martes, 22 de septiembre de 2015

Viajar por Chile

viajar por chile
Santiago desde el Cerro de Santa Lucía
De suerte que el Reino de Chile, que está en la propia altura de España al otro polo, se ha de considerar que por mayor casi son antípodas de España, y por el consiguiente, que quando en España es de día, allá es de noche.

Antonio Vázquez de Espinosa, Compendio y descripción de las Indias Occidentales, 1629






No hay mejor bienvenida a Santiago de Chile, cuando se llega en avión desde Madrid (España), que contemplar el amanecer sobre las imponentes cumbres de los Andes y pasar casi rozando el Aconcagua con sus picos nevados, que se antojan casi al alcance de los dedos. Son imágenes imborrables que siempre impresionan a esta viajera y la reconfortan después de tantas horas de vuelo oceánico, cruzando casi al final Brasil y algo de Argentina antes de alcanzar las tierras chilenas, situadas en el extremo suroeste de América del Sur. De las muchas teorías sobre el origen de la palabra que da nombre al país, la que pervive en mi memoria es la que lo une a la voz aimara chilli, que significa «donde acaba la tierra», quizá por sus tintes épicos y sus posibilidades literarias.

La zona continental de Chile se extiende por una larga y estrecha franja de tierra entre el océano Pacífico y la cordillera de los Andes que va de la frontera norte con Perú al cabo de Hornos por el sur, frente al paso de Drake o Mar de Hoces, el tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida. Chile posee además abundantes archipiélagos e islas, la más conocida de todas, la de Pascua, así como territorio en la Antártida. La segunda cadena volcánica más grande y con mayor actividad del planeta también se encuentra en la zona, que es altamente sísmica. Los chilenos (al igual que los mexicanos) están tan acostumbrados a los continuos movimientos telúricos que los llaman temblores y no terremotos, a no ser que sean de gran envergadura y causen daño. Se edifica calculando su posible fuerza destructora, y las poblaciones costeras cuentan con señalización sobre tsunamis que indican vías de escape. No se vive con miedo a que se abra la tierra y se asumen con naturalidad los pequeños temblores que a veces inquietan a los visitantes.

Palacio de la Moneda, Santiago
La capital, Santiago, se encuentra en la zona central del país, la más poblada. Es una ciudad dinámica, llena de gente por las calles y muy segura de caminar. Desde el céntrico cerro de Santa Lucía se obtiene una espléndida vista de la ciudad, circundada por la cordillera de los Andes y la cordillera costera. Este hecho de estar rodeada de montañas impide que se disperse la polución causada por las abundantes fábricas y automóviles. Cuentan que a veces el aire se vuelve irrespirable y se deben tomar medidas para limitar la circulación de vehículos según los días de la semana.

La unidad administrativa básica del país es la comuna, y en el área metropolitana de Santiago hay más de treinta, entre las que destacan Providencia, Las Condes y  Santiago, que se corresponde con el centro histórico de la ciudad. De dicho centro histórico, paseando por sus calles peatonales, merecen visita obligada la Plaza de Armas, el Mercado Central y el Palacio de la Moneda, así como muchos rincones y casonas del barrio de Lastarria. La Alameda Bernardo O’Higgins es la arteria principal de la ciudad y donde se halla buena parte de los principales edificios y establecimientos. Cruzando la costanera que discurre junto al río Mapocho, se llega al barrio de Bellavista, donde se encuentra una de las casas de Pablo Neruda, la Chascona, así como innumerables restaurantes y cafés con mucho encanto y ambiente en las calles de Pío Nono y Constitución.

Lastarria, Santiago
El santiaguino habla un español rápido, repleto de localismos, que cuesta entender hasta que el oído se acostumbra, pasados los días. Durante el primer paseo de esta viajera por la Alameda, escuchó a sus espaldas lo siguiente: «Tuve que sencillar para cancelar el estacionamiento y comprar un helado al cabro este». El cabro era un niño de unos seis años, y la que así hablaba, su madre. El DRAE recoge el término cabro y da como segunda acepción: «m. Chile y Par. niño, joven». Sencillar, en cambio, no aparece recogido, pero sí sencillo en su acepción de «calderilla, dinero suelto» en América; luego sencillar significa cambiar un billete para obtener dinero suelto con objeto de pagar el estacionamiento, puesto que la segunda acepción que ofrece el DRAE para cancelar es «acabar de pagar una deuda».

Valparaíso
En Valparaíso y Viña del Mar, a poco más de cien kilómetros de Santiago hacia el oeste y ya en la costa del Pacífico, se habla casi igual de rápido y la vida es también activa, pero se respira un agradable aire marino y se come pescado y marisco exquisitos. Son dos ciudades distintas pero ya unidas para los ojos del visitante. En Valparaíso, son Patrimonio de la Humanidad los cuarenta y dos cerros, repletos de casitas en madera y chapa de colores, a los que se asciende por calles estrechas y empinadas, por escaleras también empinadas o utilizando alguno de los varios ascensores repartidos por los cerros, el más espectacular, el del cerro Artillería. Por el ascensor de madera de El Peral se llega al Paseo Yugoslavo, desde cuyo mirador se obtiene una espléndida vista de la ciudad y el puerto. Vale la pena dedicar tiempo a recorrer las calles más altas, pasando de un cerro a otro, para disfrutar de sus placitas y rincones, cada cual con un  atractivo especial. 
Vista de Valparaíso desde La Sebastiana

En el cerro de Bellavista se alza La Sebastiana, la casa que compró sin terminar Pablo Neruda al arquitecto español Sebastián Collado. No es difícil imaginar al poeta escribiendo en su alto estudio, desde donde se avistan, allá junto al mar, las calles bajas de la ciudad, mucho más amplias y salpicadas de edificios imponentes que hablan de otros tiempos más prósperos. «Yo construí la casa. / La hice primero de aire. / Luego subí en el aire la bandera / y la dejé colgada / del firmamento, de la estrella, de la claridad y de la oscuridad», escribió Neruda en el poema «A La Sebastiana» que le dedicó.

A Viña del Mar se ha mudado la crema de la
Costanera de Viña del Mar
sociedad de la zona y además constituye la segunda residencia y la playa de muchos santiaguinos, que huyen de la contaminación y el estrés laboral de la semana (la pega llaman coloquialmente al trabajo en Chile). Destacan en la ciudad su bonita avenida costanera y sus playas, sobrevoladas por abundantes pelícanos que se recortan contra el sol en los atardeceres de brillante mar. Hay además varios palacios y castillos en sus cerros, urbanizaciones selectas para gente de posibles, un casino blanco con columnatas de estilo grecorromano al borde del agua y junto a un parque donde crecen frondosos árboles, y un hermoso reloj vegetal de flores que da la bienvenida a la ciudad a cualquiera que se acerque a contemplarlo.

Tumba de  Pablo Neruda y Matilde Urrutia en Isla Negra
En Isla Negra, casi a la misma distancia de Santiago que de Valparaíso, está la casa museo que compró en 1938 Pablo Neruda a su regreso de Europa, cuando buscaba un lugar de retiro para dedicarse a escribir su Canto general. Al principio no era más que una casita de piedra mirando al mar desde lo alto que se había construido el marino español Eladio Sobrino, pero fue creciendo con la imaginación de Neruda y la ayuda de dos arquitectos, primero Germán Rodríguez Arias y después Sergio Soza, hasta convertirse en la construcción actual, de varios cuerpos, que evoca un tren y guarda en su interior los objetos más preciados de su dueño: mascarones de proa, réplicas de veleros, barcos dentro de botellas, mapamundis, máscaras, pipas o caracolas marinas. El imaginario poético de Neruda se recoge en esta casa y su entorno, dominado por el mar bravío que rompe contra las rocas oscuras. Del hermoso jardín de la casa sobresalen el campanario, un bote pintado de blanco y rojo, y las tumbas de Pablo Neruda y su tercera esposa, Matilde Urrutia.

Lobos marinos frente a la Isla de Teja
En el sur de Chile, en la Región de los Ríos, se encuentra la ciudad austral de Valdivia, la cuarta más antigua del país pues fue fundada por Pedro de Valdivia en 1552. Padeció con singular crudeza el terremoto, seguido de maremoto, de 1960, el mayor de los registrados hasta el momento, y volvió a levantar sus casas bajas de madera junto a la confluencia de los ríos Calle Calle, Valdivia-Cau Cau y Cruces. Llueve muchísimo, según los lugareños, más que en ningún otro lugar del mundo, y hace frío y se siente mucha humedad en invierno, la estación que durante nuestra estancia estaba llegando a su fin. Paseando por la costanera, se avistan multitud de aves palmípedas y lobos marinos que bucean en el río o sestean en las diversas balsas flotantes habilitadas para ellos. A los lugares donde se concentran los lobos marinos se los conoce con el nombre de loberías. Cuentan que los de Valdivia comenzaron a llegar hace unos treinta años, cuando unos cuantos ejemplares jóvenes y fuertes se adentraron nadando por el río desde las aguas costeras frente a la comuna de Corral, en el océano Pacífico. Prosiguiendo el paseo por la costanera, una vez pasado el puente que une con la ciudad la espléndida isla de Teja ―donde se encuentran la Universidad Austral, los principales museos y un jardín botánico―, se llega a la Feria
Feria Fluvial
Fluvial, principal atracción de Valdivia. En sus numerosos puestos cubiertos bajo una carpa, se venden artesanía, productos lácteos, fruta, hortalizas, especias, marisco ―choros (mejillones) de diversos tamaños, locos (un delicioso molusco), picorocos (un crustáceo), jaibas (nuestras nécoras)― y reluciente pescado ―reinetas, salmones, pejerreyes, merluzas, congrios― que te limpian ahí mismo, echando los restos al río, donde se los disputan, en primera línea, los enormes lobos marinos que han logrado pasar el cerramiento de metal que debería mantenerlos alejados, los negros patos cormoranes que se posan en lo alto del cerramiento y los torpes pelícanos que sobrevuelan alrededor o nadan en las aguas algo turbias. Es un espectáculo digno de contemplar que no me perdí ninguno de los días que permanecimos en Valdivia.


La ciudad mezcla tradiciones indígenas, alemanas y españolas, tiene su cerveza propia, producida en una fábrica muy visitada, y elabora excelente chocolate, que se puede degustar en agradables confiterías donde lo sirven en
Bahía del Fuerte Niebla
diferentes modalidades junto a la dulcísima repostería, mucha de ella, a base de manjar (dulce de leche), merengue o queso.

Tienda en Panguipulli
A pocos kilómetros en coche de Valdivia (o también navegando en uno de los catamaranes que ofrecen el paseo si no hay temporal) está la bahía de Corral, en la desembocadura del río Valdivia, que durante los tiempos coloniales estuvo muy fortificada para repeler los continuos ataques de piratas y corsarios. Del sistema defensivo de fuertes destaca por la belleza de su emplazamiento el de Niebla, que conserva diversos restos arqueológicos, los dos hornos donde se calentaban las balas y una buena colección de cañones. Tiene además un museo muy agradable de visitar. Y son espectaculares las vistas que se alcanzan desde los puntos más elevados del fuerte sobre el mar y la recortada costa: Los Molinos, Caleta Bonifacio, Pilolcura…, y enfrente, se avista el puerto de Corral, el más antiguo, donde se formaron las olas más altas del maremoto sufrido en 1960 que, según cuentan, superaron los 12 metros de altura.

Lago en Panguipulli
Jamás bastará el tiempo destinado a recorrer esta región abundante en agua para los amantes de la naturaleza. Es tanto lo que hay que ver, y la extensión tan amplia, que no queda más remedio que seleccionar, haciendo la promesa de regresar pronto para continuar viaje a las termas o los humedales que faltaron por visitar. El circuito de los Siete Lagos, cuyo fin de recorrido es la reserva natural de Huilo Huilo y en el que se visitan además Lanco, Panguipulli, Neltume y Puerto Fuy, jamás defrauda. Partiendo de Valdivia antes del alba y regresando bien entrada la noche, se puede realizar en un día: merece la pena caminar, bien pertrechados para la lluvia y los accidentes del sendero, por la frondosa selva
Salto Huilo Huilo
valdiviana ―que es un bosque húmedo, templado y lluvioso― para alcanzar el salto Huilo Huilo (al que se puede bajar hasta el pie de la cascada) y el salto del Puma (que solo se contempla desde arriba). En la reserva también hay un camino elevado de madera, llamado el Sendero de Ciervos por los rebaños de ellos que se ven pastando abajo, y pequeños refugios de madera a la altura de las copas de los árboles (algunas, a más de 5 metros del suelo) que se pueden alquilar para pasar la noche. También hay hoteles dentro de la reserva natural que pretenden mimetizarse con la naturaleza y cuya arquitectura resulta sorprendente, como de cuento de duendes.

El Morro de Arica
Llegamos en avión a Arica, en el extremo norte de Chile, con la ropa aún oliendo a humedad y los ojos ahítos de verdor valdiviano. El contraste no pudo ser mayor: la ciudad chilena
de la eterna primavera se alza junto al Pacífico pero está rodeada de desierto. En Arica no llueve nunca. Durante el recorrido hasta el precioso hotel al borde del mar, vimos amarillear grandes extensiones de tierra polvorienta y barrios surgidos al pie de cerros pelados, muchos de ellos, según supimos después, adornados con enormes geoglifos precolombinos que, al parecer, marcaban las rutas de caravanas en su época.

La ciudad posee un activo puerto marítimo que es crucial para algunos países del interior de América del Sur, como Bolivia, y mantiene un litigio por tierras con sus vecinos de frontera, Perú y Bolivia. El cerro del Morro, junto a la costa, aparece en todas las fotografías turísticas y desde la planicie de su cima se obtiene una bonita panorámica de la ciudad y la costa. En el Morro se luchó una importante batalla durante la Guerra del Pacífico (1880) que determinó su ocupación por parte de Chile y después su anexión, revalidada por el Tratado de Lima en 1929. Hay un museo custodiado por militares donde se relata esta hazaña bélica de la que todavía se resienten los peruanos. Bajando por un largo sendero de suaves cuestas y fácil pisada, se
Anochecer en la costa de Arica desde el hotel
llega a la ciudad, de construcciones más bien bajas y hermosas casas antiguas pintadas en colores vivos. Sus calles peatonales están repletas de transeúntes y establecimientos comerciales, y es muy agradable pasear hasta la plaza principal, junto al Morro, y visitar edificios históricos como la antigua Casa de Gobierno, la antigua Aduana o la antigua estación del tren que llega hasta La Paz (Bolivia). La interesante catedral de San Marcos, de inspiración gótica, posee estructura de metal salvo en sus dos puertas, que son de madera, y fue diseñada y fabricada por el taller de Gustave Eiffel a petición del gobierno peruano ―entonces Arica formaba parte de su territorio nacional― para sustituir al edificio que había derruido el terremoto de 1868. No se puede acceder a su interior porque está en restauración en la actualidad.

Ascenso por la precordillera andina desde Arica
La cordillera de los Andes se aplana en el norte de Chile para formar una enorme meseta que en sus puntos más elevados supera los 5 000 metros. Esta meseta se conoce como altiplano, y el de Arica es uno de los mejores caminos para llegar hasta él, siguiendo alguna de las rutas del desierto, poblado a tramos por los cactus candelabro, que descuellan en el árido paisaje como imponentes vigías. Hay muchos lugares y pueblos que merecen parada según se sigue la carretera ascendente, utilizada por abundantes camiones de carga que van y vienen de Bolivia. A pocos kilómetros de Arica son dignos de admiración, entre los inmensos cerros desérticos de la precordillera andina que cubre la camanchaca (neblina) al amanecer, los fértiles valles de Azapa, Lluta y Codpa, que se van sucediendo a un lado u otro de la ruta a medida que se asciende, surgiendo como manchas verdes en las que crecen guayabas, aceitunas, mangos, choclos (maíz dulce) o tumbos (semejantes al maracuyá o fruta de la pasión). Llegamos a Poconchile, población de origen preincaico, cuando el sol ya iluminaba los cerros y su  iglesia blanca de San Jerónimo, con sus dos torres y el cementerio detrás, se recortaba en primer plano. En Zapahuira, superados los 3 700 metros, tomamos abundante té de coca y otras hierbas contra el mal de altura
Vista del valle desde Zapahuira
y comimos enormes sopaipillas y queso de cabra. Los lugareños nos recomendaron caminar despacio, como los astronautas en la luna, para evitar mareos, aunque nuestro vehículo iba preparado hasta con oxígeno por si acaso. Rodeada de cerros pelados y abundantes eucaliptos, Belén es la única población del altiplano andino fundada por los españoles, quienes la eligieron por su clima agradable y por estar en el camino de Potosí. Posee dos bonitas iglesias, una especie de anfiteatro donde sentarse a contemplar pasar la vida, según palabras del anciano que nos acompañó en la visita, y una escuela para los pocos niños que todavía viven allí. Las casas son de adobe, pegadas unas a otras y ordenadas en calles empinadas, algunas todavía empedradas. Sin embargo, los antiguos techos de paja se han ido sustituyendo por chapa metálica, que resultará más práctica pero mucho menos bonita.

Belén, en la casa de doña Emilia Paxi
Este relato sobre nuestra reciente estancia en Chile estaría incompleto si no hablara de lo mucho que nos ayudaron amigos antiguos y nuevos de las universidades que visitamos ―Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Viña del Mar; Austral de Valdivia; Tarapacá de Arica—, acompañándonos a conocer lugares maravillosos e informándonos sobre aspectos de la vida y cultura de Chile. También nos invitaron a saborear deliciosa comida, regada con vino y pisco sour, y nos explicaron el significado de tomar once y de once comida, que en líneas generales equivaldría a la merienda y merienda-cena españolas (no me extiendo más porque deseo dedicar un texto completo a esos términos y otros similares del español europeo y americano). Hubo también amables taxistas y guías que nos llevaron a sitios inolvidables, alejados de las rutas turísticas. Y sobre todo, nos topamos con gente hospitalaria que nos abrió su casa y nos ofreció comida y bebida, como las hijas y nieta de doña Emilia Paxi, de 106 años, que nos agasajaron generosamente en Belén.

Posdata

A los pocos días de nuestro regreso a España, cuanto todavía ordenaba datos para sentarme a redactar este texto, ocurrió el terremoto el 16 de septiembre de 2015, con epicentro en Illapel y una magnitud de 8,4 en la escala sísmica. Hubo muertos y heridos, desalojos y daños materiales. Desde ese día ha habido más de 500 réplicas, algunas de intensidad considerable. Enseguida mandamos correos a nuestros amigos, que respondieron en cuanto pudieron para informarnos. Todos están bien. Una amiga que vive en un ático frente al cerro de Santa Lucía en Santiago nos relató su sensación de miedo e impotencia, pero también las risas de su hijo de doce años, que se toma los temblores como una diversión. Así es la vida.



La lengua destrabada
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jueves, 20 de agosto de 2015

Ortografía (III)

Consonantes disonantes


El término consonante proviene del latín y, aplicado tanto a la letra como a su sonido, hacía referencia a su falta de independencia para sonar solos: siempre necesitaban una vocal al lado. Hoy sabemos que muchas lenguas poseen consonantes que no precisan de vocales para pronunciarse y se da por superada tal definición que, sin embargo, sí describe una circunstancia habitual en una lengua romance como la nuestra castellana.

Al escribir sobre la disonancia de algunas de nuestras veintidós consonantes, sobre esa quiebra de la armonía general que nos desconcierta e induce a cometer faltas de ortografía, es obligado comenzar por la letra h, la única en español que no posee sonido, nuestra denostada letra muda que puede preceder a cualquiera de las cinco vocales.

H (cuyo nombre se escribe hache)
Su origen es muy variado, si bien predomina en palabras de procedencia latina o árabe. Y no siempre fue muda: en los albores del castellano, la h procedente de la f inicial latina se pronunciaba con una suave aspiración que se ha perdido, salvo en vestigios como rasgo dialectal en Andalucía, Extremadura, Canarias y diversas zonas más del español europeo y americano. También conserva la aspiración en algunas palabras de origen árabe como Sáhara, saharaui o en extranjerismos tomados del inglés o el alemán (hámster, hegeliano, hachís).

Asimismo, la h inicial con que se escriben las palabras que comienzan por los diptongos ua, ue, ui o los contienen en su interior como inicio de sílaba se suele pronunciar con un ligero sonido consonántico semejante a la g: güeco, güeso, güérfano, güevo, parigüela, por hueco, hueso, huérfano, parihuela. ¿Por qué, en cambio, se escriben sin h inicial oquedad, osario, osamenta, orfandad, orfanato, ovario, oval y óvalo cuando provienen del mismo origen latino? El motivo es que las haches en las palabras con los diptongos iniciales señalados fueron un añadido de los correctores e impresores siglos atrás a fin de evitar que la u del inicio se tomara por consonante, esto es, para que no se pronunciara vérfano en lugar de uérfano o vevo en lugar de uevo. Se trata, por tanto, de una h diacrítica o diferenciadora no etimológica que consagró su uso y se ha mantenido hasta el presente como regla ortográfica, aunque ya no sería necesaria. Lo mismo es aplicable al verbo oler, escrito sin h puesto que en latín no la llevaba (olere); tampoco se escriben con h olor, olisquear, oloroso, desodorante o inodoro, pero sí las formas verbales huelo, hueles, huele, huelan, huela, huelas.

Al comienzo de una palabra, hi seguido de una e tónica se suele articular como la y consonántica: hielo, hierro, hierba y hiedra se pronuncian como yelo, yerro, yerba y yedra, lo que ha quedado fijado en palabras como yerba, yerbero, yerbajos o yedra. Asimismo, el valor semiconsonántico que adopta el grupo hie provoca la salvedad de que la conjunción y no varíe a e cuando se escribe inmediatamente antes de este: monos y hienas; calienta y hierve; mieles y hieles.

Han sido muchos los gramáticos y escritores hispanohablantes que han apoyado la supresión de la incómoda h, causante de tantas faltas de ortografía, aduciendo además que su conservación o supresión no ha seguido una pauta uniforme. Se ha mantenido a menudo en las palabras que comenzaban con una h latina o un espíritu áspero griego (haber, hombre, hombro, humor, hélice, historia, hedonista, helio, heleno); y también se escriben con h palabras de procedencia amerindia como hamaca o huasca. Pero, al mismo tiempo, el uso del español ha ido imponiendo la supresión de la h en palabras que en su origen la tenían, como invierno (pero hibernar, hibernación), arpa, asta o comprender. En la actualidad, conservan la h inicial palabras procedentes de otras latinas que se escribían con f inicial (como hijo e hidalgo, haba, hacer, humo, hermosa) y que en castellano antiguo se escribían también con f (fijo, fidalgo, faba, facer, fermosa). Sin embargo, otras palabras han conservado la f inicial latina sin evolución a h, como ocurre en fumarola, fumata y fumar, que comparten raíz con humo. También ocurre que algunas palabras añaden en español una h inexistente en latín, como en el caso de hallar (y su doblete fallar, con f inicial no etimológica), henchir o hinchar; otras veces es la g inicial latina la que se convierte en h en el español actual (helar, helada, hermano, hinojos), probablemente en un proceso de ultracorrección cuando se olvidó la etimología, pues la primera escritura en castellano al suprimirse la g fue sin h (elar [gelare], ermano [frater germanus], inojos [genuculum]). La h aspirada del inglés y el alemán se transcribe siempre en español con h muda (hurra, herciano, hanseático, hamburguesa).

A pesar de las dificultades para aprender su uso, a día de hoy se considera falta grave de ortografía tanto no colocar la h en las palabras que el diccionario recoge con ella como colocarla en otras que no están recogidas de ese modo (sirva como ejemplo de confusión más habitual de lo que sería deseable habría, del verbo haber, y abría, del verbo abrir).

B, v, w (cuyos nombres se escriben be, uve, uve doble)
La b y la v corresponden a un mismo y único sonido en el español actual, por lo cual surgen numerosas dudas sobre su escritura, sobre todo en el caso de palabras que suenan igual pero cuyo significado varía según se emplee b o uve para escribirlas (vaca/baca; votar/botar; grabar/gravar; acerbo/acervo). En líneas generales, la ortografía española trató de mantener la tradición de las letras b y v del latín, lengua en la que sí respondían a sonidos distintos (abundancia, beber, verbena, ventura), pero también se dan casos de bes no etimológicas en palabras cuyas originarias latinas se escribían con v (abuelo, barrer, boda) y de uves no etimológicas en palabras cuyas originarias latinas se escribían con b (maravilla, invierno). También se escriben con b las palabras que en latín tenían una p intervocálica (caber, saber, obispo).

El nombre de la letra v hace alusión a su origen: u con sonido de b. Hasta la Alta Edad Media, siguiendo la tradición latina, en castellano se empleaban sin hacer distinción la u y la v para representar el mismo sonido consonántico (mouimiento; seruicio; aprouechan). No fue hasta el siglo XVIII, con la publicación del Diccionario de autoridades de la Real Academia, cuando se delimitó el empleo de la u únicamente como vocal y el de la v únicamente como consonante.

La w, por su parte, es una letra inexistente en el abecedario latino que, incorporada al castellano, transcribe a veces el sonido de b (sobre todo en nombres propios o derivados de origen visigodo o germánico: Wamba, Witiza; Westfalia; wagneriano) y a veces el sonido de u (en palabras de origen inglés: darwinismo; washingtoniano; windsurfista). Cuando una palabra se incorpora de lleno al español, la letra w se suele sustituir por la v (vagón, vals, vatio) o también por la b (bismuto). Si se trata de vocablos de uso menos frecuente, pueden alternar ambas grafías (wolframio/volframio; walón/valón; walquiria/valquiria).

C, z (cuyos nombres se escriben ce, zeta)
Ambas consonantes se turnan para representar el sonido inicial de palabras como cereza o zapato, pero su uso no es indistinto y se rige por una sencilla regla: se escribe c delante de e y de i; z, en todos los demás casos (paz; pacer; capataz; capacidad; aprendiz, aceite; calceta; reconozco, hartazgo; hizo, hice, haces; lápiz, lapicero). En zonas de seseo, ambas letras representan el sonido correspondiente a s.

Hay un pero, sin embargo, un puñado de excepciones a esta regla inicial de uso que se han de memorizar, pues no escribimos con c sino con z las siguientes palabras: azerbaiyano; azerí, zigzag (y sus derivados); zipizape; enzima (cuando se trata del fermento, así como sus derivados); nazi (y sus derivados); zéjel; elzevir; zepelín, zigurat; razia. Asimismo, algunas palabras pueden escribirse con c o con z, aunque se prefiere la grafía con c: benzina/bencina; zebra/cebra; cenit/zenit, eccema/eczema; cedilla/zedilla; cinc/zinc; ázimo/ácimo; cigoto/zigoto.

Existe otra regla infalible sobre el uso de la z final que es bueno memorizar: se escriben con ella las palabras cuyo plural termina en -ces, como pez, peces; lombriz, lombrices; luz, luces; haz, haces, dejadez, dejadeces, pero, por la misma regla, escribiremos acritud, actitud, disparidad, deslealtad, ferocidad, hermandad, merced, piedad, usted, viudedad o zafiedad.

La letra c se emplea además para representar por escrito ante las vocales a, o, u el sonido que aparece en cama, cosa o acueducto; y ese mismo sonido (y no el de z) ante una consonante en posición final de sílaba o de palabra: actor, acné, rector, frac, vivac, cinc. Una salvedad a esta regla la constituyen palabras como anorak, cuark, yak y alguna más, escritas con k final, pues todavía se perciben como extranjerismos poco asimilados a la lengua española.

La doble c de palabras como fracción o dicción también provoca abundantes faltas de ortografía. Por regla general, se escriben con -cc- aquellas palabras en cuya familia léxica aparece el grupo -ct, como es el caso de adicción (adicto), abstracción (abstracto), afección (afecto), inyección (inyectar), producción (productor) o sección (sector). La doble c de una palabra también puede deberse a su raíz latina cuando presenta el grupo consonántico -ct: cocción (coctio), confección (confectio), transacción (transactio), succión (suctio) o fricción (frictio), aunque ningún vocablo de su familia léxica lo conserve ya en español. Cuando en la familia léxica no aparece el grupo -ct sino solo -t, las palabras se escriben con una sola -c: concreción (concreto), discreción (discreto), secreción (secreto), relación (relato), fruición (fruir).

Por ultracorrección, se suelen cometer faltas de ortografía al escribir con doble c palabras que no la llevan (relación, inflación, objeción) o al escribir palabras parónimas, como adición/adicción o inflación/infracción, y antónimas, como concreción/abstracción.

K, q (cuyos nombres se escriben ka y cu)
Con k se escriben palabras de otras lenguas para conservar su ortografía originaria: kamikaze, karaoke, kayak, káiser, kebab, kilogramo, kiwi, koala, kurdo, pero cuando se adaptan por completo al español, tienden a escribirse con qu o c según corresponda. De este modo, escribimos caqui, pero también kaki; quiosco, pero también kiosco; queroseno, pero también keroseno; quimono, pero también kimono; curdo, pero también kurdo.

En lo que respecta a la letra q, la Ortografía de la lengua española de la RAE (2010) ratificó que no cabe en el español actual su uso por sí sola con sonido autónomo. Por tanto, los préstamos de otras lenguas que la lleven, sean latinismos, términos científicos o topónimos, han de adaptarse a nuestro modo de escritura: vocablos ingleses como quark  o quasar o latinos como quorum o exequatur deben escribirse en español como cuark, cuásar, cuorum y execuátur. En caso de que se quiera mantener la grafía etimológica con q, dichas palabras se considerarán extranjerismos o latinismos crudos y se escribirán en letra cursiva y sin tilde. Para los topónimos más habituales, como los nombres de países, se recomienda utilizar también grafías adaptadas a la ortografía del español: Catar (y no Qatar), Irak (y no Iraq), Turquestán (y no Turkestán).

G, j (cuyos nombres se escriben ge, jota)
El sonido que representa la g ante las vocales a, o, u (como en gata, goma o aguante), en posición final de sílaba (como en magnánimo) o agrupada con otra consonante (como en grumo, glauco o gnomo) no presenta problemas de escritura. Tampoco debe presentarlos por la claridad de su uso el dígrafo gu para representar ese mismo sonido ante las vocales e, i (como en manguera o guiñol), ni cuando la u de ese grupo deba sonar ante e, i mediante el uso obligado de la diéresis (como en antigüedad, agüero o argüir).

Sin embargo, la duda surge a menudo cuando, ante las vocales e, i, la g transcribe el sonido de palabras como gemir, gitano, gimnasia, que coincide con el que representa la j ante cualquier vocal o al final de una palabra, como en jarana, jerarquía, monje, jirafa, julio, reloj o carcaj. Ocurre en este caso que imperó el criterio etimológico sobre el fónico y, de este modo, se decidió escribir con g las palabras que la tenían en latín (como gemelo, ingerir o gigante, procedentes de gemellum, ingerere y gigantem), y con j, las palabras que no la tenían (como injerir mujer y jeringa, procedentes de inserere, muliere y siringa). No obstante, olvidadas las etimologías en el español cotidiano actual, todos hemos vacilado alguna vez y cometido faltas de ortografía por esta coincidencia de sonidos pero distinta escritura. Sirva como ejemplo un error que aparece hasta en los libros de las mejores editoriales: la confusión entre ingerir (introducir por la boca comida, bebida o medicamentos), cuyos sustantivos son ingestión e ingesta, e injerir (injertar; meter una cosa en otra; entremeterse), cuyos sustantivos son injerencia e injeridura.

De las reglas ortográficas sobre el uso de g o j, destacan las tres siguientes: 1) Se escriben con g los verbos acabados en -ger, con la excepción de tejer y destejer, y los acabados en -gir, salvo crujir. 2) Se escriben con g las palabras terminadas en -logía, -gogia o -gogía, -lógico y -algia (geología, demagogia, pedagogía, psicológico, nostalgia). 3) Se escriben con j las palabras acabadas en -aje, salvo ambages, enálage e hipálage (abordaje, blindaje, paisaje), las acabadas en -eje (hereje, tejemaneje, esqueje) y las acabadas en -jería (brujería, cerrajería, extranjería). Con j se escriben también las palabras derivadas de otras en las que aparece la j ante las vocales a, o, u: cajero, cajita (de caja); lisonjear, lisonjero (de lisonja); hojear, hojita (de hoja), ojear, ojera, ojete (de ojo); rojear, rojizo (de rojo).

El dígrafo ll; la letra y (ye) consonántica
La pronunciación yeísta (mayoritaria en la actualidad en el español europeo y americano) no distingue entre halla (del verbo hallar), haya (del verbo haber o árbol) y aya (persona al cuidado de niños), lo que explica las dificultades que surgen al escribir ciertas palabras.

La norma ortográfica dicta escribir con ll las palabras terminadas en -illa e -illo (mesilla, amarillo) y la mayoría de los verbos terminados en -illar, -ullar y -ullir (maquillar, aullar, engullir). Con y se escriben las palabras en las que dicha letra sigue a los prefijos ad-, dis- y sub- (adyacente, disyuntiva, subyugar); las formas verbales con ese sonido en su terminación, siempre que no exista ll ni y en su infinitivo (concluyo, instruye, imbuyamos; huyendo); y los plurales de las palabras que terminan en y en singular (virreyes, greyes, bueyes, leyes). El gerundio del verbo ir también se escribe con y: yendo.
La escritura de algunos pares de palabras que a los hablantes yeístas nos suenan igual precisa de una atención especial: arrollo (del verbo arrollar) y arroyo (riachuelo); callado (del verbo callar) y cayado (báculo o bastón); calló (del verbo callar) y cayó (del verbo caer); olla (recipiente) y hoya (agujero); pollo (cría de ave) y poyo (asiento); pulla (palabra dicha para molestar) y puya (punta acerada); rallar (desmenuzar restregando en el rallador, cuyo resultado es una ralladura) y rayar (hacer rayas: rayón, subrayar; rayano); rallo (de rallar) y rayo (chispa eléctrica; del sol, etc.); valla (cercado) y vaya (del verbo ir). Asimismo, se debe recordar que rayar(se) en el sentido de «lindar o estar próximo», «trastornarse o enojarse» y «amanecer» se escribe siempre con y.

La letra consonante r (erre) y el dígrafo rr
La letra r puede representar dos sonidos distintos, según la posición en que aparezca: el de aro, traer, arco, bribón, fragante, precio (vibrante simple) o el de rosa, honra, Enrique (vibrante múltiple). Cuando se trata de la vibrante múltiple, se escribe r al comienzo de palabra (rata, romo), detrás de n, s, l (enredo, israelita, alrededor) y también de b cuando esta no forma sílaba con la consonante r siguiente (abrogar, subrogar, subrayar). Por su parte, el dígrafo rr se emplea siempre entre vocales para representar el sonido vibrante múltiple de carretera, contrarrevolución o arrancar.

Las faltas de ortografía más frecuentes se dan en el caso de palabras compuestas cuyo segundo elemento comienza por r, con lo cual el sonido vibrante múltiple queda en posición intervocálica y ha de escribirse el dígrafo rr: rector y vicerrector; revolución y contrarrevolución; rata y matarratas; réplica y contrarréplica; rayo y pararrayos; reloj y contrarreloj; reúma y antirreumático; restar y contrarrestar; radio y extrarradio; rincón y arrinconar.

X, s (cuyos nombres se escriben equis, ese)
La letra x representa sonidos diferentes dependiendo de su posición en la palabra. Entre vocales o al final de palabra, se corresponde con el grupo consonántico ks o gs en pronunciación más relajada (examen, clímax, exigir); al comienzo de una palabra, suele pronunciarse como s, mientras que en posición final de sílaba puede ser s, ks o gs (xilófono, excelso; extraer; expresar). La pronunciación como s es la que provoca dudas y faltas de ortografía.

La norma ortográfica establece escribir con x las palabras que empiezan por raíces griegas como xeno- (extranjero), xero (seco o árido) y xilo (madera): xenófobo, xerografiado y xilografía; las palabras que comienzan por los prefijos ex- (fuera, más allá o privación) y extra- (fuera de): expatriar, exánime, exangüe, extramuros, extrarradios, extraordinario, extraterrestre, extravertido; las palabras que empiezan por la sílaba ex- seguida del grupo consonántico pr: expresar, exprimir, expropiar. Muchas palabras que empiezan con la sílaba ex- seguida del grupo consonántico pl también se escriben con x (explanada, explotar, explicar)¸ pero otras se escriben con s (esplendor y sus derivados; espliego, esplenio y sus derivados; esplín; esplique).

La letra x era mucho más común en el español medieval que en la actualidad y se pronunciaba como el sonido sh del inglés en shame o la ch del francés en cheval. Sin embargo, a mediados del siglo XVII el sonido ya había evolucionado hacia el de la j actual y hubo que acometer diversas reformas ortográficas en los siglos XVIII y XIX para adecuar la escritura a la pronunciación. Así, palabras que en castellano antiguo se escribían como Don Quixote, Ximena o Xerez pasaron a hacerlo como Don Quijote, Jimena o Jerez. Sin embargo, por diversas razones ajenas a la ortografía, restos de la grafía antigua se conservan en topónimos como México, Oaxaca y Texas, así como en sus derivados (mexicano, oaxaqueño, texano), si bien su pronunciación actual es como una j. Algunas personas también eligen escribir sus nombres o apellidos con x en lugar de j: Xavier, Ximénez, etc., pero la pronunciación no varía.

Mi segundo apellido podría escribirse Ximeno, pero en mi familia siempre se escribió con g, como es habitual en Aragón, de donde procede. La ortografía de los apellidos en español, como es bien sabido, otorga una amplia libertad de escritura: cada cual puede determinar cómo escribir los que le han tocado por herencia familiar.

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





sábado, 8 de agosto de 2015

Alas de amor

Alas de amor
A veces, sueño que sueño que sueño y, cuando me despierto, no sé qué soñaba que soñaba. Pero otras vuelo. Sí, sueño que vuelo, y la sensación es tan real, tan placentera, que me cuesta darme cuenta de que ha sido una ilusión cuando se acaba. Estoy dormida y con un pequeño brinco, ¡zas!, ya estoy elevándome como una flecha, esquivo obstáculos, me subo a los árboles más altos y hago piruetas en el cielo para impresionar a los que se han quedado allá abajo pegados al suelo. Cuando vuelo, me gusta llamar la atención. Alguna vez, he sorteado balas que me dispara no sé quién desde la tierra, y entonces mi vuelo se hace precipitado, casi heroico, y asciendo, asciendo, asciendo hasta librarme del peligro escondida entre nubes… Mi madre también volaba y a menudo nos relataba sus alegres impresiones mientras sus hijas la rodeábamos boquiabiertas cuando cosía o nos preparaba la comida. Ella surcaba el firmamento nadando a rana, como nos enseñó a flotar en verano mientras nos bañábamos en el arroyo Bárrago que corría cerca de nuestra casa. Nunca aprendimos a nadar a braza, solo a rana, en cuanto dejamos de menearnos en el agua como renacuajos asustados y comprendimos que flotar era fácil si perdías el miedo y te dejabas llevar…

Yo vuelo sin alas. En mis primeros sueños, raneaba, dibujando semicírculos con brazos y piernas por el aire como mi madre, pero ahora no sabría precisar cómo lo hago: apenas muevo las extremidades, me limito a apuntar con la mirada hacia arriba, hacia ese punto elevado al que quiero ascender, y buceo entre nubes. Pero, ay, no siempre lo consigo, he de confesarlo, y esa sensación de querer y no poder, de no ser capaz de alzar el vuelo, de volverme más pesada que una piedra, es tan frustrante que me despierto angustiada y sudorosa por el esfuerzo fallido. Si tuviera al menos un ala, me digo entonces…

Ayer me llegó por correo la revista de Menudos Corazones, la fundación de ayuda a los niños con problemas de corazón. Su editorial, escrito por mi amiga María Escudero, la fundadora hace años y ahora su laboriosa presidenta, se titula «Alas de amor», como esta entrada que le dedico. Su lectura me ha emocionado y me ha hecho comprender algunas cosas. No digo más. Transcribo a continuación el texto completo para quien quiera disfrutarlo y sacar sus propias conclusiones:

Un año más llegó el verano y, con él, las tan necesitadas vacaciones. Ese merecido descanso que parece que debiera propiciar la inactividad y que, sin embargo, fruto de la cultura del estrés en que vivimos, llenamos de actividades y objetivos.

Y no solo para nosotros, sino también para nuestros hijos, a los que cargamos de deberes de verano que son, con frecuencia, una tediosa continuación de sus obligaciones escolares.

Así que yo, para no privarme de mi propia ración de desequilibrio y solidarizarme con la infancia abrumada de obligaciones, me he autoimpuesto para este verano una tarea. Eso sí, un poco menos convencional. Voy a desarrollar mi ala. Si, has leído bien: mi ala. Porque al parecer tenemos un ala. Sí, solo una.

Y esto que podría ser interpretado por aquellos que tienen la mala costumbre de ver el vaso medio vacío como algo frustrante y descorazonador, para nosotros que somos más bien de la tendencia de ver el vaso medio lleno, ¿verdad?, es toda una posibilidad, una oportunidad.

Porque en las maravillosas noches de verano, ¿quién no ha mirado al cielo? ¿Quién no se ha dejado llevar por la belleza de las estrellas y ha sentido la tentación de salir volando a acompañarlas? Para lograr ese deseo, el que tengamos un ala, o que la podamos desarrollar es, en sí mismo, todo un avance. No somos un angel frustrado, sino uno en potencia.

¿Que cómo se desarrolla el ala? Pues no estoy del todo segura, pero os voy a decir cómo pretendo desarrollarla yo. Para empezar, debo creer en ella. Y para eso va ser imprescindible que abra la puerta a la niña que llevo dentro, para que sea ella la que me lleve de la mano en este mágico proceso. Así que voy a dejar a mi yo adulto con toda su pesada carga de convencionalismos y frustraciones en la oficina y voy a liberar a mi yo joven e ilusionado.

Todo esto con vistas a hacer algo que parece simple, pero que no lo es tanto: voy a aprender a quererme. Y para ello, como además de niña ilusionada soy responsable, he decidido apuntarme a las sugerencias de Cesare Cata, un profesor italiano que ha revolucionado las redes sociales sugiriendo a sus alumnos unos deberes alternativos, razonables y tentadores.

Además de proponer leer y bailar todo lo posible y llevar un diario en el que recoger los sentimientos positivos para recordarlos y los negativos para ayudarnos a lidiar con ellos, sugiere evitar todo aquello que nos influye negativamente y buscar la buena compañía de los amigos que nos enriquezcan, que nos entiendan y que nos aprecien por lo que somos.

De las 15 tareas que propone Cata, si tuviera que elegir solo tres, me quedaría: con soñar día y noche con cómo puede y debe ser mi vida; con ser alegre como el sol e indomable como el mar; y con ser buena.

Porque creo que solo así, queriéndome a mí misma, desarrollaré mi ala. ¿Que qué voy a hacer una vez la tenga? Pues volar, claro. ¿Que cómo? Pues buscando a otros con los que complementarme en mi vuelo; fundirnos en un abrazo tan estrecho que las alas de cada uno pasen a ser las alas de todos.

Y eso haré este verano: buscar compañeros de viaje para dejar de ser un ángel con alas de cadenas y empezar a ser humanos con alas de amor.

(© María Escudero, presidenta de Menudos Corazones, Editorial de la revista Menudos Corazones, núm. 34/verano de 2015).

Si te has quedado con ganas de más, te propongo leer mi novela El ala robada, publicada como libro digital en Amazon. He aquí un fragmento:

Andrés les contó lo que decía la tradición:
—En el volcán del Chichonal vivía, y aún vive, su señora, Piombachu’e. Gustaba de bajar a las aldeas de por allá a invitar a los vecinos a festejar su cumpleaños. Esa señora iba siempre muy bien vestida, con blusa blanca bordada de flores, enredo rojo como el fuego y un collar de serpientes vivas adornando su cuello y sus brazos. Pero las gentes sentían miedo de su presencia y se escapaban. Por eso cada vez tenía que alejarse más de su volcán para visitar lugares donde aceptaran su invitación, y hasta eso que a los jóvenes que más le gustaban les pedía que se casaran con ella. Ofrecía celebrar una gran fiesta con abundante trago y comida. Pero como siempre la rechazaban, se enojó mucho, se regresó a su montaña y anunció que de todos modos daría una fiesta bien grande.
»Entonces empezaron los temblores, la tierra se sacudía con fuerza y del interior del volcán salían ruidos extraños. Piombachu’e hacía los preparativos. Luego decidió dar otra oportunidad a la gente para que acudiera a su convite, y caminando y caminando, llegó hasta nuestro caserío de Damaseno. Nadie quiso aceptar su invitación para disfrutar de los fuegos artificiales que ofrecería en honor de su cumpleaños.
»San Gabriel, el patrono de nuestro pueblo, comprendió lo que había debajo de las palabras de invitación de la señora y como no podía evitar la fiesta, la retó a batirse en un duelo donde se jugaría el destino que le tocaría al caserío. Los acuerdos a que llegaron fueron que si Piombachu’e ganaba la batalla, sus invitados principales serían los vecinos de Damaseno, a quienes halagaría con lluvia de luces de multitud de colores; si perdía, no los podría invitar a su fiesta y aunque durante la celebración de su cumpleaños echara cohetes, estos no los alcanzarían, ni causarían daños a sus sembrados.
»Después comenzó el combate. San Gabriel sabía valerse muy bien de su espada de fuego y acabó venciendo a Piombachu’e por más que le lanzó sus serpientes, sus sapos venenosos y hasta espantosas bolas de fuego que se sacaba de su ardiente garganta. No más que en la bronca la señora alcanzó a arrancar su ala derecha al esforzado san Gabriel, pero de todos modos tuvo que retirarse a su volcán. A fin de cuentas, el cumpleaños sí se celebró, pero los cohetes y las luces que llenaron el cielo no llegaron a causar daño a Damaseno. Otros caseríos sí resultaron muy perjudicados: los ríos de fuego atraparon milpas, cafetales, potreros, las tierras donde estaban enterrados sus muertos, sus ombligos, sus pueblos, pues.
»El santo patrón, antes de regresarse al lugar al que pertenece, nos entregó su ala cortada, al fin que una nuevecita iba a nacerle en su lugar, como testimonio del combate que había peleado por nosotros. Quiso que la conserváramos en recuerdo de lo que pasó y para que al mirarla supiéramos que él velaría por nosotros sus fieles. Y en la comunidad estuvo desde entonces, venerada como debe ser, con su capilla y su urna. Si el ala llegara a malograrse, san Gabriel se enojaría. Diría: ¿no me sacrifiqué yo por ustedes?, miren no más cómo me pagan ahorita.
—¡Qué curioso! —comentó el profesor cuando Andrés terminó su relato―. Debe de ser algo extendido por la zona, aunque no lo conocía. Yo compré en Palenque una pluma que me dijeron que era de arcángel…
Andrés no pudo aguantar más su secreto y lo interrumpió:
—No lo engañaron, señor ―anunció para sorpresa de todos y siguió hablando de corrido―: Esa pluma es de nuestra ala de san Gabriel. No hay más alas por allá, solo la nuestra, y por esa pluma vine yo hasta España, ya que se la robaron de nuestra ala bendita. Ya le platiqué que nuestra comunidad no puede permitir que se malogre nuestra reliquia. Por eso hasta acá me mandaron.
—¿Tú habías venido a Madrid a buscar la pluma? ―preguntó incrédulo Jorge―. Entonces, no nos conocimos por casualidad, ¿verdad?

(© Carmen Martínez Gimeno, El ala robada, en El ala robada y otros cuentos, e-book en venta en Amazon).


O tal vez te prefieras leer Angelina y el nuevo mundo, publicada por entregas en este blog: 


Nadie volvió a hablar del asunto en la casa, pero a Paloma no se le iba de la cabeza. Le intrigaba cómo había sabido Angelina que ella guardaba el camafeo y en su mente fue creciendo una sospecha. Como no dejaba de vigilarla, la joven acabó percatándose.
—¿Qué fue, niña, qué te traes conmigo?
Paloma le contestó con otra pregunta:
—¿Cómo supiste que yo tenía el camafeo?
Y Angelina trató de evadirse:
—No más supe.
—Pero cómo, anda, cuéntamelo, que no se lo digo a nadie.
—Con mi caja de san Miguelito —cedió al fin Angelina y le explicó en qué consistía.
—¡Estaba segura! ―exclamó Paloma excitada cuando concluyó―: Tus papás muertos, la cicatriz de tu frente, el viaje a España... Ahora que lo pienso, o te has equivocado o es que en España hay otra escuela como la de Londres... ¿Tienes que ir a una estación de tren?
 —Ay, niña, no entiendo qué hablas.
—¡Harry Potter, eres igualita!
Pero como Angelina parecía ajena a cuanto le decía, Paloma le explicó la historia del niño aprendiz de mago y las similitudes que guardaba con la suya.
—No, mi niña, me apena desilusionarte mas en nada nos parecemos. A mi papá lo mataron los militares por no aguantarse y querer defender sus derechos pisoteados y mi mamá murió del sufrimiento porque era pobre y nadie la ayudó. Yo tengo esta cicatriz junto al ojo porque me caí de chiquita contra una piedrota y mi abuelita me cosió con tres puntos de hilo rojo. Ve, aún se notan. Y también fue mi abuelita quien me envió a España, pero no a estudiar en una escuela de magia, sino a torcer mi suerte, a mejorarla pues.
—¿Tu abuela es maga? —insistió la niña.
—Es ilol, curandera, pues. Pero no fue a ningunita escuela. De brujas tampoco. No conoce las letras pero sabe mucho del cielo, de la tierra, del agua, de las plantas, y aprendió ella solita y de otras mujeres que se lo quisieron enseñar. Allá de donde vengo es así.
—Entonces, ¿tú no vas a ir a una escuela de magia? —reiteró algo desilusionada Paloma.
—No, mi niña. Acá me quedaré contigo.
—Ya sé. Te enseñará tu abuela.
—Así mero —aceptó Angelina—. Ven acá a la ventana. ¿Qué ves?
—Las estrellas.
—¿Sabes qué son?
—Cuerpos celestes que brillan con luz propia ―recitó Paloma de corrido.
—No, mi niña, eso está bien para tu escuela. Mi abuelita me enseñó otra verdad, ¿quieres saberla?
—Sí.
—Dicen que el cielo es muy lindo, por algo es la gloria, pero cuando alguien muere y sube allá, piensa en sus hijitos, sus papás, sus amigos, lo que dejó en la tierra, y le hace tanta falta que abre un hoyito para mirar abajo. Por el hoyito se escapa la luz celestial, y nosotros desde acá lo llamamos estrella. La de mi mamá estaba por aquel lado, cerca del lucero; duró harto tiempo, hasta que san Pedro le dio sus alas y dejó de mirar para aprender a volar entre las nubes.
—¿En serio?
—En serio. No más que es secreto. No lo vayas a contar.

(© Carmen Martínez Gimeno, Angelina y el Nuevo Mundo, capítulo 8).

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.