martes, 31 de marzo de 2020

Hilvanando palabras: de invisible y marginado a monigote y nadie

MonigoteUna película agradable de ver con la que entretuve hace unos días este encierro obligado debido a la crisis del COVID-19 me inspiró para investigar sobre palabras y ahora para poner por escrito lo descubierto. En inglés la película se titula The perks of been a wallflower (2012) y está basada en una novela epistolar del mismo nombre, escrita por  Stephen Chbosky y publicada en 1999, que alcanzó gran fama entre la juventud estadounidense y parece haberse convertido en un clásico. El personaje principal a cuyo alrededor se desarrolla la trama es un adolescente de quince años que está en el primer curso de instituto y soporta una pesada carga que condiciona su comportamiento y lo hace aparecer como alguien introvertido, insignificante, un observador de una vida social estudiantil en la que apenas se integra. 

Según el Webster’s Dictionary, en ingles la palabra wallflower designa en primer lugar «a European plant which when growing wild on walls, cliffs, etc., has sweet-scented, usually yellow or orange flowers». Su nombre científico es Erysimum cheiri. La capacidad de esta planta solitaria de olorosas flores amarillas o anaranjadas para prosperar y florecer trepando entre las grietas de los muros, las piedras, los tejados, las  altas rocas y cualquier rendija o recoveco que den cobijo a sus semillas ha originado la segunda acepción que presenta la palabra wallflower: «someone, specially a young woman, who remains at the side at a party or dance because she is shy, unpopular, or has no partner». El español denomina a esta planta y a su flor alhelí o alelí, ambas voces procedentes del árabe hispánico. También se conoce como flor de los muros, pero en ninguno de los casos posee una acepción metafórica como la recogida en inglés.

¿Cómo traducir entonces el título de la película al español? Ha habido dos soluciones: Las ventajas de ser un marginado es el título elegido en España, mientras que en América Latina se prefirió Las ventajas de ser invisible. Por suerte, ambos títulos evitan el anticuado sesgo de género que aparece en los diccionarios de la lengua inglesa, puede que porque, en este caso, el protagonista es un chico. Sin embargo, ninguno de los dos parece plasmar el sentido completo que transmite la palabra del título en inglés: Charlie, el protagonista, es un wallflower resistente que se esfuerza por sobrevivir, que mira a su alrededor y saca conclusiones, que no baila en las fiestas porque no sabe hacerlo, pero no es invisible ni está marginado, como se va percibiendo a lo largo de la trama a medida que va ganando confianza en sí mismo. Gracias a su capacidad de observación y de escritura, consigue irse haciendo un sitio, tener amigos y actuar cuando los demás se acobardan… ¿Hay alguna palabra en español más cercana al significado metafórico de wallflower? Si se busca este sentido figurado en diccionarios inglés-español, en la  mayoría aparece escrito: «been a wallflower, comer pavo» (!). Al parecer, según la investigación efectuada en internet, eso de «comer pavo»  es un localismo de Colombia equivalente a «vestir santos» (!). Desde luego, nuestra desfasada expresión «vestir santos» en nada se aproxima a lo que significa wallflower en el título de la película. 

alhelíHe pasado días revisando diccionarios, dando vueltas y más vueltas a diversas posibilidades. Una  característica del español, la distinción que se establece entre los verbos ser y estar, abre el abanico de opciones disponibles: en líneas generales, ser indica estado permanente, mientras que estar se refiere a estado transitorio. Así, cabría afirmar que Charlie es apocado, cortado, ermitaño, inadaptado, introvertido, menospreciado, reservado, retraído, solitario, lo cual provoca que esté apartado, arrinconado, discriminado, excluido, relegado.

Buscando expresiones coloquiales, cabría afirmar que Charlie es un cero a la izquierda, esto es, alguien que no goza de influencia ni consideración. Es el último mono, la persona más insignificante del lugar. Cabría describirlo como un monigote, en resumidas cuentas: no solo alguien ignorado, sino también proclive a dejarse manejar por los demás. Y por extensión sería un monicaco, voz resultado del cruce entre monigote y macaco que se aplica a infantes y personas de poco valor. 
   
Monigote y nadie o don nadie significan lo mismo. Recoge el Diccionario de la lengua española académico que ‘monigote’ proviene de la voz despectiva ‘monago’, pero son muchos los estudiosos etimologistas que rechazan esta asociación por falta de pruebas y se inclinan por su parentesco con una raíz prerromana, ‘munno’, que significa protuberancia y está presente en vocablos como moño, moña y su diminutivo muñeca, moñigo y moñiga. La palabra ‘monigote’ ya aparece documentada a finales del siglo xvi en la obra poética de Luis de Góngora: «Escuchad los desvaríos / de un poeta monigote / en cuarenta consonantes / destiladas del cogote» (Romances burlescos).  Constituye asimismo el núcleo de un refrán contemporáneo que también utiliza la misma rima ―monigote-cogote― y con el cual a menudo nos conminaban a la modestia en la infancia: «Cualquier monigote tiene cuatro dedos de cogote». Por su parte, el pronombre indefinido o sustantivo ‘nadie’ proviene etimológicamente del participio plural, nati, del verbo latino nascor, que significa nacer. Desde el Cantar de Mío Cid aparece atestiguada la forma ‘nadi’, con el sentido de ‘ninguno’, que evolucionó hacia ‘nadie’ y ‘naide’, si bien la última acuñación acabó considerada un vulgarismo que desapareció de la lengua culta, pero todavía está presente en la vulgar tanto en el español europeo como en el americano. Como sustantivo, ‘nadie’ significa persona insignificante, de poca importancia o de poco carácter. Un ser que pasa inadvertido. Al añadirle un tratamiento de respeto, se magnifica su significado burlesco: don nadie es aun menos que nadie.

Este hilván de palabras sobre la nadería propia o ajena, inconsciente o buscada, no podía acabar más que cediendo la voz a mi admirada poeta Emily Dickinson, maestra de insignificancias y menudencias que resplandecen y nos iluminan al ser tratadas por su pluma:  
     
I'm Nobody! Who are you?
Are you - Nobody - too?
Then there's a pair of us!
Dont tell! they'd advertise - you know!

How dreary - to be - Somebody!
How public - like a Frog -
To tell one's name - the livelong June -
To an admiring Bog!
¡Yo soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Eres -Nadie- también?
Ya somos dos entonces.
¡No lo digas! ¡Lo anunciarían -ya lo sabes!

¡Qué molesto -ser- Alguien!
Qué público -como una Rana-
Decir el propio nombre -todo el santo junio- A una admiradora charca.

Al igual que en mi traducción al español de esta pequeña obra de arte he optado por usar Nadie como si de un nombre propio se tratara ―esto es, como el nombre que nos individualiza―, mi elección de título para esta película sería Las ventajas de ser nadie. No obstante, debe tenerse presente que en el español actual, cuando ‘nadie’ no aparece al comienzo de la oración, necesita una doble negación: Nadie se acuerda de mí; de mí no se acuerda nadie. ¿Mejora este título que propongo las soluciones anteriores citadas? No es perfecto, desde luego, me doy buena cuenta de ello, pero es todo lo que he sido capaz de conseguir. Y me rindo por hoy.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  




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jueves, 19 de marzo de 2020

Mi padre

Mi padre
Mi padre olía a limpio, a campo. Lo recuerdo con su camisa blanca y su sombrero de paja volver de sus labores agrícolas o ganaderas. Subía las escaleras hasta el baño del segundo piso dejando rastros de barro seco, chocolates los llamaba mi madre, que enseguida mandaba a alguna de nosotras a barrerlos. Mi padre se lavaba minuciosamente las manos y se frotaba las uñas con un cepillo siempre que llegaba a casa, y luego nos besaba y abrazaba, y se sentaba a presidir la mesa. Nunca le servía el primero mi madre, y los dos se ocupaban de que todos nos alimentáramos bien. Siempre fuimos lo más importante para ellos, la misión  crucial de sus vidas.

Mi padre nos leía a veces trozos de una enciclopedia Labor que nos fascinaban. Eran historias sobre Ulises o Nerón o la huida de los judíos por el desierto… pero él las convertía en verdaderos relatos épicos no solo por la entonación que sabía dar a la lectura, sino porque añadía de su inventiva pasajes maravillosos que nos mantenían alerta y expectantes, queriendo saber más y más. También nos construyó de cartulina, con escuadra y cartabón, una aldea de casitas geométricas blancas, con calles estrechas y un arco de entrada, que fue pegando sobre una caja de cartón a la que hizo un agujero en la base. Fueron horas y horas de trabajo, la mesa del comedor ocupada, mamá cosiendo cerca y sus hijas zascandileando alrededor, a ratos curiosas, a ratos aburridas. Venid, llamó mi padre una vez terminado el trabajo, y nuestros arrobados ojos vieron brillar con luz propia las minúsculas ventanitas y puertas de la aldea gracias a la bombilla que había dentro de la caja. Otra vez, papá, otra vez, no nos cansábamos de repetir. La aldea, situada al otro extremo del portal sobre una montaña creada con musgo y corcho, se convirtió en la admiración de nuestro belén jamás igualada por ninguna otra cosa. Una de las maravillas de nuestra infancia.

Otra de esas maravillas fueron los felipitos. En el recibidor de casa había un arcón grande de madera donde se guardaban las mantas y sobre el cual dejábamos las carteras cuando volvíamos del colegio.  Debajo vivían los felipitos, unos seres pequeños que corrían a esconderse cuando nos percatábamos de su presencia. ¡Míralos, míralos!, gritaba mi padre, que siempre era el primero en detectarlos y nos explicaba que si había visto cuatro llevando una escalera, que si eran dos, vestidos de fiesta… Los felipitos nos acompañaban siempre y eran motivo de conversación y envidia de nuestros primos, que vivían en Madrid y en sus casas no había.

Los domingos, mi padre se sentaba en una silla baja en la cocina y limpiaba con betún y cepillo todos los zapatos que le íbamos pasando. También nos cortaba el pelo con unas tijeras especiales que tenía guardadas. Incluso se lo cortaba a mi madre. Decían que tenía gracia para hacerlo. Y se ocupaba de administrarnos choques de vitaminas cada cierto tiempo: cada cual tenía su caja de ampollas con su nombre que tomábamos a la vista de nuestro padre cuando nos correspondía. A veces también nos ponía lavativas que nos gustaban muy poco pero que nos sanaban cuando estábamos enfermas.

Mi padre y mi madre hablaban de cuentas de vez en cuando. Éramos muchos en casa y probablemente costaba ajustarlas. No te preocupes, le decía mi padre, si vienen mal dadas, pondremos un circo. Cada cual aprenderá a hacer una gracia. Yo puedo cantar «La donna è mobile». Crecimos, por eso, creyendo que era un gran tenor, hasta que con los años descubrimos que tenía una oreja enfrente de la otra, pero también que él habría sido capaz de hacer lo que fuera para sacar adelante a su familia.

Nunca hubo cobijo más seguro que la casa en el campo de mi padre y mi madre. En tiempos de zozobra, ya madre yo misma, soñaba que volvía con ellos, que nada terrible me podría pasar estando a su lado. Se me llenan los ojos de lágrimas al escribirlo. Se me llenan de lagrimas al recordar cómo mi padre llevaba a los hombros a mi hija Cecilia cuando ella, que había empezado a andar, tenía miedo de su sombra y se negaba a poner los pies en el suelo cuando la veía y saltaba asustada, gritando y llorando.

Gracias, padre querido. Gracias por traerme al mundo; gracias por alimentarme, cuidarme y dejarme volar. Gracias por enseñarme el valor de las cosas. Gracias por permitirme pensar por mí misma. Gracias por cuidar de mi hija como si fuera tuya. Gracias.   


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  




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martes, 17 de marzo de 2020

Lenguas azules

Lenguas azules



Las eles larguiruchas de mi primer deseo,
desgarbadas y enjutas como yo,
las eses de mi párvula lujuria,
los adverbios de tiempo,
el verbo conjugado con temblor
y los dos nombres propios,
corazones de tiza a escala de la fiebre
que allí los dibujó.

Manuel Moreno Díaz, «Grafiti reencontrado», 2015



Nunca en la historia se había escrito tanto como ahora. Escriben los escolares desde su primera infancia y escribimos todos, adolescentes y ya maduros, como parte de nuestra rutina cotidiana. Leemos y escribimos. La escritura rápida es una forma de comunicación cada vez más en boga gracias a internet y las nuevas redes sociales, que siguen su expansión imparable e incluso impredecible. Saber leer y escribir se ha convertido en un bien de primera necesidad porque es preciso hasta para las actividades más básicas de la vida corriente, como compartir la receta del bizcocho de chocolate o poner en marcha la nueva lavadora, comprobar las contraindicaciones de un medicamento contra la gripe o aceptar las cláusulas de un contrato hipotecario que nos atará por muchos años.

Tal es la importancia de saber leer y escribir que en las últimas décadas del siglo pasado se acuñó el término ‘literacidad’ (o ‘literacia’) para definir esa habilidad o capacidad insoslayable, entendida como el conjunto de competencias que permiten a una persona recibir información por medio de la lectura, analizarla y transformarla en conocimiento que después se consignará por escrito. Así pues, en la literacidad prevalece ante todo el reconocimiento del lenguaje y su comprensión, pero además son cruciales las funciones que asumen lector y escritor como interlocutores dinámicos en un contexto determinado.

La palabra ‘literacidad’ es un anglicismo proveniente de literacy que define, en primer lugar, la «cualidad o estado de ser literate, en especial, la habilidad de leer y escribir»; y, en segundo lugar, «la posesión de educación» (Websters’s Encyclopedic Unabridged Dictionary of the English Language, 1996: 836. La traducción del inglés es mía). Quienes acuñaron este término en español defienden que su significado va mucho más allá del recogido por nuestra simple voz ‘alfabetización’: «acción y efecto de alfabetizar» (RAE, Diccionario de la lengua española, 2014: 102). Según se establece en el mismo diccionario académico, alfabetizar es «enseñar a leer y escribir», esto es, una actividad limitada a la decodificación y cuya única pretensión es preparar a los analfabetos para que conozcan y —tal vez— dominen un código lingüístico determinado. Sin embargo, pueden coexistir tasas altas de alfabetización con tasas ínfimas de lectura y escritura; es decir, pueden abundar las personas alfabetizadas que no comprenden lo que leen y a quienes les resulta difícil darse a entender mediante la escritura; personas a las que les cuesta interpretar significados implícitos o complementarios y que carecen de elementos de juicio para diferenciar, por ejemplo, entre un argumento y una manipulación cuando están escritos. Tampoco los adjetivos  literate inglés y ‘letrado’ español son equivalentes en significado por más que compartan idéntica procedencia del vocablo latino litterātus: los dos califican a una persona docta e instruida, pero se diferencian en que el adjetivo español puede también aplicarse en sentido irónico a quien presume de ser culto y habla mucho y sin fundamento, mientras que el adjetivo inglés se centra en resaltar sus conocimientos de lectura, escritura, literatura, análisis, juicio y demás semejantes.

Dejando a un lado estas diferencias de sentido que acaso no basten para justificar el fácil recurso a otro neologismo anglicista más en nuestra lengua española, detengámonos a observar a la persona lectora y escritora competente que contempla la literacidad: se dice de ella que debe ser capaz de manejar, junto con el conocimiento lingüístico, los valores, sentimientos y juicios pertinentes para producir sus propias creaciones de significado y desarrollar el saber. Pero surge una pregunta: ¿dónde aprende esa persona lectora y escritora competente, y quién le enseña?

Para la mayoría, la escuela era en el pasado el primer contacto con el alfabeto, la letra escrita y la lectura. En la actualidad, los niños conviven con una avalancha de «hechos de escritura», muchos de ellos relacionados con teléfonos móviles, tabletas y demás aparatos informatizados, y son capaces de comprender y utilizar buena parte de sus códigos a pesar de no estar todavía alfabetizados. Aun así, la enseñanza reglada de la escritura y la lectura sigue confiada a la escuela y a los profesores de lengua. En el pasado, aprender a escribir significaba ante todo conseguir una excelente caligrafía y, para lograrlo, practicábamos largas horas ensayando una y otra vez las letras con las que se componían oraciones cándidas del tipo «Mi mamá me mima» o «La vaquería se quema». Después venían los dictados, en los que había que reproducir lo que la maestra leía o inventaba para el caso, cuidando de no cometer faltas de ortografía. A leer se aprendía practicando primero en voz alta y después, cuando ya se dominaba la técnica, sin pronunciar palabra: llegar a la lectura mental era un grado y un orgullo.

Enseguida comenzaba también el estudio de la gramática: morfología y sintaxis, además de la memorización de las reglas de ortografía (a veces incomprensibles y recitadas sin ton ni son como la lista de los reyes godos). Se enseñaba lengua desde el primer grado de primaria, y literatura a continuación, hasta el fin de los años escolares. Era un estudio mecánico, una cantilena infantilizada que se repetía una y otra vez sin que se entendiera su objetivo ni se advirtieran avances. Se estudiaba porque sí y del mismo modo se olvidaba: no servía para nada práctico puesto que nunca se enseñaba a escribir, aparte de la caligrafía y la ortografía. Se hacían redacciones, sí, pero cada cual escribía como mejor podía porque jamás había nadie capaz de instruir en los mínimos rudimentos de la composición. Y, sin embargo, había que tomar apuntes, redactar trabajos, hacer exámenes escritos…

La llegada a la universidad suponía un aumento de la carga de escritura, pero ningún conocimiento específico sobre cómo afrontarla ni siquiera para aquellos alumnos que habían elegido estudios de letras. La disposición personal de quienes mostraban interés por esas materias y la lectura continuada contribuían a mejorar una expresión escrita para la que entonces no había enseñanza sistematizada. Y además pendía sobre todo el alumnado una espada de Damocles a la que ningún profesor que se preciara se olvidada de aludir desde el primer día de clase: cualquier falta de ortografía cometida en los trabajos o exámenes —que siempre eran escritos— garantizaría la reprobación, un suspenso sin remisión. Por suerte —o desgracia, según se mire—, esos mismos profesores tan estrictos eran incapaces de detectar la mayoría de los errores de bulto en los que ellos también caían.

¿Qué ha cambiado en la actualidad? Parece que no demasiado. La enseñanza de la lengua se repite machacona año tras año desde que se inicia la educación primaria y abarca nuevas ramas —como la pragmática—, pero sigue siendo una materia meramente descriptiva que aburre a la mayoría del alumnado. Recuerdo bien las quejas de mis propios hijos ante un aluvión de conceptos que, según ellos, inventaban los filólogos para tener trabajo asegurado y perpetuarse en el tiempo. También tengo presentes los comentarios de excelentes profesoras de lengua, capaces de conseguir que los adolescentes comprendan un temario complejo pero carentes de instrumentos para satisfacer el interés que han despertado en ellos: «¿Cuándo vamos a escribir nosotros?». Esta suele ser la queja más insistente al analizar los distintos tipos de textos y sus propiedades, por ejemplo. Pero sigue sin haber un lugar específico en el currículum para la enseñanza práctica de la escritura, tal vez porque exigiría esfuerzo y preparación a todo el profesorado, no solo al de lengua y literatura.

¿Cuál es la consecuencia? Como la ciencia infusa no existe, ocurre lo que era de esperar: cada vez son más los que cantinflean desde su lugar de trabajo, de reunión o de recogimiento. Hablamos de forma desatinada e incongruente para no decir nada y lo ponemos por escrito de cualquier modo, sin pararnos a reflexionar, colocando comas y puntos según caigan o nos suene bonito. Y otorgamos a la ortografía un valor ínfimo: ¿qué importa cómo se escriba si el mensaje llega de todos modos? Lo malo es que no llega, no nos engañemos. Así componía Cantinflas dictados o cartas en sus divertidas películas, repletas de malentendidos que daban lugar a situaciones disparatadas, empleando un lápiz antiguo de aquellos llamados de tinta que manchaban de azul la lengua porque había que mojarlos de saliva para que escribieran.

Lenguas azules… ese es el primer recuerdo que me viene a la mente al pensar en la escritura. «¡Mamá, ya sé escribir!», dije al llegar a casa, enseñando la lengua azulada y sacando del cabás el lápiz de tinta que acababa de estrenar esa mañana en el colegio. Pero no sabía: solo me habían adiestrado en la buena caligrafía. Nunca nadie me enseñó a inventar y escribir mis cuentos ni a componer cualquier otro tipo de texto, ni siquiera cuando llegué a la escritura con bolígrafo o pluma estilográfica. Reviví ese mismo recuerdo de mi inútil lengua azulada cuando, recién terminados mis estudios de licenciatura en la Universidad Complutense de Madrid, llegué a la ciudad de México con la esperanza de conocer al escritor Juan Rulfo y tuve la fortuna de comenzar a trabajar en Siglo xxi Editores, dirigida por Arnaldo Orfila y Martí Soler. Entonces más que nunca me di cuenta de lo poco que yo sabía de escritura y lo difícil que me iba a resultar corregir a otros… Para mi alivio, la primera labor que me encomendaron fue la de correctora de galeradas con atendedor y, por tanto, mi misión principal consistía en descubrir saltos de texto y subsanar erratas, asistida por Juan Jacobo Simón, mi atendedor, ahora profesor universitario de matemáticas.

En aquellos primeros años de actividad profesional tomé conciencia de que la lengua era la herramienta clave y, por tanto, había que ahondar en su conocimiento ―teórico y práctico― para sacar el mayor partido. Mi preparación fue autodidacta pero muchos me ayudaron. De Martí Soler aprendí ortotipografía y edición; de Elsa Cecilia Frost y Juan Almela, a escribir para ser traductora si no fiel, al menos traidora con causa; de Presentación Pinero de Simón y Carmen Valcarce, a corregir pruebas de imprenta, a cotejar y a compaginar; y de Javier Abásolo, a hacer larguísimos índices analíticos, a corregir bibliografías y a comprender la importancia de emplear con precisión el vocabulario, sobre todo cuando era técnico. Con la ayuda inicial de Juan Almela en México y de Javier Pradera y Manuel Bonsoms a mi regreso a España, poco a poco fui reuniendo una biblioteca especializada para resolver cuantas dudas se me presentaban, recurriendo a menudo a los libros de estilo de las diversas editoriales con las que fui colaborando y que por entonces solo eran de uso interno.

Antes de que en las décadas finales del siglo pasado se descubriera el filón que suponían esos manuales de autor y corrector o libros de estilo y comenzaran a publicarse con buen éxito uno tras otro, quienes se adentraban en el trabajo de edición y deseaban profundizar en sus diversos aspectos porque lo habían elegido como profesión debían recurrir a lo escrito por eruditos como Fernando Huarte Morton y, en especial, José Martínez de Sousa, cuya obra fue pionera en la recogida, sistematización y divulgación del conocimiento teórico y práctico imprescindible para la composición de textos impresos. En cuestiones de léxico y escritura, los diccionarios de María Moliner y Manuel Seco resultaban ―y resultan― fundamentales para resolver abundantes dudas y ampliar vocabulario. Pero no había manuales de composición dignos de mención, tal vez porque los escritores aprendían leyendo y compartiendo textos en tertulias literarias con otros escritores y, sobre todo, porque los que conseguían ser publicados por sellos de importancia contaban con la impagable labor, oculta casi siempre, de correctores editoriales que, como los zahoríes, conseguían hacer brotar agua en yermos y eran capaces de pulir rocas hasta convertirlas en diamantes.

Extracto de la «Introducción» a La lengua destrabada. Manual de escritura (Madrid: Marcial Pons, 2017).

La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  






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domingo, 22 de diciembre de 2019

Me dicen que es Navidad

Me dicen que es Navidad
Mi sobrina, Pilar Martínez Vaello, ha ganado un premio con este relato navideño, inspirado en su abuela Dominica, mi madre, que murió aquejada del mal de Alzheimer en el año 2000, al igual que antes lo había hecho su padre y después lo harían sus dos hermanas. No necesita más presentación. Cada vez que algún miembro de nuestra familia lo lee se le saltan las lágrimas... 

Este año, gracias a mi sobrina Pilar, que ya es una estupenda escritora, he encontrado la mejor de las maneras de desearos salud, paz y alegría en estas fechas tan llenas de recuerdos.


¡Es Navidad! Oigo a mi hija gritar entusiasmada, mientras corre escaleras abajo. Veo como abre sus regalos y puedo notar en sus preciosos ojos verdes la ilusión de saber que este año ha sido buena. La veo marchar con su muñeca de porcelana, como si fuera el mayor tesoro del universo.

¡Es Navidad! Abrimos los regalos, misma ilusión. Un Discman, y su adolescente mirada pícara me da las gracias. Le guiño un ojo con complicidad.  La misma inocencia de antes, pero más madura. La misma niña, creciendo.

¡Es Navidad! Ya no corre escaleras abajo, ya no grita entusiasmada. Tiene mucho que estudiar, dice. La carrera no se saca sola. Yo la miro y le doy ánimos. Un diario precioso, para escribir las experiencias que estás a punto de vivir. Una mujer, dueña de su destino. Comienza tu viaje, cariño.

¡Es Navidad! Mi yerno sonríe avergonzado ante el nuevo par de calcetines. Mira a mi niña, con ojos llenos de amor y gratitud. Forma parte de algo más grande ahora. Un equipo, imbatible. Una aventura, un camino por recorrer.

¡Es Navidad! Esta vez no habrá regalos. Dicen estar muy ocupados, no importa. Los veremos en el nuevo año, y me contarán sus novedades. Aun así, contemplo el árbol, impasible testigo de tantas alegrías a lo largo de tantos años…

Es Navidad. O eso creo. Últimamente estoy confusa. El paso de los años me pierde. ¿Los regalos dónde se ponían? La mirada de mi hija es triste, pero no sé por qué. Solo se me olvidan un par de cosas, estaré bien. Me siento cansada, es un bache. Atiendo a mi nieta y le guiño un ojo, todo estará bien.

Me dicen que es Navidad. Que sonría. Abre los regalos, mamá. ¿Mamá? Por un momento esa palabra me suena lejana, me trae ecos de recuerdos pasados. Mi mamá. ¿Dónde está? Me está esperando. Hay niños alrededor, deben de ser de mi edad, ellos sabrán dónde estará. «La abuela tiene alzhéimer. Está malita, por eso os pregunta esas cosas. Tenéis que tener paciencia y darle muchos besos». ¿Alzhéimer? Yo estoy muy sana, apenas tengo doce años. No sé de qué hablan.

Me dicen que es Navidad. No me lo creo. Esas personas no son mi familia. ¿Dónde está mi mamá? ¿Por qué no me dejan ir con mi mamá? Me está esperando. Tengo miedo. Dejadme, quiero ir con mi mamá. Grito, pero no me oye. Tengo mucho miedo.

Me dicen que es Navidad. Sonrío. No sé qué es eso, pero debe de ser divertido, oigo risas. Una mujer de brillantes ojos verdes se me acerca, es muy guapa, pienso. Con ella, dos pequeñas. ¿Quiénes son estas niñas tan guapas que vienen a verme? «Son tus nietas, mamá». Mis nietas. La más pequeña, recurriendo a toda su valentía, me da la mano. Calma, paz. No sé dónde estoy, pero estoy bien. La miro a los ojos y me veo reflejada. «Hola, abuela». «Hola, cariño». Un instante de reconocimiento, y su sonrisa se enciende. La abrazo con las fuerzas que me quedan, no sé cuánto voy a durar esta vez. «Os quiero muchísimo, perdonadme». Mi voz rota se me entrecorta. Apenas la suelto y la niebla comienza de nuevo. Mis recuerdos se difuminan. ¿Dónde estaba? La pequeña me mira, con sus relucientes ojos verdes. Ah, sí, estoy en casa.

Es Navidad. Se sientan todos alrededor de la mesa, pero hay una silla vacía. Parecen tristes, apenas se oyen risas. Ojalá pudiera hacerlos sonreír. Entran los niños, y mi pequeña renacuaja llena la sala de gritos infantiles. Villancicos desafinados, copas entrechocando, brindis por la vida, por los que se han ido.

Ojalá pudiera hacerlos sentir que seguimos aquí, que no nos hemos marchado. Que el olvido aquí ya no tiene poder.

La pequeñaja se acerca a su madre, con sus brillantes ojos verdes, y le guiña un ojo. Veo la sonrisa de mi niña, la lágrima que cae y su abrazo lleno de alegría y felicidad.

Eso es, pequeña. Estoy aquí. A través de todos vosotros. Estoy en cada llanto, en cada momento de inseguridad, en cada caída. Estoy aunque no me podáis ver. Estoy, y sé que me podéis sentir. Mi recuerdo sigue con vosotros.

Es Navidad. Y esta vez, desde la inmensidad, me lo creo.

©Pilar Martínez Vaello, 2019









¡Felices fiestas!


La lengua destrabada

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jueves, 12 de diciembre de 2019

Tasmania: impresiones de viaje

Tasmania
Puerto de Hobart 
Al aterrizar en el aeropuerto de Hobart, capital del estado de Tasmania que forma parte de la Mancomunidad de Australia, nos pareció estar regresando a Valdivia, capital de la provincia de Valdivia y de la región de Los Ríos, en el sur de Chile.  Desde el avión avistamos los mismos cielos plomizos, el mismo paisaje salpicado de manchas verdes y pardas bordeando incontables masas de agua. Ambos territorios, el australiano y el chileno, se encuentran en paralelos cercanos que los aproximan a la Antártida (42,53º sur Hobart y 39,48º sur Valdivia). Ambos comparten un clima lluvioso, ventoso y frío, aunque con las cuatro estaciones diferenciadas, y poseen un ingente patrimonio natural de flora y fauna que impulsa a establecer comparaciones. Pero en realidad son muy diferentes. Lo percibimos de inmediato en cuanto iniciamos nuestra visita en tierra firme. Qué alivio respirar por fin aire puro y no el humo de los incendios de Sídney.

Tasmania es una isla grande, con más de 68.000 kilómetros de extensión, que comprende además un amplio grupo de islas menores alrededor de su costa, y está separada del territorio continental de Australia por el estrecho de Bass. Pertenece a la Mancomunidad de Australia desde 1901. Su nombre actual se debe al comerciante y explorador holandés Abel Tasman, quien en 1642 informó sobre la existencia de la isla, a la que bautizó con el nombre de su patrocinador, Anthony van Diemen, gobernador general de las Indias Orientales Holandesas. Sin embargo, no hubo una presencia europea continuada hasta que la corona británica la reclamó como colonia en 1801 e impuso el nombre de Tierra de Van Diemen. Desde el principio fue una colonia penitenciaria a la que desde el Reino Unido llegaban, hacinados en barcos, presos convictos para cumplir sus penas en cárceles espeluznantes. No habían sido condenados por delitos de sangre, pues esos suponían la pena capital, sino por robos, falsificaciones y todo intento de apropiación de la riqueza ajena, y las penas impuestas superaban los siete años de confinamiento. Pero el trabajo forzado y el buen comportamiento eran medios de redención y hubo quienes lograron conseguir la libertad y medrar en la sociedad colonial que se estaba creando. Pocos volvieron a su lugar de origen, sin embargo, porque carecían de los medios para hacerlo.
  
Paisaje de la campiña tasmana
La isla estaba habitada cuando llegaron los británicos a establecer su colonia y empezaron a dividir la tierra mediante cercados. Los aborígenes, pacíficos en un primer momento, presentaron resistencia al ver alterado su modo de vida, basado en la caza y la recolección. Su ferocidad se convirtió en el pretexto perfecto para exterminarlos sin misericordia. Los hombres eran usados como mano de obra esclava, sometidos a tortura y mutilaciones; las mujeres jóvenes servían de esclavas sexuales, y los frutos de su vientre, de haberlos, eran eliminados. Se los perseguía y daba caza porque a cambio de sus pieles se obtenía una recompensa de las autoridades coloniales. A finales del siglo xix ya no quedaba ningún habitante nativo en la isla. No hubo mestizaje, solo exterminio. La lacra del genocidio, conocido como la Guerra Negra, provocó que en 1854, cuando se aprobó la constitución, se adoptara el nombre de Tasmania para el territorio, que después se convertiría en estado, a fin de dejar atrás el pasado colonialista imperial. No obstante, llama la atención que en la actualidad la población de esta isla siga siendo predominantemente anglo-celta, hecho que provoca la conformación de una sociedad distintiva frente a la multirracial predominante en la mayor parte de Australia.

El relieve de Tasmania está formado por montañas de cumbres redondeadas, donde crece vegetación alpina, y extensos valles y altiplanos por los que corren ríos de rápido caudal y resplandecen, reflejando la naturaleza virgen que los rodea, lagos, charcas y toda clase de masas de agua. A pesar de los incendios, la agricultura y la ganadería ovina y bovina, buena parte de la isla sigue poseyendo densos bosques, algunos de selva tropical lluviosa, como los de Valdivia, pero los predominantes son los bosques de eucaliptos y helechos. De su fauna autóctona, el animal más conocido es el demonio de Tasmania, popularizado por una serie de dibujos animados y ahora en peligro de extinción. Pero para esta viajera los seres más atractivos son los canguros, imponentes marsupiales que brincan sobre sus dos patas traseras en los bordes de las carreteras al paso de los vehículos y se dejan ver, e incluso a veces admiten el acercamiento humano, a primeras horas de la mañana y al atardecer, en espacios abiertos como claros del bosque o praderas, cuando salen a comer la hierba y raíces de las que se alimentan. En realidad, para una lega en el asunto es difícil distinguir si se trata de canguros, nombre que engloba a los animales de las especies más grandes, o ualabís, nombre con el que se designan las especies más pequeñas. Los wombats son otros curiosos marsupiales, pequeños, de patas cortas y redondos como osos de peluche, con los que tuvimos la suerte de toparnos en el parque nacional de Cradle Mountain, inmóviles en las praderas de tundra alpina que rodean el Weindorfer’s Chalet, cuando nos refugiamos en él de la intensa aguanieve que caía.

Acantilado de la Tasman Peninsula
Dicen que los británicos encontraron esta tierra insular parecida a la suya, aunque con un clima menos lluvioso y más templado. Parece que les gustó y dejaron en ella su huella en construcciones y jardines. La capital Hobart, al pie del monte Wellington, es una ciudad limpia y agradable, la más antigua de Australia después de Sídney. Cuenta con abundante comercio y un bonito puerto en el estuario del río Derwent donde se inician cruceros y se puede comer rico pescado y marisco en alguno de sus numerosos restaurantes. El conjunto de antiguos edificios de almacenes frente a las dársenas del puerto recibe el nombre de Salamanca Place y es uno de los lugares más visitados de la ciudad porque alberga galerías de arte, tiendas de artesanías y multitud de establecimientos de comida y bebida. Además, los sábados se monta allí uno de los mercados callejeros más grande e importante de Australia. El nombre nos llamó la atención porque se pronuncia igual que nuestra Salamanca española, pero nadie supo explicarnos su origen. La gente de la calle ha olvidado lo que los libros recogen: en principio, la zona se llamaba Cottage Green, pero se cambió a Salamanca en 1812 para honrar al primer duque de Wellington tras su importante victoria en la batalla de los Arapiles, al sur de Salamanca, al mando del ejército aliado formado por ingleses, portugueses y españoles, contra las tropas francesas del mariscal Marmont durante nuestra guerra de la Independencia. Benito Pérez Galdós narra los hechos en la décima novela de la primera serie de los Episodios nacionales.
 
Penitenciaría de Port Arthur desde el barco
Desde Hobart es imprescindible hacer una excursión hasta Port Arthur para entender el significado de la migración y colonización forzadas en el país. El lugar, ahora de una belleza espectacular, fue más que una terrible prisión. Era una comunidad completa en la que convivían, si bien separados y con condiciones radicalmente diferentes, presos convictos, guardianes, autoridades civiles y militares, más sus familias. Contiene más de 30 edificios históricos, muchas ruinas, abundantes praderas, huertos y jardines, y hasta un astillero y un muelle en el que se toma un crucero que recorre la bahía frente a Point Puer Boys Prison y la Dead Island. Forma parte del Australian Convict Sites World Heritage, lugares históricos de prisión en los que se pretendió construir una nueva sociedad basada en el trabajo forzado de los reclusos durante el siglo xix.  De camino a Port Arthur, en la Tasman Peninsula, hay muchos miradores para contemplar los acantilados marinos y se pueden hacer bonitas caminatas con el mar a un lado y el bosque al otro.

Wineglass Bay
Montañas de granito rosado constituyen el telón de fondo del recorrido ascendente hasta alcanzar a pie el principal mirador de Wineglass Bay para obtener una preciosa perspectiva, antes de iniciar el descenso por los numerosos escalones de tierra y piedra que conducen a su famosa playa de arena blanca y fina, con aguas prístinas y no frías en exceso. Es un buen lugar para refrescarse y comer después de la caminata… pero se puso a llover y tuvimos que adelantar la retirada. Nos quedamos con ganas de recorrer algún otro de los variados senderos que ofrece el parque nacional de Freycinet, donde se encuentra Wineglass Bay, su enclave más conocido.

La ciudad de Launceston era la última etapa de nuestro recorrido, pero solo como base para realizar desde allí las últimas excursiones, pues en la agencia de viajes, al organizar la estancia, nos habían advertido de que carecía de interés. Qué gran error. Con gusto habríamos dedicado más tiempo a conocer su puerto fluvial, sus calles alineadas y limpias, repletas de edificios históricos bien conservados, y su espléndido paseo elevado que recorre la garganta del río Esk, a tramos desde pasarelas altísimas de madera que provocan cierto vértigo, hasta llegar a sus piscinas naturales y las aperturas en los riscos donde deambulan canguros y pavos reales.

General Post Office, Launceston  
Amanece muy temprano, antes de las 5:30, y madrugamos para tomar a las siete la excursión al parque nacional de Cradle Mountain, uno de los puntos fuertes de nuestro itinerario. Su fama proviene de su enorme extensión y la variedad de sendas para marchas que ofrece, según las fuerzas y preparación física de cada cual, para disfrutar de su paisaje alpino con picos escarpados, páramos azotados por los vientos, lagos glaciares y de montaña, gargantas recubiertas de bosques y una abundante fauna silvestre. Pero su clima es impredecible y nos tocó un día endiablado: helado, tempestuoso, con aguaceros constantes e incluso rachas de aguanieve. En el folleto informativo que entregan al comprar la entrada indican, entre las medidas de seguridad, que se esté preparado para volver atrás o cambiar los planes si el tiempo se deteriora y dificulta caminar. Y eso fue lo que nos vimos obligados a hacer. Tuvimos que cancelar la caminata alrededor del Dove Lake y el ascenso hasta el mirador del Crater Lake. Apenas tomamos unas fotos bajo la lluvia y nos refugiamos a comer en el Weindorfer’s Chalet. Más tarde fuimos al albergue a reponernos con una bebida caliente mientras esperábamos por si escampaba. No sucedió y hubo que emprender el camino de vuelta a Launceston, haciendo varias paradas en tiendas locales de distintos pueblos, todos limpios, cuidados, repletos de plantas en flor, para comprar chocolates y quesos de fabricación propia. Igual que cuando viajábamos por Valdivia en la región chilena de Los Lagos, recordamos.

Tasmania es un lugar privilegiado para contemplar la aurora austral. Hay sitios en internet que informan de las probabilidades de que ocurra el fenómeno, e hicimos comprobaciones varias veces a lo largo del viaje. Pero no tuvimos suerte. Tampoco disfrutamos de su cielo estrellado porque la multitud de nubes que lo cubrían nos lo impidieron. Todos los días alguien nos comentaba que ese tiempo tan malo era excepcional, pero la estampa de tantos lugareños de toda edad y condición en manga corta, sandalias y pantalón corto, mientras los foráneos de latitudes más cálidas nos echábamos encima toda la ropa de abrigo de que disponíamos, desdecía tal afirmación. Así es su pálido verano, así lo disfrutan las niñas y niños de mofletes colorados tan habituales en los climas nórdicos.

Christmas Parade, Launceston
Nuestro avión no salía hasta primeras horas de la tarde y el aeropuerto está cerca de la ciudad. Eso nos proporcionó toda una última mañana libre para repasar los lugares que más nos habían gustado de Launceston y volver a tiempo desde la garganta del río Esk para mezclarnos con los lugareños y contemplar la cabalgata de Navidad, Christmas Parade, con sus bandas de músicos en falda escocesa tocando a la gaita villancicos tan conocidos como Adeste fideles o Noche de paz, niños con casco haciendo caballitos sobre sus bicicletas, gimnastas y bailarinas ejecutando volteretas, saltos mortales y veniales… en fin, las fuerzas vivas de la sociedad anglo-celta desfilando para sus convecinos con sus motos y camionetas de correos, los coches de bombero, las ambulancias, los camiones de la basura, las furgonetas de la policía, todos con sus sirenas anunciando la alegre llegada de Santa en su carroza trineo a la ciudad… Fue una larga y hermosa despedida de Tasmania.

Dove Lake, Cradle Mountain
Mientras escribo este texto en Parramatta, levantando de cuando en cuando los ojos al horizonte brumoso por el humo de los incendios, recuerdo el impoluto aire tasmano, sus acantilados rocosos semejantes a los de Asturias o Cantabria, sus playas de arenas blanquísimas y agua esmeralda. Todo es bonito, agradable de ver, pero carece de la grandiosidad deslumbrante de ciertos paisajes de las dos Américas. Con la abundante flora sucede lo mismo, pero no con la fauna, que es muy variada y sorprendentemente distinta de la conocida hasta el momento por esta viajera en cualquier lugar del mundo. Solo por eso ya merece la pena viajar tan lejos.

La lengua destrabada

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