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miércoles, 16 de enero de 2013

Míranos, aquí estamos: Somos escritores independientes



Nada del otro jueves
Vivimos en una aldea global. Nos relacionamos en una sociedad red que rompe casi todas las antiguas fronteras, y los avances de la tecnología de la información están cambiando en un abrir y cerrar de ojos paradigmas de siglos. El libro, piedra angular de nuestra cultura, no podía ser ajeno a esta revolución que está en marcha, ni los escritores tampoco: hemos roto las cadenas.
Esta revolución nos ha hecho libres y ahora sabemos que ya no necesitamos un agente literario ni una editorial para publicar nuestras obras. Por un curioso bucle de la historia, estamos regresando poco a poco a los tiempos cervantinos en los que no existían editoriales ni editores: solo imprentas e impresores con su tipografía y su papel característicos. Hoy abundan las plataformas digitales que ofrecen la posibilidad de publicar sin apenas trabas, pero ha sido KDP, la plataforma de autoedición de Amazon, la que ha marcado la diferencia, y formamos legión los escritores que hemos recurrido a sus servicios para publicar nuestros libros electrónicos en la red, ya sea de manera exclusiva o combinando esta opción con las demás disponibles.
Somos legión de escritores, repito, y la marcha es imparable. Negarlo es tan inútil como pretender tapar el sol con un dedo. Sin embargo, queda mucho camino por recorrer. De momento, los libros digitales tratan de imitar las ediciones en papel, de igual modo que en el pasado los libros impresos pretendieron asemejarse a los manuscritos; y sobre los escritores independientes recae, además de la creación, toda la labor de producción que antes efectuaba la editorial: valoración del argumento y de la elaboración del texto, corrección filológica y corrección ortotipográfica, entre otras revisiones importantes.
¿Estamos preparados los escritores independientes para acometer sin ayuda unas tareas  tan especializadas? Sinceramente, la mayoría no. Entonces, ¿por qué hemos optado por la independencia? Muchos porque se han cansado de aguardar la respuesta de editoriales miopes que no tienen la mínima cortesía de responder a sus esperanzados correos. Otros porque han sufrido los abusos de alguna agencia literaria que cobra por adelantado unos servicios de promoción de manuscritos que jamás presta; y los más porque siempre habían deseado escribir y ahora tienen la libertad de hacerlo, aunque solo los lean quienes los conocen y los quieren.
Por desgracia, esta falta de preparación de muchos escritores independientes, que ni siquiera se dan cuenta de sus carencias, está provocando rechazo entre los lectores y los críticos literarios. Nos meten a todos en el mismo saco y dicen de nosotros que somos malos, el desecho que ninguna editorial de prestigio publicaría; que no sabemos escribir y nuestros libros están llenos de errores;  que llegan a la cima de más vendidos obras ilegibles porque Amazon no pone ningún filtro; que es ella quien mayor provecho saca con los autoeditados…
¿Somos tan malos en realidad? Los hay que sí y los hay que no. En nuestras filas se encuentran autores con un largo recorrido a sus espaldas o con una dilatada experiencia editorial que están probando esta nueva posibilidad de autoedición sin intermediarios. También hay gente nueva con ideas brillantes y muchísimas ganas de aprender. Porque el quid de la autoedición es precisamente eso: aprender. Nadie hará por ti lo que tú mismo no seas capaz de lograr. Y a diferencia de los libros impresos en papel que son inamovibles a menos que se efectúe una nueva y costosa edición, los digitales admiten todas las correcciones que el autor desee incluir. Son verdaderamente una obra abierta, tomando la conocida expresión de  Umberto Eco en un sentido diferente.
Rafael R. Costa, Amelia Noguera, Pilar Alberdi, Pablo de Aguilar González, Antonio Jareño, Carmen Grau, Mónica Rouanet y María José Moreno son una pequeña muestra de los escritores independientes pertenecientes a generaciones, estilos y géneros muy diversos que he leído y me atrevo a recomendar. Pero hay muchísimos más que merece la pena descubrir por sus innegables méritos.

Los escritores independientes somos como los hombres orquesta: debemos saber tocar todos los instrumentos. ¿Es eso posible? En buena medida, aunque siempre se precisará de cierta ayuda. Unos decidirán contratar a un especialista para crear la mejor portada y otros buscarán un diseñador gráfico para asegurarse de que su texto se ajusta a las opciones de lectura ofrecidas por los diversos lectores electrónicos. Sin embargo, todos los escritores independientes sin excepción deberían disponer de un corrector de estilo: son imprescindibles otros ojos que vean lo que no hemos visto. Siempre. Por mucha preparación que se tenga, es un requisito indispensable para obtener un texto de calidad.
Quienes se lo pueden permitir por sus ventas ya se han dado cuenta de esta realidad y contratan correctores profesionales para competir en igualdad de condiciones con los libros de las editoriales tradicionales. Asimismo, algunas de estas editoriales se están adaptando al nuevo panorama digital y ofrecen sus servicios de edición sin privar al  escritor de sus derechos de autor. Quizá ese sea un camino, aunque probablemente no el único.      
Esta revolución está en mantillas y nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde nos conducirá. ¿Desaparecerá el libro en papel tal como lo hemos conocido hasta ahora? Yo espero y deseo que no. Me gustaría  que el electrónico y el de papel convivieran complementándose. Del mismo modo, espero que las buenas editoriales tradicionales  mantengan su producción en los tiempos que se avecinan. Quizá la edición a demanda sea una opción que se imponga para abaratar costes y dar cabida a escritores noveles. Todavía queda un segmento de mercado al que vender en papel, porque hay gente que no comprende el libro digital o le disgusta utilizar la tarjeta de crédito como medio de pago. Y, reconozcámoslo, el libro de papel sigue teniendo más prestigio. De momento.  Parece que ese segmento se irá reduciendo —así lo presagian las enormes ventas de lectores digitales y tabletas—  y tal vez solo las casas editoriales que junten fuerzas con los nuevos e-escritores saldrán adelante. Amazon ofrece la posibilidad de publicar en papel, pero ahí las buenas editoriales, con cuyos departamentos de producción se puede hablar en persona, siguen siendo mejores.
Asimismo, es crucial que las librerías y los libreros encuentren un lugar en el ámbito del libro digital y sobrevivan. Deben seguir siendo los prescriptores y sería una gran pérdida para la cultura su marginación y desaparición final. ¿Sería posible que los escritores digitales independientes juntaran también fuerzas con las librerías tradicionales? Creo que sí y deseo que mentes despiertas con visión de futuro pongan en práctica proyectos factibles no muy difíciles de discurrir que nos beneficiarían a todos.
Las redes son nuestra casa, y todos los escritores independientes, en mayor o menor medida, estamos aprendiendo a utilizarlas para hacernos, como diría Virginia Wolf, «una habitación propia». Tenemos grupos de Facebook y blogs como este en los que nos damos a conocer y compartimos nuestras destrezas. Aparecemos en revistas digitales y nos entrevistan en tertulias radiofónicas. ¿Qué más bulle en nuestro mundillo? Algunos de nuestros escritores independientes ya están creando sus propios sellos editoriales y venderán también en papel a demanda. Y otros han fundado sus empresas de edición que prestan servicio a los demás.
Para terminar, no nos olvidemos de lo más importante: ¿quiénes son nuestros lectores? En teoría, cualquiera que disponga de un dispositivo digital donde descargar nuestros libros. Parece que el boca a boca funciona, y es primordial lograr visibilidad. Aquí entra en juego la mercadotecnia, otra de las habilidades que ha de dominar el escritor independiente para alcanzar éxito. Y acaso sea la habilidad más difícil: cada cual emplea sus armas, y es una queja recurrente que algunos llegan a los primeros puestos de las ventas valiéndose de atajos extraliterarios. Pero eso también ocurre en otros ámbitos de la vida, no hay por qué sorprenderse. No obstante, las plataformas digitales como Amazon brindan la posibilidad de descubrir a los impostores antes de comprar sus libros, pues se pueden leer  gratis los primeros capítulos e incluso, una vez comprada y leída una obra, se permite su devolución si no ha cumplido con las expectativas creadas. ¿Alguien da más?


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






viernes, 30 de noviembre de 2012

La editora ideal

El trabajo de una editora
Vivo en la  Posibilidad –
Más bonita casa que la Prosa –
Con muchas más ventanas –
Superior – por las Puertas –
Emily Dickinson (la traducción es mía)

Esta entrada comienza con un intencionado sesgo de género cuyo objetivo es poner de manifiesto que al menos durante la segunda mitad del siglo XX y la primera década del siglo XXI, las mujeres predominan en muchas de las labores relacionadas con la edición de libros. ¿Y qué es una editora? El Diccionario de la RAE recoge en su tercera acepción: «m. y f. Persona que publica por medio de la imprenta u otro procedimiento una obra, ajena por lo regular, un periódico, un disco, etc., multiplicando los ejemplares»; la cuarta acepción añade: «Persona que edita o adapta un texto». Parece que ninguna de las dos definiciones se ajusta por completo a la imagen de la editora ideal, pendiente de lo que su autor escribe, que suele aparecer en películas y novelas, y más bien se refieren al dueño o director de una casa editorial o incluso imprenta, o al estudioso que publica la obra de un autor más antiguo con un análisis y notas propias añadidos.
La editora que sueñan muchas autoras noveles apenas ha existido en el mundo editorial hispanohablante y proviene —cómo no— del mundo anglosajón, donde publishing es la casa editorial y editor quien lee, corrige y prepara el libro. Editora: suena elegante, ¿verdad? Pues es un anglicismo más. Nosotros empleábamos otra terminología: cuando yo me inicié en México, fui primero correctora de galeradas con atendedor, después correctora de pruebas, a continuación correctora de estilo y, por último, técnica editorial y técnica académica. En una de las editoriales para las que trabajé, en la página de derechos de autor se añadía «edición al cuidado de» con el nombre de la técnica editorial o académica que supervisaba y al menos hacía dos correcciones de pruebas del libro en cuestión. En España la terminología era similar, así como la manera de hacer los libros. Las editoriales más grandes estaban divididas en áreas temáticas a cargo de un responsable, que contaba con un equipo de lectores y correctores, y había además directores de colecciones.
Pero todo eso es el pasado. Ahora, gracias al desarrollo informático que agiliza la edición, los departamentos editoriales se han reducido al máximo: prima la externalización de tareas, como en todas partes. Y la editora ideal, esa rara avis  a punto de desaparecer si es que alguna vez existió, elige los libros que va a publicar atendiendo a un proyecto editorial establecido que pretende lograr máximos rendimientos económicos. No nos equivoquemos: en nuestro mundo capitalista, la mayoría de las editoriales son, como el resto, empresas dedicadas a obtener beneficios y solo publican lo que no presenta riesgos (aunque a menudo se equivoquen). ¿Cómo eligen sus novedades las editoras de nuestro país? Hay diversos caminos, pero los más habituales son:
·                    La traducción de obras que ya han triunfado en el mercado anglosajón, francés, italiano o nórdico (o también en algún país más periférico, pero pasando por el tamiz anglosajón).
·                    Nuevas obras de autores ya consagrados.
·                    Obras de personajes famosos con repercusión mediática.
·                    Obras de una minoría de autores nuevos presentados por agentes literarias y respaldados por informes de lectura y mercado positivos.
·                    Obras ganadoras y finalistas de algún premio (que —oh, sorpresa― siempre consigue un autor de cierta fama o un personaje conocido de los medios).
·                    Obras de un número muy reducido de autores desconocidos e independientes que destacan por su calidad o posibilidades de mercado, propuestos por directores de colecciones y respaldados por informes de lectura positivos.
Cada día llegan a las editoriales multitud de originales, y hay que hacer una selección preliminar. Los que remiten agencias literarias reconocidas con una buena sinopsis y análisis tienen más posibilidades de pasar a las manos de un lector profesional, que dará su veredicto en un informe de lectura. Los originales de autores independientes parten con desventaja y solo si la presentación es excelente y el texto interesa se tendrán en cuenta para su valoración. El resto, con deficiencias más o menos importantes, suele  rechazarse sin ningún remordimiento.
En los concursos ocurre lo mismo: se contrata a un equipo de lectores profesionales y se les da una guía de lo que deben buscar en los originales. Lo que no se ajusta se desecha. Por lo general, se lee el primer capítulo; si no está mal, otro del centro  y el final. Solo un número de originales muy reducido acaba siendo leído por los miembros del jurado que otorgarán el premio.
El informe de lectura que se entrega a una editora no es una crítica literaria, sino un texto razonado en el que se le ofrece la información necesaria para que valore si merece la pena publicar el texto al que se refiere. En líneas generales, recoge el título de la obra, el nombre del autor y el número de páginas; realiza una sinopsis del argumento, pormenorizando tramas, personajes y circunstancias que haya que tener en cuenta; analiza cómo se han creado los personajes y la fuerza de cada uno en el argumento;  destaca los temas principales y los secundarios; juzga la prosa, exponiendo el tipo de lenguaje, las técnicas empleadas, los posibles fallos, etc.; especifica el público al que va dirigida, el nicho de mercado y, por último, realiza una valoración razonada de los aspectos positivos y los negativos para recomendar o no su publicación. Como cabía esperar, la mayoría de los informes, por un motivo o por otro, son negativos.
Sin embargo, cuando son positivos, la editora lee el original y lo comenta con la autora. Por lo general, sugiere algún cambio menor que se suele consensuar. Es entonces cuando llega a la correctora de estilo, que pule la sintaxis, corrige errores ortográficos, evita repeticiones, cacofonías y, en general, recomienda variaciones que la autora tiene que evaluar. La corrección de estilo es una labor ingrata y cada vez peor pagada que muy pocos aprecian. En esta entrada antigua pero muy vigente del blog Miserias literarias se explica la profesión y hay algunos comentarios reveladores. Yo añadiré que sé por experiencia que hasta los mejores escritores necesitan que otros ojos expertos vean lo que ellos no han visto y aporten soluciones a pequeños (o no tan pequeños) errores. Para ser justos, debo señalar también  que, entre los autores consagrados, los hay que agradecen sinceramente las aportaciones de las correctoras: nunca olvidaré la sencillez de Mario Benedetti y la cordialidad con la que nos trató a mi compañera de corrección y a mí, muchos años atrás, cuando aguardábamos nerviosas una reprimenda al saber que nos había mandado llamar después de recibir las pruebas de imprenta que nosotras habíamos marcado meticulosamente. (Si no la habéis leído, aprovecho para recomendar su magnífica novela La tregua.)
Así pues, cabría concluir que una editora y el equipo que la rodea y auxilia realizan en esencia una labor de filtro y mejora para que lleguen al mercado solo los libros que merece la pena leer. ¿Es esto cierto? ¡No, claro que no!  En primer lugar, nadie es infalible y, en segundo lugar, a veces priman consideraciones que nada tienen que ver con la calidad literaria. ¿Por qué, si no, se convirtió en betseller una novela tan mediocre y vulgar desde todos los aspectos analizables como La catedral del mar?
El sector editorial, acosado por la piratería, está sufriendo doblemente la crisis que nos azota y ha reducido su producción. Lo he padecido en carne propia. El tiempo libre del que dispuse el año pasado me permitió escribir la novela La historia escrita en el cielo  y terminar un proyecto que ya tenía avanzado, Nada del otro jueves, ambas autoeditadas en Amazon. Esta plataforma digital, al igual que las demás existentes, ofrece una oportunidad a quienes son rechazados por las editoriales o ni siquiera han intentado la vía de publicar en papel. Por su parte, las editoriales tradicionales se sienten amenazadas, y grupos tan importantes como el francés Hachette no dudan en defender su negocio de intermediación en un documento que se filtró a los medios. Pero son muchos los que se alegran de la desaparición de intermediarios en su trato con el lector final y vaticinan la muerte por inanición de las editoriales y, con ellas, de las editoras, sean ideales o no.
Yo espero que se acabe llegando a una convivencia más o menos pacífica y recomiendo la lectura del artículo «¡Mueran los heditores!» del escritor Luisgé Martín. Llevo meses (pocos todavía) analizando los libros digitales autoeditados en Amazon.es y mi conclusión empieza a ser clara: muy pocas obras se salvan de errores (muchos de ellos, graves) y pueden considerarse publicaciones profesionales. He comprendido por qué algunas escritoras que están logrando éxito de lectores añoran a esa editora ideal que da título a esta entrada. Y creo que tienen razón: esa editora/correctora de estilo les ayudaría a ver lo que ellas (ni sus allegados) han visto y a mejorar su escritura. Más adelante, cuando lo desentrañe, intentaré desvelar por qué obras tan malas ocupan puestos destacados en las listas de más vendidos. ¿Nos estamos haciendo trampas en el solitario? A la larga, ¿no será un comportamiento perjudicial?
Dejo como final de esta entrada algunos consejos para quien los quiera aceptar. Si yo fuera tu correctora de estilo, empezaría por pedirte que definieras quién deseas que sea tu público lector. Después te preguntaría si conoces las reglas ortotipográficas fundamentales y te aconsejaría cómo ponerte al día. Te recomendaría algunas lecturas de novelas imprescindibles y te pediría que las leyeras con papel y lápiz. Por último, analizaríamos juntas tu forma de escribir, señalando fortalezas y debilidades, así como modos de mejorar. Como colofón, te revelaría que la mancha de la página también es importante: nunca muy cerrada; nunca muy abierta.

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.