viernes, 16 de noviembre de 2012

«Cámara estéril»: posos de una vivencia antigua (I)


Yo no sé muchas cosas, es verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos... Y sé todos los cuentos.
León Felipe


«La felicidad es una mota de polvo que revolotea en un rayo de luz», afirma uno de los personajes femeninos en mi novela La historia escrita en el cielo; por eso hay que aprovechar el momento, correr a atrapar esa mota efímera antes de que no sea más que un recuerdo de lo que pudo ser. El dolor es distinto: cuando llega y se adueña de nosotros, es difícil deshacerse de él. No queda más remedio que apretar los dientes y aguantar. Porque todos, cuando nos toca, somos capaces de aguantar mucho más dolor del que nos habíamos creído capaces, y su experiencia nos marca para siempre. He tardado muchos años en escribir este cuento. Necesitaba distancia y perspectiva. Quienes me conocen saben por qué. Empieza así:
La primera mañana llegué muy temprano al hospital y, como no tuve paciencia para esperar el ascensor que estaba ocupado, subí de dos en dos los escalones que olían a lejía hasta alcanzar la planta de Hematología. Con la respiración agitada por el esfuerzo, me disponía a entrar en el estrecho pasillo para buscar el número de la cámara estéril donde tenía que estar Pedro, cuando una mujer uniformada de azul que fregaba el suelo alzó la voz para decirme algo en catalán que no comprendí. Me detuve en la puerta, imaginando que no quería que le pisara lo fregado y dispuesta a contener mis prisas y aguardar hasta que se secara para no enfadarla.
—Lo siento, no la entiendo —me disculpé cuando la mujer, que había proseguido con su tarea, avanzando hacia mí con la fregona, volvió a dirigirme la palabra.
—Es demasiado pronto —dijo, esta vez en castellano―. Todavía no han descorrido las cortinas de las peceras.
No estaba segura del significado de sus palabras y le expliqué que mi marido había ingresado la noche anterior, que habíamos viajado en avión desde Madrid y que estaba angustiada por saber cómo se encontraba.
—¿Tu marido? —se extrañó la mujer―. Pareces demasiado joven para estar casada, aunque, bueno, aquí hay una que tiene dieciséis años y tres hijas pequeñas.
Yo quise esbozar una sonrisa, guardándome que también  tenía una hija de nueve meses que ahora iban a criar mis padres.
—Tranquila, tu marido estará bien ―prosiguió su charla la mujer, que había acabado el pasillo y escurría con fuerza la fregona en el cubo―. Aquí lo importante es ser fuerte y aguantar. Por muy grave que esté, puede salir adelante. Ahora mismo lo estarán atendiendo ahí dentro las enfermeras y lo verán los médicos. Cuando terminen, abrirán las cortinas y podrás hablar con él usando el telefonillo.
Y me aconsejó que me fuera a la cafetería a tomarme un café para hacer tiempo. Me callé que aborrecía el café y la dejé pasar con el cubo, permaneciendo en el descansillo de la escalera cada vez más nerviosa. Durante la última semana, los acontecimientos se habían sucedido en una precipitada catarata que había exigido actuaciones rápidas, casi sin pensar: el repentino malestar de Pedro tras las oposiciones, su ingreso por urgencias en el hospital ante el deterioro de su estado, la revelación de la grave y extraña enfermedad que padecía y que lo estaba dejando sin sangre, la recomendación de viajar cuanto antes a Barcelona para someterlo a un trasplante de médula ósea de alguno de sus hermanos, la entrega de nuestra hija a mis padres, el viaje en el puente aéreo tras haber recibido Pedro una transfusión de sangre para que aguantara y su ingreso en una cámara estéril del hospital barcelonés para evitar infecciones. Y ahora  que estaba tan acelerada, que no sabía qué había sido de mi marido desde que lo había entregado a los médicos la noche anterior, me pedían que hiciera tiempo, que me calmara.
—Sigues aquí, pues ven conmigo ―me dijo la misma mujer, que volvía después de haber cambiado el agua del cubo para continuar su labor de limpieza―. Te voy a enseñar dónde puedes encontrar una silla para que la coloques delante de la cámara de tu marido. Son muchas horas las que vas a pasar aquí para estar de pie.
La seguí obediente, cogí la silla negra imitación de cuero que me tendía y volvimos juntas al pasillo de las cámaras estériles.
—¿En qué cámara lo han puesto? ―preguntó la mujer.
Contesté que en la 7, y la mujer me indicó cuál era:
—¿Ves? Aquí está el número ―y añadió para darme ánimos―: Siete, el número de la buena suerte.
Mirando a mi alrededor, entendí lo de la pecera. A un lado del pasillo se sucedían las cámaras estériles, que tenían media pared acristalada y cerrada con cortinas oscuras, y un telefonillo a la derecha para comunicarse, mientras que en la pared opuesta había ventanas con cristales opacos imposibles de abrir por donde solo entraba claridad del exterior.
—Ya me tengo que ir —indicó la mujer, agregando con ojos compasivos―: Si quieres un consejo, procura no hacer amistad con nadie de este pasillo. La gente va y viene, llega de todas partes de España, y cuenta sus problemas. Tú no hagas caso de nadie más que de los médicos. Haz oídos sordos y concéntrate en tus asuntos.
Asentí con la cabeza y me senté en la silla, dispuesta a aguardar paciente para ver a Pedro. Estaba observándome las uñas, pensando que con las prisas del traslado había olvidado cortármelas, cuando me saludaron desde el principio del pasillo. Era una chica delgada y morena que repitió el saludo con la mano al cruzarse nuestras miradas.
—¿A quién tienes dentro? ―me preguntó, señalando hacia el cristal de la cámara.
Respondí que a mi marido.
—Yo, a mi novio —indicó la chica―. Lleva más de tres semanas. Ya le han dado la quimioterapia para que eche la médula mala y lo están radiando. Enseguida le harán el trasplante.
Yo sonreí como contestación porque no supe qué decir. La chica prosiguió informándome:
—Mi novio es panadero y luchador de taekuondo. Es muy fuerte y siempre ha estado bien. La culpa de lo que le ha pasado la tiene el dentista. Fue porque le dolía una muela y al sacársela se puso tan mal que por poco se muere. Y aquí ha acabado, esperando que le hagan un trasplante de médula.
Yo no quise explicar la enfermedad de Pedro y, en su lugar, le pregunté si vivían en Barcelona.
—No, en Gavà —repuso la chica―. Vengo todos los días en tren o en autobús.
Le conté entonces que nosotros habíamos llegado de Madrid y yo estaba en un hotel, pero que tendría que buscar un piso si la cosa se alargaba.
—Siempre se alarga —repuso la chica, meneando la cabeza con gesto de entendida—. Eso es lo que dicen todos los que andan por aquí, que se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale.
Poco a poco fueron desfilando el resto de los acompañantes de los pacientes que habitaban las cámaras estériles, y la chica perdió interés en mí, entablando conversación con cada uno de los visitantes que pasaban por su lado. Enseguida comenzaron las conversaciones por los telefonillos y se descorrieron las cortinas, pero las de Pedro continuaron echadas. Mi estado de ansiedad no me permitía pensar con claridad, los oídos me zumbaban y ya había imaginado la tragedia irremediable, cuando un hombre con bata blanca asomó la cabeza por el pasillo desde la puerta y dijo algo que no comprendí.
—Creo que te llaman —indicó la mujer que estaba ante la cámara de al lado, tocándome en el hombro—. Es el médico.
Yo me levanté apresurada y corrí hacia la puerta.
—Tranquila, no ocurre nada —quiso calmarme el de la bata con una sonrisa―. Pedro está bien, ha pasado buena noche y ha desayunado con apetito.
Y me condujo a su despacho, donde estaban reunidos otros médicos, que me explicaron la gravedad de la situación y el protocolo que se iba a seguir.
—Será un proceso largo y hay que tener paciencia ―me dijeron―. Tienes que hacerte a la idea de que Pedro no saldrá de la cámara estéril hasta dentro de unos cincuenta días aunque las cosas vayan razonablemente bien.
Firmé algunos papeles y me entregaron otros, donde se especificaba la mayoría de las cosas que debía conocer sobre el tratamiento que iba a seguir Pedro y los resultados posibles. Quería ser valiente, pero no pude evitar que el miedo asomara a mis ojos.
—Tranquila —volvieron a repetirme, antes de dar por concluida la reunión―. Tú serás su apoyo y su contacto con el mundo exterior. Pedro te necesita, y tienes que estar preparada. Cada día te iremos informando de su estado, pero has de tener paciencia.
Paciencia, repetí para mis adentros antes de darles las gracias. Después corrí hacia el pasillo de las cámaras estériles porque me urgía ver a Pedro y comprobar por mí misma dónde y cómo estaba instalado. Por suerte, las cortinas ya estaban descorridas, y él, vestido de verde, charlaba sentado en el borde de la cama con una enfermera cubierta con gorro y mascarilla.
—Por fin has llegado —respondió con cierto tono de reproche cuando le hablé por el telefonillo―. Tengo muchas cosas que contarte.
Me guardé que llevaba horas esperando porque preferí escuchar de sus labios casi lo mismo que me acababan de referir los médicos, pero en un tono mucho más animado, subrayando los aspectos positivos e ignorando la gravedad de su situación.
—Dentro de un rato me llevarán al quirófano para ponerme un catéter aquí ―me comunicó, señalando la parte alta del pecho―. Por ahí irá la medicación y las células del trasplante, que me harán en cuanto lleguen los resultados de mis hermanos.
—No adelantemos acontecimientos ―quise prevenirlo de futuras desilusiones.
—Te oigo mal, habla más alto ―repuso, algo irritado.
Y supe que no había querido escucharme, porque añadió a continuación:
—El trasplante es la mejor opción, y teniendo tantos hermanos, seguro que alguno es histocompatible conmigo. Por eso he pedido a los médicos que vayan comenzando los preparativos, porque cuanto menos esté en esta cámara aislado, mejor.
—Te lo robo un ratito. Tenemos que prepararlo para el quirófano ―anunció una enfermera que había entrado en la cámara y corrió las cortinas, salvándome de sostener por más tiempo la mirada de Pedro.
Volví a concentrarme en mis uñas crecidas hasta que me hablaron.
—También tiene la enfermedad, ¿verdad? ―me dijo la mujer cuarentona de pelo oscuro muy corto que estaba sentada ante la cámara de mi izquierda y sin duda había alcanzado a escuchar la conversación.
—No sé a qué se refiere —contesté incómoda, pretendiendo que me dejara en paz.
—La enfermedad —repitió y, señalando con la cabeza la cámara ante la que estaba, agregó—: A mi marido ya le han dado la quimioterapia, todo el tratamiento. En cuanto le suban las defensas, saldrá de la cámara.
Sonreí como respuesta, porque no quería dar pie a más explicaciones, pero prosiguió:
—Se ha de hacer un trasplante de médula ahora que la enfermedad está controlada, porque si le repite… Pero no quiere, pues ahora se encuentra bien y como no sabe lo grave que es… Lo tenemos engañado; es que si se entera, no lo va a resistir…
—Lo siento —dije, tratando de finalizar la confesión.
Pero mi vecina insistió:
—¿Tu marido tiene la enfermedad?
—¿Qué enfermedad? —pregunté a mi vez.
—Ya sabes, la de la sangre.
—Aquí todos tienen enfermedades de la sangre.
—Leucemia —musitó entonces, como si estuviera soltando una blasfemia que le quemaba en los labios.
Y yo respondí:
—No, mi marido tiene otra cosa ―callándome que probablemente igual de grave o incluso más.
Me alegré cuando apareció una enfermera sin mascarilla que nos pidió que saliéramos del pasillo, aconsejándonos que bajáramos a la cafetería a tomar algo, porque durante un rato iba a estar cerrado por motivos de mantenimiento.
—Eso es que se ha muerto un paciente ―comentó un acompañante a su pareja mientras se dirigían a los ascensores—. No quieren que nos enteremos.
Y un escalofrío de miedo me recorrió la espalda.
Tomé la firme resolución de no mezclarme con lo que sucedía en el hospital, de mantenerme al margen del resto de familiares de enfermos, como me había aconsejado la limpiadora. Pero ese mismo día fracasé en mi objetivo, porque acabé comiendo con un matrimonio de Zaragoza. Se empeñaron en invitarnos a la novia del panadero y a mí a un restaurante caro donde nadie pareció aprovechar los magníficos platos, y el matrimonio ahogó sus penas con sucesivos gintonics como aperitivo y whiskis dobles de postre. Su hija adolescente estaba enferma desde hacía años, había pasado por diversos hospitales y tratamientos, y ahora estaban considerando un trasplante de médula ósea. Hablaron de cifras de hemoglobina, de hematocrito, de plaquetas y linfocitos T, poniéndome al corriente de una terminología en la que pronto yo también estaría versada.
—¿Habéis alquilado piso? ―pregunté, tratando de aprovechar el momento para resolver mi situación.
Pero estaban en un hotel de los mejores y me recomendaron que siguiera su ejemplo. Era mucho más cómodo y no tendría que preocuparme por nada.
Por la tarde, de vuelta cada cual ante su cámara estéril, escuché comentar a la novia del panadero por el telefonillo:
—Hoy nos han invitado a la nueva de Madrid y a mí. El hombre tenía la cartera llena de billetes, y los dos beben como cubas. Por lo menos, no han intentado darnos las estampitas de monseñor…
Atando cabos, llegué al convencimiento de que yo había pasado a formar parte de las obras de caridad que todos los días realizaba el matrimonio zaragozano para ganarse la curación de su hija. Y lo comprendí. Yo habría hecho eso y mucho más de pensar que así Pedro se iba a salvar.
El mismo día en que dieron de alta al paciente de la cámara de la izquierda, me informó el equipo médico de que ninguno de los hermanos de Pedro era totalmente histocompatible con él y, por tanto, había que descartar el trasplante de médula.
—Hay otros tratamientos —me explicó una doctora ante mi cara de desolación―. Probaremos con un suero ATG.
—¿Ya lo sabe Pedro? —pregunté en mi angustia, imaginándome la repercusión que tendría la noticia en su estado de ánimo.
—Ahora mismo está hablando con él su médico —repuso sonriéndome―. No te preocupes. Él es fuerte, creo que más que tú, y podrá afrontarlo, porque le estamos ofreciendo otra solución.
Callé, guardándome que yo conocía bien a mi marido y sus argucias para no revelar sus debilidades. Tal vez fuera mejor que todos pensaran que era tan animoso y fuerte como aparentaba; tal vez él mismo llegaría a sugestionarse y conseguiría resistir.
Cuando me dirigía hacia el pasillo de las cámaras estériles, me detuvo, agarrándome del brazo, mi antigua vecina de cámara.
—Nosotros ya nos vamos —se despidió y, señalando a su marido, calvo como una bola de billar y con gruesas gafas de miope, añadió—: Le han dado de alta, pero le recomiendan el trasplante de médula. Dile que tu marido también se lo va a hacer…
—Ya veremos, ya veremos —la cortó el marido antes de que yo pudiera responder—. Los que vienen son meses de mucha faena, y ya estoy bien para coger la aguja. Un poco débil, eso sí, porque los médicos de aquí digamos que han puesto los hilvanes y han pasado los hilos, pero el sobrehilado de las costuras, los acabados finos de mi salud, le corresponden, como es natural, a mi Carmeta.
La mujer sonrió complacida y le dio unos cariñosos golpes en el hombro.
—Es que es sastre y como se acerca la época de las comuniones y las bodas…―quiso aclararme.
—Sí, Carmeta —prosiguió el marido, que llevaba en la mano una tiesa gorra de cuadros oscuros—. Yo me sentaré a coser, me alimentaré con tus guisos y por las tardes tomaremos el aire mientras cantan los pájaros. Así terminaré de curarme, sin necesidad de trasplantes, por mucho que digan estos médicos, que tampoco lo saben todo.
Los contemplé alejarse, pensando que su demacrado aspecto desdecía sus esperanzadas palabras. Se me antojó que llevaba escrita en la frente la cruel sentencia de los desahuciados.
Pedro no parecía deprimido por los resultados de los estudios de histocompatibilidad. Me refirió lo que había hablado con el médico y el cambio de tratamiento, concluyendo:
—Al final, creo que me conviene más que no me hagan el trasplante. Me ahorraré quimioterapia y radioterapia, y empezaremos enseguida. Tienes que bajar al banco de sangre, porque voy a necesitar donantes. Allí te explicarán lo que hay que hacer.
Fui de inmediato porque necesitaba sentirme útil, y la enfermera que me recibió se mostró franca, pero agradable. Me volvió a explicar la situación con palabras claras:
—Pedro padece aplasia medular severa, lo que quiere decir que sus células madre no están fabricando los distintos componentes de la sangre, y va a necesitar trasfusiones. Los hematíes no son problema, porque el hospital cuenta con suficientes, pero las plaquetas son otra cosa. El proceso de extracción es largo y pesado, y no todo el mundo está dispuesto a donar. Por eso recomendamos que sea la propia familia o amigos quienes se comprometan a hacerlo.
Pregunté si yo servía a pesar de no compartir grupo sanguíneo.
—Sí, de momento servirás, pero habla con tus familiares, porque no será suficiente si se alarga el tratamiento.
Le expliqué que estábamos solos en Barcelona y aproveché para preguntarle cómo podía alquilar un piso.
—Tenemos una pequeña base de datos con las ofertas disponibles cercanas al hospital, pero creo que en este momento no hay nada libre —se disculpó la enfermera―. Habrás de recurrir a alguna agencia inmobiliaria…. Espera un momento.
Se levantó de la silla y abandonó el despacho en el que estábamos reunidas. Al poco reapareció con una chica muy guapa, cuyo agradable perfume cítrico inundó la habitación, eliminando el deprimente olor a hospital.
—Es la madre de Ruth, una niña con trasplante de médula  que está a punto de salir de la cámara estéril —dijo la enfermera como presentación, tomándola por los hombros—. Ella te puede informar mejor que yo.
Conocía a la espectacular vasca por referencias y de verla pasar cada día por el pasillo de las cámaras, pero nunca habíamos cruzado palabra. Fue estrictamente amable y me recomendó buscar en periódicos o recurrir a un par de inmobiliarias conocidas.
—¿Estás sola? —me preguntó después.
—Sí. Necesito algo pequeño, porque hasta que Pedro salga de la cámara, lo utilizaré únicamente yo. No le pueden hacer el trasplante, así que no es necesario que vengan sus hermanos a Barcelona.
La vasca me miró en silencio y por fin se decidió a opinar:
—Esto es duro, incluso si va bien. Mi marido está en Donostia con el hijo de cuatro años que donó la médula para el trasplante de su hermana, porque no podemos cerrar el bar que nos da de comer, pero mis hermanas y mis primas se turnan para acompañarme.
Concluimos la conversación porque tuve que acompañar al enfermero que vino a buscarme para hacerme los análisis necesarios a fin de convertirme en donante de plaquetas de Pedro.
Descubrí la mañana siguiente que mi nueva vecina de cámara estéril era la chica de dieciséis años que tenía tres hijas. Era una gitana portuguesa de largos cabellos recogidos en una trenza, rostro afable y voz acariciadora. Me relató enseguida las circunstancias de su vida y, ganada por su inocencia, yo le conté parte de las mías.
Una mujer con melena rubia de mechas y muchas pulseras de oro recorrió el pasillo de las cámaras estériles, taconeando con sus altos zapatos y observándolo todo con mirada escrutadora.
La portuguesa también la miró de arriba abajo sin disimulo hasta que desapareció de la vista. Luego continuó relatándome:
—Mi marido se dedica a la trata de ganado, por eso bebe demasiado. Y está gordo ―se rio como disculpándose antes de añadir—: Yo también, gustamos de la comida, mas él no se cuida. Por eso cae enfermo. Los doctores dicen que necesita un trasplante y que los padres no sirven, por eso mandan llamar a su única hermana, Branca, que vive en Brasil…
La mujer rubia de mechas regresó taconeando en ese momento con una chica más o menos de mi edad y se detuvieron ante la cámara anterior a la de Pedro. La de mechas descolgó el telefonillo y se puso a hablar con la persona que la ocupaba.
—Estos no se quieren quedar en el hospital —susurró, acerándose a mí, la portuguesa—. Quieren llevar al enfermo a los Estados Unidos, porque no se fían de estos médicos, pero les han dicho que está mal y no aguantará el viaje.
Yo levanté las cejas en señal de sorpresa, y la portuguesa prosiguió:
—El mío marido estaba fuera en la planta hasta que le han tenido que poner en la cámara, y yo escuché hablar a los médicos esta mañana.
Un hombre mayor de aspecto próspero pero rostro desolado llegó avanzando a grandes zancadas y se puso a dar golpecitos en el cristal de la cámara.
—No te preocupes, hijo, en cuanto te recuperes, te sacamos de ahí y nos vamos a Houston. Lo estoy arreglando, no tienes de qué  preocuparte  ―repitió, y su voz sonó tan afligida que fue una suerte que su hijo, dentro de la cámara, no pudiera escucharlo sin el telefonillo.

Cuento incluido en El ala robada y otros cuentos, 2012.

La lengua destrabada
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martes, 13 de noviembre de 2012

El punto y sus variantes: pautas prácticas de uso

Tomados en su conjunto, estos signos de puntuación (punto y coma; dos puntos; puntos suspensivos; punto y seguido; punto y aparte; punto interrogante; punto admirativo) deberían utilizarse más que la coma, pero no es así. Probablemente por desconocimiento o por falta de reflexión, muchas personas (periodistas y escritores, entre ellas) escriben una coma tras otra en párrafos completos sin tener en cuenta dónde termina una idea y dónde empieza la siguiente, con lo que sus textos resultan siempre imperfectos y a menudo ininteligibles.

Las normas de puntuación son en gran medida universales, y existen reglas sencillas que nos ayudan a decidir qué signos de puntuación convienen para cada oración que deseemos escribir.  Veamos su uso.

Punto y coma (;)
Se dice que representa una pausa intermedia entre la coma y el punto y seguido, pero la distinción es tan mínima que muchas veces su elección depende del criterio de quien escribe. Sin embargo, nunca es intercambiable con los dos puntos (:). El punto y coma se emplea:
1.  Para sustituir a la coma en oraciones semejantes no enlazadas por conjunción:

Unos tendrán que viajar; otros descansarán mañana; algunos no querrán moverse; el caso es que todos deberán tomar una decisión.
(O también: Unos tendrán que viajar,  otros descansarán mañana y algunos no querrán moverse; el caso es que todos deberán tomar una decisión.)
 Ayer estuve en Sevilla; hacía un calor enorme.
(O también: Ayer estuve en Sevilla y hacía un calor enorme).

2. En una sucesión de nombres, adjetivos o complementos, sobre todo si ya existe alguna coma en cada elemento:

Carros  cargados con baúles, colchones y algunos muebles; mujeres con los niños de la mano; hombres arreando al rebaño, llevando a hombros a los borregos más débiles.

3. Para enlazar dos oraciones largas que comparten un mismo sujeto y carecen de otro nexo:

Las actrices de cine y televisión llevan una vida muy sacrificada, a pesar de las apariencias; se ven obligadas a renunciar a muchas cosas para mantener la fama.

4. Para separar oraciones que comparten el mismo verbo cuando este se suprime (elipsis):

Fran es empresario; Cecilia, abogada.
 Jorge está en la cárcel por robar coches; Elena, por atracar bancos; Luis, por firmar cheques sin fondos.

5. Entre dos oraciones complejas, cuando la segunda es consecuencia de la primera y va introducida por una locución adverbial (por tanto; por consiguiente; por eso; en fin…)

Estas tres casas tienen el mismo tamaño y comparten el jardín; por eso las vendemos al mismo precio.

6. Entre dos oraciones complejas, cuando la segunda va introducida por una locución adverbial o frase que sirva como conjunción adversativa (ahora bien; no obstante; sin embargo; el hecho es que; por el contrario…):

No quisiera, señor Berná, aburrirlo con tantos detalles técnicos; no obstante, debo ponerlo al corriente de lo que está sucediendo a sus espaldas.
 
Dos puntos (:)
Su uso es más limitado que el de otros signos de puntuación y nunca es equivalente a la coma ni al punto y coma. Después de los dos puntos se escribe con letra mayúscula en el caso del encabezamiento de las cartas, decretos, resoluciones, sentencias, etc., pero cuando a los dos puntos siguen palabras u oraciones separadas por coma, se escribe letra minúscula (véanse los distintos ejemplos citados más abajo). También se escribe con minúscula cuando la oración tras los puntos completa la anterior. En el caso de las citas textuales, empiezan con mayúscula o minúscula dependiendo de lo que se cita. En los títulos se recomienda, pero queda a criterio de quien escribe, el empleo de letra minúscula tras los dos puntos, mientras que en los epígrafes de libros se  empieza con letra mayúscula. Se emplean:

1. Tras el encabezamiento de una carta:

 Querido amigo:
 Estimado señor:
 A quien corresponda:

2.  Para anunciar o cerrar una enumeración:

Todo en ella es extraordinario: su vida, sus amigos, sus aficiones…
Antipático, irresponsable, despiadado: así es él.

3. Para anunciar una conclusión, sugerir  una consecuencia o dar una explicación:

 Eso es lo importante: que haya salvado la vida.
 No hay más remedio: debemos vender el coche.
 Aquí la vida es insoportable: más de 10.000 personas están abandonando la ciudad.

4. Para introducir una cita literal entrecomillada:
 Dijo Umbral: «Si usted se casa con mujer cantarina, ya tiene bastante».
Adviértase que en este caso tras los dos puntos se escribirá mayúscula o minúscula según lo exija la cita.

5. Detrás de locuciones como es más, sin rodeos, ahora bien, a saber, en otras palabras, dicho de otro modo, por ejemplo, verbi gratia…( en la mayoría de estos casos, se puede optar también  por la coma):
En muchos pueblos no se votó; en otras palabras: no se aceptó el programa. 
Es más: nadie saldrá vivo de aquí.

6. En textos jurídicos y administrativos después de verbos como certifica, dice, expone, suplica, etc.
Lo que sigue suele ir en párrafo aparte y son los únicos casos en los que se permite emplear los dos puntos seguidos de la conjunción que (solicita que; expone que; promete por su honor que…).

7. En títulos y epígrafes, para separar el concepto general del aspecto parcial que va a tratarse:

Literatura escrita por mujeres: dos escritoras románticas
Una novela picaresca de Quevedo: Vida del Buscón, llamado don Pablos


 Advertencia: Nunca es correcto escribir dos puntos entre una preposición y el sustantivo que introduce: La novela fue  escrita por [:] Mauricio Colmenero. En la reunión había representantes de [:] Bélgica, Suiza e Irlanda.

Puntos suspensivos (…)
Siempre son tres puntos  y, en general, se usan para dejar un discurso en suspenso, marcando una breve pausa. Se escriben pegados  a la palabra  que los precede y a continuación, según se necesite,  se pueden añadir coma, punto y coma, dos puntos, signos de admiración o de interrogación, pero nunca punto. Si los puntos suspensivos cierran un enunciado, la palabra que va a continuación se escribe con mayúscula inicial; en los demás casos se escribe con minúscula.  Su empleo es el siguiente:

1. Expresar estados de duda, temor, suspense…
No sé si llamar o no...  No sé qué hacer
Quería decirte… bueno, mejor otro día.

2. Para indicar la interrupción voluntaria de un enunciado por considerar que el lector lo conoce:
A buen entendedor…
Como dice el refrán, ojos que o ven…

3. Para insinuar sin escribir completas palabras malsonantes:
Pero qué c… es ese hombre.
Vete a la m…, ya no te aguanto más.

4. En sustitución de  etcétera (y nunca ambos) en las enumeraciones:
 A España vienen turistas franceses, italianos, alemanes…

5.  Cuando se desea dejar el enunciado incompleto y el sentido en suspenso:
 Ahora estoy hecha un asco, pero si me hubieras visto de joven…
Fue una enfermedad terrible; unos años llenos de amargura… No quiero seguir hablando de eso.

6. Entre corchetes […] indican la omisión de texto en la cita entrecomillada que se transcribe:

 «Porque las palabras que había oído hasta entonces […] no tenían ningún sentido».
Signos de admiración (¡!)  e  interrogación (¿?)
También llamados en tipografía puntos interrogantes y puntos admirativos, estos signos dobles marcan en la escritura el inicio y el final de una pregunta o exclamación, aunque el enunciado empiece antes:
Ana, ¿tú sabes si va a llover hoy? ¿Tú sabes si va a llover hoy, Ana?
Buenos días, Pedro, ¡qué gusto me da verte! ¡Qué gusto me da verte, Pedro, buenos días!
Cuando se acumulan varias oraciones interrogativas o exclamativas, no es necesario que empiecen con mayúscula, salvo la primera:
 ¿Vas a venir mañana?, ¿pasarás a recogerme?, ¿iremos al cine?
 ¡Cuántas mentiras!, ¡qué desilusión tan grande!, ¡cómo te odio!
 Adviértase que las oraciones van separadas con coma; de lo contrario tendrían que comenzar por letra mayúscula:
 ¿Vas a venir mañana? ¿Pasarás a recogerme? ¿Iremos al cine?
 ¡Cuántas mentiras! ¡Qué desilusión tan grande! ¡Cómo te odio!
 La Real Academia señala que hay oraciones interrogativas y admirativas a la vez, marcadas con signo de admiración al principio y de interrogación al final, o viceversa, y también con ambos signos al principio y al final:
 ¡Cómo te has atrevido?
 ¡¿Cómo te has atrevido?!
 No se escribe punto después de cerrar un signo de admiración o interrogación, pero si termina un enunciado, la palabra siguiente empezará por mayúscula:
No he conseguido entradas. ¡Qué le vamos a hacer! Iremos al cine otro día.
¿Qué quieres que haga? No sabía que pasaría eso.
A veces estos signos se intercalan entre paréntesis en el texto para expresar sorpresa, incredulidad o asombro. En estos casos, se emplean los signos de cierre  (!)  (?):
Ignacio se refería a su fidelidad (?) a la causa.
Dijo que había adelgazado 20 kilos (!) en una semana.

Punto y seguido; punto y aparte, y punto final
Estos signos de puntuación marcan, respectivamente, el final de un enunciado, de un párrafo y de un texto. La diferencia entre el punto y seguido y el punto y aparte no es siempre muy clara; suele intervenir la subjetividad de quien escribe. En términos generales, se marca con punto y aparte cuando se cambia de idea o asunto, mientras que se prefiere el punto y seguido cuando se desarrollan aspectos diferentes de una misma idea.
Las abreviaturas siempre llevan punto: Sr., Excmo., Ilmo. No se escribe punto detrás de los signos de interrogación y admiración, ni se añade a los puntos suspensivos.
Y punto final.


La lengua destrabada

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jueves, 8 de noviembre de 2012

Decálogo para el buen uso de la coma

uso de la coma
Todos sabemos que la coma, el signo de puntuación más utilizado, marca una pausa breve dentro del enunciado y, si somos buenos lectores, habremos advertido también  que en muchos casos su uso es arbitrario y depende del gusto o estilo de quien escribe. Sin embargo, existen unas normas básicas que hay que respetar y seguir para que nuestros textos, literarios o no, se lean y comprendan a la primera.
Nadie se olvida de montar en bicicleta o patinar una vez que ha aprendido. Lo mismo ocurre con las normas sobre el uso de la coma: una vez que se conocen y comprenden, su empleo acaba siendo automático. Es cuestión de práctica. Y lo que escribimos mejorará sensiblemente.
Este es un decálogo básico sobre el uso de la coma, con cinco reglas positivas (es decir, se escribe coma) y cinco negativas (es decir, no se escribe coma).
Empecemos por las positivas:
1.     Se escribe coma, antes y después (o solo antes o solo después, según la situación), para delimitar acotaciones (o explicaciones) dentro de la oración principal, sean adjetivos, construcciones de gerundio, oraciones subordinadas, locuciones adverbiales o frases hechas:
Eduardo, llorando a lágrima viva, salió de la habitación.
Dicho lo cual, me retiro.
Inés, la novia de mi primo, llegó de Cuenca.
El niño, asustado, se escondió tras la puerta.
Toda esa ropa, incluidos los abrigos, está sucia.
La tierra, pensaba Alejandro, era demasiado grande para conocerla entera.
Sea como fuere, nada ha cambiado.
2.     Se escribe coma para separar elementos de una misma serie morfosintácticamente equivalentes:
He comprando tomates, pimientos, cebollas y pepino.
En invierno me acuesto pronto, duermo mucho y casi no como.
Me dijiste que vendrías, que iríamos de compras, que me invitarías…
Llegó, vio, venció.
3.     Se escribe coma para sustituir un verbo omitido que ya se ha expresado en el contexto o se sobreentiende:
Pedro fue a clase; Juan, a nadar.
Los que no sepan nadar, a la piscina pequeña.
Cecilia es abogada; Jorge y Manolo, ingenieros industriales, y Enrique, arquitecto.
(Recuérdese este último ejemplo cuando se lea la regla 8: en este caso concreto, siempre es necesaria la coma antes de la conjunción y.) 
4.     Se escribe coma para acotar un nombre en vocativo, sea al principio, en medio o al final de una oración:
Hola, Laura, ¿cómo estás?
Carmen, tráeme un café.
Echa un ojo a esto, Carlos.
Jorge, escúchame; escúchame bien,  Jorge; repito por última vez, Jorge, que me escuches.
No, señor.
5.     Se escribe coma para marcar que se ha invertido el orden en una oración compuesta, adelantando la cláusula subordinada a la principal:
Si vienes a Madrid, llámame (pero sin coma: Llámame si vienes a Madrid).
Aunque no lo creas, es cierto (pero sin coma: Es cierto aunque no lo creas).
Cuando estés en Sevilla, acuérdate de comprar el abanico (pero sin coma: Acuérdate de comprar el abanico cuando estés en Sevilla).
Para no olvidarme, dejé una nota en la nevera (pero sin coma: Dejé una nota en la nevera para no olvidarme).
Las reglas negativas son:
6.     No se escribe coma entre el sujeto y el verbo de una oración, incluso cuando el sujeto esté compuesto por varios elementos:
Los vendedores de seguros siempre llaman dos veces (y nunca: Los vendedores de seguros [,] siempre llaman dos veces).
Conseguir que tú y  yo nos entendamos siempre ha sido lo más importante (y nunca: Conseguir que tú y yo nos entendamos[,] siempre ha sido lo más importante).
El que se pica ajos come (y nunca: El que se pica[,] ajos come).
7.     No se escribe coma entre el verbo y sus complementos si siguen un orden lógico:
Las niñas del colegio comían las asquerosas sardinas aguantando el asco (pero se escribe: Aguantando el asco, las niñas del colegio comían las asquerosas sardinas).
La gente murmuraba sobre esto y aquello en pequeños corrillos (pero se escribe: Sobre esto y aquello, en pequeños corrillos,  la gente murmuraba).
Pedro nadaba como un pez de aguas frías entre las gélidas olas (pero se escribe: Como un pez en el agua entre las gélidas olas, Pedro nadaba).
8.     No se escribe coma delante ni después de las conjunciones y, e, o, u, ni, que,  siempre que no haya ningún inciso entremedias y unan elementos morfosintácticamente equivalentes:
Comimos carne, fruta y postre (pero se escribe: Comimos carne, fruta y postre, y luego nos fuimos al cine).
No quiero llorar ni quedarme en casa (pero se escribe: No quiero llorar ni quedarme en casa, ni tampoco que la gente me tenga pena).
A las mujeres les prometen que serán iguales a los hombres (pero se escribe: A las mujeres les prometen, tontas de ellas, que serán iguales a los hombres).
No sé si viajaré a Francia, Italia o Rusia (pero  se escribe: No sé si viajaré a Francia, Italia o Rusia,  o me marcharé a casa de mi madre).
9.     No se coloca coma delante de paréntesis, corchete ni guión; la que corresponda se escribe detrás :
La historia, escrita en latín (la primera versión), se publicó hace tiempo.
El maíz, molido o en mazorca —y cocinado en tortillas—, era su dieta principal.
10. No se escribe coma detrás de la conjunción pero cuando introduce una pregunta o exclamación:
Pero ¿quién te lo dijo?
Pero ¡qué horror!
Como conclusión, recordemos que la coma debe ayudar a la lectura y no interrumpirla, y que este decálogo puede compendiarse en dos reglas fundamentales:
·        Nunca se escribe coma entre el sujeto y su verbo.
·        Los incisos y cambios de orden lógico que surjan en la oración se marcan con comas.
Quedan, por supuesto, infinidad de usos más, sujetos en su mayoría al criterio de quien escribe. Para ampliar esta información, unas de las mejores fuentes son el Diccionario panhispánico de dudas de la Asociación de Academias de la Lengua Española y el Diccionario de uso del español de María Moliner. También hay más información bibliográfica interesante en  Libros de consulta.


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  

sábado, 3 de noviembre de 2012

Un cuento por dentro: «El sexo según Panchito» (II)


El sexo según Panchito
Algunas de las protagonistas
 
Las hermanas mayores siempre van un paso por delante y lo que no saben del mundo se lo inventan, porque tienen que demostrar la autoridad que les han delegado sus padres. Pero a veces las hermanas menores se rebelan:


Esa noche, antes de acostarse, Mela quiso salir de dudas, soltando de un tirón:
—Mamá, Lola dice que te metes trapos y papeles en la tripa para tenerla gorda. ¿Por qué quieres tenerla gorda? Las de la lechería te han llamado coneja.
—Ay, hija, tú no hagas caso y vete ya a la cama —replicó la madre para salir del paso—. Son tonterías que no tienen importancia.
—Mis amigas se lo han creído, mamá.
—No te preocupes. Estoy más gordita, eso es todo.
Mela casi había olvidado esta conversación cuando el domingo, mientras comían la paella de pollo, su padre anunció:
—Vais a tener un hermanito. Está en la tripa de mama, por eso la tiene gorda.
Todas se alegraron con la noticia, y Lola preguntó si estaban seguros de que sería un hermanito.
—No, no lo estamos, pero nos gustaría, porque ya hay muchas niñas en esta casa —repuso el padre—. Quiero un niño que juegue al balón conmigo.
—Pero ¿por qué está dentro de la tripa de mamá? —quiso saber Mela—. ¿Quién lo ha metido ahí.
El padre carraspeó y miró a la madre, que puso cara de circunstancias.
—Bueno, eso es una cosa que hacemos los papás —explicó por encima, deseando cambiar de tema.
—¿Y por qué no os hemos visto? —continuó el interrogatorio Pilar, que no se había dado por satisfecha.
—Porque son cosas de mayores, algo que hay que hacer con mucho cuidado…
—Ah, como cuando se cortó mamá el dedo y tuviste que curárselo y sudabas tanto y nos mandaste fuera —cayó en la cuenta Pilar.
—Lo mismo —zanjó el padre y pidió a la madre que trajera el postre—. Hemos comprado merengues para celebrarlo.
Margara y Mari sintieron envidia cuando se enteraron de la noticia. Ellas tenían hermanos mayores que ya novieaban, pero a sus madres no les había crecido la barriga.
—Yo a lo mejor tengo un sobrino pronto —alardeó Margara—. En cuanto mi hermano se case.
Mari no quiso quedarse atrás y bajó la voz para revelar:
—Pues a mí ya me están creciendo las tetas. Enseguida tendré leche.
—A ver, enséñanoslas —la retó Lola incrédula.
Pero Mari se negó a hacerlo en la calle.
A partir de se día todas se obsesionaron con los pechos y se miraban en el espejo para comprobar si les iban creciendo.
—Yo ya tengo el hueso —se jactó una tarde Lola—. Es como en las aceitunas. Primero sale el hueso y luego se infla la carne a su alrededor.
—O como en los melocotones, que tienen el hueso más grande —opinó Mela—. El mío se parece más al de los melocotones.
—Pues el mío es de ciruela —indicó Margara—, y mi madre me está arreglando un sostén.
La apasionada conversación de las niñas llama la atención de Panchito, que enseguida entra en acción:
El sexo según Panchito
Panchito


Panchito, que se había convertido en ayudante de Manolo en la fabricación del bólido, oyó de pasada sus palabras y sintió interés:
—¿De qué hablan, muchachas?
—De nada que te importe —repuso cortante Lola.
—Ustedes se lo pierden, porque yo de esa chingadera sé bastante.
—¿Qué dices que sabes? —se interesó de inmediato Lola.
—De cómo hacen los hijos los papás y las mamás.
—Eso es mentira, no puedes haberlo visto, porque se hace en secreto ─intervino Pilar.
—Lo vi, de veras que lo vi —insistió Panchito.
Mela se rió antes de añadir en tono despectivo:
—Anda, mentiroso, si no tienes hermanos y tus papás…
Un codazo de Margara le impidió terminar la frase.
—No vi a mis papás —porfió Panchito.
En ese momento pasaba por la calle don Arsenio, un oficinista triste y medio calvo que usaba en invierno y verano el mismo raído traje oscuro, abrillantado por el uso, y llevaba una cartera negra de cartón imitación de piel con grandes hebillas plateadas.
—Fue a él a quien vi —reveló Panchito, señalándolo con la cabeza.
El hecho de que don Arsenio tuviera muchos hijos prestó veracidad a sus palabras, y las niñas escucharon atentas la explicación de cómo una tarde, cuando un reluciente Renault 4/4 negro vino a buscarlos a él y a su mujer, Panchito se había subido de mosca sin que sus ocupantes se percataran y había viajado con ellos hasta un hospital, donde desde una ventana abierta contempló la escena que se desarrolló dentro.
—Desnudaron a la esposa y la tumbaron sobre una cama, amarrándola fuerte para que no se moviera —relató a sus atentas escuchantes—. Agarraron después a don Arsenio, le sacaron los pantalones y lo amarraron con unas como correas que estaban unidas a un sistema de poleas con el que lo fueron alzando del suelo. Vieran cómo pateaba en el aire mientras subía, hasta colocarlo encimita de su esposa. Entonces el médico que llevaba la bata blanca le ordenó: ¡Méela, méela!
Ahí Panchito se calló, y las niñas protestaron:
—¿Y qué más paso? —preguntó Mari.
—Pues qué quieren que pasara. Don Arsenio obedeció al médico —y sin una palabra más, Panchito se marchó a ayudar a Manolo con el bólido.
Cuando don Arsenio volvía camino de su casa con su lecherita de aluminio llena de la leche que había comprado, se cruzó con las niñas, que no pudieron evitar contemplarlo con admiración. A sus ojos, ese hombre de zapatones con la punta desteñida que se le salían al caminar, dejando a la vista las taloneras desgastadas de los calcetines, era casi un héroe, un ciudadano ejemplar que no se había acobardado para traer al mundo a sus muchos hijos. Y en sus mentes infantiles, creyeron comprender por qué el Caudillo, generalísimo de las Españas, se obstinaba tanto en premiar a las familias numerosas.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

La lengua destrabada
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jueves, 1 de noviembre de 2012

Un cuento por dentro: «El sexo según Panchito» (I)

El ala robada y otros cuentos
Hace años, cuando vivía en la ciudad de México, un buen amigo nos reveló durante una noche de fiesta cómo había sido su despertar al sexo en la infancia. Su relato fue tan espontáneo y gracioso que lo guardé en la memoria, sin saber todavía que se iba a convertir en el germen del cuento que terminé de escribir el verano pasado, «El sexo según Panchito», incluido en El ala robada y otros cuentos (ebook Amazon, 2012).
Decidí, sin embargo, que sería un relato coral, con diversos personajes y un narrador omnisciente al que no se le escapara nada importante de lo que sucediera. ¿Dónde ambientaría la acción? No podía ser en México, pues hace ya tanto que regresé, que me sentía incapaz de crear el lenguaje de mis personajes infantiles para hacerlos creíbles, así que me decidí por lo que conocía bien: la España franquista de mi infancia de pueblo.
Yo suelo discurrir lo que más tarde escribo mientras monto en bicicleta o camino, anotando en cuanto vuelvo a casa lo más importante para que no se me olvide. Mientras iba imaginando mi cuento, la primavera avanzaba en el campo, y los vencejos chillaban en el cielo. Eso me inspiró el inicio que necesitaba:


Los gritos de Mela, ¡ya han llegado, ya han llegado!, asomada a la ventana del cuarto de baño distrajeron a sus hermanas que se peinaban ante el espejo, y hasta Ito, la más pequeña, que desayunaba sus sopas de leche en la cocina, corrió por el pasillo para no perderse lo que ocurría.
—Basta —puso orden la madre, cerrando la ventana sin contemplaciones—. Terminad de arreglaros o llegaréis tarde.
—Es mentira, Mela, no has visto nada —le reprochó Lola, mientras volvía al espejo y se atusaba el flequillo, empapado en colonia César Imperator.
—Mentirosa, mentirosa —rezongó Pilar, con una trenza a medio hacer.
—Verdadosa, verdadosa —replicó Mela enfadada—. Os da rabia porque he sido la primera que los he visto.
Sin prestar atención a sus palabras, la madre trenzó con dedos rápidos el pelo despeinado de Pilar y le colocó los lazos.
—Lista —dijo, dándole un suave azote en el trasero, y la mandó a recoger la cartera del colegio.
Pero la discusión no había concluido, y la madre, con la puerta de la casa abierta y las llaves en la mano, tuvo que llamar a voces a sus hijas para que por fin acudieran. Durante el camino al colegio, tres pares de ojos infantiles no dejaron de mirar al cielo, escudriñando aleros y tejados.
—Si ya ha llegado el primero, pronto le seguirán todos los demás —opinó la madre con el fin de que volviera a reinar la concordia entre sus hijas—. Desde luego, ya es tiempo, porque hace muy bueno.
—Sí, hace muy bueno —repitió Pilar, agarrada de su mano.
Y las tres hermanas suspiraron anhelando los largos atardeceres en los que su calle se llenaba con las sillas donde cosían o veían pasar el tiempo las madres y abuelas, mientras los niños merendaban a la vez que jugaban y en el cielo se cruzaban en vuelo rasante los vencejos, cantando su estridente trino.
 Atrás queda el invierno y el mundo despierta a la nueva vida. Ya hemos conocido a parte de las protagonistas. ¿Dónde está Panchito, el niño que da título al cuento? Enseguida aparece en escena:

—Han llegado —se obstinó Mela.
—Pues entonces, el buen tiempo ya está aquí para quedarse. No tendremos que usar más la ropa de abrigo —concluyó la madre, respirando el aire fresco de la mañana, que todavía no olía a los guisos de las vecinas más madrugadoras.
Sin embargo, pasaron días hasta que los vencejos se adueñaron por fin del cielo, y las hermanas siguieron haciendo los deberes en la mesa del comedor, sin permiso para salir a la calle. Hasta que una tarde soleada Margara llamó a la puerta.
—¿Pueden salir a jugar las niñas? —preguntó cuando abrió la madre, y como si quisiera dar fuerza a su petición, añadió—: Mari ya está abajo esperando.
—Bueno —concedió la madre, y sus hijas se pusieron a dar saltos de alegría―. Pero dentro de un rato tengo que hacer un recado y no me puedo llevar a Ito. Tendréis que ocuparos de ella cuando yo me vaya.
—¡Sí, sí! —exclamaron a coro sus hijas sin dejar de saltar y corrieron escaleras abajo.
Mari estaba sentada en el borde de la acera, observando cómo Manolo, el hijo del lechero, construía lo que él denominaba su bólido, la mitad de una puerta de madera a la que pretendía acoplar las ruedas de un coche de capota y el volante herrumbroso de un tractor. Un niño moreno de grandes ojos también observaba la escena desde la acera de enfrente.
—¿Quién es? —preguntó Lola intrigada.
—Es mexicano —respondió Margara—. Habla muy gracioso.
Las tres hermanas lo miraron con admiración, y al fin Mela quiso saber:
—¿Qué hace aquí?
—Es el nieto de doña Pura —contestó Mari y, bajando la voz, añadió—: Dicen que sus padres están en México, pero yo creo que se han muerto y por eso él ha venido a vivir con sus abuelos.
Esta revelación las dejó sin habla. Masticaban el pan con chocolate sin perder de vista los movimientos del mexicano, cuando la madre salió por la puerta.
—Lola y Mela, os encargo que cuidéis de vuestras hermanas pequeñas, sobre todo de Ito, y no la dejéis que corretee sola como perro sin dueño —ordenó, agregando—: Yo no tardaré mucho.
Lola cogió en brazos a Ito y volvió a sentarse en el bordillo.
—¿Qué le pasa a tu madre? —preguntó Margara cuando la vio alejarse calle arriba, contoneándose sobre sus finos tacones y sujetando con el brazo doblado su pequeño bolso negro.
—Nada —replicó Mela, encogiéndose de hombros.
—Tiene la tripa muy gorda —insistió Margara.
—Sí, es verdad —corroboró Mari—. La tiene gordísima.
—No la tiene gorda —intervino Lola con tono autoritario—. Es que se mete trapos y papeles.
—¡Qué tonta eres! —saltó Mela indignada—. Eso no…
Un fuerte codazo de su hermana mayor le impidió terminar la frase y, para no pelearse, se tragó las palabras y se alejó con Pilar so pretexto de jugar al castro.
—¿No se les antojan unas pipas? —les ofreció el mexicano del cucurucho que llevaba—. Mi abuelita me las regaló.
Las dos hermanas se rieron como tontas por lo gracioso de su deje y no supieron qué contestar. El mexicano continuó:
—Soy Panchito y vivo en aquella casa.
Mela continuó callada, pero Pilar respondió:
—Ya lo sabemos, nos lo ha dicho Margara —y alargó la mano para servirse un puñadito de pipas, que compartió con su hermana.
—Pues por acá nos estaremos viendo, yo ya me voy.
Pilar hizo un gesto de despedida con la mano, y Mela volvió a reírse entre dientes. La madre y la abuela de Manolo, que estaban sentadas delante de su lechería sacando los hilos para bordar soles en un mantel, contemplaron risueñas la escena. La abuela comentó, meneando la cabeza:
—Hay que ver la gracia que tiene el chiquillo y lo educado que es.
—Sí que es educado, que hasta a esas pizcas de niñas las trata de usted ―replicó la madre—. Claro que al parecer es hijo único y así ya se puede. Más mérito tiene la pobre Adela, que parece una coneja, en criar a tantas hijas y lo que venga.
La abuela hizo un gesto de asentimiento, y Mela frunció el ceño, porque Adela era su madre y le habían llamado coneja, no sabía si como insulto, pero desde luego no como elogio. (Continuación)

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