miércoles, 30 de octubre de 2019

Hacer las maletas y otras divagaciones (para procrastinar)

Hacer las maletas
Qué pereza preparar el equipaje. Qué difícil es elegir las prendas necesarias que se echarán de menos durante la estancia fuera de casa y hacer oídos sordos a los cantos de sirena de los múltiples «porsiacasos» que nos tientan y acabarán engordando nuestra maleta. ‘Equipaje’, palabra formada con el productivo sufijo ­-aje que proviene del latino -aticus y llegó al castellano a través del francés, comenzó a utilizarse para designar el equipo que cargaban los soldados, pero al poco pasó a significar también el conjunto de pertenencias necesarias para llevar en los viajes, según sostiene Joan Corominas (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, 1987). ‘Bagaje’ y ‘equipaje’ son sinónimos en la acepción de enseres indispensables para desplazamientos, tanto militares como civiles, pero la primera palabra significa además conjunto de conocimientos o experiencias adquiridos por alguien. 
   
‘Maleta’, por su parte, es voz antigua en el vocabulario castellano. Covarrubias la define como «la manga, ô valija en que se llevan vestidos de camino, ô ropa, propiamente la que es de cuero, y va cerrada con su cadena, y candado. Es nombre Hebreo del verbo mala, que vale henchir por ir llena de ropa. O de otro verbo Hebreo malat, servari, porque lleva dentro guardada la ropa. Carolo Bovilio la haze diccion Francesa, mallê, intra quam itinerariae vestes folent claudi, ámantica pender» (Tesoro de la lengua castellana, o española, 1539-1613). Los diccionarios de la lengua castellana actuales coinciden en afirmar que se trata de un vocablo de origen francés, lengua en la que malle, desde el siglo xii, da nombre a un cofre de grandes dimensiones, destinado a contener los efectos que se llevan en un viaje; mallette, palabra datada desde el siglo xiii, es su diminutivo, de donde proviene nuestra maleta. De malle se originó la castellana ‘mala’, que ahora es una voz anticuada.

En lenguaje informal, la palabra femenina ‘maleta’, con artículo masculino o femenino, se aplica a cualquier persona que muestra torpeza en el desempeño de alguna actividad: Juan es un maleta conduciendo. Al parecer, ser un/una maleta con el sentido de inútil o poco hábil proviene de la tauromaquia. Al torero principiante y sin recursos que viajaba con sus escasas pertenencias de plaza en plaza en busca de oportunidades se lo conocía como ‘maleta’ o ‘maletilla’, y de ahí el uso se generalizó, sobre todo para actividades físicas o deportivas.

A veces nos vemos obligadas a hacer la maleta o las maletas no porque nos vayamos de viaje, sino porque nos apremian para que abandonemos un lugar o cargo por algún  motivo particular: El primer ministro debe ir pensando en hacer las maletas. En realidad, ni en este sentido figurado ni en la preparación práctica del equipaje ‘hacemos’ la maleta: no fabricamos el continente, sino que escogemos y organizamos el contenido, esto es, empleamos uno de los tropos de la lengua, un útil recurso conocido como sinécdoque, para darnos a entender. Por lo que respecta al verbo ‘hacer’, es conocida su facultad de asumir un extenso abanico de significados según el contexto en el que se utilice. Abundan las expresiones en las que este verbo se une a un sustantivo (más sus acompañantes) para expresar un significado fijo: hacer boca (ingerir algún alimento o bebida como ensayo para la comida; también se puede usar en sentido figurado); hacer carrera (triunfar); hacer castillos en el aire (imaginar imposibles); hacer gala (ostentar, alardear); hacer oídos sordos (no escuchar); hacer la vista gorda (fingir que no se percibe algo merecedor de corrección).

El Diccionario de la lengua española académico recoge una segunda acepción de ‘maleta’ como enfermedad, señalando que es palabra anticuada de origen incierto. Parecería, sin embargo, estar relacionada con ‘maletía’ y ‘malatía’, que antiguamente significaban enfermedad, en especial, durante la Edad Media, la enfermedad por antonomasia: la lepra. Las tres voces castellanas estarían relacionadas con la maladie francesa y la malattia italiana, todas ellas provenientes del latín (măle habĭtum, estar mal de salud). Los malatos medievales eran los enfermos de lepra, afección que se solía contagiar durante los viajes. En una de las versiones del «Romance de la hija del rey de Francia» (recogida en 1545), se narra el encuentro de una joven con un caballero al que pide que la lleve en la grupa de su caballo hasta París.  Esto es lo que sucede cuando el caballero la requiere de amores: «La niña, desque lo oyera,  díjole con osadía: / Tate, tate, caballero,  no hagáis tal villanía: / hija soy de un malato y de una malatía, / el hombre que a mí llegase  malato se tornaría».
 
Dejo aquí este hilo porque me urge hacer las maletas. ‘Procrastinar’ es palabra de origen latino, que significa posponer o postergar y que ha vuelto a nuestro vocabulario a través del inglés, donde el uso del verbo to procrastinate es mucho más habitual. Resulta curioso el olvido que ha sufrido hasta años recientes en nuestra lengua del «vuelva usted mañana». Mi equipaje no admite más aplazamientos. En escasos días estaré emprendiendo el vuelo para llegar a nuestras antípodas, donde pasaré parte de nuestros otoño e invierno que se corresponden con sus primavera y verano. Por cierto, la voz ‘antípodas’ puede usarse en femenino o en masculino, si bien en la actualidad es más habitual el femenino.

Aquí lo dejo. Repito: qué pereza hacer las maletas. Quién fuera caracol para viajar lento, sí, pero con la casa a cuestas.  


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martes, 29 de octubre de 2019

Amarillo indio, azul ultramar

Amarillo indio, azul ultramar
Doña Marina cogió de una mesa más pequeña un pliego de papel y se lo entregó a Marie:
—Ved si aprobáis el esbozo que he trazado para vuestra obra.
Después de observarlo con detenimiento, Marie indicó:
—No acierto a comprenderlo. Se muestran dos figuras.
—Así es —confirmó doña Marina—. Vuestra madre aparecerá en el retrato mirándoos a vos mientras la pintáis, y vos en primer plano, con el pincel y la paleta, mirando a quien contemple el cuadro. De este modo quedará plena constancia para vuestro padre y la posteridad de que únicamente vos sois la autora. Será vuestra firma indeleble que nadie podrá impugnar jamás.
—Me agrada y asombra vuestro ingenio ―se entusiasmó Marie.
—He de reconocer que la idea no es del todo mía —declaró con modestia doña Marina—. Sofonisba Anguissola ya se retrató pintando un cuadro religioso, y de ella he tomado la inspiración.
—Ya he oído hablar de esa pintora de la corte. ¿Tenéis alguna copia que yo pueda ver?
Y doña Marina sacó del cajón de la mesa una carpeta donde se conservaban reproducciones de diversos cuadros que fue pasando hasta dar con el que buscaba. Marie lo estudió con detenimiento y luego declaró:
—En mi obra el retrato de mi madre debe cobrar mayor importancia. Yo no seré la figura central como en esta, solo la autora que aparece al final, casi de refilón, en una última mirada. Lo concibo como algo semejante a lo que ocurre en las obras de teatro, cuando el autor sale a escena a saludar solo una vez que ha finalizado la representación y ya se ha bajado el telón. A mí se me habrá de ver después de haber contemplado la figura sobresaliente y espléndida de mi madre, vestida a la francesa como solía, bañada de luz y en colores resplandecientes.
—Por los colores no os preocupéis. En esa alacena bajo llave guardo los más ricos pigmentos para crear cualquier tonalidad que deseéis: amarillo indio, azul ultramar o el más puro carmesí. Pero primero habéis de aprender la técnica del óleo, después pasaremos el boceto a la tabla y a su debido tiempo comenzaréis a pintar.
—Ardo en deseos de iniciar mi aprendizaje, pues se me antoja que será largo para llegar a un buen fin —declaró con pasión Marie.
—Comprobemos en primer lugar lo que sois capaz de hacer. Mostradme la plumilla de vuestra madre que me habéis traído y la estudiaremos juntas sin dejar detalle —pidió entonces doña Marina.
Y de este sencillo modo quedó inaugurada la nueva rutina de trabajo. Marie madrugaba a diario para acudir al taller de doña Marina acompañada de Colasillo y Violet. Llevaban en una cesta la comida que les preparaba Teodora, y la jornada se alargaba de sol a sol. Los niños jugaban a ratos con los de doña Marina y también cumplían las tareas que se les encomendaban. Colasillo observaba atento los avances de Marie en el dibujo y escuchaba las explicaciones de doña Marina sobre resinas y aceites para elaborar tintas fluidas y transparentes, sobre la preparación de la tabla, sobre cómo se lograban los efectos de luz, sobre las veladuras y sobre muchas cosas más que al niño a veces le costaba comprender.
El señor de Gourney no se había opuesto a estas salidas, al principio porque Teodora le había aconsejado que tuviera paciencia y, pasado un tiempo, porque también él encontró una distracción que lo mantenía entretenido y contento. Don Juan de Clarebout le había pedido consejo para confeccionar mapas y planos de su extensa hacienda de olivar y acudía a menudo a la Casa de los Lilos para conversar con él, a la espera de que su salud le permitiera viajar para ver sobre el terreno lo que se debía representar en el papel.
Cuando doña Marina decidió que el boceto para el retrato estaba terminado y había llegado el momento de trasladarlo a la tabla para convertirlo en un óleo, hizo una revelación inesperada a Marie.
—No poseo ninguna tabla del tamaño de la que necesitáis y, aunque quisiera, no me puedo permitir comprarla —explicó—. No os confié toda la verdad al informaros de que mi marido, Jacome de Gelre, estaba en la corte de un príncipe alemán. En realidad, me abandonó y quiso vender el taller a maese Dirc, dejándome en la miseria con mis desamparados hijos.
—¿Y vuestros hijos mayores que lo acompañaron en su viaje estaban al tanto de lo sucedido y consintieron vuestro abandono? —se admiró Marie.
—Eran mis hijastros, aunque los crié desde la infancia, y no sé si conocieron los designios de su padre. Lo esencial es que logré parar el golpe. Enterada de las intenciones de mi traicionero esposo porque escuché sin quererlo una conversación que mantuvo con maese Dirc en la que lo tanteaba para convencerlo de quedarse con el taller por cierta suma mientras él viajaba a Alemania, me adelanté a sus propósitos y reuní yo algo menos de lo que pedía vendiendo mi ajuar de encaje de Brujas y algunas joyas. Después lo mandé citar en un mesón, cuyo dueño le entregó una bolsa y una carta en la que supuestamente maese Dirc le escribía que estaba de acuerdo en quedarse con el taller por la suma que ponía en sus manos, pero que tenía que marcharse de inmediato sin cruzar palabra con él para que no lo consideraran cómplice del desamparo de su familia.
—¿Y aceptó el trato? —se interesó Marie al ver que doña Marina interrumpía la narración.
—Aceptó el muy bellaco —repuso esta—. Pocos días le bastaron para desaparecer de Sevilla sin despedirse de mí ni de sus tiernos hijos. Entonces urdí otra mentira para contentar a maese Dirc. Le dije que Jacome de Gelre había tenido que partir de improviso y había dejado establecido que él se hiciera cargo de la dirección del taller hasta su regreso.
—¿Y no receló nada? —preguntó Marie.
—Se me figura que sus sospechas tuvo —admitió doña Marina—. Pero yo lo colmé de alabanzas, y maese Dirc, aunque de buen natural, es sensible a los halagos. Además, mi esposo tiene un carácter veleidoso, y lo que un día afirma, al otro lo desmiente; hoy quiere una cosa, y mañana, la contraria. Por eso no se ha descubierto mi mentira hasta el presente.
—Yo en vuestro lugar habría despedido a vuestro marido dando la cara y me habría hecho cargo del taller, puesto que tenéis dotes para ello —repuso con vehemencia Marie—. Os podíais haber ahorrado tantas mentiras.
—Me admira vuestro juvenil candor —replicó con tristeza doña Marina, meneando la cabeza—. Ni mi marido habría consentido cederme el taller ni yo habría podido ponerme a la cabeza. ¿Cuál de los pupilos habría querido permanecer a mis órdenes? ¿Qué encargos obtendría del clero, la nobleza o los comerciantes? Las mujeres somos subordinadas, nunca soberanas de lo nuestro más que mediante subterfugios.
—Nos obligan al engaño y la doblez, y luego se duelen hipócritamente de nuestros femeniles defectos —se quejó con amargura Marie.
La irrupción repentina de Colasillo en la habitación interrumpió la conversación. Venía renegando de Violet, quien ahora que había aprendido a expresarse medianamente, se valía de su mayor tamaño y fuerza para mandar sobre la chiquillería en los juegos que emprendían.
—Atended a vuestro hermano —concedió doña Marina—. Yo no tengo más que hablar. Nuestra charla se resume en que debéis encontrar un modo de conseguir la tabla que necesitamos para proseguir con la pintura, puesto que yo no os la puedo proporcionar.
—Maese Dirc las tiene a montones en su taller, y de muchos tamaños —terció Colasillo, cogiendo al vuelo las palabras de doña Marina.
—¿He escuchado mi nombre? —preguntó en ese punto maese Dirc desde la puerta—. ¿Es oportuna mi visita?
Marie le sonrió y tapó con la mano la boca de Colasillo para evitar que se le escapara una indiscreción.
Maese Dirc tenía los ojos claros, era de risa fácil y poseía una voz que encandilaba a Marie. Desde que se había percatado de la presencia de esta en el taller de doña Marina, menudearon sus visitas y siempre se mostraba dispuesto a alabar los progresos de la joven pintora, sin señalar jamás los defectos ni ofrecer consejos a menos que se le requirieran.
—¿Amordazáis con tal saña a vuestro hermano para impedir que se queje de su suerte? —inquirió risueño maese Dirc al observar la escena.
—Bien podría quejarse, puesto que no se cumplió lo que se le había prometido —contestó Marie—. Mas Colasillo sabe que mi padre no puede hacerse cargo ahora de los gastos que supondría su enseñanza en vuestro taller y tiene paciencia.
—Yo no soy ningún ingrato —intervino Colasillo, que se había librado de la mano represora de Marie—. Y nunca soñé vivir con tanto regalo como ahora disfruto. Tiempo no me ha de faltar para aprender cuanto precise en el futuro, y de momento me contento con lo que alcanzo a entender en el taller de doña Marina mientras enseña a Marie, quien está más predispuesta por su edad y uso de razón para aprovechar  la instrucción.
—Comedidas palabras para tan pocos años —opinó complacido maese Dirc—. Vuestra hermana hace mal en desconfiar de vuestra boca.
—Desconfía de mi osadía, y no se equivoca, pues ahí va lo que ella no querría que dijese: Marie no tiene tabla para pintar su retrato, y yo sé que en vuestro taller no os faltan. Mandadme serviros en lo que deseéis a cambio de entregar a mi hermana la que mejor le cuadre para su obra, y no os defraudaré —explicó Colasillo a la carrera para que no lo interrumpieran.
—¡Demonio de chiquillo! —exclamó Marie, tirándole del brazo, pero ya no había remedio, pues había terminado su parlamento.
Maese Dirc se rió de buena gana, atusándose el mostacho mientras reflexionaba.
—Os acepto a mi servicio, pues necesito un modelo para un cuadro que voy a empezar. Seréis un fauno del bosque, pero también he de encontrar una hermosa joven que pose como  ninfa —manifestó después.
—En la Mancebía abundan bellas izas que posarán para vos gustosas por pocas monedas —declaró Colasillo, antes de que Marie le tapara de nuevo la boca.
—No ha de seguir hablando este lenguaraz hermano mío al que vos reputáis de discreto —indicó Marie, empujando a Colasillo fuera del taller—. Os agradecemos vuestro ofrecimiento…
—En vos pensé al imaginar mi ninfa —la cortó maese Dirc, antes de que la joven concluyera su negativa—. Iba a pediros de todos modos si me hacíais el inmenso favor de posar para mí.
Marie lo miró con ojos asombrados y se ruborizó, pero permaneció en silencio. Maese Dirc prosiguió explicando con su hipnotizante voz para convencerla:
—No os ruego que seáis mi modelo a cambio de la tabla, pues esa os la regalo de todo corazón, sino porque repito que es vuestra imagen la que acude a mi mente cuando concibo mi obra acabada. Vos seréis la ninfa con la suelta cabellera adornada de flores que resplandece en medio de un frondoso bosque junto al cristalino manantial en el que acaba de bañarse, mientras un fauno toca la flauta apoyado en el tronco de un árbol vecino.
—No es poco lo que pedís a mi pupila —intervino en ese punto doña Marina—. Aparecer en una pintura mitológica como esa, siendo su figura central, no es cosa que se pueda decidir irreflexivamente, y aunque Marie aceptara, necesitaría el permiso de su padre, puesto que es hija de familia y no le consentirán actuar a su libre albedrío.
—No se hable más. Comprendo y admito todo —concedió maese Dirc, quien, cogiendo la mano de Marie para besarla, añadió—: Tomaos el tiempo que preciséis para decidiros, y mientras me dais la respuesta que anhelo, proseguid con el retrato de vuestra madre sobre la tabla de mi taller que mejor os convenga para vuestros fines.
Doña Marina no quiso dejar escapar la ocasión que se les había presentado y expresó:
—Este momento es tan bueno como cualquier otro para elegir la tabla. Vayamos, pues, a vuestro taller, y hoy mismo podremos comenzar su preparación, aplicándole el aparejo de creta y cola que tendrá que secar antes de iniciar la verdadera pintura.
Maese Dirc se mostró de acuerdo y cruzaron el patio donde los niños jugaban a la taba sentados en el suelo para dirigirse a su taller. Allí aguardaba una dama joven, vestida con ricos ropajes oscuros y engalanada con costosas joyas que adornaban su cabello recogido en un alto tocado, sus orejas y su escote. Al verla, maese Dirc se disculpó con una reverencia por haberla hecho esperar y se apresuró a besarle la mano. Doña Marina también le hizo una inclinación de cabeza como saludo y mandó a uno de los aprendices, ocupado en limpiar pinceles, que le acercara un asiento.
La dama se dejó agasajar sin quitar los ojos de Marie, quien también la observaba con interés, pero nadie las presentó. Doña Marina se llevó a Marie al rincón del taller donde se amontonaban las tablas, mientras maese Dirc se deshacía en halagos con la dama, al tiempo que le mostraba y explicaba el enorme tríptico de la Anunciación sobre el que estaba trabajando.
—¿Quién es? —susurró Marie a doña Marina, sin poder contener más su curiosidad.
—Doña Guiomar, hija de don Juan de Clarebout —replicó esta, también en voz baja—. Aparecerá como donante en el retablo que pinta maese Dirc para la iglesia de San Miguel, por eso viene ataviada con tanto empaque para el posado.
Doña Marina, ayudada por un aprendiz, movió y revolvió las tablas, sopesando su calidad y tamaño, hasta dar con la que estimó adecuada. Entonces pidió al aprendiz que la trasladara a su taller, y Marie quiso acercarse a donde estaba maese Dirc para darle las gracias por su regalo.
—Vos sois la hija del señor de Gourney, que vive en la Casa de los Lilos y a quien mi padre visita con frecuencia —declaró doña Guiomar, pues al parecer también se había informado sobre la joven.
—Así es. Vuestros padres fueron muy amables conmigo y a ellos les debo estar ahora en esta casa, cumpliendo uno de mis sueños —repuso Marie con cortesía.
—De eso también estoy enterada. ¿Habéis comenzado ya el retrato de vuestra madre? —se interesó doña Guiomar.
—A punto estoy, gracias a maese Dirc —respondió Marie, sonriendo a su benefactor.
Maese Dirc le devolvió con creces la sonrisa, y este gesto no pasó inadvertido a doña Guiomar, quien manifestó:
—Yo no tengo paciencia para aprender a pintar. Me contento con ser la musa de los pintores que dejarán reflejada mi imagen para la posteridad. Vos así lo haréis en vuestro tríptico, maese Dirc. ¿Me sacaréis hermosa?
—Tanto como la Virgen anunciada, que ya está acabada en los más ricos colores —contestó zalamero maese Dirc, señalando con la mano su obra.
Marie se fijó en la imagen de la joven María, sentada junto a una ventana por la que entraba la iluminación con un libro sobre el regazo y escuchando al ángel alado que se hallaba a su izquierda, todavía sin terminar de pintar. La Virgen llevaba la ondulada melena castaña cubierta por un tenue velo azul brillante que dejaba entrever una túnica amarilla, dispuesta en suaves pliegues que llegaban al suelo y ocultaban sus pies.
—Los colores son admirables —comentó extasiada Marie—. Esos mismos son los que yo querría para mi cuadro.
—No demostráis mal gusto ni inclinación, pues son los más caros —observó doña Marina—. El azul ultramar se obtiene de la piedra llamada lapislázuli y vale más que el oro, por lo que se suele destinar a las representaciones de lo divino y la realeza.
Maese Dirc explicó a su vez:
—El origen del amarillo indio es menos noble, pues procede de la evaporación de la orina de las vacas, pero es casi igual de caro porque para lograrlo hay que alimentarlas únicamente con hojas de mango y agua. Después hay que traer a Sevilla el pigmento desde Bengala, que es donde se produce.
Marie permaneció en silencio, contemplando los espléndidos colores y pensando con tristeza que, si eran tan costosos, ella no podría permitirse esos lujos. Doña Guiomar la sacó de sus cavilaciones al expresar, frunciendo la nariz con asco indisimulado:
—Yo no quiero ese vil amarillo de orina por mucho que lo alabéis. A mí me pintaréis el vestido de rojo carmín, como desea mi padre, pues no ha de escatimar en gastos para darme gusto. Él mismo os entregará para que fabriquéis el color los panes de grana cochinilla que compró ha un año a las naos de ultramar.
—Tampoco es mala elección ese rojo brillante y perfecto, cuyo origen se guardan para sí quienes lo conocen, sin precisar si proviene de un animal, gusanillo o semilla —aseveró maese Dirc—. Lo cierto es que de la Nueva España nos llegan esos panes de grana cochinilla que decís junto con la plata, y es color propio de la nobleza y el clero de toda la cristiandad por su precio y gran belleza, mas debo advertiros que en vuestro caso rivalizará y saldrá perdedor en la contienda con la que vuestro rostro posee y yo procuraré reproducir con mi mejor arte.
Mientras así hablaban, doña Guiomar, caminando pomposa con su indumentaria de gala como pavo real que se envanece por su adornada cola, se había acercado a un boceto a carboncillo que había apoyado en un caballete cerca del grandioso tríptico en el que laboraban varios de los ayudantes del taller en oficios de pintura secundarios.
—Decidme, maese Dirc, ¿no es esa silueta colocada en el lateral derecho del retablo el lugar que habéis reservado para pintarme como donante? —preguntó después de observarlo—. No entiendo la composición de este boceto.
—Es para otra pintura que nada tiene que ver con la Anunciación —se apresuró a explicar maese Dirc—. Vos apareceréis en el retablo justo donde ya está esbozada vuestra silueta.
La misma Marie habría sido incapaz de precisar qué pensamientos fugaces cruzaron su mente ni qué oculto resorte rozaron para inclinarla a pronunciar de manera inesperada unas palabras que ella misma se admiró al escuchar, aunque no se arrepintiera por su osadía:
—Yo seré quien pose para ese nuevo cuadro, que se me antoja precioso. Maese Dirc, consiento en ser vuestra ninfa del bosque y de buena gana me convertiré en vuestra modelo para que me pintéis con los más bellos colores de vuestra paleta.

© Extraído del capítulo 14 de mi novela  La historia escrita en el cielo, 2012. 


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lunes, 7 de octubre de 2019

Balenciaga en mi memoria


Balenciaga en mi memoria
De haber vivido, mi madre habría cumplido cien años el 30 de junio pasado. El 4 de julio, decimonoveno aniversario de su muerte, quise celebrar su memoria visitando en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid la exposición «Balenciaga y la pintura española», cuyo objetivo era demostrar la vinculación de la creación del influyente diseñador de moda vasco con la tradición pictórica española de los siglos xvi al xx,  reuniendo en salas sucesivas 90 de sus diseños con cuadros de pintores tan inconfundibles como Goya, el Greco, Zurbarán, Velázquez, Murillo, Madrazo o Zuloaga.

La exposición era una invitación para acercarse al arte desde una mirada diferente, fijando la atención en los pintores como creadores y trasmisores de moda, como maestros en la representación de telas, texturas, caídas y pliegues, tal como debió de  concebirlos Balenciaga. Pero para mí la exposición fue eso y mucho más: en la mayoría de los trajes expuestos quise adivinar la diestra mano de mi madre, la de mi tía o la de mi prima mayor…

Al madrileño taller de Balenciaga de la calle Caballero de Gracia se entraba muy joven como aprendiza, al principio solo para hacer recados, llevar los trajes terminados a los domicilios de las clientas e ir asimilando poco a poco las técnicas de la costura desde las tareas más básicas, como sobrehilar o pasar hilos, en los ratos libres. Así comenzó mi tía Pilar a los catorce años a mediados de la década de 1940. Por entonces, mi madre, siete años mayor, ya era una modista experimentada que trabajaba en otro prestigioso taller de costura madrileño.

Su trayectoria cambió cuando el establecimiento de Balenciaga, debido al éxito, tuvo necesidad de ampliar la plantilla. Como a las maestras les habían llamado la atención los vestidos bien cortados que lucía mi tía Pilar, sabían que tenía una hermana mayor que se los cosía, así que le pidieron que le preguntara si querría cambiar de taller.  De este modo, mi madre entró en Balenciaga ya sentada como oficiala. Pero no la emplearon de modista como esperaba, sino como sastra, a las órdenes del señor Emilas. Fue el propio Balenciaga quien le explicó que modista ya era, pero tenía que demostrar si lograría avanzar más, y le contó que de niño, cuando decidió que quería aprender a coser, una noche había deshecho un abrigo que su madre tenía preparado para entregar a una clienta y lo volvió a armar sin que nadie se enterara. De ahí salió el lema que mi madre nos repitió durante toda la vida: «lo que alguien ha sido capaz de hacer también puedo hacerlo yo». Es cuestión de confianza, tesón y esfuerzo. Mi madre aprendió a hacer trajes de chaqueta y abrigos de factura impecable, e incluso pantalones. Balenciaga en persona le enseñó a planchar con planchas de carbón que se iban reponiendo a medida que se enfriaban y utilizando siempre una tela de algodón sobre la prenda para evitar brillos: primero se plancha lo que menos se ve y por último siempre lo más visible, esto es, el cuello y los delanteros de la prenda.

Los años que pasaron en el taller de Balenciaga mi madre y su hermana marcaron sus vidas. Siempre tenían alguna anécdota que contar. Las larguísimas jornadas de trabajo cuando había que preparar colecciones, las horas de prueba como si fueran modelos porque a Felisa, la maestra, les parecía que tenían un tipo estupendo y todo les sentaba bien… Era frecuente que al llegar por la mañana se encontraran el trabajo realizado sobre algún modelo completamente deshecho. Balenciaga en persona lo había convertido en un «pulpo» de telas sueltas porque estaba descontento con el resultado. «Como al hago y deshago ganamos lo mismo», comentaban las sastras y modistas que tenían que retomar la costura y armar otra vez el modelo según las nuevas indicaciones de Balenciaga. La perfección era la marca de la casa.

Había épocas del año entre colecciones que el taller cerraba y las empleadas se quedaban en casa. Entonces era cuando cosían por su cuenta para clientas que no querían o podían pagar los altos precios del afamado taller pero deseaban lucir ropa elegante, cosida por las mismas manos expertas que lo hacían para Balenciaga. Había una regla no escrita: nunca se copiaban modelos de la temporada.

Cuando mi madre y mi tía se casaron, lucieron espléndidos trajes de novia regalo de Balenciaga, confeccionados por sus compañeras de trabajo. También les cosieron todo el vestuario necesario para sus largos viajes de boda. Ninguna de las dos volvió a coser para la calle, como ellas decían. Pero a sus hijas e incluso nietas nos hicieron los vestidos más bonitos, los abrigos mejor cortados y los trajes de chaqueta que eran la admiración de quienes nos los veían puestos. Todavía guardamos algunos de ellos como oro en paño. Y al contemplar los modelos expuestos en la exposición del museo Thyssen, recordé vestidos de nuestra madre con los que jugamos de niñas y nos disfrazábamos para las funciones teatrales del colegio. Mi hermana Pilar, por ejemplo, hizo de imponente madrastra de Blancanieves ataviada ante el espejo de las preguntas con un señorial vestido de raso gris claro idéntico a uno que había en la exposición.

Gracias a nuestra madre, aprendimos a entender de costura, a distinguir calidades de tela, a apreciar una manga bien pegada y a conocer el proceso de confección: los patrones de papel, su paso a la toile para la primera prueba, su refinado para cortar después en la tela elegida, las pruebas sucesivas y los remates finales… ¡Y cómo se cogía el bajo para que quedara parejo! Sin embargo, a ninguna nos permitió aprender a cortar. No quería que siguiéramos sus pasos, como años antes había hecho nuestra prima mayor, que trabajó en Balenciaga hasta el día en que cerró sus puertas. Nos imaginaba universitarias y se esforzó para que nada nos desviara de la senda del estudio. Y lo consiguió. Ella nos cosía mientras nosotras avanzábamos en las carreras que habíamos elegido.

Ahora, pasados los años, no olvidamos su labor y nos damos cuenta de que perteneció a una elite artesanal de la costura difícil de imitar. Cuando nos reunimos, siempre sale a relucir Balenciaga y las anécdotas que nos contaba nuestra madre mientras cosía y nosotras la ayudábamos con sobrehilados, hilvanes, ojales y otras tareas menores de aprendizas. El valor del trabajo bien hecho que le inculcó don Cristóbal Balenciaga, del que nos hablaba incluso cuando ya padecía el mal de Alzheimer e iba olvidando los recuerdos recientes y los afanes del día a día, fue un legado que dejó a sus hijas e hijo, y que nosotros, a nuestra vez, hemos transmitido a nuestras generaciones siguientes. 

La lengua destrabada
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lunes, 2 de septiembre de 2019

Rafting por el alto Ebro


Rafting por el alto Ebro
El pasado mes de agosto, nuestras vacaciones familiares en Cantabria incluyeron un inolvidable día de rafting o balsismo, esto es, de descenso en balsa neumática por las aguas ora rápidas, ora calmas del alto Ebro.

Como se trata de un río con suelta de agua controlada por presa durante el verano, su caudal está asegurado desde junio hasta finales de septiembre. Hay remansos de agua cristalina para nadar, seguidos de rápidos de gran desnivel en los que es necesario seguir a rajatabla las indicaciones del timonel de la balsa para conseguir romper las olas y cabalgar sobre ellas.

Rafting por el alto EbroLa empresa Cantabria Activa nos proporcionó el equipo completo necesario para la actividad deportiva: casco, traje de neopreno, escarpines, chaleco salvavidas y pala. Uno de sus monitores, antes de echar la balsa al agua, nos ofreció una explicación práctica sobre lo que nos podíamos encontrar durante el trayecto en el río y cómo debíamos reaccionar ante cada eventualidad. Tanto nos amedrentaron sus palabras que más de una estuvimos tentadas a renunciar a la travesía…

Pero no lo hicimos, viendo que en otras embarcaciones iban incluso niños. Después de un ligero guirigay hasta decidir en qué lugar se colocaba cada cual según su habilidad y condición física, comenzamos a palear siguiendo las instrucciones de nuestro timonel Borja, sentados en el borde de la balsa neumática, con un pie sujeto en un enganche del fondo y la otra pierna cruzada. Los tramos tranquilos nos permitieron apreciar la belleza del entono; los tramos de rápidos nos obligaron a demostrar nuestra fuerza y coordinación. Fue muy divertido e instructivo.

Rafting por el alto Ebro Durante el trayecto hubo varias paradas: unas para bañarse en aguas mansas; otras para arrojarse a la corriente espumosa del río y nadar con brío hasta alcanzar la orilla. Y nadie permaneció seco. Las olas rompían una y otra vez contra la balsa y nos atestaban de agua. Y los ejercicios de equilibrio de pie sobre los bordes de la balsa propuestos por el timonel Borja iban encaminados a que el menor descuido provocara la caída en tropel de su tripulación. Pero no había ningún peligro. Los chalecos salvavidas cumplen su función y se sale a flote enseguida. Luego, pescados gracias a esos mismos chalecos, se regresa sin dificultad a bordo.
   
La aventura duró toda la mañana: desde las diez, hora de reunión en las instalaciones de la empresa en Arroyo, hasta las dos de la tarde, momento en el que volvimos al mismo punto para cambiarnos y devolver el material. Fueron unas horas muy cortas. Repetiremos la experiencia sin lugar a dudas en cuanto nos sea posible.

     

La lengua destrabada
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jueves, 20 de junio de 2019

La coma de elisión en español: claves de uso

coma elíptica
La tercera acepción del verbo elidir que registra el Diccionario de la lengua española académico es la siguiente: «Suprimir algún elemento lingüístico del discurso, sin contradicción con las reglas gramaticales; p. ej., Juan estudia matemáticas y su hermano (estudia) química». Los sustantivos que se corresponden con este verbo son elipsis y elisión; los adjetivos, elidido/a y elíptico/a. Este último adjetivo también puede corresponderse con el sustantivo elipse y, por tanto, significar «perteneciente o relativo a la elipse; de forma de elipse o parecido a ella».

El gramático y humanista Francisco Sánchez de las Brozas, conocido como El Brocense, fue el primero en la tradición occidental en estudiar la elipsis como un recurso gramatical propio y en desarrollar una teoría completa al respecto. En 1587 propuso la siguiente definición: «la elipsis es la falta de una palabra o de varias en una construcción correcta» (Minerva, IV, 1, Madrid: Cátedra, 1976). La extensa gama de construcciones que presentan fenómenos de elipsis comparten un mismo objetivo: evitar o reducir la redundancia mediante dicho mecanismo: El discurso del presidente fue más largo que el [discurso] tuyo. Andrés vendrá a comer, pero Ana no sabe a qué hora [vendrá].  Aunque nadie ha visto a Luis, todos piensan que [Luis] irá a la fiesta.  Clara tiene mal carácter, pero Ernesto [tiene] todavía peor. Aunque existen algunos fallos, no sabemos cuáles [fallos].

No hay ningún signo de puntuación propio de la elisión, salvo la coma, cuyo uso está restringido a indicar la ausencia del verbo en determinadas circunstancias que se enumeran a continuación:

·       Separar en la escritura el sujeto de los complementos verbales, marcando el lugar de un verbo tácito o sobrentendido: Las madres y sus acompañantes, por la puerta de la derecha. Cinco por cinco, veinticinco. Tu discurso, excelente.
·       En construcciones con un paralelismo sintáctico exacto, coordinadas mediante y, ni y pero, señalar la elisión del verbo, e incluso alguno de sus complementos, en la segunda oración: Mis hijas estudiaron en Londres, y sus primas, en Chicago. Una de las concursantes tocaba la guitarra a la perfección, pero la otra, solo regular. Ni el profesor de latín sabía enseñarnos esa lengua, ni el de matemáticas, qué hacer con los números. A Isabel le gusta terminar la comida con un helado, y a Helena, con una fruta.
·       En refranes o dichos bimembres que presentan una estructura sujeto-predicado pero carecen de un verbo conjugado en forma personal, marcar el lugar que le correspondería: De tal palo, tal astilla. Aceituna, una. Arreboles al oriente, agua amaneciente. Año de nieves, año de bienes.
·       En titulares de prensa y eslóganes publicitarios, indicar la posición del verbo tácito o sobrentendido: La selección femenina de fútbol, de visita oficial en Brasil. Murcia, ciudad  abierta. Nadal, victoria incuestionable. Museo del Prado, arte en movimiento. El tiempo presente, pasado o futuro del verbo tácito vendrá dado por el contexto lógico. 

No obstante lo expuesto, debe tenerse presente que existen determinados enunciados, por lo general breves, carentes de verbo de manera natural, por lo cual no precisan ni admiten que se escriba coma de elisión o elíptica en ningún lugar: ¿Nueva presidenta en la empresa? ¡California en llamas! Prohibido el consumo de anabolizantes. Juntas contra la violencia de género. Ocurre sobre todo en preguntas retóricas, enunciados exclamativos, titulares, pies de fotos, eslóganes, lemas, títulos de obras artísticas y similares: Diez muertos por accidente de coche. La reina Letizia con la nobleza británica. ¡A la cárcel con él!

Además, la coma de elisión verbal en construcciones paralelas no siempre es necesaria. En construcciones simples puede omitirse si su ausencia no oscurece el sentido: Laura viajó a París y Alberto a Londres. Deben comunicar a la dirección quiénes piensan tomar las vacaciones en verano y quiénes en otoño. Yo podría encargarme de las ensaladas y tú de los aperitivos. Clara regaló a Inés  una orquídea y Ana a Eva una azucena. A veces, la escritura o no de coma de elisión se convierte en una cuestión de estilo, incluso en titulares de periódico: La ministra de Educación, antes de subir al avión, o bien: La ministra de Educación antes de subir al avión. Pero, con cierta frecuencia, la elección de la puntuación incide en el significado que se trasmite: Envía un ramo de rosas; si no lo encuentras, de claveles, frente a envía un ramo de rosas si no lo encuentras de claveles.

En elipsis múltiples de construcciones paralelas en yuxtaposición, la coma separadora se sustituye por punto y coma: Algunas tardes íbamos a la playa; otras, a pasear por el puerto. También se escribe punto y coma como separación cuando los elementos de una enumeración son largos o complejos, o incluyen puntuación interna: Laura sabe de vender vino; Isabel, de llevar las cuentas; Amanda, de ampliar la clientela, y Luisa, de organizar la publicidad. Como se aprecia en el ejemplo, la última oración coordinada con verbo elidido vuelve a recuperar la coma enumerativa delante de la conjunción copulativa y, aunque también se considera correcto continuar con punto y coma. A este respecto, es necesario recalcar que en oraciones paralelas copulativas siempre es obligatorio escribir coma delante de la conjunción y cuando se recurre a la coma de elisión: En Barcelona, elegimos un hotel en la Diagonal, y en Madrid, en la Castellana. No es correcta la redacción siguiente, muy habitual:   En Barcelona, elegimos un hotel en la Diagonal y en Madrid, en la Castellana.

Consideremos ahora este texto: El milano negro, el alcaudón común, el papamoscas gris y la cigüeñuela real son aves de paso. Y el martín pescador, el ánade real, el pájaro moscón y la cigüeña blanca, especies sedentarias. Cada vez se extiende más el recurso al punto y seguido en enumeraciones largas, en lugar del preceptivo punto y coma, para separar la segunda estructura paralela coordinada con verbo elidido. Puesto que en casos muy complejos de escritura sería una opción aceptable, no cabría afirmar taxativamente que se trata de un uso indebido, pero sí que las más de las veces da como resultado una redacción innecesaria y extraña.  

Termino reiterando que la elipsis es el procedimiento gramatical opuesto a la redundancia, y que ambas, con todas sus particularidades, tienen mucho que decir sobre el estilo de quien escribe. Pero eso es harina de otro costal, a cuyo cernido puede que dedique un espacio futuro.  


La lengua destrabada
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martes, 14 de mayo de 2019

La escriba de Babel

La escriba de Babel
Tal fue el origen del mundo, así fue como se iniciaron las cosas todas, mucho antes de que nuestro rey, el poderoso cazador Nemrod, se determinara a erigir en la tierra de Senaar la Torre de Babel, causa de nuestra dispersión por la faz de la tierra.

En el principio, las aguas dulces y las aguas saladas estaban confundidas en un único océano. La Inmortal organizó el caos separándolas y dio origen a la totalidad en lo alto, la bóveda que alberga el cielo, y a la totalidad en lo bajo, la bóveda invertida que da cobijo a los infiernos. Después esa misma Inmortal colocó el mar y la tierra para señalar sus límites en sentido horizontal, y se dedicó a poblar su obra con toda clase de criaturas, marinas y terrestres. Las mujeres y los hombres, hechos de barro, vinieron a culminar su creación y constituyeron su orgullo durante una época, en la que les permitió prosperar y sojuzgar al resto de los seres vivos.

Sin embargo, andando el tiempo, como suele acontecer a los niños con sus juguetes más preciados, parece que la Inmortal acabó aburriéndose de su creación y decidió destruirla mediante un diluvio. O tal vez solo pretendió ponerla a prueba: calibrar el aguante de las criaturas y divertirse contemplando sus cuitas. Sea como fuere, todas las tempestades, todos los vientos, se desencadenaron en un mismo instante, y las aguas se soltaron bravías, anegando la tierra entera. Nada escapó a la fuerza del diluvio universal, ni la montaña más alta ni el animal más fiero; mucho menos las mujeres y los hombres, las criaturas que en su delirio seguían considerándose las preferidas de la Inmortal y se afanaban en alcanzar su gracia implorando ayuda mientras perecían sumidos en la impetuosa corriente.

Los padres de los padres de nuestros padres, descendientes del puñado de humanos que no se ahogaron porque entraron en un arca desde cuyo interior soportaron la tribulación que se les había enviado, no olvidaron el castigo divino y buscaron para edificar sus nuevas casas las altas laderas de la montaña donde había encallado el arca cuando volvió a brillar el sol bienhechor, despreciando el llano. Pero no osaron reflexionar sobre la razón por la que se les había sometido a tan cruel prueba. Vivían amedrentados esperando en cualquier momento otro castigo similar de la Inmortal a la que se esforzaban en aplacar.

Unos se dedicaron a obsequiarle con danzas y cánticos, sacrificios de animales y libaciones en adornados altares, elaborando ritos cada vez más complicados con la esperanza de mantenerla entretenida a fin de que no se dejara llevar por malos pensamientos ni desatara su cólera hacia ellos. Otros llegaron a la conclusión de que no había sido la Inmortal, su amable creadora, quien había mandado el terrible flagelo que acabó con la vida de tantos, sino algún otro ser divino, creado por ella a su imagen y semejanza cuando le apremió la soledad en el inmenso cielo en el que habitaba. Así pues, ya no había una sola Inmortal a la que adorar, sino probablemente una multitud, pues se procrearían al igual que los humanos y las demás criaturas, y no todos debían de ser misericordiosos.

Fuera la Inmortal o sus iguales, andando el tiempo los más perspicaces entre los humanos empezaron a plantearse por qué habían mandado el diluvio. «¡Debido a nuestra culpa, sin duda! ―exclamaron, dándose golpes de pecho, los seres más pusilánimes—. Faltamos a nuestra obligación de adorarlos. Cometimos toda clase de vilezas insoportables a sus ojos». Quienes tenían un pensamiento más audaz expresaron su disconformidad: «No, no fue nuestra culpa de ningún modo ―adujeron con la frente alta—. ¿Es que una madre mata a todos sus hijos por el error de uno solo? Más bien lo reprende y lo instruye para que no vuelva a confundirse. El diluvio se debió a su malevolencia, no a la nuestra. Y sucederá de nuevo en cualquier momento».

Así pues, los humanos todos, sabios y necios, valientes y temerosos, vivían en zozobra constante, mirando al cielo con aprensión por si las aguas volvían a desatarse sobre sus casas y sus bienes. Cuál más, cuál menos, todos tenían su arca aparejada con arreglo a sus medios, pero sabían bien que no bastaba. Estaban a merced de los caprichos de la Inmortal y sus iguales habitantes del cielo.

Nemrod el cazador, que fue el primero en hacerse rey después del diluvio, bajó de la montaña y se asentó en la fértil llanura cerca de los ríos, donde abundaban el trigo, la cebada, el sésamo y los dátiles, para levantar una ciudad hermosa y bien poblada. Viendo el temor que sentía su pueblo hacia la Inmortal, ordenó construir la Torre de Babel, la puerta divina, como un lugar desde el que se alcanzaría comunicación directa con el cielo. La gente acató su voluntad de buena gana, unos porque se dijeron que si erigían la torre y llegaban al cielo, podrían romper su bóveda con hachas para que fluyeran las aguas y se evitaran más diluvios; otros porque secretamente concibieron la torre como una máquina de guerra desde la cual lanzarían flechas contra el cielo para acabar con sus temidos e implacables habitantes. No obstante, había muchos que se limitaron a participar en la arquitectura porque pensaron que si la torre llegaba a erguirse, en caso de que sobreviniera otra desgracia que acabara devastándolos, su fama perduraría y se extendería sobre la faz de la tierra, con lo que su vida no habría sido en balde por conseguir cierta prolongación en el recuerdo.

De este modo, comenzó la construcción. Sería una estructura maciza, una torre escalonada más alta que la montaña más alta, con cuatro caras que se corresponderían con las cuatro orientaciones del mundo. Se comenzaría levantando un cuerpo, y sobre este se erguiría un segundo y después un tercero, hasta completar los ocho que se habían planeado. Las rampas que llevarían hasta ellos estarían edificadas por el exterior en círculo, alrededor de todos los cuerpos, y dispondrían a la mitad de un rellano para descansar, con el fin de que las personas que subieran recuperaran el aliento perdido durante el ascenso. En el último cuerpo se construiría un templo, el más hermoso y adornado de los habidos, que se constituiría realmente en la puerta del cielo.

Los constructores, trabajadores capaces provistos del patrón para medir, fijaron los límites y alzaron en primer lugar el contorno del edificio en su altura completa, empleando en su fábrica adobe mezclado con camas de caña embetunada que revistieron con ladrillos cocidos. Reinaba la concordia entre los artífices, y la obra crecía a la par  que el ánimo de los albañiles, quienes redoblaban su arduo esfuerzo al verla prosperar sin impedimentos.

Ya se habían montado las cuatro escalinatas que arrancaban de la mitad de cada lado de la estructura, desdoblándose cada una en dos rampas que llegaban a la cúspide del primer cuerpo. Se continuó el ascenso labrando una escalera en el centro de la cara suroeste para llegar al pie del tercer cuerpo. Y en ese preciso momento, cuando la obra comenzaba realmente a cobrar altura, la Inmortal giró la cabeza de los asuntos celestiales que últimamente la tenían absorbida y prestó atención de nuevo a sus criaturas de la tierra. «Van todos a una —se dijo, contemplando desde arriba cómo progresaba la fábrica— y lograrán su hazaña. No habrá entonces quien los detenga. ¿Acaso serán tan poderosos como yo? ¿De qué me habrá servido ser divina y creadora?». Esta vez la Inmortal no recurrió a diluvios ni matanzas, pues concibió una idea mejor, digna de su inmensa sabiduría. «Su lengua es única y no hay cabida para la duda. Veamos qué ocurre si el padre ya no entiende al hijo ni la mujer se concierta con el hombre; ¿cómo se llevará a término la empresa cuando el rey deje de comprender al arquitecto y el maestro de obras no sea capaz de dirigir a sus cuadrillas? Será digno de observar cómo se las ingenian para proseguir su ascenso cuando todo entendimiento se convierta en malentendido».

Así pues, de la noche a la mañana sobrevino la confusión de las lenguas a la tierra de Senaar. El niño pedía pan y la madre le peinaba; la esposa se quejaba de frío y el esposo la abanicaba. Si esto sucedía en la casa, mucho peor era en la construcción de la soberbia torre. Uno pedía un pico y le daban una pala; los constructores ordenaban que les llevaran piedras y obtenían agua; si requerían agua, les proporcionaban paja. Los unos miraban a los otros con extrañeza porque se desconocían. Surgieron altercados. La obra se detuvo. No había acuerdo, sino gritos por doquier que llevaban a golpes y golpes que llevaban a peleas generalizadas. Nadie se entendía; el rencor y el odio se extendían como la cizaña. Surgieron las primeras deserciones. Babel, la puerta divina, iba entrando en el abandono. La cadena de palabras con que se estaba edificando se rompió en múltiples eslabones que no encajaban. Cuando se perdió el sentido, fue imposible completarla.

No fueron los cimientos los que fallaron, pues el foso se había calculado con precisión y excavado como era conveniente. La arrogante torre no se vino abajo por su peso ni fue quebrada por el rayo. Su asalto al cielo fracasó por la discordia que sembró la Inmortal entre sus constructores. Quedó inconclusa porque venció la Inmortal con sus artes divinas; abatió y humilló a los seres humanos sin mancharse las manos de sangre. La sociedad se desintegró, y los habitantes de la tierra de Senaar, hallándose ajenos los unos de los otros, se vieron obligados a dispersarse por el mundo con el fin de evitar guerras.

Mucha fue la gente que lloró sobre los muros de la torre antes de emprender el camino de la diáspora; mucha la que arrancó un trozo de adobe o ladrillo para guardar su memoria ante el futuro incierto. «Ya no habrá más tiempo —se decían presas del abatimiento—; no hay porvenir para esta torre celestial».

Yo, la escriba de Babel, fui de las últimas en abandonar la obra. Ascendí hasta lo más alto de la construcción y contemplé los extensos trigales que la rodeaban, meciéndose con el viento como un mar de pan que ya a nadie saciaría el hambre; conté las esbeltas palmeras, apretadas como el carrizo que crece a las orillas de los ríos y cuyos dulces dátiles ya nadie recogería, y después miré hacia el cielo rojizo de nubes, mucho más cerca de sus criaturas de lo que la Inmortal, en su divinidad gloriosa, podía soportar. Cuando por fin descendí antes del ocaso, busqué arcilla blanda, grabé los signos convenientes con mi caña y luego la cocí en un horno para que en esta tablilla quede constancia escrita, por los siglos de los siglos, de nuestra hazaña, para que nuestro esfuerzo no haya sido en vano. La palabra hablada, antes una, se dividió en miles, pero para nuestra suerte conservamos la palabra escrita. Otra gente vendrá que la descifrará. Guardo en mi mente el espléndido diseño de la torre, la altura y sus proporciones, a la espera de poderlos transmitir llegado el tiempo. Lo que escribo es la verdad en este momento. Porque quien sabe debe mostrar a quien sabe; quien no sabe no debe verlo. Así sea.

© Carmen Martínez Gimeno, extraído de El ala robada y otros cuentos (ebook, Amazon, 2012).


La lengua destrabada


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