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lunes, 1 de octubre de 2012

Lectores y lectura


He soñado a veces que cuando amanezca el Día del Juicio, y los grandes conquistadores y abogados y juristas y gobernantes se acerquen para recibir su recompensa, el Todopoderoso, al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo, se volverá hacia Pedro y dirá, no sin cierta envidia: «Míralos; esos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer».
Virginia Woolf

Cuentan, aunque yo no lo recuerdo, que un día, mientras mi padre nos leía una historia, yo me acerqué al libro, lo miré detenidamente y pregunté de dónde sacaba todo lo que nos decía. «Está aquí, mira», respondió mi padre, señalando las letras. Yo debí de quedar muy impresionada, y cuentan que unos días más tarde, cuando mi padre se disponía a leernos de nuevo, le entregué una hoja de papel que yo había llenado de garabatos y le pedí contenta: «Léenos hoy esto. Lo he escrito yo».
Fue imposible, claro, porque yo aún no sabía leer ni escribir. En mi mente infantil, había entendido la unión de lo escrito con lo leído, pero no que había que emplear unos signos preestablecidos que formaban las palabras para transmitir a los otros mi pensamiento.
Sí recuerdo, en cambio, cómo me gustó aprender a leer, al principio en voz alta, pronunciando sílaba a sílaba las palabras que se iban convirtiendo en oraciones. Enseguida comprendí la importancia de la entonación y supe utilizar los signos de puntuación para entender lo que mis labios decían. Y luego pasé a leer en silencio, sin mover los labios, absorta en el texto, aislada del mundo.
Sin embargo, esta lectura silenciosa que todos acabamos dominando en nuestros primeros años de escolarización no era la habitual en el mundo antiguo. Entonces se leía siempre en voz alta, ya fuera para uso individual o colectivo, y existen muchos testimonios recogidos en la historia que lo corroboran. Uno de los más importantes se encuentra en las Confesiones de san Agustín (siglo IV d. C.), quien relata asombrado la curiosa manera que tenía de leer san Ambrosio como una peculiaridad: «sus ojos recorrían las páginas […] mas su voz y su lengua descansaban».
 ¿Y por qué los antiguos leían en voz alta? Quizá por el puro placer de escuchar cómo sonaba lo escrito, pues Aristóteles había enseñado que las letras se habían inventado para poder conversar incluso con los ausentes y eran signos de sonido. O puede que la lectura fuera una tarea compartida porque había pocos capaces de leer, más bien descifrar, los textos, pues —como probablemente en la página de garabatos que di a leer a mi padre—  no se separaban las palabras ni había signos de puntuación para ayudar a comprender el sentido.
Había que dedicar mucho esfuerzo a la lectura, y los copistas fueron desarrollando métodos para transcribir los textos y darles sentido, marcando los finales de oraciones con toda clase de signos y símbolos según su criterio. A comienzos del siglo V, san Jerónimo ideó para su traducción de la Biblia un nuevo sistema, denominado per cola et commata, que supuso un gran avance para lograr una lectura fiel, pues se marcaba cada unidad de sentido con una letra que sobresalía del margen, como si se iniciara un nuevo párrafo. Más adelante, los afamados escribas irlandeses fueron quienes introdujeron la mayoría de los signos de puntuación que conocemos en la actualidad, pero las normas continuaban siendo tan confusas que no cabía esperar que todos los lectores dieran el mismo sentido a un texto, ni entendieran de igual modo lo que había querido expresar el autor.
Pero la historia siguió su curso, llegó la invención de la imprenta, y la evolución de la puntuación en los textos corrió parejas con el desarrollo de la lectura silenciosa. A medida que pasaron los siglos y se fueron divulgando los libros impresos, hubo cada vez más personas capaces de leer y cada vez fue más fácil interpretar los textos, que ya contaban con una puntuación parecida a la actual desde que en el siglo XVI Aldo Manuzio popularizó y normalizó en sus ediciones en romance el uso de la coma, el punto y coma, los dos puntos  y el punto,  así como los signos de interrogación  y admiración.
Leyendo y leyendo, solos o acompañados, llegamos a nuestros días, en los que únicamente se lee en voz alta cuando se quiere compartir o enseñar: en colegios y universidades, en tertulias literarias, con amigos que tienen nuestros mismos gustos… Los padres y abuelos también leen en voz alta a sus hijos y nietos antes de que crezcan y se conviertan en lectores silenciosos.
Y muchos de esos lectores silenciosos se hacen con los nuevos lectores digitales para transportar fácilmente en una tableta —no de arcilla como las mesopotámicas, sino fabricadas con materiales de vanguardia y provistas de pantalla— multitud de libros que podrán leer en cualquier lugar y momento. Algunos de estos lectores electrónicos —que son continente y no contenido— también  pueden leer en voz alta al dueño que prefiera escuchar. Así pues, en los albores del siglo XXI, en un original bucle de la historia, cuando parecía superada la lectura individual en voz alta, el lector silencioso se vale si lo desea de su lector digital-continente para que una voz ajena le lea con cuidada entonación lo que él elije, no porque no sepa descifrarlo, sino tal vez con el propósito de escuchar el texto en la lengua en que su autor lo escribió. 

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  




jueves, 27 de septiembre de 2012

Libros del pasado y del futuro


Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.
Franz Kafka

En mi novela La historia escrita en el cielo, la viuda de Alos muestra su asombro al ver a Marie, la protagonista, entretenida con unos libros: 

—Curiosos libros esos que tenéis —continuó la señora viuda de Alos al acercarse—. Nunca los había visto tan pequeños y manejables. Decidme, ¿de qué tratan?
—Mi padre los compró —se vio obligada a responder Marie ante la insistencia de la anciana—. No sé si son profanos o religiosos. El impresor de estos dos más pequeños parece veneciano, un tal Aldo Manuzio.
—Guardadlos bien, querida —comentó la anciana, cogiendo el de Homero que estaba sobre la mesa—, pues son tan poca cosa que se perderán con facilidad. Se entiende que mi primo comprara estas menudencias por su afán de viajar y llevarlos consigo,  pero son de poco fuste, algo que no pasará a la posteridad. Hacedme caso, no perdáis las pestañas en ellos, no merece la pena.

La viuda de Alos  se equivocaba, pues esas elegantes ediciones de clásicos griegos y latinos pronto se difundieron y cobraron fama. Aldo Manuzio el Viejo era humanista y decidió aprender el oficio de Gutenberg para fabricar una imprenta donde producir los libros que necesitaba para sus clases de latín y griego. Como quería que fueran de fácil manejo y traslado, desechó los enormes volúmenes habituales por entonces y editó los suyos en octavo con una letra inclinada y legible que recibió el nombre de itálica o aldina.

Pero hasta llegar a los aldinos en octavo, el libro había sufrido ya grandes evoluciones, desde las primitivas tablillas de arcilla mesopotámicas, guardadas en una bolsa de cuero o en una caja, hasta  los rollos de papiro y los códices de pergamino. Se cree que fue Julio César el primero en plegar un rollo en páginas como un cuadernillo para enviar despachos a sus tropas. Los cristianos adoptaron de inmediato el códice para sus textos prohibidos porque era más fácil de esconder entre las ropas. Y de este modo se consolidó la forma externa que ha conservado el libro hasta nuestros días: un texto extenso y completo escrito en páginas de papel y contenido entre dos tapas.

Sin embargo, en el libro electrónico las páginas de papel desaparecen. Tampoco hay un contenido completo entre dos tapas. ¿Por qué lo seguimos denominando libro? Probablemente, porque todavía no se nos ha ocurrido otro nombre, pero también  porque aunque ha desaparecido la forma física, queda la estructura conceptual, el contenido, aunque el continente haya cambiado y sea intangible (¿lo tangible es la tableta o el lector digital?). Muchos, como la viuda de Alos, piensan ahora que los libros electrónicos son poca cosa, algo que no pasará a la posteridad, y nos consideran ilusos o fracasados a los que nos hemos lanzado a publicar en las plataformas digitales. La historia lo dirá. Esta revolución acaba de empezar.

¿Y cómo serán los libros del futuro? De momento, pretenden imitar los del pasado, pero pronto los superarán. Las opciones son casi infinitas. ¿Tendremos distintos tamaños de tabletas o lectores digitales según lo requiera el tipo de libro? ¿Cómo serán las bibliotecas y las librerías?  Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, da interesantes pistas al respecto en What books will become   


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Los nuevos incunables

Los nuevos incunablesConocemos como incunables (palabra proveniente del término latino incunabulae, que significa «en la cuna») a los primeros libros que se imprimieron durante el siglo XV con un novedoso invento: la imprenta de tipos móviles. Se atribuye a Johannes Gutenberg la creación de dicha imprenta, aunque mucho antes que él los chinos ya habían conseguido fabricar el papel y también habían investigado el modo de hacer muchas copias de un mismo original. Por aquel entonces, el artesano y erudito que lograba hacerse con una imprenta guardaba para sí sus conocimientos, fundía sus propios tipos (letras), fabricaba su papel, editaba su libro, lo encuadernaba y finalmente lo vendía. Para diferenciarse de los demás impresores, solía dejar una «marca de agua» o sello personal en el papel que fabricaba, pero no siempre se preocupaba de firmar y fechar sus publicaciones. Tampoco esos primeros libros tenían portada como las que conocemos en la actualidad, y su interior todavía no se diferenciaba por completo de los códices medievales copiados por amanuenses, pues imitaban sus abreviaturas de las palabras y hasta su caligrafía.

Hoy, en los albores del siglo XXI, estamos asistiendo a una nueva revolución, al surgimiento de un nuevo paradigma que cambiará para siempre nuestra concepción del libro y su creación. Y no cabía esperar menos en la era de la información que lo está trastocando todo.  Era de cajón. ¿Cómo no iba a aparecer el libro electrónico?

Muchos aún hablan del placer de pasar hojas, del olor de los libros, de las dedicatorias de los autores… y yo recuerdo a mi abuelo que escribía con pluma, mis primeras traducciones tecleando en la máquina de escribir, tan repletas de tachados y correcciones a lápiz, hasta que llegó el ordenador y comencé a entregar textos limpios, copiados en disquetes primero y mandados directamente por Internet después.

Esta revolución es imparable. El libro electrónico ha llegado para quedarse, y no me cabe ninguna duda de que nos falta mucho por ver. De momento, los lectores digitales y tabletas (e-readers; tablets) están en mantillas, y los escritores estamos produciendo los nuevos incunables. Como en el siglo XV, nuestros incunables digitales pretenden imitar los libros impresos, con su portada, su dedicatoria, sus índices y sus textos justificados y escritos del mismo modo. Pero como el lector puede establecer cambios a su gusto en su tableta, esos textos se desajustan, los guiones se separan de la palabra donde abren o donde cierran, quedan líneas cortas  y, en fin, surgen abundantes problemas que jamás se producirían en una obra con una cuidada edición en papel.

Pero es que son incunables, no lo olvidemos. Los nuevos incunables, y yo me declaro contenta y animada de participar activamente en esta revolución cultural. Continuará…

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.