viernes, 3 de marzo de 2023

La tilde sobre el adverbio solo y los demostrativos: estado de la cuestión

Comencemos esbozando un marco histórico: ¿de dónde procede la tilde o acento ortográfico que se utiliza en el castellano actual? En latín, la lengua madre, no se escribían tildes sobre las palabras, pero sí en griego, y se piensa que de ahí, a lo largo del siglo xv, fueron pasando sus acentos escritos a lenguas romances como el francés, el italiano o el español. Los tres acentos griegos (agudo, grave y circunflejo) eran musicales: marcaban variaciones de tono (elevación o depresión), pero no de intensidad de voz. En castellano, sin embargo, la escritura de un acento sobre cierta vocal no parece haber causado variaciones de pronunciación: desde el comienzo, el acento gráfico o tilde fue de intensidad y se limitó a señalar la posición de la sílaba tónica que se resaltaba al hablar. Pero las reglas de uso eran confusas, y los gramáticos y ortógrafos castellanos diferían acerca de su utilidad, motivo por el cual tardó siglos en sistematizarse en la escritura.

 Los más destacados autores de nuestra tradición gramatical dedicaron tiempo y esfuerzo a describir y explicar los acentos: Antonio de Nebrija, en Gramática de la lengua castellana (1492: 138), defendió la existencia en castellano de dos acentos simples, el agudo y el grave, más tres acentos compuestos en el caso de los diptongos y triptongos: «deflexos, inflexos y circunflexos» los llamó.  Por su parte, Gonzalo Correas, en Arte de la lengua española castellana (1625: 262), censuró la introducción en la lengua castellana de esos tres acentos y puntualizó que no había más que uno: «No crean el error viejo de los Griegos, qe dieron tres, agudo, grave i zircunflexo: de donde los tomaron los Latinos i demás, sin recato á carga zerrada, qe ni tal hubo, ni pudo haber en la naturaleza de las palabras; sino qe fué invenzion escusada de Gramáticas, qe con la antigüedad cobró fuerza, no siendo hasta agora advertida ni refutada por nadie». Con todo, Correas no dudaba de la utilidad de este único acento gráfico para evitar vaguedades en la escritura: «i aun en nuestros libros si topamos nonbres peregrinos, i estraños de las Indias, ú otras partes, dudamos el azento en ellos. Por esto i para quitar la anbiguedad de algunas palavras, i personas i tienpos de los verbos, será de gran perfezion ponerle, siquiera en los libros de molde, i de mucho alivio para los estranxeros que estudian nuestra lengua, i zerteza del para los siglos venideros» (Correas, 1625: 260).

A comienzos del siglo xviii todavía perduraba la polémica respecto de los acentos gráficos. En el «Discurso proemial de la orthographía» con el que comenzaba el primer Diccionario de la lengua castellana (1726),  que suele considerarse el primer intento de sistematización y fijación del uso de la tilde, se aseveraba: «En la Léngua Castellana el circunflexo, que se forma assi ^, no tiene uso alguno, y si tal vez se halla usado por algún Autór, es sin necesidad, porque no sabemos yá el tono que los Romanos usaban y explicaban con este accento. En nuestra Léngua los acentos no sirven para explicar el tono, sino para significar que la sylaba que se accentúa es larga».  Fue a mediados de ese mismo siglo, en la Orthographía española publicada por la Real Academia Española (1741), cuando se realizó la primera descripción pormenorizada y completa de los acentos (así como de la puntuación). De este modo, la ortografía abandonó su carácter de simple «tratado de las letras» para convertirse en un estudio acabado de la escritura en el que se otorgaba la misma importancia a cada uno de sus aspectos.

En líneas generales, entonces se establecieron las pautas que, recogiendo el hecho ya ampliamente constatado de que el acento castellano se basaba en la intensidad, fueron evolucionando hasta que en 1880 se consensuaron las tres reglas fundamentales sobre la acentuación de las palabras (divididas en agudas, llanas y esdrújulas) y se estableció el valor diacrítico del acento gráfico en el caso de palabras homógrafas, esto es, de igual escritura, asunto del que ya habían escrito los ortógrafos renacentistas. La doctrina ortográfica de la Real Academia a partir de ese momento solo presentó variaciones de detalle (se modificó, por ejemplo, la regla de atildamiento de los monosílabos á, é, ó, ú para reducir el uso de tilde solo a la ó entre cifras; tilde que años después también se suprimió), hasta llegar a la Ortografía de 2010, en la que se continuó simplificando las reglas de acentuación que causaban polémica (como en el caso del adverbio solo o los pronombres demostrativos este, ese y aquel). Hoy, a comienzos de marzo de 2023, todos los periódicos anuncian la novedad de que la Real Academia Española desiste de su intento de simplificación y convierte en voluntario ―no en obligatorio― la colocación de la tilde sobre el adverbio solo y los demostrativos pronominales cuando exista equívoco en su interpretación.

¿Qué es lo que ha ocurrido? Atendiendo a las normas generales de atildamiento, el adverbio o adjetivo solo, el adverbio solamente y los demostrativos esta, esa y aquella, más sus respectivos masculinos y plurales, tanto en función adjetiva como pronominal, no aceptarían tilde por ser palabras bisílabas llanas terminadas en vocal o en -s, y aquel, por ser palabra bisílaba aguda acabada en consonante distinta a -n o -s.  ¿Por qué se había venido escribiendo un acento gráfico sobre ellas? Se trata de una tilde diacrítica o diferenciadora, cuyo cometido ortográfico es distinguir entre palabras tónicas y átonas que son formalmente idénticas (como qué y que; cómo y como; aún y aun, por poner unos ejemplos). Sin embargo, el adverbio o adjetivo solo, el adverbio solamente y los demostrativos esta, esa y aquella, más sus respectivos masculinos y plurales, tanto en función adjetiva como pronominal, son todas palabras tónicas y, por consiguiente, la distinción entre categorías gramaticales (adverbio o adjetivo; determinante adjetival o pronominal) que hasta la Ortografía de 1999 se establecía entre ellas para recomendar el uso de la tilde diacrítica en supuestos de ambigüedad era incongruente. La Ortografía académica de 2010 quiso corregir tal anomalía por considerarla superflua y porque propiciaba innumerables errores, que se siguen dando: es frecuente, por ejemplo, ver escrito éstas últimas o el coche aquél, cuando se trata de determinantes adjetivales, que jamás deben llevar tilde, y no de pronombres, o hagamos ésto, cuando las formas neutras jamás aceptan tilde. La Real Academia, para abogar por la supresión de la tilde diacrítica, adujo como justificación de fácil comprobación que la mayoría de los casos de posible ambigüedad quedarían resueltos por el contexto comunicativo, una puntuación conveniente y un buen orden de redacción, incluso en los ejemplos más rebuscados que suelen aportarse: ¿Por qué aquellos compraron libros usados?/ ¿Por qué compraron aquellos libros usados? Dijo que mañana contestará esta / Dijo que esta mañana contestará.

Sin embargo, esta pretendida simplificación de tildes, en aras de generalizar una mejor ortografía, se topó desde el comienzo con una contestación popular que no ha amainado. Transcurrida más de una década desde la publicación de la Ortografía, las quejas siguen como el primer día, e incluso destacados escritores han hecho bandera de conservar esta tilde diacrítica, sobre todo en el caso del adverbio solo. Por tanto, la Real Academia Española parece haberse rendido y ha regresado a la recomendación, que no obligación, de coronar el adverbio solo y los demostrativos pronominales con acento gráfico cuando, a criterio de quien escribe, haya posibilidad de ambigüedad.

¿Qué cambia entonces? A mi entender, la situación continúa siendo la misma. Se seguirán escribiendo tildes por costumbre y se seguirán escribiendo mal. A quienes se dedican a la corrección de textos les seguirán llorando los ojos al ver atildados erróneamente los pronombres neutros esto, eso y aquello;  los demostrativos adjetivos que se posponen al nombre: la niña aquella; los libros esos; bonita experiencia esa; y, sobre todo, el demostrativo cuando es antecedente, sin coma, de un relativo: Soy aquel que esperabas. Aquellos que corren son mis hijos. Porque pocas personas leen manuales de estilo u obras de consulta como el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española de Manuel Seco, que informan de la falta de ortografía que se comente al escribir la tilde sobre tales demostrativos, pues en esa función pierden su carácter de localizadores espaciales para convertirse en sustantivos. Con la supresión total de la tilde diacrítica que reglaba la Ortografía académica de 2010, nadie se equivocaría al escribir: Yo soy aquel que ayer no más decía. Estas que fueron pompa y alegría. El demostrativo aquel puede incluso utilizarse como un sustantivo pleno: Enrique tiene su aquel. Los soldados, por el aquel de darse valor, apuraban una botella de vino tras otra.

Por lo que respecta a la palabra solo, bien sea adverbio (solo duerme dos horas), bien adjetivo (duerme solo todas las noches), se seguirá colocando la tilde al buen tuntún, y ni siquiera los programas correctores de los ordenadores serán capaces de discriminar siempre para detectar los fallos. Compárense las siguientes redacciones: Vino solo para eso / Vino específicamente para eso. Acude dos horas solo cada mañana / Acude nada más dos horas cada mañana. Como bien se señalaba en la Ortografía académica de 2010, las ambigüedades que puedan surgir por no escribir la tilde nunca serán superiores en número ni más graves que las causadas por los abundantes casos de homonimia y polisemia de palabras existentes en nuestra lengua.

En mi ya dilatada trayectoria profesional, he ido adaptándome a las normas académicas y he solido seguir sus recomendaciones, aunque alguna me chirriara. Creo en el lenguaje llano y en la simplificación de las pautas para que cualquier persona que necesite escribir pueda hacerlo con propiedad y sin errores ortográficos ni gramaticales. Por ello, abogo por la supresión de esta tilde diacrítica que suscita más problemas que resuelve. Yo no la escribiré jamás. En remotos casos de ambigüedad, recomiendo recurrir a sinónimos (únicamente, por ejemplo, en lugar del solo adverbial; a solas; en soledad, en lugar del solo adjetival), puntuación acertada o una redacción mejorada.

En suma, abogo por la economía de la lengua que, entre otras cosas, condujo al sistema acentual del castellano actual, luego de una evolución de siglos. Se suele afirmar que las tildes sobre las palabras sirven para leerlas como corresponde ―esto es, para reflejar su pronunciación hablada―, dando mayor intensidad a la sílaba tónica. Sin embargo, Correas (1625: 143) ya señaló en su época las limitaciones del sistema: «Si en todas las diziones de dos ó mas sílabas ó en aqellas siqiera qe hazen antigüedad, se escriviera el azento sobre la vocal predominante qe la tiene i se levanta mas, i se enseñorea sobre las otras, diera se gran claridad á la escritura, i ahorráramos de dar reglas de azentos en las palabras. Mas porqe hasta ahora no está introduzido tan buen uso, daremos las que puede haber mas fáziles, por donde se conozcan i sepan». Quien desconozca las normas acentuales de nuestra lengua se mostrará incapaz de leer una palabra que le sea ajena, colocando el acento fónico donde corresponde, si no está marcado con un acento gráfico. Tampoco podrá atildar una palabra que jamás haya escuchado si no domina el uso actual de la tilde o acento gráfico. Entonces, si esta dificultad comprobada no preocupa ni mueve a las masas para exigir un cambio, ¿por qué ha logrado hacerlo la supresión de una sola tilde diacrítica, ya de por sí incongruente, cuyo objeto era economizar errores y facilitar la escritura? 



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martes, 29 de noviembre de 2022

Latinismos: claves de uso


Esta denominación abarca las palabras y expresiones latinas que perviven en nuestra lengua actual y se emplean sobre todo en medios académicos, científicos y jurídicos, así como en la escritura culta o elevada. Puesto que se tomaron del latín cuando ya avanzaba como lengua independiente la castellana, en esencia los latinismos son préstamos léxicos semejantes a los que nos llegan de otras lenguas (inglés, francés, italiano…) y han de tratarse como tales. Si los latinismos son puros, mantienen su propia grafía y fonética (no llevan tilde porque en latín no existía y se escriben en letra cursiva); si se adaptan al castellano, sufren modificaciones para ajustarse a sus reglas de escritura y atildamiento.

·       Los latinismos de una sola palabra ya adaptados al castellano se rigen por las normas generales de acentuación: accésit, cuórum, déficit, imprimátur, ínterin, ítem, factótum, hábitat, plácet, réquiem, ultimátum, vademécum. Estas palabras castellanizadas se incorporan al acervo de la lengua en pie de igualdad con el resto de sus componentes y forman el plural ateniéndose a sus mismas reglas: añadiendo ‑s, -es o permaneciendo invariables, según proceda: plus, pluses; accésit, accésits; ratio, ratios; lapsus, lapsus; déficit, déficits; hábitat, hábitats; vademécum, vademécums; ítem, ítems; superávit, superávits; réquiem, réquiems; estatus, estatus; imprimátur, imprimátur. Dentro del texto, estos latinismos ya adaptados se escriben en letra redonda, y no cursiva, como el resto de palabras (adviértase que los aquí citados aparecen en cursivas por su carácter de ejemplos). 

·       Las locuciones latinas, esto es, las expresiones pluriverbales fijas en latín que comparten la mayoría de las lenguas de cultura occidental y conservan en buena medida el sentido literal latino, se consideran extranjerismos crudos y deben escribirse sin ninguna tilde y en letra cursiva: de lege ferenda; grosso modo; res publica.

·       Las Academias de la Lengua desaconsejan emplear en castellano los plurales latinos terminados en ‑a propios de los sustantivos neutros de segunda declinación, que son normales en otras lenguas como el inglés (curricula, imperia, por ejemplo).

·       Las palabras latinas que componen el nombre científico de las categorías taxonómicas de animales y plantas (especie, género, familia, etc.) forman parte de nomenclaturas de uso internacional y se escriben igual en todas las lenguas de tradición occidental, sin tilde y en letra cursiva  (Euphorbia pulcherrima, Tarentola mauritanica, Homo sapiens).


Basta con ojear algún libro académico para comprobar que abundan los latinismos, no solo en la notación clásica para citar fuentes. Sin pretensión de ser exhaustiva, a continuación se recogen locuciones latinas de uso extendido con su significado en castellano:

A contrario sensu: En sentido contrario.
A contrariis: Por razones contrarias.
A fortiori: Por fuerza; con mayor razón.
A limine; in limine: Desde el umbral, de entrada.
A posteriori: Con posterioridad.
A potiori: Como conclusión mejor o preferible.
A priori: Con anterioridad.
A quo: Del cual.
A sensu contrario: En sentido contrario.
Ab absurdo: Por lo absurdo.
Ab imo pectore; imo pectore: De todo corazón; con entera franqueza.
Ab initio: Desde el principio.
Ab integro: Por entero.
Ab intestato: Sin testamento.
Ab intra: Desde dentro.
Ab irato: Por un movimiento de ira.
Ab origine: Desde el origen.
Ab ovo: Desde el huevo.
Ab urbe condita: Desde la fundación de la ciudad.
Absque ulla conditione: Sin ninguna condición.
Abusus non tollit usum: El abuso no quita el uso.
Accesorium ceda principali: Lo accesorio cede a lo principal.
Aclaratio terminis: Aclaración de términos.
Actio legis: Acción legal.
Ad augusta per angusta: A resultados grandes por vías estrechas.
Ad calendas graecas: Por las calendas griegas; esto es, nunca.
Ad cautelam: Para cautela.
Ad exemplum: Para ejemplo.
Ad hoc: A ese efecto.
Ad honorem: Por honor, gratuitamente.
Ad litteram: Al pie de la letra.
Ad rem: Respecto al asunto.
Ad usum: Según el uso o costumbre.
Alma mater: Madre nutricia (referido a la universidad).
Animus donandi: Ánimo de donar.
Animus lucrandi: Ánimo de lucro.
Ante diem: Antes del día.
Apud: Tomado de.
Bona fides: Buena fe.
Brevitatis causae: Por causa de brevedad.
Caveat; caveat emptor: Advertencia; cuidado por parte del comprador.
Caetera desiderantur: Lo demás se desea; esto es, falta.
Caeteris paribus: El resto permanece igual.
Cuique suum: A cada cual lo suyo.
Circa: Aproximadamente (en datación).
Conditio iuris: Condición de derecho.
Conditio sine qua non: Condición sin la cual no (indispensable).
Confer: Compárese.
Contra legem: Contrario a la ley.
Corpus delicti: Cuerpo del delito.
Damnum emergens: Daño emergente.
Datio in solutum: Dación en pago.
De auditu: De oídas.
De facto: De hecho.
De iure: De derecho.
De lege ferenda: Para una futura reforma de la ley.
De lege lata: Según la ley existente.
De novo: De nuevo.
De visu: De vista.
Dies a quo; dies ad quem: Día en el que; día hasta el que.
Eo ipso: Por eso mismo.
Erga omnes: Frente a todos.
Ergo: Por tanto.
Et alii: Y otras cosas.
Exceptio veritatis: Excepción de la verdad.
Ex iure: Según derecho.
Ex lege: Por ley.
Ex nunc; ex tunc: Desde ahora; desde siempre.
Ex post: Después del suceso.
Ex tempore: Fuera de tiempo.
Ex voluntate: Por voluntad.
Exequatur: Ejecútese.
Grosso modo: A grandes rasgos.
Idem: En el mismo lugar.
Id est: Esto es.
Idem: El mismo, lo mismo.
Ignorantia iuris; ignorantia legis: Ignorancia del derecho; ignorancia de la ley.
In absentia: En ausencia.
In articulo mortis: A punto de morir.
In dubio pro operario: En caso de duda, a favor del trabajador.
In dubio pro reo: En la duda, a favor del acusado.
In extenso: En extenso.
In extremis: En el último momento.
In illo tempore: En aquel tiempo; hace mucho.
In fine: Al final.
In fraganti: En flagrancia.
In fraude legis: En fraude de ley.
In re: En o sobre la cosa.
In situ: En el sitio.
Inter partes: Entre partes.
In vitro: En el vidrio; esto es, en el laboratorio.
In voce: De viva voz.
Ipso facto: Por el hecho, inmediatamente.
Ipso iure: De pleno derecho.
Iure proprio: Por derecho propio.
Iure sanginis: Por derecho de sangre.
Iuris et de iure: De pleno y absoluto derecho.
Lato sensu: En sentido amplio.
Lex domicilii: Ley de domicilio.
Lucrum cesans: Lucro cesante.
Mala fides: Mala fe.
Motu proprio: Por propia determinación.
Mutatis mutandis: Cambiando lo que se deba.
Nasciturus: Quien está por nacer.
Nihil obstat: Nada se opone.
Non bis in idem: No dos veces por lo mismo.
Nota bene: Nota importante.
Opere citato: En la obra citada.
Pace: Con el debido respeto a.
Pace tua: Con tu/su licencia o venia.
Pacta sunt servanda: Los pactos deben cumplirse.
Pane lucrando: Para ganar el pan.
Panem et circenses: Pan y circo.
Par conditio creditorum: Igual condición de crédito.
Pauca sed bona: Poco pero bueno.
Per fas et nefas: Por lo lícito y lo ilícito; esto es, por todos los medios.
Per se: Por sí.
Periculum in mora: Peligro de mora procesal.
Prima facie: A primera vista.
Primus inter pares: Primero entre sus iguales.
Prior tempore, potior iure: Primero en el tiempo, mejor en el derecho.
Pro domo sua: A favor de su propia casa.
Pro indiviso: En indivisión.
Pro rata: En proporción.
Pro solutio: En calidad de pago.
Quid: Lo principal de un asunto.
Quid pro quo: Una cosa a cambio de otra.
Ratio legis; ratio iuris: Razón de ley; razón de derecho.
Res iudicata: Cosa juzgada.
Res, non verba: Realidades, no palabras.
Res nullius: Cosa de nadie.
Res publica: Cosa pública.
Sic: Así.
Sine die: Sin fijar día.
Sponsor: Fiador, garante.
Statu quo: En el estado actual.
Stricto sensu: En sentido estricto.
Sub iudice: Bajo el juez.
Sub iudicium: Bajo juicio.
Sub litis: Bajo litigio.
Sui iuris: De derecho propio.
Testamenti factio: Capacidad para testar.
Testis unus, testis nullus: Testigo único, testigo nulo.
Unicuique suum: A cada cual lo suyo.
Universitas iuris: Universalidad del derecho.
Urbi et orbi: A la ciudad y al mundo.
Ut infra: Como abajo.
Ut retro: Como atrás.
Ut supra: Como arriba.
Ut singuli: Con singularidad.
Ut universi: Con universalidad.
Vacatio legis: Vacancia de ley.
Velis nolis: Quieras o no quieras.
Verbi gratia: Por ejemplo.
Vox populi: De dominio público.

Como regla general, la Real Academia Española y sus Academias de la Lengua correspondientes aconsejan dar preferencia a los latinismos castellanizados cuando existan, como es el caso de currículo y podio (cuyos plurales son currículos y podios), ex profeso o in fraganti (provenientes de ex professo e in flagranti, respectivamente: ambos han dado lugar además a adverbios escritos en una sola palabra: exprofeso e infraganti). Para finalizar, no está demás recalcar que jamás se debe emplear un latinismo si no se domina su significado.  



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lunes, 31 de octubre de 2022

Cocinar con olla de cocción lenta: «pulled pork» o carnitas de cerdo

Cualquiera que haya vivido en pueblos o campos castellanos recordará como yo que en el pasado la lumbre baja dentro de las casas constituía su centro, pues en ella no solo se hacían las comidas, sino que era el único sitio que les proporcionaba calor constante. Sobre esa lumbre baja prendida con leña se asentaban las trébedes de hierro, que servían de sostén al puchero donde cocían a fuego lento guisos de verduras, patatas o legumbres, acompañados de carne. Me viene a la memoria con deleite el cocido de garbanzos, mantenido al amor de la lumbre largas horas, que siempre nos invitaba a probar Jacinto el pastor cuando, siendo niñas, pasábamos cerca de su casa. Por eso, enseguida comprendí las ventajas de las ollas de cocción lenta modernas, que son eléctricas, cuando, hace ya muchos años, me habló de ellas mi hermana Pilar al mudarme a vivir, como ella, a Estados Unidos. Desde entonces se convirtió en un elemento imprescindible en mi cocina para elaborar, sobre todo,  recetas de carnes cuyo resultado es magnífico. Me costó hacerme con una a mi regreso a España porque aquí eran prácticamente desconocidas, pero en la actualidad se pueden encontrar en cualquier tienda de electrodomésticos y con frecuencia hay buenas ofertas disponibles en internet.  

Los componentes básicos de una olla de cocción lenta son:

·       Carcasa exterior que suele ser de aluminio (pintado o sin pintar). Apenas pesa, guarda en el fondo la resistencia de calentamiento, conectada al cable con enchufe para conectar a la red eléctrica, y en la parte delantera presenta los mandos para su funcionamiento.

·       Vasija interior de cerámica gruesa (las mejores) que tiene bastante peso u otro material más ligero (pero menos eficiente).

·       Tapa para la vasija interior. Las mejores son de cristal porque permiten controlar el estado del guiso a simple vista.

Cocinar con olla de cocción lenta no es difícil si se dispone de paciencia y se comprende su funcionamiento. Es imprescindible tener en cuenta la cantidad de líquido empleado en cualquier elaboración porque apenas hay evaporación durante el cocinado, a diferencia de lo que ocurre con las ollas habituales. Por lo demás, apenas cuesta encontrar excelentes recetas de toda clase en internet. Yo utilizo mis ollas de cocción lenta ―poseo dos― sobre todo para guisar patas de pavo, redondo de ternera, costillares de cerdo con salsa barbacoa, roast beef  y chipirones en su tinta, además de algunos caldos y sopa de pescado.

Últimamente he repetido a menudo la receta que hoy comparto cuando disfrutamos de reuniones familiares y no suele quedar ni una hebra. Sí, hablo de hebra porque ese es el resultado que se persigue después de una cocción de 8 horas en temperatura baja de una pieza de cerdo que tenga cierto contenido graso. La pieza puede ser paletilla o pata trasera, aguja o cabecero de lomo. Si se hace con carne magra, como el lomo, quedará seca y algo dura, aunque el sabor sea bueno. El pulled pork es una comida tradicional estadounidense cuyo nombre se traduciría en español como cerdo deshebrado. Carnitas de cerdo es el nombre que recibe una receta semejante mexicana, aunque suele  llevar chile verde para que pique. Existen infinidad de versiones de ambas, que yo he adaptado hasta dar con la mía propia.


Ingredientes

·       Una pieza grande (en torno a 2 kilos) de cabecero de lomo fresco.

·       Especias para el adobo: pimentón (dos cucharadas grandes al menos); orégano (un par de cucharaditas); comino (media o una cucharadita), pimienta y sal (al gusto). Se pueden añadir más hierbas,  como tomillo, y especias, como clavo, según el gusto de cada cual, así como picante (chile o guindilla).

·       Una cebolla y algunos dientes de ajo (a elección; yo suelo emplear 4 dientes).

·       El zumo de una naranja. También puede ser un limón (aporta demasiada acidez para mi gusto) o algún buen vinagre (manzana, mi preferido, o vino). Básicamente, es necesario un ácido para que la elaboración llegue a buen término. Según el gusto de cada cual, puede ser menos o más fuerte el sabor que se pretenda.

·       Aceite de oliva (un par de cucharadas para embadurnar el recipiente cerámico y facilitar de este modo su limpieza tras el uso).

    

Elaboración

·       Si la pieza tiene excesiva grasa por el exterior, la eliminaremos con un buen cuchillo. Solo nos interesa la carne veteada del interior.

·       Mezclaremos todos los ingredientes del adobo en un cuenco y a continuación embadurnaremos por completo con una capa uniforme la pieza de carne. Si lo hacemos con tiempo y guardamos la carne cubierta con papel film en el frigorífico, el sabor se incrementa, como es natural, pero no es un paso imprescindible.

·       Cortaremos la cebolla en cuartos y picaremos menudos los dientes de ajo.

·       Conectaremos a la red eléctrica la olla de cocción lenta (su consumo es insignificante). Con la ayuda de un pincel, untaremos la vasija cerámica con aceite de oliva y colocaremos en el fondo la cebolla y los ajos, añadiremos el zumo de naranja (o el agente ácido elegido) y programaremos la cocción 8 horas en temperatura baja  (o 4 horas en alta si se tiene poca paciencia). Durante las primeras horas no se debe abrir la tapa de la olla. Después podremos comprobar muy de cuando en cuando el estado de la elaboración. La cocina olerá de maravilla y la carne presentará un aspecto tierno y meloso, como si estuviera a punto de desmenuzarse. Comprobaremos que en el fondo de la vasija queda cierto líquido que nos será muy útil para finalizar la receta.

·       Terminada la cocción, sacaremos con cuidado de no quemarnos la tiernísima pieza de carne de la olla y la deshebraremos sobre una fuente grande valiéndonos de dos tenedores. Se deshará sin dificultad y aprovecharemos para desechar la escasa grasa que encontremos durante esta labor. Podemos consumir la carne tal cual o añadirle parte o todo el líquido que queda en la olla, pasándolo por la batidora si nos disgustan los trozos de cebolla, que en realidad se deshacen al mezclarlos con la carne.

·       Si deseáramos un toque especial, una vez añadida la cantidad precisa del líquido de cocción, introduciríamos la carne deshebrada en el horno para gratinarla ligeramente. 


Estas carnitas de cerdo se pueden acompañar de puré de patata, patatas panaderas, boniatos, verduras a la plancha, frijoles o cualquier ensalada. En Estados Unidos suelen servirlas en pan de hamburguesa o sándwich, acompañadas de salsa barbacoa. Las opciones son abundantes y quedan a la imaginación de quienes cocinemos.
 

Concluyo aconsejando a quienes pretendan iniciarse en la cocina con olla de cocción lenta que elijan un modelo grande, ovalado y con tapa de cristal, útil para todo tipo de recetas. Como decía mi madre, al cocinar siempre es mejor que sobre que no que falte.  Las ollas con programador suelen ser más caras y no es imprescindible. En las ferreterías venden programadores externos muy baratos que se pueden acoplar al enchufe. Lo fundamental en estas ollas es que tengan dos temperaturas, alta y baja, mantenimiento del calor y un buen recipiente cerámico interior con tapa de cristal.  ¡Buen provecho!





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martes, 2 de agosto de 2022

Retórica y escritura (II): los tropos


El término tropo proviene del griego y significa ‘vuelta’ o ‘conversión’. Se emplea para englobar una serie de figuras retóricas complejas que han sido cruciales en la evolución de la literatura a lo largo de los siglos. En la actualidad, los tropos clave son la metáfora, la sinécdoque y la metonimia, aunque se reconocen algunas figuras más que constituyen variaciones, ampliaciones o casos concretos de estas tres principales.

 Los tropos permiten conferir a una palabra cierta significación que no es la suya específica y, de este modo, se hace evolucionar semánticamente a la lengua a la par que se la enriquece, bien sea ampliando el uso de una misma palabra, bien otorgándole un nuevo significado al conectarla con otras alejadas de su sentido original o al usarla por extensión o semejanza. Siempre han de ser claros y presentarse de forma natural a la imaginación, pues de lo contrario resultan afectados e incongruentes. 

Metáfora y alegoría

La metáfora consiste en trasportar la significación de una palabra a otra significación que solo le corresponde en virtud de una comparación que está en la imaginación. Se establece, por tanto, una equiparación de dos realidades distintas: el término real y el término imaginario. En virtud de la relación que se entabla entre ambos, surgen diversos tipos de metáfora. En la más habitual, ambos aparecen juntos: Vivir es morir de trago en trago. Pero también se puede prescindir del término real y solo escribir el imaginario: Las perlas de rocío. El valor de la metáfora radica en el significado que crea: básicamente, dice que  vivir es morir y que las gotas de rocío son perlas, a diferencia del símil, que dice que vivir es como morir y que las gotas de roció son como perlas, o que las analogías, que ofrecen un vínculo aún más vago entre los términos: Vivir se asemeja a morir de trago en trago. Las gotas de rocío parecen perlas.

 La metáfora es mucho más potente que el símil y la analogía porque el término imaginado posee mayor peso que el real al que reemplaza. Su fuerza reside en su capacidad para sustituir al término real, aportando nuevos sentidos e ideas y ampliando, a la vez que se cambia, el modo en que se piensa sobre algo. Sin embargo, en su misma fuerza radica también la limitación de la metáfora, puesto que el término imaginado no aporta solo parte de su significado, sino todo completo. Si digo soy un perro, asumo todo el significado que perro conlleva, no solo algunas de sus características. La asunción subyacente es que el término imaginado es acertado y, en caso de que exista conflicto de significados, el erróneo siempre es el término real, lo cual constituye una limitación y además es una trampa, pues tal vez la pretensión sería asumir algunos atributos, pero nunca los menos deseables. Así pues, las metáforas han de usarse con cuidado. Si escribo Irene es una zorra; Jaime, una foca, y Alicia, un puercoespín, los tres pasarán a convertirse en tales con todas las consecuencias: Ahí llegan la zorra, la foca y el puercoespín, dirán al verlos acercarse.

Las metáforas lexicalizadas son aquellas que por su uso continuado han dejado de percibirse como tales: el cuello de la botella, la falda del monte, la cresta de la ola; las alas de un ejército (que en latín se denominaban, también metafóricamente, cuernos, puesto que las metáforas no son iguales en todas las lenguas); incluso el adjetivo fabuloso tiene un origen metafórico por su derivación de fábula, aunque en la actualidad se considere una especie de superlativo de bueno. En cierto sentido, así es como evoluciona el lenguaje: alguien trata de explicar algo recurriendo a una palabra inusitada para crear una imagen, y con el paso del tiempo dicha palabra acaba en el acervo compartido del lenguaje una vez que la imagen original se pierde o evoluciona.

 Todas las metáforas libres creadas espontáneamente por un hablante, o incluso por un escritor, con afán consciente de originalidad, comparten una simbología previa común a las metáforas lexicalizadas, pues de lo contrario no se comprenderían. Para descubrir el origen metafórico de muchas palabras, es necesario estudiar la evolución de su significado.

 La alegoría se suele definir como una metáfora continuada; es decir, como una sucesión de metáforas relacionadas entre sí por analogía que, juntas, sugieren o simbolizan una idea compleja. El término proviene del griego y significa ‘hablar de manera figurada’. Ha sido un recurso literario muy empleada desde la Antigüedad en poesía y en prosa, e incluso existen obras que, en su conjunto, constituyen una alegoría, como la Divina comedia de Dante Alighieri.

 Un conocido ejemplo de alegoría son los versos elegíacos de Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre (ca. 1476), que comienza así: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir: / allí van los señoríos, / derechos a se acabar / y consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos; / y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos».

 Narraciones cortas con fines didácticos o moralizantes, como fábulas o parábolas, tienen con frecuencia carácter alegórico, pues de esta forma, suavizando el tono, es más fácil darse a entender y persuadir a quien lee o escucha. Asimismo, el lenguaje alegórico es habitual en el ámbito de la política, la publicidad y el periodismo. 

Metonimia y metalepsis

La primera palabra, de origen griego, significa ‘transposición’ o ‘mutación’, puesto que la figura consiste en designar una realidad con una palabra en lugar de otra, cuyo significado evoca por mantener una relación lógica de contigüidad, que puede ser de causa-efecto, de sucesión o de tiempo, de todo-parte, de materia-objeto, etc.: es de pluma fácil, por decir escribe bien; tiene buenas manos, por decir trabaja bien; carece de entrañas, por decir no tiene compasión; mujer de mucho seso, por decir mujer de mucho juicio; comió un buen plato, por decir comió una buena cantidad o un buen manjar; se fumó una pipa, por decir se fumó su contenido; juró lealtad a la bandera, por decir juró lealtad al país; ayer me bebí un burdeos, por decir me bebí un vino de Burdeos; vamos de vacaciones al mar, por decir vamos de vacaciones a una localidad junto al mar. La metonimia se acerca mucho a la metáfora, pero tiene un uso más específico, puesto que  está restringida a los sustantivos.

 La metalepsis es una especie de metonimia mediante la cual se expresa lo que se sigue para hacer entender lo que precede o al contrario. Es como si este tropo abriera la puerta para pasar de una idea a otra o, dicho de otro  modo, es un continuo juego de ideas accesorias que se llaman las unas a las otras. Son ejemplos de metalepsis expresiones como no te acuerdes de mis faltas, esto es, no las castigues; yo he vivido ya bastante, para decir ya me llega la muerte. La metalepsis es expresión gradual de la continuidad hacia lo que se deja ver y desde allí a lo que precede y lo que sigue como insinuación, pasando, sin ideas intermedias, de una significación directa a otra indirecta: Jacinto no verá muchos agostos, esto es, no vivirá muchos años; Elena tiene muchas navidades, es decir, tiene mucha edad.

 Una variedad productiva de la metalepsis la constituyen los casos en los cuales un autor es representado o se representa como agente de aquello que solo relata o describe, como en la oración Cervantes hace morir a don Quijote, que se comprende sin dificultad con el sentido de que Cervantes narra la muerte de don Quijote. Lo más interesante de esta variedad de metalepsis es su evolución para convertirse en metalepsis narrativa o ficcional, uno de los recursos narrativos más utilizados en la literatura moderna. Retomemos la frase Cervantes hace morir a don Quijote, cuya lectura literal es imposible: Cervantes el escritor/autor y don Quijote su personaje no están en el mismo plano ontológico y, por tanto, el asesinato/muerte ha de ser figurado. Sin embargo, tomado al pie de la letra, el enunciado también podría expresar que Cervantes se ha introducido en el plano ontológico de su obra para asesinar a don Quijote y, de este modo, estaríamos ante un relato de ficción de carácter fantástico. Así pues, al asumir el enunciado como un acontecimiento que ha sucedido en realidad (la muerte de don Quijote a manos de Cervantes), la figura retórica se desvanece para dar paso a la ficción: del tropo en el sentido establecido por la retórica clásica se ha pasado a la fructífera metalepsis de la narrativa moderna.

 Existe metalepsis narrativa cuando se juega al escribir con la doble temporalidad de historia y narración, cuando un personaje cambia de plano al salir de un cuadro, de un recuerdo, de un libro, etc., o cuando un mismo actor es héroe y comediante en un texto dramático. Estos juegos manifiestan siempre la importancia otorgada al límite que se pretende franquear a toda costa, recurriendo al ingenio y dejando atrás cualquier verosimilitud: esa frontera movediza pero consagrada entre dos mundos, aquel en el que se cuenta y aquel que se cuenta. 

Sinécdoque y antonomasia

La sinécdoque se suele considerar un caso particular de la metonimia. Consiste en designar una cosa mediante el nombre de otra con la que existe una relación de inclusión y, por tanto, puede utilizarse el nombre del todo por la parte o la parte por el todo, la materia por el objeto, la especie por el género y viceversa, el singular por el plural o lo abstracto por lo concreto: así, decimos acero por espada, brazo por trabajador, velas por barcos, las olas por el mar.

 Sin embargo, no siempre es posible tomar un nombre por otro: el sentido que se quiere dar a entender ha de presentarse con claridad y estar en cierto modo autorizado por el uso o una imagen lo bastante evocadora. Si de una armada compuesta por treinta navíos, se dijese que llegan a puerto treinta popas, resultaría una sinécdoque extraña. Cada parte no se toma por el todo, ni cada género por la especie, ni cada especie por el género. El uso y la aceptación son los que otorgan este privilegio a una palabra y no a otra.

 La antonomasia es una sinécdoque en la que se emplea el nombre apelativo por el propio o el propio por el apelativo: así, decimos la Ciudad Eterna por Roma, la Ciudad Condal por Barcelona, la Ciudad Luz por París, el País del Sol Naciente por Japón, una Juana de Arco por una heroína, un judas por un traidor, un donjuán por un conquistador, una venus por una mujer bella, un nerón por un hombre cruel, una Mata Hari por una conquistadora, un demóstenes por un buen orador o un Hitler por un dictador sanguinario. Según el Diccionario de la lengua española académico, la locución adverbial por antonomasia significa que a determinada persona o cosa le conviene el nombre apelativo con que se la designa porque es, entre todas las de su clase, la más importante, conocida o característica: Torquemada es el inquisidor por antonomasia. Aristóteles es el filósofo por antonomasia. La anticonceptiva es la píldora por antonomasia.

 A modo de conclusión, cabría afirmar que en todos sus usos, los tropos suponen un procedimiento de sustitución de una palabra por otra, pero no por sinónimos, sino por palabras con un significado diferente. 

© Texto compendiado de mi manual de escritura La lengua destrabada (Madrid: Marcial Pons, 2017), donde se puede obtener una explicación más extensa al respecto. 


Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
La lengua destrabada






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lunes, 6 de junio de 2022

Retórica y escritura (I)

Desde la Antigüedad, la retórica se ha definido como el arte de persuadir mediante la palabra. El mismo Aristóteles la concibe como un arte, entendido este como técnica u oficio y no como condición estética, y aunque la considera la contraparte de la dialéctica, la tradición la ha asociado a la poética más que a la lógica:

La retórica es una antistrofa de la dialéctica, ya que ambas tratan de aquellas cuestiones que permiten tener conocimientos en cierto modo comunes a todos y que no pertenecen a ninguna ciencia determinada. Por ello, todos participan de alguna forma de ambas, puesto que, hasta un cierto límite, todos se esfuerzan en descubrir y sostener un argumento e, igualmente, en defenderse y acusar. Ahora bien, la mayoría de los hombres hace esto, sea al azar, sea por una costumbre nacida de su modo de ser. Y como de ambas maneras es posible, resulta evidente que también en estas materias cabe señalar un camino. Por tal razón, la causa por la que logran su objetivo tanto los que obran por costumbre como los que lo hacen espontáneamente puede teorizarse; y todos convendrán entonces que tal tarea es propia de un arte (Aristóteles, 1983: I. 1354.a ss.).

 Como disciplina, la retórica es el conocimiento de cómo el ser humano construye su mundo mediante la palabra. Su objeto es el estudio de los mecanismos necesarios para fabricar un discurso capaz de convencer a un auditorio. Y puesto que es una disciplina del discurso, está relacionada con las demás que comparten su objeto.

Durante muchos siglos, la retórica constituyó una parte medular del sistema educativo de Occidente y se convirtió en preceptiva: si se podían describir los procedimientos utilizados por los autores clásicos que habían creado grandes discursos o excelentes obras literarias, bastaría con inventariar dichos procedimientos y emplearlos de nuevo para obtener textos de la misma calidad. Así surgieron las listas de preceptos considerados de obligado cumplimiento para expresarse bien.

Las preceptivas se desarrollaron hasta el siglo xix, aunque en  su largo camino contribuyeron al desprestigio creciente de la retórica, puesto que la imitación mecánica se demostró estéril, y su enseñanza pareció cada vez más inútil. Sin embargo, hasta entrado el siglo xx la mayor parte del estilo literario estuvo en buena medida delineado por la retórica académica, con una única excepción notable: el estilo literario de las escritoras, puesto que ellas no habían recibido enseñanza reglada en las instituciones educativas tradicionales que instruían en retórica, poética  y el resto de materias en latín. Sin duda, estas escritoras también recibieron la influencia de las obras masculinas que habían leído y que formaban parte de la tradición académica basada en el latín, pero ellas solían expresarse en un lenguaje distinto, mucho menos oratorio, lo cual, unido a intereses diversos, parece que contribuyó al nacimiento de la novela (Ong, 1987: 75-76).

El Diccionario de la lengua española académico, además de definir la retórica como «arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover» y como «teoría de la composición literaria y de la expresión hablada», añade dos acepciones negativas: «despectivo, uso impropio o intempestivo de este arte» y «coloquial, sofisterías o razones que no son del caso»: ambas recogen el sentido que en la actualidad se le ha atribuido como de discurso manipulador o hueco. Pero también la retórica mantiene ahora una estrecha relación con la estilística, propiciada por sus puntos de coincidencia. Cabría considerar que en muchos aspectos la estilística actual es la continuación de la retórica clásica, la cual ya prácticamente no existe como disciplina autónoma desde finales del siglo xix.

La recuperación actual del sistema retórico en sus aspectos estilístico-expresivo y persuasivo-argumentativo y la concepción del discurso no solo como texto, sino también como hecho retórico ha conducido a una retórica general literaria capaz de proporcionar una teoría completa del discurso literario e ilustrar cada uno de sus niveles (semántico, sintáctico, pragmático) desde todas las perspectivas (creativa, inmanente o receptiva).

Las partes en que tradicionalmente se divide la retórica, denominadas con la terminología latina, que a su vez es traducción de la griega, son cinco: la inventio (invención) trata sobre qué decir. Es la parte que enseña a hallar argumentos verdaderos o verosímiles que hagan plausible una idea; en definitiva, enseña a encontrar la temática conveniente. La dispositio (disposición) trata del orden expositivo y de la articulación de los argumentos y el resto de elementos para que resulten eficaces. Se puede distinguir un orden natural (ordo naturalis) cuando prima la sucesión de los elementos en virtud del curso de los argumentos, la secuencia cronológica de los hechos o la conexión de las ideas; y un orden artificial (ordo artificialis), cuando se trastrueca el orden natural en aras de mejorar la persuasión o por exigencias estéticas. La elocutio (elocución) enseña a dar forma a las ideas en expresiones apropiadas; a adornar el lenguaje para atraer al público que escucha o lee mediante una serie de recursos, entre los que destacan las figuras retóricas. La memoria (memoria) instruye sobre cómo recordar los distintos elementos del discurso en un orden específico. Y, por último, la actio o pronuntiatio (acción o pronunciación) enseña el modo de poner en práctica el discurso. Las dos últimas partes pertenecen al discurso oral y no al escrito.

Por figuras retóricas ―llamadas en la actualidad también literarias― se entienden aquellos artificios mediante los cuales se varía el uso normal del lenguaje para conseguir un efecto estilístico. Bien empleadas, sorprenden por su originalidad y mejoran la comunicación por su poder de sugerencia y persuasión. Pero una figura es más que un revestimiento u ornato: es también un instrumento indispensable de conocimiento, pues mediante ellas se construye un modo de representación del mundo que no puede ser reducido, sino solo traducido o interpretado a otro modo de expresión: Juan es un tigre frente a Juan es valiente y arriesgado. Por este motivo, las figuras no solo pasaron al lenguaje literario, sino también al periodístico, al publicitario y al político.

A lo largo de la historia de la retórica se realizaron muchas clasificaciones de las figuras. La división clásica distinguía entre figuras de dicción y figuras de pensamiento, según afectaran a la forma o al significado de las palabras, pero debido a los problemas que creaba, se pretendió mejorarla con sucesivos inventarios que respondían a los diferentes planos lingüísticos (fonético, morfosintáctico o semántico). Como consecuencia, la lista de figuras retóricas, con sus divisiones y subdivisiones en virtud de diversas consideraciones a menudo difíciles de recordar, es prolija y en buena medida inútil para la escritura: se trata en general de un catálogo para el estudio del texto construido a posteriori que, dentro de la elocutio, pretende abarcar todas las posibilidades de expresión, atendiendo a sus cualidades, que son la corrección (puritas), la claridad (perspicuitas) y la belleza (ornatus). Dentro de este último marco de la belleza es donde se concebían las figuras como un adorno añadido al discurso normal o habitual del lenguaje, que se obtenía mediante tres formas: transgresiones de la norma (claridad y corrección) que, puestas al servicio del valor expresivo, se convierten en licencias; repeticiones, cuando se utilizan para aumentar la intensidad; y recurso deliberado a mecanismos por lo demás ordinarios de la lengua con el propósito de conseguir mayor expresividad o intensidad (Garrido, 2004: 225-226).

La mayoría de los buenos escritores emplean excelentes figuras retóricas sin pararse a pensarlo ni poner etiquetas, y son otros eruditos quienes las desentrañan y comentan al analizar sus textos. Algunas figuras retóricas son habituales en el lenguaje cotidiano aunque no nos demos cuenta. Si decimos, por ejemplo, tengo un hambre que me muero, estamos utilizando una hipérbole (una exageración desproporcionada); si comentamos que nuestro portero pasó a mejor vida, recurrimos a un eufemismo (perífrasis para ocultar con una expresión amable una palabra o realidad desagradable, en ese caso, la muerte); si afirmamos comer para vivir y no vivir para comer, empleamos un quiasmo (figura de organización sintáctica que consiste en una repetición con inversión de las palabras), semejante al estribillo gongorino, basado en un refrán popular, «cuando pitos, flautas, / cuando flautas, pitos» («Da bienes fortuna», 1581); y esforzándonos un poco más, podremos llegar al retruécano, que es un quiasmo más complejo (esto es, una figura de repetición en la que las palabras cruzan además sus funciones sintácticas), como me río en el baño y me baño en el río o ni dices lo que sientes ni sientes lo que dices.

Entre las figuras de dicción que relacionan sonido y sentido con fines expresivos, destaca la aliteración (repetición sistemática de un mismo fonema o sonido, sobre todo consonántico, en un enunciado), como en el verso de Rubén Darío «con el ala aleve del leve abanico» («Era un aire suave», 1896) o en la blanca vela vuela blanda, veloz. Asimismo, es un recurso frecuente en las rimas infantiles y los trabalenguas, como cuenta cuántos cuentos cuentas o tres tristes tigres comen trigo en un trigal. En el caso de la figura conocida como calambur, el significado cambia según se agrupen las sílabas del enunciado: ató dos palos frente a a todos, palos. Por su parte, el zeugma es una interesante figura retórica que se construye por omisión: consiste en utilizar una sola vez una palabra común para varios elementos análogos de la oración (un verbo para varios sujetos, un adjetivo para varios sustantivos, etc.). Dentro del zeugma se distingue el simple, cuando el elemento sobrentendido es idéntico al que sí se ha enunciado: La vi marcharse pero no (la vi) volver; y el complejo, cuando al final de una serie de elementos del mismo nivel sintáctico se introduce uno perteneciente a otro diferente, que aporta sensación de sorpresa y ruptura: Y en mitad de la alegría que estallaba y mil vivan, que vivan los novios,  aparecieron ellas, vestidas de andrajos y desaliento. Junto a la puerta, la madre gritó su prisa, con las llaves ya en la mano y ganas de cerrar.

Con el recurso al oxímoron se enfrentan dos palabras o expresiones de significado literalmente contradictorio, como música callada, soledad sonora, hielo ardiente, muerto viviente o secreto a voces. La sinestesia, para finalizar, define la mezcla y confusión de las cualidades percibidas por los distintos sentidos corporales: colores sonoros, ojos habladores, oídos que nos miran, olor agrio a leche cortada, silbido blando de la tarde consumida.

Los tropos, esas figuras retóricas complejas que han alcanzado una importancia extraordinaria en la escritura literaria, merecen un trato detenido y aparte, que en breve se les dedicará.


 Referencias bibliográficas

Aristóteles (1983). Retórica. Edición del texto con aparato crítico, traducción, prólogo y notas de Antonio Tovar, Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.

Garrido, M. A.; A. Garrido, y A. García Galiano (2004. Nueva introducción a la teoría de la literatura, Madrid: Síntesis.

Ong, Walter J. (1987). Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, trad. de Angélica Scherp, México: Fondo de Cultura Económica.

© Texto compendiado de mi manual de escritura La lengua destrabada (Madrid: Marcial Pons, 2017), donde se puede obtener una explicación más extensa al respecto. 



Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
La lengua destrabada