domingo, 5 de abril de 2015

Así comienza...

La historia escrita en el cielo
Marie de Gourney
Esta joven tocada con un manto dorado es Marie de Gourney. Acaba de llegar a Madrid y se ha vestido sus mejores galas para visitar a un banquero del que pretende obtener fondos para proseguir viaje en busca de su padre, Maxim de Gourney, quien tiempo atrás se unió a los Tercios Viejos españoles con la idea de llegar hasta Sevilla y pasar al Nuevo Mundo. Marie lleva meses de camino y aventuras desde que abandonó su tierra natal, el Franco Condado, y huyó del convento en el que se había refugiado tras la muerte de su madre. Ante la insistencia de la madre abadesa para que decidiera entre ser monja o casarse con un primo al que aborrece porque intentó violarla, no encontró más salida que escapar a uña de caballo en mitad de la noche, incitada por el recuerdo de las últimas palabras que escuchó a su madre en el lecho de muerte: «Pobre hija mía, acabas de abandonar la niñez y ya está  escrita tu historia en el cielo. La irás descubriendo un día tras otro sin siquiera haberla planeado, pues te empujarán a ella. Sentirás curiosidad, pero sobre todo miedo, al avanzar sin remedio hacia cada etapa de las que han previsto sin tu consentimiento... Tenemos que evitarlo, Marie, no dejes que decidan por ti; no repitas mi suerte. No, tú no serás la loca, ni la hija de la loca, ni la muerta en vida, no repetirás mi triste destino».

La mayoría de las novelas parten de un punto de crisis que da pie para iniciar la trama y presentar a los personajes principales. Dicha crisis se corresponde con varias de las acepciones que se recogen en el DRAE: «(Del lat. crisis, y este del gr. κρίσις). […] 2. f. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales. 3. f. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese. 4. f. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes. 5. f. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente. […] 7. f. Situación dificultosa o complicada».

La crisis fundacional de esta novela de la que ahora escribo no es la muerte prematura de la madre de Marie, sino la llegada de los Tercios Viejos españoles a las tierras familiares, acontecimiento que interrumpe la monotonía cotidiana y llena de anhelos de viajes la cabeza del padre, amo y señor.  Su decisión de marchar a Sevilla es la que origina una mutación trascendental en el desarrollo de otros procesos, crea una situación dificultosa y complicada, y lanza a Marie a los caminos, convertida en dama andante, tal vez sin haber examinado con detenimiento los peligros del trance en que se pone.  


La Beata de los Huevos
A principios del siglo XVII, Madrid, la ciudad a la que llega Marie después de un largo viaje por tierras francesas y españolas, ya es la capital del Imperio español donde se dice que nunca se pone el sol, pero no pasa de poblachón destartalado y bullicioso, repleto de cortesanos, buscavidas y mendigos. Poco imagina la joven Marie que se verá obligada a abandonar también a toda prisa esta ciudad de hermosos cielos cuando en la pradera de San Isidro se cruce con la Beata de los Huevos, que aguarda en una jaula el auto de fe en el que se cumplirá su condena de morir abrasada en la hoguera: «En el convento de las Dueñas Marcelinas, donde ingresé a la edad de cuatro años porque mi tía era la priora, puse muchas docenas de huevos blanquísimos siendo todavía novicia, hecho que se consideró gran maravilla. La mañana que descubrí el portento salí haciendo aspavientos de mi celda como si me hubiera topado con un alma en pena. Dentro de mi catre, colocado entre mis piernas, había encontrado el primero que puse».

Así comienza el primer capítulo de La historia escrita en el cielo:

  

1. El Camino Español

Dos mujeres bordaban al tibio sol de mediodía, resguardadas tras la fachada de la casa de dos pisos, construida en piedra; la mayor estaba sentada en un alto sillón de madera oscura, mientras que la más joven se había acomodado a sus pies en una silla baja. Ambas levantaron los ojos de la tarea al escuchar el galope de un caballo que se acercaba por el camino de tierra e intercambiaron unas breves palabras de sorpresa. Desde el lugar donde se encontraban no podían ver de quién se trataba, pero al poco apareció una criada para anunciarles:
—¡Alegraos, señora, pues al fin hubo noticias! ¡Llegó carta y paquete de Castilla!
—¿Dónde están? Traédmelos de inmediato ―pidió la mujer mayor, levantándose agitada de su asiento y dejando caer al suelo el bastidor del bordado.
—Enseguida os los entregará Armand. Yo me he adelantado para comunicaros la buena nueva, pues no se me escapa con cuánta ansia la esperabais.
La joven también se alzó de su silla cuando vio que llegaba, casi corriendo, un hombre más bien grueso, de mediana edad y rostro afable, cargado con un bulto envuelto en una burda tela oscura y cerrado con varias vueltas de cordel lacrado.
—¿No decíais que hubo carta? ―preguntó con cierta desilusión la dama mayor cuando lo tuvo cerca.
—Así es, señora ―respondió Armand con una amplia sonrisa, a la vez que se sacaba del jubón un papel doblado y sellado―. Los nuevos voluntarios de los Tercios Españoles se dirigen a Flandes y han acampado cerca de Besanzón. El sargento Villamediana tenía el encargo de venir a entregaros el envío de vuestro esposo, pero avanzan a marchas forzadas y yo lo excusé de que hiciera el camino hasta aquí.
—¿Cómo está mi esposo? ―preguntó la dama angustiada, mientras cogía el papel que Armand le alargaba―. ¿Sabe algún suceso el sargento?
Armand la tranquilizó:
—No os inquietéis, mi señora. Quedó sano y salvo en la corte castellana, sin ningún contratiempo digno de mención... pero os aconsejo que leáis la carta. En ella creo que hallaréis cuantas razones precisáis para serenar vuestro corazón.
La dama se dejó caer en el sillón, hizo saltar el lacre con manos temblorosas y se enfrascó en la lectura. Cuando estaba a punto de terminar, una gruesa lágrima rodó por su mejilla.
La hija, preocupada, se acurrucó a su lado:
—¿Qué sucede, mamá? ¿Son malas noticias?
La madre abandonó la carta sobre el regazo y lanzó un hondo suspiro.
—No. Las noticias son buenas, pero tu padre está muy lejos. Nacerá su hijo y no habrá vuelto ―expresó con tristeza, tocándose el vientre apenas abultado.
—¿Puedo leerla? —pidió la hija, extendiendo la mano para alcanzar la carta.
—Sí. Te dedica varios párrafos. Mi buen Maxim también se interesa por vosotros ―anunció a los dos criados―. No se olvida de nadie más que del hijo que va a nacer dentro de pocos meses.
—Señora —replicó la criada―. No conoce su existencia. Cuando partió para Castilla, no sabía que estabais encinta. ¿Cómo esperáis que se ocupe de él?
—Debéis advertirle ―intervino Armand―. El amo ha de estar al corriente de vuestro venturoso estado. Tengo para mí que se enojará si lo mantenéis en la ignorancia de un asunto de tanta trascendencia para su casa.
La dama no contestó. Hacía casi seis meses que su esposo, el señor de Gourney, había salido de viaje aprovechando la vuelta a la Península Ibérica del capitán Jacinto de Zadava, con quien había recorrido el Camino Español hasta Génova para embarcar allí rumbo a Barcelona. Ambos hombres se habían conocido años atrás, cuando los Tercios Españoles que se dirigían a Flandes buscaron un camino por tierra que atravesara dominios imperiales al verse obligados a abandonar la ruta marítima seguida hasta entonces por el Canal de la Mancha debido al acoso que sufrían a manos de sus enemigos franceses, ingleses y holandeses. La casa solariega rodeada de viñedos de Maxim de Gourney se hallaba a varias leguas de Besanzón, capital del Franco Condado, y esta circunstancia, unida a la gran afición que profesaba su dueño por la cosmografía y la cartografía, había propiciado que muy pronto los oficiales españoles de los Tercios buscaran su colaboración para confeccionar mapas del terreno del denominado Camino Español, que comenzaba en Lombardía y atravesaba Saboya, el Franco Condado y Lorena hasta adentrarse en los Países Bajos, territorio del imperio siempre necesitado de soldados por los frecuentes levantamientos que se iban sucediendo.
El capitán Jacinto de Zadava era un militar curtido en el combate y amante de la aventura que había descrito al señor de Gourney sin escatimar detalles su proyecto de embarcarse en breve rumbo al Nuevo Mundo, del que tantas maravillas se escuchaban. Le habló de las asombrosas civilizaciones que se habían descubierto, de las riquezas sin cuento que encerraban sus tierras, y de su fauna y flora exuberantes que librarían del hambre al Viejo Mundo, tan castigado por las guerras, las sequías y la peste. Y todavía quedaba mucho por descubrir y explorar, pues según mostraba el mapa que había comprado a un cosmógrafo andaluz, había grandes extensiones denominadas Terra Incognita por encima de la América Septentrionalis y debajo de la América Meridionalis. Le mostró además unas semillas llamadas cacao que provenían de un árbol que en el Nuevo Mundo crecía silvestre y con las cuales se preparaba una bebida de sabor amargo, conocida como chocolate, cuyas propiedades vigorizantes y curativas comenzaban a reconocerse en la Península Ibérica, y otras pepitas diminutas de una hortaliza, llamada tomate, cuya sabrosa pulpa roja poseía un gusto tan agradable que resultaba difícil prescindir de ella una vez que se había probado. Le explicó asimismo que la Casa de la Contratación de Sevilla había creado una escuela de cosmógrafos, cartógrafos y pilotos por la necesidad que había de ellos para confeccionar las cartas de marear, imprescindibles para la navegación atlántica a las Indias Occidentales.
A Maxim de Gourney se le hicieron muy cortos los días que compartió con el capitán Jacinto de Zadava, y durante los meses siguientes a su partida se dedicó a estudiar con ahínco cuanto pudo obtener en Besanzón y Lyon sobre las últimas novedades de la cartografía, dedicando una atención especial a los notables hallazgos del cartógrafo flamenco Gerardus Mercator, quien había resuelto el problema de representar la superficie terrestre sobre un pliego de papel valiéndose de las proyecciones polares equidistantes, que conseguían evitar las distorsiones en la zona del ecuador. También se puso al corriente de los adelantos habidos en el instrumental marino, pues la navegación a estima o por fantasía, basada en el uso combinado de los portulanos y la brújula que se empleaba en las rutas marítimas mediterráneas, había cedido el paso a una náutica más técnica con planteamientos matemáticos, que se caracterizaba por el empleo de instrumentos de precisión como el astrolabio, las tablas astronómicas y unas cartas más minuciosas que los portulanos medievales, puesto que la navegación de altura por el imponente Atlántico, conocido como el Mar Tenebroso antes de la epopeya americana, los había vuelto imprescindibles.
Cuando consideró que estaba preparado, comunicó a su esposa Amélie la intención que tenía de ofrecer sus servicios a la Casa de la Contratación sevillana.
—Habré de pasar un examen, querida mía, para que me permitan hacer la carrera de Indias, pero espero superarlo con fortuna en poco tiempo —le explicó exultante—. Partiré solo y, una vez que me haya establecido, si las cosas me van tan bien como espero, mandaré a buscaros.
Amélie lo miró atónita, levantando la cabeza del complicado bordado que la entretenía y dejando en suspenso la puntada, sin acabar de comprender el alcance de sus palabras.
El señor de Gourney prosiguió su exposición:
—El capitán Jacinto de Zadava regresará a nuestras tierras dentro de unos meses, y he determinado aprovechar su viaje y compañía para presentarme en la corte castellana. Él también está interesado en zarpar a las nuevas Indias, y tal vez pueda acompañarlo.
Su esposa no puso objeciones. Lo escuchó como quien oye llover, pensando que era un capricho más que acabaría olvidando en cuanto surgiera ante sus ojos alguna otra novedad que lo distrajera de la monotonía cotidiana que tanto lo hastiaba.
Así pues, prosiguieron con su vida acostumbrada, sin ningún sobresalto destacable hasta la mañana en que llegó, montado en su negro corcel, el furriel mayor de los Tercios Españoles con la encomienda de solicitar provisiones y albergue para el capitán don Jacinto de Zadava y los soldados que regresaban de Flandes a Génova, una vez concluida la campaña bélica que se les había encomendado. El señor de Gourney aceptó de buen grado que acamparan cerca de sus viñedos y se ofreció a viajar con él a Besanzón y los pueblos vecinos para facilitarle la obtención de los víveres y pertrechos necesarios para su estancia, que en esta ocasión sería fugaz porque debían llegar al puerto genovés en una fecha prefijada para embarcar en la flota que zarparía hacia Barcelona. El peligro del turco desaconsejaba que se navegara en navíos sueltos, pues la probabilidad de acabar en las mazmorras de Argel era cada vez más elevada.
—Amélie, querida mía —anunció Maxim a su esposa—, ordena que preparen mi equipaje, pues partiré con el capitán en breve, tal como te indiqué tiempo atrás que tenía previsto.
Y Amélie se encargó de disponerlo todo con la abnegación que la caracterizaba, pues no hubo modo de convencerlo para que abandonara su caprichosa pretensión y se quedara en sus tierras. Varias fueron las lágrimas que vertió ahora la dama al recordar unos hechos ocurridos hacía meses que le causaban tan honda melancolía.
—No llore, mi señora —le aconsejó la criada—. El llanto y las penas son perjudiciales en su delicado estado.
—No llores, mamá —reiteró la hija, acariciándole la mano―. Nana tiene razón. Te hará daño. Además, no hay motivo. Papá está contento y cuenta cosas muy curiosas y entretenidas. ¿No te gustaría conocer esas ciudades y gentes de las que habla? Si Dios lo quiere, nosotras también las contemplaremos dentro de poco, cuando nos mande llamar y nos reunamos con él. ―Luego se dirigió al criado―: Armand, abramos el paquete que nos ha enviado, pues seguro que guarda asombrosas sorpresas que nos distraerán.
El criado cortó con su navaja el cordel que cerraba el fardo, y dentro aparecieron dos saquitos, cada cual con un pliego de papel pegado. En el primero decía:

Os mando un pequeño acopio de cacao con la receta que emplean para hacer chocolate los monjes de San Ginés. Veréis que no se trata de la bebida amarga que nos dio a probar el capitán Jacinto de Zadava, sino de otra dulce por la miel y la leche que se le añade a la semilla molida. Su uso se ha extendido mucho por su buen sabor, unido a sus propiedades reconfortantes y al hecho de que, a decir de los clérigos, dicha bebida no rompe el ayuno. Superé grandes impedimentos para obtener la receta, pues la corte castellana la guarda a buen recaudo para impedir que se propague a otros reinos, cosa que no creo que consiga, y me atrevo a augurar que en pocos años el chocolate será la bebida distinguida de todo nuestro Viejo Mundo.

En el segundo saquito se especificaba:

Esta otra hortaliza que os será desconocida recibe el nombre de batata, papa o patata. Las hay dulces que se toman asadas o cocidas, despojándolas de su piel, y otras más  insípidas a las que se les añade sal y se comen guisadas de muchas formas, así como fritas en el aceite de oliva que en estas tierras tanto abunda. Son un manjar delicioso que creo que librarían del hambre a nuestros pueblos si se extendiera su cultivo, pues alimentan tanto como el pan y su elaboración es más sencilla. He probado el tomate del que nos habló el capitán Jacinto de Zadava y coincido en afirmar que su pulpa es sabrosísima y excelente para la salud, por más que algunos no le tengan confianza y solo utilicen la planta para adorno de jardines. Os mando unas instrucciones para que plantéis las semillas que nos dejó...

—Nunca volverá —expresó entre lastimeros suspiros la dama, interrumpiendo la lectura de su hija―. Está maravillado con tantos descubrimientos y, cuando zarpe hacia esas tierras del Nuevo Mundo, se olvidará de nosotros.
—No lo hará, mamá —respondió la hija―. Además, aún faltan muchos meses para que se embarque, si es que consigue el permiso de la Casa de la Contratación. Las flotas no salen hasta finales de verano, época en que los vientos les son favorables para la navegación. Antes le llegará nuestra carta con la noticia de que va a tener un hijo...
—No —la interrumpió la dama―. No vamos a comunicárselo hasta que nazca. Deseo que prosiga sus planes hasta entonces.
—Pero eso no es recomendable, mamá ―repuso su hija―. Mejor sería…
—No hay más que hablar  ―cortó tajante la señora―. No me contrariéis, pues conozco bien a mi esposo y sé lo que deseo y me conviene.
—Se hará como os plazca ―intervino conciliadora la criada para evitar más disputas―. Ahora entrad en la casa, mi señora, pues es la hora de almorzar, y en cuanto baje el sol hará frío.
La dama se levantó del asiento y se dejó arrastrar al interior de la casa por su hija y la criada, mientras Armand recogía el contenido del fardo y lo llevaba a la cocina.
Quisieron ayudarla a subir la escalera que conducía a sus aposentos, pero Amélie se negó.
—No me tratéis como a una inválida ―expresó, soltándose de sus manos―. Puedo caminar sola, pues no estoy enferma. Id a vuestras ocupaciones y servidme el almuerzo en mi antecámara. No bajaré al comedor.
La hija y la criada obedecieron y se dirigieron a la cocina antes de que la señora Amélie hubiera llegado al segundo piso. No estaba enferma, tenía razón, pero su embarazo tardío la había debilitado y con frecuencia le fallaba la respiración. Por eso tuvo que detenerse para recobrar el aliento, agarrada a la barandilla, una vez que estuvo arriba. Del corredor que se abría enfrente surgió una anciana enjuta vestida de negro. Era una prima lejana de su esposo que había aparecido sin previo aviso en una silla de manos alquilada al poco de la partida de aquel,  pretextando una visita que ya se prolongaba en exceso. La anciana fijó sus ojos penetrantes de ave rapaz en Amélie mientras expresaba:
—¡Vaya, querida prima, iba a buscaros! ¿Qué fue lo que pasó? ¿A qué vino tanto alboroto? Sabéis que no os conviene excitaros. Lo que fuera debieron comunicármelo a mí.
—De ningún modo, señora. Era carta de mi amado esposo y venía a mí dirigida ―repuso sin tardar Amélie.
—¿Carta de mi primo? —se admiró la anciana, tapándose la boca con las manos en un aspaviento exagerado―. Dádmela para que la lea, me interesa mucho.
—No es para vos —replicó la dama tajante.
—Pero ahora que él no está, como pariente más cercana, me veo obligada a ocupar su lugar como ama de esta casa y he de estar al corriente de sus noticias.
—El ama de esta casa soy yo, no lo olvidéis, y no os preciso en absoluto. Tengo una hija y criados que nos cuiden. Nos bastamos y sobramos solas.
—No os excitéis, querida prima ―cambió el giro de la conversación la anciana al ver que no le favorecía el que estaba tomando―. Yo solo pretendo vuestro bien y el de vuestra hija. Por cierto, yo también debo comunicaros una agradable noticia: mi hijo llegará en breve para unirse a nosotras. Necesitamos un hombre en esta casa, ahora que el querido Maxim está lejos, para que se haga cargo de sus negocios.
—No necesitamos nada, señora. Armand conoce bien nuestros intereses y cuenta con la confianza de mi esposo. Creo que deberíais aprovechar el viaje de vuestro hijo para regresar con él a vuestra casa. Os agradezco la visita, pero dura demasiado y tendréis cosas que resolver lejos de aquí.
A la anciana se le afiló el semblante ante esas palabras y un breve temblor desdibujó sus finos labios, pero fue cuestión de segundos. Se repuso de inmediato y, como si no las hubiera escuchado, replicó:
—Querida, os agradará conocerlo. Es algo mayor que vuestra hija y lo he sabido criar para hacer de él un hombre de provecho. Formarán una buena pareja. Pero dadme el brazo, bajemos al comedor. Voy a ordenar que tiendan la mesa y nos sirvan allí el almuerzo.
Y antes de que Amélie pudiera impedirlo, la agarró con fuerza para obligarla a iniciar el descenso.
—No, soltadme ―se negó la dama resuelta, tratando de liberarse a codazos―. Almorzaré en mi antecámara. Soltadme os digo.
Pero la anciana no cejaba en su intento. Hubo un forcejeo entre ambas, y Amélie perdió el equilibrio y cayó de espaldas. La anciana contempló sin inmutarse desde lo alto de la escalera cómo la esposa de su primo rodaba escalones abajo como si de un ovillo de lana se tratara. Luego prorrumpió en gritos y lamentos al comprobar que permanecía tirada en el suelo sin moverse:
—¡Pobre de mí, auxilio, a mí la gente de esta casa! ¡Socorro, socorro! ―y fue descendiendo peldaño por peldaño con toda calma.

¿Qué más sucede? Este es el índice de capítulos de La historia escrita en el cielo

1. El Camino Español
2. El convento de Santa Bárbara
3. Marie la ladrona
4. La baronesa Chantal Delacroix
5. El Monte de las Ánimas
6. El abrazo del oso
7. La sal en el fuego
8. El enano y el banquero
9. La beata, el caballero andante y los galeotes
10. Entre izas y rabizas
11. El Hospital de la Caridad
12. La sagrada familia
13. Lluvia sobre mojado
14. Amarillo indio, azul ultramar
15. Amor quita amor
16. A tientas los celos matan
17. El llanto de las sibilas
18. ¿Dónde estáis, amor?
19. Los espejos del pasado
20. El escriba del cielo
Epílogo


Si quieres seguir leyendo, este enlace te dirigirá a la novela: La historia escrita en el cielo 


martes, 24 de marzo de 2015

¡Leemos! Un libro a la carta

un libro a la carta
Pintura de Henri Martin
Un día sin leer es un día perdido.

                                       Amanda


Hace cosa de año y medio acudí al Programa INDIS de la Fundación Tomillo en Majadahonda para charlar con los niños sobre mi novelita Viruta, invitada por la antigua directora del centro, Mónica Rouanet. Fue una experiencia tan interesante y entretenida que para este curso nos inventamos una nueva actividad, que Mónica tituló «Libro a la carta». La idea era que yo iría escribiendo poco a poco una nueva novelita sobre la que los niños opinarían y dibujarían, ayudados por sus profesoras Lorena e Isa. Además, cuando me hicieran alguna sugerencia atractiva durante mis visitas, yo la introduciría en la trama.

Elegí como punto de partida para la narración un relato que había escrito años atrás para mis hijos y sobrinos, pero lo reescribí por completo. Inspirándome en una experiencia personal durante un viaje con mi pareja por el Istmo de Tehuantepec en Oaxaca (México) en el que avistamos un ovni, trataba de dos niñas amigas, Ana y Teresa, que son abducidas por una bola de luz.

El primer capítulo de «Niños en la luna» empieza así:

Dibujo de Amanda
Cuando Ana terminó de contar la terrible historia del gato cojo, todos los presentes estaban tan asustados que buscaban pretextos para marcharse. Les vino de maravilla que Lucía dijera:
―Yo me tengo que ir a casa. Se me había olvidado que hoy vienen a cenar unos amigos de mis padres.
―Te acompaño ―ofreció enseguida Diego, levantándose para coger su bicicleta.
Al comprobar que los demás también se habían puesto de pie uno a uno y recogían sus cosas, Ana se enfadó:
―¡No pensaréis marcharos todos! Habíamos quedado en prender una hoguera y aguantar aquí hasta la medianoche.
―Pero hemos cambiado de idea ―contestó David, algo malhumorado―. Nos has aburrido con tus tontos cuentos que no le gustan a nadie y nos queremos ir.
―¡Ja, no te creo! Lo que pasa es que tenéis miedo ―se burló Ana―. Sois unos cobardes y ni siquiera os atrevéis a reconocerlo, porque además sois unos mentirosos.
Nadie quiso responder a sus provocaciones. Ana no se dio por vencida.
 ―No hace falta que sea hasta la medianoche, solo un ratito más. Hasta que oigamos a las lechuzas y veamos brillar sus ojos en la oscuridad. Son verdes, ¿no os parece interesante? Os puedo contar mientras tanto la historia de la diosa Minerva, que se representa con una lechuza. Esa no es de miedo.
―Otro día ―se disculpó Teresa―. Hoy todos tenemos cosas que hacer.
Dibujo de Sanaa
―Luego dirás que eres mi mejor amiga ―se quejó Ana―. No me esperaba esto de ti, porque a ver qué tienes tú que hacer a estas horas…
―La maleta, guapa. Ya sabes que me voy a Irlanda.
―¡Pero si todavía faltan tres días! ―exclamó Ana antes de añadir, casi suplicando―: Anda, quédate tú al menos.
Teresa negó con la cabeza, dijo no sé qué entre dientes y se montó enseguida en su bicicleta.
―¡Eh, esperadme! ―gritó a los demás, que ya avanzaban pedaleando hacia el camino de tierra en dirección a la carretera que conducía al pueblo.
Ana estaba furiosa. «Son unos asquerosos miedicas», pensó mientras se tumbaba debajo de una encina de tronco enorme. Tanto tiempo preparando esta excursión, con el trabajo que les había costado conseguir permiso para volver tan tarde, y al final todos se habían rajado. «Miedicas», repitió para sí, porque no había nadie más con quien hablar. Tampoco encontraría a nadie si volvía a su casa, pues su padre no paraba de trabajar y apenas lo veía. «Si tuviera madre…», se le ocurrió pensar, «madre», repitió, aunque no sabía bien qué significaba eso, porque había perdido a la suya cuando era tan pequeña que no se acordaba. «Bah, quién quiere una madre, con lo pesadas que son; no dejan hacer nada y son chillonas», se contestó enseguida, contentándose con las  ventajas que suponía su vida. No, no se podía quejar: no le faltaba de nada y su padre le daba permiso para hacer casi cualquier cosa… ¿como quedarse en el Campo del Lobo completamente sola? Tal vez eso no, pero no estaba en casa para echarla de menos, así que daba igual.
Opìnión de Anastasia

Los niños leyeron los primeros capítulos que les mandé  y me recibieron entusiasmados cuando fui a visitarlos. Me habían hecho dibujos preciosos; tenían curiosidad sobre cómo avanzaría la trama y algunos me propusieron ser ellos los protagonistas. En algo estuvieron todos de acuerdo: les había gustado más que nada un personaje, Moli, pero me pidieron que fuera perra en lugar de perro. Así que su dueña Ana, una de las protagonistas, pasó desde ese momento a tener una perra lista y gruñona que a punto está de meterla en dificultades en más de una ocasión: 
Dibujo de José Luis

Hubo suerte, porque al abrir la puerta solo las recibió Moli, que se puso a ladrar como una loca al contemplar la figura al rojo vivo que acompañaba a su ama. Ana fue derecha a la cocina para abrir el frigorífico y sacar a manotazos todo lo que había en él.
―Aquí no tendrás calor ―dijo, ayudando a Am a meterse dentro―. Estarás bien fresquita.
―Oh, Am fresquita, sí, fresquita…
La voz de la selenita era ahora solo un hilito que apenas se parecía a la potente de Ana.
Un coche acababa de llegar. Se oyó el rugido del motor y luego nada. Estaba aparcando.
Ana cerró el frigorífico de golpe y se puso a ordenar como pudo el montón de comida que había arrojado al suelo, mientras Moli ladrada y brincaba a su alrededor.
―¡Cállate, tonta! ―le ordenó, intentando echarla de la cocina―. Me vas a delatar.
―¡Qué es todo este desastre! ―exclamó su padre cuando entró en la habitación―. ¿Me puedes explicar qué ha pasado aquí?
―Nada, papá ―disimuló Ana, corriendo a darle un beso y colgarse de su cuello para ganárselo con sus arrumacos―. Es que me he puesto a arreglar el frigorífico y me he liado un poco… Ya estoy terminando de recoger. De verdad, enseguida acabo. Es que como me dices que me estoy haciendo mayor, quería ayudar…
Su padre la observó fijamente. Luego habló:
―Claro, y Moli ladra tanto porque también se está haciendo mayor. ¿Qué es lo que has metido ahí dentro?

El padre de Ana se sorprende al abrir el frigorífico y encontrar dentro la gorra de su hija, aunque no percibe lo más importante. En cambio, los niños lectores, a estas alturas del capítulo 4, saben que debajo de la gorra está una habitante de Gaom, el satélite que nosotros llamamos Luna; saben que es invisible en el frío y rojísima cuando se calienta y han estado presentes mientras aprendía a hablar como si fuera el eco, después de que a Ana y su amiga Teresa se las tragara, en mitad de la noche, una bola de luz que apareció en el Campo del Lobo:

Dibujo de Daniel
―¿Hay alguien ahí? ¡Ayuda!
No hubo respuesta.
Teresa insistió, chillando con voz de pito:
―¡Socorro! ¡Necesitamos ayuda, estamos perdidas!
Les pareció escuchar entonces como un murmullo lejano, y Ana repitió a gritos:
―¿Hay alguien ahí?
Una voz igual que la de Ana respondió:
―¡Ahí… ahí… ahí…!
―¿Ves como sí hay alguien? ―se alegró Teresa y aulló, levantando la cabeza, como un lobo en lo alto de una colina―: ¡Estamos aquí!
Una voz igual que la suya repitió al momento el aullido:
―¡Aquí… aquí… aquí!
―Es el eco ―se percató decepcionada Ana―. No te hagas ilusiones. No hay nadie.
―No, no, te equivocas ―lloriqueó Teresa―. Nos han oído y ahora mismo vienen. No podemos darnos por vencidas tan pronto. ¡Ayudaaaa!
―¡Ayuda… ayudaaaa… aquí! ―repitió la voz del eco.
Un momento: ¿era el eco?, se preguntó Ana con sorpresa:
―¿Desde cuándo el eco añade palabras a lo que repite? Vas a tener razón, Teresa: aquí hay alguien.
Y esta vez las dos amigas escucharon que una voz muy cercana, igualita a la de Ana, decía claramente:
―Alguien, alguien, aquí.
Teresa y Ana miraron a su alrededor sin conseguir ver a nadie entre la niebla que resplandecía.


Opinión de Sana
Enseguida descubrirán que son dos selenitas ¿Y qué hacen en la Tierra? De momento, los niños lectores saben que han viajado en una bola de luz, pero los motivos todavía no se han revelado.  Cuando al avanzar los capítulos Uv y Am se separan y vienen de Gaom a buscarlas, la trama se divide entre lo que ocurre a Ana y Am, que buscan la ayuda de Aura, especialista en ovnis, y lo que ocurre a Teresa, que está en un campamento en Irlanda donde conoce a Erik. Allí recibe la visita inesperada de Uv y unos acompañantes tenebrosos:

Erik dejó de hablar porque el corazón se había vuelto color rojo sangre y palpitaba, lanzando destellos de fuego. Lo estaba observando admirado,  cuando una bola de luz inmensa apareció entre la niebla.  Como Teresa pensó que era la nave de Am y Uv, en lugar de asustarse, se encaminó hacia ella en cuanto se posó en el suelo. Erik, atónito ante lo que veían sus ojos, se quedó atrás. De la bola de luz surgieron unas figuras imponentes que cortaron el paso a Teresa. Erik corrió a su lado y una de las figuras lo empujó contra un árbol. Teresa volvió a llorar sin saber qué hacer.
―No miedo, no miedo ―dijo una figura más pequeña que surgió entre las demás gigantescas, retirando parte de la gruesa tela refulgente que la cubría para dejar al descubierto un pañuelo de lunares rojos que parecía flotar en el aire.
―¿Eres Uv? ―gimió Teresa.
―Sí, Uv se pone el pañuelo ―fue la respuesta―. No miedo, no miedo.
―¿Dónde está Am? ¿Cómo es que ahora te veo? ¿Quiénes son estos otros? ―preguntó muy nerviosa Teresa.
Pero Uv no había pasado el tiempo suficiente en la Tierra y no había aprendido las palabras necesarias para responder a todo eso y tampoco supo explicarle que las grandes figuras eran adultos de Gaom que la acompañaban porque ya no se fiaban de ella. Solo era capaz de repetir con su misma voz como el eco:
―No miedo, no miedo…

Dibujo de Akkram
Tras superar diversas vicisitudes, las dos selenitas Am y Uv logran encontrarse al fin en el Campo del Lobo; una quiere regresar a Gaom y la otra no. Ana, Teresa, Erik y Aura serán quienes las ayuden a tomar una decisión y viajan con ellas a Asturias en busca de los nudos de amor, que tal vez sean su salvación ¿Qué pasa después? ¿Cómo termina la historia de amistad interespacial que se cuenta en «Niños en la luna»? Ya he mandado los últimos capítulos a mis niños lectores y espero que los estén disfrutando.

Todavía no me he reunido con ellos ni he visto sus caras alegres al enseñarme los dibujos y hacerme toda clase de preguntas, tan difíciles de responder a veces. ¿Les habrá gustado el final? ¿Les habrá sabido a poco el relato o ya estarán cansados? No, todavía no me han comentado qué es lo que más recuerdan ni he podido revelarles el último secreto, aunque creo que alguno ya se lo imagina: desde el comienzo, los verdaderos protagonistas han sido ellos, pues en ellos he pensado al escribir. No hay libro si no hay lectores, y este ha tenido los mejores, los más entregados. Yo me he limitado a intentar mantener su entusiasmo y a animarlos a pensar mientras leían.

Amanda, una de las niñas lectoras, dijo en una de mis visitas las palabras que abren este texto y ahora repito: «Un día sin leer es un día perdido». Ahí es nada. 

No cabe añadir nada más. Me siento agradecida y bien recompensada.

Dibujos de Matías y Anuar



miércoles, 4 de marzo de 2015

Don Quijote en mi escritura

Don Quijote en mi escritura
En 2014 se cumplió (que no celebró) el IV centenario de la publicación en Tarragona, en casa de Felipe Roberto, del conocido como Quijote de Avellaneda, escrito por un tal licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, de quien no se tenía noticia de ninguna otra obra anterior. La novela se tituló Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, que contiene su tercera salida: y es la quinta parte de sus aventuras (los textos en rojo remiten a ediciones digitales). En el prólogo quedaban claras las intenciones del autor: 

Como casi es comedia toda la historia de don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así, sale al principio desta segunda parte de sus hazañas éste, menos cacareado y agresor de sus letores que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra y más humilde que el que segundó en sus Novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas.
No le parecerán a él lo son las razones desta historia, que se prosigue con la autoridad que él la comenzó y con la copia de fieles relaciones que a su mano llegaron ―y digo mano pues confiesa de sí que tiene sola una; y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos―; pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte.

Muchas son las suposiciones sobre el autor de este Quixote nada cervantino pero ninguna se ha podido probar. Lo único cierto es que el tal licenciado Fernández de Avellaneda aprovechó la fama de la que ya gozaba el Ingenioso Hidalgo nueve años después de ser publicado para dar a la imprenta una segunda parte que ya se presagiaba al término de la primera: «La tercera vez que salió de su casa [don Quijote] fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento». El verso del Orlando furioso que servía de colofón: «Forse altri canterà con miglior plettro» (Quizá otro cantará con mejor plectro) era una invitación —sin duda tan artificiosa como cuando Cervantes se quejaba de ser mal poeta («Yo que siempre me afano y me desvelo / por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo»)— a tomar la pluma.

 Y Fernández de Avellaneda no vaciló en cantar, plectro en mano, no sin antes aclararse  la voz en el prólogo de la continuación que dio a la imprenta:  

Sólo digo que nadie se espante de que salga de diferente autor esta segunda parte, pues no es nuevo el proseguir una historia diferentes sujetos. ¿Cuántos han hablado de los amores de Angélica y de sus sucesos? Las Arcadias, diferentes las han escrito; la Diana no es toda de una mano. Y pues Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes ―y por los años tan mal contentadizo que todo y todos le enfadan, y por ello está tan falto de amigos, que cuando quisiera adornar sus libros con sonetos campanudos, había de ahijarlos, como él dice, al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, por no hallar título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca, con permitir tantos vayan los suyos en los principios de los libros del autor de quien murmura, ¡y plegue a Dios aun deje, ahora que se ha acogido a la Iglesia y sagrado!― conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus Novelas: no nos canse.

Estaba en lo cierto Fernández de Avellaneda al afirmar que en la Antigüedad clásica y la época medieval la autoría no había gozado de unos límites bien definidos y que eran muchos los que bebían de textos de otros para componer los propios. La copia a mano de los textos originales para su difusión favorecía esa autoría desdibujada en la que muchos podían meter su cuchara sin recibir reproches. En latín, la palabra plagium (proveniente del griego plágios, que significa oblicuo, desviado) se empleaba para designar la apropiación indebida de esclavos ajenos o la compra de un hombre libre a sabiendas de que lo era para utilizarlo como esclavo. Por tanto, un plagiarius era un ladrón de esclavos, alguien capaz de comprar o vender a un hombre libre como esclavo, hasta que Marcial (siglo I d.C.), en uno de sus epigramas, comparó sus poemas con esclavos manumitidos y acusó de plagiarius (secuestrador) a un poeta rival, que había recitado los poemas como propios.  

No fue hasta finales del siglo XV cuando surgió el concepto de derechos de autor, impulsado por la difusión de la imprenta. La ciudad de Venecia fue la primera en crear un sistema de concesión de privilegios o derechos de monopolio para la impresión de ciertos libros, y de inmediato esta práctica sobre derechos de publicación exclusivos se extendió a otros países, hasta convertirse en algo habitual en la Europa de los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, se trataba de un asunto entre el impresor y el monarca, que se distribuían las ganancias generadas por los libros impresos bajo licencia, pero rara vez suponía ingresos para el autor que había creado y vendido su obra al impresor. Tampoco lo protegía del plagio.   
   
En la época de Cervantes, los plagiarios podían ser objeto de cierta censura moral, pero carecía de consecuencias legales. ¿Fue plagio lo que cometió Fernández de Avellaneda? Él mismo terminaba el prólogo de su novela quijotesca afirmando:  

En algo diferencia esta parte de la primera suya, porque tengo opuesto humor también al suyo; y en materia de opiniones en cosas de historia, y tan auténtica como ésta, cada cual puede echar por donde le pareciere, y más dando para ello tan dilatado campo la casilla de los papeles que para componerla he leído, que son tantos como los que he dejado de leer. No me murmure nadie de que se permitan impresiones de semejantes libros, pues éste no enseña a ser deshonesto, sino a no ser loco; y, permitiéndose tantas Celestinas —que ya andan madre y hija por las plazas—, bien se puede permitir por los campos un don Quijote y un Sancho Panza a quienes jamás se les conoció vicio, antes bien, buenos deseos de desagraviar huérfanas y deshacer tuertos, etc.

Cervantes debió de montar en cólera al enterarse de que esta Segunda Parte que no había salido de su pluma estaba ya en letras de molde y conseguía lectores, pero no se   resignó. Respondió como mejor sabía: apresurando la escritura del texto en el que ya estaba trabajando y metiendo dentro de él esta novela que no era suya como un elemento más, con lo que la trama ganó en complejidad, pero sin descubrir el nombre verdadero del impostor por no darle mayor fama o acaso porque no lo supo. Así, cabría afirmar que ambos escritores se influyeron mientras libraban una batalla literaria, de cuyo vencedor,  tras el paso de los siglos, no quedan dudas.

Desde el punto de vista legal, no es fácil demostrar un plagio. Incluso cuando existe coincidencia de ideas, si se expresan con palabras diferentes, no se consideran copiadas. Menos aún cuando varían el punto de partida o la conclusión. Ni cuando se emplea la obra de otro indicando las fuentes.

A veces, cuando se bebe de un escritor clásico de todos conocido, más que de plagio, se trata de un homenaje:

Los galeotes eran doce hombres a pie, unidos a una gruesa cadena de hierro por los cuellos, además de llevar esposadas las manos. Los acompañaban dos guardas a caballo y dos más a pie, provistos de escopetas de rueda, dardos y espadas. Además, sabiendo la suerte que habían corrido el caballero y otros infelices viajeros asaltados por los bandidos, habían esperado la llegada de una cuadrilla de la Santa Hermandad para que los custodiara mientras cruzaban los cerros en los que se habían hecho fuertes. Sus miembros, vestidos de paño verde y luciendo los distintivos que les correspondían según la categoría que ocupaban en la institución, tenían facultad para perseguir, aprehender y juzgar a los delincuentes, así como para ejecutar sentencias incluso de muerte cuando se trataba de reos que habían cometido su delito en despoblado. Como esta circunstancia era de dominio público, no abundaban los salteadores que se atrevieran a hacerles frente, por lo cual pasaron las temidas gargantas sin más contratiempo que el calor asfixiante, redoblado por la necesaria lentitud con la que se desplazaban debido a los grilletes que atosigaban a los galeotes. Cuando habían recorrido un par de leguas, la cuadrilla se despidió, afirmando que se adelantaba para asegurar el camino por Sierra Morena.
De este modo, prosiguieron su torpe avance sin que sucediera nada digno de mención, hasta que les salió al paso, lanza en ristre, un individuo entrado en años, desgarbado, seco de carnes y de rostro enjuto, vestido con una armadura abollada y tocado con un casco singular, caballero en un rocín tan flaco que apenas parecía aguantar su peso. Llegaba acompañado de un labriego de rostro mofletudo y barba cerrada que cabalgaba en un burro no mucho mejor que la montura de su amo. Marie y la beata se hallaban lejos de la cadena de galeotes y no pudieron escuchar lo que dicho individuo le preguntó a los guardas, pero vieron que a continuación se dirigía hacia uno de los presos, luego pasaba al siguiente, y así sucesivamente hasta llegar al cuarto, hombre de rostro venerable y barba larga que se echó a llorar. Como el quinto condenado tenía la voz bronca, a Marie y la beata les llegaron algunas de sus palabras:
—Este hombre honrado va condenado por cuatro años a galeras ―oyeron que explicaba.
Algo replicó el labriego barrigudo que no lograron entender, y les pareció que el galeote le respondía, entre otras cosas, que el anciano iba a galeras por alcahuete y por hechicero.
Siguió una larga plática del caballero que no alcanzó a sus oídos, ni la respuesta del anciano, quien al terminar lloró de nuevo con desconsuelo. A continuación el caballero se puso a hablar con el siguiente preso, y así prosiguió interesándose por cada uno hasta que llegó al último de la fila, que era un hombre más bien joven y agraciado, aunque bizqueaba un poco. Iba más atado que los demás con una cadena en el pie que se le liaba por el cuerpo y le impedía todo movimiento de las manos. Las dos jóvenes escucharon cómo los guardas revelaban al de la armadura que dicho individuo había cometido más delitos que los demás juntos e iba con tantas prisiones porque temían que se les escapara. Lo habían condenado a diez años en galeras, lo que suponía la muerte civil. El galeote tenía facilidad de palabra y declaró que estaba pasando a papel su vida, por lo cual no le importaba su condena porque allí tendría tiempo de completar su libro.
—Hábil pareces —repuso el caballero de la armadura.
—Y desdichado —respondió el galeote—, porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio.
—Persiguen a los bellacos —intervino uno de los guardas.
El galeote se incomodó con dichas palabras y profirió algunas amenazas, ante lo cual el guarda alzó la vara para darle su merecido, pero el caballero se puso en medio y evitó los golpes, manifestando a continuación:
—De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto y vais a ellas muy de mala gana y muy en contra de vuestra voluntad.
Y prosiguió con razones semejantes, enumerando los delitos de cada uno, para concluir pidiendo a los guardas que los desataran y dejaran marchar en paz.
El guarda de mayor rango respondió:
—¡Donosa majadería! ¡Bueno está el donaire con el que ha salido al cabo del rato! ¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos autoridad para soltarlos, o él la tuviera para mandárnoslo! Váyase vuestra merced, señor, norabuena su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
―¡Vos sois el gato y el rato y el bellaco! —respondió el caballero.
Con estas palabras, arremetió contra él lanza en ristre y lo derribó malherido al suelo. Como los demás guardas no esperaban tal acontecimiento, no reaccionaron a tiempo y, cuando quisieron ponerle remedio, los galeotes habían aprovechado la ocasión para romper las cadenas. La revuelta se logró porque el labriego contribuyó a soltar al último preso, quien quitó la espada y la escopeta al guarda caído y, apuntando con ella sin dispararla jamás, consiguió que los restantes huyeran por el campo, perseguidos por las pedradas que sus compañeros de cadena les lanzaban.
Marie y la beata habían contemplado la asombrosa escena escondidas tras unas peñas, desde donde también fueron testigos de la pelea que se desató a continuación entre el caballero libertador y los galeotes, que primero lo lapidaron junto con su escudero y luego, una vez derribado a tierra bajo el manto de piedras, lo apalearon. Al labriego lo dejaron en cueros y, tras repartirse los despojos de la batalla, cada cual se fue por su lado para escapar de la Santa Hermandad, a la que sin duda los guardas darían aviso de lo ocurrido.

Este texto pertenece al capítulo 9, «La beata, el caballero andante y los galeotes», de mi novela La historia escrita en el cielo. Es fácil apreciar que se trata de una reelaboración del conocidísimo pasaje de los galeotes escrito por Cervantes que tantas veces escuché leer a mi padre durante mi infancia y adolescencia. Él tenía una edición del Quijote como libro de cabecera, y tanto nos hablaba de la novela que cuando la estudié primero en el colegio y después en la carrera —con mucho detenimiento, pues cursé una asignatura dedicada por entero a Cervantes—, me pareció que, dejando aparte los elementos formales y la erudición académica, poco más de la enjundia que no nos hubiera desvelado mi padre podría yo extraer. He seguido siendo lectora asidua del Quijote, del que poseo diferentes ediciones, y por eso, cuando escribía mi novela, ambientada en el siglo XVII, con una protagonista que se ve obligada a salir a los caminos cual «dama andante», me pareció natural hacer que tropezara con el Caballero de la Triste Figura. Y esto es lo que pasa tras la suelta de los galeotes:

Marie y la beata salieron de su escondite con ánimo de socorrer a quienes habían recibido tan cruel castigo de manos de los malhechores que habían liberado. Cuando se acercaban, escucharon que el caballero declaraba a su escudero:
—Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho; paciencia, y escarmentar para desde aquí adelante.
Tan maltrechos y ensimismados se hallaban que no se habían percatado de la presencia de las dos jóvenes. Marie estaba a punto de presentarse, cuando una voz le recomendó que no lo hiciera:
—Dejadlos solos para que se laman sus heridas en paz y armonía ―manifestó el anciano galeote de la larga barba, que se la mesaba sentado en una roca pelada—. No debéis mezclaros en su historia, pues ya la escribe Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, y vos no tenéis parte en ella.
Ahora que lo contemplaba de cerca, Marie pensó que su rostro le resultaba conocido.
—¿No sois vos Catafilo, el  judío errante que conocí en el Monte de las Ánimas? —le preguntó cuando cayó en la cuenta.

Es este anciano Catafilo, personaje apenas trascendente en la novela de Cervantes, quien se convierte en otro crucial para la trama de la mía… Y  así continúa girando la rueda de la noria literaria.

Beber de escritores fallecidos hace siglos, sean grandes o pequeños, cuesta poco, pues, como tantas veces se ha repetido, los muertos son de trato fácil. Sin embargo, planteo esta cuestión: ¿qué sucedería si se me pasara por la imaginación, cual otra Fernández de Avellaneda, escribir una segunda parte con las aventuras de Hércules, protagonista también manchego de Los pelícanos ven el norte de Pablo de Aguilar González?, ¿qué si me negara a dejar morir a Violeta, personaje que da título a La pintora de estrellas de Amelia Noguera, y me propusiera escribir una segunda parte para concederle una vida feliz?, ¿y qué si osara salvar con mi pluma al escritor condenado de Nunca dejes de bailar de Carmen Grau para permitirle conocer a su hijo que ya estará a punto de nacer?     

Termino con un apunte más sobre la palabra «plagio»: si en México alguien te dice llorando que le plagiaron a su hijo o a su esposo, se refiere a que lo secuestraron. Como en tantos otros casos, en América se ha conservado esa acepción antigua de la palabra, procedente del latín, como secuestro para obtener un rescate, mientras que a este lado del océano se ha perdido. Aquí plagio, por suerte, no significa más que copia o imitación fraudulenta de una obra ajena.

¿Quién es culpable y quién inocente?



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  









jueves, 12 de febrero de 2015

Besos y más besos

Besos
Sailor Kissing  Nurse, San Diego
Soñé la muerte y era muy sencillo;
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo,
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos,
una noche.

    Leopoldo Lugones, «Historia de mi muerte», 1912



Te voy a dar un beso
despatarrado.

Un beso con dientes de conejo.
Un beso con talco de maicena.
Un beso que se mueva en espiral.

Te voy a dar un beso
anaranjado.

               Chely Lima,  poema infantil «Te voy a dar un beso»


«Uvas con queso saben a beso, saben a beso», cantaba mi madre a menudo durante mi infancia. Sin embargo, sus hijas que la escuchábamos comprendíamos que eso no era verdad en sentido literal; comprendíamos que era más bien una rima facilona como tantas, propia de las coplillas populares, con cierto sentido alegórico: el beso como epítome de lo sublime para los sentidos, en este caso, del gusto, aunque en el beso bien dado participen los cinco: la vista, mientras acercamos los labios; y el tacto, el gusto, el olfato y el oído, cuando los labios se posan en lo que se desea besar.

E.T., el extraterrestre
¿Qué acude a nuestra memoria cuando nos preguntan cuál fue nuestro primer beso? No es de nuestros padres, probablemente los primeros que nos besaron amorosos, de quienes nos acordamos, ni tampoco de nuestros hermanos ni demás allegados, sino de aquella primera persona que nos encandiló y por la que se nos alborotó el corazón. Yo pienso en el primer beso de tornillo —decíamos entonces—, compartido en un parque una tarde de verano, que me quitó el aliento y me hizo comprender que se puede morir literalmente de amor. Sin embargo, antes de eso hubo besos de distinta índole que también conservo en el recuerdo: los rojísimos de la tía Lola, por los cuales nos peleábamos las hermanas para llevar al colegio la marca de sus labios, con olor a perfume francés, pintada en la mejilla; y los rasposos de una amiga de la abuela, cariñosa ella pero dueña de un poblado bocillo que pinchaba a rabiar.      

El beso es tan antiguo como la humanidad pero no se restringe a ella: se besan los peces, los pájaros y ya no digamos nuestros primos hermanos los primates. El mundo está repleto de besos que se dan, se regalan, se estampan, se plantan o se roban. Podemos comernos a besos y también traicionar con un beso de Judas; podemos besar el suelo que alguien pisa, besarle la mano y besarle los pies, aunque resulte un poco anticuado. Y si se nos dan bien las cosas, hasta podemos llegar y besar el santo. Si somos demasiado efusivos, nos tacharán de besucones y se quejarán de nuestros besuqueos; y si nos ponemos guasones o cursilones, repartiremos ósculos, que no besos, a diestro y siniestro.

Del latín provienen las dos palabras castellanas que empleamos para tales efusiones, beso y ósculo; la primera, de basium (con su verbo basiare), y la  segunda, de osculum (con su verbo osculor), que significa propiamente «boquita» y se deriva de os, oris, «boca». Había además en latín una tercera palabra: savium y después suavium (con sus verbos savior y suavior, y hasta un diminutivo, suaviolum) muy utilizadas, por ejemplo, por Plauto en sus comedias.  Fue el gramático Elio Donato quien en el siglo IV de nuestra era, en su comentario de la comedia El eunuco de Terencio (IV, II, 10), estableció la distinción entre los tres tipos de besos que, a su entender, existían en latín: «oscula officiorum sunt, basia pudicorum affectuum, savia libidinum vel amorum», que se traduce en castellano como «los oscula son besos de cortesía; los basia, de afecto pudoroso; y los savia, de lujuria o amor». Y aunque esta clasificación no se sostiene cuando se lee a Plauto, Cicerón, Catulo, Lucrecio, Virgilio, Horacio u Ovidio, por poner varios ejemplos, gozó de gran popularidad en la Edad Media y ha llegado hasta nuestros días, repetida por eruditos hispánicos como Isidoro de Sevilla (Differentiarium libri, diccionario de términos con sus significados laicos y religiosos) y escritores incluso anglosajones como James Joyce (Finnegans Wake, novela experimental, conocida por su difícil lectura). Fue basium, la menos literaria de las tres palabras latinas ―pero tal vez la más utilizada por el común de la gente―,  la que pasó  a las lenguas romances  (portugués, beijo; catalán, bes; francés, baiser; italiano, bacio) y abarcó todos los significados posibles del beso. ¿Por qué suavium se perdió cuando es tan musical?, ¿por qué no intercambiamos tiernos o eróticos suaviolos con nuestras parejas amorosas? A veces, los derroteros de la lengua son difíciles de transitar.

El beso de A. Rodin
Dicen algunos que «beso» es palabra de origen onomatopéyico por la letra «b», para cuya pronunciación se juntan los labios como cuando se besa, aunque la onomatopeya actual por antonomasia para ese acto sea «mua, mua», sobre todo para los dos besos de cortesía soltados al aire cuando se juntan apenas las mejillas en saludo o despedida en España. Los ósculos protocolarios o de cortesía han sido los únicos aceptados sin trabas en público durante la mayor parte de la historia de Occidente. En la Roma antigua, cuando todavía el matrimonio era un asunto privado entre familias, este se sellaba con un ósculo ante el tálamo. El cine (estadounidense) ha conseguido que esta costumbre perviva y se universalice en las bodas actuales, ya sean laicas o religiosas, con un «puedes besar a la novia» que durante muchos siglos no existió.  Los suavia, los besos de amor, fueron asunto privado hasta el siglo XX, solo representados en pinturas o esculturas y descritos en la literatura, sobre todo la poesía, pero rara vez vistos en público. Los prohibían la moral y la decencia imperantes. Incluso bien mediado el siglo pasado, sonaban en la radio canciones como «la española, cuando besa, es que besa de verdad. A ninguna le interesa besar por frivolidad», y ahí estaban los guardianes de la ley y las esencias patrias para multar en los parques y jardines a las parejas que osaran propasarse y besarse, aunque fuera en las mejillas.

Fue el cine el que popularizó los besos de amor y, a pesar de las críticas iniciales por atentar contra la moral y de la censura, su auge fue imparable y saltó barreras. Desde Hollywood aprendimos a besar una generación tras otra; aprendimos a intercambiar larguísimos besos de cine en torsiones inimaginables. «¿Tú dejas que te metan la lengua?», nos preguntábamos en el colegio, y a medida que íbamos creciendo éramos más las que contestábamos que sí. No obstante, todavía quedaban quienes se escandalizaban y aseguraban que sus padres nunca lo habían hecho…

Buz es otra palabra que en castellano significa beso. Viene del árabe y se emplea para el beso de reconocimiento y reverencia. Aunque yo jamás lo he escuchado, según el DRAE, «hacer alguien el buz» significa hacer alguna demostración de obsequio, rendimiento o lisonja.  

El planeta de los simios
«Por un beso de la Flaca yo daría lo que fuera», canta Jarabe de Palo. Puede que por los besos de Helena se perdiera Troya. Los besos despiertan a las bellas que duermen o adormecen a las que están despiertas. Las madres procuramos sanar heridas o mitigar dolores a besos. Y a la respiración boca a boca se la conoce como el beso de la vida. Todo se besa en la naturaleza, incluso las cosas cuando se chocan. La literatura está llena de besos a vivos y a muertos. ¿Quién no recuerda el magistral escrito por Cortázar en Rayuela? Sin embargo, yo he querido terminar este texto con una cita de Mujeres de ojos grandes, de la mexicana Ángeles Mastreta. La tía Valeria cuenta su secreto para ser feliz con su marido a base de imaginación y besos:

―Tengo uno cada noche ―contestó tras la risa.
—Como si hubiera de dónde sacarlos ―dijo la prima Gertrudis, siguiendo hipnotizada el ir y venir de su aguja.
―Hay ―contestó la tía Valeria, cruzando las suaves manos sobre su regazo.
―¿En esta ciudad de cuatro gatos más vistos y apropiados? ―dijo la prima Gertrudis haciendo un nudo.
—En mi pura cabeza ―afirmó la otra, echándose hacia atrás en ese gesto tan suyo que hasta entonces la prima descubrió como algo más que un hábito raro.
―Nada más cierras los ojos ―dijo, sin abrirlos― y haces de tu marido lo que más te apetezca: Pedro Armendáriz o Humphrey Bogart, Manolete o el gobernador, el marido de tu mejor amiga o el mejor amigo de tu marido, el marchante que vende calabacitas o el millonario protector de un asilo de ancianos. A quien tú quieras para quererlo de distinto modo. Y no te aburres nunca. El único riesgo es que al final se te noten las nubes en la cara. Pero eso es fácil evitarlo, porque las espantas con las manos y vuelves a besar a tu marido, que seguro te quiere como si fueras Ninón Sevilla o Greta Garbo, María Victoria o la adolescente que florece en la casa de junto. Besas a tu marido, te acurrucas contra su cuerpo en las noches de peligro, y te dejas soñar…

A besos, hasta los príncipes más tediosos vuelven a ser nuestros amados sapos saltarines de tantos alegres juegos. 

La lengua destrabada
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