miércoles, 8 de marzo de 2023

Un ramito de poetas: día internacional de la mujer

«¿Quién le escribía versos, dime quién era?, ¿quién le mandaba flores por primavera…?, comenzaba la canción El ramito de violetas que en la década de 1970 lanzó la malograda cantautora Cecilia. Hoy, día internacional de la mujer, yo quiero felicitaros a todas compartiendo con vosotras este ramito de poemas violetas escritos por mujeres de diversas procedencias y culturas a lo largo de la historia. Me he dejado llevar por mis recuerdos de lecturas y mis gustos, sin más ánimo que el de festejar este día. Alegrémonos, pues, en la esperanza de que lleguen tiempos mejores, de que se desborde en marea creciente la conciencia feminista y se protejan los derechos de las mujeres en todos los entornos para conseguir que cada una desarrolle el potencial que posea. Ojalá sigamos escribiendo en igualdad y libertad. Ojalá haya un mañana más justo.

Safo fue una poeta griega nacida en la isla de Lesbos hacia el año 650 antes de nuestra era y es una de las escasas voces femeninas que nos ha llegado desde la Antigüedad. Su vida está envuelta en la leyenda y su consideración ha ido cambiando como reflejo de las distintas actitudes de la sociedad hacia el género y la sexualidad, asuntos principales de sus poemas. Lo cierto es que se la retrató en cerámica, lo que indica la enorme fama e influencia que alcanzó en sus días. Aunque de su obra solo nos han llegado un puñado de poemas completos y cientos de fragmentos transcritos en papiros antiguos, se sabe por lo mucho que es citada que sus versos sirvieron de fuente de inspiración a grandes poetas posteriores. Platón la consideró la décima musa. Dicen que su deseo era hacer perdurable su amor a través de la creación poética, lo que consiguió configurando un lenguaje del amor y del deseo que todavía sigue en uso: en él se encuentran algunas ideas y pensamientos románticos universalizados, como la naturaleza amarga del amor y las tribulaciones que provoca. De su nombre procede la forma poética conocida como estrofa sáfica.


Ya se han puesto Pléyades y Luna,
mediada va la noche,
discurren las horas,
y yo duermo sola.

(Versión mía sobre el texto griego).

Casia nació en Constantinopla, la ciudad reina del Imperio de los romanos de Oriente, en el año 810 de nuestra era. Es una de las primeras compositoras de cuyas obras se conservan transcripciones notadas, por lo cual es posible seguir interpretándolas en la actualidad. De su vida se cuenta que fue una de las elegidas por la emperatriz madre para participar en el certamen de belleza en el cual el emperador Teófilo elegiría esposa. A pesar de atraerlo por sus cualidades físicas, su ingenio al contestar una pregunta sobre la condición de las mujeres hizo que fuera descartada. Reivindicando su derecho a hablar en voz alta, sostuvo que aunque de una fluyó la maldad, de otra, la más grande que nunca hubiera nacido, emanó lo mejor, la salvación de la humanidad. Fundó un convento y pasó su vida en él como abadesa, escribiendo abundantes himnos dedicados a mujeres santas o festividades de la Virgen, muchos de los cuales todavía se utilizan en la liturgia de la Iglesia ortodoxa oriental. Con un estilo sencillo y natural, también escribió epigramas y versos gnómicos, máximas que pretenden recoger verdades generales sobre el mundo y versificadas para facilitar su memorización.

En un necio, el conocimiento
es cascabel en la nariz de un cerdo.

Un amigo que, en sus sufrimientos, socorre a sus amigos
encuentra descanso a sus excesivos dolores.

Un poco es mucho, si el amigo es agradecido.
Si es desagradecido, mucho es poquísimo.

(Versiones mías sobre los textos griegos).


Wallâda bint al-Mustakfî nació en la Córdoba califal hacia el año 994 de nuestra era. Fue hija de un príncipe omeya cuyo reino como califa no alcanzó los dos años. En su juventud, parece haber mantenido un salón literario en el que ella descollaba, más que por su reconocida belleza, por su ingenio, su perspicacia y su habilidad para la sátira. También sobresalía en la improvisación de replicas brillantes. Esta espontaneidad le procuró críticas a las que ella prestaba escasa atención. Su afición a caminar por las calles sin velo y a bordar sus versos en los hombros de sus túnicas atestiguan su personalidad altiva e independiente.

Sobre el hombro derecho llevaba escrito este verso:
Estoy hecha, por Dios, para la gloria,
y camino, orgullosa, por mi propia senda.
Y sobre el izquierdo:
Doy poder a mi amante sobre mi mejilla
y mis besos ofrezco a quien los desea.

Si tú quisieras, entre los dos
habría un secreto jamás revelado.
Sabe de mis labios que,
si alimentaras mi corazón,
sobrellevar podría
cuanto otros corazones no resisten.

(Versiones mías sobre traducciones de textos árabes).

Sor Juana Inés de la Cruz, nacida a mediados del siglo XVII en San Miguel Nepantla (Nueva España, actual México), fue una niña prodigio que aprendió a leer y escribir a los tres años y que empezó a versificar a los ocho años. Por su precocidad y su inteligencia despierta, con catorce años ya era dama de honor de la esposa del virrey. Y aunque deslumbró en la corte virreinal de Nueva España, decidió ingresar en un convento, primero de las carmelitas descalzas y después de la orden de San Jerónimo. No tenía vocación religiosa pero, como tantas mujeres a lo largo de la historia, prefirió el convento al matrimonio para conservar su libertad intelectual y gozar de sus aficiones literarias. Su celda, que albergaba una nutrida biblioteca, fue lugar de reunión de poetas e intelectuales. Su extensa obra abarcó poesía y teatro, estudios filosóficos y musicales.

En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando solo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Emily Dickinson, nacida dentro de una familia acomodada en Amherst (Massachusetts, EE. UU.) en 1830, nunca escribió un poema narrativo extenso, ni un cuento, novela o romance en prosa. Esta extraordinaria poeta dedicó íntegra su obra a la poesía lírica. Sus poemas sucintos y sugerentes son como una especie de monólogos dramáticos en los que trata de hallar la esencia de las cosas a menudo cotidianas. Encerrada en la casa paterna que nunca abandonó y vestida de blanco, solía describirse como una persona diminuta y modesta, una margarita, una ratoncita a la que el entorno y las circunstancias, cual el viento a un junco, doblegaban. Ella se resistió hilvanando palabras mediante guiones a modo de puntadas en una mística irresistible que acumula sensaciones y evita lo superfluo. Ninguno de sus poemas lleva fecha ni título y la mayoría fueron descubiertos en encuadernación casera después de su muerte.

Vivo en la Posibilidad -
Casa más hermosa que la Prosa -
Con muchas más Ventanas -
Superior - por las Puertas -

De Aposentos cual los Cedros -
Inexpugnables al Ojo -
Y por Techo Eterno
La Cubierta del Cielo -

De Visitantes -los mejores -
Por Ocupación -Esta -
Extender abiertas mis menudas Manos
Para abarcar el Paraíso -

(Versión mía sobre el texto inglés).

Alfonsina Storni nació en 1892 en una aldea suiza, de donde eran originarios sus padres, pero creció en Argentina, país al que habían emigrado. No tuvo una infancia fácil y trabajó para ayudar a su madre desde muy joven. La casualidad propició que a los trece años sustituyera a una actriz que había enfermado durante una representación teatral en la ciudad de Rosario y decidió unirse a la compañía para recorrer Argentina. Esta circunstancia abrió su mente a la literatura y a la vida intelectual.  Se hizo maestra rural y colaboró con dos revistas literarias, en las que comenzaron a aparecer sus poemas. Su fuerza le ganó reconocimiento y, junto con la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou, conformó la primera avanzadilla de la lucha de las mujeres por aportar su mirada sobre el mundo y ser reconocidas en los espacios de la literatura internacional. Formó parte del movimiento modernista y escribió obras poéticas y teatrales.

Alguna vez, andando por la vida,
por piedad, por amor,
como se da una fuente, sin reservas,
yo di mi corazón.

Y dije al que pasaba, sin malicia,
y quizá con fervor:
―Obedezco a la ley que nos gobierna:
He dado el corazón.

Y tan pronto lo dije, como un eco
ya se corrió la voz:
―Ved la mala mujer esa que pasa:
Ha dado el corazón.

De boca en boca, sobre los tejados,
rodaba este clamor:
―¡Echadle piedras, eh, sobre la cara;
ha dado el corazón!

Ya está sangrando, sí, la cara mía,
pero no de rubor,
que me vuelvo a los hombres y repito:
¡He dado el corazón!

Gloria Fuertes nació en Madrid, la capital de España, en 1917 en el seno de una familia tan humilde que se vio obligada enseguida a trabajar para procurar su sostén. A pesar de ello, consiguió formarse y obtener diplomas de taquigrafía y mecanografía, y también estudió gramática y literatura porque le atraían las letras. Escribió sus primeros versos a los catorce años y desde entonces no paró. Fue autora de libros de poemas, de rimas y cuentos para niños; colaboró en programas infantiles de la televisión como Un globo, dos globos, tres globos y La cometa blanca. También escribió en La Codorniz y otras revistas. Obtuvo numerosos reconocimientos a lo largo de su dilatada trayectoria como escritora y vivió varios años en Estados Unidos porque obtuvo una beca Fullbright de Literatura Española para impartir docencia en distintas universidades. Ella lo celebraría diciendo que la primera vez que entró en una universidad «fue para dar clases en ella». Sobre su tumba del Cementerio de La Paz de Alcobendas, se lee: «Gloria Fuertes. Poeta de guardia».

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
―supervivo de todos los naufragios―,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
―hacer reír a los clientes desahuciados―,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
―no ser apenas nada en el tablado―,
y sigo entre fusiles y pistolas,
sin mancharme las manos.

Isabel Martínez Barquero nació en Murcia en 1958 y se licenció en Derecho. A esta disciplina se dedicó profesionalmente, hasta que ya de mediana edad cambió su trayectoria vital: «Soy consciente una vez más de la suerte que he tenido. Haber dado un giro absoluto a una vida que no me complacía desde un punto de vista profundo ha sido una gracia absoluta, un indulto por el que me siento como si hubiera estrenado la vida hace tan solo unos años», escribió en su blog El cobijo de una desalmada. No fue una escritora tardía, sin embargo, si no se tiene en cuenta el hecho de haber empezado a publicar cumplidos los cincuenta años, sino las muchas horas robadas al sueño desde la adolescencia para escribir los pensamientos que poblaban su mente. Es autora magnífica de novelas, de microrrelatos y de cuentos, así como de numerosos versos recogidos en poemarios y en su blog ya mencionado. Con ella compartí durante años una amistad virtual y a veces frente a frente desde que coincidimos en grupos de redes sociales e intercambiamos pareceres e inquietudes. Su muerte repentina durante la pandemia en 2021 debido al maldito virus deja una pena oscura en el alma, huérfana de sus versos claros.

Un nuevo ángel habita en el aire.
Elevó su vuelo el miércoles.
Se liberó de todas las miserias.
Madre, madre mía,
descansa en paz.
Siempre estarás conmigo.

(Poema escrito en 2017 por Isabel tras la muerte de su madre).

No hay sociedad sin poetas, y las mujeres lo han sido siempre aunque no lo sepan, aunque no hayan escrito ni una línea, cuando arrullan a sus criaturas o cuando tratan de calmar su dolor o explicarles el mundo. La poesía sublima las palabras para transmitir belleza y sentimientos, despertando los sentidos e incitando sensaciones nuevas, inesperadas. Ojalá nuestras poetas no cesen nunca de crear peligrosamente para superar lo prosaico de la vida. «Me encierran en la prosa», se quejaba Emily Dickinson, «como cuando de niña me metían en el cuarto oscuro porque les gustaba quieta...». Mujeres, no nos quedemos quietas, no permitamos jamás que nos encierren en la prosa ni en ningún otro lugar. 

Esta es mi contribución personal al ramito de poemas: 


Algún día, volverán a incendiar
el trigal las amapolas
y, desde la higuera,
competirán en derramar,
tórtola y ruiseñor,
su corazón
en trinos afinados.

Algún día,
el severo reloj,
allá en la torre,
no marcará más
la última de muchas,
sino solo las serenas
de Todas.

© Carmen Martínez Gimeno, 2023    


    


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viernes, 3 de marzo de 2023

La tilde sobre el adverbio solo y los demostrativos: estado de la cuestión

Comencemos esbozando un marco histórico: ¿de dónde procede la tilde o acento ortográfico que se utiliza en el castellano actual? En latín, la lengua madre, no se escribían tildes sobre las palabras, pero sí en griego, y se piensa que de ahí, a lo largo del siglo xv, fueron pasando sus acentos escritos a lenguas romances como el francés, el italiano o el español. Los tres acentos griegos (agudo, grave y circunflejo) eran musicales: marcaban variaciones de tono (elevación o depresión), pero no de intensidad de voz. En castellano, sin embargo, la escritura de un acento sobre cierta vocal no parece haber causado variaciones de pronunciación: desde el comienzo, el acento gráfico o tilde fue de intensidad y se limitó a señalar la posición de la sílaba tónica que se resaltaba al hablar. Pero las reglas de uso eran confusas, y los gramáticos y ortógrafos castellanos diferían acerca de su utilidad, motivo por el cual tardó siglos en sistematizarse en la escritura.

 Los más destacados autores de nuestra tradición gramatical dedicaron tiempo y esfuerzo a describir y explicar los acentos: Antonio de Nebrija, en Gramática de la lengua castellana (1492: 138), defendió la existencia en castellano de dos acentos simples, el agudo y el grave, más tres acentos compuestos en el caso de los diptongos y triptongos: «deflexos, inflexos y circunflexos» los llamó.  Por su parte, Gonzalo Correas, en Arte de la lengua española castellana (1625: 262), censuró la introducción en la lengua castellana de esos tres acentos y puntualizó que no había más que uno: «No crean el error viejo de los Griegos, qe dieron tres, agudo, grave i zircunflexo: de donde los tomaron los Latinos i demás, sin recato á carga zerrada, qe ni tal hubo, ni pudo haber en la naturaleza de las palabras; sino qe fué invenzion escusada de Gramáticas, qe con la antigüedad cobró fuerza, no siendo hasta agora advertida ni refutada por nadie». Con todo, Correas no dudaba de la utilidad de este único acento gráfico para evitar vaguedades en la escritura: «i aun en nuestros libros si topamos nonbres peregrinos, i estraños de las Indias, ú otras partes, dudamos el azento en ellos. Por esto i para quitar la anbiguedad de algunas palavras, i personas i tienpos de los verbos, será de gran perfezion ponerle, siquiera en los libros de molde, i de mucho alivio para los estranxeros que estudian nuestra lengua, i zerteza del para los siglos venideros» (Correas, 1625: 260).

A comienzos del siglo xviii todavía perduraba la polémica respecto de los acentos gráficos. En el «Discurso proemial de la orthographía» con el que comenzaba el primer Diccionario de la lengua castellana (1726),  que suele considerarse el primer intento de sistematización y fijación del uso de la tilde, se aseveraba: «En la Léngua Castellana el circunflexo, que se forma assi ^, no tiene uso alguno, y si tal vez se halla usado por algún Autór, es sin necesidad, porque no sabemos yá el tono que los Romanos usaban y explicaban con este accento. En nuestra Léngua los acentos no sirven para explicar el tono, sino para significar que la sylaba que se accentúa es larga».  Fue a mediados de ese mismo siglo, en la Orthographía española publicada por la Real Academia Española (1741), cuando se realizó la primera descripción pormenorizada y completa de los acentos (así como de la puntuación). De este modo, la ortografía abandonó su carácter de simple «tratado de las letras» para convertirse en un estudio acabado de la escritura en el que se otorgaba la misma importancia a cada uno de sus aspectos.

En líneas generales, entonces se establecieron las pautas que, recogiendo el hecho ya ampliamente constatado de que el acento castellano se basaba en la intensidad, fueron evolucionando hasta que en 1880 se consensuaron las tres reglas fundamentales sobre la acentuación de las palabras (divididas en agudas, llanas y esdrújulas) y se estableció el valor diacrítico del acento gráfico en el caso de palabras homógrafas, esto es, de igual escritura, asunto del que ya habían escrito los ortógrafos renacentistas. La doctrina ortográfica de la Real Academia a partir de ese momento solo presentó variaciones de detalle (se modificó, por ejemplo, la regla de atildamiento de los monosílabos á, é, ó, ú para reducir el uso de tilde solo a la ó entre cifras; tilde que años después también se suprimió), hasta llegar a la Ortografía de 2010, en la que se continuó simplificando las reglas de acentuación que causaban polémica (como en el caso del adverbio solo o los pronombres demostrativos este, ese y aquel). Hoy, a comienzos de marzo de 2023, todos los periódicos anuncian la novedad de que la Real Academia Española desiste de su intento de simplificación y convierte en voluntario ―no en obligatorio― la colocación de la tilde sobre el adverbio solo y los demostrativos pronominales cuando exista equívoco en su interpretación.

¿Qué es lo que ha ocurrido? Atendiendo a las normas generales de atildamiento, el adverbio o adjetivo solo, el adverbio solamente y los demostrativos esta, esa y aquella, más sus respectivos masculinos y plurales, tanto en función adjetiva como pronominal, no aceptarían tilde por ser palabras bisílabas llanas terminadas en vocal o en -s, y aquel, por ser palabra bisílaba aguda acabada en consonante distinta a -n o -s.  ¿Por qué se había venido escribiendo un acento gráfico sobre ellas? Se trata de una tilde diacrítica o diferenciadora, cuyo cometido ortográfico es distinguir entre palabras tónicas y átonas que son formalmente idénticas (como qué y que; cómo y como; aún y aun, por poner unos ejemplos). Sin embargo, el adverbio o adjetivo solo, el adverbio solamente y los demostrativos esta, esa y aquella, más sus respectivos masculinos y plurales, tanto en función adjetiva como pronominal, son todas palabras tónicas y, por consiguiente, la distinción entre categorías gramaticales (adverbio o adjetivo; determinante adjetival o pronominal) que hasta la Ortografía de 1999 se establecía entre ellas para recomendar el uso de la tilde diacrítica en supuestos de ambigüedad era incongruente. La Ortografía académica de 2010 quiso corregir tal anomalía por considerarla superflua y porque propiciaba innumerables errores, que se siguen dando: es frecuente, por ejemplo, ver escrito éstas últimas o el coche aquél, cuando se trata de determinantes adjetivales, que jamás deben llevar tilde, y no de pronombres, o hagamos ésto, cuando las formas neutras jamás aceptan tilde. La Real Academia, para abogar por la supresión de la tilde diacrítica, adujo como justificación de fácil comprobación que la mayoría de los casos de posible ambigüedad quedarían resueltos por el contexto comunicativo, una puntuación conveniente y un buen orden de redacción, incluso en los ejemplos más rebuscados que suelen aportarse: ¿Por qué aquellos compraron libros usados?/ ¿Por qué compraron aquellos libros usados? Dijo que mañana contestará esta / Dijo que esta mañana contestará.

Sin embargo, esta pretendida simplificación de tildes, en aras de generalizar una mejor ortografía, se topó desde el comienzo con una contestación popular que no ha amainado. Transcurrida más de una década desde la publicación de la Ortografía, las quejas siguen como el primer día, e incluso destacados escritores han hecho bandera de conservar esta tilde diacrítica, sobre todo en el caso del adverbio solo. Por tanto, la Real Academia Española parece haberse rendido y ha regresado a la recomendación, que no obligación, de coronar el adverbio solo y los demostrativos pronominales con acento gráfico cuando, a criterio de quien escribe, haya posibilidad de ambigüedad.

¿Qué cambia entonces? A mi entender, la situación continúa siendo la misma. Se seguirán escribiendo tildes por costumbre y se seguirán escribiendo mal. A quienes se dedican a la corrección de textos les seguirán llorando los ojos al ver atildados erróneamente los pronombres neutros esto, eso y aquello;  los demostrativos adjetivos que se posponen al nombre: la niña aquella; los libros esos; bonita experiencia esa; y, sobre todo, el demostrativo cuando es antecedente, sin coma, de un relativo: Soy aquel que esperabas. Aquellos que corren son mis hijos. Porque pocas personas leen manuales de estilo u obras de consulta como el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española de Manuel Seco, que informan de la falta de ortografía que se comente al escribir la tilde sobre tales demostrativos, pues en esa función pierden su carácter de localizadores espaciales para convertirse en sustantivos. Con la supresión total de la tilde diacrítica que reglaba la Ortografía académica de 2010, nadie se equivocaría al escribir: Yo soy aquel que ayer no más decía. Estas que fueron pompa y alegría. El demostrativo aquel puede incluso utilizarse como un sustantivo pleno: Enrique tiene su aquel. Los soldados, por el aquel de darse valor, apuraban una botella de vino tras otra.

Por lo que respecta a la palabra solo, bien sea adverbio (solo duerme dos horas), bien adjetivo (duerme solo todas las noches), se seguirá colocando la tilde al buen tuntún, y ni siquiera los programas correctores de los ordenadores serán capaces de discriminar siempre para detectar los fallos. Compárense las siguientes redacciones: Vino solo para eso / Vino específicamente para eso. Acude dos horas solo cada mañana / Acude nada más dos horas cada mañana. Como bien se señalaba en la Ortografía académica de 2010, las ambigüedades que puedan surgir por no escribir la tilde nunca serán superiores en número ni más graves que las causadas por los abundantes casos de homonimia y polisemia de palabras existentes en nuestra lengua.

En mi ya dilatada trayectoria profesional, he ido adaptándome a las normas académicas y he solido seguir sus recomendaciones, aunque alguna me chirriara. Creo en el lenguaje llano y en la simplificación de las pautas para que cualquier persona que necesite escribir pueda hacerlo con propiedad y sin errores ortográficos ni gramaticales. Por ello, abogo por la supresión de esta tilde diacrítica que suscita más problemas que resuelve. Yo no la escribiré jamás. En remotos casos de ambigüedad, recomiendo recurrir a sinónimos (únicamente, por ejemplo, en lugar del solo adverbial; a solas; en soledad, en lugar del solo adjetival), puntuación acertada o una redacción mejorada.

En suma, abogo por la economía de la lengua que, entre otras cosas, condujo al sistema acentual del castellano actual, luego de una evolución de siglos. Se suele afirmar que las tildes sobre las palabras sirven para leerlas como corresponde ―esto es, para reflejar su pronunciación hablada―, dando mayor intensidad a la sílaba tónica. Sin embargo, Correas (1625: 143) ya señaló en su época las limitaciones del sistema: «Si en todas las diziones de dos ó mas sílabas ó en aqellas siqiera qe hazen antigüedad, se escriviera el azento sobre la vocal predominante qe la tiene i se levanta mas, i se enseñorea sobre las otras, diera se gran claridad á la escritura, i ahorráramos de dar reglas de azentos en las palabras. Mas porqe hasta ahora no está introduzido tan buen uso, daremos las que puede haber mas fáziles, por donde se conozcan i sepan». Quien desconozca las normas acentuales de nuestra lengua se mostrará incapaz de leer una palabra que le sea ajena, colocando el acento fónico donde corresponde, si no está marcado con un acento gráfico. Tampoco podrá atildar una palabra que jamás haya escuchado si no domina el uso actual de la tilde o acento gráfico. Entonces, si esta dificultad comprobada no preocupa ni mueve a las masas para exigir un cambio, ¿por qué ha logrado hacerlo la supresión de una sola tilde diacrítica, ya de por sí incongruente, cuyo objeto era economizar errores y facilitar la escritura? 



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martes, 29 de noviembre de 2022

Latinismos: claves de uso


Esta denominación abarca las palabras y expresiones latinas que perviven en nuestra lengua actual y se emplean sobre todo en medios académicos, científicos y jurídicos, así como en la escritura culta o elevada. Puesto que se tomaron del latín cuando ya avanzaba como lengua independiente la castellana, en esencia los latinismos son préstamos léxicos semejantes a los que nos llegan de otras lenguas (inglés, francés, italiano…) y han de tratarse como tales. Si los latinismos son puros, mantienen su propia grafía y fonética (no llevan tilde porque en latín no existía y se escriben en letra cursiva); si se adaptan al castellano, sufren modificaciones para ajustarse a sus reglas de escritura y atildamiento.

·       Los latinismos de una sola palabra ya adaptados al castellano se rigen por las normas generales de acentuación: accésit, cuórum, déficit, imprimátur, ínterin, ítem, factótum, hábitat, plácet, réquiem, ultimátum, vademécum. Estas palabras castellanizadas se incorporan al acervo de la lengua en pie de igualdad con el resto de sus componentes y forman el plural ateniéndose a sus mismas reglas: añadiendo ‑s, -es o permaneciendo invariables, según proceda: plus, pluses; accésit, accésits; ratio, ratios; lapsus, lapsus; déficit, déficits; hábitat, hábitats; vademécum, vademécums; ítem, ítems; superávit, superávits; réquiem, réquiems; estatus, estatus; imprimátur, imprimátur. Dentro del texto, estos latinismos ya adaptados se escriben en letra redonda, y no cursiva, como el resto de palabras (adviértase que los aquí citados aparecen en cursivas por su carácter de ejemplos). 

·       Las locuciones latinas, esto es, las expresiones pluriverbales fijas en latín que comparten la mayoría de las lenguas de cultura occidental y conservan en buena medida el sentido literal latino, se consideran extranjerismos crudos y deben escribirse sin ninguna tilde y en letra cursiva: de lege ferenda; grosso modo; res publica.

·       Las Academias de la Lengua desaconsejan emplear en castellano los plurales latinos terminados en ‑a propios de los sustantivos neutros de segunda declinación, que son normales en otras lenguas como el inglés (curricula, imperia, por ejemplo).

·       Las palabras latinas que componen el nombre científico de las categorías taxonómicas de animales y plantas (especie, género, familia, etc.) forman parte de nomenclaturas de uso internacional y se escriben igual en todas las lenguas de tradición occidental, sin tilde y en letra cursiva  (Euphorbia pulcherrima, Tarentola mauritanica, Homo sapiens).


Basta con ojear algún libro académico para comprobar que abundan los latinismos, no solo en la notación clásica para citar fuentes. Sin pretensión de ser exhaustiva, a continuación se recogen locuciones latinas de uso extendido con su significado en castellano:

A contrario sensu: En sentido contrario.
A contrariis: Por razones contrarias.
A fortiori: Por fuerza; con mayor razón.
A limine; in limine: Desde el umbral, de entrada.
A posteriori: Con posterioridad.
A potiori: Como conclusión mejor o preferible.
A priori: Con anterioridad.
A quo: Del cual.
A sensu contrario: En sentido contrario.
Ab absurdo: Por lo absurdo.
Ab imo pectore; imo pectore: De todo corazón; con entera franqueza.
Ab initio: Desde el principio.
Ab integro: Por entero.
Ab intestato: Sin testamento.
Ab intra: Desde dentro.
Ab irato: Por un movimiento de ira.
Ab origine: Desde el origen.
Ab ovo: Desde el huevo.
Ab urbe condita: Desde la fundación de la ciudad.
Absque ulla conditione: Sin ninguna condición.
Abusus non tollit usum: El abuso no quita el uso.
Accesorium ceda principali: Lo accesorio cede a lo principal.
Aclaratio terminis: Aclaración de términos.
Actio legis: Acción legal.
Ad augusta per angusta: A resultados grandes por vías estrechas.
Ad calendas graecas: Por las calendas griegas; esto es, nunca.
Ad cautelam: Para cautela.
Ad exemplum: Para ejemplo.
Ad hoc: A ese efecto.
Ad honorem: Por honor, gratuitamente.
Ad litteram: Al pie de la letra.
Ad rem: Respecto al asunto.
Ad usum: Según el uso o costumbre.
Alma mater: Madre nutricia (referido a la universidad).
Animus donandi: Ánimo de donar.
Animus lucrandi: Ánimo de lucro.
Ante diem: Antes del día.
Apud: Tomado de.
Bona fides: Buena fe.
Brevitatis causae: Por causa de brevedad.
Caveat; caveat emptor: Advertencia; cuidado por parte del comprador.
Caetera desiderantur: Lo demás se desea; esto es, falta.
Caeteris paribus: El resto permanece igual.
Cuique suum: A cada cual lo suyo.
Circa: Aproximadamente (en datación).
Conditio iuris: Condición de derecho.
Conditio sine qua non: Condición sin la cual no (indispensable).
Confer: Compárese.
Contra legem: Contrario a la ley.
Corpus delicti: Cuerpo del delito.
Damnum emergens: Daño emergente.
Datio in solutum: Dación en pago.
De auditu: De oídas.
De facto: De hecho.
De iure: De derecho.
De lege ferenda: Para una futura reforma de la ley.
De lege lata: Según la ley existente.
De novo: De nuevo.
De visu: De vista.
Dies a quo; dies ad quem: Día en el que; día hasta el que.
Eo ipso: Por eso mismo.
Erga omnes: Frente a todos.
Ergo: Por tanto.
Et alii: Y otras cosas.
Exceptio veritatis: Excepción de la verdad.
Ex iure: Según derecho.
Ex lege: Por ley.
Ex nunc; ex tunc: Desde ahora; desde siempre.
Ex post: Después del suceso.
Ex tempore: Fuera de tiempo.
Ex voluntate: Por voluntad.
Exequatur: Ejecútese.
Grosso modo: A grandes rasgos.
Idem: En el mismo lugar.
Id est: Esto es.
Idem: El mismo, lo mismo.
Ignorantia iuris; ignorantia legis: Ignorancia del derecho; ignorancia de la ley.
In absentia: En ausencia.
In articulo mortis: A punto de morir.
In dubio pro operario: En caso de duda, a favor del trabajador.
In dubio pro reo: En la duda, a favor del acusado.
In extenso: En extenso.
In extremis: En el último momento.
In illo tempore: En aquel tiempo; hace mucho.
In fine: Al final.
In fraganti: En flagrancia.
In fraude legis: En fraude de ley.
In re: En o sobre la cosa.
In situ: En el sitio.
Inter partes: Entre partes.
In vitro: En el vidrio; esto es, en el laboratorio.
In voce: De viva voz.
Ipso facto: Por el hecho, inmediatamente.
Ipso iure: De pleno derecho.
Iure proprio: Por derecho propio.
Iure sanginis: Por derecho de sangre.
Iuris et de iure: De pleno y absoluto derecho.
Lato sensu: En sentido amplio.
Lex domicilii: Ley de domicilio.
Lucrum cesans: Lucro cesante.
Mala fides: Mala fe.
Motu proprio: Por propia determinación.
Mutatis mutandis: Cambiando lo que se deba.
Nasciturus: Quien está por nacer.
Nihil obstat: Nada se opone.
Non bis in idem: No dos veces por lo mismo.
Nota bene: Nota importante.
Opere citato: En la obra citada.
Pace: Con el debido respeto a.
Pace tua: Con tu/su licencia o venia.
Pacta sunt servanda: Los pactos deben cumplirse.
Pane lucrando: Para ganar el pan.
Panem et circenses: Pan y circo.
Par conditio creditorum: Igual condición de crédito.
Pauca sed bona: Poco pero bueno.
Per fas et nefas: Por lo lícito y lo ilícito; esto es, por todos los medios.
Per se: Por sí.
Periculum in mora: Peligro de mora procesal.
Prima facie: A primera vista.
Primus inter pares: Primero entre sus iguales.
Prior tempore, potior iure: Primero en el tiempo, mejor en el derecho.
Pro domo sua: A favor de su propia casa.
Pro indiviso: En indivisión.
Pro rata: En proporción.
Pro solutio: En calidad de pago.
Quid: Lo principal de un asunto.
Quid pro quo: Una cosa a cambio de otra.
Ratio legis; ratio iuris: Razón de ley; razón de derecho.
Res iudicata: Cosa juzgada.
Res, non verba: Realidades, no palabras.
Res nullius: Cosa de nadie.
Res publica: Cosa pública.
Sic: Así.
Sine die: Sin fijar día.
Sponsor: Fiador, garante.
Statu quo: En el estado actual.
Stricto sensu: En sentido estricto.
Sub iudice: Bajo el juez.
Sub iudicium: Bajo juicio.
Sub litis: Bajo litigio.
Sui iuris: De derecho propio.
Testamenti factio: Capacidad para testar.
Testis unus, testis nullus: Testigo único, testigo nulo.
Unicuique suum: A cada cual lo suyo.
Universitas iuris: Universalidad del derecho.
Urbi et orbi: A la ciudad y al mundo.
Ut infra: Como abajo.
Ut retro: Como atrás.
Ut supra: Como arriba.
Ut singuli: Con singularidad.
Ut universi: Con universalidad.
Vacatio legis: Vacancia de ley.
Velis nolis: Quieras o no quieras.
Verbi gratia: Por ejemplo.
Vox populi: De dominio público.

Como regla general, la Real Academia Española y sus Academias de la Lengua correspondientes aconsejan dar preferencia a los latinismos castellanizados cuando existan, como es el caso de currículo y podio (cuyos plurales son currículos y podios), ex profeso o in fraganti (provenientes de ex professo e in flagranti, respectivamente: ambos han dado lugar además a adverbios escritos en una sola palabra: exprofeso e infraganti). Para finalizar, no está demás recalcar que jamás se debe emplear un latinismo si no se domina su significado.  



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lunes, 31 de octubre de 2022

Cocinar con olla de cocción lenta: «pulled pork» o carnitas de cerdo

Cualquiera que haya vivido en pueblos o campos castellanos recordará como yo que en el pasado la lumbre baja dentro de las casas constituía su centro, pues en ella no solo se hacían las comidas, sino que era el único sitio que les proporcionaba calor constante. Sobre esa lumbre baja prendida con leña se asentaban las trébedes de hierro, que servían de sostén al puchero donde cocían a fuego lento guisos de verduras, patatas o legumbres, acompañados de carne. Me viene a la memoria con deleite el cocido de garbanzos, mantenido al amor de la lumbre largas horas, que siempre nos invitaba a probar Jacinto el pastor cuando, siendo niñas, pasábamos cerca de su casa. Por eso, enseguida comprendí las ventajas de las ollas de cocción lenta modernas, que son eléctricas, cuando, hace ya muchos años, me habló de ellas mi hermana Pilar al mudarme a vivir, como ella, a Estados Unidos. Desde entonces se convirtió en un elemento imprescindible en mi cocina para elaborar, sobre todo,  recetas de carnes cuyo resultado es magnífico. Me costó hacerme con una a mi regreso a España porque aquí eran prácticamente desconocidas, pero en la actualidad se pueden encontrar en cualquier tienda de electrodomésticos y con frecuencia hay buenas ofertas disponibles en internet.  

Los componentes básicos de una olla de cocción lenta son:

·       Carcasa exterior que suele ser de aluminio (pintado o sin pintar). Apenas pesa, guarda en el fondo la resistencia de calentamiento, conectada al cable con enchufe para conectar a la red eléctrica, y en la parte delantera presenta los mandos para su funcionamiento.

·       Vasija interior de cerámica gruesa (las mejores) que tiene bastante peso u otro material más ligero (pero menos eficiente).

·       Tapa para la vasija interior. Las mejores son de cristal porque permiten controlar el estado del guiso a simple vista.

Cocinar con olla de cocción lenta no es difícil si se dispone de paciencia y se comprende su funcionamiento. Es imprescindible tener en cuenta la cantidad de líquido empleado en cualquier elaboración porque apenas hay evaporación durante el cocinado, a diferencia de lo que ocurre con las ollas habituales. Por lo demás, apenas cuesta encontrar excelentes recetas de toda clase en internet. Yo utilizo mis ollas de cocción lenta ―poseo dos― sobre todo para guisar patas de pavo, redondo de ternera, costillares de cerdo con salsa barbacoa, roast beef  y chipirones en su tinta, además de algunos caldos y sopa de pescado.

Últimamente he repetido a menudo la receta que hoy comparto cuando disfrutamos de reuniones familiares y no suele quedar ni una hebra. Sí, hablo de hebra porque ese es el resultado que se persigue después de una cocción de 8 horas en temperatura baja de una pieza de cerdo que tenga cierto contenido graso. La pieza puede ser paletilla o pata trasera, aguja o cabecero de lomo. Si se hace con carne magra, como el lomo, quedará seca y algo dura, aunque el sabor sea bueno. El pulled pork es una comida tradicional estadounidense cuyo nombre se traduciría en español como cerdo deshebrado. Carnitas de cerdo es el nombre que recibe una receta semejante mexicana, aunque suele  llevar chile verde para que pique. Existen infinidad de versiones de ambas, que yo he adaptado hasta dar con la mía propia.


Ingredientes

·       Una pieza grande (en torno a 2 kilos) de cabecero de lomo fresco.

·       Especias para el adobo: pimentón (dos cucharadas grandes al menos); orégano (un par de cucharaditas); comino (media o una cucharadita), pimienta y sal (al gusto). Se pueden añadir más hierbas,  como tomillo, y especias, como clavo, según el gusto de cada cual, así como picante (chile o guindilla).

·       Una cebolla y algunos dientes de ajo (a elección; yo suelo emplear 4 dientes).

·       El zumo de una naranja. También puede ser un limón (aporta demasiada acidez para mi gusto) o algún buen vinagre (manzana, mi preferido, o vino). Básicamente, es necesario un ácido para que la elaboración llegue a buen término. Según el gusto de cada cual, puede ser menos o más fuerte el sabor que se pretenda.

·       Aceite de oliva (un par de cucharadas para embadurnar el recipiente cerámico y facilitar de este modo su limpieza tras el uso).

    

Elaboración

·       Si la pieza tiene excesiva grasa por el exterior, la eliminaremos con un buen cuchillo. Solo nos interesa la carne veteada del interior.

·       Mezclaremos todos los ingredientes del adobo en un cuenco y a continuación embadurnaremos por completo con una capa uniforme la pieza de carne. Si lo hacemos con tiempo y guardamos la carne cubierta con papel film en el frigorífico, el sabor se incrementa, como es natural, pero no es un paso imprescindible.

·       Cortaremos la cebolla en cuartos y picaremos menudos los dientes de ajo.

·       Conectaremos a la red eléctrica la olla de cocción lenta (su consumo es insignificante). Con la ayuda de un pincel, untaremos la vasija cerámica con aceite de oliva y colocaremos en el fondo la cebolla y los ajos, añadiremos el zumo de naranja (o el agente ácido elegido) y programaremos la cocción 8 horas en temperatura baja  (o 4 horas en alta si se tiene poca paciencia). Durante las primeras horas no se debe abrir la tapa de la olla. Después podremos comprobar muy de cuando en cuando el estado de la elaboración. La cocina olerá de maravilla y la carne presentará un aspecto tierno y meloso, como si estuviera a punto de desmenuzarse. Comprobaremos que en el fondo de la vasija queda cierto líquido que nos será muy útil para finalizar la receta.

·       Terminada la cocción, sacaremos con cuidado de no quemarnos la tiernísima pieza de carne de la olla y la deshebraremos sobre una fuente grande valiéndonos de dos tenedores. Se deshará sin dificultad y aprovecharemos para desechar la escasa grasa que encontremos durante esta labor. Podemos consumir la carne tal cual o añadirle parte o todo el líquido que queda en la olla, pasándolo por la batidora si nos disgustan los trozos de cebolla, que en realidad se deshacen al mezclarlos con la carne.

·       Si deseáramos un toque especial, una vez añadida la cantidad precisa del líquido de cocción, introduciríamos la carne deshebrada en el horno para gratinarla ligeramente. 


Estas carnitas de cerdo se pueden acompañar de puré de patata, patatas panaderas, boniatos, verduras a la plancha, frijoles o cualquier ensalada. En Estados Unidos suelen servirlas en pan de hamburguesa o sándwich, acompañadas de salsa barbacoa. Las opciones son abundantes y quedan a la imaginación de quienes cocinemos.
 

Concluyo aconsejando a quienes pretendan iniciarse en la cocina con olla de cocción lenta que elijan un modelo grande, ovalado y con tapa de cristal, útil para todo tipo de recetas. Como decía mi madre, al cocinar siempre es mejor que sobre que no que falte.  Las ollas con programador suelen ser más caras y no es imprescindible. En las ferreterías venden programadores externos muy baratos que se pueden acoplar al enchufe. Lo fundamental en estas ollas es que tengan dos temperaturas, alta y baja, mantenimiento del calor y un buen recipiente cerámico interior con tapa de cristal.  ¡Buen provecho!





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martes, 2 de agosto de 2022

Retórica y escritura (II): los tropos


El término tropo proviene del griego y significa ‘vuelta’ o ‘conversión’. Se emplea para englobar una serie de figuras retóricas complejas que han sido cruciales en la evolución de la literatura a lo largo de los siglos. En la actualidad, los tropos clave son la metáfora, la sinécdoque y la metonimia, aunque se reconocen algunas figuras más que constituyen variaciones, ampliaciones o casos concretos de estas tres principales.

 Los tropos permiten conferir a una palabra cierta significación que no es la suya específica y, de este modo, se hace evolucionar semánticamente a la lengua a la par que se la enriquece, bien sea ampliando el uso de una misma palabra, bien otorgándole un nuevo significado al conectarla con otras alejadas de su sentido original o al usarla por extensión o semejanza. Siempre han de ser claros y presentarse de forma natural a la imaginación, pues de lo contrario resultan afectados e incongruentes. 

Metáfora y alegoría

La metáfora consiste en trasportar la significación de una palabra a otra significación que solo le corresponde en virtud de una comparación que está en la imaginación. Se establece, por tanto, una equiparación de dos realidades distintas: el término real y el término imaginario. En virtud de la relación que se entabla entre ambos, surgen diversos tipos de metáfora. En la más habitual, ambos aparecen juntos: Vivir es morir de trago en trago. Pero también se puede prescindir del término real y solo escribir el imaginario: Las perlas de rocío. El valor de la metáfora radica en el significado que crea: básicamente, dice que  vivir es morir y que las gotas de rocío son perlas, a diferencia del símil, que dice que vivir es como morir y que las gotas de roció son como perlas, o que las analogías, que ofrecen un vínculo aún más vago entre los términos: Vivir se asemeja a morir de trago en trago. Las gotas de rocío parecen perlas.

 La metáfora es mucho más potente que el símil y la analogía porque el término imaginado posee mayor peso que el real al que reemplaza. Su fuerza reside en su capacidad para sustituir al término real, aportando nuevos sentidos e ideas y ampliando, a la vez que se cambia, el modo en que se piensa sobre algo. Sin embargo, en su misma fuerza radica también la limitación de la metáfora, puesto que el término imaginado no aporta solo parte de su significado, sino todo completo. Si digo soy un perro, asumo todo el significado que perro conlleva, no solo algunas de sus características. La asunción subyacente es que el término imaginado es acertado y, en caso de que exista conflicto de significados, el erróneo siempre es el término real, lo cual constituye una limitación y además es una trampa, pues tal vez la pretensión sería asumir algunos atributos, pero nunca los menos deseables. Así pues, las metáforas han de usarse con cuidado. Si escribo Irene es una zorra; Jaime, una foca, y Alicia, un puercoespín, los tres pasarán a convertirse en tales con todas las consecuencias: Ahí llegan la zorra, la foca y el puercoespín, dirán al verlos acercarse.

Las metáforas lexicalizadas son aquellas que por su uso continuado han dejado de percibirse como tales: el cuello de la botella, la falda del monte, la cresta de la ola; las alas de un ejército (que en latín se denominaban, también metafóricamente, cuernos, puesto que las metáforas no son iguales en todas las lenguas); incluso el adjetivo fabuloso tiene un origen metafórico por su derivación de fábula, aunque en la actualidad se considere una especie de superlativo de bueno. En cierto sentido, así es como evoluciona el lenguaje: alguien trata de explicar algo recurriendo a una palabra inusitada para crear una imagen, y con el paso del tiempo dicha palabra acaba en el acervo compartido del lenguaje una vez que la imagen original se pierde o evoluciona.

 Todas las metáforas libres creadas espontáneamente por un hablante, o incluso por un escritor, con afán consciente de originalidad, comparten una simbología previa común a las metáforas lexicalizadas, pues de lo contrario no se comprenderían. Para descubrir el origen metafórico de muchas palabras, es necesario estudiar la evolución de su significado.

 La alegoría se suele definir como una metáfora continuada; es decir, como una sucesión de metáforas relacionadas entre sí por analogía que, juntas, sugieren o simbolizan una idea compleja. El término proviene del griego y significa ‘hablar de manera figurada’. Ha sido un recurso literario muy empleada desde la Antigüedad en poesía y en prosa, e incluso existen obras que, en su conjunto, constituyen una alegoría, como la Divina comedia de Dante Alighieri.

 Un conocido ejemplo de alegoría son los versos elegíacos de Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre (ca. 1476), que comienza así: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir: / allí van los señoríos, / derechos a se acabar / y consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos; / y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos».

 Narraciones cortas con fines didácticos o moralizantes, como fábulas o parábolas, tienen con frecuencia carácter alegórico, pues de esta forma, suavizando el tono, es más fácil darse a entender y persuadir a quien lee o escucha. Asimismo, el lenguaje alegórico es habitual en el ámbito de la política, la publicidad y el periodismo. 

Metonimia y metalepsis

La primera palabra, de origen griego, significa ‘transposición’ o ‘mutación’, puesto que la figura consiste en designar una realidad con una palabra en lugar de otra, cuyo significado evoca por mantener una relación lógica de contigüidad, que puede ser de causa-efecto, de sucesión o de tiempo, de todo-parte, de materia-objeto, etc.: es de pluma fácil, por decir escribe bien; tiene buenas manos, por decir trabaja bien; carece de entrañas, por decir no tiene compasión; mujer de mucho seso, por decir mujer de mucho juicio; comió un buen plato, por decir comió una buena cantidad o un buen manjar; se fumó una pipa, por decir se fumó su contenido; juró lealtad a la bandera, por decir juró lealtad al país; ayer me bebí un burdeos, por decir me bebí un vino de Burdeos; vamos de vacaciones al mar, por decir vamos de vacaciones a una localidad junto al mar. La metonimia se acerca mucho a la metáfora, pero tiene un uso más específico, puesto que  está restringida a los sustantivos.

 La metalepsis es una especie de metonimia mediante la cual se expresa lo que se sigue para hacer entender lo que precede o al contrario. Es como si este tropo abriera la puerta para pasar de una idea a otra o, dicho de otro  modo, es un continuo juego de ideas accesorias que se llaman las unas a las otras. Son ejemplos de metalepsis expresiones como no te acuerdes de mis faltas, esto es, no las castigues; yo he vivido ya bastante, para decir ya me llega la muerte. La metalepsis es expresión gradual de la continuidad hacia lo que se deja ver y desde allí a lo que precede y lo que sigue como insinuación, pasando, sin ideas intermedias, de una significación directa a otra indirecta: Jacinto no verá muchos agostos, esto es, no vivirá muchos años; Elena tiene muchas navidades, es decir, tiene mucha edad.

 Una variedad productiva de la metalepsis la constituyen los casos en los cuales un autor es representado o se representa como agente de aquello que solo relata o describe, como en la oración Cervantes hace morir a don Quijote, que se comprende sin dificultad con el sentido de que Cervantes narra la muerte de don Quijote. Lo más interesante de esta variedad de metalepsis es su evolución para convertirse en metalepsis narrativa o ficcional, uno de los recursos narrativos más utilizados en la literatura moderna. Retomemos la frase Cervantes hace morir a don Quijote, cuya lectura literal es imposible: Cervantes el escritor/autor y don Quijote su personaje no están en el mismo plano ontológico y, por tanto, el asesinato/muerte ha de ser figurado. Sin embargo, tomado al pie de la letra, el enunciado también podría expresar que Cervantes se ha introducido en el plano ontológico de su obra para asesinar a don Quijote y, de este modo, estaríamos ante un relato de ficción de carácter fantástico. Así pues, al asumir el enunciado como un acontecimiento que ha sucedido en realidad (la muerte de don Quijote a manos de Cervantes), la figura retórica se desvanece para dar paso a la ficción: del tropo en el sentido establecido por la retórica clásica se ha pasado a la fructífera metalepsis de la narrativa moderna.

 Existe metalepsis narrativa cuando se juega al escribir con la doble temporalidad de historia y narración, cuando un personaje cambia de plano al salir de un cuadro, de un recuerdo, de un libro, etc., o cuando un mismo actor es héroe y comediante en un texto dramático. Estos juegos manifiestan siempre la importancia otorgada al límite que se pretende franquear a toda costa, recurriendo al ingenio y dejando atrás cualquier verosimilitud: esa frontera movediza pero consagrada entre dos mundos, aquel en el que se cuenta y aquel que se cuenta. 

Sinécdoque y antonomasia

La sinécdoque se suele considerar un caso particular de la metonimia. Consiste en designar una cosa mediante el nombre de otra con la que existe una relación de inclusión y, por tanto, puede utilizarse el nombre del todo por la parte o la parte por el todo, la materia por el objeto, la especie por el género y viceversa, el singular por el plural o lo abstracto por lo concreto: así, decimos acero por espada, brazo por trabajador, velas por barcos, las olas por el mar.

 Sin embargo, no siempre es posible tomar un nombre por otro: el sentido que se quiere dar a entender ha de presentarse con claridad y estar en cierto modo autorizado por el uso o una imagen lo bastante evocadora. Si de una armada compuesta por treinta navíos, se dijese que llegan a puerto treinta popas, resultaría una sinécdoque extraña. Cada parte no se toma por el todo, ni cada género por la especie, ni cada especie por el género. El uso y la aceptación son los que otorgan este privilegio a una palabra y no a otra.

 La antonomasia es una sinécdoque en la que se emplea el nombre apelativo por el propio o el propio por el apelativo: así, decimos la Ciudad Eterna por Roma, la Ciudad Condal por Barcelona, la Ciudad Luz por París, el País del Sol Naciente por Japón, una Juana de Arco por una heroína, un judas por un traidor, un donjuán por un conquistador, una venus por una mujer bella, un nerón por un hombre cruel, una Mata Hari por una conquistadora, un demóstenes por un buen orador o un Hitler por un dictador sanguinario. Según el Diccionario de la lengua española académico, la locución adverbial por antonomasia significa que a determinada persona o cosa le conviene el nombre apelativo con que se la designa porque es, entre todas las de su clase, la más importante, conocida o característica: Torquemada es el inquisidor por antonomasia. Aristóteles es el filósofo por antonomasia. La anticonceptiva es la píldora por antonomasia.

 A modo de conclusión, cabría afirmar que en todos sus usos, los tropos suponen un procedimiento de sustitución de una palabra por otra, pero no por sinónimos, sino por palabras con un significado diferente. 

© Texto compendiado de mi manual de escritura La lengua destrabada (Madrid: Marcial Pons, 2017), donde se puede obtener una explicación más extensa al respecto. 


Mis dos manuales de escritura: Breviario de escritura académica y 
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