martes, 17 de marzo de 2020

Lenguas azules

Lenguas azules



Las eles larguiruchas de mi primer deseo,
desgarbadas y enjutas como yo,
las eses de mi párvula lujuria,
los adverbios de tiempo,
el verbo conjugado con temblor
y los dos nombres propios,
corazones de tiza a escala de la fiebre
que allí los dibujó.

Manuel Moreno Díaz, «Grafiti reencontrado», 2015



Nunca en la historia se había escrito tanto como ahora. Escriben los escolares desde su primera infancia y escribimos todos, adolescentes y ya maduros, como parte de nuestra rutina cotidiana. Leemos y escribimos. La escritura rápida es una forma de comunicación cada vez más en boga gracias a internet y las nuevas redes sociales, que siguen su expansión imparable e incluso impredecible. Saber leer y escribir se ha convertido en un bien de primera necesidad porque es preciso hasta para las actividades más básicas de la vida corriente, como compartir la receta del bizcocho de chocolate o poner en marcha la nueva lavadora, comprobar las contraindicaciones de un medicamento contra la gripe o aceptar las cláusulas de un contrato hipotecario que nos atará por muchos años.

Tal es la importancia de saber leer y escribir que en las últimas décadas del siglo pasado se acuñó el término ‘literacidad’ (o ‘literacia’) para definir esa habilidad o capacidad insoslayable, entendida como el conjunto de competencias que permiten a una persona recibir información por medio de la lectura, analizarla y transformarla en conocimiento que después se consignará por escrito. Así pues, en la literacidad prevalece ante todo el reconocimiento del lenguaje y su comprensión, pero además son cruciales las funciones que asumen lector y escritor como interlocutores dinámicos en un contexto determinado.

La palabra ‘literacidad’ es un anglicismo proveniente de literacy que define, en primer lugar, la «cualidad o estado de ser literate, en especial, la habilidad de leer y escribir»; y, en segundo lugar, «la posesión de educación» (Websters’s Encyclopedic Unabridged Dictionary of the English Language, 1996: 836. La traducción del inglés es mía). Quienes acuñaron este término en español defienden que su significado va mucho más allá del recogido por nuestra simple voz ‘alfabetización’: «acción y efecto de alfabetizar» (RAE, Diccionario de la lengua española, 2014: 102). Según se establece en el mismo diccionario académico, alfabetizar es «enseñar a leer y escribir», esto es, una actividad limitada a la decodificación y cuya única pretensión es preparar a los analfabetos para que conozcan y —tal vez— dominen un código lingüístico determinado. Sin embargo, pueden coexistir tasas altas de alfabetización con tasas ínfimas de lectura y escritura; es decir, pueden abundar las personas alfabetizadas que no comprenden lo que leen y a quienes les resulta difícil darse a entender mediante la escritura; personas a las que les cuesta interpretar significados implícitos o complementarios y que carecen de elementos de juicio para diferenciar, por ejemplo, entre un argumento y una manipulación cuando están escritos. Tampoco los adjetivos  literate inglés y ‘letrado’ español son equivalentes en significado por más que compartan idéntica procedencia del vocablo latino litterātus: los dos califican a una persona docta e instruida, pero se diferencian en que el adjetivo español puede también aplicarse en sentido irónico a quien presume de ser culto y habla mucho y sin fundamento, mientras que el adjetivo inglés se centra en resaltar sus conocimientos de lectura, escritura, literatura, análisis, juicio y demás semejantes.

Dejando a un lado estas diferencias de sentido que acaso no basten para justificar el fácil recurso a otro neologismo anglicista más en nuestra lengua española, detengámonos a observar a la persona lectora y escritora competente que contempla la literacidad: se dice de ella que debe ser capaz de manejar, junto con el conocimiento lingüístico, los valores, sentimientos y juicios pertinentes para producir sus propias creaciones de significado y desarrollar el saber. Pero surge una pregunta: ¿dónde aprende esa persona lectora y escritora competente, y quién le enseña?

Para la mayoría, la escuela era en el pasado el primer contacto con el alfabeto, la letra escrita y la lectura. En la actualidad, los niños conviven con una avalancha de «hechos de escritura», muchos de ellos relacionados con teléfonos móviles, tabletas y demás aparatos informatizados, y son capaces de comprender y utilizar buena parte de sus códigos a pesar de no estar todavía alfabetizados. Aun así, la enseñanza reglada de la escritura y la lectura sigue confiada a la escuela y a los profesores de lengua. En el pasado, aprender a escribir significaba ante todo conseguir una excelente caligrafía y, para lograrlo, practicábamos largas horas ensayando una y otra vez las letras con las que se componían oraciones cándidas del tipo «Mi mamá me mima» o «La vaquería se quema». Después venían los dictados, en los que había que reproducir lo que la maestra leía o inventaba para el caso, cuidando de no cometer faltas de ortografía. A leer se aprendía practicando primero en voz alta y después, cuando ya se dominaba la técnica, sin pronunciar palabra: llegar a la lectura mental era un grado y un orgullo.

Enseguida comenzaba también el estudio de la gramática: morfología y sintaxis, además de la memorización de las reglas de ortografía (a veces incomprensibles y recitadas sin ton ni son como la lista de los reyes godos). Se enseñaba lengua desde el primer grado de primaria, y literatura a continuación, hasta el fin de los años escolares. Era un estudio mecánico, una cantilena infantilizada que se repetía una y otra vez sin que se entendiera su objetivo ni se advirtieran avances. Se estudiaba porque sí y del mismo modo se olvidaba: no servía para nada práctico puesto que nunca se enseñaba a escribir, aparte de la caligrafía y la ortografía. Se hacían redacciones, sí, pero cada cual escribía como mejor podía porque jamás había nadie capaz de instruir en los mínimos rudimentos de la composición. Y, sin embargo, había que tomar apuntes, redactar trabajos, hacer exámenes escritos…

La llegada a la universidad suponía un aumento de la carga de escritura, pero ningún conocimiento específico sobre cómo afrontarla ni siquiera para aquellos alumnos que habían elegido estudios de letras. La disposición personal de quienes mostraban interés por esas materias y la lectura continuada contribuían a mejorar una expresión escrita para la que entonces no había enseñanza sistematizada. Y además pendía sobre todo el alumnado una espada de Damocles a la que ningún profesor que se preciara se olvidada de aludir desde el primer día de clase: cualquier falta de ortografía cometida en los trabajos o exámenes —que siempre eran escritos— garantizaría la reprobación, un suspenso sin remisión. Por suerte —o desgracia, según se mire—, esos mismos profesores tan estrictos eran incapaces de detectar la mayoría de los errores de bulto en los que ellos también caían.

¿Qué ha cambiado en la actualidad? Parece que no demasiado. La enseñanza de la lengua se repite machacona año tras año desde que se inicia la educación primaria y abarca nuevas ramas —como la pragmática—, pero sigue siendo una materia meramente descriptiva que aburre a la mayoría del alumnado. Recuerdo bien las quejas de mis propios hijos ante un aluvión de conceptos que, según ellos, inventaban los filólogos para tener trabajo asegurado y perpetuarse en el tiempo. También tengo presentes los comentarios de excelentes profesoras de lengua, capaces de conseguir que los adolescentes comprendan un temario complejo pero carentes de instrumentos para satisfacer el interés que han despertado en ellos: «¿Cuándo vamos a escribir nosotros?». Esta suele ser la queja más insistente al analizar los distintos tipos de textos y sus propiedades, por ejemplo. Pero sigue sin haber un lugar específico en el currículum para la enseñanza práctica de la escritura, tal vez porque exigiría esfuerzo y preparación a todo el profesorado, no solo al de lengua y literatura.

¿Cuál es la consecuencia? Como la ciencia infusa no existe, ocurre lo que era de esperar: cada vez son más los que cantinflean desde su lugar de trabajo, de reunión o de recogimiento. Hablamos de forma desatinada e incongruente para no decir nada y lo ponemos por escrito de cualquier modo, sin pararnos a reflexionar, colocando comas y puntos según caigan o nos suene bonito. Y otorgamos a la ortografía un valor ínfimo: ¿qué importa cómo se escriba si el mensaje llega de todos modos? Lo malo es que no llega, no nos engañemos. Así componía Cantinflas dictados o cartas en sus divertidas películas, repletas de malentendidos que daban lugar a situaciones disparatadas, empleando un lápiz antiguo de aquellos llamados de tinta que manchaban de azul la lengua porque había que mojarlos de saliva para que escribieran.

Lenguas azules… ese es el primer recuerdo que me viene a la mente al pensar en la escritura. «¡Mamá, ya sé escribir!», dije al llegar a casa, enseñando la lengua azulada y sacando del cabás el lápiz de tinta que acababa de estrenar esa mañana en el colegio. Pero no sabía: solo me habían adiestrado en la buena caligrafía. Nunca nadie me enseñó a inventar y escribir mis cuentos ni a componer cualquier otro tipo de texto, ni siquiera cuando llegué a la escritura con bolígrafo o pluma estilográfica. Reviví ese mismo recuerdo de mi inútil lengua azulada cuando, recién terminados mis estudios de licenciatura en la Universidad Complutense de Madrid, llegué a la ciudad de México con la esperanza de conocer al escritor Juan Rulfo y tuve la fortuna de comenzar a trabajar en Siglo xxi Editores, dirigida por Arnaldo Orfila y Martí Soler. Entonces más que nunca me di cuenta de lo poco que yo sabía de escritura y lo difícil que me iba a resultar corregir a otros… Para mi alivio, la primera labor que me encomendaron fue la de correctora de galeradas con atendedor y, por tanto, mi misión principal consistía en descubrir saltos de texto y subsanar erratas, asistida por Juan Jacobo Simón, mi atendedor, ahora profesor universitario de matemáticas.

En aquellos primeros años de actividad profesional tomé conciencia de que la lengua era la herramienta clave y, por tanto, había que ahondar en su conocimiento ―teórico y práctico― para sacar el mayor partido. Mi preparación fue autodidacta pero muchos me ayudaron. De Martí Soler aprendí ortotipografía y edición; de Elsa Cecilia Frost y Juan Almela, a escribir para ser traductora si no fiel, al menos traidora con causa; de Presentación Pinero de Simón y Carmen Valcarce, a corregir pruebas de imprenta, a cotejar y a compaginar; y de Javier Abásolo, a hacer larguísimos índices analíticos, a corregir bibliografías y a comprender la importancia de emplear con precisión el vocabulario, sobre todo cuando era técnico. Con la ayuda inicial de Juan Almela en México y de Javier Pradera y Manuel Bonsoms a mi regreso a España, poco a poco fui reuniendo una biblioteca especializada para resolver cuantas dudas se me presentaban, recurriendo a menudo a los libros de estilo de las diversas editoriales con las que fui colaborando y que por entonces solo eran de uso interno.

Antes de que en las décadas finales del siglo pasado se descubriera el filón que suponían esos manuales de autor y corrector o libros de estilo y comenzaran a publicarse con buen éxito uno tras otro, quienes se adentraban en el trabajo de edición y deseaban profundizar en sus diversos aspectos porque lo habían elegido como profesión debían recurrir a lo escrito por eruditos como Fernando Huarte Morton y, en especial, José Martínez de Sousa, cuya obra fue pionera en la recogida, sistematización y divulgación del conocimiento teórico y práctico imprescindible para la composición de textos impresos. En cuestiones de léxico y escritura, los diccionarios de María Moliner y Manuel Seco resultaban ―y resultan― fundamentales para resolver abundantes dudas y ampliar vocabulario. Pero no había manuales de composición dignos de mención, tal vez porque los escritores aprendían leyendo y compartiendo textos en tertulias literarias con otros escritores y, sobre todo, porque los que conseguían ser publicados por sellos de importancia contaban con la impagable labor, oculta casi siempre, de correctores editoriales que, como los zahoríes, conseguían hacer brotar agua en yermos y eran capaces de pulir rocas hasta convertirlas en diamantes.

Extracto de la «Introducción» a La lengua destrabada. Manual de escritura (Madrid: Marcial Pons, 2017).

La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  






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domingo, 22 de diciembre de 2019

Me dicen que es Navidad

Me dicen que es Navidad
Mi sobrina, Pilar Martínez Vaello, ha ganado un premio con este relato navideño, inspirado en su abuela Dominica, mi madre, que murió aquejada del mal de Alzheimer en el año 2000, al igual que antes lo había hecho su padre y después lo harían sus dos hermanas. No necesita más presentación. Cada vez que algún miembro de nuestra familia lo lee se le saltan las lágrimas... 

Este año, gracias a mi sobrina Pilar, que ya es una estupenda escritora, he encontrado la mejor de las maneras de desearos salud, paz y alegría en estas fechas tan llenas de recuerdos.


¡Es Navidad! Oigo a mi hija gritar entusiasmada, mientras corre escaleras abajo. Veo como abre sus regalos y puedo notar en sus preciosos ojos verdes la ilusión de saber que este año ha sido buena. La veo marchar con su muñeca de porcelana, como si fuera el mayor tesoro del universo.

¡Es Navidad! Abrimos los regalos, misma ilusión. Un Discman, y su adolescente mirada pícara me da las gracias. Le guiño un ojo con complicidad.  La misma inocencia de antes, pero más madura. La misma niña, creciendo.

¡Es Navidad! Ya no corre escaleras abajo, ya no grita entusiasmada. Tiene mucho que estudiar, dice. La carrera no se saca sola. Yo la miro y le doy ánimos. Un diario precioso, para escribir las experiencias que estás a punto de vivir. Una mujer, dueña de su destino. Comienza tu viaje, cariño.

¡Es Navidad! Mi yerno sonríe avergonzado ante el nuevo par de calcetines. Mira a mi niña, con ojos llenos de amor y gratitud. Forma parte de algo más grande ahora. Un equipo, imbatible. Una aventura, un camino por recorrer.

¡Es Navidad! Esta vez no habrá regalos. Dicen estar muy ocupados, no importa. Los veremos en el nuevo año, y me contarán sus novedades. Aun así, contemplo el árbol, impasible testigo de tantas alegrías a lo largo de tantos años…

Es Navidad. O eso creo. Últimamente estoy confusa. El paso de los años me pierde. ¿Los regalos dónde se ponían? La mirada de mi hija es triste, pero no sé por qué. Solo se me olvidan un par de cosas, estaré bien. Me siento cansada, es un bache. Atiendo a mi nieta y le guiño un ojo, todo estará bien.

Me dicen que es Navidad. Que sonría. Abre los regalos, mamá. ¿Mamá? Por un momento esa palabra me suena lejana, me trae ecos de recuerdos pasados. Mi mamá. ¿Dónde está? Me está esperando. Hay niños alrededor, deben de ser de mi edad, ellos sabrán dónde estará. «La abuela tiene alzhéimer. Está malita, por eso os pregunta esas cosas. Tenéis que tener paciencia y darle muchos besos». ¿Alzhéimer? Yo estoy muy sana, apenas tengo doce años. No sé de qué hablan.

Me dicen que es Navidad. No me lo creo. Esas personas no son mi familia. ¿Dónde está mi mamá? ¿Por qué no me dejan ir con mi mamá? Me está esperando. Tengo miedo. Dejadme, quiero ir con mi mamá. Grito, pero no me oye. Tengo mucho miedo.

Me dicen que es Navidad. Sonrío. No sé qué es eso, pero debe de ser divertido, oigo risas. Una mujer de brillantes ojos verdes se me acerca, es muy guapa, pienso. Con ella, dos pequeñas. ¿Quiénes son estas niñas tan guapas que vienen a verme? «Son tus nietas, mamá». Mis nietas. La más pequeña, recurriendo a toda su valentía, me da la mano. Calma, paz. No sé dónde estoy, pero estoy bien. La miro a los ojos y me veo reflejada. «Hola, abuela». «Hola, cariño». Un instante de reconocimiento, y su sonrisa se enciende. La abrazo con las fuerzas que me quedan, no sé cuánto voy a durar esta vez. «Os quiero muchísimo, perdonadme». Mi voz rota se me entrecorta. Apenas la suelto y la niebla comienza de nuevo. Mis recuerdos se difuminan. ¿Dónde estaba? La pequeña me mira, con sus relucientes ojos verdes. Ah, sí, estoy en casa.

Es Navidad. Se sientan todos alrededor de la mesa, pero hay una silla vacía. Parecen tristes, apenas se oyen risas. Ojalá pudiera hacerlos sonreír. Entran los niños, y mi pequeña renacuaja llena la sala de gritos infantiles. Villancicos desafinados, copas entrechocando, brindis por la vida, por los que se han ido.

Ojalá pudiera hacerlos sentir que seguimos aquí, que no nos hemos marchado. Que el olvido aquí ya no tiene poder.

La pequeñaja se acerca a su madre, con sus brillantes ojos verdes, y le guiña un ojo. Veo la sonrisa de mi niña, la lágrima que cae y su abrazo lleno de alegría y felicidad.

Eso es, pequeña. Estoy aquí. A través de todos vosotros. Estoy en cada llanto, en cada momento de inseguridad, en cada caída. Estoy aunque no me podáis ver. Estoy, y sé que me podéis sentir. Mi recuerdo sigue con vosotros.

Es Navidad. Y esta vez, desde la inmensidad, me lo creo.

©Pilar Martínez Vaello, 2019









¡Felices fiestas!


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  





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jueves, 12 de diciembre de 2019

Tasmania: impresiones de viaje

Tasmania
Puerto de Hobart 
Al aterrizar en el aeropuerto de Hobart, capital del estado de Tasmania que forma parte de la Mancomunidad de Australia, nos pareció estar regresando a Valdivia, capital de la provincia de Valdivia y de la región de Los Ríos, en el sur de Chile.  Desde el avión avistamos los mismos cielos plomizos, el mismo paisaje salpicado de manchas verdes y pardas bordeando incontables masas de agua. Ambos territorios, el australiano y el chileno, se encuentran en paralelos cercanos que los aproximan a la Antártida (42,53º sur Hobart y 39,48º sur Valdivia). Ambos comparten un clima lluvioso, ventoso y frío, aunque con las cuatro estaciones diferenciadas, y poseen un ingente patrimonio natural de flora y fauna que impulsa a establecer comparaciones. Pero en realidad son muy diferentes. Lo percibimos de inmediato en cuanto iniciamos nuestra visita en tierra firme. Qué alivio respirar por fin aire puro y no el humo de los incendios de Sídney.

Tasmania es una isla grande, con más de 68.000 kilómetros de extensión, que comprende además un amplio grupo de islas menores alrededor de su costa, y está separada del territorio continental de Australia por el estrecho de Bass. Pertenece a la Mancomunidad de Australia desde 1901. Su nombre actual se debe al comerciante y explorador holandés Abel Tasman, quien en 1642 informó sobre la existencia de la isla, a la que bautizó con el nombre de su patrocinador, Anthony van Diemen, gobernador general de las Indias Orientales Holandesas. Sin embargo, no hubo una presencia europea continuada hasta que la corona británica la reclamó como colonia en 1801 e impuso el nombre de Tierra de Van Diemen. Desde el principio fue una colonia penitenciaria a la que desde el Reino Unido llegaban, hacinados en barcos, presos convictos para cumplir sus penas en cárceles espeluznantes. No habían sido condenados por delitos de sangre, pues esos suponían la pena capital, sino por robos, falsificaciones y todo intento de apropiación de la riqueza ajena, y las penas impuestas superaban los siete años de confinamiento. Pero el trabajo forzado y el buen comportamiento eran medios de redención y hubo quienes lograron conseguir la libertad y medrar en la sociedad colonial que se estaba creando. Pocos volvieron a su lugar de origen, sin embargo, porque carecían de los medios para hacerlo.
  
Paisaje de la campiña tasmana
La isla estaba habitada cuando llegaron los británicos a establecer su colonia y empezaron a dividir la tierra mediante cercados. Los aborígenes, pacíficos en un primer momento, presentaron resistencia al ver alterado su modo de vida, basado en la caza y la recolección. Su ferocidad se convirtió en el pretexto perfecto para exterminarlos sin misericordia. Los hombres eran usados como mano de obra esclava, sometidos a tortura y mutilaciones; las mujeres jóvenes servían de esclavas sexuales, y los frutos de su vientre, de haberlos, eran eliminados. Se los perseguía y daba caza porque a cambio de sus pieles se obtenía una recompensa de las autoridades coloniales. A finales del siglo xix ya no quedaba ningún habitante nativo en la isla. No hubo mestizaje, solo exterminio. La lacra del genocidio, conocido como la Guerra Negra, provocó que en 1854, cuando se aprobó la constitución, se adoptara el nombre de Tasmania para el territorio, que después se convertiría en estado, a fin de dejar atrás el pasado colonialista imperial. No obstante, llama la atención que en la actualidad la población de esta isla siga siendo predominantemente anglo-celta, hecho que provoca la conformación de una sociedad distintiva frente a la multirracial predominante en la mayor parte de Australia.

El relieve de Tasmania está formado por montañas de cumbres redondeadas, donde crece vegetación alpina, y extensos valles y altiplanos por los que corren ríos de rápido caudal y resplandecen, reflejando la naturaleza virgen que los rodea, lagos, charcas y toda clase de masas de agua. A pesar de los incendios, la agricultura y la ganadería ovina y bovina, buena parte de la isla sigue poseyendo densos bosques, algunos de selva tropical lluviosa, como los de Valdivia, pero los predominantes son los bosques de eucaliptos y helechos. De su fauna autóctona, el animal más conocido es el demonio de Tasmania, popularizado por una serie de dibujos animados y ahora en peligro de extinción. Pero para esta viajera los seres más atractivos son los canguros, imponentes marsupiales que brincan sobre sus dos patas traseras en los bordes de las carreteras al paso de los vehículos y se dejan ver, e incluso a veces admiten el acercamiento humano, a primeras horas de la mañana y al atardecer, en espacios abiertos como claros del bosque o praderas, cuando salen a comer la hierba y raíces de las que se alimentan. En realidad, para una lega en el asunto es difícil distinguir si se trata de canguros, nombre que engloba a los animales de las especies más grandes, o ualabís, nombre con el que se designan las especies más pequeñas. Los wombats son otros curiosos marsupiales, pequeños, de patas cortas y redondos como osos de peluche, con los que tuvimos la suerte de toparnos en el parque nacional de Cradle Mountain, inmóviles en las praderas de tundra alpina que rodean el Weindorfer’s Chalet, cuando nos refugiamos en él de la intensa aguanieve que caía.

Acantilado de la Tasman Peninsula
Dicen que los británicos encontraron esta tierra insular parecida a la suya, aunque con un clima menos lluvioso y más templado. Parece que les gustó y dejaron en ella su huella en construcciones y jardines. La capital Hobart, al pie del monte Wellington, es una ciudad limpia y agradable, la más antigua de Australia después de Sídney. Cuenta con abundante comercio y un bonito puerto en el estuario del río Derwent donde se inician cruceros y se puede comer rico pescado y marisco en alguno de sus numerosos restaurantes. El conjunto de antiguos edificios de almacenes frente a las dársenas del puerto recibe el nombre de Salamanca Place y es uno de los lugares más visitados de la ciudad porque alberga galerías de arte, tiendas de artesanías y multitud de establecimientos de comida y bebida. Además, los sábados se monta allí uno de los mercados callejeros más grande e importante de Australia. El nombre nos llamó la atención porque se pronuncia igual que nuestra Salamanca española, pero nadie supo explicarnos su origen. La gente de la calle ha olvidado lo que los libros recogen: en principio, la zona se llamaba Cottage Green, pero se cambió a Salamanca en 1812 para honrar al primer duque de Wellington tras su importante victoria en la batalla de los Arapiles, al sur de Salamanca, al mando del ejército aliado formado por ingleses, portugueses y españoles, contra las tropas francesas del mariscal Marmont durante nuestra guerra de la Independencia. Benito Pérez Galdós narra los hechos en la décima novela de la primera serie de los Episodios nacionales.
 
Penitenciaría de Port Arthur desde el barco
Desde Hobart es imprescindible hacer una excursión hasta Port Arthur para entender el significado de la migración y colonización forzadas en el país. El lugar, ahora de una belleza espectacular, fue más que una terrible prisión. Era una comunidad completa en la que convivían, si bien separados y con condiciones radicalmente diferentes, presos convictos, guardianes, autoridades civiles y militares, más sus familias. Contiene más de 30 edificios históricos, muchas ruinas, abundantes praderas, huertos y jardines, y hasta un astillero y un muelle en el que se toma un crucero que recorre la bahía frente a Point Puer Boys Prison y la Dead Island. Forma parte del Australian Convict Sites World Heritage, lugares históricos de prisión en los que se pretendió construir una nueva sociedad basada en el trabajo forzado de los reclusos durante el siglo xix.  De camino a Port Arthur, en la Tasman Peninsula, hay muchos miradores para contemplar los acantilados marinos y se pueden hacer bonitas caminatas con el mar a un lado y el bosque al otro.

Wineglass Bay
Montañas de granito rosado constituyen el telón de fondo del recorrido ascendente hasta alcanzar a pie el principal mirador de Wineglass Bay para obtener una preciosa perspectiva, antes de iniciar el descenso por los numerosos escalones de tierra y piedra que conducen a su famosa playa de arena blanca y fina, con aguas prístinas y no frías en exceso. Es un buen lugar para refrescarse y comer después de la caminata… pero se puso a llover y tuvimos que adelantar la retirada. Nos quedamos con ganas de recorrer algún otro de los variados senderos que ofrece el parque nacional de Freycinet, donde se encuentra Wineglass Bay, su enclave más conocido.

La ciudad de Launceston era la última etapa de nuestro recorrido, pero solo como base para realizar desde allí las últimas excursiones, pues en la agencia de viajes, al organizar la estancia, nos habían advertido de que carecía de interés. Qué gran error. Con gusto habríamos dedicado más tiempo a conocer su puerto fluvial, sus calles alineadas y limpias, repletas de edificios históricos bien conservados, y su espléndido paseo elevado que recorre la garganta del río Esk, a tramos desde pasarelas altísimas de madera que provocan cierto vértigo, hasta llegar a sus piscinas naturales y las aperturas en los riscos donde deambulan canguros y pavos reales.

General Post Office, Launceston  
Amanece muy temprano, antes de las 5:30, y madrugamos para tomar a las siete la excursión al parque nacional de Cradle Mountain, uno de los puntos fuertes de nuestro itinerario. Su fama proviene de su enorme extensión y la variedad de sendas para marchas que ofrece, según las fuerzas y preparación física de cada cual, para disfrutar de su paisaje alpino con picos escarpados, páramos azotados por los vientos, lagos glaciares y de montaña, gargantas recubiertas de bosques y una abundante fauna silvestre. Pero su clima es impredecible y nos tocó un día endiablado: helado, tempestuoso, con aguaceros constantes e incluso rachas de aguanieve. En el folleto informativo que entregan al comprar la entrada indican, entre las medidas de seguridad, que se esté preparado para volver atrás o cambiar los planes si el tiempo se deteriora y dificulta caminar. Y eso fue lo que nos vimos obligados a hacer. Tuvimos que cancelar la caminata alrededor del Dove Lake y el ascenso hasta el mirador del Crater Lake. Apenas tomamos unas fotos bajo la lluvia y nos refugiamos a comer en el Weindorfer’s Chalet. Más tarde fuimos al albergue a reponernos con una bebida caliente mientras esperábamos por si escampaba. No sucedió y hubo que emprender el camino de vuelta a Launceston, haciendo varias paradas en tiendas locales de distintos pueblos, todos limpios, cuidados, repletos de plantas en flor, para comprar chocolates y quesos de fabricación propia. Igual que cuando viajábamos por Valdivia en la región chilena de Los Lagos, recordamos.

Tasmania es un lugar privilegiado para contemplar la aurora austral. Hay sitios en internet que informan de las probabilidades de que ocurra el fenómeno, e hicimos comprobaciones varias veces a lo largo del viaje. Pero no tuvimos suerte. Tampoco disfrutamos de su cielo estrellado porque la multitud de nubes que lo cubrían nos lo impidieron. Todos los días alguien nos comentaba que ese tiempo tan malo era excepcional, pero la estampa de tantos lugareños de toda edad y condición en manga corta, sandalias y pantalón corto, mientras los foráneos de latitudes más cálidas nos echábamos encima toda la ropa de abrigo de que disponíamos, desdecía tal afirmación. Así es su pálido verano, así lo disfrutan las niñas y niños de mofletes colorados tan habituales en los climas nórdicos.

Christmas Parade, Launceston
Nuestro avión no salía hasta primeras horas de la tarde y el aeropuerto está cerca de la ciudad. Eso nos proporcionó toda una última mañana libre para repasar los lugares que más nos habían gustado de Launceston y volver a tiempo desde la garganta del río Esk para mezclarnos con los lugareños y contemplar la cabalgata de Navidad, Christmas Parade, con sus bandas de músicos en falda escocesa tocando a la gaita villancicos tan conocidos como Adeste fideles o Noche de paz, niños con casco haciendo caballitos sobre sus bicicletas, gimnastas y bailarinas ejecutando volteretas, saltos mortales y veniales… en fin, las fuerzas vivas de la sociedad anglo-celta desfilando para sus convecinos con sus motos y camionetas de correos, los coches de bombero, las ambulancias, los camiones de la basura, las furgonetas de la policía, todos con sus sirenas anunciando la alegre llegada de Santa en su carroza trineo a la ciudad… Fue una larga y hermosa despedida de Tasmania.

Dove Lake, Cradle Mountain
Mientras escribo este texto en Parramatta, levantando de cuando en cuando los ojos al horizonte brumoso por el humo de los incendios, recuerdo el impoluto aire tasmano, sus acantilados rocosos semejantes a los de Asturias o Cantabria, sus playas de arenas blanquísimas y agua esmeralda. Todo es bonito, agradable de ver, pero carece de la grandiosidad deslumbrante de ciertos paisajes de las dos Américas. Con la abundante flora sucede lo mismo, pero no con la fauna, que es muy variada y sorprendentemente distinta de la conocida hasta el momento por esta viajera en cualquier lugar del mundo. Solo por eso ya merece la pena viajar tan lejos.

La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  



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jueves, 28 de noviembre de 2019

Vivir en Parramatta, NSW (Australia)

CBD Parramatta desde el río
Meses atrás, una revelación no por asumida menos perturbadora provocó la aceleración de un proyecto acariciado desde hacía largo tiempo. Gracias al tesón de mi pareja, conseguimos la invitación de una universidad y una visa de trabajo. Preparamos las maletas y tras el interminable viaje de más de un día, aquí estamos al fin, viviendo en Australia, nuestra última frontera.

Parramatta es una próspera ciudad multicultural que crece a 24 kilómetros al oeste del central business district (CBD) de Sídney. El río Parramatta, del que recibe su nombre, cruza la ciudad, y a sus orillas florecen abundantes parques y corren agradables senderos para practicar ciclismo y completar largas caminatas. Hasta tiene un muelle del que zarpan, en mareas altas, ferris que hacen el trayecto de ida y vuelta al Circular Quay de Sídney. Church Street, la principal calle comercial, conserva edificios bajos y está repleta de lugares para comer y beber. La llegada de numerosos organismos gubernamentales de Nueva Gales del Sur desde el año 2000 ha consolidado la función de la ciudad como centro administrativo y ha cambiado su fisonomía con la construcción de numerosos rascacielos de cristal y metal. Pero fuera del centro las calles son tranquilas y arboladas. Abundan las casitas de estilo semejante al californiano y los edificios de pocos pisos rodeados de jardines.
   
Señal de paso de cebra
Está resultando fácil vivir en esta ciudad de curioso clima. Es primavera, y en un mismo día tenemos más bien frío al levantarnos con el sol antes de las seis de la mañana; después solemos pasar calor en torno al mediodía y las temperaturas vuelven a caer cuando el sol inicia su descenso a eso de las seis de la tarde. Pero también ha habido días de calima intensa y humos con olor a madera quemada debido a los enormes incendios que asolan el país. Nos asustaron los primeros avisos de la policía con megáfonos en la calle y las sirenas sonando como chicharras incansables. Aquí están acostumbrados. Parece que los incendios son constantes todos los años, y más ahora con el cambio climático. La sequía pertinaz provoca que los hermosos bosques ardan como yesca. La gente que vive cerca es advertida para que abandone su casa cuando las llamas se acercan. Por suerte, ha habido algunas tormentas y parece que se ha calmado la cosa, al menos en los alrededores de Sídney.
Flying foxes colgando del árbol

Cuando llega el atardecer, los flying foxes, enormes murciélagos con cara de oso que cuelgan como frutos de los árboles a las orillas del río Parramatta, comienzan a desperezarse, a gritar y a revolotear en busca de comida y agua. Los hemos visto lanzarse al río y volver a ascender, planeando sobre nuestras cabezas. Es un espectáculo impresionante, y reconozco temer que se me pose alguno encima y me tire del pelo con sus garras… Pero son animales frugívoros que, según dicen, no tienen interés en nosotros. Tampoco interesamos a las serpientes y lagartos que vemos inmóviles durante nuestros paseos, ni a la multitud de pájaros que nos alegran con sus trinos o graznidos estridentes. Hubo una masked lapwing (avefría militar) que sí nos atacó nada más llegar mientras paseábamos por el campus de la universidad porque, según nos explicaron después, nos consideró depredadores dispuestos a acabar con la puesta de su nido, excavado en el césped.

Flying fox en vuelo
Lo extraordinario de mudarse a vivir a otro continente es que te obliga a romper la rutina, a permanecer alerta para efectuar cualquier tarea, comprendidas las más cotidianas. No se puede dar nada por supuesto: incluso situarse para subir o bajar escaleras mecánicas o mirar para cruzar una calle es diferente: el izquierdo es el lado de circulación dominante en todos los casos. Y los pasos de cebra están marcados con una señal de dos piernas enfundadas en pantalones y en situación de avance. Los colegiales que los cruzan van uniformados con colores alegres según la institución a la que pertenezcan y todos llevan un sombrero de ala ancha para protegerse del sol. Apenas hay edificios antiguos porque este país es muy joven. Los que quedan de la colonia inglesa suelen ser museos o edificios gubernamentales protegidos. Los antiguos hostales siguen recibiendo el nombre de hoteles, aunque ahora no alberguen huéspedes y sean una especie de pubs. Y hay carros metálicos de supermercado abandonados por todas partes: calles, orillas del río, vías del tren… Hasta en el portal de nuestro edificio hay un aviso escrito sobre la prohibición de introducirlos en el garaje o los pasillos por ser una propiedad privada y constituir un delito su apropiación o su abandono.
 

Church Street
No hemos probado carne de canguro ni ningún alimento que pueda considerarse peculiar más que el Vegemite, esa pasta oscura, amarga y salada que se unta en tostadas como base sobre la que se añade otra cosa que la haga soportable. No me ha gustado y no he repetido porque su alto contenido en sodio la convierte en incomestible para una persona como yo que apenas tolera la sal. Desayuno todos los días arándanos, mangos, kiwis, fresas, nectarinas, melocotones y toda clase de fruta, que encuentro madura y sabrosa como la de mi infancia y mis estancias latinoamericanas. Hay cocos de agua y hortalizas que desconocíamos y vamos probando. En todos los lugares para comer te ofrecen agua del grifo gratis y te la sirven en abundancia. Como es una sociedad tan diversa, la comida y las costumbres que la acompañan también lo son. Nos encanta irlas descubriendo poco a poco, a menudo gracias a los anuncios y las series de televisión.

Embarcadero del  ferry en el río Parramatta
Por suerte, la lengua no ha sido un problema. Nos ha resultado más fácil entender el inglés de esta zona que el neoyorquino, por ejemplo. Es cierto que hay mucho slang y modismos, pero la gente es amable y se esfuerza en darse a entender y en entendernos. Es una sociedad acostumbrada a la inmigración y nadie te toma como extraño, como sí sucede en otros lugares angloparlantes del planeta. Con todo, a veces sí es un reto descubrir a qué palabra corresponde alguna de sus muchas abreviaciones: por ejemplo, los avocados (aguacates) son avos; los kangaroos (canguros) son los roos; el breakfast (desayuno) es el brekkie; la barbecue (barbacoa) es la barbie; Aussi y Oz son Australia; Parramata es Parra, y así sucesivamente. Hasta en los anuncios… McDonald’s se llama Macca’s en Australia.

Parque natural del lago Parramatta
Caminamos muchísimo porque no tenemos coche y solo utilizamos los servicios públicos de transporte para largas distancias. Estamos conociendo la espléndida bahía de Sídney navegando en sus ferris y vamos viajando a los parques naturales más próximos en los eficientes trenes que vertebran toda esta zona del país. Tenemos planeadas escapadas a lugares más distantes y todavía nos queda mucho por descubrir en los meses próximos que pasaremos en estas estimulantes antípodas de España, que nos obligan a repensar y cuestionar día a día lo aprendido y sus consecuencias. 


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





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lunes, 25 de noviembre de 2019

Y/o: la extraña pareja


y/o: la extraña parejaAl parecer, los primeros registros del combinado conjuntivo and/or datan de mediados del siglo xix y proceden del mundo de la abogacía anglosajón, desde donde saltó al ámbito de los negocios y a la escritura en general en el siglo xx. Fue tanto su éxito que de inmediato se calcó la fórmula en francés (et/ou, parece que desde Canadá), en español (y/o) o en italiano (e/o), por citar solo tres lenguas romances. Su uso se defendía como la fórmula más breve para indicar que dos opciones pueden tomarse en conjunto o como alternativas: Consider whether the students will be able to read and/or understand the book. Considera si el alumnado será capaz de leer y/o entender el libro.

Sin embargo, desde el comienzo esta extraña pareja conjuntiva se topó con detractores. No hay manual de estilo de ninguna de las lenguas citadas que la respalde. «Avoid this Janus-faced term. It can often be replaced by and or or with no loss in meaning. Where it seems needed […] try or […] or both», advierte, por ejemplo, el Chicago Manual of Style (2010: 266), mientras que en Rédaction et interprétation des lois, L. P. Pigeon sentencia: «Et/ou est tout simplement inadmissible. […] L’utilisation de cette conjunction, qui n’en est pas une, est une chose que répugne au génie de la langue, aussi bien en anglais qu’en français» (1965:28). La Fundéu, siguiendo el criterio del Diccionario panhispánico de dudas académico, desaconseja el uso en español del calco y/o por innecesario, puesto que la conjunción o no es excluyente, salvo que resulte imprescindible para evitar la ambigüedad en escritos muy técnicos.

¿Existirán esos escritos tan técnicos donde el uso de la pareja unida por la barra se vuelva imperativo? Tal vez sean como las meigas… Confieso que no he sido capaz de encontrar ningún ejemplo que aportar.

En mi experiencia, el uso y abuso de y/o es un claro síntoma de escritura vacua y perezosa. Carece de sentido. Bajo su aire de autoridad pedante se oculta un mero desconocimiento de la lengua. Volvamos al ejemplo citado arriba en inglés y español: Considera si el alumnado será capaz de leer y/o entender el libro. En este caso, la conjunción que debería escribirse es y, puesto que una lectura sin comprensión es inútil, y sería imposible entender si no se lee.  Recordemos, además, que en español (y también en inglés) la conjunción o no es excluyente, sino que expresa adición o alternativa. Por tanto, también podría escribirse: Considera si el alumnado será capaz de leer o entender el texto, lo que significa leer, entender o ambas cosas a la vez. Es el contexto el que proporciona la clave del sentido.

Pero cuando no nos fiamos del contexto, la lengua nos ofrece suficientes recursos para darnos a entender con precisión. Tomemos el siguiente ejemplo:  La utilización de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe es descuidado y/o deshonesto. Si se desea recalcar el valor excluyente de la conjunción o, no hay más que repetirla ante cada una de las alternativas: El empleo de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe o es descuidado o es deshonesto. Eligiendo la simple conjunción y se enuncia sin ambages la adición de descuido a deshonestidad: El empleo de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe es descuidado y deshonesto. Y aún cabe otra posibilidad, si lo que se desea es hacer hincapié en que ambas alternativas son posibles: El empleo de textos copiados sin citar la procedencia demuestra que quien escribe es descuidado, deshonesto o ambas cosas.

Una antigua amiga editora de la que aprendí muchísimo nos aconsejaba siempre ayudar a los autores a librarse de esta dañina «conjuntivitis» para mejorar su visión de la escritura. Y no es tarea difícil. Basta con detenerse a pensar en lo que se quiere expresar para evitar (corregir) redacciones tan desacertadas como las siguientes: Podrán enviar la respuesta vía correo electrónico y/o fax. Los invitados llegaron a la reunión en autocar y/o limusina. Las candidatas deben acreditar su dominio de inglés y/o alemán. Al cruzar el desierto, los más débiles murieron de hambre y/o sed. Este mensaje y/o archivos adjuntos son confidenciales. Ni se simplifican los textos ni son más cortos mediante el uso mimético de  y/o.

Una última advertencia: en el caso de que se encuentre y/o en un contexto muy técnico de una disciplina en la que resulte imprescindible su uso, ha de tenerse en cuenta que si la palabra siguiente comienza por o u ho, se escribirá y/u.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  




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