jueves, 5 de noviembre de 2026

Antoñito Zampabollos

Mañana estival de vacaciones. Desayuno lento bajo el porche que protege del sol, pues ya está alto. Niños desperezándose en la larga mesa, compartida por la familia extensa. Madres que sirven y organizan, pendientes de que nada falte. Padres que hacen bromas mientras ayudan a los más pequeños.

El abuelo lleva rato sentado porque él madruga. Alarga la mano para coger el último panecillo de la bandeja que tiene cerca, lo abre minucioso por la mitad y le pide al nieto colocado a su lado que le alcance la mermelada de naranja. Las hijas intercambian una mirada de desaprobación. Una le dice que ya está bien, que le va a sentar mal, y la otra añade que es imposible que tenga hambre...

¾Hambre ¾repite el anciano, sin dejar de untar de mermelada hasta la última miga de pan¾, qué sabréis vosotros de eso. Tú tienes catorce años, ¿verdad? ¾se dirige al nieto¾, pues fíjate, a los dieciséis, sin comerlo ni beberlo, me mandaron a mí al frente en un tren de mercancías repleto de muchachos de mi misma edad, la quinta del chupete nos llamaron, amontonados como animales que van al matadero. Mi madre la pobrecilla me había dado una manta blanca y una docena de huevos cocidos, pero no me sirvieron de mucho, porque a mitad de camino nos bombardearon y el tren descarriló. Los que pudimos salir de los vagones apretamos a correr, algunos iban cayendo, no sé si heridos o porque les faltaban las fuerzas, pero yo seguí sin parar hasta unos cerros, donde me refugié entre unos matorrales. Allí me quedé acurrucado mucho tiempo, con la cabeza entre las piernas. Se hizo de noche, pero no me atrevía a moverme. Tiritaba de miedo y me costaba contener las lágrimas. De repente escuché un ruido y el corazón empezó a latirme tan fuerte que pensé que me estallaba. Una sombra se arrastraba hacia mi escondite, y yo me cagué encima. Sí, sí, me cagué de miedo, aunque resultó que sin motivo, pues la sombra era Nevado, un muchacho de Calasparra con unas espaldas como puertas que también viajaba en el tren y con el que me llegué a escapar para irnos a esconder a las tierras de sus padres, pero eso fue mucho después, cuando ya estábamos hartos de las penalidades del frente y nos daba igual todo. Esa noche la pasamos juntos, y cuando amaneció nos acercamos a las vías. Aún seguían ardiendo los restos de madera de los vagones y había cadáveres esparcidos por todas partes, medio quemados, mutilados, una carnicería. El olor era tan penetrante que me duró en la pituitaria durante muchos días, produciéndome arcadas. Nos dieron ganas de salir corriendo otra vez, de escapar como fuera de ese horror, pero hacia dónde, si estábamos en medio de la nada. Luego vimos a unos cuantos soldados que rebuscaban entre los muertos y nos ordenaron que les ayudáramos a recuperar cualquier cosa que sirviera. Nevado me consiguió unos pantalones en buen uso quitándoselos a un pobre chico que tenía un boquete enorme en la espalda porque le habían alcanzado mientras huía, y a continuación nos incorporamos a un batallón de zapadores. A esas alturas de la guerra escaseaba el orden y no digamos la comida. El que encontraba algo lo guardaba para sí y no lo compartía. Recuerdo a un oficial que llevaba unas botas puestas y otras colgadas al hombro; yo iba descalzo, con los pies envueltos en trapos, así que le dije, camarada, dame las botas que te sobran, y él me contestó, nada de camaradas, conocidos y basta, y se quedó con ellas. Nos comía la miseria. En el campo no quedaban pájaros, conejos, ratones, ni siquiera culebras ni lagartijas. Estábamos tan desesperados que hasta habíamos acabado con los saltamontes y un día nos hicimos una sopa de moscas... ahí fue cuando decidimos irnos para Calasparra. Menuda diferencia. Nos hartamos a patatas y chorizo, y nos habríamos quedado hasta el final de la guerra de no ser por la madre de Nevado, que no paraba de llorar y llorar porque se daba cuenta de que si nos encontraban nos fusilaban a todos. Las tierras estaban muy retiradas y no era fácil que nos descubrieran, pero se veía que la angustia iba a acabar con ella. Es nuestra vida o la suya, me dijo Nevado, y volvimos al frente, pero a otro batallón donde no nos conocían, alegando que durante un ataque nos habíamos perdido del nuestro. Luego escaseó el agua, y con tanta suciedad y tanto muerto mal enterrado la gente se fue enfermando. Yo también caí, y no habría llegado a viejo sin la ayuda de Nevado, que me obligaba a comerme parte del puñado de arroz que cocía para los dos. Él me arrastró de un sitio a otro mientras tuve fiebre y aprendimos juntos a dormir de pie, apoyados el uno en el otro. ¿A que tú no sabes dormir andando? ¾le pregunta a un nieto¾, pues yo sí, también tuve que aprender a hacerlo porque de lo contrario no estaría aquí. Así que no me habléis de hambre, porque claro que no tengo. Cómo iba a tener si hace ya tantos años que acabó la guerra. Ya la he saciado y ahora solo me queda apetito, pero, eso sí, mucho. ¿Sobra alguna ensaimada?

Uno de los yernos le pasa la bandeja, y el abuelo elige con mirada golosa y ágiles dedos una bañada en azúcar y rebosante de cabello de ángel. El nieto le apremia para que siga contando qué pasó después.

¾Mejor hablamos de otra cosa. La guerra no es un buen tema para acompañar el desayuno en familia en un día tan bueno como éste ¾replica mientras termina la ensaimada y se sirve otro tazón de leche templada.

Una de las hijas le dice que va a explotar.

¾Bueno y qué, así fue como empezó el mundo. Con una gran explosión. El Big Bang lo llaman los americanos, que le ponen nombre a todo. Hay que ver lo que ha avanzado la ciencia en los últimos tiempos, aunque no de la manera que preveía el cuplé —atipla la voz y tararea desentonando—: El que viva en el año 2000 verá con sorpresa los tiempos cambiaos, las niñeras serán suprimidas porque ya los niños nacerán criaos. Tiene su gracia ¿verdad?

Los nietos asienten divertidos y el abuelo continúa:

—Sin embargo, a pesar de tantos adelantos, aún hay cosas aparentemente sencillas que se desconocen. ¿Tú sabes lo que son los huevos de viento? ¾le pregunta a una nieta que le mira embobada¾. Aristóteles creía que todos los huevos eran producto de la concepción y llamó así a los que ponen las gallinas sin haber sido cubiertas por el gallo, achacando que los engendraban las brisas que aspiraban en primavera. Menuda tontería, diréis con razón, pero de todos modos los huevos de viento siguen dando sus sorpresas. Algunas veces, las gallinas y pavas vírgenes ponen huevos sin fecundar que tienen un desarrollo partenogenético espontáneo y producen si se empollan crías machos y fértiles. Vamos, toda una concepción inmaculada.

Una hija opina que tampoco ése es tema de desayuno, que los niños no entienden de esas entelequias, y el abuelo da un giro radical a su monólogo, mientras vierte en la leche los copos de cereales que han sobrado a los nietos.

¾Vuestra madre sí que me entendía. No tenía estudios, pero sí una gran inteligencia natural. La conocí después de la guerra, cuando me purgaron y me obligaron a cumplir ocho años de servicio militar en Madrid. Un día acompañé a Pérez Díaz al fotógrafo y luego nos acercamos a la puerta de Balenciaga para ver la salida de las modistas. Daba gusto contemplarlas, tan alegres y bien vestidas. La calle de Caballero de Gracia se llenaba de novios y pretendientes, y yo las miraba a todas, sin acabar de decidirme por ninguna. Fue Pérez Díaz quien le echó el ojo a Pilar Gándara, que iba con vuestra madre, y las acompañamos hasta la Castellana, pero no nos dejaron llegar hasta su casa, ni nos dijeron exactamente dónde vivían. Corrían otros tiempos y eran chicas de familia. A Pilar no le gustó Pérez Díaz, pero yo volví varias veces a acompañar a vuestra madre. Luego dejamos de vernos porque me tocó como superior un capitán cabrón que empezó a putearme y me olvidé de todo, concentrado únicamente en librarme de sus trampas. Muchos meses después fui a Jesús de Medinaceli a cumplir una promesa que había hecho mi madre durante la guerra en mi nombre, y cuando terminé de rezar miré a la derecha y allí estaba ella, arrodillada a mi lado. ¿Qué haces aquí?, me preguntó asombrada cuando alzó la cabeza. Resultó que ella iba todos los primeros viernes, y yo me ofrecí a acompañarla a partir de entonces. Luego dimos un paseo y me permitió dejarla en el portal de su casa, y ya seguimos viéndonos a diario,  hasta que nos casamos años después, cuando terminé la carrera de perito agrícola y saqué las oposiciones. Me destinaron a Talavera,  y a vuestra madre no le gustó. Mi sueldo era bueno y me permitía mantener una familia, así que le ofrecí que nos casáramos en cuanto hubiera encontrado una casa en la que vivir juntos. Sin embargo, no recibió mis palabras con la alegría que yo esperaba, pues dijo que no quería dejar Balenciaga ni marcharse de Madrid. Ahí peligró nuestra relación, y más cuando llegué a Talavera y me encontré con que era el centro de atención de varias chicas casaderas. Durante unos meses me dejé agasajar y disfruté de lo lindo, hasta que vuestra madre se enteró de lo que pasaba por medio de la prima de una amiga suya y vino a verme con el pretexto de que se casaba no sé quién. No creáis que me pidió explicaciones ni se puso echa un basilisco; se limitó a estar más callada y seria que de costumbre, y cuando llegó el momento, se despidió de mí con tristeza, deseándome que fuera feliz. Esas palabras me revolvieron las tripas y las estuve dando vueltas durante los días siguientes sin poder quitármelas de la cabeza. Al final no me quedó más remedio que viajar a Madrid para hablar con ella. Le dije que la quería y que nos casáramos cuanto antes. Para mi sorpresa, aceptó sin ponerme condiciones, y ese mismo verano nos fuimos a vivir a Talavera. Alcánzame un cruasán, Elena, que no los he probado ¾pide a la nieta, y antes de que las hijas vuelvan a protestar, añade¾: ¿Os acordáis de lo ricos que los hacía vuestra madre? No le gustaba la cocina, pero quién lo hubiera dicho, con los platos que nos preparaba. Cuando nos casamos, estaba acostumbrada por su casa a la comida salada, y yo no podía resistirla. Un día, mientras comíamos lentejas, cogí la sal y eché un buen puñado en su plato. Cómetelas ahora, a ver qué te parecen, le dije. No tuve que darle más explicaciones. A partir de entonces comenzó a cocinar más soso. Y tampoco era nada presumida. Solo la vi pintada una vez, que la habían cogido por banda sus amigas y parecía una mona de circo; no fui capaz de aguantarme la risa. Qué te pasa, me dijo ella; nada, nada, respondí, pero no podía dejar de reírme. No hizo ningún comentario, ni yo tampoco, aunque nunca más volvió a pintarse, y es que no le hacía falta, con su buen color natural. Sírveme un vaso, por favor —pide a la hija que acaba de aparecer con una jarra de zumo de naranja recién exprimido.

La hija obedece, y el abuelo continúa:

—A mí me han timado. Por mucho que me digan que soy un anciano venerable, cuando sueño me veo de niño, cazando grillos con mi palo infalible para después venderlos y ganarme unas perrillas. Y buena maña que me daba. Entonces se estilaba ponerlos en grilleras de barro en las casas durante el verano para que las alegraran con sus cantos y se les daba de comer lechuga. Qué tiempos aquellos... No sabéis lo duro que es llegar a viejo. La vida es como un campo de trigo que va cortando una guadaña. Zas, de un golpe te quedas sin padres; zas, ahora sin amigos; zas, pierdes a tu mujer, y la guadaña sigue avanzando y avanzando, cada vez más cerca... Ya sabéis que no tengo prisa por morirme, pues aquí estoy bien; sin embargo, estoy preparado, porque, total, qué me puede pasar, si ya lo he vivido todo. La muerte no puede ser peor. Tendrá sus ventajas; por ejemplo, comprender la nada y el infinito, esas palabras con las que los hombres nos llenamos tanto la boca. Yo tengo curiosidad por ver cómo se expande el universo; me sentaré en el borde y lo veré avanzar y avanzar. Total, estaré en la eternidad y tendré tiempo de sobra, mientras toco la lira y como mazapán. Y vuestra madre me acompañará, pero no estará enferma ni yo seré viejo, ya no existirán ninguna de esas ataduras carnales que tanta lata dan. ¿Veis?, cuando pienso en eso, casi me apetece morirme.

Las hijas protestan, no digas eso, papá, pero el anciano pide que le pasen el queso y prosigue sin dejarse interrumpir:

¾...Y cuando al final llegue arriba y me vea san Pedro a las puertas, saldrá a saludarme haciendo tintinear su manojo de llaves, hombre, me dirá, ya estás aquí por fin, Antoñito Zampabollos.

 

© Carmen Martínez Gimeno, extraído de El ala robada y otros cuentos, 2013.


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