miércoles, 31 de octubre de 2018

Viajar por Perú



Viajar por Perú
Por fin hemos podido realizar un viaje planeado en incontables ocasiones a lo largo del tiempo, pero siempre pospuesto por azares que surgían de improviso para malograrlo. A comienzos de este mes de octubre, volamos a Lima, la capital de Perú. Un momento: ¿Perú o el Perú?
Las dos escrituras, con artículo o sin él, son posibles. Valentín García Yebra  (Teoría y práctica de la traducción: II, 447) expuso esta particularidad ―compartida en la actualidad por otros países e incluso continentes― del siguiente modo:

El español, en la época de gran influjo francés, anteponía el artículo a muchos nombres de países que hoy no lo llevan: «la Francia», «la Alemania», «la Italia», «la Turquía», «la China»; hoy conservan aún el artículo bastantes nombres de países, sobre todo americanos, pero con tendencia a perderlo: (el) Canadá, (los) Estados Unidos, (el) Uruguay, (el) Ecuador, y, con más firmeza, El Salvador, La Guayana, y algunos países asiáticos: la india, el Tíbet, el Japón (este algo vacilante), o africanos: el Congo, el Camerún. 
 
Sin duda, es imperativo incluir el artículo (con mayúscula inicial) en aquellos topónimos en los que forma parte del nombre propio ―como ocurre con El Salvador, La Rioja o La Meca en nuestros tiempos―, y frecuente, utilizarlo cuando los países lo tienen en su nombre oficial: República del Perú, República del Ecuador o República del Congo, por ejemplo. Además, son la costumbre, el uso literario o la preferencia (¿estética?) de quien escribe los que determinan que se opte por el África o África; el Líbano o Líbano; la India o India.


Plaza de Armas, Lima
Pero volvamos al Perú, país situado en el oeste de América del Sur, cuyo territorio, por simplificar, se podría dividir en tres regiones naturales: la extensa costa del Pacífico; la elevada sierra o región andina, y la selva tropical o región amazónica. Descuella ante todo por contarse entre los  países con mayor diversidad biológica y más abundantes recursos minerales. La lengua más hablada es el español, pero también se utilizan y enseñan en las escuelas, según las zonas, otras lenguas nativas como el quechua o el aimara. Son muchos los atractivos que ofrece a quien lo visita: sitios arqueológicos, poblados altiplánicos, ciudades coloniales, asombrosos escenarios naturales, flora y fauna autóctonas, una cocina exquisita…  Pero Perú no había entrado en mi imaginación ni en mis planes de viaje por nada de esto. Lo había hecho, durante mis ya lejanos años de estudios universitarios, por motivos  literarios.

Puente de los Suspiros, Barranco
Entonces, en mi juventud  soñadora y melancólica, descubrí a los cronistas de Indias, al Inca Garcilaso de la Vega, a Clorinda Matto de Turner y, sobre todo, a Ciro Alegría, César Vallejo, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. Con ellos me había adentrado en la grandiosa geografía del territorio, las culturas precolombinas y las vicisitudes de  indios, mestizos y mujeres; había subido a la sierra y bajado a la costa, transitado por la selva y sumido en las minas; había escuchado la música orquestada por ríos, vientos, árboles, insectos o pájaros, y los múltiples sonidos que acompasaban la rutina diaria, desde el tintineo de los cubiertos al repique de las campanas o la descarga de las armas: «¿Quién puede ser capaz de señalar los límites que median entre lo heroico y el hielo de la gran tristeza? Con una música de estas puede el hombre llorar hasta consumirse, hasta desaparecer, pero podría igualmente luchar contra una legión de cóndores y de leones o contra los monstruos que se dice habitan en el fondo de los lagos de altura y en las faldas llenas de sombras de las montañas» (José María Arguedas, Los ríos profundos: 236).

Al fondo, Casa de la Literatura Peruana
En Lima nos hospedamos en el distrito vargasllosiano de Miraflores, por el cual callejeamos, visitamos parques y jardines, y paseamos por el alto malecón hasta llegar al Puente de los Suspiros en Barranco que hizo famoso Chabuca Granda. La capital es extensa e imposible de recorrer a pie. Como no dispone de un buen servicio público de transportes, el tráfico es endemoniado y para llegar al centro histórico, nos recomendaron tomar un taxi. Pero hay que tener cuidado: cualquier ciudadano puede dedicarse a ese negocio en sus horas libres y ninguno lleva taxímetro, motivo por el cual es necesario concertar el precio de la carrera antes de subir al automóvil elegido. No es prudente además parar taxis por la calle. Nosotros los tomábamos siempre de las paradas que hay delante de los hoteles.

La Plaza de Armas, delimitada por los edificios del Palacio de Gobierno, la catedral, la iglesia del Sagrario, el Palacio Arzobispal, el Palacio Municipal y el Club de la Unión, es el principal espacio público de la capital. Su nombre es sinónimo de ‘plaza mayor’, pero hace alusión al hecho de que en toda la América hispana, al ser construidas dichas plazas durante la colonia, se preveía su utilización como punto de reunión obligado en caso de ataque, por lo cual, además de los edificios públicos principales, había en ellas arsenales para la defensa. En la actualidad, en la hermosa Plaza de Armas limeña, dentro del atrio del Palacio de Gobierno, se realiza a diario, a las 11:45, una vistosa ceremonia de cambio de guardia que incluye un concierto de la banda militar con piezas marciales clásicas y otras  más sorprendentes, como El cóndor pasa, partes del Carmina Burana o algunas otras piezas que suenan a música popular.

Plaza de Armas de Arequipa
Todas las ciudades y pueblos importantes que visitamos conservan espaciosas y cuidadas plazas de armas donde se reúne la gente a hablar o descansar en sus bancos. Nos gustaron sobre todo la de Arequipa, con su enorme catedral en el lado norte,  y la de Cuzco, con soportales que recuerdan los de muchas plazas mayores españolas.

«Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?». Así comienza Conversación en la catedral,  la novela cumbre de Vargas Llosa y uno de los hitos de la literatura en lengua castellana. Mientras ascendíamos en autobús por el Valle interandino del Colca y empecé a sentir los estragos de la altura, se me vino a la cabeza esa pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú? El país gana cuando se contempla la grandiosidad de su geografía, de su naturaleza, cuando se deja atrás la pobreza que se agolpa en calles y más calles polvorientas de casas a medio construir en los suburbios de las ciudades.

Valle del Colca, desde el Mirador de la Cruz del Cóndor
El Valle del Colca impresiona con sus paisajes montañosos de pendientes a tramos pronunciadas y a tramos suaves, aterrazadas, con sus pastos y cultivos, sus bofedales, sus láminas de agua y los rebaños de vicuñas, alpacas y llamas. Hay aguas termales, géiseres y volcanes que lanzan fumarolas. Desde la zona del Mirador de la Cruz del Cóndor, avistamos abundantes cóndores posados y aguardamos pacientes a que las corrientes térmicas ascendentes de aire cálido fueran propicias para observar su vuelo majestuoso. Nos habían informado de que es el ave voladora más grande y pesada del planeta; la que tiene mayores alas y vuela a una altura superior. Como se alimenta de animales muertos, los lugareños arrojan despojos a su hábitat del cañón para que no lo abandonen.

Písac
A pesar de que al mal de altura se había sumado una diarrea del viajero ―tal vez por la ingesta continuada de hojas secas de coca para combatirlo―, el cenit del itinerario llegó cuando alcanzamos el Valle Sagrado, situado a las orillas del río Urubamba. Su clima es templado, la altura no es tan elevada y alberga numerosos sitios arqueológicos y poblaciones de gran interés: Chinchero, Písac, Urubamba y, sobre todo, Ollantaytambo, con su imponente fortaleza en la montaña. Desde la estación de Ollantaytambo sale el tren que lleva a Aguascalientes, donde dormimos, arrullados por las aguas del río, antes de visitar al día siguiente Machu Picchu.

Llovía cuando tomamos el autobús para ascender por la estrecha carretera de ripio que conduce hasta una de las nuevas siete maravillas del mundo, situada en la Cordillera Central de los Andes peruanos. Había bruma en las quebradas, y la fila de visitantes, cubiertos con capas de lluvia y algunos paraguas, serpenteaba ruinas arriba, tomando fotos donde los guías indicaban dentro de su explicación más o menos erudita. La zona arqueológica forma parte del Santuario Histórico de Machu Picchu, que en sus más de 32 000 hectáreas protege diversas especies biológicas en peligro de extinción y varios sitios incaicos, de los cuales Machu Picchu es el principal.

Ascendiendo por Machu Picchu
Nos contaron que la quebrada de Picchu, a medio camino entre los Andes y la selva amazónica, había sido ocupada por agricultores de las regiones de Vilcabamba y el Valle Sagrado que necesitaban extender sus cultivos. A grandes rasgos, el sitio se divide en dos zonas: la dedicada a la agricultura, en la que se aprecian multitud de terrazas de cultivo, y la urbana, donde se encuentran las ruinas de edificaciones destinadas a las actividades civiles y religiosas. A pesar de lo que nos contaron guías noveleros, parece que nunca fue una «ciudad perdida» ni un refugio secreto. Pero es cierto que su importancia decayó con el curso de la historia y la irrupción de los españoles. 

El profesor de historia estadounidense Hiram Bingham fue quien, en 1911, «redescubrió» el sitio, guiado por hacendados locales, y debe reconocérsele el mérito de haber sabido apreciar su importancia. Además, constituyó un equipo multidisciplinario para estudiar el sitio y divulgó sus resultados al mundo. La fama de Machu Picchu, rodeado de misterio, comenzó a crecer. En la actualidad, es casi imposible visitar el lugar si no se concierta con mucha antelación un tour guiado. Los visitantes diarios que llegan a Aguascalientes están tasados y se debe elegir un horario para ascender a las ruinas: de 6 a 12 de la mañana o de 12 a 6 de la tarde. Los billetes del tren y del autobús son nominativos y, si se pierden,  no es posible ingresar. 

Si hubiera sido la esposa de Lot, me habría convertido en estatua de sal, pues cuando el guía nos comunicó que debíamos marcharnos porque se acababa el tiempo, me recuerdo girándome una y otra vez en el camino de descenso para contemplar ese lugar mágico que tal vez no vuelva a visitar nunca más en mi vida. Merece la pena.

Plaza de Armas de Cuzco
Mientras esto escribo, de vuelta entre mis cosas y libre por fin de los males que me han aquejado largos días, voy repasando recuerdos, agrandándolos, hermoseándolos, como hacían los cronistas de Indias para convencer a sus señores y soberanos castellanos de que habían encontrado territorios extraordinarios. Yo doy fe de que lo son: me deleito con la memoria de impresiones, olores y sabores: cacao, nueces pecanas, maíz, palta, papas, chirimoyas, granadillas… Probamos el chupe de camarones, el ají de gallina, la canilla de alpaca, los suspiros limeños, y los alfajores y antojitos arequipeños. Nos hizo un tiempo cambiante, ahora frío, ahora calor; en algunos lugares, clima seco que cortaba los labios; en otros, húmedo que aleonaba la melena. Llovió y salió el sol. Escuchamos truenos mezclados con cohetes; los niños de un colegio nos pidieron autógrafos por el mero gusto de coleccionar firmas curiosas; dimos de comer a alpacas y llamas; pudimos machacar una grana cochinilla para extraer el tinte púrpura de su interior. Y en todas partes encontramos personas amables que nos facilitaron la estancia.

Realizamos todas las excursiones con Viajes Pacífico, cuyo personal demostró una gran profesionalidad en todo momento.









Referencias bibliográficas
Arguedas, José María (1971): Los ríos profundos, Buenos Aires: Losada.
García Yebra, Valentín (1989): Teoría y práctica de la traducción, 2 ts., Madrid: Gredos.
Vargas Llosa, Mario (1981): Conversación en la catedral, Barcelona: Seix Barral.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  











jueves, 4 de octubre de 2018

Atardeceres de lavanda: Brihuega



lavanda Brihuega
«La Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir. Yo anduve por él unos días y me gustó. Es muy variado, y menos la miel, que la compran los acaparadores, tiene de todo: trigo, patatas, cabras, olivos, tomates y caza. La gente me pareció buena; hablan un castellano magnífico y con buen acento y, aunque no sabían mucho a lo que iba, me trataron bien y me dieron de comer, a veces con escasez, pero siempre con cariño», escribió Camilo José Cela en la dedicatoria de su libro de viajes en 1948. 

A esta viajera también le gusta La Alcarria del siglo xxi, esa comarca natural, famosa sobre todo por su miel y su queso, que abarca buena parte del centro y sur de la provincia de Guadalajara y el noroeste de la provincia de Cuenca ―ambas pertenecientes a Castilla-La Mancha―, así como el sureste de la Comunidad de Madrid. Hasta casi finales del siglo xx, los  mieleros ambulantes, tocados con boina negra y vestidos con un ancho blusón, abandonaban la comarca para recorrer la Península Ibérica pregonando a los cuatro vientos: «¡Miel y queso de La Alcarria! ¡A la rica miel!».  

La abundancia de plantas aromáticas como el romero, el tomillo y el espliego o lavanda posibilitan la apicultura de la que resulta  esa miel. Caracterizan el paisaje de la comarca los ríos y arroyos que moldean valles y vaguadas, quebrando el páramo. Solo en su parte occidental ―dentro de la Comunidad de Madrid— y en el oeste de la provincia de Guadalajara se mantiene una densidad de población creciente por su cercanía con la villa de Madrid, capital del reino. El resto de la comarca, a pesar de su belleza paisajística, languidece y va despoblándose. Está envejeciendo. Forma parte de esa España interior tranquila, casi vacía que, estando tan cerca del bullicio urbano, se conserva como un remanso de paz, un territorio virgen al que no llegan las hordas de turistas.

Y, sin embargo, a la comarca no le faltan méritos: como dice Cela, «es un bonito país al que a la gente no le da la gana ir».  Por desconocimiento, probablemente. La  mayoría de los pueblos guardan imponentes edificios de piedra que hablan de tiempos mejores, antiguos. Castillos, murallas, palacios, iglesias de mérito salpican el paisaje. Hablan de la próspera Edad Media.

Uno de esos pueblos de pasado ilustre es Brihuega. Enclavada en el valle del río Tajuña, a 33 kilómetros de Guadalajara y 93 de Madrid, se la conoce como el Jardín de La Alcarria. Conserva la muralla del siglo xii con tres puertas originales y un espléndido casco antiguo, de piedra, con iglesias y plazuelas que alegran la vista; están la fuente de los doce caños, los antiguos lavaderos y una Fábrica Real de Paños que ya no fabrica nada, pero que conserva un jardín romántico, colgado sobre un altozano, que mira a la fértil vega del Tajuña, el castillo de la Piedra Bermeja y el Museo de Miniaturas.

Apunta Cela en su libro de viajes que Brihuega «tiene un color gris azulado, como de humo de cigarro puro». Puede que así fuera en los tristes años de posguerra. Ahora Brihuega es del color de la lavanda. Huele a lavanda y espliego, que florecen de junio a agosto. Es una experiencia inolvidable visitar las más de 1000 hectáreas de campos de lavanda florida, lista para la cosecha, a finales de julio. En el momento en que las suaves colinas se tiñen de ese color brillante que va del azul liláceo al morado, Brihuega se engalana para celebrar su cada vez más famoso festival de verano.

La puesta de sol es el mejor momento para visitar los campos de lavanda. Miles de abejas laboriosas polinizan las plantas, volando de flor en flor, y su zumbido resuena poderoso, sobrecogedor. Al principio impone adentrarse en los coloridos surcos vegetales; luego, cuando se comprueba que las abejas están a lo suyo y no atacan si no son molestadas, nadie se resiste a avanzar paso a paso para tomar magníficas fotos que sirvan de recuerdo.

El Festival de la Lavanda congrega a mucha gente y las entradas para sus conciertos en medio de los campos floridos al atardecer se agotan enseguida. Pero la visita a los campos es libre a cualquier hora y siempre merece la pena contemplar como la luz del sol va cambiando las tonalidades de la lavanda floral.


 La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  










martes, 2 de octubre de 2018

Croquetas, albóndigas y murciélagos



croquetas
Quién es capaz de resistirse a una buena croqueta, crujiente por fuera, cremosa por dentro, con su recado de besamel y jamón, pollo, jambas, setas… Su variedad es tan amplia como la popularidad que ha alcanzado en nuestra cocina española. Sin embargo, tanto la croqueta como su salsa interior ―besamel o besamela― tienen origen francés.  Explica María Moliner (Diccionario de uso del español, 1981) que la voz ‘croqueta’ deriva del francés croquette, que a su vez proviene de  croquer, verbo con raíz onomatopéyica, documentado desde el siglo xiii, con el cual se designa el ruido seco que se hace al morder o mascar algo susceptible de provocar dicho sonido. Nuestras voces ‘crocante’ y ‘croquis’ tienen la misma procedencia: la primera equivale a ‘crujiente’, y la segunda, a ‘esbozo’, puesto que el verbo francés croquer también tiene el significado de ‘bosquejar’. El Diccionario de la lengua española (RAE) recoge todas estas palabras, pero no el vulgarismo tan extendido ‘cocreta’, que surge por una alteración de los sonidos silábicos dentro de la palabra, conocida en lingüística como metátesis y bastante habitual en nuestra lengua. Son errores por metátesis igual de vulgares que ‘cocreta’ las voces ‘cluquillas’ por ‘cuclillas’, ‘dentrífico’ por ‘dentífrico’, ‘pedreste’ por ‘pedestre’, ‘pograma’ por ‘programa’, ‘Grabiel’ por ‘Gabriel’, ‘metereológico’ por ‘meteorológico’ o ‘visicitudes’ por ‘vicisitudes’.  Sin embargo, también hay palabras provenientes de metátesis durante su evolución del latín a la lengua romance que sí han logrado imponerse y ser aceptadas en la lengua culta castellana: sirvan como ejemplos crocodilus, que se convirtió en ‘cocodrilo’; crusta, que  pasó a crosta  y por fin a ‘costra’; o ‘murciégalo’, diminutivo de  mus caeculus (‘ratón ciego’ en latín), que se convirtió en ‘murciélago’. Es de señalar, en este último caso, que ambas palabras están aceptadas, aunque en el diccionario académico se especifica que ‘murciégalo’ es voz desusada y de uso vulgar. El mismo diccionario recoge además ‘murceguillo’ y ‘morceguillo’ como sinónimos para ‘murciélago’. 

Nadie habituado a la cocina española confundiría una croqueta con una albóndiga y, sin embargo, si se busca en el Diccionario general francés-español de Larousse la definición de la croquette francesa, aparece lo siguiente: «f. culin  albóndiga, albondiguilla, croqueta (de viande), bola de patatas (de pommes de terre) // chocolatina, croqueta (de chocolat)».  Y si es un diccionario de la lengua inglesa el que se consulta como, por ejemplo, el Cambridge dictionary, se lee: «a small, rounded mass of food, such as meat, fish, or potato, that has been cut into small pieces, pressed together, covered in breadcrumbs and fried». ¿Croqueta o albóndiga?  Parece que en otras cocinas las diferencias no son tan evidentes.

A comienzos del siglo xvii, en su Tesoro de la lengua castellana, o española (1611), Sebastián de Covarrubias ya definía con precisión lo que se entendía en nuestra lengua y nuestra cocina por el término ‘albóndiga’:

El nombre y el guisado es muy conocido. Es carne picada y sazonada con especies, hecha en forma de nueces o bodoques, del nombre bunduqun, que en arábigo vale tanto como avellana, por la semejanza que tiene en ser redonda. Y bunduqun propiamente significa la ciudad de Venecia, de donde llevaron las posturas de los avellanos, o su fruta. Y por eso le pusieron el nombre de la tierra de do se llevó, como es ordinario, pues decimos damascenas y zaragocies a las ciruelas de Damasco y Zaragoza, bergamotas y pintas a las peras de Bérgamo y Pinto, &c. Esta interpretación es de Diego de Urrea. El padre Guadix dice que albóndiga, que vale carne picada y mezclada con otra. El diminutivo de albóndiga es albondiguilla. Juan López de Velasco dice viene del nombre bonduq, que en arábigo vale cosa redonda.

Aunque la variedad de ingredientes añadidos tal vez haya aumentado con el paso de los siglos, el significado de la palabra ‘albóndiga’ permanece invariable. Lo demuestra la exposición que hace de ella María Moliner en su diccionario, estableciendo su procedencia «del árabe ‘(al)búnduca’, la bola»,  y añadiendo que es nombre «aplicado a unas bolas de tres o cuatro centímetros de diámetro que se forman con carne o pescado picado muy menudamente, mezclados con huevo, ralladuras de pan y especias, que se rebozan con harina, se fríen primero y se guisan con una salsa después». Parece que las albóndigas han ido aumentando de tamaño en nuestra cocina actual y que en recetarios de siglos pasados se asemejaban más a las avellanas e incluso se cocían en una salsa de estas y también de almendras. Desde luego, las que se guisan en salsa de tomate, muy habituales en la actualidad, solo pudieron elaborarse de este modo después de la llegada de los castellanos a América a finales del siglo xv, puesto que los tomates de aquende proceden de los que se cultivaban allende los mares.

Observando su raíz etimológica, se comprende que la forma inicial de esta palabra en castellano habrá sido ‘albóndiga’, si bien Joan Corominas, en su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (1980-1991), menciona la variante castellana ‘almóndiga’ en el siglo xv  y  los diminutivos ‘albondeguilla’ y ‘albondiguilla’ en el siglo xvi.  Por tanto, no es de extrañar que  el Diccionario de autoridades (1726-1739), el primero que publicó la Real Academia Española, recoja la voz ‘almóndiga’, remitiendo a ‘albóndiga’, así como ‘almondiguilla o almondeguilla’, de las que afirma que son «voces corrompidas de Albondiguilla, que es como debe decirse». Añade el siguiente ejemplo: «Que no hai cazuela, / Relleno, ni gigóte, / Inglesas tortas, ni pastél en bote, / Mondogo, manjar blanco, almondeguillas, / Chorizos, salchichones, ni morcillas». De finales de ese mismo siglo son unos versos de Francisco de Quevedo, titulados «Los sopones de Salamanca» e incluidos en sus Obras jocosas (1798): «Catalina de Perales […] / muy poco culta de caldos / por su claridá infinita: / abreviadora de trastos / dentro de una almondiguilla».

Tal parece que ‘albóndigas’ y ‘almóndigas’ convivieron en la lengua castellana desde hace largo tiempo, incluso mezclándose en las mismas ollas. Ese mismo cambio de consonante b por m se dio en otro par de palabras, ‘vagabundo’ y ‘vagamundo’: la primera proviene del adjetivo latino vagabundus, formado por el verbo vagare más el sufijo productivo -bundus, que en castellano se convirtió en el sufijo culto -bundo/a, con el cual se forman adjetivos, partiendo de verbos, que añaden al significado intensidad o duración: morir, moribundo/a; meditar, meditabundo/a; errar, errabundo/a. La segunda palabra del par se aleja del adjetivo latino, vagabundus, y crea una nueva etimología popular, como si se tratara de una palabra compuesta: vaga-mundo, persona que vaga por el mundo. El DRAE actual incluye todas estas palabras, pero no en plano de igualdad. Esto es lo crucial: la palabra culta es ‘albóndiga’ y su diminutivo ‘albondiguilla’; la vulgar, ‘almóndiga’ y su diminutivo ‘almondiguilla’; ‘vagabundo/a’ es la palabra culta, mientras que ‘vagamundo/a’ es la palabra vulgar y desusada. Añado aquí la acepción informal y vulgar que aparece en el diccionario de María Moliner para ‘albondiguilla’: «Se aplica a las pelotillas de moco seco que hacen a veces los chicos con el que se sacan de las narices».

El uso de la lengua que hacen sus hablantes coloca cada palabra en un lugar, le confiere un estatus determinado, y el diccionario no hace más que reflejarlo cuando queda asentado por el paso del tiempo. Por eso es tan importante su consulta, ahora tarea facilísima gracias a internet. Por supuesto, cada cual es libre de elegir cómo habla y cómo escribe; qué palabras emplea y cuáles rechaza. Pero no da igual. Nunca es lo mismo.  


La lengua destrabada

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martes, 28 de agosto de 2018

Descenso en canoa por los ríos Cares y Deva



Desde que, años atrás, hicimos el descenso del Sella, nuestras vacaciones familiares en el norte de España incluyen todos los veranos el descenso en canoa de algún río. Esta vez, en la segunda quincena de agosto, elegimos la ruta de 24 kilómetros del Cares bajo y el Deva medio y bajo hasta su llegada a Unquera.

El Cares es un río de montaña que nace en León, en el sur de los Picos de Europa, y corre por Asturias hasta afluir en el río Deva casi a la altura de Panes, la capital del concejo asturiano de Peñamellera Baja. Una vez unidos, el río Deva prosigue su curso descendente por la ancha vega de Siejo-Panes, llega al Pozo de Loja y se va estrechando y ensanchando a medida que discurre entre frondosos valles, vegas y pasos angostos hasta llegar a su desembocadura en la ría de Tina Mayor, entre los pueblos de Bustio (Asturias) y Unquera (Cantabria).

Las abundantes lluvias de los meses pasados han aumentado el cauce de los ríos de la vertiente cantábrica y acelerado la corriente de sus rápidos. Por este motivo, cuando contratamos el descenso con la empresa Canoas Río Deva ―cuya sede está en Unquera―, pedimos un guía para el tramo del Cares. La ruta comenzó con el desplazamiento en una furgoneta de la empresa hasta un punto del término de Niserias (Asturias) donde, cruzando la carretera, bajamos una pequeña pendiente con las canoas para echarlas al río Cares. Íbamos de dos en dos con el guía delante, siguiendo sus instrucciones para navegar los rápidos. Pronto aprendimos a «leer» el río, a prever lo que nos encontraríamos, y disfrutamos del espectacular recorrido sin ningún contratiempo.

Al comienzo del tramo, el Cares discurre encajonado entre paredes elevadas, repletas de vegetación, y más adelante se va abriendo poco a poco hasta confluir con el Deva. Diversos puentes salvan el río, entre ellos, el llamado de Rodrigueru o La Puente Vieyu. Nos impresionó la belleza del paisaje, la soledad ―pues éramos los únicos en navegar por el río― y las aguas cristalinas de color averdosado, que permiten avistar con nitidez truchas, salmones y reos. No conseguimos ver nutrias, pero sí cormoranes, garzas y muchísimos patos, que amerizaban sin miedo a nuestro lado. Hubo que hacer una parada técnica para vaciar de agua las canoas tras surcar algunos rápidos. Ninguna canoa volcó.

Al llegar a la confluencia con el río Deva, hicimos la segunda parada del recorrido y despedimos a Juli, nuestro experto y amable guía. Este río tiene menos rápidos pero  buen caudal de aguas transparentes que facilita la navegación, aunque en ciertos tramos se debe prestar atención a los árboles hundidos con los que es fácil chocar o enredarse. Existen numerosas playas de cantos en las que descansar, tomar un baño o aprovechar para sacar fotografías al espléndido paisaje. Como es el segundo río con más descensos en canoas de la vertiente atlántica, su cauce está  más concurrido, aunque sin llegar jamás a las aglomeraciones del Sella. Hay muchas más canoas en el agua por la mañana que por la tarde, con lo cual, cuando nosotros alcanzamos el Deva, casi estaba vacío. Llegamos a Unquera algo cansados pero satisfechos. Fue una navegación perfecta en un día soleado que terminó con la subida de las canoas y la entrega del material en la sede de la empresa.

Comenzamos la actividad a las 11 de la mañana y acabamos pasadas las seis de la tarde.  El próximo verano tal vez probemos, con la misma empresa, el rafting o balsismo, esto es, la actividad deportiva consistente en descender en balsa por aguas rápidas.








Datos de la empresa:
C/ San Felipe Neri, 8
39560 Unquera - Cantabria
Latitud: 43.373755 | Longitud: -4.518528
 Teléf. 633 310 660
 info@canoasriodeva.com




La lengua destrabada
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lunes, 13 de agosto de 2018

No hacer nada a derechas: el sino de las personas zurdas

No hacer nada a derechasEl mundo resulta hostil para las personas zurdas. Ninguna tarea cotidiana está pensada para ellas. En la actualidad es como si no existieran, cuando se sabe que alrededor de un 13 por 100 de la población mundial es zurda debido a su cerebro, el órgano, dividido en dos hemisferios, que centraliza la actividad del sistema nervioso y determina qué lado del cuerpo es el dominante. En las personas zurdas, predomina el hemisferio derecho del cerebro y, como el control es cruzado, el lado izquierdo de su cuerpo es el dominante, al contrario que ocurre con las personas diestras.  

 Por absurdo que parezca, a lo largo de la historia las personas zurdas han sido sistemáticamente perseguidas. Se dice que la Santa Inquisición torturó y mandó a la hoguera a muchas, acusadas se servir a Satán. Por lo que respecta a las mujeres, las  zurdas que no ocultaban su condición eran tratadas con escarnio como brujas. La aversión hacia la zurdera, a veces rayana en fanatismo, está extendida tanto en el mundo occidental como en el oriental. Pero no hay que remontarse a años ni lugares remotos para ilustrar este hecho sorprendente: en pleno siglo xx,  en las escuelas y familias europeas,  se combatía sin cejar la zurdera con todo tipo de castigos y sermones. Lo sabemos bien quienes tuvimos que rebelarnos desde pequeñas para utilizar la mano con la que mejor lográbamos hacer las cosas, soltándonos a escondidas la mano siniestra atada a la espalda para poder dibujar, escribir, sostener la cuchara y que no se derramara la sopa…

La lengua castellana, igual que otras, recoge el desprecio social que provoca nuestra índole minoritaria. La voz ‘siniestro/a’ significa como adjetivo avieso/a y malintencionado/a; infeliz, funesto/a y aciago/a, mientras que como sustantivo hace referencia a accidentes, daños de cualquier importancia que se pueden cubrir con pólizas de seguro, propensión a lo malo, resabio o vicio... Por el contrario, la voz ‘diestro/a’ como adjetivo significa hábil o experto/a en algún arte u oficio; sagaz, prevenido/a y avisado/a; favorable, benigno/a y venturoso/a; y la expresión ‘juntar diestra con diestra’ significa trabar amistad.

María Moliner, en su Diccionario de uso del español, recoge que la expresión ‘a zurdas’ significa con la mano izquierda, pero también de manera contraria a como se debe hacer; y que la expresión ‘no ser zurdo’ significa ‘ser listo o hábil’. ¿Y quién no conoce el sentido de ‘levantarse con el pie izquierdo’ o ‘empezar el día con el pie izquierdo’?

Los bienaventurados se sentarán a la diestra del padre: eso me decían de pequeña en el colegio para obligarme a cambiar de mano. Para hacerme sentir condenada solo por escribir con la izquierda. No lo consiguieron. Pero me hicieron llorar muchas veces. Me llamaban zocata como insulto. Esos recuerdos, esa sensación de rabia, me sirvieron para crear un personaje especial en mi novela La historia escrita en el cielo. Es un niño zurdo y este es el primer pasaje donde aparece:

Mientras tanto, Marie había salido a la calle y se había quedado hablando con Colasillo, a quien había encontrado sentado, pintando figuras sobre la tierra con un palo.
—¿Te gusta dibujar? —le preguntó por ser amable.
Sin levantar la cabeza del suelo, el niño respondió:
—Cuando no tengo más que hacer, así entretengo el tiempo.
—¿Y qué dibujas? —prosiguió su interrogatorio Marie.
—Lo que mi mano quiere. Yo la dejo y ella va haciendo formas, pero solo la izquierda; la derecha no sabe.
—Eres zurdo, entonces —concluyó Marie.
—No, no —se apresuró a puntualizar el niño—. Ya no. Las izas me pegan y me atan la mano mala para que trabaje con la buena. Yo obedezco en todo, pero pintar la buena no sabe…
—¿Quiénes dices que te pegan y te atan la mano? —se interesó Marie, que no le había entendido.
—Me pegan las izas y también las rabizas, el amo, las criadas, todos me pegan, pero no me quejo porque es por mi bien, para que la Santa Inquisición no me encuentre y me castigue por hereje en el potro de las torturas.
Marie pensó que izas y rabizas serían palabras infantiles que utilizaba el niño para referirse a parientes suyos y desistió de su interrogatorio. Alabó el caballo cuyos trazos empezaban a distinguirse entre el polvo y se dispuso a recoger las alforjas para regresar a la casa. Mientras se hallaba ocupada en estos menesteres, llegaron cuatro mujeres, unas más jóvenes que otras pero todas ataviadas con ostentación y profusión de colores. La de mayor edad sacó una llave de la faltriquera y otra dio un puntapié al niño en la espalda:
—Acabarás quemado en la hoguera por tozudo —le reprendió enojada—. Emplea la diestra, mocoso del diablo.
Otra de las mujeres le dio un pescozón, y las cuatro se rieron a su costa antes de entrar en la casa. Marie se había vuelto y permaneció en silencio observando a Colasillo, quien dijo, sobándose los golpes:
—Estas son las izas y las rabizas que tanto me quieren.
Entonces Marie pensó que esas palabras serían un insulto con el que se defendía Colasillo del mal trato que recibía.
—¿Dónde está tu madre? —se interesó.
—Yo no tengo madre ni padre, ni un perrillo que mueva el rabo y me ladre —respondió el niño, mirando al suelo—. Vivo con las izas y las rabizas; yo las sirvo y ellas me cuidan.
—¿Y por qué vives con ellas? —insistió Marie.
—Porque mi madre era iza y aquí nací —repuso el niño, alzando la cara.

Quienes ceden a las presiones y dejan de emplear su preciosa mano izquierda dominante se convierten en personas zurdas contrariadas, y su maña y rendimiento se suelen resentir. Por suerte, parece que ahora, al menos en el mundo occidental, las criaturas zurdas van pudiendo valerse de esa mano prohibida y más ágil, aunque les cueste cortar con tijeras pensadas para las diestras, manejar el ratón del ordenador, escribir en las sillas con la tablilla colocada a la derecha, aprender a tocar instrumentos musicales… Nos obligan a ser más hábiles, a buscarnos la vida. Si conseguimos manejar ambas manos con soltura parecida ―nunca igual―, nos convertimos en ambidextos/as o ambidiestros/as, vocablos procedentes del latín que significan ‘dos derechas’: perdemos la mano siniestra y pasamos a disfrutar de dos diestras. Qué suerte la nuestra. Puede que, de este modo, logremos convertirnos en la mano derecha de alguien, esto es, merecer su confianza.

‘Zurdera’ y ‘zurdería’ son las voces con las que se significa la cualidad de zurdo. ‘Zurdamente’ es el adverbio; ‘zurdoso’, el adjetivo que designa lo que tira a zurdo.  Y dejo para el final una expresión positiva: ‘tener mano izquierda’, que significa poseer habilidad o astucia para resolver situaciones difíciles. Pero no nos hagamos ilusiones. No hace referencia a las personas zurdas, sino a las diestras que son capaces de utilizar también su otra mano cuando es preciso. 



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  







lunes, 30 de julio de 2018

Ensaladas


Ensaladas
Las ensaladas apetecen siempre, pero mucho más cuando llegan los calores del verano. El diccionario de la RAE define el plato como «hortaliza o conjunto de hortalizas mezcladas, cortadas en trozos y aderezadas con sal, aceite, vinagre y otras cosas». Y no es una invención reciente, pues está documentado que griegos y romanos ya las consumían. Catón el Viejo, por ejemplo, hacía el año 160 de nuestra era, proporciona en su obra De agri cultura una receta de ensalada de col, diciendo que nada hay más saludable que comerla picada fina, lavada, secada y condimentada con sal y vinagre. Se sostiene que los latinos llamaban herba salata  a las hortalizas o verduras aderezadas con aguasal o salmuera y que su abreviación como salata fue la que pasó al latín medieval y dio lugar a las distintas palabras con las que se conoce la mezcla en las lenguas romances: salade en francés, salada en portugués, insalata en italiano y ensalada en español. Incluso los términos actuales de lenguas no romances como el inglés o el alemán, salt  y salz, respectivamente, provienen del vocablo latino con el que se conocía la sal: sal, salis. De esta misma raíz derivan en castellano salina (lugar de donde se extrae la sal), salazón (método de conservación de alimentos a base de sal),  salmuera (sinónimo de aguasal, el aderezo más antiguo de la ensalada) o salario (en su origen, pago de sal o por sal). Por su parte, salar proviene del verbo latino sallare, de cuyo participio salsus (salado) han derivado salsa e insulso.

Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana,  o española (1611), define ensalada del siguiente modo:

El plato de verduras que se sirve a la mesa, y porque le echan sal, para que tenga mas gusto, y corrija su frialdad, se llamó ensalada; empieçase con ella la cena, y la mas ordinaria es la de las lechugas  […]. Y porque en la ensalada echan muchas yervas diferentes, carnes saladas, pescados, azeytunas, conservas, confituras, yemas de huevos, flor de borrajas, grageas, y de mucha diversidad de cosas se haze un plato, llamaron ensaladas, un genero de canciones, que tienen diversos metros, y son como centones, recogidos de diversos autores. Estas componen los Maestros de Capilla, para celebrar las fiestas de la Natividad, y tenemos de los autores antiguos muchas y muy buenas, como el molino, la bomba, el fuego, la justa, el chilindrón, &c. […]. La vez de la ensalada ni la pierdas, ni sea aguada. Prov.

El actual Diccionario de la lengua española académico también recoge las acepciones de composición poética  o composición lírica en las que se combinan versos y metros diversos, así como la de «mezcla confusa de cosas sin conexión». María Moliner, en su Diccionario de uso del español, añade la expresión ‘en ensalada’, que hace referencia a comidas servidas frías y condimentadas con aceite y vinagre. 
  
El salpicón está relacionado con la ensalada en el sentido de que se trata de una preparación servida fría de carne, pescado o marisco cocidos, troceados y aderezados con una vinagreta. Joan Coromines, en su Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana (1954-1957), recoge que la palabra ‘salpicón’ data del siglo xvii y que su origen, como el del verbo ‘salpicar’, es incierto. Una conjetura sería que ‘salpicón’ derivara de ‘salpicado’, compuesto de sal y picado, añadiendo el polivalente sufijo -ón de carácter apreciativo-aumentativo. En su Tesoro de la lengua castellana, o española, Covarrubias define salpicón como «la carne picada y aderezada con sal». 

Si el salpicón suena a aumentativo, la ensaladilla rusa, compuesta de hortalizas cocidas ―la patata es fundamental―, algunas crudas, aceitunas, huevo, atún en conserva y salsa mahonesa, suena a diminutivo. Pero ambos platos son semejantes en contundencia: no llena menos una ensaladilla que un salpicón.  Es forzoso agregar aquí otra receta emparentada con las ensaladas, también con término diminutivo: el asadillo manchego, elaborado con pimientos rojos y tomates asados, a los que se añaden, una vez pelados y troceados, aceitunas negras y ventresca de bonito en conserva, todo aliñado con aceite de oliva, vinagre, cominos (y ajo majado, si es que gusta, o huevos duros en cuartos). En la actualidad, las ensaladas, salpicones, ensaladillas, asadillos y demás son platos sofisticados en los que cada cual recurre a su imaginación y paladar para afinar recetas antiguas, añadiendo nuevos víveres y exquisiteces que la globalización ha acercado a nuestras mesas. 

Para obtener una buena ensalada, los libros de cocina clásicos solían coincidir en recomendar generosidad en el aceite, sigilo en el vinagre, prudencia en la sal y desenfreno para remover los ingredientes. El orden sería añadir primero la sal, después el vinagre y por último el aceite. Hay un refrán que lo resume: La ensalada, salada, bien aceitada y por mano de loco meneada. 

No está de más recordar, para terminar, que las vinajeras o vinagreras y las angarillas son las piezas de madera, metal o cristal donde se llevan a la mesa el aceite, el vinagre y otros aderezos. Del francés convoi proviene la voz ‘convoy’, con el sentido de vinagreras para el servicio de mesa, que está tan extendida en la actualidad. Las ensaladas se sirven con cucharas y tenedores de pala ancha especiales o con pinzas, y se comen con tenedor: toda esta cubertería, a veces, se mete en el congelador para que esté fría en el momento de usarla.  


La lengua destrabada

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