domingo, 22 de diciembre de 2019

Me dicen que es Navidad

Me dicen que es Navidad
Mi sobrina, Pilar Martínez Vaello, ha ganado un premio con este relato navideño, inspirado en su abuela Dominica, mi madre, que murió aquejada del mal de Alzheimer en el año 2000, al igual que antes lo había hecho su padre y después lo harían sus dos hermanas. No necesita más presentación. Cada vez que algún miembro de nuestra familia lo lee se le saltan las lágrimas... 

Este año, gracias a mi sobrina Pilar, que ya es una estupenda escritora, he encontrado la mejor de las maneras de desearos salud, paz y alegría en estas fechas tan llenas de recuerdos.


¡Es Navidad! Oigo a mi hija gritar entusiasmada, mientras corre escaleras abajo. Veo como abre sus regalos y puedo notar en sus preciosos ojos verdes la ilusión de saber que este año ha sido buena. La veo marchar con su muñeca de porcelana, como si fuera el mayor tesoro del universo.

¡Es Navidad! Abrimos los regalos, misma ilusión. Un Discman, y su adolescente mirada pícara me da las gracias. Le guiño un ojo con complicidad.  La misma inocencia de antes, pero más madura. La misma niña, creciendo.

¡Es Navidad! Ya no corre escaleras abajo, ya no grita entusiasmada. Tiene mucho que estudiar, dice. La carrera no se saca sola. Yo la miro y le doy ánimos. Un diario precioso, para escribir las experiencias que estás a punto de vivir. Una mujer, dueña de su destino. Comienza tu viaje, cariño.

¡Es Navidad! Mi yerno sonríe avergonzado ante el nuevo par de calcetines. Mira a mi niña, con ojos llenos de amor y gratitud. Forma parte de algo más grande ahora. Un equipo, imbatible. Una aventura, un camino por recorrer.

¡Es Navidad! Esta vez no habrá regalos. Dicen estar muy ocupados, no importa. Los veremos en el nuevo año, y me contarán sus novedades. Aun así, contemplo el árbol, impasible testigo de tantas alegrías a lo largo de tantos años…

Es Navidad. O eso creo. Últimamente estoy confusa. El paso de los años me pierde. ¿Los regalos dónde se ponían? La mirada de mi hija es triste, pero no sé por qué. Solo se me olvidan un par de cosas, estaré bien. Me siento cansada, es un bache. Atiendo a mi nieta y le guiño un ojo, todo estará bien.

Me dicen que es Navidad. Que sonría. Abre los regalos, mamá. ¿Mamá? Por un momento esa palabra me suena lejana, me trae ecos de recuerdos pasados. Mi mamá. ¿Dónde está? Me está esperando. Hay niños alrededor, deben de ser de mi edad, ellos sabrán dónde estará. «La abuela tiene alzhéimer. Está malita, por eso os pregunta esas cosas. Tenéis que tener paciencia y darle muchos besos». ¿Alzhéimer? Yo estoy muy sana, apenas tengo doce años. No sé de qué hablan.

Me dicen que es Navidad. No me lo creo. Esas personas no son mi familia. ¿Dónde está mi mamá? ¿Por qué no me dejan ir con mi mamá? Me está esperando. Tengo miedo. Dejadme, quiero ir con mi mamá. Grito, pero no me oye. Tengo mucho miedo.

Me dicen que es Navidad. Sonrío. No sé qué es eso, pero debe de ser divertido, oigo risas. Una mujer de brillantes ojos verdes se me acerca, es muy guapa, pienso. Con ella, dos pequeñas. ¿Quiénes son estas niñas tan guapas que vienen a verme? «Son tus nietas, mamá». Mis nietas. La más pequeña, recurriendo a toda su valentía, me da la mano. Calma, paz. No sé dónde estoy, pero estoy bien. La miro a los ojos y me veo reflejada. «Hola, abuela». «Hola, cariño». Un instante de reconocimiento, y su sonrisa se enciende. La abrazo con las fuerzas que me quedan, no sé cuánto voy a durar esta vez. «Os quiero muchísimo, perdonadme». Mi voz rota se me entrecorta. Apenas la suelto y la niebla comienza de nuevo. Mis recuerdos se difuminan. ¿Dónde estaba? La pequeña me mira, con sus relucientes ojos verdes. Ah, sí, estoy en casa.

Es Navidad. Se sientan todos alrededor de la mesa, pero hay una silla vacía. Parecen tristes, apenas se oyen risas. Ojalá pudiera hacerlos sonreír. Entran los niños, y mi pequeña renacuaja llena la sala de gritos infantiles. Villancicos desafinados, copas entrechocando, brindis por la vida, por los que se han ido.

Ojalá pudiera hacerlos sentir que seguimos aquí, que no nos hemos marchado. Que el olvido aquí ya no tiene poder.

La pequeñaja se acerca a su madre, con sus brillantes ojos verdes, y le guiña un ojo. Veo la sonrisa de mi niña, la lágrima que cae y su abrazo lleno de alegría y felicidad.

Eso es, pequeña. Estoy aquí. A través de todos vosotros. Estoy en cada llanto, en cada momento de inseguridad, en cada caída. Estoy aunque no me podáis ver. Estoy, y sé que me podéis sentir. Mi recuerdo sigue con vosotros.

Es Navidad. Y esta vez, desde la inmensidad, me lo creo.

©Pilar Martínez Vaello, 2019









¡Felices fiestas!


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  





¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. 

2 comentarios:

  1. Felicita a tu sobrina. Es Un texto precioso. Llorera con congoja. Es lo que tiene sentir que puedo ser olvidada por las que más quiero o que puedo olvidar a las que más quiero.... Gracias

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, Kar, por pasarte a leer. Así lo hare.

    ResponderEliminar