miércoles, 15 de abril de 2015

Medir el tiempo

Medir el tiempo
Amélie Beauvry-Saurel, Dans le bleu
Reloj, no marques las horas
porque voy a enloquecer.
Ella se irá para siempre
cuando amanezca otra vez.
No más nos queda esta noche
para vivir nuestro amor
y su tictac me recuerda
mi irremediable dolor…
                                       Los Panchos


No sirve de nada destrozar el reloj arrojándolo contra la pared. Aunque no se mida, el tiempo seguirá corriendo inexorable en las alegrías y en las tristezas. Es ley de vida y de muerte.

Una de las características del ser humano es que posee conciencia del tiempo. Siente su paso en la experiencia personal, tanto física como psíquica, y observa el efecto que causa a su alrededor. El tiempo corre a una lentitud (o rapidez) que somos capaces de percibir: pensamos y sentimos mientras transcurre y actuamos en consecuencia, aprovechando o dejando pasar oportunidades.

La conciencia del tiempo es casi tan antigua como la humanidad y también el deseo de entenderlo, ponerle límites, medirlo. El tiempo astronómico basa su medida en la rotación de la Tierra sobre su eje y alrededor del Sol, así como en la rotación de la Luna alrededor de la Tierra. La combinación de estos movimientos da como resultado los días, los meses y los años. Sin embargo, las semanas no están relacionadas con ningún ciclo astronómico y se piensa que se originaron para marcar el intervalo más conveniente entre los días de mercado. Por eso en la historia hubo semanas de cinco, seis y diez días. La de siete días ya se utilizaba en Caldea y fue establecida como medida del tiempo por la ley mosaica en los tiempos bíblicos. De ahí se fue extendiendo poco a poco al mundo occidental. De todos modos, también hay quienes sostienen que la semana guarda cierta relación con las sucesivas fases lunares (nueva, cuarto creciente, llena y cuarto menguante), cada una de las cuales excede por muy poco los siete días. Tanto los días de la semana como los meses se escriben en el español actual con letra minúscula, puesto que se consideran nombres comunes y no propios (nos vamos en agosto; te espero el martes).

La rotación de la Tierra propició que desde el comienzo de la historia pareciera que el Sol sale todos los días por el Este y se pone por el Oeste. Fue sencillo delimitar el día solar como el intervalo de tiempo que transcurre entre esos dos momentos a ojos de un observador en un lugar determinado. La medición de los meses del año fue más complicada, se rigió por las labores agrícolas y ha variado a lo largo de los lugares y los siglos. En Occidente, del calendario juliano (nombre en honor del emperador romano Julio César, que lo estableció en el año 46 a. C.) de doce meses que comenzaba el 1 de enero, se pasó tras el Concilio de Trento (1545-1563) al calendario gregoriano, pues se quería corregir el desfase que se había producido desde el primer Concilio de Nicea (325 d. C.), cuando se estableció el momento astral en el que debía celebrarse la Pascua y, en relación con ella, el resto de las festividades litúrgicas móviles.

A las embarazadas casi a término y a las parturientas de entonces nadie les desearía «una horita corta», como se hace en España ahora, pues aunque el paso del tiempo se antojara más rápido o lento según el estado de ánimo de quien dirigiera los ojos al sol para calcular su posición en el cielo y hacerse una idea sobre cuánto del día restaba, no había mecanismos más precisos para determinar lapsos temporales cortos como la hora, los minutos y los segundos. Siglos atrás, los primeros relojes de sol, arena o agua (que los griegos llamaron clepsidras) no permitían medir con exactitud las horas del día. Ni siquiera los días eran todos iguales: regidos por el sol, eran más cortos en invierto y más largos en verano, tanto para las venturas como para las desventuras, así como para las jornadas laborales.

Con la propagación del cristianismo, las campanas de las iglesias que fueron salpicando el paisaje urbano comenzaron a marcar las horas canónigas por las que se guiaba la actividad cotidiana de la población: tocaban maitines (medianoche), laudes, prima, tercia, sexta (mediodía), nona, vísperas y completas. Sin embargo, tampoco eran mediciones precisas, pues las campanadas de prima y completas se hacían coincidir, en cualquier época del año, con el alba y el crepúsculo, y partiendo de ellas se distribuía el resto de los toques. Por tanto, solo en los equinoccios se conseguían fracciones temporales homogéneas.

El reloj mecánico, fabricado a finales del siglo XIII, no alcanzó difusión en Europa hasta mediados del siglo siguiente, pero su aparición se limitó a las zonas más prósperas y urbanizadas. Con él se instauró la hora de sesenta minutos, se fijó la jornada laboral igual para todo el año, y el tiempo se hizo laico: las torres de los ayuntamientos comenzaron a lucir relojes por los que eran conocidas las ciudades, y las campanas de las iglesias perdieron su primacía en la medición del tiempo.

Unido al auge del reloj de bolsillo, se extendió el concepto de puntualidad, definido por María Moliner en su Diccionario de uso del español como «exactitud de la manera o del momento de hacer las cosas, de llegar a un sitio, etc.». La expresión «a toque de campana», aplicada a la manera de realizar algo, bien por propia voluntad, bien por obligación, refleja la importancia que ya había cobrado la medición precisa del tiempo, del que buena parte de la humanidad ha acabado siendo esclava. Lo atestiguan expresiones tan habituales en español como «no hay tiempo que perder», «ganar tiempo» o «el tiempo es oro». Hoy que los minutos —e incluso los segundos— son la unidad de tiempo más usada y que tenemos medidores de las horas en cualquier lugar al que dirijamos la vista, el tiempo nos acosa, acucia, aguijonea, apremia, apura… y pocas personas lo dejan correr y mucho menos lo matan. Casi nadie puede permitirse el lujo de pasarse las horas muertas en alguna actividad de su gusto. Sin embargo, quienes somos puntuales todavía tenemos que hacer tiempo cuando en una cita nos toca esperar a quienes acostumbran llegar con la hora pegada y cargados de pretextos. A pesar del cautiverio reconocido (o quizá debido a él), en problemas o enigmas de difícil solución seguimos confiando en que el tiempo dirá y también lo ponemos por testigo y garante de nuestras certezas: «Y si no, al tiempo».

Ese tiempo largo al que fiamos curas de heridas y olvidos de afrentas se mide desde la Antigüedad en años, como ya se ha indicado, identificados en la actualidad con números de una serie continua que en el mundo occidental toma como punto de partida el nacimiento de Cristo. Los años y siglos anteriores a esta fecha se especifican añadiendo a. C., y los posteriores, con la adición de d. C. o la coletilla de nuestra era. Los años se escriben en números arábigos sin ninguna puntuación en su interior, y los siglos, en números romanos (en el siglo II a. C.; en el año 2000 a. C.; en el año 300 d. C; en el siglo III de nuestra era). La escritura de los años en números romanos, habitual en el pasado, está hoy restringida a usos cultos muy específicos. 

El adjetivo anual se aplica a aquello que sucede o se repite cada año; bienal, a aquello sucede o se repite cada dos años; trienal, a aquello que sucede o se repite cada tres años; cuatrienal, a aquello que sucede o se repite cada cuatro años; quinquenal, a aquello que sucede o se repite cada cinco años; sexenal, a aquello que sucede o se repite cada seis años; septenal, a aquello que sucede o se repite cada siete años; octenal, a aquello que sucede o se repite cada ocho años; decenal, a aquello que sucede o se repite cada diez años; quindenial, a aquello que sucede o se repite cada quince años, y vicenal, a aquello que sucede o se repite cada veinte años. El adjetivo bisemanal significa dos veces por semana; bimensual, dos veces al mes; bimestral, cada dos meses; trimestral, cada tres meses; cuatrimensual cuadrimensual, cuatro veces al mes; cuatrimestral, cada cuatro meses; trianual tres veces al año. En cuanto a la duración, un bienio comprende dos años; un trienio, tres años; un cuatrienio, cuatro años; un lustro quinquenio, cinco años; un sexenio, seis años; un septenio, siete años; un octenio ochenio, ocho años; un novenio, nueve años; un decenio década, diez años; un oncenio, once años; un quindenio, quince años; un veinteñal, veinte años; un decalustro, cincuenta años; un siglo centuria, cien años, y un milenio, mil años. En este siglo XXI que vivimos, estamos iniciando el tercer milenio de nuestra era.

Volviendo a las horas del día, en latín estaban asociadas con números, uso que se ha mantenido en español y muchas otras lenguas hasta la actualidad. Existen en español dos sistemas para designar los veinticuatro intervalos horarios del día: En el primero, limitado a contextos institucionales y administrativos, se emplean los sustantivos numerales del cero al veintitrés para asignar un número a cada uno de los intervalos horarios en que se divide el día a fin de expresar tiempos exactos, que suelen escribirse en cifras: el Talgo sale a las 14 horas y 17 minutos. La visita al museo se efectúa a las 11 y las 16 horas. Cuando el intervalo horario se especifica en letras, alternan la expresión yuxtapuesta (a las dos veinte, restringida a algunos países hispanohablante) y la coordinada (a las dos y veinte), así como la presencia o ausencia de horas y minutos dependiendo de su necesidad para la comprensión del texto (a las dos horas veinte; a las dos horas y veinte minutos, a las tres horas y veinte). Al escribir cifras, se utilizan dos puntos o uno solo para separar horas y minutos: las 14:30 o las 14.30.

En el segundo sistema se emplean solo los numerales del uno al doce y se añade junto a la referencia horaria una especificación distintiva, que puede ser la abreviatura a. m. (del latín ante meridiem) y p. m. (del latín post meridiem), con las que se distinguen las horas anteriores al mediodía de las posteriores. El momento correspondiente al punto de división del sistema, el mediodía, se representa como m. (del latín meridies). En dicho sistema las horas siempre han de escribirse en cifras. Es poco utilizado en el habla corriente: le dije que nos veríamos a las 10 p. m. para cenar.

Lo habitual en el habla cotidiana es emplear este segundo sistema de doce horas, pero añadiendo un complemento introducido por la preposición de para determinar la parte del día en que se sitúa. Estas partes son la madrugada (comprendida desde la medianoche hasta el amanecer), la mañana (comprendida desde el amanecer hasta el mediodía), la tarde (comprendida desde el mediodía hasta la puesta del sol) y la noche (comprendida desde la puesta del sol hasta la medianoche). Asimismo, se usa la mañana con un sentido próximo a la madrugada (me despertaron a las dos de la mañana). Otras veces, la franja de la madrugada se acumula a la noche (me despertaron a las dos de la noche).

A estos intervalos se agrega también el mediodía, periodo de límites poco concretos que puede cubrir desde las doce hasta las dos, aunque lo más habitual es situar su fin hacia la una: quedamos en vernos a la una del mediodía. Sin embargo, estas referencias varían según países y costumbres. En gran parte de América se emplea el saludo buenos días o buen día hasta las doce, y buenas tardes, hasta las seis o las siete, mientras que en España la hora límite entre mañana y tarde se sitúa en torno a las dos y se suele asociar con el hecho de haber comido. No es rara la respuesta, cuando se dan las buenas tardes a alguien: para mí todavía son días, que aún no he comido. Además, en muchos países se emplea la tardecita en el sentido de la última hora de la tarde, aunque sin límite preciso; la nochecita, en el de primera hora de la noche, y la mañanita, en el de la primera hora de la mañana.

En otros casos, el mediodía se circunscribe al punto que separa la mañana de la tarde y no se usa como franja horaria. Así pues, designan el mismo instante las expresiones las doce de la mañana, las doce del mediodía y las doce del día, pero la primera es tan poco usada en el español americano como la última lo es en el español europeo. Cuando mediodía va precedido de la preposición a, puede emplearse con artículo o sin él (lo esperamos a mediodía; lo esperamos al mediodía). En cuanto a la medianoche, siempre se concibe como un punto y no como un segmento o intervalo. Por tanto, no acompaña a designaciones horarias numéricas: nos vimos a medianoche, a la medianoche o a las doce de la noche, pero nunca a las doce de la medianoche. Las variaciones de la duración del día y la noche a lo largo de las estaciones del año tienden a desdibujar los límites entre la tarde y la noche, aunque se suele entender que están fijados entre las siete y las nueve: nos encontraremos a las ocho de la noche; nos encontraremos a las ocho de la tarde.

En el sentido de las doce de la noche, se aconseja escribir medianoche en una sola palabra, aunque también se admite en dos: no llegó hasta la media noche del domingo. El plural de medianoche es medianoches, y el de media noche, medias noches. La locución a media noche se escribe siempre en dos palabras. Por su parte, mediodía se escribe siempre en una sola palabra y su plural es mediodías.

La hora se pide, se da o se tiene: ¿Qué hora es? (también ¿qué horas son?) ¿Qué hora tienes? ¿Me da usted la hora? La respuesta varía: Son las dos; las dos en punto; las dos y cuarto. Aunque se percibe cierta vacilación en la concordancia de número (son la una; ya es las cinco), se recomienda emplear las variantes concordadas: es la una; ya son las cinco. Las fracciones que se añaden a la designación de la hora se suelen expresar mediante intervalos de cuartos: la una en punto, la una y cuarto, la una y media, las dos menos cuarto. En buena parte de América Latina se emplea la variante un cuarto para o cuarto para en lugar de menos cuarto. Los minutos que faltan para alcanzar la hora siguiente se expresan en España con la conjunción menos (las ocho menos veinte; las diez menos diez), mientras que en el español americano se suele emplear para seguido del nombre de la hora (veinte para las diez; cinco para las ocho).

Ultima multis, añadían en latín muchos de los relojes de sol alzados en los muros meridionales de las iglesias medievales, recordando que la muerte es nuestro destino inexorable y súbito. La leyenda de otros ahondaba en el mismo concepto: Laedunt omnes, ultima necat, que se traduce como «todas las horas hieren, la última mata». Pero no se ha de olvidar que la nada no puede ser triste puesto que es nada. Además, esa hora última que mata también será prima multis, la primera para muchos: la esperanza.

«Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte» (Miguel Hernández, «Sentado sobre los muertos», 1937). Vale (que es adiós en latín).




La lengua destrabada
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domingo, 5 de abril de 2015

Así comienza...

La historia escrita en el cielo
Marie de Gourney
Esta joven tocada con un manto dorado es Marie de Gourney. Acaba de llegar a Madrid y se ha vestido sus mejores galas para visitar a un banquero del que pretende obtener fondos para proseguir viaje en busca de su padre, Maxim de Gourney, quien tiempo atrás se unió a los Tercios Viejos españoles con la idea de llegar hasta Sevilla y pasar al Nuevo Mundo. Marie lleva meses de camino y aventuras desde que abandonó su tierra natal, el Franco Condado, y huyó del convento en el que se había refugiado tras la muerte de su madre. Ante la insistencia de la madre abadesa para que decidiera entre ser monja o casarse con un primo al que aborrece porque intentó violarla, no encontró más salida que escapar a uña de caballo en mitad de la noche, incitada por el recuerdo de las últimas palabras que escuchó a su madre en el lecho de muerte: «Pobre hija mía, acabas de abandonar la niñez y ya está  escrita tu historia en el cielo. La irás descubriendo un día tras otro sin siquiera haberla planeado, pues te empujarán a ella. Sentirás curiosidad, pero sobre todo miedo, al avanzar sin remedio hacia cada etapa de las que han previsto sin tu consentimiento... Tenemos que evitarlo, Marie, no dejes que decidan por ti; no repitas mi suerte. No, tú no serás la loca, ni la hija de la loca, ni la muerta en vida, no repetirás mi triste destino».

La mayoría de las novelas parten de un punto de crisis que da pie para iniciar la trama y presentar a los personajes principales. Dicha crisis se corresponde con varias de las acepciones que se recogen en el DRAE: «(Del lat. crisis, y este del gr. κρίσις). […] 2. f. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales. 3. f. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese. 4. f. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes. 5. f. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente. […] 7. f. Situación dificultosa o complicada».

La crisis fundacional de esta novela de la que ahora escribo no es la muerte prematura de la madre de Marie, sino la llegada de los Tercios Viejos españoles a las tierras familiares, acontecimiento que interrumpe la monotonía cotidiana y llena de anhelos de viajes la cabeza del padre, amo y señor.  Su decisión de marchar a Sevilla es la que origina una mutación trascendental en el desarrollo de otros procesos, crea una situación dificultosa y complicada, y lanza a Marie a los caminos, convertida en dama andante, tal vez sin haber examinado con detenimiento los peligros del trance en que se pone.  


La Beata de los Huevos
A principios del siglo XVII, Madrid, la ciudad a la que llega Marie después de un largo viaje por tierras francesas y españolas, ya es la capital del Imperio español donde se dice que nunca se pone el sol, pero no pasa de poblachón destartalado y bullicioso, repleto de cortesanos, buscavidas y mendigos. Poco imagina la joven Marie que se verá obligada a abandonar también a toda prisa esta ciudad de hermosos cielos cuando en la pradera de San Isidro se cruce con la Beata de los Huevos, que aguarda en una jaula el auto de fe en el que se cumplirá su condena de morir abrasada en la hoguera: «En el convento de las Dueñas Marcelinas, donde ingresé a la edad de cuatro años porque mi tía era la priora, puse muchas docenas de huevos blanquísimos siendo todavía novicia, hecho que se consideró gran maravilla. La mañana que descubrí el portento salí haciendo aspavientos de mi celda como si me hubiera topado con un alma en pena. Dentro de mi catre, colocado entre mis piernas, había encontrado el primero que puse».

Así comienza el primer capítulo de La historia escrita en el cielo:

  

1. El Camino Español

Dos mujeres bordaban al tibio sol de mediodía, resguardadas tras la fachada de la casa de dos pisos, construida en piedra; la mayor estaba sentada en un alto sillón de madera oscura, mientras que la más joven se había acomodado a sus pies en una silla baja. Ambas levantaron los ojos de la tarea al escuchar el galope de un caballo que se acercaba por el camino de tierra e intercambiaron unas breves palabras de sorpresa. Desde el lugar donde se encontraban no podían ver de quién se trataba, pero al poco apareció una criada para anunciarles:
—¡Alegraos, señora, pues al fin hubo noticias! ¡Llegó carta y paquete de Castilla!
—¿Dónde están? Traédmelos de inmediato ―pidió la mujer mayor, levantándose agitada de su asiento y dejando caer al suelo el bastidor del bordado.
—Enseguida os los entregará Armand. Yo me he adelantado para comunicaros la buena nueva, pues no se me escapa con cuánta ansia la esperabais.
La joven también se alzó de su silla cuando vio que llegaba, casi corriendo, un hombre más bien grueso, de mediana edad y rostro afable, cargado con un bulto envuelto en una burda tela oscura y cerrado con varias vueltas de cordel lacrado.
—¿No decíais que hubo carta? ―preguntó con cierta desilusión la dama mayor cuando lo tuvo cerca.
—Así es, señora ―respondió Armand con una amplia sonrisa, a la vez que se sacaba del jubón un papel doblado y sellado―. Los nuevos voluntarios de los Tercios Españoles se dirigen a Flandes y han acampado cerca de Besanzón. El sargento Villamediana tenía el encargo de venir a entregaros el envío de vuestro esposo, pero avanzan a marchas forzadas y yo lo excusé de que hiciera el camino hasta aquí.
—¿Cómo está mi esposo? ―preguntó la dama angustiada, mientras cogía el papel que Armand le alargaba―. ¿Sabe algún suceso el sargento?
Armand la tranquilizó:
—No os inquietéis, mi señora. Quedó sano y salvo en la corte castellana, sin ningún contratiempo digno de mención... pero os aconsejo que leáis la carta. En ella creo que hallaréis cuantas razones precisáis para serenar vuestro corazón.
La dama se dejó caer en el sillón, hizo saltar el lacre con manos temblorosas y se enfrascó en la lectura. Cuando estaba a punto de terminar, una gruesa lágrima rodó por su mejilla.
La hija, preocupada, se acurrucó a su lado:
—¿Qué sucede, mamá? ¿Son malas noticias?
La madre abandonó la carta sobre el regazo y lanzó un hondo suspiro.
—No. Las noticias son buenas, pero tu padre está muy lejos. Nacerá su hijo y no habrá vuelto ―expresó con tristeza, tocándose el vientre apenas abultado.
—¿Puedo leerla? —pidió la hija, extendiendo la mano para alcanzar la carta.
—Sí. Te dedica varios párrafos. Mi buen Maxim también se interesa por vosotros ―anunció a los dos criados―. No se olvida de nadie más que del hijo que va a nacer dentro de pocos meses.
—Señora —replicó la criada―. No conoce su existencia. Cuando partió para Castilla, no sabía que estabais encinta. ¿Cómo esperáis que se ocupe de él?
—Debéis advertirle ―intervino Armand―. El amo ha de estar al corriente de vuestro venturoso estado. Tengo para mí que se enojará si lo mantenéis en la ignorancia de un asunto de tanta trascendencia para su casa.
La dama no contestó. Hacía casi seis meses que su esposo, el señor de Gourney, había salido de viaje aprovechando la vuelta a la Península Ibérica del capitán Jacinto de Zadava, con quien había recorrido el Camino Español hasta Génova para embarcar allí rumbo a Barcelona. Ambos hombres se habían conocido años atrás, cuando los Tercios Españoles que se dirigían a Flandes buscaron un camino por tierra que atravesara dominios imperiales al verse obligados a abandonar la ruta marítima seguida hasta entonces por el Canal de la Mancha debido al acoso que sufrían a manos de sus enemigos franceses, ingleses y holandeses. La casa solariega rodeada de viñedos de Maxim de Gourney se hallaba a varias leguas de Besanzón, capital del Franco Condado, y esta circunstancia, unida a la gran afición que profesaba su dueño por la cosmografía y la cartografía, había propiciado que muy pronto los oficiales españoles de los Tercios buscaran su colaboración para confeccionar mapas del terreno del denominado Camino Español, que comenzaba en Lombardía y atravesaba Saboya, el Franco Condado y Lorena hasta adentrarse en los Países Bajos, territorio del imperio siempre necesitado de soldados por los frecuentes levantamientos que se iban sucediendo.
El capitán Jacinto de Zadava era un militar curtido en el combate y amante de la aventura que había descrito al señor de Gourney sin escatimar detalles su proyecto de embarcarse en breve rumbo al Nuevo Mundo, del que tantas maravillas se escuchaban. Le habló de las asombrosas civilizaciones que se habían descubierto, de las riquezas sin cuento que encerraban sus tierras, y de su fauna y flora exuberantes que librarían del hambre al Viejo Mundo, tan castigado por las guerras, las sequías y la peste. Y todavía quedaba mucho por descubrir y explorar, pues según mostraba el mapa que había comprado a un cosmógrafo andaluz, había grandes extensiones denominadas Terra Incognita por encima de la América Septentrionalis y debajo de la América Meridionalis. Le mostró además unas semillas llamadas cacao que provenían de un árbol que en el Nuevo Mundo crecía silvestre y con las cuales se preparaba una bebida de sabor amargo, conocida como chocolate, cuyas propiedades vigorizantes y curativas comenzaban a reconocerse en la Península Ibérica, y otras pepitas diminutas de una hortaliza, llamada tomate, cuya sabrosa pulpa roja poseía un gusto tan agradable que resultaba difícil prescindir de ella una vez que se había probado. Le explicó asimismo que la Casa de la Contratación de Sevilla había creado una escuela de cosmógrafos, cartógrafos y pilotos por la necesidad que había de ellos para confeccionar las cartas de marear, imprescindibles para la navegación atlántica a las Indias Occidentales.
A Maxim de Gourney se le hicieron muy cortos los días que compartió con el capitán Jacinto de Zadava, y durante los meses siguientes a su partida se dedicó a estudiar con ahínco cuanto pudo obtener en Besanzón y Lyon sobre las últimas novedades de la cartografía, dedicando una atención especial a los notables hallazgos del cartógrafo flamenco Gerardus Mercator, quien había resuelto el problema de representar la superficie terrestre sobre un pliego de papel valiéndose de las proyecciones polares equidistantes, que conseguían evitar las distorsiones en la zona del ecuador. También se puso al corriente de los adelantos habidos en el instrumental marino, pues la navegación a estima o por fantasía, basada en el uso combinado de los portulanos y la brújula que se empleaba en las rutas marítimas mediterráneas, había cedido el paso a una náutica más técnica con planteamientos matemáticos, que se caracterizaba por el empleo de instrumentos de precisión como el astrolabio, las tablas astronómicas y unas cartas más minuciosas que los portulanos medievales, puesto que la navegación de altura por el imponente Atlántico, conocido como el Mar Tenebroso antes de la epopeya americana, los había vuelto imprescindibles.
Cuando consideró que estaba preparado, comunicó a su esposa Amélie la intención que tenía de ofrecer sus servicios a la Casa de la Contratación sevillana.
—Habré de pasar un examen, querida mía, para que me permitan hacer la carrera de Indias, pero espero superarlo con fortuna en poco tiempo —le explicó exultante—. Partiré solo y, una vez que me haya establecido, si las cosas me van tan bien como espero, mandaré a buscaros.
Amélie lo miró atónita, levantando la cabeza del complicado bordado que la entretenía y dejando en suspenso la puntada, sin acabar de comprender el alcance de sus palabras.
El señor de Gourney prosiguió su exposición:
—El capitán Jacinto de Zadava regresará a nuestras tierras dentro de unos meses, y he determinado aprovechar su viaje y compañía para presentarme en la corte castellana. Él también está interesado en zarpar a las nuevas Indias, y tal vez pueda acompañarlo.
Su esposa no puso objeciones. Lo escuchó como quien oye llover, pensando que era un capricho más que acabaría olvidando en cuanto surgiera ante sus ojos alguna otra novedad que lo distrajera de la monotonía cotidiana que tanto lo hastiaba.
Así pues, prosiguieron con su vida acostumbrada, sin ningún sobresalto destacable hasta la mañana en que llegó, montado en su negro corcel, el furriel mayor de los Tercios Españoles con la encomienda de solicitar provisiones y albergue para el capitán don Jacinto de Zadava y los soldados que regresaban de Flandes a Génova, una vez concluida la campaña bélica que se les había encomendado. El señor de Gourney aceptó de buen grado que acamparan cerca de sus viñedos y se ofreció a viajar con él a Besanzón y los pueblos vecinos para facilitarle la obtención de los víveres y pertrechos necesarios para su estancia, que en esta ocasión sería fugaz porque debían llegar al puerto genovés en una fecha prefijada para embarcar en la flota que zarparía hacia Barcelona. El peligro del turco desaconsejaba que se navegara en navíos sueltos, pues la probabilidad de acabar en las mazmorras de Argel era cada vez más elevada.
—Amélie, querida mía —anunció Maxim a su esposa—, ordena que preparen mi equipaje, pues partiré con el capitán en breve, tal como te indiqué tiempo atrás que tenía previsto.
Y Amélie se encargó de disponerlo todo con la abnegación que la caracterizaba, pues no hubo modo de convencerlo para que abandonara su caprichosa pretensión y se quedara en sus tierras. Varias fueron las lágrimas que vertió ahora la dama al recordar unos hechos ocurridos hacía meses que le causaban tan honda melancolía.
—No llore, mi señora —le aconsejó la criada—. El llanto y las penas son perjudiciales en su delicado estado.
—No llores, mamá —reiteró la hija, acariciándole la mano―. Nana tiene razón. Te hará daño. Además, no hay motivo. Papá está contento y cuenta cosas muy curiosas y entretenidas. ¿No te gustaría conocer esas ciudades y gentes de las que habla? Si Dios lo quiere, nosotras también las contemplaremos dentro de poco, cuando nos mande llamar y nos reunamos con él. ―Luego se dirigió al criado―: Armand, abramos el paquete que nos ha enviado, pues seguro que guarda asombrosas sorpresas que nos distraerán.
El criado cortó con su navaja el cordel que cerraba el fardo, y dentro aparecieron dos saquitos, cada cual con un pliego de papel pegado. En el primero decía:

Os mando un pequeño acopio de cacao con la receta que emplean para hacer chocolate los monjes de San Ginés. Veréis que no se trata de la bebida amarga que nos dio a probar el capitán Jacinto de Zadava, sino de otra dulce por la miel y la leche que se le añade a la semilla molida. Su uso se ha extendido mucho por su buen sabor, unido a sus propiedades reconfortantes y al hecho de que, a decir de los clérigos, dicha bebida no rompe el ayuno. Superé grandes impedimentos para obtener la receta, pues la corte castellana la guarda a buen recaudo para impedir que se propague a otros reinos, cosa que no creo que consiga, y me atrevo a augurar que en pocos años el chocolate será la bebida distinguida de todo nuestro Viejo Mundo.

En el segundo saquito se especificaba:

Esta otra hortaliza que os será desconocida recibe el nombre de batata, papa o patata. Las hay dulces que se toman asadas o cocidas, despojándolas de su piel, y otras más  insípidas a las que se les añade sal y se comen guisadas de muchas formas, así como fritas en el aceite de oliva que en estas tierras tanto abunda. Son un manjar delicioso que creo que librarían del hambre a nuestros pueblos si se extendiera su cultivo, pues alimentan tanto como el pan y su elaboración es más sencilla. He probado el tomate del que nos habló el capitán Jacinto de Zadava y coincido en afirmar que su pulpa es sabrosísima y excelente para la salud, por más que algunos no le tengan confianza y solo utilicen la planta para adorno de jardines. Os mando unas instrucciones para que plantéis las semillas que nos dejó...

—Nunca volverá —expresó entre lastimeros suspiros la dama, interrumpiendo la lectura de su hija―. Está maravillado con tantos descubrimientos y, cuando zarpe hacia esas tierras del Nuevo Mundo, se olvidará de nosotros.
—No lo hará, mamá —respondió la hija―. Además, aún faltan muchos meses para que se embarque, si es que consigue el permiso de la Casa de la Contratación. Las flotas no salen hasta finales de verano, época en que los vientos les son favorables para la navegación. Antes le llegará nuestra carta con la noticia de que va a tener un hijo...
—No —la interrumpió la dama―. No vamos a comunicárselo hasta que nazca. Deseo que prosiga sus planes hasta entonces.
—Pero eso no es recomendable, mamá ―repuso su hija―. Mejor sería…
—No hay más que hablar  ―cortó tajante la señora―. No me contrariéis, pues conozco bien a mi esposo y sé lo que deseo y me conviene.
—Se hará como os plazca ―intervino conciliadora la criada para evitar más disputas―. Ahora entrad en la casa, mi señora, pues es la hora de almorzar, y en cuanto baje el sol hará frío.
La dama se levantó del asiento y se dejó arrastrar al interior de la casa por su hija y la criada, mientras Armand recogía el contenido del fardo y lo llevaba a la cocina.
Quisieron ayudarla a subir la escalera que conducía a sus aposentos, pero Amélie se negó.
—No me tratéis como a una inválida ―expresó, soltándose de sus manos―. Puedo caminar sola, pues no estoy enferma. Id a vuestras ocupaciones y servidme el almuerzo en mi antecámara. No bajaré al comedor.
La hija y la criada obedecieron y se dirigieron a la cocina antes de que la señora Amélie hubiera llegado al segundo piso. No estaba enferma, tenía razón, pero su embarazo tardío la había debilitado y con frecuencia le fallaba la respiración. Por eso tuvo que detenerse para recobrar el aliento, agarrada a la barandilla, una vez que estuvo arriba. Del corredor que se abría enfrente surgió una anciana enjuta vestida de negro. Era una prima lejana de su esposo que había aparecido sin previo aviso en una silla de manos alquilada al poco de la partida de aquel,  pretextando una visita que ya se prolongaba en exceso. La anciana fijó sus ojos penetrantes de ave rapaz en Amélie mientras expresaba:
—¡Vaya, querida prima, iba a buscaros! ¿Qué fue lo que pasó? ¿A qué vino tanto alboroto? Sabéis que no os conviene excitaros. Lo que fuera debieron comunicármelo a mí.
—De ningún modo, señora. Era carta de mi amado esposo y venía a mí dirigida ―repuso sin tardar Amélie.
—¿Carta de mi primo? —se admiró la anciana, tapándose la boca con las manos en un aspaviento exagerado―. Dádmela para que la lea, me interesa mucho.
—No es para vos —replicó la dama tajante.
—Pero ahora que él no está, como pariente más cercana, me veo obligada a ocupar su lugar como ama de esta casa y he de estar al corriente de sus noticias.
—El ama de esta casa soy yo, no lo olvidéis, y no os preciso en absoluto. Tengo una hija y criados que nos cuiden. Nos bastamos y sobramos solas.
—No os excitéis, querida prima ―cambió el giro de la conversación la anciana al ver que no le favorecía el que estaba tomando―. Yo solo pretendo vuestro bien y el de vuestra hija. Por cierto, yo también debo comunicaros una agradable noticia: mi hijo llegará en breve para unirse a nosotras. Necesitamos un hombre en esta casa, ahora que el querido Maxim está lejos, para que se haga cargo de sus negocios.
—No necesitamos nada, señora. Armand conoce bien nuestros intereses y cuenta con la confianza de mi esposo. Creo que deberíais aprovechar el viaje de vuestro hijo para regresar con él a vuestra casa. Os agradezco la visita, pero dura demasiado y tendréis cosas que resolver lejos de aquí.
A la anciana se le afiló el semblante ante esas palabras y un breve temblor desdibujó sus finos labios, pero fue cuestión de segundos. Se repuso de inmediato y, como si no las hubiera escuchado, replicó:
—Querida, os agradará conocerlo. Es algo mayor que vuestra hija y lo he sabido criar para hacer de él un hombre de provecho. Formarán una buena pareja. Pero dadme el brazo, bajemos al comedor. Voy a ordenar que tiendan la mesa y nos sirvan allí el almuerzo.
Y antes de que Amélie pudiera impedirlo, la agarró con fuerza para obligarla a iniciar el descenso.
—No, soltadme ―se negó la dama resuelta, tratando de liberarse a codazos―. Almorzaré en mi antecámara. Soltadme os digo.
Pero la anciana no cejaba en su intento. Hubo un forcejeo entre ambas, y Amélie perdió el equilibrio y cayó de espaldas. La anciana contempló sin inmutarse desde lo alto de la escalera cómo la esposa de su primo rodaba escalones abajo como si de un ovillo de lana se tratara. Luego prorrumpió en gritos y lamentos al comprobar que permanecía tirada en el suelo sin moverse:
—¡Pobre de mí, auxilio, a mí la gente de esta casa! ¡Socorro, socorro! ―y fue descendiendo peldaño por peldaño con toda calma.

¿Qué más sucede? Este es el índice de capítulos de La historia escrita en el cielo

1. El Camino Español
2. El convento de Santa Bárbara
3. Marie la ladrona
4. La baronesa Chantal Delacroix
5. El Monte de las Ánimas
6. El abrazo del oso
7. La sal en el fuego
8. El enano y el banquero
9. La beata, el caballero andante y los galeotes
10. Entre izas y rabizas
11. El Hospital de la Caridad
12. La sagrada familia
13. Lluvia sobre mojado
14. Amarillo indio, azul ultramar
15. Amor quita amor
16. A tientas los celos matan
17. El llanto de las sibilas
18. ¿Dónde estáis, amor?
19. Los espejos del pasado
20. El escriba del cielo
Epílogo


Si quieres seguir leyendo, este enlace te dirigirá a la novela: La historia escrita en el cielo 


martes, 24 de marzo de 2015

¡Leemos! Un libro a la carta

un libro a la carta
Pintura de Henri Martin
Un día sin leer es un día perdido.

                                       Amanda


Hace cosa de año y medio acudí al Programa INDIS de la Fundación Tomillo en Majadahonda para charlar con los niños sobre mi novelita Viruta, invitada por la antigua directora del centro, Mónica Rouanet. Fue una experiencia tan interesante y entretenida que para este curso nos inventamos una nueva actividad, que Mónica tituló «Libro a la carta». La idea era que yo iría escribiendo poco a poco una nueva novelita sobre la que los niños opinarían y dibujarían, ayudados por sus profesoras Lorena e Isa. Además, cuando me hicieran alguna sugerencia atractiva durante mis visitas, yo la introduciría en la trama.

Elegí como punto de partida para la narración un relato que había escrito años atrás para mis hijos y sobrinos, pero lo reescribí por completo. Inspirándome en una experiencia personal durante un viaje con mi pareja por el Istmo de Tehuantepec en Oaxaca (México) en el que avistamos un ovni, trataba de dos niñas amigas, Ana y Teresa, que son abducidas por una bola de luz.

El primer capítulo de «Niños en la luna» empieza así:

Dibujo de Amanda
Cuando Ana terminó de contar la terrible historia del gato cojo, todos los presentes estaban tan asustados que buscaban pretextos para marcharse. Les vino de maravilla que Lucía dijera:
―Yo me tengo que ir a casa. Se me había olvidado que hoy vienen a cenar unos amigos de mis padres.
―Te acompaño ―ofreció enseguida Diego, levantándose para coger su bicicleta.
Al comprobar que los demás también se habían puesto de pie uno a uno y recogían sus cosas, Ana se enfadó:
―¡No pensaréis marcharos todos! Habíamos quedado en prender una hoguera y aguantar aquí hasta la medianoche.
―Pero hemos cambiado de idea ―contestó David, algo malhumorado―. Nos has aburrido con tus tontos cuentos que no le gustan a nadie y nos queremos ir.
―¡Ja, no te creo! Lo que pasa es que tenéis miedo ―se burló Ana―. Sois unos cobardes y ni siquiera os atrevéis a reconocerlo, porque además sois unos mentirosos.
Nadie quiso responder a sus provocaciones. Ana no se dio por vencida.
 ―No hace falta que sea hasta la medianoche, solo un ratito más. Hasta que oigamos a las lechuzas y veamos brillar sus ojos en la oscuridad. Son verdes, ¿no os parece interesante? Os puedo contar mientras tanto la historia de la diosa Minerva, que se representa con una lechuza. Esa no es de miedo.
―Otro día ―se disculpó Teresa―. Hoy todos tenemos cosas que hacer.
Dibujo de Sanaa
―Luego dirás que eres mi mejor amiga ―se quejó Ana―. No me esperaba esto de ti, porque a ver qué tienes tú que hacer a estas horas…
―La maleta, guapa. Ya sabes que me voy a Irlanda.
―¡Pero si todavía faltan tres días! ―exclamó Ana antes de añadir, casi suplicando―: Anda, quédate tú al menos.
Teresa negó con la cabeza, dijo no sé qué entre dientes y se montó enseguida en su bicicleta.
―¡Eh, esperadme! ―gritó a los demás, que ya avanzaban pedaleando hacia el camino de tierra en dirección a la carretera que conducía al pueblo.
Ana estaba furiosa. «Son unos asquerosos miedicas», pensó mientras se tumbaba debajo de una encina de tronco enorme. Tanto tiempo preparando esta excursión, con el trabajo que les había costado conseguir permiso para volver tan tarde, y al final todos se habían rajado. «Miedicas», repitió para sí, porque no había nadie más con quien hablar. Tampoco encontraría a nadie si volvía a su casa, pues su padre no paraba de trabajar y apenas lo veía. «Si tuviera madre…», se le ocurrió pensar, «madre», repitió, aunque no sabía bien qué significaba eso, porque había perdido a la suya cuando era tan pequeña que no se acordaba. «Bah, quién quiere una madre, con lo pesadas que son; no dejan hacer nada y son chillonas», se contestó enseguida, contentándose con las  ventajas que suponía su vida. No, no se podía quejar: no le faltaba de nada y su padre le daba permiso para hacer casi cualquier cosa… ¿como quedarse en el Campo del Lobo completamente sola? Tal vez eso no, pero no estaba en casa para echarla de menos, así que daba igual.
Opìnión de Anastasia

Los niños leyeron los primeros capítulos que les mandé  y me recibieron entusiasmados cuando fui a visitarlos. Me habían hecho dibujos preciosos; tenían curiosidad sobre cómo avanzaría la trama y algunos me propusieron ser ellos los protagonistas. En algo estuvieron todos de acuerdo: les había gustado más que nada un personaje, Moli, pero me pidieron que fuera perra en lugar de perro. Así que su dueña Ana, una de las protagonistas, pasó desde ese momento a tener una perra lista y gruñona que a punto está de meterla en dificultades en más de una ocasión: 
Dibujo de José Luis

Hubo suerte, porque al abrir la puerta solo las recibió Moli, que se puso a ladrar como una loca al contemplar la figura al rojo vivo que acompañaba a su ama. Ana fue derecha a la cocina para abrir el frigorífico y sacar a manotazos todo lo que había en él.
―Aquí no tendrás calor ―dijo, ayudando a Am a meterse dentro―. Estarás bien fresquita.
―Oh, Am fresquita, sí, fresquita…
La voz de la selenita era ahora solo un hilito que apenas se parecía a la potente de Ana.
Un coche acababa de llegar. Se oyó el rugido del motor y luego nada. Estaba aparcando.
Ana cerró el frigorífico de golpe y se puso a ordenar como pudo el montón de comida que había arrojado al suelo, mientras Moli ladrada y brincaba a su alrededor.
―¡Cállate, tonta! ―le ordenó, intentando echarla de la cocina―. Me vas a delatar.
―¡Qué es todo este desastre! ―exclamó su padre cuando entró en la habitación―. ¿Me puedes explicar qué ha pasado aquí?
―Nada, papá ―disimuló Ana, corriendo a darle un beso y colgarse de su cuello para ganárselo con sus arrumacos―. Es que me he puesto a arreglar el frigorífico y me he liado un poco… Ya estoy terminando de recoger. De verdad, enseguida acabo. Es que como me dices que me estoy haciendo mayor, quería ayudar…
Su padre la observó fijamente. Luego habló:
―Claro, y Moli ladra tanto porque también se está haciendo mayor. ¿Qué es lo que has metido ahí dentro?

El padre de Ana se sorprende al abrir el frigorífico y encontrar dentro la gorra de su hija, aunque no percibe lo más importante. En cambio, los niños lectores, a estas alturas del capítulo 4, saben que debajo de la gorra está una habitante de Gaom, el satélite que nosotros llamamos Luna; saben que es invisible en el frío y rojísima cuando se calienta y han estado presentes mientras aprendía a hablar como si fuera el eco, después de que a Ana y su amiga Teresa se las tragara, en mitad de la noche, una bola de luz que apareció en el Campo del Lobo:

Dibujo de Daniel
―¿Hay alguien ahí? ¡Ayuda!
No hubo respuesta.
Teresa insistió, chillando con voz de pito:
―¡Socorro! ¡Necesitamos ayuda, estamos perdidas!
Les pareció escuchar entonces como un murmullo lejano, y Ana repitió a gritos:
―¿Hay alguien ahí?
Una voz igual que la de Ana respondió:
―¡Ahí… ahí… ahí…!
―¿Ves como sí hay alguien? ―se alegró Teresa y aulló, levantando la cabeza, como un lobo en lo alto de una colina―: ¡Estamos aquí!
Una voz igual que la suya repitió al momento el aullido:
―¡Aquí… aquí… aquí!
―Es el eco ―se percató decepcionada Ana―. No te hagas ilusiones. No hay nadie.
―No, no, te equivocas ―lloriqueó Teresa―. Nos han oído y ahora mismo vienen. No podemos darnos por vencidas tan pronto. ¡Ayudaaaa!
―¡Ayuda… ayudaaaa… aquí! ―repitió la voz del eco.
Un momento: ¿era el eco?, se preguntó Ana con sorpresa:
―¿Desde cuándo el eco añade palabras a lo que repite? Vas a tener razón, Teresa: aquí hay alguien.
Y esta vez las dos amigas escucharon que una voz muy cercana, igualita a la de Ana, decía claramente:
―Alguien, alguien, aquí.
Teresa y Ana miraron a su alrededor sin conseguir ver a nadie entre la niebla que resplandecía.


Opinión de Sana
Enseguida descubrirán que son dos selenitas ¿Y qué hacen en la Tierra? De momento, los niños lectores saben que han viajado en una bola de luz, pero los motivos todavía no se han revelado.  Cuando al avanzar los capítulos Uv y Am se separan y vienen de Gaom a buscarlas, la trama se divide entre lo que ocurre a Ana y Am, que buscan la ayuda de Aura, especialista en ovnis, y lo que ocurre a Teresa, que está en un campamento en Irlanda donde conoce a Erik. Allí recibe la visita inesperada de Uv y unos acompañantes tenebrosos:

Erik dejó de hablar porque el corazón se había vuelto color rojo sangre y palpitaba, lanzando destellos de fuego. Lo estaba observando admirado,  cuando una bola de luz inmensa apareció entre la niebla.  Como Teresa pensó que era la nave de Am y Uv, en lugar de asustarse, se encaminó hacia ella en cuanto se posó en el suelo. Erik, atónito ante lo que veían sus ojos, se quedó atrás. De la bola de luz surgieron unas figuras imponentes que cortaron el paso a Teresa. Erik corrió a su lado y una de las figuras lo empujó contra un árbol. Teresa volvió a llorar sin saber qué hacer.
―No miedo, no miedo ―dijo una figura más pequeña que surgió entre las demás gigantescas, retirando parte de la gruesa tela refulgente que la cubría para dejar al descubierto un pañuelo de lunares rojos que parecía flotar en el aire.
―¿Eres Uv? ―gimió Teresa.
―Sí, Uv se pone el pañuelo ―fue la respuesta―. No miedo, no miedo.
―¿Dónde está Am? ¿Cómo es que ahora te veo? ¿Quiénes son estos otros? ―preguntó muy nerviosa Teresa.
Pero Uv no había pasado el tiempo suficiente en la Tierra y no había aprendido las palabras necesarias para responder a todo eso y tampoco supo explicarle que las grandes figuras eran adultos de Gaom que la acompañaban porque ya no se fiaban de ella. Solo era capaz de repetir con su misma voz como el eco:
―No miedo, no miedo…

Dibujo de Akkram
Tras superar diversas vicisitudes, las dos selenitas Am y Uv logran encontrarse al fin en el Campo del Lobo; una quiere regresar a Gaom y la otra no. Ana, Teresa, Erik y Aura serán quienes las ayuden a tomar una decisión y viajan con ellas a Asturias en busca de los nudos de amor, que tal vez sean su salvación ¿Qué pasa después? ¿Cómo termina la historia de amistad interespacial que se cuenta en «Niños en la luna»? Ya he mandado los últimos capítulos a mis niños lectores y espero que los estén disfrutando.

Todavía no me he reunido con ellos ni he visto sus caras alegres al enseñarme los dibujos y hacerme toda clase de preguntas, tan difíciles de responder a veces. ¿Les habrá gustado el final? ¿Les habrá sabido a poco el relato o ya estarán cansados? No, todavía no me han comentado qué es lo que más recuerdan ni he podido revelarles el último secreto, aunque creo que alguno ya se lo imagina: desde el comienzo, los verdaderos protagonistas han sido ellos, pues en ellos he pensado al escribir. No hay libro si no hay lectores, y este ha tenido los mejores, los más entregados. Yo me he limitado a intentar mantener su entusiasmo y a animarlos a pensar mientras leían.

Amanda, una de las niñas lectoras, dijo en una de mis visitas las palabras que abren este texto y ahora repito: «Un día sin leer es un día perdido». Ahí es nada. 

No cabe añadir nada más. Me siento agradecida y bien recompensada.

Dibujos de Matías y Anuar



miércoles, 4 de marzo de 2015

Don Quijote en mi escritura

Don Quijote en mi escritura
En 2014 se cumplió (que no celebró) el IV centenario de la publicación en Tarragona, en casa de Felipe Roberto, del conocido como Quijote de Avellaneda, escrito por un tal licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, de quien no se tenía noticia de ninguna otra obra anterior. La novela se tituló Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, que contiene su tercera salida: y es la quinta parte de sus aventuras (los textos en rojo remiten a ediciones digitales). En el prólogo quedaban claras las intenciones del autor: 

Como casi es comedia toda la historia de don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así, sale al principio desta segunda parte de sus hazañas éste, menos cacareado y agresor de sus letores que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra y más humilde que el que segundó en sus Novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas.
No le parecerán a él lo son las razones desta historia, que se prosigue con la autoridad que él la comenzó y con la copia de fieles relaciones que a su mano llegaron ―y digo mano pues confiesa de sí que tiene sola una; y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos―; pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte.

Muchas son las suposiciones sobre el autor de este Quixote nada cervantino pero ninguna se ha podido probar. Lo único cierto es que el tal licenciado Fernández de Avellaneda aprovechó la fama de la que ya gozaba el Ingenioso Hidalgo nueve años después de ser publicado para dar a la imprenta una segunda parte que ya se presagiaba al término de la primera: «La tercera vez que salió de su casa [don Quijote] fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento». El verso del Orlando furioso que servía de colofón: «Forse altri canterà con miglior plettro» (Quizá otro cantará con mejor plectro) era una invitación —sin duda tan artificiosa como cuando Cervantes se quejaba de ser mal poeta («Yo que siempre me afano y me desvelo / por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo»)— a tomar la pluma.

 Y Fernández de Avellaneda no vaciló en cantar, plectro en mano, no sin antes aclararse  la voz en el prólogo de la continuación que dio a la imprenta:  

Sólo digo que nadie se espante de que salga de diferente autor esta segunda parte, pues no es nuevo el proseguir una historia diferentes sujetos. ¿Cuántos han hablado de los amores de Angélica y de sus sucesos? Las Arcadias, diferentes las han escrito; la Diana no es toda de una mano. Y pues Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes ―y por los años tan mal contentadizo que todo y todos le enfadan, y por ello está tan falto de amigos, que cuando quisiera adornar sus libros con sonetos campanudos, había de ahijarlos, como él dice, al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, por no hallar título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca, con permitir tantos vayan los suyos en los principios de los libros del autor de quien murmura, ¡y plegue a Dios aun deje, ahora que se ha acogido a la Iglesia y sagrado!― conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus Novelas: no nos canse.

Estaba en lo cierto Fernández de Avellaneda al afirmar que en la Antigüedad clásica y la época medieval la autoría no había gozado de unos límites bien definidos y que eran muchos los que bebían de textos de otros para componer los propios. La copia a mano de los textos originales para su difusión favorecía esa autoría desdibujada en la que muchos podían meter su cuchara sin recibir reproches. En latín, la palabra plagium (proveniente del griego plágios, que significa oblicuo, desviado) se empleaba para designar la apropiación indebida de esclavos ajenos o la compra de un hombre libre a sabiendas de que lo era para utilizarlo como esclavo. Por tanto, un plagiarius era un ladrón de esclavos, alguien capaz de comprar o vender a un hombre libre como esclavo, hasta que Marcial (siglo I d.C.), en uno de sus epigramas, comparó sus poemas con esclavos manumitidos y acusó de plagiarius (secuestrador) a un poeta rival, que había recitado los poemas como propios.  

No fue hasta finales del siglo XV cuando surgió el concepto de derechos de autor, impulsado por la difusión de la imprenta. La ciudad de Venecia fue la primera en crear un sistema de concesión de privilegios o derechos de monopolio para la impresión de ciertos libros, y de inmediato esta práctica sobre derechos de publicación exclusivos se extendió a otros países, hasta convertirse en algo habitual en la Europa de los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, se trataba de un asunto entre el impresor y el monarca, que se distribuían las ganancias generadas por los libros impresos bajo licencia, pero rara vez suponía ingresos para el autor que había creado y vendido su obra al impresor. Tampoco lo protegía del plagio.   
   
En la época de Cervantes, los plagiarios podían ser objeto de cierta censura moral, pero carecía de consecuencias legales. ¿Fue plagio lo que cometió Fernández de Avellaneda? Él mismo terminaba el prólogo de su novela quijotesca afirmando:  

En algo diferencia esta parte de la primera suya, porque tengo opuesto humor también al suyo; y en materia de opiniones en cosas de historia, y tan auténtica como ésta, cada cual puede echar por donde le pareciere, y más dando para ello tan dilatado campo la casilla de los papeles que para componerla he leído, que son tantos como los que he dejado de leer. No me murmure nadie de que se permitan impresiones de semejantes libros, pues éste no enseña a ser deshonesto, sino a no ser loco; y, permitiéndose tantas Celestinas —que ya andan madre y hija por las plazas—, bien se puede permitir por los campos un don Quijote y un Sancho Panza a quienes jamás se les conoció vicio, antes bien, buenos deseos de desagraviar huérfanas y deshacer tuertos, etc.

Cervantes debió de montar en cólera al enterarse de que esta Segunda Parte que no había salido de su pluma estaba ya en letras de molde y conseguía lectores, pero no se   resignó. Respondió como mejor sabía: apresurando la escritura del texto en el que ya estaba trabajando y metiendo dentro de él esta novela que no era suya como un elemento más, con lo que la trama ganó en complejidad, pero sin descubrir el nombre verdadero del impostor por no darle mayor fama o acaso porque no lo supo. Así, cabría afirmar que ambos escritores se influyeron mientras libraban una batalla literaria, de cuyo vencedor,  tras el paso de los siglos, no quedan dudas.

Desde el punto de vista legal, no es fácil demostrar un plagio. Incluso cuando existe coincidencia de ideas, si se expresan con palabras diferentes, no se consideran copiadas. Menos aún cuando varían el punto de partida o la conclusión. Ni cuando se emplea la obra de otro indicando las fuentes.

A veces, cuando se bebe de un escritor clásico de todos conocido, más que de plagio, se trata de un homenaje:

Los galeotes eran doce hombres a pie, unidos a una gruesa cadena de hierro por los cuellos, además de llevar esposadas las manos. Los acompañaban dos guardas a caballo y dos más a pie, provistos de escopetas de rueda, dardos y espadas. Además, sabiendo la suerte que habían corrido el caballero y otros infelices viajeros asaltados por los bandidos, habían esperado la llegada de una cuadrilla de la Santa Hermandad para que los custodiara mientras cruzaban los cerros en los que se habían hecho fuertes. Sus miembros, vestidos de paño verde y luciendo los distintivos que les correspondían según la categoría que ocupaban en la institución, tenían facultad para perseguir, aprehender y juzgar a los delincuentes, así como para ejecutar sentencias incluso de muerte cuando se trataba de reos que habían cometido su delito en despoblado. Como esta circunstancia era de dominio público, no abundaban los salteadores que se atrevieran a hacerles frente, por lo cual pasaron las temidas gargantas sin más contratiempo que el calor asfixiante, redoblado por la necesaria lentitud con la que se desplazaban debido a los grilletes que atosigaban a los galeotes. Cuando habían recorrido un par de leguas, la cuadrilla se despidió, afirmando que se adelantaba para asegurar el camino por Sierra Morena.
De este modo, prosiguieron su torpe avance sin que sucediera nada digno de mención, hasta que les salió al paso, lanza en ristre, un individuo entrado en años, desgarbado, seco de carnes y de rostro enjuto, vestido con una armadura abollada y tocado con un casco singular, caballero en un rocín tan flaco que apenas parecía aguantar su peso. Llegaba acompañado de un labriego de rostro mofletudo y barba cerrada que cabalgaba en un burro no mucho mejor que la montura de su amo. Marie y la beata se hallaban lejos de la cadena de galeotes y no pudieron escuchar lo que dicho individuo le preguntó a los guardas, pero vieron que a continuación se dirigía hacia uno de los presos, luego pasaba al siguiente, y así sucesivamente hasta llegar al cuarto, hombre de rostro venerable y barba larga que se echó a llorar. Como el quinto condenado tenía la voz bronca, a Marie y la beata les llegaron algunas de sus palabras:
—Este hombre honrado va condenado por cuatro años a galeras ―oyeron que explicaba.
Algo replicó el labriego barrigudo que no lograron entender, y les pareció que el galeote le respondía, entre otras cosas, que el anciano iba a galeras por alcahuete y por hechicero.
Siguió una larga plática del caballero que no alcanzó a sus oídos, ni la respuesta del anciano, quien al terminar lloró de nuevo con desconsuelo. A continuación el caballero se puso a hablar con el siguiente preso, y así prosiguió interesándose por cada uno hasta que llegó al último de la fila, que era un hombre más bien joven y agraciado, aunque bizqueaba un poco. Iba más atado que los demás con una cadena en el pie que se le liaba por el cuerpo y le impedía todo movimiento de las manos. Las dos jóvenes escucharon cómo los guardas revelaban al de la armadura que dicho individuo había cometido más delitos que los demás juntos e iba con tantas prisiones porque temían que se les escapara. Lo habían condenado a diez años en galeras, lo que suponía la muerte civil. El galeote tenía facilidad de palabra y declaró que estaba pasando a papel su vida, por lo cual no le importaba su condena porque allí tendría tiempo de completar su libro.
—Hábil pareces —repuso el caballero de la armadura.
—Y desdichado —respondió el galeote—, porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio.
—Persiguen a los bellacos —intervino uno de los guardas.
El galeote se incomodó con dichas palabras y profirió algunas amenazas, ante lo cual el guarda alzó la vara para darle su merecido, pero el caballero se puso en medio y evitó los golpes, manifestando a continuación:
—De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto y vais a ellas muy de mala gana y muy en contra de vuestra voluntad.
Y prosiguió con razones semejantes, enumerando los delitos de cada uno, para concluir pidiendo a los guardas que los desataran y dejaran marchar en paz.
El guarda de mayor rango respondió:
—¡Donosa majadería! ¡Bueno está el donaire con el que ha salido al cabo del rato! ¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos autoridad para soltarlos, o él la tuviera para mandárnoslo! Váyase vuestra merced, señor, norabuena su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
―¡Vos sois el gato y el rato y el bellaco! —respondió el caballero.
Con estas palabras, arremetió contra él lanza en ristre y lo derribó malherido al suelo. Como los demás guardas no esperaban tal acontecimiento, no reaccionaron a tiempo y, cuando quisieron ponerle remedio, los galeotes habían aprovechado la ocasión para romper las cadenas. La revuelta se logró porque el labriego contribuyó a soltar al último preso, quien quitó la espada y la escopeta al guarda caído y, apuntando con ella sin dispararla jamás, consiguió que los restantes huyeran por el campo, perseguidos por las pedradas que sus compañeros de cadena les lanzaban.
Marie y la beata habían contemplado la asombrosa escena escondidas tras unas peñas, desde donde también fueron testigos de la pelea que se desató a continuación entre el caballero libertador y los galeotes, que primero lo lapidaron junto con su escudero y luego, una vez derribado a tierra bajo el manto de piedras, lo apalearon. Al labriego lo dejaron en cueros y, tras repartirse los despojos de la batalla, cada cual se fue por su lado para escapar de la Santa Hermandad, a la que sin duda los guardas darían aviso de lo ocurrido.

Este texto pertenece al capítulo 9, «La beata, el caballero andante y los galeotes», de mi novela La historia escrita en el cielo. Es fácil apreciar que se trata de una reelaboración del conocidísimo pasaje de los galeotes escrito por Cervantes que tantas veces escuché leer a mi padre durante mi infancia y adolescencia. Él tenía una edición del Quijote como libro de cabecera, y tanto nos hablaba de la novela que cuando la estudié primero en el colegio y después en la carrera —con mucho detenimiento, pues cursé una asignatura dedicada por entero a Cervantes—, me pareció que, dejando aparte los elementos formales y la erudición académica, poco más de la enjundia que no nos hubiera desvelado mi padre podría yo extraer. He seguido siendo lectora asidua del Quijote, del que poseo diferentes ediciones, y por eso, cuando escribía mi novela, ambientada en el siglo XVII, con una protagonista que se ve obligada a salir a los caminos cual «dama andante», me pareció natural hacer que tropezara con el Caballero de la Triste Figura. Y esto es lo que pasa tras la suelta de los galeotes:

Marie y la beata salieron de su escondite con ánimo de socorrer a quienes habían recibido tan cruel castigo de manos de los malhechores que habían liberado. Cuando se acercaban, escucharon que el caballero declaraba a su escudero:
—Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho; paciencia, y escarmentar para desde aquí adelante.
Tan maltrechos y ensimismados se hallaban que no se habían percatado de la presencia de las dos jóvenes. Marie estaba a punto de presentarse, cuando una voz le recomendó que no lo hiciera:
—Dejadlos solos para que se laman sus heridas en paz y armonía ―manifestó el anciano galeote de la larga barba, que se la mesaba sentado en una roca pelada—. No debéis mezclaros en su historia, pues ya la escribe Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, y vos no tenéis parte en ella.
Ahora que lo contemplaba de cerca, Marie pensó que su rostro le resultaba conocido.
—¿No sois vos Catafilo, el  judío errante que conocí en el Monte de las Ánimas? —le preguntó cuando cayó en la cuenta.

Es este anciano Catafilo, personaje apenas trascendente en la novela de Cervantes, quien se convierte en otro crucial para la trama de la mía… Y  así continúa girando la rueda de la noria literaria.

Beber de escritores fallecidos hace siglos, sean grandes o pequeños, cuesta poco, pues, como tantas veces se ha repetido, los muertos son de trato fácil. Sin embargo, planteo esta cuestión: ¿qué sucedería si se me pasara por la imaginación, cual otra Fernández de Avellaneda, escribir una segunda parte con las aventuras de Hércules, protagonista también manchego de Los pelícanos ven el norte de Pablo de Aguilar González?, ¿qué si me negara a dejar morir a Violeta, personaje que da título a La pintora de estrellas de Amelia Noguera, y me propusiera escribir una segunda parte para concederle una vida feliz?, ¿y qué si osara salvar con mi pluma al escritor condenado de Nunca dejes de bailar de Carmen Grau para permitirle conocer a su hijo que ya estará a punto de nacer?     

Termino con un apunte más sobre la palabra «plagio»: si en México alguien te dice llorando que le plagiaron a su hijo o a su esposo, se refiere a que lo secuestraron. Como en tantos otros casos, en América se ha conservado esa acepción antigua de la palabra, procedente del latín, como secuestro para obtener un rescate, mientras que a este lado del océano se ha perdido. Aquí plagio, por suerte, no significa más que copia o imitación fraudulenta de una obra ajena.

¿Quién es culpable y quién inocente?



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.