miércoles, 23 de abril de 2014

Libros digitales

Libros digitales
Los libros siempre hablan de otros libros, y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado.
Umberto Eco

Los historiadores, obsesionados por el futuro, analizamos el pasado para entender el presente con mayor libertad.
Pedro Pérez Herrero

Desde el comienzo de los tiempos, el libro, continente y contenido, ha avanzando copiándose a sí mismo para perpetuarse y universalizarse gracias al empuje de unos pocos visionarios e inventores. A grandes rasgos, tres son los hitos fundamentales en su historia de éxito: la difusión, a finales del siglo XV, del empleo de la prensa de tipos móviles perfeccionada por Johannes Gutenberg;  la mecanización de la imprenta en el siglo XIX; y  la aplicación de herramientas informáticas en el siglo XX que ha llevado a la edición de libros digitales en las primeras décadas del siglo XXI.

Sin embargo, ninguno de los avances supuso la desaparición inmediata del estadio anterior ni se logró sin esfuerzo. Lo sucedido con Johannes Gutenberg es buena prueba de ello, pues se arruinó antes de acabar su edición de la famosa Biblia de 42 líneas, tuvo que pedir un préstamo a un banquero y perdió su imprenta al no poder pagarlo. Asimismo, los primeros libros en letra de molde, llamados incunables, trataban de imitar los copiados a mano, por lo cual se dejaban huecos en la impresión para dibujar después las letras capitales  y el resto de ornamentos que acompañaban al texto.

Con el paso del tiempo, los copistas fueron perdiendo trabajo y prestigio, que ganaron los escritores e impresores. El auge de la imprenta permitió a muchos vivir de su pluma y dejar de depender de la caridad de los mecenas, pues podían vender el producto de su mente a los impresores. El libro había dejado de ser un artículo de lujo único, elaborado a demanda, para convertirse en un producto. Las imprentas, por su parte, pasaron a ser empresas. Fabricaban su propio papel, estampado con su marca de agua reconocible, utilizaban sus propias letras de molde, algunas de las cuales todavía perduran, y disponían de sus componedores y correctores, que dominaban el oficio y eran bien remunerados por ello.

Cuando el libro entró en la era industrial, su cadena de producción y valor se amplió, surgieron nuevas profesiones para tareas específicas y se crearon los sellos editoriales, independientes de las imprentas. La red de distribución se convirtió en un eslabón fundamental para alcanzar popularidad y ventas, y el boca a boca dejó de ser el medio primordial para darse a conocer. Las universidades y la prensa escrita se erigieron en escaparates para los libros. Por su parte, los derechos de autor comenzaron a reconocerse en Occidente a comienzos del siglo XVIII con el Estatuto de la Reina Ana anglosajón, si bien siglos antes, en la España de finales del siglo XV, ya había alzado la voz para reclamarlos Antonio de Nebrija, escritor de la Gramática castellana e impulsor de la imprenta de la Universidad de Salamanca.

Como no podía ser de otro modo contemplando la historia, el advenimiento y auge del libro digital en este comienzo del tercer milenio de nuestra era ha causado conmoción en el sector editorial establecido. Al principio fueron muchos los que negaron su importancia y le auguraron corta vida: serán como los audiolibros, se escuchaba a menudo. Así pues, dormidas en los laureles, las grandes empresas editoriales no prestaron la atención debida a fenómenos pioneros como el Proyecto Gutenberg, desarrollado desde 1971 por Michael Hart para crear una biblioteca de libros electrónicos gratuitos, partiendo de los que ya existían en papel, o el lanzamiento en 2001 de la novela digital Riding the Bullet de Stephen King, que vendió 400 000 ejemplares en solo dos días a un precio reducido. De este modo, les pilló desprevenidas la entrada en escena del gigante Amazon, que ha marcado claramente la diferencia en la evolución del libro digital con su plataforma de edición electrónica y en papel bajo demanda casi a escala mundial y no restringida a los sellos editoriales. Sus dispositivos de lectura digitales con tinta electrónica, fáciles de utilizar y de precio cada vez más asequible, han sido el complemento necesario para su dominio del mercado digital.

¿Por qué suscita tanto recelo el libro digital en el sector editorial establecido? Es fácil de entender: porque cambia de arriba abajo la cadena de producción y elimina eslabones. Pero también por un problema crucial que debe preocupar por igual a editores y escritores: la facilidad de la publicación y la copia digitales fomenta la piratería. Al parecer, buena parte de las editoriales no invierten en edición digital porque no les resulta rentable; solo la consideran un producto secundario de la edición en papel que mantienen como algo testimonial para no quedarse atrás. Y mientras no cambie la percepción sobre el robo que supone la piratería y no se asuma que el trabajo de los escritores y editores debe ser remunerado porque es su medio de vida e igual de respetable que el de un médico, un fontanero o un informático, por ejemplo, no se solucionará. La queja tan popular de que el precio de los libros digitales es abusivo y por eso se piratean es un pretexto falso: muchos valen menos de tres euros y también se roban. Lo cierto es que hay piratas porque se permiten.  ¿Qué sucederá cuando ya no haya qué robar o la calidad sea tan ínfima que no merezca la pena? Nadie vive del aire, los editores y los escritores tampoco, y acabarán desapareciendo debido a la piratería si no se toma conciencia y se pone remedio.

¿Cuáles son las ventajas del libro digital sobre el impreso en papel? Las más evidentes desde la perspectiva editorial son que la producción, el almacenamiento y la distribución se facilitan y abaratan.  Desde el punto de vista del lector, la principal es la posibilidad de almacenar muchos libros en un dispositivo pequeño que apenas pesa y  se transporta con comodidad para leerlos en cualquier lugar. Asimismo, se pueden subrayar, anotar  y después compartir los comentarios con otros usuarios de una forma muy sencilla. Por último, pero acaso lo más importante, como escritora de libros digitales, considero que la principal ventaja que ofrecen para quienes los creamos es la posibilidad de corregir erratas, ampliar contenido o hacer cambios cada vez que lo consideremos oportuno, muchas veces atendiendo acertadas sugerencias de lectores, de manera inmediata y sin necesidad de incurrir en nuevos gastos. El libro digital, a diferencia del libro impreso en papel, es una obra abierta, viva, sin límites de tiempo ni espacio.

Ahora bien, como sucedió en otras etapas de la historia del libro, el digital copia de momento la impresión en papel: mantiene las mismas partes de esta, se divide en capítulos y como novedad relevante añade un índice activo que permite recorrerlos o cambiar de una parte a otra con rapidez y fluidez. En la mayoría de los dispositivos para lectura de libros digitales se puede ampliar o reducir el tamaño de la letra o cambiar de fuente según las necesidades o preferencias de quien los utiliza. No obstante, esta ventaja se convierte en inconveniente en el caso de las novelas en especial cuando el libro no se ha maquetado de una manera profesional, pues las rayas que abren y cierran los incisos de los diálogos se separan de la palabra a la que deberían ir unidas e incluso de la puntuación que corresponda, quedando en líneas distintas. Y, por desgracia, esta maquetación defectuosa es frecuente incluso en el caso de las editoriales de prestigio.

Asimismo, al igual que los primeros impresores fabricaban su papel con su marca de agua e imprimían sus libros con sus propias letras de molde creadas al efecto, las plataformas digitales de impresión y venta han impuesto sus propios formatos de archivo para los libros electrónicos. Los más habituales son el Mobipocket que utiliza el lector Kindle de Amazon y el ePub libre que utilizan muchas de las restantes plataformas y dispositivos de lectura. Pero hay muchos más. Calibre es el programa gratuito de conversión de archivos al que todos recurrimos para superar unas barreras absurdas que no deberían existir. El libro digital avanzará realmente cuando se llegue a un único formato universal basado en HTML y disponible en todos los dispositivos de lectura, prescindiendo de su marca.

Quienes nos dedicamos a este oficio laborioso de la escritura desde hace tiempo sabemos bien lo difícil que resulta vivir de él y muchos vimos una ventana de oportunidad en la edición digital. Publicar como autores independientes sin necesidad de agencia literaria ni editorial, sin más intermediario entre nuestra obra y los lectores que la plataforma nacional o las plataformas de gran alcance mundial donde aparecíamos y de las que podíamos recibir un elevado porcentaje de los derechos de autor, nos pareció un sueño.  Y lo era, ciertamente: un sueño del que despertamos enseguida. Porque conseguir visibilidad en las redes es tan difícil como aparecer en los montones de libros físicos que llenan las principales librerías, y nadie vende si pasa inadvertido. Puedes tardar varios años en escribir una novela excelente, cuidar la edición y la maquetación con esmero, seleccionar una portada vistosa y no vender casi nada. 

Los autores independientes más despiertos  se percataron pronto de que para triunfar vendiendo libros digitales en la principal plataforma internacional (que es la que cuenta de momento) debían dedicar la mayor parte de su tiempo no a escribir como genios, sino a crear redes, hacer amistades virtuales y reseñar a otros autores semejantes con objeto de obtener a cambio reseñas elogiosas. Hablemos claro: para destacar en Amazon no es primordial la calidad de la obra: lo importante es que te conozcan. Crear lazos de reciprocidad y vender de golpe los primeros días. Tú me compras, yo te compro. Tú me reseñas, yo te reseño. Yo digo que eres lo más y tú dices que leerme lleva al éxtasis. También es crucial escribir un libro que encaje en los únicos géneros literarios que venden en las plataformas digitales: novela romántica/erótica; policiaca/suspense; de aventuras/histórica o fantástica/distopía.  

Muchas de las editoriales tradicionales observaban atentas la evolución de la edición digital y empezaron a fijarse en los autores independientes que ocupaban los primeros puestos de la lista de más vendidos. Ante el declive de las ventas de los libros en papel, creyeron realmente que el gusto del lector había cambiado y, en líneas generales, han adoptado  dos posturas: 1) crearon sellos digitales específicos para ofrecer contratos de edición digital a los autores independientes que destacaban por sus ventas; 2) ofrecieron a esos mismos autores contratos, las más de las veces leoninos, para publicar en papel a demanda y en formato digital por un periodo que rondaban los siete años y unos derechos de autor muy inferiores a los que otorgan las principales plataformas digitales.

No acierto a comprender por qué un autor digital de éxito acepta tal esclavitud si es cierto que obtiene considerables ingresos. ¿Qué espera de las editoriales? Supongo que un prestigio del que se dice que carece la edición digital independiente. Sin embargo, el prestigio no lo confiere la editorial sino lo que somos capaces de escribir. ¿Es mayor el prestigio de Belén Esteban por haber publicado con Espasa-Calpe? En mi opinión, es la editorial la que lo ha perdido por prestarse a tal impostura aunque sus ventas se hayan disparado.

Puede ser que lo que espere un autor digital sea contar con un editor/escritor que lo ayude a superar sus deficiencias y mejorar su escritura. Ojalá lo consiga. Antes a las editoriales se llegaba «ya aprendido». El oficio se conseguía a fuerza de escribir y comentar con otros escritores en tertulias. Ahora existen los llamados talleres literarios, supongo que algunos buenos. Volviendo a las editoriales, ninguna pondrá a disposición de un escritor independiente un editor que «reescriba» su novela con él y le señale debilidades y fortalezas. No hay tiempo ni dinero para eso. Tal como están las cosas,  si la edición es en papel, sus textos recibirán una «manita de gato» y saldrán al mercado a pelear por un puesto en el montón de libros de los puntos de venta, y si es edición digital, ni siquiera recibirán ese arreglo. El anticipo que ha negociado y cobrado antes de que sus obras vean la luz siempre es a cuenta de los derechos de autor y puede tardarse  un año o más en generar más dinero. Además, tendrá que seguir batiendo el cobre para obtener visibilidad y alguna reseña elogiosa en el mundo de los críticos y los lectores tradicionales. La editorial no gastará un euro en promoción; es el autor el que ha de moverse para obtenerla.

Cuentan algunos editores precavidos que el paso de digital a papel no está beneficiando, en la mayoría de los casos, a los autores antes independientes ni a las editoriales que los han contratado. La explicación tal vez sea que el lector y crítico tradicional es más exigente que el lector de libros digitales. Aunque todos los que contestaron a la pequeña encuesta que lancé en las redes antes de escribir esta entrada afirmaron que exigían la misma calidad a un libro digital que a uno impreso en papel, la realidad demuestra lo contrario. Con los libros digitales se pasa el rato cuando se va en el metro, se está en la peluquería o en la playa, y lo que cuenta es que sean baratos. «Tiene erratas y a veces no se entiende, pero por lo que cuesta me ha entretenido». Este es un comentario, redactado de diversos modos, bastante habitual en libros digitales muy vendidos.

¿Quién tiene la culpa, entonces, del tan cacareado desprestigio de los libros digitales? Por supuesto, en primer lugar quienes los escribimos. La falta de profesionalidad, la picaresca para copar los primeros puestos, la ignorancia y el orgullo desmedido son los motivos. Y, del mismo modo, en nosotros los escritores está la solución: nadie hará por ti lo que tú mismo no seas capaz de lograr. Aprende a escribir, busca un buen corrector, que los hay, preocúpate de que la maquetación sea perfecta, elige la portada y, entonces, publica. Asimismo, sería bueno que las editoriales aprendieran de sus errores y primaran en su selección criterios de calidad y no de ventas. Esta vez han sido ellas las engañadas por crédulas.

Nunca, en los muchos años que llevo en el sector editorial, había visto libros tan mal escritos como ahora, incluidos algunos publicados en papel por editoriales prestigiosas.  Forma parte de la trivialización de la cultura, lo sé, pero es una pena. Alguien me dijo una vez que solo le interesaba leer libros en los que pudiera aprender algo, aunque no fuera más que vocabulario. Yo añado que solo leo aquellos libros, sean digitales o en papel, que comienzo con curiosidad y termino con nostalgia.

La opinión de otros
En los últimos días, acaso porque se acercaba en España el día del libro, se han sucedido los debates en las redes sobre la edición digital versus la impresa en papel. Este es el artículo de Mercedes Pinto Maldonado, «Captados en Amazon, esclavos de la pluma», quien firmó hace tiempo con un par de editoriales españolas. Por su parte, Amelia Noguera, quien acaba de conseguir que dos importantes editoriales españolas publiquen en los próximos meses la mayoría de sus novelas, escribe su punto de vista en «¿Publicar tu primera novela en Amazon o en editorial?». La perspectiva de las editoriales pequeñas queda recogida en «Seis falacias del libro digital» del blog @ntinomias libro. En «La noche de los libros», Joaquín Rodríguez repasa el panorama editorial español, resaltando la labor de los pequeños editores innovadores.  Finalmente, en «¿Es mejor publicar un libro digital en varias plataformas o concentrar los esfuerzos en Amazon?», Alejando Capparelli analiza las múltiples posibilidades disponibles. 


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






miércoles, 26 de marzo de 2014

Living in San Diego (California)

Living in San Diego
Downtown San Diego desde Coronado
Sabed que a la diestra mano de las Indias ovo una isla llamada California, mucho llegada a la parte del Paraíso Terrenal, la cual fue poblada de mujeres negras, sin que algún varón entre ellas oviese, que casi como las amazonas era su estilo de vivir. 

Garcí Rodríguez de Montalvo, Las sergas de Esplandián, 1510

Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno [...]. Volver, con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra.
Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, tango Volver

Gaslamp Quarter: corazón de San Diego
Todavía no se habían encendido las luces del avión para servirnos el desayuno final —o la cena, pues después de tantas horas de vuelo cruzando el Atlántico desde Madrid cuesta precisar de qué comida se trata—, cuando levanté la persianilla del ojo de buey y avisté allá abajo la lejana tierra firme americana. Me brincó el corazón —o acaso el estómago, tampoco lo sabría precisar— y no me vino a la memoria la cita de Las sergas de Esplandián que abre esta entrada, sino la letra del tango de Gardel con que continúa, al adivinar a lo lejos el parpadeo de las luces que iban a marcar mi retorno. Volvía a un lugar  de la California «mucho llegada a la parte del Paraíso Terrenal» que en el pasado había abandonado con lágrimas y donde mis hijos crecieron bilingües sin esfuerzo. Sé que veinte años es muchísimo tiempo y temía destruir mis viejos recuerdos que, como dice el tango, son «la fortuna de mi corazón». Pero ahí estábamos, a punto de aterrizar de nuevo en San Diego, tarareando al avisado Gardel: «el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar». 

Anochecer en La Jolla Shores
San Diego es la ciudad más meridional de California, situada justo en la frontera con la península de la Baja California mexicana, y la octava ciudad de Estados Unidos por su número de habitantes, muchos de ellos hispanos pero también orientales en cantidad creciente. Por su ubicación al sur de Estados Unidos, al norte de América Latina y entre Asia y Europa, actúa como punto estratégico donde confluyen culturas y se intercambian experiencias vitales. Su clima templado, sus muchos kilómetros de playa y su estilo de vida amable y desenfadado la convierten en un lugar privilegiado para vivir. Sin embargo, su lejanía relativa y las muchas horas de vuelo con escala incluso desde Estados Unidos la han protegido del turismo de masas y continúa siendo una ciudad agradable y tranquila donde la gente se da los buenos días y se desea lo mejor. Si cruzas la mirada con alguien, te sonríe, y es fácil entablar una conversación trivial. Hay quien dice que es pura cortesía hipócrita, pero a mí me encanta que me traten bien y corresponder del mismo modo.

Hotel del Coronado
La ciudad tiene un pequeño downtown, con sus rascacielos de metal y cristal que se reflejan en las aguas azuladas de la bahía, compartiendo espacio con los restaurados edificios victorianos de pocos pisos, donde ahora se ha mudado la gente joven que desea hacer vida europea, caminando por las calles y frecuentando los innumerables bares, restaurantes y lugares de diversión del Gaslamp Quarter o Little Italy. En el centro también se puede pasear junto al mar por Seaport y cruzar a Coronado en vapor o por el puente sobre la bahía para visitar el enorme y espectacular hotel victoriano en madera, construido junto a los blancos arenales de la amplia playa abierta al bravío océano Pacífico.

Balboa Park
Balboa Park, también en la almendra central, es el parque cultural urbano más grande de Estados Unidos. Alberga 15 museos, varios centros de artes escénicas, frondosos jardines y el Zoológico de San Diego. Recordaba de él sus enormes árboles y sus arbustos floridos, y volvió a maravillarme el Paseo del Prado que lo cruza con sus edificios de estilo renacentista español. Escuchar allí el domingo después del lunch un concierto del Spreckels Organ, el órgano de tubos al aire libre más grande del mundo, es una grata experiencia que recomiendo y repetiré cuanto pueda.

Geisel Library, UCSD
Nosotros no vivimos en el centro, sino en La Jolla, cerca de UCSD, la universidad donde trabajamos a diario. Esta zona y los restantes núcleos de la ciudad alejados del centro quedan separados unos de otros por cañones y barrancas, cuyo ecosistema está protegido y prohibida la edificación. Una red de carreteras y autopistas, muy transitadas en horas punta, los cruzan y entrelazan. Ahora existe un sistema público de transporte en creciente desarrollo que comunica las distintas zonas con varias líneas de autobuses y tres de metro ligero. Utilizándolos, incluso se puede llegar hasta la frontera mexicana de Tijuana, donde se ha construido un enorme complejo comercial de outlet. Sin embargo, debido a las largas distancias y el tiempo que se pierde en efectuar conexiones, el coche particular continúa siendo el medio preferido de desplazamiento, como ocurre en la mayoría de las ciudades estadounidenses.

Paseando por Seaport
En los casi dos meses que llevamos ya en San Diego, hemos revisitado los lugares que ya conocíamos, subido a Point Loma para intentar divisar a las ballenas, de  paso ahora hacia Baja California, paseado desde Mission Bay hasta Pacific Beach contemplando a los surfistas cabalgar sobre las crestas de las olas, visitado a los pelícanos y las focas que pueblan La Jolla Cove, avistado delfines cerca de la orilla en Del Mar y disfrutado de las preciosas vistas y la espléndida vegetación que saltan al paso por doquier. En nuestra misma calle están ahora floridos los enormes árboles del coral, así como muchas cactáceas que pueblan aceras y praderas. También están floridos los altos setos de hibiscos que cierran las urbanizaciones por las que paso caminando cuando voy al supermercado. No hay problemas con la comida, pues abundan los alimentos de todas partes del mundo. Yo me quedo con la comida mexicana y los dátiles californianos: solo con eso podría vivir.

Downtown San Diego desde Balboa Park
Tenemos todavía muchos meses por delante de estas segundas partes, que sí están siendo buenas, tal vez como excepción que rompa la regla. Muchos de nuestros amigos siguen viviendo en San Diego —porque la mayoría de los que aquí llegan no se quieren marchar— y otros vendrán aprovechando nuestra estancia. Descubriremos nuevos lugares, visitaremos el desierto de Anza-Borrego y el pueblo minero de Julian en las montañas, recorreremos los diversos pueblos costeros y haremos el Camino Real de las misiones; incluso en verano volveremos a visitar el Grand Canyon, uno de los lugares inolvidables de la tierra. Todos los días se nos ocurren nuevos planes.

Misión de San Diego de Alcalá 
Han pasado veinte años, sí, y la experiencia es la misma: estoy tranquila, contenta; me gusta vivir de nuevo en esta ciudad alegre. Mi novela fluye, se está dejando escribir a caballo entre el despacho universitario que comparto y la Geisel Library, en cuyas vistas elevadas pierdo la mirada hacia el mar cuando me falta inspiración. Veo volar hang gliders en el cielo a veces azul, a veces plomizo, envidiando la osadía de sus pilotos que yo no poseo, descubro nuevos olores vegetales y algunas sensaciones sinestésicas.  Y en las tierras soñadas de la reina Calafia, a menudo me vienen a la mente estas palabras: 
Vete a las Indias, hijo mío. No son mentiras las hazañas de los Amadises y los Galaores que eternamente habíamos tenido por invenciones. Ni son patrañas las proezas griegas y romanas que glosan los trovadores. Ni son fantasías los mundos fabulosos que miramos cuando soñamos. En las Indias los ríos y los lagos semejan encarcelados mares de agua dulce de cuyas profundidades ascienden en la noche hidras de muchas cabezas que resoplan llamaradas por sus muchas narices (Miguel Otero Silva, Casas Muertas: Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, 1985).
En San Diego, California, así fue y así es mientras esto escribo. Doy fe.



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






sábado, 8 de marzo de 2014

Andándonos por las márgenes (y las ramas)

Andándonos por las márgenes (y las ramas)
¡Yo no soy nadie! ¿Quién eres tú?
¿Tampoco —Nadie—?
¡Ya somos dos, entonces!
¡No lo digas, lo pregonarían —ya sabes!
¡Qué fastidio  —ser— Alguien!
¡Qué público —como una rana—!
Decir tu nombre —todo el santo junio—
A una admiradora charca.
Emily Dickinson (la traducción es mía)

Pensando cómo iniciar este artículo sobre mujeres en este nuevo día luminoso a nosotras dedicado, me ha venido a la memoria un libro de Natalie Zemon Davis que traduje hace años del inglés para la colección Feminismos de la editorial Cátedra. Se titulaba  Mujeres de los márgenes. Tres vidas del siglo XVII y recogía la historia de tres mujeres pertenecientes a confesiones y mundos muy diferentes. La judía Glikl Bas Judah Leib, la católica Marie de l´Incarnation y la protestante Maria Sibylla Merian se casaron, las dos primeras enviudaron y la tercera se divorció; todas tuvieron hijos y se las arreglaron para sacarlos adelante: fueron capaces de transformar su existencia y ser autónomas en circunstancias desfavorables. Pertenecían las tres a un entorno urbano, sabían leer y escribir, compartían una gran fortaleza de ánimo que les permitió embarcarse en aventuras más propias de hombres y antes de morir dejaron escritos sus pensamientos y vivencias para salvarlos del olvido: la buena madre judía, componiendo sus memorias para que sus hijos y los hijos de sus hijos recordaran cómo había sido su existencia; la madre católica, que abandonó a su hijo pequeño para seguir su vocación religiosa hasta Canadá, relatando los avatares de su fe y mostrando los obstáculos que tuvo que superar al frente de su comunidad de ursulinas, erigida en un inhóspito lugar de Quebec; y la naturalista protestante, dibujando y explicando por escrito sus descubrimientos sobre plantas, mariposas y otros insectos para contribuir al desarrollo de la ciencia y convertirse en modelo de vida para sus hijas. Las tres habitaban en los márgenes de sus sociedades, pero Zemon Davis no quiso retratarlas como seres resignados a su suerte, sino demostrar que fueron capaces de sacar el máximo provecho a su posición y cumplir objetivos alejados por entonces (e incluso ahora) del universo considerado femenino.

¿Cuántas manos se necesitan para contar con sus dedos las mujeres que aparecen en los anales de la humanidad? Y sin embargo, ahí estábamos. Siempre. Si hemos llegado al siglo XXI, es porque las mujeres hemos amado (o no), hemos parido, hemos cuidado de  nuestros seres queridos y hemos luchado por sacarlos adelante. Casi siempre en silencio. Invisibles en las grandes gestas. Contadas con las vacas y los caballos en las crónicas de Indias. Sin nombre entre las bajas en los asedios, los ahogados en los ríos, los muertos en las pestes. Vilipendiadas como tentadoras, pecadoras, putas y hechiceras por los hombres de dios y del demonio. Pero ahí seguíamos. Transitando por los bordes de la sociedad, habitando en nuestros hogares o arrojándonos a los caminos. Incluso saboreando a veces el poder a la sombra o por medio de hombres encumbrados. «Las mujeres, ricas o pobres, somos seres dependientes», explica en mi novela La historia escrita en el cielo, ambientada a comienzos del siglo XVII en el vasto Imperio español, la abadesa del convento donde se ha refugiado Marie de Gourney, una de las protagonistas. «Ni siquiera se nos permite desplazarnos solas y debemos realizar hasta los trayectos más cortos acompañadas de padres, hermanos o criados que nos proporcionen medio de transporte y protección. Vos tenéis más suerte que otras, puesto que vuestra dote os hace preciosa tanto para el matrimonio como para el convento».

El matrimonio o el convento, los dos únicos destinos honrosos para la mujer occidental durante muchos siglos. Prohibido quedarse soltera, vivir en casa ajena y comer del pan prestado. Mujeres feas, frías, amargadas, arrugadas como pasas, el útero lleno de telarañas: arquetipo de arquetipos, enfermas, maniáticas, locas. No, las solteronas no son mujeres completas: son arpías, mitad mujer mitad ave, chismosas, intrigantes, merecedoras de escarnio y mofa.  Por eso muchas, como Marie de Gourney,  reniegan de su género: «pensó que debería haber nacido hombre, que deberían haberle dado un nombre de hombre y una posición de hombre […]. Se imaginó como su padre, dibujando mapas y viajando a tierras ignotas, o como un pintor de talento, visitando cortes de reyes para realzar sus salones con las obras maestras que saldrían de su pincel, o incluso  como un  Homero o un Esopo, escribiendo relatos sublimes que la humanidad leería siglo tras siglo». Y algunas incluso se atreven a dar el paso y cambiar de género: «Como vos, he vivido en un convento desde la tierna infancia, pero escapé de sus muros. He decidido mudar mi suerte y probar fortuna como hombre; por eso os regalo mi vestido, puesto que nunca más lo usaré […], dejaré de ser Catalina de Erauso para tomar un nombre de varón y lograr las hazañas que solo a ellos se les reconocen» (La historia escrita en el cielo).

Emily Dickinson vivió dos siglos más tarde en Amherst (Massachusetts), contemplando el mundo desde la ventana de su habitación en la casa paterna que nunca abandonó. Era una mujer culta, sensible, pero la tildaron de solterona solitaria porque eligió escribir ese mundo interior suyo, mucho más amplio que el exterior en el que apenas llegó a aventurarse más que durante los años de infancia y adolescencia en los que acudió a la escuela. Su vida transcurrió casi en el anonimato, entregada al cuidado de su madre siempre enferma, a las conversaciones con su hermana Lavinia y a la extensa correspondencia que mantuvo con amigos, conocidos y parientes. «Mi primer amigo me escribió la semana anterior a su muerte: "Si vivo, iré a Amherts a verte; si muero, lo haré ciertamente"». Dicen que este fue su primer amor secreto e imposible, muerto de tuberculosis, antes de que llegara su cuñada Susan, a quien dedica muchos de sus poemas y cartas, aunque vivían en casas vecinas. «Lamento comunicarte que a las tres en punto de ayer mi mente se detuvo y que desde entonces ha permanecido quieta. Antes de que esta nueva te llegue, probablemente seré un caracol», le escribe un día con humor. Un caracol más en el universo de las flores, las abejas, los pájaros, las ranas, los ratones, los seres diminutos e inadvertidos de la naturaleza que pueblan sus poemas, junto con su fascinación por la locura y el tiempo, por el amor y la eternidad, por la enfermedad y la muerte. En un momento de su vida decide vestirse de blanco y nunca más cambia de color. Su aislamiento aumenta con el paso del tiempo y en sus últimos años no sale siquiera de su habitación: «Tuve también que cerrar la puerta de la calle para que no se abriera sola en la madrugada y tuve que dejar prendida la luz de gas para ver el peligro y poderlo distinguir. Tenía el cerebro confundido —aún no he podido ordenarlo— y la vieja espina aún me lastima el corazón».  La entierran a su gusto, con  su «blanca elección», y es entonces cuando su hermana Lavinia, ordenando armarios, descubre la transcendencia de su obra poética, los muchos cuadernillos que Emily había ido cosiendo en secreto, donde se recogían pasados a limpio con caligrafía clara sus poemas, unidas las palabras con guiones a modo de puntadas para guardar distancias sin perder el hilo.

Sin embargo, los poemas intuitivos y rompedores de la solterona vestida de blanco no encajaban en la sociedad victoriana y sufren una profunda corrección antes de publicarse. ¿Lo habría permitido Emily, en cuya vida solo salieron a la prensa cinco poemas y que escribió: «Me encierran en la Prosa —Igual que de Pequeña / Me metían  en el Armario— Pues me querían "Quieta"».  Además, su hermana Lavinia quema la correspondencia de Emily con Susan, al parecer, cumpliendo el deseo de la poeta,  pero aun así se murmura que la solterona estaba enamorada de su cuñada.  ¿Puede haber amor entre mujeres que no sea condenado? ¿No es más fácil amar tiernamente a otra mujer que al padre  patriarcal al que con quince años aún no te atreves a confesar que no sabes leer la hora del reloj porque no comprendiste de niña sus explicaciones? «¡Papa que estás arriba!/ ¡Cuida del Ratón vencido por el Gato!/ ¡Reserva dentro de tu reino una "Mansión" para la Rata!», escribe como plegaria Emily.

Por su parte, a Irène Némirovsky le toca en suerte vivir durante la convulsa primera mitad del siglo XX y, aunque sus acaudalados padres judíos se las arreglan para mantener su nivel de vida y trasladarse varias veces de país cuando el peligro acecha, acaba muriendo joven en el campo de concentración de Auschwitz, el 17 de agosto de 1942. Había nacido en Kiev (Ucrania), pero triunfa como novelista en Francia escribiendo en francés, lengua que había aprendido de pequeña con el aya que la cuidaba ante el desapego de sus padres.

Vestida y peinada de eterna adolescente porque su bella madre se niega a verla crecer para no sentirse vieja, Irène se refugia desde niña en la lectura, empieza a escribir y desarrolla un odio feroz contra su madre. Esta furia, las relaciones contra natura entre madre e hija, ocupa un lugar primordial en su obra: «Jamás decía "mamá" articulando con claridad las dos sílabas, que apenas lograban traspasar sus labios fruncidos; pronunciaba "ma", una especie de gruñido apresurado que arrancaba de su corazón con esfuerzo y con un sordo y melancólico dolorcillo» (El vino de la soledad).

En París Irène triunfa pronto en la literatura y consigue que le publiquen sus novelas. No vive en los márgenes, sino en la buena sociedad, disfrutando de todo cuanto está a su alcance: «He pasado una semana completamente loca, baile tras baile; todavía estoy un poco embriagada y me cuesta regresar a la senda del deber», escribe a una amiga por entonces. Se casa pronto con un ingeniero judío de ascendencia rusa que la corteja y tiene dos hijas: su vida parece de película, hasta que llega el antisemitismo violento. Los judíos pasan a ser considerados invasores belicosos, mercachifles y a un tiempo burgueses y revolucionarios. No, Irène no está dispuesta a que la cataloguen entre ellos, entre esos personajes de cabello crespo, nariz ganchuda, mano fofa, dedos afilados y ojos juntos que aparecen en sus novelas.  «¡Ah, cómo odio vuestros melindres de europeos! Lo que denomináis éxito, victoria, amor, odio, ¡yo lo llamo dinero! […] ¡Nos miras por encima del hombro, nos desprecias, no quieres tener nada que ver con la chusma judía! Pero espera un poco. ¡Espera, y volverán a confundirte con ella, te mezclarás con ella!», pone Irène premonitoriamente en boca de uno de sus personajes en Los perros y los lobos. No, eso no le sucederá a ella: Irène se rebela contra su destino y consigue que la bauticen en una iglesia católica junto con su marido y sus dos hijas. Pero no basta. El odio crece y los va marginando, se desvanecen los amigos, comienza la huida, e Irène acaba detenida y enviada al campo de concentración donde la asesinan. Pero mucho antes la escritora ya ha intuido el final que le espera y se esfuerza en poner a salvo a sus hijas. Ya nadie quiere publicar sus novelas en las que se empeña en estigmatizar el miedo, la cobardía, la aceptación de la humillación, en las que reniega de quienes vuelven la cara hacia otro lado ante las persecuciones y las matanzas. Nadie es inocente.

 «Para levantar un peso tan enorme, Sísifo, se necesitaría tu coraje. No me faltan ánimos para la tarea, mas el objetivo es largo, y el tiempo,  corto», apunta al inicio de las notas que redacta para su nueva novela.  Pero no trata de huir a su destino y desde el estrecho margen que le dejan, escribe a su antiguo director literario en una carta  su certeza de que no va a sobrevivir a la guerra que los nazis han declarado a los judíos: «Querido amigo, piense en mí. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a pasar el tiempo».

«Contar mi vida… No sé por dónde empezar. Una vida la recuerdas a saltos, a golpes. De repente te viene a la memoria un pasaje y se te ilumina la escena del recuerdo». Así comienza Historia de una maestra, la novela que escribió Josefina Aldecoa en homenaje a su madre y a los maestros de la II República en unos momentos de la historia de España en que su sacrificio se justifica por la necesidad de salvar al país educándolo. Salvarlo de años de caciquismo y miseria, de pobreza física pero sobre todo intelectual. Cuando la protagonista se ve en las listas de aprobados de la Escuela de Magisterio de Oviedo, lee: «Gabriela López Pardo, Maestra… El fin de una etapa y el comienzo de un sueño».

No sabe entonces cuánto le costará ese sueño ni lo estrechos que se volverán sus márgenes. Son los años previos a la II República. Es joven y no piensa en novios. Es culta y adora a su padre, pero no a su madre, a la que describe como «una mujer desdibujada»: «"Dios no existe", me decía [mi padre] y le brillaban los ojos con el fervor del descubrimiento. Dios no existe como lo ven los que creen en él. Si hay una forma de divinidad, está en todo lo que nos rodea: el mar, el monte y el hombre son Dios"».  Gabriela todavía no sabe que se casará con un compañero maestro, todavía no sabe que será fusilado, que su hija Juana crecerá sin padre en la España oscura de la represión.

Las maestras son mujeres independientes, cultas en un país rural repleto de analfabetos y dispuestas a viajar donde las destinen porque hasta que no aprueban oposiciones no tienen plaza en propiedad. Llenas de ilusiones y demasiado jóvenes para tener experiencia, comienzan su deambular por lugares aislados sin caer en la cuenta del rechazo que van a generar en los poderes tradicionales, patriarcales, entre los curas y los caciques de los pueblos, pero también entre las mismas mujeres, que las ven como intrusas. Gabriela revela enseguida: «Nadie se me acercaba. Nadie se interesaba por lo que hacía. Solo los niños acudían a su cita diaria. Yo trataba de atenderlos a todos. Hacía y deshacía grupos. Por edades, por tamaños, por inteligencias. Explicaba y repetía una y otra vez: "¿Entendéis?"».

Gabriela es fuerte, está llena de objetivos, que escribe en su Diario de clases, y siente pasión por la enseñanza. Pero su lucha contra la ignorancia es brutal, las condiciones en las que vive son pésimas y su salud se resiente. Sin embargo, no se rinde y trabajará como maestra en diversos pueblecitos del norte de España y hasta en Guinea, empeñada siempre en combatir el aislamiento, aunque no tenga más remedio que reconocer:  «En permanente duermevela, solo una obsesión aparecía y desaparecía en las ondulaciones de mi cerebro. "Mi sueño no progresa. Mi sueño es un sueño maldito. Siempre estoy empezando el sueño"».

Cuando la maestra se casa, parece que se ha rendido al convencionalismo:  «Era el momento, padre», explica, «no podía esperar más». Tiene veinticinco años y todas las chicas de su edad, las amigas de la infancia, las compañeras de estudios se habían casado ya o habían aceptado quedarse solteras: «Nunca había pensando en casarme por casarme. Pero al conocer a Ezequiel me encontré considerando que, después de todo, eso era lo normal, casarse y tener algún hijo». No dura mucho esta ilusión. Son tiempos convulsos, tiempos de subversión que lo trastocan todo: «Revolución era una palabra que yo veneraba», declara Gabriela. «Revolución significaba cambio profundo, agitación definitiva, volverlo todo del revés. Pero revolución también significaba sangre, y era una palabra que pertenecía a la historia de otros países, la Revolución francesa, la Revolución rusa. ¿Era esa palabra aplicable a nuestro país en ese momento?». 

Las maestras republicanas sufrieron terribles represalias cuando se perdió la guerra porque representaban el modelo opuesto al de la mujer del nacional-catolicismo.


Deseo terminar este artículo sin lágrimas, con un grito de esperanza y un ramo de mimosas para ti que estás leyendo. Y escojo, entre todas, dos acepciones de «margen» que aparecen en el Diccionario de la Real Academia: «espacio en blanco a cada uno de los cuatro costados de una página manuscrita, impresa, grabada, etc., y más particularmente el de la derecha que el de la izquierda» y «ocasión, oportunidad, holgura, espacio para un acto o suceso», invitándote a aprovechar esa ocasión, puesto que existe. Abre los brazos, estírate para ampliar lo más que puedas ese espacio en el que tal vez sigamos confinadas las mujeres. Hazlo visible  adornándolo con los más bellos dibujos, actos y palabras como si de un libro miniado se tratara, y ándate por esos márgenes tuyos  contoneándote, orgullosa de lo que eres y de lo que puedes conseguir: en las márgenes femeninas de los ríos, y no en su corriente, crecen las flores más hermosas y cantan las ranas. Emily Dickinson lo sabía bien. 


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  







miércoles, 5 de marzo de 2014

El oficio de corrector: de la copia de autógrafos a la edición digital

El oficio de corrector
El Quijote debió de pasar por todas las fases que a comienzos del Seiscientos eran corrientes para que un libro llegara al lector romancista: el autor escribía a su aire, un amanuense profesional sacaba en limpio el autógrafo, y la copia del amanuense (revisada o no por el escritor) era repasada a su vez por el corrector de la imprenta, quien, a grandes rasgos, marcaba sobre ese «original» o exponía a los operarios las reglas ortográficas que debían aplicar, con la inevitable interferencia de errores, gustos y modalidades lingüísticas propias, que luego él, con mayor o menor diligencia, procuraba subsanar en las pruebas.


Francisco Rico (edición completa, anotada e ilustrada  de  Don Quijote de la Mancha)

Mucho antes de la invención de la imprenta, cuando los libros se copiaban a estilete o pluma sobre diversos soportes, ya existían correctores que supervisaban el trabajo de los amanuenses. Es sabido que entre los romanos el cuidado de transcribir y corregir los manuscritos se reservaba principalmente a los esclavos y que los que destacaban en su oficio alcanzaban un gran valor y su suerte era mejor que la de  los demás, pues se los contemplaba como un objeto precioso incluso para su posible reventa.

Como los copistas hacían los libros, recibieron en latín el nombre de librarii, libreros, mientras que los comerciantes que vendían su manufactura se conocían como bibliopolae, palabra de origen griego que ha pasado al castellano como «bibliopola», vendedor de libros (casi siempre raros). También es bien sabido que los libros eran caros, un artículo de lujo, porque a veces los copistas y correctores incluso se veían obligados a emprender largos viajes hasta el lugar donde se encontraba el manuscrito que se les había encomendado trascribir. Y no siempre se apreciaba su labor: hay múltiples comentarios recogidos desde  la Antigüedad en los que se deploran las torpezas y errores de las copias. Por ejemplo, Cicerón se lamenta en sus cartas de no saber adónde dirigirse para comprar las obras que le pedía su hermano sin que estuvieran repletas de inexactitudes, y Marcial advierte en uno de sus epigramas: «Lector, si te parecen bárbaras algunas frases de este escrito, no me acuses a mí, sino al copista que se apresura demasiado al poner en línea versos para ti».

En el siglo V de nuestra era, Casiodoro (Magnus Aurelius Cassiodorus Senator, c. 485-c. 580), fundador del monasterio de Vivarium, escribió para sus monjes una guía pedagógica en la que se ocupaba en extenso de la labor de los escribas. En ella los instruye para que sean muy rigurosos al contrastar sus copias con los ejemplares más antiguos y para que se aseguren de no cambiar las palabras de inspiración divina de las Escrituras al pretender mejorar la gramática o el estilo de un texto. Sin embargo, en el caso de las obras profanas de la Roma y Grecia clásicas que también incluyó en su biblioteca monástica, anima a los amanuenses a realizar en sus copias las enmiendas gramaticales y de estilo que consideren convenientes.

Superada la Edad Media, cuando los escribientes habían comenzado a abandonar la reclusión y la regla severa del scriptorium monástico, y la imprenta popularizada por Johannes Gutenberg (c. 1398 –1468) los iba arrinconando al generalizarse el empleo del libro en letra de molde, Johannes Trithemius (abad benedictino  alemán [1462-1516] más conocido por su obra Steganographia o ciencia para ocultar mensajes), en una carta titulada «De laude scriptorum manualium» («Elogio de los escribas»),  se aferra a la antigua usanza e instruye a sus  monjes escribas sobre la división del trabajo para confeccionar un libro del mejor modo: «Que uno de vosotros corte las hojas de pergamino; que otro las alise, que otro trace en ellas las líneas debidas  con la  puntuación; y este otro se ocupe de las pinturas; que aquel pegue las hojas y encuaderne los libros con tablillas de madera. Vosotros, preparad estas tablillas; vosotros aprestad el cuero; finalmente, vosotros, las láminas de metal que deben adornar la encuadernación» (Jules Pizzeta, Historia de un pliego de papel, Imprenta de Gaspar y Roig, 1887). Entre las razones para perseverar en el copiado a mano de manuscritos, el abad Trithemius cita el prestigio  histórico de los antiguos escribas y el hecho de que el libro impreso fuera de papel, por lo cual a su entender desaparecería rápidamente, mientras que la obra del escriba, sobre pergamino, perduraría.

Sin embargo, el abad se equivocaba. El libro en papel había llegado para quedarse, y se dio la paradoja de que su texto en elogio de los escribas pervivió no como manuscrito sino impreso, pues fue publicado en 1494.  Con el auge de la imprenta, los amanuenses como tales desaparecieron, cediendo el paso a los impresores y los correctores, que vivieron su época dorada  y consiguieron ganarse bien la vida debido a su escasez en una sociedad donde pocos sabían leer y escribir. Un buen corrector además ahorraba mucho tiempo y dinero en planchas, motivo por el cual su trabajo se apreciaba y era bien remunerado.

Han pasado siglos desde entonces, y en  nuestra era de la información, cuando la imprenta que prevaleció hasta las últimas décadas del siglo XX ha quedado obsoleta y los ordenadores parecen capaces de sustituir casi todas las funciones humanas, cuando los libros de papel comienzan a compartir espacio con los digitales, se tiende a menospreciar la labor de los editores y correctores, o incluso a considerarlos prescindibles en la cadena del nuevo paradigma del libro. Así como los niños urbanitas ignoran que la leche sale de la ubre de una vaca cuando se la ordeña y dan por sentado que se fabrica y envasa en una aséptica nave industrial, hay quienes suponen que en el libro que hojean en papel o descargan en su lector digital no hay (ni debe haber) más intermediarios que el ordenador de quien escribe y los instrumentos mecánicos necesarios para su reproducción. Y el resultado de este error de apreciación se percibe dondequiera que se dirija la mirada: proliferan los textos mal redactados y los libros mediocres, repletos de errores. Más ahora que cualquiera que lo desee puede publicar en la red utilizando las múltiples plataformas disponibles.
   
En la edición tradicional, entre el momento en que un editor acepta un original para su publicación y su salida a la venta como obra ya impresa o digitalizada, el texto pasa por múltiples controles que deberían asegurar su calidad. Varios ojos expertos se dedicarán a leer el original y marcarlo, puliendo descuidos, regularizando criterios, comprobando la ortotipografía, enmendando errores y descifrando sintaxis enrevesadas. Y lo harán siempre de puntillas, respetuosos con el texto que tienen entre manos, sin pretender usurpar las funciones propias del autor.

La tarea del corrector suele ser anónima y ha de estar guiada por el sentido común, un excelente conocimiento de la lengua y una comprensión absoluta del texto que tiene entre manos. Pero ante todo un corrector ha de saber escribir: ¿cómo si no será capaz de evitar las tonterías o barbaridades que aparezcan en un texto, atribuibles a la ignorancia o al despiste de quien lo ha creado? Es imprescindible también el dominio de la escritura para adentrarse en el estilo y la personalidad de un escritor con objeto de corregirlo sin que nadie más que el interesado lo aprecie. Quien lea a continuación el texto corregido y convertido en libro podrá estar de acuerdo o no con las ideas que se exponen, le gustará más o menos el estilo, pero nunca se sentirá defraudado por su mediocridad lingüística ni por groseros fallos argumentales.

Imagino las sonrisas sarcásticas de quienes acaban de leer los párrafos anteriores. ¿Editoriales que cuidan los libros hasta el más mínimo detalle? ¿Correctores capaces de adentrarse en un texto sin dejar más huella que la perfección lograda? Eso, como poco,  pertenece al género de la fantasía… Sí, es verdad, en los tiempos que corren las buenas editoriales y los buenos correctores son mirlos blancos. Pero también lo son los buenos escritores. Muchos tienen más ego que mérito y se atreven a publicar desconociendo incluso las mínimas reglas ortográficas y gramaticales. Aun así, algunos venden y se escudan en sus lectores igual de ignorantes para demostrar que valen. Aquí vendría a cuento el conocido ejemplo de la plasta de vaca y las muchas moscas que atrae. Que cada cual saque sus conclusiones y se arrime al árbol que mejor lo cobije.

Sin duda, una prestigiosa editorial es uno de los mejores árboles para cobijarse, pero como su acceso no es fácil, también puede convertirse en un cobijo excelente un buen corrector cuando se opta por publicar en plataformas de edición libre. ¿Cuántos libros bien concebidos de autores independientes que llaman la atención por su portada dejan de leerse debido a una redacción farragosa o a errores gramaticales que provocan rechazo en quien los hojea? En estos casos, cuando el texto es una selva virgen que se debe desbrozar, el corrector experimentado abandona las zapatillas silenciosas y calza gruesas botas para transitar a golpe de machete por el texto hasta hacerlo habitable o, mejor dicho, legible. Pero, cuidado,  el buen corrector no es jamás un talibán: no menosprecia a quien corrige ni impone su criterio a machamartillo haciendo cambios innecesarios por el mero gusto de corregir, por ejemplo, sustituyendo quizá por quizás, por lo tanto por por tanto, influenciar por influir, constatar por comprobar, elucubrar por lucubrar o viceversa. Quienes llevamos años en el sector editorial podemos ilustrar el asunto con múltiples anécdotas, como la que me ocurrió al publicar una de mis primeras novelas ambientada en México: el corrector cambió sistemáticamente rebozo por embozo, creando múltiples sinsentidos, y se dedicó a poner tildes a los demostrativos incluso cuando no eran pronombres (este y aquel seguidos de relativo o sustantivos con el demostrativo pospuesto del tipo la muchacha aquella). Asimismo, en una de mis últimas traducciones, un libro de historia en el que se citaban muchos años, el corrector cambió todas las frases en las que aparecía la palabra década y el año a continuación (por ejemplo, década de 1930) por década, los años en letra y a continuación el siglo (es decir, en el caso citado, década de los años treinta del siglo XX). Sobran las palabras.

Quienes dominan la escritura saben separar el polvo de la paja y dar con los mejores correctores: los que tienen estudios universitarios y conocen a la perfección su oficio, los que no paran de formarse y actualizar sus conocimientos, los que cuando corrigen entregan a quien los ha contratado un texto con las pautas que han seguido para su trabajo y les señalan  sus debilidades y fortalezas.  Y en esto de la corrección, como en el resto de las actividades de la vida, la experiencia demostrada es un grado. Algunas  editoriales ponen a prueba a los correctores antes de contratarlos dándoles a corregir textos con determinados fallos que solo los más expertos detectan: cuestiones de acentuación dudosa, uso de letra cursiva y comillas, gerundios u oraciones de relativo, por citar algunos ejemplos. 

Sin embargo, a un lego en la materia le resulta casi imposible apreciar si el corrector contratado ha cumplido su función con propiedad. Acabo de comprobarlo con una novela digital publicada en Amazon que compré atraída por las elogiosas reseñas. La desilusión fue inmediata, a las pocas páginas tras un inicio prometedor, porque el texto está mal maquetado, repleto de erratas y faltas de ortografía, sobran muchísimas páginas de paja que entorpecen el argumento y el  abrupto final resulta anodino.  Cuanto más leía, más echaba de menos la mano experta de un corrector literario que habría subsanado errores tan de bulto y, sin embargo, al final, en las páginas de agradecimiento, el autor elogiaba la minuciosa labor de revisión llevada a cabo por una persona, al parecer, especializada, además de reconocer la ayuda de otros muchos allegados que habían leído el texto y efectuado recomendaciones. Me cuesta imaginar cómo estaría la novela antes de todo eso.

No todos los ojos que escrutan un texto son capaces de detectar por completo sus errores, eso es evidente. Algunos ojos son excelentes para aislar erratas y corregirlas pero pasan por alto fallos sintácticos o tipográficos de mayor calado porque los desconocen. No se puede corregir lo que se ignora, de igual modo que es imposible escribir bien sin dominar la gramática y la sintaxis. En un mundo ideal, compete al escritor entregar una obra bien acabada, y al corrector, marcarla ortotipográficamente y pulirla de las pequeñas imperfecciones que por descuido se le hayan escapado, trabajando al unísono con él para mejorarla. Bajando de las nubes, en el mundo real, el corrector ha de estar preparado para suplir con su esfuerzo las deficiencias del escritor. Ahora bien, ningún corrector, por sobresaliente que sea, sabe hacer magia; ninguno se sacará de la manga una obra maestra de un original mediocre: lo más que hará será recomponerlo del mejor modo posible, acicalarlo como a la «mona vestida de seda», y puede que incluso lo convierta en un trampantojo que llegue a gustar. Hay muchos ejemplos de éxitos semejantes.  O también muchos correctores literarios pueden convertirse en negros o escritores fantasma y reescribir o escribir de nuevas para quien se lo solicite. Eso es más  habitual de lo que suele reconocerse, pero se paga (y muy bien a veces). 

La lengua destrabada
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