viernes, 23 de agosto de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 3)

Angelina y el Nuevo Mundo
Buscando una ilustración para el tubo donde duermen doña Virtudes y Angelina en el parque del Buen Retiro de Madrid, he encontrado esta fotografía de un hotel australiano. Al parecer, hay otros más que utilizan tubos de hormigón como habitaciones en parques de diversos lugares del mundo. Sin embargo, el hotelito de verano de doña Virtudes no lo imaginé con puerta; el tubo es más largo y estrecho, y apenas cabe al fondo una colchoneta donde se acuestan apretadas la anciana y su invitada. Y esto es lo que ocurre durante la noche:


Capítulo 3

O
FRECÍA en sueños su dulce mercancía al lado de su abuela, cuando un sonido ronco sobresaltó a Angelina. Se había quedado dormida junto a doña Virtudes, que respiraba con dificultad. La movió con cuidado por si el cambio de postura le servía de alivio y ella se deslizó a gatas hasta el borde del tubo. Como se había desvelado, quiso distraerse contemplando el cielo. Jicarita azul y negra, palomitas de maíz... Las estrellas le parecieron menos brillantes que las que conocía de su tierra, acaso porque les robaba luz una enorme luna rojiza que iluminaba la noche con resplandor espectral. Era una luna de sangre, y un escalofrío le recorrió la espalda. Cerró los ojos, y los recuerdos se agolparon en su mente. Se vio chiquita, agarrada de la mano de su abuela, saliendo de la cueva donde acababan de enterrar a su mamá. «Tenía nombre de flor y como las flores fue le dijo esta. Vivió para alegrarnos, pero apenitas duró». Luego vio a su mamá cantando en voz baja mientras atizaba el fuego dentro de la choza y a su papá que corría hacia la puerta. Pero de improviso se oyeron disparos, dejó de avanzar y se desplomó en el suelo. Su mamá se apresuró a abrazarla y le tapó con fuerza la boca para que nada dijera, para que no saliera afuera. Las dos lloraron en silencio mientras unos hombres uniformados se acercaban al caído, golpeaban el cuerpo con sus botas y decían: «Muerto está. Vamos por los otros cabrones. Esta noche regresamos y prendemos fuego a la casa». Cuando se marcharon, su mamá estrechó contra sí a su marido y le limpió la sangre de la cara y de las manos. Luego cogió dos palos fuertes, los sujetó a una manta y colocó encima el cadáver. A continuación hizo un atado con sus escasas pertenencias y se lo entregó a Angelina, anunciándole: «Nos vamos, mi hijita, apúrate». Y así, tirando de la improvisada parihuela, recorrieron los cerros que las separaban de la cabaña de su abuela. Una luna tan roja como la que hoy veía en el firmamento las iluminó parte del camino, mientras su mamá no paraba de repetir: «Apúrate, mi hijita, no nos vayan a encontrar», y Angelina se esforzaba en no tropezarse con las piedras del camino y lloraba en silencio, igual que su mamá, tragándose las lágrimas, sin quejarse, para que nadie supiera, solo la luna, cómplice o traidora según se le antojara. Llegaron a su destino al amanecer: «Acá le entrego a su hijo para que lo entierre», alcanzó a decir su mamá antes de desmayarse cuando la abuela acudió a la puerta. Después de lavar el cadáver y envolverlo en una tela bordada con árboles de la vida y pavos reales, lo condujeron al fondo de la cueva donde descansaban sus antepasados. «Hijo se despidió la abuela—, me duele regalarte mi sudario. Si hubiera sabido que era para ti, me habría cortado las manos antes de tejerlo. No les deseo la muerte a quienes a ti te la dieron, sino que les escuezan los ojos como a mí me escuecen, que les arda el corazón como le arde a tu esposa, para que así comprendan y se arrepientan, para que así sus hijos no tengan que saber chiquitos lo que tu hija ya sabe». Su mamá no había podido acompañarlas porque apenas se tenía en pie. Cuando regresaron a la choza, la encontraron acostada en el petate, abrasándose de fiebre. «Ahí le encargo a su nieta dijo con un hilo de voz. Apiádese de su soledad, pues su sangre es y a nadie más tiene, búsquele su maíz, dele un techo, vea que no le falte el agua ni la sal, enséñele a respetar. Está bien chiquita, muéstrele el camino. Enderece su suerte, yo ya no puedo...». Fueron sus últimas palabras. Murió llevándose al niño que cargaba en su vientre. Después de enterrarla, quemaron la choza y huyeron del lugar. La abuela tenía miedo de que vinieran por ellas también. Un fuerte estertor sacó a Angelina de sus recuerdos.
¿No puede dormir, señora? preguntó, girándose hacia el interior del tubo.
La anciana no contestó.
¿Se encuentra bien? insistió.
No hubo respuesta. Angelina se esforzó por ver, pero estaba demasiado oscuro. Se arrastró hasta su lado y la sacudió suavemente por el hombro: doña Virtudes permaneció inmóvil. Empezaba a apoderarse de ella un mal presentimiento, cuando se topó con una de sus manos y comprobó aliviada que la tenía caliente. Nada más estaba dormida. Profundamente dormida. Más tranquila, regresó al borde del tubo. Jicarita azul y negra, palomitas de maíz... La luna había quedado medio oculta entre las frondosas copas de los árboles. Soplaba una brisa fresca que movía las hojas produciendo un agradable murmullo. A lo lejos se escuchaba el zumbido constante de los coches que circulaban por las calles vecinas y alguna sirena aislada. Un gato maulló requiriendo de amores, y Angelina sonrió, aguzando el oído para comprobar si era correspondido. Pero un repentino chasquido que percibió en el aire justo encima de su cabeza distrajo su atención:
¡El Yalambequet! exclamó, cobijándose en el interior del tubo.
Sabía bien que los jueves y los viernes de luna, los brujos se encaminan hacia una cruz y con solo pronunciar una palabra mágica, Yalambequet, que significa «despréndete carne», esta se les separa de los huesos. Convertidos en esqueleto, son capaces de volar y de penetrar en las casas, atravesando puertas y tejados, para robarles el alma a sus víctimas. Después vuelven a la cruz y pronuncian otra palabra mágica, Muyambequet, que quiere decir «súbete carne», para recobrar la apariencia humana.
Ya temblaba de miedo cuando se acordó de que estaba en España. No, no podía ser el Yalambequet, razonó. Ningún brujo sería capaz de volar tan lejos, y además estaba a punto de amanecer: la luz es su principal enemiga. Nunca jamás vuela un esqueleto si ha salido el sol. Tal vez ni siquiera era jueves o viernes. De todos modos, se arrastró hasta la altura de doña Virtudes y se tumbó a su lado. Seguro que ella sabría defenderse si las atacaba.
Se mantuvo un rato inmóvil, tapada la cara con las manos. Luego, cuando la luz comenzó a penetrar, quiso despertar a la anciana y se dio cuenta de que tenía la boca y los ojos abiertos. Al tocarle la cara helada, se percató de que estaba muerta. Pero no sintió miedo. Sabía lo que tenía que hacer, pues había visto actuar en circunstancias parecidas a su madre y a su abuela. Le cerró los ojos con cuidado, le colocó las manos sobre el pecho, le dijo al oído unas palabras de despedida y salió al exterior para buscar a alguien que supiera cómo enterrarla. Pretendía volver a la terraza donde la tarde anterior habían tomado horchata, cuando se encontró con un barrendero.
Ay, señor le dijo, ¿no querría ayudarme a enterrar a una señora doña Virtudes que se murió esta noche mientras dormía? Ya ve que soy de fuera y no conozco las costumbres de acá.
¿Doña Virtudes? ¿La viejecita del tubo?
Angelina asintió, y el barrendero quiso ir a cerciorarse.
Está muerta confirmó—. Pobrecilla. Habrá que avisar a la policía. Siempre andaba sola. Creo que no tenía parientes.
¿No quiere que la enterremos nosotros? insistió Angelina.
No, no, cómo se te ocurre. Tendrá que venir el juez a levantar el cadáver. A lo mejor, hasta le hacen la autopsia. Uff, menudo lío se va a montar... Si estabas con ella, te interrogarán, seguro.
Angelina miró con ojos asustados cómo se sacaba del bolsillo posterior de su mono naranja un pequeño aparato por el que se puso a hablar. No comprendía el porqué de tanto alboroto y quería irse, tenía que desaparecer cuanto antes.
Ya está anunció el hombre—. Me han dicho que enseguida llegan. ¿Tú la conocías mucho?
No, señor. Nada más de ayer, que pasé el día con ella. No soy de acá. Apenitas estoy llegando de Guatemala.
Pues menudo recibimiento te hemos preparado. Escucha, parece que ya suenan las sirenas de la policía...
Tal fue la expresión de espanto de Angelina que el barrendero se apiadó:
Total, ya está muerta, nada gana metiéndote en líos. Corre, vete.
Angelina no lo pensó dos veces. Apretó a correr cuanto pudo y no paró hasta verse fuera del Retiro. Casi sin resuello, buscó la estación del metro. Iría de inmediato a la calle de Verilla. Pero al llegar a la taquilla se detuvo, pues seguía sin dinero. Lo pediría, resolvió, se pondría al lado de esas personas que había visto en las escaleras, pero cuando se dirigía hacia ellas, vio a un grupo de chicos saltarse los torniquetes de entrada y cambió de idea. Ella haría lo mismo. Para algo le habría de servir que su papá no estuviera en la casa en el momento en el que se le cayó la tripa seca del ombligo. Él la tenía que haber atado de la rama baja de un árbol si hubiera querido que no fuera atrevida sino apocada, pero se había despreocupado de sus obligaciones y por eso ahora fue capaz de cruzar con maleta y todo de un limpio salto. A nadie pareció importarle y la joven prosiguió su camino.
Pensaba preguntar cómo llegar hasta la estación de la dirección que llevaba apuntada, cuando escuchó una música conocida. Los chicos que se habían colado como ella eran quienes tocaban y no debían de saberse la letra, porque solo interpretaban la melodía. Angelina comenzó a tararear en voz baja, pero poco a poco fue subiendo el tono:
Pajarito, pajarito,
que en tu jaula vives prisionero,
yo también, igual que tú,
por un amor de penas muero...
Cantas bien le dijo uno de los chicos cuando terminaron la actuación—. ¿Sabes la de Botellita perfumada?
Cómo no.
Angelina cantó al son que le tocaron, y algunos viajeros arrojaron monedas en la bolsa que habían colocado delante. Después vino otra canción y otra más... hasta que uno de los chicos gritó:
¡Los rusos!
Y recogiendo de inmediato la bolsa del dinero, echaron a correr. Angelina vio que se le acercaban unos chicos grandes y rubios de mirada amenazadora, y emprendió la huida detrás de sus efímeros compañeros. Se los encontró en el andén.
Al ratito repartimos se excusó uno de ellos—. Te ganaste tu parte.
Yo ya me quiero ir advirtió molesta Angelina.
Esos rusos abusadores creen que el lugar es suyo y meten bronca a todo el que lo ocupa explicó otro. Por eso corrimos. Pero ahorita tocaremos en los trenes. ¿Por qué no te quedas?
Me quedo si me explican cómo llegar a la dirección donde me esperan ofreció Angelina.
Pasó la mañana cantando de vagón en vagón y comió con sus nuevos compañeros un bocadillo de chorizo que le gustó. Luego quiso irse, pero le rogaron que se quedara un rato más, asegurándole que la acompañarían hasta la misma puerta de la dirección que llevaba. Y así fue. A las diez y diez de la noche, se encontró ante el portero automático de Verilla, 27. Uno de los chicos que la acompañaban pulsó el botón del 3º C.
¿Quién? respondió una voz metálica.
Soy Angelina Jelik, de Guatemala.
Tras unos instantes de silencio, se oyó el zumbido de la puerta al abrirse, y la misma voz ordenó:
Suba.

© Carmen Martínez Gimeno

¿Te has perdido algún capítulo? Aquí tienes los enlaces desde el comienzo:
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 4
Capítulo 5

viernes, 16 de agosto de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 2)

Angelina y el Nuevo Mundo
Muchas ciudades del mundo disponen de un sistema rápido de transporte subterráneo. Recibe diversos nombres según el lugar metro, subte, tube, subway, underground—; unos son nuevos y otros viejísimos; algunos están bien señalizados y otros son un auténtico rompecabezas, pero todos comparten una característica: los viajeros que utilizan sus trenes se transmutan cuando bajan a las entrañas de las ciudades por donde circulan.

No hay más que fijarse para percibir la actitud ensimismada de los compañeros de vagón. Incluso en los andenes la gente no se mira, está a sus cosas. Por eso sorprende cruzar los ojos con alguien y enseguida los apartamos, como pillados en falta, para recuperar el recogimiento, mirar al techo, al vacío; mirar sin ver.

Angelina viene de muy lejos. A su alrededor, todo le resulta ajeno. Desconoce normas y costumbres. Tiene que aprender sobre la marcha para subsistir. ¿Será capaz?      

CAPÍTULO 2

T
ILÍN, tolón, tilín tolón, repicaban una y otra vez las alegres campanas anunciando fiesta y sol, y Angelina abrió los ojos a su llamada, pero al hacerlo descubrió para su pesar que no había campanas ni fiesta ni sol, que ese sonido no era más que el tintineo que provocaban los útiles de limpieza empujados por las dos mujeres que se dirigían a guardarlos, y que seguía abandonada a su suerte en el aeropuerto de una ciudad desconocida. Al pasar frente a ella, una de las mujeres se la quedó mirando.
—Pobrecilla —susurró a su compañera—. Lleva aquí desde anoche.
—No te metas —replicó la otra—. Esta gente tiene líos que no entendemos. Anda, vámonos.
Pero Angelina aprovechó para volver a preguntarles la hora.
—Las seis y media de la mañana —contestó la primera mujer—. ¿Esperas a alguien?
—Sí. Llegué de Guatemala y debían haber venido a recibirme, pero nadie apareció.
—A lo mejor se les olvidó o se confundieron de día —quiso animarla la mujer—. ¿No tienes un número de teléfono para preguntar?
—Sí, sí tengo, pero no sé desde dónde hablar.
—Nosotras te ayudaremos. Espéranos aquí. En cuanto recojamos, volvemos.
Angelina les dio las gracias y se puso a buscar en su maleta la carta con el teléfono y la dirección de las personas a las que habían pagado para que la invitaran a viajar a España. Se levantó de su asiento en cuanto las vio acercarse y las siguió hasta un aparato de teléfono. Le prestaron una moneda, y una de las mujeres marcó el número. Luego le tendió el auricular. Le respondió la voz de un contestador automático que la invitó a dejar su recado después de escuchar la señal, pero permaneció callada.
—No entendí lo que la señora dijo y enseguida sonó como un pito.
—Era el contestador. Vuelve a llamar y di que ya has llegado.
Pero Angelina puso tal cara de impotencia que la mujer le cogió el auricular de las manos, marcó el número de nuevo y, tras escuchar el mensaje y la señal, comunicó que la chica que esperaban procedente de Guatemala ya se encontraba en el aeropuerto y que por favor pasaran a recogerla cuanto antes.
—A lo mejor te tiras todo el día aquí esperando —opinó la otra mujer una vez que hubo colgado—. Tienes la dirección, yo creo que podrías ir tú misma a la casa.
—A ver dónde es —intervino su compañera, mirando la carta—: Calle de Verilla. Eso está por Ciudad Lineal. Te podemos acompañar en el metro hasta Avenida de América y luego explicarte cómo llegar a tu estación. En cuanto desayunemos nos vamos. ¿Qué te parece?
Angelina se mostró vacilante.
—Anda, vente. Te invitamos y lo piensas. Estarás muerta de hambre.
Las mujeres la cogieron de los brazos y la obligaron a acompañarlas a la cafetería. En la barra pidieron dos cafés cortados y le preguntaron cómo quería el suyo.
—Igualito —respondió por cortesía, aunque ella solo conocía el café de olla, hecho con agua y canela, y endulzado con una pizca de azúcar de piloncillo.
—Tómate algo más, que llevas muchas horas sin comer —le ofrecieron—. ¿Qué te apetece?
Angelina contempló el gran surtido de bollería que ofrecía la barra y se le hizo la boca agua. Todo parecía apetitoso, pero los ojos se le fueron hacia algo que había visto a veces en los escaparates de las pastelerías de su tierra y nunca había llegado a probar.
—Una orejita —dijo con su suave voz.
Las dos mujeres se rieron, y el camarero le pidió:
—Señálame cuál es.
Angelina alargó el labio inferior en dirección a su elección, a la vez que expresaba:
—Esa, pues.
Sus palabras resultaron ininteligibles para el camarero y las dos mujeres, que le repitieron la pregunta. Comenzaba a sentirse incómoda, pero no quería ser maleducada y señalar con los dedos, algo que su abuela siempre le había afeado.
—A ver, yo te voy diciendo los nombres y tú eliges el bollo que quieres —resolvió la situación una de las mujeres.
Y resultó que la orejita era una palmera. «Chistoso nombre», pensó Angelina, pues en nada se parecía al árbol y en cambio era igualita a la oreja dorada de los conquistadores por quienes se la había bautizado según su abuela.
—Nosotras nos vamos, pues se está haciendo tarde —anunciaron las mujeres—. Si quieres, puedes acompañarnos. Aquí en el aeropuerto no pintas nada.
Angelina aceptó ante la disyuntiva de quedarse sola otra vez. Con ellas al menos sabría cómo llegar hasta la calle de Verilla. Pero no contaba con el metro. Qué extraña impresión le causaron los túneles repletos de olores que desconocía y ese tren que iba por debajo de la tierra, como una lombriz gigante, transportando pasajeros de mirada impasible. Sintió vértigo al subir al vagón y se aferró de inmediato a la barra que había junto a la puerta para no caerse cuando emprendiera la marcha. Las mujeres tiraron de ella para que se sentara y la tranquilizaron explicándole su funcionamiento nada peligroso. Un poco antes de llegar a la estación donde tenía que hacer trasbordo, le reiteraron el recorrido, mostrándoselo en el plano que habían pedido en la taquilla. Casi tuvieron que empujarla para que se apeara:
—Aquí es —le indicaron—. Mucha suerte. Que te vaya muy bien.
Sujetando su maletita verde, Angelina las vio alejarse, agitando la mano como despedida desde la ventanilla, y repitió mentalmente dónde tenía que dirigirse. Primero a la línea 7 y luego a la 5. Buscó los letreros indicadores e intentó seguirlos, pero había una maraña de pasillos y escaleras mecánicas altísimas que avanzaban solas, y acabó confundiéndose. Después de dar vueltas y más vueltas, desembocó en un andén, pero ya había olvidado el nombre de la estación en la que le correspondía hacer el segundo trasbordo. Desalentada, se encaminó hacia un banco para mirar el plano y tratar de recordar. Como ya estaba ocupado, antes de sentarse, dijo:
—Con permiso.
La anciana ocupante la miró sorprendida y repuso, a la vez que se apartaba hacia un lado:
—Siéntate, hija. Hay sitio de sobra.
Angelina le dio las gracias y se puso a examinar su plano. La anciana la observó con detenimiento antes de preguntar:
—¿Eres de fuera?
—Sí, señora. Apenas llegué ayer de Guatemala.
—Estaba segura de que eras latinoamericana. Por la forma tan dulce de hablar, ¿sabes?, y por los buenos modales. Aquí se han perdido, es una pena.
La joven le sonrió sin saber qué añadir y volvió a mirar su mapa.
—Se ve que estás perdida —prosiguió la anciana—. No me extraña, pues esta ciudad es muy grande y complicada. Yo no tengo nada que hacer, así que te puedo acompañar a donde vayas, si quieres.
—Ay, señora, muchas gracias. He de ir a la calle de Verilla, que está en Ciudad Lineal, pero no sé si acá es donde debo tomar el tren.
—Pero tú, ¿adónde vas? —insistió la anciana.
—A la calle de Verilla, señora, allá me esperan. ¿No me haría el favorcito de mostrarme en mi mapa cómo se llega hasta Ciudad Lineal?
—No, no, en el mapa no —replicó la anciana, retirándolo con la mano—. Sin las gafas no lo veo. Dime adónde quieres ir.
—A la calle de Verilla, a la estación de Ciudad Lineal.
—Yo te llevaría con mucho gusto, pero tengo muchas cosas que hacer. Claro que si me acompañas tú a mí primero, luego, cuando termine, te dejo donde quieras.
Angelina vaciló unos instantes para reponer:
—No, no se moleste. Solo explíqueme cómo llegar a la estación que le dicen de Ciudad Lineal, no más eso. ¿Es por aquí?
—Ay, hijita, es más complicado de lo que parece. No te creas que es llegar y besar al santo. Hay gente que se pasa toda la vida tratando de aprender a orientarse en el metro. Muchos de los que se ven subiendo y bajando escaleras con cara de aburrimiento son personas que se perdieron hace tiempo y ya no tienen esperanzas ni ánimos para preguntar cómo salir fuera —se detuvo un momento, como si reflexionara, y luego prosiguió—: Es un problema, porque a veces las aglomeraciones son tremendas. Las autoridades deberían tomar cartas en el asunto... Pero basta de charla, que se nos va a hacer tarde. Ale, vente conmigo, y así te das un paseo por la ciudad. Verás qué bonita es.
La anciana se puso en pie y se dirigió hacia un pasillo, tirando de un carrito de la compra. Angelina la siguió sin saber bien lo que hacía, y al cabo de unos minutos de subir escaleras, se encontraron en la calle. Un sol radiante las deslumbró, y la joven sintió alivio al verlo. Al menos era el mismo que conocía de su tierra. Qué altas le parecieron las casas y qué extraños los ruidos. Caminó un paso detrás de la anciana y por el borde de la acera, dispuesta a bajarse de ella en cuanto algún transeúnte se lo requiriera. Pero no hizo falta. Era ancha y hubo espacio para todos. Llegaron ante el pequeño atrio de una iglesia, y la anciana se encaminó hacia un banco. Se sentó y sacó de su carrito un recipiente de plástico, repleto de miga de pan mojada. Lo abrió, se lo colocó en el regazo y comenzó su retahíla:
—¿Dónde están hoy mis niños? ¿Es que no tenéis hambre? ¡Pajaritos... pajaritos...!
De los árboles cercanos acudieron bandadas de gorriones que se posaron a su alrededor picoteando la comida, subiéndosele a los hombros y la cabeza. La anciana resplandecía de contento. Pasado un rato, guardó el recipiente en el carrito, se sacudió la falda, dio un par de palmadas y proclamó:
—Se acabó lo que se daba. Ale, todos a volar.
Y los gorriones la obedecieron. Entonces se levantó y anunció:
—Me han invitado a comer unas amigas, pero puedes acompañarme. Les encantará conocerte.
Angelina volvió a colocarse un paso detrás para seguirla, pero la anciana la agarró del brazo y le dijo:
—No, hija, basta de formalidades. Qué gusto que seas tan educada, pero camina a mi lado, no vayas a perderte. Donde vamos es un lugar muy concurrido, pues está de moda.
Después de recorrer varias avenidas, llegaron a un edificio antiguo, rodeado de jardines, ante cuya puerta hacían cola multitud de personas.
—Vaya, nos va a tocar esperar un poco, pero merece la pena. La comida es riquísima —comentó la anciana.
Las letras mayúsculas eran las que mejor leía Angelina, así que se entretuvo tratando de descifrar un letrero colocado a la entrada del jardín: MADRES OBLATAS. HORARIO DE COMIDAS 1,30-2,30.
—Buenas tardes, doña Virtudes —la saludó una monja ataviada con un delantal blanco cuando les tocó entrar en el edificio.
—Para nosotras todavía son días, madre, pero sí, son buenos —respondió la anciana—. Hoy vengo bien acompañada. Es mi nieta, hija del virrey de Guatemala. Saluda, bonita.
Angelina abrió de par en par los ojos sin saber qué palabras emplear, pero ya hablaba la monja:
—Muy guapa su nieta. Se le ve en la mirada que es hija de virrey. Pero pasen, que hay mucha gente esperando.
Penetraron en una espaciosa habitación amueblada con mesas alargadas, se sentaron ante una de ellas y de inmediato recibieron sendas bandejas con sopa, carne guisada, un trozo de pan y un yogur.
—Eso que contó de mí... —comenzó a decir Angelina.
—No está de más presumir un poco —la interrumpió la anciana, haciéndole un guiño—. Así nos tratarán mejor.
Angelina sonrió y permaneció callada. Cómo le habría gustado que su abuela hubiera podido escuchar lo de su mirada...
Doña Virtudes la sacó de sus pensamientos. Ya había acabado de comer y la urgía a hacer lo mismo, pues quería irse cuanto antes. La joven se esforzó en terminar el guiso de carne y decidió que el yogur lo guardaría para el día siguiente. Al salir a la calle, miró su reloj, puesto en la hora española por una de las mujeres que había conocido en el aeropuerto. Eran las dos de la tarde, y picaba el sol.
—Vamos al metro —dispuso su acompañante.
Angelina no tenía billete ni euros para comprarlo.
—No importa. Yo te invito —ofreció doña Virtudes.
Y se dirigió a la ventanilla, arrastrando su carro:
—Buenas tardes, guapa —saludó a la taquillera—. ¿Serías tan amable de abrirnos la puerta para que pasemos mi nieta y yo, que vamos muy cargadas?
—Claro, pasen —le respondió amable.
Una vez en los andenes, la anciana buscó el banco más próximo al túnel, colocó el carrito pegado a la pared para que no molestara y se sentó.
—Qué fresquito se está aquí, ¿verdad? Vamos a dormir la siesta para hacer bien la digestión.
Y antes de que a Angelina le diera tiempo a opinar, comenzó a escuchar sus suaves ronquidos. «¿Qué hago», reflexionó. Sacó el plano del metro e intentó descifrar cómo llegar a la calle de Verilla. Recordaba que tenía que bajarse en Ciudad Lineal, pero no cómo ir hasta allí y, aunque dedicó un buen rato a intentarlo, no fue capaz de descubrir cuál era el trayecto. Preguntaría a otra persona, decidió. Abrió mucho sus ojos de hija de virrey y se levantó para dirigirse a una persona que había cerca. Pero en ese momento se despertó doña Virtudes.
—Vaya, justo a tiempo. Vamos, bonita, que perdemos el tren.
Y se aproximó al borde del andén donde en ese instante se detenía el convoy. Angelina la siguió y recorrieron varias estaciones, hasta que doña Virtudes determinó que habían llegado a su destino. Luego se encaminaron a un hermoso parque.
—Es el Retiro, y aquí tengo a muchos familiares que alimentar. Mira, mira, ya aparecen los primeros...
De los árboles y arbustos de alrededor comenzaron a acudir ardillas que se acercaban sin miedo a solicitar su comida. La anciana sacó de su carro una bolsa con cacahuetes y los fue repartiendo. Era gracioso ver cómo los pelaban con sus ágiles dedos y enseguida querían más. Cuando se acabó la bolsa, doña Virtudes les pidió que se marcharan, pero no resultaron tan obedientes como los pájaros y se quedaron remoloneando a su alrededor, siguiéndolas un buen trecho del camino.
—A estas no hay quien las eduque —se quejó la anciana—, y mira que me esfuerzo, pero no sirve de nada. ¡Ale, marchaos antes de que me enfade! Lo que queda no es para vosotras, glotonas.
Por fin lograron librarse de ellas justo cuando llegaron a una montaña artificial de la que salieron decenas de gatos que maullaban y ronroneaban zalameros en torno a la anciana. Se repitió la misma ceremonia, repartiendo esta vez restos de pescado de olor nauseabundo que no parecía molestar a los felinos.
—No hay nada como cumplir con el deber —dijo cuando los gatos terminaron con las provisiones—. Para celebrarlo, vamos a tomarnos algo.
—No, señora, yo no tomo —replicó Angelina.
—No te preocupes por el dinero. Estando conmigo no te hace falta. Yo corro con todos los gastos. Para eso soy quien soy.
—No, yo le agradezco —insistió la joven—, pero es que no tomo. Ni aunque tuviera mis centavitos...
Doña Virtudes la agarró fuerte del brazo y se dirigió con ella a una terraza.
—Hola, Perico —saludó al camarero—. ¿Nos podemos sentar?
—Donde usted quiera, condesa. Ahora le traigo una  horchata.
—Hoy vengo acompañada.
—Pues otra para la chica. ¡Marchando dos horchatas y unas patatas fritas!
—Gracias, majo. Ponlo en mi cuenta —dijo la anciana cuando les sirvieron.
—A mandar, condesa.
Horchata de chufas. Era la primera vez que Angelina la probaba. Solo conocía la de arroz que ella y su abuela solían vender en Los Encuentros a los viajeros que allí se congregaban a la espera de sus autobuses. Estaba sabrosa y dulce. Y las papas fritas, no acá en España le decían patatas, qué chistoso. Y tomar no era beber alcohol. Doña Virtudes se rio cuando le explicó el malentendido. Cuantas cosas nuevas...
Se estaba muy a gusto en el parque y la anciana era amable, pero la tarde avanzaba y Angelina creyó que había llegado el momento de pedirle que cumpliera su promesa de acompañarla a la calle de Verilla.
—Ay, hija, con lo lejos que queda. Mejor lo dejamos para mañana. Además, no es de buena educación presentarse sin avisar. Mañana llamamos por teléfono y anunciamos nuestra visita. Hoy te invito a dormir conmigo en el hotelito de verano. Verás qué agradable es.
Angelina quiso protestar, pero doña Virtudes no se lo permitió. Total, qué más daba un día que otro, qué prisas tenía. A esas personas no las conocía de nada y quizá no fueran como esperaba; en cambio, ella la estaba tratando bien porque sabía lo que era encontrarse sola. Además, tenía que enseñarle algo importante.
 —Acompáñame —le dijo, poniéndose en pie.
Angelina la siguió hasta un puentecillo de madera que salvaba un turbio arroyo.
—Hace años, estas aguas eran cristalinas y servían para beber, los árboles eran frondosos y se podían enterrar tesoros a sus pies sin miedo a que nadie los descubriera. Ahora todo ha cambiado. Nada es para lo que era ni dura lo que debía. —Sacó un envoltorio de plástico y añadió, mirándola con solemnidad—: Toma. Guárdalo en tu maleta que es más segura que mi carro, ¿quieres?
Angelina lo cogió indecisa.
—Guárdalo —insistió doña Virtudes, empujándole la mano con la suya—. Ya sé que mañana te vas y tal vez no nos volvamos a encontrar, pero quiero que lo tengas tú. Eres más de fiar que las raíces de los árboles, y algún día puede que te venga bien.
La joven abrió la maleta y colocó el paquetito entre sus pertenencias, mientras la anciana se aseguraba de que quedaba bien protegido.
—Hora de retirarse —decidió entonces, lanzando un suspiro—. Mañana será otro día.
Angelina la siguió por el Retiro hasta que llegaron a un paraje solitario donde había un enorme tubo de cemento, sobrante de alguna obra, medio oculto por la abundante vegetación.
—Ya hemos llegado. Aquí duermo en el buen tiempo por el fresco y porque me gusta ver las estrellas, pero en invierno me traslado al piso de Serrano. Supongo que querrás lavarte un poco antes de acostarte. Ahí tienes la fuente —observó, señalándole una próxima—. El agua es de Lozoya, la mejor del mundo. Por eso me gusta este lugar.
La joven se enjuagó la cara y las manos, se las secó con la punta de la blusa y siguió a doña Virtudes hasta la entrada del tubo. Antes de adentrarse en él, la anciana miró a su alrededor y dijo sonriente:
—A ver si aciertas la adivinanza:
Jicarita azul y negra,
palomitas de maíz,
lucecitas que no duermen
y que te miran dormir.
Angelina puso ojos de asombro y el corazón le dio un vuelco. Esa misma adivinanza la había escuchado con frecuencia de labios de su abuela.
—¿Sabes lo que es? —insistió doña Virtudes.
—El cielo de la noche —respondió Angelina, ahogando la emoción.
La anciana asintió y luego se agachó para meterse en el tubo. Angelina la siguió. Colocaron el carrito y la maletita verde al fondo, y se tumbaron una al lado de la otra.
—Para tener buenos sueños, no hay nada como terminar el día con un pensamiento feliz, no lo olvides. Hasta mañana, que descanses —se despidió la anciana.
—Gracias, igualito le deseo —respondió Angelina.
Pensamiento feliz... en las extrañas circunstancias en que se encontraba, no se le ocurría ninguno. ¿Quién era esta señora que sabía recitar la adivinanza favorita de su abuela? ¿Qué quería de ella? No acertaba a comprender lo sucedido y se sentía desamparada, tan lejos de la única persona que siempre la había cuidado. No, no se le ocurría ningún pensamiento feliz, sino lúgubres presentimientos que la llenaban de angustia. Si su abuela pudiera contemplarla ahora, durmiendo en un parque después de un viaje tan largo y tan caro... No, seguro que no era esto lo que deseaba para ella y no debía defraudarla. ¿La dejaría marchar doña Virtudes?

© Carmen Martínez Gimeno

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sábado, 10 de agosto de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 1)


Angelina y el Nuevo Mundo
Comienzo hoy a publicar una novela que escribí hace años, cuando España vivía la quimera de ser un país europeo rico y empezamos a recibir inmigrantes de todas partes del mundo, sobre todo de los países latinoamericanos que son nuestros hermanos y comparten nuestra lengua. Pronto mi barrio se llenó de criaditas casi niñas que, vestidas con uniformes a cuadros rosas o azules, acompañaban al colegio a los hijos de sus señores, poco mayores que ellas. ¿De dónde provenían? ¿Qué las había impulsado a cruzar el Atlántico y cuáles eran sus ilusiones y esperanzas?
Todos los viernes aparecerá un capítulo hasta terminar la novela. Es mi modo de dar las gracias a los muchos lectores que tiene este blog. 


CAPÍTULO 1

A


NGELINA llegó a España con los ojos muy abiertos y un ligero temblor de rodillas que fue aumentando a medida que se acercaba al puesto de aduanas. De puros nervios, a punto estuvo de retroceder al último lugar de la cola cuando ya le tocaba que la atendieran, pero le pareció que el policía la miraba y no quiso llamar su atención. Abrió aún más los ojos, respiró hondo para ver si con la entrada del aire evitaba que el corazón desbocado se le escapara por la boca y se apresuró hasta la ventanilla, donde dejó el pasaporte y la carta antes de que se los solicitaran. El oficial la miró tranquilo, le dio los buenos días y cogió el pasaporte. «De Guatemala, quién lo hubiera dicho, pareces española, ya llegaste hasta acá, después de tan largo viaje, así que espero que te vaya bien», quiso leer en su mente que le diría, pero no fueron esas las palabras que salieron de sus labios. Le preguntó cuál era el motivo de su venida, como si no lo hubiera visto en el papel que le habían hecho rellenar en el avión, luego le pidió que le mostrara el billete de vuelta y a continuación le reclamó la bolsa de viaje. Angelina sabía que no la necesitaba, para eso traía la carta, que era una invitación para quedarse en España en casa de unos amigos que cubrirían sus gastos. No, ella no necesitaba la bolsa, aunque algunos dólares traía para lo que se pudiera ofrecer. El oficial pareció conforme. Le recordó que su visado solo le permitía permanecer tres meses en el país y le deseó una feliz estancia. Angelina le dio las gracias, recogió sus papeles y la maletita verde que constituía su único equipaje, y se dirigió a la salida.
No estaba acostumbrada a seguir letreros y le costó un poco encontrarla, pero por fin allí estaba, lista para iniciar una vida nueva, tal como había querido su abuela. El corazón le dio un vuelco al acordarse de ella, pero no dejó que la venciera la pena. Tenía que seguir adelante a toda costa, así que se pasó la mano por el cuello para asegurarse de que llevaba bien visible el pañuelo rojo por el que la reconocerían y se acercó a las puertas de cristal. Le sobresaltó que se abrieran de improviso sin haber hecho nada y se quedó parada en medio, mirando a la gente agolpada detrás de una barandilla que también la miraba a ella. Nadie le hizo señas ni mostró ningún interés, y Angelina siguió inmóvil, aguardando, hasta que los demás viajeros, que se habían retrasado recogiendo su equipaje en la cinta rodante, empezaron a salir, y alguien le dijo que se hiciera a un lado, que ahí estorbaba. Obedeció al instante y se colocó pegada a la pared junto a la puerta, esperando escuchar su nombre en cualquier momento.
Había varias personas con carteles, pero no alcanzaba a leer lo que ponían. Un hombre de mediana edad le dijo unas palabras que no comprendió entre el tumulto de saludos y se aproximó para escucharlo mejor.
¿Eres Paulina? le repitió cuando estuvo cerca.
No, señor, soy Angelina.
A ver, voy a comprobarlo por si acaso ¾sacó un papel del bolsillo y leyó: Paulina Maldonado. A ella es a quien busco.
No soy yo confirmó desilusionada Angelina y volvió a su puesto en la pared.
Poco a poco fueron desapareciendo los viajeros con sus familiares y los carritos cargados de bultos, y la sala permaneció solitaria durante un breve tiempo, pues de inmediato se fue colocando gente nueva en la barandilla a la espera de más llegadas. Así transcurrieron varias horas, sin que Angelina se moviera del lugar de la pared en el que se había apostado. Desde el avión había visto lo grande que era la ciudad, por eso no era extraño que se retrasaran quienes tenían que recogerla, se consolaba pensando.  Miró su reloj: marcaba las cuatro y media. Hacía poco que lo tenía y aún le costaba esfuerzo leer la hora. Lo acarició con sus dedos morenos y recordó cómo se lo había comprado su abuela, a pesar de sus protestas por el gasto que suponía: «Acá no se precisa, pero allá es otra cosa. El tiempo es chiquito o largo, según como nos vaya, por eso lo medimos para no confundirnos. Acá basta con mirar al sol, y al fin casi nunca hay apuro en llegar una horita antes o después, pero ya sabes que en la ciudad no siempre se alcanza a verlo y a buen seguro en España habrá más prisas. Has de tener tu propio reloj», le dijo mientras observaban los que mostraba un puesto del mercado. «¿Cuánto por este, marchantita?», le preguntó a la vendedora. «Veinte quetzales, marchantita», le respondió esta. «Caro está observó la abuela. Le doy quince». «No, marchantita. Así no puedo, lindo está el reloj, vea qué bien le cae», replicó la vendedora, tendiéndoselo para que se lo probara. «Para no alargar el cuento, le ofrezco dieciséis quetzales», propuso la abuela. La vendedora hizo ademán de que se lo quedara y afirmó: «Llévelo por diecisiete, antes de que me arrepienta». «Bueno está asintió la abuela, pero nos lo guarda tantito, al rato regresamos a buscarlo». Angelina estaba asombrada. ¿De dónde pensaba sacar el dinero? «Apúrate, niña le pidió mientras se apresuraba por las calles estrechas que rodeaban el mercado hasta llegar a una casa pintada de verde papagayo, y entonces le solicitó: Dime si acá es. Léeme el letrero». Angelina se esforzó en hacerlo: «SE COMPRAN DIENTES Y MUELAS DE ORO, OJOS DE CRISTAL, CABELLOS SANOS...». «Acá es confirmó la abuela sin dejarle concluir. Venderemos nuestro cabello. Al fin, rapidito nos volverá a crecer». Dicho y hecho. Las dos salieron de la casa con el pelo corto y veinte quetzales en el bolsillo. Angelina se tocó la cabeza y recordó la larga trenza que hasta hacía unos días la rodeaba, adornada con cintas multicolores. Luego volvió a mirar su reloj. Las cinco en punto. ¿De la tarde o de la mañana? El viaje había durado mucho y empezaba a sentirse cansada y aturdida. La maletita verde parecía cargada de piedras, pero no la dejó en el suelo, no fueran a robársela. Un poco más, aguantaría un poco más. Seguro que las personas que venían a recibirla estaban a punto de llegar.
Un chico que hablaba muy deprisa le preguntó si necesitaba hotel y una anciana le pidió que la ayudara a llamar un taxi, pero Angelina se disculpó y no se movió del lugar donde se había colocado, temerosa de que vinieran por ella y no la encontraran. Su reloj marcaba las ocho, y a través de las puertas de cristal se apreciaba que fuera ya había anochecido y se habían encendido las farolas. Poco a poco dejaron de llegar viajeros y el aeropuerto fue perdiendo bullicio. Justo en la pared frente a la barandilla había una hilera de asientos que ahora estaban vacíos y la joven se dirigió hacia ellos. En el trayecto se cruzó con dos mujeres cargadas con utensilios de limpieza y aprovechó para preguntarles la hora.
Las tres y media.
¿Cómo dijo?
Las tres y media de la madrugada.
Muchas gracias respondió mecánicamente.
Ahora sí que estaba desconcertada. ¿Cuánto tiempo llevaba en el aeropuerto? ¿Cuánto hacía que había salido de Guatemala? Se dejó caer en un asiento y sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos. «Ay, abuelita se lamentó, ¿por qué me dejé convencer para venirme solita, qué será de mí si nadie se presenta a buscarme?». Estaba demasiado cansada para reflexionar y solo le acudía a la cabeza la imagen de su abuela rezando en el cerro. Rezando por ella, para que le fuera bien en este país lejano al que había querido mandarla. Desde que una carnicera del mercado le había enseñado el anuncio que aparecía en el periódico de unas personas que se ofrecían a invitar a jóvenes a viajar a España como si fueran sus parientes para que encontraran un buen trabajo y una buena vida, se le había metido en la cabeza que su nieta debía hacerlo. «Acá te esperan muchas desgracias, pero si te vas a España ahora que estás joven, serás tú quien decidas tu suerte. Si la fortuna pasa por tu casa, que halle la puerta abierta». «¡Ay sí, abuelita! se burlaba ella, como si hubiera que ir tan lejos a encontrar la suerte, ¿no dices siempre que a quien la fortuna quiere el viento le junta la leña?». Pero la anciana estaba empeñada en el viaje y fue a visitar a la señora Clovis, la prestamista. «Usted debe de creerse que a mí el dinero me crece en los árboles. Si le presto, ¿cómo piensa pagarme?», le había contestado a su petición de dinero. «Soy ilol, curandera pues, algo se le ofrecerá. «Valiente cosa», replicó despectiva la señora Clovis. Pero la abuela continuó sin arredrarse: «Curo a los enfermos del cuerpo y del alma. Sé qué enfermedades son por el viento, el rayo, el diablo o el agua, y si han llegado a través del sueño, por envidia, por alimentos o por mal comportamiento». «¿Ah sí? prosiguió mofándose la prestamista— ¿Y cómo aprendió su ciencia?». «Prendí vela pidiendo la gracia y se me concedió», respondió seria la abuela. «Ya me cansé de bromas. Acá en la ciudad no nos fiamos de sus cosas de indios. Váyase a su paraje a curar a los ingenuos que la crean y gane así su dinero. Yo no le doy ni un quetzal». De este modo terminó la conversación. La abuela dejó la casa sin pronunciar una palabra más, pero a la semana fueron a buscarla. La señora Clovis se moría y ningún médico sabía cuál era su mal. «Se espantó diagnosticó la abuela después de observarla detenidamente, someterla a un interrogatorio minucioso y tomarle el pulso—. Tropezó mientras caminaba y del susto abrió la boca y dejó escapar el alma. Rezaré por ella en el cerro. Hasta que regrese, denle caldo de gallina bien espeso». Volvió a los tres días, y la señora Clovis había mejorado, pero seguían faltándole las fuerzas. La abuela le sopló siete veces y le explicó que se había ido a las peñas donde están los ángeles y los fiadores del cielo, y les había pedido que le devolvieran su alma, rezándoles con cuatro ramitas de juncia olorosa. El alma solo había llegado hasta la segunda cueva, así que la pudo recuperar. Si hubiera tardado más en buscarla y hubiera alcanzado a entrar en la décima cueva, se habría muerto sin remedio. La señora Clovis le dio las gracias emocionada y se ofreció a pagar el billete de su nieta a España. No era un préstamo, sino una obligación por su parte: «Le debo la vida, y eso no tiene precio».
Qué lejos quedaba ahora aquello, perdida en el aeropuerto sin nadie a quien recurrir, sin nadie con quien hablar. La imagen de su abuela rezando en los cerros, moviendo lentamente los labios mientras agitaba las ramas de juncia, se fue haciendo cada vez más grande, y Angelina cerró los ojos casi sin darse cuenta, abrazada a su maletita verde. Pronto quedó profundamente dormida.

© Carmen Martínez Gimeno

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