Mañana estival de vacaciones. Desayuno lento bajo el porche que protege del sol, pues ya está alto. Niños desperezándose en la larga mesa, compartida por la familia extensa. Madres que sirven y organizan, pendientes de que nada falte. Padres que hacen bromas mientras ayudan a los más pequeños.
El abuelo lleva rato sentado porque él madruga. Alarga
la mano para coger el último panecillo de la bandeja que tiene cerca, lo abre
minucioso por la mitad y le pide al nieto colocado a su lado que le alcance la
mermelada de naranja. Las hijas intercambian una mirada de desaprobación. Una
le dice que ya está bien, que le va a sentar mal, y la otra añade que es
imposible que tenga hambre...
¾Hambre ¾repite
el anciano, sin dejar de untar de mermelada hasta la última miga de pan¾, qué
sabréis vosotros de eso. Tú tienes catorce años, ¿verdad? ¾se
dirige al nieto¾, pues fíjate, a los dieciséis, sin
comerlo ni beberlo, me mandaron a mí al frente en un tren de mercancías repleto
de muchachos de mi misma edad, la quinta del chupete nos llamaron, amontonados
como animales que van al matadero. Mi madre la pobrecilla me había dado una
manta blanca y una docena de huevos cocidos, pero no me sirvieron de mucho,
porque a mitad de camino nos bombardearon y el tren descarriló. Los que pudimos
salir de los vagones apretamos a correr, algunos iban cayendo, no sé si heridos
o porque les faltaban las fuerzas, pero yo seguí sin parar hasta unos cerros,
donde me refugié entre unos matorrales. Allí me quedé acurrucado mucho tiempo,
con la cabeza entre las piernas. Se hizo de noche, pero no me atrevía a
moverme. Tiritaba de miedo y me costaba contener las lágrimas. De repente
escuché un ruido y el corazón empezó a latirme tan fuerte que pensé que me
estallaba. Una sombra se arrastraba hacia mi escondite, y yo me cagué encima.
Sí, sí, me cagué de miedo, aunque resultó que sin motivo, pues la sombra era
Nevado, un muchacho de Calasparra con unas espaldas como puertas que también
viajaba en el tren y con el que me llegué a escapar para irnos a esconder a las
tierras de sus padres, pero eso fue mucho después, cuando ya estábamos hartos
de las penalidades del frente y nos daba igual todo. Esa noche la pasamos
juntos, y cuando amaneció nos acercamos a las vías. Aún seguían ardiendo los
restos de madera de los vagones y había cadáveres esparcidos por todas partes,
medio quemados, mutilados, una carnicería. El olor era tan penetrante que me
duró en la pituitaria durante muchos días, produciéndome arcadas. Nos dieron
ganas de salir corriendo otra vez, de escapar como fuera de ese horror, pero
hacia dónde, si estábamos en medio de la nada. Luego vimos a unos cuantos
soldados que rebuscaban entre los muertos y nos ordenaron que les ayudáramos a
recuperar cualquier cosa que sirviera. Nevado me consiguió unos pantalones en
buen uso quitándoselos a un pobre chico que tenía un boquete enorme en la
espalda porque le habían alcanzado mientras huía, y a continuación nos
incorporamos a un batallón de zapadores. A esas alturas de la guerra escaseaba
el orden y no digamos la comida. El que encontraba algo lo guardaba para sí y
no lo compartía. Recuerdo a un oficial que llevaba unas botas puestas y otras
colgadas al hombro; yo iba descalzo, con los pies envueltos en trapos, así que
le dije, camarada, dame las botas que te sobran, y él me contestó, nada de
camaradas, conocidos y basta, y se quedó con ellas. Nos comía la miseria. En el
campo no quedaban pájaros, conejos, ratones, ni siquiera culebras ni
lagartijas. Estábamos tan desesperados que hasta habíamos acabado con los
saltamontes y un día nos hicimos una sopa de moscas... ahí fue cuando decidimos
irnos para Calasparra. Menuda diferencia. Nos hartamos a patatas y chorizo, y
nos habríamos quedado hasta el final de la guerra de no ser por la madre de
Nevado, que no paraba de llorar y llorar porque se daba cuenta de que si nos
encontraban nos fusilaban a todos. Las tierras estaban muy retiradas y no era
fácil que nos descubrieran, pero se veía que la angustia iba a acabar con ella.
Es nuestra vida o la suya, me dijo Nevado, y volvimos al frente, pero a otro
batallón donde no nos conocían, alegando que durante un ataque nos habíamos
perdido del nuestro. Luego escaseó el agua, y con tanta suciedad y tanto muerto
mal enterrado la gente se fue enfermando. Yo también caí, y no habría llegado a
viejo sin la ayuda de Nevado, que me obligaba a comerme parte del puñado de
arroz que cocía para los dos. Él me arrastró de un sitio a otro mientras tuve
fiebre y aprendimos juntos a dormir de pie, apoyados el uno en el otro. ¿A que
tú no sabes dormir andando? ¾le pregunta a un nieto¾, pues
yo sí, también tuve que aprender a hacerlo porque de lo contrario no estaría
aquí. Así que no me habléis de hambre, porque claro que no tengo. Cómo iba a
tener si hace ya tantos años que acabó la guerra. Ya la he saciado y ahora solo
me queda apetito, pero, eso sí, mucho. ¿Sobra alguna ensaimada?
Uno de los yernos le pasa la bandeja, y el abuelo
elige con mirada golosa y ágiles dedos una bañada en azúcar y rebosante de
cabello de ángel. El nieto le apremia para que siga contando qué pasó después.
¾Mejor hablamos de otra cosa. La
guerra no es un buen tema para acompañar el desayuno en familia en un día tan
bueno como éste ¾replica mientras termina la
ensaimada y se sirve otro tazón de leche templada.
Una de las hijas le dice que va a explotar.
¾Bueno y qué, así fue como empezó el
mundo. Con una gran explosión. El Big Bang lo llaman los americanos, que le
ponen nombre a todo. Hay que ver lo que ha avanzado la ciencia en los últimos
tiempos, aunque no de la manera que preveía el cuplé —atipla la voz y tararea
desentonando—: El que viva en el año 2000 verá con sorpresa los tiempos cambiaos, las niñeras serán suprimidas
porque ya los niños nacerán criaos.
Tiene su gracia ¿verdad?
Los nietos asienten divertidos y el abuelo continúa:
—Sin embargo, a pesar de tantos adelantos, aún hay
cosas aparentemente sencillas que se desconocen. ¿Tú sabes lo que son los
huevos de viento? ¾le pregunta a una nieta que le mira
embobada¾. Aristóteles creía que todos los huevos eran producto
de la concepción y llamó así a los que ponen las gallinas sin haber sido
cubiertas por el gallo, achacando que los engendraban las brisas que aspiraban
en primavera. Menuda tontería, diréis con razón, pero de todos modos los huevos
de viento siguen dando sus sorpresas. Algunas veces, las gallinas y pavas
vírgenes ponen huevos sin fecundar que tienen un desarrollo partenogenético
espontáneo y producen si se empollan crías machos y fértiles. Vamos, toda una
concepción inmaculada.
Una hija opina que tampoco ése es tema de desayuno,
que los niños no entienden de esas entelequias, y el abuelo da un giro radical
a su monólogo, mientras vierte en la leche los copos de cereales que han
sobrado a los nietos.
¾Vuestra madre sí que me entendía.
No tenía estudios, pero sí una gran inteligencia natural. La conocí después de
la guerra, cuando me purgaron y me obligaron a cumplir ocho años de servicio
militar en Madrid. Un día acompañé a Pérez Díaz al fotógrafo y luego nos
acercamos a la puerta de Balenciaga para ver la salida de las modistas. Daba
gusto contemplarlas, tan alegres y bien vestidas. La calle de Caballero de
Gracia se llenaba de novios y pretendientes, y yo las miraba a todas, sin
acabar de decidirme por ninguna. Fue Pérez Díaz quien le echó el ojo a Pilar
Gándara, que iba con vuestra madre, y las acompañamos hasta la Castellana, pero
no nos dejaron llegar hasta su casa, ni nos dijeron exactamente dónde vivían.
Corrían otros tiempos y eran chicas de familia. A Pilar no le gustó Pérez Díaz,
pero yo volví varias veces a acompañar a vuestra madre. Luego dejamos de vernos
porque me tocó como superior un capitán cabrón que empezó a putearme y me
olvidé de todo, concentrado únicamente en librarme de sus trampas. Muchos meses
después fui a Jesús de Medinaceli a cumplir una promesa que había hecho mi
madre durante la guerra en mi nombre, y cuando terminé de rezar miré a la
derecha y allí estaba ella, arrodillada a mi lado. ¿Qué haces aquí?, me
preguntó asombrada cuando alzó la cabeza. Resultó que ella iba todos los
primeros viernes, y yo me ofrecí a acompañarla a partir de entonces. Luego
dimos un paseo y me permitió dejarla en el portal de su casa, y ya seguimos
viéndonos a diario, hasta que nos
casamos años después, cuando terminé la carrera de perito agrícola y saqué las
oposiciones. Me destinaron a Talavera, y
a vuestra madre no le gustó. Mi sueldo era bueno y me permitía mantener una
familia, así que le ofrecí que nos casáramos en cuanto hubiera encontrado una
casa en la que vivir juntos. Sin embargo, no recibió mis palabras con la
alegría que yo esperaba, pues dijo que no quería dejar Balenciaga ni marcharse
de Madrid. Ahí peligró nuestra relación, y más cuando llegué a Talavera y me
encontré con que era el centro de atención de varias chicas casaderas. Durante
unos meses me dejé agasajar y disfruté de lo lindo, hasta que vuestra madre se
enteró de lo que pasaba por medio de la prima de una amiga suya y vino a verme
con el pretexto de que se casaba no sé quién. No creáis que me pidió
explicaciones ni se puso echa un basilisco; se limitó a estar más callada y
seria que de costumbre, y cuando llegó el momento, se despidió de mí con
tristeza, deseándome que fuera feliz. Esas palabras me revolvieron las tripas y
las estuve dando vueltas durante los días siguientes sin poder quitármelas de
la cabeza. Al final no me quedó más remedio que viajar a Madrid para hablar con
ella. Le dije que la quería y que nos casáramos cuanto antes. Para mi sorpresa,
aceptó sin ponerme condiciones, y ese mismo verano nos fuimos a vivir a
Talavera. Alcánzame un cruasán, Elena, que no los he probado ¾pide a
la nieta, y antes de que las hijas vuelvan a protestar, añade¾: ¿Os
acordáis de lo ricos que los hacía vuestra madre? No le gustaba la cocina, pero
quién lo hubiera dicho, con los platos que nos preparaba. Cuando nos casamos,
estaba acostumbrada por su casa a la comida salada, y yo no podía resistirla.
Un día, mientras comíamos lentejas, cogí la sal y eché un buen puñado en su plato.
Cómetelas ahora, a ver qué te parecen, le dije. No tuve que darle más
explicaciones. A partir de entonces comenzó a cocinar más soso. Y tampoco era
nada presumida. Solo la vi pintada una vez, que la habían cogido por banda sus
amigas y parecía una mona de circo; no fui capaz de aguantarme la risa. Qué te
pasa, me dijo ella; nada, nada, respondí, pero no podía dejar de reírme. No
hizo ningún comentario, ni yo tampoco, aunque nunca más volvió a pintarse, y es
que no le hacía falta, con su buen color natural. Sírveme un vaso, por favor
—pide a la hija que acaba de aparecer con una jarra de zumo de naranja recién
exprimido.
La hija obedece, y el abuelo continúa:
—A mí me han timado. Por mucho que me digan que soy un
anciano venerable, cuando sueño me veo de niño, cazando grillos con mi palo
infalible para después venderlos y ganarme unas perrillas. Y buena maña que me
daba. Entonces se estilaba ponerlos en grilleras de barro en las casas durante
el verano para que las alegraran con sus cantos y se les daba de comer lechuga.
Qué tiempos aquellos... No sabéis lo duro que es llegar a viejo. La vida es
como un campo de trigo que va cortando una guadaña. Zas, de un golpe te quedas
sin padres; zas, ahora sin amigos; zas, pierdes a tu mujer, y la guadaña sigue
avanzando y avanzando, cada vez más cerca... Ya sabéis que no tengo prisa por
morirme, pues aquí estoy bien; sin embargo, estoy preparado, porque, total, qué
me puede pasar, si ya lo he vivido todo. La muerte no puede ser peor. Tendrá
sus ventajas; por ejemplo, comprender la nada y el infinito, esas palabras con
las que los hombres nos llenamos tanto la boca. Yo tengo curiosidad por ver
cómo se expande el universo; me sentaré en el borde y lo veré avanzar y
avanzar. Total, estaré en la eternidad y tendré tiempo de sobra, mientras toco
la lira y como mazapán. Y vuestra madre me acompañará, pero no estará enferma
ni yo seré viejo, ya no existirán ninguna de esas ataduras carnales que tanta
lata dan. ¿Veis?, cuando pienso en eso, casi me apetece morirme.
Las hijas protestan, no digas eso, papá, pero el
anciano pide que le pasen el queso y prosigue sin dejarse interrumpir:
¾...Y cuando al final llegue arriba
y me vea san Pedro a las puertas, saldrá a saludarme haciendo tintinear su
manojo de llaves, hombre, me dirá, ya estás aquí por fin, Antoñito Zampabollos.
©
Carmen Martínez Gimeno,
extraído de El ala robada y otros cuentos, 2013.


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