Mostrando entradas con la etiqueta El ala robada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El ala robada. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de marzo de 2013

Sobre la inspiración

El ala robada y otros cuentosNos dicen que, semejantes a las abejas, vuelan aquí y allá por los jardines y vergeles de las musas, y que recogen y extraen de las fuentes de miel los versos que nos cantan. En esto dicen la verdad, porque el poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo. Hasta el momento de la inspiración, todo hombre es impotente para hacer versos y pronunciar oráculos.
Platón, Ion o Sobre la Ilíada

Al fin y al cabo, cada libro, como cada persona, tiene «los defectos de sus virtudes».
José María Valverde, Prólogo a su traducción de Ulises de James Joyce

El concepto de inspiración, fuera del lenguaje de las religiones, es en buena medida estético. La palabra proviene del verbo latino inspirare, que a su vez se relaciona con los términos griegos derivados de la raíz pnu- cuyo significado es respirar, soplar. Inspiración es un sustantivo de acción con dos sentidos fundamentales: uno literal, atraer el aire exterior a los pulmones; y otro figurado, infundir en el ánimo ideas o designios y sugerir pensamientos para la composición de obras literarias o artísticas.
Los griegos y los romanos creían que la inspiración provenía de los dioses. Eran ellos los que provocaban el éxtasis o furor poeticus indispensable para la creación literaria y solo sumidos en ese frenesí  o locura poética  lograban los individuos componer sus versos épicos o líricos en la métrica que les era soplada desde fuera. Después el cristianismo determinó que la inspiración era un don del Espíritu Santo, pero lo circunscribió a la verdad revelada y escrita de los textos religiosos.
La Ilustración recuperó una máxima del griego Protágoras, «el hombre es la medida de todas las cosas; de las que son, por lo que son, y de las que no son, por lo que no son», y lo liberó del yugo de los dioses. Entonces la nueva ciencia de la psicología pasó a estudiar la inspiración y la consideró un proceso mental de cada individuo, una relación de ideas más o menos brillantes surgida por azar. Después llegó Freud y aclaró que la inspiración se generaba en el subconsciente. Por su parte, los materialistas añadieron una disputa al asunto, pues no acabaron de ponerse de acuerdo sobre si las fuentes de la inspiración eran internas o externas.
¿Se puede controlar la inspiración? Parece que no. Llega de improviso y desaparece del mismo modo. Sin embargo, buscando en Internet se encuentran muchas páginas donde dan consejos para obtenerla. No creo que sirvan más que para perder el tiempo. Cada cual ha de aprenderse su cuento en esto de inspirarse o entusiasmarse, que es un término griego más antiguo para el mismo concepto: exaltación fogosa y arrebatada del escritor o del artista.
El acto creativo es personal. Comienza con una pequeña idea, la inspiración, que va cobrando forma si se le presta la debida atención. Es nuestro soplo, y no el de los dioses, el que la hará crecer y tomar cuerpo. Nosotros la incubaremos con lo que ya sabemos y con lo que aprenderemos para que medre, recurriendo a todos los medios que tengamos a nuestro alcance: cual abejas —como lo expresa Sócrates en el discurso Ion de Platón—, libaremos de muchas flores para elaborar nuestra propia miel. Al final, buscando nuevas formas, conseguiremos alumbrar una obra distinta, peculiar, muchas veces incluso alejada de la idea inicial que nos puso en marcha.
¿De dónde proviene la inspiración?  A menudo, de donde menos se espera. Incluso un pequeño malentendido puede poner la mente en acción, como ocurrió en el caso de El ala robada.
Hace más tiempo del que puedo contar con los dedos de mis manos, con veintipocos años, la carrera recién terminada y la cabeza llena de pájaros ansiosos por volar, emprendí, acompañada por el que ha sido mi compañero de toda la vida, un viaje a México, donde nos quedamos a vivir bastantes años, que aprovechamos para estudiar, trabajar y recorrer su geografía y la de los países vecinos cada vez que tuvimos oportunidad.
Me recuerdo perfectamente paseando por la plaza de Coyoacán con una pariente que había venido a visitarnos y que me habló sobre un pueblito donde veneraban un ala de arcángel. Pocos días después iniciamos un viaje en tren de más de mil kilómetros desde la ciudad de México hasta Tapachula, frontera con Guatemala. El tren parecía de los tiempos de la revolución, con bancos corridos de madera y ventanas abiertas por las que se colaba la carbonilla. No había asientos asignados ni aseo ni restaurante, y la gente iba subiendo y bajando en las múltiples estaciones, cargada con los artículos más diversos e insólitos. También subían vendedoras de comida y bebida mientras avanzábamos por paisajes espléndidos de bosques o cruzábamos caudalosos ríos sobre largos puentes.
Las imágenes de este primer recorrido en tren y del resto del viaje que realizamos haciendo autostop en medio de la selva lacandona  son las que  intenté recoger después en mi novela, cuyo argumento originó el comentario sobre el ala del arcángel. Sin embargo, tardé mucho en la escritura porque tuve que documentarme a fondo para no cometer errores de bulto. También porque fueron surgiendo tramas secundarias a las que había que dar su lugar en el texto. Y luego, antes de haber concluido la novela, regresamos a España y empezaron unos años oscuros en los que no escribí.
Cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional lanzó su Declaración de la Selva Lacandona el 1 de enero de 1994, el mismo día que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, recordé mi novela tanto tiempo postergada y al poco retomé su escritura, haciendo abundantes cambios. Esta vez, poseída de un irrefrenable entusiasmo, fui capaz de avanzar hasta terminarla. Pero la volví a guardar en un cajón, hasta que una antigua editora que había abierto una agencia literaria y sabía que yo escribía me pidió alguna de mis obras.
Y justo cuando la novela había sido aceptada por algunas editoriales y estábamos decidiendo cuál era más conveniente, volví a encontrarme con la pariente que me había proporcionado tantos años atrás la idea para escribirla. Que sepas, le dije, que aquello que me contaste sobre el pueblecito mexicano que veneraba un ala de arcángel me  sirvió para escribir una novela. ¡Cómo que un pueblecito mexicano!, me respondió divertida, si es de Valencia, y hasta hay un corral junto a la iglesia lleno de gallinas blancas para reponer las plumas que con los años va perdiendo el ala…  
Sin embargo, esta revelación llegó tarde. La equivocación ya no tenía remedio, porque para entonces en Damaseno habían comenzado las lluvias, Senén el Cojo había robado el ala, y Andrés y Silvino estaban a punto de iniciar su largo camino entre selvas y quebradas para dar con él y recuperarla.    

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





jueves, 1 de noviembre de 2012

Un cuento por dentro: «El sexo según Panchito» (I)

El ala robada y otros cuentos
Hace años, cuando vivía en la ciudad de México, un buen amigo nos reveló durante una noche de fiesta cómo había sido su despertar al sexo en la infancia. Su relato fue tan espontáneo y gracioso que lo guardé en la memoria, sin saber todavía que se iba a convertir en el germen del cuento que terminé de escribir el verano pasado, «El sexo según Panchito», incluido en El ala robada y otros cuentos (ebook Amazon, 2012).
Decidí, sin embargo, que sería un relato coral, con diversos personajes y un narrador omnisciente al que no se le escapara nada importante de lo que sucediera. ¿Dónde ambientaría la acción? No podía ser en México, pues hace ya tanto que regresé, que me sentía incapaz de crear el lenguaje de mis personajes infantiles para hacerlos creíbles, así que me decidí por lo que conocía bien: la España franquista de mi infancia de pueblo.
Yo suelo discurrir lo que más tarde escribo mientras monto en bicicleta o camino, anotando en cuanto vuelvo a casa lo más importante para que no se me olvide. Mientras iba imaginando mi cuento, la primavera avanzaba en el campo, y los vencejos chillaban en el cielo. Eso me inspiró el inicio que necesitaba:


Los gritos de Mela, ¡ya han llegado, ya han llegado!, asomada a la ventana del cuarto de baño distrajeron a sus hermanas que se peinaban ante el espejo, y hasta Ito, la más pequeña, que desayunaba sus sopas de leche en la cocina, corrió por el pasillo para no perderse lo que ocurría.
—Basta —puso orden la madre, cerrando la ventana sin contemplaciones—. Terminad de arreglaros o llegaréis tarde.
—Es mentira, Mela, no has visto nada —le reprochó Lola, mientras volvía al espejo y se atusaba el flequillo, empapado en colonia César Imperator.
—Mentirosa, mentirosa —rezongó Pilar, con una trenza a medio hacer.
—Verdadosa, verdadosa —replicó Mela enfadada—. Os da rabia porque he sido la primera que los he visto.
Sin prestar atención a sus palabras, la madre trenzó con dedos rápidos el pelo despeinado de Pilar y le colocó los lazos.
—Lista —dijo, dándole un suave azote en el trasero, y la mandó a recoger la cartera del colegio.
Pero la discusión no había concluido, y la madre, con la puerta de la casa abierta y las llaves en la mano, tuvo que llamar a voces a sus hijas para que por fin acudieran. Durante el camino al colegio, tres pares de ojos infantiles no dejaron de mirar al cielo, escudriñando aleros y tejados.
—Si ya ha llegado el primero, pronto le seguirán todos los demás —opinó la madre con el fin de que volviera a reinar la concordia entre sus hijas—. Desde luego, ya es tiempo, porque hace muy bueno.
—Sí, hace muy bueno —repitió Pilar, agarrada de su mano.
Y las tres hermanas suspiraron anhelando los largos atardeceres en los que su calle se llenaba con las sillas donde cosían o veían pasar el tiempo las madres y abuelas, mientras los niños merendaban a la vez que jugaban y en el cielo se cruzaban en vuelo rasante los vencejos, cantando su estridente trino.
 Atrás queda el invierno y el mundo despierta a la nueva vida. Ya hemos conocido a parte de las protagonistas. ¿Dónde está Panchito, el niño que da título al cuento? Enseguida aparece en escena:

—Han llegado —se obstinó Mela.
—Pues entonces, el buen tiempo ya está aquí para quedarse. No tendremos que usar más la ropa de abrigo —concluyó la madre, respirando el aire fresco de la mañana, que todavía no olía a los guisos de las vecinas más madrugadoras.
Sin embargo, pasaron días hasta que los vencejos se adueñaron por fin del cielo, y las hermanas siguieron haciendo los deberes en la mesa del comedor, sin permiso para salir a la calle. Hasta que una tarde soleada Margara llamó a la puerta.
—¿Pueden salir a jugar las niñas? —preguntó cuando abrió la madre, y como si quisiera dar fuerza a su petición, añadió—: Mari ya está abajo esperando.
—Bueno —concedió la madre, y sus hijas se pusieron a dar saltos de alegría―. Pero dentro de un rato tengo que hacer un recado y no me puedo llevar a Ito. Tendréis que ocuparos de ella cuando yo me vaya.
—¡Sí, sí! —exclamaron a coro sus hijas sin dejar de saltar y corrieron escaleras abajo.
Mari estaba sentada en el borde de la acera, observando cómo Manolo, el hijo del lechero, construía lo que él denominaba su bólido, la mitad de una puerta de madera a la que pretendía acoplar las ruedas de un coche de capota y el volante herrumbroso de un tractor. Un niño moreno de grandes ojos también observaba la escena desde la acera de enfrente.
—¿Quién es? —preguntó Lola intrigada.
—Es mexicano —respondió Margara—. Habla muy gracioso.
Las tres hermanas lo miraron con admiración, y al fin Mela quiso saber:
—¿Qué hace aquí?
—Es el nieto de doña Pura —contestó Mari y, bajando la voz, añadió—: Dicen que sus padres están en México, pero yo creo que se han muerto y por eso él ha venido a vivir con sus abuelos.
Esta revelación las dejó sin habla. Masticaban el pan con chocolate sin perder de vista los movimientos del mexicano, cuando la madre salió por la puerta.
—Lola y Mela, os encargo que cuidéis de vuestras hermanas pequeñas, sobre todo de Ito, y no la dejéis que corretee sola como perro sin dueño —ordenó, agregando—: Yo no tardaré mucho.
Lola cogió en brazos a Ito y volvió a sentarse en el bordillo.
—¿Qué le pasa a tu madre? —preguntó Margara cuando la vio alejarse calle arriba, contoneándose sobre sus finos tacones y sujetando con el brazo doblado su pequeño bolso negro.
—Nada —replicó Mela, encogiéndose de hombros.
—Tiene la tripa muy gorda —insistió Margara.
—Sí, es verdad —corroboró Mari—. La tiene gordísima.
—No la tiene gorda —intervino Lola con tono autoritario—. Es que se mete trapos y papeles.
—¡Qué tonta eres! —saltó Mela indignada—. Eso no…
Un fuerte codazo de su hermana mayor le impidió terminar la frase y, para no pelearse, se tragó las palabras y se alejó con Pilar so pretexto de jugar al castro.
—¿No se les antojan unas pipas? —les ofreció el mexicano del cucurucho que llevaba—. Mi abuelita me las regaló.
Las dos hermanas se rieron como tontas por lo gracioso de su deje y no supieron qué contestar. El mexicano continuó:
—Soy Panchito y vivo en aquella casa.
Mela continuó callada, pero Pilar respondió:
—Ya lo sabemos, nos lo ha dicho Margara —y alargó la mano para servirse un puñadito de pipas, que compartió con su hermana.
—Pues por acá nos estaremos viendo, yo ya me voy.
Pilar hizo un gesto de despedida con la mano, y Mela volvió a reírse entre dientes. La madre y la abuela de Manolo, que estaban sentadas delante de su lechería sacando los hilos para bordar soles en un mantel, contemplaron risueñas la escena. La abuela comentó, meneando la cabeza:
—Hay que ver la gracia que tiene el chiquillo y lo educado que es.
—Sí que es educado, que hasta a esas pizcas de niñas las trata de usted ―replicó la madre—. Claro que al parecer es hijo único y así ya se puede. Más mérito tiene la pobre Adela, que parece una coneja, en criar a tantas hijas y lo que venga.
La abuela hizo un gesto de asentimiento, y Mela frunció el ceño, porque Adela era su madre y le habían llamado coneja, no sabía si como insulto, pero desde luego no como elogio. (Continuación)

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.