miércoles, 22 de octubre de 2014

Las oraciones condicionales

—No sé qué son juegos de ingenio —comentó con timidez Chantal.
Las oraciones condicionales
—Son como acertijos que hay que resolver. He aquí un ejemplo: un hombre debe cruzar un río con una cabra, un lobo y un cesto de coles en una barca que solo aguanta su peso más una de sus mercancías. ¿Cuál elegirá?
—¿Puede volver después a recoger las otras que queden en tierra? —inquirió enseguida Chantal.
—¿Por qué lo preguntáis? —quiso saber Marie.
—Muy sencillo. Si solo puede hacer un viaje, se llevará consigo en la barca la mercancía de mayor valor y abandonará el resto, pero si va a regresar, ha de llevarse la cabra, pues si elige las coles, el lobo acabará con la cabra, mientras que si es el lobo el que sube en la barca, la cabra se comerá las coles antes de que el hombre haya regresado.
La historia escrita en el cielo, Carmen Martínez Gimeno, 2012


Las conocidas como oraciones condicionales constituyen en realidad períodos formados por una oración subordinada, denominada prótasis (condicionante o antecedente), y una oración principal, denominada apódosis (condicionada o consecuente). Ambas oraciones van enlazadas por la conjunción si, y el cumplimiento de lo enunciado en la oración principal (apódosis) depende de lo que ocurra en la oración subordinada (prótasis con si): Si solo puede hacer un viaje, se llevará consigo en la barca la mercancía de mayor valor. Si va a regresar, ha de llevarse la cabra, pues si elige las coles, el lobo acabará con la cabra. No deberías esperarlo si tardara más de dos horas en llegar. Si Pedro corría, Elena lloraba mucho más. Inés me prestaría el coche si yo se lo pidiera. No habría (o hubiera o hubiese) actuado de ese modo si hubiera (o hubiese) conocido las consecuencias.

Como se aprecia en los ejemplos anteriores, el orden de la apódosis y la prótasis puede variar según la intención o gusto de quien escribe: Si vas de compras, avísame. Avísame si vas de compras. En la primera oración se desea destacar el hecho de ir de compras; en la segunda, la petición (o tal vez mandato) de recibir aviso. Debe tenerse en cuenta que cuando la prótasis con si se escribe antes de la apódosis, han de separarse ambas oraciones con coma (,), aunque puede omitirse cuando la prótasis es muy corta: Si llueve no saldré. Si lo sé no vengo. Pero: Si me esperas un poco, te acompañaré. Si hubieras conocido sus verdaderas intenciones, nunca le habrías confiado tus secretos. Cuando el orden seguido es apódosis y prótasis, no se escribe ningún signo de puntuación en medio: Celia habría comprado la casa si hubiera tenido el dinero que pedían.

El hecho de que la condición deba cumplirse en el momento anterior a lo condicionado, o por lo menos que condición y condicionado sean simultáneos, determina que existan limitaciones en el uso de los tiempos verbales: el tiempo de la apódosis debe ser siempre futuro o presente con relación a la prótasis. Por tanto, no se puede escribir, por ejemplo, si vendrá, si habrá venido, si vendría, si habría venido. Estas formas verbales han de sustituirse por las correspondientes de los tiempos presentes: si viene, si ha venido, si hubiera (o hubiese) venido. Los futuros hipotéticos son sustituidos en la prótasis por el imperfecto y el pluscuamperfecto de subjuntivo (si viniera, si viniese, si hubiera o hubiese venido), pero en la lengua hablada (y, por tanto, en la literaria) existe una clara tendencia a emplear también el imperfecto y pluscuamperfecto de indicativo: le dije que si venía a verme, le daría dos euros. Si había venido a verme, se iba a llevar una sorpresa. El único tiempo del indicativo que no se puede utilizar en la prótasis es el futuro anterior (o antepretérito), pues en la actualidad queda limitado a las oraciones temporales y su uso es en buena medida literario (cuando hubieron llegado al pueblo). Tampoco puede emplearse este tiempo en la apódosis.

Dos son los tipos de oraciones condicionales en la lengua española actual: aquellas que expresan la condición (prótasis) con el verbo en indicativo y las que la expresan con el verbo en subjuntivo. Los gramáticos acostumbran denominar a las primeras de condición real, y a las segundas, de condición irreal, aunque la realidad o irrealidad ha de interpretarse con cierta relatividad, puesto que toda condición es de por sí hipotética, circunstancial o contingente. Entre si llega a tiempo el avión, podremos hacer la conexión con el siguiente vuelo y si llegara a tiempo el avión, podríamos hacer la conexión con el siguiente vuelo, la única diferencia es el matiz más dubitativo de la segunda: es una distinción de grado, de probabilidad mayor o menor, la que decide la preferencia por uno u otro modo de expresión.

1. Las llamadas oraciones de condición real (con el verbo en indicativo) expresan en la prótasis con si un hecho real, probable o posible del pasado, presente o futuro empleando un tiempo de indicativo (nunca futuro ni condicional o potencial), mientras que en la apódosis aparece un tiempo de indicativo, imperativo o subjuntivo: Si llaman a la puerta, no abras. Pedro vendrá si yo se lo pido. Si Carmen ha venido mañana, la recibiremos. Si no me despertaba yo, nadie hacía el desayuno. Quién sabe lo que hubiera pasado si no me marcho a tiempo. Si hace frío, ponte el abrigo.

Así pues, el esquema es el siguiente:

Prótasis: Cualquier tiempo de indicativo, menos el futuro anterior o antepretérito (hubo venido), los dos futuros y los dos condicionales (o potenciales).
Apódosis: Imperativo; cualquier tiempo del indicativo, menos el futuro anterior o antepretérito; cualquier tiempo del subjuntivo, menos los futuros.

Atendiendo a lo expuesto, se comprende de inmediato que es un error construir oraciones condicionales como si te gustaría leer mi novela, lo puedes hacer en digital o en papel. Lo correcto sería si quieres leer mi novela o, más dubitativo, si quisieras leer mi novela. Yendo más al grano, escribiríamos: ¿Quieres leer mi novela? ¿Te gustaría leer mi novela? Este uso del verbo gustar con un condicional (o potencial) en la prótasis es un calco del inglés if you would like, que no tiene traducción literal al español (si deseas, si quieres, si te apetece… pero nunca un verbo en tiempo condicional, por irónico que resulte). ¿Por qué es correcto, en cambio, escribir me pregunto si te gustaría acompañarme al cine? Está claro: el si introduce una oración interrogativa indirecta, no la prótasis de una condicional. Son fáciles de distinguir, puesto que en las oraciones interrogativas indirectas no hay ninguna condición que deba cumplirse (prótasis) para que ocurra lo condicionado (apódosis).

No obstante, también ha de señalarse que en la Nueva gramática de la lengua española de la RAE, se establece una única excepción al veto del verbo en tiempo condicional en la prótasis de una oración condicional: la llamada interpretación de cita. Este caso poco frecuente ocurre cuando el uso del tiempo condicional no tiene valor prospectivo (es decir, no hace referencia al futuro), sino que se limita a reproducir palabras que se acaban de pronunciar:

—Me gustaría tanto estudiar una carrera, pero no sé si me dará la cabeza.
—Pues si tanto te gustaría, debes intentarlo.

2. En las oraciones de condición irreal (con el verbo en subjuntivo), se expresa en la prótasis un hecho que se estima no realizado en el pasado, irrealizable en el presente o improbable en el futuro. Por tanto, la consecuencia sigue el mismo patrón. Se emplea en la prótasis el imperfecto de subjuntivo si la condición se refiere al presente o futuro, y el pluscuamperfecto, si se refiere al pasado. En el caso de condición presente o futura, se emplea en la apódosis el pretérito imperfecto de subjuntivo o el condicional (potencial) simple, y el pluscuamperfecto de subjuntivo o el condicional (potencial) compuesto, para condición pasada: Si yo tuviera (o tuviese) tiempo, leería el periódico. Sabrías mucho más si hubieras (o hubieses) estudiado a tiempo. Si hubiera (o hubiese) tenido vacaciones, Carmen se habría (o hubiera o hubiese) marchado a París. 

El esquema es el siguiente:

Prótasis: En el caso de presente y futuro, se utiliza el imperfecto de subjuntivo (formas –ra y –se); para el pasado, pluscuamperfecto de subjuntivo (en sus dos formas).
Apódosis: En el caso de presente y futuro, se usa el pretérito imperfecto de subjuntivo o condicional (potencial) simple (formas –ra y –se); para el pasado, pluscuamperfecto de subjuntivo y condicional (potencial) compuesto (formas –ra y –ría). 

De lo expuesto hasta este punto, se desprende que la simplificación esquemática si hubiera… habría, aunque es la más habitual en la lengua culta actual en España, no es la única posible para expresar una condición irreal. Los editores y correctores de estilo deberían tener en cuenta que no hay motivo para corregir a un escritor si prefiere escribir si hubiera… hubiera  o si hubiese… hubiese, ni si opta por el resto de las combinaciones posibles. 

La forma en –ra en la apódosis (si tuviera dinero, yo comprara esta casa) resulta anticuada y solo aparece de cuando en cuando en el lenguaje literario.

En lenguaje jurídico y arcaizante, todavía se emplean las llamadas oraciones condicionales contingentes, esto es, condicionales reales de futuro con la prótasis en futuro imperfecto o perfecto de subjuntivo: Si transcurrido el plazo no se presentare, perderá sus derechos. A quien los jornaleros podrán reclamar sus salarios atrasados si los hubiere. Riña a su hijo si hiciere burla de sus mayores. En la apódosis se pueden emplear el presente de indicativo o subjuntivo, el imperativo y el condicional (potencial).

Aunque la única conjunción condicional es si, existen en la lengua castellana más modos de expresar condición. Se pueden emplear como condicionales, por ejemplo, algunas conjunciones de otro origen y numerosas frases conjuntivas: como, cuando, siempre que, ya que, con tal que, con solo que, con que, siempre y cuando, a no ser que. Estos ejemplos lo demuestran: Como me enfade, me iré. Cuando tú lo dices, será verdad. Con que me quisieras un poco, estaría contento. Siempre y cuando tú estés conforme, lo firmaré.

Asimismo, se pueden emplear como prótasis condicionales algunos giros creados con las formas no personales del verbo: el infinitivo precedido por de o a: De no ser cierto, tomaré medidas; el gerundio: Colaborando todos, saldremos adelante;  y el participio: Dado que ataquen (o supuesto que ataquen), nos defenderemos.

Existen además otras oraciones introducidas por si que a primera vista parecen prótasis condicionales desprovistas de la apódosis correspondiente. Sin embargo, no se trata de verdaderas elipsis, pues si se enunciara la apódosis, el resultado tendría un significado distinto: ¿Has leído mi novela? Si no sabía que te la habían publicado… El sentido que se evoca no es propiamente el condicional, sino un matiz entre lo enfático y lo ponderativo.

En las oraciones interrogativas con si, las formas verbales empleadas son futuros y pospretéritos (amaré, amaría, habré amado, habría amado), que son precisamente incompatibles en las prótasis condicionales. Consideremos los siguientes ejemplos: ¿Si estaré yo distraído que no te he sentido llegar?¿Si habré visto yo visiones? Al suprimir la conjunción si, estas oraciones interrogativas mantienen el sentido de las primeras pero pierden énfasis: ¿Estaré yo distraído que no te he sentido llegar? ¿Habré visto visiones?

En las oraciones exclamativas con si, se aprecian dos tipos fundamentales. La estructura del primero coincide con el esquema propio de la prótasis condicional y sustituye la presunta apódosis elidida con puntos suspensivos que indican sugerencia: ¡Si tu padre fuera más comprensivo…¡ ¡Si yo te contara…! ¡Si me hubieses escuchado…! La estructura del segundo tipo coincide con la que presenta la prótasis de las oraciones condicionales reales: las formas verbales son de indicativo (amo, amaba, amé y los compuestos he, había, hube cantado). Con estos enunciados se expresa sorpresa, protesta, enfado: Si es un necio… ¿qué va a decir? Si no me río… ¿cómo me iba a reír? ¡Si ya me lo estaba oliendo yo! Si eres un muñeco, si tienes horchata en las venas, si nadie te respeta… ¡Pero si este muerto no ha perdido ni el color! Si se suprimieran los puntos suspensivos en la primera oración, no solo perdería énfasis, sino que variaría su significado: Si es un necio, ¿qué va a decir? ¿Y qué sucede si se suprime la conjunción si en oraciones como la cuarta y la quinta?: ¡Ya me lo estaba yo oliendo! Eres un muñeco, tienes sangre de horchata en las venas, nadie te respeta: ambas pierden expresividad y la última pasa de recriminación más o menos enfadada a simple consignación de defectos.

En la escritura, como en la vida, elementos que a simple vista parecerían muy poquita cosa y prescindibles pueden obrar maravillas cuando se saben utilizar. La conjunción si es uno de ellos, a la vista está.

Termino por hoy evocando una coletilla omnipresente en la lengua hablada y escrita de España hasta hace no demasiados años. ¿Quién no ha escuchado o leído alguna vez Dios mediante?: Mañana, Dios mediante, saldremos de vacaciones, por ejemplo. Esta construcción absoluta de gerundio, que puede aparecer en posición inicial, media o final dentro de la oración, significa si Dios lo permite o si Dios quiere. Semejante en sentido es también la respuesta que se esperaba por aquellos mismos años cuando se daban las buenas noches: Hasta mañana... Y aquí el interlocutor añadía casi siempre la prótasis de una oración condicional.

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





  





martes, 23 de septiembre de 2014

Bueno o malo: ¿es lícito juzgar de este modo un libro?

libros malos, libros buenos
El pintor está ligeramente retirado del cuadro. Echa un vistazo al modelo; quizá se trate de añadir una última pincelada, pero también puede ser que todavía no se haya dado la primera. El brazo que sostiene el pincel está flexionado hacia la izquierda, en dirección a la paleta; está, por un instante, inmóvil entre la tela y los colores. Esta mano hábil queda suspendida de la mirada; y la mirada, a su vez, descansa sobre el gesto detenido. Entre la fina punta del pincel y el acero de la mirada, el espectáculo va a desplegar su volumen. […]
En apariencia, este lugar es simple; es de pura reciprocidad: vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla un pintor. No es más que un cara a cara, ojos que se sorprenden, miradas directas que, al cruzarse, se superponen. Y, sin embargo, esta tenue  línea de visibilidad envuelve a su vez toda una compleja red de incertidumbres, de intercambios y de quiebros. El pintor no dirige los ojos hacia nosotros más que en la medida en que nos hallamos en el lugar de su objeto. Nosotros, los espectadores, estamos por añadidura. […] ¿Vemos o nos ven? 

«Les Suivantes», en Les mots et les choses («Las Meninas», en Las palabras y las cosas), Michel Foucault, 1966 (la traducción del francés es mía).

El escritor suele crear en  soledad. A diferencia del pintor, no necesita estar en presencia de modelos vivos ni naturalezas muertas para progresar en su obra. Más bien se aísla y se concentra para poner por escrito lo que tiene en la cabeza o para desarrollar el esquema del que se ha provisto a fin de no perderse en laberintos de palabras. Detrás de un buen libro siempre hay un pensamiento inteligente; una lógica plasmada según criterios ortotipográficos, gramaticales y sintácticos convenidos que la harán inteligible, primero para quien redacta y después para la mirada del otro. 
   
Al igual que el pintor de Las Meninas, el escritor, cuando escribe, no dirige los ojos hacia los espectadores, sino hacia sí mismo, hacia el modelo que tiene en su interior, formado por innumerables lecturas, recuerdos, vivencias, intuiciones, ocurrencias, genialidades, visiones de futuro… El espectador, el lector, llega (debería llegar) después, mucho después, y es una añadidura. Pero crucial: ¿vemos o nos ven?

Como espectadores lectores, ¿establecemos una relación con el autor del libro que leemos? No es indispensable. La establecemos siempre con el libro: es el único eslabón esencial. Se puede disfrutar de una lectura sin saber quién escribe. Empezar a leer por casualidad y quedar atrapados. Solo recordaremos el nombre de un autor si nos ha interesado tanto su obra que deseamos leer más de él si lo hubiera. De quienes no nos han interesado nos olvidamos enseguida… a no ser que nos bombardee sin descanso su publicidad. Eso es cosa de esta era de la información, donde las más de las veces estar cuenta más que ser. Y también es cosa novedosa de esta era la facilidad para que surja una reciprocidad entre los lectores-espectadores y los escritores: las redes, las reseñas.

Cuando terminamos de leer un libro (sea histórico, científico, divulgativo, literario o de cualquier otro género o clasificación que se nos ocurra), los lectores nos hemos formado una opinión, que dependerá en buena medida de nuestras expectativas, exigencias y formación intelectual. Todos somos capaces en ese punto de afirmar si es bueno o es malo, adornar nuestra percepción con superlativos o limitarnos a un no está mal, pero… Incluso, no sin cierta irritación, de aquellos que hemos abandonado por aburrimiento o decepción diremos que son infumables: pésimos, de mala calidad, sin aprovechamiento posible (según el diccionario de la RAE). 

¿Es lícito juzgar un libro como bueno o malo? Por supuesto. Como lectora, estoy en mi derecho a hacerlo. Igual que juzgo el resto de las cosas. Ese pensamiento binario, bueno o malo, es lo primero que se me ocurrirá, y después pasaré a fundamentarlo. Existen criterios más o menos objetivos para valorar un libro: en general, lo básico que se exige es un desarrollo coherente de las tesis que se enuncian y unas conclusiones razonables. En pocas palabras, que se cumpla lo que se promete. Además, el tema debe suscitar cierto interés y aumentar de algún modo nuestro conocimiento; y, por supuesto, ha de estar bien escrito. Todo esto (y diversas consideraciones complementarias) se recoge en los  informes de lectura que solicitan las editoriales antes de decidirse a publicar un original: en ellos, dicho original, tras haberse leído, se analiza, interpreta y juzga. Así pues, una vez que el escritor ha decidido sacar a la luz su obra, ha de estar preparado para recibir toda clase de valoraciones. A veces demoledoras. 

«En el momento en que colocan al espectador en el campo de su visión, los ojos del pintor lo apresan, lo obligan a entrar  en el cuadro, le asignan un lugar a la vez privilegiado y obligatorio, sacan de él su especie invisible y luminosa, y la proyectan sobre la superficie inaccesible de la tela vuelta», añade Michel Foucault en su análisis del cuadro Las meninas. Lo mismo sucede en el caso del escritor: en el momento en que publica su obra, coloca al espectador-lector en el campo de su visión, le asigna un lugar privilegiado y obligatorio, y queda a su merced. La tela del revés pasa a dominio del espectador-lector, que la recorre y escudriña: la analiza, la interpreta y finalmente la juzga. Cada lector hará una lectura diferente de la obra. Depende de muchas variables. Incluso un mismo lector puede hacer lecturas distintas si relee una obra en momentos diversos de su vida, puesto que sus connotaciones (y conocimientos) habrán variado.


Se publica muchísimo, pero los libros que perduran son escasos. En literatura, los que aguantan el paso de los años suelen convertirse en paradigmas. «¿Te gustó Pedro Páramo y  El llano en llamas?». Sí, a esta pregunta yo siempre contestaré lo mismo: me encantó y me encanta; es un libro buenísimo, del que siempre extraigo algo nuevo; del que no dejo de aprender. Mi epítome de Pedro Páramo (de hoy y no de mi primera lectura apasionada con menos de veinte años) sería que sus distintas escenas cobran sentido final cuando yo como lectora las integro; aunque cueste percibirlo, la novela tiene una estructura interna, porque al terminar no queda ningún cabo suelto. En lo referente al género, es difícil asignarle uno, pues Rulfo bebe de diversas fuentes en su técnica de escritura, del cine y del cubismo, en particular, y se sirve de la retrospectiva y de otros recursos que ya emplearon Proust y Faulkner, por ejemplo. En lo anecdótico (esto es, en mis connotaciones personales), yo podría agregar que recién terminados mis estudios de licenciatura en la Universidad Complutense de Madrid, cuando viajé a México con la idea de doctorarme en literatura, sentía la ilusión (en dos de las acepciones que recoge el diccionario de la RAE: «1. concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por el engaño de los sentidos; 2. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo») de conocer a Juan Rulfo, de escucharlo.

Sin embargo, el día, ya muy lejano, que me encontré cara a cara con Rulfo en la fiesta de una editorial mexicana, no fui capaz de cruzar palabra con él. Me limité a estrechar la mano que me tendió, a hacerme a un lado y a escuchar lo que decía a otros menos tímidos que yo. Y no me pareció nada sobresaliente; ni siquiera lo recuerdo con claridad. Después me comentaron que estaba a sueldo de un sello editorial para que escribiera algo más, pero no lo lograba. Otros me dijeron que se estaba dando a la bebida. Al parecer, harto de  las presiones, llegó a confesar (supongo que con ironía) que su tío era quien le contaba lo que él escribía y que ya había muerto. Por eso había dejado la pluma. Fuera cual fuese su fuente de inspiración, él fue quien compuso la novela que comienza así: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerle todo». 

Juan Rulfo es sin duda uno de los grandes de la literatura en lengua española. Sin embargo, su obra es corta y no de fácil lectura, en especial la novela Pedro Páramo. Con todo, no creo que ni siquiera un lector que se haya quedado a medias afirme que es un mal libro: supongo que se limitará a declarar que se aburrió porque no lo entendía o que sus gustos son otros. Para comprobarlo, he buscado las ediciones de sus dos obras en Amazon.es: Pedro Páramo tiene tres reseñas cortas, dos de cuatro estrellas y una de cinco; la colección de cuentos de  El llano en llamas, una sola reseña de tres estrellas que se refiere a la plataforma de ventas y no al libro. ¡Qué lejos de las elogiosísimas reseñas que reciben en esa misma plataforma otros muchos escritores, en su mayoría independientes! 

Pareciera, por tanto, que no todos los libros se miden por el mismo rasero. Con los de literatura, sobre todo si se encuadran en géneros considerados menores o de masas, los lectores son mucho más condescendientes. En las plataformas de ventas (sobre todo Amazon) es habitual conseguir cinco estrellas por novelillas prescindibles desde todos los criterios aplicables y, en particular, atendiendo al desconocimiento flagrante que muestra el escritor de las mínimas reglas ortográficas y sintácticas, por no hablar de los recursos literarios.

Nadie nos obliga a escribir, y todavía menos a publicar, sea con una editorial de respaldo o en una plataforma digital como autor independiente. Una vez que lo hacemos, debemos estar dispuestos a aceptar la mirada del otro, sus críticas, que siempre consistirán en si nuestro libro es bueno. Esa es en resumidas cuentas la conclusión y lo que nos moverá a recomendarlo o no. Pero no todos aceptamos esta premisa, para mí básica. Carmen Grau, en un artículo de su blog Me llamo Pendiente, Inde Pendiente dedicado a los libros, sostiene: «no está bien decir que un libro es "bueno" o malo". De hecho, no está bien decir eso de nada, y creo que tarde o temprano estos dos términos se considerarán políticamente incorrectos, porque ¿quién es quién para juzgar?». Me pregunto si hablamos de lo mismo. Desde mi punto de vista, el concepto de «lo políticamente correcto» debería evitarse en general, pero  más todavía en lo tocante a la literatura; del mismo modo que es imperativo huir de la censura. Los escritores (y sus lectores) deben ser críticos y transgresores. Experimentar, formarse… y no publicar hasta que no se tenga algo meritorio que aportar. Y, por favor, las críticas, al menos sin faltas de ortografía: de otro modo pierden credibilidad.

No puedo evitar asombrarme cuando leo en las redes sociales que algún autor presume de escribir seis o siete novelas al año. ¿Novelas? Así serán. No hay géneros menores: son los escritores dedicados a ellos los que los minimizan, los convierten en caricaturas dignas de mofa. La novela sentimental o rosa, ahora llamada romántica (aunque no tiene nada que ver con las obras del Romanticismo), es un ejemplo paradigmático, un cajón «desastre» en el que cabe todo. Admiro a las hermanas Brönte, Jane Austin o George Eliot (pseudónimo de Mary Anne Evans), por ejemplo, autoras destacadas de este género en el que predominan las mujeres como autoras y lectoras, pero me declaro incapaz de terminar ninguna de esas novelitas llenas de lugares comunes, personajes planos, algo de sexo más o menos explícito y final previsible y feliz tras algunos avatares, muchas veces disparatados. Lo mismo es aplicable al género de aventuras o misterio, donde predominan las hazañas trepidantes e inverosímiles o los secretos inconfesables de la Iglesia que al final quedan en nada. Si Julio Verne levantara la cabeza...

Y, no obstante, estos son los géneros que más venden según las estadísticas. Marlene Monleon, en su artículo titulado «Cómo se vende un libro», aconseja a los escritores, sobre todo si son independientes, considerar el género en que escriben, pues hay muchos nichos dentro de ellos y a veces, para despegar en las ventas, es clave dar con el adecuado. Yo no opino de ese modo, como ya he señalado, y tampoco creo que las ventas sea lo importante para un escritor novel. La buena escritura no surge por generación espontánea: es fruto del estudio y el trabajo constante. Y doy por sentado que todo escritor debe empezar por ahí: por formarse. Para ello, lo básico es conocer a fondo la gramática y sintaxis de la lengua en que se escribe, además de ampliar y cuidar el vocabulario. Para lo primero hay que estudiar gramáticas y manuales de estilo; para mejorar el vocabulario, es fundamental leer a los grandes con lápiz y papel. No está de más añadir algún tratado de teoría literaria para aprender a utilizar las figuras retóricas y sacar el mayor partido a nuestras capacidades. Porque no todos servimos para escribir lo mismo: un thriller psicológico a lo Patricia Highsmith no requiere las mismas aptitudes mentales y literarias que una novela histórica a lo Marguerite Yourcenar, por ejemplo.

Si se me pregunta, mi consejo es escribir según la propia inspiración, sin tratar de amoldarnos a un género determinado. Una vez concluida la obra, se verá en cuál encaja, si es que lo hace en alguno. Tampoco tendría por qué. Lo importante es que sea buena, repito la palabra: buena. Aunque no venda. Muy pocos escritores podrán vivir del fruto de su mente y no todos los que lo logren será por sus méritos literarios. Son muchos los factores que inciden para que un libro sea un éxito, y con la atomización del mercado editorial cada vez es más difícil sobresalir y vender lo suficiente. Pero esta realidad no es óbice para dejar de esforzarnos si tenemos alma de escritor. Es responsabilidad de quien escribe imaginar que sus lectores van a ser los eruditos más exigentes, capaces de detectar sus fallos y pedirle cuentas. Nuestra responsabilidad es enorme por el peso que adquiere la palabra publicada: si escribimos osea, ves a por agua o se los dije, por poner tres ejemplos de errores de bulto, quien lo lea, si no tiene la cultura necesaria, lo dará por bueno y lo repetirá. Y si la tiene, nos despreciará como unos ignorantes que jamás debieron atreverse a publicar.

Los libros se consideran el vehículo del saber desde hace siglos. Son incontables las citas que recomiendan su lectura para abrir la mente. Cuando las leo en grupos de las redes sociales o en blogs que tienen faltas de ortografía hasta en el título, no sé si me da más pena que risa. La ignorancia siempre ha sido muy atrevida.
  
Los escritores (todos los que escriben, prescindiendo del medio donde lo hagan) han de cuidar sus textos. Tenemos un compromiso con la sociedad, con nuestros  conciudadanos. No debemos confundirlos con nuestros errores, aunque solo nos lean por diversión. Quien no sepa escribir sin faltas y no quiera aprender, mejor que deje la tarea. Nos hará un buen servicio a todos.  Y siempre, siempre, hay que buscar otros ojos expertos (cuidado, no vale cualquiera) que vean lo que a nosotros se nos escapa. Los mejores, por supuesto, son los de los correctores de estilo y ortotipográficos con amplia experiencia: su labor es imprescindible, no me cansaré de repetirlo. Recurriendo a su servicio, un escritor mediocre evitará que le saquen los colores cuando menos lo espere.

A mí, como imagino que a todos los que tenemos un blog de letras, me solicitan a menudo reseñas para novelas infumables. Hace tiempo que he dejado de hacerlas: no reseño ni buenas ni malas novelas. Mi vaso de paciencia se ha colmado. Sin embargo, sí ayudo en la medida de mis posibilidades a quienes me piden opinión y creo que se lo merecen, que son bastantes.  

En lo referente a las reseñas, que quede claro: callo de momento, pero no otorgo. 



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





lunes, 18 de agosto de 2014

Horseshoe Bend: viajando de San Diego a Las Vegas por el Gran Cañón del Colorado

Horseshoe Bend
Horseshoe Bend, desde el borde
 Las cuatro de la tarde. Las arenas rojizas resplandecen bajo el sol abrasador cuando llegamos al pequeño aparcamiento de Page y contemplamos la cuesta empinada pero corta que, según nos han indicado,  lleva a la maravilla de la naturaleza conocida como Horseshoe Bend, el meandro en  herradura que forma el río Colorado entre el Gran Cañón  y el cañón de  Glenn. Al salir del coche ya sentimos la tremenda bofetada del calor arizónico de más de 40 grados centígrados, pero la distancia parece corta y no dudamos en emprender la marcha, uniéndonos a la constante fila de visitantes, en su mayoría orientales y europeos. Nuestro avance por la arena desértica, salpicada de matojos verdiocres, nos trae a la memoria imágenes cinematográficas de sufridos peones egipcios ascendiendo a una pirámide. Llegamos a la cima sudorosos y expectantes, ansiosos por recrearnos  en una vista que imaginábamos grandiosa. 
Vista de Horseshoe Bend desde lo alto de la cuesta
Sin embargo, como si de un espejismo se tratara,  desde lo alto solo divisamos la bajada más larga de la misma cuesta, extensos arenales desérticos  con  algunas formaciones rocosas y un rústico cobertizo de madera donde se venden pulseras y colgantes con turquesas de la artesanía india característica de la zona. Muchos de los visitantes se resguardan en el cobertizo y miden sus fuerzas para decidir si siguen la marcha por la arena suelta, bajo el sol implacable, durante otros 500 metros más o menos hasta el cráter distante a cuyo alrededor se reparte la gente tomando fotos y vídeos.
El esfuerzo valió la pena
A pesar del calor sofocante, de la pájara que empiezo a sentir, la caminata que hemos emprendido a paso ligero merece la pena: desde las rocas planas que bordean la hendidura, contemplamos al fin la impresionante herradura de aguas verdosas. Para abarcar con la cámara la imagen completa de las orillas hay que tumbarse sobre las ardientes planchas de roca  y sacar medio cuerpo fuera. Yo no tengo fuerzas ni valentía suficientes, y necesito sombra y agua cuanto antes porque empiezo a marearme. Además, mis fotos nunca son tan buenas como los recuerdos que guardo en la memoria y que seguirán elaborándose con el paso de los años hasta convertirse en épicos.
Agujas rojizas de Sedona
¿Por qué decidimos visitar Horseshoe Bend a unas horas tan poco apropiadas? El viaje había comenzado unos días antes desde San Diego, pasando por la ciudad de Phoenix, capital del estado de Arizona, con su downtown  de amplias, limpias y modernas avenidas adornadas con verdosos árboles de sombra, y después por  la onírica Sedona, situada en el oasis del Verde Valley, con sus moles de roca cobriza recortándose contra el cielo azul brillante con nubes de algodón y las bonitas casas de inspiración india, imitando adobe, camufladas entre el paisaje verde y ocre. Allí, en sus Indian Hills, me hubiera gustado quedarme a vivir escribiendo  por un tiempo… pero nuestro itinerario está predeterminado por las reservas de hoteles y proseguimos viaje hasta Flagstaff, pintoresco pueblo ubicado junto al extenso Coconino National Park y a poco más de una hora de la entrada  al South Rim del Cañón del Colorado. Ese era uno de nuestros destinos principales y pensábamos dedicarle un buen tiempo por las muchas actividades que queríamos desarrollar y las grandes distancias para recorrer, que ya conocíamos de pasadas excursiones realizadas muchos años atrás.
Gran Cañón del Colorado
Gran Cañón del Colorado desde Desert View Drive
El Gran Cañón del Colorado no ha variado en su magnificencia, en las espectaculares vistas que ofrece la erosión milenaria del río Colorado creando un paisaje inmenso de cortados ocres y rojizos que se pierden en el horizonte. Ninguna foto, por buena que sea, logra plasmar las luces y sombras, las profundidades y la amplitud que captan los ojos desde los miradores de los bordes o las sendas que descienden hacia el río serpentino de aguas barrosas iluminado por el sol. Dicen que el amanecer allí es asombroso, pero yo solo puedo dar cuenta del atardecer y las brumas que se van adueñando de las quebradas para cambiar el color de las rocas y dotar de sombra alargada a los cóndores de California que planean altivos sobre los abismos. Más anochecido también  se ven coyotes, ciervos y renos, surgidos de las profundidades de los bosques, que se acercan hasta las praderas próximas a aparcamientos y carreteras.     
Gran Cañón del Colorado desde Lipan Point
Aunque nuestra visita esta vez se iba a limitar al South Rim (el borde sur, el más turístico pero con muchos puntos interesantes que ver), teníamos intención de  llegar hasta el Skywallk, la pasarela de vidrio en forma  de bucle inaugurada en 2007 que se introduce 22 metros sobre el abismo del Colorado.  Sin embargo, un ranger al que pedimos consejo nos avisó de que esa popular atracción no forma parte del parque nacional y está gestionada por la tribu Hualapai, que cobra una suma de dinero cambiante y un tanto exagerada por la entrada y restringe la libre circulación por los parajes que controla, prohibiendo incluso tomar fotos. Las quejas y advertencias sobre el timo de muchos incautos visitantes nos indujeron a cambiar los planes y dirigirnos a  Horseshoe Bend en su lugar. Ese fue el motivo de llegar a las cuatro de la tarde, porque habíamos dormido en Flagstaff y dedicado la mañana a visitar parte del Coconino Park y el curioso pueblo de Williams, por donde pasaba la histórica Ruta 66 que unía las ciudades de Chicago y Los Ángeles, y es conocida en el país como The Mother Road. Todo el pueblo es una recreación del pasado, con sus gasolineras, sus coches antiguos y sus tiendas repletas de nostálgicos recuerdos de lo que antaño fue.
Gran Cañón del Colorado desde Mather Point
Horseshoe Bend no es lugar para visitas en la canícula de agosto si no se es una lagartija. Y si no hay más remedio que elegir ese mes, lo más apropiado sería dormir en alguno de los hoteles de Page y hacer la caminata entre la arena por la mañana temprano o a la caída del sol para evitar los golpes de calor que presenciamos  y que yo  misma estuve a punto de padecer. La cuesta arenosa, a la vuelta, se me hizo larga, eterna…
Una vez hidratada y repuesta del mareo, recurrimos al útil GPS del teléfono móvil para abandonar Page y dirigirnos a Las Vegas, último destino de nuestro viaje. La amable señorita que vive dentro del teléfono nos guio por carreteras secundarias de Arizona, Utah y Nevada en las que nos fuimos deteniendo para contemplar una orografía impresionante por su colorido y unas presas y lagos que se antojan pinturas impresionistas por su paleta de ocres y azules. La llegada al valle de Hurricane después de traspasar gargantas de altísimas paredes rocosas resulta inolvidable. Y todo el recorrido desde Arizona está repleto de parques naturales, como el de Zion, dignos de visita, pero nosotros habíamos dispuesto llegar a Las Vegas sobre las nueve de la noche (anochece sobre poco más de las ocho en pleno verano) para pasear por la ciudad iluminada y no disponíamos de tiempo.
Las Vegas
Caesars Palace en The Strip
Nuestro gozo en un pozo. La enorme y amarillenta luna de agosto nos sorprendió atrapados en un prolongado atasco y la vimos ascender por el firmamento y compartirlo con los repentinos rayos de una tormenta eléctrica de las tan habituales en esa zona desértica, mientras a nuestro lado gruñían los cerdos apiñados en los grandes camiones que los transportaban, probablemente al matadero. Tardamos casi dos horas en reanudar la marcha al tope de lo que marcaba la autopista una vez abandonada la zona de obras: no más de 70 millas por hora, aunque ningún coche parecía tener en cuenta la limitación. En la noche cerrada, la visión de la enorme llanura de luces que constituye Las Vegas resulta espectacular e inquietante cuando aparece de pronto ante la vista. ¿A quién se le ocurriría crear una ciudad de ese tipo en pleno desierto y cómo ha logrado sostenerse y desarrollarse?
The Strip iluminado
No es difícil encontrar ofertas de hoteles por poco precio en la ciudad. Nosotros nos alojamos en el Luxor, construido en forma de pirámide egipcia azul y ubicado al final del Strip, la calle más famosa donde se encuentran los principales hoteles temáticos, casinos y tiendas. Una vez dentro del hotel, en el inmenso vestíbulo había una larga cola para registrarse, pero también un extenso mostrador con mucha gente atendiendo. Para nuestra sorpresa, fue un trámite rápido y sencillo, pero no debido a la diligencia de los recepcionistas, sino porque para entregar la habitación se exige que esté presente la persona que ha hecho la reserva. Y, al parecer, ese requisito complica el asunto: la señora que estaba delante de nosotros en la cola, por ejemplo,  nos tuvo que ceder el puesto porque la reserva estaba a nombre de su marido, quien nada más poner los pies en el establecimiento había corrido a sentarse en una mesa de póker y, whisky en mano, se negaba por teléfono a perder su valioso tiempo en naderías. Los hoteles por dentro son tan enormes que, junto con la tarjeta de acceso, te entregan una guía para que te orientes, y ofrecen todo tipo de servicios y diversiones. Cualquier cosa que puedas imaginar y se pague con dinero. La mayoría posee sus propios casinos que no cierran ni de día ni de noche. Hay gente de toda edad y condición perdiendo dinero en las omnipresentes máquinas tragaperras o sentados a las mesas de juego a cualquier hora. Es como estar en una película… y bastante triste cuando te detienes a pensarlo. Muchos hoteles ofrecen además atracciones gratis y, en su mayoría, están unidos por trenes aéreos y  pasarelas  para evitar las esperas en los semáforos. Hay música constante en la calle —una especie de  hilo musical omnipresente— gracias a los altavoces ocultos entre los setos que las adornan. El espectáculo de agua, luz y sonido del Bellagio es de los más visitados, pero hay varios más, como el de piratas de The Treasure Island o los torneos medievales del artúrico Excalibur. Sin embargo, de día Las Vegas pierde parte de su encanto porque se aprecian más las miserias, y el calor abrumador de agosto obliga a entrar en los diversos establecimientos en busca de aire acondicionado para soportarlo.
Gasolinera en Williams
Dicen que la crisis económica ha golpeado con fuerza el negocio y que ya no es lo que era. Tal vez por eso hay tantas ofertas de viaje. Por mi parte, jamás me quedaría a vivir en Las Vegas ni pasaría allí unas largas vacaciones, pero me ha gustado pasear por sus calles principales, observando cómo los turistas de todo el mundo despilfarran su dinero, y contemplar las réplicas de París, Nueva York, Venecia, o la Roma imperial, entre muchas otras. El lujo al alcance de la mano, disponible a simple vista para cualquiera, es uno de los espejismos de esta ciudad nacida en medio de un desierto. Comer y dormir bastante bien es barato porque se desea fomentar el juego. Hay máquinas hasta en los supermercados. Y siempre gente jugando, por todas partes. Merece la pena verlo y da que pensar. También te puedes hacer un tatuaje en los innumerables puestos dedicados a ello, marcándote para siempre la piel aunque cada día te cambies de ropa o de colonia.
Lago Powell, cerca de Page (Arizona)
Dicen también que Las Vegas es parte del espíritu estadounidense. Probablemente. Pero también lo es San Diego y el resto de California. Fue agradable regresar a esta ciudad que tanto nos gusta y que hemos vuelto a hacer nuestro hogar durante los últimos meses. Nos quedan días de playa y sol, muchas despedidas y algunas lágrimas, porque este viaje también está a punto de acabar. Y me resisto.



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





miércoles, 2 de julio de 2014

De ardillas, esquiroles y patanegras

Ardillas, esquiroles y patanegras
Scyrus, el animalejo que llaman harda.

Juan Alfonso de los Ruyces de Fontecha, Diez privilegios para mujeres preñadas, 1606


En los acantilados arenosos de las largas playas sandieguinas, habitan en madrigueras que se extienden en redes de túneles subterráneos las California ground squirrels, ardillas de tierra muy sociables que, erguidas sobre las patas traseras, saludan a los bañistas a su llegada a los arenales y corretean a su alrededor por si les dan alguna golosina, aunque hay letreros advirtiendo que no se alimente a ningún animal silvestre. No viven en los árboles, pues no hay ninguno en su hábitat, y en las zonas de mucho calor se protegen sesteando varios días bajo tierra, mientras que en las zonas de más frío pueden llegar a hibernar hasta que templa.

Squirrel, la palabra que denomina en inglés a este gracioso y prolífico  animalito —perteneciente a una amplia familia (esciúridos) cuyos miembros, saltando de rama en rama, llegaron a casi todo el mundo menos la Antártida, Australia, Nueva Zelanda y Madagascar— proviene del latín sciurus, que a su vez deriva del griego skíouros (σκίουρος, que se da sombra con la cola). La mayoría de las lenguas romances también emplean una palabra de procedencia latina para nombrar al animalito así, casi siempre en diminutivo: esquiruelo en aragonés; esquirol en castellano medieval y catalán; esquilo en portugués; scoiattolo en italiano; o écureuil en francés, por citar solo algunas. ¿Cuándo se abandonó en castellano esquirol en favor de ardilla? No durante el reinado de Alfonso X el Sabio, pues existen documentos alfonsíes de 1252 y 1253 recogidos en el CORDE (Corpus Diacrónico del Español, banco de datos de la legua española gestionado por la Real Academia) que hablan de peñas (piel de animal libre de carne) de conejos, esquiroles o raposos. En otros documentos alfonsíes se citan alifafes (edredones) de lomos de esquiroles (Cortes de Jerez, 1268) y en el libro Cortes de los antiguos reinos de León y de Castilla (Real Academia de la Historia, 1861) se añade que dichos alifafes de esquiroles valían 15 maravedís. Probablemente esquirol y arda, pues ardilla es su diminutivo, convivieron largo tiempo en el habla hasta que acabó imponiéndose el segundo vocablo en castellano.

En efecto, según el DRAE, ardilla  proviene del diminutivo de arda. Si se consulta dicha palabra, el diccionario remite a arda 1, donde aclara: «(De harda). 1. f. desus. Ardilla». Hay que recurrir al famoso «Coromines», el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico escrito por  Joan Coromines y José Antonio Pascual (Madrid, Gredos, diversas ediciones desde 1991, incluso en digital) para averiguar que harda es palabra prerromana relacionada con otras formas vascas, bereberes e hispanoárabes, así como con la castellana garduña o las valencianas farda y sardeta. En  textos castellanos se documenta por primera vez como harda en las páginas del Fuero de Soria: «nin por tomar hardas, nin rabosas» («Título de la guarda de los montes, é del término de Soria contra los ommes estrannos», en Antonio Pérez Rioja, Monumentos, personajes y hechos culminantes de la historia soriana, Madrid, 1883). La palabra ardilla como sustantivo ya lexicalizado (y, por lo tanto, admitiendo diminutivos como ardillita o despectivos como ardilleja) se recoge y define ya en el Diccionario de Autoridades (1726), partiendo de los datos aportados  por Sebastián Covarrubias en su diccionario llamado Tesoro de la lengua castellana, o española (publicado en 1611): «ARDA: s.f. Animaléjo conocido á modo de una rata grande, o fuina pequeña. Tiene la cola muy grande y poblada de pelo […] muévese casi continuamente: es muy ligera  y salta de un pino a otro. Qando se pone el sol se cubre la cabeza y el cuerpo con la cola».

Ser una ardilla significa en castellano actual ser una persona lista, viva o astuta. No se contaminó, por tanto, de la definición de Covarrubias como «animaléjo conocido á modo de rata grande» que más bien lo acercaba a las alimañas. Este término, alimaña, proveniente del latín animalia (acusativo plural de animal, animalis) y utilizado en el pasado por los naturalistas pioneros para abarcar aquellas especies cuyos rasgos eran confusos, raros o difíciles de precisar, con el paso del tiempo acabó empleándose para identificar a las especies de animales que el hombre consideraba perjudiciales, repulsivos o dañinos. La ardilla permaneció como animal amable de larga cola, aunque también perseguido por los perros arderos debido a su piel, mientras que el término catalán esquirol, por avatares de la lengua difíciles de escudriñar, añadió un significado más con el cual regresó al castellano: rompehuelgas, que en francés se dice briseur de gréve o renard, y en inglés, strikebreaker o rat, entre otros. En  castellano se prefiere esquirol a rompehuelgas porque hasta las últimas ediciones del DRAE no se despojó al nombre compuesto del sambenito de anglicismo. Sin embargo, estos nombres compuestos de verbo más complemento directo son fáciles de crear y habituales en nuestra lengua, así que no hay motivo para rechazarlos: tenemos rompecorazones y rompesquinas, por ejemplo, sacamuelas o abrecorchos, y hasta un famoso personaje de tebeo que se llamaba Rompetechos. En inglés y francés se usan además los términos blackleg y jambe noire para designar al trabajador que ocupa el puesto de un huelguista: son los patanegras, aunque en castellano la palabra tiene un significado muy diferente, pues se destina a una persona o cosa de gran excelencia y está más cerca de juega que de huelga por provenir del jamón de bellota cien por ciento ibérico. Nuestros patanegras están muy lejos de los conflictos laborales y muy cerca de los elogios y las celebraciones, para nuestra suerte.

Pero volvamos a las ardillas convertidas en esquiroles. ¿Cómo acabó de animalejo en alimaña compañera de la rat inglesa y el renard francés? Coromines apunta en su diccionario que del nombre del animal se extrajo la idea de persona vivaracha y después se desarrolló a persona veleidosa en la que no se puede confiar. Este sentido está atestiguado, por ejemplo, en el escritor aragonés Gracián (recogido en el CORDE), y se sabe que en el siglo XVII la acepción ya había traspasado las fronteras de Cataluña. ¿Por qué se eligió un esquirol o ardilla para denominar en castellano y catalán a los trabajadores que no quieren hacer huelga? Quizá por la actividad veleidosa e incesante de estos roedores, incapaces de permanecer parados aunque sea necesario. Es común en la lengua apropiarse para el hombre de los defectos o virtudes que se atribuyen a ciertos animales: ser un gallina, un toro, un águila, una tortuga, un lirón o una lechuza.

Existe además una explicación apócrifa que considera la palabra esquirol el gentilicio de un pueblo catalán llamado así, Esquirol, cuyos habitantes, en la era de la industrialización, sustituyeron a los obreros en paro de Manlleu, un pueblo cercano, en la huelga de 1832. Se cuenta que los obreros enfadados les gritaron como insulto a su paso: ¡Esquiroles, esquiroles!, y de ahí se fue extendiendo este nuevo significado vejatorio primero por Cataluña y después por toda España, e incluso cruzó el océano para llegar a las Américas. Cabe argumentar en su contra que este tipo de etimologías suelen construirse a posteriori y no están documentadas. Al parecer, la primera vez que se recogió esta acepción de esquirol como rompehuelgas fue en el periódico El Socialista a comienzos del siglo XX. Sin embargo, el DRAE le ha dado credibilidad al establecer: «esquirol. (Del cat. Esquirol, y este de L´Esquirol, localidad barcelonesa de donde procedían los obreros que, a fines del siglo XIX, ocuparon el puesto de trabajo de los de Manlleu durante una huelga). Puede que al hacerlo haya tenido en cuenta que esta es la versión recogida por Josep Pla en Un señor de Barcelona (1945), citando los recuerdos de un industrial manlleuense, Rafael Puget.

Hasta aquí me ha llevado el camino de arena. No hay más. Veleidosa cual ardilla, sea de tierra o de árbol, abandono la encrucijada de palabras y mudo de lugar. Vale, que es adiós en latín.


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.