jueves, 4 de febrero de 2021

Sobre partir, compartir y participar

La lectura de un artículo dedicado a las debilidades que aquejan a la escritura académica y científica me ha impulsado a escribir acerca de estos tres verbos, a priori alejados en su significado y uso.

El verbo partir, según recoge el Diccionario de la lengua española académico,  proviene del latino partīri, que a su vez deriva del sustantivo  pars, partis (parte). Como transitivo, significa en primer lugar dividir algo en dos o más partes (Partieron el queso en porciones iguales), pero también hender (esto es, abrir o rajar: Se partió la cabeza contra el poste); repartir o distribuir algo entre varios (Partieron la finca entre todos los primos); romper o cascar huesos o cáscaras duras de los frutos para obtener su interior (pasamos la tarde partiendo nueces y almendras); cortar uno o más trozos de algo (Partió una rebanada de pan y dos lonchas de chorizo); en matemáticas, dividir una cantidad por otra (Veinticinco partido por cinco es igual a cinco); y causar un perjuicio grave o destrozar (Su ausencia partió el plan de defensa). Este mismo sentido tienen las frases hechas partir por el eje, que te parta un rayo o mal rayo te parta, mientras que la curiosa expresión  partir peras (con alguien) asume dos sentidos: romper relaciones  o enemistarse (Si no estás de acuerdo, partimos peras y cada cual sigue su camino), que es el más habitual en la actualidad, o tratar a alguien con familiaridad y llaneza, del que apenas hay ejemplos de uso en nuestros días. Para expresar gran armonía e intimidad, la frase hecha vigente es estar a partir un piñón dos o más personas (En lo tocante a las vacunas, gobierno y oposición deberían estar a partir un piñón). Como verbo intransitivo, partir puede significar  salir de un lugar o abandonarlo (Partieron al amanecer sin rumbo fijo); tomar algo como base o punto inicial (De esa idea parte la religión monoteísta); y en lenguaje coloquial y uso pronominal, partirse es reírse a más no poder (Cuando pienso en su cara de asombro, es que me parto). Por lo que respecta a la locución prepositiva a partir de, puede significar desde (A partir de mañana será obligatorio el uso de mascarilla);  contando desde (Es el quinto portal a partir de la esquina) o tomando como base lo que se exprese (A partir de esa premisa, la edad no debe suponer un obstáculo).  

El verbo compartir proviene del latino compartīri, es decir, de partīri más la  preposición prefijada cum- (con) y, por tanto, significa, en primer lugar, repartir, dividir, distribuir algo en partes (Compartiremos pérdidas y ganancias), pero también poseer, utilizar o consumir algo entre varias personas (Ella y yo compartimos habitación varios meses); entregar a alguien parte de algo que se posee (Compartió con su primo el helado) y participar en sentimientos, estados de ánimo u opiniones ajenos (Compartimos su alegría por el premio. Comparto su apreciación del problema).  Como se aprecia en los ejemplos, el verbo compartir es transitivo y va acompañado por un complemento directo. Además, admite un complemento de régimen introducido siempre por la preposición con (Comparto con mis lectores estos poemas). La construcción gramatical es compartir algo con alguien. Ahora bien, en las redes sociales, sobre todo en América Latina, ha surgido una variación de uso, que se está generalizando, consistente en suprimir la preposición con y convertir el complemento de régimen que introduce en indirecto (Les comparto mis objeciones; te comparto esta canción). Su significado de participar en este caso se amplía a enviar y permitir ver o consultar algo desde un emisor a un grupo de receptores seleccionados. De momento, aquende el océano esta construcción sigue chirriando en la escritura, pero puede que acabe aceptándose porque este mismo desplazamiento  u otros similares han ocurrido en el caso de otros verbos (Les comenté mis previsiones y Comenté con ellas mis previsiones. Aclaró a los clientes lo sucedido y Aclaró con los clientes lo sucedido) y están plenamente incorporados a la lengua culta.        

Tres verbos más provienen de la misma raíz latina. El primero es departir, formado con  partīri  más el prefijo de- para significar en principio partir o dividir separando bien las partes;  de ahí pasó a utilizarse con el sentido de enseñar o explicar prolijamente y después ha acabado convertido en un sinónimo culto de conversar argumentando (Si no llovía, salían al jardín, donde merendaban o departían acerca de los sucesos de la capital). El segundo verbo es impartir, que se origina de la misma raíz partīri más el prefijo in-  para significar dar, repartir o comunicar algo, en especial de carácter no material (Estas son las asignaturas que quedan por impartir. Es preciso garantizar que se impartirá justicia ). El tercer verbo es repartir, que antepone a la raíz verbal partīri el prefijo reiterativo re- para significar distribuir en partes, además de clasificar  u ordenar; entregar a personas distintas lo que han encargado o han de recibir;  distribuir de manera  uniforme una materia sobre una superficie;  colocar cada elemento en su sitio o destino, y adjudicar los papeles de una obra dramática a los actores que la representarán. Existe, asimismo, un onomatopéyico refrán castellano sobre este verbo que no necesita explicación: El que parte y reparte se queda con la mejor parte.

El verbo participar, por último, proviene del latino participāre, a su vez derivado del sustantivo pars, partis (parte) y el verbo capĕre (tomar, agarrar). De ahí, su significado principal: tomar parte en algo. Como verbo intransitivo, significa además  recibir una parte de algo (Todos participan del banquete); compartir las mismas opiniones, ideas, etc. (Participo de tus sospechas. Estas regiones participan del mismo clima), y tener parte en cierta empresa o estar asociado a ella (Mis hermanas también participan en esa sociedad limitada). Como verbo transitivo, participar significa comunicar, hacer saber, notificar  e incluso advertir (El rector participó la nueva convocatoria de becas. Te participo que no me asustan tus amenazas).
Parecería que este verbo no presenta ninguna dificultad de uso y, sin embargo, algo está sucediendo ante nuestros ojos… El sustantivo que le corresponde es participación, que equivale a comunicación, notificación o invitación.  ¿Quién no ha recibido una participación de boda? Las familias patriarcales solían enviar un tarjetón impreso en el que aparecían  arriba, separados a izquierda y derecha, el padre y la madre del novio, y el padre y la madre de la novia, y a continuación, en renglón aparte y centrado, el siguiente texto: participan el enlace (o la  boda) de sus hijos. Sin embargo, ahora muchas de estas invitaciones clásicas convierten el verbo transitivo en intransitivo, y los padres ya no participan (comunican) el matrimonio de sus respectivos hijos, sino que participan en (toman parte) el matrimonio de esos mismos hijos. ¿Es un error debido a ignorancia o un cambio de perspectiva para dar a entender que los padres estarán presentes en un acontecimiento que les agrada, pero del cual ceden el protagonismo a sus hijos?  Aunque he recibido varias invitaciones con este curioso cambio, no me he atrevido a preguntar a los contrayentes el motivo que lo ha provocado.

Al comienzo de este texto recurrí a la locución latina a priori, que es la apropiada cuando se desea establecer un punto de partida determinado antes de examinar el asunto tratado. Su par es a posteriori, que significa después de haber conocido el asunto de que se trate. Así pues, cabría afirmar que aunque a priori los verbos examinados podían parecer lejanos entre sí, a posteriori se ha demostrado que, cuando menos, comparten origen en el sustantivo latino pars, partis. Esto viene a colación porque en el artículo mencionado sobre las debilidades de la escritura académica y científica se denunciaba que a menudo se utiliza a priori y a posteriori como ‘en primer lugar y a continuación o después’. No creo haberlo encontrado nunca en mis numerosas correcciones de textos, pero dejo constancia del error que supone por si a alguien le sirve de ayuda.   


La lengua destrabada


Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  






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sábado, 9 de enero de 2021

A propósito de la borrasca Filomena

Borrasca Filomena
Las previsiones se han cumplido. Llevaban días pregonando que se acercaba a las tierras conocidas como la piel de toro ―desde que el geógrafo griego Estrabón así las describiera en el siglo I a. e. c.― una borrasca que haría historia porque no habría registrada  otra igual ni en este siglo ni en el pasado. Nieva sin pausa en el centro de la península; en otros lugares del norte y sur hay cencelladas, ríos y estanques congelados, mar recia, vientos y lluvias torrenciales. Las redes sociales, las cadenas de televisión y los periódicos están repletos de noticias y espectaculares imágenes de este temporal, la borrasca Filomena, que ha venido a amenizarnos y complicar el invierno durante unos días. Esperemos que no muchos porque está creando enormes problemas, que vienen a sumarse a los de la terrible pandemia que sigue devastándonos.     

¿Quién pone nombre a las borrascas? En la península ibérica, esto es, en España y Portugal, se encargan de ello la Agencia estatal de Meteorología (AEMET) y el Instituto Portugués del Mar y la Atmósfera (IPMA), organizaciones dedicadas al estudio de los fenómenos atmosféricos del Atlántico que nos afectan a nosotros y a nuestra también vecina Francia, cuyo agencia a cargo del asunto es MetéoFrance. Estas tres organizaciones, que conforman el denominado Grupo Suroeste Europeo, han bautizado a la borrasca que ahora nos visita como Filomena siguiendo el orden alfabético establecido y la alternancia de nombres masculinos y femeninos. Puesto que la alfabetización se reinicia cada año en octubre, la imponente Filomena puede vanagloriarse de ser la primera borrasca de este año 2021 recién iniciado,  pero dentro de su temporada, como indica su letra inicial, es la sexta.

Según la norma instituida, le correspondía un nombre de género femenino que comenzara por la letra f, pero ¿qué hados han impelido a que se optara por uno de tanta resonancia clásica como Filomena? Si se consulta el Diccionario de la lengua española académico, filomena (con letra minúscula inicial) remite a filomela, voz en la que por fin se define: «Del lat. philomēla, y este del gr. φιλομήλα philomḗla. 1. f. poét. ruiseñor».  Desde la Edad Media, la poesía occidental abunda en alusiones a Filomela o Filomena como tal ruiseñor debido a la popularidad alcanzada por el atroz mito de Procne y Filomela que, basándose en la obra de Sófocles titulada Teseo,  narran los latinos Virgilio y, en especial,  Ovidio (libro VI de las Metamorfosis), y que fue traducido al castellano y francés, respectivamente, por Alfonso X el Sabio y Chrétien de Troyes. Los nombres originales en su versión griega y latina se convirtieron en castellano en Progne y Filomena. La fuerza dramática que contiene la trama en su desarrollo de emociones contrapuestas (amor-odio; lealtad-traición; inocencia-violación; ternura-violencia;  sometimiento-venganza; crimen-castigo) ha mantenido este mito de la Antigüedad clásica vigente durante siglos y ha sido fuente de inspiración para poetas y pintores occidentales de todas las épocas.  

Filomela y Procne, de Elizabeth J. Gardner
Comienza la fábula mitológica cuando Pandíon, el quinto rey legendario de Atenas, entabla una guerra con Tebas por cuestiones fronterizas y cursa una petición de ayuda a Tereo, rey de Tracia. Tras la victoria, ofrece a Tereo por esposa a su hija Procne. Las bodas se celebran a pesar de los malos augurios: no asisten al tálamo Juno, protectora de los matrimonios, ni Himeneo ni la Gracia, y son las Euménides quienes sostienen las antorchas, que han arrebatado de un entierro, y preparan el lecho, sobre el cual se posa un aciago búho. La pareja marcha a Tracia y engendran a un hijo, al que llaman Itis. Pasado el tiempo, Procne pide a su esposo que vaya a buscar a su hermana Filomela porque la echa mucho de menos. Este accede y regresa a Atenas, donde nada más conocer a la joven, se enamora de ella. Filomela, inocente, accede a acompañarlo a Tracia, convenciendo a su padre el rey Pandíon para que la entregue a su custodia. Antes de concluir el viaje, Tereo, dominado por la lujuria, viola a Filomela en un oscuro establo, le corta la lengua con unas tenazas para que no pueda delatarlo y la encierra en una solitaria prisión dentro de las espesuras de un bosque.

Pasa un año de duelo desde que Procne conoce por su esposo la muerte inevitable de su hermana Filomela, quien, en su encierro, ocupa las horas tejiendo en un tapiz su desgracia. Una vez terminado, consigue hacérselo llegar a Procne por mediación  de una esclava. La noche durante la que se celebran los festivales a Baco, Procne, vestida de bacante, sale en busca de su hermana, se la lleva a palacio y juntas urden su venganza. Cuando el pequeño Itis acude al regazo de su madre en busca de caricias, esta exclama: «Quam / es similis patri!», y  este parecido a su padre convence a Procne de que es el castigo justo que  merece su infiel esposo. Ella clava una espada a Itis y Filomela le corta el cuello. Una vez despedazado, cocinan al niño y se lo sirven en banquete a Tereo, quien devora sus propias entrañas con placer. Cuando, saciado su apetito, pide ver a su hijo, la madre, llena de gozo, responde: «intus habes, quem poscis». Tereo no entiende eso de que lo tiene en su interior, hasta que aparece Filomela para mostrarle la cabeza de Itis…

Tereo primero llora y después, lleno de ira, blande la espada persiguiendo a las hermanas Procne y Filomela. Entonces intervienen los dioses del Olimpo. Los tres quedan metamorfoseados en pájaros: Filomela se dirige a los bosques convertida en ruiseñor invisible; Procne asciende a los tejados convertida en golondrina, con las plumas manchadas de sangre; y Tereo inicia un pesado vuelo con el que es incapaz de alcanzarlas, convertido en abubilla, luciendo la cresta de un guerrero armado.

De todos los personajes del mito, solo Filomela/Filomena ha conseguido universalizarse tanto como para convertirse en nombre común sinónimo de ruiseñor. Incluso parece que en la taxonomía latina de Linneo se conocía al ruiseñor como Luscinia philomela. Añado, por indicación del profesor de griego Roberto Fernández Díez, que puede que exista una interferencia entre los nombres de origen griego Filomela (Φιλομήλα, Filomḗla) y Filomena (Φιλοuμἐνη, Filumene), los dos bien testimoniados en textos clásicos. El segundo, que se convirtió en español en Filomena, significa ‘la amada’ o ‘la que es bien amada’, pues proviene del participio presente en femenino de la voz pasiva del verbo φιλἐο, que significa ‘amar’. 

Mientras termino de escribir estas líneas, la borrasca Filomena se hace notar en la Comunidad de Madrid con más de treinta horas seguidas de nieve. Este es el canto con el que nos está deleitando. Pero ojalá nos dé una tregua. Al principio es bonito observar cómo caen los copos y se juntan en el suelo hasta crear el manto blanco que tan pocas veces disfrutamos por estas latitudes. Sin embargo, es tanta la cantidad de nieve acumulada que las calles están cortadas y los niños y mayores se lanzan por las cuestas con trineos y esquís. Hay muñecos de nieve por doquier. No han abierto las tiendas porque es imposible desplazarse de un lugar a otro más que a pie y a duras penas. En algunos lugares el espesor de la nieve supera los 50 cm.  

Ojalá nos dejes pronto, Filomena, ojalá vueles con tu melodía de nieve a otras latitudes donde sepan mejor cómo lidiar con las inclemencias que te acompañan. Año de nieves, año de bienes, reza el refrán. Vamos bien servidos. Ojalá sea cierto, Filomena.  Vade in pace.   








La lengua destrabada


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jueves, 26 de noviembre de 2020

Poemas fragmentarios

Ojos de gata en estampida,
el día se deshebra en dedos funerarios,
vencido por la noche decembrina.
No hay árboles ni campo ni horizonte ni sírveme una sopa
cuando el tiempo agoniza, y estás sola.

***

Heredamos de la tía solterona
una caja oxidada de hojalata.
Significantes varios había dentro
―botones de colores, bobinas de bordar,
un acerico, minúsculas fotos dentadas,
un carné de peatón
a nombre del abuelo,
tres sellos africanos,
el gancho de una liga,
un pendiente desparejado,
cuentas de collar,
un borrador milano―, pero
ningún significado.
Esos 
se los tragó
la tumba.

***

La otra que hay en ti
ha despertado.
Lo notas en las risas arrancadas
en medio de las lágrimas,
por los pasos de baile
al subir la cuesta,
porque sueñas al sol
y vives en la luna.

***

Dejándome llevar por los caprichos de la moda,
repudié la concha de caracol que era mi abrigo…
y me convertí en babosa.

***

Sueño que sueño que sueño y,
cuando despierto,
no sé lo que soñaba que soñaba.

***

Atrévete a armarte
de tijeras:
descose pespuntes,
desenjareta pecheras.
¡Haz espacio!
La otra es inmensa y
no ha de vivir apretada.

***

Aletean tigres de papel
cuando te ofendes,
salmodiando agravios machiembrados
que quiebran el cristal
de la armonía.
No quiero limón por desayuno
ni un sorbito de hiel como merienda,
por más que anhele la almohada compartida.
Una vez iniciado, el rayo no cesa
hasta que hiere, lo dice la experiencia
y lo rechazo
yo.

***

Un trino cercano
desde un olmo sin peras.
El mirlo no es blanco,
pero consuela.

***

nací,
viví,
morí
una vez y otra,
y otra más,
hasta ese jueves por la noche
en que dije basta y
me senté a la luna
a dibujar sobre barro
palabras
minúsculas
como
estas

***

Estará en algún encima,
decía mi madre
cuando preguntábamos por
un peine, las tijeras o
una baraja de naipes.
Así, crecimos
en el convencimiento
de que encima
era el lugar secreto
donde
las cosas
se esconden.

***

Si tu voz me llama, voy,
tropezando con bandadas de pájaros,
voy,
esquivando bicicletas de ruedas oblongas,
voy,
perseguida por gatos que maúllan francés,
voy,
azotada por papeles cifrados al vaivén del viento.
Voy…
y no te alcanzo
y me deslumbran los ecos
y me enredo en las algas.
Voy…
aunque me hunda.

***

Para estar encantada
no es preciso ser
casa.
Basta con dejarte
encerrar.

***

Te quieren,
o eso dicen,
por lo que no eres,
y acatas
madriguera de ratón
imaginando
nido de águila.

***

La llaga sangra
entre tus piernas,
y humillas la cabeza,
el horizonte ceñido
al dobladillo
de tu falda.

***

Mi mano izquierda sabe lo que hace mi derecha,
y yo sé que con las dos
abarco el orbe
cuando siembro palabras. 

***

No se ofenderá el mar porque lo mires.
Él va a su ritmo y vuelve.
Evoca en su bramido
las posibilidades
del miedo.

***

Esta noche los mochuelos
no van a sus olivos.
Están en mi cabeza,
tratando de emular
pajaritos alegres
que la llenaban.

***

Diré que soy feliz
a veces,
que no me pican las avispas
y la yerba está verde,
que llueve a borbotones
y sale un arco iris,
que oigo brotar flores
y el gato se pasea,
que la mesa está llena de libros
y un mirlo me canta.
Por eso soy feliz
a veces.

***

Repite el tierno ruiseñor las notas musicales,
igual que cuando niña recitabas el hilo de las sílabas.
Un mismo arte son su canto
y tu lectura.

***

© Carmen Martínez Gimeno, 2020

 

La lengua destrabada


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lunes, 16 de noviembre de 2020

Tiempo de castañas

Cuando llega la otoñada y las castañas empiezan a aparecer en las tiendas de comestibles, me viene a la memoria un vívido recuerdo, repleto de olores: mi madre madrugando para asar, cortándolo primero en forma de cruz, ese fruto de brillante cáscara y echarnos un puñadito en los bolsillos de los abrigos para que nos calentáramos las manos camino del colegio. A media mañana, durante el recreo, aunque estaban frías, las castañas sabían a gloria. Ya por entonces hacía mucho que habían dejado de ser un elemento básico de la dieta alimentaria y nos sonaban como algo remoto las historias de nuestra abuela asturiana acerca de que en su niñez las guisaban con verduras y cerdo como si fuera una fabada y también hacían  pan con su harina. 

El advenimiento a Europa de la patata, el frijol (judía o alubia) y el maíz procedentes de América a partir del siglo XVI provocó que la castaña se fuera relegando en la cocina porque era más engorrosa de pelar, guisar y conservar, a pesar de sus valiosas cualidades nutritivas. Como ya explicaba Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, o española (1611), «para comerse, han de quitarle el erizo, y la cáscara y la camisilla». Añadía Covarrubias en su descripción:

El Comendador Griego, en sus refranes, dize. Castañas por Nadal saben bien, y partense mal, por estar aun verdes, y despedir con dificultar las telillas que están incorporadas en ellas, y pegadas. Las castañas son el sustento de algunas tierras montañosas, no solo de los brutos, pero tambien de los hombres: y estando secas las muelen y hacen pan dellas. Tienense por regalo estando asadas, ô cocidas […]. Las castañas apiladas son las que se han enjugado del todo, aviendolas mondado, y estando muy secas, de las cuales se hacen algunos guisados, y potages para los días de pescado.  

El castaño, árbol de buena altura, de porte erecto y tronco grueso que se va ahuecando con el paso del tiempo, es originario de la Europa mediterránea y tan antiguo que se han encontrado vestigios en excavaciones de zonas prehistóricas del Terciario. Su fruto, la castaña, se encuentra dentro de una cápsula espinosa semejante a un erizo, por lo general, de tres en tres. El nombre del árbol en latín era castanĕa, a su vez proveniente de una voz semejante en griego; su fruto se conocía como nux castanĕa, nuez castaña. En español, la voz para designar al árbol pasó a ser masculina y se dejó la femenina para el fruto. Por su parte, de nux, nucis se derivó nuez, un fruto seco distinto. Castañar o castañeda es un lugar poblado de castaños. Como castañada se conoce la cosecha de castañas. Castaña pilonga es la castaña desecada, término más habitual en la actualidad que la castaña apilada citada por Covarrubias. Castañero/a es la persona que, durante la temporada de cosecha, vende castañas en puestos callejeros donde las asa. Y castañetazo es el estallido que provoca una castaña cuando se pone en el fuego sin haber recibido ningún corte.

El vocabulario de nuestra lengua sigue reflejando la importancia histórica que tuvo la castaña en la vida cotidiana. Así, se denomina castaño/a al color pardo oscuro o rojizo semejante al de la cáscara de la castaña que se aplica en las personas para describir en particular el cabello o los ojos: melena castaña; ojos castaño claro. En los caballos, designa a los de pelo rojizo: una yegua castaña. En otros usos, parece que para expresar ese mismo color predomina el adjetivo invariable en cuanto a género marrón, galicismo que tuvo que acabar aceptando el Diccionario de la lengua española de la RAE debido a su difusión: diadema marrón; abrigo marrón oscuro. El moño con el que se recogen detrás el pelo las mujeres o los hombres también se denomina castaña cuando adopta esa forma. Una castaña puede ser además una borrachera (cogerse una buena castaña); una cosa aburrida o de mala calidad (esta película es una castaña), o un golpe o porrazo que, cuando es superlativo, se convierte en castañazo (se dio un castañazo con la bicicleta). El instrumento musical castañeta o castañuela recibe su nombre por su parecido físico con la castaña. También se denomina castañeta al chasquido resultante de entrechocar con fuerza y rapidez la yema del dedo pulgar con la del medio, movimiento empleado para llamar la atención de alguien o para seguir el ritmo de una música. El verbo castañetear describe la música de las castañuelas y, por extensión, el sonido rítmico proveniente de otros instrumentos que no son musicales, como dientes o articulaciones: Cuando subía las escaleras le castañeteaban las rodillas. Me castañetean los dientes de frío, que no de miedo. La acción del verbo castañetear es castañeteo.

Los refranes recogen la sabiduría popular acerca de las condiciones climatológicas óptimas para el buen desarrollo del fruto, de los tiempos de cosecha  y de sus cualidades. Muchos han quedado anticuados y apenas se entienden, pero otros siguen muy vigentes:

·       Las castañas quieren en agosto arder y en septiembre beber. Significa que para obtener una buena cosecha, en verano las castañas necesitan calor, y en otoño, lluvia.

·       Quien no sabe mañas no come castañas. Alude a la dificultad de pelar las castañas y, por extensión, a la necesidad de usar el ingenio para superar vicisitudes.

·       Fuerza sin maña no vale una castaña. Expresa el escaso valor que tiene la fuerza bruta si no está acompaña de ingenio. La castaña, como el comino, el pimiento o el rábano, aparecen en muchas frases hechas para simbolizar escaso aprecio. 

·       Castaña, la primera; y nuez, la postrera. Sintetiza el momento de mayor calidad del producto: a comienzos de su temporada la castaña, y a finales, la nuez.

·       De la castaña al huevo; del huevo a la gallina; de la gallina al buey; del buey a la horca. Con esta gradación se significa que en robos o malas acciones, se empieza por muy poco y como por audacia se va subiendo de rango, el castigo final será el más grave.  

Aparece asimismo este fruto seco en frases hechas, algunas más populares que otras:

·       Buscarse alguien las castañas, al igual que buscarse las habichuelas, significa ingeniárselas para subsistir.

·       Dar a alguien para castañas alude a maltratarlo o castigarlo.

·       Dar la castaña a alguien  es engañarlo, molestarlo o fastidiarlo.

·       Darle castañas al castañero apunta a la incongruencia de ofrecer a alguien como obsequio algo que de por sí le sobra.  

·       Parecerse como un huevo a una castaña es una comparación con la que se afirma que se trata de cosas totalmente distintas.

·       Pasar de castaño oscuro es llegar a una situación abusiva o intolerable.

·       Sacar las castañas del fuego es auxiliar o sacar de un apuro a alguien aunque implique riesgos para uno mismo.

·       ¡Toma castaña! es una locución interjectiva con la que se expresa complacencia o sorpresa ante algo o alguien.

·       Los tiempos de Maricastaña indican épocas tan antiguas y remotas como los tiempos de Matusalén, los años de la polca o los del cancán. Miguel de Cervantes, en «El casamiento engañoso» (Novelas ejemplares, 1613), ya se refería a dichos tiempos legendarios: «Si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, o el de Isopo, cuando departía el gallo con la zorra y unos animales con otros».

La literatura española da cuenta de la importancia que ha tenido la castaña en nuestra existencia. Es fácil encontrar ejemplos en los libros clásicos. Comienzo por el entretenido Libro del buen amor de Juan Ruiz, arcipreste de Hita, del cual existen dos manuscritos, uno de 1330 y otro algo ampliado de 1343. En la curiosa relación «De la pelea que ovo don Carnal con la Cuaresma», se lee: «Como estaba ya con muy pocas compañas, / el jabalín et el çiervo fuyeron a las montañas, / todas las otras reses fuéronle muy estrañas, / los que con el fincaron, no valían dos castañas». Y más adelante, en la relación «De cómo clérigos e legos, e flayres e monjas, e dueña, e joglaes salieron a reçebir a don Amor», explica: «Comía nueses primeras e asava las castañas, / mandava sembrar trigo e cortar las montañas, / matar los gordos puercos e desfaser las cabañas, / las viejas tras el fuego ya dicen las pastrañas».  Por su parte, Luis de Gongora y Argote, en su letrilla «Ándeme yo caliente» (1581), dice: «Cuando cubra las montañas / de plata y nieve el enero, / tenga yo lleno el brasero / de bellotas y castañas, / y quien las dulces patrañas del rey  que rabió me cuente, / y ríase la gente».  Dejo para el final a Rosalía de Castro, quien en sus Cantares gallegos (1863) escribe: «Has de cantar, / que che hei dar zonchos;  / has de cantar, / que chei de dar moitos. / Has de cantar, / meñina gaiteira».

Los zonchos son castañas cocidas con anises, que sigue siendo una receta típica de Galicia y Asturias. En puré se utilizan como acompañamiento de carnes o para elaborar postres deliciosos. Pero la exquisitez mayor se alcanza con las castañas confitadas, que en la actualidad se ofrecen sobre todo en época navideña. Son esas castañas  oscurecidas por la cocción que se bañan con un delicado almíbar de hilo y se venden en muchas pastelerías con el nombre francés de marron glacé, popularizado tal vez porque resulta más elegante que el término español. La RAE recomienda no utilizarlo, pero no se opone en absoluto a que disfrutemos de esta delicia.  ¡Feliz castañada!   

La lengua destrabada


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viernes, 16 de octubre de 2020

Dos puntos: orígenes y posibilidades actuales de uso en español

Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, ‘puntuar’ es en gramática «poner en la escritura los signos ortográficos necesarios para distinguir el valor prosódico de las palabras y el sentido de las oraciones y de cada uno de sus miembros». ‘Puntuación’, por su parte, es tanto la acción y efecto de puntuar como el conjunto de los signos ortográficos que sirven para ello. Los dos términos provienen del latín punctum, punto, puesto que fue este signo el primero adoptado ya en la Antigüedad clásica como ayuda a la lectura en voz alta de la scriptio continua. Los romanos tomaron de los griegos el principio básico por el cual se iba a regir la puntuación hasta bien entrada la Edad Media: la utilización del punto escrito en tres posiciones distintas dentro de la línea, alto, medio y bajo, para marcar las pausas, respectivamente, con una intensidad mayor, intermedia y menor. En torno a la segunda mitad del siglo ix, desde la corte de Carlomagno se fue propagando por Occidente un sistema perfeccionado de signos (positurae): el punctus versus (punto con una vírgula curva debajo); el punctus interrogativus (punto con un rasguillo ascendente hacia la derecha) y el punctus elevatus (punto con una especie de coma superpuesta). Cuando a estas positurae o situaciones de los signos se añadió el uso de las litterae nobiliores (mayúsculas destacadas) para resaltar el inicio de la oración, la altura de los puntos dejó de tener importancia.

El punctus elevatus dio lugar en la ortografía tradicional española al colon (:) y al semicolon (;). El término griego κῶλον, que significa ‘miembro’ o ‘parte’, se utilizó en la gramática griega para designar a los miembros o partes de una oración y pasó como colon, con el mismo valor, a la gramática latina para acabar denominando también a los signos con los que se marcaban las pausas menores dentro de un mismo periodo. El Diccionario de la lengua española de la RAE recoge la siguiente definición: «Gram. Tradicionalmente, parte o miembro principal del periodo. || 3. Ortogr. Tradicionalmente, signo de puntuación con que se distinguen estos miembros. En castellano y otras lenguas es el punto y coma o los dos puntos».

Se suele afirmar que la imprenta, al fundir en plomo los signos de puntuación, consiguió inmovilizarlos en su evolución a partir del siglo xv. Es necesario introducir ciertos matices, sin embargo. La mayoría de los signos que se han universalizado tienen muchos siglos de antigüedad, sin lugar a dudas, pero sus usos han variado a lo largo del tiempo y de los distintos países. Ciñéndonos al caso español, no hay más que leer textos antiguos, incluso de hace un siglo o dos, para comprobar que los dos puntos y el punto y coma se solapaban y confundían a menudo en la escritura. Incluso la última Ortografía de la RAE (2010) decidió mejorar la explicación acerca de los cometidos de los dos puntos en un enunciado y añadió algunas pautas en cuanto al empleo de mayúscula o minúscula inicial tras su escritura.

Las normas ortográficas actuales de nuestra lengua prescriben recurrir a la escritura de dos puntos en un enunciado cuando este se interrumpe para centrar la atención en lo que viene a continuación. Por tanto, es la puntuación adecuada para exponer una conclusión (La lectura es acumulativa y opera por progresión geométrica: cada una nueva edifica sobre lo ya leído antes), aportar una consecuencia (Con una fiebre tan elevada no se podía esperar: había que avisar a su familia) o dar una explicación (El proceso del aprendizaje se imaginaba así: en la base del cerebro había una «red maravillosa» de pequeños vasos que actuaban como  canales de comunicación).  También sirven los dos puntos como elemento de enlace entre proposiciones u oraciones en sustitución del nexo que las relacionaría para expresar, por ejemplo, causa-efecto, finalidad, oposición o verificación: Se han incrementado exponencialmente los contagios: habrá duras restricciones a la movilidad. Eso no es una novela, sino la guía telefónica: demasiados personajes para tan poco argumento. Hagamos un mapa mental: comprenderemos mejor el problema.

Locuciones explicativas como a saber, dicho de otro modo, en otras palabras, es más, por ejemplo, verbi gratia y demás semejantes suelen ir seguidas de dos puntos, aunque las más de las veces también admiten puntuarse con coma: Un buen libro debe producir un golpe doloroso, a saber: la muerte de un ser querido o la pérdida de un órgano vital. Dicho de otro modo: un libro ha de ser el hacha que quiebre el mar helado de nuestro interior.

Con todo, los dos puntos encuentran en la escritura su empleo más habitual en las enumeraciones explicativas tras el elemento que aúna y anticipa la serie (Había gestos prohibidos: apuntar con el dedo, aplaudir sonoramente, sacar la lengua, encogerse de hombros o silbar) o al final de una enumeración antes de aportar el elemento conclusorio (Hacer una reverencia de saludo, abandonar el escenario despreciando los aplausos y cambiarse enseguida de ropa: ese era su comportamiento inamovible). Es necesario en este punto efectuar una advertencia: es incorrecto escribir dos puntos después de preposiciones (La estructura externa de un libro impreso está compuesta por: lomo, solapa y chaqueta o forro). Lo adecuado en la mayoría de estos casos es eliminar los dos puntos (La estructura externa de un libro impreso está compuesta por lomo, solapa y chaqueta o forro). De hecho, para comprobar la idoneidad de los dos puntos dentro de un enunciado, no hay más que suprimirlos: si el enunciado mantiene su precisión sintáctica, es que sobraban. No obstante, si por motivos de claridad o estilo se desea mantener tal puntuación, siempre es posible adecuar la redacción (La estructura externa de un libro impreso consta de las siguientes partes: lomo, solapa y chaqueta o forro).  

Tal como se aprecia en los ejemplos aducidos hasta el momento, a continuación de los dos puntos las más de las veces se escribe con letra minúscula inicial. Solo es necesario  recurrir a mayúscula inicial en casos contados, que comparten siempre la particularidad de que tras los dos puntos comienza una unidad enunciativa nueva y completa, con independencia de sentido. Así, se impone la mayúscula inicial después de los dos puntos:

·    Al final del encabezamiento de una carta o correo electrónico. La palabra posterior escrita con mayúscula inicial aparecerá en línea aparte:

Estimados colegas:

A quien corresponda:

·       En textos jurídicos y administrativos, tras el verbo que establece el objetivo del escrito (CERTIFICA: EXPONE:). La primera palabra con mayúscula inicial se escribe en línea aparte. Son los únicos casos en los que está permitido utilizar dos puntos y a continuación la conjunción que (Solicita que: Expone que: Promete por su honor que:). Los verbos de estos documentos se escriben íntegros en letra mayúscula.

·       En formularios, solicitudes, cuestionarios e impresos en los que se deba consignar información, detrás de cada ítem: Estado civil: Viudo. Profesión: Intérprete jurado.

·       A continuación del verbo introductorio de una cita literal en estilo directo: Margaret Fuller opinó: «Los libros no pueden sustituir a la experiencia, pero son un medio para contemplar a toda la humanidad, un núcleo a cuyo alrededor se puede reunir todo el conocimiento».

·       Detrás de vocablos o expresiones de advertencia, anuncio, consejo y similares, seguidos de un enunciado independiente y completo: Aviso: Es obligatorio el uso de guantes y mascarilla en todo lugar público. Fe de erratas: No consta que este libro contenga ninguna apreciable. Posdata: La hora de la reunión se fijará en breve. A todos los residentes: Está prohibido estacionar motos en la acera.

·       En títulos y subtítulos de un texto o en titulares de periódico, cuando se precisa concretar un enunciado general previo: Introducción: Lenguaje y gnosis. Segunda Parte: Raíces históricas. Objetivo: Salvar la Tierra.

·       Después de titulillos de listas, enumeraciones y esquemas o de epígrafes internos de un texto, siempre que se escriba en la misma línea y no aparte: Principios: Las primeras nociones de escritura y lectura se aprendían practicando el enlace de signos. Es posible, asimismo, recurrir al punto y seguido en lugar de los dos puntos. Una vez elegida la puntuación, debe mantenerse la uniformidad a lo largo de todo el escrito.

·       Entre un ejemplo ilustrativo y el resto del enunciado, como se viene utilizando a lo largo de este texto cuando corresponde: Los dos puntos son un signo de puntuación que no puede coincidir con el punto, la coma ni el punto y coma.

Si es necesario, es posible escribir dos puntos detrás de puntos suspensivos y de los signos de cierre de exclamación, interrogación, comillas, paréntesis y rayas: La muerte…: eso no lo esperaba. ¡La muerte!: eso no lo esperaba. ¿La muerte?: eso no lo esperaba. «Cantaba un ruiseñor»: eso fue lo que declaró. Había un ruiseñor (o puede que un mirlo): lo vio con sus propios ojos. Esta fue su decisión ―según contaron―: reanudar la campaña sin esperar más informes. Asimismo, es posible escribir dos puntos detrás del punto abreviativo: Teléf.: 98071561.

Bien empleados, los dos puntos agilizan la escritura al marcar de manera sintética y clara la conexión de lo anterior con lo que les sigue y se convierten en un apreciable rasgo de estilo maduro. Dominar los dos puntos supone un elevado grado de destreza. Quien lo haya logrado, también sabrá que no se considera conveniente recurrir a ellos de manera sucesiva en un mismo enunciado, puesto que se oscurecería la relación sintáctica que se pretende establecer entre los diversos elementos concernidos. Por tanto, sería preciso variar redacciones como la siguiente: Se ofrecen dos puestos de trabajo: cantante y poeta: el primero trabajará a diario; el segundo, los fines de semana. Lo adecuado sería escribir: Se ofrecen dos puestos de trabajo: cantante y poeta. El primero trabajará a diario; el segundo, los fines de semana. Añadamos un ejemplo más: Bizancio, ante la complejidad del escenario, cambió de postura: decidió utilizar la fuerza pero, sobre todo, la diplomacia: negociaciones con el califa cordobés para enfrentarse a los piratas sarracenos y la flota fatimí, así como, más adelante, pactos con el emperador alemán. Entre las diversas posibilidades de corrección, estaría la siguiente: Bizancio, ante la complejidad del escenario, cambió de postura: decidió utilizar la fuerza pero, sobre todo, la diplomacia. Entabló negociaciones con el califa cordobés para enfrentarse a los piratas sarracenos y la flota fatimí; y, más adelante, alcanzó pactos con el emperador alemán. No obstante, debe tenerse presente que es perfectamente válida la repetición cercana de los dos puntos cuando se da en enunciados distintos, puesto que no queda afectada la clara percepción de las dependencias sintácticas: Aldo describió el libro-abecedario: «Era una joya única: tenía en mis manos un tesoro». A lo largo de este texto aparecen múltiples ejemplos de uso cercano de dos puntos, todos ellos fundados porque pertenecen a enunciados distintos y queda patente su correspondiente dependencia sintáctica.   

La lectura de «Redactar y corregir enumeraciones y listados» (clicando sobre el título), texto publicado en este mismo blog, puede servir de complemento a lo aquí expuesto.


 La lengua destrabada


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