miércoles, 31 de mayo de 2023

Las niñas de mi clase



«¡Qué corta es la vida!», suspira la madre de Clara que, a sus espléndidos noventa y ocho años, acaba de superar una operación de cadera y vuelve a caminar tan animosa como solía. Clara y yo nos conocemos desde algo más que mediado el siglo pasado porque comenzamos juntas nuestra educación en el colegio talaverano que nuestros padres eligieron para nosotras. Mi madre había llegado a Talavera de la Reina después de casarse, y cuando sus hijas mayores alcanzaron la edad de ser escolarizadas, preguntó a sus conocidas por las opciones existentes. Le aconsejaron matricularnos en el colegio femenino con mayor solera y prestigio de la ciudad, la Compañía de María, conocido popularmente como La Enseñanza y albergado desde 1899 en el antiguo convento de los dominicos, situado en la calle de Santo Domingo. Así fue como iniciamos nuestra formación acogidas por la cariñosa madre Juana Peñalba en la preciosa clase de maternales, repleta de juguetes y bañada por el sol que entraba a raudales a través de sus amplios ventanales desde el cuidado patio al que daba. «A mí me gusta mucho el colegio, pues caramelos y estampas dan, ¡ay, si me mandan decir las letras, ay, mi cabeza qué mala está!», cantábamos con nuestras tiernas vocecillas.  

Mi primer recuerdo del colegio es avanzar hasta la entrada por el largo pasillo de brillantes baldosas de la mano de mi hermana Lola, algo asustada y apretando el cabás azul que me había regalado la abuela. Dentro llevaba la merienda envuelta en una servilleta de cuadros rojos, un lapicero y poco más… Tengo una imagen borrosa de la primera amiga que hice: se llamaba María Rosa y le brillaba muchísimo la melena rubia mientras dibujaba, pero nos abandonó enseguida porque su padre era sastre y había encontrado trabajo en Madrid. Marina fue mi siguiente amiga según mi memoria, y ambas perseveramos en el colegio y compartimos aula hasta terminar el último curso de Bachillerato Superior. Esos años iniciales de enseñanza elemental también los compartimos con Adela, Virginia, Marisol, Prado, Josa, las dos Palomas, Cuca, Montserrat, Sagrario, Laly y muchas otras compañeras que aparecen en la foto de Ingreso, pero cuyos nombres que tan bien conocía por entonces se me han ido olvidando con el paso de los años.  

Qué contentas ascendimos todas con nuestros uniformes azul marino, formadas en fila india, por los peldaños de la majestuosa escalera que nos conducía al primer piso donde estaban las aulas de Bachillerato. Año a año se nos fueron uniendo nuevas compañeras, María Luisa, Patro, Margarita, Carmen, Nieves, Ana, Cristina, y también fuimos perdiendo a otras. Si no me falla la memoria, Margarita fue nuestra delegada de curso hasta el final y ella fue quien nos enseñó en primero de Bachillerato el villancico que comenzaba: «En los rigores de noche fría, María arrulla al Niño Dios, cantando amores su melodía es el latir del corazón…». Tras incontables ensayos, conseguimos entonarlo a dos voces tan afinadas que nos impusimos al resto de las interpretaciones de otras clases y resultamos ganadoras del concurso navideño.

Echando la vista atrás, pienso que si algo merece ser destacado del ideario docente de nuestro colegio, es el empeño que pusieron nuestras enseñantes en hacer ameno el estudio. Sin duda, se nos exigía esforzarnos para aprender y conseguir aprobar todas las asignaturas impartidas, pero también se nos alentaba a dejar correr nuestra imaginación y a mejorar nuestras habilidades manuales, deportivas o intelectuales. Podíamos tomar clases de piano, guitarra, violín e idiomas; podíamos hacer murales y dibujos para decorar las clases; podíamos inventarnos números musicales, bailes y obras de teatro que se representaban en el enorme salón de actos, cuyo escenario e iluminación superaban los de muchos teatros del país. Tuvimos nuestro equipo de baloncesto en el que destacaban Amancia, Conchita, Celia, Carmen, Nieves, Ana, Marina, Paloma, Patro y Cristina; tuvimos nuestro «cuerpo de ballet» en el que participábamos, entre muchas otras, Clara, Josa y yo; tuvimos nuestro equipo de gimnasia rítmica en el que la clase al completo demostraba su habilidad haciendo malabarismos con un palo; hacíamos atletismo y saltábamos el potro y el plinto con gran destreza Cuca y Laly y con menos las demás. Y todas corríamos como locas durante el recreo en el patio grande cuando jugábamos a guardias y ladrones ―la palabra clave que había que decir para que no se te escapara la presa era ¡enria!, y Virginia sobresalía por su total entrega al papel que le hubiera correspondido― o al balón prisionero, que mantenía nuestras barrigas firmes por los balonazos que recibíamos y parábamos con tal de no rendirnos. ¡Qué frío pasábamos en invierno durante las clases de gimnasia sueca al aire libre vestidas con nuestro atuendo deportivo, compuesto por camisa blanca, falda azul tableada hasta debajo de las rodillas, pololos del mismo color y bambas!

La nuestra fue una generación analógica, en una época en la que ni se vislumbraba lo que nos reservaba el futuro digital no tan lejano. Durante nuestra infancia, los mayores escuchaban en la radio «el parte», seriales como Matilde, Perico y Periquín, las imitaciones de Pepe Iglesias «El Zorro» y las sucesivas novelas de Guillermo Sautier Casaseca. No recuerdo que hubiera programación infantil más que la repetición cantada de la tabla de multiplicar. Pronto apareció la televisión, que en pocos años se ganó un lugar privilegiado en casi todos los hogares. Como solo había una cadena en blanco y negro, todas veíamos lo mismo y podíamos comentarlo al día siguiente: Eurovisión, zarzuelas ―que cantábamos a voz en grito entre clase y clase― y Estudio 1, que incluso veían las internas del colegio cuando se representaban obras dramáticas merecedoras de interés a criterio de las monjas. En la televisión contemplamos arrobadas el surgimiento de los Beatles, con sus rompedoras melenas para los estándares de entonces, que tuvieron fervientes seguidoras en Gloria, Flor, Josa y María Luisa. Nos esforzábamos en aprender sus canciones en una lengua que nos era extraña, así como las de Mamas & the Papas, pero a algunas nos gustaba más la melancólica Françoise Hardy y su «Tous les garçons et les filles de mon âge se promènent dans la rue deux par deux…» porque la entendíamos. Si tenías empeño, en nuestro colegio era fácil aprender buen francés porque nuestra madre fundadora, santa Juana de Lestonac, provenía de Burdeos. En las clases de Literatura Francesa de quinto de Bachillerato, recuerdo lo bien que leía Marisol, como si acabara de llegar de París.

Para entonces ya habíamos logrado superar la aterradora Reválida de cuarto, y la clase se había dividido en Ciencias y Letras según nuestras inclinaciones. Todas habíamos cursado antes Latín en tercero con la erudita madre María López Calo, que además nos impartía Lengua y Literatura. Ella nos enseñó las declinaciones y una serie de normas fundamentales para comprender la sintaxis latina y la de cualquier lengua romance de ella derivada. Había unas pautas básicas para lograrlo: leer hasta el punto (esto es, un sentido completo); buscar el verbo; atendiendo a este, buscar el sujeto y los complementos… Nunca fallaba. Tradujimos en ese curso trozos del rapto de Proserpina y de la guerra de las Galias, aprendiendo a discernir la estructura lingüística subyacente que es indispensable para sistematizar el pensamiento, facilitando de este modo la expresión oral, y sobre todo escrita, de las ideas.

En quinto de Bachillerato la clase al completo volvió a disfrutar la asignatura de Ciencias Naturales con don Ángel del Valle, que también nos había enseñado en tercero. Recuerdo que aprendimos cristalografía y todos los huesos y músculos del cuerpo humano. Don Ángel del Valle era un profesor duro, intransigente, tal vez porque acababa de terminar la carrera, era joven y debía imponer su autoridad ante las miradas inquisidoras de tantas adolescentes inquietas. Desde luego, aprendimos muchísimo con él y también nos hizo pasar malos ratos, pero lo que se me quedó grabado a fuego fue su definición de la menstruación femenina en unos tiempos en los que del cuerpo humano había partes que no se nombraban y mucho menos estudiaban. Nos reveló, y son palabras textuales según mi recuerdo: «La regla son lágrimas de sangre que llora vuestro organismo por no haber sido fecundado». Ahí queda eso…

Sí, nuestros cuerpos habían crecido, hacía tiempo que hablábamos de chicos, lucíamos minifaldas y nos arrebujábamos en maxiabrigos. Nuestras educadoras nos repetían que estábamos a punto de salir al mundo y debíamos ser responsables, pero lo que más nos apetecía era reírnos. Prado componía versos satíricos con rimas hilarantes sobre cualquier cosa o persona: «Sobre la ancha estepa castellana, / cabalga el Cid montado en una rana…». «Feo no, tampoco guapo, / ningún defecto te tapo. / Ojos negros, tez cetrina / pareciera que vuelve de luchar en Salamina…». Al buenísimo sacerdote que nos impartía clase de religión lo recibíamos cantando: «Saúl mató a mil, David a veinte mil, don Julio Capitoli a más de cincuenta mil…». Y nunca se quejó ni nos acusó porque era un hombre verdaderamente santo. Debimos de cometer tantas gamberradas que nuestras monjas enfadadas nos permitieron en sexto hacer la excursión a Andalucía, pero no nos agasajaron con fiesta de despedida en la huerta, como era lo acostumbrado. Imagino a la madre Santos, a la madre Díez, a la madre Sánchez, a la madre López Calo e incluso a la severa madre Adelaida rogando clemencia en nuestro nombre porque todas ellas nos habían educado a lo largo de nuestros muchos años de colegio… Pero las monjas nuevas, recién llegadas a nuestras vidas, no lo consideraron oportuno y nos privaron de ese hermoso regalo que sí disfrutaron nuestras antecesoras. Recuerdo bien haber ido al final de quinto a la espléndida huerta a merendar cerca de la gruta y el estanque con las compañeras de sexto que ya dejaban el colegio. No me acuerdo de la canción que les cantamos nosotras, pero sí de la que ellas entonaron a nuestras monjas educadoras: «Ya viene la estudiantina, la estudiantina llegó y una mujer la ilumina con sus azules y el corazón. Después sigue madre Santos, madre Calo va detrás…» y pasaban a nombrar a toda la comunidad. ¡Qué injusto me pareció ese castigo, qué desproporcionado arrebatarnos ese privilegio!  Fue la prueba definitiva, la decepción de despedida con la que nos enfrentaríamos al mundo ancho y ajeno.  

El colegio había sido la primera sociedad en la que tuvimos que poner en práctica los valores morales inculcados por nuestros padres y nuestras educadoras. Y no siempre fue fácil. Como en toda sociedad, había injusticias, favoritismos y violencia, creo que más verbal que física. Superar las críticas (¿bragas de colores?, ¿ropa de paleta?) y mantener amistades contra viento y marea fueron retos que nos endurecieron para después arrostrar lo que nos aguardaba fuera. ¿Quién no sufrió una buena llantina en el colegio? Puede que yo más que nadie, lo confieso, porque de pequeña me acusaban de ser de mantequilla Soria o de pastafrola ―no sé, por cierto, de dónde saldría esta expresión que utilizábamos en la niñez como insulto, pues al parecer procede de la gastronomía argentina―; en fin, se me acusaba de ser toda una mimbre llorona.

Pero a veces mi mar de lágrimas estaba más que justificado. Recuerdo estar concentrada en mi pupitre respondiendo por escrito a las preguntas del examen de Ingreso. De improviso, entró en el aula la madre Gloria Hernando, que era la prefecta, y se me acercó escandalizada al verme manejar habilidosamente el bolígrafo Bic con la mano izquierda. De inmediato ordenó a la madre Gabriela Díez, nuestra profesora, que me la atara a la espalda, y tuve que continuar escribiendo con una mano derecha que era casi inútil. La letra me salía casi ilegible, como arañazos de gallina, y era incapaz de concentrarme. Lloré hasta emborronar la hoja del examen, pero aprobé con buena nota gracias sin duda a la bondad de la madre Díez. Y ni ella ni yo olvidamos este cruel incidente. Yo acababa de aprobar la Reválida de cuarto con calificación de notable cuando llegó al colegio otra niña zurda. La madre Díez me hizo llamar al refectorio para que me  conocieran sus padres y se tranquilizaran. A esa niña ya no le iban a atar nunca la mano izquierda a la espalda.

Qué corta es la vida, repito con la madre de Clara igual que he empezado. De todo esto que cuento han pasado tantos años que algunas de las vidas de las niñas de mi clase ya han acabado: Cristina, Flor, Isabel, Cuca… a todas os recordamos con añoranza y cariño, y ha sido un golpe saber que os hemos perdido. Deseo que ninguna se haya quedado sin alcanzar alguno de los objetivos íntimos que se hubiera propuesto, más allá de plantar un árbol, tener un hijo o escribir un libro… Estas mujeres tan vividas que ahora somos nos hemos reencontrado gracias a los avances de la era digital. Hemos creado un grupo de WhatsApp que va creciendo con fotos y noticias; en unos días comeremos todas juntas en Talavera, nos abrazaremos, nos pondremos al día, pero sobre todo rememoraremos los viejos tiempos en los que crecimos. Y aunque tal vez nos cueste reconocernos, aunque el espejo se empeñe en contradecirnos, siempre seremos las alegres compañeras de antaño, cuando las primaveras olían a las flores de la huerta y la esperanza era ese sentimiento dulce y con alas que nos impulsaba hacia un elevado futuro. Todas, las presentes y las ausentes, aunque a veces me falle la memoria, seréis por siempre las niñas de mi clase.    

  


Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
La lengua destrabada. Clica sobre los nombres para obtener más información.

         
¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas.

lunes, 8 de mayo de 2023

Sobre citas y su atribución

En esta era de lo fake o falso en castellano directo, sin adornos de anglicismos, es habitual encontrar en escritos periodísticos, pero incluso en libros más sesudos, citas adulteradas a fin de obtener el efecto que se pretende o atribuciones erróneas, que a menudo acaban consiguiendo un plácet casi unánime a fuerza de repetirse. Acabo de toparme con un ejemplo de falsa atribución en un interesante libro que estoy leyendo, La edad de la penumbra, de Catherine Nixey, que trata sobre la destrucción paulatina del mundo clásico a medida que se fue implantando el cristianismo. En este caso, el error se debe sin duda a la repetición constante de la cita durante más de un siglo sin cotejar la certeza de su procedencia.

Comencemos por partes y en orden. En todo escrito, las citas de pensamientos ajenos constituyen un pilar de autoridad: su inclusión responde a la necesidad de fundamentar lo que se afirma o de argumentar lo que se intenta contradecir. Siempre han de estar justificadas, por tanto, y deben ser un apoyo y no el núcleo del trabajo, salvo cuando este consista en un estudio crítico de documentos originales.

Para citar conviene tener presentes tres consideraciones: 1) la extensión de la cita debe ir en consonancia con la importancia de lo citado para el texto que se escribe; 2) la abundancia de citas, su extensión y el objetivo del texto determinarán si se recurre a la cita directa o a la paráfrasis; 3) es fundamental comprobar la exactitud de lo citado a fin de evitar malentendidos.

La cita que aparece en el libro que estoy leyendo es la siguiente: «Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo». Esta aserción sobre la libertad de expresión se convirtió en un aforismo que se ha atribuido a innumerables hombres ilustres desde finales del siglo xix hasta la actualidad. Quienes, como hace Nixey en su libro, lo asocian con Voltaire son los que más se acercan, aunque no brotó directamente de su boca, sino de la pluma de una mujer, la escritora y traductora británica Evelyn Beatrice Hall (1868-1956), que escribió bajo el seudónimo masculino de Stephen G. Tallentyre. Ella fue la autora de un famoso libro, The Friends of Voltaire, donde recogía la vida y las relaciones mutuas de diez hombres coetáneos de François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire. En el capítulo dedicado a  Claude-Adrien Helvétius (1715-1771), al exponer la persecución sufrida por el filósofo a causa de su libro De l’Esprit (Sobre el espíritu, 1758), que fue quemado en la plaza pública, Hall escribió:

Lo que el libro jamás podría haber alcanzado por sí mismo o por su autor, lo logró para los dos la persecución que sufrieron ambos. De l’Esprit no solo se convirtió en el éxito de la temporada, sino en uno de los más famosos libros del siglo. Los hombres que lo habían aborrecido y que no sentían un aprecio particular por Helvétius ahora hicieron piña a su alrededor. Voltaire le perdonó todas las injurias, intencionadas o no. «¡Cuánto humo por unas simples pajas!», había exclamado cuando escuchó hablar de la quema. ¡Qué abominablemente injusto era perseguir a un hombre por semejante nadería! «Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo», fue su actitud entonces. (Tallentyre, 1906: 198-199. La traducción del inglés es mía).

Así pues, acudiendo a la fuente, se comprueba el error de atribuir a Voltaire unas palabras escritas por Hall para describir su postura más de un siglo después de los hechos acaecidos. Y qué casualidad que fuera una mujer quien creó este aforismo de uso tan extendido y que escribiera bajo un nombre masculino.

Acudir a las fuentes se torna crucial cuando se cita, pero han de ser las primigenias y no las hechizas propaladas bien sea de boca en boca, bien de texto en texto. Acudo al hermoso adjetivo ‘hechiza’ ―proveniente del latín facticius― para calificar las fuentes en la primera acepción que de él ofrece el Diccionario de la RAE: artificioso o fingido, pero tiene muchas más. Recuerdo que en México se empleaba para conceptuar objetos hechos a mano como imitación de otros, esto es falseados, aunque igual de hermosos que los originales, como mis preciosos perros danzantes de Colima, de pasado prehispánico pero moldeados a finales del siglo xx, que llevan acompañándome más de treinta años. 

Sobre citas y su composición ya escribí hace tiempo una entrada extensa en este mismo blog, cuya lectura recomiendo como recuerdo o ampliación de conocimientos al respecto: Aprender a citar.



Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
La lengua destrabada. Clica sobre los nombres para obtener más información.


¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Un ramito de poetas: día internacional de la mujer

«¿Quién le escribía versos, dime quién era?, ¿quién le mandaba flores por primavera…?, comenzaba la canción El ramito de violetas que en la década de 1970 lanzó la malograda cantautora Cecilia. Hoy, día internacional de la mujer, yo quiero felicitaros a todas compartiendo con vosotras este ramito de poemas violetas escritos por mujeres de diversas procedencias y culturas a lo largo de la historia. Me he dejado llevar por mis recuerdos de lecturas y mis gustos, sin más ánimo que el de festejar este día. Alegrémonos, pues, en la esperanza de que lleguen tiempos mejores, de que se desborde en marea creciente la conciencia feminista y se protejan los derechos de las mujeres en todos los entornos para conseguir que cada una desarrolle el potencial que posea. Ojalá sigamos escribiendo en igualdad y libertad. Ojalá haya un mañana más justo.

Safo fue una poeta griega nacida en la isla de Lesbos hacia el año 650 antes de nuestra era y es una de las escasas voces femeninas que nos ha llegado desde la Antigüedad. Su vida está envuelta en la leyenda y su consideración ha ido cambiando como reflejo de las distintas actitudes de la sociedad hacia el género y la sexualidad, asuntos principales de sus poemas. Lo cierto es que se la retrató en cerámica, lo que indica la enorme fama e influencia que alcanzó en sus días. Aunque de su obra solo nos han llegado un puñado de poemas completos y cientos de fragmentos transcritos en papiros antiguos, se sabe por lo mucho que es citada que sus versos sirvieron de fuente de inspiración a grandes poetas posteriores. Platón la consideró la décima musa. Dicen que su deseo era hacer perdurable su amor a través de la creación poética, lo que consiguió configurando un lenguaje del amor y del deseo que todavía sigue en uso: en él se encuentran algunas ideas y pensamientos románticos universalizados, como la naturaleza amarga del amor y las tribulaciones que provoca. De su nombre procede la forma poética conocida como estrofa sáfica.


Ya se han puesto Pléyades y Luna,
mediada va la noche,
discurren las horas,
y yo duermo sola.

(Versión mía sobre el texto griego).

Casia nació en Constantinopla, la ciudad reina del Imperio de los romanos de Oriente, en el año 810 de nuestra era. Es una de las primeras compositoras de cuyas obras se conservan transcripciones notadas, por lo cual es posible seguir interpretándolas en la actualidad. De su vida se cuenta que fue una de las elegidas por la emperatriz madre para participar en el certamen de belleza en el cual el emperador Teófilo elegiría esposa. A pesar de atraerlo por sus cualidades físicas, su ingenio al contestar una pregunta sobre la condición de las mujeres hizo que fuera descartada. Reivindicando su derecho a hablar en voz alta, sostuvo que aunque de una fluyó la maldad, de otra, la más grande que nunca hubiera nacido, emanó lo mejor, la salvación de la humanidad. Fundó un convento y pasó su vida en él como abadesa, escribiendo abundantes himnos dedicados a mujeres santas o festividades de la Virgen, muchos de los cuales todavía se utilizan en la liturgia de la Iglesia ortodoxa oriental. Con un estilo sencillo y natural, también escribió epigramas y versos gnómicos, máximas que pretenden recoger verdades generales sobre el mundo y versificadas para facilitar su memorización.

En un necio, el conocimiento
es cascabel en la nariz de un cerdo.

Un amigo que, en sus sufrimientos, socorre a sus amigos
encuentra descanso a sus excesivos dolores.

Un poco es mucho, si el amigo es agradecido.
Si es desagradecido, mucho es poquísimo.

(Versiones mías sobre los textos griegos).


Wallâda bint al-Mustakfî nació en la Córdoba califal hacia el año 994 de nuestra era. Fue hija de un príncipe omeya cuyo reino como califa no alcanzó los dos años. En su juventud, parece haber mantenido un salón literario en el que ella descollaba, más que por su reconocida belleza, por su ingenio, su perspicacia y su habilidad para la sátira. También sobresalía en la improvisación de replicas brillantes. Esta espontaneidad le procuró críticas a las que ella prestaba escasa atención. Su afición a caminar por las calles sin velo y a bordar sus versos en los hombros de sus túnicas atestiguan su personalidad altiva e independiente.

Sobre el hombro derecho llevaba escrito este verso:
Estoy hecha, por Dios, para la gloria,
y camino, orgullosa, por mi propia senda.
Y sobre el izquierdo:
Doy poder a mi amante sobre mi mejilla
y mis besos ofrezco a quien los desea.

Si tú quisieras, entre los dos
habría un secreto jamás revelado.
Sabe de mis labios que,
si alimentaras mi corazón,
sobrellevar podría
cuanto otros corazones no resisten.

(Versiones mías sobre traducciones de textos árabes).

Sor Juana Inés de la Cruz, nacida a mediados del siglo XVII en San Miguel Nepantla (Nueva España, actual México), fue una niña prodigio que aprendió a leer y escribir a los tres años y que empezó a versificar a los ocho años. Por su precocidad y su inteligencia despierta, con catorce años ya era dama de honor de la esposa del virrey. Y aunque deslumbró en la corte virreinal de Nueva España, decidió ingresar en un convento, primero de las carmelitas descalzas y después de la orden de San Jerónimo. No tenía vocación religiosa pero, como tantas mujeres a lo largo de la historia, prefirió el convento al matrimonio para conservar su libertad intelectual y gozar de sus aficiones literarias. Su celda, que albergaba una nutrida biblioteca, fue lugar de reunión de poetas e intelectuales. Su extensa obra abarcó poesía y teatro, estudios filosóficos y musicales.

En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando solo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Emily Dickinson, nacida dentro de una familia acomodada en Amherst (Massachusetts, EE. UU.) en 1830, nunca escribió un poema narrativo extenso, ni un cuento, novela o romance en prosa. Esta extraordinaria poeta dedicó íntegra su obra a la poesía lírica. Sus poemas sucintos y sugerentes son como una especie de monólogos dramáticos en los que trata de hallar la esencia de las cosas a menudo cotidianas. Encerrada en la casa paterna que nunca abandonó y vestida de blanco, solía describirse como una persona diminuta y modesta, una margarita, una ratoncita a la que el entorno y las circunstancias, cual el viento a un junco, doblegaban. Ella se resistió hilvanando palabras mediante guiones a modo de puntadas en una mística irresistible que acumula sensaciones y evita lo superfluo. Ninguno de sus poemas lleva fecha ni título y la mayoría fueron descubiertos en encuadernación casera después de su muerte.

Vivo en la Posibilidad -
Casa más hermosa que la Prosa -
Con muchas más Ventanas -
Superior - por las Puertas -

De Aposentos cual los Cedros -
Inexpugnables al Ojo -
Y por Techo Eterno
La Cubierta del Cielo -

De Visitantes -los mejores -
Por Ocupación -Esta -
Extender abiertas mis menudas Manos
Para abarcar el Paraíso -

(Versión mía sobre el texto inglés).

Alfonsina Storni nació en 1892 en una aldea suiza, de donde eran originarios sus padres, pero creció en Argentina, país al que habían emigrado. No tuvo una infancia fácil y trabajó para ayudar a su madre desde muy joven. La casualidad propició que a los trece años sustituyera a una actriz que había enfermado durante una representación teatral en la ciudad de Rosario y decidió unirse a la compañía para recorrer Argentina. Esta circunstancia abrió su mente a la literatura y a la vida intelectual.  Se hizo maestra rural y colaboró con dos revistas literarias, en las que comenzaron a aparecer sus poemas. Su fuerza le ganó reconocimiento y, junto con la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou, conformó la primera avanzadilla de la lucha de las mujeres por aportar su mirada sobre el mundo y ser reconocidas en los espacios de la literatura internacional. Formó parte del movimiento modernista y escribió obras poéticas y teatrales.

Alguna vez, andando por la vida,
por piedad, por amor,
como se da una fuente, sin reservas,
yo di mi corazón.

Y dije al que pasaba, sin malicia,
y quizá con fervor:
―Obedezco a la ley que nos gobierna:
He dado el corazón.

Y tan pronto lo dije, como un eco
ya se corrió la voz:
―Ved la mala mujer esa que pasa:
Ha dado el corazón.

De boca en boca, sobre los tejados,
rodaba este clamor:
―¡Echadle piedras, eh, sobre la cara;
ha dado el corazón!

Ya está sangrando, sí, la cara mía,
pero no de rubor,
que me vuelvo a los hombres y repito:
¡He dado el corazón!

Gloria Fuertes nació en Madrid, la capital de España, en 1917 en el seno de una familia tan humilde que se vio obligada enseguida a trabajar para procurar su sostén. A pesar de ello, consiguió formarse y obtener diplomas de taquigrafía y mecanografía, y también estudió gramática y literatura porque le atraían las letras. Escribió sus primeros versos a los catorce años y desde entonces no paró. Fue autora de libros de poemas, de rimas y cuentos para niños; colaboró en programas infantiles de la televisión como Un globo, dos globos, tres globos y La cometa blanca. También escribió en La Codorniz y otras revistas. Obtuvo numerosos reconocimientos a lo largo de su dilatada trayectoria como escritora y vivió varios años en Estados Unidos porque obtuvo una beca Fullbright de Literatura Española para impartir docencia en distintas universidades. Ella lo celebraría diciendo que la primera vez que entró en una universidad «fue para dar clases en ella». Sobre su tumba del Cementerio de La Paz de Alcobendas, se lee: «Gloria Fuertes. Poeta de guardia».

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
―supervivo de todos los naufragios―,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
―hacer reír a los clientes desahuciados―,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
―no ser apenas nada en el tablado―,
y sigo entre fusiles y pistolas,
sin mancharme las manos.

Isabel Martínez Barquero nació en Murcia en 1958 y se licenció en Derecho. A esta disciplina se dedicó profesionalmente, hasta que ya de mediana edad cambió su trayectoria vital: «Soy consciente una vez más de la suerte que he tenido. Haber dado un giro absoluto a una vida que no me complacía desde un punto de vista profundo ha sido una gracia absoluta, un indulto por el que me siento como si hubiera estrenado la vida hace tan solo unos años», escribió en su blog El cobijo de una desalmada. No fue una escritora tardía, sin embargo, si no se tiene en cuenta el hecho de haber empezado a publicar cumplidos los cincuenta años, sino las muchas horas robadas al sueño desde la adolescencia para escribir los pensamientos que poblaban su mente. Es autora magnífica de novelas, de microrrelatos y de cuentos, así como de numerosos versos recogidos en poemarios y en su blog ya mencionado. Con ella compartí durante años una amistad virtual y a veces frente a frente desde que coincidimos en grupos de redes sociales e intercambiamos pareceres e inquietudes. Su muerte repentina durante la pandemia en 2021 debido al maldito virus deja una pena oscura en el alma, huérfana de sus versos claros.

Un nuevo ángel habita en el aire.
Elevó su vuelo el miércoles.
Se liberó de todas las miserias.
Madre, madre mía,
descansa en paz.
Siempre estarás conmigo.

(Poema escrito en 2017 por Isabel tras la muerte de su madre).

No hay sociedad sin poetas, y las mujeres lo han sido siempre aunque no lo sepan, aunque no hayan escrito ni una línea, cuando arrullan a sus criaturas o cuando tratan de calmar su dolor o explicarles el mundo. La poesía sublima las palabras para transmitir belleza y sentimientos, despertando los sentidos e incitando sensaciones nuevas, inesperadas. Ojalá nuestras poetas no cesen nunca de crear peligrosamente para superar lo prosaico de la vida. «Me encierran en la prosa», se quejaba Emily Dickinson, «como cuando de niña me metían en el cuarto oscuro porque les gustaba quieta...». Mujeres, no nos quedemos quietas, no permitamos jamás que nos encierren en la prosa ni en ningún otro lugar. 

Esta es mi contribución personal al ramito de poemas: 


Algún día, volverán a incendiar
el trigal las amapolas
y, desde la higuera,
competirán en derramar,
tórtola y ruiseñor,
su corazón
en trinos afinados.

Algún día,
el severo reloj,
allá en la torre,
no marcará más
la última de muchas,
sino solo las serenas
de Todas.

© Carmen Martínez Gimeno, 2023    


    


Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
La lengua destrabada. Clica sobre los nombres para obtener más información.


¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas.

viernes, 3 de marzo de 2023

La tilde sobre el adverbio solo y los demostrativos: estado de la cuestión

Comencemos esbozando un marco histórico: ¿de dónde procede la tilde o acento ortográfico que se utiliza en el castellano actual? En latín, la lengua madre, no se escribían tildes sobre las palabras, pero sí en griego, y se piensa que de ahí, a lo largo del siglo xv, fueron pasando sus acentos escritos a lenguas romances como el francés, el italiano o el español. Los tres acentos griegos (agudo, grave y circunflejo) eran musicales: marcaban variaciones de tono (elevación o depresión), pero no de intensidad de voz. En castellano, sin embargo, la escritura de un acento sobre cierta vocal no parece haber causado variaciones de pronunciación: desde el comienzo, el acento gráfico o tilde fue de intensidad y se limitó a señalar la posición de la sílaba tónica que se resaltaba al hablar. Pero las reglas de uso eran confusas, y los gramáticos y ortógrafos castellanos diferían acerca de su utilidad, motivo por el cual tardó siglos en sistematizarse en la escritura.

 Los más destacados autores de nuestra tradición gramatical dedicaron tiempo y esfuerzo a describir y explicar los acentos: Antonio de Nebrija, en Gramática de la lengua castellana (1492: 138), defendió la existencia en castellano de dos acentos simples, el agudo y el grave, más tres acentos compuestos en el caso de los diptongos y triptongos: «deflexos, inflexos y circunflexos» los llamó.  Por su parte, Gonzalo Correas, en Arte de la lengua española castellana (1625: 262), censuró la introducción en la lengua castellana de esos tres acentos y puntualizó que no había más que uno: «No crean el error viejo de los Griegos, qe dieron tres, agudo, grave i zircunflexo: de donde los tomaron los Latinos i demás, sin recato á carga zerrada, qe ni tal hubo, ni pudo haber en la naturaleza de las palabras; sino qe fué invenzion escusada de Gramáticas, qe con la antigüedad cobró fuerza, no siendo hasta agora advertida ni refutada por nadie». Con todo, Correas no dudaba de la utilidad de este único acento gráfico para evitar vaguedades en la escritura: «i aun en nuestros libros si topamos nonbres peregrinos, i estraños de las Indias, ú otras partes, dudamos el azento en ellos. Por esto i para quitar la anbiguedad de algunas palavras, i personas i tienpos de los verbos, será de gran perfezion ponerle, siquiera en los libros de molde, i de mucho alivio para los estranxeros que estudian nuestra lengua, i zerteza del para los siglos venideros» (Correas, 1625: 260).

A comienzos del siglo xviii todavía perduraba la polémica respecto de los acentos gráficos. En el «Discurso proemial de la orthographía» con el que comenzaba el primer Diccionario de la lengua castellana (1726),  que suele considerarse el primer intento de sistematización y fijación del uso de la tilde, se aseveraba: «En la Léngua Castellana el circunflexo, que se forma assi ^, no tiene uso alguno, y si tal vez se halla usado por algún Autór, es sin necesidad, porque no sabemos yá el tono que los Romanos usaban y explicaban con este accento. En nuestra Léngua los acentos no sirven para explicar el tono, sino para significar que la sylaba que se accentúa es larga».  Fue a mediados de ese mismo siglo, en la Orthographía española publicada por la Real Academia Española (1741), cuando se realizó la primera descripción pormenorizada y completa de los acentos (así como de la puntuación). De este modo, la ortografía abandonó su carácter de simple «tratado de las letras» para convertirse en un estudio acabado de la escritura en el que se otorgaba la misma importancia a cada uno de sus aspectos.

En líneas generales, entonces se establecieron las pautas que, recogiendo el hecho ya ampliamente constatado de que el acento castellano se basaba en la intensidad, fueron evolucionando hasta que en 1880 se consensuaron las tres reglas fundamentales sobre la acentuación de las palabras (divididas en agudas, llanas y esdrújulas) y se estableció el valor diacrítico del acento gráfico en el caso de palabras homógrafas, esto es, de igual escritura, asunto del que ya habían escrito los ortógrafos renacentistas. La doctrina ortográfica de la Real Academia a partir de ese momento solo presentó variaciones de detalle (se modificó, por ejemplo, la regla de atildamiento de los monosílabos á, é, ó, ú para reducir el uso de tilde solo a la ó entre cifras; tilde que años después también se suprimió), hasta llegar a la Ortografía de 2010, en la que se continuó simplificando las reglas de acentuación que causaban polémica (como en el caso del adverbio solo o los pronombres demostrativos este, ese y aquel). Hoy, a comienzos de marzo de 2023, todos los periódicos anuncian la novedad de que la Real Academia Española desiste de su intento de simplificación y convierte en voluntario ―no en obligatorio― la colocación de la tilde sobre el adverbio solo y los demostrativos pronominales cuando exista equívoco en su interpretación.

¿Qué es lo que ha ocurrido? Atendiendo a las normas generales de atildamiento, el adverbio o adjetivo solo, el adverbio solamente y los demostrativos esta, esa y aquella, más sus respectivos masculinos y plurales, tanto en función adjetiva como pronominal, no aceptarían tilde por ser palabras bisílabas llanas terminadas en vocal o en -s, y aquel, por ser palabra bisílaba aguda acabada en consonante distinta a -n o -s.  ¿Por qué se había venido escribiendo un acento gráfico sobre ellas? Se trata de una tilde diacrítica o diferenciadora, cuyo cometido ortográfico es distinguir entre palabras tónicas y átonas que son formalmente idénticas (como qué y que; cómo y como; aún y aun, por poner unos ejemplos). Sin embargo, el adverbio o adjetivo solo, el adverbio solamente y los demostrativos esta, esa y aquella, más sus respectivos masculinos y plurales, tanto en función adjetiva como pronominal, son todas palabras tónicas y, por consiguiente, la distinción entre categorías gramaticales (adverbio o adjetivo; determinante adjetival o pronominal) que hasta la Ortografía de 1999 se establecía entre ellas para recomendar el uso de la tilde diacrítica en supuestos de ambigüedad era incongruente. La Ortografía académica de 2010 quiso corregir tal anomalía por considerarla superflua y porque propiciaba innumerables errores, que se siguen dando: es frecuente, por ejemplo, ver escrito éstas últimas o el coche aquél, cuando se trata de determinantes adjetivales, que jamás deben llevar tilde, y no de pronombres, o hagamos ésto, cuando las formas neutras jamás aceptan tilde. La Real Academia, para abogar por la supresión de la tilde diacrítica, adujo como justificación de fácil comprobación que la mayoría de los casos de posible ambigüedad quedarían resueltos por el contexto comunicativo, una puntuación conveniente y un buen orden de redacción, incluso en los ejemplos más rebuscados que suelen aportarse: ¿Por qué aquellos compraron libros usados?/ ¿Por qué compraron aquellos libros usados? Dijo que mañana contestará esta / Dijo que esta mañana contestará.

Sin embargo, esta pretendida simplificación de tildes, en aras de generalizar una mejor ortografía, se topó desde el comienzo con una contestación popular que no ha amainado. Transcurrida más de una década desde la publicación de la Ortografía, las quejas siguen como el primer día, e incluso destacados escritores han hecho bandera de conservar esta tilde diacrítica, sobre todo en el caso del adverbio solo. Por tanto, la Real Academia Española parece haberse rendido y ha regresado a la recomendación, que no obligación, de coronar el adverbio solo y los demostrativos pronominales con acento gráfico cuando, a criterio de quien escribe, haya posibilidad de ambigüedad.

¿Qué cambia entonces? A mi entender, la situación continúa siendo la misma. Se seguirán escribiendo tildes por costumbre y se seguirán escribiendo mal. A quienes se dedican a la corrección de textos les seguirán llorando los ojos al ver atildados erróneamente los pronombres neutros esto, eso y aquello;  los demostrativos adjetivos que se posponen al nombre: la niña aquella; los libros esos; bonita experiencia esa; y, sobre todo, el demostrativo cuando es antecedente, sin coma, de un relativo: Soy aquel que esperabas. Aquellos que corren son mis hijos. Porque pocas personas leen manuales de estilo u obras de consulta como el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española de Manuel Seco, que informan de la falta de ortografía que se comente al escribir la tilde sobre tales demostrativos, pues en esa función pierden su carácter de localizadores espaciales para convertirse en sustantivos. Con la supresión total de la tilde diacrítica que reglaba la Ortografía académica de 2010, nadie se equivocaría al escribir: Yo soy aquel que ayer no más decía. Estas que fueron pompa y alegría. El demostrativo aquel puede incluso utilizarse como un sustantivo pleno: Enrique tiene su aquel. Los soldados, por el aquel de darse valor, apuraban una botella de vino tras otra.

Por lo que respecta a la palabra solo, bien sea adverbio (solo duerme dos horas), bien adjetivo (duerme solo todas las noches), se seguirá colocando la tilde al buen tuntún, y ni siquiera los programas correctores de los ordenadores serán capaces de discriminar siempre para detectar los fallos. Compárense las siguientes redacciones: Vino solo para eso / Vino específicamente para eso. Acude dos horas solo cada mañana / Acude nada más dos horas cada mañana. Como bien se señalaba en la Ortografía académica de 2010, las ambigüedades que puedan surgir por no escribir la tilde nunca serán superiores en número ni más graves que las causadas por los abundantes casos de homonimia y polisemia de palabras existentes en nuestra lengua.

En mi ya dilatada trayectoria profesional, he ido adaptándome a las normas académicas y he solido seguir sus recomendaciones, aunque alguna me chirriara. Creo en el lenguaje llano y en la simplificación de las pautas para que cualquier persona que necesite escribir pueda hacerlo con propiedad y sin errores ortográficos ni gramaticales. Por ello, abogo por la supresión de esta tilde diacrítica que suscita más problemas que resuelve. Yo no la escribiré jamás. En remotos casos de ambigüedad, recomiendo recurrir a sinónimos (únicamente, por ejemplo, en lugar del solo adverbial; a solas; en soledad, en lugar del solo adjetival), puntuación acertada o una redacción mejorada.

En suma, abogo por la economía de la lengua que, entre otras cosas, condujo al sistema acentual del castellano actual, luego de una evolución de siglos. Se suele afirmar que las tildes sobre las palabras sirven para leerlas como corresponde ―esto es, para reflejar su pronunciación hablada―, dando mayor intensidad a la sílaba tónica. Sin embargo, Correas (1625: 143) ya señaló en su época las limitaciones del sistema: «Si en todas las diziones de dos ó mas sílabas ó en aqellas siqiera qe hazen antigüedad, se escriviera el azento sobre la vocal predominante qe la tiene i se levanta mas, i se enseñorea sobre las otras, diera se gran claridad á la escritura, i ahorráramos de dar reglas de azentos en las palabras. Mas porqe hasta ahora no está introduzido tan buen uso, daremos las que puede haber mas fáziles, por donde se conozcan i sepan». Quien desconozca las normas acentuales de nuestra lengua se mostrará incapaz de leer una palabra que le sea ajena, colocando el acento fónico donde corresponde, si no está marcado con un acento gráfico. Tampoco podrá atildar una palabra que jamás haya escuchado si no domina el uso actual de la tilde o acento gráfico. Entonces, si esta dificultad comprobada no preocupa ni mueve a las masas para exigir un cambio, ¿por qué ha logrado hacerlo la supresión de una sola tilde diacrítica, ya de por sí incongruente, cuyo objeto era economizar errores y facilitar la escritura? 



Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
La lengua destrabada. Clica sobre los nombres para obtener más información.


¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas.

martes, 29 de noviembre de 2022

Latinismos: claves de uso


Esta denominación abarca las palabras y expresiones latinas que perviven en nuestra lengua actual y se emplean sobre todo en medios académicos, científicos y jurídicos, así como en la escritura culta o elevada. Puesto que se tomaron del latín cuando ya avanzaba como lengua independiente la castellana, en esencia los latinismos son préstamos léxicos semejantes a los que nos llegan de otras lenguas (inglés, francés, italiano…) y han de tratarse como tales. Si los latinismos son puros, mantienen su propia grafía y fonética (no llevan tilde porque en latín no existía y se escriben en letra cursiva); si se adaptan al castellano, sufren modificaciones para ajustarse a sus reglas de escritura y atildamiento.

·       Los latinismos de una sola palabra ya adaptados al castellano se rigen por las normas generales de acentuación: accésit, cuórum, déficit, imprimátur, ínterin, ítem, factótum, hábitat, plácet, réquiem, ultimátum, vademécum. Estas palabras castellanizadas se incorporan al acervo de la lengua en pie de igualdad con el resto de sus componentes y forman el plural ateniéndose a sus mismas reglas: añadiendo ‑s, -es o permaneciendo invariables, según proceda: plus, pluses; accésit, accésits; ratio, ratios; lapsus, lapsus; déficit, déficits; hábitat, hábitats; vademécum, vademécums; ítem, ítems; superávit, superávits; réquiem, réquiems; estatus, estatus; imprimátur, imprimátur. Dentro del texto, estos latinismos ya adaptados se escriben en letra redonda, y no cursiva, como el resto de palabras (adviértase que los aquí citados aparecen en cursivas por su carácter de ejemplos). 

·       Las locuciones latinas, esto es, las expresiones pluriverbales fijas en latín que comparten la mayoría de las lenguas de cultura occidental y conservan en buena medida el sentido literal latino, se consideran extranjerismos crudos y deben escribirse sin ninguna tilde y en letra cursiva: de lege ferenda; grosso modo; res publica.

·       Las Academias de la Lengua desaconsejan emplear en castellano los plurales latinos terminados en ‑a propios de los sustantivos neutros de segunda declinación, que son normales en otras lenguas como el inglés (curricula, imperia, por ejemplo).

·       Las palabras latinas que componen el nombre científico de las categorías taxonómicas de animales y plantas (especie, género, familia, etc.) forman parte de nomenclaturas de uso internacional y se escriben igual en todas las lenguas de tradición occidental, sin tilde y en letra cursiva  (Euphorbia pulcherrima, Tarentola mauritanica, Homo sapiens).


Basta con ojear algún libro académico para comprobar que abundan los latinismos, no solo en la notación clásica para citar fuentes. Sin pretensión de ser exhaustiva, a continuación se recogen locuciones latinas de uso extendido con su significado en castellano:

A contrario sensu: En sentido contrario.
A contrariis: Por razones contrarias.
A fortiori: Por fuerza; con mayor razón.
A limine; in limine: Desde el umbral, de entrada.
A posteriori: Con posterioridad.
A potiori: Como conclusión mejor o preferible.
A priori: Con anterioridad.
A quo: Del cual.
A sensu contrario: En sentido contrario.
Ab absurdo: Por lo absurdo.
Ab imo pectore; imo pectore: De todo corazón; con entera franqueza.
Ab initio: Desde el principio.
Ab integro: Por entero.
Ab intestato: Sin testamento.
Ab intra: Desde dentro.
Ab irato: Por un movimiento de ira.
Ab origine: Desde el origen.
Ab ovo: Desde el huevo.
Ab urbe condita: Desde la fundación de la ciudad.
Absque ulla conditione: Sin ninguna condición.
Abusus non tollit usum: El abuso no quita el uso.
Accesorium ceda principali: Lo accesorio cede a lo principal.
Aclaratio terminis: Aclaración de términos.
Actio legis: Acción legal.
Ad augusta per angusta: A resultados grandes por vías estrechas.
Ad calendas graecas: Por las calendas griegas; esto es, nunca.
Ad cautelam: Para cautela.
Ad exemplum: Para ejemplo.
Ad hoc: A ese efecto.
Ad honorem: Por honor, gratuitamente.
Ad litteram: Al pie de la letra.
Ad rem: Respecto al asunto.
Ad usum: Según el uso o costumbre.
Alma mater: Madre nutricia (referido a la universidad).
Animus donandi: Ánimo de donar.
Animus lucrandi: Ánimo de lucro.
Ante diem: Antes del día.
Apud: Tomado de.
Bona fides: Buena fe.
Brevitatis causae: Por causa de brevedad.
Caveat; caveat emptor: Advertencia; cuidado por parte del comprador.
Caetera desiderantur: Lo demás se desea; esto es, falta.
Caeteris paribus: El resto permanece igual.
Cuique suum: A cada cual lo suyo.
Circa: Aproximadamente (en datación).
Conditio iuris: Condición de derecho.
Conditio sine qua non: Condición sin la cual no (indispensable).
Confer: Compárese.
Contra legem: Contrario a la ley.
Corpus delicti: Cuerpo del delito.
Damnum emergens: Daño emergente.
Datio in solutum: Dación en pago.
De auditu: De oídas.
De facto: De hecho.
De iure: De derecho.
De lege ferenda: Para una futura reforma de la ley.
De lege lata: Según la ley existente.
De novo: De nuevo.
De visu: De vista.
Dies a quo; dies ad quem: Día en el que; día hasta el que.
Eo ipso: Por eso mismo.
Erga omnes: Frente a todos.
Ergo: Por tanto.
Et alii: Y otras cosas.
Exceptio veritatis: Excepción de la verdad.
Ex iure: Según derecho.
Ex lege: Por ley.
Ex nunc; ex tunc: Desde ahora; desde siempre.
Ex post: Después del suceso.
Ex tempore: Fuera de tiempo.
Ex voluntate: Por voluntad.
Exequatur: Ejecútese.
Grosso modo: A grandes rasgos.
Idem: En el mismo lugar.
Id est: Esto es.
Idem: El mismo, lo mismo.
Ignorantia iuris; ignorantia legis: Ignorancia del derecho; ignorancia de la ley.
In absentia: En ausencia.
In articulo mortis: A punto de morir.
In dubio pro operario: En caso de duda, a favor del trabajador.
In dubio pro reo: En la duda, a favor del acusado.
In extenso: En extenso.
In extremis: En el último momento.
In illo tempore: En aquel tiempo; hace mucho.
In fine: Al final.
In fraganti: En flagrancia.
In fraude legis: En fraude de ley.
In re: En o sobre la cosa.
In situ: En el sitio.
Inter partes: Entre partes.
In vitro: En el vidrio; esto es, en el laboratorio.
In voce: De viva voz.
Ipso facto: Por el hecho, inmediatamente.
Ipso iure: De pleno derecho.
Iure proprio: Por derecho propio.
Iure sanginis: Por derecho de sangre.
Iuris et de iure: De pleno y absoluto derecho.
Lato sensu: En sentido amplio.
Lex domicilii: Ley de domicilio.
Lucrum cesans: Lucro cesante.
Mala fides: Mala fe.
Motu proprio: Por propia determinación.
Mutatis mutandis: Cambiando lo que se deba.
Nasciturus: Quien está por nacer.
Nihil obstat: Nada se opone.
Non bis in idem: No dos veces por lo mismo.
Nota bene: Nota importante.
Opere citato: En la obra citada.
Pace: Con el debido respeto a.
Pace tua: Con tu/su licencia o venia.
Pacta sunt servanda: Los pactos deben cumplirse.
Pane lucrando: Para ganar el pan.
Panem et circenses: Pan y circo.
Par conditio creditorum: Igual condición de crédito.
Pauca sed bona: Poco pero bueno.
Per fas et nefas: Por lo lícito y lo ilícito; esto es, por todos los medios.
Per se: Por sí.
Periculum in mora: Peligro de mora procesal.
Prima facie: A primera vista.
Primus inter pares: Primero entre sus iguales.
Prior tempore, potior iure: Primero en el tiempo, mejor en el derecho.
Pro domo sua: A favor de su propia casa.
Pro indiviso: En indivisión.
Pro rata: En proporción.
Pro solutio: En calidad de pago.
Quid: Lo principal de un asunto.
Quid pro quo: Una cosa a cambio de otra.
Ratio legis; ratio iuris: Razón de ley; razón de derecho.
Res iudicata: Cosa juzgada.
Res, non verba: Realidades, no palabras.
Res nullius: Cosa de nadie.
Res publica: Cosa pública.
Sic: Así.
Sine die: Sin fijar día.
Sponsor: Fiador, garante.
Statu quo: En el estado actual.
Stricto sensu: En sentido estricto.
Sub iudice: Bajo el juez.
Sub iudicium: Bajo juicio.
Sub litis: Bajo litigio.
Sui iuris: De derecho propio.
Testamenti factio: Capacidad para testar.
Testis unus, testis nullus: Testigo único, testigo nulo.
Unicuique suum: A cada cual lo suyo.
Universitas iuris: Universalidad del derecho.
Urbi et orbi: A la ciudad y al mundo.
Ut infra: Como abajo.
Ut retro: Como atrás.
Ut supra: Como arriba.
Ut singuli: Con singularidad.
Ut universi: Con universalidad.
Vacatio legis: Vacancia de ley.
Velis nolis: Quieras o no quieras.
Verbi gratia: Por ejemplo.
Vox populi: De dominio público.

Como regla general, la Real Academia Española y sus Academias de la Lengua correspondientes aconsejan dar preferencia a los latinismos castellanizados cuando existan, como es el caso de currículo y podio (cuyos plurales son currículos y podios), ex profeso o in fraganti (provenientes de ex professo e in flagranti, respectivamente: ambos han dado lugar además a adverbios escritos en una sola palabra: exprofeso e infraganti). Para finalizar, no está demás recalcar que jamás se debe emplear un latinismo si no se domina su significado.  



Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
La lengua destrabada. Clica sobre los nombres para obtener más información.



¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas.