impedirlo. No hay hombres en su familia que la defiendan y habrá de resignarse a ser su esposa. De ningún modo, se rebela furiosa, no se ha esforzado tanto para que otros decidan por ella. Regresará a España para evitarlo, y será chef de cocina o escritora, como le propuso Paloma, o cualquier otra cosa que le interese. En cuanto se despierte, le contará a su abuela lo sucedido para que esté prevenida.
Pero las horas tardan en pasar y no para de dar vueltas en la cama. La idea de que la roben la obsesiona y no puede quitársela de la cabeza. Omnia mecum porto, repite para dejar de pensar, omnia mecum porto, y lo hace tantas, tantas veces, que al final le parece entender el significado. Sí, eso es, se dice, todo lo mío lo llevo conmigo. Mi riqueza soy yo.
Braulio no ha regresado aún cuando a la mañana siguiente Melva se prepara nerviosa para acudir a la cita en el taller. Angelina está tan enfadada que no quiere acompañarla, que se las arregle sola, se dice, a ver qué tal le va.
Pero doña Chona no es de la misma opinión:
—¿Cómo es que dice la medalla? ¿Ya lo olvidaste?
No son necesarias más palabras. Angelina da su brazo a torcer y ayuda a Melva a elegir los mejores bordados para mostrarlos a las mujeres que la quieren contratar. También se ofrece a cargar en sus brazos al niño para aliviar el peso a su amiga, pero desiste ante su llanto y pataleo. No habrá quien lo separe del regazo de su madre porque, aunque ya camina, sigue mamando del pecho que busca con su ágil manita en cuanto le acucia el hambre. No, nadie conseguirá que abandone el rebozo donde su madre lo trasporta meciéndolo cerca de su corazón, sus latidos la mejor de las nanas.
Muchos ya conocen el taller de las patronas americanas que dan trabajo a tantas tejedoras de los alrededores. Está al final de una de las calles principales y es una antigua casona blasonada de un solo piso con patio interior que han cubierto para exponer entre plantas y una fuente central de cerámica las coloristas labores de sus empleadas. Doña Chona ha acompañado a Melva y Angelina hasta la gran puerta de dos hojas pero no ha entrado con ellas. Ha preferido aguardarlas en una plazoleta que queda casi enfrente, sentada a la sombra de un árbol. Así venderá mientras tanto algún recorte de pastel a los viandantes golosos.
Las jóvenes tardan porque la visita es larga y hay mucho que organizar. Doña Chona mira al cielo para calcular por el sol la hora y se alegra. Buena señal, piensa contenta, si aún siguen dentro es porque Melva está logrando su lugarcito para ganar un salario. La convidará a un recorte de pastel de crema para celebrarlo, decide, apartando a un lado de la bandeja el más apetitoso.
Brilla el sol de mediodía cuando por fin se abre la puerta de madera y sale Angelina, seguida de Melva y una de las mujeres rubias que estaba en el mercado. Las tres sonríen y se dan la mano como despedida.
Doña Chona se levanta parsimoniosa para dirigirse a su encuentro. Una camioneta negra que aparece de improviso irrumpe en su camino y la tira al suelo cuando intenta retroceder para esquivarla. Por un instante pierde la conciencia debido al golpe contra la calzada, pero no es nada… no es nada, repite al escuchar gritos, no es nada, estoy bien, repite… Y ve que Angelina es quien grita y levanta los brazos… la señora rubia mueve la cabeza y pide socorro… Melva no está.
—¡Llamen a la policía! —grita la señora rubia—. ¡Acaban de raptar a una mujer y a su hijo!
Doña Chona logra ponerse de rodillas y luego levantarse, olvidando sus dolores para avanzar presurosa hasta su nieta.
—¡Abuela, se robaron a Melva y al chiquito! ¡Pobre de ellos, pobre de nosotras! ¿Qué haremos, ay, qué haremos ahorita?
Doña Chona agarra de la mano a su nieta y tira de ella para dirigirse a la casa de la señora Clovis la prestamista, repitiendo como una letanía:
—Ella la encontrará si quiere, ella tiene cómo… ella tiene cómo…
Una docena de hombres sombrerudos, insensibles y armados escuchan las palabras imperiosas de la prestamista en el patio de su casa donde han sido convocados:
—Quiero a la muchacha viva, no lo olviden, y también a su hijo chiquito. No me vayan a venir con disculpas. Y le dan su escarmiento a quien la tenga retenida, no más para que aprenda que a mi gente no se la toca. Ella es de mi casa igual que ustedes. Ya lo saben.
Un hombre más viejo y malencarado que acaba de llegar revela:
—A la muchacha la vendió el esposo. Eso andan diciendo por ahí.
—Me la buscan igualmente —ordena implacable la señora Clovis.
Alas quisieran tener doña Chona y Angelina para volar a su casa y pedir cuentas a ese desgraciado de Braulio. Pero no está cuando por fin llegan, y ningún vecino lo ha visto. Llorando la tragedia de Melva, se ponen a buscarla por los alrededores, aunque tienen pocas esperanzas de dar con ella. Nadie entrega información, nadie es capaz de ofrecer esperanza aunque quisiera, y pasan angustiosas las largas horas siguientes.
Un día sin Melva, después dos días, tres… A la semana, la señora Clovis manda a buscarlas.
—¿Qué pasó? —pregunta doña Chona—. ¿Ya apareció?
El hombre sombrerudo que ha tocado a su puerta no quiere hablar. La señora Clovis las está aguardando.
Hay mucha gente congregada en torno a la casa de la prestamista. Muchas mujeres del mercado que conocían a Melva y algunos hombres curiosos. Se han formado corrillos donde se comenta lo sucedido.
—No se lo merecía —alcanza a escuchar Angelina antes de llegar a la puerta, abriéndose paso a codazos.
—Ya vino doña Chona —se alegra un hombre vestido de blanco como los habitantes de la costa—.Tal vez la salve.
Pero ninguna ilol, por grande que sea su conocimiento, por mucho poder que posea para sanar física y espiritualmente, es capaz de resucitar a una muerta.
Melva yace sobre una cama con los ojos abiertos, la boca apretada en un rictus de dolor y el rostro cerúleo salpicado de quemaduras de cigarro. Está desfigurada y cuesta reconocerla. Pero es ella, la misma muchacha que cada mañana se peinaba en gruesas trenzas ese cabello ahora sucio y enredado; la misma que lavaba y tendía al sol esa ropa ahora desgarrada y cubierta de barro.
Angelina contempla sus brazos y piernas repletos de cardenales y mordiscos.
—¿Quiénes fueron, amiga, los salvajes que tanto te maltrataron? —pregunta llorando, arrodillada a su lado.
Doña Chona se interesa por el niño.
—No apareció mi chiquito lindo —responde la señora Clovis—. No estaba en el barranco donde arrojaron a la pobre de Melva. Llevaba sus días allá según dicen, porque ya se la querían comer las alimañas. Mis hombres vieron la pelea de los zopilotes y se acercaron echando bala. Dijeron que no era la única, que había más mujeres allá tiradas como basura. Se trajeron a Melva y luego avisaron a la policía.
Doña Chona menea desesperanzada la cabeza. La señora Clovis prosigue:
—De nada servirá, ya sé. Nosotras solo podemos darle el entierro que se merece. Y lavarla y vestirla para que entre con dignidad en la otra vida. Allá no abusarán de ella como hicieron en esta. Le daremos su cuchillo bien afilado para que se defienda. Ah, si cayeran en mis manos quienes así la maltrataron…
Doña Chona asiente y pide agua caliente. La señora Clovis ordena a sus criadas que la traigan y sale de la habitación para escoger ella misma la ropa con que vestirán a la muerta y el mejor de sus perfumes.
Toda la noche en vela, llorando por Melva. Son muchas las personas que se han dolido por su muerte y han acudido a despedirla. No hay que contratar plañideras porque a Angelina y las criadas de la señora Clovis les sobran las lágrimas. Por la mañana, la procesión que acompaña el ataúd hasta el cementerio es larga, casi como la de una persona principal, y están terminando de echarle la tierra encima, cuando sobre el silencio se alza una voz quejumbrosa:
—¿Es cierto lo que dicen? ¿Están enterrando a mi esposa?
Doña Chona levanta la cabeza, se abre paso entre los congregados hasta quedar frente a Braulio y escupe con rabia:
—Tú la vendiste, mal nacido, tú consentiste que abusaran de ella.
—¡No! Fíjese que estoy bien enfermo, las calenturas no me dejan pensar, me perdí y hasta creo que me desmayé. No sé qué pasó. Tal vez tomé demasiado, no sé. Yo no vendí a mi esposa, solo la presté para que acudiera a una fiesta. No más tenía que divertir a unos ricachos y servirles sus tragos, solo eso…
—Tú la vendiste, traidor —repite feroz doña Chona.
—Me querían matar, qué más iba yo a hacer —se justifica Braulio—. Por unos centavitos que dejé debiendo, me querían matar…
—¿Te querían matar? ¡La muerta es ella!
Doña Chona coge una piedra del montón preparado para adornar la tumba de Melva y la arroja rabiosa contra Braulio.
—¡La muerta es ella! —repite la carnicera del mercado, y la piedra que lanza le golpea en el pecho.
—¡La muerta es ella! —claman más voces, y llueven las piedras en diluvio contra Braulio.
Una le descalabra, y corre la sangre roja por su cara, nublándole la vista. De los alrededores acude mucha más gente al reclamo de los gritos, bien provistos de palos y piedras. Braulio intenta escapar a trompicones y es perseguido. Huye entre una jauría de hombres y perros rabiosos que le pisan los talones. Cae al suelo y lo muelen inmisericordes a palos y patadas hasta convertirlo en un guiñapo inerte.
La turba se dispersa igual que apareció mientras en el cementerio prosigue el entierro de Melva con un puñado de personas que terminan de echar tierra sobre el ataúd y colocan encima las piedras. Cuando finalizan, quienes pasan al lado del caído lo escupen y siguen de largo. Doña Chona y Angelina son las últimas en abandonar el lugar. Han adornado la tumba con las flores mandadas por la señora Clovis y plantado hierbas de olor a su alrededor. Tampoco ellas socorren al caído. Se alejan apartando la mirada, apretados los puños manchados de tierra, el corazón amargo de ira. Los volcanes lanzan bocanadas de humo en el horizonte, oscureciendo el cielo. Tampoco allá arriba hay cabida para la clemencia.

© Carmen Martínez Gimeno


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viernes, 25 de octubre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 12)

Amanecer en el aire
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros
Y destapar el cielo.

            Mario Benedetti








CAPÍTULO 12

S
URCA los cielos la nave, proyectando su sombra en la capa de nubes brillantes de sol. Guatemala, el país verde tachonado de brumosos volcanes, aún queda lejos, y Angelina entretiene las horas de espera contemplando absorta las imágenes que se suceden en la gran pantalla central. Están pasando una película de amor y aventuras con rubios protagonistas que roban diamantes, corren, esquivan disparos y se besan yaciendo en lujosas camas de hotel. La dolce vita, proclama el protagonista a la vez que lanza por los aires el sujetador granate de su amada. Ah, dolce far niente, susurra ella, y un primer plano muestra su mano de largas uñas rojas arañando suavemente una espalda torneada y desnuda ¿Dolchefarniente?, repite mentalmente Angelina sin comprender; dolchefarniente, le gusta cómo suena, dolchefarniente, ¿será el nombre escondido del apuesto protagonista? Su nombre escondido… un pinchazo en el corazón… Beto. No, no debo pensar en él, se niega Angelina, arrancándose nerviosa los auriculares, no debo, no quiero… pero su imagen es cada vez más nítida y se afianza sobre la pantalla en un fundido encadenado. Angelina cierra los ojos, fundido a negro, pero de nada vale: su coraza ha caído, sus defensas están ya traspasadas. «Tú serás mi Lapislázuli, ese es tu nombre escondido, el nombre de mi enamorada», había declarado Beto el sábado que se volvieron a encontrar a pesar de que Angelina se había propuesto faltar a la cita. Beto, el más cariñoso, el mejor valedor: «Yo soy el hombre, mi Lapislázuli, yo veo por ti y me has de respetar. ¿No traes la pulsera?». Una excusa adornada de rápidos besos para tapar la boca que apenas sirvió: «No, mi Lapislázuli, yo soy el que toma tus besos, tú no te has de ofrecer, tenlo en cuenta. No más esta vez lo consiento, no más esta vez, mi Lapislázuli». Y de nuevo lisonjas, los sueños de vivir juntos, de ser ricos… Angelina no lo había podido convencer para que buscara trabajo como ella: «Ah, mi Lapislázuli, no sabes tanto como crees. ¿A poco piensas que los riquillos han llegado a serlo no más trabajando? ¿A poco aún imaginas que se pueden comprar casas y barcos y buenas ropas y todo lo demás con lo que tú ganas? No, mi Lapislázuli, en esta vida viven bien los que roban y los demás los sirven… Verás, mi chiquita linda, como tengo razón, no más has de fijarte y hacer cuentas». No, Angelina no quiere pensar en Beto, mejor repasar los regalos que lleva, recrearse en la alegría de encontrar a su abuela, de volver a casa... A pesar de Beto: «Tienes que elegir, mi Lapislázuli, tu abuelita o yo. Nadie ha de estar por delante de mí». Paloma la había acompañado a comprar el billete y una maleta grande. Había preparado el viaje a espaldas de Beto y no se despidió siquiera. Lo había engañado y sabía que lo iba a pagar.
No, no debía pensar en eso. Se ajustó los auriculares y escuchó un villancico. Era distinto a los muchos que habían empezado a sonar machacones en Madrid antes de que diciembre se hubiera echado encima envuelto en niebla y lluvia. Doña Mercedes cantaba con la radio «pero mira como beben los peces en el río» cuando un martes  por la mañana entró Cecilia en la cocina con el correo en la mano. Había una carta para Angelina de su abuela, escrita con la letra vacilante de Melva. Angelina se retiró a su habitación para leerla: contaba pocas novedades, aparte de que el niño estaba empezando a caminar solito,  pero terminaba:
Pues sabrás Angelina que tu abuela no está buena. Le digo que se tome un remedio, ya ves que entiende de eso, pero no quiere, de nada serviría, arguye, porque le está llegando su hora. Es terca tu abuelita, yo no deseo asustarte pero le están faltando las fuerzas. Esto te lo escribo yo sin que ella sepa, yo ya cumplí avisándote para que después no te vayas a enojar.
Angelina se llenó de temor. Estaba tan ensimismada que hasta doña Mercedes se percató y le preguntó por el motivo de su tristeza.
—Supe por la carta que mi abuelita se quiere enfermar, mi señora.
—¿Se quiere enfermar? —repitió doña Mercedes.
—Así mero. Ya colmó su olla y el cabito se consume.
—Ay, hija, no entiendo nada.
—Allá en mi país decimos que cada cual llega al mundo con una vela para alumbrarse y una olla que llenar. No todas las velas son igualitas de largas ni arden parejo, así que hay que apurarse para llenar la olla antes de que el cabito se consuma. Desde hace rato mi abuelita viene diciendo que su cabito se agota y su olla ha de estar bien colmada, con tantas penalidades que le tocaron y a tantas personas como ha atendido.
—¿Cuántos años tiene?
—Ya está grande. Creo que unos sesenta y cinco.
—¡Huy, hija, eso no es nada! ¿Sabes los que tengo yo? Voy a cumplir ochenta y cuatro, ¿o son noventa y cuatro? Ya he perdido la cuenta…
Angelina negó con la cabeza antes de expresar:
—Allá es otro modo. Ella es viejita igual que yo ya soy grande para trabajar. No, yo no conozco a ninguna mujer que tenga ochenta y cuatro años allá. Murieron hace rato.
—Qué cosas dices, hija. Me impresionas.
Angelina permaneció callada porque le faltaban las palabras para explicar su pensamiento, pero sabía que a su abuela no le quedaba demasiado tiempo.
Doña Mercedes rompió el silencio.
—Creo que deberías ir a verla. Aprovecha para pasar las Navidades con ella. Yo hablaré con mi hija para que te dé permiso.
Angelina había comenzado de inmediato los preparativos para el viaje y volvió al convento de las Madres Oblatas. Quería ver de nuevo el cofre de doña Virtudes.
—¿Quieres llevarte tu herencia para enseñársela a tu abuela? —ofreció la monja.
—No, tengo miedo de que se me vaya a extraviar. Mejor usted la guarda. No más me gustaría ver las cositas para explicárselas bien a mi abuelita.
La monja sacó el cofre y Angelina lo abrió con su llave para repasar una por una sus pertenencias. Abrió el estuche granate y sacó la medalla con la filigrana.
—No creo que sea de valor —opinó la monja.
Estaba ennegrecida y Angelina la frotó contra su manga:
—Acá hay algo escrito.
La monja buscó una lupa en el escritorio y la aplicó a la medalla:
—Qué curioso, está en latín: Omnia mecum porto.
No lo comprendo —dijo Angelina.
—Yo tampoco. Pero la madre María Auxiliadora sabrá traducirlo.
Y salió en su busca mientras Angelina seguía frotando la medalla. Había encontrado otras palabras grabadas en la parte posterior cuando se la entregó a la nueva monja que acompañaba a la que conocía.
Fue rápida en su trabajo:
Omnia mecum porto es «llevo todo lo mío conmigo». A ver la otra cara: Do ut des. Eso es «doy para que des».
Angelina se encogió de hombros. Vaya palabras extrañas, pensó, y decidió guardarse la medalla antes de devolver el cofre cerrado al armario. Latín, latín, iba repitiendo mientras regresaba a casa para no olvidar el nombre de esa lengua desconocida. ¿De qué país sería? Se lo preguntó a doña Mercedes mientras le servía la cena, pero fue Paloma quien la sacó de dudas:
—El latín era la lengua de los romanos y ya no la habla nadie, pero de ella salieron el español, el francés, el italiano, el portugués… hay más pero no me acuerdo.
Sin embargo, no supo traducir las inscripciones. Cecilia sí, y lo hizo igual que la monja.
—Yo no lo entiendo, ¿qué significa? —preguntó Paloma.
—Así son las locuciones latinas, hacen pensar. Podrían querer decir muchas cosas. Son como una especie de acertijo. ¿De dónde has sacado la medalla?
Angelina adujo que se la habían regalado las Madres Oblatas.
Un acertijo, ¿sería capaz de descifrarlo? Angelina no dispuso de mucho tiempo para cavilar, pues los días pasaron deprisa entre los preparativos y Beto. Aunque no quería, al final tuvo que elegir. Por eso su alegría no era completa al regresar a Guatemala. Paloma tampoco estaba contenta antes de su viaje. Al observarla recoger sus cosas y preparar el equipaje, había reclamado:
—No vas a volver. Por eso te lo llevas todo.
—Volveré. Tú espérame, niña, porque no te miento.
Pero a Paloma le costaba creerla.
—Ven acá.
Angelina colocó a la niña delante de ella junto a la luz de modo que la silueta de las dos se recortara en la pared.
—¿Sabes cuál es tu sombra y cuál la mía?
La niña asintió.
—Pues ahorita yo me quito pero ¿viste?, te dejé mi sombra de recuerdo. No más es un préstamo. El día en que yo regrese me la habrás de devolver.
Paloma sonrió feliz y se puso a moverse como una peonza para acostumbrarse a su doble sombra.
Angelina sacó un pañuelo de la maleta y lo extendió, mostrando la llave negra de doña Virtudes.
—¿Me harás un favor?
Paloma asintió de inmediato.
—Primero te contaré un secreto. ¿Sabrás guardarlo en tu corazón?
Muy sería, Paloma movió afirmativamente la cabeza. Angelina le explicó la historia de doña Virtudes y su cofre.
—Esta es la llave que lo abre, y la medalla chiquita de las inscripciones estaba dentro. Esa me la llevo para que mi abuelita me ayude con el acertijo, pero quiero entregarte a ti la llave hasta que regrese para que no se me vaya a perder.
Paloma, poco acostumbrada a que le adjudicaran responsabilidades, preguntó:
—¿De verdad quieres que yo la guarde?
—Sí, niña, doña Virtudes confió en mí y ahora, igualito, yo confío en ti.
Y la escondieron juntas en el cajón secreto del joyero de Paloma.

Se ha encendido la señal que obliga a abrocharse el cinturón para que nadie pueda escaparse de su asiento. Pero esta vez no es porque haya turbulencias. La voz metálica del capitán resuena en los altavoces explicando que falta poco para llegar a Guatemala y hace buen día. El corazón de Angelina da un vuelco y repica en su pecho convertido en alegre campana. El avión comienza a perder altura, pero por la ventanilla sigue viéndose el mismo paisaje desde que amaneció: nubes luminosas que parecen comestibles, como el algodón de feria. Cuando por fin bajan más, empiezan a vislumbrarse grandes manchas verdes y grises, y luego oscuras serpientes retorcidas que son los ríos. Aparecen enseguida las primeras casas chiquitas, situadas sobre parcelas labradas. Cruzan una carretera sobre la que circulan automóviles diminutos de vivos colores, y a continuación los motores rugen furiosos y la nave se lanza en picado hacia una pista rodeada de filas de casas bajas pintadas de blanco. Pasan rozando los tejados, pero por suerte logran aterrizar sin aplastar ninguna.
Angelina es de los primeros viajeros que descienden y sigue los letreros para recoger su maleta negra, cargada de regalos, en la cinta rodante. Luego busca una camioneta que la lleve a la estación de autobuses y allí compra su billete para el último transporte a Quetzaltenango. Mientras aguarda la salida sentada en su asiento, mira el reloj y recuerda lo perdida que se sintió a su llegada a España. Ahora ya no lo está. Lo puso en hora en el avión antes de aterrizar y sabe que son las siete de la tarde. Hace tiempo que se ha puesto el sol y cuando llegue a su destino su abuela y Melva ya estarán dormidas.
El desvencijado autobús repleto de viajeros traquetea por la sinuosa carretera, deteniéndose cada vez que alguien lo solicita. Los niños de pecho se turnan para llorar reclamando su alimento y unos hombres, algo borrachos, discuten acaloradamente con voz pastosa. El conductor lleva puesta la radio y suenan las estrofas de las canciones navideñas que Angelina ha escuchado desde pequeña:
Cristo ya nació en Palacagüina
de Chepe Pavón y una tal María
ella va a planchar  muy humildemente
la ropa que goza
la mujer hermosa del terrateniente...
Palacagüina, quién sabe dónde quede ese lugar, piensa Angelina, mientras repite el estribillo. Le sonríe la india ataviada con el huipil de listas rojas típico de Sololá que se sienta a su lado, pero se mantiene en silencio, sosteniendo en su regazo una gran cesta cuyo contenido vela una gruesa tela color añil. Entran por fin en Quezaltenango y aunque Angelina se esfuerza por ver los imponentes volcanes, apenas atisba su silueta recortada en la negrura de la noche que atenúa una etérea luna.
Un muchachito raquítico y descalzo le ofrece cargar la maleta cuando la ve arrastrarla hacia la salida de la estación de autobuses.
—Está bueno, pero no me vayas a querer robar.
El muchachito niega con vehemencia, y Angelina pregunta:
—¿Conoces a doña Chona, la vendedora de recortes de pastel?
—Cómo no. Yo le compro cuando me alcanzan los centavitos.
—Soy su nieta y vine a cuidarla porque me dijeron que se enfermó.
El muchacho muestra su pesar y se afana en empujar la maleta que abulta más que él. No está pensada para estos avatares. Las ruedas tropiezan una y otra vez en las irregulares aceras y se atascan en la tierra de la calle sin pavimentar donde vive su abuela. El último trecho tienen que llevarla en vilo entre los dos, pero por fin llegan ante la puerta de toscas tablas que constituye el término del trayecto. Cuando el muchacho recibe tres dólares como paga, da las gracias con una alegría desbordante y echa a correr, desapareciendo de inmediato.
Toc, toc, llama Angelina pero no obtiene respuesta. Toc, toc, insiste.
—¿Quién? —pregunta una ronca voz masculina que no reconoce.
Angelina vacila un instante antes de responder:
—Busco a doña Chona.
—Estas no son horas. Vea que hay gente enferma en la casa. Regrese mañana.
Angelina se inquieta y reitera la llamada, gritando con todas sus fuerzas:
—¡Abuelita, abuelita! ¡Soy yo, ya llegué de España!
La puerta se entreabre y aparece la sombra de un hombre envuelto en una manta. Apenas se ve, pues solo alumbran la luna y las estrellas, hoy escasas.
—¡Prende la luz, Melva! —escucha entonces Angelina, a la vez que una figura familiar aparta al hombre de la puerta para abrirla de par en par.
Doña Chona se tapa la boca abierta con las manos, y Angelina repite:
—Ya llegué, abuelita.

© Carmen Martínez Gimeno

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