lunes, 6 de septiembre de 2021

«El huerto de Emerson»: impresiones de lectura

Vivía yo felizmente en la añorada ciudad californiana de San Diego, cuando mi hermana Mercedes, que venía de visita desde España, me regaló Juegos de la edad tardía, la novela que acababa de publicar un autor por entonces desconocido y que ella se había leído de un tirón durante el largo vuelo transoceánico. Yo también la leí enseguida. Me encantó. Fue como descubrir un hilo invisible que se tendía desde la espléndida sobriedad de la prosa cervantina para anudarse en la plenitud poética de la realidad maravillosa, pongamos que rulfiana. Luis Landero se me antojó un narrador concienzudo que sopesaba cada palabra utilizada y dueño de tal perfección creadora que no precisaba de diálogos para hacer avanzar la compleja trama sin que la lectura se desequilibrara ni molestara. Utilicé párrafos de esa novela en mis clases de español para alumnos avanzados de mi universidad californiana. Me recuerdo disfrutando al explicar su clara sintaxis y su amplio vocabulario; la aparente sencillez bien sopesada de su complejo armazón argumental.  Ese hilo invisible era ―es― de oro, una joya difícil de manejar y mantener en el tiempo.

Sin duda, el prestigio intelectual que se ganó Landero con aquella primera novela y corroboró su amplia obra posterior ha posibilitado el milagro de que, en estos tiempos editoriales sometidos a la tiranía de la literatura de usar y tirar, le hayan publicado El huerto de Emerson. No se trata de una novela, sino de un puñado de vivencias, de recuerdos, recogidos por el placer de escribir:

Tengo un cuaderno nuevo y no sé en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera resuena el temporal. Yo me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Por el momento, no sé qué escribir, es cierto, pero eso importa poco.

Los recuerdos van llegando a medida que Landero pasea «por el bosque del tiempo ya vivido»  y, dejando que las palabras fluyan, se van sucediendo las páginas:

Qué bien se desliza la pluma por mi cuaderno nuevo. Qué gusto da escribir, qué alegría, notar el llenor de las palabras, los viejos sones de su música, el gozo casi físico que uno siente cuando consigue convocar en unas líneas a los cinco sentidos, o cuando alcanza el sencillo y extremado arte de la precisión, de un solo tiro abatir limpiamente la pieza.

La imaginación obra la magia de hilvanar vivencias para completar capítulos sobre temas diversos cuyo fondo responde a una sola materia vital: la infancia del escritor en Alburquerque, su desarrollo personal, su familia, sus lecturas y aficiones, sus conocidos y las historias de un mundo rural del que da cuenta con su precioso, cervantino, vocabulario. El título del libro se explica en el capítulo «El niño y el sabio», donde se recogen sus experiencias como profesor de literatura y su modo de incitar la creatividad de sus alumnos:

Era en este momento cuando les hablaba del huerto de Emerson. El libro se titula Ensayos escogidos, de la colección Austral, y no recuerdo cómo llegó a mis manos. […] Leí aquel libro varias veces seguidas en un estado febril de asombro y de infinita gratitud. […] En un momento dado, Emerson utiliza una imagen que a mí me gusta mucho, y que he repetido mil veces en clases y en charlas para ilustrar todo cuanto he escrito en este capítulo, donde aún suena y resuena el eco de aquel libro providencial.

Landero cuenta cómo Emerson decía en el libro que cada persona ha de aceptarse a sí misma tal cual es y, además, hacerlo con orgullo y contento: «Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar. Que es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las nuestras, pero que nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el  huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno». Y para apostillar sus palabras, cita las ideas de una serie de creadores: escritores, filósofos, cineastas, pintores…

Es inevitable sentirse atraída por la serena melancolía que se desprende de los cuadros del pasado evocados por Landero, por esos hombres más de campo que de ciudad cuyas escuetas conversaciones se componen de sentencias que, sin pretenderlo, suenan más graciosas que sabias. En cambio, las mujeres evocadas producen desconsuelo: están las que van a la rebusca de espigas, de uvas o aceitunas después de la cosecha para rebañar las sobras del banquete; las que orinan en presencia del niño porque todavía no lo consideran hombre; las que limpian las tumbas de los seres queridos y no se pierden en los cementerios enormes de la ciudad; las que se sientan al fresco o en la penumbra y trajinan dentro de los cuartos interiores de las casas sin que se conozca el objetivo. Ni una sola mujer autora merece cita entre los ilustres Montaigne, Kafka, Keaton, Heródoto, Machado, Nietzsche, Mann, Lukács, Adorno, Rousseau, Platón, Spinoza, Ortega, Schopenhauer (del que Landero admite saber más), Stuart Mill, Rorty, Weber, Schumpeter o Tocqueville. ¡Qué papel tan secundario hemos tenido la mitad de la humanidad en su vida y sus lecturas! Ninguna de las antiguas integrantes del sexo llamado por entonces débil ha merecido consideración por su labor intelectual…

Tal vez prosiguiendo con esta misoginia, son solo hombres los elegidos para alabar con hermosas palabras El huerto de Emerson en la faja del libro: «Un  relato memorable sobre lo vivido y lo leído». Así será para ellos los patriarcas, pero no para las que quedamos fuera de la esfera creativa y aparecemos solo a retazos como mujeres activas en el hogar y en la gestión de las pequeñas cosas cotidianas.

«En todas las lumbres de todos los inviernos, y esto ha sido así siempre, hay una vieja que también se ha sentado en el corro a cavilar y a ver brincar las chispas. ¿Quién será?, nos preguntamos, se han preguntado todos desde el principio de los tiempos». Esa vieja, admirado Landero, no es la muerte como al parecer piensas, sino la vida, vivida y por vivir, que siempre hemos dado y nos hemos contado ―explicado― las mujeres, a pesar de todos los pesares.  

Ficha bibliográfica:
Luis Landero (2021): El huerto de Emerson, Barcelona, Tusquets, 234 pp.



En este enlace de Ediciones Trea se pueden consultar el índice, los agradecimientos y la introducción de mi Breviario de escritura académica, cuya lectura está recomendada para profesorado, alumnado y toda aquella persona interesada en mejorar su capacidad de redacción profesional.  










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jueves, 1 de julio de 2021

«Breviario de escritura académica»: presentación

Cuando en noviembre de 2017 presenté en la Feria del Libro de Guadalajara (México) mi manual de escritura La lengua destrabada (Madrid: Marcial Pons, 2017, 581 pp.), muchos colegas españoles y latinoamericanos me animaron a perseverar en la senda de la didáctica de la escritura concibiendo a continuación un texto más breve que condensara lo fundamental de la escritura académica y que fuera destinado tanto para profesorado como para alumnado. Cualquiera que se aproxime a los escritos académicos puede apreciar las carencias imperantes, debidas en su mayor parte a desconocimiento de quien escribe o de quien debería corregir. Y, al parecer, nadie dispone de tiempo suficiente para prepararse y remediar sus faltas mediante la lectura minuciosa de los diversos estudios que existen sobre la materia. En nuestra era digital de la inmediatez, ¿quién tendrá la paciencia de dedicar sus preciosas horas a espigar lo que necesita aprender entre páginas y páginas de teoría que se le antojan lejanas o indescifrables?

Tras una primera reflexión para calibrar mis fuerzas e idear un esbozo tentativo del trabajo, enseguida se me ocurrió cuál debería ser su título. Por ‘breviario’, término procedente del latín breviarium, se entiende el libro de oraciones que recoge las de todo el año, pero ese mismo término, acompañado de un determinante, adquiere el significado de epítome, esto es, compendio o tratado sucinto sobre alguna materia extensa. Mi aspiración, recurriendo a un juego de palabras auspiciado por la polisemia de nuestra lengua, sería aunar ambos significados: redactaría un Breviario de escritura académica madurado como un tratado sucinto compuesto de oraciones precisas ―en los sentidos tanto de estructura gramatical formada por un sujeto y un predicado, como de enunciado―, cuyo marco de utilidad se alargara en el tiempo y cuya aplicación religiosa ―esto es, con puntualidad y exactitud― condujera al perfeccionamiento de la escritura.

Una vez metida en materia, el propósito fundamental de la etapa de preescritura fue lograr que la estructura del texto resultara comprensible a primera vista. Para ello, el contenido quedó organizado en cinco grandes divisiones («Preescritura»; «El texto»; «Ortotipografía»; «Géneros textuales»; «Revisión y corrección») que darían cuenta del proceso de escritura, analizando sus fases y exponiendo las claves morfológicas, sintácticas, ortográficas y tipográficas, además de examinar los elementos de estilo, desplegar los géneros textuales y detallar el proceso continuo de revisión y corrección. Esta concepción integradora de materias tendría como finalidad agilizar la lectura y conseguir una mejor comprensión del desarrollo integral.

Sintetizar no suele ser tarea sencilla. Supone reflexión e interpretación para fundamentar el desenvolvimiento de las ideas clave, suprimiendo todo lo superfluo; supone, en definitiva, ir al grano, separándolo de la paja. Pero para conseguir este exigente cernido, del que emergerá un texto claro, legible, cuya estructura lógica se siga sin tropiezos, es necesario atender y vigilar en todas sus etapas el largo proceso de planificación, redacción y, sobre todo, corrección. El Breviario de escritura académica ha sido leído, enmendado y releído tantas veces que acabé sabiéndolo casi de memoria. Y, por suerte, después otros ojos ajenos y profesionales, los de Almudena Zapatero, lo leyeron también varias veces para librarlo de las imperfecciones ―de fondo y forma― que a mí se me habían escapado. A mi entender, el resultado cumple con todas las expectativas.

La estructura que sostiene un texto, su arquitectura, se refleja en la mancha tipográfica, que debe establecer un equilibrio continuado entre letras y blancos para sostener la mirada sin distracciones y aumentar la legibilidad. En este Breviario, todos los blancos cumplen su cometido, equiparable en importancia a la tipografía elegida para exponer las diversas jerarquías de epígrafes y componer páginas armónicas en contenido y forma. Quienes han leído los libros de Ediciones Trea conocen su buen hacer editorial. Es para mí un honor pasar a formar parte con mi libro de una de sus prestigiosas colecciones. Ojalá sea de utilidad para muchas personas interesadas en perfeccionar su escritura académica.


Ficha bibliográfica

Martínez Gimeno, Carmen (2021): Breviario de escritura académica, Gijón: Trea, 200 pp.

En este enlace de Ediciones Trea se pueden consultar el índice, los agradecimientos y la introducción. 


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viernes, 4 de junio de 2021

«Corazón que ríe, corazón que llora»: comentarios de lectura

Corazón que ríe, corazón que llora
Me acerqué a este libro, escrito en francés por Maryse Condé y traducido al español por Martha Asunción Alonso para la editorial Impedimenta, con grandes expectativas debió a la recomendación de mis libreras de proximidad que atienden y aconsejan en Alejandría Libros.

Me interesaba mucho la biografía de Condé, nacida en 1937 en Pointe-à-Pitre, capital de Grande-Terre (Guadalupe), porque no sabía nada de las gentes de este territorio francés de ultramar que comprende un grupo de islas situadas en el mar Caribe oriental, la mayoría pertenecientes a las Islas de Barlovento y todas ellas incluidas en la cadena insular conocida como Antillas Menores. Gracias a Wikipedia, puede establecer el marco geográfico e histórico antes de sumergirme en la lectura para no perderme y, así, me enteré de que dos islas gemelas, Basse-Terre y Grande-Terre, separadas por un estrecho canal llamado Rivière-Salée, aportan la superficie más extensa. A ellas arribó por vez primera Cristóbal Colón el 4 de noviembre de 1493, cuando ya estaban habitadas por los caribes, quienes habían desplazado a los originarios arahuacos. Sin embargo, el dilatado Imperio español no mostró demasiado interés por conservar el archipiélago bajo su dominio, y hubo continuas luchas entre franceses e ingleses por su posesión y contra los fieros caribes, que se resistían a la conquista.

Hasta mediados del siglo XVII no lograron prosperar las colonias francesas, basadas en el comercio y la agricultura de plantación, para la cual introdujeron como mano de obra esclavos apresados en África. Estos esclavos negros también combatieron contra los ingleses, que no cejaban en su empeño de hacerse con el territorio y llegaron a conseguirlo varias veces. Con la Revolución francesa, Victor Hugues, oficial del gobierno revolucionario, proclamó la abolición de la esclavitud, desencadenando la matanza de numerosos plantadores blancos. Cuando en 1802 el gobierno de Napoleón restableció la esclavitud, hubo una virulenta revuelta de esclavos, que culminó  con la inmolación de todas sus fuerzas en Matouba. Los británicos tomaron el territorio de nuevo en 1810, pero lo devolvieron a Francia en 1816. La abolición irrevocable de la esclavitud se produjo en 1848. En 1940 Guadalupe se plegó al gobierno de Vichy, pero en 1943 decidió prestar fidelidad a las fuerza de liberación francesas del general De Gaulle. Desde 1946 se convirtió en territorio francés de ultramar, perteneciente, por tanto, a la Unión Europea.

Como consecuencia de la evolución histórica, la población actual de las dos islas gemelas y de las restantes del archipiélago (Marigalante, La Désirade, las Islas de los Santos, San Bartolomé, San Martín) es prioritariamente criolla ―esto es, son personas nacidas en las islas―, en su mayoría negra o mulata. La disminución de la gente blanca durante la Revolución francesa acentuó el carácter africano de la población. La lengua oficial es el francés, pero también se habla un dialecto criollo. 

Maryse Condé nació en 1937 en el seno de una familia acomodada de maestros cuando su madre, ya entrada en la cuarentena y después de haber tenido siete hijos, no esperaba más descendencia. Estas dos circunstancias, según narra la autora, iban a marcar su trayectoria vital.

Si alguien les hubiera preguntado a mis padres qué opinión les merecía la Segunda Guerra Mundial, habrían respondido, sin dudarlo, que se trataba del periodo más sombrío que jamás hubieran conocido. No porque Francia se dividiera en dos, por los campos de Drancy o de Auschwitz, por el exterminio de seis millones de judíos, ni por todos los crímenes contra la humanidad que aún siguen impunes, sino porque, durante siete interminables años, se les había privado de aquello que más les importaba:  sus viajes a Francia.

Así comienza una narración centrada en todo momento en la escritora y su visión de la vida desde la perspectiva de una niña mimada a la que le asombra y le incomoda el mundo cuando no gira a su alrededor, que trata más bien con severidad los comportamientos ajenos, pero aplica abundante indulgencia a los propios. A pesar de tener siete hermanos, no interactúa con ellos, ni siquiera aparecen sus nombres: solo habla alguna vez de una hermana casadera y, sobre todo, de Sandrino, el hermano mayor que muere joven y abandonado, y que un día, ante una pregunta suya, le hace una revelación enigmática: «Papá y mamá son un par de alienados». En efecto, sus padres están imbuidos de la cultura francesa y parecen dejar de lado la antillana incluso en la educación de sus hijos. Su madre es la principal antagonista: mujer negra orgullosa de sus logros porque a fuerza de tesón ha salido de la pobreza y es maestra, exige a Condé el mismo sacrificio y le repite con frecuencia que no vale para nada. Pero las dos a veces se encuentran y se quieren:

Trepé a su cama como cuando era niña, como cuando nada podía impedírmelo, ni las más estrictas prohibiciones. […] Bruscamente, nos pusimos a llorar […]. Por nuestro Sandrino, que se nos moría lejos. Por el final de mi infancia. Por el final de cierto modo de vida. De una relativa felicidad. Deslicé la mano entre sus pechos que habían amamantado a ocho hijos, ahora inútiles, marchitos, y pasé toda la noche, ella agarrada a mí, yo ovillada a su costado, sumida en su olor a vejez y a árnica, en su calor. Ese abrazo es el que quiero guardar como recuerdo.  

La biografía presenta el retrato de una sociedad criolla y patriarcal dividida en dos: población blanca y población negra. Son círculos que apenas se tocan pero que al parecer conviven permitiéndose mutuamente el progreso. La escritora incluso viaja a París siendo adolescente para cursar los años de preparatoria en un liceo de élite. Sus estudios podrían haberla conducido a la Sorbona de no ser por su carácter rebelde: es madre muy joven y al poco viaja a África en busca de sus raíces.

El subtítulo de la obra, Cuentos verdaderos de mi infancia, describe  su contenido para que nadie se lleve a engaño: se trata de estampas, elaboraciones de pequeñas anécdotas, impresiones e inquietudes de crecimiento, revelación del yo y relación con el entorno. Sin embargo, la mayoría carecen de interés. No hay un hilo narrativo que mantenga la lectura de principio a fin y a veces, incluso, es difícil de interpretar el sentido de algunos pasajes que se antojan anodinos. Asombra que haya alcanzado tantas ediciones. Además, la traducción al castellano que he leído no ayuda en absoluto a mejorar esta mala impresión: abundan los anacronismos, falsos amigos y errores de vocabulario, y los coloquialismos son tan excesivos que llegan a irritar. ¿Por qué traducir, por ejemplo, «je passai toute la nuit» como ‘me tiré toda la noche’ en lugar de ‘pasé toda la noche’? El estilo directo y sin florituras de la escritora guadalupeña no supone que haya que rebajarlo con tales licencias de español poco refinado. Sirva como ilustración de mis quejas la traducción de la descripción que aparece en el primer capítulo, titulado «Retrato de familia»:

Aujourd’hui, je me représente le spectacle peu courant que nous offrions, assis aux terrasses du Quartier latin dans le Paris morose de l’après-guerre. Mon père ancien séducteur au maintien avantageux, ma mère couverte de somptueux bijoux créoles, leurs huit enfants, mes soeurs yeux baissés, parées comme des châsses, mes frères adolescents, l’un d’eux déjà à sa première année de médecine, et moi, bambine outraugeusement gâtée, l’esprit précoce pour son âge.

Ahora me doy cuenta de que ofrecíamos una estampa cuando menos poco corriente, sentados en las terrazas del Barrio Latino en el moroso París de la posguerra. Mi padre, un seductor de capa caída pero todavía de buen ver; mi madre, cubierta de suntuosas joyas criollas; sus ocho hijos, mis hermanas con la cabeza gacha, decoradas como árboles de Navidad, mis hermanos adolescentes, uno de ellos estudiante de Medicina, y yo, niñita mimada donde las hubiera y extremadamente precoz para mi edad.   

No hay más que leer el texto en francés de la columna izquierda para comprobar los errores y las licencias innecesarias de la traducción en español: el París de posguerra no es moroso (?), sino sombrío; el padre no es un seductor de capa caída pero todavía de buen ver, sino un antiguo seductor de porte presuntuoso; las hermanas no mantienen la cabeza gacha (¿! ), sino la mirada baja y no van decoradas como árboles de Navidad, sino engalanadas como relicarios. Una traducción más apegada a la letra, el estilo y la época de Condé sería la siguiente: 

Hoy me doy cuenta del espectáculo poco habitual que ofrecíamos, sentados en las terrazas del Barrio Latino en el París sombrío de posguerra. Mi padre, antiguo seductor de porte presuntuoso; mi madre, cubierta de suntuosas alhajas criollas; sus ocho hijos, mis hermanas con la mirada baja y engalanadas como relicarios, mis hermanos adolescentes, uno de ellos ya en su primer año de Medicina, y yo, niñita mimadísima y de ingenio precoz para mi edad.
Más adelante, en ese mismo capítulo, aparece «les garçons de café voletaient autour de nous remplis d'admiration comme autant de mouches à miel» y queda traducido como «los camareros de los cafés revoloteaban admirados a nuestro alrededor como moscas frente a un tarro de miel», cuando lo acertado sería olvidarse de las moscas y escribir abejas, que es lo que dice Condé: los camareros revoloteaban como abejas a nuestro alrededor llenos de admiración. ¿Y qué opinar al leer que el padre iba de mozo a la discoteca La Cigale a menear el esqueleto? Este es el texto en francés: «Mon père préférait le musée du Louvre et le dancing la Cigale où il allait en garçon se dégourdir les jambres». Para empezar, hasta la década de 1960 no había discotecas, sino salas o salones de baile, los dancings, si se recurre al anglicismo que utiliza Condé. Una traducción más fiel al español sería: «Mi padre prefería el museo del Louvre y la sala de baile La Cigale, donde iba de joven a ejercitar (o estirar) las piernas». 

Cuando se traduce, es necesario atenerse a la época en que el texto está escrito en lo referente al vocabulario y los conceptos. Y, sobre todo, no debe olvidarse la máxima acuñada por el excelente maestro de traductores Valentín García Yebra: no añadir nada que no esté en el texto fuente, ni tampoco suprimir nada, y verter todo el contenido a la lengua término de la manera más próxima a como aparece en el texto fuente.  Quien no la cumpla se merece el dicho italiano: «traduttore, traditore!». ¿Cómo la editorial Impedimenta no se percató de tantos fallos a lo largo del proceso de edición? ¿Es que no cuenta con un equipo de corrección bien formado? Resulta sorprendente. 

La conclusión de lo hasta ahora expuesto es que si se desea leer este libro, es mejor acudir al texto original francés. Yo acabé comprando la biografía en ebook cuando me cansé de la traducción. Sin embargo, tampoco me atrajo demasiado. Sigo sin entender su éxito.  

Ficha bibliográfica         

Condé,  Maryse (2019): Corazón que ríe, corazón que llora. Cuentos verdaderos de mi infancia, trad. del francés de Martha Asunción Alonso, Madrid: Impedimenta.

Edición original: Le coeur à rire et à pleurer. Contes vrais de mon enfance, París:  Éditions Robert Laffont, 1999. 


La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  






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lunes, 24 de mayo de 2021

Apuntes sobre «La trenza»

Esta original novela narra las vicisitudes de tres mujeres pertenecientes a tres culturas y religiones diferentes, unidas por un vínculo que se va revelando a lo largo de la trama. La primera protagonista es Smita, una joven madre india de la casta de los intocables que sobrevive en Badlapur recogiendo casa por casa, con su cesto y su escobilla, los excrementos depositados en malolientes letrinas por las familias de una casta superior. La segunda protagonista es Giulia, una joven italiana, todavía soltera, que ha preferido olvidarse de la universidad para trabaja en el taller familiar de pelucas de pelo auténtico dirigido por su padre en Palermo. La tercera protagonista es Sarah, una abogada judía cuya inteligencia y coraje le han procurado una carrera brillante en Montreal, al precio de sacrificar dos matrimonios y dejar en manos ajenas la crianza de sus tres hijos.

Smita tiene una hija para quien sueña un futuro mejor que el suyo: ir a la escuela. Su marido piensa que será perder el tiempo ya que, aunque aprenda a leer y escribir, nadie le dará trabajo. Si se nace para limpiar letrinas, se seguirá haciendo lo mismo hasta la muerte. Es una herencia, un círculo imposible de romper. Pero Smita no se rinde y acaba convenciéndolo para que hable con el brahmán a fin de que dé permiso para que la niña pueda asistir a la escuela del pueblo. El brahmán accede después de recibir como pago todos los ahorros de la pareja. Cuando llega el día señalado, Smita lleva de la mano a su hija Lalita hasta cruzar la carretera que las separa de la escuela. Quiere decirle tantas cosas, explicarle tantas esperanzas que se agolpan en su pecho… Pero como no encuentra las palabras, se limita a inclinarse hacia ella y pedirle: Ve.

Giulia es una lectora voraz. Tanto que se pasa las noches en blanco, extasiada entre las páginas de algún libro. Pero también es una buena trabajadora que acude a diario al taller de su padre, un antiguo cine reconvertido. Giulia creció allí, entre cabellos que desenredar, mechones que lavar y pedidos que enviar. Se conoce el oficio al dedillo a pesar de su juventud. Las demás operarias la han visto crecer en el taller de pelucas, donde todas comparten, además del trabajo, sus vivencias, amores y desamores, cuitas y peligros. Un mediodía, cuando Giulia regresa al taller después de la pausa para el almuerzo que ha aprovechado para ir a leer a la biblioteca municipal, le comunican que a su padre le ha ocurrido un grave accidente.

Sarah madruga a diario y vive contrarreloj hasta que llega de nuevo a la cama a altas horas de la noche. Tiene una vida planificada, prevista al milímetro. No puede permitirse el menor despiste como madre de familia, alta directiva, mujer trabajadora: le complacen estas etiquetas que las revistas femeninas destinan a quienes, como ella, han alcanzado una posición esquiva para la mayoría. Ella ha sabido construir un muro impenetrable entre su vida profesional y su vida familiar que le permite avanzar en ambas sin que sus trazados se interfieran. En el trabajo es eficiente y no escatima esfuerzos; en casa procura compensar con cariño y dedicación el tiempo tasado que dedica a sus hijos. Quiere pensar que algún día sentirán orgullo ante los logros de su madre. Si se mira al espejo, ve a una mujer de cuarenta años que a fuerza de tesón ha ascendido: la viva imagen de una mujer realizada. Pero dentro de ese cuerpo resistente, vestido con trajes sastre de grandes modistas, hay un mal imperceptible a punto de dar la cara. Sarah acaba de desmayarse en la sala del tribunal, en pleno alegato.

La novela se va trenzando desde el comienzo, dividiendo el argumento en capítulos cortos y equivalentes en extensión, el primero dedicado a Smita; el segundo, a Giulia, y el tercero, a Sarah… siempre en este mismo orden hasta el final. Hay una narradora omnisciente en tercera persona que cumple su cometido con tal intuición y destreza que pareciera que son las mismas protagonistas quienes nos van contando lo que ocurre. Como perspectiva temporal se ha elegido el presente, lo que también contribuye a acercar lo narrado. No hay diálogos, apenas unas pequeñas observaciones construidas en punto y aparte, pero no se echan en falta: el texto fluye rápido como el agua de un deshielo repentino y, aunque a medida que avanza el trenzado se va intuyendo lo que acabará uniendo a las tres mujeres, los pormenores hasta ese fin son tan interesantes, están contados con tanta sensibilidad, que es difícil abandonar la lectura.

Es sabido que para hacer una trenza se precisa dividir el cabello, la lana o el material maleable que se haya elegido en tres secciones iguales. De lo contrario, una sobresaldrá sobre las demás. Puede que la autora de esta novela no previera que la parte de la trenza que comparten Smita y su hija Lalita se fuera a convertir en la predominante, en aquella que más brillo irradia, o puede que sí. Su coraje, su ansia de libertad y su enorme generosidad sobrecogen desde la primera página y provocan reflexiones acerca de la influencia de la cuna y la religión en nuestras vidas. No es una crítica: el resultado del trenzado es espléndido debido también a las otras dos secciones, de las cuales es interesante resaltar el crisol de razas y culturas que aparece proyectado con una visión positiva tanto en Italia como en Canadá.  

Laetitia Colombani es francesa, pero de ascendencia italiana, como indica su nombre. Esta novela, la primera que escribe, se ha convertido en un descubrimiento editorial y se ha traducido a cuarenta idiomas en breve tiempo. En español ha alcanzado varias reediciones. La autora es además actriz, directora de cine y guionista, lo cual queda sin duda reflejado en su estilo literario. La novela ha sido impecablemente traducida del francés al español por José Antonio Soriano. Me ha encantado y, todavía bajo el influjo de su hechizo, no puedo dejar de recomendar su lectura.  


Ficha bibliográfica

Laetitia Colombani (2018): La trenza, trad. del francés de José Antonio Soriano, Barcelona: Salamandra, 205 pp. 


La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  






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jueves, 13 de mayo de 2021

¿Sabes de qué tengo ganas?

El sábado pasado por la tarde me inyectaron, por fin, la primera dosis de la vacuna contra la covid-19 de AstraZeneca. Fue en el estadio Wanda Metropolitano, que está a más de 30 kilómetros del lugar donde vivo. Así es la libertad que nos gastamos en la Comunidad de Madrid. Por miedo a la distancia y a las grandes colas que esperaba de las vacunaciones masivas tan publicitadas, fui con tiempo y llegué media hora antes de la marcada en la cita. En efecto, nada más salir del aparcamiento, había mucha infraestructura dispuesta para distribuir enormes masas de gente, pero nadie ―es literal― ocupándola. Llegué yo sola al punto de entrada, donde me pidieron mis datos; de ahí seguí, como me indicaron, el carril marcado hasta llegar a los puestos de vacunación, donde tampoco tuve que esperar nada: la mayoría estaban ociosos. Volvieron a pedirme los datos y me senté para que me vacunara en el brazo derecho, puesto que soy zurda, una enfermera encantadora que no me hizo ningún daño. A continuación me entregaron una hoja con toda la información sobre el lote de mi vacuna, los efectos que cabía esperar y el plazo previsto para la segunda dosis (10 o 12 semanas). El último paso fue aguardar sentada 15 minutos, que yo misma debía controlar, en un espacio habilitado a tal efecto para comprobar que no experimentaba ninguna reacción adversa. Durante el tiempo que permanecí allí, hubo un flujo débil pero constante de personas más o menos de mi misma edad que llegaban en estricto silencio, con la mascarilla puesta, y se marchaban cuando se cumplía lo estipulado. Yo hice lo mismo. En total, el proceso se completó en menos de 25 minutos. A la hora fijada de mi cita, yo ya estaba recorriendo los 30 kilómetros en coche para regresar a casa.

Me siento privilegiada. Tenía muchas ganas de vacunarme, por mí y por los demás. Es lo único que se puede hacer para intentar recuperar una vida semejante a la que había antes de la propagación del maldito coronavirus. Tuve febrícula al día siguiente y un dolorcillo en el lugar del pinchazo que poco a poco se ha ido pasando. Ojalá mi cuerpo reaccione como es de desear y produzca los ansiados anticuerpos; ojalá me llamen para inyectarme la segunda dosis cuando me toque. Tengo tantas ganas…

Informa María Moliner en su Diccionario de uso del español que ‘gana’ es palabra gótica con parientes de sentido afín en las lenguas escandinavas y que significa «deseo o apetito de hacer cierta cosa o disposición adecuada para hacer algo». Aunque difiere en cuanto al origen de la palabra, pues la hace provenir del griego, Sebastián de Covarrubias ya la recoge en su Tesoro de la lengua castellana, o española  (1611) con el mismo significado: «deseo, apetito, voluntad, y aquellas cosas de que tenemos gana las apetecemos, por tener gozo y contento en ellas». La gana también puede ser mala o buena: comió de mala gana; lo ayudó de buena gana; o  indicar la inutilidad  de hacer algo: buena gana tienes de madrugar tanto. En plural, aparece en varias locuciones con sentidos diversos: ese día nevó con ganas (en exceso, mucho); quería viajar, pero se quedó con las ganas (fracasar en un cometido); a ese político le tienen muchas ganas (provocar animadversión e interés de enfrentamiento); no le vino en gana/ganas acompañarnos (dignarse, consentir). Las ganas a menudo se califican de locas o rabiosas: tengo unas ganas rabiosas de beber una cerveza. Pero quizá uno de los usos más repetidos últimamente de la ‘gana’ debido al cansancio provocado por tantos meses de restricciones de derechos ciudadanos a cuenta del estado de alarma decretado para combatir la pandemia y, sobre todo, debido a la trivialización de la palabra ‘libertad’, omitiendo interesadamente la responsabilidad que siempre conlleva, sea estas chulescas expresiones castizas: no me da la gana llevar mascarilla; no me da la real gana guardar la distancia de seguridad  y hago lo que me da la gana porque en Madrid somos libres…

A las pocas horas de haberme puesto la primera dosis de la vacuna de AstraZeneca, la Puerta del Sol, las calles y los parques madrileños se llenaron de gente insensata que celebraba el fin del estado de alarma y proclamaba su «libertad de vivir a la madrileña» bebiendo, bailando, gritando, simulando torear o haciendo el oso, que para eso los toros aquí se consideran parte vital de nuestra «cultura» y el animal plantígrado es la mitad del símbolo que representa a esta nuestra ciudad capital. Esas imágenes incívicas y bochornosas han dado la vuelta al mundo. ¿Quiénes son los responsables? De esta pandemia no estamos saliendo mejores; muchos ni siquiera lograrán sobrevivir. No importa, si se saca rédito político. Al final, a pesar del ingente esfuerzo del personal sanitario, se acabará imponiendo la ley de la selva darwiniana y la selección natural, el sálvese quien pueda de la historia. Y se seguirá haciendo política en el sucio barro que todo lo impregna.  

¿Sabes de qué tengo ganas? es el título de una canción de amor mexicana que comienza con estas palabras y solía cantar maravillosamente María Dolores Pradera. Ojalá en lo único que tuviéramos que pensar en estos días aciagos fuera en lo que dice la letra de la canción. Ojalá el amor y el respeto mutuo imperaran en nuestras vidas ahora y en el futuro.


La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  





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viernes, 9 de abril de 2021

Falacias

Qué bonitas las amapolas que crecen en lo alto del muro de la fotografía. Sin embargo, si se baja la vista un poco, la percepción varía: aparecen grietas e incluso piezas de ladrillo que ya han caído o acabarán desmoronándose...  Esta imagen es una ilustración perfecta para el contenido que desarrolla este texto. Las falacias  son vistosas, llamativas pero, una vez descubiertas, siempre desprestigian a quien las utiliza.

 Proveniente del latín fallacia, nuestra voz castellana ‘falacia’ significa, según el diccionario académico, engaño, fraude o mentira con la que se pretende perjudicar a alguien. En una argumentación, una falacia es una asunción que parece lógica y verdadera, pero que en realidad es falsa y esconde incoherencias engañosas o mentiras. Al escribir un texto, se puede caer en falacias no intencionadas debido a descuido o ignorancia, pero también a menudo se recurre a ellas de manera deliberada con el fin de persuadir o manipular. Una lectura atenta es capaz de descubrir cualquier falacia, que siempre constituye una debilidad de discurso. Existe una extensa tipología que se ha ido recogiendo desde tiempos de Aristóteles. Las falacias más habituales que empobrecen la escritura son las siguientes: 

·       La conocida con la locución latina non sequitur para señalar aquella afirmación que no se sigue lógicamente de lo que se acaba de expresar; esto es, toda conclusión que no se desprende de las premisas: Ernesto es un buen escritor, así que se hará rico con sus novelas (¿cuántos buenos escritores se hacen ricos?).

·       Las generalizaciones precipitadas, esto es, basadas en escasos datos o en datos excepcionales o sesgados: Los jóvenes son trabajadores irresponsables (muchos jóvenes son muy responsables).

·       El argumento ad populum o falacia de apelación a la multitud, por medio de la cual se afirma como válido algo que hacen o dicen muchos solo por ese motivo: Todos copian en los exámenes, luego yo también (la mayoría no siempre tiene razón).

·       El razonamiento circular, que consiste en volver a afirmar lo que se acaba de decir; esto es, la premisa contiene la conclusión que el razonamiento pretende comprobar: Elena es muy perezosa porque no le gusta trabajar (ser perezosa y no gustarle trabajar significa en esencia lo mismo).

·       Las maniobras de distracción o pistas falsas, con las que se pretende desviar la atención del tema principal hacia otro carente de relevancia para lo tratado: ¿Por qué preocuparnos por unos miles de refugiados cuando deberíamos hacer algo acerca del calentamiento global? (la crisis de los refugiados no tiene nada que ver con el calentamiento global).

·       Post hoc, ergo propter hoc, locución latina con la que se describe el error de asumir que puesto que un hecho sigue a otro, el primero es la causa del segundo: La nueva alcaldesa asumió el cargo hace dos meses y la delincuencia ha aumentado un 25 por 100 (es poco probable que la llegada al poder de la alcaldesa haya provocado ese aumento de la delincuencia).

·       La falsa dicotomía, que establece la existencia de dos únicas alternativas cuando en realidad hay más opciones: Solo cabe prohibir las drogas o destruir la humanidad (existen otras posibilidades, desde luego).

·       La falsa analogía, en la que se cae al asumir que puesto que dos cosas son semejantes en algunos aspectos, han de serlo en todos: Como estos  libros son igual de gruesos y tratan del mismo tema, da igual leer uno que otro (la extensión y el tema de los libros no predice si uno es bueno, si lo son los dos o no lo es ninguno).

·       El equívoco o falacia debida a la ambigüedad, consistente en hacer una afirmación basada falsamente en el empleo de un vocablo que tiene dos acepciones diferentes: Se debería autorizar el suicidio, puesto que la muerte es el fin de la vida (¿se entiende fin como ‘término’ o como ‘objetivo’?).

La pregunta capciosa, por último, también puede considerarse un tipo de falacia. El adjetivo ‘capcioso/a’ proviene del latín captiōsus y significa, aplicado a una palabra, una doctrina, una proposición, etc., falaz, falsa; y aplicado a una pregunta, argumentación o sugerencia, que se formula para arrancar a quien se destina una respuesta comprometedora. La pregunta capciosa presupone en su formulación una respuesta a algo que no se ha preguntado: ¿En qué paraíso fiscal esconde el dinero robado? (se sobrentiende que se ha robado dinero). ¿Ha dejado ya de plagiar textos? (se sobrentiende que ha habido plagios).

Vuelvo a la imagen inicial de este texto. Así como las mismas raíces de esas plantas de vistosas flores que dominan las alturas y atraen la primera atención pueden ser las causantes de que el muro se derrumbe, así también un texto en el que echan sus raíces las falacias acaba siempre desmoronado.

Texto extraído en parte de mi manual de escritura La lengua destrabada, Madrid, Marcial Pons, 2017.

La lengua destrabada


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lunes, 8 de marzo de 2021

Nombres de mujer

Me lo habían contando. Sabía que iba a pasar antes o después, pero no estaba preparada. No creo que ninguna niña lo esté cuando ocurre. Después de toda una vida, todavía recuerdo perfectamente el día: jueves, 13 de enero, última hora de la mañana escolar. Al final de la clase de ciencias naturales, cuando me levanté para despedir al profesor, la compañera que se sentaba en el pupitre de detrás me avisó que tenía una mancha en el babi. Como me encogí de hombros y seguí a lo mío, recogiendo mis bártulos, otra compañera alertada puntualizó que era de sangre. Me asusté y tiré del babi hacia delante: ¡era cierto! Te ha venido la regla, me dijeron cuando me quedé embobada mirándola. Quítate el babi para que no se note. Obedecí, lo arrebujé en la cartera, me puse el abrigo y deseé tener alas para regresar volando a casa y que mi madre me consolara.

Ella me llevó al cuarto de baño y me enseñó a lavarme en el bidé. Después me dio un grueso taco de celulosa para que lo colocara dentro de las bragas sujeto con dos imperdibles. ¿Es que iba a seguir sangrando?, me desesperé. Varios días, incluso por la  noche, fue la respuesta. Yo no podía andar bien con tanto bulto entre las piernas. Parecía un pato. Temía que se me cayera el paquete en cualquier momento. Cuando nos sentamos a la mesa para comer, mi hermana mayor dijo que ya era mujer, como ella.

No sé si llegué a echarme a llorar. Mi recuerdo es que estaba tristísima. Si ser mujer era eso, yo no quería crecer, a pesar de haberlo deseado tanto cuando me castigaban y me mandaban a mi cuarto a pensar: lo primero que siempre se me venía a la cabeza era hacerme mayor para ser dueña de mí misma. Ya no lo quería; prefería seguir siendo niña. Me gustaba muchísimo correr, subirme a los árboles, hacer cabañas… Fueron los días peores de mi vida y se me hicieron eternos. Te acostumbrarás, me dijo mi hermana mayor. Al menos ahora no nos obligan a quedarnos sentadas sobre un cesto lleno de lana, como a las mujeres de la Biblia. Yo pensé que lo preferiría.

Dejé de jugar en los recreos. Toda la clase se dio cuenta de lo que me había pasado, y vinieron las recomendaciones de las más enteradas: si se me cortaba la regla, me volvería loca y, para evitar que sucediera, no podía lavarme la cabeza ni tomar vinagre, limón ni nada picante ni muy frío; tenía que procurar que no se me enfriaran los pies y protegerme de las impresiones fuertes. Me enumeraron además los perjuicios que podía causar durante esos días menstruales: si tocaba una flor, se marchitaría; si intentaba hacer mayonesa, se cortaría; si amasaba un bizcocho, no subiría al cocerse en el horno. Me explicaron que daría un estirón, el último, porque a partir de entonces ya no crecería más, que me saldrían las tetas y también vello en los sitios que lo tienen las mujeres. Luego me revelaron que la menstruación era como las lágrimas, también saladas solo que de sangre, y que había muchos modos de hablar de ella sin que los hombres se enteraran: estoy mala; estoy con el periodo; me ha venido el tío de la contribución; está de visita Periquillo Tintorro… Todo me parecía espantoso. También me previnieron que algunos meses sentiría mucho dolor. Cuando pregunté dónde, Humildad, una interna algo mayor que las demás compañeras, respondió que en el bajo vientre: sangramos porque todos los meses se nos hace ahí una herida… Menos mal que para eso había remedios: una copita de ginebra, coñac o cualquier licor fuerte; también una pastilla de Saldeva que, como su nombre indicaba, era la medicina que se creó para Eva cuando abandonó el Paraíso y comenzó a sufrir padecimientos por ser mujer.

Como ella había sido la culpable de todo lo malo que nos había sobrevenido a las mujeres desde entonces, a ninguna nos solían poner su nombre. Nuestras madres y abuelas preferían otros más católicos: Fe, Esperanza y Caridad; Virtudes, Prudencia, Casta, Modesta o  Luzdivina. Pero, sobre todo, nos ponían nombres relacionados con la vida de la Virgen: Inmaculada Concepción, Presentación, Encarnación, Asunción, Purificación, Visitación, Milagrosa, o con sus diversas advocaciones: Auxiliadora, Angustias, Consolación, Carmen, Dolores, Pilar, Llano, Valle, Montaña, Pastora, Prado, Puerto, Medalla, Regla, Remedios, Reyes, Soledad. Incluso, como canta la copla, María de la O.

Hubo un tiempo en que la mayoría de las mujeres españolas nos llamábamos María y algo más. Cuando años después me fui a vivir a México,  una compañera de trabajo me comentó entre risas que los nombres de las españolas no se decían: se exclamaban. Por fortuna, esa usanza ha cambiado. Ahora nuestras hijas y nietas tienen nombres más originales que caben sin problemas en cualquier impreso y no inducen a error ni exigen explicaciones, por ejemplo, al viajar a Estados Unidos, como nos sucede a las seis hermanas que somos en mi familia: todas María a sus ojos, puesto que el middle name de la advocación mariana no cuenta.  

Pienso que también se han superado algunos tabúes relacionados con la regla. Se ha mejorado bastante con los avances higiénicos y los nuevos medios para recogerla, aunque todavía sea un lastre en la vida de muchas mujeres. Una de mis hermanas bromeaba con que si fueran los hombres quienes la padecieran, ya se habría inventado algo para suprimirla. Por eso es tan importante que haya científicas, concluía siempre.  

Está en lo cierto. Es importante que las mujeres sigamos avanzando para ocupar todos los puestos que como mitad de una sociedad justa y equitativa nos corresponden. Es crucial que se supere para siempre una sociedad en la que se predica que si una mujer no es el ángel de su hogar es que es un monstruo. Nuestras abuelas y madres, aun sin percatarse muchas veces, nos han ido abriendo la senda en los cambios de mentalidad, como recoge el siguiente poema de Alfonsina Storni, titulado «Pudiera ser»:

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer…
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna… Ah, bien pudiera ser….

A veces a mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

Nos acostumbramos a llevar el nombre que nuestras madres nos eligieron o, cuando no nos gustan, los cambiamos por hipocorísticos (Cuca, Charo, Chavela, Chelo, Lola, Lali, Mariló, Toña, Tula) o por apócopes (Cris, Fina, Leo, Mari, Puri, Trini). Nos acostumbramos también a normalizar la menstruación porque todas las mujeres la vivimos cada mes durante una larga etapa de nuestra existencia, probablemente la más trascendental porque es en ella en la que tomamos decisiones que nos condicionarán para siempre: tener descendencia. Y, sin embargo, es una realidad camuflada, casi oculta. Las palabras que sirven para nombrarla incomodan y despiertan pudor en quien las dice y en quien las escucha. Mucho más cuando se escriben. Por eso se recurre a eufemismos. La menstruación está tan invisibilizada que ni siquiera se asocia con la sangre. ¿Por qué resultan tan obscenas las imágenes de la sangre menstrual y, en cambio, se toleran las de sangre provocada por violencia?

Me doy cuenta de que yo misma podría haber contribuido a normalizar esta realidad si hubiera titulado este texto «Sangre de mujer» en lugar de «Nombres de mujer». Llamar a las cosas por su nombre: este es el motivo por el que he preferido el segundo título, a mi entender, más abarcador. A veces queremos nombrar, pero no encontrarnos las palabras que nos sirvan. La necesidad de ser visibles y mostrar los problemas que afrontamos nos obliga como mujeres, la mitad de la humanidad, a acuñar nuevas palabras y otorgar nuevos significados a las ya existentes. Esos son nuestros nombres, los de todas las mujeres, que ponemos al servicio de la sociedad para entendernos y desarrollarnos en igualdad.
       


La lengua destrabada


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